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Título original en inglés: «What not to say to those who are suffering».


«Podría ser peor. Imagina si te hubieras quebrado ambas piernas».

Tenemos maneras extrañas de levantarnos el ánimo.

La mayoría de nuestros comentarios estúpidos que hacemos a las personas que están sufriendo son ofrecidos con intenciones pasables, y la mayoría de esos comentarios son juzgados por los receptores como desafortunados en lugar de maliciosos, pero sería bueno mejorar nuestro historial de aliento en medio del dolor.

Cada uno de nosotros podría generar una lista de las diez frases más populares que dijimos o que recibimos y que nos dan escalofríos cuando pensamos en ellas. Aquí hay una que, sospecho, entra en muchas de las listas: «¿qué te está enseñando Dios a través de esto?».

Mmm. Esto es ortodoxo. Dios en verdad nos enseña a través de nuestro sufrimiento, y Él está usando todas las cosas para bien. Estamos de acuerdo con C.S. Lewis cuando escribe que el dolor es el megáfono de Dios para despertar a un mundo sordo. Pero la historia de Jezabel y sus entrañas como comida para los perros también es ortodoxa. Estamos en busca de la ortodoxia que sea relevante, pastoral y edificante.

Considera algunos de los posibles problemas con esta pregunta.

  1. Tiende a ser condescendiente. Si alguien te hizo esta pregunta, probablemente no escuchaste compasión.
  2. Sugiere que el sufrimiento es un acertijo para resolver. Dios tiene algo específico en mente y nosotros debemos adivinar qué es. Bienvenido al juego cósmico del «¿adivina qué?», y más nos vale obtener la respuesta correcta pronto; de lo contrario, el sufrimiento continuará.
  3. Sugiere que nosotros hemos hecho algo que ha desatado el sufrimiento.
  4. Socava el llamado que Dios hace a todos los que sufren: «confía en mí».

Para responder brevemente a estos cuatro problemas:

  1. Sufrir nos obliga a ser humildes. La Escritura nos da una serie de perspectivas sobre el sufrimiento humano, pero ninguna perspectiva es exhaustiva. El misterio del sufrimiento nos recuerda que todavía somos como niños que no comprenden cómo los buenos padres pueden imponer dificultades en nuestras vidas. A la luz del misterio, la humildad es natural y necesaria. Para aquellos que hablan a personas que están sufriendo, la humildad ante el Señor se expresa en humildad ante la persona que sufre.
  2. Sobreinterpretamos el sufrimiento. Estoy hablando con una persona que ha pasado por un terrible sufrimiento en su vida, y «¿qué está tratando de decirte Dios?» ha sido la pregunta que todos hacen. Ella se ha preguntado por años por qué todavía no tiene una respuesta. Todo lo que puede imaginar es que es demasiado pecadora como para entenderlo o que Dios no le está dando la respuesta clave, por lo que ella varía entre sentirse culpable y frustrada. Job en el Antiguo Testamento y el hombre que nació ciego en el Nuevo Testamento (Jn 9) deberían evitarnos interminables especulaciones sobre la intención precisa de Dios. Se suponía que ninguno de los dos debía entender lo que Dios estaba enseñándoles.
  3. Te enfocas en la conexión pecado-sufrimiento bajo tu propio riesgo. Es verdad que la pregunta puede no asumir que la persona que está sufriendo está en pecado. Puede que la pregunta tenga una intención más positiva, como saber «¿qué estás aprendiendo de Dios en eso?». No obstante, a menos que haya una conexión absolutamente clara entre el pecado de la persona y su sufrimiento, y que sea obvia para todos los creyentes del planeta, no deberíamos, por lo tanto, hacer la conexión y deberíamos hacer todo lo posible para evitar que esa persona que sufre la haga. La mayoría de nosotros ve más de su pecado cuando está sufriendo —lo sé—, pero eso no significa que nuestro pecado fue la causa de ese sufrimiento.

Algunos han oído la pregunta, «¿qué te está enseñando Dios?» y, aunque no fue particularmente edificante, la pregunta no los desanimó. Si fue así, podemos imaginar que esto no fue lo primero que se preguntó y que se hizo en el contexto de una relación segura.

En caso de duda, omita la pregunta por completo.

Reemplázala con algo como esto: «¿cómo puedo orar por ti?»

Aquí hay una pregunta muy útil. Con ella nos ponemos al lado de los que sufren, estamos recordándoles que Dios escucha, estamos pidiéndoles que consideren las promesas que Dios les ha hecho y les estamos diciendo que van a estar en nuestro corazón. Si recibimos una respuesta como: «pídele a Dios que me deje tranquilo» o ponen los ojos blancos —algo que nos sugiere enojo o indiferencia espiritual—, entonces podemos proponer algo que sea   una promesa de Dios, como el consuelo o el conocimiento del amor y la presencia de Dios.

Incluso mejor que «¿cómo puedo orar por ti?», podríamos orar por la persona en el momento: «¿cómo puedo orar por ti ahora?». Y después de eso viene lo más importante: el seguimiento. Cuando oramos por alguien, seguimos orando y oramos hasta que hayamos visto a Dios moverse.

Y personalmente, yo no dije lo de las piernas. Soy culpable de muchos otros comentarios poco edificantes, pero no dije eso. Lo dijo un «amigo». De verdad.


Esta traducción está protegida por derechos de autor © 2022 por The Christian Counseling & Educational Foundation (CCEF). Este artículo, titulado “What not to say to those who are suffering”  Copyright © 2010, fue escrito por Ed Welch y está disponible en https://www.ccef.org/what-not-say-those-who-are-suffering/. Todo el contenido está protegido por los derechos de autor y no puede ser reproducido sin el permiso escrito otorgado por CCEF. Para más información sobre clases, materiales, conferencias, educación a distancia y otros servicios, por favor, visite www.ccef.org.

Traducido íntegramente con el permiso de The Christian Counseling & Educational Foundation (CCEF) por Jacquie Tolley, Acceso Directo, Santiago, Chile. La traducción es responsabilidad exclusiva del traductor.
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Dr. Edward Welch

Dr. Edward Welch es consejero y miembro de la facultad de The Christian Counseling and Education Foundation (CCEF). Él ha hecho consejería por más de treinta años y ha escrito ampliamente sobre depresión, temor y adicciones. Es autor de Cuando la gente es grande y Dios es pequeño y de Lado a lado: andando con otros en sabiduría y amor. Él y su esposa, Sheri, tienen dos hijas que están casadas y ocho nietos. En su tiempo libre, Ed disfruta pasar tiempo con su esposa y su familia extendida y tocar su guitarra.
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