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El Dr. R.C. Sproul (1939-2017) fue el fundador de Ligonier Ministries, copastor de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Fla. y el primer director de Reformation Bible College. Fue autor de más de cien libros, entre los cuales se encuentra La santidad de Dios.

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¿Está la iglesia llena de hipócritas?
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¿Está la iglesia llena de hipócritas?

Hace unos treinta años, mi buen amigo y colega Archie Parrish, que en ese tiempo lideraba el programa de Evangelismo Explosivo (EE) en Fort Lauderdale, vino a verme con una petición. Señaló que, durante las miles de visitas evangelísticas hechas por los equipos de EE, se hizo un registro de las reacciones de la gente a las conversaciones sobre el evangelio. Cotejaron las preguntas y objeciones más frecuentes que la gente planteó sobre la fe cristiana y las agruparon en las diez más recurrentes. El Dr. Parrish me preguntó si podía escribir un libro contestando esas objeciones para que los evangelistas lo usaran al salir. El resultado de ese esfuerzo fue mi libro Objections Answered, que hoy se conoce como Reason to Believe. Entre las primeras diez objeciones estaba la de que la iglesia está llena de hipócritas. En ese tiempo, el Dr. D. James Kennedy contestaba: «Bueno, siempre hay espacio para uno más». Les advertía a las personas que, si encontraban una iglesia perfecta, no se unieran a ella o, de lo contrario, la arruinarían. El término «hipócrita» proviene del mundo del teatro griego; se usaba para describir las máscaras que los actores empleaban al dramatizar ciertos roles. Aun hoy el símbolo del teatro son las máscaras gemelas de la comedia y la tragedia. En la antigüedad, ciertos actores representaban más de un rol, y los indicaban sosteniendo una máscara sobre sus caras. Ese es el origen del concepto de la hipocresía. Pero la acusación de que la iglesia está llena de hipócritas es evidentemente falsa. Aunque ningún cristiano alcanza la santificación total en esta vida, el hecho de que todos estemos actualmente luchando contra el pecado no pronuncia, en forma justa, un veredicto de hipocresía. Un hipócrita es alguien que hace cosas que afirma no hacer. Quienes observan la iglesia cristiana desde el exterior ven personas que profesan ser cristianas y al mismo tiempo pecan. Puesto que ven pecado en las vidas de los cristianos, juzgan precipitadamente que, por lo tanto, son hipócritas. Si una persona afirma no tener pecado y luego demuestra que lo tiene, sin duda que se trata de un hipócrita. Pero que un cristiano simplemente demuestre ser pecador no lo hace culpable de hipocresía. La lógica invertida funciona más o menos así: Todos los hipócritas son pecadores. Juan es pecador; por lo tanto, Juan es hipócrita. Cualquiera que conozca las leyes de la lógica sabe que este silogismo no es válido. Si tan sólo cambiáramos la acusación «la iglesia está llena de hipócritas» por «la iglesia está llena de pecadores», nos declararíamos rápidamente culpables. De todas las instituciones que conozco, la iglesia es la única que exige reconocerse pecador para poder ser miembro. La iglesia está llena de pecadores porque es allí donde éstos confiesan sus pecados para ser redimidos de ellos. Por lo tanto, en ese sentido, el simple hecho de que la iglesia esté llena de pecadores no justifica la conclusión de que la iglesia está llena de hipócritas. De nuevo: toda hipocresía es pecado, pero no todo pecado es pecado de hipocresía. Cuando consideramos el problema de la hipocresía en la época del Nuevo Testamento, lo vemos más claramente en las vidas de quienes afirmaban ser los más rectos. Los fariseos eran un grupo de personas que, por definición, creían estar separados de la pecaminosidad normal de las masas. Empezaron bien, buscando una vida de piedad y sumisión devota a la ley de Dios, pero cuando su conducta no logró alcanzar sus ideales, comenzaron a fingir. Pretendieron ser más justos de lo que eran. Mostraron una fachada de rectitud externa que meramente servía para encubrir la radical corrupción de sus vidas. Aunque la iglesia no está llena de hipócritas, es innegable que la hipocresía es un pecado que no se limita a los fariseos del Nuevo Testamento. Es un pecado contra el cual los cristianos deben luchar cuerpo a cuerpo. A la iglesia se le ha impuesto un alto estándar de conducta espiritual y recta. A menudo nos avergüenza ser incapaces de alcanzar estos altos objetivos y nos inclinamos a fingir que hemos alcanzado un nivel de rectitud más elevado que el que realmente hemos alcanzado. Cuando lo hacemos, nos ponemos la máscara del hipócrita y dirigimos el juicio de Dios hacia ese pecado particular. Cuando nos vemos envueltos en este tipo de simulación, nuestras mentes deberían activar una alarma indicándonos que necesitamos regresar a la cruz de Cristo y entender dónde reside nuestra verdadera rectitud. En Cristo no tenemos que encontrar una máscara que oculte nuestro rostro sino todo un armario de vestimentas que representan su rectitud. De hecho, es únicamente envueltos en la rectitud de Cristo, recibida por fe, que cualquiera de nosotros puede aspirar a presentarse ante un Dios santo. Usar las vestimentas de Cristo en fe no es un acto de hipocresía; es un acto de redención.
Este artículo fue originalmente publicado por Ligonier Ministries en esta dirección.
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La fase de la jaula
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La fase de la jaula

Mi amigo Michael Horton comenta frecuentemente el fenómeno del «calvinismo en fase de jaula», esa extraña enfermedad que parece afligir a muchas personas que acaban de conocer la verdad de las doctrinas reformadas de la gracia. Todos hemos conocido uno de estos calvinistas en «fase de jaula». Muchos de nosotros, incluso, pasamos por eso cuando recién nos convencimos de que Dios era soberano en la salvación. Los calvinistas en fase de jaula son identificables por su insistencia en convertir cualquier discusión en un argumento a favor de la expiación limitada o por asumir como una misión personal asegurarse de que todos sus conocidos oigan —a menudo en voz muy alta— las verdades de la elección divina. Ahora bien, ser celoso por la verdad es siempre loable, pero un celo que se manifiesta como una actitud desagradable no convencerá a nadie de que la teología reformada representa una verdad bíblica. Como muchos podemos dar fe por experiencia personal, más bien va a generar rechazo. Roger Nicole, el fallecido teólogo reformado suizo del cual fui colega por varias décadas, dijo una vez que, por naturaleza, todos los seres humanos son semi-pelagianos: no creen que nacen como esclavos del pecado. En este país, en particular, se nos ha adoctrinado en una comprensión humanista de la antropología y especialmente con respecto a nuestra visión de la libertad humana. Después de todo, estamos en la tierra de la libertad. No queremos creer que, como lo enseña la Biblia, estamos sometidos a inclinaciones negativas y una abierta enemistad con Dios (Ro 3:9-20). Creemos que la verdadera libertad implica ser capaces de llegar a la fe sin necesidad de que el poder de la gracia salvadora nos someta. Cuando nos damos cuenta de que estamos equivocados, y que la Escritura pinta un retrato sombrío de la condición humana en ausencia de gracia diciendo que es imposible para nosotros elegir correctamente, queremos asegurarnos de que todos los demás lo sepan también. A veces incluso nos irrita que nadie nos haya hablado antes sobre el verdadero alcance de nuestra depravación y la majestad de la gracia soberana de Dios. Esto da origen a los calvinistas en fase de jaula, esos nuevos creyentes reformados que son tan agresivos e impacientes que deberían ser encerrados en una jaula por algún tiempo mientras se calman y maduran un poco en la fe. Descubrir la teología reformada trae a veces conflicto con amigos y familiares a quien se ha convencido de las doctrinas bíblicas de la gracia. Más de una vez me han preguntado cómo se debería manejar la hostilidad de los seres queridos ante la teología reformada. Si las convicciones reformadas causan problemas, ¿debería uno simplemente abandonar el asunto por completo? ¿Somos responsables de convencer a otros de la verdad de las doctrinas de la gracia? La respuesta es sí, y al mismo tiempo, no. Consideremos primero el «no». La Escritura dice que «ni el que planta ni el que riega es algo, sino Dios, que da el crecimiento» (1 Co 3:7). En ese versículo Pablo está hablando primordialmente de evangelizar, pero creo que podemos aplicarlo al crecimiento en Cristo aun después de la conversión. El Espíritu Santo nos convence de la verdad, y el hecho de que uno llegue a abrazar la teología reformada lo muestra muy claramente. Dadas nuestras inclinaciones semi-pelagianas, se requiere una tremenda cantidad de exposición a la Palabra de Dios para superar esa oposición natural a las doctrinas de la gracia. La gente se aferra tenazmente a un concepto particular del libre albedrío que no se enseña en la Escritura. Calvino dijo una vez que, si por libre albedrío entiendes una voluntad no entorpecida por el peso del pecado, estás usando un término demasiado alto como para aplicarlo a nosotros. Es difícil doblegar la exaltada visión que los pecadores, generalmente, tienen de sí mismos. Sólo el Espíritu puede finalmente convencer a la gente de su verdad. Reconocer la obra del Espíritu, sin embargo, no significa que debamos guardar silencio o dejar de creer la verdad de la Escritura. No renunciamos a las doctrinas de la gracia para estar en paz con la familia o los amigos. John Piper lo expresa bien cuando dice que no sólo tenemos que creer la verdad o limitarnos a defenderla, sino que debemos también contender por ella. Eso no significa, sin embargo, que debamos ser naturalmente contenciosos. Así que sí, debemos compartir con quienes nos rodean lo que hemos aprendido sobre la gracia soberana de Dios. Sin embargo, si realmente creemos las doctrinas de la gracia, aprenderemos a manejar el tema con cortesía. Al recordar cuánto tardamos nosotros en superar las dificultades que nos produjo el panorama bíblico de la soberanía divina y nuestra esclavitud al pecado, veremos a nuestros amigos y familiares no reformados con más compasión y compartiremos la verdad más amablemente. Una de las primeras cosas que debe aprender una persona entusiasmada por haber descubierto las doctrinas de la gracia es a ser paciente con sus amigos y familia. Dios se tomó un tiempo con nosotros para convencernos de su soberanía en la salvación y podemos confiar en que hará lo mismo con nuestros seres queridos.
Este artículo fue originalmente publicado por Ligonier Ministries en esta dirección.
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La gloria de la Navidad
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La gloria de la Navidad

En la noche en que Jesús nació, algo espectacular tuvo lugar. Las llanuras de Belén se convirtieron en el teatro para uno de los espectáculos de luz y sonido más espectaculares en la historia de la humanidad. Todo el cielo explotó de alegría.

Lucas nos cuenta qué sucedió:

En la misma región había pastores que estaban en el campo, cuidando sus rebaños durante las vigilias de la noche. Y un ángel del Señor se les presentó, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor, y tuvieron gran temor. Pero el ángel les dijo: “No teman, porque les traigo buenas nuevas de gran gozo que serán para todo el pueblo; porque les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor. Esto les servirá de señal: hallarán a un Niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.”

De repente apareció con el ángel una multitud de los ejércitos celestiales, alabando a Dios y diciendo:

 “Gloria a Dios en las alturas, Y en la tierra paz entre los hombres en quienes Él se complace” Lucas 2:8-14

El visitante angelical estaba rodeado por la gloria de Dios. La gloria estaba brillando. Esta gloria no pertenecía al ángel mismo. Era la gloria de Dios, expresando su ser divino. Era el divino esplendor el que envolvía al mensajero celestial, un visible resplandor divino.

Mientras los pastores de Belén temblaban de miedo, el ángel los amonestó: «No teman, porque les traigo buenas nuevas de gran gozo que serán para todo el pueblo; porque les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor» (Lc 2:10-11).

Cada ser humano anhela un salvador de cualquier tipo. Buscamos a alguien o algo que resuelva nuestros problemas, calme nuestro dolor o nos conceda el objetivo más escurridizo de todos. Realizamos nuestra búsqueda que va desde el éxito en los negocios hasta el descubrimiento de una pareja o un amigo perfecto.

Incluso en medio de la preocupación en los deportes mostramos la esperanza de un salvador. A medida que la temporada de deportes termina con muchos más perdedores que ganadores, escuchamos el clamor de las ciudades a lo largo de la tierra: «¡esperemos hasta el próximo año!». Entonces llega el llamado de los nuevos jugadores o la nueva camada del equipo y los fanes fijan su esperanza y sus sueños en el nuevo chico que le traerá gloria al equipo. El nuevo recluta, el nuevo cliente, la nueva máquina, la noticia que llegará mañana al correo, todo esto está investido de más esperanza de la que cualquier criatura puede posiblemente entregar.

El estallido de luz que inundó las llanuras de Belén anunciaron el advenimiento de un Salvador que sí era capaz de llevar a cabo la tarea.

Notamos que el Salvador recién nacido también es llamado «Cristo el Señor». Para los asombrados pastores estas palabras estaban cargadas de significado. Este Salvador es el Cristo, el tan esperado Mesías de Israel. Cada judío recordaba la promesa de Dios sobre que algún día, el Mesías, el ungido del Señor, vendría a liberar a Israel. Este Mesías Salvador también es Señor. Él no solo salvará a su pueblo sino que él será su Rey, su Soberano.

El ángel declara que «les ha nacido» este Mesías Salvador y Señor. El anuncio divino no es un oráculo de juicio, sino que la declaración de un regalo. El recién nacido ha nacido para nosotros.

Este artículo fue originalmente publicado por Ligonier Ministries en esta dirección. | Traducción: María José Ojeda
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¿Anomalías bíblicas?
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¿Anomalías bíblicas?

Los no creyentes suelen afirmar que la Biblia está «llena de contradicciones». Sin embargo, con los años, he observado en muchos lugares que la mayoría de las contradicciones que la gente señala realmente no califican como tales: reflejan, simplemente, la diferencia de perspectiva que surge cuando varios testigos oculares describen el mismo evento dando diferentes detalles. En tales casos, los relatos no se contradicen; en lugar de eso, cada uno puede enfatizar distintos aspectos del mismo evento en forma tal que obtenemos una imagen más completa cuando vemos cómo los detalles pueden armonizarse. Aun en un texto inspirado por Dios, las diferencias de perspectiva son exactamente lo que cabría esperar pues el Espíritu Santo no anuló las personalidades ni los estilos de los autores individuales cuando escribieron. En vez de eso, el Espíritu trabajó usando los intereses de ellos para darnos un registro inerrante de lo que sucedió aun cuando cada escritor se concentró en algunos detalles y no en otros. La inmensa mayoría de las supuestas «contradicciones» de la Escritura son relativamente fáciles de conciliar. Sin embargo, para ser honestos, debo reconocer que en la Escritura hay un grupo de problemas sumamente difíciles. Por ejemplo, a veces es difícil cuadrar 1 y 2 Crónicas con 1 y 2 Reyes, particularmente en lo que concierne a la época en que ciertos reyes reinaron, la duración de sus gobiernos y cuándo ascendieron al trono. Algunos se han dado valientemente a la ardua tarea de descifrar cómo calzan estos relatos, lo cual requiere un conocimiento detallado de cómo los antiguos pueblos del Cercano Oriente registraban las fechas, los períodos de cogobierno (cuando dos reyes gobernaban al mismo tiempo) y esa clase de cosas. No se ha encontrado aún una solución universalmente aceptada para cada problema, pero el trabajo continúa, y tenemos todas las razones para creer que obtendremos mejores respuestas a medida que aprendamos más de cómo los antiguos escritores del Cercano Oriente, incluyendo los autores de Reyes y Crónicas, hacían su trabajo. Estoy seguro de que dichos problemas finalmente se resolverán porque servimos a un Dios que habla veraz y consecuentemente, y porque los descubrimientos arqueológicos siguen confirmando el relato bíblico. Por ejemplo, por muchos años, todo lo que sabíamos de Poncio Pilato se basaba en la Biblia y algunos otros documentos extrabíblicos, así que algunas personas se preguntaban si acaso Pilato había existido. Sin embargo, en 1961, se descubrió una antigua inscripción que mencionaba a Pilato en lo que una vez fuera la ciudad de Cesarea Marítima, junto al Mediterráneo, confirmando así que Pilato fue realmente procurador de Judea en los tiempos de Jesús. Otro supuesto «dato seguro de la alta crítica» que «desacreditaba» a la Biblia tiene relación con la historia de Abraham. Por mucho tiempo, no había evidencias arqueológicas de que los camellos hubieran sido domesticados en la época de los patriarcas, así que muchos dijeron que eso demostraba que el relato del Génesis era ficticio ya que la historia de Abraham incluye camellos domesticados. Sin embargo, finalmente, los descubrimientos arqueológicos hicieron retroceder varios siglos la domesticación de los camellos —coincidiendo claramente con la época patriarcal—. Aún deben resolverse otras discrepancias del relato bíblico, pero eso no significa que deberíamos dudar de la veracidad de la Escritura. Aquí, simplemente estoy siguiendo la línea de la ciencia típica. De vez en cuando, presenciamos grandes cambios en la teoría científica, cambios de paradigma en que se modifica el modelo general usado para interpretar los datos. Los paradigmas científicos son teorías estructurales que explican la realidad, pero cada paradigma científico ha tenido que lidiar con anomalías porque siempre hay detalles que no pueden explicar con claridad. Se debe esperar, estudiar, recopilar más información, y así sucesivamente. El paradigma no cambia mientras no haya suficientes anomalías que desafíen el sistema. No fueron solo unos pocos detalles inexplicables los que justificaron la sustitución de la astronomía de Ptolomeo por la de Copérnico. El sistema de Ptolomeo funcionó por muchos siglos hasta que se descubrieron demasiadas anomalías. El modelo de Copérnico se adoptó entonces porque explica mejor los datos y presenta menos anomalías. Hablando en términos globales, la tendencia con respecto a las aparentes discrepancias bíblicas es que están siendo cada vez menos. Si quizás alguna vez hubo un centenar de dificultades de este tipo, la lista se ha reducido a un puñado. A estas alturas, no desechamos la Biblia basándonos en un puñado de dificultades sin resolver cuando todo nos lleva a confiar más que nunca en la veracidad de la Escritura. Tenemos la tendencia a ser muy rápidos para señalar las contradicciones de la gente normal —y ni hablar de la Biblia—. Ahora bien, todos podemos caer en contradicciones e incoherencias. Sin embargo, la cortesía general exige que al menos concedamos a los demás el beneficio de una segunda mirada. Deberíamos esforzarnos por entender cómo alguien puede sostener coherentemente dos posturas aparentemente contradictorias. Al dar esa segunda mirada, con frecuencia descubrimos que lo que los demás están diciendo no es tan contradictorio como pareció al principio. Si extendemos esta cortesía a otros, ¿no tenemos muchas más razones para concedérsela a los Apóstoles? Antes de acusar a Pablo de contradecirse, deberíamos respetar su importancia lo suficiente como para analizar si lo que dice en Efesios realmente contradice lo que dice en Gálatas. A lo largo de mi vida, uno de los ejercicios que más me han dado satisfacción y han fortalecido mi fe ha sido prestar cuidadosa atención a las supuestas dificultades bíblicas. Ha sido así porque, mientras más las estudio y veo la forma en que se resuelven, más puedo contemplar la Biblia asombrándome de su coherencia, su consecuencia y su unidad hasta el último nivel de los más pequeños detalles. Su simetría, complejidad y armonía son pasmosas.
Este artículo fue originalmente publicado por Ligonier Ministries en esta dirección. | Traducción: Cristian Morán
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Cómo amar a Dios con nuestras mentes
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Cómo amar a Dios con nuestras mentes

La mente humana es uno de los aspectos más increíbles de la creación. Es más poderosa que la más grande supercomputadora: puede resolver gigantescos problemas y realizar importantes descubrimientos. Esto provoca que los efectos noéticos del pecado sean particularmente trágicos. Los efectos noéticos del pecado describen el impacto que este tiene sobre el nous (la mente) de la humanidad caída. La caída ha afectado y corrompido gravemente la facultad de pensar (con la que razonamos). En nuestro estado natural, no regenerado, hay algo que está considerablemente mal en nuestras mentes. Como consecuencia de nuestra supresión del conocimiento de Dios por nuestro pecado, hemos sido entregados a una mente depravada (Ro 1:28). Tener una mente depravada es terrible; una mente que, ahora, en su condición caída, no tiene ni el más mínimo deseo de amar a Dios. Sin embargo, en Adán, ese es el tipo de mente que elegimos para nosotros, así que en nuestra condición caída natural, no hay nada más repugnante para nuestras mentes que amar a Dios. Mientras no seamos regenerados, por naturaleza, tenemos tal aversión para amar a Dios que nos ahogamos al solo pensar en el mandamiento de Cristo que dice que debemos amar a Dios con nuestras mentes (Mt 22:37). Nuestras mentes han sido corrompidas por el pecado, pero eso no significa que nuestra capacidad de pensar haya sido aniquilada. Los mejores pensadores paganos aún pueden identificar errores de lógica sin haber nacido de nuevo. No es necesario ser regenerado para obtener un Ph.D. en matemáticas. La mente caída conserva la capacidad de seguir una argumentación formal hasta cierto grado, pero eso termina cuando comienza una discusión sobre el carácter de Dios porque es ahí donde el sesgo es tan fuerte y la hostilidad tan grande que muchas de las personas más brillantes tropiezan. De hecho, si una persona comienza a razonar negándose a reconocer lo que sabe que es verdad (que existe un Dios), sucederá que mientras más brillante sea, más lejos de Dios los llevará su razonamiento. Por lo tanto, cualquier consideración de la mente humana debe comenzar con el entendimiento de que, por naturaleza, la mente no ama a Dios en absoluto y no lo hará a menos que Dios el Espíritu Santo cambie la disposición de la mente inmediata y soberanamente para establecer nuestros afectos en él. La regeneración es la condición necesaria para que podamos amar a Dios con nuestras mentes. Sin ella, no existe el amor a Dios. Por tanto, tenemos que deshacernos de la idea generalizada en el mundo evangélico que dice que los no creyentes son unos buscadores de Dios. El hombre natural no busca a Dios. Las personas que no han sido regeneradas y que pareciera que buscaran a Dios, como dijo Tomás de Aquino, buscan los beneficios que solo Dios puede dar, pero no buscan a Dios mismo. Tengan en cuenta, sin embargo, que no se elimina toda la aversión de la mente hacia Dios en el minuto que nacemos de nuevo. Después de la regeneración, por primera vez en nuestras vidas, estamos dispuestos a aceptar las cosas de Dios en lugar de ir en contra de ellas. Se nos da un deseo por tener a Dios en nuestro pensamiento, en lugar de despreciarlo. No obstante, los efectos residuales de nuestra condición humana caída y su poder permanecen y no serán eliminados del todo hasta que seamos glorificados en el cielo. Todo el peregrinaje de la vida cristiana en nuestra santificación es aquel en el que buscamos amar a Dios cada vez con nuestras mentes. Jonathan Edwards dijo una vez que buscar a Dios es el principal asunto del cristiano. Entonces, ¿cómo buscamos a Dios? Al buscar renovar nuestras mentes. No podemos amar a Dios al sustituir una cadera, una rodilla ni siquiera un corazón. La única forma en la que podemos ser transformados es por medio de la renovación de nuestras mentes (Ro 12:1-2). Una mente renovada viene de una búsqueda diligente del conocimiento de Dios. Si despreciamos la doctrina, si despreciamos el conocimiento, eso probablemente indica que todavía estamos en una condición caída en la que no queremos a Dios en nuestro pensamiento. Los verdaderos cristianos quieren que Dios domine su pensamiento y llene sus mentes con ideas de sí mismo. ¿Acaso no es extraño que nuestro Señor diga que somos llamados a amar a Dios con nuestras mentes? Normalmente, no hablamos de amor en términos de una actividad intelectual. Es más, gran parte de lo que entendemos por amor en nuestra cultura secular se describe en categorías pasivas. Cuando hablamos de enamorarnos, lo hacemos como algo que pasa fuera de nuestra voluntad, como un accidente. Sin embargo, el amor real no es algo involuntario. Es algo que hacemos con determinación basándonos en nuestro conocimiento de la persona que amamos. No puede haber nada en el corazón sino está en la mente primero. Si queremos tener una experiencia con Dios directamente en donde pasamos por alto la mente, estamos en una misión inútil. No puede suceder. Quizás aumente la emoción, el entretenimiento y la excitación, pero no vamos a aumentar nuestro amor por Dios porque no podemos amar lo que no conocemos. Un cristianismo sin mente no es cristianismo en lo absoluto. Si queremos amar más a Dios, tenemos que conocerlo más profundamente. Mientras más busquemos la Escritura y más centremos la atención de nuestras mentes en quién es Dios y en lo que ha hecho, entenderemos un poquitito más sobre él y más estallará nuestra alma. Tenemos un mayor fervor para honrarlo. Mientras más entendamos a Dios con nuestras mentes, más lo amaremos con ellas. Amar a Dios con nuestras mentes significa tenerlo en alta estima, pensar en él con reverencia y adoración. Mientras más amemos a Dios con nuestras mentes, más seremos impulsados a hacer esa otra cosa que nos es ajena en nuestra condición caída: adorarlo. Buscar a Dios con nuestras mentes simplemente por disfrute intelectual y sin el propósito final de amarlo y adorarlo significa no entender lo que es amarlo con nuestras mentes. El verdadero conocimiento de Dios siempre da fruto: un mayor amor por Dios y un mayor deseo por adorarlo. Mientras más lo conocemos, más glorioso nos será. Mientras más glorioso sea para nosotros, más inclinados estaremos para alabarlo, honrarlo, adorarlo y obedecerlo.
Este artículo fue originalmente publicado por Ligonier Ministries en esta dirección. | Traducción: María José Ojeda
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Esas normas que la Biblia NO impone
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Esas normas que la Biblia NO impone

La facultad a la cual asistí se hallaba en una pequeña ciudad del oeste de Pennsylvania en un área densamente poblada por uno de los grupos más grandes de gente amish de los Estados Unidos. Los amish son un encantador grupo que se ha comprometido totalmente con una vida separada de este mundo. Se desviven por evitar toda mezcla social con los que no son amish; los «gentiles» presentes entre ellos. Son fáciles de identificar porque la vestimenta que usan es un uniforme claramente definido: comúnmente, mezclilla azul. Los hombres usan barba. Nunca adornan sus ropas con botones sino que las cierran con ganchos.

Los amish se trasladan de un lugar a otro en coches tirados por caballos. Evitan deliberadamente el uso de cualquier artefacto o comodidad moderna, como por ejemplo automóviles, tractores, electricidad, o agua de cañería. Una casa amish puede identificarse fácilmente porque las ventanas están cubiertas con sábanas y no las cortinas más decoradas que señalarían el hogar de alguien más mundano. Como sea, todo el sistema religioso amish está dedicado a un tipo de separatismo que considera que el uso de las comodidades modernas como la electricidad y los motores a gasolina son un descenso a la mundanalidad. El estilo de vida amish es conducido en gran medida por un compromiso ético que considera dicha separación como una necesidad para el desarrollo espiritual. El resto de la comunidad cristiana considera el uso de botones, electricidad y gasolina como un asunto de indiferencia ética o moral. Es decir, no hay un contenido ético inherente o intrínseco en el uso de motor a gasolina. Sin duda, usar motor a gasolina puede darnos la ocasión de pecar si usamos nuestros automóviles impíamente arriesgando las vidas y la integridad física de la gente al conducir, por ejemplo, a una velocidad imprudente. Sin embargo, la existencia misma de un automóvil y su función en la sociedad no tiene un contenido ético intrínseco. Consideramos los automóviles, la electricidad o los teléfonos como asuntos adiáfora —cosas moral o éticamente indiferentes—. El concepto de adiáfora se desarrolló en el Nuevo Testamento cuando el apóstol Pablo tuvo que abordar nuevas preocupaciones éticas en la comunidad cristiana naciente. Los cristianos que venían saliendo de un trasfondo idolátrico eran particularmente sensibles a cuestiones tales como si era apropiado comer carne previamente ofrecida a los ídolos. Después de usar dicha carne en sus ceremonias religiosas pecaminosas, los paganos las vendían en el mercado. Algunos de los primeros cristianos estaban convencidos de que dicha carne estaba contaminada por el uso mismo que se le daba en la religión pagana, así que se esforzaban mucho por evitarla, pensando, de acuerdo a los escrúpulos con que entendían la vida piadosa, que era necesario no guardar contacto alguno con semejante carne. Pablo señaló que la carne misma no era inherentemente buena ni mala, así que comer carne ofrecida a los ídolos era un asunto de indiferencia ética. Sin embargo, al mismo tiempo, el apóstol dio importantes instrucciones sobre la manera en que la comunidad cristiana debe relacionarse con aquellas personas que desarrollan escrúpulos sobre ciertas conductas que por naturaleza no tienen una carga ética. Este problema que se le planteó a la iglesia primitiva persiste en cada generación cristiana. Aunque nosotros, hoy en día, no luchamos con la cuestión de si debemos comer carne ofrecida a los ídolos, tenemos otros asuntos relacionados con el tema de la adiáfora. El fundamentalismo norteamericano, por ejemplo, ha elevado la adiáfora convirtiéndola en un tema de importancia mayor. En algunas áreas de la iglesia y de la comunidad cristiana, la pregunta de si debemos ver televisión, ir al cine, usar maquillaje, bailar o hacer cosas similares es considerada una cuestión de discernimiento espiritual. Es decir, a la gente se la instruye diciendo que la verdadera espiritualidad requiere evitar bailar, ir al cine, y otras cosas semejantes. El problema de este acercamiento particular a la ética es que estos elementos, sobre los cuales la Biblia guarda silencio, se convierten en asuntos éticos de la más alta consideración para algunos cristianos. En una palabra, la adiáfora es elevada a la categoría de ley y las conciencias son atadas donde Dios las ha dejado libres. Aquí, surge una forma de legalismo destinada a entrar en conflicto con el principio bíblico de la libertad cristiana. Y lo que es más importante, una moral sucedánea reemplaza los verdaderos criterios éticos que la Biblia prescribe para las personas piadosas. Aunque en la superficie parece rígido y severo definir la espiritualidad señalando que implica evitar bailar, usar maquillaje, o ir al cine, en realidad es una enorme y excesiva simplificación del llamamiento a la piedad que la Biblia dirige a los cristianos. Es mucho más fácil, por ejemplo, evitar ir al cine que manifestar el fruto del Espíritu. La verdadera piedad se relaciona con asuntos de mucho más peso que las formas superficiales de distinguirnos de nuestros vecinos incrédulos. Al mismo tiempo, cuando estos asuntos adiáforos son elevados a la categoría de ley y las personas se convencen de que Dios les exige seguir un cierto camino, la Biblia da instrucciones sobre cómo debemos ser sensibles a ellas. Atropellar o ridiculizar a quienes tienen estos escrúpulos no es algo que pertenezca a la libertad cristiana. Somos llamados a actuar delante de ellos con sensibilidad. No debemos ofender innecesariamente a quienes la Biblia llama «hermanos más débiles». Por otro lado, la sensibilidad ante el hermano más débil se acaba cuando éste eleva su sensibilidad a la categoría de ley o regla determinante de la conducta cristiana. En toda época y cultura, discernir la diferencia entre lo que Dios exige/prohíbe a su pueblo y lo que es indiferente, requiere tanto un conocimiento significativo de la Escritura sagrada como un deseo sincero de ser obediente al Señor. En principio, ya tenemos suficiente como para mantenernos afanosamente involucrados en la búsqueda de la piedad y la obediencia sin necesidad de añadir cosas éticamente indiferentes. No es un asunto menor determinar cómo se aplica este tema a la gran cuestión de la adoración cristiana. Sin embargo, debemos luchar con ello si hemos de permanecer en obediencia al Dios vivo y recibir lo que Él ofrece mientras la iglesia lo adora: una degustación del cielo.
Este artículo fue originalmente publicado por Ligonier Ministries en esta dirección. | Traducción: María José Ojeda
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El misterio de la iniquidad
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El misterio de la iniquidad

Se le ha denominado el talón de Aquiles de la fe cristiana. Por supuesto, me refiero al clásico problema de la existencia del mal. Filósofos, como John Stuart Mill, han argumentado que la existencia del mal demuestra que Dios no es ni omnipotente ni tampoco bueno y amoroso (el razonamiento es que si el mal existe aparte del poder soberano de Dios, entonces por fuerte lógica, Dios no puede ser considerado omnipotente). Por otro lado, si Dios realmente tiene el poder para prevenir el mal pero falla en hacer eso, entonces esto se vería reflejado en su carácter, lo que indicaría que no es ni bueno ni amoroso. Debido a la persistencia de este problema, la iglesia ha visto un sinfín de intentos para explicar esto en lo que se denomina «teodicea». El término teodicea se compone de dos palabras griegas: la palabra para Dios, theos, y para justificación, dikaios. Por lo tanto, una teodicea es un intento por justificar a Dios por la existencia del mal (como se ve, por ejemplo, en el libro de John Milton, El paraíso perdido). Tales teodiceas han tratado interrogantes que van desde una simple explicación sobre que el mal es el resultado directo del libre albedrío humano hasta intentos filosóficos más complejos como el que ofreció el filósofo Leibniz. En su teodicea, ridiculizada por Voltaire en su novela Cándido, Leibniz hizo una distinción entre tres tipos de males: el mal natural, el mal metafísico y el mal moral. En este esquema de tres partes, Leibniz argumentó que el mal moral es una consecuencia natural y necesaria de la finitud, lo que es la falta metafísica del ser completo. Puesto que ninguna criatura puede ser un ser infinito, esto inevitablemente debe producir defectos como los que vemos en el mal moral. El problema con esta teodicea es que falla en considerar el ideal bíblico del mal. Si el mal es una inevitabilidad metafísica para las criaturas, entonces obviamente Adán y Eva debieron haber sido malos antes de la caída y hubiesen continuado siendo malos después de la glorificación en el cielo. Hasta este momento, no he encontrado una explicación satisfactoria para lo que los teólogos llaman el misterio de la iniquidad. Por favor, no me envíen cartas dándome sus explicaciones, que normalmente se centran en alguna dimensión del libre albedrío humano. Temo que muchas de esas explicaciones fallan en tomar el importante peso que carga esta explicación. La simple presencia del libre albedrío no es suficiente para explicar el origen del mal, tanto como no podemos explicar cómo un buen ser humano podría inclinarse libremente a escoger el mal. La inclinación para que la voluntad actúe en una manera inmoral ya es una señal del pecado. Uno de los acercamientos más importantes al problema del mal es expuesto originalmente por San Agustín y luego por Tomás de Aquino, en el que argumentaban que el mal no tiene un ser independiente. El mal no puede definirse como una cosa, sustancia o algún tipo de ser. Al contrario, el mal siempre se define como una acción, una acción que falla con cumplir el estándar de bondad. En este aspecto, el mal se ha definido en términos de su ser ya sea una negación (negatio) del bien o una privación (privatio) del bien. En ese sentido, como sostuvo San Agustín, el mal es parasitario (es decir, depende del bien en su misma definición). Pensamos que el pecado es algo que no es recto, como la desobediencia, la inmoralidad y cosas como esas. Todas estas definiciones dependen de la sustancia positiva del bien en su mismísima definición. San Agustín sostuvo que aunque los cristianos enfrentan la dificultad de explicar la presencia del mal en el universo, el pagano tiene un problema que es doblemente difícil. Antes de que alguien incluso pueda tener un problema de maldad, primero debe tener el antecedente de la existencia del bien. Aquellos que se quejan del problema del mal ahora también tienen el problema de definir la existencia del bien. Sin Dios no hay un estándar supremo para el bien. En la época contemporánea, este problema ha sido resuelto simplemente al negar tanto el mal como el bien. Tal problema, sin embargo, enfrenta enormes dificultades, particularmente cuando uno sufre en manos de alguien que ocasiona dolor sobre otro. Es fácil para nosotros negar la existencia del mal hasta que nosotros mismos somos víctimas de la acción malvada de alguien. Sin embargo, aunque terminemos nuestra búsqueda para responder el origen del mal, una cosa es segura: puesto que Dios es al mismo tiempo omnipotente y bueno, debemos concluir que en su omnipotencia y bondad debe haber un lugar para la existencia del mal. Sabemos que Dios mismo nunca hace lo que es malo. No obstante, él también ordena todo lo que sucede. Aunque él no comete maldad y no crea el mal, él sí le ordena al mal que exista. Si existe, y si Dios es soberano, entonces obviamente él debe haber sido capaz de prevenir su existencia. Si él permitió que el mal entrara en este universo, solo pudo haber ocurrido por su decisión soberana. Puesto que sus soberanas decisiones siempre siguen la perfección de su ser, debemos concluir que su decisión de permitir que exista el mal es una buena decisión. De nuevo, debemos ser cuidadosos con esto. Nunca debemos decir que el mal es bien o que el bien es mal. Sin embargo, eso no es lo mismo que decir, «es bueno que el mal exista». Nuevamente, repito, es bueno que el mal exista, de otra manera no existiría el mal. Aunque esta teodicea no explica el «cómo» entró el mal al mundo, solo reflexiona en el «por qué» de la realidad del mal. Una cosa que sabemos con seguridad es que el mal sí existe. Existe, en ningún otro lugar, más que en nosotros y en nuestro comportamiento. Sabemos que la fuerza del mal es extraordinaria y trae gran dolor y sufrimiento al mundo. También sabemos que Dios es soberano sobre él y en su soberanía no permitirá que el mal tenga la última palabra. El mal siempre y en todo lugar sirve al interés supremo y mayor de Dios mismo. Es Dios en su bondad y en su soberanía quien ha ordenado la conquista final sobre el mal y su eliminación en su universo. En su redención encontramos nuestro descanso y nuestro gozo, y hasta que llegue ese momento, viviremos en un mundo caído.
Este artículo fue originalmente publicado por Ligonier Ministries en esta dirección. | Traducción: María José Ojeda
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Resurrección y justificación
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Resurrección y justificación

¿Cómo la resurrección de Cristo está conectada con la idea de la justificación en el Nuevo Testamento? Para responder esta pregunta, primero debemos explorar el uso y el significado del término justificación en el Nuevo Testamento. La confusión sobre este tema ha provocado algunas de las controversias más terribles en la historia de la iglesia. Dentro de la Reforma Protestante hubo discusiones sobre este asunto. Con todas sus complicaciones, la diferencia irreconciliable y que no se concilió en el debate se reducía a las siguientes interrogantes: no se sabía si la justificación ante Dios está basada en la infusión de la justicia de Cristo en nosotros, por la cual podemos llegar a ser justos inherentemente, o si está basada en la imputación (o el saldo de cuentas) de la justicia de Cristo por nosotros cuando aun éramos pecadores. La diferencia entre estos puntos de vista cambia toda nuestra comprensión del Evangelio y de la forma en que somos salvos. Uno de los problemas que llevó a confusión era el significado de la palabra justificación. La palabra en español justificar deriva de la palabra latina iustificāre. El significado literal de esta palabra en latín es «hacer justo algo». Los grandes padres de la iglesia de Occidente de nuestra historia de la iglesia trabajaron con un texto en latín en vez de usar el texto en griego y fueron claramente influenciados por él. Al contrario, la palabra griega para justificación, dikaiosunè, lleva el significado de «contar, considerar o declarar justo». No obstante, este desacuerdo entre el latín y el griego no es suficiente para explicar los debates sobre la justificación, puesto que dentro del mismo texto griego, parece haber más problemas. Por ejemplo, Pablo declara en Romanos 3:28, «…concluimos que el hombre es justificado por la fe aparte de las obras de la ley». Más adelante Santiago, en su epístola, escribe, «¿no fue justificado por las obras Abraham nuestro padre cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar?» (2:21) y «ustedes ven que el hombre es justificado por las obras y no sólo por la fe» (2:24). A simple vista, pareciera que tenemos una clara contradicción entre Pablo y Santiago. El problema se exacerba cuando nos damos cuenta de que ambos usan la misma palabra griega para justificación y ambos hacen referencia a Abraham para sostener sus argumentos. Este problema puede solucionarse cuando vemos que el verbo justificar y, su forma sustantiva, justificación, tienen rastros del significado del griego. Uno de los significados del verbo es «probar» o «demostrar». Jesús dijo una vez, «pero la sabiduría es justificada por todos sus hijos» (Lc 7:35). Él no quiso decir que la sabiduría perdonaría sus pecados ni que al tener hijos era considerada justa por Dios, sino que una sabia decisión puede ser demostrada por sus consecuencias. Santiago y Pablo estaban respondiendo a diferentes preguntas. Por su parte, Santiago respondía a la pregunta: «¿de qué sirve, hermanos míos, si alguien dice que tiene fe, pero no tiene obras? ¿Acaso puede esa fe salvarlo?» (2:14). Él entendía que cualquiera podía afirmar tener fe, pero las obras demuestran la autenticidad de la verdadera fe. La declaración de la fe es probada (justificada) por las obras. Por otro lado, Pablo justificó en un sentido teológico a Abraham antes de que realizara cualquier obra en Génesis 25. Santiago apunta a la prueba de la fe de Abraham en obediencia en Génesis 22. La resurrección implica justificación en ambos sentidos del término griego. En primer lugar, la resurrección justifica a Cristo mismo. Por supuesto que él no es justificado en el sentido de que sus pecados serían perdonados, porque él no tenía pecado, o en el sentido de ser declarado justo mientras aun era un pecador, o en el sentido latino de ser «hecho justo». Al contrario, la resurrección sirve como la prueba o la demostración de la verdad de sus afirmaciones sobre sí mismo. En su encuentro con el filósofo en Atenas, Pablo declaró: «Por tanto, habiendo pasado por alto los tiempos de ignorancia, Dios declara ahora a todos los hombres, en todas partes, que se arrepientan. Porque él ha establecido un día en el cual juzgará al mundo en justicia, por medio de un Hombre a quien él ha designado, habiendo presentado pruebas a todos los hombres cuando lo resucitó de entre los muertos» (Hch 17:30-31). Aquí Pablo apunta a la resurrección como un acto por el cual el Padre universalmente  demuestra la autenticidad de su Hijo. En este sentido, Cristo es justificado ante todo el mundo por su resurrección. Sin embargo, el Nuevo Testamento también conecta la resurrección de Cristo con nuestra justificación. Pablo escribe, «…a quienes será contada, como los que creen en aquel que levantó de los muertos a Jesús nuestro Señor, que fue entregado por causa de nuestras transgresiones y resucitado para nuestra justificación» (Ro 4:24-25). Es claro que en su muerte expiatoria Cristo sufrió en nuestro lugar o por nosotros. Asimismo, su resurrección no sólo es vista como una demostración o garantía de sí mismo, sino como una garantía de nuestra justificación. Aquí la justificación no se refiere a nuestra reivindicación, sino que a la evidencia de que la expiación que él hizo fue aceptada por el Padre. Al probar a Cristo en su resurrección, el Padre declara que acepta la obra de Jesús en nuestro lugar. Nuestra justificación en este sentido teológico descansa en la justicia atribuida de Cristo, por lo que la realidad de esa transacción está conectada a la resurrección de Cristo. Si Cristo no hubiese resucitado, hubiésemos tenido un mediador cuya obra redentora por nosotros no hubiese sido aceptable para Dios. Sin embargo, ¡Cristo verdaderamente ha resucitado!
Este artículo fue originalmente publicado por Ligonier Ministries en esta dirección.| Traducción: María José Ojeda
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La caída de un creyente
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La caída de un creyente

Podemos vivir en una cultura que cree que todos se salvarán, que somos «justificados por la muerte» y que para ir al cielo sólo necesitamos morir, pero ciertamente la Palabra de Dios no nos concede el lujo de creer eso. Una lectura rápida y honesta del Nuevo Testamento nos muestra que los apóstoles estaban convencidos de que nadie puede ir al cielo a menos que crea exclusivamente en Cristo para ser salvo (Juan 14:6; Romanos 10:9-10). Históricamente, entre los cristianos evangélicos ha habido un amplio consenso sobre este punto. La discrepancia ha tenido que ver con la seguridad de la salvación. Personas que, normalmente, coincidirían en que sólo serán salvos quienes confían en Jesús, han discrepado sobre si acaso un verdadero creyente en Cristo puede perder su salvación. En términos teológicos, el concepto del que estamos hablando es el de la apostasía. La expresión viene de una palabra griega que significa «mantenerse lejos de». Cuando hablamos de quienes se han convertido en apóstatas o han cometido apostasía, estamos hablando de quienes han abandonado su fe o al menos la profesión de fe en Cristo que alguna vez hicieron. Muchos creyentes han sostenido que, efectivamente, los cristianos verdaderos pueden perder su salvación porque, en el Nuevo Testamento, hay diversos textos que parecen indicar esta posibilidad. Estoy pensando, por ejemplo, en las palabras de Pablo en 1 Timoteo 1:18-20: Timoteo, hijo mío, te doy este encargo porque tengo en cuenta las profecías que antes se hicieron acerca de ti. Deseo que, apoyado en ellas, pelees la buena batalla y mantengas la fe y una buena conciencia. Por no hacerle caso a su conciencia, algunos han naufragado en la fe. Entre ellos están Himeneo y Alejandro, a quienes he entregado a Satanás para que aprendan a no blasfemar. Aquí, en medio de instrucciones y exhortaciones referidas a la vida y el ministerio, Pablo aconseja a Timoteo conservar su fe y una buena conciencia, y recordar a quienes no lo hicieron. El apóstol se refiere a quienes han «naufragado en la fe», hombres a quienes ha «entregado a Satanás para que aprendan a no blasfemar». Este segundo punto hace referencia a que Pablo había excomulgado a estos hombres, y el pasaje completo combina una seria advertencia con ejemplos concretos de algunos que se habían alejado gravemente de su profesión de fe cristiana. Es indudable que los creyentes profesos pueden caer e incluso hacerlo radicalmente. Pensamos, por ejemplo, en hombres como Pedro, que negó a Cristo. Sin embargo, el hecho de que fuera restaurado muestra que no siempre la caída de un creyente profeso traspasa el punto sin retorno. Aquí, debemos distinguir una caída seria y radical de una caída total y final. Algunos teólogos reformados han notado que la Biblia está llena de ejemplos de creyentes verdaderos que caen en pecados graves e incluso en períodos prolongados de impenitencia. Los cristianos, por lo tanto, sí caen, y pueden caer radicalmente. ¿Hay algo más serio que negar públicamente a Jesucristo, como lo hizo Pedro? La pregunta, no obstante, es: ¿Están estas personas —que en verdad han caído— irreparablemente alejadas y eternamente perdidas, o esta caída es una condición temporal que, en última instancia, será remediada por su restauración? En el caso de alguien como Pedro, vemos que su caída fue remediada por su arrepentimiento. Sin embargo, ¿qué sucede con aquellos que caen de manera definitiva? ¿Fueron alguna vez creyentes verdaderos, para empezar? Nuestra respuesta a esta pregunta debe ser no. Primera de Juan 2:19 dice que los falsos maestros que salieron de la iglesia nunca fueron realmente parte de ella. Juan describe la apostasía de personas que hicieron una profesión de fe pero que nunca se convirtieron de verdad. Sabemos, por otra parte, que Dios glorifica a todos aquellos que justifica (Romanos 8:29-30): si una persona, teniendo una verdadera fe que salva, es justificada, Dios la preservará. Mientras tanto, no obstante, si el que ha caído aún vive, ¿cómo podemos saber si se trata de un apóstata consumado? Algo que ninguno de nosotros puede hacer es leer el corazón de los demás. Cuando veo a alguien que ha hecho una profesión de fe y más tarde la ha repudiado, no sé si es un verdadero regenerado que, hallándose ahora en una caída radical, será con certeza restaurado en el futuro. Tampoco sé si es alguien que, por el contrario, jamás se convirtió de verdad e hizo una profesión de fe que fue falsa desde el comienzo. La pregunta de si una persona puede perder su salvación no es una pregunta abstracta. Afecta el centro mismo de nuestra vida cristiana, y no sólo por el interés que tenemos en nuestra propia perseverancia, sino por el interés que tenemos en nuestra familia, en nuestros amigos, y especialmente en aquellos que, hasta donde podíamos ver, parecían haber hecho una profesión de fe genuina. Nos pareció que su profesión de fe era creíble y los abrazamos como hermanos o hermanas sólo para enterarnos de que repudiaban esa fe. ¿Qué se puede hacer, concretamente, en una situación como esa? Primero, orar, y luego, esperar. No conocemos el resultado final, y estoy seguro de que al llegar al cielo habrá sorpresas. Nos sorprenderá ver a personas que no esperábamos encontrar, y nos sorprenderá echar en falta a quienes estábamos seguros de ver, porque simplemente no conocemos el interior del corazón o del alma humana. Sólo Dios puede ver, cambiar y preservar esa alma.
Este artículo fue originalmente publicado por Ligonier Ministries en esta dirección. | Traducción: Katherine Ellwanger
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Dos ingredientes del verdadero amor
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Dos ingredientes del verdadero amor

El capítulo 13 de la primera carta a los corintios es uno de los pasajes más famosos de la Escritura porque, en él, el apóstol Pablo nos hace una maravillosa exposición del tipo de amor que refleja a Dios. Primero muestra la importancia del amor, y escribe que, si tenemos toda clase de dones, habilidades y logros, pero carecemos de amor, no somos nada (vv. 1-3). Luego, en el versículo 4, comienza a describir el aspecto del amor que refleja a Dios, diciendo: «El amor es paciente, es bondadoso», o, siguiendo una traducción más tradicional, «El amor es sufrido, es benigno». A mí mismo me intriga esta dupla: paciencia y bondad. ¿Por qué Pablo empieza su descripción del amor con estos rasgos, y por qué los acopla? Pablo nos dice que el amor es paciente, que es «sufrido». Me gusta esta traducción más tradicional porque comunica la idea de que amar a otros puede ser difícil. Amar a las personas significa que no nos olvidamos de ellas apenas cometen la primera ofensa. En nuestras relaciones, tendemos a ser mucho más pacientes con unos que con otros. Si un amigo de siempre hace algo que me irrita o me molesta, suelo decir: «Oh, él es así, es su personalidad, somos humanos, nadie es perfecto». Soy comprensivo con él. Pero si me encuentro con otra persona y descubro en ella exactamente el mismo comportamiento que en mi amigo, tal vez no querré nada con ella. A nuestros amigos les toleramos cosas que no toleraríamos en un desconocido. El amor sufrido no «lleva la cuenta». La primera vez que me ofendes, yo podría decir —como en el béisbol— «error número uno», y luego, darte dos oportunidades más antes de sacarte. Sin embargo, si mi amor es sufrido, puedes cometer setenta y siete errores y yo aún te seguiré tolerando. ¿Por qué el amor cristiano es sufrido? Es porque los cristianos imitan a Cristo, que a su vez imita a Dios el Padre, y esta capacidad de sufrir resignadamente es una de las principales características de Dios. La Biblia señala con frecuencia que Dios es «lento para la ira» y sufrido para con su pueblo de dura cerviz. Por ejemplo, Dios se describe a sí mismo de esta manera: «El Señor, el Señor, Dios compasivo y clemente, lento para la ira y abundante en misericordia y verdad» (Éx 34:6). De igual forma, Pablo habla de «las riquezas de su bondad, tolerancia y paciencia» (Ro 2:4). Si eres cristiano, ¿por cuánto tiempo soportó Dios tu incredulidad antes de que fueras redimido? ¿Por cuánto tiempo ha soportado el pecado que continúa residiendo en ti? Si no fuera por esa tolerancia de Dios, pereceríamos. Si Dios nos tratara con tanta impaciencia como nosotros tratamos a otras personas, estaríamos ahora mismo sufriendo en el infierno. Él ha soportado nuestra desobediencia, nuestra blasfemia, nuestra indiferencia, nuestra incredulidad y nuestro pecado, y nos sigue amando. Ese es Dios. Así es como manifiesta su amor. Nos muestra su amor a través de su paciencia, y esta paciencia es duradera. Se nos llama no sólo a ser pacientes sino a ser sufridos. No debemos ser pacientes con los pecados, manías y defectos de las personas únicamente cuando no nos causan dolor. Ser sufridos significa amar cuando experimentamos pena y dolor. Significa que somos «fervientes en [nuestro] amor los unos por los otros, pues el amor cubre multitud de pecados» (1 P 4:8). De este modo, reflejamos el amor de Dios, que sufre resignadamente. ¿Por qué, entonces, Pablo acopla el ser paciente/sufrido con ser bondadoso? Porque somos capaces de sufrir prolongadamente perjuicios u hostilidades respondiendo también con hostilidad y venganza. Sin embargo, la Biblia no se refiere a eso cuando menciona el sufrimiento resignado. Sufrir resignadamente incluye bondad porque debemos responder gentilmente a la fuente de nuestro sufrimiento. Las personas amables no son groseras, ni severas, ni malas. Tienen corazones generosos. Son sensibles y tiernas para con el resto. Creo que mi padre era un modelo de este rasgo. Era realmente amable. Me demostraba la bondad de Dios. Yo detestaba llegar a casa desde la escuela para descubrir que estaba en problemas por algo que había hecho. Mi madre decía: «Tu padre quiere sentarse un momento contigo». Yo debía ir a la oficina de mi papá, y una vez cerrada la puerta, él decía: «Bueno, hijo, tenemos que hablar». Me desarticulaba sin jamás levantar la voz, sin jamás expresarme ira, y de alguna forma, después de desarticularme, podía con mucha gentileza recomponerme. Después de eso, yo salía de su oficina andando sobre las nubes. Me sentía feliz, pero también sabía que necesitaba comportarme mejor la próxima vez. Me inspiraba gracias a la gran bondad de su actuar. Me temo que es inusual encontrar a una persona realmente bondadosa. Sin embargo, la bondad debería enlazarse con el sufrimiento resignado como una manifestación de amor. Dicho en términos simples, el amor no es impaciente ni cruel. Es una imagen del amor de Dios, y es el mismo amor que el Espíritu Santo cultiva en el pueblo de Dios.
Este artículo fue originalmente publicado por Ligonier Ministries en esta dirección. | Traducción: Cristian Morán
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Solo gracia
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Solo gracia

Soli Deo gloria es el lema que surgió de la Reforma protestante y que fue usado en cada composición de Johann Sebastian Bach. Él agregó las iniciales SDG al final de cada manuscrito para comunicar la idea de que Dios y solamente Él es quien debe recibir la gloria por las maravillas de su obra de creación y redención. La cuestión de la gracia estaba en el centro de la controversia que se suscitó en el siglo dieciséis con respecto a la salvación. No era cuestión de si el hombre necesitaba la gracia o no. La pregunta tenía relación con el alcance de esa necesidad. La iglesia ya había condenado a Pelagio, que había enseñado que la gracia facilita la salvación pero no es absolutamente necesaria para obtenerla. Desde entonces, el semi-pelagianismo siempre ha enseñado que sin gracia no hay salvación. Pero la gracia que se tiene en mente en todas las teorías semi-pelagianas y arminianas de la salvación no es una gracia eficaz. Es una gracia que hace de la salvación algo posible, pero no seguro. En la parábola del sembrador vemos que, en lo que se refiere a la salvación, es Dios quien toma la iniciativa para hacer que ella ocurra. Él es el sembrador. La semilla sembrada, que es su Palabra, pertenece a Él, y la cosecha resultante es suya. Él cosecha lo que se propone cosechar cuando da inicio a todo el proceso. Dios no deja la cosecha a merced de las espinas y las piedras del camino. Es Dios y sólo Él quien se asegura de que una porción de su Palabra caiga en buena tierra. Un error crítico en la interpretación de esta parábola sería asumir que la buena tierra es la buena disposición de los pecadores caídos —aquellos que hacen la elección correcta respondiendo positivamente a la gracia precedente concedida por Dios—. El concepto reformado clásico de la buena tierra es que, si la tierra es receptiva a la semilla sembrada por Dios, sólo Él es quien la prepara para que la semilla germine. En la práctica, la pregunta más grande que cualquier semi-pelagiano o arminiano debe enfrentar es esta: ¿Por qué yo elegí creer el evangelio y comprometerme con Cristo mientras mi vecino, que oyó el mismo evangelio, eligió rechazarlo? Se han dado muchas respuestas a esta pregunta. Podemos especular que la razón por la cual una persona elige responder positivamente al evangelio y a Cristo mientras otra no, es que la persona que responde positivamente es más inteligente que la otra. Si así fuera, entonces, en última instancia, Dios seguiría siendo el proveedor de la salvación porque la inteligencia es un don suyo y podría decirse que Él no le da la misma inteligencia a la persona que rechaza el evangelio. Pero esa explicación es obviamente absurda. La otra posibilidad que se debe considerar es esta: que la razón por la cual una persona responde positivamente al evangelio mientras otra no, es que la que responde es una mejor persona. Es decir, la persona que hace la elección correcta y toma la buena decisión lo hace porque es más recta que la otra. En este caso, la carne no sólo provee algo, sino que provee todo. Así opina la mayoría de los cristianos evangélicos, es decir, que la razón por la cual ellos son salvos y otros no, es que ellos respondieron en forma correcta a la gracia de Dios mientras que los demás respondieron en forma incorrecta. Aquí podemos hablar no sólo de una respuesta correcta en contraposición a una respuesta errónea, sino que podemos hablar en términos de una respuesta buena [de bondad] al contrario de una mala. Si estoy en el reino de Dios porque mi respuesta fue buena en lugar de mala, entonces tengo algo de lo cual jactarme, es decir, la bondad por la cual respondí a la gracia de Dios. Jamás he conocido a un arminiano que respondiera a la pregunta que acabo de formular diciendo «Oh, la razón por la que soy creyente es que soy mejor que mi vecino». Serían reacios a decirlo. Sin embargo, aunque rechazan esta inferencia, la lógica del semi-pelagianismo exige llegar a esa conclusión. Si en verdad la razón final por la cual yo soy cristiano y otro no lo es se halla en que yo respondí adecuadamente a la oferta divina de salvación mientras que el otro no lo hizo, entonces, por una lógica irrefutable, realmente he respondido bien mientras mi prójimo ha respondido mal. Lo que la teología reformada enseña es que es cierto que el creyente responde en forma correcta y el no creyente en forma equivocada. Pero la razón por la cual el creyente responde bien es que Dios, en su elección soberana, cambia la disposición del corazón del elegido para que responda bien. Yo no recibo crédito alguno por responder favorablemente a Cristo. Dios no sólo inició mi salvación, no sólo sembró la semilla, sino que se aseguró de que esa semilla germinara en mi corazón regenerándome por el poder del Espíritu Santo. Esa regeneración es una condición necesaria para que la semilla eche raíz y florezca. Es por eso que, en el centro de la teología reformada, resuena el axioma de que la regeneración precede a la fe. Es esa fórmula, es ese el orden de la salvación que rechazan todos los semi-pelagianos. Ellos sostienen que, habiendo caído y estando espiritualmente muertos, ejercen fe y luego nacen de nuevo. Según ellos, responden al evangelio antes de que el Espíritu haya cambiado la disposición de sus almas para llevarlos a la fe. Cuando eso sucede, la gloria de Dios es compartida. Ningún semi-pelagiano puede jamás decir legítimamente «Sólo a Dios sea la gloria». Según el semi-pelagiano, Dios puede conceder gracia, pero además de la gracia de Dios, mi obra de respuesta es absolutamente esencial. En este caso la gracia no es eficaz, y dicha gracia, en última instancia, no es realmente una gracia salvadora. La verdad es que la salvación pertenece al Señor de principio a fin. Sí, debo creer. Sí, debo responder. Sí, debo recibir a Cristo. Pero para que yo diga «sí» a cualquiera de estas cosas, mi corazón debe primero ser cambiado por el soberano y eficaz poder de Dios el Espíritu Santo. Soli Deo gloria.
Este artículo fue originalmente publicado por Ligonier Ministries en esta dirección.
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Los hijos de Dios en Génesis 6
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Los hijos de Dios en Génesis 6

En el siglo veinte, el erudito bíblico alemán Rudolf Bultmann hizo una enorme crítica de las Escrituras, arguyendo que la Biblia está llena de referencias mitológicas que deben quitarse si pretendemos que continúe teniendo alguna aplicación significativa. La mayor preocupación de Bultmann eran las narraciones del Nuevo Testamento, y particularmente aquellas que incluían registros de milagros, los cuales consideraba imposibles. Otros eruditos, sin embargo, han afirmado que en el Antiguo Testamento también hay elementos mitológicos. Para respaldar este argumento, la prueba instrumental por excelencia suele ser una narración que, en opinión de algunos, se asemeja a los antiguos mitos griegos y romanos de dioses y diosas que ocasionalmente se apareaban con los seres humanos. En Génesis 6, leemos lo siguiente: «…cuando los hombres comenzaron a multiplicarse sobre la faz de la tierra, y les nacieron hijas, los hijos de Dios vieron que las hijas de los hombres eran hermosas, y tomaron para sí mujeres de entre todas las que les gustaban. (…) Y había gigantes en la tierra en aquellos días, y también después, cuando los hijos de Dios se unieron a las hijas de los hombres y ellas les dieron a luz hijos. Estos son los héroes de la antigüedad, hombres de renombre» (vv. 1-4). Esta narración es básicamente un prefacio al relato del diluvio que Dios envió para erradicar a toda la gente de la tierra, exceptuando la familia de Noé. Evidentemente, el propio relato del diluvio es a menudo considerado como mitológico, pero esta sección preparatoria, en que leemos de matrimonios mixtos [interraciales] entre «los hijos de Dios» y «las hijas de los hombres», es considerada un mito descarado. En esta interpretación de Génesis 6, la suposición es que «los hijos de Dios» son seres angelicales. ¿Por qué algunos intérpretes bíblicos suponen esto? La respuesta simple es que a veces las Escrituras llaman hijos de Dios a los ángeles, y se asume que la referencia de Génesis 6 significa lo mismo. Ciertamente esta es una inferencia posible, pero, ¿es una inferencia necesaria? Yo respondería que no; no creo que este texto enseñe necesariamente la idea de que hubo relaciones sexuales entre ángeles y seres humanos. Para entender este difícil pasaje, tenemos que considerar la aplicación más amplia de la frase «hijos de Dios». Preeminentemente, se aplica a Jesús mismo; Él es el Hijo de Dios. Como se ha observado, a veces se usa para referirse a ángeles (Job 1:6; 21:1; Sal 29:1), y otras veces, también, se usa para hablar de los seguidores de Cristo (Mt 5:9; Ro 8:14; Gá 3:26). En las Escrituras, por tanto, el concepto de filiación divina no siempre está vinculado a una relación biológica u ontológica (relación de ser). Más bien, se usa principalmente para exponer una relación de obediencia. Esto significa que Génesis 6 podría estar hablando, simplemente, de matrimonios entre personas que manifestaban un patrón de obediencia a Dios y otras que eran de orientación pagana. En otras palabras, este texto probablemente describe matrimonios entre creyentes y no creyentes. El contexto inmediato de Génesis 6 respalda esta conclusión. Después de la narración de la Caída en Génesis 3, la Biblia traza las líneas de dos familias: los descendientes de Caín y los descendientes de Set. Génesis 4 describe la línea de Caín, que exhibe una maldad creciente y es coronada por Lamec, el primer polígamo (v. 19), quien, además, se gozó en el uso asesino y vengativo de la espada (vv. 23-24). Por el contrario, la línea de Set, que se traza en Génesis 5, exhibe rectitud. Esta línea incluye a Enoc, que «anduvo con Dios, y desapareció porque Dios se lo llevó» (v. 24). En la línea de Set nació Noé, que fue «un hombre justo, perfecto entre sus contemporáneos» (6:9). De este modo, vemos dos líneas: una que obedece a Dios y otra que le desobedece abiertamente. Por lo tanto, muchos eruditos hebreos creen que Génesis 6 no está describiendo matrimonios entre ángeles y mujeres humanas, sino entre los descendientes de Caín y los descendientes de Set. Las dos líneas —una piadosa y otra malvada— se unen, y repentinamente, todos se ven involucrados en la búsqueda del mal a tal punto que «toda intención de los pensamientos [del corazón del hombre] era sólo hacer siempre el mal» (v. 5). Para darle sentido a este capítulo, no necesitamos imaginar que los ángeles invaden la tierra. Resolver las dificultades interpretativas de Génesis 6 nos recuerda que debemos tener mucho cuidado con inferir, a partir de la Escritura, cosas que no necesariamente se justifican. Los términos descriptivos «hijos de Dios» e «hijas de los hombres» no nos dan licencia para suponer una interacción entre seres celestiales y terrenales. Al observar un texto díficil como este, debemos ser muy cuidadosos para ver cómo se usa el lenguaje en el contexto más amplio de la Biblia. Un principio muy importante es que la Escritura debe ser interpretada por la Escritura.
Este artículo fue originalmente publicado por Ligonier Ministries en esta dirección.
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¿Qué es el Evangelio?
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¿Qué es el Evangelio?

Es imposible oír un mensaje más grande que lo que llamamos Evangelio. No obstante, aun siendo tan importante, con frecuencia es tremendamente distorsionado o sobresimplificado. La gente piensa que te predica el Evangelio cuando te dice «Tu vida puede tener propósito», «tu vida puede tener sentido», o «puedes tener una relación personal con Jesús». Todas estas cosas son ciertas —y son todas importantes—, pero no llegan al corazón del Evangelio. El Evangelio se entiende como una «buena noticia» porque aborda el problema más serio que tú y yo tenemos como seres humanos, el cual es simplemente éste: que Dios es santo y justo, pero yo no lo soy. Y al final de mi vida, me encontraré ante un Dios santo y justo para ser juzgado, y se me juzgará sobre la base de mi propia rectitud —la tenga o no— o la rectitud de otro. La buena noticia del Evangelio es que Jesús vivió una vida de perfecta rectitud, o perfecta obediencia a Dios, no para su propio bienestar sino para su pueblo. Él ha hecho por mí lo que yo era incapaz de hacer por mí mismo. Pero Él no sólo vivió esa vida de obediencia perfecta: se ofreció a sí mismo como un sacrificio perfecto para satisfacer la justicia y la rectitud de Dios. El gran malentendido de nuestra época es éste: que a Dios no le interesa proteger su propia integridad. Es una especie de deidad sin carácter que únicamente agita una varita mágica de perdón sobre todo el mundo. No. Para Dios, perdonarte es un asunto muy costoso: costó el sacrificio de su propio Hijo. Y tan valioso fue el sacrificio, que Dios lo declaró valioso levantándolo de entre los muertos —de modo que Cristo murió por nosotros y fue levantado para nuestra justificación—. Así que el Evangelio es algo objetivo: es el mensaje sobre la identidad de Jesús y lo que hizo. Y también tiene una dimensión subjetiva: ¿Cómo se nos asignan subjetivamente los beneficios de Jesús? ¿Cómo los obtengo? La Biblia deja claro que no somos justificados por nuestras obras, ni por nuestros esfuerzos, ni por nuestras acciones, sino por fe —y sólo por ésta—. La única forma que tienes de recibir el beneficio de la vida y la muerte de Cristo es poniendo tu confianza en Él —y sólo en Él—. Al hacerlo, Dios te declara justo, eres adoptado en su familia, todos tus pecados son perdonados, y has comenzado tu peregrinaje hacia la eternidad.
Este artículo fue originalmente publicado por Ligonier Ministries en esta dirección.
 
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¿Puede un cristiano perder su salvación?
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¿Puede un cristiano perder su salvación?

Quizás vivimos en una cultura que cree que todos serán salvos, que somos «justificados por la muerte» y todo lo que necesitas para ir al cielo es morir, pero la Palabra de Dios sin duda no nos da el lujo de creer eso. Cualquier lectura rápida y honesta del Nuevo Testamento muestra que los apóstoles estaban convencidos de que nadie puede ir al cielo a menos que crea solo en Cristo para su salvación (Jn 14:6; Ro 10:9-10). Históricamente, los cristianos evangélicos han estado en gran parte de acuerdo con este punto. El punto en el cual difieren es aquel de la seguridad de la salvación. Quienes concuerdan con que solo aquellos que confían en Jesús serán salvos no han estado de acuerdo respecto a si alguien que realmente cree en Cristo puede perder su salvación. En términos teológicos, de lo que estamos hablando aquí es del concepto de apostasía. El término viene de la palabra griega que significa «permanecer lejos de». Cuando hablamos sobre aquellos que llegaron a ser apóstatas o que han cometido apostasía, hablamos de los que han caído de la fe o al menos de la profesión de fe en Cristo que una vez hicieron. Muchos creyentes han sostenido que sí, los verdaderos cristianos pueden perder su salvación porque existen muchos textos del Nuevo Testamento que parecen indicar que esto puede suceder. Pienso, por ejemplo, en las palabras de Pablo en 1 Timoteo 1:18-20:
Esta comisión te confío, hijo Timoteo, conforme a las profecías que antes se hicieron en cuanto a ti, a fin de que por ellas pelees la buena batalla, guardando la fe y una buena conciencia, que algunos han rechazado y naufragaron en lo que toca a la fe. Entre ellos están Himeneo y Alejandro, a quienes he entregado a Satanás, para que aprendan a no blasfemar.
Aquí, en medio de las instrucciones y amonestaciones relacionadas con la vida y el ministerio de Timoteo, Pablo le advierte a Timoteo que guarde la fe y una buena conciencia, y que siga recordando a quienes no lo hicieron. El apóstol se refiere a aquellos que «naufragaron en lo que toca a la fe», hombres que él entregó «a Satanás, para que aprendan a no blasfemar». Este segundo punto es una referencia a la excomunión de estos hombres y el pasaje completo combina una advertencia seria con ejemplos concretos de aquellos que gravemente se alejaron de su profesión cristiana. No hay duda de que los creyentes profesantes pueden caer y caer radicalmente. Pensamos en hombres como Pedro, por ejemplo, que negó a Cristo. Sin embargo, el hecho de que fue restaurado muestra que no todos los creyentes profesantes que caen lo han hecho en un punto de no retorno. Aquí, debemos distinguir una caída grave y radical de una caída total y final. Teólogos reformados han notado que la Biblia está llena de ejemplos de verdaderos creyentes que caen en grave pecado e incluso periodos prolongados de impenitencia. Por lo tanto, cristianos sí caen y caen radicalmente. ¿Qué podría ser más grave que las negaciones públicas de Pedro sobre Jesucristo? No obstante, la pregunta es: ¿están esas personas que son culpables de una caída real irreparablemente caídas o eternamente perdidas, o es esta caída una condición temporal que será, en el análisis final, remediada por su restauración? En el caso de una persona como Pedro, vemos que su caída fue remediada por su arrepentimiento. Sin embargo, ¿qué pasa con aquellos que finalmente caen? ¿Realmente fueron verdaderos creyentes en primer lugar? Nuestra respuesta a esta pregunta tiene que ser «no». En 1 Juan 2:9, se nos habla de falsos profetas que salieron de la iglesia como si nunca hubieran sido parte verdadera de la iglesia. Juan describe la apostasía de personas que han hecho una profesión de fe, pero que realmente nunca fueron convertidas. Además, sabemos que Dios glorifica a todo el que Él justifica (Ro 8:29). Si una persona tiene una verdadera fe salvífica y es justificada, Dios preservará a esa persona. Por mientras, sin embargo, si la persona que cayó aún vive, ¿cómo sabemos si es un completo apóstata? Una cosa que ninguno de nosotros puede hacer es leer el corazón de otras personas. Cuando veo a una persona que ha hecho una profesión de fe y luego la repudia, no sé si es una persona verdaderamente regenerada en medio de una caída grave y radical, pero alguien que en algún momento del futuro sin duda será restaurada; o si es una persona que nunca se convirtió verdaderamente, cuya profesión de fe fue falsa desde el comienzo. Esta pregunta sobre si una persona puede perder la salvación no es una pregunta abstracta. Nos toca en el mismo centro de nuestras vidas cristianas, no solo en relación a lo que respecta a nuestra propia perseverancia, sino que también en relación a lo que respecta a nuestra familia y amigos, particularmente quienes parecen, externamente, tener una genuina profesión de fe. Pensamos que su profesión era creíble, los abrazamos como hermanos y hermanas, solo para darnos cuenta de que repudian esa fe. ¿Qué haces, prácticamente, en una situación como esa? Primero, oras; luego, esperas. No sabemos el resultado final de la situación y estoy seguro de que habrá sorpresas cuando lleguemos al cielo. Nos sorprenderemos de ver personas que pensamos que no iban a estar y nos sorprenderemos al no ver personas que pensamos que veríamos ahí, porque simplemente no sabemos el estado interno del corazón o del alma humana. Solo Dios puede ver, cambiar y preservar esa alma.
Este artículo fue originalmente publicado por Ligonier Ministries en esta dirección.
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Cuando una persona muere, ¿dónde van su espíritu y su cuerpo hasta la Segunda Venida?
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Cuando una persona muere, ¿dónde van su espíritu y su cuerpo hasta la Segunda Venida?

A lo largo de su historia, la iglesia ha luchado con el concepto de lo que lo se llama el «estado intermedio», la situación en que estaremos entre el momento que muramos y el momento en que Cristo consume su Reino y cumpla las promesas que confesamos en el Credo de los Apóstoles. Creemos en la resurrección del cuerpo. Nosotros creemos que habrá un momento en que Dios reunirá nuestra alma y nuestro cuerpo, y que tendremos un cuerpo glorificado tal como Cristo salió de la tumba como «el primogénito de los muertos». Entretanto, ¿qué sucede? La visión más común ha sido que, en la muerte, el alma parte inmediatamente a estar con Dios y hay una continuidad de la existencia personal. No hay una interrupción de la vida al final de esta vida sino que, cuando morimos, nuestra alma continúa viva. Sabemos de aquellos que han sido influenciados por la idea de la denominada psicopaniquia, más conocida como el sueño del alma. La idea es que al morir el alma parte a un estado de animación suspendida. Permanece dormida, en un estado inconsciente, hasta que sea despertada en el momento de la gran resurrección. El alma aún está viva, pero está inconsciente, de manera que no es consciente del paso del tiempo. Creo que esta conclusión ha sido extraída inadecuadamente a partir de la manera eufemística en que el Nuevo Testamento habla de la gente muerta como si estuviera dormida. La expresión judía común de que se hallan «dormidos» significa que están disfrutando la tranquilidad reposada y pacífica de aquellos que han pasado más allá de las luchas de este mundo y han entrado en la presencia de Dios. Sin embargo, la enseñanza general de la Escritura, aun considerando el Antiguo Testamento, muestra que el seno de Abraham era visto como el lugar de la vida venidera, y hay una noción persistente de continuidad. Pablo lo señaló de la siguiente manera: vivir en este mundo es bueno; la cosa más grande que podría suceder es participar de la resurrección final. Sin embargo, el estado intermedio es aun mejor. Pablo dijo que se hallaba atrapado entre dos cosas. Por un lado, su deseo era partir y estar con Cristo, lo cual es mucho mejor, y por el otro, tenía el deseo de permanecer vivo y continuar su ministerio en esta tierra. Sin embargo, el juicio del apóstol en cuanto a traspasar el velo de muerte y llegar a ese estado intermedio es mucho mejor que este nos da una pista, junto con una gran cantidad de otros pasajes. Jesús le dijo al ladrón en la cruz: «Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso». La imagen del rico y Lázaro en el Nuevo Testamento (Lc 16:19-31) me indica que hay una continuidad de la vida y la conciencia en este estado intermedio. Tomado de ¡Qué buena pregunta! Copyright © 1996 por R.C. Sproul.  
Este artículo fue originalmente publicado por Ligonier Ministries en esta dirección.
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¿Se le ha dado dominio a Satanás sobre la tierra hasta que Jesús regrese? Si es así, ¿por qué se le ha dado esa autoridad?
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¿Se le ha dado dominio a Satanás sobre la tierra hasta que Jesús regrese? Si es así, ¿por qué se le ha dado esa autoridad?

Hay solo un Señor supremo sobre todo el mundo, y ese es Dios. En el Antiguo Testamento se nos dice que todo este concepto del dominio era compartido con Adán y Eva. Al hombre le dio dominio sobre la tierra para ser un vicerregente de Dios, es decir, actuar como virrey para representar el Reino de Dios sobre este planeta. Por supuesto, lo echamos a perder terriblemente y fuimos sometidos cada vez más al poder de Satanás. Ese poder de Satanás sufrió un golpe no solo significativo, sino fatal a través de Cristo en su encarnación. Se nos dice, en primer lugar, que Dios el Padre le da a Jesús toda autoridad en el cielo y en la tierra. En su ascensión, Cristo se sienta a la diestra de Dios, donde es coronado como el Rey de reyes y el Señor de señores. Ese fue un golpe tremendo para todos los poderes de este mundo y los satánicos, los principados y las huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales. De modo que, si me preguntan quién tiene el dominio de este mundo en este momento, creo que el Nuevo Testamento lo señala con perfecta claridad. El que tiene el dominio es el Señor. El Señor Dios omnipotente reina, y el Señor Cristo reina sobre este mundo ahora mismo. Su reino puede no ser de este mundo, pero incluye a este mundo, y Jesús tiene toda autoridad sobre el cielo y la tierra. Aun en este momento, mientras respondo esta pregunta, la autoridad y el poder de Satanás están limitados y subordinados a la autoridad que posee Cristo. Ahora mismo Cristo es rey de esta tierra. Su reino es invisible, y no todos lo reconocen. La gente le rinde más lealtad al príncipe de las tinieblas que al Príncipe de Paz, pero ese es un acto de usurpación por parte de Satanás. Su poder es restringido, limitado y temporal. Resumiendo, lo que ha sucedido es esto: el poder y la autoridad de Satanás han recibido un golpe fatal por parte de Cristo. La cruz, la encarnación, la resurrección y la ascensión debilitaron tremendamente cualquier poder y autoridad que Satanás disfrutara, pero no lo aniquilaron. Eso vendrá después, cuando Cristo complete su obra de redención mediante la consumación de su Reino. Todas las cosas serán puestas cautivas delante de Él, y toda rodilla se doblará ante Él, incluyendo los ángeles caídos, los cuales se inclinarán en sumisión a su autoridad. Tomado de ¡Qué buena pregunta! Copyright © 1996 por R.C. Sproul.  
Este artículo fue originalmente publicado por Ligonier Ministries en esta dirección.
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No ajustes tu conciencia para encajar en la cultura
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No ajustes tu conciencia para encajar en la cultura

La mayoría de nosotros está familiarizado con la heróica declaración de Martín Lutero en la Dieta de Worms cuando fue llamado a retractarse. «A menos que sea convencido por la Sagrada Escritura, o por la razón evidente, no puedo retractarme, puesto que mi conciencia está cautiva a la Palabra de Dios, y actuar en contra de la conciencia no es correcto ni seguro. Esto sostengo, no puedo hacerlo de otra manera. ¡Dios me ayude!». Hoy rara vez escuchamos alguna referencia a la conciencia. Sin embargo, a lo largo de la historia de la iglesia, los mejores pensadores cristianos hablaron regularmente sobre la conciencia. Tomás de Aquino dijo que la conciencia es la voz interior dada por Dios que nos acusa o nos excusa en términos de lo que hacemos. Juan Calvino habló del «sentido de la divinidad» que Dios pone en cada persona y parte del sentido de la divinidad está en la conciencia. Cuando vamos a la Escritura, encontramos que nuestras conciencias son un aspecto de la revelación de Dios para nosotros. Cuando hablamos sobre la revelación de Dios, hacemos una distinción entre la revelación general y la revelación especial. La revelación especial se refiere a la información dada a nosotros en la Palabra de Dios. No todas las personas en el mundo tienen esta información. Aquellos que la han escuchado, han tenido el beneficio de escuchar la información específica sobre Dios y su plan de redención. La revelación general se refiere a la revelación que Dios le da a cada ser humano en la tierra. Es general en el sentido de que no está limitada a ningún grupo de personas específico. Es global y se extiende a cada ser humano. La audiencia es general y la información dada también es general. No tiene el mismo nivel de detalle como lo tiene la Sagrada Escritura. Debemos hacer una distinción más amplia dentro del contexto de la revelación general, entre la revelación general mediata y la revelación general inmediata. La revelación general mediata se refiere a la revelación que Dios da a través de un medio externo. El medio es la creación, en donde Dios revela algo sobre quién es Él. Pablo insiste en el punto, particularmente, en Romanos 1 donde dice que la revelación general mediada por medio de la creación es tan clara que cada persona sabe que Dios existe y, por lo tanto, no tiene excusa. La revelación general inmediata es la revelación que es transmitida a cada ser humano sin un medio externo. Es interno; no externo. Es la revelación que Dios siembra en el alma de cada persona. Dios revela su ley en la mente de todo ser humano al poner una conciencia dentro de todos nosotros. No obstante, enfrentamos un problema: la conciencia es fluida; no es fija. Casi todas las personas ajustan sus conciencias entre su infancia y su adultez: el ajuste es casi siempre descendente; esto es, aprendemos cómo bajarle el volumen a nuestra conciencia y hacemos los ajustes necesarios para que nuestra ética se alinee a cómo queremos vivir y no cómo Dios nos dice que debemos vivir. Con esto no sugiero que los niños no tengan pecado. Incluso los bebés pequeños tienen mentes pecadoras, pero la Biblia reconoce que el grado de maldad encontrado en un pequeño niño es característicamente diferente del grado de maldad manifestado en adultos. De modo que Pablo dice: «Sean niños en la malicia, pero en la manera de pensar sean maduros» (1Co 14:20). Él reconoció que los pecados de un bebé no son tan atroces como los de las personas que son de edad madura. En alguna parte de nuestro desarrollo, la gravedad de nuestros pecados aumenta. Nuestras conciencias se chamuscan a medida que comenzamos a aceptar aquellas cosas que como niños pensamos que eran inaceptables. Hace casi cincuenta años, se publicó un libro que fue éxito de taquilla y que tenía un título extraño: La prostituta feliz, escrito por Xaviera Hollander, una prostituta. Hollander buscó silenciar a las personas que creían que ninguna prostituta en Estados Unidos podría encontrar alegría en lo que hacía. En su libro, Hollander celebra la alegría que ella experimentó en su profesión, diciendo que nunca se sintió culpable respecto a lo que hacía. Con certeza, Hollander decía, la primera vez que se vio envuelta en la prostitución, ella sintió remordimientos de culpa solo cuando escuchaba sonar las campanas de la iglesia. De pronto, su conciencia era perturbada porque recordaba que lo que ella hacía estaba bajo la condenación del Dios Todopoderoso. Incluso esta empedernida prostituta profesional no pudo destruir totalmente la conciencia que Dios había puesto en ella. Esta es la suprema ironía y tragedia del pecado: mientras más repetimos nuestros pecados, más grande es la culpa que sufrimos, pero nos hacemos menos sensibles a los remordimientos de la culpa en nuestras conciencias. Pablo dice que las personas acumulan ira para sí en el día de la ira (Ro 2:5). Esa es la culpa objetiva: son culpables porque han quebrantado la ley de Dios. No obstante, algunas personas han destruido sus conciencias de tal manera que creen que realmente no importa lo que hagan mientras sea consensuado y no provoque daño. Su culpa subjetiva (el sentido de culpa que acompaña la maldad) disminuye. Encontramos nuevas maneras para ver el comportamiento pecador como algo aceptable, tanto personal como culturalmente. Ahora hemos asesinado sesenta millones de bebés, despedazándolos extremidad por extremidad. Las personas usan las redes sociales para jactarse de esta realidad, diciendo cuán orgullosos están de cómo han mantenido la libertad de una mujer para abortar a su hijo. Ahora nos jactamos de los matrimonios de hombres con hombres, y mujeres con mujeres, sin vergüenza. No queda mucha conciencia colectiva en este país. Pablo nos dice en Romanos 1 que las personas conocen el juicio justo de Dios y este conocimiento del juicio viene por medio de la revelación general inmediata. ¿Cuál es el punto más bajo de la lista de pecados en Romanos 1? Pablo dice: «Ellos, aunque conocen el decreto de Dios que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no solo las hacen, sino que también dan su aprobación a los que las practican» (v.32). La peor parte de la acusación hecha por Pablo no es que las personas practiquen tales cosas, sino que también aprueban a quienes las practican. Cuando las personas destruyen sus propias conciencias, hacen todo lo que esté en su poder para destruir las conciencias de sus prójimos. Para silenciar sus conciencias, las personas buscarán aliados y harán proclamaciones tales como: «somos los únicos haciendo una cruzada por la libertad aquí, por la libertad de decidir». Qué estrategia. «No soy pro asesinato; soy pro decisión». Eso es lo que el Padrino diría. «Soy pro decisión. Decido asesinar a mis enemigos». Sin embargo, nuestro propósito al discutir estas cosas no es lamentarnos en cuán malo es el mundo, sino que, al contrario, en cuán mal estamos en que nosotros, los cristianos, hagamos lo mismo. Nosotros también ajustamos nuestras conciencias para encajar en la cultura. Intentamos todo lo que está en nuestro poder para excusar nuestro pecado. Es por eso que desarrollar una conciencia sensible a la Palabra de Dios es tan importante. En la Dieta de Worms, Lutero no dijo: «mi conciencia está sometida a la cultura contemporánea, por la última encuesta Gallup y por la última encuesta que describe lo que todos los demás están haciendo». Él no dijo: «mi conciencia está influenciada por la Palabra de Dios». En esencia, él dijo: «estoy cautivo a la Palabra de Dios, por eso no puedo retractarme de nada». Si su conciencia no hubiese estado sometida a la Palabra de Dios, él se habría retractado inmediatamente. Por eso, él dijo: «porque hacer algo en contra de la conciencia no es seguro ni saludable». No queremos escuchar el juicio de la conciencia; queremos destruir el juicio de la conciencia. Eso está en nuestra naturaleza. El único antídoto es conocer la mente de Cristo. Necesitamos hombres y mujeres cuyas conciencias hayan sido capturadas por la Palabra de Dios. Gracias a Dios por su Palabra, pues expone las mentiras que nos contamos para hacernos sentir mejor. No vamos a ser juzgados en el último día si es que nos sentimos culpables, sino por si somos culpables. De todos modos, si te sientes culpable, dale gracias a Dios por eso. El sentimiento de culpa es la señal de que probablemente hay algo que hiciste mal. El Espíritu Santo nos convence de pecado, y con esa convicción, viene una misericordia tierna y segura que nos lleva al arrepentimiento y al perdón para que así podamos caminar en su presencia.
Este artículo fue originalmente publicado por Ligonier Ministries en esta dirección.
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Cuando las herejías pasan desapercibidas
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Cuando las herejías pasan desapercibidas

¿Es Benny Hinn, el extravagante curandero de fe, un hereje? Así fue tildado por Hank Hanegraaff, el «hombre de las respuestas bíblicas», en su reciente libro Cristianismo en crisis. La acusación de Hanegraaff dio origen a un estallido radical de gritos de indignación dirigidos no a Hinn sino al propio Hanegraaff. Hoy pareciera que la única herejía verdadera e intolerable es el despreciable acto de llamar a alguien hereje. Si el acusado es culpable, probablemente despertará más simpatía que su acusador. Hoy, cualquiera que grite «¡Hereje!» se arriesga a ser identificado como oriundo de Salem, Massachusetts (donde se llevaron a cabo los juicios por brujería). Después de que Hanegraaff hiciera su acusación por la vía impresa, sucedió un par de cosas. Una fue que Hinn se retractó y se disculpó por haber enseñado que la Trinidad se compone de nueve personas. Ese tipo de retractaciones ha sido escaso en la historia de la iglesia y es gratificante que, al menos en este caso, Hinn se arrepintiera de su falsa enseñanza. La segunda nota de interés en la saga Hanegraaff-Hinn fue la publicación de una editorial escrita por el editor de una de las revistas carismáticas principales, en la cual Hanegraaff fue censurado por llamar hereje a Hinn. Yo estuve presente en la convención de la Asociación de Libreros Cristianos de 1993 y fui testigo de una discusión entre Hanegraaff y el editor de la revista. Le hice algunas preguntas al editor. La primera fue: «¿Existe lo que se llama una herejía?» El editor reconoció que sí. Mi segunda pregunta fue: «¿Son las herejías una cuestión seria?» De nuevo estuvo de acuerdo en que sí. Mi siguiente pregunta fue obvia: «¿Entonces por qué critica a Hanegraaff por decir que Hinn enseñó una herejía cuando hoy el propio Hinn lo admite?» El editor expresó preocupación por la tolerancia, la caridad, la unidad de los cristianos y asuntos de ese tipo. Expresó preocupación por las cacerías de brujas que ocurren en el mundo evangélico. Sin embargo, mi opinión al respecto es clara: No necesitamos cazar brujas en el mundo evangélico. No hay necesidad de cazar lo que no se está ocultando. Las «brujas» están a la vista, día tras día, en la televisión nacional, enseñando herejías flagrantes sin temor a la censura. Piense en el caso de Jimmy Swaggart. Por años Swaggart ha repudiado públicamente la doctrina clásica de la Trinidad. Hasta donde yo sé, la iglesia de Swaggart no lo ha desafiado por su herejía. Fue censurado por inmoralidad sexual pero no por herejía. Supongo que esta iglesia considera que jugar con prostitutas en privado es una ofensa más seria que negar la Trinidad a la vista del mundo. Como lo documenté en The Agony of Deceit [La agonía del engaño], Paul Crouch enseña herejías. También Kenneth Copeland y Kenneth Hagen. Estos hombres parecen enseñar sus herejías con impunidad. Pero ¿a qué nos referimos con herejía? ¿Es todo error teológico una herejía? En un sentido general, todo alejamiento de la verdad bíblica puede ser considerado una herejía. Sin embargo, en el uso general de la reflexión cristiana, el término herejía ha estado habitualmente reservado para distorsiones flagrantes y atroces de la verdad bíblica; para errores tan graves que amenazan o la esencia (esse) de la fe cristiana o el bienestar (bene esse) de la iglesia. Lutero fue excomulgado por Roma y declarado hereje por enseñar que la justificación se basa exclusivamente en la fe. Él contestó que la iglesia había abrazado una visión herética de la salvación. La cuestión aún arde en lo que respecta a quién es el hereje. En la respuesta de Lutero a la Diatriba de Erasmo, él reconoció que muchos de los puntos en cuestión eran frivolidades. No justificaban que se rompiera la unidad de la iglesia. Podían ser «cubiertos» por el amor y la paciencia que cubren multitud de pecados (1P 4:8). Sin embargo, cuando se trató de la justificación, Lutero cantó una canción diferente. Llamó a la justificación «el artículo sobre el cual la iglesia permanece en pie o cae»; una doctrina tan vital que toca el mismísimo corazón del Evangelio. Una iglesia que rechaza la justificación basada exclusivamente en la fe (y la anatemiza como una herejía mortal) ya no es una iglesia alineada con la tradición cristiana. En dicho asunto Lutero no estaba luchando contra un adversario imaginario; la Reforma tampoco fue un simple malentendido entre facciones opuestas de la iglesia. No había un vaso de agua que fuera lo suficientemente grande como para contener la tempestad que se había provocado. Cuando asistí a la universidad en Holanda, mi tutor, el Profesor G.C. Berkouwer, tenía la costumbre de centrar sus clases en una doctrina por año. En 1965, él dejó su programa habitual para dar clases sobre «La historia de la herejía en la iglesia cristiana». Berkouwer examinó cuidadosamente las luchas más importantes que la iglesia enfrentó contra la herejía. Fue el canon herético de Marción el que hizo necesario que la iglesia formalizara los contenidos del verdadero canon de la sagrada Escritura. Fue el adopcionismo de Arrio el que exigió los decretos conciliares de Nicea. Fueron las herejías de Eutiques (monofisismo) y Nestorio las que provocaron el decisivo concilio ecuménico de Calcedonia en 451. Las herejías de Sabelio, Apolinario, los socinianos y otros han llevado a la iglesia a través de las épocas a definir los límites de la ortodoxia. Uno de los puntos fundamentales del estudio de Berkouwer fue la tendencia histórica de las herejías a engendrar otras herejías; particularmente herejías en la dirección opuesta. Por ejemplo, los esfuerzos por defender la verdadera humanidad de Jesús condujeron frecuentemente a una negación de su deidad. El celo por defender la deidad de Cristo condujo a menudo a una negación de su humanidad. De la misma forma, el celo por la unidad de la Divinidad y el monoteísmo han llevado a la negación de las distinciones entre las personas del ser de Dios, mientras que el celo por sus rasgos personales distintivos ha conducido al triteísmo y a una negación de la unidad esencial de Dios. De la misma forma, los esfuerzos por corregir la herejía del legalismo han producido la herejía antinomiana y viceversa. Vivimos en un clima en que la herejía es abrazada y proclamada con la mayor facilidad. De estas herejías principales, no recuerdo ninguna que no haya sido repetida y abiertamente proclamada en la televisión nacional por los así llamados «predicadores evangélicos» tales como Hinn, Crouch, y otros semejantes. Mientras que nuestros padres vieron estas cuestiones como asuntos de vida o muerte —o en realidad de vida o muerte eterna—, nosotros nos hemos rendido a tal punto ante el relativismo y el pluralismo que simplemente no nos preocupamos por los errores doctrinales serios. Preferimos la paz en lugar de la verdad y, a quienes son doctrinalmente fieles, los acusamos de ser divisivos cuando llaman a los herejes por su nombre. Es el hereje el que divide a la iglesia y altera la unidad del cuerpo de Cristo.
Este artículo fue originalmente publicado por Ligonier Ministries en esta dirección. | Traducción: Cristian Morán