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El libro de Daniel no se trata de Daniel. El libro de Daniel se trata del Dios de Daniel. Si lo que has enseñando o lo que has aprendido sobre este inmenso libro es que debes «atreverte a ser un Daniel», entonces me temo que perdiste el punto completamente.

Este libro es más que un cuento de un héroe que nos inspira a vivir una vida valiente para Dios en medio de circunstancias difíciles. Si predicamos el libro así, entonces el Dios soberano que determina el destino de Daniel es irónicamente corrido hacia un lado.

Sin embargo, este libro merece un lugar en tu agenda de predicación. Y no me refiero solo a los primeros seis capítulos (ya sabes, aquellos con las historias magistralmente narradas). Predicar Daniel también significa cavar en las aparentemente extrañas visiones de los últimos seis capítulos. A lo largo de todo el libro, conocemos al Dios Altísimo que está gobernando soberanamente sobre los reyes y los reinos de la historia humana hasta que el Hijo Mesiánico del Hombre consuma la historia y lleve a su pueblo al Reino eterno de Dios.

Considera conmigo diversas razones por las que tu iglesia debe escuchar a este fiel profeta de la antigüedad.

1. Daniel le enseña a los cristianos a ser fieles donde estén

El libro comienza trágicamente con el rey Nabucodonosor de Babilonia conquistando y llevando cautivo a Daniel y a sus tres amigos (y los utensilios del templo) al exilio (1:1-7). Desde el comienzo, Daniel deja claro que este no es un conflicto entre dos pueblos, sino que entre dioses falsos y el Dios verdadero. Babilonia busca transformar a Daniel y a sus amigos a su imagen, sumergiéndolos en su idioma y literatura, imponiéndoles su dieta y dándoles nuevos nombres babilonios que reflejan a sus dioses y a su nueva tierra (1:4-7). En Babilonia, el pueblo de Dios enfrenta un dominio cultural y teológico completo.

Sin embargo, Daniel no hace una guerra cultural porque entiende que mientras esté en exilio, su Dios no lo está. Daniel vive en fe donde Dios lo ha puesto, siendo conformado a su Dios, no a los de Babilonia. De hecho, al final del capítulo 1, aprendemos que Daniel permaneció en Babilonia por más de setenta años, hasta el primer año del rey Ciro. Esas son siete décadas de silenciosa fidelidad, de resistencia disciplinada a amar a este mundo y sus deseos superficiales, de una larga obediencia en la misma dirección y en una tierra completamente hostil para Yahweh. ¿Acaso nuestra congregación no necesita captar una visión de ese tipo de discipulado?

Daniel tiene una palabra para los cristianos exiliados: debemos tener una visión a largo plazo en las tierras donde Dios nos ha puesto. Seamos o no ciudadanos del país en el que actualmente vivimos, nuestra verdadera ciudadanía está en el cielo (Fil 3:20), y debemos vivir nuestra ciudadanía terrenal a la luz de la celestial. Daniel nos enseña que los propósitos de Dios son largos y debemos confiar en él, confiados en que usaremos nuestra fidelidad común y corriente en maneras más extraordinarias de las que podemos ver o imaginar.

Demasiado a menudo, cuando pensamos en Daniel, pensamos en los momentos heroicos y en el proceso pasamos por alto miles de momentos inadvertidos comunes y corrientes, en los que él escogió la fidelidad por sobre la necedad. De igual manera debe ser hoy para el pueblo de Dios a medida que vivimos en exilio, precisamente donde Dios nos ha puesto.

2. Daniel expone la locura de la idolatría

Desde la gran estatua de oro que Nabucodonosor (3:1, 2, 3, 5, 7) erigió hasta la proclamación del rey Darío que decía que solo él puede ser solicitado como el único mediador entre las personas de su reino y los dioses (6:6-9), Daniel evidencia que aquellos que adoran a la bestia, se convertirán en bestias (4:28-33)[1]. No son lo reyes pasajeros de este mundo cuya palabra permanece, sino que la del Dios Altísimo quien gobierna el reino de los hombres y se lo da a quien él dispone (4:32; 7:23–27; 9:18–26; 11:2–45; 12:2–3).

En un mundo lleno de dioses falsos hechos por manos humanas, Daniel revela que es el Dios que no ha sido hecho por manos humanas el único digno de adoración (2:45; 8:25). Hasta que caiga Babilonia, el pueblo de Dios será tentado por los ídolos y tendrá que ver la idolatría en toda su locura. Daniel nos muestra que no importa cuán atrayentes sean los ídolos, están vacíos. Ese es un mensaje que nuestras iglesias necesitan escuchar continuamente.

3. Daniel sigue fiel al Dios soberano que reina sobre todo

En Daniel, conocemos al Dios que gobierna sobre para que todos sepan que el Altísimo gobierna el reino de los hombres y se lo entrega a quien él dispone (4:25). Ya sea el sueño de Nabucodonosor en los capítulos 2 y 4 o la confianza que sostiene la oración de Daniel en los capítulos 2 y 9, Daniel nos revela que Dios es soberano sobre todo y todos. Él cambia el tiempo y las estaciones; quita y establece reyes (2:21).

Este Dios evoca tal confianza en su pueblo que Sadrac, Mesac y Abednego pueden exaltar su soberano poder para ser liberados del horno abrasador (3:17) mientras que al mismo tiempo dijeron confiadamente: «Pero si no lo hace… no serviremos a sus dioses ni adoraremos la estatua de oro que han levantado» (3:18). El Dios de Daniel no está hecho con manos humanas y no puede ser frustrado por los ídolos.

Las visiones de los seis últimos capítulos han producido interpretaciones variadas e incluso extrañas, pero no podemos equivocarnos en interpretar que todos ellos están gritando: «¡el Dios verdadero reina!». Al final, no será Babilonia, Persia, Estados Unidos o cualquier otro reino que se imponga. No, no: el dominio, la gloria y el reino serán dados a aquel que es como un hijo de hombre, y todos los pueblos, naciones y lenguas deben servirlo (7:13-14).

Nuestra congregación necesita escuchar esto. Mientras todos vivimos y amamos reinos terrenales, lo hacemos mejor cuando los amamos a la luz de nuestro eterno Rey y su Reino eterno. La historia humana será caracterizada por el surgimiento y la caída de reyes y reinos, pero existe un Rey que gobierna sobre todos ellos y su Reino es eterno (capítulos 7 al 12). ¿Acaso no son buenas noticias para el pueblo de Dios en un mundo que continuamente ofrece reyes y reinos menores?

Conclusión

Lejos de ser un libro irrelevante que se altera de la visión escatológica del Nuevo Testamento, Daniel la comprende y la realza. Daniel le habla al pueblo exiliado de Dios hoy (1P 1:1) que aún espera un Rey mejor y un Reino mejor.

Hasta que no terminen nuestros años de exilio, seremos un pueblo que vive y espera en fe. Afortunadamente, Daniel nos da una confianza muy sólida de que Dios llevará a cabo cada uno de sus propósitos. Así que, pastores, ¡prediquen este libro! Predíquenlo completo. Estén confiados en que su congregación necesita contemplar al Dios de Daniel y vivir fielmente a la luz de su poder soberano tanto en nuestro tiempo como en el de Daniel.

Este recurso fue publicado originalmente en 9Marks. | Traducción: María José Ojeda

[1] Estoy en deuda tanto con Greg Bale como con Jim Hamilton por sus escritos sobre este tema. Ver el libro de G. K. Beale We Become What We Worship: A Biblical Theology of Idolatry [Nos convertimos en los que adoramos: una teología bíblica de la idolatría] (Downers Grove, IL: Intervarsity Press, 2008) y el libro de Jim Hamilton With Clouds of Heaven: The Book of Daniel in Biblical Theology [Con nubes del cielo: el libro de Daniel en la teología bíblica] in New Studies in Biblical Theology. Editado por D.A. Carson (Downers Grove, IL: Intervarsity Press, 2014). 

Photo of Josh Manley
Josh Manley
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Josh Manley

Josh Manley es pastor de la iglesia evangélica RAK en los Emiratos Árabes Unidos. Puedes encontrarlo en Twitter como @JoshPManley.