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Este artículo es parte de la serie Querido pastor publicada originalmente en Crossway.


P. ¿Cual es la buena noticia para los predicadores que están luchando?
R. El Evangelio es verdad y siempre es para nosotros, especialmente los lunes.

Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la extraordinaria grandeza del poder sea de Dios y no de nosotros (2 Corintios 4:7).

Gracia y adrenalina

El lunes es el peor día del predicador. Pregúntale a cualquiera de nosotros. A la fría luz del día, vemos lo lejos que nos quedamos de lo que queríamos y esperábamos. Después de entregarnos el domingo, ahora solo queremos desaparecer, cansados ​​y, a menudo, inquietos. Nos sentimos agotados, y lo estamos.

Estamos agotados porque la predicación consume totalmente. Es un deleite, pero también trae un gran peligro. La mayoría de los predicadores aman su llamado. Es una gran alegría, así como una abrumadora responsabilidad. Muchos de los que somos pastores no queremos pensar en una jubilación en la que no prediquemos más. Tampoco es eso necesariamente motivo de preocupación: que un predicador se deleite en su ministerio no significa necesariamente que sea su propia justificación. Los mejores predicadores escucharán felizmente a otros en el púlpito. No necesitan predicar, en el sentido de que son justificados por la predicación. Es solo que la predicación es el deseo consumidor de sus vidas.

Las personas en las iglesias evangélicas ocasionalmente vislumbran el trabajo y el costo de la predicación, y casi siempre se sorprenden y, a menudo, se escandalizan. «¿Cuánto tiempo te toma preparar tus sermones?». Pregúntale a un prometedor joven en la iglesia si consideraría predicar su primer sermón, y su confianza despreocupada pronto se volverá una expresión de agobio y preocupación cuando el domingo señalado aparece a la vista. Conozco hombres que han tenido trabajos de alta presión en grandes empresas y ahora están en el ministerio de predicación a tiempo completo. Me dicen cómo las responsabilidades de manejar la Palabra de Dios generan una tensión única, semana tras semana. Quizás nadie se dé cuenta de la gran responsabilidad que es la tarea del predicador, excepto el hombre en el púlpito.

Mis domingos ahora están impulsados por dos cosas: gracia y adrenalina. Me despierto temprano el domingo con una sensación agitada de, ¿por qué no pude haber sido cartero o biólogo marino o cualquier otra cosa? Llego temprano a mi oficina para orar y trabajar en mis notas. Predico en la iglesia lo mejor que puedo, por gracia. Si predico otra vez en la tarde, frecuentemente quedo en un estado de euforia, aliviado al final de otro Día del Señor, muy agradecido por el privilegio, animado por las señales de lo participativos que fueron mis oyentes y, por lo general, ansioso por comenzar otra vez el trabajo de preparación para la semana siguiente.

Hay un viejo eslogan famoso que a los predicadores nos encanta. El pastor estadounidense Phillips Brooks dijo célebremente: «Si algún hombre es llamado a predicar, no se rebaje a ser rey». Me encantan estas palabras porque sé cómo afirman la tarea del predicador. Creo apasionadamente que la predicación es el mejor y más alto llamado de este lado de la gloria.

Un recordatorio del lunes para los débiles

Entonces, ¿qué pasa con nuestros lunes? Algunos predicadores (y los libros que leen sobre la predicación) solo quieren desestimar nuestros colapsos de los lunes. El razonamiento es así: estás cansado. El diablo te está atacando. Necesitas descansar de todas maneras. Olvídalo y sigue adelante. Tienen razón, en parte. El predicador usa grandes reservas de energía mental. La adrenalina corre por el cerebro y el cuerpo antes, durante y después de predicar. Dejar el púlpito e interactuar con aquellos que han escuchado el sermón pone aún más demanda sobre el predicador. Estamos parados como aturdidos mientras intentamos tener una conversación con un café. Nuestras mentes aún están agitadas. O estamos extasiados si sentimos que hemos hecho un buen trabajo o abatidos si sentimos que hemos metido la pata. De ambas maneras, estamos descendiendo de las demandas de la predicación. El lunes es cuando finalmente aterrizamos y usualmente no es lindo.

Martin Lloyd-Jones dijo que él no cruzaría la calle para escucharse a sí mismo predicar. Eric Alexander confesó que su primer impulso al bajarse del púlpito era decir: «Señor, lo siento»[1].

Algunos de nosotros queremos huir del recuerdo del servicio del domingo lo más rápido que podamos, disculpándonos en voz alta mientras lo hacemos.

Y, sin embargo, no nos apresuremos a atribuir nuestro colapso posterior al sermón a la disminución de la adrenalina y al agotamiento mental. Tal vez nuestros lunes malhumorados nos digan más que solo cuán agotador puede ser la predicación. ¿Podrían ser nuestros estados y falta de ánimo los recordatorios de lo que más necesitamos recordar: que siempre somos personas débiles y pecadoras en constante necesidad de un Salvador? Quizás nos sentimos tan deprimidos los lunes precisamente porque estamos deprimidos. Los lunes tienen lecciones de gracia para enseñarnos.

Necesitamos el Evangelio el lunes. Abandonados a nosotros mismos, todos estamos sin esperanza. El pecado y la miseria son los ciclos de nuestra vida. El pecado y la miseria serían también el curso de nuestras vidas como predicadores. Vivimos en un mundo roto y, aunque a menudo tratamos de negarlo, somos personas rotas. Nuestra comisión de predicar es un llamado a ver ese quebrantamiento de cerca, en nuestras vidas y en las vidas de nuestros oyentes.

Sin embargo, el Evangelio canta el mensaje de esperanza para nosotros. Hay un Redentor. Cristo ha venido por los elegidos de Dios en la plenitud de la gracia salvadora. Él vive, Él salva y Él ama a su pueblo. Por nosotros, Él soportó los cardos y las espinas de un mundo devastado por el pecado. Todos nuestros necios esfuerzos por ser independientes de Dios fueron amontonados sobre su cabeza en la cruz. Él fue quebrantado por nosotros. Incluso por los predicadores. Él tiene toda la gracia que necesitamos.

Los predicadores necesitan tomar una pausa aquí y tomar un tiempo de reflexión. Escucha tus estados de ánimo los lunes. No desestimes tan rápidamente el bajón posterior al sermón como un simple agotamiento mental y físico. Puede que estés exhausto; pero también eres un pecador. ¿Tu predicación te recordó que a pesar de tus intentos de cubrirlo eres simplemente un pecador necesitado de gracia? Si fue así, eso es un gran descubrimiento. La verdad es que la congregación siempre lo ha sabido, y aun así te aman. Ahora que lo has recordado, maravíllate en su amor y maravíllate aún más en el amor de Dios en Cristo Jesús. Él vino, trabajó, murió, resucitó, ascendió y está intercediendo por predicadores como tú.

Este artículo es adaptado de The Preacher’s Catechism [El Catecismo del predicador] por Lewis Allen.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés y traducido con el permiso de Crossway.

[1] Citado en On Being a Pastor: Understanding Our Calling and Work [Sobre ser pastor: entendiendo nuestro llamado y trabajo] por Derek J. Prime y Alistair Begg,

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Lewis Allen

Lewis Allen (Magister en teología, Seminario Teológico de Westminster) sirve como pastor principal de Hope Church en Huddersfield, West Yorkshire, Inglaterra; él ayudó a plantar esta iglesia después de haber pastoreado otra en el oeste de Londres.
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