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Pocas verdades han resultado ser tan valiosas para mí como la soberanía de Dios sobre todas las cosas.

Mientras más tiempo camino con Él, más consuelo encuentro en pasajes como estos, en Isaías:

Porque Yo soy Dios, y no hay otro;

Yo soy Dios, y no hay ninguno como Yo,

Que declaro el fin desde el principio,

Y desde la antigüedad lo que no ha sido hecho.

Yo digo: «Mi propósito será establecido,

Y todo lo que quiero realizaré» (Is 46:9-10).

El Señor de los ejércitos ha jurado: «Ciertamente, tal como lo había pensado, así ha sucedido; tal como lo había planeado, así se cumplirá» (Is 14:24).

Experimento estabilidad, descanso y contentamiento al saber que he sido «predestinado[..] según el propósito de Aquel que obra todas las cosas conforme al consejo de su voluntad» (Ef 1:9-11).

A medida que muchos de nosotros descubrimos por primera vez la soberanía de Dios página tras página de la Biblia, emerge una tensión (en nuestro pensamiento inmaduro) entre lo que Él ha planeado y la manera en que oramos. ¿Por qué orar si Dios ya ha planeado lo que ocurrirá? Nuestras oraciones pueden comenzar a sentirse pequeñas, periféricas, incluso innecesarias al lado de la inmensidad de todo lo que Dios inevitablemente hará. «Él llevará a cabo su propósito», podríamos pensar, «oremos o no». Nos preguntamos qué diferencia podrían hacer realmente nuestras oraciones.

Adónde nos conduce una vida sin oración

Aunque nosotros, personas modernas, podríamos sentir cierta tensión entre la soberanía de Dios y la oración, los santos desesperados, fieles y oradores de la Escritura no parecían compartir nuestra lucha (y sin duda, Dios no tiene miedo de tejer íntimamente juntas su soberanía y la oración, especialmente en tiempos de gran necesidad). De hecho, en algunos de los momentos más tensos, ambos se apoyan y dependen el uno del otro, como si Dios estuviera sosteniéndolos frente a tu rostro, diciendo, «¡mira!».

Podríamos escuchar de cerca la oración de Moisés que realmente salvó al pueblo de la furia de la justa ira de Dios (Ex 32:11-14); maravillarnos nuevamente de Josué cuando realmente detuvo el sol en el fragor de la batalla (Jos 10:12-14); u observar a Jonás orar realmente para salir de su tumba en el estómago del pez (Jon 2:1-10), pero al menos una que otra situación desesperada acentúa realmente la preciosidad de la soberanía de Dios en la oración.

Cuando Ezequías fue rey del reino del sur llamado Judá, antes de que la nación fuera enviada al exilio, los asirios atacaron Jerusalén hasta que el pueblo quedó totalmente desesperanzado (Is 36:1). Puesto que Acaz, el malvado rey previo a Ezequías, se había rehusado a buscar la ayuda de Dios (2Cr 28:24-25), ahora Judá se encontraba firmemente entre la espada y un aterrador enemigo. ¿Cuánta de la historia del Israel torturado tiene el propósito de advertirnos sobre el terrible precio de la vida sin oración; de buscar en cualquier lado menos en el cielo la ayuda que más necesitamos? Ezequías había hecho lo correcto (2Cr 31:20-21): intentó con todas sus fuerzas deshacer lo que había sido hecho, pero aún estaban obligados a comer el terrible fruto que dejó Acaz.

El embajador asirio, llamado Rabsaces, se mofaba de Judá: «Cuidado, no sea que Ezequías los engañe, diciendo: “El Señor nos librará”. […] “¿Quiénes de entre todos los dioses de estas tierras han librado su tierra de mi mano, para que el Señor libre a Jerusalén de mi mano?”» (Is 36:18, 20). Mientras quedaron mendigando en el precipicio de la hambruna, el mensajero los humilló (Is 36:12). Su terrible final era seguro y pronto, y probablemente peor de lo que cualquiera de nosotros podría imaginar.

Lo que Dios promete

Por lo tanto, con todo el temor y sin ningún otro lugar adonde ir, Ezequías hizo lo que los buenos reyes hacen: buscó a Dios. Mandó a buscar al profeta Isaías, buscando misericordia y ayuda de lo alto. Y a pesar de toda la maldad que la generación previa había hecho, Dios escuchó su oración y fue a la guerra por ellos. Isaías responde:

«Así dice el Señor: “No temas por las palabras que has oído, con las que los siervos del rey de Asiria me han blasfemado. Voy a poner en él un espíritu, oirá un rumor y se volverá a su tierra; y en su tierra lo haré caer a espada”» (Is 37:6-7, [énfasis del autor])

Contra todo lo que temían, todo lo que podían ver, todo lo que merecían y todo lo que parecía ser tan seguro que iba a ocurrir, Dios les prometió que ganarían la guerra. Y no solo la ganarían, sino que su opresor ni siquiera los atacaría. Asiria no solo no atacaría, sino que su rey sería asesinado y no en el campo de batalla, sino que en la seguridad relativa de su propia tierra.

«Judá, no temas», dice Dios (por medio de su profeta). «Aunque te excedan en número, y por mucho, y aunque seas más débil, por lejos, ganarás porque me pediste que peleara por ti».

Los guerreros que oran prestan mucha atención a las promesas de Dios. Persisten pacientemente en oración al aferrarse a sus palabras, como si soltarlas les provocara la ruina. Sus promesas no se convierten en excusas para relajarse y orar menos, sino que les da más confianza y urgencia ante el trono. Ellos saben que la próxima oración podría ser el mismo medio que Dios ha señalado para cumplir su promesa, para demostrar su poder y para exhibir su valor. Ellos no se acercan a Dios sin una promesa y se rehúsan a no acudir por un largo periodo de tiempo por lo que Él ha prometido.

¿Por qué orar si Dios prometió?

Inmediatamente, Dios, en el versículo siguiente, comienza a cumplir su promesa a Ezequías. El rey de Asiria escuchó un rumor, regresó a su tierra y comenzó a pelear contra otro ejército (Is 37:8). Dios estaba haciendo precisamente lo que había planeado y prometido hacer. Sin embargo, Rabsaces desafió al Señor aún más y disparó estas palabras contra Ezequías: «No te engañe tu Dios en quien tú confías, diciendo: “Jerusalén no será entregada en mano del rey de Asiria”» (Is 37:10-13).

¿Qué debe hacer Ezequías ahora? Dios hizo su promesa e incluso comenzó a cumplir su promesa muy específica. ¿Por qué no simplemente dejar que Dios haga lo que dijo que haría? Porque cuando Dios hace y lleva a cabo sus planes, Él planea que nosotros oremos: que «ore[mos] sin cesar» (1Ts 5:17). El mismo Hijo de Dios más adelante nos enseña que «deb[emos] orar en todo tiempo, y no desfallecer» (Lc 18:1).

Observa atentamente cómo Ezequías maneja este vulnerable y peligroso momento. «Entonces Ezequías tomó la carta de mano de los mensajeros y la leyó. Después subió a la casa del Señor y la extendió delante del Señor» (Is 37:14). Ezequías sabía muy bien lo que Dios había prometido (¡y que ya había comenzado a hacer!), y aun así extendió su destino delante del Señor. Él no asumió que la oración era redundante o innecesaria. Al contrario, asumió que su oración realmente importaba, que Dios tenía el propósito de ganar esta guerra por medio de la oración.

William Gurnall, un pastor inglés del siglo XVII, explica cómo tal oración magnifica la soberanía de Dios:

La oración es una petición humilde desde nuestra impotencia a la omnipotencia de Dios…. Le damos a Él la gloria de su soberanía y dominio, y reconocemos que Él no solo es capaz de lograr lo que pedimos, sino que también puede darnos el derecho, y la bendición de lo que Él da[1] (El cristiano con toda la armadura de Dios, [énfasis del autor]).

Ezequías no le robó a Dios su soberanía al rogar su intervención; él exaltó el compromiso todopoderoso, lleno de sabiduría y lleno de propósito de Dios de hacer precisamente lo que había planeado y prometido hacer: lo que glorifique más su nombre (Is 37:35). Y Ezequías sabía y atesoraba que Dios a menudo hiciera esa obra (su obra) a través de nuestras oraciones.

Su soberanía inspira nuestras oraciones

Ezequías no solo no fue desalentado a orar por la soberanía de Dios, sino que cuando ora, corre directamente hacia la soberanía de Dios.

Y Ezequías oró al Señor, y dijo: «Oh Señor de los ejércitos, Dios de Israel, que estás sobre los querubines, solo Tú eres Dios de todos los reinos de la tierra. Tú hiciste los cielos y la tierra. Inclina, oh Señor, tu oído y escucha; abre, oh Señor, tus ojos y mira; escucha todas las palabras que Senaquerib [rey de Asiria] ha enviado para injuriar al Dios vivo. En verdad, oh Señor, los reyes de Asiria han asolado todas las naciones y sus tierras […] Y ahora, Señor, Dios nuestro, líbranos de su mano para que todos los reinos de la tierra sepan que solo Tú, oh Señor, eres Dios» (Is 37:15-18, 20, [énfasis del autor]).

La soberanía de Dios no compromete ni arriesga la oración; todo lo contrario. La absoluta soberanía de Dios (sobre todo los reinos de la tierra y sobre cada detalle de nuestras vidas) es la esperanza y el fundamento de nuestra oración. Si Dios no fuera soberano, sino que simplemente esperara en los caprichos de los reyes, de los ejércitos y de las circunstancias, entonces nuestras oraciones bien podrían ser en vano. Sin embargo, nuestro Dios no espera en nadie. «Como canales de agua es el corazón del rey en la mano del Señor; Él lo dirige donde le place» (Pr 21:1).

Sin embargo, nuestro Dios da vuelta esos canales, divide el mar y abre los ojos espiritualmente ciegos por medio de la oración. Dios hace que nuestros humildes, dependientes y expectantes clamores de ayuda sean los instrumentos de lo que Él hace en el mundo. Debemos suponer que Dios tiene muy pocos planes para el mundo que no involucren las oraciones de su pueblo. Su voluntad se hará sea que yo ore o no, pero su voluntad no se hará sin oración, porque Él ha decidido que la oración sea indispensable. El Dios soberano cuelga el universo en las oraciones de su pueblo y luego nos inspira y nos empodera para orar. Él obra en nuestra oración, «tanto el querer como el hacer, para su buena intención» (Fil 2:12-13).

¿Podemos cambiar el plan de Dios?

Cuando Ezequías oró a Dios para que salvara a Judá de los asirios, ¿cambió él el parecer de Dios? En el fondo, no, no lo hizo. En Dios, «no hay cambio ni sombra de variación» (Stg 1:17). El salmista le dice al Señor: «Pero Tú eres el mismo, y tus años no tendrán fin» (Sal 102:7). Dios nunca jamás cambiará. Nuestra gran esperanza en la oración, por tanto, no es cambiar lo que Dios ha planeado, sino llevar a cabo lo que Dios ha planeado. No nos esforzamos para cambiar el corazón de Dios, sino para mostrar su corazón en todas nuestras circunstancias. «La oración no se trata de vencer la renuencia de Dios», dice Martín Lutero, «se trata de echar mano a su disposición».

Cuando oramos, no cambiamos la disposición de Dios como si Él hubiera elegido incorrectamente. Representamos la sabiduría infinita de Dios en medio de todo el quebranto frente a nosotros y le damos la bienvenida a la inescrutable verdad que Él siempre ha planeado hacer por medio de nuestras oraciones. A.W. Pink nos advierte:

No existe ninguna necesidad en lo absoluto para que Dios cambie sus planes o altere sus propósitos, por la razón todo suficiente de que estos fueron enmarcados bajo la influencia de la perfecta bondad y la infalible sabiduría… Afirmar que Dios cambia sus propósitos es cuestionar su bondad o negar su sabiduría eterna[2] (La soberanía de Dios, [énfasis del autor]).

Pink continúa diciendo: «Este es el diseño de la oración: no que la voluntad de Dios pueda ser alterada, sino que esta se lleva a cabo en su propio buen tiempo y manera».

Nunca cambiamos el plan eterno de Dios cuando oramos, pero somos llamados a orar y a orar con expectación por el cambio. Debemos orar para que los enfermos sean sanados (Hch 28:8; Stg 5:14). Debemos orar para que los perdidos sean salvos (Mt 9:37-38; Hch 26:18). Debemos orar por todo tipo de cambios en nuestros corazones y cuerpos, en nuestros vecindarios, en nuestros lugares de trabajo, en nuestra nación, en el mundo, pero nunca por un cambio en Dios. Los cristianos oramos, por lo que sea que oremos, «hágase tu voluntad» (Mt 6:10).

La silenciadora soberanía de Dios

Sin embargo, a veces, la soberanía de Dios podría evitar que oremos, porque nos inquieta en su presencia. Si Dios está completamente en control de todo lo que pasa, ¿cómo podría permitir tanto mal, como la crueldad de Asiria o la apostasía de Israel? Y si Él permite tanto mal en el mundo, y tanto dolor en mi propia vida, ¿por qué le confiaría mi corazón a Él?

Al responder la oración de Ezequías, Dios mismo enfatiza aún más lo que John Piper denomina «la soberanía de Dios invencible, omnisciente, que todo lo abarca y que está llena de propósito». El Señor le dice a Asiria, el malvado enemigo y opresor de Judá:

¿No has oído? Hace mucho tiempo que lo hice,

Desde la antigüedad lo había planeado.

Ahora he hecho que suceda,

Para que conviertas las ciudades fortificadas

En montones de ruinas.

Sus habitantes, faltos de fuerzas,

Fueron desalentados y humillados.

Vinieron a ser como la vegetación del campo

Y como la hierba verde,

Como la hierba en los techos que se quema

Antes de que haya crecido (Is 37:26-27)

Asiria, ¿por qué te jactas como si cualquier cosa que hayas hecho viniera finalmente de tu obrar? Yo, el Señor, determiné qué grandes ciudades construirás. Yo planeé, desde la antigüedad, qué ciudades destruirías. Y ahora Yo llevo todo a cabo. Nada ha ocurrido aquí que Yo, el Señor, no haya planeado para mi gloria.

Pero conozco tu sentarte,

Tu salir y tu entrar,

Y tu furor contra mí.

A causa de tu furor contra mí,

Y porque tu arrogancia ha subido hasta mis oídos,

Pondré, pues, mi garfio en tu nariz

Y mi freno en tu boca,

Y te haré volver por el camino por donde viniste (Is 37:28-29).

Dios era totalmente soberano en el levantamiento de Asiria y Él seguirá siendo igual de soberano al pedirles cuentas a ellos y a todos los malvados (Ro 12:19). Los más temibles ejércitos que podamos imaginar no son más que ganados débiles ante el Dios a quien oramos. Todos avanzan adonde Él quiere, cuando Él quiere y solo a medida Él quiere.

Nuestra incomodidad con la soberanía de Dios sobre el mal depende de nuestra suposición de que sabemos mejor de lo que Él sabe (que podemos imaginar un mejor plan que aquel que Él está revelando, el que estamos viviendo). Dios ciertamente no quiere que entendamos su plan soberano en todo momento. «“Porque mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, ni sus caminos son mis caminos”, declara el Señor. “Porque como los cielos son más altos que la tierra, así mis caminos son más altos que sus caminos, y mis pensamientos más que sus pensamientos”» (Is 55:8-9). Pasaremos gran parte de nuestras vidas sin tener idea de cuál será el próximo sorpresivo giro que dará su infinita sabiduría.

Aunque Él no pretende que entendamos su plan, Él sí quiere que los destellos que tenemos de su soberanía nos inspiren a correr a Él, no a huir de Él, y sin duda nunca a levantarnos contra Él. Él tiene el propósito de que veamos la furia de la maldad de Asiria y la furia mayor de su justo juicio, y que caigamos en nuestras rodillas, orando y viviendo en un dependencia desesperada de Él, nunca dando por sentado su gracia y misericordia.

Por cuanto me has rogado

Después de que Ezequías oró, Isaías dijo: «Así dice el Señor, Dios de Israel: “Por cuanto me has rogado acerca de Senaquerib, rey de Asiria, esta es la palabra que el Señor ha hablado contra él […]» (Is 37:21-22). Apunta sus palabras: Por cuanto me has rogado.

La oración no es una ocurrencia tardía en el plan de Dios. La oración no es un plan B o neumático de repuesto en caso de que la vida se descomponga. Bajo Dios, la oración dirige al mundo. Seguro, Dios realiza un sinfín de milagros en el mundo cada día que nadie jamás mencionó específicamente en una oración; después de todo: «[…] sostiene todas las cosas por la palabra de su poder» (Heb 1:3). Sin embargo, Él sí realiza parte de su obra más importante en el mundo y en nuestras vidas precisamente porque uno de sus hijos se lo pidió (Stg 5:16).

Dios peleó por la nación porque Ezequías oró. Y al hacerlo, Dios hizo exactamente lo que siempre había planeado hacer por medio de la oración.

Y salió el ángel del Señor e hirió a 185,000 en el campamento de los asirios. Cuando los demás se levantaron por la mañana, vieron que todos eran cadáveres. Entonces Senaquerib, rey de Asiria, partió y regresó a su tierra, y habitó en Nínive. Y mientras él adoraba en la casa de su dios Nisroc, sus hijos Adramelec y Sarezaer lo mataron a espada […] (Is 37:36-38)

Dios hizo lo que Ezequías no pudo hacer sin Él y Ezequías hizo lo que ninguno de nosotros puede hacer sin oración. Y Dios hizo precisamente lo que había planeado hacer por medio de la oración.

Marshall Segal © 2020  Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.

[1] N. del T.: traducción propia.

[2] N. del T.: traducción propia.

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Marshall Segal

Marshall Segal es escritor y el director editorial de desiringGod.org. Es autor de Soltero por ahora: la búsqueda del gozo en la soltería y el noviazgo (2018). Se graduó de Bethlehem College & Seminary. Él y su esposa, Faye, tienen dos hijos y viven en Minneapolis.
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