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Ray Ortlund es el pastor a cargo de la iglesia Immanuel Nashville en Nashville, Tennessee. Puedes encontrarlo en Twitter como @rayortlund.

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Pastor, no olvides recordar esto cuando todo marche bien
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Pastor, no olvides recordar esto cuando todo marche bien

«Insiste a tiempo y fuera de tiempo» (2Ti 4:2). El ministerio pastoral es estacional. Nosotros, los pastores, inevitablemente experimentamos ráfagas invernales de resistencia helada y ráfagas primaverales de vida fresca y de receptividad. Estos cambios no son siempre explicables en términos de nuestro desempeño ministerial. Quizás el mayor pastor de todo los tiempos, el apóstol Pablo mismo, conocía la vuelta completa de las estaciones pastorales. Independientemente de cómo vaya tu ministerio ahora, sabes hacer esto: «prepararte». La actitud de urgencia, alerta y entusiasmo es siempre correcta. Sin embargo, un cauto interés propio, una pasividad cobarde o una resignación derrotada siempre es incorrecta. Como lo dijo Jim Elliot: «Donde sea que estés, todo tu ser debe estar allí»; o citando a Richard Baxter: «Hagas lo que hagas, deja a las personas ver que eres sincero». Cuando el ministerio va bien —las personas se están congregando, se están convirtiendo y son liberadas—, recordar estas tres cosas te ayudará.
1. Recuerda cómo llegaste hasta aquí
No por buena suerte ni por buenas obras. Las bendiciones de Dios son las bendiciones de Dios: por su gracia, para su gloria. ¿Recuerdas cómo lo dice Pablo? «Porque sé que esto resultará en mi liberación mediante las oraciones de ustedes y la provisión del Espíritu de Jesucristo» (Fil 1:19). El apóstol sabía cómo llega la bendición de Dios. Es por la oración audaz y la ayuda directa del Espíritu Santo. Recuerdo un momento en que, durante el Movimiento de Jesús de las décadas del 60 y 70, mientras éramos arrastrados por un borbotón de bendiciones divinas que nunca habíamos experimentado, un amigo me dijo: «Ray, ¿tú sabes por qué esto está ocurriendo, cierto? Es porque por años hubo ancianitas en nuestras iglesias orando por avivamiento». Esas heroínas ocultas nunca vieron la respuesta a sus oraciones, pero nosotros sí. Cuando mi amigo lo mencionó, un sentido de gratitud y asombro llenó mi corazón. Yo quería administrar humildemente la bendición. No fui yo quién me puso ahí y no me pertenecía. Cuando el Cristo resucitado se complace en hacer brotar vida nueva en tu iglesia en niveles que nunca soñaste que podrían ser reales en esta vida, recuerda cómo vino. Tú no lo provocaste por tu inteligencia ni siquiera por tu fidelidad. Entraste en la herencia que Alguien más pagó, una herencia por la que otros oraron, un tiempo de bendición que el mismo Espíritu Santo activó; y todo eso, a pesar de lo que tú mereces. Recuerda permanecer humilde.
2. Recuerda saborear este momento
Cuando Dios toma el trabajo en sus propias manos y logra en dos semanas lo que a nosotros nos hubiese costado veinte años, encontramos a nuestras iglesias atrapadas en su sentida presencia como nunca antes, por lo que sería incorrecto malhumorarnos y ser exigentes. Siempre que Dios nos bendice en esta vida, su bendición es tanto real como imperfecta: real porque Él está involucrado e imperfecta porque nosotros estamos involucrados. Las fallas incrustadas en la bendición deben movernos a más asombro, a más alegría y a más gratitud, no a menos. Francis Schaeffer nos enseñó que si los únicos resultados que estamos dispuestos a aceptar son perfección o nada, en esta vida obtendremos nada todo el tiempo, y lo mereceremos. Teológicamente, los hombres serios como nosotros caemos en nuestra propia versión de perfeccionismo. Sin embargo, de todos los hombres, nosotros que creemos en las fuertes doctrinas de la caída del hombre y de la gracia de Dios deberíamos ser los más felices, incluso cuando nuestras iglesias siguen siendo un desastre. Lo que sobresale a nuestros ojos no es el desastre humano, sino que la divina gracia en medio de todo eso. Sin duda, si Dios bendice enormemente a nuestras iglesias, el desastre saldrá a superficie con más obviedad que nunca. ¡Bien! Eso es porque Dios está lidiando con nosotros. Y ahí es cuando, por la misma gracia, podemos aplicar los amables remedios pastorales a los problemas reales de las personas con más amabilidad que nunca antes. ¡Qué privilegio! Esdras y Nehemías sabiamente exhortaron al pueblo cuando estaban experimentando una claridad reveladora sobre ellos mismos: «Este día es santo para el Señor su Dios; no se entristezcan, ni lloren» (Neh 8:9). En un tiempo apartado como uno inusualmente santo por el poder del Evangelio que expone el corazón, recuerda aconsejar a tu congregación a no caer en una vergüenza miserable, ¡sino que a levantarse en alabanza gozosa a Dios! ¡Somos tan malvados que podemos corromper incluso un día santo si nos enfocamos en nosotros mismos con incredulidad, deshonrando terriblemente la obra terminada de Cristo en la cruz! No te permitas pensar un domingo por la tarde: «sí, el servicio de hoy fue otro Pentecostés. Sin embargo, ¿quién sabe? Probablemente, se reduzca a nada esta semana». ¡Qué derrotismo! Cuando el libro de Hechos dice: «Y había gran regocijo en aquella ciudad» (Hch 8:8), no está diciendo: «¿acaso no es estúpido?». Al contrario, nos está llamando a responder a Cristo con nuestro propio «gran regocijo». Si tú y yo aceptamos la autoridad del libro de Hechos, entonces, actuemos así. Recuerda permanecer agradecido.
3. Recuerda que es lo que viene
Se avecina la dificultad. ¿Cómo podría ser de otra manera? «Pues el hombre nace para la aflicción, como las chispas vuelan hacia arriba» (Job 5:7). Sin embargo, no tenemos problemas con eso. El sufrimiento es nuestro superpoder. ¿Qué fue lo que nuestro Señor resucitado nos dijo? «Mi poder se perfecciona en la debilidad» (2Co 12:9). En otras palabras, la manera más perfecta en que su poder puede ser experimentado y exhibido es cuando nosotros no podemos ofrecerle otra cosa más que nuestra necesidad. Nuestro «escenario ideal» no es la carrera ministerial de nuestros sueños, sino «las debilidades, en insultos, en privaciones, en persecuciones y en angustias por amor a Cristo, porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2Co 12:10). Cuando el ministerio está yendo bien, recuerda que los reveses y los contratiempos del mañana serán torcidos por las poderosas manos de Dios para convertirlos en aún más bendición. No lo verás todo en esta vida. Pero si pones tu confianza en el Señor para tu ministerio, Él asegurará que tu impacto resuene una y otra vez en las futuras generaciones. Recuerda permanecer prescindible.
Este recurso fue publicado originalmente en 9Marks.
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Pastor, no olvides recordar esto cuando todo marche mal

«Insiste a tiempo y fuera de tiempo» (2Ti 4:2). El ministerio pastoral es estacional. Hice esta simple observación en mi último artículo: «Pastor, no olvides recordar esto cuando todo marche bien». En resumen, estuvimos pensando juntos en las estaciones de la abundancia ministerial. Sin embargo, ¿qué ocurre con los momentos difíciles? ¿Qué debemos recordar cuando la tragedia nos abruma o cuando perdemos el rumbo en la confusión o cuando parecemos ser incapaces de complacer a alguien, la congregación es difícil y fría o incluso se va?
1. Recuerda aceptar que las dificultades finalmente vienen del Señor mismo
Si la congregación no está respondiendo bien, quizás tú eres la razón. Tal vez, sin darte cuenta, estás haciendo algo que los está desanimando, lo que sabotea tu ministerio. Podrías no ser tú en lo absoluto, ¿pero, quizás? «¿Quién puede discernir sus propios errores?» (Sal 19:12), se preguntó David. En el verso 13, él habla de «pecados de soberbia»: pecados de obstinada arrogancia. No obstante, los «errores» en el verso 12 son un asunto de discernimiento. ¡Podemos ofender a nuestro Señor y pasar a llevar a personas con nuestras mejores intenciones! Entonces, nuestro amoroso Señor permite que el impacto negativo de nuestros errores caiga sobre nosotros. Duele. Pero ese impacto y vergüenza es del Señor. Él está abriendo nuestros ojos para que la próxima vez seamos más cuidadosos, más sensibles, más respetuosos. Por lo tanto, permitámonos aceptar profundamente la disciplina de nuestro Señor, bajemos nuestras defensas, riámonos mucho de nosotros mismos y hagamos un cambio saludable. Nosotros, los ministros, al aceptar el llamado del Señor para la obra del Evangelio, hemos plantado nuestra bandera de su Reino con profunda sinceridad de corazón; sin embargo, la sinceridad no es suficiente. Sin duda, nuestra sinceridad más ferviente puede, por su misma naturaleza, hacernos sentir más virtuosos de lo que realmente somos. Necesitamos que otros nos ayuden a discernir nuestros gestos irritantes, nuestras palabras desanimantes y nuestros énfasis poco convincentes. Son como un tipo con mal aliento. ¿Quién lo amará lo suficiente como para decirle? Creo que todo hombre debería estar en conversación regular con otros hombres piadosos, con este llamamiento humilde como pauta: «hermanos: ¡ayúdenme a verme a mí mismo!». ¿Quién no se beneficiaría de eso? ¿Quién puede estar por encima de ello? Tu amada esposa te ayudará, por supuesto. Sin embargo, ella podría estar demasiado sesgada a tu favor. Deja que otros hombres, en quienes confías, te ayuden también. El Señor mismo estará en ello completamente, honrando tu humilde apertura. Hermano, tu ministerio puede llegar a ser «aceptable a los santos» (Ro 15:31). Recuerda permanecer enseñable.
2. Recuerda que estás completamente equipado en todos los aspectos esenciales
Me encanta 1 Corintios 2:1-5, donde Pablo se regocija en su ministerio. Él sabe qué tiene a favor, incluso con su imagen modesta y sus nervios alterados. Moviéndose a través de las culturas sofisticadas de nuestro mundo, como Pablo lo hizo entonces, enfrentando tanto una indiferencia pasiva como un rechazo audaz, ¿qué podemos considerar tú y yo donde sea que vayamos? Nada menos que: «[...] el testimonio de Dios, [...] a Jesucristo, y este crucificado, [...] demostración del Espíritu y de poder». ¿Qué hay en todo este mundo que pueda competir con eso? Tu iglesia podría ser pequeña en número, pero tú eres fuerte en el poder divino. Podrías ser modesto en prestigio, pero eres exaltado con glorias Trinas. Podrías estar limitado en programas, pero eres inmensurable en significancia eterna. Deja de preocuparte por ti mismo; deja de tener resentimiento contra esa gran iglesia al otro lado de la calle. Tu pequeña iglesia está completamente equipada en todo lo esencial con la verdad del Evangelio y el poder del Espíritu. Tu pequeña iglesia bien podría llegar a ser el punto de partida para el próximo despertar mundial. ¡Cuán maravilloso es recordar que, con Dios, simplemente nunca sabes qué será lo próximo que Él hará! Quédate cerca de Él. Sigue «arriesgándote», y el Señor te sorprenderá con aliento y avances, mientras le das todo de ti. Recuerda permanecer lleno de confianza.
3. Recuerda que prevalecerá tu fuerte y alegre resistencia
El poder de la fidelidad es tan grande, que nuestro mismo Señor mismo afirma que es una de sus propias glorias: «el Dios fiel, que guarda su pacto y su misericordia» (Dt 7:9). Si nuestro Señor no recurre a un arreglo rápido sino que trabaja fielmente a largo plazo, ¿podemos resentirnos a andar por ese mismo camino? No nos gusta esperar pacientemente. ¡Amazon Prime cuenta con que seamos impacientes! Sin embargo, son aquellos que «esperan en el Señor» los que renuevan sus fuerzas (Is 40:31). El rabino medieval, David Kimchi, explicó que la palabra hebrea «esperar» sugiere elasticidad, prolongación, alargamiento. Por tanto, «esperar en el Señor» no es parecido a descansar en una hamaca con un vaso de té helado; es como mantener la posición de la plancha hasta que nuestro entrenador nos diga que ya es suficiente. Nuestra fuerza es renovada; por lo tanto, sigamos luchando y prevaleceremos, porque el Señor vendrá por nosotros. «Con paciencia lo aguardamos» (Ro 8:25). La iglesia primitiva entendió eso. Sí, ellos vieron milagros. Sin embargo, mira Romanos 16 y cómo Pablo saluda a sus amigos: «[...] los cuales expusieron su vida, [...] que ha trabajado mucho, [...] mis compañeros de prisión», etc. Eran impotentes; sin embargo, prevalecieron. ¿Cómo? Esperaron con paciencia y se rehusaron a rendirse. Creyeron que Dios no estaba apurado, por lo que ellos tampoco lo estaban. Creyeron que Dios está en control, por lo que ellos no sintieron necesidad de estar en control. Ellos creyeron que Dios es poderoso, por lo que ellos no fueron prepotentes. El obispo Cipriano le escribió a su congregación que estaba sufriendo: «como siervos y adoradores de Dios, mostremos la paciencia que aprendimos de las enseñanzas celestiales, pues esa virtud tenemos en común con Dios». Un último pensamiento: el mundo está en una carrera hacia el juicio final, pero Dios está con nosotros. Todas sus promesas son ciertas; todos sus propósitos, exitosos. Ahora es nuestro turno, en nuestra generación, de ser testigos de su gloria. ¿Cómo? Sigue adelante, sigue adelante, sigue adelante, sigue adelante, sigue adelante. Y cuando hayamos hecho eso, ¡sigue adelante! Y así es cómo prevalecemos. Recuerda permanecer fiel.
Este recurso fue publicado originalmente en 9Marks.
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Diez lecciones inolvidables sobre la paternidad
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Diez lecciones inolvidables sobre la paternidad

En público, mi papá fue uno de los grandes pastores de su generación. Durante veinte fructíferos años, sirvió principalmente en Lake Avenue Congregational Church en Pasadena, donde John y Noël Piper adoraron durante el tiempo en el que estuvieron en el Seminario Fuller. Mi papá y John eran grandes amigos. En privado, mi papá era el mismo. Solo había un Ray Orlund Sr.: un auténtico hombre cristiano. La distancia entre lo que vi en el Nuevo Testamento y lo que vi en mi papá fue pequeña. Era el hombre más parecido a Cristo que jamás conocí, el tipo de hombre y el tipo de padre que anhelo ser.   Sin ningún orden particular, les comparto diez lecciones sobre paternidad que aprendí al observarlo. Cada lección sigue viva en mi recuerdo de su cuidado por mí.
1. Nunca estuvo demasiado ocupado
Mi papá era un pastor ocupado, pero nunca demasiado ocupado para mí. Cuando sentía que no tenía suficiente tiempo para estar conmigo, decía: «oye, amiguito, ¿quieres faltar a la escuela mañana e ir a la playa?». ¡No me demoraba mucho en decir que sí! Entonces, íbamos. Surfeábamos, conversábamos y nos divertíamos juntos. Al día siguiente, mi papá escribía una nota a la escuela para explicar mi ausencia y cuando yo se la llevaba al director, siempre marcaba mi ausencia como «injustificada». Supongo que la razón no era suficiente para ellos: un padre que quería ponerse al día con su hijo. Pero a mi papá no le importunaba. Yo le importaba y yo lo sabía.
2. Era un hombre de la Biblia
Mi papá se entregó, con todo su corazón, a Jesús. En mi cumpleaños número diecisiete, él y mi mamá me regalaron una nueva Biblia. En la tapa, él escribió lo siguiente:
Amiguito: No hay nada más grandioso que tener un hijo, un hijo que ame al Señor y que camine con Él. Tu madre y yo consideramos este Libro nuestro tesoro más preciado. Es nuestro regalo para ti; no podemos darte nada mejor. Sé un estudiante de la Biblia y tu vida estará llena de bendiciones.  Te amamos, Papá 07/09/66 Filipenses 1:6
Cuando leí eso, sabía que mi papá hablaba en serio. Él era un hombre de la Biblia y la bendición de la que Él escribió era obvia en su propia vida.
3. Alababa a Dios
En mi infancia, la mayoría de las mañanas, no necesitaba un reloj despertador. Despertaba gracias al canto de mi papá en la ducha que podía escucharse desde el pasillo. Cada mañana, cantaba efusiva y alegremente este himno:
Del alba despuntar, Oh mi alma sin tardar, ¡Bendice al buen Jesús!  Y luego al emprender La senda del deber, ¡Bendice al buen Jesús!
Muchos hombres son difíciles de leer. No tengo idea de lo que creen, pero nunca me pregunté esto respecto a mi papá: qué era lo que más le importaba, por qué cosas vivía. Ni una sola vez; en lo absoluto; ni un poco. Él no optó por un enfoque de vida en el cual mantenía un bajo perfil. Jesús era demasiado maravilloso para él. Alabó al Señor a lo largo de su vida, en público, en privado, tan clara y entusiasmadamente que no se podía ignorar.
4. Me alentaba
Mi papá me dejó libre para seguir el llamado de Dios en mi vida. Me guió apropiadamente, por supuesto, pero no se aferró a mí con temor ni esperó que siempre viviera cerca de él. Al contrario, me instaba a seguir a Cristo a cualquier lado. De vez en cuando, él daba el siguiente discurso: «escucha, hijo. Los cristianos poco entusiastas son los más miserables. Saben lo suficiente de Dios para sentirse culpables, pero no han ido lo suficientemente lejos con Cristo para estar felices. ¡Dalo todo por Él! No me importa si eres un cavador de zanjas mientras ames al Señor con todo tu corazón».  A él no le impresionaba el éxito mundano, ir a buenas escuelas ni la ostentación ni el fingimiento. Quería algo mejor para mí, algo que yo tenía que encontrar. No obstante, nunca dudé de cuán apremiante era para él un claro llamado de Dios para mi vida. Y lo recibí, en parte porque él no se entrometió en ello, sino que me alentó mientras yo seguía al Señor personalmente.
5. Tuvo un verdadero caminar con Dios
Recuerdo haber bajado al primer piso una mañana y toparme con mi papá en el living. Ahí estaba él, de rodillas, con el rostro entre las manos, absorto en silenciosa oración. Él no sabía que más personas estaban despiertas. Él no estaba montando un espectáculo; era real. Mi papá realmente caminó con Dios. Nunca se me ocurrió preguntarme si Jesús era el Señor de su vida y de nuestro hogar. Mi papá amaba el Evangelio, servía a la iglesia, daba testimonio en nuestro vecindario. Incluso diezmaba cuando no tenía para hacerlo. Marcó el tono de nuestro hogar y era un lugar de gozo, honestidad y consuelo. Jesús estaba ahí.
6. Me enseñó teología en el patio
Un día, cuando yo tenía once o doce años, mientras jardineábamos afuera (no puedo recordar el contexto), mi papá se detuvo, me miró a los ojos y dijo: «sabes, amiguito, antes de que empezara el tiempo, Dios te escogió». Quedé pasmado. ¿El Dios todopoderoso pensó en mi pequeñísimo yo? ¿Desde la eternidad? Me sentí tan amado por Dios. Años después, cuando entendí la doctrina de la elección como tal, no tuve ningún problema con ella. Me encantó. Mi papá había comenzado mi educación teológica en mi niñez en el curso de la conversación diaria.
7. Nos amó cuando no era fácil
Mi mamá me contó una vez que papá tenía una costumbre cuando llegaba a casa al final de cada día. Trabajaba duro durante el día y llegaba a casa cansado. Entonces, se acercaba a los escalones de atrás, antes de que abriera la puerta trasera y alzaba una simple oración a Dios: «Señor, necesito energía extra ahora mismo», y Dios respondía su oración. Nunca vi a mi papá entrar sin emociones positivas que entregar. Al contrario, se acercaba a mi mamá, le daba un gran beso y luego se dirigía a mí para decirme: «¡vamos, campeón, luchemos!» y nos íbamos a la habitación del frente y luchábamos en el piso, nos hacíamos cosquillas, nos reíamos y nos divertíamos mucho. La realidad constante de Dios en el corazón de mi papá le dio energía para amar a su familia cuando no era fácil hacerlo. 
8. Me ayudó a amar la iglesia
El hecho de que mi papá fuera pastor me convirtió obviamente en «el hijo del predicador». De vez en cuando, personas bien intencionadas de la iglesia me decían necedades, como si yo tuviera que ser perfecto, superior o alguna cosa que ellos esperaban. Por lo que mi papá me dijo una vez: «hijo, cuando las personas dicen cosas como esas, no tienen la intención de hacer daño, pero no es justo. Ellos no se dan cuenta de eso. Quiero que sepas que puedes ignorar esos comentarios». Mi papá tenía altos estándares de la vida cristiana. Sin embargo, era lo suficientemente sabio como para saber que un chico de diez años sigue a Cristo de manera diferente a quien tiene cuarenta. Él era realista y compasivo. Él fue comprensivo conmigo, pues era un niño cristiano. Él es la principal razón terrenal por la que amo a la iglesia hoy. Sabiamente me mostró cómo la vida de la iglesia no tiene por qué ser opresiva.
9. Vivió su fe de manera sencilla y práctica
Papá me mostró cómo caminar con el Señor de maneras prácticas. Por ejemplo, esta es una declaración que él escogió como su propio camino diario:

    Mi declaración de fe matutina

Creo que hoy:
  1. Dios está dirigiendo mi vida soberanamente, mientras me rindo a Él. Él me ama incondicionalmente y yo a Él, y está primero en mi vida. 
  2. Cristo es mi Señor y Amo. Busco permanecer en Él y hacer su voluntad inmediatamente y con exactitud.
  3. El Espíritu Santo es mi amigo y guía, quien cierra y abre las puertas hoy y me llena de sí mismo para hacerme un siervo eficaz. 
  4. Ahora le encomiendo mi esposa y mi familia al Señor, quien los ama tanto a ellos como a otros a quienes amo. Ellos también están bajo su soberano cuidado.
  5. Salgo en fe audaz y me relajo en el Señor, disfruto este día que Él me dio. Confío en que Él me usará hoy.
Es sencillo, pero válido. Mi papá ejemplificó cómo hacer que el cristianismo diario sea accesible y práctico.
10. Me dijo que el ministerio no lo es todo
Como mencioné anteriormente, a veces, ser el «hijo del predicador» fue difícil. Sin embargo, esta dificultad se atenuaba por el amor de mi papá por mí y mi admiración por él. Yo lo adoraba. Aún lo hago. Incluso, mientras escribo esto, me quedo sin habla, pues lo extraño mucho. Ser el hijo de un pastor piadoso fue un privilegio sagrado que Dios me regaló. El respeto que tenía por mi papá, su atractivo (el cristianismo real que vi en él, la belleza con la cual sirvió como pastor incluso cuando sufría) y el impacto personal de todo esto me llevó a reverenciar más el ministerio pastoral. Hoy me regocijo de ser yo mismo un pastor, lo que me lleva al escenario final. En la mañana del domingo 22 de julio de 2007, mi papá despertó en una habitación del hospital en Newport Beach. Él sabía que finalmente había llegado el día de dejar esta vida. Le pidió a la enfermera que llamara a la familia. Mi esposa, Jani, y yo estábamos lejos en Irlanda ese día debido al ministerio. No sabíamos lo que estaba ocurriendo en casa. A pesar de eso, la familia se reunió junto a la cama de papá. Leyeron la Escritura, cantaron himnos. Mi papá pronunció palabras de bendición y de advertencia patriarcal a cada uno, un mensaje apropiado para animar y guiar. Pronunció sobre todos ellos la bendición de Aarón: «El Señor te bendiga y te guarde; el Señor haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia; el Señor alce sobre ti su rostro, y te dé paz» (Nm 6:24-26). Y luego, tranquilamente, se quedó dormido. Más tarde, le pregunté a mi hermana cuáles fueron las palabras de papá para mí. Fueron estas: «díganle a su hermano que el ministerio no lo es todo; Jesús lo es». Sus palabras finales resumieron su paternidad y toda su vida. 
Ray Ortlund © 2015 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.