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Luis Pino es esposo de Mónica y papá de Miguel y Sophía. Es miembro de la Iglesia Puente de Vida, colaborador de la Iglesia la Paz de Cristo y Director del Departamento de Jóvenes del Presbiterio Centro de la Iglesia Presbiteriana de Chile. Licenciado en Historia y profesor de historia, ciencias sociales y religiones en colegios. Gusta de la mesa compartida con la familia y amigos, la conversación sobre religión, política y fútbol; el cine, la lectura y la escritura. Puedes encontrarlo en su blog.

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Lectio Divina: leyendo la Biblia en oración gozosa
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Lectio Divina: leyendo la Biblia en oración gozosa

La Lectio Divina es una disciplina espiritual. Es una disciplina, por ende, apela al esfuerzo de una práctica cotidiana que se constituye en un hábito, más allá de si uno tiene el impulso emocional para su realización (los actos de la voluntad no deben disociarse del aspecto emocional). Es espiritual porque esta disciplina colabora en la tarea de la santificación, que realiza el Espíritu Santo en nosotros desde el momento de la conversión, y en la que somos llamados a ejercitarnos, viviendo para la gloria de Dios y buscando mortificar el pecado. Una de las cosas que hay que tener presente acá es que las disciplinas son herramientas que nos ayudan en la comunión con Dios y que por sí solas no sirven si no están llenas de la obra del Espíritu Santo y sustentadas en la Palabra de Dios. Son medios, no fines en sí mismos. Si fuesen fines, se trataría de santurronería y lo que buscamos es santificación. Lectio Divina, es un concepto latino que significa «lectura divina» o «lectura espiritual». Me gusta más hablar  de «lectura de la Biblia en oración gozosa», porque en pocas palabras explica de manera sencilla su significado, sacándole de inmediato el cariz monacal que esta práctica pareciera tener. Históricamente, se ha usado la Lectio Divina para leer, recitar, orar y cantar los Salmos, el Padre Nuestro y otras oraciones y canciones que aparecen en la Escritura, aunque toda ella es susceptible de leer de esta manera. En el prefacio de la Biblia Renovaré se señala: 
¿Qué significa la lectio divina? Bien, significa escuchar el texto de la Escritura; prestar atención de verdad, escuchar rendidos y quietos. Significa rendirse ante el texto de la Escritura y permitir que su mensaje fluya hacia nosotros en lugar de intentar controlarlo. Significa reflexionar sobre el texto de la Escritura, permitir que el drama del pasaje nos atrape totalmente: alma y corazón. Significa orar el texto de la Escritura, permitir que la realidad bíblica de la vida con Dios haga surgir en nosotros el clamor de gratitud, confesión, queja o petición de nuestro corazón. Significa aplicar el texto de la Escritura, viendo como la Santa Palabra de Dios nos da una palabra personal para las circunstancias de nuestra vida. Y significa obedecer el texto de La Escritura, apartarnos siempre «del camino de perversidad» y «andar por el camino eterno» (Salmo 139:23-24).
Por su parte, Eugene Peterson en el libro “Cómete este libro”, dedicado a esta disciplina espiritual la define así: 
Lectio Divina es la práctica intencional y deliberada de hacer la transición de una forma de leer que trata y maneja, de forma reverente, a Jesús como muerto, a una lectura que frecuenta la compañía de amigos que están oyendo, acompañando y siguiendo al Jesús vivo.
Me gusta mucho esta última definición de la disciplina, porque la muestra como una «práctica intencional y deliberada», en la que se cambia nuestra forma de leer la Palabra de Dios. Leemos habitualmente la Biblia como si ella se tratara solo de hechos pasados, como si el Dios de la vida estuviese muerto, como si Jesús fuese un personaje más y no el Señor que sustenta nuestra existencia y que nos acompaña todos los días hasta el fin del mundo. Además de eso, esta definición aplica claramente un principio clave de la espiritualidad reformada: la espiritualidad es comunitaria. La lectura bíblica se hace en una comunidad en la que hay ánimo, impulso, exhortación, consuelo y disciplina, a la luz de la Escritura. Un gran desafío que nos reporta la Lectio Divina es no solo acercarnos a la Escritura teológicamente (en el sentido científico de dicha expresión), sino también, devocionalmente. Los teólogos liberales desde el siglo XVIII dejaron de lado este tipo de acercamiento lector a la Biblia, buscando sólo un acercamiento científico-crítico. No obstante, alcanzaron importantes avances en la re-construcción de los textos en lenguas originales a partir de los manuscritos bíblicos hallados en el tiempo, dejaron de lado una lectura que siente, vive, ama y cree el texto revelado. Es en ese contexto, que contraculturalmente el pastor y teólogo Dietrich Bonhoeffer en su libro sobre los Salmos como libro de oración señaló: No es la pobreza de nuestro corazón, sino la riqueza de la Palabra de Dios la que debe determinar nuestra plegaria. […] Es una inmensa gracia que Dios nos diga cómo podemos hablarle y cómo podemos entrar en comunión con él. Y podemos hacerlo orando en el nombre de Jesucristo: los Salmos se nos han dado para que aprendamos a orar en el nombre de Jesucristo. Si confesamos la perspicuidad de la Escritura, es decir, que la Biblia es clara para todos los creyentes, no necesitamos de grandes estudios académicos para conocer a Dios que se revela en la Palabra. No malinterpretes lo que digo: creo que la teología es necesaria y relevante, el punto, es que ella está al servicio de nuestra fe y no al revés. La Biblia es lo que Dios reveló para nosotros y nuestros hijos en un acto de empatía lleno de gracia. Y por si esto fuera poco, contamos con la ayuda del Espíritu Santo que nos asiste con la iluminación que aclara los textos. Y si esto aún te parece poco, contamos con la ayuda de la comunidad, en la que Dios entregó dones, entre ellos de enseñanza, por la que hermanos nuestros pueden edificarnos con los conocimientos adquiridos y trabajados en el marco del amor que une y edifica. La Lectio Divina tiene los siguientes pasos:
  1. Leer: Se trata de una lectura atenta, detenida, marcada por el asombro en la que reconocemos que Dios habla y nosotros tomamos el lugar de quienes escuchan lo dicho por él. La pregunta lectora que debemos realizarnos acá es: ¿qué dice el texto?
  2. Meditar-Reflexionar: Es un tiempo en el cual degustamos el texto que trae deleite como la miel a nuestro paladar, deteniéndonos en el sentido que el texto tiene para nosotros, pues creemos que la Biblia nos habla a nosotros hoy con una frescura inagotable. La pregunta lectora que debemos realizar acá es: ¿qué me dice el texto?
  3. Orar: Aquí dedicamos tiempo para la oración que habla y calla, según el caso, teniendo en cuenta lo que el texto nos ha hablado al corazón. La oración es la respuesta de la lectura de la Biblia que es un espejo para nosotros. Es más, podemos ocupar el mismo texto y orarlo, lo que con seguridad enriquecerá nuestra conversación con Dios, dándonos la seguridad que oramos conforme a su voluntad. La pregunta acá es: ¿qué me hace decir el texto a Dios?
  4. Contemplar-Actuar: La contemplación tiene el tufillo de espacios monásticos, de gente separada del mundo. Se ocupa el adjetivo de «contemplativo» a alguien que tiene su mirada puesta solo en lo trascendente. La verdad, es que el concepto originalmente no tenía esa idea, y es por eso, que tomo el concepto «actuar». Esta parte de la Lectio Divina nos invita a reconocer que Dios nos ha hablado y que nosotros respondemos con la mejor traducción de la Palabra que podemos hacer: la traducción a la vida. Asumimos la agenda que nos ha puesto la oración, dejando que Dios transforme nuestra vida. La pregunta acá es: ¿qué hacer a partir de ahora?

Leamos la Biblia cotidianamente. Hagámoslo en oración. Empapémonos de ella y amémosla. Disfrutemos de la lectura que se deleita en lo que Dios nos dice en su Palabra, inclusive, cuando ella nos reprende, constituyéndose en el mayor deleite de la vida. Eliminemos la pereza y no nos consumamos en la vorágine del mundo actual. La mejor forma de escuchar la voz de Dios es leyendo su Palabra, y la Lectio Divina, sin duda, te ayudará en eso.

Photo of El chisme y su daño relativizado
El chisme y su daño relativizado
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El chisme y su daño relativizado

«No andes con chismes entre tu gente. No tomes parte en el asesinato de tu prójimo. Yo soy el Señor» (Lv 19:16).  El texto de Levítico, citado al comienzo, es elocuente al respecto. Prohíbe de manera tajante el chisme en la comunidad. Y por si esto fuese poco, lo compara con la idea del asesinato del prójimo. Porque el chisme no sólo mata la imagen de las personas, sino también mata su vida en la comunidad. Y esto, es tan relevante, que el Señor mismo le pone su firma a dicho mandamiento. El Dios del pacto, que es fiel eternamente, es el autor de un mandamiento perenne. Pablo, el apóstol, llega a expresar a los hermanos de Corinto, ante la posibilidad de un nuevo viaje, su miedo en relación a este pecado tan dañino, diciendo que: «Temo que haya discordias, envidias, enojos, egoísmos, chismes, críticas, orgullos y desórdenes. Temo también que, en mi próxima visita, mi Dios me haga sentir vergüenza de ustedes, y que me haga llorar por muchos de ustedes que desde hace tiempo vienen pecando» (2Co 12:20b, 21a). El chisme debiese producirnos miedo, vergüenza y tristeza. No es lo propio de una comunidad conformada por gente perdonada por Cristo, comprada y lavada con su misma sangre. La gracia cara es la invitación más que suficiente para procurar la mortificación de dicho pecado. Una base fundamental para esta práctica se encuentra en la obediencia al noveno mandamiento (octavo, en la tradición católica), que expresa, también en forma tajante: «No digas mentiras en perjuicio de tu prójimo» (Ex 20:16). Pareciese ser, para muchos de nosotros, que podemos quedar fácilmente eximidos de este mandamiento simplemente por el acto de no mentir, de no «levantar falso testimonio» contra nuestro prójimo. Pero, esa no es la lectura que históricamente el cristianismo ha dado ha dicho mandamiento. Me permito citar acá dos documentos. El primero de ellos, corresponde a las palabras de Martín Lutero, en un texto redactado para enseñar a orar a su amigo el barbero Pedro Beskendorf, en el que señala que este mandamiento enseña:
Primero. Nos enseña que tenemos que ser sinceros los unos con los otros, evitar toda suerte de mentiras y calumnias, y decir y escuchar de buen grado lo bueno de los demás. Con esto se nos ha construido una muralla y una protección contra las lenguas falsas y los labios malvados que pueden afectar nuestro buen nombre y nuestra reputación; no dejará Dios impunes a quienes lo quebranten, como queda dicho acerca de los anteriores mandamientos. / Segundo. Tenemos que agradecerle tanto la doctrina como la protección que tan graciosamente nos concede. / Tercero. Debemos confesar y pedir perdón por haber transcurrido nuestra vida en forma tan ingrata, pecadora y en tratos murmuradores falsos que atentaron contra nuestro prójimo. Estamos obligados a asegurar su fama y su inocencia, como desearíamos lo hiciesen con nosotros. / Cuarto. Pidamos ayuda para, en adelante, observar este mandamiento, para que nos conceda una lengua bienintencionada, etc.[1]

Por su parte, el Catecismo Mayor de Westminster, dice al respecto que:

Los deberes exigidos en el noveno mandamiento son el preservar y promover la verdad entre los hombres, y la buena fama del prójimo, así como la nuestra […] una estima caritativa hacia nuestro prójimo; amando, deseando y regocijándonos por su buen nombre; entristeciéndonos por sus debilidades, y ocultándolas; reconociendo libremente sus dones y cualidades, defendiendo su inocencia; prontitud para recibir un buen informe, y falta de disposición para creer un mal rumor, acerca de ellos; disuadiendo a los chismosos, aduladores y calumniadores (Pregunta 144), y que este mandamiento se viola, por ejemplo, cuando se actúa en “perjuicio contra la verdad y buen nombre tanto nuestro como del prójimo, especialmente delante de los tribunales públicos” (Pregunta 145).

En otras palabras, estas lecturas cambian nuestra manera de entender el falso testimonio. Violar el noveno mandamiento consiste, entonces, en mentir respecto de nuestro prójimo, como decir, en contextos impropios, la verdad respecto de ellos, sin sentir misericordia y dolor frente al pecado del otro, que claramente, en dicha compresión siempre es mayor y más dañino que el pecado propio. El falso testimonio es producido, en palabras de Lutero por «lenguas falsas y labios malvados», es decir, por aquellos que en ocasiones mienten, y en otras, buscan hacer leña del árbol caído. En ambos casos, la falta de amor al prójimo es la misma, porque en ambos casos lo que se procura es su muerte. Por eso es bueno hablar de chisme, a secas. Eso es lo que debieran entender quienes dan pie al chisme, poniendo toda su atención a estos. El chisme existe cuando usted habla y también cuando presta su oído. Si tiene dudas respecto de algo o de alguien, acuda a la persona y no se deje llevar por rumores. El chisme mata la comunidad. Defienda a sus hermanos, protéjalos del posible daño. Y si hay daño causado, ayude a recoger las «plumas desperdigadas» por la ciudad, aunque en esa tarea se vaya la vida y más. En un mundo que cada vez  está más marcado por la indolencia e inmediatez de las redes sociales, huyamos, por favor, y pongamos límites a la cobardía de quienes ocupan «castillos de los cobardes»[2], pues en público palmotean el hombro y saludan con cordialidad, pero en secreto y sin piedad golpean y dilapidan la honra de los demás. Es fácil motejar a otros con apelativos, o aludir ideas o pensamientos no dichos o sacados de contexto, en conversaciones de pasillo, redes sociales e, inclusive, en documentos oficiales. Pero siempre será mucho más difícil y lento, pero más sano y restaurador, una conversación honesta y marcada por el amor que el Evangelio produce en los creyentes. Como dirá Francisco Lacueva respecto del «Derecho a la propia reputación»:
Fácilmente se nos olvida que uno de los principales deberes sociales es el de respetar la reputación ajena (Ex 20:16; Dt 5:20). Santiago 3:1-12, describe plásticamente el daño que puede hacer la mala lengua. Muchos creyentes que parecen extremadamente puritanos en otras materias, no tienen empacho en publicar secretos fallos de otros hermanos ni en dañar su estimación con frases, gestos, reticencias o silencios calculados. El orgullo, el egoísmo o la envidia suelen estar en la base de tales actitudes muy poco cristianas. ‘Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto’ (Stg 3:2).[3] 
Si no tengo la capacidad de afirmar en público lo que digo en privado, mejor guardo silencio. Si no tengo la forma de probar de manera fehaciente lo que digo, mejor guardo silencio. Si dañé la honra, la imagen y la vida en comunidad de un hermano, debo pedir perdón y buscar reparar cuanto antes y de manera efectiva al prójimo. Si no oro por la debilidad de mi prójimo y no procuro su fortalecimiento, por medio de la preocupación y el acompañamiento, mejor guardo silencio. Aunque la crítica sea verdadera y necesaria, si no ocupo la misma cantidad de tiempo para orar por ello, que en lo que divulgo mis pensamientos, es verdad sin amor, por ende, en la idea bíblica, lisa y llanamente, no es verdad respecto de mi prójimo. Debo decirme que se trata de mi hermano. ¡Es mi hermano, por Dios! Esa expresión no puede ser una fría fórmula canuta de buen decir. Debo vivirla. No contribuyamos a la muerte de mi hermano ni de la comunidad. ¡Ah! Y una palabra para quienes han sufrido los daños del falso testimonio. Busca ablandar tu corazón por medio de la oración y la memoria del Evangelio. La comunidad no es esa falsa ensoñación en la que no hay desilusiones. La iglesia está conformada por santos pecadores, de los cuales yo soy uno, y tú eres otro, y ambos —principalmente yo, desde luego— contribuimos a la imperfección de la comunidad. Si cuando yo fallo, quiero ser perdonado y restaurado, porque no pensar de la misma manera respecto de quienes nos dañan. Sí, es cierto, que el perdón solo se hace efectivo de verdad cuando el que daña reconoce su error, se arrepiente y busca reparar el daño. Sí, también es cierto, que el arrepentimiento no excluye la disciplina que sana y hace «entrar a lo cojo al camino». Pero, la verdad prioritaria es que debemos estar dispuestos a perdonar. Esto por dos razones fundamentales: primero, porque el Señor lo manda, debemos amar a nuestros «presuntos enemigos» y procurar su bien, sabiendo que Dios trabaja y ejerce su justicia (Ro 12:17-21); y, segundo, porque nuestra identidad está en Cristo y sólo en él estamos completos (Col 2:9, 10), por lo que ni lo que los otros opinen no tiene, ni debe tener la fuerza, para hacerte olvidar que eres un hijo que ha sido amado por Dios. ¿Te suena a cliché? Puede serlo, si no fuese parte de un doloroso aprendizaje que me ha tocado experimentar en varias ocasiones. Pero, siempre se puede terminar agradeciendo a Cristo, porque mientras somos zarandeados como trigo por el Maligno, él ora al Padre para que nuestra fe no falte (Lc 22:31, 32), como el perfecto y único mediador que es. Tú, tranquilo, sigue, no te victimices, camina… la obra es de Dios.
[1] Martín Lutero. El Magnificat seguido de «Método sencillo de oración para un buen amigo». Salamanca, Ediciones Sígueme, 2017, p. 138. El texto fue escrito en 1535, y fue traducido al castellano para dicha edición por Teófanes Egido. [2] Expresión de Spurgeon respecto del mal uso del púlpito por predicadores que enrostran las debilidades de los demás, aprovechándose de la tribuna dada por la iglesia.

[3] Francisco Lacueva. Etica Cristiana. Curso de Formación Teológica, Tomo 10. Barcelona, Editorial CLIE, p. 208.