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¿Alguna vez te has encontrado a ti mismo dejando pasar la mañana del domingo? ¿Alguna vez la promesa de la semana que viene ha comenzado a eclipsar la maravilla de reunirse con el pueblo de Dios?

Probablemente, no desprecias a la iglesia, pero quizás todavía suspiras en silencio por el descanso extra de esa tarde. Tal vez anhelas que comience otra semana. La tentación aparece, a veces, para dar por sentado los domingos y comenzar a ansiar, en su lugar, lo que viene el lunes: rutinas, relaciones, eventos, actividades, incluso, quizás, el trabajo. Lentamente, la iglesia, casi de manera imperceptible se transforma en una interrupción en la semana, en lugar de ser la culminación.

¿Cómo la reunión semanal que inspira el asombro del pueblo de Dios es sacado del centro de atención como si fuera una inconveniente intromisión en el flujo de nuestras vidas? A menudo, se debe a que hemos comenzado a adorar a algo más el resto de la semana.

Deseando que la adoración termine

La tentación de dejar pasar la adoración comunitaria (y solo ir por inercia) no es nueva. Cuando el pueblo del antiguo pacto de Dios se rebeló contra Él, adorando a su dinero y robándole a los pobres, el profeta Amós oyó sus maquinaciones. Él escribe:

Oigan esto, los que pisotean a los menesterosos, y quieren exterminar a los pobres de la tierra, diciendo:

«¿Cuándo pasará la luna nueva
Para vender el grano,
Y el día de reposo para abrir el mercado de trigo…» (Am 8:4–5).

¿Cuándo se acabará la adoración comunitaria, para que podamos hacer lo que realmente queremos? Los atraparon dejando de lado la adoración para hacer lo que realmente amaban. Se quejaban mientras esperaban y esperaban en el centro de atención. Las últimas palabras de cada reunión se convertían en las más dulces, porque significaba que finalmente eran despachados.

¿Ves cómo sus corazones funcionan? Ellos no se saltaban la adoración. ¡Dios nos libre! Ellos observaban rigurosamente la luna nueva y los rituales del día de reposo, porque querían continuar con sus vidas reales. Más específicamente, querían volver a hacer dinero (y a cualquier costo).

Sus palabras traicionan su piedad, mostrando que, en realidad, su adoración ocurría en cualquier día menos en el de reposo. El dinero era su dios y la adoración comunitaria era simplemente otro desvío.

Mandados a disfrutar a Dios

La luna nueva se refiere a la adoración mensual que se realiza en Israel (Nm 28:11-15). Dios le ordenó a Moisés a marcar el comienzo de cada mes con un sacrificio. «Ofrenda encendida, aroma agradable al Señor» (Nm 28:8). Esencialmente, Israel ofrecía una cena mensual para el Dios Todopoderoso, para expiar pecados y para anunciar nuevamente su deleite y su devoción a Él.

La ofrenda del día de reposo se realizaba cada semana (Nm 9:10), desde que Israel vagaba en el desierto (Ex 16:23-29). Dios le dijo a Moisés: «Acuérdate del día de reposo para santificarlo. “Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día es día de reposo para el Señor tu Dios”» (Ex 20:8-10). A quienes ignoraron el mandamiento se les daba muerte (Nm 15:32-36). Dios mismo apartó este día para Dios, para la alegría de su pueblo. Dios les ordenó que cesaran sus labores diarias y tomaran una pausa para adorarlo.

Puesto que Dios ordena nuestra adoración, sutilmente puede comenzar a sentirse solo como otra obligación en lugar de un privilegio incalculable y sin precedentes. No te equivoques, es una obligación. El Dios del cielo y de la tierra nos ordena ir, pero al hacerlo, no nos pone una carga. Él nos manda a la verdadera gloria y al gozo perdurable. ¿Existe otra ley que haya sido más dulce?

Cuando Dios nos manda a adorar, Él nos manda a hacer aquello que nos hace más felices, como obligarnos a pasar un día extra de verano a la orilla de nuestra playa favorita. Este mandamiento no es una carga; es increíblemente hermoso.

Advertencia para ellos

Por muy irresistible que sea la promesa, la advertencia es en cada aspecto igual de severa. Si comenzamos, sutil o abiertamente, a despreciar la adoración comunitaria de nuestro Dios porque apreciamos más los pastos más verdes y más rentables de la semana, Dios lo nota. Israel era tan saludable, rico y próspero como siempre, lo que les daba un sentido falso de seguridad e independencia. La adoración se había convertido en solo un extra (y ellos estaban considerando quitar las cosas extras).

Cuando Israel comenzó a pasar por alto el día de reposo, Dios les advirtió:

«Vienen días», declara el Señor Dios,
«en que enviaré hambre sobre la tierra,
No hambre de pan, ni sed de agua,
Sino de oír las palabras del Señor.
La gente vagará de mar a mar,
Y del norte hasta el oriente;
Andarán de aquí para allá en busca de la palabra del Señor,
Pero no la encontrarán…» (Am 8:11–12)

Esta hambruna no será de comida o agua, sino que de Dios. Dios les quitará su comida y su agua, incluso sus hogares, pero esto será mucho más grave; devastadoramente grave. Él se retirará, porque dieron por sentada la adoración. Pronto, ellos se encontrarán a sí mismos buscando su voz en toda la tierra; buscarán, no importa con cuánta persistencia, en vano.

Al haber triunfado como un pueblo, sin haber hecho nada para merecerlo, para tener al verdadero Dios como su Dios, habían saqueado las minas. Para hacer un par de centavos extra. Ahora, sus ojos y sus oídos habían sido cerrados para bien.

Advertencia para nosotros

La advertencia y la promesa no son menos graves para nosotros hoy: cualquiera de nosotros que desprecie la adoración, sutil o abiertamente, invita al horror de un mundo sin Dios.

Si ese mundo no suena tan horrible para nosotros, somos los más vulnerables de todos. Quizás nunca lo digamos en voz alta, pero algunos de nosotros no nos molestaría un cielo sin Dios, mientras sea una versión mejor, más sólida, más segura de lo que tenemos ahora. Es por eso que los domingos se sienten como un inconveniente y son un poco molestos. Hemos comenzado a tratar a Dios como una buena adición a una buena vida, en lugar de verlo como aquel que hace que valga la pena tener vida.

Tristemente, muchos no se darán cuenta cuán terrible es estar apartados de Dios para siempre hasta que lo busquen por cielo y tierra en vano. Algunos irán a la tumba suponiendo que Él tiene un lugar para ellos (Mt 7:21), y luego se quedarán levantando desesperadamente su registro de asistencia a la iglesia (Mt 7:22).

¿Cuándo este servicio se terminará? Si el pensamiento persiste, imagina a Dios haciéndote a ti, a tu familia y a tu iglesia morir de hambre por su Palabra. Imagínalo dejándote fuera del nuevo cielo y la nueva tierra, donde su Palabra reemplazará al sol (Is 60:19). Luego recuerda la maravilla de que Dios se ha dado a sí mismo y a su Palabra a nosotros, nos ha adoptado en su familia y amorosamente nos ha ordenado parar en un trabajo lo suficientemente largo para verlo y disfrutarlo a Él nuevamente en adoración.

Reunión incomparable

¿Cómo evitamos caer en tal tentación, locura y juicio? Al apreciar al Dios de adoración por sobre todo lo demás y al ver los domingos como lo veremos desde el cielo un día. Como John Piper escribe sobre la adoración en el Nuevo Testamento:

No existe reunión como esta en el mundo: un pueblo de la propia posesión de Dios, escogido antes de la fundación del mundo, destinado a ser como el Hijo de Dios, comprado con sangre divina, absuelto y aceptado ante la corte del cielo, una nueva creación en la tierra, donde el Creador del universo habita, santificado por el cuerpo de Jesús, llamado a gloria eterna, heredero del mundo, destinado a gobernar con Cristo y a juzgar ángeles. Nunca ha existido una reunión como esta. Era incomparable en la tierra (Exultación expositiva).

Somos invitados a esa reunión cada fin de semana. ¿Cómo podemos pasar por alto las mañanas del domingo a menos que nos hayamos adormecido ante la constelación de incomparables bellezas que vienen juntas en esos noventa preciados minutos? En cierto sentido real, lo que experimentamos juntos en la adoración es lo más cercano al cielo que llegamos a ver en esta vida. No importa cuán familiar o común pueda sentirse en una semana determinada, lo que pasa el domingo en la mañana es una maravilla que debe generarnos expectativa, debe llevarnos a contemplarlo y debemos disfrutarlo.

Marshall Segal © 2019 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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Marshall Segal

Marshall Segal es escritor y el director editorial de desiringGod.org. Es autor de Soltero por ahora: la búsqueda del gozo en la soltería y el noviazgo (2018). Se graduó de Bethlehem College & Seminary. Él y su esposa, Faye, tienen un hijo y viven en Minneapolis.
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