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El poder de un hombre sobre una mujer está restringido por el amor; el poder de una mujer sobre un hombre está restringido por la sumisión. Toda mujer sabe que tiene maneras de obtener lo que quiere. Esto debe ser restringido. El tipo de restricción que Dios pide de ella es la sumisión.  —Elisabeth Elliot

Como esposas, tenemos influencia sobre nuestros esposos, pero demasiado a menudo usamos ese poder de maneras egoístas, manipulando para obtener lo que queremos cuando lo queremos. No obstante, ser una mujer conforme al corazón de Dios es pensar, ante todo, en Dios y su Reino, luego en otros, y por último en nosotras mismas. Por lo tanto, ¿cómo podemos crecer para tener ese corazón dentro de nuestros matrimonios? Al aprender a andar en los tres claros mandamientos que Dios nos ha dado para redefinir nuestra influencia en nuestros matrimonios: ayudar, someterse y respetar.

En la primera parte, discutimos lo que significa ser una ayuda para nuestros esposos. Por favor, regresa y léelo si es que no lo has hecho aún, pues da el tono para los dos otros mandamientos.

Vayamos ahora a la sumisión.

Sométete

Las mujeres estén sometidas a sus propios maridos como al Señor. Porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, siendo El mismo el Salvador del cuerpo. Pero así como la iglesia está sujeta a Cristo, también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo (Ef 5:22-24).

Asimismo ustedes, mujeres, estén sujetas a sus maridos, de modo que si algunos de ellos son desobedientes a la palabra, puedan ser ganados sin palabra alguna por la conducta de sus mujeres al observar ellos su conducta casta y respetuosa (1P 3:1-2).

La sumisión definida

La sumisión no es solo para las esposas. El concepto de someterse a la autoridad es exhibida en muchas áreas a lo largo de la Biblia: hombres jóvenes se someten a los ancianos, los siervos a los amos, los hijos a los padres, y todos al gobierno, gobernantes y autoridades, y los unos a los otros.

La sumisión simplemente significa operar bajo una autoridad y tener una disposición a ceder ante esa autoridad. John Piper define la sumisión de la siguiente manera: «no en términos de comportamientos específicos, sino que es una disposición a ceder ante la autoridad del esposo y una inclinación a seguir su liderazgo. Es una disposición en lugar de un conjunto de comportamientos o roles porque la femineidad madura se expresará a sí misma en tantas maneras diferentes según la situación». Estoy de acuerdo con Piper en que la sumisión es mucho más una actitud que un conjunto de comportamientos.

Bíblicamente, tu esposo tiene un puesto y un rango por sobre ti. Esto no se debe a su mérito, a su capacidad o a su personalidad. Es así simplemente porque Dios le ordenó al hombre ser la autoridad en el matrimonio. Una negativa a someterse a un esposo es una negativa a someterse a Dios, puesto que fue Él quien dio el mandamiento.

La mujer madura reconoce que la sumisión es la voluntad de Dios para ella y la obediencia a esta voluntad no es más una señal de debilidad en ella como tampoco lo fue para el Hijo del Hombre cuando dijo: «No se haga mi voluntad, sino la tuya». —Elisabeth Elliot

En la sumisión hay protección y libertad. Piensa en nuestro gobierno. Funcionamos en sumisión a él cada día. Tu elección de conducir respetando el límite de velocidad y pagar lo que tomaste de la tienda es una elección de someterse al gobierno. Sin embargo, tengo libertad ilimitada cada día para hacer lo que quiera con mi día dentro de los límites establecidos por esa autoridad. Solo interviene cuando es necesario. También experimentamos protección porque esta autoridad existe. Puedo confiar en que es improbable que alguien robe mi automóvil o que huya con mi billetera porque esta misma autoridad tiene consecuencias para quienes quebrantan la ley.

Nuestros esposos ofrecen la misma libertad y protección. La intervención de esta autoridad no actuará cada día. Si funcionas en las directrices y los límites establecidos por tu marido para tu familia, hay gran libertad dentro de ello. En última instancia, él responderá ante Dios por cómo te ha liderado a ti en esa forma. Por otro lado, tú responderás a Dios por cómo te sometiste a su liderazgo.

La sumisión en contexto

Hay muchas indicaciones contextuales en los versos mencionados anteriormente. Miremos un par de frases clave y conversemos lo que implican para tu sumisión como esposa:

«Como al Señor»: el asunto de la sumisión al esposo no tiene nada que ver con el esposo mismo. Todo tiene que ver con Dios. Él ha dado el mandamiento y es a Él a quien obedecemos. No nos sometemos porque nuestros esposos lo merezcan, sino que porque Dios lo merece. Sométete a tu esposo porque amas a Dios y confías en Él. Sara se sometió a Abraham dos veces cuando parecía necio hacerlo. Y en ambos tiempos, ¡Dios entra y protege a Sara! (Gn 10:1-7; 12:10-20). Dios es nuestro protector y nuestro defensor y someterte a tu esposo te pone bajo su amoroso cuidado.

«En todo»: esto quiere decir en lo grande y en lo pequeño, debes permitir que tu esposo sea la autoridad que es. Él podría no tener una opinión respecto a toda cosa pequeña, pero si la tiene, permítele tener autoridad incluso sobre esas pequeñas cosas.

«Si alguno de ellos son desobedientes a la Palabra»: no importa cuán maduro sea tu esposo o si siquiera es salvo. El pasaje de 1 Pedro no dice «sométanse a sus esposos, a menos que sea desobediente a Dios, en ese caso, es mejor que tú lideres, puesto que él no es capaz». No, nos llama a someternos incluso cuando nuestro hombre sea desobediente a Dios. Esto no quiere decir que lo sigas al pecado. No obstante, cuando nuestros esposos no están en el camino de Dios en obediencia, debemos responder con sumisión.

Esto es contraintuitivo, sin duda. Pero solo Dios puede traer cambio, y cuando nos sometemos, salimos del camino y ponemos a nuestros esposos bajo la autoridad de Dios. Recuerda, Jesús entiende esta forma de sumisión. Él decidió someterse a sus padres, aun cuando eran pecadores y él no lo era. Él era mejor, más maduro, más santo y más todo que sus padres, y aún así Él se sometió a ellos.

La sumisión voluntaria es la fortaleza [de la esposa]. Puesto que es aquello que el Creador le pide, es lo que asegura su plenitud. Es la tarea que le fue asignada que, si se realiza voluntariamente, en realidad fortalece al esposo en su debilidad. —Elisabeth Elliot

Sumisión en acción

La sumisión es el divino llamado de una esposa a honrar y a afirmar el liderazgo de su esposo y ayudarlo a llevarlo a cabo según los dones que ella recibió. La sumisión es una inclinación de la voluntad para decir que sí al liderazgo del esposo y una disposición del espíritu de apoyar sus iniciativas. —John Piper

La sumisión es más una actitud que una acción. Por lo tanto, es difícil dar especificaciones de cómo se ve esta voluntad, pues será diferente para cada esposa dependiendo de su marido.

Sin embargo, si estás cultivando una actitud sumisa hacia tu esposo, su autoridad sobre ti probablemente no intervendrá tan a menudo. Pero cuando lo haga y se te pide que lo dejes tomar una decisión o liderarte a ti y a tu familia de una manera con la que no estás de acuerdo, pon tu fe en Dios y recuerda que eres llamada a someterte porque Dios te lo ha pedido. Recuerda, tu vida y tu felicidad no están en las manos de tu esposo, sino que en las manos de Dios. No existe lugar más seguro que estar en la voluntad de Dios.

Respeto

Que la mujer respete a su marido (Ef 5:33).

El respeto definido

La palabra griega usada aquí para respeto es fuerte. Solo una vez en toda la Escritura se traduce como respeto. De vez en cuando, esta palabra phobeo se traduce como temor o miedo. ¿Qué significa esto? No creo que signifique que debamos tenerle miedo a nuestros esposos. Pero sí creo que significa algo más fuerte de lo que la mayoría de las mujeres piensa cuando escuchan la palabra respeto. El concepto bíblico del temor está asociado a reverencia, importancia u honor. Esto es más adecuado para el mandamiento entregado aquí.

Somos llamadas a mostrar honor y reverencia constante a nuestros esposos. Esto debe afectar todos los aspectos de nuestra interacción con ellos.

¡Cuán contracultural es esto! El aire de la cultura que nos rodea nos dice que tenemos la libertad de solo mostrarle honor a nuestros esposos cuando es digno de él. Por lo tanto, hablar de respeto incondicional es extraño para la mayoría de nosotras. No obstante, en el diseño de Dios y para su gloria, somos llamadas a mostrar reverencia y honor a nuestros esposos simplemente debido a la posición que tienen.

El respeto en contexto

No hay advertencias, no hay descargo de responsabilidad, no hay cláusulas condicionales «¿y si?» en este mandamiento. Es extremo decirlo. Incluso cuando no lo merecen, nuestros esposos merecen nuestro respeto porque Dios nos pide que se lo demos.

Respeto en acción

En palabra: ante todo esto tiene implicancias en las palabras. Incluso cuando nuestros esposos han fallado y nos han herido, no es ocasión para ser irrespetuosas con nuestras palabras. Sin duda, «ellos no merecen nuestro respeto», pero Dios no nos pidió que respetáramos a nuestros hombres solo cuando lo merezcan. Si ese fuera el caso, NUNCA tendríamos una razón para mostrarles respeto. Existe una manera de decirle a un hombre que está equivocado o que te ha herido, usando palabras vengativas, despectivas y altaneras, y también una manera de compartir lo mismo con respeto. Escoge la última. En realidad, producirá el resultado que quieres: un esposo que quiere cambiar porque te ama. Debemos reinar en nuestro estallido emocional y escoger palabras que estén llenas tanto de gracia como de fuerte verdad.

En tiempo: el respeto también se manifiesta en cuándo escoges hablar. Esto significa que cuando tengas una queja que compartir, escoge el tiempo correcto. Cinco minutos antes de que tu esposo entre en una reunión importante no sería el mejor momento para compartirle tu desilusión porque olvidó sacar la basura. Como mujeres, hablamos más que los hombres; es un hecho demostrado. Podemos honrarlos al crear un espacio para que ellos nos compartan su corazón y no llenar cada segundo con conversación. Cuando tu marido llega a casa del trabajo, no lo recargues inmediatamente con información. Pregúntale por su día, escucha con atención y preocúpate profundamente por lo que a él le preocupa.

En público: respeto significa honrar a nuestros esposos públicamente. Debes ser lenta para hablar negativamente sobre tu esposo a cualquier persona. David honró a Saúl (un hombre egocéntrico que buscaba matarlo) al reprender al hombre que lo asesinó diciéndole: «¿Cómo es que no tuviste temor de extender tu mano para destruir al ungido del Señor?» (2S 1:14). ¡Esta es una gran afirmación! David, más que cualquiera, había sufrido innecesariamente por el deseo egoísta y celoso de gobernar de Saúl. Sin embargo, él nunca dijo una sola palabra irrespetuosa sobre Saúl, sino que lo honró simplemente por el puesto que tenía: él era el ungido del Señor. Tu esposo podría tener muchas fallas, pero aún así él es tu esposo y merece tu honor públicamente.

Confiémos en que Dios sabe lo que dice cuando nos da directrices para el matrimonio. Él creó al hombre y a la mujer. Él creó la institución del matrimonio. Confía en el Señor con todo tu corazón y no dependas de tu propio entendimiento. Reconócelo en tu matrimonio al someterte a los mandamientos que Él ha dispuesto (ayudar, someterse y respetar) y Él enderezará tu camino (Pr 3:5-6). Se te ha dado un GRAN lugar de influencia como esposa. No lo tomes a la ligera. Sométete a Dios y usa tu posición en tu matrimonio para promover el Reino y beneficiar a otros y no a ti misma.

Para leer más artículos sobre la femineidad bíblica, haz clic aquí.

Este recurso fue publicado originalmente en el blog de Kelly Needham.
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Kelly Needham

Kelly Needham está casada con el cantante y compositor cristiano Jimmy Needham. Kelly es una colaboradora regular de Aviva Nuestros Corazones y sus artículos han sido parte de Desiring God, The Gospel Coalition, The Ethics and Religious Liberties Commission, Eternal Perspectives Ministries, y Crosswalk. Ha servido en ministerios de jóvenes, de universitarios y de mujeres. Es autora de Friend-ish: Reclaiming Real Friendship in a Culture of Confusion.  Kelly y Jimmy viven en Dallas con sus tres hijos, Lively, Sophia y Benjamin.
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