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La semana pasada, puse sus amistades a prueba con una lista de preguntas centradas en este tema: ¿alguna vez has sido defraudado por un amigo?

Sé que la respuesta fue un rotundo sí. La evidencia está alrededor, probablemente incluso sucedió esta semana. Habrá muchos momentos en la vida donde tú serás la víctima.

Es una píldora teológica difícil de tragar: como la víctima, también eres responsable por tu respuesta cuando pecan contra ti.

No me malentiendas. La Biblia es un libro muy realista. Detalla cientos de historias de hombres y mujeres de fe que fueron víctimas. Desde el asesinato de Abel, los múltiples intentos contra la vida de David (incluso de parte de su propio hijo) hasta la traición a Cristo, la Biblia se identifica con aquellos que han sido tratados injustamente por sus amigos, familiares, prójimos y extraños.

La misma Biblia, sin embargo, está llena de exhortaciones que nos llaman a ejercitar la paciencia, la tolerancia y la compasión, para revocar la venganza y el enojo, para perdonar a otros y amar a nuestros enemigos.

Esta es la única manera que podemos cambiar el rumbo del poder destructivo del pecado en una relación.

En Miqueas 6:8 se nos da dirección en relación a nuestra reacciones ante el pecado: «Él te ha declarado, oh hombre, lo que es bueno. ¿Y qué es lo que demanda el Señor de ti, sino solo practicar la justicia, amar la misericordia, y andar humildemente con tu Dios?».

¿Por qué esta instrucción sería necesaria si no presuponía que nos herirían? Porque todos tendemos a pecar en nuestra respuesta y, al hacerlo, ¡agregamos problemas a nuestro problema!

Algunas de las maneras típicas en las que hacemos esto son:

  • al confesar los pecados del otro a mí mismo con amargura: «¡no puedo creer que me haya hecho eso a mí!».
  • al confesarle los pecados de otro a otra persona en son de chisme: «¡déjame contarte lo que me hizo!».
  • al confesarle los pecados de otro a Dios, buscando venganza: «Dios, ¿cuándo vas a hacerle algo a la persona que me hirió?».
  • al confesarle sus pecados a esa persona con enojo: «¿cómo te atreves a hacerme algo así?».

Cuando se trata de los pecados cometidos en nuestra contra, tendemos a comunicarnos respecto a ellos de maneras destructivas. Incluso cuando los pecados de otro han dañado nuestros corazones y vidas, somos llamados a guardar nuestros corazones para que no nos veamos envueltos en la destructividad del pecado.

El llamado a la paciencia, a la humildad, al perdón y a la amabilidad no son llamados a la pasividad. Dios te está llamando a responder, pero como Él lo ordena. Guardar rencor, amargarse, orar por venganza y esparcir el chisme no son métodos que Dios honra.

Cuando responsabilizas a alguien, pero no en un espíritu de humildad, paciencia y compasión, terminas pervirtiendo la justicia que buscas.

Nuestra necesidad de Cristo es tan grande cuando pecan contra nosotros como cuando nosotros mismos pecamos. Él proveerá abundantemente cuando pidamos su ayuda.

Dios los bendiga.

Preguntas para reflexionar

  1. ¿Por qué puede ser tan difícil aceptar que como víctima, también eres responsable por tu respuesta cuando han pecado contra ti?
  2. ¿Qué evidencia has visto de otras personas pecando en respuesta a los pecados cometidos contra ellos? ¿Cómo esto agrega problemas a sus problemas y por qué quisieras evitar su reacción?
  3. ¿Alguien te ha herido recientemente? ¿Estás, o estuviste, tentado a responder con amargura, chisme, venganza o enojo? Sé específico en tu análisis.
  4. ¿Cuál es, o cuál habría sido, la mejor y más bíblica manera de responder? ¿Por qué esa decisión es más gratificante?
  5. ¿Qué otras verdades del Evangelio sobre identidad y justicia necesitas predicarte a ti mismo cuando eres la víctima?
Este recurso proviene de Paul Tripp Ministries. Si deseas recursos adicionales, visita www.paultripp.com. Usado con permiso
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Paul Tripp

El Dr. Paul David Tripp es pastor, conferencista internacional y autor de libros éxito de ventas y ganadores de premios. Es el director de Paul Tripp Ministries. Con más de 30 libros y series en video, la pasión que mueve a Paul es conectar el poder transformador de Jesucristo a la vida cotidiana.
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