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Lewis Allen (Magister en teología, Seminario Teológico de Westminster) sirve como pastor principal de Hope Church en Huddersfield, West Yorkshire, Inglaterra; él ayudó a plantar esta iglesia después de haber pastoreado otra en el oeste de Londres.

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Siete consejos para manejar la crítica como pastor
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Siete consejos para manejar la crítica como pastor


Este artículo es parte de la serie Siete consejos publicada en Crossway.

La crítica es inevitable

Ser pastor significa que te dirán (a menudo u ocasionalmente) que no lo estás haciendo bien, que estás equivocado o que todo en la iglesia está mal. Tu compromiso es con personas que luchan contra el dolor, la incredulidad y muchas formas de tentaciones igual que tú, y a veces simplemente no quieren que intervengas o no aprecian cómo intentas ayudarlos. Cuando te critican, ya sea con suavidad o dureza, duele profundamente. Ya sea que la crítica sea injusta o haya algo de verdad en ella, esta puede acabar contigo. No dejes que lo haga ni tampoco que te sorprenda. Recibir críticas es parte del ministerio pastoral. Espera que ocurra y prepárate para aprender de ella de modo que puedas crecer en tu caminar con el Señor y en tu servicio a los santos. La crítica no es una crisis que hay que evitar; es el medio designado por el Señor para que cambies a medida que respondes bien a ella —tú, tu crítico o ambos—. A continuación, te doy siete perspectivas y consejos:
1. Reconoce que la crítica es bíblica
Para todos los detractores y difamadores, no toda crítica proviene de motivaciones equivocadas. Aquellos que te aman siempre encuentran formas de mostrarte tus errores y pecados, porque la Escritura les dice que lo hagan (Pr 27:5; Mt 18:15). Si nunca te critican de manera servicial, precisa y amorosa, podría ser un signo de que todo está lejos de estar bien contigo y con los que te rodean. Puede que no te amen lo suficiente como para confrontarte con tus errores o debilidades, o sientan que no sabrás aceptar la crítica porque eres susceptible y te justificas a ti mismo. El resultado es que no te enfrentan con lo que tú más necesitas. Recuerda, también, que incluso la crítica que viene de la ira pecaminosa o envuelta en palabras hirientes, podría muy bien contener mucha verdad que tú necesitas reconocer. Entonces, cuando la crítica ocurra, pregúntate a ti mismo: «¿es válida?, ¿necesito prestar atención a esto y cambiar?». Si la respuesta es afirmativa, agradécele al Señor y proponte agradecerle también a quien te criticó, sin importar cuán difícil sea. Reflexiona en Proverbios 17:10 y aprecia su sabiduría.
2. Reconoce que la crítica duele
La crítica injusta e impía puede ser devastadora. Las palabras ásperas se nos vienen a la mente una y otra vez. Años después, podemos recordar oraciones completas de esas conversaciones que nos hirieron profundamente. Palabras que causaron heridas. Las palabras amables y bien intencionadas, que nos confrontan y desafían, también pueden tener el mismo efecto. «Fieles son las heridas del amigo» (Pr 27:6). No solo las palabras crueles e injustas pueden ser devastadoras, sino también las palabras sinceras que provienen de corazones amorosos y que desafían la manera en que nos comportamos. No esperamos que nos critiquen: «¡son nuestros amigos!» nos decimos a nosotros mismos, pero necesitamos que los amigos que nos aman nos digan esas duras verdades. La crítica estremece nuestro sentido de quiénes somos, y eso es siempre difícil. La crítica también reformula cómo vemos a los demás y, quizás incluso, quiénes pensábamos que esas personas realmente eran, lo que es igual de desorientador para nosotros. Necesitamos procesar todo esto y admitir ante el Señor que ser criticado es un camino difícil, aunque sea el camino que debemos recorrer.
3. Lleva la crítica a la Palabra y a la oración
Hay dos tentaciones que están listas para arrebatarnos las semillas del crecimiento que podemos y debemos experimentar cuando recibimos críticas tanto correctas como incorrectas: podemos rechazar todo lo que se nos ha dicho en forma instantánea y olvidarlo (quizás criticando en nuestros corazones a quien nos criticó con otros) o podemos interiorizar todos nuestros sentimientos y revolcarnos en la derrota o construir nuestras defensas para la próxima vez que suceda. Ninguno de los dos es piadoso. En lugar de rechazarla o de derrumbarnos por dentro, debemos contrastar la crítica con la Palabra de Dios. Escudriñemos nuestras Biblias y nuestros corazones en la presencia del Señor. ¿Por qué nos hirieron tanto esas palabras? ¿Qué había en ellas que fue tan difícil de aceptar? ¿Eran correctas o incorrectas a la luz de la Escritura? Ora por discernimiento a medida que lees la Palabra y pídele al Señor que guíe tus pensamientos y tu respuesta. No puedes interpretar correctamente o saber por ti mismo cómo reaccionar adecuadamente a la crítica. Necesitas la ayuda de Dios.
4. Debes entender que la crítica siempre te cambia
Si ignoras la crítica válida, tu corazón se endurecerá y, tanto tu actitud defensiva como tu orgullo, se arraigarán aún más. Sin la gracia, cada crítica añade un nuevo ladrillo a tu pared defensiva. Eso está mal. Quienes te critican no son los que te llenan de amargura, pero tu respuesta a ellos quizás sí. No permitas que la crítica, especialmente la que es injusta, se convierta en una raíz de amargura en tu corazón (Heb 12:15). Con la ayuda del Señor, tú puedes manejar la crítica. Tu justificación no se encuentra en tu habilidad ministerial o en tu reputación, se encuentra en Jesús. Él te ama sin condición alguna, Él conoce tus fallas, pero no pretende confrontarte con ellas. En Él eres aceptado, valioso y estás seguro. Deja que la crítica te conduzca a cómo Él te acepta y vuelve a agradecerle a Dios. Entonces, a medida que tu corazón se haga más tierno en tu diaria dependencia de Él, te volverás más autorreflexivo y humilde. Asegúrate de que eso pase, y la crítica, por muy injusta que sea, será un poderoso instrumento en los propósitos santificadores de Dios para tu vida.
5. Usa la crítica para profundizar relaciones
Tu instinto es alejarte de aquellos que te critican. «Te traen muchos problemas, ya te han herido, y volverán a hacerlo», razonas. Sin embargo, evita a toda costa la tentación a retirarte o huir. Los críticos intransigentes a menudo son personas infelices y dañinas. No quieren conocerte bien, sino solo lanzarte quejas. Además, creen que tú no quieres conocerlos. Entonces, ¿puedes probarles que están equivocados? Lo que tus críticos en realidad necesitan, y lo que tu corazón necesita, es que interactúes con ellos. Examina esa crítica con ellos, si es posible. Puede que quieran añadir más crítica piadosa (¡ay!), retractarse de palabras injustas o de cosas dichas duramente. Sí, será doloroso, pero será un dolor bueno, una situación para estrechar conexiones con una gran posibilidad de tener una relación creciente que honre al Señor en la verdad y el amor. Necesitarás valor y humildad, pero al hacerlo, el Señor te proveerá abundantemente. Confía en Él.
6. Haz de la crítica un catalizador para la semejanza a Cristo
Jesús estuvo libre de pecado incluso cuando le mintieron, cuando mintieron sobre Él, cuando fue escarnecido y criticado. Fue criticado por sus enemigos, por sus discípulos y por su propia familia. Fue calificado como un transgresor de la ley, y se le acusó de haber malinterpretado el plan de Dios para su vida, e incluso de estar demente. Se mofaron de Él mientras sangraba en la cruz. Reprendió cuando debía hacerlo (Mr 8:33), pero no tomó represalias. Nunca. Se encomendó a su Padre que juzga con justicia (1P 2:23). Oró por los que lo habían herido. Él es nuestro ejemplo. Él es el modelo que seguimos. ¿Te critican en forma equivocada y cruel? ¿Te critican cuando estás haciendo lo correcto? Sin dudas, ese es el caso si estás siguiendo a Jesús (1P 3:14). Pastor, recuerda que tú no estás para que te pasen por encima ni para que te flagelen. Eres llamado a ser manso, no débil. La gente no debe decirte cualquier cosa ni tampoco pueden decirte cosas como se les antoje.. Cuando enfrentamos la crítica, debemos ser tanto valientes como humildes; y la valentía está en rechazar el comportamiento impío de manera amable pero firme cuando sea necesario para conducir a las personas hacia Jesús. Eso representa un costo y un riesgo, pero seguimos a Jesús al aceptar el sufrimiento injusto y al declarar la valiosa verdad.
7. Regocíjate: Jesús está siempre de nuestra parte, aun en las críticas
En tu ministerio como pastor, habrá ocasiones en las cuales serás criticado con maldad. Esas heridas son muy profundas. Quizás no hay forma de abordar esa crítica para obtener el desenlace que quieres, ni la compensación que tu corazón anhela. Sin embargo, quizás no sea el fin del mundo, aunque lo parecerá por un tiempo. Ser criticado injustamente es una experiencia abrumadora y devastadora. Permite que el dolor te conduzca a Jesús. Él fue humillado en espíritu, mente y cuerpo. Fue quebrantado por ti. Él sabe y entiende. Murió confiando que sería vindicado en la presencia de su Padre y nos asegura que nosotros también lo seremos en el día del juicio final. Por ahora, sigue adelante confiado en esa esperanza. Lleva tu lucha a Jesús y apóyate firmemente en las promesas de su amor. Samuel Rutherford, el puritano escocés, dijo: «no hay comunión más dulce con Cristo que cuando llevamos nuestras heridas y llagas a Él»[1]. Pruébalo. Él está a tu favor.
Lewis Allen es el autor de The Preacher’s Catechism [El catecismo del predicador].
Este artículo fue publicado originalmente en inglés y traducido con el permiso de Crossway. Traducción: Marcela Basualto

[1] N. del T.: traducción propia.

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Querido pastor: necesitas el Evangelio el lunes
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Querido pastor: necesitas el Evangelio el lunes


Este artículo es parte de la serie Querido pastor publicada originalmente en Crossway.
P. ¿Cual es la buena noticia para los predicadores que están luchando? R. El Evangelio es verdad y siempre es para nosotros, especialmente los lunes.
Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la extraordinaria grandeza del poder sea de Dios y no de nosotros (2 Corintios 4:7).

Gracia y adrenalina

El lunes es el peor día del predicador. Pregúntale a cualquiera de nosotros. A la fría luz del día, vemos lo lejos que nos quedamos de lo que queríamos y esperábamos. Después de entregarnos el domingo, ahora solo queremos desaparecer, cansados ​​y, a menudo, inquietos. Nos sentimos agotados, y lo estamos. Estamos agotados porque la predicación consume totalmente. Es un deleite, pero también trae un gran peligro. La mayoría de los predicadores aman su llamado. Es una gran alegría, así como una abrumadora responsabilidad. Muchos de los que somos pastores no queremos pensar en una jubilación en la que no prediquemos más. Tampoco es eso necesariamente motivo de preocupación: que un predicador se deleite en su ministerio no significa necesariamente que sea su propia justificación. Los mejores predicadores escucharán felizmente a otros en el púlpito. No necesitan predicar, en el sentido de que son justificados por la predicación. Es solo que la predicación es el deseo consumidor de sus vidas. Las personas en las iglesias evangélicas ocasionalmente vislumbran el trabajo y el costo de la predicación, y casi siempre se sorprenden y, a menudo, se escandalizan. «¿Cuánto tiempo te toma preparar tus sermones?». Pregúntale a un prometedor joven en la iglesia si consideraría predicar su primer sermón, y su confianza despreocupada pronto se volverá una expresión de agobio y preocupación cuando el domingo señalado aparece a la vista. Conozco hombres que han tenido trabajos de alta presión en grandes empresas y ahora están en el ministerio de predicación a tiempo completo. Me dicen cómo las responsabilidades de manejar la Palabra de Dios generan una tensión única, semana tras semana. Quizás nadie se dé cuenta de la gran responsabilidad que es la tarea del predicador, excepto el hombre en el púlpito. Mis domingos ahora están impulsados por dos cosas: gracia y adrenalina. Me despierto temprano el domingo con una sensación agitada de, ¿por qué no pude haber sido cartero o biólogo marino o cualquier otra cosa? Llego temprano a mi oficina para orar y trabajar en mis notas. Predico en la iglesia lo mejor que puedo, por gracia. Si predico otra vez en la tarde, frecuentemente quedo en un estado de euforia, aliviado al final de otro Día del Señor, muy agradecido por el privilegio, animado por las señales de lo participativos que fueron mis oyentes y, por lo general, ansioso por comenzar otra vez el trabajo de preparación para la semana siguiente. Hay un viejo eslogan famoso que a los predicadores nos encanta. El pastor estadounidense Phillips Brooks dijo célebremente: «Si algún hombre es llamado a predicar, no se rebaje a ser rey». Me encantan estas palabras porque sé cómo afirman la tarea del predicador. Creo apasionadamente que la predicación es el mejor y más alto llamado de este lado de la gloria.

Un recordatorio del lunes para los débiles

Entonces, ¿qué pasa con nuestros lunes? Algunos predicadores (y los libros que leen sobre la predicación) solo quieren desestimar nuestros colapsos de los lunes. El razonamiento es así: estás cansado. El diablo te está atacando. Necesitas descansar de todas maneras. Olvídalo y sigue adelante. Tienen razón, en parte. El predicador usa grandes reservas de energía mental. La adrenalina corre por el cerebro y el cuerpo antes, durante y después de predicar. Dejar el púlpito e interactuar con aquellos que han escuchado el sermón pone aún más demanda sobre el predicador. Estamos parados como aturdidos mientras intentamos tener una conversación con un café. Nuestras mentes aún están agitadas. O estamos extasiados si sentimos que hemos hecho un buen trabajo o abatidos si sentimos que hemos metido la pata. De ambas maneras, estamos descendiendo de las demandas de la predicación. El lunes es cuando finalmente aterrizamos y usualmente no es lindo. Martin Lloyd-Jones dijo que él no cruzaría la calle para escucharse a sí mismo predicar. Eric Alexander confesó que su primer impulso al bajarse del púlpito era decir: «Señor, lo siento»[1]. Algunos de nosotros queremos huir del recuerdo del servicio del domingo lo más rápido que podamos, disculpándonos en voz alta mientras lo hacemos. Y, sin embargo, no nos apresuremos a atribuir nuestro colapso posterior al sermón a la disminución de la adrenalina y al agotamiento mental. Tal vez nuestros lunes malhumorados nos digan más que solo cuán agotador puede ser la predicación. ¿Podrían ser nuestros estados y falta de ánimo los recordatorios de lo que más necesitamos recordar: que siempre somos personas débiles y pecadoras en constante necesidad de un Salvador? Quizás nos sentimos tan deprimidos los lunes precisamente porque estamos deprimidos. Los lunes tienen lecciones de gracia para enseñarnos. Necesitamos el Evangelio el lunes. Abandonados a nosotros mismos, todos estamos sin esperanza. El pecado y la miseria son los ciclos de nuestra vida. El pecado y la miseria serían también el curso de nuestras vidas como predicadores. Vivimos en un mundo roto y, aunque a menudo tratamos de negarlo, somos personas rotas. Nuestra comisión de predicar es un llamado a ver ese quebrantamiento de cerca, en nuestras vidas y en las vidas de nuestros oyentes. Sin embargo, el Evangelio canta el mensaje de esperanza para nosotros. Hay un Redentor. Cristo ha venido por los elegidos de Dios en la plenitud de la gracia salvadora. Él vive, Él salva y Él ama a su pueblo. Por nosotros, Él soportó los cardos y las espinas de un mundo devastado por el pecado. Todos nuestros necios esfuerzos por ser independientes de Dios fueron amontonados sobre su cabeza en la cruz. Él fue quebrantado por nosotros. Incluso por los predicadores. Él tiene toda la gracia que necesitamos. Los predicadores necesitan tomar una pausa aquí y tomar un tiempo de reflexión. Escucha tus estados de ánimo los lunes. No desestimes tan rápidamente el bajón posterior al sermón como un simple agotamiento mental y físico. Puede que estés exhausto; pero también eres un pecador. ¿Tu predicación te recordó que a pesar de tus intentos de cubrirlo eres simplemente un pecador necesitado de gracia? Si fue así, eso es un gran descubrimiento. La verdad es que la congregación siempre lo ha sabido, y aun así te aman. Ahora que lo has recordado, maravíllate en su amor y maravíllate aún más en el amor de Dios en Cristo Jesús. Él vino, trabajó, murió, resucitó, ascendió y está intercediendo por predicadores como tú. Este artículo es adaptado de The Preacher's Catechism [El Catecismo del predicador] por Lewis Allen.
Este artículo fue publicado originalmente en inglés y traducido con el permiso de Crossway.

[1] Citado en On Being a Pastor: Understanding Our Calling and Work [Sobre ser pastor: entendiendo nuestro llamado y trabajo] por Derek J. Prime y Alistair Begg,