volver

No sé tú, pero yo he tenido que limitar mi ingesta de noticias, principalmente porque me habían abrumado. Apesadumbran mi corazón. Gatillan mis preocupaciones y temores. Es por eso que aprecio los esfuerzos de muchos de desvivirse para destacar y compartir el bien que se está realizando. Ya sean historias de profesores de escuelas que conducen hacia los vecindarios de sus estudiantes o vecinos que ayudan a otros vecinos o maneras creativas en que las personas están sacando el mayor partido posible de una situación difícil; todas esas historias me recuerdan que hay bien en medio del mal.

¿Y acaso no necesitamos un poco de buenas noticias ahora?

 A medida que leo o veo estas historias, recuerdo tanto más cómo los cristianos tienen una razón mayor para disfrutar las buenas noticias. Aún más, conocemos la mejor noticia: el Evangelio de Jesucristo. Puesto que conocemos esta buena noticia, siempre tenemos una razón para regocijarnos. Conocemos una alegría que trae luz incluso en los momentos más oscuros.

Quizás por esa razón Pablo escribió en 1 Tesalonicenses 5: «Estén siempre gozosos. Oren sin cesar. Den gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para ustedes en Cristo Jesús» (16-18). Muchas veces en mi vida cristiana me he preguntado cómo es posible estar siempre gozosos. ¿Incluso cuando mi corazón está roto? ¿Incluso ante pérdida? ¿Incluso cuando tengo temor? Lo que he aprendido desde entonces es que Pablo no nos está llamando a ser súperoptimistas o a decir que algo es bueno cuando claramente no lo es. Él no nos llama a ponerle al mal tiempo buena cara y a negar el dolor del sufrimiento que experimentamos. La verdad es que las cosas malas que ocurren en la vida son el resultado de la caída y debemos lamentar esas cosas, pues este mundo no es como debiese ser. Debemos llamar al mal por lo que es.

Sin embargo, en medio de nuestros dolores y tristezas, tenemos un gozo que actúa como una corriente subterránea constante; nos mantiene avanzando, a pesar de las oleadas de una vida llena de tormentas. Podemos regocijarnos siempre por Cristo. Podemos regocijarnos porque hemos sido rescatados del pecado y salvados para la eternidad. Podemos regocijarnos porque conocemos a Dios y porque Él nos conoce. Podemos regocijarnos porque somos amados por Aquel que gobierna todas las cosas, sustenta todas las cosas y determina todas las cosas. Como Calvino escribió: «Si consideramos lo que Cristo nos confirió a nosotros, no habría amargura de dolor tan intensa que no sea aliviada y dé paso a un gozo espiritual».

Pablo conecta el regocijo, la oración y la acción de gracias aquí porque existe una interesante relación entre las tres. Trabajan juntas, contribuyendo y reforzando a la otra. Cuando somos lastimados y sufrimos, clamamos a Dios en oración, poniendo nuestras cargas sobre Él. Al hacer eso, encontramos paz y gozo en medio de ese dolor mientras el Espíritu anima nuestros corazones y nos recuerda quién es Dios y qué ha hecho por nosotros. En esto, la oración y el regocijo van de la mano. Por lo tanto, Pablo nos alienta a orar sin cesar, para que nuestro gozo sea completo y así podamos regocijarnos siempre. Entonces, sucesivamente, respondemos en agradecimiento por la bondad y la fidelidad del Señor hacia nosotros. Realmente, es una cadena condensada de lo que Pablo escribió en Filipenses 4:

Regocíjense en el Señor siempre. Otra vez lo diré: ¡Regocíjense! La bondad de ustedes sea conocida de todos los hombres. El Señor está cerca. Por nada estén afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer sus peticiones delante de Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús (vv. 4-7).

En lugar de inquietarnos, desesperarnos y llenarnos de una crónica preocupación, debemos tener «razonabilidad», una moderación del espíritu. Debemos llevar todas nuestras preocupaciones al Señor en oración, envueltas en agradecimiento. El Señor, entonces, nos da una paz que no tendrá sentido para quienes están fuera de Cristo, puesto que sobrepasa todo entendimiento humano. Es una paz espiritual; una paz anclada al Evangelio; una paz enraizada en nuestra unión con Cristo nuestro Salvador.

Me encanta lo que dijo Spurgeon sobre esta relación entre regocijo, oración y agradecimiento:

Mientras más oración, hay más regocijo. La oración brinda un canal para el dolor contenido del alma, fluye hacia afuera y, en su lugar, arroyos de deleite sagrado se vierten en el corazón. Al mismo tiempo, mientras más regocijo, hay más oración. Cuando el corazón está en una condición quieta y lleno de gozo en el Señor, entonces también será seguro acercarse al Señor en adoración. El gozo y la oración santas siguen y reaccionan una sobre otra y en perspectiva de lo que aún está por venir.

Por tanto, si eres como yo y estás cansado de todas las malas noticias en estos días, recuerda la buena noticia. La mejor noticia. La noticia de Jesucristo y su sacrificio por el pecado. Regocíjate en el Señor. Llévale todas tus necesidades, preocupaciones, dolores e inquietudes a Él en oración. Luego responde con agradecimiento por quién es Él, por lo que ha hecho y lo que hará.

Este recurso fue publicado originalmente en el blog de Christina Fox.
Photo of Christina Fox
Christina Fox
Photo of Christina Fox

Christina Fox

Christina Fox escribe para muchos ministerios cristianos, dentro de los cuales se encuentra Desiring God, The Gospel Coalition, True Woman y ERLC. Es autora de A Heart Set Free: A Journey to Hope through the Psalms of Lament [Un corazón liberado: un viaje hacia la esperanza a través de los Salmos de lamento] y Closer Than a Sister: How Union with Christ helps Friendships to Flourish [Más cercana que una hermana: cómo la unión con Cristo ayuda a que florezca la amistad]. Puedes encontrar más de ella en www.christinafox.com.
Otras entradas de Christina Fox
Para el corazón distraído
 
Cristo nuestra roca y refugio
 
El cambio comienza en casa
 
Acerca del lamento, el Salmo 142 y la crisis actual