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Un estudiante de posgrado se sienta en un cubículo de un restaurante con sus amigos, su segundo trago ya está casi vacío. «¿Te relleno?», le pregunta el garzón.

Una mamá mira un chocolate mientras alcanza el vaso con boquilla de su hijo más pequeño. Ella intenta no comer azúcar en las tardes, pero está cansada y estresada, y los niños no están mirando.

Un papá regresa a la cocina después de acostar a los niños. La cena está lista, pero los restos de pizza todavía son comibles. El día lo agotó y comer un par de pedazos más parece inofensivo.

En comparación a las batallas que muchos pelean (contra la adicción, la pornografía, el enojo, el orgullo) escenarios como estos parecen demasiado triviales para discutirlos. ¿Acaso no tenemos pecados más grandes de los cuales preocuparnos que la glotonería de refrigerios secretos y terceras raciones?

Y sin embargo, la comida es un campo de batalla más grande de lo que muchos reconocen. ¿Recuerdas la breve descripción que Moisés hizo del primer pecado del mundo? «La mujer […] tomó de su fruto y comió. También dio a su marido que estaba con ella, y él comió» (Gn 3:6 [énfasis del autor]).

Asesinar no excluyó a Adán y a Eva del paraíso (tampoco cometer adulterio, robar, mentir ni blasfemar); comer lo hizo. Nuestros primeros padres comieron su salida del Edén. Y a nuestro modo, nosotros también.

El jardín de la comida

Los problemas con la comida, ya sean grandes (atracones de bufé) o pequeños (refrigerios escondidos e incontrolados), se remontan al principio. Nuestros momentos ante el refrigerador o la despensa pueden, en alguna pequeña medida, volver a representar ese momento junto al árbol. Lejos de la oportuna gracia de Dios, a menudo respondemos en alguna de estas dos maneras impías.

Algunos, como Adán y Eva, escogen complacerse. Sienten, en algún nivel, que comer es callar la voz de la conciencia y debilitar las murallas del dominio propio (Pr 25:28). Si se detuvieran para reflexionar y orar, reconocerían que «si come […] no lo hace por fe» (Ro 14:23). Sin embargo, no se detienen ni reflexionan ni oran. Al contrario, inclinan su copa para tomar otro trago; se meten rápidamente el chocolate a la boca y se lo tragan; sacan un par de trozos más. Las protestas de la sabiduría valen poco contra la sugerencia de «solo uno más».

«Desde el Edén», escribe Derek Kidner, «el hombre ha querido la última pizca de la vida, como si más allá del “suficiente” de Dios estuviera el éxtasis, no las náuseas[1]» (Proverbios). Y así, los complacientes beben, sacan, sorbetean y picotean, olvidando que su codicia no los lleva más profundo al corazón del Edén, sino más allá de sus muros, donde los nauseabundos e hinchados se inclinan ante el dios llamado «barriga» (Fil 3:19; ver también Ro 16:18).

Mientras tanto, otros escogen negar. Su lema no es «[…] come, bebe, diviértete» (Lc 12:19), sino «no manipules, no gustes, no toques» (Col 2:21). Ellos cuentan frenéticamente las calorías, compran básculas y construyen sus vidas en el primer piso de la pirámide alimenticia. Aunque podrían no imponer sus dietas a otros, al menos les «[…] mandarán abstenerse de algunos alimentos, que Dios los ha creado para que con acción de gracias participen de ellos […]» (1Ti 4:3), como si uno viera el fruto legítimo del Edén y dijera: «estoy bien comiendo pasto».

Si nuestros apetitos dados por Dios fueran un caballo semental, algunos dejan que el caballo corra descontroladamente, mientras que otros prefieren encerrarlo en un establo. Aunque otros, por supuesto, alternan (a veces sin control) ambas opciones. En Cristo, no obstante, Dios nos enseña a cabalgar.

El apetito redimido

El conocido mandamiento de Pablo: «sean imitadores de mí, como también yo lo soy de Cristo» (1Co 11:1) viene, muy sorprendentemente, dentro del contexto de la comida (ver 1Co 8-10, especialmente 8:7-13 y 10:14-33). Los evangelios nos dicen por qué: en Jesús, encontramos la redención del apetito.

«Vino el Hijo del Hombre, que come y bebe […]», dijo Jesús de sí mismo (Mt 11:19) y no estaba exagerando. ¿Has notado alguna vez cuán frecuentemente los evangelios mencionan la comida? En el primer milagro de Jesús, Él multiplicó el vino (Jn 2:1-11); en dos de sus más famosos, multiplicó pan (Mt 14:13-21; 15:32-39). Él cenaba regularmente como invitado en el hogar de otros, ya sea con recaudadores de impuestos o fariseos (Mr 2:13-17; Lc 14:1). Él contó parábolas sobre semillas y levadura, banquetes y becerros engordados (Mt 13:1-9, 33; Lc 14:7-11; 15:11-32). Cuando se encontró con sus discípulos después de su resurrección, Él preguntó: «¿Tienen aquí algo de comer?» (Lc 24:41). En otro momento, tomó la iniciativa y les preparó el desayuno Él mismo (Jn 21:12). No es extraño que Él pensara que era bueno para nosotros recordarlo por medio de una comida (Mt 26:26-29).

Y sin embargo, a pesar de toda su libertad con la comida, no era un glotón ni un borracho. Jesús podía darse un festín, pero también ayunar, incluso por cuarenta días y cuarenta noches cuando fuera necesario (Mt 4:2). En las comidas, nunca está la sensación de que Él estaba preocupado de su plato; al contrario, Dios y su prójimo eran su preocupación constante (Mr 2:13-17; Lc 7:36-50). Y por lo tanto, cuando el tentador lo encontró en su debilidad y sugirió que hiciera pan para romper su ayuno, nuestro segundo Adán dio un rotundo no (Mt 4:3-4).

Este es un hombre que sabe como cabalgar un caballo semental. Mientras algunos se complacen y otros se niegan, nuestro Señor Jesús dirigió su apetito.

Encuéntrate con el Hacedor del Edén

Si vamos a imitar a Jesús en su forma de comer, necesitaremos más que las reglas alimenticias correctas. Adán y Eva no cayeron, recordarán, por falta de una dieta.

No, imitamos la forma de comer de Jesús solo cuando disfrutamos el tipo de comunión que Él tuvo con el Padre. Esto toca la raíz del fracaso en el árbol, ¿no es así? Antes de que Eva alcanzara el fruto, ella permitió que la serpiente proyectara una sombra sobre el rostro de su Padre. Le permitió convencerla de que el Dios del paraíso, como escribe Sinclair Ferguson: «estaba poseído por un espíritu mezquino y restrictivo que rayaba en lo maligno» (El Cristo completo). El dios de la seducción de la serpiente era una deidad misántropa, una que dejaba su mejor fruto en árboles prohibidos. Y por eso, Eva lo alcanzó.

No obstante, por medio de Jesucristo, volvemos a encontrarnos con Dios: el real Hacedor del Edén y el único que puede mitigar y dominar nuestros apetitos. Este es el Dios quien hizo toda la comida de la tierra; quien plantó árboles en cientos de cerros y dijo: ¡coman! (Gn 2:16); quien alimenta a su pueblo de «la abundancia de [su] casa» (Sal 36:8); que no retiene nada bueno a los suyos (Sal 84:11); y quien, en la plenitud del tiempo, no retuvo ni siquiera el mayor de todos los bienes: su amado Hijo (Ro 8:32).

A diferencia de Adán y Eva, Jesús comió (y se abstuvo) en presencia de este insondable buen Dios. Y por lo tanto, cuando Él comía, le daba gracias al Dador (Mt 14:19; 1Co 11:24). Cuando se topó con el no comerás de su Padre, Él no silenció la consciencia ni descartó el dominio propio, más bien, se dio un banquete con algo mejor que solo pan (Mt 4:4). «Mi comida», les dijo Jesús a sus discípulos, «es hacer la voluntad del que me envió y llevar a cabo su obra» (Jn 4:34). Él sabía que había un tiempo para comer y un tiempo para abstenerse, y que ambos momentos estaban gobernados por la bondad de Dios.

Comemos, bebemos y nos abstenemos para la gloria de Dios solo cuando, como Jesús, saboreamos a Dios mismo como nuestra comida más selecta (1Co 10:31; Sal 34:8).

Dirige tu apetito

Hay que reconocer que la línea entre justo lo suficiente y demasiado es borrosa e incluso el más maduro puede fallar en notar el límite hasta que haya comido más allá de esa línea. Aún así, entre el plato desbordante de la complacencia y el plato vacío de la negación hay un tercer plato, uno que discernimos cada vez más y escogemos a medida que el Espíritu refina el paladar de nuestro corazón. Aquí, no complacemos ni negamos nuestros apetitos, sino que, como nuestro Señor Jesús, los dirigimos.

Entonces, ahí estás, listo para sacar otra porción, tomar otro trago, devorarte otro puñado, aunque tu mejor sabiduría espiritual dicta lo contrario. En otras palabras, estás listo para ir más allá del «suficiente» de Dios una vez más. ¿Qué restaura tu sensatez en ese momento? No repetir las reglas con mayor fervor, sino seguir las reglas de regreso a la boca de un Dios infinitamente bueno. Cuando sientes que has alcanzado lo «suficiente» de Dios (quizás por medio de detenerte, reflexionar y orar brevemente), has alcanzado las murallas que ha evitado que dejes el Edén de la comunión con Cristo, ese Alimento que es mejor que cualquier otro alimento (Jn 4:34).

Y por lo tanto, te alejas, quizás tarareando un himno al Dios que es bueno:

Tu arte es dar y perdonar
Siempre bendiciendo, siempre bendecido
Fuente del gozo de los vivientes,
¡Profundidad de océano de feliz descanso![2]

Este es el Hacedor del Edén, el Dios y el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Y si el Dios real es así de bueno, entonces no necesitamos aferrarnos a lo que Él no nos ha dado.

Scott Hubbard © 2021 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.

[1] N. del T.: traducción propia.

[2] N. del T: traducción propia.

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Scott Hubbard

Scott Hubbard es editor en Desiring God, pastor de All Peoples Church y graduado de Bethlehem College & Seminary. Él y su esposa, Bethany, viven con sus dos hijos en Minneapolis.
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