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R.C. Sproul Jr. ha servido como pastor, profesor y maestro. Es autor de numerosos libros, dentro de los cuales se encuentra Tearing Down Strongholds [Derribemos fortalezas] y A Call to Wonder [Un llamado a maravillarnos].

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El esposo valiente
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El esposo valiente

Generalmente, los hombres son unos «idiotas relacionales»; mientras que, desde pequeñitas, las niñas desarrollan habilidades comunicacionales sofisticadas: son capaces de traducir simultáneamente lo que cualquier persona dice —ya sea con palabras, con expresiones o con el lenguaje corporal— a lo que realmente quisieron decir. Desde que nacen, saben que cuando una mujer dice con voz suave «¿ah, sí?» se ha declarado la guerra. Los hombres, por otro lado, son sordos para los tonos de voz y ciegos para el lenguaje corporal. También, las mujeres entienden las complejidades de la interacción social: nadie tiene que decirles que escriban notas de agradecimiento, pues lo hacen en el camino de regreso a casa después de una cena con amigos; nadie debe recordarles que anuncien el nacimiento de un bebé, pues comienzan hacerlo mientras están en trabajo de parto. Por otro lado, los hombres no llevan su cerveza favorita al asado de un amigo como «un regalo para el dueño de casa», sino que para asegurarse de que haya suficiente; los hombres vemos el canal deportivo mientras nuestras esposas están en trabajo de parto. Quizás, estas son razones por las cuales la cultura occidental ha construido un día al año para nosotros, para simplificarlo. Conocemos las órdenes para ponernos en marcha: una carta, unas flores o unos dulces; tal vez un regalo y una rica cena romántica para dos. Podemos hacer eso una, dos o cuatro veces al año (cumpleaños, Día de la Madre y, el más difícil, nuestro aniversario). Cuando tenemos éxito en esos días, les decimos a nuestras esposas que de verdad lo estamos intentando. Realmente las amamos y queremos que lo sepan. Luchamos contra nuestras debilidades de hombre lo mejor que podemos. Sin embargo, lo que debemos estar haciendo es luchar contra sus debilidades de mujer. La Biblia nos llama a convivir con nuestras mujeres de manera comprensiva (1Pe 3:7). Las mujeres, por lo general, imploran seguridad. Ellas tienden a la preocupación relacional. Cuando los maridos y sus mujeres pelean, a menudo el esposo solamente está molesto, mientras que la mujer teme que el fin esté cerca. Pedro no nos llama a convertir a nuestras esposas en hombres, sino que llama a los hombres a ver las cosas desde el punto de vista de ellas. De modo que, al tranquilizarlas, peleamos contra sus miedos. Un esposo piadoso, entonces, no es uno que toma la molesta tarea de tratar de ser relacional cuatro veces al año con el fin de evitar que su esposa se ponga de mal humor. Al contrario, al esposo piadoso se le encomienda el llamado constante de comunicarle su amor y compromiso a su esposa. Esto no es algo que deba hacer un par de días al año, sino que todos los días. Demasiado a menudo, los esposos se frustran, incluso se ofenden por esta difícil realidad. «¿Acaso no sabe que soy un hombre de palabra? Le prometí “hasta que la muerte nos separe” y lo dije en serio». Tal forma de pensar muestra nuestra debilidad relacional. Ella no quiere saber que puede contar en que vas a cumplir con esfuerzo tu promesa hasta al final. Ella quiere saber que lo harás nuevamente hoy, y mañana y el día subsiguiente. Ella no quiere saber que te vas a quedar con ella, sino que quieres quedarte con ella. Hace cuatro años en el Día de San Valentín, le compré a mi esposa un lindo regalo y compartimos juntos una rica comida. No hubo velas en una mesa cubierta con un mantel. De hecho, no hubo mesa. Denise estaba en la cama del hospital, pues le habían diagnosticado leucemia solo unos días antes. La quimioterapia ya había comenzado a afectar su apetito. Sin embargo, ella aún deseaba seguridad. Se disculpó por el entorno de nuestra celebración. Lo que escuché fue: «por favor, dime que estaremos bien». Le respondí: «nuestro lugar es este; estamos en las amorosas manos de nuestro Padre celestial, que nunca nos dejará ni nos abandonará. Y yo, por su gracia, caminaré junto a ti alegremente cada paso que haya que dar. No hay ningún otro lugar en el que prefiera estar que no sea junto a ti». Mi consejo para ti hoy es que sí, compra las flores; disfruta una rica comida junto a ella, pero mañana detente, toma su mentón, mírala a los ojos y dile: «doy gracias a Dios por ti. Me casaría contigo una y otra vez. Eres una alegría en mi vida». Y luego, día tras día, hazlo nuevamente y repítelo.
Este artículo fue originalmente publicado por Ligonier Ministries en esta dirección. | Traducción: María José Ojeda
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Nuevo año, viejo Evangelio
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Nuevo año, viejo Evangelio

Somos personas con un hábito de comenzar nuevos proyectos. Marcamos cada finalización y anotamos cada nuevo comienzo. Nuestras marcas del tiempo, sin embargo, normalmente fracasan en su misión de mantenerse vivas para cumplir las expectativas. El 1 de enero es por lo general más parecido al 31 de diciembre. Quizás, aun más, el 1 de enero de este año es más parecido al 1 de enero del año pasado. Lo que queremos en nuestras vidas no es ni una serie de eventos aleatorios y únicos ni la plana monotonía de las mismas cosas de siempre. Al contrario, queremos el equivalente temporal de un chaleco usado favorito con una llamativa y elegante corbata nueva. Todo lo viejo sigue siendo viejo y todo lo nuevo aún es nuevo.

Hoy vemos algo mucho más emocionante que un nuevo año: un nuevo día. «Este es el día que el Señor ha hecho; regocijémonos y alegrémonos en él» (Sal 118:24). La belleza del día no está en que sea nuevo, sino en que estamos siendo hechos nuevos. La gloria del día no está en que este marca un cambio, sino en que nosotros estamos siendo cambiados. Las bendiciones del día no se encuentran en que sea un feriado, sino en que es el día del Señor.

¿Acaso pulimos nuestros días libres porque hemos perdido el brillo del Evangelio? Si el Evangelio se tratara meramente del perdón de nuestros pecados, eso debería ser suficiente para llevarnos a fuegos artificiales, champaña y besos de medianoche. No obstante, si eso fue todo lo que el Evangelio nos dio, habiéndonos regocijado en nuestro perdón, ¿qué más podríamos hacer, sino más que esperar? Si el Evangelio simplemente asegura nuestra eternidad, hace que nuestra justicia ahora sea irrelevante.

Sin embargo, el Evangelio no se trata solo del perdón de nuestros pecados, sino que estamos siendo limpiados de toda injusticia (1Jn 1:9). El Evangelio no se trata solamente de que Jesús resucitó de entre los muertos, sino que resucitó para ir a un trono. Él está sometiendo incluso ahora, en este, el año de nuestro Señor, todas las cosas. Él nos está lavando incluso ahora, su rebelde y manchada novia, acercándonos más a ese día en el que no tendremos ni defectos ni manchas.

El nuevo año frente a nosotros es en un sentido un misterio. No podemos predecir qué historias estarán en los titulares. No podemos tener seguridad de nuestros propios planes. Victorias y tragedias nos esperan, pero aún están ocultas, esperando para que un nuevo día las revele. No obstante, lo que sí podemos saber es que en este año, como en el año pasado, Jesús nos amará fielmente. Él será la historia mejor contada (transformándonos a su imagen). A medida que cambia el año, no vamos de un cansado y viejo Padre Tiempo hacia un bebé recién nacido. Al contrario, aquel que nació como un bebé en un pesebre va incansablemente delante de nosotros, abriendo un camino hacia el nuevo cielo y la nueva tierra. Él estuvo ahí en el principio; él nos está llevando hacia el final. He aquí, él está con nosotros siempre, incluso hasta el fin de los días. Decidan agradecer y recordar.

Este artículo fue originalmente publicado por Ligonier Ministries en esta dirección. | Traducción: María José Ojeda  
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Al menos soy honesto
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Al menos soy honesto

Cada cultura y subcultura tiene sus propios tabúes. Sin embargo, no son los mismos para todas ellas. Si todos somos seres humanos, entonces, ¿por qué los estándares culturales son tan diferentes? ¿Cómo podemos explicar eso? ¿Por qué una cultura en particular considera al adulterio un simple pecadito, mientras que otra lo considera un pecado imperdonable? ¿Por qué en las reuniones sociales de la Inglaterra victoriana uno no podía llamar a la pata de la mesa "pata de la mesa" por temor a ofender personas sensibles, mientras que, por otro lado, en Londres, había más burdeles que iglesias? La respuesta puede insinuar los graves pecados de nuestra propia cultura general.

Ciertamente, una cultura comprometida con el relativismo ético —es decir, la noción de que no existe lo objetivamente correcto o incorrecto— basa su moralidad en su visión atrofiada del mandamiento de Jesús de que no debemos juzgar para que no seamos juzgados (omitiendo alegremente la vergonzosa realidad de que ellos están juzgando a quienes juzgan y, por lo tanto, se juzgan a sí mismos). Acusar a alguien de pecar es casi lo peor que puede suceder en el mundo —sin mencionar al mundo evangélico—. Sin embargo, no muy lejos de este gran tabú, encontramos este otro: podemos pecar en diferentes aspectos; podemos mostrar la imperfección de nuestro carácter; pero para tener un lugar dentro del grupo de los criminales más buscados, debes cometer un pecado terrible: la hipocresía. Jesús, por supuesto, fue duro con los hipócritas: “¡ay de ustedes, escribas y Fariseos, hipócritas, que limpian el exterior del vaso y del plato, pero por dentro están llenos de robo y desenfreno!” (Mt 23:25). La hipocresía es un pecado real; es algo de qué avergonzarse; es algo por qué arrepentirse; es completamente una vergüenza. Sin embargo, tiene algunas ventajas. De hecho, François de La Rouchefoucauld dijo esto al respecto: “La hipocresía es un homenaje que el vicio rinde a la virtud”. El hipócrita, aunque se le descubra en cualquier pecado y además se le descubra siendo hipócrita, tiene esto: es capaz de reconocer la virtud y desea ser percibido como virtuoso aun cuando no tiene esa cualidad. Nosotros los hipócritas cubrimos nuestros pecados porque, aunque ciertamente los cometemos, los reconocemos como tales. Aunque es mucho mejor ser buena persona que verse como una, en ambos casos confesamos la realidad de lo bueno, aunque débilmente. Creo que esto es la fuerza motora detrás de este tabú cultural. Los postmodernos odiamos la hipocresía, pero no porque tengamos un compromiso eterno con la honestidad, sino que por la misma razón por la que juzgamos tan duramente a aquellos que juzgan: porque somos lo suficientemente deshonestos para aparentar que no existe lo que se llama virtud. Aquellos que esconden su vicio con la máscara de la virtud cometen el pecado capital —ratificando la realidad de éste—. Incumplen el contrato social al confesar un estándar más alto. Entonces, para la cultura general, la hipocresía no es sólo el único pecado mortal, sino que además evitarla se usa como medio de redención del pecado. Es por esto que escuchamos a la gente argumentar, “bueno, quizás soy egoísta y vanidoso, pero al menos soy honesto y lo digo”, o, más raro aun, hay mujeriegos que dicen, “quizás no haya cumplido mis promesas matrimoniales, pero al menos soy honesto y lo digo”. Esta orgullosa confesión del pecado es una perversión diabólica del arrepentimiento verdadero. “Reconocemos” nuestro pecado admitiendo lo que hicimos. Sin embargo, lo confesamos porque, con el hecho de admitirlo, “hacemos” que deje de ser pecado. Imagínense si la serpiente confesara, “sí, me rebelé contra el creador del cielo y de la tierra y quise sacarlo de su trono, pero, oye, al menos soy honesta y lo digo”. Si fuésemos honestos sobre nuestros pecados, no sólo admitiríamos que pecamos, sino que también los reconoceríamos por lo que son: todos y cada uno de ellos una rebelión contra el creador del cielo y de la tierra; todos y cada uno de ellos un intento de quitarle el trono a Dios. Si fuésemos honestos sobre nuestros pecados, no los cubriríamos; más bien taparíamos nuestros ojos, porque mirarlos es simplemente demasiado doloroso. Si fuésemos honestos sobre nuestros pecados, admitiríamos que lo que usualmente hacemos al “admitirlos” es declararnos culpables de un delito menor para obtener una sentencia más leve. Quizás, en la quietud de nuestro corazón, razonamos, “si admito esto, la gente no verá mis otros pecados”. Si fuésemos honestos sobre nuestros pecados, admitiríamos que todos nuestros juegos nos fallan; que todos nuestros pecados nos siguen. Para entender a la cultura general tenemos que entender esta realidad. El mundo no está buscando felizmente sus vicios sin importarle nada; al contrario, lo están haciendo bajo la sospecha de un conocimiento sobre lo que son ellos, que está siempre presente. Lo que define a cada cultura no basada en el evangelio es el acecho del pecado. Es por esto que la solución para cada cultura específica, así como para cada miembro de ella, es el evangelio de Jesucristo. Él no se deshizo de nuestros pecados siendo meramente honesto con respecto a ellos; tampoco los relativizó. En lugar de eso, él pagó por ellos; soportó la ira y furia de su Padre debido a nuestros pecados. Él los conoce más íntimamente de lo que nosotros jamás lo haremos, y a pesar de ello —gloria sea al Padre— han sido lavados por su sangre.
Este artículo fue originalmente publicado por Ligonier Ministries en esta dirección.