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Referencias bíblicas: Números 11; Salmo 78; Juan 6; 1 Corintios 10:31.

Todavía puedo sentir la vergüenza de haber sido sorprendida escondiendo Oreos robadas en mi habitación cuando era niña. Aunque no era la primera vez, me avergonzaba saber que alguien más había visto el control que la comida tenía sobre mí. A lo largo de los años, busqué maneras de estar sola en la cocina para sacar más puñados de galletas con forma de pececitos o una cucharada más de Nutella. La glotonería se convirtió en una compañera conocida e inoportuna.

Un pesaje en cuarto grado me presentó a la vanidad. Nunca fui la niña más delgada ni la más linda. Ya se habían mofado de mí por tener orejas sobresalientes y por la extraña vestimenta que me escogía mamá, determiné encajar como fuera posible para evitar la humillación futura. Al ver que entre mis amigas yo era la que más pesaba, me aferré a la vanidad para mantener mi glotonería bajo control, así mi capacidad de formar parte del grupo no era puesta en riesgo.

Serví a estos dos amos fielmente por muchos años, oscilando entre ellos hora a hora. En un momento, lo que necesitaba era algo dulce; luego, necesitaba entrar en mi ropa. Prefería los alimentos bajos en calorías para así continuar mi aventura con la glotonería sin las consecuencias del peso extra. Comencé a hacer más ejercicio, no para ser más fuerte y así servir a otros, sino que para pagar las deudas que adquirí mientras comía más de lo que debía.

Asumí que simplemente había tenido malos hábitos que necesitaba reformar, pero Dios me dejó claro que yo era una idólatra que necesitaba perdón; una esclava al pecado que necesitaba un Libertador.

Rompiendo el ciclo

«Entonces, ya sea que coman, que beban, o que hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios» (1Co 10:31).

Fue el estudio bíblico centrado en el Evangelio basado en 1 Corintios 10:31 el que rompió el ciclo que había asumido simplemente como parte de mi vida. Por primera vez, se hizo visible el egocentrismo de mi alimentación: comía lo que quería, cuando quería, y ejercitaba el autocontrol solo para mantener la imagen que quería. Comía y bebía para la gloria de mi yo. Dios deseaba que mi alimentación fuera para su gloria.

Lentamente, la Palabra de Dios abrió mis ojos a las muchas maneras que mal usé la comida para satisfacer los anhelos de mi alma. La Escritura habla de la comida como una sombra que apunta a Dios, a Aquel que llena el alma y cuyas palabras son más dulces que la miel. Fue claro que no necesitaba la comida en lo absoluto; lo necesitaba a Él. Esto expuso mi problema real: no quería a Dios. Quería esclavizarme a los antiguos amos para que mi lengua pudiera saborear los placeres fugaces de los Cheetos y las galletas con chispas de chocolate.

Glotonería: un rechazo de Dios

Mi historia no es poco común. Los israelitas postesclavitud que vivían en el desierto también pensaron que preferían la esclavitud por sobre Dios. Aun cuando experimentaron la cercanía de Dios a través del pan que llovió del cielo y del agua fresca y dulce de una roca, no fue suficiente. El pueblo de Israel se quejó…

…y también los israelitas volvieron a llorar, y dijeron: «¿Quién nos dará carne para comer? Nos acordamos del pescado que comíamos gratis en Egipto, de los pepinos, de los melones, los puerros, las cebollas y los ajos; pero ahora no tenemos apetito. Nada hay para nuestros ojos excepto este maná» (Nm 11:4-6).

Los israelitas hablaron de su cautiverio pasado con cariño y de la provisión presente de Dios con desprecio. Regresar a esos crueles amos capataces que daban latigazos no parecía un costo demasiado alto para obtener un poco de carne y cebollas. Confiar en Dios era muy difícil. El sabor de la comida del pasado era demasiado bueno. ¿Cuán seguido hacemos lo mismo? La esclavitud al pecado parace valer la pena si podemos darnos un gusto con lo que sea que queramos.

Podrías estarte preguntando: ¿qué tiene de malo la glotonería? ¿Realmente es pecaminoso comer demasiado, necesitar algo dulce, sentirse fuera de control con la comida? Los israelitas podrían haberse preguntado lo mismo. No obstante, sus anhelos golosos invocaron la ira de DIos porque era un rechazo hacia Él:

Y dile al pueblo: «Conságrense para mañana, y comerán carne, pues han llorado a oídos del Señor, diciendo: “¡Quién nos diera de comer carne! Porque nos iba mejor en Egipto”. El Señor, pues, les dará carne y comerán. No comerán un día, ni dos días, ni cinco días, ni diez días, ni veinte días, sino todo un mes, hasta que les salga por las narices y les sea aborrecible, porque han rechazado al Señor, que está entre ustedes, y han llorado delante de Él, diciendo: “¿Por qué salimos de Egipto?”».

Pero mientras la carne estaba aún entre sus dientes, antes que la masticaran, la ira del Señor se encendió contra el pueblo, y el Señor hirió al pueblo con una plaga muy mala. Por eso llamaron a aquel lugar Kibrot Hataava [que significa «sepulturas de la glotonería»], porque allí sepultaron a los que habían sido codiciosos (Nm 11:18-20, 33-34).

Quizás nunca antes habías pensado que comer en exceso es pecado. Quizás no parece ser para tanto. Sin embargo, la glotonería es la hermana de la embriaguez. Ambas se consideran moralmente neutrales. Tomar vino no es pecado, pero demasiado vino lleva a la embriaguez, un exceso que convence a nuestra lealtad a alejarse de Cristo para ser leales al alcohol. De igual manera, demasiada comida lleva a la glotonería, un exceso que persuade a nuestra lealtad a alejarse de Cristo para ser leales a una buena comida. Simplemente, la glotonería es más aceptada que la borrachera a nivel social. No obstante, cuando pierdes la capacidad de decir que no, puedes estar seguro de que ya no andas en el Espíritu que da el fruto del dominio propio.

Más que un plan de comidas

Si la comida excesiva no es pecado, si solo es un «mal hábito» que debe ser reformado, entonces las respuestas mundanas como las dietas y los planes de comida son la respuesta. Pero si es pecado, entonces, es algo que debe afligirnos y de lo que tenemos que arrepentirnos. Como cualquier otro pecado, es un rechazo a Dios y una preferencia de otra cosa en su lugar. Luchar contra el pecado de la glotonería con una dieta es como intentar talar un árbol con una manguera del jardín. La manguera tiene un propósito que es bueno para algunas cosas, pero definitivamente no para derribar un árbol. Para eso necesitas un hacha.

De igual manera, para matar un pecado necesitas arrepentimiento, no planes de comida. El arrepentimiento es huir del pecado y aferrarte a Dios, pero principalmente es lo último. El pecado no es expulsado hasta que Cristo es atesorado. Es por eso que no hay mejor herramienta para derrotar a la glotonería que una dieta consistente y variada de la Palabra de Dios. A medida que veo facetas nuevas y conocidas del increíble carácter de Dios, mi alma está satisfecha y la comida ya no atrae a mi adoración.

Es más, es en la adoración a Dios que finalmente podemos ver a la comida con el propósito para el cual fue diseñado: una sombra de Cristo.

…Afirmó Jesús… «El pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo». —Señor —le pidieron—, danos siempre ese pan. —Yo soy el pan de vida —declaró Jesús—. El que a mí viene nunca pasará hambre, y el que en mí cree nunca más volverá a tener sed (Jn 6:31-35).

Encontrar victoria sobre la adoración a la comida (y a la vanidad) comienza con una admisión honesta de que preferimos satisfacer nuestros sentidos que conocer a Dios. Necesitamos, entonces, comprender que no podemos vencer al pecado en nuestras fuerzas, que necesitamos un Salvador para liberarnos. El hambre y la sed que mueven nuestra glotonería son solo saciadas en Jesús. Corre a Él y cree en Él. Cuando parezca imposible cree, clama en desesperación: «¡Ayúdame en mi poca fe!».

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Este recurso fue publicado originalmente en el blog de Kelly Needham.
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Kelly Needham

Kelly Needham está casada con el cantante y compositor cristiano Jimmy Needham. Kelly es una colaboradora regular de Aviva Nuestros Corazones y sus artículos han sido parte de Desiring God, The Gospel Coalition, The Ethics and Religious Liberties Commission, Eternal Perspectives Ministries, y Crosswalk. Ha servido en ministerios de jóvenes, de universitarios y de mujeres. Es autora de Friend-ish: Reclaiming Real Friendship in a Culture of Confusion.  Kelly y Jimmy viven en Dallas con sus tres hijos, Lively, Sophia y Benjamin.
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