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Título original en inglés: “Am I Responsible for My Husband’s Sexual Sin?


En el último par de semanas, he tenido varias conversaciones con esposas que se sentían llenas de culpa. Cada una de ellas temía que el no cumplir con las expectativas sexuales de sus esposos los empujaría a satisfacer sus deseos de manera pecaminosa. Este temor puede parecer extremo, pero la creencia de que las esposas son responsables de guardar a sus esposos del pecado sexual es más común de lo que podrían pensar, así que quiero llevar su atención hacia esto. Estas son solo cuatro muestras de esas discusiones:

  • «Mi esposo va a un viaje de negocios la próxima semana y si no duermo con él antes de que se vaya, lo dejaré vulnerable a que me engañe». Cuando insistí en preguntar por qué ella tenía este temor, me dijo: «mi pastor una vez habló sobre la necesidad de asegurarse de que tu esposo esté satisfecho antes de salir de casa o él podría descarriarse».
  • «Realmente estoy luchando con mi cuerpo posparto. Temo que si no lo recupero pronto, mi esposo perderá su deseo por mí». Al conocer a la pareja, este temor parecía fuera de lugar. Cuando le pregunté por qué concluía esto, dijo que había escuchado un sermón donde se les decía a las esposas que mantuvieran su apariencia «para que tu esposo no se distraiga con alguien que sí lo mantiene».
  • «Sé que la próxima semana será difícil para mí seguir el ritmo del entusiasmo sexual de Bill, pero temo que si le fallo, él recurrirá al porno. Agrega tanta presión». Después de llevarla hacia un lado, me reveló que su esposo había estado luchando contra la adicción a la pornografía por años. Su consejero anterior la animó a responder a su necesidad por sexo para que no caiga en pecado, dejándola destrozada y sintiéndose responsable por los fracasos de su marido.
  • «Temo no ser suficiente para mi esposo. Él nunca está complacido con mi “performance”. Realmente estoy luchando para darle más placer, pero cuando está en un momento crítico y me amenaza con satisfacer sus necesidades en otro lugar, simplemente me paralizo. Me da miedo perderlo si no puedo entregarle lo que quiere».

Cada una de estas esposas creyó que era responsable de la pureza de su esposo, entonces si él se perdía en cualquier manera, la culpa llegaría a ellas. En los primeros dos casos, las esposas no tenían expectativas basadas en hechos que las llevarían a pensar que sus esposos les serían infieles; ellos eran hombres honorables. Sin embargo, otros cristianos les enseñaron a temer el potencial de sus esposos para pecar sexualmente. Esta creencia impidió su habilidad de disfrutar el sexo y de deleitarse en sus esposos. En los últimos dos casos, las mujeres creían que los deseos pecaminosos de sus esposos eran normales, pero también abrumadoramente poderosos. Era responsabilidad de las esposas evitar que sus esposos pecaran y esto las esclavizaba a las exigencias distorsionadas de sus maridos. De alguna manera, todas estas mujeres están escuchando el mismo mensaje: los cuerpos de sus esposos producen un nivel irresistible de deseo sexual que debe satisfacerse y las esposas son responsables de satisfacer ese deseo para mantener la pureza sexual de sus esposos.

Hablar sobre la frecuencia de las relaciones sexuales con matrimonios suele ser difícil porque es muy complejo y personal. No obstante, un asunto del cual podemos hablar claramente y que es relevante para todos los matrimonios es este: ¿Los hombres necesitan sexo? ¿Es así como Dios hizo a los hombres? Dicho de manera simple, no. Los hombres no necesitan sexo. El sexo no es algo que los hombres necesitan para sobrevivir, tampoco es una tentación para la cual no estén equipados para resistir. Hay muchos momentos a lo largo de un matrimonio en los que una esposa es incapaz o se considera poco sabio que ella tenga relaciones sexuales con su esposo: el posparto, un tiempo posterior a una cirugía, durante una enfermedad o cuando hay abuso. Dios no produce que nosotros necesitemos algo que Él no provee (como un compañero siempre disponible) o que no permite (como la fornicación o el adulterio), tampoco crea nuestros cuerpos para experimentar una tentación irresistible (Stg 1:13).

Desacreditar estas creencias tiene al menos dos impactos importantes: quita el peso de la culpa que viene de una enseñanza errónea y permite que las esposas al menos comiencen conversaciones más equilibradas sobre sexo con sus esposos.

Para apoyar ese esfuerzo, existen algunos principios simples expuestos en 1 Corintios 6 que espero traigan mayor claridad.

Huyan de la fornicación. Todos los demás pecados que un hombre comete están fuera del cuerpo, pero el fornicario peca contra su propio cuerpo. ¿O no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo que está en ustedes, el cual tienen de Dios, y que ustedes no se pertenecen a sí mismos? Porque han sido comprados por un precio. Por tanto, glorifiquen a Dios en su cuerpo y en su espíritu, los cuales son de Dios (vv. 18-20).

En primer lugar, noten que las instrucciones de Pablo están dirigidas a la persona tentada. Es su responsabilidad huir para no convertirse en esclavo de sus deseos sexuales. Pablo pone la carga directa y exclusivamente en la persona que es tentada, los cónyuges no se mencionan.

En segundo lugar, considera que la estrategia principal de Pablo para lidiar con la inmoralidad sexual es huir. Pablo está hablándole a una cultura que es muy parecida a la nuestra, donde se normalizan todos los tipos de sexo y deseos pecaminosos. La directriz de Pablo para lidiar con la inmoralidad sexual es simple y directa: ¡corran! ¡Huyan! Aléjense lo que más puedan de ella. Él no está diciendo que se detengan y razonen con ella, que la consideren, que negocien con ella o que coqueteen con ella; al contrario, que corran de todas las tentaciones que lleven a ella, como José lo hizo con la esposa de Potifar (Gn 39:12).

En tercer lugar, noten por qué nos dice que huyamos. Pablo quiere que tratemos la inmoralidad sexual como el peligro que es, para que no dañemos nuestros cuerpos, que es donde mora el Espíritu Santo. Él conoce la naturaleza esclavizante del pecado sexual y sabe que nuestros cuerpos fueron creados para ser una morada para el Espíritu Santo[1]. Considerar medios de satisfacción corporal fuera de lo que Dios nos ha dado, en última instancia, viola a la larga nuestra conexión con Jesús, por lo que Pablo nos exhorta, en lugar de ello, a glorificar a Dios con nuestros cuerpos.

En cuarto lugar, al destacar el tremendo daño que hace el pecado sexual, la advertencia de Pablo aquí debe llevar a las personas tentadas a odiar su deseo de pecar. Lo diré de la siguiente manera: es bueno que cada uno de nosotros cultive un horror por nuestro pecado. De hecho, deberíamos sentir repulsión por ello. Y aunque podemos orar por nuestros cónyuges para que ya no sean cautivados por deseos pecaminosos, no podemos cambiar sus gustos por él. Les corresponde a ellos. No es tu culpa ni es tu responsabilidad liberarlos de sus pasiones malvadas. Tendrán que pelear la batalla ellos mismos, solicitando la ayuda de Jesús. Solo Él tiene el poder y la habilidad de romper el vínculo con el pecado.

Los problemas en la vida sexual marital son complejos y esta distorsión es solo una de muchas. Pero dado su prevalencia, sugiero que los maridos consideren preguntarles a sus esposas sobre esto. Descubran qué han leído o escuchado ellas sobre la necesidad de cuidarlos sexualmente. Esta conversación los bendecirá a ambos.

Para el resto de nosotros, esperemos encontrar mujeres que creen que son responsables de la pureza de sus maridos. Cuando nos encontremos con ellas, los animo a bajar el ritmo, a descubrir cómo llegaron a esta conclusión y luego a apuntarlas a pasajes como el mencionado anteriormente. Todos sabemos instintivamente que una esposa no es responsable de los hábitos alimenticios de su esposo, de sus devocionales diarios o de si es un ladrón. A pesar de eso, muchas mujeres nos necesitan, y especialmente a sus pastores, para ayudarlas a hacer esta misma aplicación al potencial de la tentación sexual de sus esposos.


Esta traducción está protegida por Copyright © 2022 y por The Christian Counseling & Educational Foundation (CCEF). Este artículo titulado “Am I Responsible for My Husband’s Sexual Sin?” Copyright © 2021 fue escrito por Darby Strickland y está disponible en https://www.ccef.org/am-i-responsible-for-my-husbands-sexual-sin. El contenido completo está protegido por Copyright y no puede ser reproducido sin el permiso escrito otorgado por CCEF. Para más información sobre clases, materiales, conferencias, educación a distancia y otros servicios, por favor, visite www.ccef.org.

Traducido íntegramente con el permiso de The Christian Counseling & Educational Foundation (CCEF) por María José Ojeda, Acceso Directo, Santiago, Chile. La traducción es responsabilidad exclusiva del traductor.

[1] Cuando pensamos en ser esclavos del pecado, no quiere decir que no tengamos poder ni que estemos incapacitados; al contrario, la esclavitud al pecado es un resultado directo de nuestra propia decisión a pecar (Jn 8:34).

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Darby Strickland

Darby Strickland es consejera y miembro de la facultad de CCEF. Tiene un Máster en Divinidad con un énfasis en consejería otorgado por Seminario Teológico Westminster. Es una experta reconocida a nivel nacional y tiene una pasión y experiencia particular en ayudar a los vulnerables y oprimidos, especialmente a mujeres en matrimonios abusivos. Ha contribuido en el currículum de entrenamiento Cómo convertirse en una iglesia que cuida bien de los que han sido abusados, por medio de churchcares.com. Ha escrito para la Journal of Biblical Counseling, para el blog de CCEF y recientemente publicó su primer libro Is it Abuse? A Biblical Guide to Identifying Abuse and Helping Victims (P&R) [¿Esto es maltrato? Una guía bíblica para identificar el maltrato y ayudar a las víctimas].
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