Back

Apenas era capaz de agacharse un poco más, su amor lo transformó en un jardinero aficionado.

Cada mañana, Raúl, de 90 años, se agarraba de un árbol para cortar las raíces de un árbol vecino que amenazaba con destruir la tumba de su esposa. Aunque ella ya se había ido hace una década, él hablaba de ella y se preocupaba por ella como si se hubiese ido con el Señor ayer. Él usó su fuerza para ella en vida y ahora se agacha para protegerla en muerte.

Su felicidad en su amada por cincuenta años llenó mis ojos de lágrimas. Él relató cómo llegaban juntos a la iglesia, criaron a sus hijos juntos, envejecieron juntos, rieron, lloraron y oraron juntos.

Él nos contó cómo se conocieron y cómo él, un granuja en su juventud, le dio su primer beso en medio de la calle. Sus cejas gruesas, su entonación musical y sus ojos lo atestiguaban: su deleite en ella no había disminuido. Estallaba en su sonrisa, se filtraba en sus oraciones y manchaba la mitad de sus pantalones con el lodo del cementerio.

Fuera de alcance, lejos del oído, fuera de este mundo, su corazón aún cantaba el nombre de ella.

¿Es ella nuestro deleite?

Por razones que no siempre podemos pronunciar, escenas como estas nos conmueven, y con razón.

Su deleite en su esposa comunicaba algo más que su valor; comunicaba algo del cielo. Cuando Dios inspecciona la tierra, buscando una analogía para su omnipotente felicidad en su pueblo redimido, Él apunta al fervor de los esposos jóvenes, un ardor que solo aumenta en hombres piadosos como Raúl.

Porque como el joven se desposa con una virgen,
se desposarán contigo tus hijos;
Y como se regocija el esposo por la esposa,
tu Dios se regocijará por ti (Is 62:5).

Cristo se regocija por su esposa. Él pasará toda la eternidad inmerso en el calor de su amor. Sin embargo, después de que el diamante en este verso comenzara a cautivar, también corta. Cuando otros observan mi relación con mi esposa, ¿pueden ver algo del deleite de Dios en la suya? ¿Pueden ver otros claramente que llamo a mi esposa como el Señor llama a la suya: «Mi deleite» (Is 62:4)? ¿Es oscurecido el amor de Cristo en el mío?

Extiendo mi convicción para que otros esposos la consideren: ¿es ella tu deleite? ¿Pintamos (no perfecta, pero verdaderamente) cuadros de la pasión de Dios en nuestros matrimonios? ¿Qué estandarte alzas sobre ella? La esposa en Cantar de los Cantares da fe: «Su estandarte sobre mí es el amor» (Cnt 2:4); ¿puede el nuestro decir lo mismo? Hermanos, que nunca se diga esto de nosotros:

«Su estandarte sobre mí era indiferencia»
«Su estandarte sobre mí era aspereza»
«Su estandarte sobre mí era pesar»
Señor, ayúdanos.

Cuando te casas con la chica equivocada

La historia de la primera esposa de Jacob debe atormentarnos.

Era claro para todos que Jacob «amó más a Raquel que a Lea» (Gn 29:30). Raquel era hermosa; Lea tenía «ojos apagados [NVI]» y era menos atractiva. Jacob trabajó siete años para ganarse a Raquel y «le parecieron unos pocos días, por el amor que le tenía» (Gn 29:20); a Jacob le pesó Lea en el momento en que se dio cuenta de que su tío lo había engañado para que se casara con ella en lugar de que se casara con su hermana. Después de casarse con ambas, Jacob levantó dos estandartes diferentes sobre cada una por el resto de sus vidas. Y Dios vio eso.

El Hacedor de Lea (cuya imagen ella cargó y cuya preocupación se dirigía hacia ella) miró los matrimonios de Jacob, ¿y qué vio? A Raquel, Jacob amó; a Lea, él la «aborreció» (Gn 29:31). Dios, al ver que su hija era tan despreciada, miró su aflicción de tener un esposo que no la amaba y abrió su vientre en lugar del de su hermana (Gn 29:32).

Culminante y agonizantemente, dio a luz hijo tras hijo, esperando con cada nuevo hijo: «ahora mi marido me amará… Ahora esta vez mi marido se apegará a mí» (Gn 29:32, 34). Finalmente, con el nacimiento de su cuarto hijo, Judá, abandona sus esperanzas respecto al amor de su marido y se vuelve a adorar al Señor.

Por mucha advertencia que tenga esta historia para que las mujeres jóvenes tengan cuidado de idolatrar el amor de sus esposos, no debemos pasar por alto la tragedia: el estandarte que su esposo tenía sobre ella era desprecio. ¿Era ella automáticamente una idólatra porque anhelaba ser el deleite de su marido? ¿Qué pasa con las mujeres como Lea en la actualidad? Quizás su declaración final de alabanza divina habla tanto de la acusación sobre su marido como de la santificación en Lea.

Hoy el punto es para los esposos: no nos casamos con Lea. No nos casamos con la chica incorrecta. El anillo, el pacto, el matrimonio la hace, en todo tiempo, nuestra Raquel. Para no ser pasada por alto; para no ser despreciada, comparada o asumida. Ella es carne de tu carne y hueso de tus huesos. Tu amorosa gacela, tu cierva llena de gracia; tu rosa; tu hermosa; tu pozo de deseo y tu fuente de deleite. Y ella no necesita darte hijos, no necesita traer éxito en tu carrera ni un físico pintado para recibir un amor que sonroja y que protege su tumba.

Una oración para cada esposo

Dios no tolera a su iglesia. Él no la ignora. Él no se despierta en la mañana pensando que se casó con la chica equivocada. La familiaridad no enfría su pasión. La eternidad le parecerá como un momento debido a su amor por ella. Ella no hace planes para ganar su abrazo. Él gastó su fuerza por ella en su vida terrenal y fue clavado por sus transgresiones para cortar las raíces de muerte y protegerla de la tumba.

Este maravilloso amor, un amor santo, un amor que (para usar una analogía terrenal) Dios expone por medio de esposos en nuestros matrimonios: «como se regocija el esposo por la esposa, tu Dios se regocijará por ti» (Is 62:5).

Nuestro deleite en ella se trata de su deleite en nosotros; nuestros matrimonios acerca del suyo (Ef 5:32). Nosotros, como Raúl, seguimos a nuestro Esposo (haciéndole frente a Satanás, a la carne y al mundo) para plantar nuestro estandarte sobre ella: Mi deleite está en ella. No «ella es mi cocinera y la encargada de la limpieza»; no «ella es la madre de mis hijos»; sino que «ella es mi elegida, mi favorita, la más hermosa para mí». Ella se cuela en nuestras oraciones; nuestros corazones cantan su nombre.

Una y otra vez, oremos: «Señor, que cada vez más ella sea mi deleite».

Greg Morse © 2019 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
Photo of Greg Morse
Greg Morse
Photo of Greg Morse

Greg Morse

Greg Morse es el gestor de contenido de desiringGod.org y es graduado de Bethlehem College & Seminary. Él y su esposa, Abigail, viven en St. Paul.
Otras entradas de Greg Morse
¿Cómo es posible que en el cielo no haya sexo?
 
Deja ir la vida que querías
 
Juntos en la cama, lejos en el alma
 
¿Es la pornografía tu terapia?