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Marshall Segal es escritor y director editorial de desiringGod.org. Es autor de Soltero por ahora: la búsqueda del gozo en la soltería y el noviazgo (2018). Se graduó de Bethlehem College & Seminary. Él y su esposa, Faye, tienen dos hijos y viven en Minneapolis.

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Ama no dormir
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Ama no dormir

La pereza no toma control de nuestras vidas durante la noche. Toma unos pocos centímetros cada día, cantando su dulce y conocida canción:
Un poco de dormir, otro poco de dormitar, Otro poco de cruzar las manos para descansar… (Pr 24:33).
Nota cómo «poco» pasa sigilosamente inadvertido. ¿Qué tiene de malo un poco de descanso extra? El próximo versículo nos advierte:
…. Y llegará tu pobreza como ladrón, Y tu necesidad como hombre armado (Pr 24:34)
La pereza nos arrulla para dormir con la música de excusas tranquilizadoras, con todas las razones de que realmente merecemos un par de horas más para dormir, o para ver televisión, o para revisar Instagram o para ver YouTube. Sin embargo, aún un pequeño descanso rebelde puede finalmente dejarnos acostados sobre ruinas. El escritor de Proverbios nos advierte sobre la pobreza y la destrucción física, pero nos cuenta que la sabiduría es evidentemente espiritual y penetrante. Si la realidad es cierta para la comida y el techo, ¿cuánto más para tu alma?

La recompensa de la pereza

El hombre sabio se topa con la desgracia del perezoso, escribe: «Cuando lo vi, reflexioné sobre ello; miré, y recibí instrucción» (Pr 24:32). En lugar de alejarse en vergüenza o indignación, miró más de cerca. Anduvo por ruinas y por la viña deteriorada. Considero que su propia vida habría sido así si hubiera permitido que la pereza se saliera con la suya. Una manera de evitar los peligros de la pereza es mirar más de cerca a los peligros de la pereza; examinar los cardos y las ortigas (Pr 21:31). La viña no solo a dejado de dar fruto, sino que ahora es incapaz de hacerlo. La que una vez fue tierra fértil estaba cubierta de malezas. Antes que cualquier cosa buena pudiera crecer ahí, todo tendría que morir. El perezoso siempre piensa que se ocupará de la viña el próximo año, pero una década o más han pasado mientras su comodidad lentamente deteriora su jardín (y probablemente todo lo demás que tenía). Como Sansón, perdió todo mientras dormía profundamente (Jue 16:19-20). El hombre nunca tuvo la intención de no cuidar el jardín. Pero ese era el problema ¿no? Él nunca tuvo la intención de nada. Él simplemente seguía sus impulsos por un poco más de sueño hasta que dolorosamente le quedó poco. Lo poco que le quedaba, no valía la pena protegerlo. Las murallas de piedra que construyó para proteger su viñedo ahora están hechas pedazos (Pr 21:31) y a nadie parece importarle. ¿Por qué trabajar en la muralla cuando nadie querrá permanecer adentro? Podrías pensar que podría poner un par de piedras solo para esconder el desorden. Quizás mañana. ¿Qué se supone que debemos ver y sentir entre la maleza? Que la pereza sin control finalmente enferma y paraliza una vida.

Cuatro oraciones por el viñedo

Las observaciones, aunque aleccionadores, no tienen el propósito de provocar depresión, sino que inspiración. Tienen el propósito de maravillarnos ante el valor de la sabiduría. Los ojos de nuestros corazones tienden a caer. La vigilancia que necesitamos para guardar nuestros corazones es su propio don espiritual (Pr 4:23). Una manera en la que Dios nos despierta nuevamente es al confrontarnos con las consecuencias de la negligencia. ¿Por qué nos despierta? Para ver cualquier amenaza contra la viña.

Dios, despiértanos para ver los cardos que ahogan nuestra fe

Jesús nos advierte: «La semilla que cayó entre los espinos, son los que han oído, y al continuar su camino son ahogados por las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida, y su fruto no madura» (Lc 8:14). Si cultivamos pereza, cosechamos inmadurez. Incluso los más dulces regalos que Dios da (los placeres de la vida) pueden estar envenenados para nosotros. Por lo tanto, alimentamos y disfrutamos lo que sea que nos lleve más a Dios y extirpamos lo que sea que esté enfriando nuestro amor por Él.

Dios, profundiza más las raíces de nuestra fe que nuestras pruebas

Nuevamente, Jesús dice: «[Las semillas] sobre la roca son los que, cuando oyen, reciben la palabra con gozo; pero no tienen raíz profunda; creen por algún tiempo, y en el momento de la tentación sucumben» (Lc 8:13). Una manera en que la viña falla es que realmente nunca comienza. Las raíces nunca profundizan lo suficiente para sustentar la vida. Si nuestras raíces son cortas, solo amamos a Jesús mientras la vida está yendo bien para nosotros. Cuando la tormenta viene (y vendrán), nuestro bote se hunde, a menudo rápidamente. Por lo tanto, le pedimos a Dios que nos dé raíces en Él más profundas y más fuertes que cualquier pena o tentación.

Dios, frustra al ladrón y sus planes para desarmarnos

Satanás vive para dañar viñedos. Jesús dice: «[Las semillas] a lo largo del camino son los que han oído, pero después viene el diablo y arrebata la palabra de sus corazones, para que no crean y se salven» (Lc 8:12). Imagina que eso sucede en tu iglesia. La Palabra es esparcida de nuevo el domingo, pero el diablo pelea banca por banca, arrancando semillas como si fueran billetes de USD$100. Estamos cultivando viñedos en la primera línea, plantando y regando semillas mientras vuelan balas. Por lo tanto, mientras buscamos, servimos y dormimos, oremos contra nuestro verdadero y más grande enemigo.

Dios, danos la vigilancia para dar fruto con paciencia

Jesús termina su parábola así: «Pero la semilla en la tierra buena, son los que han oído la palabra con corazón recto y bueno, y la retienen, y dan fruto con su perseverancia» (Lc 8:15). Los fieles no están apurados, sino que están enfocados. Saben que necesitan dormir, pero no viven para descansar. Se aferran firmemente a la Palabra con celo santo, meditando en ella día y noche, y sus vidas son una gran cosecha. Al rechazar la pereza, encontraron vida abundante.

Precioso y peligroso regalo

El sueño no es nuestro enemigo. El salmista escribe: «Es en vano que se levantan de madrugada, que se acuesten tarde, que coman el pan de afanosa labor, pues Él da a su amado aun mientras duerme» (Sal 127:2). El descanso del perezoso es en vano, pero también lo es el trabajo del trabajólico. El descanso justo es un embajador del cielo. Cuando sale mal, hemos develado el final. Cuando se trata del pan de afanosa labor, todos debemos vivir sin gluten y dormir con libertad. El descanso del perezoso es en vano, pero también lo es el trabajo del trabajólico. El descanso justo es un embajador del cielo. Sin embargo, la Biblia toca otra alarma: «No ames el sueño, no sea que te empobrezcas; abre tus ojos y te saciarás de pan» (Pr 20:13). La sabiduría sabe cuándo descansar un rato (Pr 3:24) y cuándo, en amor por Dios y por otros, renunciar a ese regalo por un bien mayor. Sin embargo, para muchos de nosotros dormir bien no puede ser nuestro verdadero descanso. El rey David escribe: «En paz me acostaré y así también dormiré, porque solo tú, Señor, me haces vivir seguro» (Sal 4:8). Dormir no hace que el jardín crezca. Dios lo hace. Cuando recibimos el descanso de Él como un regalo, sin amar el dormir más que Él, somos como el hombre bienaventurado en otra parábola: «Y se acuesta de noche y se levanta de día, y la semilla brota y crece; cómo, él no lo sabe» (Mr 4:27). Plantamos, regamos, meditamos y oramos, amamos y servimos (con toda vigilancia) y luego lo vemos a Él dar el crecimiento.
Marshall Segal © 2019 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. Traducción: María José Ojeda
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Siete simples oraciones diarias
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Siete simples oraciones diarias

La falta de oración es el gran enemigo de la verdadera felicidad. Si nos damos por vencidos con la oración o nos rehusamos a orar, renunciamos a la fuente de nuestro mayor y más completo gozo. «No tienen, porque no piden» (Stg 4:2). Sin embargo, incluso aquellos de nosotros que sí oramos podemos encontrarnos en peligro de perder la plenitud de la oración mientras caemos en la rutina añeja de palabras conocidas y peticiones repetidas. Podemos levantarnos cada día, decir las mismas oraciones y preguntarnos por qué no se siente más real y transformador. Mientras caminamos a través del valle de las sombras de la rutina, muchos de nosotros tan solo bajamos nuestras cabezas y esperamos que vengan días mejores. No obstante, la Biblia habla bastante sobre la oración y la ensalza demasiado como para quedarnos esperando por mucho tiempo. Sí, podemos sabernos de memoria el Padre Nuestro, pero esos cinco versículos no son la única guía que tenemos para ayudarnos a orar. Dios nos ha dado todo tipo de rutas para salir de nuestras rutinas diarias de oración. Toma el Salmo 86, por ejemplo. A continuación, comparto siete simples oraciones diarias que fueron extraídas de la oración de David.
1. Escucha mi oración
Escucha, oh Señor, mi oración, y atiende a la voz de mis súplicas (Sal 86:6).
David escribió todo un libro de canciones y oraciones a Dios divinamente inspiradas, así que puedes deducir que él sabía que Dios escucha todas nuestras oraciones. Sin embargo, una y otra vez, él le suplica a Dios que escuche (Sal 4:1, 17:6, 27:7, 28:2, 30:10, y más). ¿Alguna vez le pides a Dios que escuche tu oración o tan solo asumes que lo hará? La ayuda siempre presente de Dios puede hacernos propensos a tomarlo por sentado. Escuchamos, «pídeme lo que desees y te lo daré» y silenciosa, e incluso subconscientemente, comenzamos a suponer que Dios existe para satisfacer nuestras necesidades. Ese tipo de derecho, sin embargo, nos roba la promesa de que Dios nos dará su poder y le quita maravilla a nuestra vida de oración. El Dios Todopoderoso, el Hacedor soberano e infinito del cielo y de la tierra, escucha tus oraciones. Nunca, nunca tomes el oído de Dios por sentado. Conoce su santidad y tu pecado tan bien como para no suponer que él escuchará, sino que por el nombre de Jesús. Pídele que escuche una oración más.
2. Sálvame y guárdame
Guarda mi alma, pues soy piadoso; tú eres mi Dios; salva a tu siervo que en ti confía. Ten piedad de mí, oh Señor, porque a ti clamo todo el día (Sal 86:2–3).
De cara a todos sus enemigos, David buscó a nuestro Dios para que lo protegiera y lo liberara. A menudo, estaba rodeado por todos lados y estaba amenazado en todas las formas imaginables. Sin embargo, él encontró esperanza y confianza en su Padre soberano e inmutable que está en el cielo (Sal 18:2).

Tenemos un enemigo que es mucho mayor y más aterrador que todos los enemigos de David juntos (1Pe 5:8). Él ha puesto sus mercenarios en todos lados (Ef 6:12). Y sin un soldado peleando por nosotros, estamos indefensos contra sus asechanzas (Ef 6:11).

Fuiste salvado y estás siendo salvado cada día (1Co 15:2). Estás protegido (1Pe 1:5); sin embargo, no sin oración (Ef 6:18). Cada día es un nuevo ruego en confianza por protección y por cuidado:

Y a aquél que es poderoso para guardarlos a ustedes sin caída y para presentarlos sin mancha en presencia de su gloria con gran alegría, al único Dios nuestro Salvador, por medio de Jesucristo nuestro Señor, sea gloria, majestad, dominio y autoridad, antes de todo tiempo, y ahora y por todos los siglos. Amén. (Jud 1:24–25). 
3. Haz que mi corazón esté alegre en ti

Alegra el alma de tu siervo, Porque a ti, oh Señor, elevo mi alma (Sal 86:4).

Los seres humanos no fueron creados solo para ser rescatados del pecado, sino que también para ser inundados con gozo en el Rescatador. El pecado trastocó el plan supremo de Dios para ti; no lo creó. Jesús no solo es una «carta para salir de la cárcel», sino que es un Salvador y un Tesoro para entrar a un gozo eterno. Dios te creó para demostrar su valor al hacerte feliz en él (no solo al darte un lugar en el cielo, sino que al darse a sí mismo para ti). Dios nos ordena que tengamos ese tipo de gozo en él (Sal 32:11; Lc 10:20; Fil 4:4). Sin embargo, cualquiera de nosotros que lo haya intentado sabe que no podemos ponernos gozo como si nos pusiéramos un par de pantalones. Algo sobrenatural tiene que suceder en nuestros corazones y lo sobrenatural solo ocurre de una forma: con la ayuda de Dios. No importa por lo que estés atravesando o cuán lejana parezca estar la felicidad, nunca te conformes con nada menos que el gozo en la vida cristiana y nunca asumas que la encontrarás sin pedírsela a Dios.
4. Enséñame tus caminos

Enséñame, oh Señor, tu camino; andaré en tu verdad (Sal 86:11).

Conocer la verdad no es el fin de los planes de Dios para todo lo que aprendes sobre él. Él quiere ver que la verdad sea viva en ti (en tus prioridades, en tus relaciones y en tu corazón). Un cristiano no es salvo por actuar (Ef 2:8); sin embargo, es liberado para tener una vida llena de acciones, buenas obras preparadas específicamente para él incluso antes de que naciera (Ga 2:16; Ef 2:10). No obstante, los puntos entre lo que sabemos y lo que significa para nuestras vidas diarias no son siempre claros. Los puntos entre Aquel al que amamos y la forma en la que debemos vivir a menudo pueden ser confusos en el mejor de los casos. Por más anti-humano que parezca, Dios no espera que lo resolvamos por nuestra propia cuenta. Él quiere que le pidamos sabiduría y guía («enséñame, oh Señor, tu camino») y quiere hacer la obra él mismo, por su Espíritu, por medio de nuestra obra. Pablo dice, «así que, amados míos, tal como siempre han obedecido, no sólo en mi presencia, sino ahora mucho más en mi ausencia, ocúpense en su salvación con temor y temblor. Porque Dios es quien obra en ustedes tanto el querer como el hacer, para su buena intención» (Fil 2:12-13).
5. Dame tu fuerza

Vuélvete hacia mí, y tenme piedad; da tu poder a tu siervo (Sal 86:16)

Algunos de nosotros no necesitamos estar convencidos para actuar. Despertamos listos para abordar nuestra lista de quehaceres y competir contra el mundo. Solo olvidamos pedir ayuda o servimos a otros con nuestras propias fuerzas. Ese tipo de esfuerzo podría funcionar por un tiempo, pero al final se nos agota la gasolina y quedamos con devoluciones pequeñas y fugaces. «Es en vano que se levanten de madrugada, que se acuesten tarde, que coman el pan de afanosa labor…» (Sal 127:2). Junto con nuestras oraciones por guía y dirección, necesitamos los recursos físicos y espirituales para avanzar y obrar bien. Nada de cualquier valor real, espiritual y perdurable sucede debido a nuestras fuerzas. «Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vela la guardia» (Sal 127:1). Trabaja duro, pero nunca en tus propias fuerzas. Trabaja en la fuerza que él entrega (1Pe 4:11) y permítele recibir toda la gloria que él merece. Dios no prestará su propia fuerza a sueños egoístas o materialistas, sino que te empoderará sobrenaturalmente para servir. Te dará la valentía y la determinación de dar tu vida por otros en el nombre de Jesús.
6. Unifica mi corazón para temerte

Unifica mi corazón para que tema tu nombre (Sal 86:11).

Nuestros corazones pecadores tienden hacia la división, no hacia la unidad. Más y más nuestro yo interno resuena con el corazón de Dios, pero se rebela con deseos e impulsos que aún persisten en nosotros mientras vivimos. Ser un cristiano es hacer morir al pecado (Ro 8:13) lo que significa que el pecado todavía permanece para ser asesinado (1Jn 1:8).

Señor, tiendo a vagar A dejar al Dios que amo Aquí está mi corazón, tómalo y séllalo, Séllalo para tus palacios celestiales. 

Si ponemos nuestro corazón en modo crucero, no van a ir hacia Cristo, sino que hacia miles de otras direcciones. El pecado remanente divide nuestra atención y nuestro afecto. Nuestras oraciones frecuentes deben ser que Dios nos libere de ese tiempo de división espiritual y unifique nuestros corazones en él.
7. Revélate a ti mismo por medio de mí
Muéstrame una señal de bondad, para que la vean los que me aborrecen y se avergüencen, porque tú, oh Señor, me has ayudado y consolado (Sal 86:17).
El objetivo de todo el favor de Dios para nosotros (para cada oración respondida) no es solo nuestra propia esperanza, gozo y fortaleza, sino que también una declaración para todo el mundo. Lo que pasa en nuestros lugares privados de oración comienza con nosotros y puede enfocarse en muchas de nuestras situaciones y circunstancias, pero siempre debemos estar pidiéndole a Dios que le muestre al mundo lo que hemos visto y lo que hemos disfrutado de él. Jesús dice, «así brille la luz de ustedes delante de los hombres, para que vean sus buenas acciones y glorifiquen a su Padre que está en los cielos» (Mt 5:16). Pedro hace eco de lo mismo, «mantengan entre los gentiles una conducta irreprochable, a fin de que en aquello que les calumnian como malhechores, ellos, por razón de las buenas obras de ustedes, al considerarlas, glorifiquen a Dios en el día de la visitación» (1Pe 2:12). Queremos que nuestra fe y nuestra vida completa signifique algo para el mundo que nos ve. Queremos que los no creyentes sepan que nuestro Dios es el único Dios. Aún más, queremos que lo conozcan y sean salvos. Con nuestras oraciones, le pedimos a Dios que tome lo que está haciendo por nosotros y que haga algo dramático por medio de nosotros en los corazones y mentes de otros.
Marshall Segal © 2016 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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Una trampa explosiva en el presupuesto del cristiano
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Una trampa explosiva en el presupuesto del cristiano

La Biblia es clara respecto a que pondremos nuestro dinero en donde nuestros corazones estén, por lo que es importante que regularmente evaluemos nuestro tesoro. Existen muchas formas en las que podemos perder nuestras vidas por amor al dinero. Queremos que nuestro dinero sirva a nuestro mayor bien y felicidad perdurable, no que los mate. Por lo tanto, hace un tiempo propuse cuatro preguntas para guardarlas en tu billetera:
  1. ¿Mis gastos están marcados por la generosidad cristiana?
  2. ¿Qué dicen mis gastos sobre lo que me hace más feliz?
  3. ¿Mis gastos sugieren que estoy acumulando para esta vida?
  4. ¿Mis gastos apoyan explícitamente la expansión del Evangelio?
Aquí, me gustaría agregar una quinta pregunta dirigida al tacaño que todos tenemos dentro de nosotros: ¿Es mi gasto tan cauteloso que ha capturado mi corazón de modo que me impide amar bien a quienes me rodean?

Una seducción más sutil

La semana pasada escribí: «un deseo por más y más dinero para comprar más y más cosas es algo diabólico, e irónica y trágicamente roba y mata la vida y la felicidad que promete». Sin embargo, ¿qué pasa si esta amante homicida merodea en lugares menos predecibles? Debido a lo que la Biblia nos advierte sobre la riqueza, los cristianos rápidamente se ponen más alerta sobre sus ingresos, inversiones y donaciones (y es una tendencia buena y correcta como un todo). Sin embargo, hay un tipo de administración de dinero que se pone la capa heroica del cristianismo, mientras oculta un enamoramiento secreto por el dinero. Un amor por el dinero puede verse como un amor por tener o un amor por gastar. Asimismo, un amor por el dinero también podría revelarse como una obsesión por ahorrar o incluso por dar dinero. Cristiano, ¿te has enamorado del dinero que te rehúsas a gastar?

Mi dinero en mi mente

Quizás un amor por el dinero tiene menos que ver con su presencia o ausencia, y más con su control en nuestros corazones. Quizás tiene menos que ver con si tenemos más o menos dinero, y más con si es que nuestros pensamientos, conversaciones y presupuestos están centrados excesivamente en él. ¿Cuánto pensamos en el dinero? ¿Cuánto de nuestras vidas y decisiones está estructurado en relación al dinero? Por supuesto, necesitamos ser administradores sabios, pero ¿cuándo esa intencionalidad se transforma en intimidad y adoración? El ruego de Pablo es una súplica por contentamiento y sencillez, no un contar, presupuestar y revisar precios sin descanso. El objetivo no es tener muy poco dinero, sino que pensar menos en el dinero. A modo de ilustración, la misma advertencia puede aplicarse a las personas que «administran sus cuerpos» al estar obsesionados con contar las calorías y los kilómetros corridos. ¿Cuán fácil es tomar «su cuerpo [que] es templo del Espíritu Santo» (1Co 6:19), y hacer del lugar de adoración (tu cuerpo) el premio de la adoración (tu dios)? El cuerpo se transforma en dios y Dios es olvidado. Las idolatrías sutiles de la imagen, de la comida, del orgullo, del ejercicio o de la competencia pueden efectivamente pasar desapercibidos bajo el disfraz de la salud personal, de la fidelidad y de la mayordomía.

No descuides a los que te rodean

Una forma en que este tipo de moderación puede carcomernos es evitando que bendigamos a aquellos que están cerca de nosotros: amigos, vecinos, e incluso, a nuestras propias familias. Hay una moderación que debilita relaciones importantes a lo largo del tiempo. Los mismos resguardos que protegen de gastar en comodidades egoístas y temporales para nosotros mismos, también pueden evitar que tengamos actos buenos y tangibles de amor hacia otros que forman parte de nuestras vidas. La lógica razonable podría decir que como no deberíamos comprar eso para nosotros, tampoco deberíamos comprarlo para otros. O quizás pensamos de esa cosa en términos de necesidad. En realidad ellos no necesitan eso, por lo que no lo voy a comprar para ellos. Esperaré hasta que en realidad necesiten algo para vivir. En el peor de los casos, estamos concentrados en nuestras propias necesidades y planes que perdemos cualquier oportunidad. Aunque la sabiduría prioriza la necesidad y se mantiene dentro de sus límites, la generosidad gasta en otros con mucho gusto, incluso cuando no lo gastaría en sí misma. Dios nos ha dado una responsabilidad para modelar su amor sacrificial, generoso, incluso derrochador por las personas en nuestras vidas, especialmente nuestras familias. Así como Dios provee para nosotros, a menudo esto significará comprar algo especial, inesperado e incluso innecesario con el fin de expresar nuestro amor por otros y nuestro compromiso con ellos.

Santidad y esperanza

Al final, la santidad no se trata necesariamente de tener menos, sino de esperar en Dios más que dinero. La pregunta real se relaciona más con nuestros corazones que con nuestras billeteras, más con nuestra energía, esperanza y afecto que con nuestros presupuestos. No se trata necesariamente sobre contar cada centavo, sino de contar a Cristo, que es más preciado, más seguro, más satisfactorio, mejor que cualquier otra cosa. Se trata de ser ricos para Dios con la divisa de nuestro corazón y alma (Lc 12:21). Los fariseos querían desesperadamente ser vistos como santos y, por eso, probablemente no vivían con lujos evidentes. Sin embargo, ellos adoraban su dinero (Lc 16:14). Ese amor sembraba su repugnancia contra Jesús y su Evangelio. La santidad se trata de lo que nuestros corazones sienten por el dinero y por Jesús.

Lo barato no es libertad

Por supuesto, esto significará que ahorraremos, gastaremos y daremos en maneras que digan que Él es nuestro Tesoro. Sin embargo, en toda nuestra estrategia de cómo usar nuestro dinero «bíblicamente», espero que no nos enamoremos del enemigo que pensamos que hemos derrotado con nuestros presupuestos. No le permitamos que nos gobierne silenciosamente en la comodidad de nuestra disciplina, dominio propio y generosidad farisaicos. «Sea el carácter de ustedes sin avaricia», no necesariamente para mantener nuestras vidas alejadas del dinero, sino que para llenarlas más y más con la presencia y la obra reales, satisfactorias y perdurables de Jesús (Heb 13:5). Tenemos mucho que decirle a los acaparadores y gastadores que hay entre nosotros, pero recordemos que el dinero puede seducirnos incluso como ahorradores, aquellos que tienen el puño más apretado y los presupuestos más estrictos. Un estilo de vida barato podría estar libre de muchas cosas, pero gastar menos no es garantía de la libertad del amor al dinero. Solo un amor superior por Jesús puede comprarte eso.
Marshall Segal © 2014 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección.  Usado con permiso.
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Otro Año Nuevo golpea a la puerta
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Otro Año Nuevo golpea a la puerta

¿Por qué la alegría de Navidad se transforma tan rápido en la ansiedad de Año Nuevo?  A menudo, se debe a que lo que se sintió como alegría en Navidad, después de todo, no estaba profundamente anclado en Cristo. Él fue invitado y bienvenido, bajo nuestros términos, mientras intentábamos envolver nuestros miedos en papel, esconder nuestras pruebas bajo el árbol y ahogar nuestras penas en el ponche navideño. Pensábamos que todo se trataba del niño Jesús, pero estábamos meramente cubriendo nuestras cargas con un par de semanas de luces, de guirnaldas y de actividades. Estábamos demasiado asustados para realmente confiar en Él y poner nuestras ansiedades sobre Él.  Entonces, el 1 de enero llega a tocar nuestra puerta nuevamente: responsabilidades que volver a asumir, decisiones que tomar, resoluciones que hacer y que mantener, procrastinaciones que abandonar. De pronto, la ansiedad arroja una sombra oscura sobre nuestra alegría y nuestro corazón lucha con resistirlo.  La razón por la que muchos de nosotros nos sentimos tan inseguros y ansiosos al final de otro año es porque hemos tomado los regalos que fueron diseñados para llevarnos a Dios y los hemos buscado para obtener la fuerza, la esperanza, la claridad y el propósito que solo Dios puede dar. 

Te busco con todo el corazón

Cuando el rey David se vio a sí mismo con un alma seca y ansiosa, Él sabía adónde ir:
Mi alma te anhela como la tierra sedienta (Salmo 143:6, [énfasis del autor])
En sus momentos más bajos, cuando el futuro parecía sombrío y delicado, David no tapó sus ansiedades bajo una nueva membresía de gimnasio, una dieta de moda ni otra resolución efímera. Él se arrastró hacia el único pozo que alguna vez lo había satisfecho verdaderamente, buscando beber a fondo del agua de vida. Él dejó que el sufrimiento, la oposición y el dolor lo llevaran en una camilla de debilidad hacia Dios. Si dejamos que nuestras ansiedades y sed nos lleven a Dios mismo, Él misericordiosamente entregará lo que realmente necesitamos al comienzo de un nuevo año. Como David testifica en el resto del salmo, Dios nos dará fuerza, pero no de la nuestra; esperanza, pero a un gran costo; claridad, pero no control; y gloria, pero no para nosotros. 

Fuerza para el cansado

Puede parecer que la fuerza que más necesitáramos hoy se midiera con comidas consumidas o minutos dormidos, pero la fuerza que más necesitamos hoy siempre será un poder espiritual y una resolución para perseverar a través de las pruebas y de la guerra contra el pecado y la tentación.
Pues el enemigo ha perseguido mi alma,   Ha aplastado mi vida contra la tierra;  Me ha hecho morar en lugares tenebrosos,   como los que hace tiempo están muertos.  Por tanto, en mí está agobiado mi espíritu;   Mi corazón está turbado dentro de mí. Me acuerdo de los días antiguos;   En todas tus obras medito,  Reflexiono en la obra de tus manos.   A ti extiendo mis manos;  Mi alma te anhela como la tierra sedienta (Salmo 143:3-6)
Cuando David agotó sus propios recursos (agotado por el miedo y la oposición), él no cavó más profundo en sí mismo. Él estiró sus manos vacías a Aquel que había obrado y peleado por él muchas veces antes.

Esperanza para el pecador

David sabe que no es una mera víctima del pecado cometido en su contra, sino que él mismo merece el enojo de Dios (no su compasión ni su apoyo) por los pecados que él había cometido. 
Respóndeme pronto, oh Señor,   porque mi espíritu desfallece;  No escondas de mí tu rostro,   Para que no llegue yo a ser como los que descienden a la sepultura.  Por la mañana hazme oír tu misericordia,   Porque en ti confío (Salmo 143:7-8)
El ingrediente secreto de la alegría de David es su conciencia de que un hombre pecador como él nunca debería poder acceder a experimentar este tipo de felicidad. Sería justo que Dios se alejara de David, pero en lugar de eso Él se deleita en colmar a David con su constante amor. 

Claridad para el futuro

David enfrentó cientos de decisiones imposibles cada día, de seguro mientras él era rey, pero tal vez incluso más mientras huía. Él tenía que ejercer sabiduría y discernimiento en todo momento y bajo una increíble presión en las situaciones más peligrosas. 
Por la mañana hazme oír tu misericordia,   Porque en ti confío;  Enséñame el camino por el que debo andar,   Pues a ti elevo mi alma [...] Enséñame a hacer tu voluntad,   Porque tú eres mi Dios;  Tu buen Espíritu me guíe a tierra firme (Salmo 143:8, 10)
La claridad que necesitamos para tomar decisiones difíciles hoy, especialmente a medida que entramos a otro año, no viene principalmente de una planificación, de un presupuesto ni de una agenda meticulosa, sino de levantar nuestros ojos a Dios, conociéndolo más por medio de lo que dice (en su Palabra), esperando en Él en oración, profundizando nuestra alegría en Él. 

Gloria al Padre 

La parte más liberadora de la alegría de David en Dios es que no se trata finalmente de él. Parte de lo que hace que la felicidad sea tan esquiva es que siempre estamos tentados a intentar y a ponernos a nosotros mismos en el centro. La felicidad humana más profunda, sin embargo, ha sido liberada de esa tentación y, en su lugar, ama esconderse en y detrás del Dios viviente. 
Por amor a tu nombre, Señor, vivifícame;   Por tu justicia, saca mi alma de la angustia.  Y por tu misericordia, acaba con mis enemigos,   Y destruye a todos los que afligen mi alma;  Pues yo soy tu siervo (Salmo 143:11-12)
Haz tu nombre grande por medio de mí. Muéstrale al mundo cuán misericordioso, generoso y poderoso puedes ser. Incluso cuando David suplica por libertad y seguridad, él quiere que Dios, no él, sea glorificado. Él quiere que su pueblo (y sus enemigos) vean que Dios lo hizo. ¿Regularmente le pides a Dios que se mueva en tu vida: tus relaciones, tu vecindario, tu ministerio, tu trabajo en maneras que lo magnifiquen a Él y no a ti? Si su mayor gloria es nuestra mayor alegría, comenzaremos a orar más como lo hace David.  El fin de año es un gran tiempo para recordar por qué existimos y para volver a centrar nuestras vidas prácticamente alrededor del único gran propósito. Si te has visto alejándote de Dios y de tener apetito por su gloria, es más un problema de gozo que de disciplina. Pregúntate qué tesoros te han robado la profunda alegría de vivir por su nombre. Y mientras restauras y maduras tu alegría en Dios (la sed de tu alma por Él como una tierra sedienta), deja que te lleve a través de las pruebas, lejos del pecado, hacia la sabiduría y el discernimiento, todo para su gloria. 
Marshall Segal © 2017 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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Capturados, comprometidos y contagiosos
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Capturados, comprometidos y contagiosos

Un nuevo año es un tiempo único para detenernos y evaluar a nuestra comunidad: nuestra iglesia, nuestro grupo pequeño, nuestro círculo de amigos. ¿He encontrado a los creyentes que necesito para ayudarme a creer (Heb 3:12-13)? ¿Estoy aprovechando al máximo esas relaciones (Heb 10:24)? ¿Los no creyentes nos ven viviendo juntos por algo más allá de este mundo (Jn 13:35)? Seis versículos han dado forma a mi visión de comunidad en la iglesia local más que cualquier otro. Pintan un cuadro vívido de lo que marcó a la iglesia primitiva: lo que mantuvo a esos creyentes unidos después de que Jesús los dejara aquí en la tierra, lo que los inspiró a dejar todo atrás por su causa y lo que los sostuvo frente a la horrible oposición y persecución. Hechos 2:42-47 describe esta comunidad de fe para el bien de nuestras comunidades cristianas hoy. El pasaje es lo suficientemente corto para memorizarlo y, al mismo tiempo, lo suficientemente grande para dar forma a años, incluso décadas, de vida de la iglesia local y captura para nosotros al menos cuatro marcas de una verdadera comunidad cristiana.
1. Dedicación incesante; no indiferencia casual
Se dedicaban continuamente a las enseñanzas de los apóstoles, a la comunión, al partimiento del pan y a la oración...Día tras día continuaban unánimes en el templo y partiendo el pan en los hogares, comían juntos con alegría y sencillez de corazón (Hch 2:42, 46) Dedicados. Quizás sea fácil para ti encontrar iglesias que se reúnen semanalmente o más, incluso dentro de un par de kilómetros de tu casa, pero ¿cuántas de nuestras iglesias tienen la marca de esta apasionada dedicación a la Palabra de Dios y a los unos con los otros? Esto no era solo una asistencia fiel o una rutina espiritual formal. Era un gozo y un amor incesantes: juntos. ¿A qué estaban dedicados? A la Escritura y a la comunión (Hch 2:42). No estaban dedicados como nosotros podríamos estarlo a una resolución de Año Nuevo, sino como nos dedicamos a comer comida y a beber agua cada día. Estaban dedicados diariamente a la Palabra de Dios y a los unos con los otros como si sus vidas dependieran de ello, porque dependían de ello. ¿Tu comunidad está comprometida así como la de ellos?
2. Afectos sinceros; no formalidad aburrida
¿Qué ocurrió mientras se dedicaban a la Biblia y a la comunión entre ellos? «Todos estaban asombrados» (Hch 2:43, NVI). ¿Piensas que el evangelismo es una clase académica o un puesto de marketing, intentando desesperadamente persuadir a un no creyente para que esté de acuerdo contigo? Algo diferente estaba sucediendo en esta pequeña y frágil iglesia: asombro. El asombro abruma la mente para llegar al corazón. Primero debe tomar la mente. Ningún sentimiento o emoción conduce a la vida o al gozo real si no está basado en la verdad sobre ti y sobre Dios (Ro 10:2). El cristianismo, sin embargo, no se trata simplemente de entender la verdad correcta, sino de que la verdad capture nuestros corazones. Si no estamos fascinados con este Cristo, difícilmente podremos afirmar que lo conocemos. Demasiados de nosotros en demasiadas de nuestras iglesias nos conformamos con repetir las mismas verdades una y otra y otra vez (al cantar, al predicar y al sostener discusiones) sin esperar ser conmovido por Dios nuevamente. Sin embargo, el asombro no es solo la experiencia de la conversión, sino que de la fe diaria en comunidad. A medida que vemos a Dios moverse una y otra vez (por unos a otros y en los unos a los otros) nuestros corazones despiertan en asombro nuevamente. ¿Tu comunidad aún es conmovida por Dios?
3. Generosidad sacrificial; no ambición egoísta
Los cristianos en esa iglesia primitiva fueron cautivados por una visión de Dios vibrante, dinámica y personal, pero eso no evitó que se enfocaran los unos en los otros. No tuvieron que escoger entre ser una iglesia que perseguía con esfuerzo al Dios sentado en el cielo y una iglesia dedicada a las necesidades a su alrededor aquí en la tierra. «Todos los que habían creído estaban juntos y tenían todas las cosas en común; vendían todas sus propiedades y sus bienes y los compartían con todos, según la necesidad de cada uno» (Hch 2:44-45). El cristianismo no aisló a los creyentes para enfocarse exclusivamente a su propia relación con Jesús, sino que hizo que cada creyente fuera una vena vital en el cuerpo de Cristo: cada uno de ellos lleva lo que otros necesitan de Dios a aquel en necesidad. Dios promete satisfacer nuestras necesidades (Mt 6:25-33), y muchas veces (si no la mayoría de las veces) él satisface nuestras necesidades a través de otro creyente. Él nos dota a cada uno, no para autoexpresarnos ni para autosatisfacernos, sino que para llenar lo carente en otra persona al satisfacer necesidades genuinas. Dios nos ha dado una gracia a cada uno de nosotros que no estaba diseñada para terminar en nosotros, sino que para extenderse hacia alguien más (1P 4:10). Sin embargo, sin una compasión desinteresada y sacrificial, la gracia termina guardada, no en acción. Los primeros cristianos se sintieron tan seguros en las promesas de Dios que se desprendieron de todo lo que tenían para ayudarse los unos a los otros. Para el mundo que los observaba, era algo inexplicablemente desinteresado y neciamente generoso. Como sucedió más tarde en Macedonia, «en medio de las pruebas más difíciles, su desbordante alegría y su extrema pobreza abundaron en rica generosidad» (2Co 8:2, NVI). El gozo frente a la necesidad siempre se ve como compasión y sacrificio. En resumen, se ve como la cruz (Heb 12:2; 1Jn 4:9-11). ¿Es tu comunidad radicalmente desinteresada y generosa los unos con los otros?
4. Gozo contagioso, no grupitos aislados
Sin embargo, cuando pienso en mi iglesia y en mi grupo pequeño la oración que más me persigue y  me inspira es la última en este párrafo: «y el Señor añadía cada día al número de ellos los que iban siendo salvos» (Hch 2:47). Toda la dedicación, el afecto y la compasión fueron irresistiblemente contagiosos. No medimos a nuestra comunidad estrictamente por los números, porque solo Dios da el crecimiento, no nosotros (1Co 3:7). No obstante, en parte debemos medirnos a nosotros mismos si él nos está dando el crecimiento en absoluto. Si nuestra comunidad cristiana está comprometida, pero persuadiendo a nadie, debemos estar haciéndonos serias preguntas respecto a aquello con lo que realmente estamos comprometidos. Cada una de las iglesias en el mundo tiene una declaración de misión dada directamente por el Señor mismo: «vayan, pues, y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado...» (Mt 28:19-20). Dios no dispuso que algunos de nosotros hiciéramos discípulos y que otros realizaran otro tipo de ministerio. Cada cristiano y cada comunidad cristiana está llamada a ganar a los perdidos y a crecer en madurez cristiana. Dios tiene la intención de hacer contagiosa cada expresión genuina de amor, de gozo y de adoración verdadera. ¿Tu comunidad está haciendo discípulos constantemente? A medida que comienzan otro año, busquen preguntas para descubrir debilidad o puntos ciegos en sus iglesias o grupos pequeños. Quizás sería bueno que se sentaran y desarrollaran una visión para ver la forma en que vivirán y servirán juntos en los próximos doce meses. Abran la Biblia y anclen cada sueño y plan con palabras concretas y memorizables de Dios. Con su gloria como nuestra guía y su gracia como nuestro combustible, él nos liderará y agregará personas a nuestra congregación.
Marshall Segal © 2017 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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Nueve mentiras en las vidas de aquellos que aún no se casan
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Nueve mentiras en las vidas de aquellos que aún no se casan

Se acerca el día de San Valentín, quizás una de las celebraciones más divisorias del año. Es muy entretenido y emocionante para los tortolitos, extremadamente comercial y falso para los escépticos y, a veces, especialmente solitario para los solteros. 

Cada febrero, se intensifican las penas más grandes de la soltería en las almas de aquellos que aún no se casan, esperando que llegue el día de su boda. Mientras muchos de nuestros amigos y familiares están colmados de citas, de flores, de chocolates y de cartas de amor, muchísimos de los que no tienen pareja se abruman con todo; van desde la impaciencia hasta la amargura, desde la vergüenza hasta el remordimiento y hasta la confusión.  Probablemente, hay matrimonios bien intencionados e inocentemente amorosos que olvidan las complejidades emocionales de la soltería no deseada y animan con entusiasmo a quienes aún no se casan a sólo disfrutar esta etapa de «salir con Jesús». Sí, Jesús es nuestra única esperanza y es el único que puede sanarnos, pero no será muy romántico, no habrá chocolates por todos lados ni regalos muy bien envueltos. La verdad es que el deseo insatisfecho de tener un compañero y enamorado, especialmente a medida que pasan los años, a menudo empieza a sentirse más como la pena y la esclavitud del desempleo y la infertilidad que como la desinhibida libertad emocional y devocional que muchos imaginan, pues «no es bueno que el hombre esté solo».

La vida plena y fructífera de la soltería

Queremos que nuestras vidas sean plenas y fructíferas; queremos experimentar, lo máximo posible, todo lo que Dios ha hecho y nos ha dado; queremos que nuestra experiencia en esta corta vida realmente contribuya para su gloria y para el bien de otros. Lamentablemente, con mucha frecuencia, en nuestras vidas de no casados, hemos transformado el matrimonio en un requisito para ese tipo de felicidad y de trascendencia. Han habido días –muchos días– en los que realmente yo no puedo imaginar una vida plena y fructífera sin una esposa. 

Sin embargo, por más que Dios ame el matrimonio, él no lo diseñó para llevar la carga de nuestro propósito y felicidad. Desde el principio, la razón de la existencia del matrimonio ha sido ser un medio por el cual podemos vivir y expresar una unión mucho más grande: la unión con Dios, por medio de su Hijo, en el Espíritu. Pablo nos dice que la clave para experimentar la libertad adquirida para nosotros en la cruz es vivir por el Espíritu (Gá 5:16), apartándonos de los deseos de la carne y llenándonos con nuevos frutos: amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio (Gá 5:22-23). La vida libre y plena se encuentra en Cristo y se representa en semejanza a él, lo que se resume en estos nueve premios de la vida cristiana. 

Busquemos frutos en el lugar correcto

Quizás el pesar más grande de la soltería es que muchos postergan la búsqueda de los frutos del Espíritu para el momento de casarse. Tontamente, pensamos que cuando encontremos el amor, misteriosamente se develarán esos frutos en nuestras vidas. Es verdad que el matrimonio trae satisfacción muchísimas veces, pero el testimonio de muchos es que el matrimonio es más un diagnóstico que una prescripción en nuestra búsqueda de santidad. En vez de develar los frutos, más a menudo, éste evidenciará (con gracia) nuestras imperfecciones –que le confiaremos a Dios para que las purifique y las corrija–.

En realidad, ninguno de los frutos del Espíritu está reservado para el matrimonio. Éstos son producto de la conversión (nuestra unión con Cristo), no del matrimonio (la unión con nuestro cónyuge). Además, afortunadamente para los que aún no están casados, la unión que más importa no requiere de un certificado de nuestro gobierno. Cuando miramos nuestro camino al altar con la expectativa de que una novia o un novio finalmente nos haga felices y fructíferos, estamos buscando amor, alegría y paz en el lugar equivocado. Dios ya dio su Espíritu (y todos sus frutos) a todo aquel que ha sido salvado y satisfecho en él –esté en una relación amorosa o no–.

Nueve frutos para atacar las mentiras del pensamiento

Satanás es el padre de la mentira (Jn 8:44). Sus mentiras son el medio más efectivo por el cual él hace que los que aún no se casan se priven de este fruto que satisface el alma. Mentiras sobre ellos mismos; sobre sus pasados; sobre el matrimonio; sobre sus futuros cónyuges; sobre sus amigos y sus familias. Sin una esposa o un esposo, y si somos descuidados, podemos pasar mucho más tiempo escuchándolo a él. 

Si es que vamos a luchar por ser fructíferos, debemos escuchar las mentiras como mentiras y confrontarlas con el amor invencible de Dios por sus hijos, el cual nos ha dado en la verdad de sus promesas. Por lo tanto, a continuación, se describen nueve engaños que nosotros, los solteros, debemos rechazar, usando como arma los frutos del Espíritu que encontramos en la Palabra de Dios. Uno para cada mentira, donde la alegría será tratada al final. Ya sea que estén luchando personalmente con cada una de las mentiras o no, espero que cada promesa equipe a todos los solteros con una esperanza llena de alegría y los lleve a decidir sacar más provecho de Jesús en esta vida de aún no casado. 
1. «Debido a que aún estoy soltero, soy egoísta. No hay nadie que se preocupe por mis necesidades y sentimientos»

¡Claro! El egoísmo podría ser igual de incontrolable en el matrimonio –y definitivamente más evidente–, pero la soltería por naturaleza lo complace y lo cultiva. Cada día, los solteros toman gran parte de sus decisiones basados en lo que necesitan y lo que quieren y nadie sabrá realmente la diferencia. No obstante, aunque el egocentrismo y autosatisfacción podrían parecer prometedoras, el amor ofrece una  mejor promesa.

«Queridos hermanos, amémonos los unos a los otros, porque el amor viene de Dios, y todo el que ama es nacido de él y lo conoce» (1 Jn 4:7) [énfasis del autor]. La promesa de amar es una promesa de Dios. Aquellos que aman conocen más y más del Dios que es amor (4:8). Este amor y este Dios están disponibles por igual tanto para el casado como para el que no lo está.
2. «Debido a que aún estoy soltero, estoy ansioso. No sé si Dios alguna vez me dará alguien con quien casarme»

Quizás los jóvenes de nuestra iglesia tengan más ansiedades que deseos insatisfechos por el matrimonio, pero también puede ser que ninguna predomine por sobre la otra. Los temores y la tristeza por el amor, por las relaciones y por el matrimonio le quitan bastante a nuestros solteros el sueño y la energía. Preocuparnos y autocompadecernos por nuestras incompetencias al respecto nos promete hacernos sentir mejor, pero carecen de cualquier poder para ayudarnos. Sin embargo, Dios puede darnos paz verdadera.

«No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús» (Fil 4:6-7) [énfasis del autor]. Dios nos ha prometido paz en cualquier circunstancia y protección contra todo mal dispuesto en nuestra contra. Ya sea que conozcan a sus futuros cónyuges esta tarde o vivan solos el resto de sus vidas, Dios conoce sus necesidades, promete proveerles y realmente puede darles descanso y perspectiva llenas de paz en cada momento. 
3. «Debido a que aún estoy soltero, estoy impaciente. He esperado demasiado tiempo para casarme»

Amazon, Netflix y los smartphones han devaluado la paciencia. Aunque no es realmente cierto, la satisfacción instantánea nos ha satisfecho bastante como para hacernos olvidar lo invaluable y lo hermosa que es la paciencia. ¿Aprecian la paciencia en ustedes y en otros? En Internet, no verán que sea elogiada y, sin duda, tampoco lo será en la mayoría de los programas de televisión actuales, por lo tanto, tendremos que buscarla en otros lugares (más confiables). 

Dios nos promete, por medio de Pablo, que «él dará vida eterna a los que, perseverando en las buenas obras, buscan gloria, honor e inmortalidad» (Ro 2:7). Éstas son algunas cosas que podemos tener sólo por medio de la paciencia: la gloria, el honor, la inmortalidad, Dios. Ningún tipo de tecnología jamás podrá acelerar este proceso. En nuestra espera por cosas menos valiosas –como las bodas–, se trabajan los músculos que necesitamos para esperar adecuadamente por Dios. Toda nuestra espera vale la pena, si es que por medio de ella obtenemos más y más de aquel a quien nuestras almas están finalmente esperando.
4. «Debido a que aún estoy soltero, puedo ser frío e indiferente con otros. Ya tengo suficientes dificultades al lidiar con mis propias cosas»

Uno de los más grandes peligros de la soltería es el sentido de tener el derecho a algo. Entra sigilosamente en todas las áreas, pero esencialmente nos convence de que debemos centrarnos exclusivamente en nosotros –un tipo de mentalidad de sobrevivencia– a menudo a costa de otros. A medida que el sentido de tener del derecho a algo y la preocupación por uno mismo crecen e invaden nuestros corazones, comenzamos a interesarnos menos por otros y a compadecernos menos de ellos. Sin embargo, el fruto vivificante del Espíritu es la amabilidad, una actitud de compasión y generosidad amistosa. 

«Sean más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándose unos a otros, así como también Dios los perdonó en Cristo» (Ef 4:32, NBLH) [énfasis del autor]. La hermosa y liberadora promesa detrás de nuestra amabilidad es la amabilidad que Dios tiene por nosotros en Cristo. Aquellos que imitan a Cristo –y son reconocidos por ser amables en él– han sido tratados con amabilidad por un Dios todopoderoso y santo a pesar de lo que merecen. Jesús dice, «ustedes deben amar a sus enemigos, hacer el bien y dar prestado sin esperar nada a cambio. Grande será entonces el galardón que recibirán y serán hijos del Altísimo; porque él es benigno [amable] con los ingratos y malvados» (Lc 6:35, RVC) [énfasis del autor]. Somos amables porque ese el tipo de hijos de Dios tiene.  
5. «Debido a que aún estoy soltero, no valoro la virtud ni la integridad como debiera. Trabajaré en ellas cuando me case y tenga una familia»

Una excusa para procrastinar nuestra búsqueda de santidad es que los cristianos solteros aún no tenemos responsabilidades así como los cristianos casados, como si de alguna manera fuésemos menos humanos. Cuando tengamos esposas, maridos o hijos que serán afectados por nuestras actitudes y comportamientos, entonces realmente importará quiénes somos y cómo actuamos. Cuando un hombre y una mujer se casan, ellos se convierten en uno solo, pero no en alguien más pleno que el creyente que está soltero. Todos los hijos de Dios llenos del Espíritu tienen acceso a las bendiciones de las bondades forjadas por Dios en esta vida.

«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, pues ellos serán saciados… Bienaventurados los limpios de corazón, pues ellos verán a Dios» (Mt 5:6,8). Bienaventurados (felices) son los solteros que aman y buscan la bondad, la virtud y la integridad. Ahora mismo viene la bendición en nuestra búsqueda, que aún es imperfecta y que hacemos mientras aún no nos casamos, de Dios y de su justicia. Su divino poder, al darnos el conocimiento de aquel que nos llamó por su propia gloria y excelencia, nos ha concedido todas las cosas que necesitamos para vivir como Dios manda. Así Dios nos ha entregado sus preciosas y magníficas promesas para que ustedes, luego de escapar de la corrupción que hay en el mundo debido a los malos deseos, lleguen a tener parte en la naturaleza divina. Precisamente por eso, esfuércense por añadir a su fe, virtud… (2 Pe 1:3-5) [énfasis del autor]. Con el mismísimo poder de Dios de nuestra parte, complementemos nuestra fe y nuestra soltería con bondad.
6. «Debido a que aún estoy soltero, soy cambiante, descuidado y poco confiable. No pueden esperar que los solteros hagan o cumplan sus compromisos»

Lo que es peor, es que algunos de nosotros realmente amamos esta afirmación sobre la soltería. Aquellos que aún no se han estabilizado sienten que tienen la libertad de ir de una cosa a otra, de abandonar responsabilidades y obligaciones por cosas nuevas y originales. Estas cosas pueden ser un trabajo nuevo, una iglesia nueva, una nueva relación o incluso una ciudad nueva. Las personas postergan el matrimonio para evadir el compromiso y mantener la sensación de libertad. No obstante, por más libre que se sienta ser cambiante y descuidado, la Biblia nos enseña a amar la fidelidad, la devoción y la lealtad en cada etapa de la vida. 

«Por lo tanto, mis queridos hermanos, manténganse firmes e inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor, conscientes de que su trabajo en el Señor no es en vano» (1 Corintios 15:58). Cuando la vida, el trabajo, las relaciones o el ministerio se ponen difíciles, inoportunos o se convierten en cosas rutinarias, nuestra dedicación consecuente y desinteresada en aquellos que nos rodean revelará nuestra fe en la obra apasionante y infalible de Dios. Cuando pareciera que nuestro esfuerzo no vale la pena, podemos descansar, servir y perseverar, sabiendo que cada sacrificio en esta vida por el nombre de Cristo nunca es en vano. En el Espíritu, y contra los patrones de comportamiento veintiañero que nos rodean, podemos dejar de lado nuestras ambiciones egoístas e impulsivas para ser miembros fructíferos de la iglesia local, comprometidos con un ministerio a largo plazo en nuestra comunidad y tardos para alejarnos de la obra de Dios, no importa cuán difícil y poco notorio sea. Nos regocijamos en este tipo de perseverancia, porque, «…la perseverancia [produce], entereza de carácter; la entereza de carácter, esperanza. Y la esperanza no nos defrauda, porque Dios ha derramado su amor en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos ha dado» (Ro 5:4-5)
7. «Debido a que soy soltero, soy severo con otros. No entienden lo difícil que es para mí»

La respuestas que damos cuando alguien nos lastima dicen mucho sobre el estado de nuestro corazón. ¿Cómo reaccionan ustedes con quienes malinterpretan, subestiman o minimizan el dolor que sienten por no estar aún casados? Aunque esas personas sean bienintencionadas, nos ofenden inconscientemente con sus consejos, sus preguntas o su indiferencia. Nos sentimos justificados en nuestro enojo, que expresamos por medio de una palabra desconsiderada o de un pensamiento violento y amargo hacia ellos. Sin embargo, Dios recompensa la humildad de cara a la ofensa.

Él nos anima a nosotros y a quienes nos enseñan a resistir al diablo: «Así, humildemente, deben corregir a los adversarios, con la esperanza de que Dios les conceda el arrepentimiento para conocer la verdad, de modo que se despierten y escapen de la trampa en que el diablo los tiene cautivos, sumisos a su voluntad» (2 Ti 2:25-26). En última instancia, Dios corrige y dirige los corazones. No somos llamados a infligir justicia unos sobre otros; más bien, a vestirnos con la gracia y la humildad que Dios mismo nos ha mostrado. Es posible que tengamos razón al ofendernos, pero una segunda ofensa no es la solución. Al contrario, Dios nos llama a la humildad y nos promete hacer el trabajo más duro de redención y de venganza por nosotros. 
8. «Debido a que soy soltero, soy indisciplinado y continúo pecando. La libertad se siente bien. Nadie sabe, a nadie le importa ni le afecta mi conducta»

No hay vida más libre de restricciones que la vida de soltero. Puede ser muy fácil vivir descontrolada e imprudentemente cuando vivimos aislados. Nuestra carne quiere que comamos más de esto, que bebamos más de esto otro, que compremos más de eso y que veamos más aquello. Ninguna de estas cosas es necesariamente mala en sí misma, pero nuestros deseos intensos, pecaminosos y libres de restricciones finalmente nos llevarán a más pecado y más idolatría. El disfrute de todo lo que Dios ha creado como Dios lo planeó requiere de domino propio (decir «no» lo suficiente para demostrar que disfrutamos más de Dios que de cualquiera de sus regalos). Las recompensas al restringirnos en esta vida valen absolutamente la pena. 

«Todos los deportistas entrenan con mucha disciplina. Ellos lo hacen para obtener un premio que se echa a perder; nosotros, en cambio, por uno que dura para siempre» (1 Co 9:25). Cuando renunciamos a la comida, a la bebida, a la televisión, a los deportes, a las compras, a las páginas webs, a cualquier cosa en esta vida por el bien de tener y disfrutar a Cristo, estamos dando un paso más hacia la herencia infinita e imperecedera reservada para nosotros en el cielo (1 Pe 1:4; Mt 6:20). El matrimonio puede ofrecer una responsabilidad íntima y personal que podrían no tener en su soltería. El dominio propio, sin embargo, es un fruto del Espíritu, no así un esposo o esposa. Busquen a Dios para ser fortalecidos, «pues es Dios quien produce tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad», y también produce el dominio propio en ustedes (Fil 2:13). 
9. «Debido a que estoy soltero, estoy deprimido y soy miserable. No seré realmente feliz hasta que me case»

Cualquier realidad que aún no es concreta es acompañada de dolor y de anhelo. No escuchamos tantos testimonios de «felizmente no casados aún», al menos, no entre los cristianos. La soltería no deseada puede ser muy solitaria y la soledad puede ser muy miserable. En esos momentos, la mentira más persuasiva que escuchamos es que el matrimonio será la solución más satisfactoria. Lamentablemente, la búsqueda del matrimonio y de un cónyuge para llenar el vacío que sólo Dios puede llenar, simplemente te dejará más deprimido y herido. Dios bondadosamente nos da otra respuesta para alcanzar la alegría.

«Me has dado a conocer la senda de la vida; me llenarás de alegría en tu presencia, y de dicha eterna a tu derecha» (Sal 16:11). En Jesús (el camino, la verdad y la vida), Dios nos ha mostrado las sendas de la vida y de la felicidad. Éste no es el camino entre los bancos de la iglesia donde realizarán sus futuras bodas. Más bien, es el matrimonio escandaloso de un Dios santo con su novia escogida, pecadora y perdonada, la iglesia. Jesús vivió, murió y resucitó para nuestra alegría (incluso en la soltería). Él dijo, «les he dicho estas cosas para que tengan mi alegría y así su alegría sea completa» (Jn 15:11). La semilla de todos los frutos del Espíritu es una satisfacción profunda y perdurable en Jesús. Una falta de amor comunica que se valoran más a sí mismos que a Jesús y que a las personas él compró por su sangre. Nuestra ansiedad le dice a Dios que no estamos contentos de tenerlo a él y tampoco lo estamos con su plan (y tiempo) paternal para nuestras vidas. La impaciencia dice que Jesús, a quien ya tienen, no es suficiente. La incapacidad de decir «no» sugiere que creen que esa comida, esa compra o esa página web los harán más felices que Jesús. Sin embargo, la verdadera alegría en Jesús, por medio del evangelio, los liberará del fruto envenenado del pecado.

¿Puede la soltería separarnos del amor de Dios?

¿Qué puede separarnos del amor de Dios? «¿La tribulación, o la angustia, la persecución, el hambre, la indigencia, el peligro, o la violencia?» (Ro 8:35). ¿Podrá, entonces, la soltería? «[No, pues] en todo esto somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó» (Ro 8:37). Nada (definitivamente, tampoco nuestro estado civil) puede evitar que recibamos y que se haga efectivo en nosotros todo lo que Dios hizo en Jesús. Su favor ya está en nosotros; su poder está obrando en nosotros; su Palabra nos guiará; su gracia es capaz de sustentarnos. Dios realmente puede satisfacernos y hacernos muy, muy fructíferos ahora mismo. Sí, incluso siendo solteros. 

El día de San Valentín es una celebración creada por el ser humano. Mientras apele a nuestros deseos por amor y matrimonio, puede tener un poder embustero que desvía nuestra atención y nuestras prioridades del plan y de la perspectiva de Dios. Sabemos, sin embargo, que «la flor se marchita» –cada una de las rosas– «pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre» (Is 40:8). Den un paso hacia atrás y sorpréndanse de cuán corto es realmente el día de San Valentín, el matrimonio e incluso nuestras vidas al compararlos con la gloria. Deben saber que todo esto dejará de existir en un instante y la belleza, el valor y la felicidad palidecerán ante una eternidad con nuestro Salvador (una eternidad que podemos saborear ahora en los frutos del Espíritu). 
Marshall Segal © 2014 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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La mañana antes de caer sexualmente
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La mañana antes de caer sexualmente

Dos voces se disputan por tu pureza sexual. Si crees que la batalla se trata solo de imágenes y videos, no estás listo para pelear. Esta es una guerra de palabras. 

Según Proverbios 2, a quien escuchamos (cada mañana, durante el día y tarde en la noche) determinará si cedemos a la tentación o la resistimos con la fuerza  de Dios. La primera voz es la voz de Dios escrita en la Escritura:

Hijo mío, si recibes mis palabras Y atesoras mis mandamientos dentro de ti, Da oído a la sabiduría Inclina tu corazón al entendimiento. Porque si clamas a la inteligencia, Alza tu voz al entendimiento; Si la buscas como la plata Y la procuras como a tesoros escondidos, Entonces entenderás el temor del Señor Y descubrirás el conocimiento de Dios (Pr 2:1–5)

Mientras algunos consejeros simplemente dicen: «aléjate de ella», la verdadera sabiduría dice: «persigue con más esfuerzo a Dios». ¿Cómo podrás ser liberado de «la mujer extraña… que lisonjea con sus palabras» (Pr 2:16)?: gracias a palabras más seguras. No solo necesitamos estrategia para la pureza sexual, sino que sin este inquebrantable hábito de la mente y del corazón, toda estrategia está destinada a fracasar.

La primera voz que escuchamos

Nota que el hombre sabio simplemente no anima a su hijo a leer la Biblia, sino que a escucharla, a buscarla, a clamarla y a procurarla.

Da oído cuidadosamente (2:2). Busca persistentemente con tus ojos (2:4). Clama desesperadamente con tu boca (2:3). Procúrala incansablemente con tus manos (2:4). Atesora en tu corazón estas palabras (2:1–2). Escuchar la voz de Dios requiere más de nosotros que cualquier otro tipo de lectura. Requiere todo de nosotros. Leer la Biblia bien significa acoplar cada parte de ti con ella, meditando y orando hasta que las palabras de Dios sean gratas para ti (Pr 2:10). Nadie es salvado del pecado y de la tentación simplemente por la información. Necesitamos cirugía: palabras que sean lo suficientemente filosas para atravesar nuestra sordera, pronunciadas por el único lo suficientemente sabio y fuerte para nunca dañarnos. Recíbela; atesórala; haz tus oídos atentos a ella; inclina tu corazón a ella; búscala como a la plata. ¿Acoplarte con la Palabra de Dios se siente así de activo para ti? Leer la Biblia es bueno, pero solo leerla no es suficiente para alimentar y purificar nuestras almas. Cuando damos más, esperamos más, oramos más, invertimos más en nuestra lectura, las Palabras de Dios comienzan a tener su completo efecto en nuestros corazones y vidas por su Espíritu.

No existen atajos para el cambio de vida

Si buscas la sabiduría de Dios como a la plata, «entonces entenderás el temor del Señor y descubrirás el conocimiento de Dios» (Pr 2:5). Los entonces en la Escritura son terriblemente frustrantes para los necios que quieren la conclusión sin esfuerzo. El necio quiere que Dios le envíe pureza porque se la pidió. Somos propensos a irritarnos y a protestar cuando Dios promete darnos lo que le pedimos a través de la lucha continua. No se siente como un regalo si tenemos que esforzarnos. Hasta que nos demos cuenta de que nuestro esfuerzo es un milagro: algo que nunca habría sucedido lejos de una intervención divina. Es supernatural esforzarse para disfrutar la Palabra de Dios: escuchar, buscar, clamar y procurar. Si buscas el conocimiento como a la plata, «entonces entenderás el temor del Señor y descubrirás el conocimiento de Dios» (Pr 2:5). No simplemente un conocimiento de él como conoces las leyes de conducción o la historia de tu país, sino que un conocimiento lleno de temor y afecto, un tipo de conocimiento relacional, emocional y espiritual. Tú lo conoces y eres una persona diferente por haberlo conocido.

La segunda voz

Si atesoras la Palabra de Dios, entonces temerás y entenderás y por lo tanto «te librará de la mujer extraña» (Pr 2:5, 16). Existen tres pasos distintos que dar en Proverbios 2. No pierdas la secuencia: si, entonces, por lo tanto. La meditación de la Biblia se convierte en un conocimiento temeroso y afectuoso de Dios y ese tipo de conocimiento nos libera del pecado sexual y de la tentación. La lectura bíblica sola no te guardará del pecado sexual. No conocerás al Señor sin escuchar realmente su voz. No encontrarás pureza sexual duradera y satisfactoria sin conocer la comunión temerosa y gozosa con Dios por medio de la Escritura. Si intentamos cumplir apenas con el estándar de obediencia sin intentar conocerlo, rápidamente perdemos nuestra capacidad para decir «no» constante y alegremente a la tentación.

La tentación es la segunda voz más importante en Proverbios 2.

Guerra de palabras

Cuando Proverbios describe a la mujer extraña, la llama «la desconocida que lisonjea con sus palabras» (Pr 2:6; ver también 7:5). Más adelante dice: «Los labios de la extraña destilan miel, y su lengua es más suave que el aceite» (Pr 5:3). Nuevamente, en Proverbios 22:14 dice: «Fosa profunda es la boca de las mujeres extrañas; el que es maldito del Señor caerá en ella». Proverbios menciona a la mujer extraña cinco veces; cuatro veces dice explícitamente cómo ella destruye a un hombre: con palabras. No me sorprende que el plan de Dios para la pureza sexual comienza con escuchar lo que él dice. Cuando nos deleitamos en sus palabras y meditamos en ellas, hacemos guerra contra palabras dulces, suaves y letales. Incluso en una sociedad dominada por imágenes y videos, las palabras permanecen en el campo de batalla por la pureza sexual. Cada imagen ilícita susurra una mentira y hace una promesa que no puede cumplir. Al escuchar las palabras de Dios y al conocerlo con temor y afecto, estamos preparados para demostrar que las promesas del pecado sexual no son dignas de confianza y, por lo tanto, no son atractivas. Dios, por otro lado, cumple cada promesa y cada advertencia, y él nos advierte que «la casa [de la mujer extraña] se inclina hacia la muerte y sus senderos hacia los muertos. Todos los que van a ella no vuelven, ni alcanzan las sendas de la vida» (Pr 2:18-19). Con la misma boca, él promete por medio del rey David: «Me darás a conocer la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo; en tu diestra hay deleites para siempre» (Sal 16:11). ¿La boca de quién llena tu cabeza? En los momentos de tentación, las dos voces luchan por tu corazón. Una es suave, seductora y destructiva; la otra, soberana, confiable y gratificante. Una te atrae a la cama con muerte; la otra, te posiciona firme y misericordiosamente en el camino de la vida. Permite que su voz tenga los oídos de tu corazón, no solo en el momento, sino que en los muchos momentos antes de que llegue la tentación.

Cuándo puedes empezar a leer

Muchos de nosotros pensamos abrir nuestras Biblias el día después de caer en pecado (casi como una especie de penitencia protestante). Al no haber peleado contra la tentación del pecado, al menos intentamos mitigar la culpa. Sin embargo, Proverbios 2 nos enseña a abrir nuestras Biblias días, semanas, meses e incluso años antes de que llegue la tentación.

La lucha por la pureza sexual comienza al trazar las líneas de batalla en la Palabra de Dios cada mañana. Proverbios 2 dispone el mapa espiritual y la secuencia para nuestra guerra:

Lee la Biblia hasta que ames y obedezcas la Biblia. Entonces, conocerás y temerás al Señor en lo profundo de tu corazón. Por lo tanto, serás liberado de «la mujer extraña»: del pecado sexual y de la tentación.

Si te entregas a la Palabra de Dios antes de que lo hagas al pecado, «la sabiduría entrará en tu corazón, y el conocimiento será grato a tu alma; la discreción velará sobre ti, el entendimiento te protegerá, para librarte de la senda del mal, del hombre que habla cosas perversas» (Pr 2:10-12). El pecado sexual es más atractivo cuando la Palabra de Dios está perdida en la dulzura de nuestros oídos. ¿Cómo podemos atesorar lo que Dios dice y podemos permitir que nuestros ojos se maravillen? A menos que la escuchemos atentamente, la busquemos persistentemente, clamemos en ella desesperadamente, la procuremos tenazmente y la leamos sin descanso, la Palabra de Dios no será lo suficientemente dulce a nuestros oídos para liberarnos del mal. A menos que la busquemos como a la plata, estamos destinados a caer de nuevo.
Marshall Segal © 2018 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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El dolor: el jardín secreto del orgullo
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El dolor: el jardín secreto del orgullo

El dolor puede ser el jardín secreto del orgullo. No hablamos mucho sobre el dolor porque es algo tan sensible, tan vulnerable: tan doloroso. Sabemos que es un tema delicado, sin embargo, no enfrentarlo es igualmente peligroso. John Piper escribe respecto a nuestro dolor, Satanás usa el placer y el dolor para intentar destruir nuestra fe. Él usa el placer como una espada para hacernos dudar de la grandeza satisfactoria de Dios y hace lo mismo con el dolor para que dudemos su bondad soberana. El dolor puede ser un arma poderosa para bien en el corazón que tiene fe. Puede producir humildad sincera y profunda y mayor dependencia en Dios. También el dolor puede provocar heridas mucho peores y mucho más perdurables que cualquier agonía física. En el peor caso, puede causar que dudemos de la bondad de Dios, que nos revolquemos en autocompasión y que nos aislemos de él, como también de otros. El dolor se convierte en orgullo porque cree que nadie más puede entenderlo. Nadie siente lo que yo siento, por lo que el dolor se distancia de cualquiera que quiera tratar y hablar de ese sufrimiento. No obstante, los afligidos se castigan todavía más cuando se se alejan más de otros. Dios se ha dado a sí mismo, su Palabra y unos a otros para producir fe, e incluso alegría, en medio del dolor, hasta en el más grande y único. Una prueba para determinar si es que nuestro dolor está produciendo orgullo es preguntarnos cómo respondemos al ánimo que otros nos dan. En especial, quizás, al que nos dan aquellos creyentes que no entienden nuestro dolor. ¿Estamos dispuestos a escuchar la Palabra y la esperanza de Dios por medio de alguien que no ha experimentado o no puede comprender nuestro dolor actual? Si no estamos dispuestos, entonces el dolor nos ha llevado al aislamiento y Satanás está triunfando en su propósito con nuestro sufrimiento.

Estudio de caso: el dolor que provoca la soltería no deseada

Estoy aprendiendo esta lección sobre mí mismo desde mi propia experiencia con el sufrimiento. Desde muy joven, he anhelado el afecto, la seguridad y la intimidad que esperaba con una esposa. Mucho antes de que incluso pudiera conducir, buscaba apasionadamente el matrimonio. Por lo tanto, cuando Dios retuvo mi boda para mucho después que todos mis amigos, experimenté el dolor y la soledad de la soltería no deseada. No es ni un poco de lo insoportable o intenso que son muchos otros sufrimientos y pérdidas, pero fue real y perdurable para mí por diez años o más. Hace unos años, escribí un par de artículos relacionados con la soltería mientras era un hombre que aún no estaba casado y al parecer fueron bien recibidos. Asumo que a muchos les gustaron y los compartieron, en parte, porque era un tipo soltero que reflexionaba sobre las dificultades (y las bondades) de la soltería no deseada. En abril del 2015, después de unas cuantas décadas intentando, fallando y madurando, finalmente me casé con mi novia. Tan solo cuatro meses después, me maravillaba de lo rápido que parecía perder credibilidad frente a algunos de los que aún no se han casado. En ese momento, en mi estado de recién casado publiqué un artículo que se titula «Esperanzas para solteros infelices». El artículo fue extraído de un capítulo que escribí para un libro sobre masculinidad y feminidad: Designed for Joy [Diseñados para el gozo]. Aun cuando muchos expresaron su agradecimiento por el artículo, un nuevo coro de voces cantaba en contra de mi escrito:
No quiero ser irrespetuoso con esto, pero es difícil tomar en serio un artículo sobre soltería escrito por alguien que está casado. Sé que las palabras que escribes en tu artículo son ciertas, pero estás casado. Es fácil hablar así cuando ya te casaste. Esto es simplemente ofensivo. Solo las personas que ya se casaron escriben cosas como estas. Siempre son los casados los que aconsejan estar satisfechos en Jesús. Es muy fácil para ellos decirlo.
La ironía de esto es que escribí el artículo cuando aún estaba soltero. Decidimos publicarlo después para ayudar en la difusión del nuevo libro. Estaba diciendo las mismas verdades con la misma voz, pero mis palabras se encontraron con una nueva resistencia, incluso con rechazo. Los comentarios que mencioné anteriormente no fueron la respuesta predominante a mi artículo, por lo que no estoy escribiendo esto para reivindicar lo que escribí ni mi punto de vista. De hecho, estoy seguro de que pensé y dije algunas de esas mismas cosas frente al «ánimo» que recibí de mis amigos casados cuando era un hombre infelizmente soltero. La revelación para mí fue, sin embargo, lo fácil que tendemos todos a usar nuestro dolor como una espada para rechazar las buenas noticias de Dios para nosotros. Lo veo en mí, y lo corroboro en la honesta lucha de muchos con los que he conversado sobre soltería durante la semana que acaba de pasar. Rechazaremos cualquier cosa que alguien nos diga sobre nuestro dolor, incluso cuando solo se repitan las Palabras de Dios, simplemente porque no creemos que esa persona (autor, pastor, amigo) pueda identificarse con lo que estamos atravesando.

El libro lo suficientemente grande para nuestro quebranto

No obstante, ese sentimiento por nuestro sufrimiento traiciona la belleza de la forma en que la Biblia nos ministra en nuestro quebranto. A Satanás le encanta ver cómo el dolor y el sufrimiento nos separa del cuerpo de Cristo. Él se enorgullece al ver cómo el orgullo se arraiga en nosotros cuando somos más débiles y vulnerables y crece como una gran muralla, apartándonos del amor y del aliento que otros cristianos nos dan. La verdad es que es muy probable que las personas presentes en tu vida no comprendan tu dolor. Afortunadamente, no necesitas depender en lo que ellos saben sobre tu dolor en particular para que sean una bendición para ti, porque Dios escribió un libro para vencer toda nuestra inevitable ignorancia e insensibilidad. Con la Biblia, las personas pueden llevarte la sabiduría que siempre es relevante y la esperanza de un Dios que es todopoderoso, amoroso y omnisciente. Cuando recibimos de otros la Palabra de Dios para nosotros, escuchamos al Creador del mundo (aquel que diseñó cada centímetro de nuestros cuerpos y es autor de cada segundo de nuestra historia, dentro de los cuales está nuestro dolor). El Dios que le habla a nuestro dolor por medio de la Biblia es el artista que pintó cada una de las luces más brillantes y de las sombras más oscuras de nuestras vidas. Él conoce tu dolor perfectamente, y si confías en él y recibes su Palabra de esperanza, como sea que venga, él promete bien para ti sea lo que sea que estés enfrentando.

El poder de la compasión

Sin duda Dios nos ha bendecido al darnos hermanos y hermanas en Cristo que han sufrido como nosotros (o mejor aún, que están sufriendo como nosotros incluso ahora). Hay un vínculo sagrado de consuelo y de ánimo entre aquellos que han experimentado el mismo dolor, ya sea la soltería no deseada, el diagnóstico de un cáncer, un aborto espontáneo, el desempleo o cualquier cosa que te esté haciendo sufrir. Dios nos ha dado misericordiosamente personas que también están sufriendo que a menudo entregan un consuelo único y significativo. Sin embargo, la empatía no es un requisito para el ministerio. Dios puede hablarte verdadera y profundamente ya sea por medio de la compasión como de la empatía. Si lo escuchamos. La Biblia, como un libro para los que enfrentan dolor y desconsuelo, habla por sobre todos nuestros sufrimientos, ya sea que lo vivan junto a alguien o no. El orgullo puede intentar negarlo, pero Dios puede hablar poderosamente por medio de un amigo lleno del Espíritu que sabe poco de tu experiencia de sufrimiento, pero sostiene el libro de Dios abierto frente a ti.
Marshall Segal © 2015 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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El carro embrujado de la aprobación humana
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El carro embrujado de la aprobación humana

Si estamos siempre preocupados por lo que las personas piensan de nosotros, siempre seremos reacios a contarles de Jesús. Quizás el obstáculo más importante hoy para el testimonio cristiano en el mundo es nuestra hambre de aprobación humana. Por naturaleza, pensamos más sobre lo que las personas piensan de nosotros que sobre lo que ellos piensan de Jesús. Anhelamos aceptación y nos aterra el rechazo, lo que nos inclina hacia cualquier cosa que pueda mejorar la percepción de otros sobre nosotros. Y eso muy raramente, si es que lo hace, nos llevará a llamarlos al arrepentimiento de su pecado y a creer el Evangelio.  El apóstol Pablo vivió de una manera diferente. Aparentemente, había sido liberado de la necesidad de caer bien o incluso de ser respetado. Iba de ciudad en ciudad, dentro y fuera de multitudes, anclado en la seguridad y la satisfacción de conocer a Jesús (Fil 3:8). Muchos lo amaban, incluso al punto de adorarlo; otros, lo odiaban, incluso al punto de intentar asesinarlo. No obstante, vivió y sirvió más allá de los índices de aprobación. Él trabajó para la fama de alguien más, a cualquier costo que esa fama tuviera para él personalmente en la opinión popular.  Él abandonó el carro embrujado de la aprobación humana para caminar por la calle subterránea del Calvario hacia la libertad del temor al hombre.

Zeus, Hermes y la aprobación humana

A todo lugar que Pablo iba, él encontraba visiones radicalmente mezcladas. Durante la época en que él y Bernabé vivieron en un pueblo llamado Listra, por ejemplo, se encontraron con un hombre que estaba imposibilitado de pies desde su nacimiento. Literalmente, él nunca había usado sus pies (Hch 14:8). Sin embargo, Pablo vio más allá de la situación de discapacidad del hombre hacia su corazón y vio fe: una fuerte y brillante creencia de que Jesús podía sanarlo por dentro y por fuera (Hch 14:9). Así que Pablo sanó las piernas del hombre (Hch 14:10). Las multitudes vieron al hombre caminar, después de haber estado sentado por muchos años, y se abalanzaron sobre Pablo y Bernabé; los trataron como dioses (Hch 14:11), no como gobernantes o atletas estrella o estrellas de cine, sino que como dioses. Los llamaron «Zeus» y «Hermes» debido a figuras familiares del panteón (Hch 14:12). Incluso llevaron bueyes para sacrificarlos (Hch 14:13). Imagina a tus vecinos intentando adorarte al sacrificar sus animales.

La seducción de la atención

¿Cómo Pablo y Bernabé responden a estos actos de adoración? ¿Disfrutan de su atención? ¿Les gusta la excesiva afirmación y apoyo? ¿Cambian sus nombres a @Zeus y @Hermes y retuitean un par de líneas de la alabanza de las personas? No, huyen de sus locos fanáticos lo más rápido posible. «Señores, ¿por qué hacen estas cosas? Nosotros también somos hombres de igual naturaleza que ustedes, y les anunciamos el evangelio para que se vuelvan de estas cosas vanas a un Dios vivo, que hizo el cielo, la tierra, el mar, y todo lo que hay en ellos» (Hch 14:15). Para Pablo y Bernabé, el encanto de la aprobación humana (aceptación, estima e intensa admiración) parecía más peligrosa que atractiva, más amenazante que tentadora. Ellos sabían que las raíces de la idolatría halagadora de la multitud finalmente los matarían a cada uno de ellos. Por eso los confrontaron, arriesgando sus estatus sociales que llegaban a las nubes, con un valiente llamado a adorar al Dios viviente y a vivir.  «Aun diciendo estas palabras, apenas pudieron impedir que las multitudes les ofrecieran sacrificio» (Hch 14:18).

De la adoración a las armas

El siguiente verso en esta historia se lee: «Pero vinieron algunos judíos de Antioquía y de Iconio, y habiendo persuadido a la multitud, apedrearon a Pablo y lo arrastraron fuera de la ciudad, pensando que estaba muerto» (Hch 14:19). Por poco, habiendo escapado de ser adorado por las multitudes, Pablo inmediatamente enfrenta una nueva multitud, una turba que responde de manera muy diferente, incluso violentamente, ante su noticia sobre Jesús. Un grupo intenta adorarlo y la otra intenta asesinarlo. En un momento, es el pastor celebridad; en otro, un villano de mala reputación siendo ejecutado en la calle.  Él no fue rechazado en la oficina, no lo dejaron de seguir en las redes sociales ni lo ignoraron sus amigos y familiares. Lo golpearon con piedras y luego dejaron que se muriera; todo simplemente por darles las buenas noticias sobre Jesús. ¿Cómo respondió Pablo a este atentado contra su vida, a la más severa crítica, oposición y persecución imaginable? ¿Se rindió?  No, él fue a otra ciudad a contar más sobre Jesús (Hch 14:20) y luego regresó a Listra (donde las piedras aún permanecían cubiertas con su sangre) para animar a los creyentes que ahí vivían (Hch 14:21-22).  Pablo aceptó su rechazo, abrazó la hostilidad, porque él no vivía por lo que ellos pensaran de él, sino que por lo que él pensaba de Jesús. Pablo no tomó decisiones para que a más personas lo quisieran, sino para que más personas amaran y siguieran a su Salvador. Con Pedro y Juan, él se rindió a Cristo, sin importar lo que viniera: «Porque nosotros no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído» (Hch 4:20).

Cuidado con los elogios y la crítica

Estas dos escenas en una ciudad ilustran el carro embrujado de la aprobación humana. Ya sea que el mundo nos aplauda o nos ataque, si no adoran a Jesús, morirán sin una esperanza real. Su aprobación (o rechazo) de nosotros no tiene relación ninguna con nuestra eternidad y ciertamente no los salvará. ¿Rendiremos nuestra necesidad de ser amados con el fin de amar verdaderamente a los perdidos? ¿Estamos dispuestos a cambiar al mundo en el nombre de Jesús sin ser amados por ellos aquí, quizás sin incluso ser notados un poco? A lo largo del tiempo, les podríamos caer bien a algunas personas en el mundo e incluso nos admiren por nuestra «espiritualidad», pero podemos estar seguros de que algunos nos odiarán. Al menos, ellos odiarán lo que creemos, así como también las decisiones que tomamos por lo que creemos. Jesús promete: «...Ustedes serán odiados de todos por causa de mi nombre, pero el que persevere hasta el fin, ese será salvo» (Mr 13:10-13).  Sin embargo, a medida que nos retiramos de la traicionera y falsa montaña rusa de la aprobación humana y nos escondamos en Cristo, ya no necesitamos temer más (Mt 10:28), ya no somos más tentados a jactarnos (1Co 3:21) y ya no nos acobardaremos para agradar a otros (Ga 1:10). En lugar de ello, viviremos por el placer de conocer a Dios y ser conocidos por él (Fil 3:8). Ten cuidado con la aceptación y ten cuidado con el rechazo. Ten cuidado con los seguidores y ten cuidado con los enemigos. Ten cuidado con la alabanza y ten cuidado con la crítica. Por sobre todo, está contento en lo que Dios dice sobre ti porque estás en Cristo. Encuentra tu identidad y confianza en él, no en lo que las personas piensan sobre ti o en tu estatus aquí en esta vida. Nos liberará contarle al mundo el hermoso y ofensivo mensaje que desesperadamente necesita escuchar.
Marshall Segal © 2016 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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Estemos contentos con lo que tenemos
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Estemos contentos con lo que tenemos

El contentamiento no se trata simplemente de conformarnos con lo que tenemos, sino de confiar en lo que Dios dice. Tanto la ansiedad como la avaricia se levantan en nuestros corazones mientras las palabras de Dios caen. Cuando el autor de Hebreos quiso enseñarles a sus lectores sobre el contentamiento, él les contó una vieja historia con un refrán conocido. Él calmó sus miedos y enfrió su avaricia al recordarles lo que Dios había dicho: «Sea el carácter de ustedes sin avaricia, contentos con lo que tienen, porque él mismo ha dicho: “Nunca te dejaré ni te desampararé”» (Heb 13:5). Esto empujó a Charles Spurgeon a hacer esta pregunta:
Las penas de la vida y los dolores de la muerte, las corrupciones internas y las trampas externas, las pruebas del cielo y las tentaciones de la tierra, ¿no parecen como ligeras aflicciones cuando nos escondemos bajo el baluarte de lo que «Él ha dicho»?
La semilla del temor innecesario en el corazón de un cristiano es el olvido: la incapacidad de recordar y confiar en lo que el Dios del universo ha dicho y hecho. Nadie ha tenido nunca un motivo para acusar a Dios de no cumplir su Palabra. Ni una sola frase en ninguna oración en ninguna declaración que haya hecho alguna vez ha fallado (Jos 21:45).Solo estaremos verdaderamente contentos con lo que tenemos cuando sepamos lo que tenemos en Él. Recordaremos lo que tenemos cuando escuchemos y creamos en su voz.

Dios había dicho

Cuando Dios dijo: «Nunca te dejaré ni te desampararé», Él estaba hablándole a Josué antes de que el pequeño Israel subiera a tomar posesión de la tierra de Canaán por la fuerza. Una nación nómada estaba a punto de invadir una tierra llena de enemigos más grandes y más fuertes que ellos. No un ejército, sino que muchos (Jos 3:10) —y no nuestro territorio, sino que el de ellos. La única confianza de Israel era que Dios les había dicho que fueran. Él había dicho. ¿Qué dijo? La tierra extranjera en la que estás a punto de entrar ya es tuya (Jos 1:3). Ningún enemigo, no importa cuántos o cuán fuertes sean, podrán vencerte (Jos 1:5). Lo más prometedor de todo: «Nunca te dejaré ni te desampararé».

«Nunca te dejaré»

Esta gran promesa fracasará si es que pensamos principalmente en términos geográficos y no de fidelidad. Por supuesto, Dios nunca nos dejará porque Él está en todos lados todo el tiempo. «Si subo a los cielos, allí estás tú; si en el Seol preparo mi lecho, allí tú estás» (Sal 139:8). No obstante, vemos la fidelidad de Dios en cada uno de los versículos que siguen: «Si tomo las alas del alba, y si habito en lo más remoto del mar, aun allí me guiará tu mano, y me tomará tu diestra» (Sal 139:9-10). Si le perteneces, Él no te dejará; Él te guiará y te protegerá. Cuando Josué miraba fijamente en las imposibles circunstancias y la enorme oposición, Dios dijo:
No te dejaré ni te abandonaré… «¡Sé fuerte y valiente! No temas ni te acobardes, porque el Señor tu Dios estará contigo dondequiera que vayas» (Jos 1:5, 9).
Cuando el autor de Hebreos vio lo que los seguidores de Jesús enfrentarían y cómo serían tentados a desviarse, él regresó a estas mismas palabras (la única vez que esta promesa es citada en el Nuevo Testamento): «Él mismo ha dicho: “nunca te dejaré ni te desampararé”» (Heb 13:5). Nunca estarás solo. No importa cuán desesperado y solo te sientas, no importa cuánta oposición enfrentes, no importa cuán precarias lleguen a ser tus circunstancias, Él ha dicho: estaré contigo. Su presencia puede calmar cualquier miedo, si no olvidamos que Él está ahí, que está cerca, que está atento.

Aquello que no tienes

El autor de Hebreos, sin embargo, no estaba haciendo una advertencia sobre los cananeos, los hititas, los heveos, los ferezeos, los gergeseos, los amorreos ni los jebuseos. Sus lectores, que eran judíos convertidos, estaban enfrentando una persecución intensa, pero desde dentro de su propia nación, desde sus propias comunidades, incluso dentro de sus propias familias. Y cuando cayó el fuego abrasador, un enemigo aún más amenazante emergió dentro de sus corazones: sus propios antojos y deseos. Él dice: «Sea el carácter de ustedes sin avaricia, contentos con lo que tienen, porque él mismo ha dicho: “Nunca te dejaré ni te desampararé”» (Heb 13:5). Cuando los cristianos occidentales leen hoy: «conténtate con lo que tienes», podríamos asumir que el cristiano tiene suficiente. Podríamos escuchar: «no desees más cosas de las que necesitas». Sin embargo, muchos de estos jóvenes convertidos habían sido expulsados de sus familias, excluidos de toda provisión y protección. Seguir a Jesús era aceptar el abandono y la pobreza. Por tanto, muchos de ellos eran llamados a estar contentos con lo que no tenían. El descontento, de pronto, no parecía tan irrazonable. Algunos de ellos se fueron sin comida, por Cristo; otros, con la única ropa que tenían sobre su espalda, por Cristo; personas perdieron sus hogares, por Cristo; algunos de ellos, «aceptaron con gozo el despojo de sus bienes, sabiendo que tienen para [ellos] mismos una mejor y más duradera posesión» (Heb 10:34). Si ellos podían estar contentos con lo que tenían y con lo que no tenían, ¿cómo no aprender a estar contentos con lo que tenemos?

Gracia suficiente

Estemos contentos con lo que tenemos. ¿Existen seis palabras más aterradoras en una cultura como la nuestra? Ciertamente, se posan sobre mí como seis bombardeos de fuertes cañones. No dejes que tu corazón suspire una y otra vez por lo que alguna vez podrías tener, sino que cultiva la satisfacción en lo que Dios te ha dado hoy. La palabra para contentamiento es la misma palabra en 2 Corintios 12:9, cuando Jesús le dice al apóstol Pablo: «Con mi gracia tienes más que suficiente, porque mi poder se perfecciona en la debilidad» (RVC). Pablo responde: «Por tanto, con muchísimo gusto me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí. Por eso me complazco en las debilidades, en insultos, en privaciones, en persecuciones y en angustias por amor a Cristo, porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2Co 12:9-10). El mensaje de Pablo no es como el de muchos evangelios de contentamiento: si el Señor te da menos, haz limonada. Al contrario, él dice: si Cristo te da menos, gloríate en lo poco, porque puedes ver más de Él en lo poco. Su gracia es suficiente para cubrir cualquier deficiencia en nosotros. Si Dios es así de grande, y la gracia tan dulce, entonces somos capaces de decir lo que la gran mayoría no puede decir: «Si tenemos qué comer y con qué cubrirnos, con eso estaremos contentos» (1Ti 6:8). No solo seremos simplemente satisfechos, sino que estaremos contentos, porque nuestra alegría más profunda no se levanta ni cae con lo que tenemos (Fil 4:11).

Cómo la plata mata a un hombre

Sin embargo, si queremos estar contentos con lo que tenemos, tenemos que ser libres del amor al dinero. Así nos advierte Pablo: «Porque la raíz de todos los males es el amor al dinero, por el cual, codiciándolo algunos, se extraviaron de la fe y se torturaron con muchos dolores» (1Ti 6:10). A través de este anhelo, muchos han perdido el contentamiento y han olvidado lo que Dios ha dicho. La intimidad con Dios pierde su valor a medida que nos enamoramos más profundamente con nuestro dinero (y todo lo que compra para nosotros). Si seguimos coqueteando con el dinero, nos transformaremos en hijos de Judas, quien intercambió a Dios mismo por treinta penosas monedas de plata (Mt 26:15). No obstante, incluso antes de que muriera, Judas sabía que había sido engañado (Mt 27:3). Él había sobreestimado sumamente el dinero y había juzgado mal el amor que ninguna cantidad de plata podía comprar: «No te dejaré ni te abandonaré». ¿Acaso no vio cuán terriblemente infelices eran los fariseos (Lc 16:14)? Aun así no pudo debilitar sus anhelos por más, incluso si le costaba todo. Si pudiéramos sentir la horrible comprensión que él sintió después de haber cambiado a Jesús por dinero, ¿no correríamos a toda velocidad para deshacernos de toda posesión necesaria para tener a Dios? ¿No tendríamos poco alegremente en esta vida para ganarlo a Él en la venidera y para siempre?

Contentos y valientes

¿Cómo suena el contentamiento? El verdadero contentamiento no suena barato, tímido ni dócil porque a menudo requiere profunda fuerza e intrépida valentía. Hebreos continúa diciendo: «Él mismo ha dicho: “Nunca te dejaré ni te desampararé”, de manera que decimos confiadamente: “El Señor es el que me ayuda; no temeré. ¿Qué podrá hacerme el hombre?”» (Heb 13:5-6). Mientras mira a este pequeño ejército de seguidores de Jesús, enfrentando la necesidad y los deseos, y que es peor, pasa de Josué 1 al Salmo 118, que continúa diciendo:
Es mejor refugiarse en el Señor que confiar en el hombre. Es mejor refugiarse en el Señor que confiar en príncipes (Sal 118:8–9).
La valentía ata al Salmo 118 a la promesa de Josué 1 porque Dios le dice a Josué tres veces: «sé fuerte y valiente» (Jos 1:6-7, 9). Antes de que Josué escuchara estas cuatro palabras, Moisés le había dicho: «Sean firmes y valientes, no teman ni se aterroricen ante ellos, porque el Señor tu Dios es el que va contigo; no te dejará ni te desamparará» (Dt 31:6). Cuando eres tentado a preocuparte por cuánto tienes, pon tu mente en lo que Él ha dicho. Si el Dios verdadero es tu Dios, Él va contigo. Él sabe lo que necesitas (Mt 6:32). Al saber todo lo que necesitas, todo lo que enfrentarás, Él nunca te abandonará. Por lo tanto, puedes ser valiente, donde sea que su mano te lleve, puedes huir de las brillantes promesas de la plata y regocijarte en lo que tienes. Por encima de todo, podemos regocijarnos en que lo tenemos a Él.
Marshall Segal © 2018 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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Porque de tal manera amó Dios su valor
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Porque de tal manera amó Dios su valor

Muchos de nosotros nos perdemos la gloria de la Semana de la Pasión porque en la profundidad de nuestros corazones pensamos que estamos al centro de lo que Dios hizo hace dos mil años. Pensamos que Jesús vino, vivió, murió y resucitó principalmente por nosotros: por mí. Leemos los evangelios y nos incluimos en el rol principal: la estrella digna de todo lo que Jesús tuvo que sufrir para tenernos. Si Jesús es un mero actor de reparto en nuestra historia, su traición, su muerte, su sepultura y su resurrección seguirán siendo emocionantes, pero por razones incorrectas. La Semana Santa será conmovedora, pero fugaz si intentamos ponernos en el centro. No obstante, si nos vemos a nosotros mismos pequeños en la historia comparados con la grandeza, el poder y la belleza de Dios, lo que nos conmueve será más profundo y más dulce año tras año (y perdurará para siempre). Su amor por nosotros tomará un nuevo significado: un significado más verdadero, menos vano y más satisfactorio.

Dios te ama debido a Dios

John Piper explica el peligro:

Primero y principal necesitamos ver que Dios es Dios, que él es perfecto y completo en sí mismo, que se encuentra rebosante de felicidad en la eterna comunión con la Trinidad, que no necesita de nosotros para completar su llenura y que nada le faltaría si no nos tuviera. Más bien, nosotros no somos nada sin él [...].

Si no entendemos a Dios de esta forma, cada vez que el evangelio llegue a nosotros, nos pondremos inevitablemente en el centro de la obra de Cristo. Sentiremos que el motor del evangelio no es el valor de Dios sino más bien nuestro valor. Remontaremos el origen del evangelio a la necesidad de Dios por nosotros y no a la gracia soberana que rescata pecadores que necesitan de Dios (Los deleites de Dios [énfasis del autor]). Dios no escribió la Semana Santa en la historia porque estaba desesperado por tenerte (Hch 17:25), sino porque al amarte, a pesar de lo poco que merecías su amor, mostraría cuán amoroso es Él: cuán glorioso es. Él realmente sí te ama: afecto genuino, provisión paternal, devoción sacrificial, cuidado tierno, pero no porque seas grande, sino porque Él lo es. El Jueves Santo, Jesús fue traicionado para Dios y para su gloria. El Viernes Santo, Jesús fue crucificado para Dios. El Domingo de Resurrección, Jesús fue resucitado para Dios. En todo eso, fuiste salvado por Jesús para Dios. Nuestra buena noticia es «el evangelio de la gloria de Cristo, que es la imagen de Dios» (2Co 4:4 [énfasis del autor]). Si somos lo suficientemente humildes para ser el pequeño pecador sin esperanza que fue rescatado por la gracia soberana para su gloria, la noticia mejora, no empeora. Seremos mucho más felices en un mundo que no se centra en nosotros.

Jueves Santo: Jesús fue traicionado para Dios

En la víspera del Viernes Santo, Jesús se estaba preparando para ir a la cruz por ti, pero sus ojos estaban fijos en la gloria de su Padre. Él oró: «Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que el Hijo te glorifique a ti [...]. Yo te glorifiqué en la tierra, habiendo terminado la obra que me diste que hiciera. Y ahora, glorifícame Tú, Padre, junto a ti, con la gloria que tenía contigo antes que el mundo existiera» (Jn 17:1, 4-5, [énfasis del autor]). Él no era un Salvador enamorado, sino un Hijo lleno de adoración, que se esfuerza por atraer al mundo hacia su admiración por el Padre. Él no estaba muriendo para sentirse más importante, sino que para mostrar lo que es más importante: quién es más importante. Mientras entraba en el huerto de Getsemaní para ser traicionado, «se postró en tierra y oraba que si fuera posible, pasara de Él aquella hora. Y decía: “¡Abba, Padre! Para ti todas las cosas son posibles; aparta de mí esta copa, pero no sea lo que yo quiero, sino lo que Tú quieras”» (Mr 14:35-36). Dios lo  había llamado a morir en amor por ti, pero fue para agradar al Padre, para hacer la voluntad del Padre, para honrar y magnificar su sabiduría, soberanía y amor.

Viernes Santo: Jesús fue crucificado para Dios

No te equivoques, si Jesús es tu Señor, Salvador y Tesoro, Él murió por ti. Él cargó tus dolores (Is 53:4); Él llevó tus penas (Is 53:4); Él fue traspasado por tus transgresiones (Is 53:5); Él fue molido por tus iniquidades (Is 53:5); por sus heridas, fuiste sanado (Is 53:5); tu deuda fue clavada con Él en la cruz (Col 2:14); y Él murió porque te amó: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1Jn 4:10). Sin embargo, Él murió por ti para glorificar al Padre. Él fue «obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Fil 2:8). «Pero quiso el Señor quebrantarlo, sometiéndolo a padecimiento» (Is 53:10). Y porque Jesús se sometió a sí mismo a la voluntad del Padre, el Padre «lo exaltó hasta lo sumo, y le confirió el nombre sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre» (Fil 2:9-11, [énfasis del autor]). Incluso cuando Jesús fue exaltado, al otro lado de su crucifixión, sobre todo otro nombre, Él era exaltado para la gloria de otro: para la gloria del Padre.

Domingo de Resurrección: Jesús fue resucitado para Dios

Jesús fue traicionado para glorificar al Padre; fue crucificado para la gloria de Dios el Padre y cuando resucitó (resucitando nuestra esperanza por perdón, vida y felicidad) lo hizo para la gloria de Dios. Como dice Pablo: «Él fue manifestado en la carne, vindicado en el Espíritu, contemplado por ángeles, proclamado entre las naciones, creído en el mundo, recibido arriba en gloria» (1Ti 3:16, [énfasis del autor]). Pablo en realidad dice: «Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre» (Ro 6:4, [énfasis del autor]). La resurrección de Cristo estaba tan envuelta en la glorificación del Padre que Pablo puede decir que Cristo fue resucitado a través o para la gloria. En el único más grande acto de intervención divina (más grande que construir montañas o que esculpir valles en la tierra; más grande que poner las estrellas en el cielo o que formar las galaxias; más grande que crear al hombre desde el polvo) el Padre estaba revelando su gloria al resucitar a su Hijo. Él resucitó «el resplandor de su gloria» de la tumba a la majestad (Heb 1:3; ver también 1P 1:21). A la gloria y para la gloria.

Fuiste salvado para Dios

Que la gloria de Dios sea el propósito más grande de la Semana Santa en lo absoluto disminuye la buena noticia para ti en la vida, la traición, la crucifixión y la resurrección de Cristo. Nuestra carne quiere desesperadamente ser la perla de mayor precio en la historia del Evangelio (el tesoro escondido en el campo por el cual Dios vendió todo para tenernos). Cualquier persona no creyente puede creer en un evangelio que nos haga sentir así; que nos haga ver así de gloriosos. El amor en ese evangelio, sin embargo, palidece en comparación con el amor de Dios en el verdadero Evangelio. En lugar de adularnos a nosotros y a nuestro valor, Dios nos acerca a Él en amor (a pesar de lo que valgamos debido a nuestro pecado) para hacernos una imagen de su valor que brilla por siempre. Él le cuenta al mundo sobre su gloria por medio de ti. Él lo hace por medio de montañas y océanos, estrellas y galaxias, a través del cielo y del infierno y lo hace por medio de ti. Debido a Cristo, Él se glorifica a sí mismo al amarte, no al maldecirte. Cristo fue traicionado para la gloria de Dios, porque al ser traicionado, Dios pudo adoptar a pecadores como nosotros como hijos e hijas preciados «para alabanza de la gloria de su gracia» (Ef 1:5-6). Cristo fue crucificado para la gloria de Dios, porque al ser crucificado Él pudo llevarnos a Dios (1P 3:18). Cristo fue resucitado para la gloria de Dios, porque al ser resucitado Dios nos dio vida con Él (Ef 2:5) y le muestra al mundo «las sobreabundantes riquezas de su gracia por su bondad para con nosotros» (Ef 2:7, [énfasis del autor]). La gloria de Dios brilla con más fuerza en la historia de su amor por ti: misericordia inexplicable, gracia soberana, bondad inconmensurable, fidelidad inquebrantable, todo ello obrando para ti con el fin de decir algo impresionante acerca de Él.
Marshall Segal © 2018 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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Si tan solo pudiéramos ver los domingos desde el cielo
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Si tan solo pudiéramos ver los domingos desde el cielo

¿Alguna vez te has encontrado a ti mismo dejando pasar la mañana del domingo? ¿Alguna vez la promesa de la semana que viene ha comenzado a eclipsar la maravilla de reunirse con el pueblo de Dios? Probablemente, no desprecias a la iglesia, pero quizás todavía suspiras en silencio por el descanso extra de esa tarde. Tal vez anhelas que comience otra semana. La tentación aparece, a veces, para dar por sentado los domingos y comenzar a ansiar, en su lugar, lo que viene el lunes: rutinas, relaciones, eventos, actividades, incluso, quizás, el trabajo. Lentamente, la iglesia, casi de manera imperceptible se transforma en una interrupción en la semana, en lugar de ser la culminación. ¿Cómo la reunión semanal que inspira el asombro del pueblo de Dios es sacado del centro de atención como si fuera una inconveniente intromisión en el flujo de nuestras vidas? A menudo, se debe a que hemos comenzado a adorar a algo más el resto de la semana.

Deseando que la adoración termine

La tentación de dejar pasar la adoración comunitaria (y solo ir por inercia) no es nueva. Cuando el pueblo del antiguo pacto de Dios se rebeló contra Él, adorando a su dinero y robándole a los pobres, el profeta Amós oyó sus maquinaciones. Él escribe:

Oigan esto, los que pisotean a los menesterosos, y quieren exterminar a los pobres de la tierra, diciendo:

«¿Cuándo pasará la luna nueva Para vender el grano, Y el día de reposo para abrir el mercado de trigo...» (Am 8:4–5).
¿Cuándo se acabará la adoración comunitaria, para que podamos hacer lo que realmente queremos? Los atraparon dejando de lado la adoración para hacer lo que realmente amaban. Se quejaban mientras esperaban y esperaban en el centro de atención. Las últimas palabras de cada reunión se convertían en las más dulces, porque significaba que finalmente eran despachados. ¿Ves cómo sus corazones funcionan? Ellos no se saltaban la adoración. ¡Dios nos libre! Ellos observaban rigurosamente la luna nueva y los rituales del día de reposo, porque querían continuar con sus vidas reales. Más específicamente, querían volver a hacer dinero (y a cualquier costo). Sus palabras traicionan su piedad, mostrando que, en realidad, su adoración ocurría en cualquier día menos en el de reposo. El dinero era su dios y la adoración comunitaria era simplemente otro desvío.

Mandados a disfrutar a Dios

La luna nueva se refiere a la adoración mensual que se realiza en Israel (Nm 28:11-15). Dios le ordenó a Moisés a marcar el comienzo de cada mes con un sacrificio. «Ofrenda encendida, aroma agradable al Señor» (Nm 28:8). Esencialmente, Israel ofrecía una cena mensual para el Dios Todopoderoso, para expiar pecados y para anunciar nuevamente su deleite y su devoción a Él. La ofrenda del día de reposo se realizaba cada semana (Nm 9:10), desde que Israel vagaba en el desierto (Ex 16:23-29). Dios le dijo a Moisés: «Acuérdate del día de reposo para santificarlo. “Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día es día de reposo para el Señor tu Dios”» (Ex 20:8-10). A quienes ignoraron el mandamiento se les daba muerte (Nm 15:32-36). Dios mismo apartó este día para Dios, para la alegría de su pueblo. Dios les ordenó que cesaran sus labores diarias y tomaran una pausa para adorarlo. Puesto que Dios ordena nuestra adoración, sutilmente puede comenzar a sentirse solo como otra obligación en lugar de un privilegio incalculable y sin precedentes. No te equivoques, es una obligación. El Dios del cielo y de la tierra nos ordena ir, pero al hacerlo, no nos pone una carga. Él nos manda a la verdadera gloria y al gozo perdurable. ¿Existe otra ley que haya sido más dulce? Cuando Dios nos manda a adorar, Él nos manda a hacer aquello que nos hace más felices, como obligarnos a pasar un día extra de verano a la orilla de nuestra playa favorita. Este mandamiento no es una carga; es increíblemente hermoso.

Advertencia para ellos

Por muy irresistible que sea la promesa, la advertencia es en cada aspecto igual de severa. Si comenzamos, sutil o abiertamente, a despreciar la adoración comunitaria de nuestro Dios porque apreciamos más los pastos más verdes y más rentables de la semana, Dios lo nota. Israel era tan saludable, rico y próspero como siempre, lo que les daba un sentido falso de seguridad e independencia. La adoración se había convertido en solo un extra (y ellos estaban considerando quitar las cosas extras). Cuando Israel comenzó a pasar por alto el día de reposo, Dios les advirtió:
«Vienen días», declara el Señor Dios, «en que enviaré hambre sobre la tierra, No hambre de pan, ni sed de agua, Sino de oír las palabras del Señor. La gente vagará de mar a mar, Y del norte hasta el oriente; Andarán de aquí para allá en busca de la palabra del Señor, Pero no la encontrarán…» (Am 8:11–12)
Esta hambruna no será de comida o agua, sino que de Dios. Dios les quitará su comida y su agua, incluso sus hogares, pero esto será mucho más grave; devastadoramente grave. Él se retirará, porque dieron por sentada la adoración. Pronto, ellos se encontrarán a sí mismos buscando su voz en toda la tierra; buscarán, no importa con cuánta persistencia, en vano. Al haber triunfado como un pueblo, sin haber hecho nada para merecerlo, para tener al verdadero Dios como su Dios, habían saqueado las minas. Para hacer un par de centavos extra. Ahora, sus ojos y sus oídos habían sido cerrados para bien.

Advertencia para nosotros

La advertencia y la promesa no son menos graves para nosotros hoy: cualquiera de nosotros que desprecie la adoración, sutil o abiertamente, invita al horror de un mundo sin Dios. Si ese mundo no suena tan horrible para nosotros, somos los más vulnerables de todos. Quizás nunca lo digamos en voz alta, pero algunos de nosotros no nos molestaría un cielo sin Dios, mientras sea una versión mejor, más sólida, más segura de lo que tenemos ahora. Es por eso que los domingos se sienten como un inconveniente y son un poco molestos. Hemos comenzado a tratar a Dios como una buena adición a una buena vida, en lugar de verlo como aquel que hace que valga la pena tener vida. Tristemente, muchos no se darán cuenta cuán terrible es estar apartados de Dios para siempre hasta que lo busquen por cielo y tierra en vano. Algunos irán a la tumba suponiendo que Él tiene un lugar para ellos (Mt 7:21), y luego se quedarán levantando desesperadamente su registro de asistencia a la iglesia (Mt 7:22). ¿Cuándo este servicio se terminará? Si el pensamiento persiste, imagina a Dios haciéndote a ti, a tu familia y a tu iglesia morir de hambre por su Palabra. Imagínalo dejándote fuera del nuevo cielo y la nueva tierra, donde su Palabra reemplazará al sol (Is 60:19). Luego recuerda la maravilla de que Dios se ha dado a sí mismo y a su Palabra a nosotros, nos ha adoptado en su familia y amorosamente nos ha ordenado parar en un trabajo lo suficientemente largo para verlo y disfrutarlo a Él nuevamente en adoración.

Reunión incomparable

¿Cómo evitamos caer en tal tentación, locura y juicio? Al apreciar al Dios de adoración por sobre todo lo demás y al ver los domingos como lo veremos desde el cielo un día. Como John Piper escribe sobre la adoración en el Nuevo Testamento:
No existe reunión como esta en el mundo: un pueblo de la propia posesión de Dios, escogido antes de la fundación del mundo, destinado a ser como el Hijo de Dios, comprado con sangre divina, absuelto y aceptado ante la corte del cielo, una nueva creación en la tierra, donde el Creador del universo habita, santificado por el cuerpo de Jesús, llamado a gloria eterna, heredero del mundo, destinado a gobernar con Cristo y a juzgar ángeles. Nunca ha existido una reunión como esta. Era incomparable en la tierra (Exultación expositiva).
Somos invitados a esa reunión cada fin de semana. ¿Cómo podemos pasar por alto las mañanas del domingo a menos que nos hayamos adormecido ante la constelación de incomparables bellezas que vienen juntas en esos noventa preciados minutos? En cierto sentido real, lo que experimentamos juntos en la adoración es lo más cercano al cielo que llegamos a ver en esta vida. No importa cuán familiar o común pueda sentirse en una semana determinada, lo que pasa el domingo en la mañana es una maravilla que debe generarnos expectativa, debe llevarnos a contemplarlo y debemos disfrutarlo.
Marshall Segal © 2019 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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La gran recompensa que se encuentra en las relaciones amorosas cristianas
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La gran recompensa que se encuentra en las relaciones amorosas cristianas

Hice muchas cosas mal en mis relaciones amorosas, pero mientras recuerdo mis errores y mis fracasos (tener relaciones amorosas demasiado joven, ir de relación en relación, ser deshonesto conmigo mismo o con otros, fallar en establecer y mantener límites, no escuchar a amigos ni a familiares, no valorar ni buscar la pureza) un error resalta por sobre los otros, y explica los demás de muchas formas: Mis relaciones amorosas fueron principalmente una búsqueda de intimidad con una novia, no una búsqueda de claridad para saber si me casaría con ella. En mis mejores momentos, busqué claridad por medio de la intimidad, pero en muchas otras ocasiones, si es que soy honesto, solo quería intimidad al precio que fuera. «La búsqueda del matrimonio» era un suéter abrigador y justificador que ponía sobre mi consciencia cuando las cosas comenzaban a ir demasiado lejos física y emocionalmente. Sin embargo, aún la claridad por medio de la intimidad perdía el sentido y lo entendía al revés. Debí haber buscado la claridad en las relaciones amorosas, y luego la intimidad en el matrimonio. Esa simple ecuación nos habría salvado a mí y a las chicas con las que salí de todo tipo de dolor, angustia y remordimiento.

Tu último primer beso

La mayoría de nosotros tiene relaciones amorosas porque quiere intimidad. Queremos sentirnos cerca de alguien. Queremos ser conocidos y amados profundamente. Queremos tener sexo. Queremos compartir la vida con alguien del sexo opuesto que se va a involucrar y va a invertir en lo que haremos y en lo que nos importa. Con la motivación correcta, en la medida correcta y en el tiempo correcto, todos estos son buenos deseos. Dios nos creó a muchos para querer estas cosas, y por lo tanto, quiere que deseemos estas cosas: con la motivación correcta, en la medida correcta y en el tiempo correcto. Piensa sobre el último primer beso que diste en una relación (si es que ya besaste a alguien). ¿Por qué lo hiciste? Sabías que estabas arriesgando algo, que esa no era la manera más segura de entregarte a alguien. ¿Qué era lo que te estaba guiando más en esos breves momentos antes de que dejaras que te tocaran los labios? Para mí, cada primer beso estaba más motivado por mis propios deseos que por los deseos de Dios para mí. Así fue con cada primer beso hasta que besé a mi esposa por primera vez, segundos después de pedirle que fuera mi esposa. Antes de Faye, había permitido que lo que yo quería tuviera mayor peso que lo que yo sabía que Dios quería, y lo que sabía que era mejor para la chica con la que estaba saliendo. Anhelaba intimidad y sabía que la encontraría en el matrimonio. Así que busqué «matrimonio» en Google Maps, me lancé a la autopista e ignoré todos los límites de velocidad. En lugar de esperar para llegar a mi destino y disfrutar la intimidad física y emocional, me hice a un lado y compré algo más rápido y más barato al lado de la calle. La intimidad (romántica o de otro tipo) es un don hermoso y preciado que Dios le ha dado a sus hijos. Sin embargo, como muchos de los buenos regalos de Dios, debido a nuestro pecado, la intimidad puede ser peligrosa. El corazón humano está diseñado para querer intimidad, pero también está diseñado para corromperla (exigir intimidad de maneras equivocadas o en el momento incorrecto y a tener expectativas erróneas de ella). Esto significa que la intimidad entre pecadores es peligrosa, puesto que tendemos, por naturaleza, a herirnos los unos a los otros: hacer lo que se siente bien, en vez de preocuparnos por la otra persona; prometer demasiado muy pronto, en vez de ser paciente y lento para hablar; poner nuestra esperanza, identidad y valor el uno en el otro en vez de en Dios. La intimidad nos hace vulnerables y el pecado nos hace peligrosos. La combinación de ambos, sin las promesas del pacto, pueden ser la fórmula para el desastre en las relaciones amorosas.

Distintas recompensas en el matrimonio y en las relaciones amorosas

Dios es la mayor recompensa en la vida para cualquier creyente (a cualquier edad, en cualquier estado de la vida y cualquiera sea nuestro estado civil). No obstante, ¿existe una recompensa única para cada creyente en el matrimonio? Sí, es la intimidad sexual y emocional centrada en Cristo con otro creyente. Ante Dios, dentro del pacto del matrimonio, dos vidas, dos corazones, dos cuerpos se hacen uno. Un esposo y una esposa experimentan todo en la vida como una nueva persona. El concepto de «pareja» ya no los describe lo suficientemente bien. Sí, aún son ellos mismos, pero están demasiado cerca ahora para separarse de nuevo (Mr 10:9). Dios los ha hecho uno. Sus cosas ya no son propias. Su tiempo no es de cada uno. Incluso sus cuerpos no les pertenecen a ellos mismos (1Co 7:4). Ahora ellos comparten y disfrutan todo juntos. El sexo es la experiencia intensa y la imagen de su nueva unión, pero es solo una pequeña porción de toda la intimidad que ahora disfrutarán juntos.

Seguridad para la intimidad

La razón por la que ese tipo de intimidad es la recompensa del matrimonio y no de nuestras relaciones de aún no casados es porque ese tipo de intimidad nunca está a salvo en ninguna parte fuera del pacto de por vida llamado matrimonio. Nunca. Existen muchos contextos en los que la intimidad romántica se siente segura fuera del matrimonio, pero nunca lo es. Hay mucho en juego en nuestros corazones y demasiados riesgos involucrados sin un anillo ni promesas públicas. Sin las promesas hechas ante Dios, mientras más nos adentramos en la intimidad con otra persona, más nos exponemos a nosotros mismos a la posibilidad de ser abandonados, traicionados y defraudados. En un matrimonio centrado en Cristo, esos mismos riesgos no existen. Estamos juntos (en salud y enfermedad, en paz y en conflicto, en desilusión, en tragedia e incluso en fracaso) hasta que la muerte nos separe. Eso significa que la intimidad es una experiencia segura y apropiada en el matrimonio. Sin duda, el matrimonio no es perfectamente seguro. Las personas casadas siguen siendo pecadoras, capaces de herirse mutuamente, incluso hasta llegar al punto del abuso y del divorcio. Sin embargo, las personas casadas fieles no son personas que abandonan a otras, así como Dios no es un Dios que abandona.

La gran recompensa de las relaciones amorosas

Mientras que la gran recompensa en el matrimonio es la intimidad centrada en Cristo, la gran recompensa en las relaciones amorosas es la claridad centrada en Cristo. La intimidad es más segura dentro del contexto del matrimonio, y el matrimonio es más seguro dentro del contexto de la claridad. Si queremos tener y disfrutar una intimidad centrada en Cristo, necesitamos casarnos. Y si queremos casarnos, necesitamos buscar claridad sobre con quién nos vamos a casar. No buscamos la claridad al sumergirnos en la intimidad. El tipo correcto de claridad es un medio para llegar al tipo correcto de intimidad, no al revés. Una claridad cuidadosa, llena de oración y seriedad producirá intimidad apasionada, perdurable y saludable. Cualquier otro camino a la intimidad la saboteará, haciéndola trivial, frágil y poco fiable. Mucho del dolor y de la confusión que sentimos en las relaciones amorosas es el resultado de tratar a las relaciones amorosas como una práctica para el matrimonio (claridad por medio de la intimidad), en lugar de que sean el discernimiento hacia el matrimonio (claridad ahora, intimidad después). En las relaciones amorosas, a menudo experimentamos con la intimidad hasta que básicamente se siente como matrimonio, y luego nos casamos. El riesgo podría parecer valer la pena (e incluso necesario) debido a lo mucho que queremos casarnos (o al menos todo lo que implica estar casados). Sin embargo, en la realidad, los riesgos no valen la pena, y de seguro no son necesarios. Dios no dispuso que arriesgáramos tanto en nuestra búsqueda del matrimonio. De seguro, en cierto grado, siempre quedamos vulnerables mientras comenzamos a conocer a alguien y desarrollamos una relación, pero Dios quiere que disfrutemos la plenitud de la intimidad dentro de un pacto, no en algún laboratorio científico de amor. En las relaciones amorosas cristianas, no probamos el matrimonio para ver si nos sienta bien; más bien, intentamos encontrar a alguien para casarnos.

Las preguntas que debemos hacer

Busca claridad y pospón la intimidad. ¿Cómo se ve esto en la práctica? Una prueba para saber si estás buscando claridad o intimidad es estudiar las preguntas que formulamos en las relaciones amorosas. Hacemos preguntas diferentes cuando buscamos claridad más que intimidad. ¿Qué tan lejos podemos llegar? ¿Hasta cuán tarde podemos pasar tiempo juntos? ¿Qué tipo de caricias son permitidas? ¿Es lo suficientemente cristiano/cristiana como para salir con él/ella? Versus: ¿Ama a Jesús más de lo que me ama mí? ¿Cumple sus promesas? ¿Veo que tiene dominio propio o transa para obtener lo que quiere? ¿Está dispuesto/dispuesta a decirme amorosamente que estoy equivocado/equivocada? Es posible que en las relaciones saludables se hagan las preguntas del primer grupo, pero estarán muy abajo en la lista. Cuando vamos tras la intimidad sin la claridad, nos hacemos el primer grupo de preguntas y a menudo pasamos por alto o minimizamos el segundo grupo. Sin embargo, cuando buscamos la claridad, comenzamos a hacernos nuevas preguntas. A continuación les comparto algunos ejemplos de preguntas que puedes hacer en tu búsqueda por claridad:
  • ¿Que han aprendido el uno del otro últimamente (historias, hábitos, rasgos de carácter)?
  • ¿Cómo han crecido ambos en su relación con Jesús desde que comenzaron a tener una relación?
  • ¿Ambos están comprometidos a abstenerse de cualquier forma de inmoralidad sexual?
  • ¿Qué señales de advertencia has visto, si es has visto alguna, en tu relación?
  • ¿Qué está impidiendo que se casen?
  • ¿Son guiados por sus propios deseos o por los deseos que Dios tiene para ustedes?
  • ¿De qué manera tu relación es diferente a una relación no cristiana?

Preguntas como estas (y un sinfín de otras que son similares) deja al descubierto lo que realmente se desea en las relaciones amorosas y dónde somos propensos a dejar de lado a Jesús. Son las barandas que nos mantienen lejos de la zanja, protegiéndonos de la impaciencia y de la impureza. Sin embargo, también son instrumentos de verdadero amor; las partes bien hechas que mantienen nuestro auto en la autopista hacia el matrimonio. Nos mantienen enfocados en el lugar hacia donde nos estamos dirigiendo y en lo que realmente importa. Son los agentes de claridad.

Marshall Segal © 2017 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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Él no está muerto
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Él no está muerto

«¿Por qué buscan entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado» (Lucas 24:5-6).

Los creyentes que vieron al Cristo resucitado con sus propios ojos y lo tocaron con sus propias manos pasaron el resto de sus vidas hablando sobre la resurrección. De seguro, predicaron la crucifixión y la propiciación (la bisagra central del mensaje del Evangelio), pero el mensaje de la cruz no fue lo más controversial que tenían que decir. Las afirmaciones hechas por los apóstoles sobre la muerte de Jesús eran extremadamente controversiales, pero ellos no fueron perseguidos y martirizados por lo que dijeron sobre su muerte, sino por lo que dijeron que sucedió después. Los sermones en Hechos están colmados del mensaje de la resurrección, mostrando una y otra vez la importancia que tenía para aquellos que siguen a Cristo. Casi nadie ponía en duda que Jesús había muerto; no obstante, los judíos se rehusaron violentamente a creer que resucitó tres días después. Los dos bloques de madera no ofendían tanto a los judíos como lo hacía la tumba vacía. El bloque de tropiezo más grande en realidad fue una roca, que fue quitada y que predicaba la resurrección de Cristo. Jesús no está muerto. Y cuando resucitó de la tumba, contra todas las mentiras y los esquemas de Satanás, él te garantizó las realidades más grandes del mundo. Dos mil años después, la resurrección aún predica el compromiso incesante de Dios de ganar cada victoria por ti, dentro de las cuales están estas siete victorias para el Domingo de Pascua que compartiré a continuación:
1. Dios venció la muerte por ti
Satanás conspiró con Judas, con Pilato y con los líderes judíos para asesinar al Autor de la vida; sin embargo, Dios lo resucitó de la muerte (Hch 3:15), «…poniendo fin a la agonía de la muerte, puesto que no era posible que él quedara bajo el dominio de ella» (Hch 2:24). Y si crees en él, la muerte tampoco puede mantenerte bajo su dominio: «Jesús le contestó: "Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá» (Jn 11:25). Jesús resucitó para demostrar que había vencido a la muerte. Hasta que resucitó, la muerte parecía haber devorado cada gramo de vida y de esperanza de generación tras generación. «Porque la paga del pecado es muerte» (Ro 6:23) y «no hay justo, ni aun uno» (Ro 3:10). Por lo tanto, ¿cómo pueden tener los pecadores alguna esperanza de escapar de la muerte? Siglos antes Dios había prometido vida eterna, pero la resurrección reveló que era segura para sus hijos e hijas escogidos, redimidos y adoptados. Aunque muchos habían vivido, creído y muerto antes que él, Jesús fue el primogénito de la resurrección (Col 1:18). Y si hay un primero, Dios pretende que más lo sigan.
2. Dios ha comprado todas sus promesas para ti
Jesús resucitó para demostrar que las promesas y las advertencias del Antiguo Testamento  realmente venían de Dios. Las promesas de Dios siempre han sido el único sustento de esperanza para los que vivimos bajo la pena de muerte suprema. No obstante, la resurrección llevó a esas promesas hacia una definición más completa y superior.

…Le dieron muerte, colgándolo en una cruz. Pero Dios lo resucitó al tercer día e hizo que se manifestara, no a todo el pueblo, sino a los testigos que fueron escogidos de antemano por Dios, es decir, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de los muertos…De él dan testimonio todos los profetas, de que por su nombre, todo el que cree en él recibe el perdón de los pecados (Hechos 10:39-43).

Las promesas simplemente parecían demasiado buenas para ser ciertas (hasta que vemos a Jesús resucitar de entre los muertos). De pronto, lo que parecía imposible para el hombre fue maravillosamente posible y garantizado con Dios.
3. Dios juzgará cada pecado cometido por ti y en tu contra
Mientras el apóstol Pablo esperaba en Atenas, él predicaba, «…Dios declara ahora a todos los hombres, en todas partes, que se arrepientan. Porque él ha establecido un día en el cual juzgará al mundo en justicia, por medio de un Hombre a quien él ha designado, habiendo presentado pruebas a todos los hombres cuando lo resucitó de entre los muertos» (Hch 17:30-31). Jesús resucitó para demostrar que un día él juzgará todos los pecados: cada pecado que hemos cometido y cada pecado que han cometido en nuestra contra que nos hace cuestionar a Dios. ¿Prevalecerá la justicia? ¿Será todo borrado y arrojado al infierno? Cuando Dios resucitó a Jesús de la muerte, él dejó en claro que cada pecado sería castigado: en la cruz para todo aquel que se arrepienta y en juicio para todos aquellos que lo rechacen. Si estás vivo con Cristo, ahora no hay condenación para ti (Ro 8:1) y Dios no pasará por alto ni excusará ningún pecado cometido contra ti.
4. Dios restaurará todo lo que esté mal y roto frente a ti
El apóstol Pedro llama a sus hermanos judíos a que vayan a Jesús, diciéndoles, «…Por tanto, arrepiéntanse y conviértanse, para que sus pecados sean borrados, a fin de que tiempos de alivio vengan de la presencia del Señor, y él envíe a Jesús, el Cristo designado de antemano para ustedes. A él el cielo debe recibir hasta el día de la restauración de todas las cosas, acerca de lo cual Dios habló por boca de sus santos profetas desde tiempos antiguos» (Hch 3:19-21). Jesús resucitó para demostrar que finalmente regresaría y que arreglaría todas las cosas. Este último año nos da otros doce meses de evidencia de que este mundo está roto y que continúa rompiéndose. Y esta Pascua es otra afirmación de que nuestra esperanza está tan viva como Jesús. El mundo estará libre de pecado, incluso de sus motivaciones y consecuencias. En el plan sabio y amoroso de Dios, ese día no es hoy. Sin embargo, hoy es un gran día para detenernos al lado de la tumba vacía y recordar lo que seremos un día.
5. Tu esclavitud al pecado es grande, pero Dios realmente puede liberarte
Pedro sanó en el nombre sanador de Jesús a un hombre que había nacido cojo, invitándolo a caminar después de años sin poder hacerlo. Los sacerdotes fueron a arrestar a Pedro y a Juan, «indignados porque enseñaban al pueblo, y anunciaban en Jesús la resurrección de entre los muertos» (Hch 4:2). En custodia y bajo juicio, Pedro dice valientemente:

Sepan todos ustedes, y todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesucristo el Nazareno, a quien ustedes crucificaron y a quien Dios resucitó de entre los muertos, por él, este hombre se halla aquí sano delante de ustedes. Este Jesús es la piedra desechada por ustedes los constructores, pero que ha venido a ser la piedra angular. En ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, en el cual podamos ser salvos (Hechos 4:10-12).

Jesús resucitó para demostrar que realmente puedes ser salvado de tu pecado. No mereces la salvación y nunca podrás lograrla por tus propias fuerzas ni tu propia determinación. Si Cristo no resucitó de entre los muertos, la esperanza habría yacido junto a él en la tumba. Sin embargo, no está muerto, y por lo tanto, tenemos esperanza. El pecado nos condena a un juicio eterno y a una tortura interminable (Mt 13:41-42; Ap 14:11). Y el pecado nos esclaviza despiadadamente a la muerte (Ro 6:16-20; Ef 2:1). No obstante, Dios resucitó a Cristo para cancelar nuestra deuda, clavándola en la cruz (Col 2:14) y para librarnos del pecado que cometimos contra Dios. Pablo predica sobre la resurrección diciendo:

Porque David… durmió, y fue sepultado con sus padres, y vio corrupción. Pero aquél a quien Dios resucitó no vio corrupción. Por tanto, hermanos, sepan que por medio de él les es anunciado el perdón de los pecados; y que de todas las cosas de que no pudieron ser justificados por la Ley de Moisés… (Hechos 13:36-39).

Por nuestro perdón y libertad, Cristo murió, resucitó y nos liberó (Ga 5:1).
6. Dios no solo te rescatará a ti, sino que a personas de todo el mundo.
Jesús era el Mesías prometido de Israel, pero no murió ni resucitó solo por el Israel étnico. Nuevamente Pablo predica:

…Continúo hasta este día testificando tanto a pequeños como a grandes, no declarando más que lo que los profetas y Moisés dijeron que sucedería: que el Cristo había de padecer, y que por motivo de su resurrección de entre los muertos, él debía ser el primero en proclamar luz tanto al pueblo Judío como a los Gentiles (Hch 26:22-23).

Jesús resucitó para demostrar que Dios había escogido a un pueblo de cada nación del mundo (no solo de Israel, sino que también de Asia, África y América). Su sangre fue suficiente para comprar personas de cada tribu, lengua, pueblo y nación (Ap 5:9). Su muerte no solo nos reconcilia con Dios, sino que nos reconcilia entre nosotros traspasando cualquier barrera y límite. Y su resurrección es lo suficientemente poderosa para dar esperanza a personas de toda la tierra.
7. Ningún mal puede interrumpir el desarrollo de los buenos planes que Dios tiene para ti
La muerte de Jesús parecía ser la única gran derrota que había experimentado el pueblo de Dios. En lugar de ascender a un trono y conquistar a sus enemigos, el Rey prometido había sido humillado y crucificado. Sin embargo, en el momento preciso cuando parecía que el mal había ganado, Dios estaba blandiendo su espada contra cada gramo de maldad para lograr su mayor victoria. Como Pedro predica a los oficiales judíos:

…Jesús el Nazareno… fue entregado por el plan predeterminado y el previo conocimiento de Dios, y ustedes lo clavaron en una cruz por manos de impíos y lo mataron. Pero Dios lo resucitó, poniendo fin a la agonía de la muerte, puesto que no era posible que él quedara bajo el dominio de ella (Hch 2:22-24).

Jesús resucitó para demostrar que Dios es soberano incluso sobre el peor mal en el mundo (Hch 2:23). En el último acto de rebelión e injusticia, Dios estaba dando vuelta toda la historia, con amor, para salvar y satisfacer a su pueblo. Al resucitar a su Hijo de la muerte en la Pascua, él prometió obrar todas las cosas, incluso las cosas más difíciles y más dolorosas en tu vida, por el bien de todos sus hijos e hijas.
Marshall Segal © 2017 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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¿Te pesa tu historial de relaciones amorosas?
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¿Te pesa tu historial de relaciones amorosas?

¿Te pesa tu historial de relaciones amorosas? El 62 % de los cristianos dice que sí. Recientemente, Crossway encuestó a siete mil lectores sobre la soltería y las relaciones amorosas. Los datos examinaron nuestros deseos de estar casados, nuestros niveles de satisfacción en las relaciones y las consecuencias espirituales de las tendencias de nuestras relaciones amorosas. Lo que resaltó para mí fue el 62 %. Casi dos tercios de los cristianos que aún no se casan expresan pesar por sus relaciones previas. Eso significa que las preguntas críticas acerca de las relaciones amorosas no solo tienen que ver sobre saber con quién salir, cómo hacerlo y cuándo casarse, sino que con qué hacer cuando te equivocas. La realidad es que la mayoría de nosotros se equivoca en algún punto a lo largo del camino. Comencé a tener relaciones amorosas muy joven (a los 11 años). Salí demasiado con chicas (seis relaciones serias antes de que me graduara de la secundaria). Hice demasiadas promesas y crucé muchísimos límites. Si pudiera deshacer algo de lo que hice o hacer cualquier cosa de nuevo en mi vida, sería mi historial de relaciones amorosas. El pesar que llevamos a menudo se siente como si pesara más que nosotros, pero eso es porque no fuimos diseñados para llevarlo y ciertamente tampoco para cargarlo solos. En medio de la lucha contra mi propio pesar, dos versículos en particular han renovado y revolucionado la forma en la que proceso mis fracasos y errores del pasado.

Cuando caigo

Puedo recordar exactamente donde estaba sentado en agosto del 2008, luchando con mi culpa, con mi vergüenza y con mi remordimiento por las relaciones fallidas y el pecado sexual. Me preguntaba si alguna vez podría superar mi historial roto, cuando un amigo me recitó de memoria Miqueas 7:8-9:

No te alegres de mí, enemiga mía. Aunque caiga, me levantaré, Aunque more en tinieblas, el Señor es mi luz. La indignación del Señor soportaré, Porque he pecado contra él, Hasta que defienda mi causa y establezca mi derecho. Él me sacará a la luz, Y yo veré su justicia.

Había leído estas palabras antes, pero nunca las había leído realmente. Fue como si estuviera escuchando nuevamente el Evangelio por primera vez. El profeta siente el peso de su pecado: «[...] la indignación del Señor soportaré, porque he pecado contra Él [...]» (pesar real, culpa real, vergüenza real). Las próximas palabras son las más deslumbrantes de toda la Biblia: «[...] hasta que defienda mi causa y establezca mi derecho». Pecamos contra Él; Él nos defiende. Él es el fiscal y nuestra defensa. Él nunca ha perdido un caso. Si eres tentado a permitir que el remordimiento roa tu esperanza, has perdido la visión de quién es tu Dios. Miqueas escribe un par de versos más adelante,

¿Qué Dios hay como tú, que perdona la iniquidad Y pasa por alto la rebeldía del remanente de su heredad? No persistirá en su ira para siempre, Porque se complace en la misericordia. Volverá a complacerse de nosotros, Eliminará nuestras iniquidades. Sí, arrojarás a las profundidades del mar Todos nuestros pecados (Miqueas 7:18–19).

Él no se queda en tu pasado; Él pasa por alto tus iniquidades. Él no tiene resentimiento y perdona tu pecado. Si tú eres de Él, Él se deleita en tenerte compasión. Él no mantiene un registro de tus transgresiones para lanzarlas contra ti en la corte. No, Él entierra cada pecado perdonado, pagado completamente con la sangre de su Hijo, al fondo del más profundo mar. Para nunca más ser desenterrado por nadie.

Dos tipos de pesares

Ahora, algunos pesares van al fondo del océano. Otros, necesitan ser clavados en la cruz primero. Por ejemplo, el apóstol Pablo escribe:

[...] pero ahora me regocijo, no de que fueron entristecidos, sino de que fueron entristecidos para arrepentimiento; porque fueron entristecidos conforme a la voluntad de Dios, para que no sufrieran pérdida alguna de parte nuestra. Porque la tristeza que es conforme a la voluntad de Dios produce un arrepentimiento que conduce a la salvación, sin dejar pesar; pero la tristeza del mundo produce muerte (2 Corintios 7:9-10).

El pesar del mundo (una tristeza por las consecuencias del pecado y no por el pecado en sí mismo) baja y fluye con aquello que nuestro pecado nos costó en esta vida, siendo algunos días más intensos en nuestras mentes y menos en otros. Finalmente, caerá como un maremoto cuando la muerte nos lleve a Dios. Sin embargo, el pesar conforme a la voluntad de Dios (una tristeza por la forma en que hemos ignorado, rechazado y ofendido a Dios) produce un arrepentimiento que vence a la muerte y disfruta de la eternidad. El pesar conforme a la voluntad de Dios anhela que Dios se vea más grande —primero en el perdón y luego en una rectitud llena de gracia (Sal 25:11)—. ¿Tu pesar por tu historial de relaciones amorosas te llevan hacia Dios y te alejan del pecado? Nunca alcanzaremos la perfección en esta vida, pero los hijos perdonados de Dios son hombres y mujeres que odian cada vez más su pecado y prefieren la rectitud. ¿Te duele tu pasado principalmente por lo que te costó tu pecado o por lo que le costó a Cristo?

¿Y ahora qué?

La Biblia no ronda sigilosamente alrededor de la culpa y del pesar. Isaías vio una visión de Dios que reveló la maldad del propio corazón del profeta. Él dice, «¡ay de mí! Porque perdido estoy, pues soy hombre de labios inmundos y en medio de un pueblo de labios inmundos habito, porque mis ojos han visto al Rey, el Señor de los ejércitos» (Is 6:5). Confrontado con la infinita perfección, poder y justicia, Isaías estaba deshecho. Su pesar lo deja como un charco en el suelo. Sin embargo, el Dios que calma las olas también levanta a los charcos:

Entonces voló hacia mí uno de los serafines con un carbón encendido en su mano, que había tomado del altar con las tenazas. Con él tocó mi boca, y me dijo: «Esto ha tocado tus labios, y es quitada tu iniquidad y perdonado tu pecado» (Isaías 6:6-7).

Tú culpa es quitada. Tu pecado es expiado. Si Dios mismo ha pagado por nuestros pecados y nos ha declarado libres de culpa, no tenemos derecho a revolcarnos más en la vergüenza. Desperdiciamos tanto tiempo deseando haber hecho todo diferente (haber elegido de manera diferente, haber dicho las cosas diferentes y haber tocado de forma distinta). Dios no nos llama a volver a hacer el ayer, sino que a hacer algo nuevo hoy (debido a su misericordia, en su gracia y para su fama). Por lo tanto, ¿qué deberías hacer? Isaías «[oyó] la voz del Señor que decía: "¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?" [...]» (Is 6:8). ¿Está el profeta demasiado avergonzado de su pecado para dar un paso adelante? No, él dice, «"Aquí estoy; envíame a mí,"» (Is 6:8). Una vez estuvo lleno de pesar; ahora, lleno de una ambición piadosa. No revolcándose, sino testificando. La vida de Isaías había recibido un nuevo propósito, una nueva dirección y una nueva esperanza. Su pasado se trata de Dios; su relaciones se tratan de Dios; su historia quebrada, pecadora y lamentable se habían convertido en un lienzo en el cual Dios mismo pintó una belleza única, innegable e incomparable. En vez de desperdiciarlo con culpa y vergüenza, Isaías enmarca y exhibe su lienzo para que lo vean tantos ojos y corazones como sea posible. Deja que tu pesar se transforme en otra razón para contarle a alguien sobre lo que Dios ha estado haciendo por ti. Encamina a otros en la senda que lleva fuera del pesar devastador del mundo hacia el poder sanador del pesar que proviene de Dios.

Cómo tener relaciones amorosas con un historial

Si el Dios santo y soberano puede amarte y usarte a pesar de tu historial amoroso, entonces puedes aprender a amar de nuevo. Cuando Él te lleva a otra relación, no tienes que pretender que tus relaciones previas nunca sucedieron. Es más, esconder tu pasado es esconder la gracia y la misericordia que Dios te ha mostrado (minimizar lo que Él ha hecho en tu vida) y te arriesgas a caer en el mismo pecado. Si vas a ser verdaderamente feliz en el matrimonio, tú (y tu cónyuge) necesitarás volver a repetir profunda y alegremente esta confesión:

Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, entre los cuales yo soy el primero. Sin embargo, por esto hallé misericordia, para que en mí, como el primero, Jesucristo demostrara toda su paciencia como un ejemplo para los que habrían de creer en él para vida eterna (1 Timoteo 1:15-16).

Tu historial no te descalifica para tener una relación amorosa o para casarte. Te califica como un candidato para su gracia y como un embajador del verdadero amor —el tipo de amor que muere para embellecer de nuevo a su amada (Ef 5:25)—. Tu pasado precisamente puede ser lo que Dios use para prepararte más para el matrimonio (si permites que tu pasado te lleve a Él, a confesar tus pecados, a huir de la tentación, a luchar para amar de una manera diferente y a tener relaciones amorosas de una manera que puedas mostrar más de Jesús).
Marshall Segal © 2017 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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Mi oración para el próximo año
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Mi oración para el próximo año

¿Qué sueños tienes para el nuevo año? ¿Qué deseas que sea diferente en ti, en tu matrimonio, en tu familia, en tu trabajo o en tu ministerio?

Algunos de nosotros hemos pensado sobre esto desde el pasado enero cuando nuestras nuevas y brillantes decisiones ya se opacaron y comenzaron a llenarse de moho. ¿Por qué nuestras buenas decisiones parecen pudrirse más rápido que un litro de leche o una caja de huevos?

Muchísimas de ellas fallan porque nosotros fallamos en orar. Comenzamos con valentía, ambición e incluso algo de euforia. Podríamos orar por nuestra(s) decisión(es) el primer día de enero, como cuando oramos en el estacionamiento del automóvil antes de un viaje largo. Sin embargo, incluso antes de llegar a la autopista del otro año, ya hemos dejado de lado la oración, y con eso, el poder que se necesita para perseverar en cualquier nuevo hábito y patrón. Sin la oración para tener la ayuda de Dios, nuestras decisiones más significativas se desvanecerán y fallarán todas al mismo tiempo, o incluso peor, parecerán ser exitosas, pero fracasarán en decir cualquier cosa importante sobre Dios. Antes de que tomes cualquier nueva decisión, decide orar. Si no decides hacer nada más este año, decide buscar cambiar y crecer por medio de la oración y no por medio de tu propia decisión. Con solo un par de horas para que se acabe este año y para que uno nuevo comience rápidamente, pienso menos sobre lo que haré diferente y más sobre todo lo que Dios podría hacer en mí y por medio de mí. Los cambios que más necesito en mi vida (mi vida devocional, mi matrimonio, mi alimentación, mi ejercitación, mi ministerio) no pueden comenzar ni terminar en mí, por lo que tengo que orar. Mi nueva oración, sobre cualquier otra oración para el próximo año, es esta:
Señor, enséñame más sobre ti de lo que ya sé, humíllame nuevamente con todo lo que no sé y haz que lo que ya conozco esté más vivo y sea más real en mi corazón y en mi vida.

Señor, ayúdame a ver más de ti como nunca antes

Cada nuevo día, y cada nuevo año, comienza con la misma oración, «abre mis ojos, para que vea las maravillas de tu ley» (Sal 119:8). Con el Espíritu en nosotros, y las infinitas maravillas de las mismísimas palabras de Dios mismo ante nosotros, no tenemos ninguna razón para estar contentos con lo que ya tenemos. Sin duda,  este año debemos esperar ver y entender cosas sobre Dios que no habíamos nunca visto antes. Jamás debemos dejar de orar para que Dios nos «dé el Espíritu de sabiduría y de revelación, para que lo conozcan mejor [y para que] sean iluminados los ojos del corazón», para que así podamos conocerlo más a él: su esperanza, su riqueza, su poder (Ef 1:17-18). Satanás pasa cada segundo de cada día mintiéndonos sobre Dios (Ap 12:9). Debemos exponerlo y vencerlo con «la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios. Oren en el Espíritu en todo momento, con peticiones y ruegos» (Ef 6:17-18). Pidámosle a Dios que nos muestre más de sí mismo en su Palabra este año de lo que jamás hayamos visto antes.

Señor, revélame cuán poco sé de ti

Satanás es tan astuto que convierte incluso nuestro conocimiento de Dios en una tentación para pecar. La ignorancia sobre Dios siempre va a llevarnos al mal, pero incluso nuestro conocimiento sobre Dios puede convertirse en impío. Podemos saber lo suficiente sobre Dios para ser salvos, pero la mayoría de nosotros también sabe suficiente como para enorgullecerse. Como nos advierte el apóstol Pablo, «el conocimiento envanece, mientras que el amor edifica. El que cree que sabe algo, todavía no sabe como debiera saber. Pero el que ama a Dios es conocido por él» (1Co 8:1-3). Es una tragedia cuando la teología que debería humillarnos por completo extrañamente provoca que pensemos más de nosotros mismos de lo que deberíamos pensar (Ro 12:3). La verdadera teología (sin importar lo pulida, lo desarrollada ni lo estructurada que esté) suena como adoración: «Cuando contemplo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que allí fijaste, me pregunto: “¿Qué es el hombre, para que en él pienses? ¿Qué es el ser humano, para que lo tomes en cuenta?”» (Sal 8:3-4). A medida que Dios te muestra más de sí mismo, pídele que te ayude a ver cuán poco sabes y cuán poco mereces saber lo que ya sabes. Pídele que te humille.

Señor, haz que lo que ya conozco de ti sea más real en mi corazón

Desde el principio del tiempo, el mundo nos enseñó a medir el progreso de formas diferentes en todo sentido. Pasamos veinte años o más aprendiendo un poco más de matemáticas, de historia o de ciencias y nos medimos a nosotros mismos año tras año por medio de puntajes en los exámenes y calificaciones finales. Sin embargo, la vida cristiana no es un simple curso de teología sistemática. La madurez se mide por medio de un monitor cardiaco espiritual, no un examen teológico. Por carácter, no conocimiento intelectual. ¿Cómo transformamos lo que sabemos en crecimiento cristiano verdadero? Por medio de la oración. La oración es el fósforo que enciende las astillas del conocimiento que hemos recolectado a lo largo del tiempo. Tim Keller escribe,
La oración convierte la teología en experiencia. Mediante la oración sentimos su presencia y recibimos su gozo, su amor, su paz y confianza, y de este modo nosotros cambiamos nuestra conducta, actitud y carácter. …La oración es la manera en que todas las cosas en que creemos y que Cristo ha ganado para nosotros se convierten en nuestra fortaleza. La oración es la manera en que la verdad obra en tu corazón para construir nuevos instintos, reflejos y actitudes (La oración, 89, 143)
Demasiadas veces amamos más lo que hemos aprendido sobre Dios que a Dios mismo, y cuando lo hacemos, nuestra vida permanece esencialmente igual. Aprendemos más y más, pero nunca cambiamos. Pero, si realmente nunca cambiamos, ¿hemos conocido verdaderamente a Dios? Keller continúa en su libro, basándose en Juan Calvino, y nos dice, «tú puedes conocer un montón sobre Dios, pero no conoces de verdad a Dios hasta que el conocimiento de lo que él ha hecho por ti en Jesucristo haya cambiado la estructura fundamental de tu corazón» (87). Más de Dios, menos de orgullo y más como Cristo. Mientras el sol se pone en otro año, que el Hijo se levante como nunca antes en el horizonte de nuestros corazones.
Marshall Segal © 2016 Desiring God Foundation. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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Gozo del mundo
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Gozo del mundo

El Evangelio de Lucas nos entrega la historia más detallada del nacimiento de Cristo y además la prescripción más detallada para el gozo. Lucas quiere que veamos que la historia del mundo que se encontró con Jesús en la carne es una historia donde el mundo encuentra finalmente pleno gozo en Dios.

Comienza con el nacimiento de Juan el Bautista. El ángel le dijo a Zacarías:

…tu mujer Elisabet te dará a luz un hijo, y lo llamarás Juan. Tendrás gozo y alegría y muchos se regocijarán por su nacimiento, porque él será grande delante del Señor... Él irá delante del Señor... a fin de preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto (Lc 1:13-17).

Incluso antes de que naciera el bebé, el mensaje era de gozo. Por medio de su ángel, el Señor prometió que las personas se regocijarían con el nacimiento de Juan porque él prepararía el camino para el Cristo. El gozo que el pueblo de Dios tendría en Jesús era tan real y tan intenso que lo sentirían al ver el rostro del mensajero (un hombre apartado para declarar la venida del Rey).

¡Regocíjense! El Rey viene al mundo para salvar a los pecadores y para extender su gozo.

Las buenas noticias del gran gozo

Entonces, nació el niño, el Mesías mismo vino desde el cielo a través del vientre de su madre. Esa noche, a unos pastores se les apareció un ángel y declaró, «no teman, porque les traigo buenas nuevas de gran gozo que serán para todo el pueblo» (Lc 2:10). Esos pobres y desprevenidos pastores escuchaban el coro de alabanza que hemos cantado desde entonces.

¡Gozo de mundo, es el Señor! Que viene a rescatar; con gratitud y con amor, al Rey glorificad. 

¡Regocíjense! El Rey ha llegado, y con este bebé, la plenitud del gozo nació para todo aquel que cree.

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Su recompensa es grande

El nacimiento de Jesús no fue la última palabra de Lucas sobre nuestro gozo. Incluso en medio de las peores circunstancias (la terrible persecución de Jesús y de sus discípulos), el mensaje de Jesús recordaba lo mismo, «regocíjense». «Bienaventurados son ustedes cuando los hombres los aborrecen, cuando los apartan de sí, los colman de insultos y desechan su nombre como malo, por causa del Hijo del Hombre. Alégrense en ese día y salten de gozo, porque su recompensa es grande en el cielo, pues sus padres trataban de la misma manera a los profetas» (Lc 6:22-23). Aquellos que se alegran por la venida de Jesús, en esta vida, sufrirán, pero su debilidad, su dolor y su miseria en este tiempo no se comparan las glorias que ya tienen en el cielo. Cuando sufrimos por el nombre de Cristo, somos bendecidos, porque sufrir con él es una manera de confirmar que le pertenecemos. Y aquellos que le pertenecen no tienen nada que temer y nada que perder; más bien, todo que ganar, todo lo que ya les espera en el cielo con Dios. Por lo tanto, no permitan que crezca más ni el pecado ni el dolor. Aunque la batalla arda por unas cuantas cortas décadas y experimenten muchas pérdidas en el camino, fijen sus ojos en el gozo venidero. Regocíjense en que sus nombres están y estarán siempre escritos en los cielos (Lc 10:20). ¡Regocíjense! Nada en este mundo puede deshacer o incluso apagar nuestro gozo en Jesús. Ni el pecado ni el dolor puede separarnos de él ni de la felicidad eterna que él trae.

Gozo del mundo

El bebé que nació en Belén nació para morir en nuestro lugar. Él fue a la cruz y recibió la ira que nosotros merecíamos por nuestro pecado (Lc 23:46). Él murió para comprar el gozo que los ángeles anunciaron en su nacimiento. Tres días más tarde, resucitó de la muerte, el primogénito de todos los que lo seguirían. Se le apareció a sus discípulos y les mostró cómo toda la Biblia apuntaba hacia él: el bebé que nació en un pesebre, el predicador de las buenas noticias, el Hijo de Dios crucificado en la cruz, el Rey que conquistó la tumba, el gozo del mundo. Y después de que los dejó, ascendió a los cielos y prometió regresar. «Ellos, después de adorar a Jesús, regresaron a Jerusalén con gran gozo» (Lc 24:52). El rey que murió, nunca se rindió a la muerte. Él resucitó y reina en gloria, enviando a sus discípulos entre las naciones para ofrecer a todos en todas partes un gozo inagotable en él y con él en su presencia (Lc 24:46-49). Viene al mundo a reinar con toda bendición; nos da perdón, consuelo, luz y paz al corazón. ¡Regocíjense! Jesús nació y murió para tener un mundo de alabanza (hijos e hijas de cada pueblo en la tierra), y viviremos, cantaremos y disfrutaremos a Dios con ellos por siempre.
Marshall Segal © 2014 Desiring God Foundation. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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La pornografía jamás es inofensiva, nunca es privada ni tampoco segura

Conozco directamente la seductora esclavitud de la pornografía. Luché y perdí contra ella durante la secundaria y la universidad. A veces esa lucha funcionaba; otras, no. Entré a la primera página pornográfica cuando estaba en sexto grado. Un compañero de clase me envió un correo electrónico y camufló el enlace que me llevaría a la página pornográfica con el fin de que pareciera algo para un proyecto de la escuela. En diferentes momentos durante la siguiente década de batalla contra mi pecado, con pequeñas victorias y a veces muchas derrotas, pensé que el matrimonio podría ser mi cura. En mi mente rondaba el pensamiento de que sólo necesitaba una esposa para satisfacer toda mi impaciencia y mis deseos sexuales. Por esa razón, me involucré en relación tras relación, consciente de que no había lidiado con la impureza que me invadía. La realidad era que ninguna relación iba a resolver jamás mi pecado sexual, ninguna relación, excepto conocer a Cristo. Buscaba novias con la esperanza de encontrar una futura esposa que satisficiera un deseo que sólo Dios podía cumplir. Mi enfoque estaba en la autodisciplina, en las citas y en el matrimonio, mientras Dios trataba de enseñarme qué es el gozo y dónde podía encontrar placer real.

La siesta interminable

En la actualidad, la pornografía parece destruir tanto (o más) terreno espiritual que cualquier otra amenaza contra los jóvenes cristianos. Ésta es una maleza que necesitamos tomar más en serio donde sea que broten sus espinosas hojas. Sin importar cuán inofensivas o privadas parezcan ser, la realidad es que no lo son.
  • La pornografía nos ciega (Mt 5:8). Empaña nuestros ojos para ver la bondad, la verdad y la hermosura de Dios.
  • La pornografía nos adiestra para tratar a las mujeres como objetos, como si fueran menos humanas. Las muestra como posesiones que pueden usarse y disfrutarse para luego desecharlas.
  • La pornografía aviva la esclavitud sexual —personas reales que son retenidas contra su voluntad y abusadas reiteradamente— alrededor de todo el mundo, incluso en Latinoamérica, en el lugar donde viven o en la ciudad más cercana.
  • La pornografía denigra la belleza real —aquella belleza que teme al Señor (Pr 31:30)— y la reemplaza por una barata y falsa imitación.
  • La pornografía transforma el sexo en algo insignificante y momentáneo (como un cigarro), en vez de mostrarlo como lo que realmente es: algo grandioso y perdurable; como lo es dentro del matrimonio.
  • La pornografía nos roba un poco del deleite que podríamos haber tenido con nuestro cónyuge. No nos deja experimentar ni disfrutar de ellos ni de sus cuerpos sin la niebla de imágenes de nuestro pasado.
  • La pornografía arruina rápidamente la confianza en una relación. Fomenta que mintamos y que nos escondamos de otros para caminar en oscuridad, para luego construir murallas a nuestro alrededor en las tinieblas.
  • La pornografía es un tremendo impedimento de nuestra madurez, del desarrollo de nuestra mente y de nuestros dones (nuestra capacidad de entender a Dios y de amar a otros).
  • La pornografía busca la experticia del egoísmo, enseñándonos una y otra vez a enfocarnos en nosotros mismos, a preferirnos a nosotros mismos y a servirnos a nosotros mismos.
  • La pornografía impide que sirvamos en todo tipo de ministerio, descalificando a muchos y desmotivando a muchos más.
  • La pornografía le está enseñando a muchos niños una distorsionada, terrible y malvada visión del amor y del sexo incluso antes de que sus padres les expliquen la verdad respecto al tema.

La pornografía no es un simple placer culpable. Si continuamos autocomplaciéndonos con ella, nos quitará todo. La pornografía afecta nuestra relación con Cristo e impide que disfrutemos de todo lo que él nos dio al morir por nosotros: su perdón, su libertad, su vida, su esperanza, su paz y su gozo. En silencio, la pornografía secuestra a millones de personas y las lleva a una consciente e interminable agonía, lejos de Dios y de la gloria de estar en él. Esclaviza a hombres y mujeres, al matarlos de hambre día tras día sin nunca saciarlos, dejándolos perdidos y hambrientos eternamente.

La pornografía nos adormece; sin embargo, no dormimos; morimos. Se siente como una corta y cómoda siesta, pero nunca despertamos de ella. En nuestra sociedad, la pornografía es impuesta e inunda cada área de nuestras vidas por medio de la tecnología y las redes sociales. La maleza se ha expandido persistentemente en todos lados, aun donde no es deseada y, si lo permitimos, nos terminará matando.

Nueve formas de despertar

Uno de los momentos más claros para mí, en mi viaje hacia la victoria sobre la pornografía, fue darme cuenta de que esta batalla no era sólo un tema de dominio propio. El fruto del Espíritu no obra ni crece de esa manera. Nuestros deseos caídos por imágenes o por videos sugieren que todo el fruto está podrido, no sólo el dominio propio. También es una búsqueda y una expresión del amor, de la paz, de la paciencia, de la benignidad, de la bondad, de la fidelidad, de la mansedumbre y del gozo. Cuando nos centramos en el poder de la voluntad y en la autonegación y descuidamos lo demás, nos desarmamos y quedamos casi sin ninguna de las armas que Dios nos ha dado para la guerra.
  • Cada vez que apartamos nuestra mirada de la impureza, lo hacemos en amor por nuestro (futuro) cónyuge, por nuestros (futuros) hijos y por la persona indecorosa frente a nosotros, creada a la imagen de Dios.
  • Cuando nos rehusamos a pecar sexualmente, celebramos nuestra paz con Dios, que fue comprada a un costo infinito con la sangre de su Hijo. Nos rehusamos a crucificarlo nuevamente con más rebelión y decidimos descansar en el perdón y en la vida que él compró para nosotros.
  • En la actualidad, no caer frente a la pornografía o a cualquier otra actividad sexual antes del matrimonio podría ser la publicidad más llamativa de la paciencia. Nadie en el mundo espera que ustedes no entren a una página web pornográfica; no obstante, al no hacerlo, le dicen silenciosamente a Dios (y a cualquiera que sepa) que él y su plan son más de lo que ustedes jamás podrían haber soñado para ustedes mismos. Es más, la pureza sexual tiene más que ver con la paciencia que con el dominio propio, porque Dios quiere que disfruten el sexo de la mejor forma posible —en la seguridad y en la estabilidad del matrimonio—.
  • Al rechazar la distorsión corrupta del sexo de la pornografía, cambiamos la manipulación y el abuso por benignidad. En vez de aprender a usar a las personas para satisfacer nuestros propios deseos, le enseñamos al mundo cómo vivir por los intereses de otros.
  • La pornografía se ha escondido en un sinfín de fibras de la web mundialmente, lo que ha provocado una extensión de la maldad en muchos lugares de nuestro mundo. Cuando rechazamos la invitación de la pornografía, reducimos su alcance y su influencia, aunque sea en una persona. Tomamos la oportunidad de ser agentes de bondad para usar las redes sociales como un canal de un lenguaje completamente diferente. Podemos llenar la web con enlaces de verdad y de belleza real, de artículos, de videos y de más cosas que declaran la grandeza de nuestro Dios y su amor por nosotros.
  • Nadie elogia la fidelidad a Dios cuando aparentemente no les costó nada en absoluto. Aun cuando todos sus pares parezcan estar sumergiéndose completamente en la superficialidad máxima de la lujuria, de la actividad sexual y de la pornografía —y se jacten por ello—, nosotros podemos vivir (y esperar) de una manera radicalmente diferente. No hay nada extraño o radical en caer y buscar satisfacción en el mundo: mirar la película sexualmente explícita que todos están mirando o leer la novela de romance con contenido sexual evidente que todos sus compañeros parecen disfrutar. Lo que va a sobresalir es nuestra feliz determinación de resistir toda maldad en fidelidad a nuestro Rey y Amigo en el cielo.
  • La educación sexual pornográfica fomenta la manipulación forzada e incluso la brutalidad. Simplemente, lo que muestra no es sexo real. El sexo real —el sexo que dos personas pueden disfrutar de por vida sin aburrirse ni ofender a Dios— es paciente, desinteresado y manso.
  • Por último, la batalla por la pureza no es una pelea contra su gozo —no les roba ningún placer o felicidad real en lo absoluto—. Es una batalla por su gozo. Sí, para el gozo en el cielo, pero también para ahora. Puede que estén renunciando a un momento de placer, pero en realidad están recibiendo una eternidad de él.

Neguémosnos a hacer clic y escojamos más de Dios

Aquellos que escogen ver menos hoy verán más eternamente. «Bienaventurados los de limpio corazón, pues ellos verán a Dios» (Mt 5:8). Hay cosas que vemos y que nos permitimos en esta vida que nos ciegan para ver a Dios. No hay nada más espectacular y más satisfactorio que ver y disfrutar más a Dios, pero cambiamos tan rápida y descuidadamente esa experiencia por unos pocos mediocres minutos de excitación. Cada vez que nos exponemos y nos entretenemos a nosotros mismos con la impureza, estamos sacrificando nuestra conciencia y nuestro conocimiento de la mayor bondad, de la más completa majestad y del más grande amor que nadie jamás haya experimentado. Cada vez que nos rehusamos a ver pornografía u otro material sexualmente estimulante, nos preparamos para ver y para disfrutar más de nuestro más grande Tesoro. Jesús dice, «el reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en el campo, que al encontrarlo un hombre, lo vuelve a esconder, y de alegría por ello, va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo» (Mt 13:44). Cuando nos negamos a hacer clic en el proceso de búsqueda de una alegría mayor en Jesús, estamos vendiendo lo que este mundo nos ofrece y comprando un tesoro invaluable lleno de belleza real y verdadera felicidad.
Marshall Segal© 2016 Desiring God Foundation. Publicado originalmente en esta dirección.  — Usado con permiso.
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¿Qué haría Judas?
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¿Qué haría Judas?

El miércoles es cuando se planta la semilla suicida de la Semana Santa: la traición. Antes de que exista un jardín, debe haber una semilla: el principio de la insurrección. Jesús pagó victoriosamente por nuestra redención con su sangre, pero su sangre fue sanguinariamente comprada con dinero. El Salvador prometido fue vendido por sólo treinta piezas de plata. Jesús le había enseñado a sus discípulos (dentro de los cuales se encontraba quien lo iba a traicionar) lo siguiente: «Nadie puede servir a dos señores, pues menospreciará a uno y amará al otro, o querrá mucho a uno y despreciará al otro. No se puede servir a la vez a Dios y a las riquezas» (Mt 6:24). Nadie. Ni Judas ni tú ni yo.

El amor al dinero asesinó a Jesús

Los fariseos amaban el dinero (Lc 16:14), temían al hombre (Mt 26:5) y odiaban a Jesús (Mt 26:4). Este patrón podría desarrollarse ante a ustedes más de lo que creen. El amor al dinero, a menudo, se ve como algo simplemente práctico; el temor al hombre puede esconderse detrás de máscaras. Sin embargo, la Biblia es clara: si aman las riquezas y temen al hombre, no pueden amar a Dios o escapar del infierno (Lc 16:13; Jn 5:44); además, se convierten en miembros oficiales de la multitud que crucificó al autor de la vida (Hch 3:15). La cruz, la horrible tragedia de odio, fue sólo un síntoma del anhelo de los fariseos por el dinero, la aprobación y el poder. Era como si hubiesen comprado un cartel para publicitar su amor por el dinero y lo hubiesen puesto en un cerro para que todos lo vieran. No obstante, ellos nunca hubiesen hecho algo tan obvio. ¿Qué diría la gente? Ellos «temían al pueblo» (Lc 22:2). Es más, el amor del pueblo por Jesús era parte de la razón por la que los líderes religiosos lo odiaban tanto. Las autoridades eran cobardes con anhelos. Tenían que encontrar discretamente la forma de matarlo (Mt 26:3-5). Tenían que encontrar la forma de asesinar a un hombre inocente sin perder el respeto o la influencia que tenían sobre el pueblo. En primer lugar, ellos necesitaban un infiltrado (alguien lo suficientemente cercano a Jesús, pero lo suficientemente lejano para traicionarlo). En otras palabras, necesitaban un perpetrador que pasara desapercibido. «Uno de los doce, el que se llamaba Judas Iscariote, fue a ver a los jefes de los sacerdotes. —¿Cuánto me dan, y yo les entrego a Jesús?— les propuso. Decidieron pagarle treinta monedas de plata» (Mt 26:14-15). «Ellos se alegraron al oírlo, y prometieron darle dinero...» (Mr 14:11). Encontraron al hombre que buscaban, alguien que amara las riquezas tanto como ellos, alguien que estaba dispuesto a ofender y a marginar incluso a sus amigos más cercanos por un día de paga. El mercado se había abierto contra el Mesías y Judas estaba ahí para lucrar con él. Como escribe Randy Alcorn, «Satanás obra bajo la suposición de que cada persona tiene un precio. Muchas veces, lamentablemente, tiene razón. Muchas personas están dispuestas a rendirse a sí mismas y a sus principios ante cualquier dios que les dé las mayores ganancias en el corto plazo» (Money, Possessions, and Eternity [El dinero, las posesiones y la eternidad] 41). Judas vendió al Salvador tan sólo por treinta monedas de plata (Mt 26:15).

El amor al dinero les da un nombre

Si aman las riquezas (es decir, valoran por sobre todas las cosas el dinero y lo que éste puede comprar) no pueden amar a Dios. Es más, lo odiarán, tal vez en silencio o en privado e hipócritamente, pero lo odiarán. Ese odio los marcará y los seguirá a todas partes. Ese tipo de rechazo y traición ante lo divino le da un nuevo nombre a una persona y la define. Por ejemplo, miren cómo los Evangelios describen a Judas, [énfasis del autor]:
  • «… Simón el Zelote y Judas Iscariote, el que lo traicionó» (Mt 10:4).
  • «—¿Acaso seré yo, Rabí?— le dijo Judas, el que lo iba a traicionar. —Tú lo has dicho— le contestó Jesús» (Mt 26:25).
  • «… y Judas Iscariote, el que lo traicionó» (Mr 3:19).
  • «… Judas hijo de Jacobo, y Judas Iscariote, que llegó a ser el traidor» (Lc 6:16).
  • «Judas Iscariote, que era uno de sus discípulos y que más tarde lo traicionaría, objetó» (Jn 12:4).
  • «Se refería a Judas, hijo de Simón Iscariote, uno de los doce, que iba a traicionarlo» (Jn 6:71).
  • «Judas, el traidor, estaba con ellos» (Jn 18:5).

En vez de ser un discípulo fiel que guiaba a las personas a seguir a Jesús, él «…sirvió de guía a los que arrestaron a Jesús» (Hch 1:16).

¿Cuál es el testimonio de sus vidas (de sus gastos y de su generosidad)? ¿Es claro para otros que usan lo que Dios les ha dado para guiar a otros a su Hijo o es evidente que se han rendido ante los dioses de lo material y alejan a las personas de Jesús? ¿Fueron una guía para que los ciegos pudieran ver o los guiaron a la muerte?

El amor al dinero lleva al remordimiento

El plan de Judas no funcionó muy bien para él. «Cuando Judas, el que lo había traicionado, vio que habían condenado a Jesús, sintió remordimiento y devolvió las treinta monedas de plata a los jefes de los sacerdotes y a los ancianos» (Mt 27:3). Ahogado en la vergüenza, exigía un reembolso. Al verse confrontado con el horror de su transferencia, el dinero había perdido su encanto. ¿¡Qué he hecho!? ¡Qué horrible negocio he hecho! ¡Tomen todo, se los devuelvo, y denme a Jesús! No había vuelta atrás para Judas; no existía una política de devolución frente este rechazo. Él se suicidó en las olas abrumadoras del lamento y del remordimiento (Mt 27:5). Sin embargo, para ustedes sí hay vuelta atrás. Lucas cita a Jesús para advertirnos sobre la codicia hoy, «¡tengan cuidado! —advirtió a la gente—. Absténganse de toda avaricia; la vida de una persona no depende de la abundancia de sus bienes» (Lc 12:15). Cuando la vida comienza a parecer una larga misión para generar más dinero, alguien les está mintiendo. Despierten y devuelvan la plata antes de que ésta los crucifique. John Piper escribe, «cuando estés muriendo… el dinero se alejará de ti; te abandonará. No irá contigo para ayudarte tampoco lo hará nada de lo que hayas comprado» (Money, sex, and power [Dinero, sexo y poder], 65). Más adelante, nuevamente, dice, «[el amor por las riquezas] reemplaza con un dólar lo divino» (71). El amor por el dinero lleva al remordimiento y a la pérdida.

Rechacen a Judas, reciban gozo

Pregúntense a ustedes mismos qué haría Judas en sus situaciones. ¿Cómo se sentiría acerca de sus ingresos actuales, sus hábitos de compra y sus ahorros para la jubilación? ¿Qué tan intranquilo estaría él respecto a lo generosos que son? ¿Sus presupuestos comienzan a verse como el de él, sólo que dos mil años después? Rehúsense a seguir a Judas en su traición y rechacen todas esas promesas que hace el dinero para tomar el lugar de Dios en sus vidas. Encuentren su seguridad y satisfacción en algo sobrenatural, eterno y libre. Piper continúa con su argumento, y reflexiona en lo que Pablo dice en Filipenses 4:11-13:
En términos modernos] cuando la bolsa de valores sube o cuando él [Pablo] obtiene un bono, dice, Jesús es más precioso, valioso y satisfactorio para mí que mi capital en aumento. Cuando la bolsa de valores baja o cuando él enfrenta un recorte salarial, dice, Jesús es más precioso, valioso y satisfactorio para mí que todo lo que he perdido. La gloria, la belleza, el valor y la preciosura de Cristo es el secreto del contentamiento que evita que el dinero lo controle (Money, Sex, and Power [Dinero, sexo y poder], 65). Cuando nuestro gozo ya no está en nuestras riquezas, sino que en Dios… nuestro dinero se convierte en la extensión visible del gozo en Dios, dirigido a otros… Atesorar a Dios sobre todas las cosas convierte al dinero en la moneda de adoración y de amor. (Money, Sex, and Power [Dinero, sexo y poder], 123).
En vez de rendirnos ante nuestros anhelos por más, demos todo de nosotros, cada centavo, para decirle al mundo que Dios es nuestro tesoro —ahora mismo, más adelante cuando nos jubilemos y para siempre en la eternidad—. Gastemos lo que sea necesario para traer a otros al gozo y a la seguridad que tenemos.
Marshall Segal © 2016 Desiring God Foundation. Publicado originalmente en esta dirección. — Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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No eres tú, es Dios. Nueve enseñanzas que podemos extraer de las rupturas amorosas
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No eres tú, es Dios. Nueve enseñanzas que podemos extraer de las rupturas amorosas

Algunos de los días más oscuros para un soltero llega después de una ruptura amorosa. Arriesgaron sus corazones; compartieron sus vidas; compraron los regalos; construyeron recuerdos; y juntos soñaron los sueños del otro, y de pronto, todo se derrumba. Han vuelto al punto de partida en la búsqueda del matrimonio. El camino se siente más solitario que al principio y más lejano del altar debido a todo lo que invirtieron y luego perdieron. Nadie comienza a salir con alguien esperando que algún día la relación termine. El sistema emocional y mental que tenemos provoca en la mayoría de nosotros el anhelo por el día de nuestra boda. Buscamos, a veces frenéticamente, amor, afecto, seguridad, compañía, intimidad y ayuda. Después de todo, Dios parece querer que la mayoría de nosotros se case (Gn 2:18; Pr 18:22; 1Co 7:1, 9). Sin embargo, no hay duda de que eso no facilita el proceso de llegar al matrimonio.

El dolor que provoca la intimidad sin llegar al matrimonio

La realidad es que las buenas relaciones que exaltan a Cristo con mucha frecuencia fallan antes de la ceremonia, sin poder restaurarse nunca románticamente. Este dolor es uno de los más profundos y de los que permanece por más tiempo en comparación con cualquier otro dolor que los jóvenes puedan experimentar en sus vidas. Puedo sentirlo profundamente incluso escribiendo estas palabras. Es una de las cosas más difíciles de escribir o de hablar para mí: el dolor que provoca la intimidad que no alcanzó a llegar al matrimonio. Las rupturas amorosas en la iglesia son dolorosas e incómodas y muchos de nosotros hemos pasado o pasaremos por este camino oscuro y solitario. Por lo tanto, les comparto nueve enseñanzas que traen esperanza y amor por otros cuando los cristianos terminan una relación sentimental que no llegó al matrimonio.
1. «Está bien llorar (y probablemente debes hacerlo)»
Las rupturas amorosas siempre duelen. Tal vez, no lo veían venir y la otra persona es quien repentinamente quiere terminar la relación que tienen; quizás, ustedes eran quienes estaban convencidos de que la relación necesitaba terminar, sin embargo, sabían cuán difícil sería comunicarlo; probablemente, han estado juntos por años; a lo mejor, quieren a su familia y a sus amigos. Aunque sin la ceremonia ni el pacto, esto no es un divorcio, una ruptura puede sentirse como tal. Existe una razón por la que se siente así, pues no fuimos hechos para esa miseria. Dios diseñó el romance para ser expresado en fidelidad y en lealtad (en unidad) (Gn 2:24; Mt 19:9; 1Co 7:2-13). Dado que las relaciones amorosas son sólo un medio para llegar a casarse, el diseño de Dios para el matrimonio habla de su diseño para nuestras relaciones amorosas. Las relaciones que avanzan demasiado rápido o que terminan espontáneamente no reflejan la intención de Dios. Esto no quiere decir que cada relación amorosa deba terminar en matrimonio, pero sí significa que las rupturas amorosas van a doler. La pena en medio de la ruptura no es sólo apropiada, sino que también es buena. No es algo que deba esconderse o algo de qué avergonzarse. Dios nos creó para disfrutar y progresar en amor, como el amor perdurable de Cristo por su iglesia. Así que siéntanse libres para sentir. Aprendan que el dolor apunta algo hermoso sobre su Dios y su amor eterno por ustedes. Si no duele, probablemente debiese doler. Si pueden entrar y salir de una relación amorosa sin dolor o remordimiento, puede que algo no esté bien. Esto no quiere decir que tengan que terminar hundidos después de cada ruptura, pero debe haber una sensación de que algo no está bien –una percepción de que así no es como debiese ser–. Los corazones no fueron hechos para tomarlos prestados. Dios necesita mostrarnos a algunos de nosotros la gravedad de las relaciones que fallan por lo que sugiere equivocadamente sobre él y sobre su amor por la iglesia.
2. «No vuelvas a intentarlo tan rápido»
Saber y aceptar el diseño de Dios para la permanencia en el matrimonio y en las relaciones amorosas nos ayudará a sentir apropiadamente, pero también nos ayudará a dar pasos saludables en nuestra búsqueda del matrimonio. Uno de los peores y más comunes errores es dar vuelta la página demasiado rápido. Especialmente en esta era de citas online y de redes sociales, en la que realmente no se requiere tanto esfuerzo para encontrar un nuevo partido. El afecto puede ser una adicción. Si han tenido citas, si se han tomado de las manos con alguien, si han visto sonrisas, si se han intercambiado cartas, si han experimentado la dulzura de la atención y de la afirmación de otro, querrán más. La forma más fácil de obtener afecto es volver a estar en una relación inmediatamente. Sin embargo, si nos importa Dios, si nos importa quien nos ve, si nos importa nuestro ex y nuestra persona especial del futuro, esperaremos, oraremos y tendremos citas paciente y cuidadosamente. Es muy fácil dejar una estela de personas heridas en nuestra búsqueda de un compañero o una compañera. Pensar que no están yendo hacia el matrimonio por no estar saliendo con alguien ahora es una mentira. A veces lo mejor que pueden hacer por su futuro cónyuge es no tener citas. Si sus historias parecen repetitivas, quizás necesiten terminar con las citas por un tiempo. Puede ser un tiempo de reestructuración, de crecimiento y de descubrimiento de un nuevo ritmo en sus relaciones futuras.
3. «Quizás tú fallaste, pero no Dios»
La relación puede haber terminado debido a un defecto o fracaso específico producto de nuestro carácter. Existen cosas en nosotros –debilidades o patrones de comportamiento– que podrían descalificarnos para el matrimonio con una persona en particular. Sin embargo, no anula la gracia de Dios para ustedes ni a través de ustedes. El pecado en las relaciones es lo más visible y lo más doloroso. A medida que permitimos que cada uno entre más y más en nuestras vidas y corazones, es más probable que el pecado se muestre a sí mismo y hiera a la otra persona más profundamente. En la justa medida, es un riesgo bueno y apropiado de toda la comunidad cristiana. A medida que las personas se acercan –y necesitamos esto en una comunidad cristiana verdadera– nuestro pecado inevitablemente se vuelve más peligroso. Es muy probable que nuestro desorden salpique en otros, y el de ellos en nosotros. No obstante, quien sea que haya fallado en el quiebre de la relación, no fue Dios. Por causa de Jesús, sus promesas, que nunca los dejan ni los abandonan, son verdaderas en cada momento y en cada relación sentimental. Si están confiando en Cristo para el perdón de sus pecados y esforzándose por seguirlo a él y a su Palabra, Dios jamás los abandona y nunca lo hará. Dios nunca se tomó un descanso en su amor por ustedes cuando terminaron una relación sentimental –incluso si fueron ustedes la razón por la que terminó–. Sus propósitos son más grandes que nuestros errores.
4. «Eres mejor ahora que amaste y perdiste todo»
Hay una vergüenza y un quebrantamiento únicos asociados con las rupturas amorosas. Se celebran más las relaciones y el amor en la iglesia que en cualquier otro lugar porque nos encanta demasiado (justamente) el matrimonio. Infortunadamente, estas mismas convicciones a menudo hacen que las rupturas sean un tema de conversación incómodo –en el mejor de los casos, será algo vergonzoso; mientras que en el peor, será escandaloso y humillante–. Se sienten como un bien dañado, como si frente a los ojos de Dios y a los ojos de otros estuvieran arruinados. Esta verdad es difícil de creer, pero es hermosa: el tú destrozado es uno mejor. Si en su dolor se vuelven al Señor y se arrepienten de cualquier pecado que llevaron a su relación, son tan preciados para su Padre celestial de lo que siempre han sido. Él está usando cada milímetro de su dolor, fracaso o arrepentimiento para transformarlos más en lo que él planeó que fueran y darles más de lo que él planeó que disfrutaran: él mismo. Cuando se quita un premio, se nos puede recordar gentilmente de lo poco que tenemos lejos de Cristo y de la fortuna que él ha comprado para nosotros con su sangre. Por nosotros, él se ha hecho sabiduría para los necios, justificación para los pecadores, santificación para los quebrantados y redención para los perdidos y los que temen (1Co 1:30) –y el afecto, la seguridad y la identidad para los hombres y las mujeres solitarias tambaléandose después de terminar una relación–. Por lo tanto, aún en las consecuencias de una ruptura amorosa tenemos una razón para gloriarnos, siempre y cuando nuestra gloria esté en todo lo que Cristo es para nosotros (1Co 1:31). En Jesús, Dios siempre está haciéndoles el bien y solamente el bien. No hay circunstancia que enfrenten que no esté diseñada para darles una vida profunda y duradera; libertad y alegría. Él disfruta nuestra alegría eterna en él mucho más de lo que ama nuestra comodidad temporal del hoy. Él hará el cambio en cualquier momento, y podemos alegrarnos de que lo haga. Deben saber que Dios es bueno, incluso cuando nos sentimos peor.
5. «Aún cuando no puedan ser amigos ahora, serán hermanos por siempre»
Para las relaciones cristianas, las rupturas amorosas nunca son el fin. Ya sea que suene llamativo ahora o no, estarán juntos por siempre (Ap 7:9-10). Lo harán en un nuevo mundo donde no hay matrimonio y todos están felices (Mt 22:30; Sal 16:11). Suena demasiado bueno para ser cierto, ¿no? Entonces, ¿qué significaría continuar y pensar en nuestros ex a la luz de la eternidad? Aunque se volverán a ver, y para siempre en el cielo, quizás ahora no puedan ser amigos. Eso no es necesariamente pecaminoso. Es más, en muchos casos, lo más sano emocional y espiritualmente será establecer cierto espacio y límites. Los corazones que han se han entregado, en cualquier nivel, necesitan sanar y desarrollar nuevas expectativas. La reconciliación no requiere cercanía. requiere perdón y amor fraternal. Pueden comenzar orando por ellos, incluso cuando hablarles sea imposible para ustedes. Ora para que su fe crezca, para que Dios traiga hermanos o hermanas creyentes a su alrededor, para que Dios sane y restaure sus corazones, para que los haga más como Jesús. Necesitamos aprender a vivir hoy en nuestras relaciones, viejas y nuevas, a la luz de nuestra eternidad juntos. Nuestra paciencia, nuestra amabilidad y nuestro perdón en las rupturas amorosas brillarán maravillosamente al lado de las respuestas egoístas y vengativas modeladas, de hecho, por la televisión y adoptadas desconsideradamente por el resto del mundo.
6. «No es suficiente decir “no eres tú, es Dios”»
Éstas podrían ser una de las frases más populares respecto a las rupturas amorosas cristianas: «Dios me está llevando a hacer esto». «Dios me dijo que debíamos terminar». «Tuve una visión en un arbusto en mi camino a clases y no estábamos juntos». Todas ellas podrían resumirse así: «mira, no eres tú, es Dios». Dios podría llevarlos muy bien a terminar una relación, pero no usen a Dios como un chivo expiatorio. Háganse cargo de su propio pecado y pídanle perdón cuando sea necesario. Ahora, sean honestos respecto a cómo llegaron a esta decisión, aún cuando pueda doler al principio. En primer lugar, es sabio que no tomen la decisión de terminar una relación solos. Sí, tu novio o tu novia podrían no estar de acuerdo, pero necesitas compartir y confirmar tu perspectiva con alguien que ama a Jesús y a ustedes dos. Acudan a alguien que ustedes sepan que evaluará sus corazones respecto a querer terminar la relación. Si es que puede ser un hombre o una mujer casada, mejor. Hablen con alguien que sepa lo que significa perseverar en el matrimonio, y vean qué piensan ellos sobre el tema de ponerle fin a la relación. Nuestra imaginación, especialmente en crisis emocionales, puede ser un arma letal que Satanás usa en nuestra contra para nuestro mal. Cuando dejamos todo en el aire y en lo espiritual, nuestro ex no lo hará, y gran parte de lo que su mente desarrollará serán mentiras del diablo para destruirlos. Entréguenles suficiente información acerca de cómo Dios los llevó a tomar esa decisión, sin aplastarlos o derribarlos. Digo «suficiente» porque existen muchas cosas que pueden decir que son verdad, pero no son útiles. Nuevamente, revisen sus puntos a hablar con un hermano o una hermana en la fe antes de hablarlos con quien pronto será su ex. Al final, ellos no tienen que estar de acuerdo contigo, pero es amoroso ayudarlos a entender la claridad y el entendimiento que tienen. Esto puede liberarlos para crecer y dar vuelta la página más rápido y con menos preguntas.
7. «Tu Padre sabe lo que necesitas»
Probablemente, se estén cuestionando esto tras su ruptura; sin embargo, Dios sí sabe lo que necesitan, y él nunca se demora en entregarlo. Él podría revelarles cosas sobre lo que ustedes pensaban que necesitaban. Quizás, simplemente, él les muestre cuánto más lo necesitan a él que cualquier otra cosa o cualquier otra persona. Dios alimenta a las aves del cielo que no siembran ni cosechan (Mt 6:26). Dios hace crecer las flores del campo y las hermosea, aun cuando sean cortadas, pisadas, comidas o congeladas en cosa de días o de semanas (Mt 6:28-30). ¿Cuánto más este Padre se preocupará y proveerá para sus hijos comprados con la sangre de Jesús? Cuando piden un esposo, Dios no les dará una serpiente. Cuando piden una esposa, Dios no les dará un escorpión. Aun cuando pareciera que Dios los ha dañado, en realidad, no lo ha hecho. Él los ama, él sabe lo que es mejor para ustedes. Dios dispone todas las cosas; todas las cosas. Una forma en que Dios provee para nosotros por medio de las rupturas amorosas es dejando claro –por cualquier medio y por cualquier razón– que esa relación no era el plan que él tiene para ustedes para el matrimonio. El centro de las relaciones cristianas es buscar claridad más que intimidad. Probablemente, esto no será agradable en el momento, pero si atesoran la claridad, las rupturas no serán malas noticias. Todos sabemos que algunas de las cosas que más necesitamos saber son muy difíciles por un momento, pero traen mucho fruto con el tiempo. Confíen en que Dios proveerá para ustedes cada día (o cada año), ya sea que se casen o no. Si se casan, deben saber que él traerá al hombre o a la mujer imperfecta que necesitan.
8. «Aprende de la pérdida de un amor»
Una de las victorias más grandes de Satanás en las rupturas amorosas es convencer a un chico o una chica que «todo fue culpa del otro y que ellos ya eran perfectos para ser el futuro esposo o esposa de esa persona». La realidad es que nadie –casado o no– ha llegado a ese lado de la gloria. Todos somos imperfectos y estamos llenos del Espíritu, así que todos estaremos siempre aprendiendo y creciendo como personas y esposos –ahora o en el futuro–. Después del golpe y del paso del maremoto emocional, tómense un tiempo a solas y luego busquen tiempo con amigos cercanos para ver dónde Dios los está llevando –en quién los está transformando– por medio de esto. Identifiquen el o las áreas donde quieren esforzarse por ser más misericordiosos, tener más discernimiento o ser más fieles – más como Jesús– al dar vuelta la página. No existirán muchas otras encrucijadas relacionales más intensas, personales y específicas como una ruptura, así que es un tiempo realmente único para una introspección sana y esperanzadora con la ayuda y el equilibrio de otros creyentes.
9. «Jesús te ayudará a encontrar gozo en medio de las sombras de la ruptura»
Cuando nos dejan solos, sintiéndonos abandonados, es muy difícil creer que alguien sepa por lo que estamos pasando. Esto puede ser incluso cierto de aquellas personas bien intencionadas a nuestro alrededor. Sin embargo, no así respecto a Jesús. Jesús vino y fue herido para dar esperanza a los que fueron quebrantados. «No acabará de romper la caña quebrada ni apagará la mecha que apenas arde, hasta que haga triunfar la justicia. Y en su nombre pondrán las naciones su esperanza» (Mt 12:20-21). La alegría no viene después de saber que Jesús también sufrió, pues ahí no hay mucho consuelo. La alegría viene al saber que aquel que sufrió en nuestro lugar murió y resucitó para terminar el sufrimiento de todos sus santos. Dios salvó al mundo y venció a la muerte por medio de su sufrimiento. Nuestro sufrimiento en medio de nuestro caminar con Jesús –en este caso, en una ruptura– nos une a esa victoria, la victoria más grande que jamás se haya alcanzado. Para aquellos que tienen su esperanza en Jesús, todo dolor –un cáncer inesperado, una crítica injusta, una ruptura amorosa indeseada– tiene una fecha de expiración y nos readaptaremos hasta ese momento para unirnos en amor con nuestro Salvador sufriente. Jesús fue delante de los quebrantados de corazón para abrir el camino para el gozo en el dolor. Vivimos, sobrevivimos y crecemos al mirarlo a él, «quien, por el gozo que le esperaba, soportó la cruz» (Heb 12:2). Su gozo ante la ira de Dios contra el pecado es nuestra primera y más grande razón para luchar por tener gozo –y no sólo sobrevivir– después de una ruptura sentimental. Si creen esto, entonces saquemos el mayor provecho de esta ruptura, sabiendo que Dios ha elegido este camino en particular para hacernos crecer y satisfacernos en maneras perdurables. Ninguna relación que tengan en esta vida durará para siempre, pero las cosas buenas que suceden por medio de ellas en ustedes –incluso por medio de sus penas, sí, incluso por medio de sus colapsos– lo harán.
Marshall Segal© 2013 Desiring God Foundation. Publicado originalmente en esta dirección.— Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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La misión de los solteros abiertos a casarse
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La misión de los solteros abiertos a casarse

Si eres una persona soltera, Satanás anda tras de ti. Está bien, él nos persigue a todos, pero existen peligros únicos en la soltería —en especial, en la soltería no deseada—. A él le encanta engañar y desanimar a los solteros de la iglesia y destruir su devoción y compromiso con el ministerio. Sin embargo, el propósito de Dios es usarlos a ustedes, su fe, su tiempo y su soltería en este momento de formas radicales, tal cual son. Pueden haber leído 1 Corintios 7 concluyendo que existen dos categorías de personas: aquellos que vivirán, servirán y morirán solteros y aquellos que deben casarse. Pablo elogia la soltería, haciendo una lista de los beneficios espirituales de no tener cónyuge. La vida de soltero puede estar (relativamente) libre de preocupaciones relacionales (7:32), de distracciones de este mundo (7:33), y libre para la adoración, la devoción y la ministración (7:35). Así es como Pablo llega a la conclusión de que es mejor omitir la ceremonia, literalmente, y disfrutar «su constante devoción al Señor». La mayoría dice, «bien por ti, Pablo... pero yo me voy a casar». Quizás la tentación te abruma y necesites una forma de satisfacer ese deseo honrando a Dios (7:2). Tal vez es clarísimo que necesitas alguien que te ayude a llevar a cabo el llamado de Dios en tu vida (o tu necesidad es evidente para otros). Es probable que quieras tener hijos y te des cuenta de que no puedes sola. Probablemente, solo tienes un deseo profundo e innegable por un compañero cariñoso y comprometido. En cada caso, es bueno que te cases. Mientras a primera vista parecieran ser dos categorías, rápidamente descubrimos que en la práctica son tres: los solteros, los casados y los que aún no se casan. Después de todo, como cualquier persona soltera sabe, el deseo de casarse no hace un matrimonio. Mi esperanza al reflejar las palabras de Pablo es que aquellos que aún no contraen matrimonio puedan restaurar la esperanza y la ambición de sus corazones y puedan afirmarse en la misión durante su soltería.

Listos para salir donde sea que haya que ir

Quizás la tentación más grande en la soltería es asumir que el matrimonio satisfará nuestras necesidades que aún no han sido satisfechas, que resolverá nuestras debilidades, que organizará nuestras vidas y que hará florecer nuestros dones. Lejos de ser una solución, Pablo presenta el matrimonio como una suerte de problemático plan B de la vida cristiana y del ministerio. Cásense si deben, pero la advertencia es esta: seguir a Jesús no se hace más fácil cuando te juntas con otro pecador en un mundo caído. Mientras el matrimonio puede brindar felicidad, auxilio y alivio en algunas áreas, multiplica inmediatamente las distracciones porque se es íntimamente responsable por otra persona, por las necesidades de él o de ella, por sus sueños y su crecimiento. Es un gran y buen llamado, pero demandante que no les va a permitir disfrutar de muchas otras cosas buenas. Por lo tanto, para aquellos que aún no se han casado, la soltería (temporal) es un don. Realmente lo es. Si Dios permite que te cases, nunca vas a poder vivir un tiempo como el de ahora. El tiempo de soltería no es parte de las ligas menores del matrimonio, pues tiene el potencial de ser un periodo único para dedicarse plenamente a Cristo y poder ministrar a otros sin distracciones. Con el Espíritu en ustedes y la agenda libre, Dios les ha dado los medios para marcar perdurablemente la diferencia para su Reino. Como solteros, están listos y tienen toda bendición espiritual en las regiones celestiales (Ef 1:3) para salir, literalmente, donde sea que haya que ir. Con la ayuda y la guía de Dios, tienen la libertad de invertir su ser, su tiempo, sus recursos, su juventud y su flexibilidad en relaciones, en el ministerio y en los propósitos que pueden dar frutos increíbles. A continuación, les comparto ocho sugerencias para que puedan aprovechar al máximo la vida mientras aún no se casan:
1. Eviten intercambiar las distracciones maritales con otras
Pablo pudo haber tenido razón sobre nuestra libertad de las preocupaciones conyugales, pero en un mundo de iPhones, iPads, iPods, de lo que sea que deseen, los solteros nunca tienen problema para encontrar diversión. De hecho, si son como yo, las ganas de diversión aparecen y tendemos a satisfacer ese deseo, ya sea yendo a centros deportivos, viendo series románticas, ejercitando el físico, yendo a restaurantes caros, publicando entradas eternas en el blog y leyendo otros, revisando las redes sociales o ganando el último juego que salió al mercado. Quizás a esto le llamemos descanso, pero a menudo se ve, huele y suena mucho más a que estamos desperdiciando nuestra soltería. «Entonces, ya sea que coman, que beban, o que hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios» (1Co 10:31). Todo lo que se acaba de mencionar puede hacerse para la gloria de Dios, pero también puede ser una distracción peligrosa que nos aparta de ella. Si niegan que puedan ser una distracción, quizás deban dejar de lado sus smartphones, su control o sus rutinas. Vean las formas en las que Satanás podría estar debilitándolos en la misión con pequeños y simples placeres. Tal vez no sea necesario eliminarlos, pero sí limitarlos y buscar formas mejores de dar espacio a otros en sus vidas por medio de ellas. Sean creativos y hagan discípulos en el equipo de fútbol de la universidad, en las clases de cocina, en sus responsabilidades, en vez de ausentarse sin permiso de la misión de Dios debido a ellas.
2. Digan «sí» a lo espontáneo
Es un hecho que el matrimonio mata la espontaneidad (no del todo, pero en gran manera). Si aún no se han dado cuenta, dudo que cualquiera de sus amigos (anteriormente espontáneos) se hubiesen casado. Uno de nuestros dones espirituales más grandes como solteros es nuestra libertad para decir que «sí». Decir sí a una conversación telefónica casual; sí a un café; sí a ayudar a alguien a cambiarse de casa; sí a visitar a alguien enfermo; sí a ver una película tarde en la noche o al evento especial en el centro de la ciudad. Tienen la increíble libertad de decir que sí mientras que los casados no pueden ni siquiera planteárselo. Cuando no hay cónyuge, no pueden dañarlos con sus decisiones desinteresadas e impulsivas. ¡Tengan la disposición a decir que sí! ¡Bendigan a otros!, incluso cuando no siempre tengan ganas.
3. Practiquen su preocupación por otros cuando aún estén solos
No hagan nada por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de ustedes considere al otro como más importante que a sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás.
Filipenses 2:3-4 solo será más difícil de llevar a la práctica en el matrimonio, por lo que deben practicarlo ahora. Piensen en un par de personas o familias por las que podrían sacrificar sus vidas de solteros. Nadie espera que se preocupen o sustenten a otros en este momento —nadie; es decir, excepto Dios—. Así que preocúpense de conocer las necesidades de otros, especialmente de sus hermanos en la iglesia y consideren contribuir en ayudarlos. Podrían ayudar con dinero o comida o solo con tiempo y energía. Quizás especialmente con tiempo y energía. Sin considerar sus sueldos, a ustedes se les ha dado mucho. Usen lo que han recibido sabia y libremente en las necesidades de otros. Financieramente, están apoyando solo a una persona. Por supuesto, deben ahorrar modestamente para los días en los que necesiten más, pero mientras esperan, busquen formas en las que puedan dar a otros. Aunque no estén comprando mercadería para cinco personas, para una cena para dos ni para un sinfín de pañales, hagan un presupuesto para bendecir y desarrollar actitudes y hábitos de sacrificio por otros. Será un servicio enorme para tu futuro esposo o esposa y, mientras tanto, haces que Jesús brille con hermosura en aquellos que los rodean.
4. Hagan por Dios cosas radicales y que consuman su tiempo
Así como son libres para decir que sí a las cosas más espontáneas, también pueden decir que sí a cosas que requieren más de ustedes y que un casado ya no puede hacer. Sueñen en grande, sueños que sean más costosos. Comiencen con una reunión de oración diaria o algún compromiso regular con sus iglesias; comprométanse con múltiples relaciones de discipulado; organicen un nuevo proyecto de servicio comunitario centrado en Cristo. Hagan todo eso; se sorprenderán de cuán capaces son ustedes y sus amigos solteros teniendo el Espíritu de Dios en ustedes y con el propósito de vivir bien su soltería, especialmente cuando sueñan y trabajan juntos. Sean radicales, pero no imprudentes. La idea no es intentar abarcar demasiado, así que tomen decisiones con mucha oración y en comunidad, con gente que los ama y pueden decirles «no» cuando sea necesario. Mi percepción, sin embargo, es que los creyentes que aún no se casan pueden dar o hacer más de lo que son.
5. Pasen tiempo con matrimonios
Mientras más tiempo estén sin casarse, más tiempo tienen para aprender sobre el matrimonio, de los éxitos y de los fracasos de otras personas. Aunque aún no deben trabajar para evitar su propio set de tropiezos y pecados maritales porque no están casados, definitivamente pueden aumentar las posibilidades de éxito, pequeños y grandes, al ser buenos estudiantes desde ahora. Busquen oportunidades para ser parte regular de la vida y la familia de una persona casada. Si no están lo suficientemente cerca para ver la fealdad y el desorden del matrimonio, tal vez no se han acercado tanto. No les impongan cosas a las personas, pero tampoco tengan miedo de iniciar una conversación. Puede ser tan simple como almorzar con ellos los domingos después de la iglesia. Háganles fácil decir que sí siendo siervos dispuestos y entusiastas. Ofrézcanse para cuidar a sus hijos cuando tengan un compromiso en la noche o para ayudar con la jardinería o llevarles comida cuando uno de los niños se enferma. Estudien; observen cuidadosamente; hagan preguntas; tomen nota de lo que deben imitar. En todo lo que vean, sean humildes y corteses (esto no sería tan importante si tuvieran la oportunidad de ver cómo sería su futuro matrimonio). A medida que nuestras mentes y corazones son moldeados por las Escrituras para el matrimonio, necesitamos ejemplos de matrimonios imperfectos pero fieles. Estas relaciones en desarrollo hacen que los principios y las lecciones sean reales y repetibles.
6. Pasen tiempo con personas que aún no se han casado
Aunque los casados pueden darnos una perspectiva y un ejemplo importante, necesitamos personas en nuestras vidas que estén sintiendo, anhelando y enfrentando tentaciones iguales a las nuestras. Deben encontrar e invertir en personas que se estén preguntando lo mismo que ustedes y que también busquen aprovechar al máximo este tiempo único de soltería por Jesús. Piénsenlo, Pablo, aunque nunca se casó, llevó a cabo gran parte de su ministerio con otras personas. Busquen para sus vidas amigos que sean confiables, con dones y enfocados en la misión y ríndanse cuentas entre ustedes para que sus vidas de aún no casados importen para el Reino. Seguir a Cristo nunca supone hacerlo solo, incluso si son solteros.
7. Encuentren novio/a en el frente de batalla
En vez de que casarte sea tu misión, permite que la causa global de Dios y el avance del Evangelio en tu contexto lo sea y busca alguien que anhele lo mismo. Si esperan casarse con alguien que ame a Jesús apasionadamente y que lo dé a conocer, probablemente lo mejor es que busquen una comunidad con personas comprometidas con eso. Únanse a un grupo pequeño, no solo un grupo de cristianos solteros, sino que uno en el que sean activos en la misión. Únanse a un ministerio en sus iglesias que se comprometa con los perdidos en la comunidad local. Concéntrense en la cosecha y encontrarán a alguien que los ayude.
8. Mientras esperan, tengan su esperanza en Jesús más que el matrimonio
Primero, háganla una verdad para sus vidas. Pasen mucho tiempo nutriendo sus almas en todo lo que Dios es para ustedes en Jesús. Luego sean valientes para decirlo cuando quieran hablar de sus vidas amorosas. «Entonces, ¿alguna mujer en tu vida estos días?». «¿Están juntos?». «Ella es una gran chica». «¿Qué piensas de ella?». «¿Estarías dispuesta a salir con el compañero de departamento del primo de mi esposa?». Los casados tienen sus formas de enviarnos mensajes también. Usen las pequeñas y extrañas conversaciones como una oportunidad para mostrarles al Novio (Jesús) que compró la felicidad eterna para ustedes en vida o en muerte, en salud o en enfermedad, ya sea en el matrimonio o «en el mercado». Así que cuando se sientan solos o desanimados en sus vidas de solteros, recuerden que son salvos y que han sido enviados. En lugar de esperar hasta que llegue el día de tu boda para hacer que la obra avance, aprovecha al máximo tu vida de aún no casado.
Marshall Segal © 2015 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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Tú puedes perdonar a tus padres
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Tú puedes perdonar a tus padres

Los padres se están convirtiendo en un chivo expiatorio común, al menos en muchos círculos estadounidenses. Escucha a personas explicar sus debilidades y fracasos en la vida y considera cuán a menudo culpan a sus padres, directa o indirectamente; abierta o sutilmente. Todos hemos escuchado que los pecados de los padres son traspasados a sus hijos y a los hijos de sus hijos (Ex 34:6-7). También se nos ha dicho una y otra vez que la mayoría de nuestras debilidades como personas pueden ser encontradas en las debilidades de nuestros padres y de su crianza. ¿Cuánto de los problemas que has experimentado en la vida (consciente o inconscientemente) se lo atribuyes a tus padres (u otros familiares) por las cosas que te negaron, por las lecciones que aún no has aprendido, por defectos de carácter en ellos que no han cambiado, por los errores que han cometido al criarte, por los pecados que cometieron contra ti? Puede ser sano destapar las raíces de nuestros dolores o debilidades específicas, biológicas, históricas o de otro origen, pero la verdadera sanidad finalmente no vendrá al identificar las causas o al asignar culpa, sino que al confiar en Dios.

Traicionado por la familia

José fue traicionado por sus propios hermanos, diez de sus hermanos (Gn 37:18, 28). Diez de las personas en las que más debía confiar en el mundo, conspiraron para asesinarlo (Gn 37:18) y luego lo vendieron como esclavo (Gn 37:28). Quizás un hermano o una hermana (un padre o una madre) podría hacerte algo peor, pero la mayoría de nuestros familiares no son capaces de horrores como ese. Tramaron asesinarlo, luego lo dejaron en un foso para que muriera, lo sacaron de ahí, para, en lugar de ello, optar a hacer un poco de dinero al venderlo a la esclavitud desconocida y de por vida. No tenían idea adónde estaban enviando a su hermano. Simplemente, se alegraron de haberse desecho de él finalmente, a pesar de cuán devastadoras serían las noticias para su padre.

No tú, sino tu Dios

Años después, Dios sacó a José de la esclavitud y lo puso en un puesto de poder; más tarde, de un encarcelamiento injusto a un puesto de mayor poder bajo el faraón. Debido a una grave hambruna en la tierra, la familia de José fue desde Canaán hasta Egipto a comprar comida. Como Dios lo haría, sin saberlo, ellos llegaron a los pies del hermano al que traicionaron, rogando desesperados por sus vidas. José reconoció a sus hermanos inmediatamente, todos ellos culpables de intento de asesinato y de trata de personas. De pronto, él ya no era solo su víctima, sino que también su juez. La historia se lleva a cabo a través de muchas interacciones entre ellos, pero llega al clímax cuando José finalmente les revela su identidad. Se afligen inmediatamente, sabiendo el mal que hicieron y dándose cuenta del severo castigo que merecían (Gn 45:3). Las próximas palabras que José les dice son unas de las más impresionantes de toda la Biblia:
Y José dijo a sus hermanos: «Acérquense ahora a mí». Y ellos se acercaron, y les dijo: «Yo soy su hermano José, a quien ustedes vendieron a Egipto. Ahora pues, no se entristezcan ni les pese el haberme vendido aquí. Pues para preservar vidas me envió Dios delante de ustedes» (Gn 45:4-5).
No, José, ¿acaso no recuerdas bien la historia? Tus hermanos te vendieron para ser esclavo y te enviaron a morir a Egipto. Sin embargo, José repite: «No fueron ustedes los que me enviaron aquí, sino Dios» (Gn 45:8).

Dios lo hizo para bien

Diecisiete años más tarde, su padre Jacob murió. Los hermanos temían que José finalmente buscara su venganza contra ellos (Gn 50:15). En sus mentes, él aún tenía el derecho de buscar un castigo justo, a pesar del perdón y la bondad que él les había extendido. José lloró con compasión y cariño, y luego dijo:
Pero José les dijo: «No teman, ¿acaso estoy yo en lugar de Dios? Ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios lo cambió en bien para que sucediera como vemos hoy, y se preservara la vida de mucha gente. Ahora pues, no teman. Yo proveeré para ustedes y para sus hijos». Y los consoló y les habló cariñosamente (Gn 50:19–21).
En lugar de confrontar a sus aspirantes a asesinos, él los consoló. En lugar de castigar a los hombres que lo vendieron a la esclavitud, él prometió proveerles a ellos y a sus hijos. Él dejó de lado el terrible peso del resentimiento y de la amargura y le dejó sus preocupaciones abrumadoras y espeluznantes a Dios (1P 5:7). Cuando sus hermanos merecían maldición, en lugar de ello, él escogió bendecirlos, tomando su cruz por el gozo que Dios puso ante él. Su paciencia y su bondad sorpresivas para con sus hermanos resuena con la descripción de Sara del apóstol Pedro. Cuando su propio esposo mintió y la puso en peligro, ella «[hizo] el bien y no [tuvo] miedo de nada que pueda aterrorizarla» (1P 3:6). Ella se puso en las manos de Dios, incluso cuando ella no podía ponerse en las manos de Abraham. José se puso a él (y a sus hermanos) en las manos de Dios, sin necesitar ejercer justicia para buscar reivindicación por sí mismo. ¿Tienes la fe para perdonar a tu familia —tus padres— (Ef 4:32)? ¿Tienes la libertad de dejar que Dios lidie con las ofensas que han cometido contra ti (Ro 12:19)? ¿Tienes la valentía de recibir y vivir el bien que Dios ha planeado para ti, sin importar cuán bueno o malo se sienta en el momento (Ro 8:18)?

El bien más profundo que el dolor

José sabía que Dios siempre estaba obrando algo más profundo para él que la traición, la esclavitud y el encarcelamiento; una dulzura más profunda que cualquier circunstancia. Sin embargo, él también vio su sufrimiento en el contexto de lo que Dios estaba haciendo por otros.
  • «Pues para preservar vidas me envió Dios delante de ustedes» (Gn 45:5, 7).
  • «Allí proveeré también para ti, pues aún quedan cinco años de hambre, para que no caigas en la miseria tú, ni tu casa y todo lo que tienes» (Gn 45:11).
  • «Dios lo cambió en bien para que sucediera como vemos hoy, y se preservara la vida de mucha gente» (Gn 50:20).
Quizás el bien terrenal más grande que Dios hará por medio de las cosas que has sufrido será en la vida de alguien más y no en la tuya. Como Pablo escribe: «Bendito sea el […] Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que también nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción» (2Co 1:3–4). Ninguno de nosotros pide ese tipo de ministerio, pero es un ministerio hermoso y necesario, para el cual Dios llama a muchos. José consideró todo su sufrimiento valioso comparado con todo lo que Dios hizo por medio de él para otros. Cada intento malicioso en sus hermanos, cada acto de maltrato en la esclavitud, cada día injusto en la cárcel. ¿Atesoras así el bien que Dios hace por otros por medio de ti?

El plan de Dios para ti

Cristianos, sus padres no se interpusieron en el camino de los planes de Dios para ti; ellos eran el plan de Dios para ti. ¿Pueden mirar hacia atrás en sus vidas, con José, y decir eso? A la larga, mis padres no me enviaron aquí; Dios me envió aquí. Lo que sea que mis padres querían para mí, Dios lo dispuso para bien. Él lo hizo, lo está haciendo y lo seguirá haciendo, en cada dificultad y en cada relación. José no vivió para obtener las disculpas de sus hermanos. Sus pecados contra él no lo mantuvieron prisionero todos esos años, sin permitirle seguir avanzando. Él conocía bien los horrores del cautiverio, pero era libre de la amargura y del resentimiento, incluso mientras sus hermanos estaban en silencio por su culpa. No esperes que tus padres te pidan perdón antes de que ejerzas la libertad que Cristo ya compró para ti. Incluso si conspiraron para asesinarte o te vendieron para ser esclavo, incluso si así fue no pueden evitar que Dios te haga bien a ti y por medio de ti a otros.
Marshall Segal © 2017 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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Él fue abandonado por el Padre
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Él fue abandonado por el Padre

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación y de las palabras de mi clamor? (Sal 22:1).
Nunca sabremos todo el peso que soportaron esos clavos. El Hijo divino había entrado en un mundo oscuro, brillando en la oscuridad total de nuestro quebranto. Sin embargo, los suyos lo rechazaron, porque amaban la oscuridad. Y ahora, en el Gólgota, cayó la oscuridad, completamente, sobre Él. Sus hombros soportaron el pecado que Él nunca conoció. Él había nacido para trepar este abominable árbol, junto con la hostilidad durante toda su vida. Los asesinos lo acecharon antes de que pudiera caminar (Mt 2:16). Peleó la guerra de guerras cuando se enlistó en contra del mal mismo en el desierto (Mt 4:1). Mientras sanaba a los enfermos y expulsaba demonios, los líderes religiosos lo acusaron de diabólico (Mt 10:25). El Verbo se hizo carne y habitó entre los pecadores y ellos lo agredieron brutalmente, maquinando contra Él, golpeándolo, burlándose cruelmente hasta que su carne cediera. Ahora, en la cruz, su silencio solo amplificó la enemistad de su motín. Sin embargo, finalmente, Él sí rompió el silencio, no con sus propias palabras, sino que con el Salmo 22:1: «Desde la hora sexta hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora novena. Y alrededor de la hora novena, Jesús exclamó a gran voz, diciendo: “Eli, Eli, ¿lema sabactani?” Esto es: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”» (Mt 27:45-46).

Dios rodeado

Con las manos clavadas y pulmones fallando, Jesús se agarró del Salmo 22. Estas habían sido las palabras desesperadas de un hombre inocente que enfrentaba agresión en cada aspecto. Ahora el Hijo de Dios libre de pecado era el que estaba rodeado. Como mandíbulas rabiosas de toros salvajes (Sal 22:12-13), los escribas y los fariseos querían cada gota de su sangre. La cría de la víbora lo había perseguido en cada paso, acusándolo falsamente de maldad y conspirando para destruirlo (Mt 12:14). Mientras colgaba ahí donde nunca perteneció, se burlaron de Él: «A otros salvó; a Él mismo no puede salvarse.... En Dios confía; que lo libre ahora si Él lo quiere» (Mt 27:42–43), cumpliendo lo que había sido predicho en el Salmo 22:8. Como una manada de perros enojados con dientes afilados (Sal 22:16), las multitudes estaban furiosas con anhelos de matar. Gritaron, salivando: «¡Sea crucificado!» (Mt 27:22). «Pilato preguntó: “¿Por qué? ¿Qué mal ha hecho?” Pero ellos gritaban aún más: “¡sea crucificado!”» (Mt 27:23). Los hijos de ira se levantaron en una furia monstruosa, odiando a su única esperanza. Como una manada de leones agachándose con intenciones asesinas detrás de briznas de pasto o como bueyes salvajes precipitándose hacia su presa (Sal 22:21), los soldados mojaban sus labios. Lo desnudaron (Mt 27:28). Le pusieron espinas a la fuerza sobre su cabeza (Mt 27:29). Le escupieron en su rostro libre de pecado (Mt 27:30). Pusieron clavos en sus manos y en sus pies. Después de colgarlo para morir, apostaron sus prendas (Mt 27:35), tal como había sido escrito (Sal 22:18). Saborearon su miseria, riéndose en la cara de lo que pronto brillaría como el sol con toda su fuerza. Incluso uno de los criminales, que colgaba por sus propios pecados y enfrentaba su propio juicio, pasó su último aliento despreciando al Hijo. «¿No eres Tú el Cristo? ¡Sálvate a ti mismo y a nosotros!» (Lc 23:39). Y como si los escribas, las multitudes y los ladrones no fueran suficiente, sus amigos más cercanos lo dejaron para morir. Pedro negó enérgicamente conocerlo (Mt 26:70), y lo repitió. El resto huyó por miedo (Mr 14:50). Jesús estaba rodeado en todo aspecto, pero no solo eso. Ahora, Él fue descendido con los toros, los perros y los leones.

Dios mío, Dios mío

Sin embargo, cada amenaza a su alrededor era solo un susurro comparado con la ira que soportó de lo alto. «Pero quiso el Señor quebrantarlo», escribe Isaías, «sometiéndolo a padecimiento» (Is 53:10); un dolor lo suficientemente grande para tragar cualquier otro dolor. La hostilidad de su Padre, contra miles de años de atrocidades que desprecian a Dios, finalmente cayeron sobre Él, por nosotros. Pronto los apóstoles orarían a su Padre: «Porque en verdad, en esta ciudad se unieron tanto Herodes como Poncio Pilato, junto con los gentiles y los pueblos de Israel contra tu santo siervo Jesús a quien tú ungiste» —los toros, los perros y los leones reunidos— «para hacer cuanto tu mano y tu propósito habían predestinado que sucediera» (Hch 4:27-28). Antes de la fundación del mundo, el horror de esas horas habían sido escritas (Ap 13:8). Cada momento de la historia lleva a este: al sacrificio de un Cordero sin mancha. Jesús sabía lo que debía sufrir (Mt 20:17-19), pero eso no aliviaba el tormento. Como meros humanos, simplemente nunca conoceremos las profundidades de sus agonías. Nosotros habríamos conocido algo de su dolor, si es que Él no lo hubiese soportado por nosotros.

Palabra final

Recordamos el Salmo 22 por su declaración de abandono, pero cuando Jesús repitió el verso 1 desde lo alto, Él no había olvidado cómo termina el Salmo. Incluso cuando David se sentía completamente abandonado por Dios, Él aún pudo decir:
[El Señor] no ha despreciado ni ha aborrecido la aflicción del angustiado,ni le ha escondido su rostro; sino que cuando clamó al Señor, lo escuchó (Sal 22:24)
Y luego dos versos después: «los pobres comerán y se saciarán; los que buscan al Señor, lo alabarán» (Sal 22:26). Jesús era dueño del peso del verso 1, pero no se sentiría abandonado por mucho. Él sabía que vería el rostro del Padre nuevamente, que se sentaría y gobernaría a su diestra. El hombre que murió por el pecado resucitaría y sería entronizado como Hijo.

Él lo hizo

Cuando el autor de Hebreos miró desde el árbol empapado de sangre a la corona imperecedera que Jesús recibió, Él citó el Salmo 22:
Porque convenía que aquel para quien son todas las cosas, llevando muchos hijos a la gloria, hiciera perfecto por medio de los padecimientos al autor de la salvación de ellos. Porque tanto el que santifica como los que son santificados, son todos de un Padre; por lo cual Él no se avergüenza de llamarlos hermanos, cuando dice: «Anunciaré tu nombre a mis hermanos, en medio de la congregación te cantaré himnos» (Heb 2:10–12).
Cuando Jesús dejó de respirar mientras gritaba el Salmo 22:1, Él sabía que terminaría la canción un día, y pronto. Cuando dijo: «¡Consumado es!» (Jn 19:30), Él estaba recién comenzando. Él estaba terminando la guerra que comenzó antes de que el primer bebé naciera y cerrando el prólogo de su Reino eterno. Y, como el Salmo 22 predijo (Sal 22:30-31), dice y siempre dirá, lo que Él ha hecho.
Marshall Segal © 2019 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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Separados por ahora

Fiel a su nombre, la emoción por Zoom se agotó casi tan rápido como empezó a tener éxito, dejándonos a la mayoría de nosotros cansados, exasperados y sintiéndonos más desconectados. El anhelo que sentimos de reunirnos en persona no es nuevo (es tan antiguo como el género humano), pero el coronavirus ha refrescado y profundizado ese anhelo en muchos de nosotros. Sin duda, estamos más conscientes de las necesidades arraigadas en la humanidad. Sin embargo, los últimos meses no crearon esa necesidad; solo han expuesto lo que los humanos, y en especial los cristianos, siempre hemos necesitado. A medida que las primeras iglesias nacían y comenzaban a dispersarse y a multiplicarse, habían difíciles despedidas (Hch 20:37-38; 2Ti 1:4). No solo no tenían el tipo de tecnología que nosotros disfrutamos ahora, sino que los peligros de seguir y predicar a Cristo eran reales y graves. Las personas morían por creer lo que creían (Hch 7:58; 12:1-3), por lo que decir adiós era una palabra fuerte y dolorosa. El distanciamiento social que experimentaron era tanto más tangible, difícil y a veces permanente; al menos hasta que la muerte los volviera a reunir. Por lo tanto, cuando los apóstoles dicen una y otra vez: «Anhelo verlos», sabemos que su anhelo era profundo e intenso. Ahora, después de dos meses en cuarentena debido al coronavirus, sentimos más de lo que ellos podrían haber sentido los unos por los otros.

«Preferiría no usar Zoom»

El apóstol Juan le escribió a la iglesia que amaba y conocía bien: «Aunque tengo muchas cosas que escribirles, no quiero hacerlo con papel y tinta, sino que espero ir a verlos y hablar con ustedes cara a cara, para que su gozo sea completo» (2Jn 12). Lo escrito puede decir demasiado (quien habla  es un apóstol, en la misma Palabra de Dios). Sin embargo, incluso en los escritos inspirados, infalibles y suficientes de la Escritura hay un anhelo por más que escritos, por más que palabras. Juan y los otros apóstoles probablemente aprendieron esta dinámica directamente de Jesús. Al comienzo de su ministerio, «Subió Jesús a una montaña y llamó a los que quiso, los cuales se reunieron con él. Designó a doce, a quienes nombró apóstoles, para que lo acompañaran y para enviarlos a predicar y ejercer autoridad para expulsar demonios» (Mr 3:13-15, NVI). Incluso el Dios-Hombre anhela estar cerca o conectado con alguien, no solo compartir teología o incluso compartir la misión, sino que compartir espacio y compartir la vida. Dios les ha dado a las personas de carne y hueso un poder y un potencial irremplazables en las relaciones. Él ha incrustado una necesidad por ese tipo de experiencia en cada ser humano y en cada iglesia. Algunas cosas tuvieron el propósito de ser dichas en la misma habitación. La cercanía importa. El amor tuvo el propósito de reunir. Cuando nos juntamos en un lugar, ni retrasos en el audio ni videos congelados, ni botones de silenciar ni notificaciones push, ni la conexión a Internet ni las barreras o las dificultades tecnológicas nos pueden separar más. Los teléfonos inteligentes y las llamadas de Zoom son regalos extraordinarios, regalos que la iglesia primitiva sin duda habría atesorado y aprovechado, pero aun así son regalos que no satisfacen lo que nosotros (y ellos) hemos anhelado. Juan podría estar expresando esto cuando escribió: «Espero ir a verlos y hablar con ustedes cara a cara». Por tanto, no es solo cara a cara (casi podemos reproducir eso hoy), sino que en realidad estar con ustedes. El gozo de la comunidad no puede ser pleno desde la lejanía. Nota por qué Juan quiere estar cara a cara: «Para que su gozo sea completo». El distanciamiento social significa menos gozo. Sacrificamos un deleite más completo y más profundo (en Dios y en los unos y los otros) cuando no podemos estar juntos. Muchos de nosotros sentimos la falta de alegría ahora más de lo que lo hemos sentido antes.

El anhelo de fortaleza y valentía

El apóstol Pablo expresa el mismo estribillo de anhelo a lo largo de sus cartas. Él les dice a los romanos, a los filipenses, a los tesalonicenses y a Timoteo: «anhelo verlos» (o algo así). Él les escribe a los corintios: «Por esta razón les he enviado a Timoteo, que es mi hijo amado y fiel en el Señor. Él les recordará mis caminos, los caminos en Cristo, tal como yo enseño en todas partes, en cada iglesia» (1Co 4:17). Pablo sabía que la presencia diaria, de carne y hueso de Timoteo comunicaría los caminos de Pablo en Cristo aún más de lo que las propias palabras de Pablo lo harían. No obstante, su anhelo por la iglesia en Roma se siente especialmente relevante e instructivo. Pablo cree que algo sucederá cuando los vea que no ocurrirá de la misma manera o al mismo nivel que por medio de sus cartas (en este caso, probablemente la mayor carta escrita en la historia). Él escribe:
[...]Hago mención de ustedes siempre en mis oraciones, implorando que ahora, al fin, por la voluntad de Dios, logre ir a ustedes. Porque anhelo verlos para impartirles algún don espiritual, a fin de que sean confirmados; es decir, para que cuando esté entre ustedes nos confortemos mutuamente, cada uno por la fe del otro, tanto la de ustedes como la mía (Ro 1:9-12).
Pablo dice: «Anhelo verlos para impartirles algún don espiritual». No sabemos qué don espiritual tenía en mente, pero sí sabemos que su presencia «fortalecería» a los creyentes en Roma y que tanto Pablo como sus lectores serían «animados» en una manera que no se lograría de otra forma. Pablo usa las mismas dos palabras griegas juntas cuando le escribe a los tesalonicenses: «Enviamos a Timoteo, nuestro hermano y colaborador de Dios en el evangelio de Cristo, para fortalecerlos [afianzarlos] y alentarlos [animarlos] respecto a la fe de ustedes» (1Ts 3:2). La presencia física le permite a Pablo y a Timoteo, a ti y a mí, fortalecernos y afianzarnos, alentarnos y animarnos en maneras que no podríamos a través de los medios de comunicación, no importa cuán avanzados sean estos medios. Pablo hizo el esfuerzo extraordinario de estar con sus compañeros creyentes porque él sabía el potencial extraordinario de estar cara a cara. Él conocía el potencial gozo de estar verdaderamente juntos (2Ti 1:4; Fil 2:28). Por lo tanto, estamos en lo correcto al anhelar vernos unos a otros y fortalecernos, animarnos y disfrutarnos unos a otros como iglesia. Zoom por sí solo no es suficiente. Por ahora, como Juan y Pablo, usamos la tecnología que tenemos y continuamos amándonos mutuamente lo más creativa, intencional y persistentemente que podemos. Sin embargo, Dios quiere que anhelemos más, que esperemos ansiosamente esa gran reunión ese domingo, cuando estemos realmente juntos otra vez.

Camina con nosotros

Dios también quiere que esperemos, tanto más, la reunión aún más grande y más dulce que vendrá, cuando Cristo regrese para reunir a todos los santos desde todas las casas para llevarnos a nuestro hogar final. Una manera en que Dios podría permitir que pasemos la soledad y las pruebas del aislamiento no es solo anhelando estar juntos otra vez (¡debemos hacerlo!), sino que también anhelando los meses, los años y los siglos en los que caminaremos con Él. Cuando haga todas las cosas nuevas, elimine todos los virus y la corrupción, quite para siempre todos los mandatos de quedarse en casa y nos suelte, sin tentación ni pecado, en todo lo que Él ha hecho, Él ya no nos llamará desde lejos, sino que habitará y caminará con nosotros. El mismo Juan, que prefería la presencia física al papel y la tinta, vio la maravilla de lo que experimentaremos:
Entonces oí una gran voz que decía desde el trono: «El tabernáculo de Dios está entre los hombres, y Él habitará entre ellos y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará entre ellos. Él enjugará toda lágrima de sus ojos» (Ap 21:3).
¿Podría haber sido más claro? La morada de Dios estará con nosotros; Él habitará con nosotros. Dios mismo estará con nosotros como nuestro Dios. Los días de distanciamiento social son especialmente buenos para saborear promesas como estas, para soñar con todos los días que pasaremos con Dios. Juan escribió sobre esa gran esperanza y futuro desde el exilio, mientras estaba aislado en una isla (Ap 1:9). Y sin embargo, solitario como estaba (mucho más de lo que estamos nosotros hoy), él no solo cobró ánimo en la esperanza del cielo, sino que encontró maneras para fortalecer la esperanza de otros sobre lo que vendrá. Su aislamiento se transformó en la razón para la perseverancia de alguien más; para nuestra perseverancia. ¿Cómo podría usarnos Dios —con una carta, una llamada telefónica un mensaje de texto— para hacer lo mismo con alguien que está luchando con creer?
Marshall Segal © 2020  Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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Todo lo que necesitas para otro año
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Todo lo que necesitas para otro año

Al salir el sol sobre otro año, ¿dónde quieres encontrarte siendo más fiel dentro de doce meses? ¿En tu dieta y ejercicios, en tu matrimonio y relaciones, en tu evangelismo personal, en tu productividad laboral o en tu comunión con Dios? El comienzo de un año es un buen momento como cualquier otro para escudriñar nuestros corazones, y ver si estamos encubriendo alguna infidelidad. ¿Habrá impulsos pecaminosos que hemos descuidado, justificado o albergado? ¿Qué podría Dios finalmente podar o sacar a la luz? El apóstol Pablo nos advierte con una promesa: «El que siembra escasamente, escasamente también segará; y el que siembra abundantemente, abundantemente también segará» (2Co 9:6). Un agricultor que siembra unas pocas semillas, cosechará poco, pero uno que siembra muchas, cosechará en abundancia. Cómo sembremos (y para quién) determinará, de manera real y significativa, lo que cosecharemos. Si el año pasado nos dejó emocionalmente inestables, financieramente angustiados, físicamente débiles y poco saludables, relacionalmente desconectados, y sintiéndonos más lejos de Dios, seguramente estamos cosechando lo que sembramos. Y si sembramos lo mismo este año, probablemente nos sentiremos en forma similar dentro de un año. O aún peor. Pero si sembramos abundantemente, nuestra cosecha será otra. Y nuestro Dios ama llenar (y volver a llenar) las copas de aquellos que le siguen con celo, y gustosamente sirven a los demás.

¿Qué sembrarás?

Cuando Pablo escribió sobre sembrar y cosechar, él estaba escribiendo sobre generosidad monetaria (2Co 9:7), pero no solo de eso porque agrega: «para toda buena obra» (2Co 9:8). Así que al dar vuelta la página a otro año, deberíamos estimar qué tanto sembraremos: en cuanto a nuestras finanzas, sí, pero también a nuestro tiempo, a nuestra energía y a nuestra devoción. Podemos determinar ahora, con nuestras manos abiertas frente a Dios, quién o qué recibirá lo más abundante y lo mejor de lo que nos ha dado el Señor. La mayoría de nosotros siembra escasamente porque lo hacemos sin pensar y sin orar. Ningún agricultor siembra abundantemente por accidente, y pocos cristianos siembran escasamente con seria intencionalidad. ¿Por qué sembramos escasamente? Sembramos escasamente porque olvidamos o ignoramos lo que vamos (o no) a cosechar. Nos conformamos con la comodidad y conveniencia de sembrar sin propósitos claros, a pesar de lo mucho que nos puede costar. Cambiamos plenitud de gozo y placer eternos por fracciones de gozo y momentos de placer. Cuando no podemos ver más allá del horizonte de nuestra corta vida, aprendemos a vivir día a día como si no hubiera nada más. Descuidamos la sabiduría profunda e invencible del consejo de Dios:
No acumulen para sí tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre destruyen, y donde ladrones penetran y roban; sino acumulen tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni la herrumbre destruyen, y donde ladrones no penetran ni roban [...] (Mt 6:19-20).
Sembramos escasamente porque olvidamos lo que cosecharemos, o sembramos escasamente porque tememos que Dios nos provea escasamente. Acumulamos cualquier semilla que Él nos dé (tiempo, dinero, energía) porque tenemos miedo de que no nos quede lo suficiente para nosotros. Pero Pablo tiene una palabra que habla a todos nuestros temores del año nuevo: «Dios puede hacer que toda gracia abunde para ustedes, a fin de que teniendo siempre todo lo suficiente en todas las cosas, abunden para toda buena obra» (2Co 9:8 [énfasis del autor]).

Todo lo que necesitas

Puede que no te sientas suficiente para hacer lo que Dios te ha llamado a hacer. Probablemente, al mirar el año pasado, te vuelvas a sentir insuficiente para tu matrimonio, familia y para otros actos de servicio. Eso es bueno.  Dios no nos llama a sentirnos o a ser suficientes.  Deberíamos sentirnos incapaces de vivir la vida cristiana (2Co 2:16). Si en verdad eres capaz, es porque Dios es capaz. «Dios puede hacer que toda gracia abunde para ustedes, a fin de que teniendo siempre todo lo suficiente...» (2Co 9:8 [énfasis del autor]). La habilidad y la suficiencia que importan en todo sentido, viene de arriba. Fuera de la gracia, no tenemos la energía necesaria para ser padres, o la sabiduría necesaria para cumplir con nuestros planes diarios, o la fe necesaria para ofrendar más allá de lo que nos resulta cómodo, o la perseverancia para cuidar bien nuestros cuerpos, o la paciencia para enfrentar pruebas, o el amor necesario en el matrimonio. Pero Dios es dueño del ganado sobre mil colinas, y ejerce la fuerza de miles de ejércitos, y conoce a miles de millones de estrellas por sus nombres y vive en nosotros y para nosotros a través de su Espíritu.

En todas las cosas

Dios, y solo Dios, es tu suficiencia en todo.  «Dios puede hacer que toda gracia abunde para ustedes, a fin de que teniendo siempre todo lo suficiente en todas las cosas...» (2Co 9:8 [énfasis del autor]). Dios no ignorará ni abandonará ningún área de tu vida, de tu matrimonio, de tu trabajo, de tu hogar, de tu salud. Dondequiera que Él provea, Él proveerá plenamente de acuerdo con su sabio plan. Su gracia cubre cada rincón oscuro y necesitado de nuestros corazones. Ninguno de nosotros siembra en todas partes, todo el tiempo. En el plan sabio, soberano y amoroso de Dios, no podemos. Todos nosotros necesitamos sembrar mejor en algún lado. Y probablemente seamos propensos a pensar que podemos prescindir de la provisión de Dios en áreas donde somos más fuertes, y sutilmente a suponer que Él no nos proveerá más en áreas donde somos más débiles. Por fe, objetamos ambas posiciones. Le pediremos a Dios que provea en cada área (donde somos más fuertes o más talentosos, y donde somos aún débiles) porque Dios promete proveer en todas las cosas. Vivimos, trabajamos, amamos y crecemos bajo el lema: «mi Dios proveerá a todas sus necesidades, conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús» (Fil 4:19 [énfasis del autor]).

En todo tiempo

Dios te dará todo lo que necesitas en cada área de tu vida, en cada momento del próximo año (y por un sinfín de años). «Dios puede hacer que toda gracia abunde para ustedes, a fin de que teniendo siempre todo lo suficiente en todas las cosas...» (2Co 9:8). Nuestro Dios es un Dios de siempre. Él proveerá en las cumbres del éxito o progreso; Él proveerá en los valles de la desilusión y del fracaso; y Él proveerá en los caminos ásperos y, a veces duros, de nuestro servicio a otros. Si somos suyos, ninguna hora será ignorada.  Cada minuto de cada día, Él nos dice en Cristo:
No temas, porque Yo estoy contigo; No te desalientes, porque Yo soy tu Dios. Te fortaleceré, ciertamente te ayudaré, Sí, te sostendré con la diestra de mi justicia (Is 41:10).
En todo tiempo. Sin interrupciones ni errores ni descuidos. Solo amor paterno, proveedor, continuo e incesante. No temas porque el que gobierna el universo y escribe toda la historia, te fortalecerá, guiará y protegerá a medida que caminas por esta vida. Si pudiéramos ver y sentir la extensión y constancia de su cuidado, nos reiríamos de lo temerosos que podemos ser. Las nubes de inseguridad que cuelgan sobre nuestro futuro, se parecerían menos a tormentas devastadoras y más a la tan necesaria lluvia.

Para toda buena obra

El último todo es el más sutil, al menos en nuestras Biblias en inglés, pero es el más importante y relevante para un nuevo año: «Dios puede hacer que toda gracia abunde para ustedes, a fin de que teniendo siempre todo lo suficiente en todas las cosas, abunden para toda [literalmente, toda] buena obra» (2Co 9:8 [énfasis del autor]). Cada gramo de la provisión de Dios para ti, estará entrelazada de oportunidades para beneficio de ti mismo, o para, en amor, servir a los demás. Dios siempre quiere que la gracia que Él nos da, fluya para el bien de los demás. Si bien muchos de nosotros necesitamos saber que Dios proveerá de nuevo (toda suficiencia, en todas las cosas, en todo tiempo) muchos otros puede que necesiten recordar que Él ha puesto buenas obras delante de nosotros para que las llevemos a cabo. «Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas» (Ef 2:10 [énfasis del autor]). Dios mismo nos ha preparado obras para que realicemos este año, en especial lugares donde sembrar, una siembra que a menudo nos costará más de lo que planeamos dar. ¿Caminaremos en el amor que Él ha preparado para nosotros? Ahora, al final de otro año, oremos para que tengamos la suficiencia (todo lo que necesitamos, en todas las cosas, en todo tiempo) para sembrar fielmente en el próximo.
Marshall Segal © 2019 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. Traducción: Marcela Basualto
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Los planes sin amigos fracasarán

Muchos son los planes del hombre y esos planes fracasan en tantísimas maneras. A veces, nuestros planes fracasan simplemente porque nosotros fallamos en llevarlos a cabo. Sin embargo, incluso cuando hacemos planes, como todos hemos aprendido en esta última semana, pueden fracasar (y lo harán), derrumbarse o incluso salir mal. Los sabios conocen el valor de la buena planificación y saben que la sabiduría mayor de Dios a menudo cambiará o incluso cancelará nuestros planes. Ellos saben que Él aún tiene planes de bienestar perfectos y soberanos para nuestros días más improductivos. Proverbios, más que cualquier otro libro de la Biblia, expone principios para una planificación piadosa. La sabiduría eleva la prioridad de la planificación y establece principios para una buena planificación sin poner nuestra esperanza en ella. Por ahora, enfoquémonos en solo dos principios, cada uno de los cuales pareciera ser especialmente contradictorio para los planificadores de hoy: no planifiques tú solo y no planifiques para ti.

No planifiques tú solo

Cuando miramos de cerca lo que Proverbios dice sobre la planificación, la nota más dominante y común podría ser sorpresiva para la mayoría de nosotros:
Sin consulta, los planes se frustran, pero con muchos consejeros, triunfan (Proverbios 15:22).
Quizás hemos pasado por alto los ingredientes más importantes en nuestra planificación porque hemos asumido que planificar es algo que hacemos solos y por nosotros mismos. Por supuesto, la planificación efectiva a menudo requiere algún tiempo dedicado a solas (pensando, organizando, bosquejando y, más importantemente, orando). Sin embargo, una tremenda cantidad de nuestra planificación termina ahí. Dios dice, por medio de la voz de la sabiduría, que planes como esos fracasarán. No en cada caso, sino que general y consistentemente, solo espera y ve. Debemos orar en secreto (Mt 6:6) y dar en secreto (Mt 6:3), pero no planificar en secreto. ¿Quién habla continuamente a tus planes (a tu andar con Cristo, a tu matrimonio, a tu familia y ministerio, a tus gastos, tus ofrendas y tu organización)? ¿De dónde recibes el consejo crucial e incómodo que todos necesitamos?

Las guerras no se ganan solas

Proverbios repite el sabio estribillo sobre planificar juntos:
  • «Los proyectos con consejo se preparan, y con dirección sabia se hace la guerra» (Pr 20:18).
  • «Donde no hay buen consejo, el pueblo cae, pero en la abundancia de consejeros está la victoria» (Pr 11:14).
  • «El camino del necio es recto a sus propios ojos, pero el que escucha consejos es sabio» (Pr 12:15).
  • «El que vive aislado busca su propio deseo, contra todo consejo se encoleriza» (Pr 18:1).
  • «Porque con dirección sabia harás la guerra, y en la abundancia de consejeros está la victoria» (Pr 24:5-6).
Los planes sabios son probados, afinados y mejorados en las mentes y en los corazones de otros. Si luchamos diariamente «contra principados, contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas, contra las fuerzas espirituales de maldad en las regiones celestes» (Ef 6:12), entonces la Escritura dice que necesitamos guía seria y sistemática, una abundancia de consejeros. Necesitamos vivir juntos como iglesia, como escribe Ray Ortlund Jr.:
¿Por qué estudiamos el libro de Proverbios? Porque mucho de la vida es una serie de matizadas decisiones a conciencia… Todos estamos creando dinámicas sociales tanto sutiles como poderosas y esas dinámicas agotan la vida o la enriquecen. Aquello que marca la diferencia es la sabiduría de nuestra vida juntos como la iglesia de Cristo (Proverbs [Proverbios], 35)[1].

Pregúntale a la iglesia

Si sabemos que nuestros planes fracasarán si no hay consejo, ¿dónde encontramos buenos consejeros? ¿Has considerado buscar ante todo (y más persistentemente) en tu iglesia? Hoy podríamos ser menos propensos a pensar de la iglesia como un depósito de sabiduría, puesto que podemos buscar y encontrar todo digitalmente: artículos, sermones, pódcasts, cursos. ¿Quién todavía necesita a la iglesia? Todos la necesitamos. Hebreos dice: «Consideremos cómo estimularnos unos a otros al amor y a las buenas obras, no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos unos a otros, y mucho más al ver que el día se acerca» (Heb 10:24-25, [énfasis del autor]). Cuando Dios inspiró esas palabras, Él sabía demasiado bien cuánta información estaría disponible para nosotros hoy, y aún así Él dijo: «asegúrense de congregarse»; de hecho, háganlo aún más. Dios quería que nos viéramos los unos a los otros a los ojos, que escucháramos nuestras voces, que pasáramos tiempo en las casas de cada uno, que conociéramos nuestras historias, que conociéramos a las familias de los demás, que lleváramos las cargas los unos de los otros y que pudiéramos decir cara a cara, una y otra vez: continúa siguiendo a Jesús; sigue atesorando a Jesús; permanece confiando en Jesús (Heb 3:12-13). La información no es sabiduría; la sabiduría requiere vivir y solo puedes vivir lo que has vivido. Para obtener verdadera sabiduría, necesitamos consejeros de la vida real. Los amigos de Facebook no se involucrarán en realidades como las nuestras. Necesitamos hermanos y hermanas en Cristo de carne y hueso, semana tras semana, entristecidos pero siempre gozosos. No meros miembros de una iglesia, sino que miembros los unos de los otros (Ro 12:4-5). Por más sabio y poderoso que parezca Google, y por más datos que pudiera haber recopilado sobre nosotros, no tiene el poder espiritual que Dios ha reservado para la iglesia. Nuevamente, Ortlund dice:
Cristo está creando una nueva comunidad de sabiduría… La comunidad en Cristo no es una regla legalista contra la iglesia perdida; es la conexión a la fuente para compartir a Cristo juntos… Tienes una nueva comunidad en Cristo, donde puedes «anda[r] por el camino del entendimiento» (Pr 9:6) (Proverbs [Proverbios], 127)[2].
Cuando nos unimos a una iglesia, por muy común y simple que pudiera parecer en la superficie, estamos siendo quirúrgicamente suturados a todo un nuevo sistema nervioso de sabiduría. Dios ha dotado de manera específica a las personas de la iglesia local en las que Él nos ha puesto bajo su pacto (por medio de su Palabra, por medio de sus experiencias, por medio de dones de su Espíritu) para satisfacer las necesidades reales en nuestras vidas, lo que incluye ayudarnos a planificar y a tomar decisiones de vida sabiamente. Y Él especialmente te ha dotado a ti para ser esa sabiduría para otros.

No planifiques para ti

La sabiduría dice que no planifiques tú solo y también dice que no planifiques para ti, para servirte a ti mismo.
Hay quien reparte, y le es añadido más, Y hay quien retiene lo que es justo, solo para venir a menos. El alma generosa será prosperada, Y el que riega será también regado (Proverbios 11:24-25).
Si fuéramos sabios en nuestra planificación, planificaríamos para bendecir a otros y para regar lo que Dios está haciendo por medio de otros, no solo porque es amoroso hacerlo, sino porque es precisamente sabio. Sabemos, porque Dios nos lo dice, que aquellos que bendicen serán bendecidos, y quienes riegan serán regados. El amor sacrificial que Dios exige de nosotros, en Cristo, se transforma en una fuente de vida, gozo y paz para nosotros. Jesús tomó la vergüenza y la agonía de la cruz «por el gozo puesto delante de Él» (Heb 12:2), un costo que Él había planificado aceptar y pagar incluso antes de la fundación del mundo. Él vivió un principio y promesa perdurable para nosotros: «Más bienaventurado es dar que recibir» (Hch 20:35). ¿Qué planes en tu vida se sienten costosos por el bien eterno de otras personas? ¿En qué áreas estás intencionalmente muriendo a tus preferencias, a tu comodidad y conveniencia, incluso a tus planes a fin de satisfacer una seria necesidad a tu alrededor y acercar a alguien a Cristo?

Planifica para hacer el bien

No planifiques para las alegrías menores, privadas y egoístas cuando podrías planificar para las alegrías mayores, compartibles y desinteresadas por el bien de otros.
No niegues el bien a quien se le debe, Cuando esté en tu mano el hacerlo. No digas a tu prójimo: «Ve y vuelve, Y mañana te lo daré», Cuando lo tienes contigo (Proverbios 3:27-28).
Pablo retoma el mismo tema cuando escribe: «El que roba, no robe más, sino más bien que trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno», no para que pudiera proveer para él ni para servirse a sí mismo, sino «a fin de que tenga qué compartir con el que tiene necesidad» (Ef 4:28). Somos llamados a trabajar duro y a planificar bien para que podamos ser generosos, no para servirnos a nosotros mismos, sino para bendecir a otros. Pablo va incluso más allá, diciendo que cuando somos intencional y sacrificialmente generosos, acumulamos tesoros en el cielo.
A los ricos en este mundo, enséñales que no sean altaneros ni pongan su esperanza en la incertidumbre de las riquezas, sino en Dios, el cual nos da abundantemente todas las cosas para que las disfrutemos. Enséñales que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, generosos y prontos a compartir, acumulando para sí el tesoro de un buen fundamento para el futuro, para que puedan echar mano de lo que en verdad es vida (1 Timoteo 6:17-19).
Puedes construir una versión completa de planificación piadosa solo a partir de esos tres versículos: primero, a medida que decides cómo invertir tu tiempo, energía, dinero, planifica, por sobre todas las cosas, ser rico en buenas obras: ser consistente y profundamente «generosos y prontos a compartir» (1Ti 6:18). Segundo, planifica tu corta vida aquí en la tierra como si fuera solo el fundamento de una vida más completa, mejor y eterna en el cielo (1Ti 6:19). Tercero, a medida que planificas, sirves y das, aprende a disfrutar realmente todo lo que Dios ha provisto para ti (1Ti 6:17). Por último, construye todos tus planes en Dios y para Dios (1Ti 6:17). Él es verdaderamente vida.

Si lo buscas a Él

A medida que consideras lo que planificarás, con una comunidad de consejeros y para el bien de los demás, recuerda que el Dios que nos llama a planificar siempre ha estado planificando. Permite que sus planes para ti den forma a tus planes para ti. La iglesia primitiva se refugió en los planes soberanos de Dios, diciéndole en oración: «Porque en verdad, en esta ciudad se unieron tanto Herodes como Poncio Pilato, junto con los gentiles y los pueblos de Israel, contra tu santo Siervo Jesús, a quien Tú ungiste, para hacer cuanto tu mano y tu propósito habían predestinado que sucediera» (Hch 4:27-28 [énfasis del autor]), incluso la traición, arresto, juicio y crucifixión de Jesús. Antes de que Él hiciera al mundo, Él te escogió (Ef 1:4) y planificó sacrificar a su precioso Hijo por ti (Ap 13:8). Y en esa planificación todopoderosa y amorosa, Dios «obra todas las cosas conforme al consejo de su voluntad» (Ef 1:11, [énfasis del autor]). Por tanto, a medida que luchas por toda una vida de decisiones y prioridades difíciles y matizadas decisiones de conciencia, pregúntales a tus sabios y fieles amigos qué piensan y encuentra descanso en los planes soberanos de tu Dios.
Marshall Segal © 2020 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.

[1] N. del T.: traducción propia.

[2] N. del T.: traducción propia.

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Este año ten relaciones amorosas de manera diferente
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Este año ten relaciones amorosas de manera diferente

Se requiere una valentía extraordinaria para cambiar la manera en que manejas tus relaciones amorosas. No es fácil reajustar los límites, comunicarse mejor, huir de la inmoralidad sexual, confesar fracasos y terminar aquella relación que necesita acabar. No obstante, nunca te arrepentirás de realizar los cambios correctos. Hubo momentos en la secundaria y en la universidad en los que sabía muy claramente cuáles eran las cosas que necesitaba cambiar, pero el costo que implicaba evitó que hiciera el cambio antes.
¿Qué pensarán los demás de mí cuando confiese que he fallado? ¿Qué pasa si fallo nuevamente y las cosas nunca mejoran? ¿Qué ocurriría si el cambio que necesito significa estar soltero y solo otra vez? 
Como un abogado despiadado, Satanás reunió toda razón imaginable para que no hiciera lo que sabía que debía hacer: di excusas, pospuse decisiones, fui casi honesto con amigos y familiares, seguí en relaciones dañinas, evité a Cristo y me complací en el pecado. Oro para que las cuatro resoluciones que presento a continuación puedan darte algo de valentía para hacer aquello que has temido hacer por semanas, por meses, quizás incluso por años. Deja tus excusas; toma tu cruz; acepta lo que te costará hoy buscar el amor a la luz de la eternidad, y ten relaciones amorosas de manera diferente este año, de una forma que diga algo impresionante sobre tu Dios.
1. Por encima de todo, buscaré a Jesús
Si resuelves cambiar solo una cosa sobre tus patrones en las relaciones amorosas, que esta sea hacer a Jesús lo más importante en ellas. Alza Filipenses 1:21 sobre tu próxima relación: «Pues para mí, el vivir es Cristo y el morir es ganancia». Si vivir es Cristo, entonces una relación amorosa es Cristo. Casarse es Cristo; seguir soltero es Cristo. Él es nuestra razón para vivir y trabajar, crecer y aprender, estar en una relación amorosa o casarse. Por encima de cualquier otra prioridad en una relación amorosa, busca a Jesús. Podría sonar simple y fácil, pero Satanás libra una guerra a destajo en nuestros corazones y mentes para evitar que tengamos una firme devoción. Nada puede ser más difícil. Es emocionalmente imposible poner a Cristo antes que a nuestros deseos de intimidad y matrimonio, a menos que tengamos al Espíritu de Cristo. A menos que ya no seamos nosotros quienes viven y tienen una relación amorosa, sino Cristo quien vive en y a través de nosotros (Ga 2:20). Antes de que le confíes tu corazón a alguien más, resuelve amar a Jesús con todo tu corazón. Antes de que te permitas soñar despierto sobre potenciales futuros con él o ella, resuelve amar a Jesús con toda tu mente. Antes de que pienses entretejer tu alma con otra persona, resuelve amar a Jesús con toda tu alma primero. Antes de arriesgarte, sacrificarte y trabajar por amor, resuelve amar a Jesús con todas tus fuerzas. Resuelve amarlo más que al amor. Y a medida que le das tu corazón a Cristo antes que nada, asegúrate de que tu novio (o novia) también lo haya hecho; en los lugares más profundos de quien es y de lo que quiere. Su fe no es algo en la lista que debamos tachar cuando la revisemos, como muchas otras; debe ser la tinta que da forma a toda la lista. Ya sea que actualmente estés en una relación o vayas a comenzar una este año, decide ahora tener una relación amorosa desde un amor más profundo, más ancho y más alto por el Señor.
2. Creceré donde antes he fallado
Una razón por la que fallamos de las mismas maneras año tras año es que fallamos en admitir y abordar nuestros fracasos. Si tienes un pasado sexual o una trayectoria de errores tras de ti, necesitas saber que no existe lugar más seguro para lidiar con tus fracasos que en Cristo. Alguien podría haberte llevado a sospechar que la manera en la que has llevado tus noviazgos te ha descalificado de su amor, pero Cristo vino y murió precisamente por las cosas que más te avergüenzan. El apóstol Pablo dice:
Palabra fiel y digna de ser aceptada por todos: Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, entre los cuales yo soy el primero. Sin embargo, por esto hallé misericordia, para que en mí, como el primero, Jesucristo demostrara toda su paciencia como un ejemplo para los que habrían de creer en Él para vida eterna (1Ti 1:15-16).
La culpa y la vergüenza nos califican para su amor. Él quiere exhibir su paciencia y misericordia al mundo al colmarte a ti con misericordia y al ser paciente contigo. Él quiere que des un paso adelante, como Pablo, para experimentar lo que Él murió para darte. El proceso comienza al llevar valientemente nuestros fracasos ante sus pies (1Jn 1:9), sabiendo que Él ama perdonar nuestros errores, sanar nuestras heridas y restaurar nuestro quebranto. Si llevo mi oscuridad a la luz, Él no solo cubrirá nuestra oscuridad, sino que la disipará. Él nos hará una persona nueva, alguien diferente a las manchas de nuestra historia de relaciones amorosas (2Co 5:17). El proceso comienza a los pies de Jesús, pero no termina ahí. Quienes realmente queremos cambiar en el área en que antes hemos caído resuelven buscar rendir cuentas con personas de carne y hueso en esas áreas específicas (Heb 3:12-13). Una resolución a crecer es una resolución a compartir con otros; a confesar consistentemente nuestros pecados, a buscar consejo, a aceptar preguntas difíciles e incorporar a otros en nuestras relaciones amorosas. Todo el mundo espera que esto suceda de forma natural y, en raras ocasiones, podría suceder. Sin embargo, en la gran mayoría de los casos, esto requerirá un esfuerzo y un sacrificio extraordinarios. Tendrás que preocuparte por lo que otros creyentes piensan sobre tus relaciones más que de lo que incluso ellos se preocupan por lo que piensan. Resuelve crecer donde has fallado en las relaciones para llevar tus fracasos específicos a tu Salvador perfectamente paciente, para confesar tus fracasos específicos a otros creyentes y para buscar pasos específicos, con la ayuda de Dios, para vencer la tentación y cultivar la piedad.
3. Buscaré claridad y pospondré la intimidad
Probablemente, te has preguntado (una y otra vez) qué estás buscando en una pareja. La mayoría de las personas, sin importar quienes son o qué creen, se hace esa pregunta. La pregunta más importante que pocos de nosotros nos hacemos es esta: ¿qué estoy buscando en una relación amorosa? Para muchos, la respuesta es simplemente intimidad. En las fantasías de nuestra imaginación, la intimidad podría verse como mil experiencias y sensaciones diferentes, pero la intimidad es a menudo un grial de gran valor.  Lamentablemente, cuando la intimidad se convierte en el gran premio, también se convierte en el gran precio que pagamos. Cuando la intimidad falla en materializarse o falla en satisfacernos o en perdurar por mucho tiempo, solo hemos intercambiado preciosos pedazos de nuestro corazón por un doloroso remordimiento y anhelos profundos. Ten cuidado de permitir que tu relación amorosa sea guiada por la búsqueda de intimidad este año. Ten un novio para encontrar la preciosa claridad de Dios sobre si casarte o no. El gran premio en el matrimonio es una intimidad centrada en Cristo. El gran premio en una relación amorosa es una claridad centrada en Cristo. Esto no significa casarte con la próxima persona que sea tu novio o solo ser novia de alguien que estás segura que te casarás con él; significa hacer de la claridad centrada en Cristo hacia el matrimonio la medida de tu romance. ¿A lo largo del tiempo, tengo cada vez más confianza en que esta persona es alguien con quien puedo casarme en el Señor? Una nueva resolución a buscar claridad en la relación amorosa contradice nuestros impulsos hacia el coqueteo, la ambigüedad y la seducción, y fluye hacia una comunicación clara y amorosa. Cualquier relación que contradiga el coqueteo, la ambigüedad y la seducción que intencionalmente pospone la intimidad física para el pacto del matrimonio nada contra la corriente, al menos en la actualidad. Parecerá extraño e incómodo para otras personas de tu edad, pero hermoso para Dios. Que tu relación amorosa sea para algo mucho más satisfactorio que la intimidad física y emocional; para un propósito más profundo. No porque todos los demás lo están haciendo. No porque es divertido. No porque él es guapo; hazlo debido a Dios y por Dios. Que tu vida amorosa sea el resultado de ver, de disfrutar y de compartir más de Él.
4. Pediré ayuda a Dios
El cambio más importante en tu vida amorosa podría no ser entre tu pareja y tú, sino entre Dios y tú. Antes de que intentemos establecer límites saludables en nuestra relación, necesitamos dirección de Dios. Antes de que vayamos a buscar amor, necesitamos buscar al Señor. Antes de que abordemos la comunicación en la relación amorosa, necesitamos abordar nuestra comunicación con nuestro Padre. Las mejores relaciones comenzarán con Dios en oración. A menos que el Señor construya (o vuelva a construir) tus relaciones amorosas, serán en vano (Sal 127:1). A menos que el Señor vele por ti y tu novia (o novio), te arriesgas, te preocupas y te relacionas amorosamente en vano. Él sabe exactamente lo que tú necesitas (Mt 6:32), en qué áreas eres débil y cómo lo glorificarás. Rechaza tener una relación amorosa con cualquier persona a menos que, como Moisés, Dios vaya contigo (Ex 33:15). Y entonces cuéntale a Dios sobre tus relaciones tanto como lo haces con cualquier persona. Cuando la pasión aumente dentro de ti, o la ansiedad entre sigilosamente, o la confusión nuble tu mente y corazón, corre primero a Dios. Nadie te ayudará, te guardará o escuchará como Él. La mejor manera de discernir lo que Dios está haciendo y cómo Él te está dirigiendo en una relación este año es permanecer cerca de Él. Cuanto mayor sea la intimidad que tengas con Él, mayor será la claridad que tendrás sobre a quién buscar, qué cambiar y cuándo casarte.
Marshall Segal © 2019 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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¿Qué diferencia hará la oración?
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¿Qué diferencia hará la oración?

Pocas verdades han resultado ser tan valiosas para mí como la soberanía de Dios sobre todas las cosas. Mientras más tiempo camino con Él, más consuelo encuentro en pasajes como estos, en Isaías:
Porque Yo soy Dios, y no hay otro; Yo soy Dios, y no hay ninguno como Yo, Que declaro el fin desde el principio, Y desde la antigüedad lo que no ha sido hecho. Yo digo: «Mi propósito será establecido, Y todo lo que quiero realizaré» (Is 46:9-10). El Señor de los ejércitos ha jurado: «Ciertamente, tal como lo había pensado, así ha sucedido; tal como lo había planeado, así se cumplirá» (Is 14:24).
Experimento estabilidad, descanso y contentamiento al saber que he sido «predestinado[..] según el propósito de Aquel que obra todas las cosas conforme al consejo de su voluntad» (Ef 1:9-11). A medida que muchos de nosotros descubrimos por primera vez la soberanía de Dios página tras página de la Biblia, emerge una tensión (en nuestro pensamiento inmaduro) entre lo que Él ha planeado y la manera en que oramos. ¿Por qué orar si Dios ya ha planeado lo que ocurrirá? Nuestras oraciones pueden comenzar a sentirse pequeñas, periféricas, incluso innecesarias al lado de la inmensidad de todo lo que Dios inevitablemente hará. «Él llevará a cabo su propósito», podríamos pensar, «oremos o no». Nos preguntamos qué diferencia podrían hacer realmente nuestras oraciones.

Adónde nos conduce una vida sin oración

Aunque nosotros, personas modernas, podríamos sentir cierta tensión entre la soberanía de Dios y la oración, los santos desesperados, fieles y oradores de la Escritura no parecían compartir nuestra lucha (y sin duda, Dios no tiene miedo de tejer íntimamente juntas su soberanía y la oración, especialmente en tiempos de gran necesidad). De hecho, en algunos de los momentos más tensos, ambos se apoyan y dependen el uno del otro, como si Dios estuviera sosteniéndolos frente a tu rostro, diciendo, «¡mira!». Podríamos escuchar de cerca la oración de Moisés que realmente salvó al pueblo de la furia de la justa ira de Dios (Ex 32:11-14); maravillarnos nuevamente de Josué cuando realmente detuvo el sol en el fragor de la batalla (Jos 10:12-14); u observar a Jonás orar realmente para salir de su tumba en el estómago del pez (Jon 2:1-10), pero al menos una que otra situación desesperada acentúa realmente la preciosidad de la soberanía de Dios en la oración. Cuando Ezequías fue rey del reino del sur llamado Judá, antes de que la nación fuera enviada al exilio, los asirios atacaron Jerusalén hasta que el pueblo quedó totalmente desesperanzado (Is 36:1). Puesto que Acaz, el malvado rey previo a Ezequías, se había rehusado a buscar la ayuda de Dios (2Cr 28:24-25), ahora Judá se encontraba firmemente entre la espada y un aterrador enemigo. ¿Cuánta de la historia del Israel torturado tiene el propósito de advertirnos sobre el terrible precio de la vida sin oración; de buscar en cualquier lado menos en el cielo la ayuda que más necesitamos? Ezequías había hecho lo correcto (2Cr 31:20-21): intentó con todas sus fuerzas deshacer lo que había sido hecho, pero aún estaban obligados a comer el terrible fruto que dejó Acaz. El embajador asirio, llamado Rabsaces, se mofaba de Judá: «Cuidado, no sea que Ezequías los engañe, diciendo: “El Señor nos librará”. [...] “¿Quiénes de entre todos los dioses de estas tierras han librado su tierra de mi mano, para que el Señor libre a Jerusalén de mi mano?”» (Is 36:18, 20). Mientras quedaron mendigando en el precipicio de la hambruna, el mensajero los humilló (Is 36:12). Su terrible final era seguro y pronto, y probablemente peor de lo que cualquiera de nosotros podría imaginar.

Lo que Dios promete

Por lo tanto, con todo el temor y sin ningún otro lugar adonde ir, Ezequías hizo lo que los buenos reyes hacen: buscó a Dios. Mandó a buscar al profeta Isaías, buscando misericordia y ayuda de lo alto. Y a pesar de toda la maldad que la generación previa había hecho, Dios escuchó su oración y fue a la guerra por ellos. Isaías responde:
«Así dice el Señor: “No temas por las palabras que has oído, con las que los siervos del rey de Asiria me han blasfemado. Voy a poner en él un espíritu, oirá un rumor y se volverá a su tierra; y en su tierra lo haré caer a espada”» (Is 37:6-7, [énfasis del autor])
Contra todo lo que temían, todo lo que podían ver, todo lo que merecían y todo lo que parecía ser tan seguro que iba a ocurrir, Dios les prometió que ganarían la guerra. Y no solo la ganarían, sino que su opresor ni siquiera los atacaría. Asiria no solo no atacaría, sino que su rey sería asesinado y no en el campo de batalla, sino que en la seguridad relativa de su propia tierra. «Judá, no temas», dice Dios (por medio de su profeta). «Aunque te excedan en número, y por mucho, y aunque seas más débil, por lejos, ganarás porque me pediste que peleara por ti». Los guerreros que oran prestan mucha atención a las promesas de Dios. Persisten pacientemente en oración al aferrarse a sus palabras, como si soltarlas les provocara la ruina. Sus promesas no se convierten en excusas para relajarse y orar menos, sino que les da más confianza y urgencia ante el trono. Ellos saben que la próxima oración podría ser el mismo medio que Dios ha señalado para cumplir su promesa, para demostrar su poder y para exhibir su valor. Ellos no se acercan a Dios sin una promesa y se rehúsan a no acudir por un largo periodo de tiempo por lo que Él ha prometido.

¿Por qué orar si Dios prometió?

Inmediatamente, Dios, en el versículo siguiente, comienza a cumplir su promesa a Ezequías. El rey de Asiria escuchó un rumor, regresó a su tierra y comenzó a pelear contra otro ejército (Is 37:8). Dios estaba haciendo precisamente lo que había planeado y prometido hacer. Sin embargo, Rabsaces desafió al Señor aún más y disparó estas palabras contra Ezequías: «No te engañe tu Dios en quien tú confías, diciendo: “Jerusalén no será entregada en mano del rey de Asiria”» (Is 37:10-13). ¿Qué debe hacer Ezequías ahora? Dios hizo su promesa e incluso comenzó a cumplir su promesa muy específica. ¿Por qué no simplemente dejar que Dios haga lo que dijo que haría? Porque cuando Dios hace y lleva a cabo sus planes, Él planea que nosotros oremos: que «ore[mos] sin cesar» (1Ts 5:17). El mismo Hijo de Dios más adelante nos enseña que «deb[emos] orar en todo tiempo, y no desfallecer» (Lc 18:1). Observa atentamente cómo Ezequías maneja este vulnerable y peligroso momento. «Entonces Ezequías tomó la carta de mano de los mensajeros y la leyó. Después subió a la casa del Señor y la extendió delante del Señor» (Is 37:14). Ezequías sabía muy bien lo que Dios había prometido (¡y que ya había comenzado a hacer!), y aun así extendió su destino delante del Señor. Él no asumió que la oración era redundante o innecesaria. Al contrario, asumió que su oración realmente importaba, que Dios tenía el propósito de ganar esta guerra por medio de la oración. William Gurnall, un pastor inglés del siglo XVII, explica cómo tal oración magnifica la soberanía de Dios:
La oración es una petición humilde desde nuestra impotencia a la omnipotencia de Dios…. Le damos a Él la gloria de su soberanía y dominio, y reconocemos que Él no solo es capaz de lograr lo que pedimos, sino que también puede darnos el derecho, y la bendición de lo que Él da[1] (El cristiano con toda la armadura de Dios, [énfasis del autor]).
Ezequías no le robó a Dios su soberanía al rogar su intervención; él exaltó el compromiso todopoderoso, lleno de sabiduría y lleno de propósito de Dios de hacer precisamente lo que había planeado y prometido hacer: lo que glorifique más su nombre (Is 37:35). Y Ezequías sabía y atesoraba que Dios a menudo hiciera esa obra (su obra) a través de nuestras oraciones.

Su soberanía inspira nuestras oraciones

Ezequías no solo no fue desalentado a orar por la soberanía de Dios, sino que cuando ora, corre directamente hacia la soberanía de Dios.
Y Ezequías oró al Señor, y dijo: «Oh Señor de los ejércitos, Dios de Israel, que estás sobre los querubines, solo Tú eres Dios de todos los reinos de la tierra. Tú hiciste los cielos y la tierra. Inclina, oh Señor, tu oído y escucha; abre, oh Señor, tus ojos y mira; escucha todas las palabras que Senaquerib [rey de Asiria] ha enviado para injuriar al Dios vivo. En verdad, oh Señor, los reyes de Asiria han asolado todas las naciones y sus tierras [...] Y ahora, Señor, Dios nuestro, líbranos de su mano para que todos los reinos de la tierra sepan que solo Tú, oh Señor, eres Dios» (Is 37:15-18, 20, [énfasis del autor]).
La soberanía de Dios no compromete ni arriesga la oración; todo lo contrario. La absoluta soberanía de Dios (sobre todo los reinos de la tierra y sobre cada detalle de nuestras vidas) es la esperanza y el fundamento de nuestra oración. Si Dios no fuera soberano, sino que simplemente esperara en los caprichos de los reyes, de los ejércitos y de las circunstancias, entonces nuestras oraciones bien podrían ser en vano. Sin embargo, nuestro Dios no espera en nadie. «Como canales de agua es el corazón del rey en la mano del Señor; Él lo dirige donde le place» (Pr 21:1). Sin embargo, nuestro Dios da vuelta esos canales, divide el mar y abre los ojos espiritualmente ciegos por medio de la oración. Dios hace que nuestros humildes, dependientes y expectantes clamores de ayuda sean los instrumentos de lo que Él hace en el mundo. Debemos suponer que Dios tiene muy pocos planes para el mundo que no involucren las oraciones de su pueblo. Su voluntad se hará sea que yo ore o no, pero su voluntad no se hará sin oración, porque Él ha decidido que la oración sea indispensable. El Dios soberano cuelga el universo en las oraciones de su pueblo y luego nos inspira y nos empodera para orar. Él obra en nuestra oración, «tanto el querer como el hacer, para su buena intención» (Fil 2:12-13).

¿Podemos cambiar el plan de Dios?

Cuando Ezequías oró a Dios para que salvara a Judá de los asirios, ¿cambió él el parecer de Dios? En el fondo, no, no lo hizo. En Dios, «no hay cambio ni sombra de variación» (Stg 1:17). El salmista le dice al Señor: «Pero Tú eres el mismo, y tus años no tendrán fin» (Sal 102:7). Dios nunca jamás cambiará. Nuestra gran esperanza en la oración, por tanto, no es cambiar lo que Dios ha planeado, sino llevar a cabo lo que Dios ha planeado. No nos esforzamos para cambiar el corazón de Dios, sino para mostrar su corazón en todas nuestras circunstancias. «La oración no se trata de vencer la renuencia de Dios», dice Martín Lutero, «se trata de echar mano a su disposición». Cuando oramos, no cambiamos la disposición de Dios como si Él hubiera elegido incorrectamente. Representamos la sabiduría infinita de Dios en medio de todo el quebranto frente a nosotros y le damos la bienvenida a la inescrutable verdad que Él siempre ha planeado hacer por medio de nuestras oraciones. A.W. Pink nos advierte:
No existe ninguna necesidad en lo absoluto para que Dios cambie sus planes o altere sus propósitos, por la razón todo suficiente de que estos fueron enmarcados bajo la influencia de la perfecta bondad y la infalible sabiduría… Afirmar que Dios cambia sus propósitos es cuestionar su bondad o negar su sabiduría eterna[2] (La soberanía de Dios, [énfasis del autor]).
Pink continúa diciendo: «Este es el diseño de la oración: no que la voluntad de Dios pueda ser alterada, sino que esta se lleva a cabo en su propio buen tiempo y manera». Nunca cambiamos el plan eterno de Dios cuando oramos, pero somos llamados a orar y a orar con expectación por el cambio. Debemos orar para que los enfermos sean sanados (Hch 28:8; Stg 5:14). Debemos orar para que los perdidos sean salvos (Mt 9:37-38; Hch 26:18). Debemos orar por todo tipo de cambios en nuestros corazones y cuerpos, en nuestros vecindarios, en nuestros lugares de trabajo, en nuestra nación, en el mundo, pero nunca por un cambio en Dios. Los cristianos oramos, por lo que sea que oremos, «hágase tu voluntad» (Mt 6:10).

La silenciadora soberanía de Dios

Sin embargo, a veces, la soberanía de Dios podría evitar que oremos, porque nos inquieta en su presencia. Si Dios está completamente en control de todo lo que pasa, ¿cómo podría permitir tanto mal, como la crueldad de Asiria o la apostasía de Israel? Y si Él permite tanto mal en el mundo, y tanto dolor en mi propia vida, ¿por qué le confiaría mi corazón a Él? Al responder la oración de Ezequías, Dios mismo enfatiza aún más lo que John Piper denomina «la soberanía de Dios invencible, omnisciente, que todo lo abarca y que está llena de propósito». El Señor le dice a Asiria, el malvado enemigo y opresor de Judá:
¿No has oído? Hace mucho tiempo que lo hice, Desde la antigüedad lo había planeado. Ahora he hecho que suceda, Para que conviertas las ciudades fortificadas En montones de ruinas. Sus habitantes, faltos de fuerzas, Fueron desalentados y humillados. Vinieron a ser como la vegetación del campo Y como la hierba verde, Como la hierba en los techos que se quema Antes de que haya crecido (Is 37:26-27)
Asiria, ¿por qué te jactas como si cualquier cosa que hayas hecho viniera finalmente de tu obrar? Yo, el Señor, determiné qué grandes ciudades construirás. Yo planeé, desde la antigüedad, qué ciudades destruirías. Y ahora Yo llevo todo a cabo. Nada ha ocurrido aquí que Yo, el Señor, no haya planeado para mi gloria.
Pero conozco tu sentarte, Tu salir y tu entrar, Y tu furor contra mí. A causa de tu furor contra mí, Y porque tu arrogancia ha subido hasta mis oídos, Pondré, pues, mi garfio en tu nariz Y mi freno en tu boca, Y te haré volver por el camino por donde viniste (Is 37:28-29).
Dios era totalmente soberano en el levantamiento de Asiria y Él seguirá siendo igual de soberano al pedirles cuentas a ellos y a todos los malvados (Ro 12:19). Los más temibles ejércitos que podamos imaginar no son más que ganados débiles ante el Dios a quien oramos. Todos avanzan adonde Él quiere, cuando Él quiere y solo a medida Él quiere. Nuestra incomodidad con la soberanía de Dios sobre el mal depende de nuestra suposición de que sabemos mejor de lo que Él sabe (que podemos imaginar un mejor plan que aquel que Él está revelando, el que estamos viviendo). Dios ciertamente no quiere que entendamos su plan soberano en todo momento. «“Porque mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, ni sus caminos son mis caminos”, declara el Señor. “Porque como los cielos son más altos que la tierra, así mis caminos son más altos que sus caminos, y mis pensamientos más que sus pensamientos”» (Is 55:8-9). Pasaremos gran parte de nuestras vidas sin tener idea de cuál será el próximo sorpresivo giro que dará su infinita sabiduría. Aunque Él no pretende que entendamos su plan, Él sí quiere que los destellos que tenemos de su soberanía nos inspiren a correr a Él, no a huir de Él, y sin duda nunca a levantarnos contra Él. Él tiene el propósito de que veamos la furia de la maldad de Asiria y la furia mayor de su justo juicio, y que caigamos en nuestras rodillas, orando y viviendo en un dependencia desesperada de Él, nunca dando por sentado su gracia y misericordia.

Por cuanto me has rogado

Después de que Ezequías oró, Isaías dijo: «Así dice el Señor, Dios de Israel: “Por cuanto me has rogado acerca de Senaquerib, rey de Asiria, esta es la palabra que el Señor ha hablado contra él [...]» (Is 37:21-22). Apunta sus palabras: Por cuanto me has rogado. La oración no es una ocurrencia tardía en el plan de Dios. La oración no es un plan B o neumático de repuesto en caso de que la vida se descomponga. Bajo Dios, la oración dirige al mundo. Seguro, Dios realiza un sinfín de milagros en el mundo cada día que nadie jamás mencionó específicamente en una oración; después de todo: «[...] sostiene todas las cosas por la palabra de su poder» (Heb 1:3). Sin embargo, Él sí realiza parte de su obra más importante en el mundo y en nuestras vidas precisamente porque uno de sus hijos se lo pidió (Stg 5:16). Dios peleó por la nación porque Ezequías oró. Y al hacerlo, Dios hizo exactamente lo que siempre había planeado hacer por medio de la oración.
Y salió el ángel del Señor e hirió a 185,000 en el campamento de los asirios. Cuando los demás se levantaron por la mañana, vieron que todos eran cadáveres. Entonces Senaquerib, rey de Asiria, partió y regresó a su tierra, y habitó en Nínive. Y mientras él adoraba en la casa de su dios Nisroc, sus hijos Adramelec y Sarezaer lo mataron a espada [...] (Is 37:36-38)
Dios hizo lo que Ezequías no pudo hacer sin Él y Ezequías hizo lo que ninguno de nosotros puede hacer sin oración. Y Dios hizo precisamente lo que había planeado hacer por medio de la oración.
Marshall Segal © 2020  Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.

[1] N. del T.: traducción propia.

[2] N. del T.: traducción propia.

Photo of Cuando una pareja cristiana peca sexualmente
Cuando una pareja cristiana peca sexualmente
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Cuando una pareja cristiana peca sexualmente

Algunos hombres y mujeres cristianos se sienten atrapados en una relación amorosa, aun cuando sea disfuncional y especialmente después de haber pecado sexualmente. Quizás conoces a alguien que está en una relación así; tal vez tú estás en una relación como esta. La falta de compromiso es frecuente (y destructiva), pero quiero hablar de las relaciones excesivamente comprometidas; relaciones imprudentemente comprometidas: parejas que son muy frágiles y que han transado demasiado como para seguir sintiendo la gravedad del pecado y la preciosidad de Cristo o para ver su relación con una mente clara y un corazón equilibrado. ¿Por qué las relaciones amorosas no saludables son tan difíciles de terminar, en especial después de que una pareja ha transado a nivel moral? ¿Cómo deben responder las parejas cristianas si pecan sexualmente? Como un hombre cristiano, como uno que cayó sexualmente en relaciones amorosas en el pasado, le escribo principalmente a los hombres. Tengo unas palabras para mis hermanas en Cristo al final, pero quiero que el peso de esta carga caiga con más fuerza sobre mis hermanos. Dios te dio hombros para eso. Anhelo que vivamos, guiemos y amemos de maneras que sean dignas de la confianza de una mujer y dignas del nombre de Jesús.

Lo que Dios espera de los hombres

Cuando una pareja cristiana peca sexualmente, Dios responsabiliza más al hombre que a la mujer. Cuando Adán y Eva cometieron el primer pecado (Eva dando la primera mordida), «el Señor llamó al hombre» (Gn 3:9, [énfasis del autor]), y no a la mujer primero. Como escribe John Piper:
Dios pide más de los hombres en relación a las mujeres de lo que les pide a las mujeres en relación a los hombres. Dios requiere que los hombres sientan una responsabilidad peculiar por proteger y cuidar a las mujeres («Do Men Owe Women a Special Kind of Care?» [¿Los hombres les deben un cuidado especial a las mujeres?, disponible solo en inglés]).
Dios llama a hombres y a mujeres a buscar la santidad, a proteger el lecho matrimonial, a hacer todas las cosas para su gloria, incluyendo tener relaciones amorosas, casarse, hacer el amor y buscar la pureza sexual. Él llama tanto a hombres como a mujeres a protegerse y a servirse mutuamente de maneras complementarias, pero desde el principio, Él pone una carga más pesada en los hombres. Eva comió primero del árbol del conocimiento del bien y el mal; ella sedujo a su esposo para que comiera con ella y ella recibió la maldición por su pecado (Gn 3:16). Sin embargo, después de lidiar primero con Satanás, y luego con Eva, las palabras de juicio de Dios culminaron con Adán (Gn 3:17-19). La mujer tendría dolores de parto; el hombre sufriría «todos los días de [su] vida [...] hasta que vuelva[...] a la tierra» (Gn 3:17, 19). Dios esperaba que el hombre obedeciera su voz, que guiara amorosamente a su esposa a hacer lo mismo y que admitiera la mayor responsabilidad por la falta de ambos. Para su vergüenza, Adán no solo hizo lo que Dios había prohibido explícitamente, sino que también culpó a Eva (¡y a Dios!) por su pecado: «La mujer que Tú me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí» (Gn 3:12). Hombres, si ustedes caen sexualmente en una relación, les ruego que no respondan como Adán lo hizo, más bien admitan sus propias faltas, duélanse y hagan lo que sea necesario para arrepentirse, para proteger a sus hermanas en Cristo, y prepárense para perseguir el matrimonio con completa pureza (1Ti 5:2).

Ten piedad de mí

Cualquier hombre que quiera pensar con claridad sobre una relación después del pecado sexual necesita pensar claramente sobre el pecado sexual en sí mismo. El pecado sexual, como cualquier pecado, es antes que todo una ofensa contra Dios que nos separa de Él (Sal 51:4; ver también Gn 20:6; 39:9). Algunos de nosotros seguimos cayendo en el pecado sexual porque solo nos hemos enfocado en los costos relacionales del pecado —cómo daña la relación (y otras relaciones en nuestras vidas)— y no nos hemos enfocado lo suficiente en cómo hemos violado la gloria y la gracia de Dios. Sin embargo, si cometemos pecado sexual, nuestra primera y más profunda respuesta debe ser:
Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; Conforme a lo inmenso de tu compasión, borra mis transgresiones. Lávame por completo de mi maldad, Y límpiame de mi pecado (Sal 51:1-2) .
Debemos confesar y pedir perdón los unos a los otros, pero la primera y más importante obra de arrepentimiento genuino se lleva a cabo ante el trono soberano de misericordia. Si quieres terminar con el pecado sexual, comienza meditando en la seria gravedad de lo que este pecado le dice a Dios y lo que dice sobre Él, y luego anda a la cruz, donde nuestra única esperanza, Jesucristo, fue colgada ahí por nuestro pecado, incluso nuestro pecado sexual (1Jn 4:10; 1:19).

La gravedad del pecado sexual

La paga de cualquier pecado es la muerte, pero la naturaleza y los efectos del pecado sexual son particularmente graves. El apóstol Pablo escribe: «Ni forniquemos, como algunos de ellos fornicaron, y en un día cayeron veintitrés mil» (1Co 10:8). En Números 25, el desvergonzado pecado sexual de una pareja (que fue justamente separada por la muerte) llevó a la muerte de mil más. ¿Acaso Dios reaccionó de manera exagerada? ¿El castigo fue excesivo? Podríamos rehuir de esto porque nos hemos vuelto muy cómodos con nuestro pecado y demasiado indiferentes ante la santidad de Dios. Pablo dice en otra parte: «Porque esta es la voluntad de Dios: su santificación; es decir, que se abstengan de inmoralidad sexual; que cada uno de ustedes sepa cómo poseer su propio vaso en santificación y honor, no en pasión degradante, como los gentiles que no conocen a Dios. [...] el Señor es el vengador en todas estas cosas [...]» (1Ts 4:3-6). El pecado sexual es lo opuesto a la voluntad de Dios para ti. Por tanto, si viene la tentación, corre en el sentido contrario. Huye tan rápido como puedas (1Co 6:18). Nuevamente, Pablo dice: «Por tanto, consideren los miembros de su cuerpo terrenal como muertos a la fornicación, la impureza, las pasiones, los malos deseos y la avaricia, que es idolatría. Pues la ira de Dios vendrá sobre los hijos de desobediencia por causa de estas cosas» (Col 3:5-6). La ira de Dios vendrá sobre el pecado sexual que nuestra sociedad excusa y alienta en cada paso. El pecado sexual debe provocar un terremoto en nuestras almas, despertando en nosotros un temor crudo del juicio, y un aprecio más profundo de lo que la sangre de Cristo compró por nosotros.

La ilusión de la intimidad

El pecado sexual debe provocar que nos detengamos y hagamos preguntas difíciles sobre cualquier relación amorosa. Sin embargo, a menudo hace exactamente lo opuesto entre los cristianos bien intencionados (sellando el compromiso, aislando la relación y cegándonos a los asuntos latentes). El pecado sexual puede hacernos sentir más comprometidos, porque el propósito del sexo es tener ese efecto, pero en el lugar equivocado y con la persona incorrecta (aun si es que vamos a casarnos finalmente con esa persona, porque es en el matrimonio, solo en ese momento, en que se convierte en la única persona correcta). Dios diseñó el sexo para evitar y rechazar la tentación dentro del matrimonio (1Co 7:5), no para abrazar la tentación ni para socavar tu futuro matrimonio. El sexo antes del matrimonio nos adormece ante la tentación, nos endurece ante el arrepentimiento y nos roba la confianza en la relación, dejándonos menos listos para el matrimonio y menos capaces de tener una relación amorosa de manera sabia y con pureza. Precisamente, cuando necesitamos espacio para reflexionar, confesar, volver a enfocar nuestros corazones y poner límites más saludables, a menudo nos sumergimos más profundamente en la intimidad en su lugar, tal vez continuando con el pecado sexual y esperando que todo resulte bien y nos casemos. No obstante, este tipo de intimidad es en última instancia una ilusión. Podría parecer intimidad genuina e incluso sentirse como intimidad genuina, pero tiene fecha de vencimiento, y a menudo es pronto. Con mucha frecuencia, lo que necesitamos en el despertar del pecado sexual en las relaciones amorosas es lo opuesto a la intimidad: es espacio.

Una propuesta: ayunen el uno del otro

Quiero trazar un camino diferente para las parejas cristianas y animarlas a darse un tiempo significativo el uno del otro antes de perseguir nuevamente el matrimonio. (Para efectos de este artículo, dejemos a un lado a las parejas comprometidas para casarse, porque las dinámicas, si bien son similares, son más complicadas; aunque el pecado no es menos grave). Alguien me aconsejó así, en circunstancias levemente diferentes, en un momento importante de mi vida, y solo he crecido para amar y apreciar más lo que él me animó a hacer desde entonces. Quiero ser absoluta y exageradamente claro, esta no es palabra de Dios, sino una palabra de consejo cristiano que espero demuestre ser sabio en tu vida. Como alguien que cometió pecado sexual previamente en relaciones amorosas y ahora aconseja parejas que han caído en pecado sexual, ofrezco la guía que me hubiera gustado haber recibido (y haber tomado en cuenta) antes: Si cometes pecado sexual con tu novia, considera darte un tiempo significativo en la relación, por causa de tu alma y la de ella, de tu relación actual y de tu futuro matrimonio. Esencialmente, estoy recomendando ayunar el uno del otro por causa de honrar a Dios, amar y proteger a tu novia y perseguir un gozo mayor en el matrimonio.

¿Qué hace el ayuno?

¿Qué hace el ayuno para un seguidor de Jesús? Ayunar intencionalmente significa privarnos de algún bien por causa de fijar nuestros corazones en un Bien Mayor. Al dejar de lado la comida, el sexo en el matrimonio, un poco de tecnología diaria o cualquier otro placer, le decimos a nuestras almas: hay algo más satisfactorio, algo más urgente y vital, algo más central para mi vida que esto. Ayunamos para ver que Dios es supremo, para saborear que Dios es supremo, y para decir que Dios es supremo. ¿Qué pasaría si estuviéramos dispuestos a hacer esto, cuando sea necesario, incluso en las relaciones amorosas? La iglesia en Hechos ayunó al tomar serias decisiones (Hch 13:2; 14:23); la decisión sobre la persona con quién te casarás será uno de los compromisos más serios e importantes que harás en tu vida. El pecado sexual hace que esa decisión sea mucho más difícil y complicada. ¿Por qué no detenerse, por un tiempo, y recuperar tu sanidad espiritual y buscar la claridad de Dios?

¿Qué significa «significativo»?

Cuando digo que se den un tiempo significativo en la relación, ¿a qué me refiero con «significativo»? Diferentes cosas para personas distintas y relaciones diferentes. Significativo requerirá sabiduría (esto incluirá sabiduría desde fuera de tu relación). Algunos factores relevantes a considerar, entre otros, podrían ser: cuánto tiempo cada uno de ustedes ha sido cristiano; cuántos años tiene cada uno; cuánto tiempo lleva la relación; sus historias sexuales personales; la frecuencia en la que han caído en esta relación en particular; otras dinámicas saludables y no saludables en la relación. Independientemente de la cantidad de meses que escojan, «significativo» debe ser incómodo. Si este tiempo no se siente largo, probablemente no es lo suficientemente largo. El ayuno no funciona si nunca sentimos hambre. Tiene el propósito de desprender el hambre y permitir que ese hambre nos enseñe sobre Dios. El ayuno en las relaciones amorosas debe hacer lo mismo. Para que este tenga su efecto clarificador y purificador completo debe ser difícil, inconveniente y doloroso. Permíteme ser claro: este tipo de ayuno no es penitencia (autocastigo para pagar o mostrar remordimiento por los pecados). La espera tiene el propósito de que nos aferremos mucho más a Dios, de intensificar nuestra guerra contra el pecado y de comunicarse el uno al otro la preciosidad de la santidad y la confianza. ¿Qué quiere decir para ti «significativo»? Para decisiones específicas como estas en las relaciones amorosas, mi regla de oro es esta: apóyate mucho en las personas que más te conocen, que más te aman y que te dirán cuando estés equivocado. Consideren, en mucha oración, qué tipo de tiempo podrían necesitar y luego pídeles a un par de personas que te aman en Cristo, que te conocen bien, que te hablen sobre el tiempo. Los buenos amigos y consejeros sabrán dónde eres únicamente débil o tentado, a menudo más de lo que tú sabes, y podrán ayudarte a discernir cómo el amor paciente, sacrificial y desinteresado podría verse en tu situación.

¿Qué pasa con 1 Corintios 7?

Mi consejo es que las parejas cristianas se den un tiempo real si caen en pecado sexual. Sin embargo, ¿acaso el apóstol Pablo no está diciendo lo opuesto?
A los solteros y a las viudas digo que es bueno para ellos si se quedan como yo. Pero si carecen de dominio propio, cásense. Que mejor es casarse que quemarse (1Co 7:8-9, [énfasis del autor]).
Este es un consejo sabio, inspirado divinamente. Los cristianos que se queman con pasión, que anhelan profunda y persistentemente disfrutar de la intimidad sexual con un cónyuge, deben casarse y no quedarse solteros. Dios ha entretejido anhelos sexuales en la mayoría de nosotros para llevarnos a buscar el matrimonio. Nuestra pregunta aquí, sin embargo, es si es que las parejas en relaciones amorosas que han cometido pecado sexual deben considerar darse un tiempo (y no avanzar más enérgicamente hacia el matrimonio). creo que el pecado sexual (y la tentación a pecar sexualmente) debe guiarnos, por medio del arrepentimiento, a perseguir el matrimonio (1Co 7:8-9). No creo que cometer pecado sexual con alguien signifique que necesariamente debas casarte con esa persona en particular (y sin duda no de manera rápida ni precipitada). El pecado sexual no es la repentina confirmación de Dios de que esa persona es la indicada. De hecho, creo que debe retrasar significativamente o incluso detener muchas relaciones. Si bien la tentación ante el pecado sexual resistida y rechazada por la fe debería acelerar nuestro impulso a casarnos con un hombre o una mujer en particular, el pecado sexual debería desacelerar la relación, dándonos la oportunidad de ver más claramente en qué nos equivocamos y lo que Dios realmente quiere para nosotros y de nosotros en nuestra búsqueda del matrimonio.

La sabiduría de ayunar de una relación amorosa

Antes de rechazar demasiado rápido la idea de ayunar el uno del otro, considera algunos de los serios beneficios potenciales de practicar este tipo de paciencia y dominio propio.
1. Considerar la seriedad del pecado
Darse un tiempo real les dará a ambos tiempo y espacio para considerar la seriedad del pecado y sus consecuencias. Un amor recién descubierto puede nublar los ojos de nuestros corazones, dificultando más discernir verdaderamente la realidad. El encaprichamiento que a menudo sentimos en las relaciones amorosas puede cegarnos a nosotros mismos a problemas en la relación. Una distancia intencional podría despejar lo suficiente tu mente como para ver de qué manera el pecado sexual desprecia a Dios, degrada la gracia y daña a todos los involucrados.
2. Arrepentirse verdadera y profundamente
Darse un tiempo real les permite a ambos arrepentirse verdadera y profundamente. Pablo le escribió a un grupo de pecadores, algunos de ellos pecadores sexuales (1Co 6:18). «Pero ahora me regocijo, no de que fueron entristecidos, sino de que fueron entristecidos para arrepentimiento; porque fueron entristecidos conforme a la voluntad de Dios [...]» (2Co 7:9). La intimidad en las relaciones amorosas inevitablemente confunde el arrepentimiento, evitando que sintamos el pesar que debemos sentir ante Dios y ante el otro. Y sin un pesar piadoso, no podemos arrepentirnos verdaderamente. El arrepentimiento es más que decir «lo siento». Es, primero, un cambio de mente y corazón, y luego un compromiso lleno del Espíritu para alejarnos del pecado y seguir alejándonos del pecado (Hch 26:20). Darse un tiempo en la relación amorosa les permitirá sentir un pesar piadoso por su pecado con más profundidad y fortalecer hábitos de arrepentimiento y pureza nuevos y durables. Cuando retomen la relación nuevamente (si es que lo hacen), querrán haber cortado las raíces y los patrones que los llevaron a pecar.
3. Discernir el potencial de la relación
Darse un espacio los ayudará a discernir si esta es una relación por la cual luchar. ¿Dios me está llamando a hacer un pacto exclusivo de por vida con esta persona? Como he dicho antes, el gran premio en el matrimonio es la intimidad centrada en Cristo; el gran premio en las relaciones amorosas es la claridad centrada en Cristo. La intimidad está diseñada para el matrimonio y el matrimonio es más sabio con la claridad. El propósito de nuestras relaciones amorosas es determinar, lo mejor que podamos, si es que Dios los está llamando a los dos a casarse, y el pecado sexual, especialmente el pecado sexual reiterado, podría poner en duda esa posibilidad. Ante Dios, y rodeado de amigos y consejeros cristianos, necesitamos hacernos preguntas difíciles sobre nuestras relaciones y darnos un tiempo nos dará el espacio que necesitamos para preguntar y responder bien.

Una palabra para las mujeres cristianas

Podría decirles muchas cosas a las mujeres que han cometido pecado sexual con sus novios, y mucho de lo que ya he dicho también se aplica a ellas, pero quería decirles al menos una cosa directamente: la manera en que sus novios responden al pecado sexual en sus relaciones revela el tipo de esposo que será. Si se casan, enfrentarán nuevas tentaciones, frustraciones y decisiones difíciles casi todos los días. La relación amorosa es una oportunidad para poner a prueba el tipo de hombre que tu novio será cuando la vida se ponga difícil en el matrimonio, para evaluar si cumplirá sus promesas cuando sea tu hombre. ¿Caerá en la tentación de satisfacer sus anhelos egoístas? ¿Permanecerá a tu lado cuando huir sería más fácil? ¿Correrá a Jesús junto a ti para pedir perdón y rogar juntos por gracia y fuerza para rechazar el pecado y luchar por la santidad? Como él responde siempre es revelador. Dios hace a todo hombre espiritualmente maduro a partir de uno que previamente fue inmaduro, así que sé debidamente misericordiosa y paciente. Sin embargo, no todo hombre egoísta e inmaduro madura. No esperes perfección, pero no le confíes tu corazón y alma a un necio. La paciencia y el dominio propio que se requieren de un hombre para darse un espacio de tiempo intencional y amoroso de la relación enseña lo opuesto al pecado sexual. Dice: «puedes esperar en mí recorrer cualquier distancia necesaria para honrar a Cristo y a ti en el matrimonio». Si terminas casándote con este hombre, darse un tiempo real ahora podría construir una confianza que perdurará para toda la vida al otro lado del altar.

Ningún pecado tiene por qué inhabilitarte

Cualquier pecado sexual viene acompañado de dolores muchísimo mayores de fuerte vergüenza y confianza quebrada. Pero Dios. Aun si tu falta significa el fin de una relación que amas, no tiene que significar el fin de tu esperanza. Demasiados regresan con prisa a un pecado y a otro, rehusándose a recibir el regalo muchísimo más grande del profundo arrepentimiento y gozo: un pesar piadoso que «produce un arrepentimiento que lleva a la salvación sin remordimiento». No importa cuán lejos hayas llegado, Dios no rehusará tenerte, si tú estás dispuesto a darle la espalda a tu pecado por Él. En la extraña y sabia providencia de Dios, el valle de este pecado sexual podría ser la chispa decisiva que encienda en cada uno de ustedes genuino arrepentimiento y pasión por Cristo. Y en mil años más, ninguno de ustedes cambiaría esto jamás por un par de décadas de amor marital juntos. Luchen para ver cualquier relación amorosa a través de los ojos de la eternidad con Dios. Los meses separados ahora, por más difíciles que se sientan hoy, esto pueden marcar toda la diferencia por la eternidad.
Marshall Segal © 2020  Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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Más que solo pureza sexual
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Más que solo pureza sexual

Si nuestro discipulado de hombres jóvenes consiste meramente en fomentar las disciplinas espirituales y revisar cómo van con la tentación sexual, ¿por qué nos sorprendemos cuando nuestros hombres son espiritualmente inmaduros y nuestras iglesias carecen de liderazgo? Desde antes de que pudiera conducir, he visto grupos de discipulado de hombres luchar con ir más allá de la rendición de cuentas sobre la lectura bíblica y la pornografía. Hablamos sobre otros asuntos, que son incluso importantes, pero la agenda real se trataba de asegurarse de que hayamos leído nuestras Biblias y de que no hayamos mirado pornografía. El mensaje no intencionado a lo largo del tiempo era que de esto se trataba la madurez espiritual: devocionales consistentes y pureza sexual. No obstante, al establecer un estándar tan bajo para los hombres, inevitablemente los entrenamos para que sean perezosos, egoístas, inseguros y sin ambiciones. Criamos una generación de hombres para que revisen áreas espirituales, para que luego vivan por la Xbox. Sin embargo, los hombres son capaces de muchísimo más en Cristo que la lectura bíblica y el dominio propio (sin minimizar ninguna de ellas). Dios nos ha diseñado y nos ha redimido con la energía para liderar, arriesgar, servir, iniciar, trabajar duro y sacrificar: para amar como Cristo amó. Para poner todos nuestros esfuerzos y fuerzas en algo eterno, en cuidar a otros y acercarlos a Jesús.

Los hombres pueden hacer más

¿Cómo se verían esos hombres? Bien, podrían verse más como Abel, quien sacrificó para Dios lo primero y lo mejor de su arduo trabajo (Heb 11:4). Podrían verse como Noé, quien temió a Dios y obedeció con reverencia (Heb 11:7). Podrían verse más como Abraham, quien vivió por fe en que las promesas de Dios se harían realidad, aun cuando Dios lo guió a dejar la comodidad y la seguridad de su hogar (Heb 11:8-10). Podrían verse más como José (Heb 11:22), quien sufrió horrible e injustamente sin quejarse, porque vivió y sufrió con Dios. Podrían verse como Moisés, quien se rehusó a «gozar de los placeres temporales del pecado», prefiriendo ser odiado y perseguido con el pueblo de Dios que disfrutar de los lujos en el mundo de riquezas que siempre conoció (Heb 11:25-26). O podrían verse más como Gedeón, Barac, Sansón, Jafté, David, Samuel y los profetas: [...] quienes por la fe conquistaron reinos, hicieron justicia, obtuvieron promesas, cerraron bocas de leones, apagaron la violencia del fuego, escaparon del filo de la espada. Siendo débiles, fueron hechos fuertes, se hicieron poderosos en la guerra, pusieron en fuga a ejércitos extranjeros (Heb 11:32-34). Tal vez tenemos tan pocas expectativas de los hombres (y de nosotros mismos) porque hemos perdido de vista cuánto puede hacer Dios a través de un hombre débil, roto, que a menudo falla, pero que es fiel y está disponible. Entonces, ¿cómo llegamos a ser hombres de Dios más efectivos, más fructíferos como estos grandiosos hombres?

La buena guía para los hombres de Dios

¿En qué parte de la Biblia buscarías ayuda para construir una visión más sólida y más completa para los hombres cristianos? En 1 Timoteo 4:12, encontramos un mapa conocido, aunque extrañamente pasado por alto, para los hombres. El apóstol Pablo le escribe a su hijo espiritual, Timoteo, un hombre joven (no un niño) y anciano de la iglesia: No permitas que nadie menosprecie tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, fe y pureza. A lo largo de los años, muchos de nosotros hemos escuchado este versículo siendo usado en el ministerio de jóvenes para animar a los adolescentes a dejar de lado las bajas expectativas y, al contrario, luchar para ser discípulos modelo de Jesús (y no solo para sus pares, sino que también para los adultos). Aunque Timoteo era un hombre joven, no un niño. Como revela el resto de estas dos cartas, sin importar la edad que tuviera (probablemente estaba en sus veintes o treintas), él estaba cargando con una extraordinaria responsabilidad en la iglesia. Él ya era un «hombre de Dios maduro», y su padre espiritual lo estaba exhortando a actuar en consecuencia. Hombres de Dios (mayores y jóvenes), ¿estamos siendo ejemplo para los otros creyentes en palabra, conducta, amor, fe y pureza? Exploremos cada una brevemente y preguntémonos cómo se vería la fidelidad.
1. ¿Qué decimos (o no decimos)?
En primer lugar, ¿qué significa ser un ejemplo piadoso en palabra? Podríamos pensar inmediatamente en cosas que los hombres no deben decir. Después de todo, Pablo mismo dice: «Tampoco haya obscenidades, ni necedades, ni groserías, que no son apropiadas [...]» (Ef 5:4). Los hombres cristianos deben ser perceptible y audiblemente diferentes de los hombres del mundo: extraña y poderosamente libres de obscenidades, tonterías, ordinarieces y corrupción (Ef 4:29). Sin embargo, no debemos sentirnos cómodos por ser conocidos por lo que no decimos, sino que también por lo que decimos. Nuevamente, Pablo escribe: «Tampoco haya obscenidades, ni necedades, ni groserías, que no son apropiadas, sino más bien acciones de gracias» (Ef 5:4, [énfasis del autor]). No solo ausencia de blasfemia, vulgaridad y crueldad, sino que el llamativo sonido de agradecimiento masculino; de ánimo (1Ts 5:11); de sabiduría y honestidad (1Co 12:8; 2Co 6:7); de esperanza del Evangelio (Ef 6:19); de sana enseñanza, en la iglesia y en el hogar. En resumen, «Que su conversación sea siempre con gracia, sazonada como con sal, para que sepan cómo deben responder a cada persona» (Col 4:6). Cuando consideramos nuestras conversaciones, llamadas telefónicas, mensajes de texto, tuits, correos electrónicos, ¿estamos siendo un ejemplo para que otros hombres imiten?
2. ¿Cómo vivimos nuestras vidas?
¿Qué significa ser un ejemplo piadoso en conducta? Pablo a menudo empareja las dos primeras en sus cartas: palabra y conducta; palabra y obra (ver Ro 15:18; Col 3:17). Podríamos entender qué quiere decir Pablo al hacer esta pregunta: ¿qué dice sobre Jesús la manera en que vives tu vida, especialmente cómo inviertes tu tiempo, tu dinero, tu atención? En primer lugar, ¿dice algo sobre Jesús? ¿A qué tipo de conclusiones sobre Dios llegará la gente después de observarte de cerca por una semana, un mes o un año? Si profesamos a Cristo y nuestras vidas aún se ven como la de todos los demás, el cristianismo parecerá ser solo otra opción ligeramente espiritual, blanda e inefectiva entre muchas otras. «Puesto que todo será deshecho», escribe el apóstol Pedro, «ustedes deben vivir una vida santa y dedicada a Dios» (2P 3:11, RVC). «Una vida santa» literalmente se traduce como «en santa conducta», es la misma palabra. A la luz de quien realmente es Jesús, y de la realidad de que vendrá de nuevo, ¿qué tipo de hombres debemos ser? ¿Hemos estado pasando la breve existencia que Dios nos ha dado aquí en la tierra como ejemplos dignos en nuestras decisiones y prioridades?
3. ¿Qué bien somos para otros?
¿Qué significa ser un ejemplo piadoso en amor? Una manera efectiva de evaluar cómo invertimos nuestro tiempo, dinero y atención es preguntarnos qué bien tangible son estos para los demás. Un hombre cuyo arduo trabajo solo le sirve a él, es un hombre que da lástima, no uno al que haya que imitar. Podemos decir todas las cosas correctas, pero si no tenemos amor, no somos nada (1Co 13:1). Podemos hacer todo tipo de buenas obras, pero si no tenemos amor no somos nada (1Co 13:3). Los hombres de Dios deben tener gran amor, hombres profundamente comprometidos a tomar la iniciativa (a menudo a un gran costo) por el bien de otros, especialmente, su bien eterno. «Estén alerta, permanezcan firmes en la fe», escribe Pablo a los líderes de Corinto, «pórtense varonilmente, sean fuertes. Todas sus cosas sean hechas con amor» (1Co 16:13-14, [énfasis del autor]). El amor es vital para la masculinidad y es vital para la fuerza. «El amor edifica» (1Co 8:1); el amor unifica (Col 2:2); el amor no prioriza sus propios anhelos y deseos, sino que busca servir las necesidades de otros (Ga 5:13). El amor trabaja, en realidad se esfuerza, por el bien de otros (1Ts 1:3). Por tanto, ¿a quiénes estamos amando (un cónyuge, nuestros hijos, nuestra familia de la iglesia, nuestros compañeros de piso, los vecinos y a los colegas, los perdidos), y cómo, específica y tangiblemente, los estamos amando? ¿Quisiéramos que un hombre más joven nos imitara?
4. ¿Nuestra fe está estancada o es apasionada?
¿Qué significa ser un ejemplo piadoso en fe? Nuevamente, el amor y la fe a menudo están aunados en las cartas de Pablo (ver Ef 1:15; 6:23; 1Ts 3:6). Mientras pensamos del amor como algo visible y como algo que se puede sentir, a menudo pensamos de la fe como algo privado e invisible. ¿Cómo podemos ser un ejemplo en algo que los demás no pueden ver? Ellos podrían no ser capaces de ver nuestra fe de la misma manera en que escuchan nuestras palabras y observan nuestras buenas obras, pero pueden vernos luchar por fe. En la misma carta, Pablo escribe: «Pelea la buena batalla de la fe. Echa mano de la vida eterna a la cual fuiste llamado, y de la que hiciste buena profesión en presencia de muchos testigos» (1Ti 6:12). ¿Qué significa pelear la buena batalla de la fe? Pelear la nueva batalla de la fe significa estar preparados para pelear. Significa esperar obstáculos e incluso oposición (1P 5:8). Significa soportar pruebas, dificultades y desilusiones con esperanza y gozo (2Co 6:10). Significa darte tiempo para encontrarte con Dios, incluso cuando no sea cómodo, incluso cuando estemos cansados, incluso cuando el trabajo sea exigente y los hijos se pongan difíciles, porque «la fe viene del oír, y el oír, por la palabra de Cristo» (Ro 10:17). Significa meditar en la Palabra de día y de noche (Sal 1:1-2). Significa orar sin cesar (1Ts 5:17). Significa comprometerse con una comunidad de fe, una iglesia local y servir ahí con fidelidad (Heb 10:24-25). Por tanto, ¿nuestra vida de fe se ve como una pelea por la fe? ¿Querríamos que un hombre joven peleara como nosotros lo hacemos?
5. ¿Te controlas en santidad y honor?
Por último, ¿qué significa ser un ejemplo piadoso en pureza? Sabemos que la pureza que Pablo tenía en mente aquí era al menos la pureza sexual. Él le dice a los hombres jóvenes más adelante en la misma carta: «[Exhorta] a las ancianas, como a madres; a las más jóvenes, como a hermanas, con toda pureza» (1Ti 5:2). Este tipo de respeto y dominio propio apartará al hombre joven de nuestro mundo (un mundo lleno de hombres buscando satisfacer sus deseos sexuales, revisando aplicaciones para conectar con alguien nuevo y yendo de una mujer a otra sin pensarlo dos veces). Los hombres que se relacionan con mujeres en toda pureza no serán como la mayoría de los hombres, quienes, debido a que no conocen a Dios, viven para sus placeres (1Ts 4:3-5). Sin embargo, esta pureza incluye más que solo pureza sexual. La mundanalidad (devoción manifiesta o sutil a la cultura popular, los deportes, las películas, las compras, las redes sociales o cualquier cosa que te atraiga más) puede ser igual de contaminante espiritualmente que la tentación sexual (Stg 1:27). Cada uno puede ser un regalo de Dios que nos lleva más a Él y cada uno de ellos puede transformarse en un dios falso que en silencio nos aleja de Él. ¿Nuestras mentes y corazones están marcados con pureza, con una devoción y afecto firme hacia Dios? ¿Estamos entrenando todo nuestro ser (corazón, alma, mente y fuerzas) para amarlo más que cualquier cosa? ¿Querríamos que un hombre más joven imite nuestra pureza?

Los hombres fueron hechos para más

Nada de esta visión y llamado más amplio disminuye la importancia de que los hombres lean la Biblia y resistan la pornografía. De hecho, los hombres que buscan la piedad en esas áreas (en palabra, conducta, amor, fe y pureza) serán tanto más entusiastas para meditar en la Palabra de Dios y tanto más celosos por la pureza, digital y de otras formas. Ningún hombre se transforma en un hombre de Dios sin darse un banquete diario en la Palabra de Dios. Ningún hombre se transforma en un hombre de Dios sin mortificar sus anhelos egoístas y pecaminosos. A medida que discipulamos hombres, no pasemos por alto la pornografía; sin duda es una de las amenazas más grandes, más generalizadas y más disponibles para sus almas. Y nunca le restemos importancia a la Biblia: el único arsenal más grande de verdad, valentía, santidad y gozo que tenemos. Pero también llamenos a los hombres a más: a bendecir a otros con sus palabras, a no desperdiciar sus vidas en un tiempo sinfín frente a la pantalla, a sacrificar sus horarios, energía y fuerza en amor, a perseguir con esfuerzo a Dios día tras día y a controlar y usar sus cuerpos con honor y santidad. En resumen, seamos y levantemos hombres de Dios, salvados y humildes por la gracia de Dios para llevar a cabo la obra de Dios de maneras que revelen y muestren la gloria de su Hijo.
Marshall Segal © 2021  Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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Los buenos hombres trabajan duro y duermen bien
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Los buenos hombres trabajan duro y duermen bien

Cualquiera puede reconocer la tragedia de un hombre perezoso: aun las responsabilidades normales lo abruman. Se paraliza ante temores absurdos (Pr 22:3). No puede proveer para sí mismo ni cualquier otra persona (Pr 20:4). Casi todo es demasiado difícil para él (Pr 19:24). Quienes alguna vez dependieron de él descubrieron que no deben hacerlo (Pr 10:26). Sus anhelos, nunca satisfechos, lo destruyen lentamente (Pr 21:25). Sentimos lástima por los hombres perezosos y luchamos por no ser uno. Si bien puede ser fácil ver la inutilidad de la pereza, ¿cuántos de nosotros pasamos por alto la inutilidad de ciertas formas de trabajo duro?
Si el Señor no edifica la casa, En vano trabajan los que la edifican; Si el Señor no guarda la ciudad, En vano vela la guardia (Sal 127:1, [énfasis del autor]).
Los buenos hombres (hombres amados, equipados y enviados por Dios) trabajan duro, pero no en vano. Ellos edifican, velan y trabajan como si el Dios del cielo y de la tierra trabajara por ellos, porque es la realidad. Dios «obra [...] a favor del que esperaba en Él» (Is 64:4). Los buenos hombres saben que a menos que el Señor trabaje en, a través y sobre su trabajo, no lograrán nada verdaderamente significativo o perdurable.

Edifica con todo tu corazón

No te equivoques, los hombres fieles sí trabajan duro. Cualquier hombre que escuche que Dios tiene que hacer el trabajo y decida que su propio trabajo ya no es necesario, no ha entendido cómo nuestro trabajo honra a Dios. Él no ha visto lo sagrado de la instrumentalidad humana. Dios no es honrado cuando trabajamos duro en autosuficiencia, tampoco lo es cuando somos negligentes y descuidados respecto a lo que Él nos ha llamado a hacer. Cuando el Señor edifica, los constructores no abandonan sus herramientas; la guardia no deja sus puestos. De hecho, el Señor condena a la guardia que falla en mantener la vigilancia, diciéndoles a los pastores de Israel:
Los centinelas de Israel son ciegos, Ninguno sabe nada. Todos son perros mudos que no pueden ladrar, Soñadores acostados, amigos de dormir (Is 56:10)
Si los constructores se rehúsan a trabajar, nada se construye. Si la guardia abandona el muro, la ciudad queda en peligro. Si cualquiera de ellos trabaja sin Dios, trabaja y vela en vano. Saber que Dios trabaja por nosotros y en nosotros, nos inspira a trabajar duro genuinamente. El apóstol Pablo dice: «[...] estén firmes, constantes, abundando siempre en la obra del Señor, sabiendo que su trabajo en el Señor no es en vano» (1Co 15:58, [énfasis del autor]). En el principio, «El Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el huerto del Edén para que lo cultivara y lo cuidara» (Gn 2:15) —edificar y velar—. Y, aún hoy, Dios llama a un hombre a edificar y a velar, ante todo en su propio hogar, luego en su iglesia y después más allá en el mundo que lo rodea. Dios nos ha dado la dignidad de llevar a cabo su edificación y trabajo protector en cualquier jardín donde Él nos haya puesto. ¿Cómo podríamos tomar ese trabajo a la ligera? Si Dios nos ha llamado a hacer esto y si Él promete terminar el trabajo decisivo por medio de nosotros, ¿cómo podríamos dejar nuestras herramientas al lado o abandonar el puesto? Dios le dice a los constructores y a la guardia, a los esposos y a los padres, a los jefes y a los empleados de todo campo: «Todo lo que hagan, háganlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres» (Col 3:23, [énfasis del autor]). Los buenos hombres, los hombres amados por Dios, trabajan duro.

Trabaja duro en el hogar

Muchos hombres aman la carga del trabajo duro y podrían estar muy listos para lanzarse de cabeza a más horas, a más sudor, a más intencionalidad... en la oficina. El trabajo de primera importancia, sin embargo (al menos en el Salmo 127), es el trabajo en el hogar. Tanto a los constructores como a la guardia, el salmo declara:
Un don del Señor son los hijos, Y recompensa es el fruto del vientre. Como flechas en la mano del guerrero, Así son los hijos tenidos en la juventud. Bienaventurado el hombre que de ellos tiene llena su aljaba; No será avergonzado Cuando hable con sus enemigos en la puerta (Sal 127:3-5)
¿Cuál es el mensaje para los esposos y padres sobre el trabajo? No abandonen el preciado, exigente y poderoso trabajo productivo al que son llamados a llevar a cabo en el hogar. Noten cómo el salmo le habla directamente al hombre: «Bienaventurado el hombre...». Dios quiere que los hombres, en particular, sientan la maravillosa carga («del Señor») y el inmenso placer («recompensa es el fruto del vientre») de tener una familia y criar a la siguiente generación. Sin duda, las almas que Dios asigna a nuestros hogares merecen nuestro mejor trabajo, no las sobras. Sentimos la tensión, incluso en el salmo, que muchos hombres sienten hoy. Tendemos a pensar que lo mejor, que los campos más fructíferos, que las prioridades más urgentes están en algún lugar allá afuera, en el campo de batalla donde se libra la guerra; en la puerta, donde las disputas eran juzgadas y los conflictos resueltos. Sin embargo, trabajar duro para criar hijos fieles hará a un hombre tanto más peligroso en el campo de batalla («como flechas en la mano del guerrero») y tanto más convincente en la puerta («no será avergonzado»). En la sabiduría de Dios, trabajar duro e invertir bien en el hogar hará a un hombre mucho más efectivo en todo otro lugar.

Algunos necesitan trabajar menos

Puesto que el Señor edifica la casa y vela por la ciudad, debemos ser inspirados a trabajar duro, comenzando por el hogar. Algunos hombres, sin embargo, necesitan ser aconsejados a trabajar (y a preocuparse) menos. Una evidencia de que no hemos rendido completamente nuestro trabajo a Dios es que nos rehusamos a cesar realmente nuestras labores.
Es en vano que se levanten de madrugada, Que se acuesten tarde, Que coman el pan de afanosa labor, Pues Él da a su amado aun mientras duerme (Sal 127:2)
La vanidad en estos versículos es un ingrediente extremadamente importante para cualquier ética laboral saludable. Podemos trabajar muy duro y aun así terminar vacíos. Derek Kidner comenta: «No se trata simplemente de que nuestros proyectos fallarán —al menos tienen “pan” para mostrar—, sino que no llevan a ninguna parte. La casa y la ciudad podrían sobrevivir, pero ¿valió la pena construirlas?» (Psalms [Salmos], 477)[1]. Los hombres trabajan duro por todo tipo de razones, y muchas de ellas son mediocres, si es que no patéticas. La ambición y la vanidad egoístas son lo suficientemente fuertes para inspirar toda una vida de intencionalidad, creatividad y disciplina. Muchos hombres trabajan por largas horas en la noche y mucho antes de que salga el sol y con cada hora de diligencia que pasa ofenden a Dios. Su ética laboral lo devalúa, porque esta no lo necesita. Y las tentaciones son tan grandes como siempre, porque muchos de nosotros llevamos el trabajo a casa en nuestros computadores y teléfonos. Cualquier trabajo es en vano, sin importar cuán apasionada y diligentemente se realice ese trabajo, si estamos confiando en el yo. Es necesario que a algunos de nosotros se nos diga que confiemos en Dios lo suficiente para trabajar menos. Algunos hombres se rehúsan a dejar de trabajar: ir a casa, cerrar el computador y dejar de lado el teléfono. No obstante, esto no se trata solamente de recostarnos y cerrar nuestros ojos. Esta advertencia se aplica tanto, o más, a aquellos de nosotros que nos acostamos, pero nos quedamos despiertos, preocupándonos (nuestras mentes todavía están trabajando febrilmente en todo lo que no se hizo hoy o en todo lo que hay que hacer mañana, en los problemas que no se resolvieron hoy o en los problemas que podrían surgir cuando nos despertemos). Si el pan representa la afanosa labor, nuestra mente puede convertirse en el horno más caliente y nuestra preocupación es en vano (Fil 4:6). Jesús dice: «¿Quién de ustedes, por ansioso que esté, puede añadir una hora al curso de su vida?» (Mt 6:27). ¿Quién se preocupa por agregar una hora a su vida? Aquel que no puede terminar todo lo que quisiera hacer en un día, que se levanta temprano y se acuesta tarde (y duerme sin descanso entremedio). ¿Qué le dice Jesús a ese hombre? «[...] No se preocupen por el día de mañana; porque el día de mañana se cuidará de sí mismo [...]» (Mt 6:34). El trabajo duro nunca satisfará nuestras necesidades más profundas ni resolverá nuestros problemas más intensos, pero Dios sí lo hará.

Rechazar a Dios es imprudente

La respuesta directa al trabajo excesivo, al menos en el Salmo 127, es simple: Dios da, a todo el que Él ama, descanso. ¿La manera en que vives, trabajas y descansas demuestra esa preciada realidad u oculta la sabiduría, la misericordia y el cuidado paternal en su regalo? Es peligroso y necio rechazar lo que Dios ha dado expresamente y de buena gana. Nuevamente, Jesús extiende sus manos a aquellos que están esclavizados a sus innecesarias cargas:
Vengan a mí, todos los que están cansados y cargados, y Yo los haré descansar. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que Yo soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para sus almas (Mt 11:28-29).
Cuando nos rehusamos a descansar, rechazamos el infinito amor y la sabiduría del cielo. Nos rehusamos a seguir su plan, prefiriendo cualquier propuesta elaborada por nosotros mismos. Nos rehusamos a creer que Él sabe lo que es mejor para nosotros. Los hombres buenos trabajan duro, pero también duermen bien (dejando de lado enfermedades). Estos hombres no solo saben que pueden confiar a Dios todo lo que no pueden hacer o terminar, sino que saben que Él hace e imparte descanso y sueño intencionalmente para profundizar y mostrar su fe en Él. Si edificas en la fuerza que Dios proporciona, Él edificará la casa que tú estás construyendo. Él velará sobre la ciudad que tú estás protegiendo. Puesto que Él es más sabio de lo que nosotros somos, sin duda Él dejará un par de cosas (o más) sin hacer que nosotros pensamos que debían estar terminadas, pero Él no dejará pasar ningún detalle, tampoco le dará mal uso a ningún trabajo que hayamos hecho por fe en Él. Por lo tanto, trabaja duro con lo que se te ha dado, durante el tiempo que te sea dado y duerme un poco en el camino. Confía en que se hará la voluntad de Dios. Él logrará hacer todo lo que Él quiera que se haga por medio de ti.
Marshall Segal © 2020 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.

[1] N. del T.: traducción propia.

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Una futura esposa virtuosa
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Una futura esposa virtuosa

Ella sabía que generalmente es el hombre quien da el primer paso. Sabía que lo que estaba haciendo parecería al menos sospechoso, quizás incluso escandaloso. Sabía lo que la gente podría decir. Sabía cuánto podría perder –después de todo lo que ya había perdido–. Sin embargo, allí estaba Rut, en la oscuridad, sintiéndose vulnerable, esperanzada, confiada, valiente, esperando silenciosamente a los pies del hombre que podía despertar en cualquier momento.  Incluso en una época más igualitaria, el extraño y valiente paso que Rut tomó esa noche podría hacernos sentir incómodos a muchos de nosotros:

Cuando Booz hubo comido y bebido, y su corazón estaba contento, fue a acostarse al pie del montón de grano; y ella vino calladamente, le destapó los pies y se acostó (Rut‬ 3:7‬). 

Esa fue la forma en que Rut le pidió a Booz que la tomara como esposa. Pero ¿por qué lo hizo así? ¿No había otra manera? ¿No podría su suegra haber tanteado el terreno con los siervos de Booz?  Tal vez, pero Dios en su sabiduría, decidió unir a este hombre y a esta mujer de esta forma tan inusual. Y cuando nos detenemos a examinar ese momento más de cerca, la rareza de la escena en realidad realza la belleza de su amor. Este momento potencialmente vergonzoso, resalta lo que hace que Booz sea un esposo virtuoso y lo que hace que Rut sea una esposa virtuosa. 

Una mujer virtuosa

Aunque nos pueda parecer escandaloso que Rut se acostara al lado de Booz mientras él dormía, parecía que, ante los ojos de Dios, ella actuó con honorabilidad y pureza. A pesar de todas las hermosas imágenes de Rut que se nos dan en estos cuatro capítulos, solo se la llama una «mujer virtuosa» una sola vez: en esta ocasión, en este momento tan vulnerable. Booz, reconociéndola en la oscuridad y encontrándose con su humilde y sumisa iniciativa, le dice:

Ahora, hija mía, no temas. Haré por ti todo lo que me pidas, pues todo mi pueblo en la ciudad sabe que eres una mujer virtuosa (Rut‬ 3:11‬). 

Virtuosa cuando murió su esposo, virtuosa cuando su suegra quedó sola, virtuosa en una tierra extranjera, virtuosa trabajando largas jornadas en el campo, virtuosa aun aquí, en la oscuridad, en el piso de la era donde se trillaba el grano, esperando a los pies del hombre que deseaba. Una mujer verdaderamente virtuosa lo es tanto en secreto como en público, y Rut fue una mujer así.  Entonces, ¿qué hace que Rut se distinga como una futura esposa virtuosa, sí, a los ojos de Booz, pero aún más, a los ojos de Dios? 

Una mujer leal

La historia de la virtud de Rut comienza con su increíble lealtad. Su suegra, Noemí, había perdido a su esposo y a sus dos hijos, incluido el esposo de Rut. Noemí entendió lo desolador que su futuro se había vuelto y trató de convencer a sus dos nueras de que volvieran con sus familias. En respuesta, «Orfa besó a su suegra, pero Rut se quedó con ella» (Rut‬ 1:14‬). En el momento en que Rut tuvo poderosas razones para irse y salvarse a sí misma, prefirió quedarse y cuidar a su suegra. Escucha la intensidad de su lealtad:

No insistas en que te deje o que deje de seguirte; porque adonde tú vayas, yo iré, y donde tú mores, moraré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios. Donde tú mueras, allí moriré, y allí seré sepultada. Así haga el Señor conmigo, y aún peor, si algo, excepto la muerte, nos separa (Rut‬ 1:16-17‬). 

Rut podría haberse marchado, pero la fe y el amor la habían unido a Noemí. Quedarse significaba sufrir. Quedarse significaba sacrificio y riesgo. Quedarse podría haber significado incluso la muerte, especialmente en un período cuando los jueces de Israel, aunque tenían la responsabilidad de cuidar de la viuda, hacían «lo que le[s] parecía bien ante sus propios ojos» (Jue‬ 17:6‬). No obstante, nada podría haber hecho que Rut se marchara ahora.  Cuando la noticia se divulgó, su futuro esposo se sintió especialmente atraído por la lealtad de ella: 

Todo lo que has hecho por tu suegra después de la muerte de tu esposo me ha sido informado en detalle, y cómo dejaste a tu padre, a tu madre y tu tierra natal, y viniste a un pueblo que antes no conocías (Rut‬ 2:11‬). 

Una mujer audaz

Rut no podría haber sido leal en estas circunstancias sin también haber sido valiente. Escuchamos y sentimos su audacia en los votos que le hace a Noemí: 

Donde tú mueras, allí moriré, y allí seré sepultada. Así haga el Señor conmigo, y aún peor, si algo, excepto la muerte, nos separa (Rut‬ 1:17‬). 

No es que fuera ingenua sobre lo que ambas podrían sufrir. Recuerda que ya había enterrado a su esposo y a su cuñado (y probablemente nunca había conocido a su suegro). La muerte se había vuelto parte intrínseca de su familia. Partió junto con Noemí sin tener garantía alguna de que, siendo viuda, su vida en Israel sería mejor que todas las pruebas que ya habían enfrentado. Sin embargo, cuando el amor se encontró ante la presencia del miedo real, serio y amenazante, su amor prevaleció.  En ese sentido, Rut fue hija de Sara, esa mujer virtuosa antes que ella, quien puso su esperanza en Dios y se vistió con la belleza de la obediencia. A pesar de lo frágil y desalentadora que su vida se había vuelto, Rut «[hizo] el bien y no [tuvo] miedo de nada que [pudiera] aterrorizarla» (1P‬ 3:5-6‬), porque el Dios majestuoso de Sara ahora era su Dios (Rut 1:16). A mujeres como Rut no se las puede disuadir fácilmente, porque han experimentado un amor sabio y soberano mucho más grande de lo que podrían temer. 

Una mujer resuelta

Rut no solo fue audaz, sino también decidida, y su suegra lo sabía. «Al ver Noemí que Rut estaba decidida a ir con ella, no le insistió más» (Rut‬ 1:18‬). Su amor fue fuerte, duradero y tenaz.  No es que Rut no escuchara ni considerara un consejo (Rut 2:22-23; 3:3-5), sino que no se daba por vencida fácilmente. Siguió amando cuando mujeres con menos valía se hubiesen marchado. Siguió trabajando cuando mujeres con menos valía se hubiesen rendido. Por ejemplo, al llegar al campo de Booz, su siervo declaró que ella le había dicho: «“Te ruego que me dejes espigar y recoger tras los segadores entre las gavillas.” Y vino y ha permanecido desde la mañana hasta ahora; solo se ha sentado en la casa por un momento» (Rut‬ 2:7‬). Incluso los siervos se sorprendieron del esfuerzo y la resistencia de esta mujer en el campo.  Rut hizo todo lo que pudo (incluso forzando su capacidad al límite) para cuidar a aquellos que Dios le había dado, aun cuando los riesgos eran grandes, aun cuando sus fuerzas escaseaban, aun cuando otros hubiesen entendido que no siguiera trabajando, porque ella era una mujer virtuosa. 

Una mujer piadosa

Finalmente, podemos decir que Rut fue una mujer virtuosa porque fue piadosa Aunque Rut había sido una extranjera de sangre moabita, ahora era una mujer temerosa de Dios en su corazón. «Tu pueblo será mi pueblo», le dijo a Noemí, «y tu Dios mi Dios» (Rut 1:16). Sus palabras nos recuerdan las del apóstol Pedro cuando Jesús les preguntó a sus discípulos si querían irse con los demás: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6:68). Sin duda alguna, la lealtad de Rut hacia Noemí, su audacia en dejar su hogar y su incansable resolución, florecieron del jardín de su nueva fe en Dios.  La fe la unió a Noemí y también la atrajo a Booz. El día que se conocieron, él dijo:

Todo lo que has hecho por tu suegra después de la muerte de tu esposo me ha sido informado en detalle […] Que el Señor recompense tu obra y que tu pago sea completo de parte del Señor, Dios de Israel, bajo cuyas alas has venido a refugiarte (Rut‬ 2:11-12‬).

Indudablemente, Booz admiró cómo ella había cuidado a su suegra, pero también se dio cuenta de cómo había buscado resguardo en Dios, de cómo se había refugiado bajo sus anchas y fuertes alas. No solo era una mujer fiel, sino también una mujer llena de fe. No nos equivoquemos: las mujeres virtuosas no son orgullosamente independientes. Por el contrario, saben que están necesitadas, que son dependientes, vulnerables y, por ende, se encomiendan a la gracia de Dios. Sirven, se sacrifican y se arriesgan con sus miradas por encima de esta tierra, donde reside su verdadera esperanza.  Cuando Booz despertó y vio a su futura esposa acostada a sus pies, no solo vio la belleza simple y efímera de una joven (aunque ella era mucho más joven), sino que vio la belleza mucho más profunda, compleja y perdurable de una esposa realmente virtuosa. 

¿Debió Rut tomar la iniciativa?

¿Qué hay de las mujeres solteras de hoy que se preguntan si ellas deberían tomar la iniciativa con respecto a sus propios Booz? ¿Debería siempre ser el hombre el que actúa primero como tan a menudo se nos recomienda? ¿Se equivocó Rut al dar ese paso y hacer saber su interés? ¿Podría ser un modelo para las mujeres de hoy que quieren honrar el llamado de los hombres a tomar la iniciativa? Yo creo que Rut es un excelente ejemplo para las mujeres solteras de hoy, no solo a pesar del paso inusual que dio, sino por hacerlo así. Sospecho que algunas relaciones potencialmente piadosas podrían verse obstaculizadas por un excesivo temor a que cualquier iniciativa que tomen las mujeres pueda menoscabar el llamado de un hombre a liderar.  Creo que Dios llama al hombre a asumir una responsabilidad especial y a tomar mayor iniciativa hacia la mujer. Creo que debería ser el hombre quien, en general, sea el que se arriesgue a ser rechazado, protegiendo a la mujer al ofrecerse a sí mismo constantemente en maneras que requieren mucho o poco coraje. También creo que, si la pareja contrae matrimonio, solo el hombre debe asumir la responsabilidad de liderar, proteger, proveer y pastorear a la esposa y su familia, y creo que la base para este tipo de liderazgo sano queda sentada desde la primera cita (e incluso antes). Una mujer piadosa debería desear un novio, y eventualmente un esposo, que constantemente inicie y lidere la relación.  Sin embargo, Rut estaba en una situación inusual. Tal vez tú también lo estés. Booz, siendo un hombre virtuoso (y considerablemente mayor, Rut 3:10), quizás nunca hubiera pensado en acercarse a Rut. También sabía que él no era el próximo pariente «redentor» en la fila (Rut 3:12), por lo que es posible que él no quería deshonrar al otro hombre al dar el primer paso hacia Rut. Quizás Rut y Booz nunca se hubiesen casado si Rut no hubiese estado dispuesta a comunicarle su interés.  Por extraña, e incluso sugerente, que la escena nos puede parecer hoy en día, bien podría haber sido en ese tiempo la forma más honorable de Rut de comunicar ese interés. Incluso su audaz paso fue discreto, dejando la iniciativa final en las manos de Booz y no en las de ella. Rut encontró la forma de comunicar su interés manteniendo y alentando el honor y liderazgo de Booz como hombre.  Dios llama a los hombres a tomar la iniciativa en una primera cita cristiana, pero eso no significa que una mujer piadosa nunca dé un paso de fe para comunicar interés, especialmente en el contexto de una comunidad cristiana que la ayude a expresar ese interés, mientras la protege del dolor al rechazo. Si hay un hombre piadoso en particular que te gustaría que te cortejara, pídele a Dios que te muestre formas abiertas, humildes y creativas que puedas usar para invitarlo a que él tome la iniciativa.  Cuando así lo hagas, no estaría de más que, siguiendo el valioso ejemplo de Rut, le pidieras a una mujer mayor en tu vida que te aconseje y ayude.
Marshall Segal © 2021 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. Traducción: Marcela Basualto
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Ninguna familia está demasiado ocupada para la iglesia
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Ninguna familia está demasiado ocupada para la iglesia

Si estás casado y tienes hijos, probablemente estás más familiarizado con la finitud. La soltería, con todos sus desafíos únicos, a menudo disimula nuestras limitaciones físicas. Aún nos cansamos, por supuesto, pero la mayoría de las veces, podemos hacer lo que necesitamos (y mucho de lo que queremos), mientras todavía seguimos teniendo espacio para descansar y recargarnos. La familia, con todas sus bendiciones únicas, nos arranca ese sentido de autonomía. Los niños en particular absorben bastante de cualquier extra que podríamos haber disfrutado. Cuando son pequeños, se trata de pañales, de refrigerios, de rabietas y de interminables preguntas expresadas con poca fluidez sobre cualquier cosa. A medida que crecen, están los rigores de la escuela, las alegrías y las penas de las amistades, los horarios deportivos y de otras actividades, y las preguntas difíciles sobre el futuro. Cualquier familia saludable exige mucho de los padres. Sin embargo, al haber entrado al mundo del matrimonio y de la crianza, y al ver a otros a mi alrededor hacer lo mismo, he podido compadecerme y sufrir por una víctima común en las familias: la iglesia. A medida que encontramos el amor, les damos la bienvenida a los hijos, compramos casas, invertimos en carreras, cultivamos amistades y buscamos pasatiempos, ¿acaso nos hemos olvidado o abandonado nuestro precioso y vital lugar en el pueblo de Dios? Luego de seis años de casado y cinco de paternidad, he sentido las sutiles maneras en que Satanás lanza a la iglesia contra la vida familiar y a la vida familiar contra la iglesia. La iglesia, no obstante, no es el enemigo de la familia cristiana, sino más bien, su devota aliada y más pleno destino. Las familias saludables saben cuán desesperadamente necesitan a la iglesia y construyen con gusto sus vidas alrededor de ella, a fin de servirla, alimentarse y amarla. No solo esperan iglesias amigables con las familias, sino que se esfuerzan por llegar a ser familias amigables con la iglesia.

La iglesia perdida del compañerismo

¿Adónde podríamos mirar para tener una idea de lo que podría ser la vida familiar en la iglesia? Me encantan los destellos que obtenemos de las primeras iglesias en el Nuevo Testamento. Las pequeñas ventanas que tenemos, como Hechos 2:42-27, pintan un cuadro de la iglesia que es como un jardín de vida, no como un macetero que cuidamos los domingos:

Y se dedicaban continuamente a las enseñanzas de los apóstoles, a la comunión, al partimiento del pan y a la oración. Sobrevino temor a toda persona; y muchos prodigios y señales se hacían por los apóstoles. Todos los que habían creído estaban juntos y tenían todas las cosas en común; vendían todas sus propiedades y sus bienes y los compartían con todos, según la necesidad de cada uno. Día tras día continuaban unánimes en el templo y partiendo el pan en los hogares, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y hallando favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día al número de ellos los que iban siendo salvos.

La iglesia primitiva era una iglesia de compañerismo (pasaban tiempo juntos, comían juntos, satisfacían necesidades juntos, aprendían juntos, oraban juntos, llevaban cargas juntos, ganaban almas juntos). Y todos los involucrados, seguramente incluidas algunas familias jóvenes, parecían prosperar en ese compañerismo, en lugar de sentirse frustrados por ello. Ser iglesia significaba estar juntos (y no solo por una hora el domingo). «[…] Exhórtense los unos a los otros cada día, mientras todavía se dice: “hoy”;» —dice Hebreos 3:13— «no sea que alguno de ustedes sea endurecido por el engaño del pecado» [énfasis del autor]. Cada día. Y eso es sin teléfono, mensajes de texto, correo electrónico o Zoom. Ellos estaban dispuestos a hacer sacrificios diarios para buscar a Cristo y a su misión juntos.

Donde ocurre el unos con los otros

Ese compañerismo está entretejido a lo largo de la Escritura con los mandatos de los unos a los otros. Primero de Jesús mismo: «Un mandamiento nuevo les doy: “que se amen los unos a los otros”; que como yo los he amado, así también se amen los unos a los otros. En esto conocerán todos que son mis discípulos, si se tienen amor los unos a los otros» (Jn 13:34-35). ¿Qué distingue a los seguidores de Jesús de cualquier otra persona? El amor como el de Cristo demostrado en su relación los unos con los otros. ¿Y dónde ocurre ese unos con los otros en la Escritura? En la iglesia local.
  • A la iglesia en Colosas: «Que la palabra de Cristo habite en abundancia en ustedes, con toda sabiduría enseñándose y amonestándose unos a otros con salmos, himnos ycanciones espirituales, cantando a Dios con acción de gracias en sus corazones» (Col 3:16).
  • A la iglesia en Roma: «Sean afectuosos unos con otros con amor fraternal; con honra, dándose preferencia unos a otros [...]. Por tanto, acéptense los unos a los otros, como también Cristo nos aceptó para la gloria de Dios» (Ro 12:10; 15:7).
  • A la iglesia en Tesalónica: «Por tanto, confórtense los unos a los otros, y edifíquense el uno al otro, tal como lo están haciendo» (1Ts 5:11).
  • A la iglesia en Éfeso: «Sean más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándose unos a otros, así como también Dios los perdonó en Cristo» (Ef 4:32).
  • A la iglesia en Corinto: «[...] Pero así formó Dios el cuerpo [...]a fin de que en el cuerpo no haya división, sino que los miembros tengan el mismo cuidado unos por otros. Si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; y si un miembro es honrado, todos los miembros se regocijan con él. (1Co 12:24-26, [énfasis del autor]).
La historia que Dios cuenta sobre la iglesia es una historia de reunión, una historia de unos a los otros. Después de todo, la mismísima palabra iglesia (ekklesia) significa reunión. Entonces ¿adónde se ha ido este compañerismo hoy? Pues, el compañerismo es a menudo la víctima del ajetreo (de llenar tanto nuestros horarios que simplemente no hay espacio para que la iglesia sea la iglesia). Las familias a menudo son las más preocupadas de todas. Sobre las incansables exigencias de criar nuevos humanos, mamá y papá trabajan cada vez más (y ambos llevan trabajo a casa y a menudo a la cama). A medida que los niños crecen, las tardes y los fines de semana con frecuencia están más y más llenos con prácticas y juegos, ensayos y recitales, tareas y salidas con amigos. Eso significa que las familias en sí están menos juntas. No es sorpresa, entonces, que estén tan celosos por tiempo y, por lo tanto, también desconfíen de comprometerse más con la iglesia o incluso cumplir con lo básico.

Demasiado ocupados para estar juntos

Las presiones en la vida familiar que dificultan la vida de la iglesia podrían estar inflamadas por la vida moderna, pero estas no son nuevas en ella. Jesús nos advirtió, hace dos mil años, sobre «[...] las preocupaciones de esta vida, el engaño de las riquezas y muchos otros malos deseos [...]» (Mr 4:18-19). Las amenazas claramente no son exclusivas de las familias, pero podrían llegar a ser aún más amenazantes para ellas. Después de todo, el apóstol Pablo nos advierte: «[...] el casado se preocupa por las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer, y sus intereses están divididos [...]» (1Co 7:33-34), y la misma ansiedad distrae a su esposa. Jesús dijo que las preocupaciones de este mundo son espinos que crecen para ahogar cualquier signo de vida espiritual. No formaremos bien una familia si no notamos los espinos y hacemos lo que podamos para proteger a nuestras familias de ellos. ¿Qué espinos en particular han brotado en el jardín de tu familia? ¿Qué les impide comprometerse más enteramente con Dios y con su pueblo? En la gran mayoría de los casos, nuestros espinos no serán malas búsquedas, sino buenas que se han vuelto absorbentes. En particular, búsquedas que consumen nuestra capacidad finita de buscar a Dios, amar a su iglesia e ir tras los perdidos. Jesús dijo en otra parte: «[…] no se preocupen por su vida, qué comerán o qué beberán; ni por su cuerpo, qué vestirán […]» (Mt 6:25); en otras palabras, las preocupaciones de cualquier padre: comida, bebida y ropa (y ojalá una siesta), repetir. «Pero busquen primero su reino y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas» (Mt 6:33). ¿Cuántas familias permiten que las tormentas de la ansiedad y del ajetreo consuman su búsqueda del Reino? ¿Cuántas iglesias pierden familias por las preocupaciones del mundo, los engaños de las riquezas y los deseos por otras cosas, debido a los sutiles espinos de la tentación?

La iglesia fascinante

Para superar los obstáculos que impiden la vida de la iglesia en una familia, tenemos que confrontar el ajetreo que desplaza a la iglesia, pero también necesitamos ver a la iglesia, incluyendo a nuestras pequeñas, defectuosas y poco impresionantes iglesias locales, a través de los ojos amorosos y devotos de Cristo. Nuestros matrimonios (los mismos matrimonios que a veces nos distraen de Cristo y la iglesia) fueron creados por Dios para recordarnos que Jesús ama a la iglesia y con un celo santo: «Maridos, amen a sus mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se dio Él mismo por ella» (Ef 5:25). Sí, Él fue obediente hasta la muerte, pero no murió por deber; murió por amor: verdadero afecto por la iglesia, verdadero compromiso por la iglesia, verdadero deleite en la iglesia. Tenemos que poner nuestras decepciones y frustraciones con la iglesia ante el amor ardiente de Aquel que murió para tenerla. El apóstol Pablo dijo que fue llamado a predicar «[...] las inescrutables riquezas de Cristo, y sacar a la luz cuál es la dispensación del misterio que por los siglos ha estado oculto en Dios, creador de todas las cosas [...]» —presta especial atención aquí— «De este modo, la infinita sabiduría de Dios puede ser dada a conocer ahora por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales» (Ef 3:8-10, [énfasis del autor]). Dios quiere mostrar las inescrutables riquezas de Cristo, escondidas por siglos, no primero por medio de la creación ni por medio de Israel o los profetas ni siquiera por medio de los apóstoles, sino que por medio de la iglesia; por medio de tu iglesia. Y no solo son los amigos y los vecinos los que están mirando, sino que «los principados y potestades en los lugares celestiales». Las fuerzas espirituales están siendo condenadas por la múltiple sabiduría de Dios a medida que observan cómo Él construye la iglesia (la misma iglesia que a menudo queda enterrada bajo nuestras vidas diarias con una familia). Podríamos mirar a la iglesia y ver inconveniencia, formalidad y monotonía, pero ella atrae al cielo, al ver la salvación develada y esparcida a lo largo de bancas agrietadas y simples livings. Dios dirige toda la historia para sostener la gloria de su gracia para y por medio de la iglesia.

Amar más con menos

El Rey del universo ama a la iglesia, los cielos están asombrados de ella y tu familia la necesita: «Consideremos cómo estimularnos unos a otros al amor y a las buenas obras, no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos unos a otros, y mucho más al ver que el día se acerca» (Heb 10:24-25). Y tu iglesia necesita a tu familia (1Co 12:12). ¿Cómo prosperará sin una oreja, un ojo o lo que sea que Él te haya asignado? ¿Y qué ha asignado Dios para ti y tu familia? No es posible que seas todo para todos. Como padre, ya has aprendido eso. De todos modos, las orejas, los ojos y las rodillas no funcionan así. Dios nos ha dotado y puesto a cada uno de nosotros en maneras únicas para servir a la iglesia de alguna manera significativa. Entonces, «teniendo diferentes dones, según la gracia que nos ha sido dada, usémoslos [...]» (Ro 12:6). Si el de servicio, en nuestro servicio; si el de ánimo, en nuestro ánimo; si el de hospitalidad, en nuestra hospitalidad; si el de generosidad, en nuestro dar; si el de cuidado de niños, en nuestra enseñanza y juego; si el de oración, en nuestras rodillas. Pídele a Dios gracia para ver los dones particulares que Él le ha dado a tu familia y entonces pídele gracia para no desperdiciar esos dones, sino que los use de maneras específicas y consistentes para bendecir y edificar a la iglesia. Si admitimos nuestra finitud como familia, oramos pidiendo fortaleza y discernimiento, somos conscientes de los espinos que nos rodean y nos empapamos continuamente del amor de Jesús por la iglesia, Dios nos ayudará a amar bien a nuestra iglesia con lo poco que tenemos.
Marshall Segal © 2021 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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La impaciencia es una guerra por tener el control
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La impaciencia es una guerra por tener el control

La impaciencia es un pecado oscuro y frecuente que nos encanta justificar. Estábamos agotados. Ocupados. Distraídos. Los niños estaban difíciles. Teníamos demasiado trabajo. Nuestro cónyuge se estaba comportando nuevamente en forma brusca, fría o dura. No dormimos bien la noche anterior. ¿Qué excusas usas cuando se te acaba la paciencia? Generalmente, yo digo que estoy cansado. «Si tan solo pudiera dormir lo suficiente y tuviera suficiente tiempo para mí», a menudo pienso, o incluso digo, «no sería tan impaciente. Soy una persona paciente que se vuelve impaciente cuando está cansada». ¿Puedes escucharte a ti mismo razonando así? La verdad es que soy una persona impaciente cuya impaciencia con frecuencia sale de su madriguera cuando estoy exhausto. El cansancio nunca nos hace pecar; el cansancio, al igual que otras presiones similares, solo saca a la superficie nuestro pecado (Mt 15:11). Entonces, ¿de dónde viene la impaciencia? Básicamente, la impaciencia surge de nuestra falta de disposición para confiar y someternos al tiempo de Dios para nuestras vidas.

Aquello que no podemos controlar

La impaciencia es hija de nuestro orgullo e incredulidad. Brota de nuestra frustración por no poder controlar lo que pasa en nuestra vida y cuándo pasa. Vemos esta dinámica cuando el pueblo de Dios estaba en el desierto, justo después de haber sido liberado de la esclavitud y la opresión:

Partieron del monte Hor, por el camino del Mar Rojo, para rodear la tierra de Edom, y el pueblo se impacientó por causa del viaje. Y el pueblo habló contra Dios (Números 21:4-5).

Incluso después de que Dios los sacara de Egipto, les permitiera caminar por el mar Rojo, destruyera a sus enemigos que iban tras ellos y los alimentara con comida del cielo, igual se impacientaron. ¿Por qué? Porque la vida que Dios les había prometido, la clase de vida que realmente querían no parecía concretarse lo suficientemente rápido para ellos. El camino que Él había escogido para ellos resultó ser más largo, duro y doloroso de lo que esperaban. Se enojaron por lo mucho que no podían controlar. De hecho, se enojaron a tal grado que incluso comenzaron a anhelar la crueldad del faraón —al menos en ese entonces podían escoger lo que comían (Éx 16:3)—. Nuestra impaciencia tiene mucho en común con la de ellos. No podemos decidir qué tanto tráfico habrá. No podemos decidir si nuestros hijos cooperarán en algún momento dado. No podemos decidir cuándo nos enfermaremos, cuándo un electrodoméstico fallará o qué tan a menudo enfrentaremos interrupciones. Hay tantas decisiones que cada día son tomadas en nuestro lugar, sin nuestro consentimiento o incluso sin nuestra contribución. Y los planes de Dios para nosotros son famosos por cambiar nuestros propios planes. Entonces, cuando somos confrontados con nuestra falta de control, cuando la vida inevitablemente desbarata lo que habíamos planeado, cuando somos forzados a esperar, ¿cómo respondemos normalmente? La impaciencia trata de luchar con Dios para tener el control, mientras que la paciencia gustosamente se arrodilla, con manos extendidas, lista para recibir lo que Dios ha planeado y da. La impaciencia se queja, mientras que la paciencia se regocija aun cuando debe experimentar el dolor real de la espera. Entonces, ¿de dónde surge la paciencia? Si la impaciencia es hija de nuestro orgullo e incredulidad, la paciencia nace de la humildad, la fe y el gozo.

La humildad destruye la impaciencia

La humildad destruye la impaciencia al admitir gustosamente lo poco que podemos ver en un momento dado, por difícil o inconveniente que ese momento sea. Como dice John Piper: «Dios hace diez mil cosas en tu vida, y puede que tú solo te des cuenta de tres de ellas»[1]. Cuando nos volvemos impacientes, sobrestimamos nuestra propia habilidad de juzgar nuestras circunstancias y subestimamos el bien que Dios puede hacer a través de las inconveniencias indeseadas y retrasos inesperados. Los humildes reciben los mismos inconvenientes y retrasos como un llamado, no como una distracción; como revelación de la voluntad de Dios y de su tiempo. Los humildes son pacientes con Dios y también con otros. Efesios 4:1-2 (NVI) dice: «[...] vivan de una manera digna del llamamiento que han recibido, siempre humildes y amables, pacientes, tolerantes unos con otros en amor». La humildad promueve el tipo de paciencia que el amor requiere. Cada relación de amor verdadero es una manifestación de este soportarse pacientemente unos a otros, porque nuestro pecado hace que sea difícil amarnos y amar bien. «[…] Revístanse de humildad en su trato mutuo, porque Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes» (1P 5:5). ¿Quieres crecer en paciencia y experimentar una fuente de gracia más rica y plena de Dios? Revístete de humildad.

La fe destruye la impaciencia

Si la humildad destruye la impaciencia al admitir lo poco que podemos ver en medio de nuestras pruebas, la fe lo hace al sujetarse firmemente a las promesas de Dios, aun cuando la vida las ponga en duda.

Por tanto, hermanos, sean pacientes hasta la venida del Señor. Miren cómo el labrador espera el fruto precioso de la tierra, siendo paciente en ello hasta que recibe la lluvia temprana y la tardía. Sean también ustedes pacientes. Fortalezcan sus corazones, porque la venida del Señor está cerca (Santiago 5:7-8).

Cultivar adecuadamente requiere esperar bien, al igual que vivir bien. La fe confía en que Dios es soberano y bueno, que todas sus promesas son verdaderas en Cristo, que el sufrimiento produce paciencia, que Jesús realmente volverá y hará todas las cosas nuevas, por lo que podemos permitirnos esperar, soportar y ser pacientes. El que es paciente continúa sembrando aun cuando el terreno es duro y la siega incierta, porque sabe que finalmente podrá cosechar (Gá 6:9). ¿Y qué continúa diciendo Santiago en el siguiente versículo? «Hermanos, no se quejen unos contra otros» (Stgo 5:9). Este tipo de fe destruye nuestra impaciencia unos con otros. El agricultor cree que las semillas brotarán y darán fruto, por eso soporta las semanas o los meses secos con paciencia. El cristiano cree que pronto experimentará plenitud de gozo y placeres eternos, y no solo, sino con todos los que hayan creído alguna vez, por eso soporta las ofensas de otros creyentes. No se queja como otros lo hacen. La promesa de lo que está por venir lo hace más fuerte en el amor, le da mayor gracia en sus juicios y más paciencia en los conflictos.

El gozo destruye la impaciencia

Sin embargo, esta fe no es simplemente una confianza en versículos, sino también un gozo desbordante en las maravillas experimentadas. El apóstol Pablo ora para que la iglesia sea «fortalecid[a] con todo poder según la potencia de su gloria, para obtener toda perseverancia y paciencia, con gozo» (Col 1:11 [énfasis del autor]). Las personas pacientes no son murmuradoras en secreto; no es que simplemente repriman su enojo y amargura, y la oculten a los demás. Su paciencia fluye desde la profundidad de su gozo en Dios. Tienen demasiada dicha en Él como para desalentarse por una interrupción o una inconveniencia. ¿Dónde vemos este tipo de gozo resistente? En 2 Corintios 8:1-2, Pablo escribe:

Ahora, hermanos, les damos a conocer la gracia de Dios que ha sido dada en las iglesias de Macedonia. Pues en medio de una gran prueba de aflicción, abundó su gozo, y su profunda pobreza sobreabundó en la riqueza de su liberalidad.

No se quejaron como los israelitas en el desierto. No se molestaron por lo que no podían controlar. No, cuando sus vidas dieron un vuelco y fueron arrojados al fuego, su gozo no solo perduró, sino que se desbordó en generosidad. Las personas pacientes pueden esperar y aceptar las inconveniencias porque pase lo que pase hoy, mañana o el próximo martes, su tesoro no está bajo riesgo en el cielo y, por lo tanto, su gozo es seguro. Su dicha no depende de sus planes, por eso cuando sus planes son trastocados, su dicha perdura y continúa derramándose en amor.

Aceptemos con gozo la disrupción

Esta misma paciencia milagrosa aparece en Hebreos 10:32-34:

[...] ustedes soportaron una gran lucha de padecimientos. Por una parte, siendo hechos un espectáculo público en oprobios y aflicciones, y por otra, siendo compañeros de los que eran tratados así. Porque tuvieron compasión de los prisioneros y aceptaron con gozo el despojo de sus bienes, sabiendo que tienen para ustedes mismos una mejor y más duradera posesión.

Con gozo aceptaron el saqueo de sus bienes. No solo estuvieron dispuestos a que sus posesiones fueran destrozadas y robadas por seguir a Jesús, sino que también se alegraron de sufrir por su causa. Si estuviéramos en las mismas circunstancias, ¿se podría decir lo mismo de nosotros? ¿Aceptaríamos ser despojados de nuestras posesiones, nuestros hogares, nuestros presupuestos? ¿Aceptamos ahora con gozo que nuestros calendarios sean perturbados, nuestros sueños sean desbaratados, nuestro trabajo sufra contratiempos, la crianza de nuestros hijos sea difícil y monótona? ¿Aceptamos con gozo todos los problemas de la vida? Lo haremos si sabemos, como ellos, que tenemos una mejor y más duradera posesión; si sabemos que tenemos a Dios para siempre, y que en Él tenemos más que suficiente para soportar lo que sea que nos llame a soportar por ahora. La paciencia fluye de una aceptación humilde de lo que no sabemos ni podemos controlar. Fluye de nuestra profunda y duradera confianza de que Dios cumplirá sus promesas sin importar lo improbable que eso parezca en este momento. Y fluye de corazones profundamente dichosos de tenerlo a Él como nuestro mayor gozo.
Marshall Segal © 2021 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. Traducción: Marcela Basualto

[1] N. del T.: traducción propia.

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Que su sangre caiga sobre nosotros
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Que su sangre caiga sobre nosotros

La Semana Santa espera en relativo silencio el sábado. La tumba ha sido sellada, los guardias vigilan, los discípulos probablemente se esconden por confusión, temor y devastación. Y el Salvador yace sin vida, habiendo rendido todo para salvar a su pueblo de sus pecados.  ¿Cómo procesarías los horrores del último par de días en la silenciosa y perturbadora sombra de la cruz? Los discípulos debieron tener miles de dolorosas preguntas. ¿Cómo podría haber sido el tan esperado Rey si acaba de ser asesinado? ¿Hay algo que hubiéramos podido hacer para evitarlo? Si lo torturaron y sacrificaron así, ¿qué nos harán a nosotros? Se les pasaba todo por sus mentes mientras esperaban el sábado. Nosotros también escuchamos los ecos oscuros y aleccionadores del jueves y el viernes. Sin embargo, con expectativa esperamos mañana: la tumba vacía y el Rey resucitado. Llenos de esperanza, podemos mirar atrás hacia la multitud que crucificó a Jesús y ver a nuestro viejo yo, y luego miramos hacia adelante, preparándonos para la Pascua, regocijándonos en la transformación que se ha llevado a cabo en nosotros debido a su sacrificio. Hemos sido cubiertos por la sangre que confundió a esos primeros seguidores.

El Pilato a favor de la libre elección

Uno de los ecos suena de Mateo 27. Jesús acababa de ser traicionado, arrestado, juzgado y entregado al gobernador para ser ejecutado. Mateo escribió: 

Ahora bien, en cada fiesta, el gobernador acostumbraba soltar un preso al pueblo, el que ellos quisieran. Tenían entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Por lo cual, cuando ellos se reunieron, Pilato les dijo: «¿A quién quieren que les suelte: a Barrabás o a Jesús, llamado el Cristo?». Porque él sabía que lo habían entregado por envidia (Mateo 27:15-18).

Pilato tiene el poder de liberar a un criminal de la condena a muerte. Ante él está Barrabás, un famoso villano y un asesino convicto, y Jesús.

Pero los principales sacerdotes y los ancianos persuadieron a las multitudes que pidieran a Barrabás y que dieran muerte a Jesús. El gobernador les preguntó de nuevo: «¿A cuál de los dos quieren que les suelte?». Ellos respondieron: «A Barrabás». Pilato les dijo: «¿Qué haré entonces con Jesús, llamado el Cristo?». «¡Sea crucificado!», dijeron todos. Pilato preguntó: «¿Por qué? ¿Qué mal ha hecho?». Pero ellos gritaban aún más: «¡Sea crucificado!».

Viendo Pilato que no conseguía nada, sino que más bien se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: «Soy inocente de la sangre de este Justo. ¡Allá ustedes!». Todo el pueblo contestó: «¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!». Entonces les soltó a Barrabás, y después de hacer azotar a Jesús, lo entregó para que fuera crucificado (Mateo 27:20-26).

El clamor suicida de la multitud

Es envidia, odio e ignorancia. ¿Cómo pudieron estar tan engañados, ser tan manipulados y corruptos para entregar al Hijo de Dios a la muerte y perdonar a un conocido asesino? Pilato sabía que lo que estaban exigiendo era incorrecto, que Jesús era inocente. Él no quería parte ni rol en esta ejecución. Pero este pueblo, lleno de incredulidad, con corazones rebeldes, con furia envidiosa contra su propio Mesías, clamaron: «¡Crucifíquenlo! ¡Crucifíquenlo!». «Pilato, si tú no lo matas, ¡que su sangre caiga sobre nosotros!». ¿Que su sangre caiga sobre nosotros? ¿Que la sangre de Dios mismo caiga sobre ustedes? ¿Que la sangre del eterno Verbo viviente y creador caiga sobre ustedes? Su incredulidad y celos —su pecado— los llevó al máximo acto de resistencia y rechazo a Dios. Crucificaron a su Hijo, al Prometido: el Hijo que Él había enviado a salvarlos de siglos de infidelidad. ¡Que su sangre caiga sobre nosotros!

El pecado que lo clavó en la cruz

Esto es pecado: rechazar a Jesús, declarar que Él no es nada más que un hombre delirante o engañador. Y esta era la condición de nuestro corazón, cuando somos llenos de incredulidad, rechazamos a Dios, a su Hijo y a su sacrificio. Nosotros hemos gritado: «¡crucifíquenlo!» con nuestra infidelidad y desobediencia. Hemos dicho junto a la multitud: «¡Él no es nuestro Rey!», «¡Él no es nuestro Mesías!», «¡que su sangre caiga sobre nosotros!». Pero Dios, siendo rico en misericordia y paciente con nosotros, su pueblo escogido, «ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de [este crucificado] Cristo» (2Co 4:6). Al estar vivos por la fe en Él, nos aferramos a la cruz en la cual murió nuestro Salvador. Es por su preciosa sangre que somos perdonados y liberados del pecado y sus consecuencias. 

Misma cruz, nuevo clamor

Entonces, ahora, decimos con un significado completamente diferente: «¡que su sangre caiga sobre nosotros!», no insolentemente como las multitudes que lo crucificaron, sino desesperadamente, con gratitud, esperanza y adoración, como quienes dependen completamente en su sacrificio. «Jesús, que tu sangre caiga sobre nosotros, que nos cubra. Que la sangre que fluye de tu cabeza, manos y pies nos laven y limpien de toda nuestra iniquidad».  Proclamamos la muerte de Jesús. Nos regocijamos en su muerte, no porque creamos que fue un fraude o un lunático, sino porque es por medio de su muerte, de sus heridas, de su sangre que somos sanados. 
Marshall Segal © 2014 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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Tienes tiempo para sentarte con Dios
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Tienes tiempo para sentarte con Dios

Cuando nos detenemos a recordar que Dios existe —que Él creó todo lo que hay de la nada; que, segundo a segundo, sostiene todo con solo una palabra de su boca; que Él dirige cada gobierno en la tierra; que entró en su creación, se hizo carne, padeció debilidades y tentaciones, sufrió hostilidades hasta la muerte, incluso la muerte en una cruz, para colmarnos de misericordia, limpiarnos de nuestro pecado y para garantizarnos una eternidad con Él en el paraíso—, resulta impactante que lo ignoremos y lo abandonemos como lo hacemos, ¿no es cierto? ¿Acaso no es increíble que Dios simplemente existiera antes de que comenzara el tiempo y, sin embargo, a veces nos cuesta encontrar incluso diez minutos para dedicarle? ¿Acaso no es incomprensible, casi rayando en la locura, que a veces preferimos distraernos con nuestros celulares en lugar de aprovechar el asombroso acceso que tenemos a su trono de gracia en Cristo? ¿Acaso no es inexplicable cómo tan menudo podemos vivir como si no tuviéramos tiempo para sentarnos y deleitarnos en Dios? Es increíble, incomprensible e inexplicable y, no obstante, es tan dolorosamente común. Todo el que ha seguido a Jesús sabe lo que es distraerse mientras lo sigue. Eso significa que cada uno de nosotros puede empatizar con la ansiosa Marta.

Distraídos por el temor

Cuando Marta vio que Jesús había llegado a su aldea, lo acogió con gusto en la casa donde vivían ella y su hermana (Lc 10:38). Cuando María vio a Jesús, inmediatamente se sentó a sus pies, y prestó atención a cada una de sus palabras (Lc 10:39). «Pero Marta» —nos dice Lucas— «se preocupaba con todos los preparativos» (Lc 10:40). Para crédito suyo, Marta no se distrajo preparando lo poco, sino lo mucho. A algunos de nosotros nos resulta difícil ser demasiado duros con ella. Su huésped era el Mesías, el Admirable Consejero, Dios Poderoso, Padre Eterno, Príncipe de Paz, y ella estaba preparando la comida sola. María se dio cuenta de quién era Jesús y se sentó a escucharlo. Marta se dio cuenta de quién era Jesús y corrió a hacer todo lo que pudiera por Él. El servicio no era el problema, al menos no el problema principal, especialmente dadas las expectativas sociales de hospitalidad en esos días. Entonces, ¿cuál era el problema? La ansiedad que estaba consumiendo a Marta. Cuando se quejó con Jesús de que María no la estaba ayudando, Él respondió: «Marta, Marta, tú estás preocupada y molesta por tantas cosas» (Lc 10:41). Su queja había abierto de par en par una ventana a su corazón. No era el amor lo que la inspiraba a servir, era la ansiedad. Su agitación se debía a un temor equivocado. ¿Qué tan a menudo nos pasa eso mismo a nosotros? Y no solo un temor, sino varios. «Marta, Marta, tú estás preocupada y molesta por tantas cosas» [énfasis del autor]. No solo se trataba de la hospitalidad. Marta no estaba prestando atención a Jesús porque su mente se estaba ahogando en los afanes de este mundo. Y por no detenerse a escuchar a Jesús, estaba perdiendo la calma que tan desesperadamente necesitaba.

Una cosa necesaria

Jesús sabe cómo calmar las olas embravecidas de la ansiedad. Nota que pronuncia su nombre dos veces: «Marta, Marta […]». Casi podemos escuchar que lo dice más lentamente la segunda vez. Usa su nombre como un freno para ayudarla suavemente a aquietar la turbulencia de su corazón. Jesús sabe lo distraída que está, lo acelerada que está su mente con una y otra preocupación, y por eso comienza por ayudarla a centrarse: «Marta, Marta […]». «[...] Tú estás preocupada y molesta por tantas cosas» —continúa diciendo— «pero una sola cosa es necesaria, y María ha escogido la parte buena, la cual no le será quitada» (Lc 10:41-42). Con solo dos oraciones cortas, Jesús confronta su ansiedad pecaminosa —nuestra ansiedad pecaminosa— primero con necesidad, luego con felicidad y, por último, con seguridad.

Necesidad

«Estás preocupada por tantas cosas» —le dice— «pero solo una es necesaria» [énfasis del autor]. En otras palabras, todo lo que se siente tan urgente, tan abrumador es, en última instancia, innecesario comparado con escuchar y conocer a Jesús. Mas sus temores demostraban lo contrario: ¿Qué le serviremos? ¿Qué pensará de la comida? ¿Cómo esto se comparará con los otros lugares que ha visitado? ¿Se dieron cuenta los vecinos de que Jesús entró en nuestra casa? ¿Por qué María no viene a ayudarme? No sabemos exactamente qué era lo que le preocupaba a Marta, pero sí sabemos que era mucho, y que cada una de sus preocupaciones le parecía esencial y urgente. Sin embargo, solo una cosa era verdaderamente necesaria. Cientos de años antes de que Marta naciera, el rey David ya había aprendido esta lección: «Una cosa he pedido al Señor, y esa buscaré: Que habite yo en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor y para meditar en su templo» (Sal 27:4). Dijo esto mientras malhechores lo asaltaban (v. 2), los ejércitos acampaban en su contra (v. 3) y las mentiras y las amenazas volaban como flechas a su alrededor (v. 12). En otras palabras, David tenía todos los motivos para temer, pero incluso en esos momentos, sabía que la única cosa que debía hacer era buscar al Señor.  Satanás tratará de que todo parezca más urgente que sentarse con Jesús. Pero, al final, solo una cosa es verdaderamente necesaria. No es la conversación difícil que tanto temes ni la pila de cosas por hacer con fechas límite en el trabajo ni algún drama lejano en las redes sociales ni el examen que necesitas aprobar la próxima semana ni esa deuda que temes nunca poder pagar. Una cosa es necesaria hoy, mañana, el próximo martes, y todos los días que vengan: conocer, obedecer y deleitarte en Jesús.

Felicidad

No obstante, la necesidad de esta búsqueda no significa que tiene que ser triste. «Una cosa es necesaria» —dice Jesús— «y María ha escogido la parte buena» [énfasis del autor]. Aunque parecería que María había abandonado sus responsabilidades y dejado que su hermana se las arreglara sola, en realidad, había escogido en forma sabia y con amor. Al escoger la única cosa necesaria, María recibió la porción buena. No fue un sacrificio para ella hacer lo necesario, fue una ganancia total. Bebió del pozo que nunca se seca, se dio un banquete en una mesa rebosante, nadó en un océano de esperanza, paz y gozo. Puesto que su presencia fue su porción, que no solo fue correcta, sino buena. Verla sentada y escuchando nos muestra lo que el apóstol Pablo diría un día en Filipenses 3:8: «Estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor». Entretanto, Marta estaba bebiendo de otro pozo ese día, uno que la dejaría aún más sedienta. Mientras la fuente de agua viva estaba en la sala de su casa, ella excavaba frenéticamente cisternas para sí, «cisternas agrietadas que no retienen el agua» (Jer 2:13). Así es como el temor al hombre nos oprime: ruega y súplica nuestra atención sin satisfacerse jamás. El temor engendra temor, y ese, a su vez, engendra uno nuevo. Sin embargo, la fuente buena, la porción buena, produce paz y contentamiento, sacia nuestra sed, satisface nuestros anhelos y le da descanso a nuestras almas. La necesidad para María, y para nosotros, es también felicidad.

Seguridad

Por último, esta búsqueda necesaria y feliz es también completamente segura. «María ha escogido la parte buena, la cual no le será quitada» [énfasis del autor]. María no solo escogió con sabiduría al sentarse a los pies de Jesús para recibir sus palabras, sino que también escogió la felicidad. Y no cualquier felicidad, sino una plena y abundante que ninguna persona o circunstancia le podría quitar jamás. ¿Hay alguna palabra mejor para un corazón distraído por la preocupación? El bien que Yo te doy, nunca lo perderás.

¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? […]. En todas estas cosas somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó. Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Romanos 8:35, 37-39).

¿Los afanes del mundo te están impidiendo sentarte a los pies de Jesús? ¿Tus temores te hacen sentir inquieto, inseguro e inestable? El Dios del universo nos está hablando ahora mismo en su Palabra. Escucha su voz hoy llamándote por tu nombre, ofreciéndote que vayas y goces de la única cosa necesaria, de la única cosa satisfactoria, de la única cosa segura. Tienes tiempo para sentarte con Dios.
Marshall Segal © 2021 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. Traducción: Marcela Basualto.
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Deja que el temor te libere del temor
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Deja que el temor te libere del temor

La Biblia es incómodamente cómoda, incluso se deleita en promover un tipo especial de temor. Para muchos de nosotros, cualquier experiencia de temor se siente como un enemigo contra el cual debemos luchar y del que debemos liberarnos. Y Dios nos libera de nuestros temores: «Busqué al Señor», dice el Salmo 34:4, «y Él me respondió, y me libró de todos mis temores» [énfasis del autor].  Bueno, de todos nuestros temores, excepto uno. Solo tres versículos después, el rey David escribe: «El ángel del Señor acampa alrededor de los que le temen [...]. Teman al Señor, ustedes sus santos» (Sal 34:7, 9). Entonces, confiar en Dios disipa un cierto tipo de temor y enciende otro, incluso lo ordena: Tú, que serás librado de tus temores, teme al Señor. Por tanto, una parte significativa de la madurez es aprender a no temer lo que no debemos temer, pero sí temer cada vez más, incluso con alegría, a quien sí debemos.

Familiarizados con el temor

Cuando David escribió estas líneas del Salmo 34 acerca del temor, recién había escapado de circunstancias más temibles de las que la mayoría de nosotros alguna vez enfrentará. El hombre más poderoso del país, inflamado por celos intensos y violentos, lo estaba persiguiendo como si fuera una presa. El rey Saúl estaba tan decidido a matar a David que intentó clavar su lanza en su propio hijo por interponerse en el camino (1S 20:33). Desesperado por escapar, David huyó hacia los filisteos —el horrible enemigo contra quien había combatido por años—. Cuando entró en la ciudad, los rumores se extendieron rápidamente: «¿No cantaban de él en las danzas, diciendo: “Saúl mató a sus miles, y David a sus diez miles”?» (1S 21:11). David se dio cuenta de que había salido de un peligro para caer en otro igualmente riesgoso. Aterrado por lo que el rey filisteo podría hacerle, David fingió estar demente para parecer digno de lastima e inofensivo (1S 21:13). Cualquiera que sea el temor que nos atormenta, aún no hemos necesitado aparentar locura para sobrevivir. Esta es solo una de las muchas ocasiones temibles que David enfrentó. Peleó contra leones y osos usando solo sus manos; desafió al gigante cuando nadie más se atrevía; huyó y se ocultó de su propio rey en cuevas durante años; soportó la traición y rebelión dirigida por su propio hijo. Este hombre conocía bien el temor: los temores descontrolados y desesperados. Y Dios usó esos temores para enseñarle a él, y a nosotros, el temor de Dios.

Enséñame a temer

A medida que David experimentó la liberación de sus temores más oscuros, aprendió un temor más dulce y más profundo: «Vengan, hijos, escúchenme; les enseñaré el temor del Señor» (Sal 34:11). La vida cristiana está llena de paradojas, pero ¿no es sorprendente que nos liberamos del temor al aprender a temer? El temor de Dios es la aceptación de corazón de la magnitud de su autoridad santa y soberana. Es admitir que Dios es digno de nuestra admiración, devoción, reverencia y sobrecogimiento; pero es mucho más que una admisión. Es una sumisión de cara al suelo, con el alma temblando y por toda la vida; es darse cuenta de cuán pequeños, pecaminosos e indignos somos a su lado y, sin embargo, es atreverse a acercarnos a Él en Cristo. Aquellos que temen a Dios han recibido su gracia y misericordia sin menospreciar ni marginar todo lo que, para los pecadores, lo hace temible. En realidad, las mismas cosas que temeríamos, si no fuera por la gracia, solo realzan nuestra experiencia de su gracia. Sí, el temor de Dios nos hace sentir humildes (Sal 34:2) al recordarnos lo pequeños y pecadores que somos ante Él, pero también nos inspira a buscarlo incluso más. «Busqué al Señor, y Él me respondió, y me libró de todos mis temores» (v. 4 [énfasis del autor]). «Los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos atentos a su clamor» (v. 15). «Cercano está el Señor a los quebrantados de corazón, y salva a los abatidos de espíritu» (v. 18). Difícilmente podemos concebir un Dios que sea temible y compasivo a la vez, severo y tierno, justo y clemente, implacable y asequible, glorioso y accesible. Aquel que teme a Dios se niega a perder lo que no entiende de Él porque anhela conocer, disfrutar y servir al Dios verdadero. Sabe que el Dios digno de su devoción siempre lo desconcertará.

Nos deleitamos en el temor

Este temor de Dios no está, como muchos equivocadamente suponen, en conflicto con nuestro gozo en Dios, sino que es la fuerza y la intensidad del gozo en su más pleno y hermoso florecer. Observa cómo el Salmo 34 entrelaza perfectamente la plenitud de la felicidad con la solemnidad del temor piadoso:

Prueben y vean que el Señor es bueno. ¡Cuán bienaventurado es el hombre que en Él se refugia! Teman al Señor, ustedes sus santos, Pues nada les falta a aquellos que le temen (Salmo 34:8-9 [énfasis del autor]).

El hombre que teme al Señor no piensa que Él es inaccesible o poco atrayente. Para el creyente, la gloria, el poder, la sabiduría, la justicia y la misericordia de Dios son todos temibles, mucho más que cualquier persona o cosa de la creación, pero a su vez todos son dulces para él. Todo lo que hace que Dios sea temible, ahora lo saborea y le parece bueno porque confía en Él. Sabe que este Dios temible, lucha por él, lo protege, le provee, lo perdona y lo ama. Su fe hace que el temor aterrador de Dios sea hermoso y seguro. Este gozo lleno de temor, y este temor lleno de gozo, no es exclusivo de un solo salmo. El Salmo 112:1 dice: «¡Cuán bienaventurado es el hombre que teme al Señor, que mucho se deleita en Sus mandamientos!» [énfasis del autor]. Nehemías ora: «Te ruego, oh Señor, que tu oído esté atento ahora a la oración de tu siervo y a la oración de tus siervos que se deleitan en reverenciar tu nombre» (Neh 1:11 [énfasis del autor]). Isaías profetiza de Jesús: «Él se deleitará en el temor del Señor» (Is 11:3). Y Jesús ora que su deleite esté en nosotros, y que el nuestro sea perfecto (Jn 15:11).

Un gozo más intenso

Vemos al apóstol Pedro aprendiendo este arte del temor santo después de dejarse llevar por el temor al hombre en más de una ocasión, incluso negando conocer a Jesús. Pedro había «probado la bondad del Señor» (1P 2:3), regocijándose con gozo «inefable y lleno de gloria» (1P 1:8). Sin embargo, le dice a la iglesia: «Teman a Dios» (1P 2:17) y «condúzcanse con temor» durante su vida en la tierra (1P 1:17). Había descubierto que nuestro gozo en Dios y nuestro temor de Dios no solo son reconciliables, sino también inseparables. No podemos experimentar la plenitud de gozo y la abundancia de vida si nuestros corazones no tiemblan ante su grandeza. Michael Reeves escribe:

El correcto temor de Dios, entonces, no es esa otra cara de la moneda sombría y negativa al gozo apropiado en Dios. No hay tensión alguna entre temor y gozo. Más bien, este tembloroso «temor de Dios» es una forma de hablar de la intensidad absoluta de la felicidad de los santos en Dios. Dicho de otra manera, el tema bíblico del temor de Dios nos ayuda a ver la clase de gozo que es más adecuado para los creyentes. (Rejoice & Tremble [Regocíjate y tiembla], 61).[1]

¿Y si no hemos experimentado una mayor felicidad en Dios porque nos hemos resistido a cualquier cosa que podría hacer que le temamos? ¿Y si hemos perdido mayores pasiones por intimidad con Él porque nos hemos protegido de aspectos suyos que nos hacen sentir incómodos? ¿Y si el amor ha sido más difícil y la santificación más lenta porque sutilmente hemos hecho a Dios más pequeño, más agradable y más complaciente en lugar de acercarnos a Él como el fuego consumidor que es? El camino hacia un mayor gozo e intimidad con Dios puede ser sorprendente: aprender a temerle. Como dice el profeta Isaías: «Sea Él su temor, y sea Él su terror [...]. Entonces Él vendrá a ser el santuario» (Is 8:13-14). Deja que Dios te cargue a medida que te adentras más profundamente en las olas violentas y abrumadoras de lo que te ha revelado hasta ahora.
Marshall Segal © 2021 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. Traducción: Marcela Basualto.

[1] N. del T.: traducción propia

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Un hombre digno de una esposa
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Un hombre digno de una esposa

Si buscas en la Escritura ejemplos de matrimonios piadosos, te sorprenderá lo escasos que son. Incluso en las parejas que en alguna medida brillan como Jacob y Raquel, Abraham y Sarah, David y Abigail, encontramos, a menudo, flagrantes indiscreciones o rotundos fracasos. La Biblia nos enseña mucho sobre el matrimonio, pero nos ofrece muy pocos matrimonios concretos a los cuales imitar. Eso hace que un amor como el de Booz y Rut sea aún más hermoso. De todos los matrimonios en la Biblia, ¿existirá alguno más loable que el que tenemos en el breve relato de este hijo justo de Judá y su novia moabita? Cuando Booz descubrió a su futura novia a sus pies en la oscura noche en el piso de la era donde se trillaba el grano, dijo: «Ahora, hija mía, no temas. Haré por ti todo lo que me pidas, pues todo mi pueblo en la ciudad sabe que eres una mujer virtuosa» (Rut 3:11 [énfasis del autor]). Debido a su extraordinaria lealtad, su inquebrantable valentía, su dependencia de Dios y su sumisa iniciativa, Rut había demostrado ser una mujer virtuosa, digna de respeto y admiración, y de la devoción de su marido. Sin embargo, a medida que leemos sobre la virtud de Rut, descubrimos a un hombre de igual virtud, un tipo de hombre en quien una mujer como ella puede confiar y seguir.

Saliendo con robles

Al considerar a Rut y Booz como modelos de novios, debemos señalar que solo tenemos cinco versículos que describen su vida real de casados (Rut 4:13-17). No obstante, esta brevedad acentúa de una manera extraña las lecciones que aprendemos de su amor para hoy: para matrimonios, indudablemente, pero aún más cuando consideramos el matrimonio durante el noviazgo. Podemos suponer bastante sobre quiénes fueron Booz y Rut en el matrimonio debido a lo que vimos en ellos antes de casarse. La Escritura presenta a Booz y a Rut como un hombre y una mujer dignos de un pacto de por vida, como el tipo de personas con el cual a una persona le gustaría casarse. Su amor nos recuerda sabiduría vital, aunque poco popular: lo que son nuestras futuras parejas antes de casarse, será en gran parte lo que revelarán ser en el matrimonio. Muchos se casan neciamente con hombres o mujeres poco dignos con la esperanza de que el altar los hará dignos de alguna manera; el sabio sabe que los votos matrimoniales por sí mismos no pueden alterar el carácter de nadie. Los robles crecen de bellotas, no de espinos. Ninguno de nosotros es tan digno cuando nos casamos como lo seremos años después, y algunos cónyuges poco dignos serán transformados por Dios después de casados. Pero, por lo general, un novio poco digno también lo será como marido y una novia poco digna también lo será como esposa. Aunque a veces Dios hace milagrosamente que un roble crezca en terreno espinoso, no deberíamos casarnos con espinos, sino esperar que Dios nos traiga una bellota: un hombre o una mujer dignos, una Rut o un Booz. Entonces, cualquier mujer que busca su bellota debería preguntarse, ¿qué hace de Booz un hombre digno de una mujer como Rut?

Un hombre verdaderamente digno

Cuando vemos a Booz por primera vez, ya estamos preparados para conocer la clase de hombre que él mismo demostrará ser: «Noemí tenía un pariente de su marido, un hombre de mucha riqueza, de la familia de Elimelec, el cual se llamaba Booz» (Rut 2:1 [énfasis del autor]). Mucho antes de que Rut y Booz se conocieran, se nos dice que este hombre es un hombre digno, un hombre digno de confianza y respeto que actúa honorablemente en cualquier circunstancia, que cuida a aquellos que le han sido confiados y que protege a los vulnerables en lugar de aprovecharse de su riqueza o poder para su beneficio o placer egoístas y pecaminosos. Un hombre verdaderamente digno lo es tanto en privado como cuando otros lo ven, y Booz era precisamente un hombre así.

Un hombre protector

La virtud de Booz comienza con la manera en que cuida de Rut, una viuda vulnerable que está lejos de casa, aun cuando no se beneficiaría de modo alguno al hacerlo. Cuando la conoce en el campo, le dice: Oye, hija mía. No vayas a espigar a otro campo; tampoco pases de aquí, sino quédate con mis criadas. Fíjate en el campo donde ellas siegan y síguelas, pues he ordenado a los siervos que no te molesten. Cuando tengas sed, ve a las vasijas y bebe del agua que sacan los siervos (Rut 2:8-9). Al considerar que acababa de conocerla, inmediatamente se hizo responsable de su bienestar. Hasta donde dependiera de él, Booz se aseguró de que nadie le hiciera daño. No esperó hasta que algo pasara en el campo, sino que primero fue hasta donde sus siervos y les prohibió que la tocaran. Los hombres buenos están atentos a prever cualquier cosa que pueda amenazar a aquellos bajo su cuidado, y son lo suficientemente valiente como para hacer lo que puedan para eliminar esas amenazas. Entonces, el hombre con quien quieres salir o casarte, ¿protege a las mujeres a su alrededor? ¿Lo ves esforzándose diligentemente en resguardar a las mujeres de peligros o daños, especialmente a las solteras? Una forma en que un hombre puede demostrar su virtuosidad cuando está cortejando a una chica es expresando claramente su interés e intenciones (o falta de ellos), en lugar de permitirse ambigüedades y coqueteos. ¿Deja una estela de corazones confusos y heridos detrás de él?

Un hombre proveedor

El compromiso que Booz tenía de ofrecer protección estaba unido a un estilo de vida de provisión. Los hombres que protegen y proveen bien para sus esposas son hombres que protegen y proveen para otros fuera del matrimonio.
«Oye, hija mía» —le dice a Rut—, «no vayas a espigar a otro campo; tampoco pases de aquí, sino quédate con mis criadas. […] Cuando tengas sed, ve a las vasijas y bebe del agua que sacan los siervos» (Rut 2:8-9). Booz vio a una mujer que tenía hambre y se aseguró de que tuviera algo para comer. Vio a una mujer que tenía sed y se aseguró de que tuviera lo suficiente para beber. A diferencia de muchos hombres, no ignoró la necesidad delante de él; tampoco supuso que otro se haría cargo de ella ni tampoco se excusó de no tener lo suficiente para él mismo; con gusto y rápidamente intervino para proveer.
Ahora bien, la mayoría de las mujeres solteras no espigan el campo de sus vecinos para obtener su próxima comida; entonces, ¿hace esto que esta cualidad de Booz sea irrelevante hoy en día? Por supuesto que no. Los hombres dignos son proveedores en cualquier contexto, y perciben y se anticipan a las necesidades de cualquier situación en particular. Cuando observas al hombre con quien te podrías casar, ¿lo ves derramar su tiempo, dinero, trabajo o atención en las personas necesitadas que hay a su alrededor? ¿O parece hacer lo justo y necesario para proveerse a sí mismo? ¿Este es el tipo de hombre que no solo ganará suficiente dinero para poner alimento en la mesa (lo cual es importante), sino que también proveerá para ti y su familia de manera constante, aunque no perfecta, a través de la oración, a través de escuchar, a través de la planificación y comunicación efectivas, a través de la enseñanza y la disciplina en la crianza de los hijos y a través de abrir la Palabra de Dios contigo? ¿Es este el tipo de hombre que provee con gusto desde un corazón renovado y no a regañadientes ni a la fuerza?

Un hombre bondadoso

El cuidado y la protección que Booz le mostró a Rut fueron expresiones de una bondad inusual. Cuando Noemí escucha cómo Booz había admitido a Rut para que espigara en sus campos, señaló: «Sea él bendito del Señor, porque no ha rehusado su bondad ni a los vivos ni a los muertos» (Rut 2:20). Al igual que hoy, su bondad contrastaba con la de muchos hombres a su alrededor. Nadie se sorprendía del egoísmo o de la dureza que mostraban o incluso de que se aprovechaban de las mujeres; ¿por qué otra razón Booz ordenaría a sus hombres que no tocaran a Rut? Pero él era diferente. Era lo suficientemente fuerte para proveer y duro para proteger, pero también lo suficientemente bondadoso para cuidar, sacrificar y amar. Los hombres buenos son fuertes, valientes y trabajadores, pero también son igual de bondadosos. «El siervo del Señor no debe ser rencilloso, sino amable para con todos» dice Pablo (2Ti 2:24). Deben ser amables porque Dios lo dice, pero también porque han caído bajo el torrente de su bondad (Ef 2:7). La bondad define a los hombres de Dios porque saben dónde estarían sin su bondad. Tenemos amigos que sabiamente escogieron este versículo como texto de su matrimonio: «Más bien, sean bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo» (Ef 4:32, NVI [énfasis del autor]). ¿El hombre con el que pudieras casarte es capaz, con la gracia y ayuda de Dios, de esta bondad, compasión y perdón? ¿Se ha sentido humillado y se ha vuelto compasivo ante la enorme bondad de Dios?

Un hombre redentor

La dignidad de Booz, igual como la de todo esposo, es una virtud reflejada. La gloria de Booz es una luz reflejada del Hijo, del Cristo que un día redimirá a su novia. Cuando Rut se acercó a Booz, dijo: «Soy Rut, su sierva. Extienda, pues, su manto sobre su sierva, por cuanto es pariente cercano» (Rut 3:9 [énfasis del autor]). En ese entonces, en Israel, un «pariente-redentor» era el que pagaba para redimir a un miembro de la familia de la esclavitud o para readquirir la tierra que había sido vendida o confiscada por pobreza (ver Levítico 25:23, 47-49). Booz no era el redentor más cercano, pero sí era el que estaba más dispuesto a casarse con la viuda y perpetuar el nombre de su esposo (Rut 4:5-6). Entonces, Booz hace una declaración para que todos lo escuchen: «[...] he adquirido a Rut la moabita, la viuda de Mahlón, para que sea mi mujer [...]» (Rut 4:10). La redimió de su dolor y pobreza como imagen de cómo Cristo al final redimirá a los pecadores como nosotros de un destino mucho peor. El virtuoso Booz cumplió con el mandamiento que un día Pablo le daría a cada esposo cristiano:
Maridos, amen a sus mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se dio Él mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado por el lavamiento del agua con la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia en toda su gloria, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuera santa e inmaculada (Efesios 5:25-27).

Una unión que trae bendición

Tal como es el caso de todo buen matrimonio, la unión bendecida entre Booz y Rut se extiende en bendición para otros casi de inmediato. Primero, su hijo Obed: «Booz tomó a Rut y ella fue su mujer, y se llegó a ella. Y el Señor hizo que concibiera, y ella dio a luz un hijo» (Rut 4:13). No sabemos mucho de la historia de Obed, pero puedo imaginar la gran bendición de ser criado por un padre y una madre como los que él tuvo. Sin embargo, sí vemos cómo su matrimonio bendijo a la suegra de Rut: «Entonces las mujeres dijeron a Noemí: “Bendito sea el Señor que no te ha dejado hoy sin redentor; que su nombre sea célebre en Israel. Que el niño también sea para ti restaurador de tu vida y sustentador de tu vejez”» (Rut 4:14-15). Cuando Noemí llegó a Belén, dijo: «No me llamen Noemí, llámenme Mara, porque el trato del Todopoderoso me ha llenado de amargura» (Rut 1:20). Pero a través de Rut y Booz, su lamento fue cambiado en danza. La muerte y la desesperación fueron reemplazadas por una nueva vida y esperanza. Lo que el Señor había quitado, lo devolvió, y aún más, por medio de un matrimonio sano y rebosante. Sin embargo, lo más importante de todo es que el fruto y la bendición del amor de Booz y Rut se extenderían mucho más lejos. «Y lo llamaron Obed. Él es el padre de Isaí, padre de David» (Rut 4:13-17), y por medio de David. sabemos que viene el Cristo. Un redentor engendró al Redentor, cuyas alas protegerían a las naciones. La unión de Booz y Rut, al final, produjo la simiente que heriría la cabeza de la serpiente (Gn 3:15). Y aunque nuestros fieles matrimonios no darán a luz a otro mesías, sí pueden reproducir y expandir la redención, la sanidad y el amor que nuestro Redentor compró para nosotros. Cuando busques contraer matrimonio, busca un cónyuge que te ayude a edificar un matrimonio de bendición, un matrimonio tan feliz en Dios que se traduzca en satisfacer las necesidades de otros.
Marshall Segal © 2021 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.Traducción: Marcela Basualto.