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«Señor, hazme tan santo como pueda serlo un pecador perdonado». Esta oración, a menudo en los labios de Robert Murray McCheyne, cala hondo en toda alma cristiana. Cuando el Espíritu Santo viene a morar en nosotros, la santidad deja de ser esa obligación sofocante que antes nos parecía. De pronto la santidad se siente como el cielo en nuestros corazones y todo anhelo terrenal dobla sus rodillas ante este ardiente y brillante deseo: «Señor, hazme santo».

Al mirar hacia un nuevo año, ¿cómo podríamos esperar que el Espíritu Santo satisfaga este anhelo? Una respuesta puede que no nos resulte sorprendente, sin embargo, a menudo es olvidada y descuidada: para hacernos santos el Espíritu nos conduce por las sendas de la Escritura, la oración y otros medios de gracia. Y a lo largo de esa senda, Él moldea nuestra postura para alinearla con dos verdades fundamentales:

No es posible encontrar santidad fuera de los medios de gracia del Espíritu; por lo tanto, debemos ser diligentes en su uso.

No es posible encontrar santidad en los medios de gracia en sí; por lo tanto, debemos estar desesperados de que el Espíritu obre a través de ellos.

Diligencia y desesperación: estas son las posturas que honran a los medios de gracia del Espíritu. Y de acuerdo a su diseño, son nuestra única esperanza para tener verdadera santidad.

Señor, haznos diligentes

Algunos de nosotros vacilamos en asociar la obra santificadora del Espíritu con una palabra como diligencia. Podemos ser propensos a pensar en el ministerio del Espíritu en términos de espontaneidad y flexibilidad, no de disciplina y diligencia. Sin embargo, a menos que leamos la Biblia atentamente, oremos fervientemente y nos congreguemos para adorar regularmente, la santidad que proviene del Espíritu no será nuestra. En otras palabras, sin diligencia no hay santidad.

La descripción bíblica del cristiano que está creciendo bulle con actividad y esfuerzo. Un cristiano de este tipo no solo lee la Biblia cuando puede, sino que aspira a meditar en ella «de día y de noche» (Sal 1:2), considerando la Palabra (2Ti 2:7), dando oído a la Palabra (Pr 2:2), atesorando la Palabra (Sal 119:11). No ora por algunas cuantas peticiones inciertas camino al trabajo, sino que procura «persever[ar] en oración» (Col 4:2), dedicando toda su mente a este cometido (1P 4:7) e intercediendo intensamente en favor de él mismo y de los demás (Col 4:12). No solo se reúne con la iglesia únicamente cuando su horario se lo permite, sino que él exhorta (y es exhortado) «cada día» (Heb 3:13), «no dejando de congregar[se]» con sus hermanos y hermanas (Heb 10:25).

Así como ninguna ramita se desplaza río arriba, ningún cristiano puede avanzar hacia la santidad por sí solo. La carne es demasiado débil; el diablo, demasiado engañoso; y el mundo, demasiado atractivo. Cuando se trata de santidad, el Espíritu nos da hoy el mismo mandamiento que dio hace dos mil años: Busquen (Hebreos 12:14).

Hábitos santos

Por supuesto que a veces nuestros esfuerzos por obtener santidad no nos parecen tales en absoluto. Sentimos que somos llevados por el Espíritu y que Él nos llena de un poder que nos hace menospreciar el pecado e ir a los medios de gracia con gozo. Estas experiencias son preciosas. Pero pueden llevarnos por mal camino si esperamos que la senda de la santidad siempre nos parezca como volar con alas de águila.

La realidad es que gran parte de nuestro progreso hacia la santidad exige esfuerzos dolorosos y minuciosos –aunque no sin alegrías–, y llevados por una fe tenaz que se aferra a la promesa de Dios. J. I. Packer nos ofrece el realismo que muchos de nosotros necesitamos escuchar: «La enseñanza sobre la santidad que pasa por alto la persistencia disciplinada en el buen hacer que forma hábitos santos es débil por tanto; la formación del hábito es la manera habitual de dirigirnos en la santidad» (Caminar en sintonía con el Espíritu).

Por supuesto que, en este momento, la «formación del hábito» puede que no nos parezca muy espiritual, al menos si por espiritual nos referimos a un estado emocional edificante o extático. Probablemente, se sentirá como un trabajo arduo y común. Pero caminar conforme al Espíritu a veces es tan simple como tomar el siguiente y difícil paso en fe: tirar las colchas de la cama y levantarte, resistir la tentación de ser absorbido en tu teléfono o correo electrónico o superar las distracciones en tus oraciones. Cueste lo que cueste, mantén tu mirada en la recompensa y forma los hábitos que te lleven a esos lugares donde sopla el viento del Espíritu.

Entonces, mientras pedimos más santidad en el año que viene, también podemos orar: «Señor, haznos diligentes».

Señor, haznos sentir desesperados

No obstante, ¡ay de nosotros si la diligencia es nuestra única consigna en pos de la santidad! El fariseo de la parábola de Jesús podía decir que ejercía diligencia, bastante más que muchos de nosotros. «[…] Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: estafadores, injustos, adúlteros; ni aun como este recaudador de impuestos. Yo ayuno dos veces por semana; doy el diezmo de todo lo que gano» (Lc 18:11-12). Este hombre despliega todos los medios de gracia. Él conoce la Escritura. Ora. Asiste al templo. Y está perdido.

Sin el condimento de la humilde desesperación, la diligencia se vuelve la más amarga de las raíces. Tal como escribe John Murray: «Si no somos agudamente conscientes de nuestra propia impotencia, entonces podemos hacer del uso de los medios de santificación el ministro de la propia justicia y orgullo» (La redención consumada y aplicada). Si nos consagramos a los medios de gracia sin depender del Dios de gracia, dichos medios solo pueden servir a nuestra propia justicia.

En la búsqueda de la santidad, al igual que en todas las áreas de la vida, debe perdurar la primera de las bienaventuranzas de Jesús: «Bienaventurados los pobres en espíritu […]» (Mt 5:3). Bienaventurados los que saben que no pueden ver nada por sí mismos (1Co 2:14). Bienaventurados los que pueden decir junto con el apóstol: «[…] no sabemos orar como debiéramos […]» (Ro 8:26). Bienaventurados los que, al igual que el recaudador de impuestos en la parábola, saben que la misericordia es su única esperanza (Lc 18:13).

La diligencia puede poner nuestro rostro frente a la Biblia, pero no puede mostrarnos las maravillas de ella (Sal 119:18). Solo el Espíritu puede hacer eso y se goza en hacerlo para los desesperados.

«¡Dame vida!»

El autor del Salmo 119 ejemplifica cómo podría percibirse la diligencia desesperada en la práctica. A través de todo el salmo, las notas de la diligencia y de la desesperación se entremezclan en una armonía que solo pueden provenir del Espíritu Santo.

Decir que el salmista es diligente es poco:

  • «Con todo mi corazón te he buscado […]» (Salmo 119:10).
  • «Así que guardaré continuamente tu ley, para siempre y eternamente» (Salmo 119:44).
  • «Me apresuré y no me tardé en guardar tus mandamientos» (Salmo 119:60).
  • «[…] tus testimonios son mi meditación» (Salmo 119:99).
  • «Siete veces al día te alabo, a causa de tus justas ordenanzas» (Salmo 119:164).

Sin duda eso es diligencia. Sin embargo, es la diligencia de un hombre que sabe en el fondo de su corazón que no tiene esperanza sin su Dios. Escucha su desesperación:

  • «Postrada está mi alma en el polvo; vivifícame conforme a tu palabra» (Salmo 119:25).
  • «Quita de mí el camino de la mentira, y en tu bondad concédeme tu ley» (Salmo 119:29).
  • «Inclina mi corazón a tus testimonios y no a la ganancia deshonesta» (Salmo 119:36).
  • «Sea íntegro mi corazón en tus estatutos, para que yo no sea avergonzado» (Salmo 119:80).
  • «Yo soy tu siervo, dame entendimiento para que conozca tus testimonios» (Salmo 119:125).

El salmista sabía lo que nosotros a menudo olvidamos: la santidad requiere trabajo arduo, mas nunca es el producto de un mero trabajo duro. De principio a fin, la santidad es un don de gracia. Por eso es que no solo oramos: «Señor, haznos diligentes», sino también: «Señor, haznos sentir desesperados».

Señor, muéstranos a Cristo

Mediante la diligencia y la desesperación, el Espíritu nos conduce hacia la santidad. Sin embargo, si decidimos incorporar estas dos posturas el próximo año, necesitamos recordar a qué nos referimos al hablar de santidad. Con demasiada facilidad hablamos de la santidad como un mero conjunto de virtudes morales abstractas, entre otras, la paciencia, el amor, la generosidad, la audacia, y no como lo que realmente es: semejanza a Cristo. Ser santo es estar cerca de Cristo y ser semejante a Cristo; por lo tanto, la búsqueda de la santidad es la búsqueda de Él.

Si concebimos la santidad meramente como una virtud moral, entonces es probable que nuestra diligencia y desesperación se evaporen después de un tiempo. Pero si Cristo está en el centro mismo de nuestra búsqueda, entonces tenemos un objetivo lo suficientemente glorioso como para concentrar toda nuestra energía, todos nuestros anhelos y toda nuestra atención durante todo el año.

Levántate temprano para Cristo, lee, medita y memoriza para Cristo, ora y ayuna para Cristo, congrégate y adora a Cristo –no para ser más aceptado por Él, sino para gozarte más en Él de lo que ya lo haces–. Cualquier otra cosa que podamos ganar este año, no puede compararse con conocer a Cristo, amarlo y confiar en Él más sinceramente que ahora. «Ah, si viérais la belleza de Jesús y oliérais la fragancia de su amor –escribió Samuel Rutherford tiempo atrás– atravesaríais agua y fuego para estar con Él» (The Letters of Samuel Rutherford [Cartas de Samuel Rutherford])[1].

Básicamente, esta es la pasión y el propósito del Espíritu Santo en todos los medios de gracia: glorificar a Cristo a nuestros ojos para que seamos más semejantes a Él (Jn 16:14; 2Co 3:18). Por tanto, si queremos que Dios nos haga tan santos como pueden serlo unos pecadores perdonados, le pediremos mayor diligencia y desesperación. Y bajo de ambos, diremos: «Dios, muéstranos a Cristo».

Scott Hubbard © 2020 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. Traducción: Marcela Basualto.

[1] N. del T.: traducción propia

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Scott Hubbard

Scott Hubbard es editor en Desiring God, pastor de All Peoples Church y graduado de Bethlehem College & Seminary. Él y su esposa, Bethany, viven con sus dos hijos en Minneapolis.
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