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Jon Bloom sirve como autor, director y cofundador de Desiring God. Es autor de tres libros: Not by Sight [No es por vista], Things not Seen [Lo que no se ha visto] y Don’t Follow Your Heart [No sigas a tu corazón]. Él y su esposa viven en Twin Cities con sus cinco hijos.

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No cries niños buenos
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No cries niños buenos

Padres, no críen niños buenos. Soy un buen niño en recuperación y estoy aquí para decirte que el Evangelio no es para los niños buenos. Fue bastante fácil para mis padres criar. Yo era generalmente sumiso, tenía una personalidad optimista y cálida, no me metía en problemas graves, en su mayoría mis profesores me querían, normalmente tuve un desempeño aceptable en la escuela, era líder en los grupos de mi iglesia y tuve bastantes amigos. Ser mujeriego en mi adolescencia solo habría generado risas y exasperación. Mis amigos y la mayoría de los adultos en mi vida afirmaban que era un buen chico, y lo creí. Esto representó un problema para mí: luchaba con comprender el Evangelio.

¿Yo? ¿Infierno?

Aunque creo que mi conversión preadolescente fue real (Dios es misericordioso para producir y honrar una pequeña semilla de fe real), fue difícil procesar que yo era así de malo. El hecho de que Dios me mostrara su favor en la redención tuvo sentido porque otros me habían mostrado su favor. Sin embargo, fue difícil para mí ver que este favor no era la aprobación por ser un buen chico, sino el perdón de un pecador condenado. ¿De verdad? ¿Merezco el infierno? Tomó bastante tiempo (de hecho, aún me estoy recuperando) ver que en realidad era (soy) una persona profundamente depravada. Mucho de mi buen comportamiento externo era avivado por motivaciones egoístas y malvadas.  Debajo de mi apariencia de buen chico yo era una persona que robaba gloria, envidiosa, codiciosa, idólatra y lujuriosa.

Lo que realmente es la depravación total

Es por eso que pienso que una de las mejores cosas que nosotros como padres podemos hacer por nuestros hijos es enseñarles la doctrina de la depravación total. Así es como John Piper lo describe en su libro Cinco puntos: hacia una experiencia más profunda de la gracia de Dios:
Queda claro que la totalidad de esa depravación no se refiere a que el hombre haga todo el mal que es capaz de hacer. No hay duda de que el hombre podría cometer más actos pecaminosos contra su prójimo de los que comete. Pero si el hombre es refrenado de hacer más actos de iniquidad por motivos que no sean una gozosa sumisión a Dios, entonces incluso su «virtud» es maldad a la vista de Dios. Romanos 14:23 declara: «Y todo lo que no se hace por convicción es pecado». Esta es una acusación contundente contra cualquier virtud «natural» que no fluya de un corazón que con humildad confía en la gracia de Dios. (Cinco puntos, p. 19). Vándalos en un disfraz de obediencia Esta es la clave: «Y todo lo que no se hace por convicción es pecado». La bondad no es un comportamiento que esté por sobre la línea media relativa a otras personas pecadoras. La bondad es un fruto de fe (Ga 5:22). Cuando el buen comportamiento de los niños no fluye de una profunda confianza en Dios, se están comportando bien por razones incorrectas.

Son solo vándalos en un disfraz de obediencia.

¡La buena noticia es que Jesús vino a salvar vándalos! No obstante, es crucial que los vándalos sepan que son vándalos, porque «los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los que están enfermos; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Mr 2:17). Por lo tanto, padres, asegúrense de que tengan una firme comprensión de la verdadera doctrina de la depravación total para que no animen la bondad malvada en sus hijos. Lejos de Jesús, nada bueno mora en ellos (Ro 7:18).
Jon Bloom © 2013 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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Cómo encontrar gozo en tu trabajo
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Cómo encontrar gozo en tu trabajo

«En el principio Dios creó los cielos y la tierra» (Gn 1:1). Una de las experiencias más tristes en nuestros estados caídos es cuán fácil perdemos nuestro sentido de asombro en las cosas más conocidas (como con el primer versículo en la Biblia, que está tan cargado de gloria). Fácilmente, dejamos de reflexionar sobre él porque creemos que lo entendemos, aun cuando solo podríamos haber raspado la superficie de su significado. ¿Alguna vez te habías dado cuenta de que el primer versículo de la Biblia se trata sobre el trabajo —a lo que Dios llama su obra creativa (Gn 2:2)—? ¿O que el primer trabajo que se llevó a cabo se describe como creativo (no como un trabajo pesado que hay que evitar)? ¿O que Dios disfrutó realmente su trabajo? Mientras más pensamos sobre el primer capítulo completo de Génesis, veremos cosas más gloriosas con respecto a cómo Dios ve su trabajo, y las implicaciones maravillosas y liberadoras que tiene sobre cómo nosotros debemos ver nuestro trabajo.

El trabajo de Dios por el gozo

Entonces, ¿de dónde obtuvimos la idea de que Dios disfruta su trabajo? Del último versículo del primer capítulo de la Biblia: «Dios vio todo lo que había hecho; y era bueno en gran manera [...]» (Gn 1:31). No, la palabra «gozo» no está ahí explícitamente, pero está. Dios no tiene afectos trastornados por el pecado ni emociones como nosotros las tenemos. Dios siempre experimenta un gozo apropiado por una buena obra (Fil 2:13) —incluso su cruel obra en la cruz (Heb 12:2)—. Y al ser creados a su imagen, nosotros también recibimos gozo por su obra (Sal 92:4). Es asombroso pensar en ello: lo primero que la Biblia nos enseña sobre Dios es que Él realizó un trabajo increíblemente creativo, prolongado y vigoroso, y que Él lo disfrutó: tanto el trabajo en sí mismo como el fruto de su trabajo. Dios nunca trabaja solo para tener su sueldo. Dios nunca trabaja para demostrarse a sí mismo que puede salir de alguna inseguridad interna. Él nunca trabaja para obtener algo que necesita, puesto que Él provee todo para su creación desde su abundancia (Hch 17:25). La obra de Dios es siempre el desbordamiento de su gozo al ser el Dios trino. Y como dijo Jonathan Edwards: «No es una prueba del vacío o la deficiencia de una fuente que esta tenga la inclinación a reborsarse» (La pasión de Dios por su gloria). ¡Dios trabaja por el gozo inmediato y supremo que Él trae!

Somos diseñados para trabajar por el gozo

Y aquí es donde entran las maravillosas y liberadoras implicaciones para nosotros. Dios nos hizo a su imagen y nos dio trabajo por hacer (un trabajo como el suyo):

Dios creó al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Dios los bendijo y les dijo: «Sean fecundos y multiplíquense. llenen la tierra y sométanla. Ejerzan dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra» (Génesis 1:27-28).

Dios nos creó para realizar un trabajo similar al de Él y para obtener de ese trabajo beneficios similares, apropiados a nuestras capacidades. Nuestro trabajo es ser creativos («sean fecundos y multiplíquense»), vigorosos («ejerzan dominio [...] somentan») y está para darnos gozo (Dios nos «bendijo» con su mandato). Dios siempre tuvo en mente que nuestro trabajo fuera compartido con Él en su obra y que compartiéramos su gozo. No fuimos diseñados para trabajar solo para ganar nuestro sueldo, para demostrar nuestro valor o para obtener nuestra identidad porque somos inseguros u orgullosos. Dios no diseñó el trabajo para que sea un peso o un mal necesario. Esa enfermedad infectó nuestro trabajo cuando rechazamos la gracia.

Aquello que destruye nuestro gozo en el trabajo

Una maldición infectó nuestro trabajo el día en que nuestros antepasados originales confiaron en la promesa de la víbora en vez de en la promesa de Dios:

Entonces el Señor dijo a Adán: «Por cuanto [...] has comido del árbol del cual te ordené, diciendo: “No comerás de él”, maldita será la tierra por tu causa; con trabajo comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás de las plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; polvo eres y al polvo volverás» (Génesis 3:17-19).

Este es el trabajo tal como lo experimentamos en esta era: mucho esfuerzo que genera sudor produciendo muchos espinos y cardos. La tierra (o su equivalente para nosotros) lucha contra nosotros, nuestras herramientas nos fallan, nuestro pecado permanente, orgulloso y perezoso nos reprime, nuestros cuerpos frágiles nos debilitan, otros pecadores nos hacen las cosas más difíciles, los demonios nos atacan. Como toda la creación, nuestro trabajo está sometido a vanidad por Dios (Ro 8:20). Esta es la razón por la que a menudo nos molesta o incluso odiamos el trabajo: nuestro pecado y la maldición lo hacen tan difícil. Así que evitamos el trabajo o lo convertimos en algo pragmático, una empresa mercenaria para comprar algo y darnos una identidad que creemos nos traerá gozo. Sin embargo, el trabajo no es para eso. No fuimos diseñados para prostituir nuestro trabajo a fin de obtener dinero o estatus. Dios diseñó nuestro trabajo para administrar creativa y vigorosamente cierta parte de su creación, para ser un medio de provisión para nuestras necesidades, para servir a otros y para traernos gozo. Y Dios ha hecho posible eso, incluso en esta era vana, sin importar las circunstancias.

Aquello que restaura nuestro gozo en el trabajo

Aquí encontramos una deslumbrante buena noticia, que trae una esperanza invencible, para cada trabajador que la cree: «Por lo tanto, mis amados hermanos, estén firmes, constantes, abundando siempre en la obra del Señor, sabiendo que su trabajo en el Señor no es en vano» (1Co 15:58). Espera, ¿nuestro trabajo no es en vano? ¿Acaso no es eso la vanidad? ¡Sí! Y parte del Evangelio es que el trabajo realizado «en el Señor» no es en vano porque a la larga no puede ser descarrilado por la maldición del pecado. ¿Qué es el trabajo realizado «en el Señor»? ¿Se aplica solamente a la «obra del Reino»? Sí, pero la «obra del Reino» engloba todo lo que hacen los cristianos: «Todo lo que hagan, háganlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres, sabiendo que del Señor recibirán la recompensa de la herencia. Es a Cristo el Señor a quien sirven» (Col 3:23-24 [énfasis del autor]). Esto significa que Dios quiere que todo trabajo que asumamos, sin importar quiénes somos o qué hagamos, sea una «obra de fe» (2Ts 1:11), hecha con la fortaleza que Él da (1P 4:11). Nos damos por completo a Dios, sabiendo que nos compró por un precio (1Co 6:20) y que hacemos el trabajo que Él nos da para hacerlo en su nombre. Porque a Cristo el Señor servimos, no a los hombres ni al dinero.

Donde sea que trabajes

Aunque todavía sufrimos los efectos de la maldición, la muerte y la resurrección de Jesús, que redimen todas las cosas para los cristianos, liberan a nuestros trabajos motivados por la fe de ser en vano y provoca que obren para nuestro bien y gozo eternos (Ro 8:28). Él restaura nuestro gozo en nuestro trabajo. Por lo tanto, mis amados hermanos y hermanas, cualquier cosa que Dios les dé a sus manos para hacer hoy, sean firmes, inamovibles y siempre abundantes en el trabajo creativo, vigoroso y que produce gozo del Señor
Jon Bloom © 2017 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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Vean, el mundo ha ido tras él
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Vean, el mundo ha ido tras él

Gracias al apóstol Juan sabemos la razón por la que ocurrió el Domingo de Ramos:

Y así, la multitud que estaba con Jesús cuando llamó a Lázaro del sepulcro y lo resucitó de entre los muertos, daba testimonio de él. Por eso la multitud fue también a recibir a Jesús, porque habían oído que él había hecho esta señal (Juan 12:17-18).

El desfile de hojas de palma el domingo era una celebración de una resurrección.

Una providencia confusa

Sin embargo, esa resurrección fue precedida por una muerte confusa. Lázaro había muerto. No sabemos de qué murió, solo que estaba «enfermo» (Jn 11:1). Rara vez, la Biblia entrega detalles horribles. Sin embargo, la muerte por enfermedad en el primer siglo, sin nada de la ayuda médica que los occidentales modernos damos por sentada, fue sin duda horrible. Su muerte provocó un dolor profundo en sus hermanas, Marta y María, que lo cuidaron lo mejor que pudieron. Y Jesús, su querido amigo, quien resultaba ser el sanador más grande de la historia del mundo, no había ido. Esto agregó aún más dolor al sufrimiento de las hermanas de Lázaro (Jn 11:21, 32). Jesús no alcanzó a llegar ni siquiera al funeral. Cuando finalmente apareció, el cuerpo de Lázaro ya se había descompuesto. «¿Por qué?». «¿Dónde estabas?». Estas eran las agonizantes preguntas implícitas que ambas hermanas le expresaron a Jesús. Y ellas no eran las únicas que hacían preguntas. Otros que estaban presentes murmuraban, «"¿No podía este, que abrió los ojos del ciego, haber evitado también que Lázaro muriera?"» (Jn 11:37). Él había servido a otros, ¿y no pudo servir a Lázaro? Jesús le dio una pista ambigua de su propósito a Marta (Jn 11:23), pero estaba demasiado conmovido en su espíritu como para decirle algo a María (Jn 11:33). Y luego, dentro de unos minutos, ¡Lázaro, Marta y María se estaban abrazando, llorando juntos con un inesperado, indescriptible y asombroso gozo! Jesús había hecho exactamente lo que había predicho: «En verdad les digo que viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que oigan vivirán» (Jn 5:25).

Un plan de precisión profética

No obstante, estaban sucediendo muchas más cosas de lo que los felices hermanos, o los atónitos observadores o que incluso los discípulos de Jesús podían entender. Esta resurrección no solo demostró con un poder sin precedentes la realidad de quién era Jesús, sino que también puso en marcha el cumplimiento de su profecía bíblica. La noticia de la resurrección de Lázaro se esparció naturalmente como un fuego abrasador. La grave preocupación de las autoridades judías sobre Jesús se intensificaron hasta ser alarmantes: conspiraron para asesinarlo (Jn 11:47-50). Jesús estuvo escondido por un par de semanas y luego volvió a aparecer en Betania para compartir una última y extraordinaria cena en la casa de Lázaro, María y Marta. Los comentarios salieron rápidamente y pronto una gran multitud se reunió para vislumbrar no solo a Jesús, sino que también al recién resucitado y a la probablemente reacia celebridad (Jn 12:9). Ser una celebridad por haber resucitado de los muertos irónicamente sería mortal, puesto que las autoridades planeaban llevarse a Lázaro junto con Jesús (Jn 12:10-11). Sin embargo, Jesús sabía exactamente lo que estaba haciendo. El momento de la horrible muerte de Lázaro, de su asombrosa resurrección, del tiempo en que Jesús se escondió, y ahora de su reaparición pública, todo estuvo coordinado con una precisión profética que no se notaría hasta más adelante (Jn 12:16). Al fin había llegado su hora. Ya no se escondería más. La noticia debe divulgarse. Llegó el momento para que las puertas alzaran sus cabezas, y las puertas ancianas se alcen en homenaje. El Rey de gloria iba en camino (Sal 24:7).

Una Procesión Profética

Y así se esparció la noticia, y así las multitudes aumentaban para recibir en procesión a aquel que había resucitado un hombre de la muerte. ¿Podría haber alguna duda de que él era el Mesías? Las dudas vendrián, pero ese día pocos dudaban. La gente tomaba las hojas de las palmas, un símbolo del nacionalismo judío y gritaban, «"¡Hosanna! Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel"» (Jn 12:13). Pocos, si es que hubo alguno, reconocieron en el eufórico momento el cumplimiento de la profecía de Zacarías:

¡Regocíjate sobremanera, hija de Sion! ¡Da voces de júbilo, hija de Jerusalén! Tu Rey viene a ti, justo y dotado de salvación, humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de asna (Zac 9:9).

Sin embargo, Jesús reconoció el momento. Por lo que él, halló «un asnillo, se montó en él» (Jn 12:14). Dije que pocos dudaron de Jesús es día, pero los pocos que lo hicieron ejercieron un gran poder terrenal letal. Mientras los fariseos observaban este potente momento con desplegadas inconfundibles implicaciones, se dijeron unos a otros, «"¿Ven que ustedes no consiguen nada? Miren, todo el mundo se ha ido tras él"?» (Jn 12:19). No obstante, esta no era una renuncia. El júbilo de la multitud solo endureció la decisión de las autoridades de matar al Hijo de Dios que resucitaría de entre los muertos.

Un Precursor Profético

Y Jesús sabía esto. En medio de la fiesta profética donde se movían las hojas de palma, Jesús sabía que se gatillaría el cumplimiento de otra profecía:

Pero él fue herido por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades. El castigo, por nuestra paz, cayó sobre él, y por sus heridas hemos sido sanados (Is 53:5).

Jesús sabía que la muerte de Lázaro resultaría en resurrección; él sabía que esa resurrección resultaría en la celebración de la multitud; él sabía que esa celebración resultaría en la determinación homicida del concilio; él sabía que esa determinación resultaría en su condenación injusta; y él sabía que esta condenación resultaría en su propia muerte cruel en la crucifixión. Y él sabía que su inocente muerte, aunque imputada como culpable, resultaría en la imputación de su justicia en muchos (Is 53:11; 2Co 5:21), y en una resurrección mucho más gloriosa y con muchas más consecuencias que la de Lázaro. El Domingo de Ramos fue una celebración de una resurrección. Pero fue solo fue un precursor profético. Una semana después, ocurrió una resurrección cuya celebración ha continuado por dos milenios desde entonces. Y, vean, el mundo ha ido tras él.
Jon Bloom © 2017 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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¿Cómo enojarse y no pecar?
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¿Cómo enojarse y no pecar?

«Enójense, pero no pequen…» (Ef 4:26). ¿Es esto siquiera posible? Aunque no somos perfectos, el enojo sin pecado es un requisito, puesto que el pecado infecta todo lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos. Sin embargo, no creo que Pablo tuviera un enojo perfecto e inmaculado en mente cuando citó al rey David desde el Salmo 4:4 en la carta que le escribió a los efesios. El punto de Pablo parece ser que no todo el enojo que los cristianos experimentan está enraizado en la tierra orgullosa y egoísta de nuestra naturaleza pecaminosa. Existe un tipo de enojo que proviene de nuestra naturaleza regenerada y guiada por el Espíritu, incluso si está inevitablemente manchado por el pecado que habita en nosotros mientras pasa por los filtros defectuosos de nuestras mentes y bocas. Puesto que el Espíritu Santo por medio de David y de Pablo nos instruye a «enojarnos», significa que existen ciertas cosas que deben enojarnos justamente. Por lo tanto, ¿cómo se ve el justo enojo en un cristiano?

¿Qué es el justo enojo?

Primero, preguntémonos: ¿qué es el justo enojo? El justo enojo tiene que ver con enojarse con aquello que enoja a Dios. Es correcto decir «justo enojo» porque es el orden correcto de las palabras. En esencia Dios no está enojado; él es esencialmente justo. El enojo de Dios es consecuencia de su justicia. La justicia de Dios es su ser perfectamente justo en todas sus formas, en todas sus múltiples perfecciones que operan juntas en perfecta proporción, consistencia y armonía. Dios es la definición y el estándar mismo de bondad (Mr 10:18). Lo que Dios dice (Heb 6:5) y lo que Dios hace (Mi 6:8) es bueno porque son «todos ellos justos» (Sal 19:9); representan perfectamente su perfección integral. Por tanto, lo que enoja a Dios es la perversión de su bondad; la transformación de lo que Él hizo justo en injusticia. Dios llama a esta perversión, «mal». El mal cambia y desfigura la gloria de Dios, vandalizando lo más valioso y profanando lo más santo. El mal envenena y distorsiona la realidad, dando como resultado la destrucción del gozo para cada criatura que escoge la perversión en vez de la bondad de Dios. La justicia de Dios exige que Él se enoje por la perversión destructiva y que imparta justicia contra aquellos que cometen tal mal. Por tanto, nuestro enojo es justo cuando nos enojamos por el mal que profana la santidad de Dios y pervierte su bondad.

¿Qué es el enojo pecaminoso?

No obstante, los seres humanos, siendo malos (Lc 11:13), no se caracterizan por el justo enojo, sino que por el pecaminoso enojo, y los cristianos muchas veces tampoco. «Pues la ira del hombre no obra la justicia de Dios» porque la ira del hombre se preocupa más del hombre que de Dios (Stg 1:20). No debo esforzarme mucho para aclarar este punto, pues sabes exactamente lo que quiero decir. Tendemos a enojarnos más debido a que nuestro orgullo fue ofendido que debido a que la gloria de Dios fue dañada. Tendemos a enojarnos más debido a un pequeño inconveniente que debido a una injusticia dolorosa. A menudo, nos enojamos farisaicamente como el hermano mayor con su hermano pródigo (Lc 15:28) o egoístamente como Jonás, cuando se enojó porque murió una planta mientras no le importaba el bienestar de 120 000 personas (Jon 4:9-11). El enojo enraizado en nuestra naturaleza pecaminosa produce «[...] pleitos, celos, enojos, rivalidades, difamaciones, chismes, arrogancia, [y] desórdenes» (2Co 12:20); produce «…enemistades, pleitos [...] enojos [rabietas, por ejemplo], rivalidades, disensiones, [y] herejías» (Gá 5:20). El pecaminoso enojo es tan común en nosotros que nos tienen que recordar constantemente que debemos desechar toda «ira, enojo, [y] malicia [...]» (Col 3:8) y que «[...] todo aquel que esté enojado con su hermano será culpable ante la corte [...]» (Mt 5:22).

La lentitud amorosa del justo enojo

El justo enojo no se ve ni se siente como el pecaminoso enojo, porque el justo enojo piadoso está gobernado y dirigido por el amor. Dios es justo, pero también es amor (1Jn 4:8); y el amor es paciente (1Co 13:4). Es por esa razón que repetidamente en la Escritura Dios se describe a sí mismo como «compasivo y lleno de piedad, lento para la ira y abundante en misericordia y fidelidad» (Éx 34:6; Nm 14:18; Neh 9:17; Sal 86:15; 103:8; 145:8; Jl 2:13; Jon 4:2; Nah 1:3). Dios es lento para la ira, «[...] no queriendo que nadie perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento» (2P 3:9). Dios juzgará con justicia a los culpables no arrepentidos (Éx 34:7), pero Él «[...] no castiga por gusto [...]» (Lam 3:33). Y se mueve con una lentitud amorosa, misericordiosa y medida. Si quieres ver en acción un enojo gobernado por el amor, mira a Jesús. Jesús sabía que vendría un día de juicio cuando Él venga a la tierra como el Rey de reyes y «pis[e] [a sus enemigos en] el lagar del vino del furor de la ira de Dios Todopoderoso» (Ap 19:15). Sin embargo, mucho antes de juzgar, él vino para traer salvación a sus enemigos (Jn 12:47; Ro 5:8). Y cuando vino a salvar, pocas veces mostró enojo. Y aquellos que caminan más cerca de Jesús también son marcados con esta sorprendente paciencia hacia los pecadores. Ellos también son «pronto[s] para oír, tardo[s] para hablar, tardo[s] para la ira» (Stg 1:9). Ellos sí se enojan, pero como Jesús, su enojo está entretejido con dolor (Mr 3:5). Ocasionalmente, lanzan mesas en el templo (Jn 2:15-17), pero también lloran por Jerusalén (Lc 13:34).

¿Cómo podemos «enojarnos»?

Estar enojados y no pecar requiere la práctica constante del discernimiento (Heb 5:14), puesto que gran parte de nuestro enojo está enraizado en nuestra naturaleza orgullosa y egoísta. Y si es que hemos sufrido bajo la tiranía de una persona que se enojó pecaminosamente, puede ser emocionalmente muy difícil distinguir entre el justo enojo y el pecaminoso enojo. Sin embargo, ya que es algo que Dios nos llama a hacer, debemos hacerlo. Entonces, ¿cómo se ve el justo enojo en un cristiano?
  1. El justo enojo es provocado por el mal que profana la santidad de Dios y pervierte su bondad. Cada vez más nos sentimos más «abrumado[s] por la conducta sensual de hombres libertinos» y nos atormentan «las iniquidades de ellos» (2P 2:7-8). Cada vez más nos preocupamos más de la reputación de Dios que de la nuestra. Donde sea que faltemos en esto es donde debemos enfocar nuestro arrepentimiento, nuestras oraciones, nuestro ayuno y nuestra meditación bíblica.
  2. El justo enojo ve primero la viga en su propio ojo (Mt 7:5). Nuestra propia perversión de la bondad de Dios nos humilla, nos entristece y nos enoja, y nos arrepentimos antes de abordar la de cualquier otra persona.
  3. El justo enojo se aflige, no solo se enfurece, por el mal. Jesús sí volcó las mesas en el templo, pero estaba profundamente dolido por el pecado que hizo necesario que Él actuara así (Mt 23:37). El enojo sin lágrimas debido al mal a menudo es evidencia de una falta de amor en nosotros.
  4. El justo enojo es gobernado por el amor de Dios y por lo tanto es lento en expresarse, permitiendo que primero busquemos actos redentores de amor si es posible. Realmente queremos que triunfe la misericordia sobre el juicio en otros (Stg 2:13), recordando la misericordia de Jesús hacia nosotros y que Él primero vino cargando una cruz antes que una espada.
  5. El justo enojo actúa rápidamente cuando es necesario. Algunas formas de mal requieren que seamos rápidos para hablar y para actuar. El sacrificio de niños no nacidos, la injusticia étnica y económica, el abuso (emocional, físico y sexual), el tráfico sexual, la esclavitud humana, el adulterio, la difícil situación de los refugiados, la persecución y otros males son un llamado de rescate urgente e inmediato (Pr 24:11).
Nunca estaremos enojados perfectamente en esta era. Sin embargo, podemos crecer en la gracia del justo enojo. Dios quiere eso para nosotros. Es parte de ser conformados a la imagen de Cristo (Ro 8:29). Jesús dijo, «si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos» (Jn 14:15). Y uno de sus mandamientos bíblicos es, «enójense, pero no pequen».
Jon Bloom © 2016 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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El Día de la Reforma: Jesús llegó tocando la puerta
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El Día de la Reforma: Jesús llegó tocando la puerta

Alrededor del año 95 d.C., Jesús, por medio del apóstol Juan, vino metafóricamente a tocar la puerta de la iglesia en Laodicea con una insuperable invitación:
«Yo estoy a la puerta y llamo; si alguien oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3:20).
Sacado de su contexto, este versículo puede sonar como si Jesús los estuviera llamando suave y tiernamente. Pinturas inspiradas en este versículo tienden a retratar a un Jesús tierno tocando la puerta con suavidad. En realidad, Él era todo menos suave y tierno, delicado y cuidadoso. Esta invitación seguía muy de cerca un rechazo vigorizante y una advertencia seria. Jesús estaba golpeando la puerta laodicense con la urgencia de una emergencia:
Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Así, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. Porque dices: «Soy rico, me he enriquecido y de nada tengo necesidad». No sabes que eres un miserable y digno de lástima, y pobre, ciego y desnudo. Te aconsejo que de mí compres oro refinado por fuego para que te hagas rico, y vestiduras blancas para que te vistas y no se manifieste la vergüenza de tu desnudez, y colirio para ungir tus ojos y que puedas ver. Yo reprendo y disciplino a todos los que amo. Sé, pues, celoso y arrepiéntete (Ap 3:15–19).
Jesús estaba golpeando la puerta de una iglesia cuya confianza en un ídolo los puso en un grave peligro espiritual. Su tibieza próspera lo hizo querer vomitar. Sin embargo, puesto que amaba a estos cristianos tibios, los disciplinó amorosamente con palabras duras y los llamó al arrepentimiento y a una reforma celosa.

Cuando Jesús vino a tocar la puerta a Wittenberg

El 31 de octubre de 1517, Jesús, a través de un poco conocido sacerdote y profesor alemán llamado Martín Lutero, vino literalmente a tocar la puerta de Wittenberg de la Iglesia católica romana. La desenfrenada corrupción de poder y riqueza era un cáncer de pecado que había formado una metástasis en la Iglesia católica romana y se había esparcido entre muchos de los líderes y, por medio de ellos, a las doctrinas y a las prácticas de la iglesia. Este cáncer estaba matando a la iglesia. La iglesia también había logrado ser muy próspera y, sin embargo, no se daba cuenta cuán desdichada, penosa, pobre, ciega y desnuda se había vuelto. No había escuchado lo suficiente la voz de autoridad de Jesús en la Escritura o las voces proféticas de advertencia que repetidamente le había enviado. Al Señor se le estaba acabando la paciencia. Pero debido a que Él amaba a su iglesia enferma de pecado cuya idolatría la puso en grave peligro espiritual, envió a un mensajero extraño de un pueblo extraño (algo muy característico del Señor) con una palabra dura de amorosa disciplina. El profesor Lutero subió hasta la puesta de la iglesia de Todos los Santos en Wittenberg con un martillo, un par de clavos y un pergamino con 95 hirientes acusaciones contra la Iglesia católica romana. A diferencia de lo que recibieron los laodicenses, las tesis de Lutero no eran Escritura inerrante. De hecho, más adelante Lutero se dio cuenta de que varias de ellas no iban lo suficientemente lejos. Pero aun así, eran un gran llamado bíblico a un arrepentimiento celoso, como lo captura tan claramente la primera tesis: Cuando nuestro Señor y Maestro Jesucristo dijo: «Haced penitencia…» [Mateo 4:17], ha querido que toda la vida de los creyentes fuera penitencia. En el golpe del martillo de Martín, Jesús vino a tocar la puerta. Y su llamado desencadenó una reacción que estalló en la Reforma Protestante, una detonación del Evangelio que todavía está sacudiendo al mundo por más de 500 años.

Una detonación de Reforma

Como resultado del 31 de octubre de 1517, cientos de millones de cristianos alrededor de todo el mundo se han sometido a la Palabra de Dios y a su suma autoridad (Sola Scriptura), y su enseñanza de salvación es un regalo dado solo por la gracia de Dios (Sola Gratia), por medio del instrumento de la fe sola (Sola Fide) en la muerte y resurrección del único Salvador y Mediador, Jesucristo (Sola Christus), para que toda la gloria siempre redunde solo en el Dios trino (Soli Deo Gloria). Cualquiera haya sido el lugar donde la iglesia le abrió las puertas a Jesús, el arrepentimiento y la reforma fueron como la quimioterapia contra el cáncer de la corrupción espiritual, y la creencia recuperada en el Evangelio de Cristo esparció salud espiritual a lo largo de gran parte de Europa, luego al Nuevo Mundo, Asia y África. Produjo un evangelismo masivo, plantación de iglesias, traducción de la Biblia y esfuerzos de misión en las fronteras. En su despertar ocasionó toda forma de bien social: familias más fuertes, comercio honesto, empoderamiento económico para los pobres, hospitales y clínicas para los enfermos, educación para las masas, ánimo para la empresa científica, formas democráticas de gobierno cívico, etc. Cuando realmente comprendemos la enorme compuerta de gracia que se abrió para nosotros porque Jesús vino a tocar la puerta en Wittenberg, el Día de la Reforma (el 31 de octubre) se transforma en un día de acción de gracias: un día para darse un banquete de celebración o quizás para ayunar y orar por otra detonación de reforma en nuestras vidas, iglesias y naciones.

¿Está Jesús tocando tu puerta?

Es más, dada la prosperidad que la mayoría de nosotros en Occidente estamos experimentando y el árido clima espiritual que la mayoría de nosotros vivimos, quizás la mejor manera en la que podemos observar el Día de la Reforma es hacer una introspección seria y con mucha oración. ¿Hemos permitido que el mismo tipo de apatía laodicense se instale en nuestras iglesias? Sabemos que porciones significativas de la iglesia occidental están enfermas de varias herejías. ¿Esto provoca que oremos fervientemente? Debemos preguntarnos: ¿Jesús está tocando (o golpeando) nuestra puerta? ¿Lo estamos escuchando? ¿Lo estamos ignorando o incluso resistiendo? ¿Estamos tolerando y justificando algunos ídolos? Un claro síntoma de idolatría es la tibieza espiritual. La tibieza típicamente no se siente como un grave peligro. Puede sentirse como algo tolerable e incluso casi una malicia agradable; sin embargo, es mortífera. En este estado no nos damos cuenta cuán desdichados, penosos, pobres, ciegos y desnudos estamos. Porque Jesús ama a pecadores como nosotros, cuando caemos en un estado así Él viene a tocar la puerta, fuerte. A menudo, al principio, no lo reconocemos como Él porque puede venir en la forma de un mensajero, a veces uno que no esperábamos. El golpe de sus duras palabras puede enojarnos y ponernos a la defensiva. Sin embargo, permitámonos escuchar con cuidado y bajemos la guardia. Las palabras duras son dolorosas, especialmente para nuestro orgullo. No obstante, Jesús (o su mensajero imperfecto) no está siendo malo ni está condenándonos. Es la amorosa disciplina de nuestro Salvador advertirnos. La tibieza se trata de una idolatría que amenaza la vida. La cura para nosotros es ser «celosos y arrepentirnos» (Ap 3:19). Si Jesús está tocando nuestra puerta, recibámoslo completamente para que podamos comer con Él y Él con nosotros (Ap 3:20). Aceptar su invitación insuperable al gozo a través del arrepentimiento y de la reforma podría ser la manera más grande de celebrar el Día de la Reforma.
Jon Bloom © 2015 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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Jesús también tuvo familiares incrédulos
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Jesús también tuvo familiares incrédulos

¿Tienes, como yo, familiares que no creen en Jesús? Si es así, tenemos buena compañía: Jesús también los tuvo, y creo que esto tiene el propósito de darnos esperanza. Según el apóstol Juan: «ni aun sus hermanos creían en él» (Jn 7:5). Eso es increíble. Quienes habían vivido con Jesús por 30 años realmente no lo conocían. Ninguno de los hermanos de Jesús es mencionado como discípulo en su ministerio previo a la crucifixión. No obstante, después de su resurrección y ascensión, están en el aposento alto adorándolo como Dios (Hch 1:14). ¿Por qué no creyeron? ¿Qué los hizo cambiar?

Un hermano perfecto

La Biblia no responde la primera pregunta. Sin embargo, apuesto que fue difícil tener a Jesús como hermano. En primer lugar, Jesús no tuvo par en intelecto y sabiduría. Sorprendía a los rabinos del templo a los 12 años (Lc 2:42, 47). Un hermano pecador, caído y superdotado puede ser difícil de seguir. Imagina a un hermano perfecto y superdotado. En segundo lugar, el carácter moral consistente y extraordinario de Jesús debió haberlo hecho una persona extraña y debió haber sido desconcertante haber estado cerca de él. Probablemente, sus hermanos habrían estado muy conscientes de sí mismos alrededor de él, conscientes de sus motivaciones y comportamientos pecaminosos y egocéntricos, mientras notaban que Jesús no parecía exponer nada por sí mismo. Para pecadores, vivir con eso podría haber sido difícil. En tercer lugar, Jesús era profunda y únicamente amado por María y José. ¿Cómo no haberlo tratado diferente? Ellos sabían que él era el Señor. Imaginen su extraordinaria confianza y respeto hacia Jesús a medida que crecía. Sin duda, los hermanos habrían percibido que la envergadura de la relación entre el hijo mayor y sus padres era diferente de la que ellos experimentaron. Cuando intercambiaban historias familiares, habría sido difícil coincidir la aparición de una estrella en el nacimiento de su hermano. Jesús aventajó a sus hermanos en toda categoría. ¿Cómo podría cualquier con una naturaleza pecaminosa activa no resentir ser eclipsado por un hermano fenómeno? La familiaridad crea desprecio cuando el orgullo gobierna el corazón. Detrás de las palabras de Jesús, debió haber habido más dolor del que imaginamos: «No hay profeta sin honra, sino en su propia tierra y en su casa» (Mt 13:57).

Poder a través de testigos débiles

Por tanto, a medida que evaluamos el rol que nuestro testimonio débil y torpe desempeña en la incredulidad de nuestros familiares, recordemos a Jesús (ni siquiera el testigo perfecto garantiza que nuestros seres queridos verán y aceptarán el Evangelio). Debemos humillarnos y arrepentirnos cuando pecamos. Pero recordemos que el dios de este mundo y el pecado que mora en nosotros es lo que enceguece la mente de los incrédulos (2Co 4:4). La historia de los hermanos de Jesús en realidad puede darnos esperanza para nuestros seres amados. En el momento que sus hermanos afirmaban que Jesús estaba «fuera de sí» (Mr 3:21), habría parecido muy improbable que se convertirían en sus discípulos. Sin embargo, ¡al final sí lo hicieron! Y no solo seguidores, sino que líderes y mártires de la iglesia primitiva.
Pues Dios, que dijo: «De las tinieblas resplandecerá la luz», es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Cristo (2Co 4:6).
Por tanto, ¡anímense! No dejen de orar por sus familiares incrédulos. No tomen su resistencia como la palabra final. ¡Puede que crean y sean usados significativamente en el Reino! Mientras resisten, o si aparentemente fallecieron sin creer, podemos confiarlos al Juez de toda la tierra que es perfectamente justo (Gn 18:25). Jesús no promete que todos los padres, todos los hermanos o todos los hijos de un cristiano creerán, pero dolorosamente sí promete que algunas familias se dividirán por él (Mt 10:34-39). Podemos confiar en él cuando eso suceda.

Sus hermanos creyeron

Es conmovedor escuchar a Santiago referirse a su hermano como «nuestro glorioso Señor Jesucristo» (Stg 2:1). ¿Puedes imaginarte lo que esa frase significó para Santiago? El «glorioso Señor» un tiempo durmió junto a él, comió en su mesa, jugó con sus amigos, habló con él como un hermano, soportó su incredulidad, pagó la deuda de su pecado y luego lo llevó a la fe. Pudo haber tomado 20 a 30 años de testimonio fiel y en oración del Hijo de Dios, pero el milagro ocurrió: sus hermanos creyeron. Que el Señor de gloria conceda la misma gracia para tus amados no creyentes.
Jon Bloom © 2012 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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Sé generoso con el dinero de tu Amo
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Sé generoso con el dinero de tu Amo

Jesús le contó una vez a sus discípulos una extraña parábola en la que usó a un mayordomo infiel como ejemplo sobre cómo debemos ser astutos con nuestro dinero. ¿Qué quiso decir? Imagina sus discípulos Simón (el zelote) y Mateo (el cobrador de impuestos) discutiendo esta parábola. «Mateo, tú sabes más sobre estas cosas que yo. ¿Por qué el Maestro elogió la astucia del mayordomo infiel?». La pregunta de Simón dolió un poco y la mirada de Mateo lo decía. «Oh, no quise decirlo de la manera en que sonó», dijo un avergonzado Simón. Era poco probable que Simón y Mateo fueran amigos; no se habían caído muy bien en el principio. Simón había sido un zelote con un odio letal a los romanos. Una vez se había jurado a sí mismo involucrarse en la sagrada causa de sacarlos de Israel. No obstante, aún más que a los romanos, Simón odiaba a los judíos que ayudaban al emperador a subyugar y a saquear al pueblo de Dios. Judíos como Mateo. Mateo había recaudado impuestos para Roma (y para sí mismo). Él simplemente lo había visto como un movimiento de mayordomía y carrera lucrativa. Antes de que Jesús lo llamara de su puesto, Mateo había tenido cero tiempo para el idealismo de los necios zelotes como Simón. Lo suyo era una ilusión utópica (un puñado de judíos enojados que enfrentaban a las legiones del César). Era un deseo de muerte, una cita con una cruz romana. Ahora, el exzelote y el exrecaudador de impuestos eran íntimos amigos. Solo Jesús podría haber hecho que eso sucediera. «¿Qué quisiste decir?», preguntó Mateo. «Solo quise decir que… tú solías ser...». «¿Un astuto mayordomo infiel?». «No estoy diciendo que tú eras igual que...». «Deja de trabarte, Simón», dijo Mateo, dejando de lado los vestigios de su orgullo. «Yo era en todo aspecto igual de astutamente deshonesto e incluso peor. Lo sé. Es solo doloroso recordar lo que solía ser. Entonces, ¿qué amo dices tú que recomendó al mayordomo?». «Bien, ahí es donde estoy confundido», respondió Simón. «Casi sonó como si Jesús recomendaba las acciones autoprotectoras del mayordomo. Sin embargo, sé que eso no es correcto. ¿Cómo se supone que este corrupto sinvergüenza deba ser un ejemplo para “los hijos de luz”?». Mateo sonrió y dijo: «generosidad». «¿Generosidad?», dijo Simón incredulamente. «¡La única cosa con la que fue generoso fue con el dinero de su amo!». «Exactamente. Simón, ese es el punto de nuestro Amo. El mayordomo usó el dinero de su amo para ganar el favor de aquellos que podrían proveerle un lugar para vivir cuando él perdiera su trabajo». «¿Y se supone que eso es una cosa buena?», dijo Simón, confundido. «No, Jesús no está diciendo que la deshonestidad del hombre fuera buena. Él está diciendo que, como un “hijo de este mundo”, el hombre sabía cómo funciona este mundo. Él usó la astucia del mundo para no quedarse sin casa, e incluso su amo terrenal apreció su ingenio. Jesús está diciendo que los “hijos de luz” necesitan ser al menos igual de astutos sobre cómo funciona el Reino». «Lo cual es completamente diferente», dijo Simón. «Completamente», concordó Mateo. «Pero lo que hacemos es similar a lo que hizo el mayordomo infiel». «Quieres decir que somos generosos con el dinero de nuestro Amo». «Correcto».  Simón pensó por un momento. «Entonces, en un sentido es otra manera de decir: “Vendan sus posesiones y den limosnas”, para que así tengamos “un tesoro en los cielos que no se agota” (Lc 12:33). Astutos “hijos de luz” que regalan “riquezas injustas” y se hacen amigos de Dios, quien es nuestra morada eterna (Dt 33:27)». «Exactamente. Esa es la astucia financiera que recomienda nuestro Maestro».
Nuestro Amo celestial nos ha hecho a todos mayordomos de «riquezas injustas» (Lc 16:9). Como dice John Piper en uno de sus sermones [disponible solo en inglés]:
Las posesiones de dinero en este mundo son una prueba para la eternidad. ¿Puedes pasar la prueba de fidelidad con tu dinero? ¿Lo usas como un medio para demostrar el valor de Dios y el gozo que tienes al apoyar su causa? ¿O la manera en que lo usas demuestra que realmente disfrutas las cosas y no a Dios? (Cómo prepararnos para recibir a Cristo).
Todas estas son preguntas que debemos hacernos a nosotros mismos, porque Jesús quiere que seamos astutos con nuestro dinero (Lc 16:8-9). La astucia del Reino se ve así:
No temas, rebaño pequeño, porque el Padre de ustedes ha decidido darles el reino. Vendan sus posesiones y den limosnas; háganse bolsas que no se deterioran, un tesoro en los cielos que no se agota, donde no se acerca ningún ladrón ni la polilla destruye. Porque donde esté el tesoro de ustedes, allí también está su corazón (Lucas 12:32-34).
Jon Bloom © 2014 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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El único día más importante en la historia
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El único día más importante en la historia

Es domingo, 5 de abril, 33 d.C. Este día cambiará el curso completo de la historia del mundo más que cualquier otro día previo o posterior, aunque solo un puñado de personas sabrá esto al final del día. En una antigua y árida ciudad del Cercano Oriente, ese día ocurrirá un evento singular, desencadenando un movimiento tan fascinante, tan perdurable, tan influyente, tan imparable que dos mil años y miles de millones de adherentes después, aún estará creciendo, más rápido que nunca, mientras que el poderoso imperio que atestiguaba su nacimiento llevará mucho tiempo como antiguas ruinas. Este movimiento dará forma a naciones, abarcará océanos, dará nacimiento a universidades, inaugurará hospitales, transformará tribus de los lugares más remotos del mundo, y contarán, leerán y cantará sobre él en más idiomas que cualquier otro movimiento religioso por mucho. Ese excepcional evento: el cuerpo de Jesús de Nazaret saldrá de su tumba. 

Las mujeres

El saliente sol está coloreando el cielo de morado y azul; las nubes altas, de rojo y anaranjado. Un grupo de mujeres caminaba en las oscuras y silenciosas calles de Jerusalén. Ellas se dirigían hacia el jardín de la sepultura. Pocas palabras se comparten; no meramente para mantener un bajo perfil, sino que nadie tiene el coraje para hablar. La realidad, el horror, el dolor y la desorientación de la muerte de Jesús vuelve a nacer en ellas mientras más se acercan a su tumba. El viernes, estas fieles mujeres habían estado velando la brutal ejecución de Jesús y permanecieron lo más cerca posible a él hasta que la roca selló su tumba. No obstante, José y Nicodemo apenas alcanzaron a sepultar al Señor antes de que comenzara el sábado al anochecer. Simplemente, no hubo tiempo para ungir el cuerpo apropiadamente. Estos devotos y valientes seguidores de Jesús tenían la intención de terminar su preciado y horrible trabajo esa mañana. Era mejor realizarlo antes de que la ciudad estuviera despierta y funcionando, para así evitar la no deseada atención. Una de las mujeres nota el gran problema de correr la roca que cerraba la tumba; otra, ora para que los guardias romanos muestren misericordia y las ayuden.

Los guardias

Sin ellos saberlo, los guardias no están en una posición para ayudarlas. Se encuentran en la residencia del sumo sacerdote describiendo frenéticamente su aterradora experiencia a Caifás, a Anás y a un grupo de miembros del Sanedrín. «¡La tierra tembló! ¡Un ser brillante parecía descender desde los mismísimos cielos! ¡Quitó la roca como si fuera nada y se sentó sobre ella!». Todos habían colapsado de terror. Caifás el saduceo escucha, con los ojos cerrados, frotándose la frente con la mano izquierda. Estos empedernidos hombres no pueden creer de verdad tal supersticiosa locura. Él sospecha que detrás de esta sobrenatural película de terror hay un incumplimiento en la ejecución de su trabajo. Él sabe que realmente están aterrados de las órdenes de ejecución de Pilato cuando descubra lo que pasó. Los guardias rogaron por protección. Caifás piensa que en realidad esto puede ser útil. Los miembros del Concilio consultan. Claramente, habían subestimado el alcance de este elaborado engaño del Mesías. Deben adelantarse en la historia, controlar la narrativa. Cuentos sobre un Mesías resucitado se tomarán las calles con una multitud ignorante que exigirá una revolución. Los fanáticos se aprovecharán lo que más puedan. Sangre judía fluirá desde las espadas romanas y Roma terminará con el liderazgo ineficaz del Concilio. La palabra se esparcirá inmediatamente: los discípulos de Jesús robaron su cuerpo. Es la única explicación razonable y los guardias no deben ser perjudicados. Los necesitaremos como testigos defensores para dar la explicación razonable. Pilato entenderá esta necesidad, en vista del potencial carácter explosivo del momento.    Los miembros del Concilio desmitifican los eventos matutinos de los soldados y explican la urgencia de la situación. Se requiere su cooperación por el bien de todos. Se entrega una compensación económica por su «problema», junto con una promesa de que si ayudan a evitar más problemas, no sufrirán ningún daño de parte del gobernador. Si las explicaciones del Concilio no convencen a los guardias, definitivamente sí estarán muy agradecidos de la protección del Concilio.

La tumba

Una vez en el jardín, las mujeres se dan cuenta de que las cosas no están bien. En primer lugar, no hay guardias. Luego ven que la roca del sepulcro encierra un problema completamente diferente del que temían: ha sido bruscamente empujada hacia un lado. La entrada del sepulcro está muy abierta, al igual que las bocas de las mujeres. Se quedan paralizadas por un momento en confusión y miedo. Entonces, María Magdalena camina hacia la entrada y da un paso hacia adentro; las otras la siguen tímidamente. Ella solloza con un grito ahogado. «El cuerpo de Jesús ya no está», —reporta—. A toda prisa, dejando a un lado sus especias, dice que debe contarle a Pedro, y se va corriendo. Las otras se miran entre ellas y luego miran la tumba. La otra María las guía hacia adentro. Quizás encuentren pistas de lo que sucedió. De pronto, aparecen de la nada dos hombres, y las mujeres se caen de miedo. Los hombres están vestidos de un blanco enceguecedor. Las mujeres habrían protegido sus ojos de no haberlo hecho ya por el terror que sintieron. Los hombres les hablan al unísono de manera poderosa y extrañamente consoladora:
«¿Por qué buscan entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado. Acuérdense cómo les habló cuando estaba aún en Galilea, diciendo que el Hijo del Hombre debía ser entregado en manos de hombres pecadores, y ser crucificado, y al tercer día resucitar» (Lc 24:5-7).
Repentinamente, los hombres habían desaparecido. Las mujeres levantaron sus ojos vacilantes. ¿Acaso acaba de suceder esto? Se daban miradas aturdidas entre ellas por lo que no habría sido creído si no hubieran experimentado esto juntas. ¿Dijeron que Jesús resucitó? ¿Vivo? Ahora, ellas deben contarle a Pedro.

Los discípulos

Cuando María Magdalena llega a la guarida de los discípulos, se asegura de que nadie esté mirando, y luego toca la puerta. Juan la deja entrar. Ella pregunta por Pedro. Hay conmoción en sus ojos y pánico en su voz. Pedro da un paso para acercarse y ella habla bajo. Había estado en la tumba; está abierta; ¡el cuerpo de Jesús no está! ¡Tampoco están los guardias! La sangre brotaba del rostro de Pedro. Sale corriendo y Juan salió tras él. María continúa y no puede contener las lágrimas. Lo mataron, ¡por favor! ¿Acaso no lo pueden dejar de molestar, incluso ahora? Mientras tanto, las otras mujeres, toman un camino indirecto hacia la guarida de los discípulos, intentando no llamar la atención. Tocaron la puerta y las dejaron pasar. También preguntaron por Pedro. «Se fue, al igual que Juan». «¿Qué está pasando?» Contaron su extraordinaria historia a los nueve que estaban ahí. Sin embargo, los hombres no dicen nada. Solo miran de vuelta con expresiones de incredulidad e incomodidad. Esta historia es un cuento de hadas. Juan llega a la tumba primero que Pedro. Se detiene afuera y escudriña este sagrado lugar de muerte profana. Pedro llega segundos después y entra de golpe. Juan, envalentonado, lo sigue. No tenía sentido con lo que se encontraron. Claramente esta no era obra de ladrones de tumbas ni de vándalos. ¿Por qué alguien tomaría el cuerpo? Quizás lo cambiaron a otra tumba. Entonces, ¿por qué dejaron las vendas de sepultura? ¿Por qué el cuidado de doblar la toalla de cara? ¿Dónde están los guardias? Salieron perplejos y preocupados y pasaron por el lado de María que estaba apoyada en la roca, llorando en silencio.

El Señor

Después de un par de minutos, María se hace a un lado y escudriña la tumba. Da un grito ahogado nuevamente. Dos hombres en blanco brillante estaban sentados en el lecho de muerte. Le hablaron al unísono de manera poderosa y extrañamente consoladora: «¿Por qué lloras?» Pasmada y confundida, María tartamudeó: «se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han dejado». Un ruido la asustó desde atrás. Ella se da vuelta. Un hombre está de pie a un par de metros. Una extraña sensación se posó sobre ella. ¿Quién es? ¿El jardinero? «Señor, si se lo ha llevado, dígame dónde lo ha dejado y me lo llevaré». Él la mira con una intensidad familiar. «María». Se abrieron sus ojos y su boca de par en par. Ella identifica su sensación extraña: ¡reconocimiento! ¡Es el Señor! «Rabí». Así comienzan las apariciones. Un poco tiempo después se le aparece a Pedro (Lc 24:34; 1Co 15:5). En la tarde, pasa tres horas con otros dos discípulos de camino a Emaús, dándoles una lección sobre la historia redentora, solo revelándoles su identidad en la cena (Lc 24:13-35). En la noche, se le aparece a todos los discípulos, menos a uno (Lc:36-43; Jn 20:19-23).

La explicación más razonable

Así terminó el único día más importante en la historia. Y así comenzó el único movimiento más influyente de la historia. Lo ames o lo odies, el mundo no ha visto nada igual. El extraordinario evento que coronó la grandeza de ese día, que lanzó al movimiento irreprimible, fue la salida de la tumba de Jesús de Nazaret. Podríamos preguntarnos: ¿hubo alguna salida en primera instancia? ¿O la historia completa es igual de legendaria como la del conejo de Pascua? Pocos historiadores creíbles niegan la existencia de Jesús o su ejecución. La evidencia histórica es demasiado convincente; al igual que la evidencia histórica de que su tumba se encontró vacía. Podríamos preguntarnos: ¿Jesús salió de la tumba como un cuerpo robado? Esta idea es menos creíble que la que dice que todo fue una leyenda. Las autoridades judías y romanas tenían todo el poder, todos los recursos y toda la motivación para rastrear un cuerpo o una evidencia convincente y testigos, pero nunca pudieron hacerlo. Nunca llegaron más allá de una aseveración ni pudieron silenciar a los testigos convincentes de su resurrección. Es extremadamente poco probable que estos testigos estuvieran mintiendo, considerando que casi todos los que aseguraban haber atestiguado la aparición de Jesús ese extraordinario domingo sufrieron muertes horribles debido a sus afirmaciones. Entonces, ¿Jesús salió de la tumba como el Señor resucitado de vida? Al considerar la debilidad de las otras opciones posibles, mientras más la miramos, sorpresivamente esta se convierte en la explicación más razonable, al hacer de esta pregunta una inquietante. Algo simplemente asombroso sucedió ese día. La afirmación más extraña y menos probable si no sucedió realmente (que Jesús salió de la tumba vivo, como testificaban los testigos) ha sobrevivido y superado cada intento (a menudo brutal) para refutarla o acallarla. La iglesia que Jesús estableció se ha esparcido, contra todo pronóstico, en todo el mundo, tal y como él dijo que sucedería. Lo que sea que esto sea, no es un asunto de leyenda ni de mentira. Esa tumba vacía, después de todos estos años, tiene más influencia que nunca. Se rehúsa a dejar el escenario de la atención del mundo. Mira seriamente a la tumba vacía y reflexiona en las palabras de los ángeles: «¿Por qué buscan entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado» (Lc 24:5-6). Luego, considera las palabras de Jesús: «No seas incrédulo, sino creyente» (Jn 20:27).
Jon Bloom © 2018 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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¿Trabajas cuando deberías descansar?
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¿Trabajas cuando deberías descansar?

A menudo, Jesús nos llama a descansar en las áreas de la vida en donde nuestra carne quiere trabajar, y nos llama a trabajar en las áreas de la vida en las que la carne quiere descansar. El Evangelio es una obra ingeniosa de ingeniería salvífica. El Ingeniero sabía lo que estaba haciendo. El Evangelio resulta ser una buena noticia para nosotros precisamente en maneras en que más lo necesitamos. Si confías en él, el Evangelio simultáneamente nos libera de la desesperación de intentar salvarnos a nosotros mismos por medio de nuestro propio esfuerzo, mientras que también obra para liberarnos de la desesperación del pecado que permanece en nosotros.

Sin embargo, las mejores noticias para nuestras almas a menudo no se sienten como buenas noticias para nuestra carne.

Descanso por medio del arrepentimiento

Escuchamos el llamado de Jesús a descansar en Mateo 11:28-30:

«Vengan a mí, todos los que están cansados y cargados, y yo los haré descansar. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que yo soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es fácil y mi carga ligera».

Pocas palabras son más hermosas, maravillosas, consoladoras y atractivas. Sin embargo, si queremos entenderlas verdaderamente, necesitamos leerlas en el contexto. En Mateo 11:7-18, escuchamos a Jesús desafiar a la multitud que lo escuchaba con que muchos de ellos estaban rechazando a ambos, a Juan el Bautista y a Jesús. Los más ascéticos a Juan el Bautista como demoníaco (Mt 11:18) y los más indulgentes a Jesús como un degenerado (Mt 11:19). Él dijo que eran como niños descontentos y volubles, porque «les tocamos la flauta, y no bailaron; entonamos endechas, y no se lamentaron» (Mt 11:17). Tanto Juan como Jesús estaban invitando a las personas a recibir el regalo de la vida eterna por medio del arrepentimiento y la fe en Jesús (Jn 3:16, 36), pero se rehusaban a ir a Jesús para tener vida (Jn 5:40).

Ven y descansa

Entonces, escuchamos a Jesús pronunciar duras reprimendas contra Corazín, Betsaida y Capernaúm, ciudades en las que él había predicado y realizado «obras poderosas», porque no se arrepentían (Mt 11:20-24). De la misma manera, ellos se rehusaban a ir a Jesús para tener vida. Es aquí donde escuchamos a Jesús pronunciar su gran invitación: «Vengan a mí todos los que están cansados y cargados, y yo los haré descansar». No obstante, también nos dice que solo «los niños» (los humildes y los indefensos) la aceptan, mientras que los «sabios y entendidos» la rechazan (Mt 11:25). ¿Por qué? Porque recibir el descanso en el Evangelio que Jesús ofrece requiere que nosotros confiemos completamente en él y le devolvamos el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, frenando la obra malvada de intentar ser Dios (Gn 2:17; 3:5). Debemos dejar de intentar expiar nuestros propios pecados. Debemos dejar de intentar calificar para el cielo u obtener la aprobación de Dios por nuestros propios méritos. Debemos dejar de poner a Dios a prueba y debemos dejar de considerar que nos pertenecemos a nosotros mismos (1Co 6:19-20). Para ir a Jesús y encontrar el descanso que necesitamos con tanta desesperación es necesario rendir nuestra autonomía y los derechos que nosotros percibimos sobre todo. Ser de Dios significa que nosotros ya no somos dioses. Esto es algo que nuestra carne pecadora odia.

Ven y muere

Escuchamos el llamado de Jesús a trabajar en Mateo 16:24-26:
«Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí, la hallará. Pues ¿qué provecho obtendrá un hombre si gana el mundo entero, pero pierde su alma? O ¿qué dará un hombre a cambio de su alma?».
El llamado de Jesús aquí es a una vida de trabajo redentor y sacrificio propio. Sin embargo, no es un trabajo de expiación, sino que de «la obediencia de la fe» (Ro 16:26). Es el tipo de trabajo que puede llevarse a cabo solo por aquellos que han recibido de Jesús el descanso de sus almas. Puesto que ellos confían en él y creen que recibirán todo lo que necesitan (Mt 6:33), toman su cruz diariamente y lo siguen al vivir vidas de trabajo amoroso (Lc 9:23). Esta es una manera de vivir al estilo Filipenses 2, teniendo la «misma actitud» de Jesús (Fil 2:2, 5): humilde; un corazón de servicio; sin querer alcanzar un estatus, poder, privilegio y admiración (cosas que los humanos aman tanto). Esto también es algo que nuestra carne odia, puesto que es tremendamente orgullosa, ama ser servida por otros, se considera a sí misma como más importante que otros y se aferra con tanta fuerza a las cosas a las que Jesús se rehusaba a aferrarse, por el amor que le tenía a su Padre y el amor a los rebeldes que él redimiría. Así como ir a Jesús por descanso en el Evangelio requiere rendir lo que tu carne pecadora ama, seguir a Jesús en el trabajo del Evangelio requiere rendir lo que tu carne pecadora ama.

El camino que lleva a la vida

Tanto el descanso que Jesús ofrece como el trabajo que él asigna requieren que vivamos por fe y muramos al pecado. Aunque a menudo la experimentemos como una guerra que se lleva a cabo en nuestros miembros del cuerpo entre el Espíritu y la carne (Ro 7:23), en «la buena batalla de fe» (1Ti 6:12) es donde aprendemos a negar nuestra carne pecaminosa (y, por consiguiente, a negar el camino de muerte) y escoger el Espíritu, el camino de la vida y de la paz (Ro 8:6) La vida cristiana es significativamente contraintuitiva. No es fácil; Jesús no prometió que iba a serlo. Es más, él dijo:
«Entren por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y amplia es la senda que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella. Pero estrecha es la puerta y angosta la senda que lleva a la vida, y pocos son las que la hallan» (Mt 7:13-14).
El camino es difícil, pero lleva a la vida; lleva al gozo; lleva a la libertad. Porque rendir nuestro deseo de ser dioses para que podamos convertirnos en propiedad de Dios y rendir nuestro deseo de ser gobernados por nuestro orgullo para que así podamos servir humildemente a los propósitos de Dios y al bien de otros, es comenzar a vivir ahora en «la libertad de la gloria de los hijos de Dios» (Ro 8:21). Este es un diseño ingenioso, llamándonos a descansar y a trabajar precisamente en maneras que nuestras almas más lo necesitan y, sin embargo, nuestra carne menos quiere. Es el Evangelio puro, pues su propósito es para nuestra libertad. «Si el Hijo [nos] hace libres, [nosotros seremos] realmente libres» (Jn 8:36). Encontraremos descanso para nuestras almas y tendremos vidas espiritualmente fructíferas.
Jon Bloom © 2018 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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La luz que brilla en Halloween
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La luz que brilla en Halloween

En la iglesia cristiana, existe un poco de ambivalencia respecto a Halloween. Algunos cristianos lo ven como una festividad inofensiva en la que hay disfraces y dulce diversión; otros, creen que en ese día se trivializa (o peor aún, se celebra) una festividad satánica. Probablemente, les interesaría saber que algunos de los paganos modernos más fundamentalistas (los Wicca) también se rehúsan a celebrar Halloween porque trivializa sus creencias.

Sin embargo, Halloween, que más tarde también se convirtió en el Día de la Reforma, es un momento para celebrar y apuntar hacia la Luz que brilla en la oscuridad del mundo (Jn 1:4).

Un resumen sobre la historia de Halloween

El origen de Halloween no es muy claro, pero es probable que tenga sus primeras raíces en el antiguo festival pagano celta de Samhain (cuya pronunciación es «sou-en»), en el que los celtas de Irlanda, de Gran Bretaña y del norte de Francia celebraban el fin de la cosecha y el comienzo de su nuevo año el 1 de noviembre. Ellos creían que en la última noche del año (el 31 de octubre), los espíritus de los muertos salían a perseguir a los vivos, por lo cual los vivos dejarían comida y vino en las puertas de sus casas para apaciguar a esos espíritus y así protegerse de ellos. Si tenían que salir de la casa, usaban máscaras para engañar a los espíritus malignos. En el siglo IX, el Papa Gregorio IV cambió la fiesta del «Día de Todos los Santos» del 13 de mayo al 1 de noviembre. Si su propósito fue incluir el festival celta de Samhain, sin duda lo logró. En la Edad Media, comúnmente, las vigilias se realizaban la noche anterior a los días de festividad de la iglesia anglocatólica[1], por lo que era normal que se hiciera una en la noche del Día de Todos los Santos. Con el tiempo, se comenzó a conocer como All HallowsEve [La víspera del Día de Todos los Santos] (puesto que hallows es una palabra en inglés antiguo que significa «santos») o como los escoceses lo pronunciaban, Hallowe’en. La tradición en la que los jóvenes que se disfrazan para divertirse en Halloween nació en el siglo XVI en Gran Bretaña. Se le llamaba guising [disfraz]. Estos amantes de la entretención iban de casa en casa cantando, recitando poemas o contando chistes a cambio de «dulces». La tradición de «dulce o travesura» como la conocemos hoy comenzó esencialmente como un avivamiento del guising entre los inmigrantes irlandeses y los escoceses a fines del siglo XIX en Norteamérica y fue completamente aceptada por la cultura popular al final de la década de los cuarenta.

La oscuridad espiritual y el miedo a la muerte

Si aún hay una conexión entre las tradiciones de «dulce o travesura» que existen en la actualidad y las supersticiones de la antigua festividad pagana de Samhain, es muy débil. Sin embargo, lo que no es débil es el miedo humano a la muerte, pues es más fuerte que nunca. Los antiguos celtas buscaban esconderse de los muertos el 31 de octubre al usar máscaras y los occidentales modernos y progresistas de hoy se esconden de ella al usar el entretenimiento, todo el tiempo. A las personas siempre les ha aterrado la muerte, y por una buena razón, puesto que es el precio de nuestro pecado impuro demandado por un Dios santo (Ro 3:23). Y aunque por nuestra propia insensatez pecaminosa (Ro 1:21) y ceguera satánica (1Co 4:4) fallamos en ver y en honrar a Dios, nosotros humanos caídos tenemos una consciencia programada y tememos a lo numinoso. Sabemos instintivamente que existen realidades espirituales y tenemos un miedo fatal a lo oscuro y a lo malvado. En realidad, esto hace de Halloween un momento maravilloso para la misión que los cristianos debemos aprovechar. Todas las raíces históricas de Halloween, paganas y religiosas, son recordatorios de que los pecadores necesitamos la salvación de la condenación y la vida eterna que Cristo ofrece. ¡Él es la luz que brilla en esta oscuridad en la que vivimos y las tinieblas no han podido extinguirla (Jn 1:4-5)! ¿Qué esfuerzo para escapar de la muerte y la maldad espiritual puede comprarse con el Evangelio que declara que Cristo vino «para anular mediante la muerte el poder de aquél que tenía el poder de la muerte, es decir, el diablo, y librar a los que por el temor a la muerte, estaban sujetos a esclavitud durante toda la vida» (Heb 2:14-15)?

Después de la oscuridad, la luz

De hecho, creo que transformar Halloween de un recordatorio de la oscuridad de la muerte en una celebración de la luz del Evangelio es exactamente la razón por la que Dios escogió el 31 de octubre (del año 1517) como el día en el que el martillo de Martín Lutero desencadenara la renovación del Evangelio y su proclamación global que se conoció como la Reforma. En los siglos anteriores, Satanás había estado obstruyendo lentamente el Evangelio, y por lo tanto a la iglesia, con el tóxico humo de la falsa enseñanza. No obstante, con el golpe del martillo de Lutero se lanzó un viento poderoso del Espíritu Santo que comenzó a limpiar el aire espiritual. La iglesia no solo volvió a respirar el oxígeno del Evangelio, sino que también se multiplicó y se expandió por el mundo, lo que continúa sucediendo a una velocidad sin precedentes en la actualidad. Halloween ahora es santo con aún más razón, puesto que también es el Día de la Reforma. Es un día de profundo agradecimiento para los cristianos, un día para «[acordarse] de sus guías que les hablaron la palabra de Dios, y considerando el resultado de su conducta, imiten su fe» (Heb 13:7). El 31 de octubre no es solo un día para recolectar dulces en la noche disfrazados para que los niños se diviertan; es un día para que nosotros les compartamos el dulce Evangelio de la Luz del mundo y los ayudemos a recordar que la razón por la que nosotros ahora conocemos el Evangelio se debe a que nuestros antepasados del Evangelio permanecieron valientes en la verdad bíblica. Los reformadores adoptaron como su consigna la frase en latín post tenebras lux (después de la oscuridad, la luz). Es una consigna perfecta para el Día de la Reforma/Halloween, puesto que «El pueblo que andaba en tinieblas ha visto gran luz…» (Is 9:2), «la luz del mundo» (Jn 9:5), y quien la siga «no andará en tinieblas, sino que tendrá la Luz de la vida» (Jn 8:18). Aquellos que se refugian en Jesús ya no deben temer a la muerte o a los demonios. No hay nada más dulce que nosotros podamos darles a nuestros hijos y a nuestros vecinos el 31 de  octubre que esta noticia.
Jon Bloom © 2014 Desiring God Foundation. Publicado originalmente en esta dirección.  — Usado con permiso.| Traducción: María José Ojeda

[1]  N. del E.: Iglesias anglicanas que enfatizan los rituales tradicionales, la formalidad y el uso estricto de liturgia en base a las prácticas de la iglesia en Inglaterra antes de la Reforma.

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Dios descansó en el séptimo día
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Dios descansó en el séptimo día

El sábado 4 de abril del año 33 d. C. comenzó para los judíos, lo que sería para nosotros, a las seis en punto de la tarde del viernes. Era el día de reposo, el séptimo día de la semana, que Dios había ordenado consagrar en la ley de Moisés como un día de descanso en conmemoración del día en que Dios descansó de su creativa obra cósmica (Éx 20:8). Este sábado era uno importante, pues era la Pascua, la gran fiesta que Dios ordenó que celebraran en la ley de Moisés en memoria de la noche en la que la sangre de un cordero inocente fue derramada para proteger al pueblo de Dios de su ángel de juicio letal en Egipto (Éx 12). Sin embargo, nadie comprendía aún que este sábado era mucho más importante que cualquiera de los que observaron desde aquel ancestral día de descanso santo de Dios. Y aun nadie comprendía que esta Pascua era incluso mucho más santa que la primera (la Pascua egipcia fue, en realidad, una sombra que anunciaba esta Pascua perfecta).

Dios terminó su obra

A las seis en punto, el Cordero Pascual de Dios ya llevaba muerto tres horas, después de haber sido masacrado en una cruz fuera de la ciudad. Rastros frescos de su sangre sacrificial todavía marcaban los momentos de agonía y de horror en el palacio del gobernador, en el camino a la cruz y en el oprobioso cerro, cuyo nombre significa «Lugar de Calavera». En la tarde del viernes, el cuerpo del Cordero había sido osadamente asegurado por un miembro del Sanedrín bajo las órdenes de Pilato. Este Sanedrín era el mismísimo concilio que había conseguido que Pilato entregara al Cordero para ser ejecutado. Con el fin de consagrar el sábado más importante, un miembro compasivo del Sanedrín, con la ayuda encubierta de otro, rápidamente pusieron al Cordero asesinado en criminal deshonra en una tumba de honor aristocrático (Mt 27:57-60; Jn 19:38-42). Fue un vuelco más de ironía providencial. Otro cumplimiento más de profecía divina (Is 53:9). Ahora, en el más importante de los santos días de reposo, bajo un velo de lino, en un frío bloque de piedra detrás de una gran roca helada, yacía el cuerpo del Señor del sábado (Mt 12:8). Él había llevado a cabo la santa y horrible obra que su Padre le había pedido que realizara (Jn 5:17; 12:27). El Santo se había transformado en impiedad para que en él los impíos pudieran ser santos (2Co 5:21). Y como había pasado en la antigüedad, nuevamente, en el sexto día, él había pronunciado su parte de la obra del origen de la nueva creación «todo se ha cumplido» (Jn 19:30). Ahora, una vez más, «al llegar el séptimo día, Dios descansó porque había terminado la obra que había emprendido» (Gn 2:2). No fue una coincidencia que el cuerpo mortal del Verbo inmortal experimentara el descanso del rigor mortis en este sábado después de realizar su obra de supremo sacrificio. Sin embargo, éste era un descanso como ningún otro; fue un descanso inescrutable que sólo el único sabio Dios podía concebir (Ro 16:27): el descanso santo y deshonroso de la muerte maldita por el pecado del bendito, eternamente santo e inmortal Hijo de Dios. ¿Quién podría haber soñado con algo así? «¿Quién ha conocido la mente del Señor…?» (Ro 11:34). El Hijo, bajo la dirección del Padre, ciertamente hace todas las cosas bien (Jn 5:19; Mr 7:37).

El Señor del sábado

Incluso en ese momento de percibida debilidad suprema y de muerte corporal, la Vida (Jn 14:6) siguió siendo el Señor de ese sábado. Incluso en la muerte, él entregó descanso a sus seguidores y expuso a sus enemigos. Durante este santo sábado, él le dio descanso a las fieles mujeres que lo seguían (Lc 23:55-56). Se mantuvieron en vigilia junto a él durante la oscuras y tortuosas horas del Calvario y habían sido las únicas lo suficientemente valientes para acompañar a José y a Nicodemo a la tumba (Mt 27:61). Ellas planeaban volver a primera hora el domingo. Habían soportado un profundo dolor, pero serían las primeras en conocer el gozo de la Pascua. Jesús también proveyó restauración para sus tristes y atribulados discípulos, que se habían encerrado por temor y confusión (Jn 20:9). En el huerto, Jesús les había dicho, «duerman y descansen más adelante» (Mt 26:45)[1] y Jesús misericordiosamente les dio un día «más adelante» para descansar una vez más antes de ahogarlos con la sorpresa de la esperanza y del gozo de la resurrección y de enviarlos a una vida de trabajo que cambiaría al mundo para siempre. Irónicamente, aunque no fue una sorpresa, este importante y santo sábado no encontró ni a los sumos sacerdotes ni a los fariseos descansando. Después de decidir que el Hijo de Dios, que sanaba durante el sábado, debía ser asesinado (Jn 5:18) y después de haber alcanzado su objetivo, estos líderes se reunieron en el cuartel general de Pilato para trabajar activamente con el propósito de asegurar la tumba de Jesús con un guardia militar (Mt 27:62-66). El trabajo de sanar en el sábado era anatema, pero aparentemente el trabajo de colaborar con los paganos para mantener al Dios del sábado en su tumba no lo era. ¿Sería su furia homicida contra Jesús mayor si hubiesen sabido que, incluso mientras él descansaba bajo el seguro sello romano que pidieron, él estaba llevando a cabo la más grande sanidad que jamás se haya realizado? ¿Cuán abatidos quedaron cuando descubrieron al siguiente día que todo su trabajo durante el sábado no había prolongado su descanso de muerte? Este santo sábado terminó, los soldados mantenían la guardia, los discípulos estaban en una incertidumbre ansiosa, las mujeres amorosamente preparaban sus especias para el amanecer y el cuerpo del Cordero asesinado estaba despertando. El Señor del sábado estaba a punto de revelarse como la resurrección y la vida (Jn 11:25). Ninguna legión romana en el mundo podría haber mantenido esa tumba sellada.
Jon Bloom © 2016 Desiring God Foundation. Publicado originalmente en esta dirección. — Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda

[1] Este versículo fue traducido directamente de la versión ingles ESV (English Standard Version), la cual no tiene equivalente en español (N. de. T).
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¿Cómo deben comentar los cristianos en Internet?
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¿Cómo deben comentar los cristianos en Internet?

Leer los comentarios de las personas en Internet es un interesante y a veces inquietante estudio de la naturaleza humana. Leer comentarios de personas que profesan ser cristianos en sitios cristianos (al igual que en otros sitios) puede ser un estudio desanimante de teología aplicada. La naturaleza inmediata y deslenguada de los comentarios en sitios web y redes sociales es lo que a menudo puede hacerlos mínimamente útiles o incluso destructivos. Los comentarios pueden ser fácilmente desconsiderados. Es por eso que debemos tomar en cuenta la advertencia de Jesús: «Pero yo les digo que toda palabra vana que hablen los hombres, dará cuenta de ella en el día del juicio» (Mt 12:36). Esta advertencia hace que los comentarios sean un asunto serio para Dios.

¿Cómo debemos comentar?

Ocasionalmente: «En las muchas palabras, la transgresión es inevitable, pero el que refrena sus labios es prudente» (Pr 10:19). La Biblia nos aconseja a refrenar nuestros labios (que en el siglo XXI incluye los pulgares), porque el necio tiene muchas palabras (Ec 5:3). Seremos sabios si hacemos caso a su consejo. También es útil recordar que nuestra naturaleza pecaminosa nos da a todos un sentido exagerado de autosuficiencia. Sin embargo, la humildad del Evangelio nos lleva a estimar a otros como superiores a nosotros mismos (Fil 2:3). Quizás nuestras opiniones no son necesarias después de todo. Prudentemente: «Pero que cada uno sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para la ira» (Stg 1:19). Si un artículo o publicación nos enoja, nunca debemos escribir en el calor de la irritación. En ese marco de mente es muy difícil ser «amables [y] mostra[r] toda consideración para con todos los hombres» (Tit 3:2). Es mejor esperar y orar. Una hora o un día probablemente brindará un comentario más misericordioso, si es que se necesita uno en lo absoluto. Con gracia: «Que su conversación sea siempre con gracia, sazonada como con sal, para que sepan cómo deben responder a cada persona» (Col 4:6). Todas las cosas que se dicen fuera de la Biblia por humanos caídos, especialmente los estados de redes sociales rápidamente escritos, son limitados, deficientes y defectuosos. Todos nosotros leemos las cosas a través de los filtros de nuestra experiencia y perspectiva. Todos decimos e interpretamos las cosas de manera incorrecta. Por lo tanto, podemos tener gracia y ser pacientes, buscando asumir lo mejor de las personas.

¿Cuándo debemos comentar?

Para el cristiano, el propósito de decir cualquier cosa a cualquier persona en cualquier momento, ya sea con los labios o con las manos, es «para que imparta gracia a los que escuchan» (Ef 4:29). Por lo tanto, si discernimos que debemos comentar en la publicación de alguien, nuestra motivación debe ser impartirles gracia. Cuando decidimos que será bueno comentar, estas son un par de sugerencias de maneras de cómo impartir gracia: Agradece: dar gracias podría ser la mejor y más frecuente razón por la que debemos comentar. Si quien escribe aumenta nuestra comprensión y anima a nuestras almas o nos exhorta útilmente o nos advierte, expresar nuestra gratitud es apropiado para nosotros y da vida a quien lo escribió. No tiene que ser perfecto. Si nos fue de ayuda, podemos agradecer; si no nos ayudó, podemos decir nada. Anima: generalmente, para los humanos nos es más fácil criticarnos mutuamente que animarnos entre nosotros. A menudo esta respuesta es el orgullo pecaminoso que infecta nuestras habilidades de pensamiento crítico. Existen, fácilmente, cientos de críticos por cada persona animante. Como personas del Evangelio que buscan impartir gracia, los cristianos pueden usar los comentarios para animar y edificar al que escribe y a otros lectores (1Ts 5:11). Busca e identifica la gracia en un artículo o en una publicación. Clarifica: si una publicación es confusa o nos suena errónea, impartir gracia es primero hacer preguntas clarificadoras, en lugar de llegar a conclusiones inmediatamente. Una pregunta amable y perspicaz podría revelar el error de quien escribe o la malinterpretación del lector. Corrige (amablemente): corregir debe ser bastante raro. En general, pienso que se desperdicia demasiado tiempo armando críticas en comentarios y luego en defender esas críticas de comentaristas contrarios. Sin embargo, ocasionalmente un hecho manifiesto o un error doctrinal podrían ser lo suficientemente importantes para justificar una corrección. En esos casos debemos recordar la instrucción de Pablo:
El siervo del Señor no debe ser rencilloso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido. Debe reprender tiernamente a los que se oponen, por si acaso Dios les da el arrepentimiento que conduce al pleno conocimiento de la verdad (2Ti 2:24-25).
La humildad auténtica en el corazón y en el tono es esencial. Espera y ora hasta que puedas comentar de una manera que encaje con la exhortación de Pablo. No seas absorbido por «palabrerías profanas» que toma mucho tiempo con otras personas que comentan (2Ti 2:16). Deja el comentario en fe y no te ofendas si no recibes una respuesta. Si conoces al autor personalmente, evita corregirlo con un comentario público. Escríbele o llámalo en privado.

No inicies incendios

En resumen, recordemos esta seria palabra del apóstol Santiago:
También la lengua es un fuego, un mundo de iniquidad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, la cual contamina todo el cuerpo, es encendida por el infierno e inflama el curso de nuestra vida (Stg 3:6).
Santiago le escribió esta advertencia a cristianos. Los cristianos inician incendios en hilos de comentarios. No iniciemos incendios por medio de palabras descuidadas por las que seremos responsables. Al contrario, refrenemos nuestros labios/dedos y cuando hablemos, que solo sea para impartir gracia a quienes escuchan.
Jon Bloom © 2015 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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¿Cuán libre quieres ser realmente?
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¿Cuán libre quieres ser realmente?

¿Quiénes son las personas más libres en el mundo? Las personas que son las más libres del mundo. ¿Cuán libre eres? No estoy pidiendo que me des la respuesta correcta. Confío en que sabes que «para libertad fue que Cristo nos hizo libres» (Ga 5:1) y que «por tanto, ahora no hay condenación para los que están en Cristo Jesús» (Ro 8:1). Tú y yo sabemos que Cristo nos ha liberado de necesitar alcanzar «[nuestra] propia justicia derivada de la ley», puesto que se nos ha dado por la gracia de Dios el regalo gratuito de la «justicia que procede de Dios sobre la base de la fe» en Cristo (Fil 3:9); una gloriosa verdad alucinante. La pregunta real para ti y para mí es: ¿estamos viviendo realmente en la libertad que Cristo nos ha dado? Lo que Jesús compró y nos dio no es una categoría teológica abstracta de la que solo nos daremos cuenta después de haber muerto, sino que una realidad que gobierna la vida, que produce alegría, experiencial y radicalmente libre que comienza ahora. Él nos hace «realmente libres» para vivir en el mundo mientras estemos en el mundo (Jn 8:36). El secreto para experimentar esta libertad depende completamente de dónde está realmente para nosotros nuestro hogar.

La clave para vivir libres

Una y otra vez en el linaje piadoso de Hebreos 11, vemos personas que vivieron extraordinariamente libres aquí en la tierra. ¿Qué hizo a esa gran nube de testigos tan libre? Podríamos ser rápidos para responder: «¡fe!». Eso es cierto, por supuesto, pero no va lo suficientemente profundo. Puesto que todos viven por fe. «La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve» (Heb 11:1). Todos viven por fe en lo que creen que es verdad sobre la realidad, gran parte de lo que no pueden ver o demostrar personalmente. Todos los seres humanos están diseñados para vivir de esta manera. Lo que hizo a nuestros fieles antepasados libres fue en Quien creyeron finalmente (Heb 11:6) y dónde ellos creían que Él los estaba llevando: Porque los que dicen tales cosas, claramente dan a entender que buscan una patria propia. Y si en verdad hubieran estado pensando en aquella patria de donde salieron, habrían tenido oportunidad de volver. Pero en realidad, anhelan una patria mejor, es decir, la celestial. Por lo cual, Dios no se avergüenza de ser llamado Dios de ellos, pues les ha preparado una ciudad (Heb 11:14-16). Esa es la clave: deseaban una patria mejor; una celestial. Ellos realmente la deseaban porque realmente creían que existía. Ellos creían tanto en una mejor patria que estaban contentos de «[morir] en fe, sin haber recibido las promesas [terrenalmente], pero habiéndolas visto desde lejos y aceptado con gusto, confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra» (Heb 11:13). Fueron libres para hacer el mejor y el más difícil bien en el mundo porque fueron libres de necesitar pertenecer al mundo.

«Anden como libres»

La profundidad de la comprensión que tenemos de nuestra libertad en Cristo es revelada por cuán libres somos, como esos santos, para vivir como extraños y extranjeros en la tierra. Para saber dónde se encuentra nuestra libertad hay que ver nuestras búsquedas. La verdadera fe se manifiesta tanto en aquello que decimos con nuestros labios (Ro 10:9; Heb 13:15) y en la manera en que vivimos. Sí, las personas del pasado «[dijeron] tales cosas» (Heb 11:14). Sin embargo, ellos también vivieron tales cosas: Abel ofreció; Enoc anduvo; Noé preparó; Abraham obedeció, salió y ofreció; Sara concibió; Isaac y Jacob bendijeron; José instruyó; Moisés se rehusó, escogió, consideró, salió y celebró; los israelitas pasaron; Rahab no pereció (Heb 11:4-31). Y «el tiempo me faltaría para contar de Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, Samuel y los profetas» (Heb 11:32). Algunos de esos ejemplos son más loables que otros. No obstante, sus vidas de fe, su «obediencia de la fe» (Ro 16:26), aún habla, aunque ya ha pasado mucho tiempo desde que murieron (Heb 11:4). Esta es la razón por la que Pedro nos dice que «andemos como libres» (1Pe 2:16):
  • Somos libres para no vivir más como cautivos a los valores, a las afirmaciones, a los deseos y a las amenazas de este mundo, puesto que «no tenemos aquí una ciudad permanente» (Heb 13:14).
  • Somos libres para «anda[r] en el Espíritu y no cumpl[ir] los deseos de la carne» (Ga 5:16), puesto que «donde está el Espíritu del Señor, hay libertad» (2Co 3:17).
  • Somos libres para no «no acumu[lar] para [nosotros mismos] tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre destruyen, y donde ladrones penetran y roban; sino acumul[ar] [para nosotros mismos indestructibles] tesoros en el cielo» (Mt 6:16-20).
  • Somos libres para estar contentos en cualquier situación en la que nos encontremos, puesto que sabemos que nuestro Padre celestial suplirá todas nuestras necesidades (Fil 4:11, 19).
  • Y somos libres para morir, puesto que estar con Cristo en su patria celestial es «mucho mejor» que cualquier cosa que conozcamos aquí (Fil 1:23).

¿Cuán libre quieres ser?

Sí, toda esta libertad, y mucho más, está disponible para nosotros como cristianos. Sospecho que todos nosotros, sin importar cuán lejos estemos en la fe, admitiríamos que estamos viviendo bajo nuestra herencia. La pregunta ante nosotros es esta: ¿cuán libre queremos ser? Aquí es donde comenzamos a retorcernos. Nuestra carne no quiere ser libre del mundo. El pecado que permanece en nosotros es llevado a «la pasión de la carne, la pasión de los ojos, y la arrogancia de la vida» (1Jn 2:16). Perderlos se siente como perder la vida. A lo que Jesús dice: «El que ha perdido su vida por mi causa, la hallará» (Mt 10:39). Medita en esa oración, órala y deja que se demuestre todo el día. ¿Qué te muestra el Espíritu con la frase «ha perdido»? Es probable que las cosas que Él te lleve a la mente (las cosas que se sientan como que perdieras tu vida al dejarlas ir) están, en realidad, manteniéndote cautivo a este mundo e inhibiendo que vivas fructíferamente en los tipos de abundancia del Reino que Jesús quiere darte (Jn 10:10). ¡Respóndele al Espíritu! Jesús quiere que encuentres mayor libertad y vida real. Lo que sea que requiera, no te conformes con algo menos que la completa libertad que Dios tiene para ti. Busca con todas tus fuerzas correr la carrera sin obstáculos que Dios ha puesto ante ti, como aquellos que corrieron antes que tú, que libremente escogieron vivir como extraños y exiliados aquí porque la ciudadanía real está en el cielo. Puesto que aquellos que son los más libres en el mundo son los más libres del mundo.
Jon Bloom © 2019 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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Él lloró mientras lo recibían
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Él lloró mientras lo recibían

Te rogamos, oh Señor, sálvanos ahora… Bendito el que viene en el nombre del Señor (Sal 118:25-26).
Cuando Jesús se acercó a Jerusalén en lo que la historia recuerda como el Domingo de Ramos, Él lloró por ella. Para un observador casual, podría haber parecido como si Jesús hubiese llorado en momentos extraños. Hace poco, había llorado en la tumba de Lázaro, solo para sacarlo de allí unos minutos más tarde (Jn 11:35-44). Ahora las multitudes entusiastas que habían escuchado de este gran milagro (Jn 12:17-18) lo escoltaban como realeza a la ciudad de David, gritando las palabras del Salmo 118:25-26: «¡Hosanna! Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel!» (Jn 12:13). Todos los judíos habrían entendido estas palabras como un saludo mesiánico, y Jesús respondió con un lamento lleno de lágrimas.
¡Si tú también hubieras sabido en este día lo que conduce a la paz! Pero ahora está oculto a tus ojos. Porque sobre ti vendrán días, cuando tus enemigos echarán terraplén sobre ti… y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no conociste el tiempo de tu visitación (Lc 19:42-44).
Esta es una respuesta en la cual vale la pena detenerse para reflexionar (lo que un salmista podría llamar un momento selah). El gran Rey lloró por la ciudad del gran Rey justo antes de su «entrada triunfal» por sus puertas, para el regocijo profetizado de muchos (Lc 19:41; Zc 9:9).

Piedra rechazada, obra del Señor

El Salmo 118 estaba en los oídos y en los ojos del Salvador mientras comenzaba la Semana Santa; en esa semana consumada se cumpliría todo lo que el templo y los sistemas sacrificiales anunciaron (Heb 10:1) en un solo, grande y suficiente sacrificio conducido por el mismo Gran Sumo Sacerdote (Heb 4:14; 9:26). Jesús escuchó el Salmo en los gritos de «¡Hosanna!» de las multitudes. Él vio el salmo en las maquinaciones asesinas de los líderes judíos: «La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser piedra principal del ángulo. Obra del Señor es esto; admirable a nuestros ojos» (Sal 118:22-23). Esto es lo que rompió el corazón de Jesús mientras montaba la cría de asna hacia Jerusalén en medio del ondeo de las palmas. Y fue maravilloso. Era asombroso que Jerusalén, «el gozo de toda la tierra» (Sal 48:2), no reconociera el momento en que la Alegría de su alegría llegara después de largos siglos de espera. Era asombroso que el soberano Rey de reyes (1Ti 6:15), el Hijo y el Señor de David (Mt 22:44-45), quien ordenó desde tiempos antiguos que los edificadores rechazaran a su piedra angular, sintiera un dolor profundo por la ceguera y rechazo, y deseó profundamente que hubieran sabido todo lo que Él estaba haciendo para traer la paz (Lc 19:42). Fue asombroso que el Mesías judío hubiera venido a responder los clamores de «¡Hosanna!» y a conducir a la paz no solo al pueblo judío, sino que también a los pueblos gentiles de la tierra; un misterio «mantenido en secreto durante siglos» (Ro 16:25) que pronto sería proclamado a los gentiles por un fariseo judío (Ef 3:1-6) quien, si hubiera estado presente cuando Jesús entró en la ciudad, con celo habría odiado todo lo que implicaba la procesión. Y todo eso fue «obra del Señor» (Sal 118:23). Sí, puesto que el Señor había dicho: «El Hijo del Hombre debe padecer mucho, y ser rechazado por los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas, y ser muerto, y resucitar al tercer día» (Lc 9:22). ¡Oh, lo que nos condujo a la paz!

El día que el Señor había hecho

La asombroso no es solo que los edificadores rechazaron a la piedra angular, sino que el Bendito se hizo maldición para todos los que más adelante lo llamaríamos Bendito (Ga 3:13). El gran Salmo celebra: «Aten el sacrificio de la fiesta con cuerdas a los cuernos del altar» (Sal 118:27). ¿Quién, en ese día de la gran llegada del Rey, habría imaginado que este Rey había llegado para ser el Sacrificio de los sacrificios y que la cruz romana, a la cual sería atado, se transformaría en el altar más sagrado que jamás se haya construído? Nadie, sino el Rey Jesús. Es por eso que Él había venido y por lo que su alma estaba tan afligida en medio de la multitud alegre (Jn 12:27). No obstante, la alegría de la multitud era la respuesta correcta. Es más, el salmo lo llama: «Este es el día que el Señor ha hecho; regocijémonos y alegrémonos en él» (Sal 118:24). El gran Libertador estaba profundamente turbado por la obra que le esperaba, la cual expiaría el pecado de millones de pecadores (Ef 1:7). Ese era el día que el Señor había hecho, un día de regocijo y alegría para los pecadores. Sin embargo, fue un día de llanto para el Señor. ¡Oh, lo que nos condujo a la paz!

Su amor constante permanece para siempre

Pero el dolor de Jesús no fue inútil. No, Él sabía que su llanto solo sería por la noche y el gozo vendría por la mañana (Sal 30:5). Él sabía que era la voluntad de su Padre quebrarlo y someterlo a dolor (Is 53:10). Él también sabía que después de haber hecho la suprema ofrenda por su pecado, después de haber cargado las iniquidades de muchos que serían considerados justos, después de que la angustia de su alma fuera pasado, vería su descendencia espiritual redimida y conocerían la satisfacción suprema (Is 53:10-11). Aun por medio de sus lágrimas, Jesús miró el gozo puesto ante Él (Heb 12:2) y enfrentó lo que le esperaba en Jerusalén (Lc 9:51). Ese fue el resultado del insondable amor; un amor más fuerte que la muerte y más temible que la muerte: la llama misma del Señor (Cnt 8:6). Era un amor tan bueno, tan constante, tan perdurable, tan alto, tan ancho, tan largo, tan profundo que requiere la misma fuerza de Dios para siquiera comprenderlo (Ef 3:18-19). Fue la forma en que Dios amó al mundo (Jn 3:16), un mundo que lo había rechazado (Sal 118:22). Fue el amor que alcanzó extremos inimaginables para lograr las cosas que nos condujeron la paz, por nosotros. Por tanto, en honor a ese Rey, nos unimos a la antigua multitud al regocijarnos en el día que el Señor ha hecho, levantando nuestras manos, como si sostuviéramos palmas de fiesta, y declarando: Bendito el que viene en el nombre del Señor… Tú eres mi Dios, y te doy gracias. Tú eres mi Dios y yo te exalto. Den gracias al Señor, porque Él es bueno; porque para siempre es su misericordia (Sal 118:26, 28–29)
Jon Bloom © 2019 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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Cuando una pandemia cae sobre los pobres
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Cuando una pandemia cae sobre los pobres

Cuando a los veinte años estuve sirviendo con Juventud con una Misión en un sector empobrecido de una inmensa ciudad de Asia, me encariñé con una familia cristiana que vivía cerca de nuestra casa base. Estos amados amigos aún viven en el mismo sector y hemos podido seguir en contacto por treinta y cinco años. La vida para mis amigos siempre ha sido extraordinariamente difícil según los estándares Occidentales. Ahora, la pandemia del coronavirus, que ha llevado a un confinamiento en su nación, ha hecho que la vida sea extraordinariamente difícil según sus estándares. No pueden trabajar, lo que significa que no hay dinero; lo que significa que no hay comida ni medicamentos: nada. Quienes son parte de su red de relaciones, incluida su iglesia, comparten el mismo nivel de pobreza, por eso lo que hay no alcanza para todos. No existe ninguna bonificación gubernamental en camino hacia ellos. Estamos tratando de ayudarlos, pero su red de familia extendida y amigos es tan grande que sentimos que nuestra ayuda es de cinco panes y dos peces. Estamos orando a nuestro Señor para que la multiplique. Mis amigos representan a cientos y cientos de millones de preciadas almas que viven en áreas del mundo donde la pandemia los está forzando a vivir situaciones imposibles. Muchos millones de esas almas son cristianas. En esta pandemia mundial, Dios una vez más está emitiendo un llamado a los cristianos en todos lados, cualquiera sea la cantidad de medios que tengan para ayudar, a que se «ac[uerden] de los pobres» (Ga 2:10).

Acordémonos de los pobres

Cuando Pablo y Bernabé fueron a Jerusalén para asegurarse de que el Evangelio que ellos les estaban predicando a los gentiles tuviera la aprobación de los «pilares» de la iglesia (entre ellos Jacobo, Pedro y Juan), ellos recibieron, junto con la bendición oficial, la petición de que «solo [...] nos acordáramos de los pobres» (Ga 2:9-10). Muchos académicos creen que «los pobres» en este contexto se refiere específicamente a los cristianos empobrecidos que vivían en Judea —aquellos cuya extrema situación Pablo buscó ayudar aliviar por medio de ofrendas económicas reunidas de las iglesias gentiles (Ro 15:25-26; 1Co 16:1-3)—. Sin embargo, de ser así, esta directriz sin duda no habría sido exclusiva para los cristianos pobres de Judea, incluso si eran los cristianos pobres más importantes y destacados del mundo en aquel tiempo. Al contrario, este llamado demuestra que desde el mismo comienzo, la Iglesia cristiana completa fue instruida para estar conscientes de la grave situación de otros cristianos y para sentir cierta medida de responsabilidad por ellos, sin importar cuán geográfica y culturalmente lejanos pudieran estar o ser. Y desde el mismo ejemplo de Jesús, sabemos que la preocupación de los cristianos por los pobres también se extiende más allá de los límites de la iglesia hacia el mundo incrédulo.

De la riqueza a los harapos

La encarnación de Dios el Hijo es un ejemplo del corazón de Dios tremendamente influyente, que forma a la iglesia y al cristiano para ayudar al pobre. Es más, Pablo señaló este ejemplo cuando levantó fondos para los pobres de Judea: «Porque conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, sin embargo por amor a ustedes se hizo pobre, para que por medio de su pobreza ustedes llegaran a ser ricos» (2Co 8:9). Las palabras de Pablo resaltan dos realidades: la primera es que ante Dios todos somos extremada y espiritualmente pobres y necesitados, y Dios se movió para satisfacer nuestra necesidad más profunda. La segunda es la disposición de Jesús a «despoj[arse] a sí mismo» (Fil 2:7), a identificarse con nuestra pobreza y a abordar nuestras más grandes necesidades para así modelarnos cómo debemos movernos para satisfacer las profundas necesidades espirituales y materiales de los creyentes y de los no creyentes. Piensa en la vida completa de Jesús. Él nació y se crió en una familia pobre. Durante sus años como figura pública, Él y sus discípulos se rehusaron a monetizar su ministerio (Mt 10:8), viviendo de los regalos de caridad de sus partidarios (Lc 8:3). Él enseñó que quienes son «pobres» (Lc 6:20) y «pobres en espíritu» (Mt 5:3) son «bienaventurados» puesto que «de ellos es el reino de los cielos». Él sanó, liberó y realizó milagros para quienes eran destituidos, afligidos y necesitados en todo aspecto. Jesús también dio regularmente a los pobres. Sabemos esto porque durante la Última Cena, cuando Jesús le dijo a Judas: «Lo que vas a hacer, hazlo pronto», los otros discípulos asumieron que Judas, quien guardaba la bolsa con el dinero, podría ir a darle «algo a los pobres» (Jn 13:17-29). Los discípulos no habrían asumido esto si esta práctica no hubiera sido usual.

El cuidado de la Iglesia por los pobres

El principio de la iglesia primitiva muestra que el ejemplo de Jesús preocupándose por los pobres se había enraizado en la vida de los apóstoles y había dado forma a la cultura de la iglesia. Lo vemos en estos famosos versos:
Todos los que habían creído estaban juntos y tenían todas las cosas en común; vendían todas sus propiedades y sus bienes y los compartían con todos, según la necesidad de cada uno (Hch 2:44-45).
Desde las conversiones en masa emergieron nuevas comunidades de cristianos y con ello todo tipo de necesidades. Probablemente, muchos ya eran pobres cuando se convirtieron y otros podrían haber enfrentado de pronto dificultades económicas, ya que seguir a Jesús les costó el apoyo de sus familias u otras fuentes de ingreso. Cualquiera sean los motivos, la iglesia se movilizó rápidamente para cubrir esas necesidades para que así «no [hubiera], pues, ningún necesitado entre ellos» (Hch 4:34). La controversia en relación el abandono de las viudas helenistas en Hechos 6:1-6 nos da un panorama útil de cómo ellos abordaron esta situación. Sin descuidar la predicación de la «palabra de Dios», esos primeros cristianos crearon nuevas estructuras y sistemas sociales para satisfacer las necesidades básicas de las personas y para asegurarse de que los pobres fueran recordados. La historia cristiana está repleta de ejemplos de cristianos que sirvieron a los pobres y a los enfermos (sí, con algunas fallas deslumbrantes también). El gran número de personas, de iglesias y de obras benéficas cristianas que corren al frente de la crisis y de los problemas crónicos para satisfacer tanto las necesidades de cristianos como de no cristianos demuestra que lo que Jesús y los apóstoles moldearon y enseñaron continúa viviendo en la Iglesia viva alrededor del mundo. Millones de cristianos continúan «acordándose de los pobres».

Acordarnos revela nuestro tesoro

Ahora, a medida que la pandemia del coronavirus toma fuerza, particularmente en el hemisferio sur, donde los países no tienen ni cerca de la riqueza y de la infraestructura de las naciones más industrializadas, Dios nos está llamando a los cristianos a recordar a los pobres (a todos los que están en necesidad, con una responsabilidad particular por los creyentes pobres). Esta crisis no es como una hambruna, un tsunami o un huracán ni siquiera como el VIH/SIDA o el ébola. Es una crisis de salud mundial con una crisis económica mundial por sobre ella (y la segunda crisis podría podría costar más vidas que la primera en los países más pobres). Estas crisis son distintas a las crisis regionalmente contenidas que ocurren en lugares lejanos del mundo, porque ahora somos llamados a acordarnos de los pobres mientras nosotros mismos lidiamos con varias consecuencias de la crisis. Esto significa que este es un tiempo real para evaluar nuestros tesoros. ¿Dónde acumulas tu tesoro? ¿Dónde está nuestro corazón (Mt 6:16-21)? Este es un tiempo para acordarnos de los pobres. Es parte de lo que significa ser cristiano. Este es nuestro llamado y nuestro gozo. Debemos acordarnos de los pobres entre nosotros, aquellos en nuestras iglesias locales que han sido despedidos o suspendidos temporalmente y se encuentran en necesidad económica repentina u otro tipo de necesidad. Debemos acordarnos de los pobres en nuestras ciudades o regiones que son particularmente vulnerables. Debemos recordar a los pobres en países empobrecidos que están en un riesgo mayor a una escala mayor. Esas necesidades son abrumadoras, pero no podemos permitirnos a nosotros mismos paralizarnos debido al sorprendente tamaño de las necesidades y retirarnos a Netflix mientras ellos perecen. Notarás una visible falta de recomendaciones específicas para saber dónde dar y qué hacer. Eso se debe a que cada uno de nosotros tiene situaciones únicas, necesidades únicas justo frente a nosotros, y llamados únicos de Dios en relación a dónde Él quiere que nosotros demos y sirvamos. Sin embargo, también, nuestro Señor tiende a usar nuestro discernimiento e investigación lleno de oración para ayudarnos más completamente a comprometernos con el acto de acordarnos. Mientras más comprometidos estemos, más probable veremos y sentiremos el tesoro que tienen nuestros corazones.

La generosidad nacida de la aflicción

Mientras terminaba de escribir este artículo, recibí un mensaje de mi querida amiga de esa empobrecida región de esa inmensa ciudad al otro lado del mundo. Mientras leía el mensaje, fui humillado. Ella confesaba el pecado de perder la paciencia con alguien (conociendo la naturaleza estresante y dolorosa de la situación, mi respuesta probablemente hubiera sido peor). Ella también compartió su profunda confianza en Jesús para proveer para sus necesidades. Me contó de oportunidades que había tenido para orar con sus vecinos y compartir palabras de esperanza del Evangelio con ellos y ella había estado intentado cubrir las necesidades materiales de otras personas a su alrededor que también están en una situación desesperada. Como los antiguos macedonios: «En medio de una gran prueba de aflicción, abundó su gozo, y su profunda pobreza sobreabundó en la riqueza de su liberalidad» (2Co 8:2). Ella continúa con la gran tradición de su Señor y de siglos de testimonio cristiano. Si ella puede acordarse de los pobres, yo también. Todos podemos.
Jon Bloom © 2020  Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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Practica vencer tus distracciones
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Practica vencer tus distracciones

La distracción no se vence con unos pocos golpes, sino que en muchas peleas pequeñas y habituales. Por lo tanto, no prometeré entregarte una espada mágica en mil palabras que pueda matar al aterrador dragón de la distracción con tres o cuatro trucos. No he descubierto tal espada y no creo que exista una. ¿Qué me convierte en una autoridad sobre la distracción en primera instancia? No mi pericia en el enfoque, sino que mi expertis en estar distraído. Si mis observaciones y autoevaluaciones son adecuadas, estoy «sobre el promedio» del espectro distraible. Conozco esta lucha desde adentro y peleo contra ella diariamente. Esperar luchar diariamente es una mentalidad necesaria si se quiere  ganar la batalla. La distracción no es un enemigo simple; debe ser combatido en numerosos frentes. La victoria se alcanza no por una gloriosa resolución de golpe de estado, sino que por la lenta insurrección de desarrollar hábitos que reduzcan la distracción.

La velocidad de Dios

Sin embargo, probablemente esto requiere una recalibración de expectativas de nuestra parte. Nosotros, hijos de la era de la alta tecnología y de la información, y nietos de las era industrial y manufacturera, se nos hace cada vez más difícil apreciar la velocidad de Dios. Hemos aprendido a valorar la eficiencia en la rapidez, en la cantidad y en el costo. Produce algo deseable de forma rápida, escalable y barata y el resultado será exitoso. También hemos aprendido a valorar lo desechable y a devaluar la durabilidad. No obstante, cuando Dios construye las cosas, a menudo se toma un largo tiempo (al menos desde nuestra perspectiva) para hacerlas. Lo que construye, lo hace para que perdure. Piensa en cómo nos diseñó a nosotros: necesitamos aproximadamente nueve meses desde la concepción para llegar al punto de poder sobrevivir fuera del útero. Luego, requerimos más o menos dos décadas más antes de conseguir la madurez, el conocimiento y las competencias del desarrollo suficientes para vivir independientes de nuestros padres. ¿Cómo conseguimos la madurez, el conocimiento y las competencias del desarrollo durante esas dos décadas? Mediante rigurosa repetición. La memoria muscular y de información se desarrollan y sustentan a través del arduo proceso de la práctica diaria y habitual.

El lento y diario milagro

Ahora, sabemos que Dios a veces emplea su poder milagroso para ocasionar cambios instantáneos en las vidas de las personas. Liberaciones y dones de sanidad son aspectos muy reales en el Reino de Dios en esta era. La Biblia incluso nos ordena a desearlos y buscarlos fervorosamente (1Co 12:31). Creo que si los deseáramos y los buscáramos más, ocurrirían más seguido. Sin embargo, el testimonio completo de la Escritura y de la historia redentora nos dice que incluso cuando son más frecuentes, las transformaciones milagrosas e instantáneas son siempre excepcionales (raras) en esta era, no normativas. La mayoría de nuestras sanidades serán experimentadas a través de un proceso relativamente lento con el cual Dios maravillosa y sabiamente equipa nuestros cuerpos. Y la mayoría de nuestras liberaciones serán experimentadas por medio de procesos relativamente lentos (a veces frustrantemente lentos) con los cuales Dios equipa maravillosa y sabiamente nuestras mentes y almas, reemplazando las respuestas habituales de creer en promesas engañosas y en acusaciones condenatorias con respuestas habituales de fe en las promesas verdaderas y la misericordiosa aceptación de Dios. Hablamos mucho sobre los hábitos de gracia en Desiring God, porque las rutinas construyen y forman el carácter, la competencia, el afecto y la creatividad humana. La Escritura enseña y la historia refuerza que las rutinas habituales de la meditación en la Biblia, de la oración y de la comunión de la iglesia son los principales medios de gracia de Dios para nuestra transformación. Roma no se hizo en un día; tampoco nosotros. Somos desarrollados lenta, progresiva y laboriosamente, ladrillo a ladrillo, día a día, a lo largo del tiempo: a la velocidad de Dios.

Lo que te dicen las distracciones

Ahora, Dios sí quiere que seamos librados del efecto devastador de la distracción sin fruto (Lc 10:40); quiere que nos enfoquemos en lo que es importante (Lc 10:41-42). No obstante, es muy poco probable que recibamos una solución rápida, porque en la distracción están ocurriendo más cosas de lo que a menudo nos damos cuenta. De hecho, tenemos que aprender mucho de todo lo que está pasando en nosotros cuando somos tentados a distraernos. En primer lugar, las distracciones frecuentemente nos dicen lo que amamos, en lo que confiamos y a qué tememos. Gravitamos hacia los deseos que anhelamos y nos alejamos de los temores que deseamos evitar. Escucha lo que tus distracciones conocidas (habituales) están diciendo. ¿En qué cosas estás buscando gozo? ¿En qué estás buscando refugio? ¿De qué estás intentando escapar? Las distracciones también nos dicen en qué lugares hemos formado malos hábitos temprano en la vida que no hemos abordado adecuadamente aún. Algunos malos hábitos se deben a que crecimos en sistemas familiares rotos; algunos hábitos son indulgentes formados en nuestra juventud o adolescencia y ahora debemos ser lo suficientemente maduros para hacernos responsables de ellos. Las distracciones también pueden comunicarnos realidades biológicas con las que debemos lidiar: TDAH, TOC, depresión crónica, trastorno bipolar, y otras enfermedades. Los medicamentos supervisados por médicos expertos pueden ser de importante ayuda, pero también necesitamos cultivar activamente nuevos hábitos para mitigar los efectos  de la biología desordenada. ¿Qué te están diciendo tus distracciones? Regístralas a medida que las vayas notando por dos o tres semanas. No lucharás contra ellas con éxito hasta que sepas lo que las está alimentando. Las distracciones alimentadas por diferentes amores desordenados, temores, biología o por los simples viejos y malos hábitos requieren diferentes estrategias habituales de batalla.

Entrenados por la práctica constante

Los hábitos saludables son estrategias. Si las resoluciones son nuestros objetivos (resultados deseados), los hábitos son nuestras estrategias. O para usar una metáfora distinta, el motor de nuestras resolución debe recorrer el mismo camino que nuestros hábitos. La resolución solo puede ir hasta donde lleguen los caminos de los hábitos. En Hebreos 5:14 dice exactamente eso: «Pero el alimento sólido es para los adultos, los cuales por la práctica tienen los sentidos ejercitados para discernir el bien y el mal». Este verso ayuda a establecer nuestras expectativas. La madurez espiritual es el objetivo; la práctica constante es el medio. Cuando jugaba fútbol en la secundaria, todos los jugadores disfrutaban los partidos. Pocos de nosotros disfrutábamos los ejercicios monótonos de desarrollo de habilidades. Nadie que conozco disfrutaba de los agotadores ejercicios de acondicionamiento. Sin embargo, nuestra capacidad para ganar los partidos estaban, en gran parte, determinados por cuán duro nos esforzábamos en la práctica. La práctica constante es la única forma en que cualquier habilidad es desarrollada y mantenida en cualquier cosa, incluso la habilidad de distinguir entre un enfoque fructífero y una distracción infructífera.

Pero, ¿cómo?

Sí, pero ¿qué hacemos para practicar constantemente la resistencia a la distracción? Te digo de inmediato que no tengo trucos contra la distracción que ofrecer; y tampoco los tiene la Biblia. ¿Has notado alguna vez que son raras las ocasiones en las que nos da instrucciones claras y prácticas? ¿Por qué? Una razón, creo, es que nuestros comportamientos son guiados por factores divergentes y complejos, y por lo tanto las fórmulas son normalmente de insignificante ayuda. Lo que me ayuda a mí podría no ayudarte mucho a ti. Sin embargo, otra razón es que el difícil proceso de lucha a través de las ambigüedades, la resistencia interna y la confusión es parte del entrenamiento mismo. Aprendemos cosas necesarias sobre nuestros afectos, debilidades y cuerpos. El difícil proceso termina produciendo beneficios de mayor fe, sabiduría y perseverancia que se extienden mucho más allá que del asunto de la distracción. Si le pedimos a Dios, Él nos dará lo que necesitamos en esta batalla (1Co 10:13; Fil 4:19). Sin embargo, debemos mantener esto en mente: todos los aspectos de la lucha de la fe son una batalla (1Ti 6:12). Necesitamos construir resistencia (Heb 10:36). Necesitamos aprender a disciplinar y controlar nuestros cuerpos (1Co 9:27). Dios no está meramente preocupado con la manera más eficiente de liberarnos de la distracción. Él está preocupado por lo que producirá el fruto espiritual más perdurable y más grande en nuestras vidas. Por lo tanto, apunta con mucha oración a vencer la distracción por medio de la lenta y continua insurrección de construir nuevos hábitos, uno a la vez.
Jon Bloom © 2019 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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Cómo hacer todo para la gloria de Dios
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Cómo hacer todo para la gloria de Dios

Explica este versículo en tus propias palabras: «Entonces, ya sea que coman, que beban, o que hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios». Si alguien se te acerca ahora mismo y te preguntara cómo funciona 1 Corintios 10:31 (en términos de comida, bebida y todo), ¿cómo responderías? ¿Sabes lo que Pablo quiso decir realmente? Este versículo es tan conocido que podríamos asumir fácilmente que lo entendemos, incluso si no es así. Por sí mismo, el significado del versículo parece evidentemente obvio: glorifica a Dios en todo lo que haces. Bien, por supuesto, eso es cierto en un nivel macro. Sin embargo, ¿qué quiere decir Pablo específicamente con glorificar a Dios, y qué quiere decir con todo? Si nuestra primera aplicación de este versículo es dar gracias a Dios por la deliciosa pizza que estamos comiendo, no hemos entendido a Pablo —aun cuando él sin duda habría querido que agradeciéramos a Dios por la deliciosa pizza que estamos comiendo (1Co 10:30)—. Pablo tiene algo bastante específico en mente, algo bastante relevante para nosotros. Cuando miramos el versículo en su contexto más amplio, vemos que el mandato de Pablo a hacer todo para la gloria de Dios se relaciona con los ídolos culturales, la conciencia cristiana y la manera en que vivimos ante un mundo incrédulo.

Una maravillosa y nueva libertad

Pablo comienza su punto en el capítulo 8. Ahí descubrimos que la comida era un asunto fundamental de la libertad cristiana en la iglesia de Corinto, específicamente: «lo sacrificado a los ídolos» (1Co 8:1). Todos los cristianos de Corinto (excepto quizás los judíos) tenían un trasfondo de adoración a ídolos paganos. Cuando se convirtieron en cristianos, renunciaron a esos ídolos y a toda expresión de adoración asociada a ellos. El problema era que la adoración a los ídolos estaba entretejida en la estructura misma de la vida cívica, del comercio y de la vida social en Corinto, estaba culturalmente presente en todo. Los templos de los ídolos eran centros sociales y podrían haber funcionado de manera similar a los restaurantes públicos (1Co 8:10). Mucha de la carne vendida en los mercados y servida en las casas había sido ofrecida ritualmente a los ídolos (1Co 10:25, 27). Eso significaba que comer carne podría ser interpretado como un acto de idolatría, una traición a la creencia cristiana (1Co 8:10). Sin embargo, maravillosamente, algunos cristianos corintios estaban descubriendo que: «un ídolo no es nada en el mundo, y que no hay sino un solo Dios» (1Co 8:4). Puesto que los ídolos no eran nada reales, se dieron cuenta de que la carne sacrificada a los ídolos era carne sacrificada a nada (1Co 10:19-20). Por tanto, comer carne sacrificada a los ídolos podría no ser idolatría si las personas que comían sabían que los ídolos no eran reales. ¡Ellos eran libres de comer esta carne con una conciencia limpia! Pablo estaba de acuerdo con ellos (1Co 10:26, 29).

El poder de la libertad para destruir

Pablo no estaba de acuerdo, sin embargo, con la manera en que algunos de ellos ejercían esta recién descubierta libertad. En efecto, algunos de los corintios habían valorado más disfrutar de esta libertad que buscar el bienestar espiritual de otras almas. En primer lugar, no todos los cristianos corintios «tienen este conocimiento» (1Co 8:7). Algunos de ellos, quizás nuevos convertidos o aquellos que, por cualquier razón, tenían consciencias sensibles, aún sentían que comer carne sacrificada a un ídolo era una forma de adoración idólatra. Para ellos, comer carne sacrificada era negar a Cristo. En segundo lugar, otros, que incluso habían creído que los ídolos eran insignificantes, enfrentaron la tentación de un tipo diferente de idolatría al comer esa carne. Muchos corintios convertidos probablemente pagaron un alto precio para convertirse en cristianos. Renunciar a la(s) religión(es) pagana(s) significaba renunciar a costumbres sociales, tradiciones familiares y redes de amistad. Sin duda, algunos perdieron sus trabajos. Puedes imaginar la tentación que algunos experimentaron de parecer al menos rendir homenaje a la religión predominante con el fin de evitar perder el empleo, el estatus social y la desaprobación familiar. En tercer lugar, vemos el asunto del testimonio del Evangelio entre quienes no eran cristianos que observaban a los cristianos. ¿Qué pensarían los paganos de los cristianos que, a sabiendas, comían carne sacrificada a los ídolos? Probablemente, asumirían que los cristianos veneraban a los ídolos al igual que ellos, y por tanto, no había una razón real para prestar atención a las extrañas afirmaciones de los cristianos. ¿Y que pensarían los judíos de este comportamiento? Que los cristianos eran paganos y que el cristianismo era demoníaco. Por lo tanto, Pablo les recordó firmemente a los corintios que había mucho más en juego que disfrutar un filete sacrificado. Si los cristianos, cuyas consciencias estaban libres para comer carne sacrificada a los ídolos, no eran cuidadosos, el ejercicio de su libertad podría destruir la fe de otro cristiano (1Co 8:9-11) o arruinar la reputación de Jesús entre los no cristianos (1Co 10:27-29).

La verdadera libertad cristiana

Por esta razón Pablo dijo: «Por tanto, si la comida hace que mi hermano caiga en pecado, no comeré carne jamás, para no hacer pecar a mi hermano» (1Co 8:13). Luego, continuó describiendo a lo largo del capítulo 9 muchas formas en las que él se abstenía voluntariamente de las cosas que era libre de disfrutar como cristiano —sin mencionar que era un apóstol—, como varios tipos de comida y bebida, el matrimonio y un sueldo de ministro a tiempo completo (1Co 9:4-7). La orientación completa en la vida de Pablo era ganar para el Evangelio tantas personas como pudiera (1Co 9:22-23), por lo que buscó quitar la mayor cantidad posible de obstáculos al Evangelio (1Co 9:12). Para Pablo, esta era la libertad cristiana: «Porque aunque soy libre de todos, de todos me he hecho esclavo para ganar al mayor número posible» (1Co 9:19). Por tanto, cuando Pablo escuchó que los cristianos corintios estaban discutiendo sobre si es que eran libres o no para comer carne sacrificada, esencialmente él les dijo que estaban perdiendo el centro: «Todo es lícito, pero no todo es de provecho. Todo es lícito, pero no todo edifica. Nadie busque su propio bien, sino el de su prójimo» (1Co 10:23-24). Para Pablo, esta era la verdadera libertad: hacer lo que se requiera para amar a nuestro prójimo por causa de Jesús.

Haz todo para la gloria de Dios

Esto es lo que Pablo tenía en mente cuando escribió: «Entonces, ya sea que coman, que beban, o que hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios» (1Co 10:31). Glorificamos a Dios cuando, por amor a Él, sacrificamos nuestros derechos, nuestras libertades, cualquier cosa, con el fin de hacer lo que sea más amoroso para otros, ya sea por el «progreso y gozo en la fe [de ellos]» (Fil 1:25) o para que puedan ser salvos (1Co 9:22). La siguiente oración de Pablo dice: «No sean motivo de tropiezo ni a judíos, ni a griegos, ni a la iglesia de Dios» (1Co 10:32). Ahora, volvamos a nuestra deliciosa pizza. Dios sin duda es glorificado cuando disfrutamos con entusiasmo la plenitud de la tierra que Él creó para nuestro disfrute (1Co 10:26). Pablo era un gran defensor de nuestra libertad de toda abstinencia falsa y legalista de la comida o cualquier otra cosa (1Ti 4:1-3). Él lo afirmó claramente: «La comida no nos recomendará a Dios» (1Co 8:8). Y «Porque todo lo creado por Dios es bueno y nada se debe rechazar si se recibe con acción de gracias; porque es santificado mediante la palabra de Dios y la oración» (1Ti 4:4-5). Por lo tanto, Pablo no se habría ofendido por aplicar 1 Corintios 10:31 al saboreo de nuestra pizza, con tal que no hayamos perdido la vista de una manera más excelente de glorificar a Dios: el amor sacrificial. Y este tipo de amor sacrificial aún es necesario, quizás especialmente necesario, en relación a las libertades cristianas. Porque nosotros, también, tenemos nuestros ídolos culturales, los santos con consciencias sensibles y los no cristianos que nos observan. Por tanto, en «lo que sea que hagas», no uses tu libertad para simplemente perseguir lo que te sientes libre de disfrutar, más bien úsala para buscar el mayor bien espiritual para tu prójimo. Como cristiano, eres libre de toda restricción: las restricciones externas de la falsa religión y las restricciones internas de tu egoísmo. Eres libre para disfrutar todo lo que Dios ha provisto y libre para abstenerte por causa del amor. Haz todo para la gloria de Dios.
Jon Bloom © 2019  Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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Seis beneficios de los devocionales diarios comunes y corrientes
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Seis beneficios de los devocionales diarios comunes y corrientes

Los devocionales privados no son mágicos; lo sabemos (en su mayoría). Sin embargo, todavía podemos vernos tentados a pensar que si descubrimos la fórmula secreta (la mezcla correcta de meditación bíblica y oración) experimentaremos momentos eufóricos de entusiasta comunión con el Señor. Si eso no ocurre, nuestra fórmula debe estar mal. El peligro de este concepto erróneo es que puede producir desilusión y desánimo crónicos. El cinismo se instala y nos rendimos o leemos rápidamente para aliviar la culpa porque los devocionales parecen no funcionar para nosotros. Nuestro anhelo por tener comunión íntima con Dios es dada por Dios. Es bueno desearla, pedirla y buscarla. El Espíritu sí nos da pruebas maravillosas y ocasionales. Y este anhelo será satisfecho desbordantemente algún día (Sal 16:11). Sin embargo, Dios tiene otros propósitos en la disciplina de la diaria meditación bíblica y oración. Estos son un par de ellos:
  1. Ejercicio del alma (1Co 9:24; Ro 15:4): ejercitamos nuestros cuerpos para aumentar nuestra fuerza y resistencia, para promover la salud general y para evitar el peso innecesario. Los devocionales son como el ejercicio para nuestras almas. Quitan nuestra atención de las distracciones y búsquedas autoindulgentes y la llevan a los propósitos y promesas de Dios. Si descuidamos este ejercicio, nuestras almas se vienen abajo.
  2. Forma el alma (Ro 12:2): generalmente, el cuerpo tomará la forma de acuerdo a la manera en que lo ejercitemos. Correr pone en forma de una manera; entrenar con pesas, de otra. Lo mismo es cierto para el alma. Se amoldará a cómo la ejercitemos (o no la ejercitemos). Es por eso que cambiar tu rutina de ejercicios puede ser útil. Lee la Biblia en un año, estudia un solo libro y memorízalo en un año, toma un par de meses para meditar y orar desde los textos relacionados a un área de especial interés, etc.
  3. Abundante Biblia (Sal 119:11; Sal 119:97; Pr 23:12): empaparse rigurosa y repetidamente de la Biblia a lo largo de los años aumenta nuestro conocimiento bíblico general, proveyendo combustible para el fuego de la adoración y aumentando nuestra capacidad de tomar la sabiduría de Dios de todas partes de la Biblia para aplicarla a la vida.
  4. Entrenamiento de batalla (Ef 6:10-17): los marinos reciben un entrenamiento riguroso a fin de arraigar de tal manera su conocimiento sobre armas que cuando repentinamente se vean enfrentados al caos del combate, instintivamente sepan cómo manejar sus armas. De igual manera, manejar y usar diariamente la espada del Espíritu (Ef 6:17) nos hace guerreros espirituales más hábiles.
  5. Entrenamiento visual (2Co 5:7; 2Co 4:18): Jesús realmente quiere que lo veamos y lo saboreemos. Sin embargo, solo los ojos de fe lo ven. «La fe ciega» es una contradicción, al menos, bíblicamente. La fe no es ciega; la incredulidad lo es (Jn 9:38-41). La fe es ver la realidad que los ojos físicos no pueden ver y creer (1P 1:8). «Así que la fe viene del oír, y el oír, por la palabra de Cristo» (Ro 10:17). Por tanto, si vamos a saborear a Jesús, debemos verlo en la Palabra que Él habla. La fe es un don (Ef 2:8), y como la mayoría de los dones de Dios, deben ser cultivados. Los devocionales diarios son una manera importante de entrenar nuestros ojos de fe para ver la gloria de Jesús en su Palabra y para entrenar nuestras emociones a fin de responder a lo que nuestros ojos de fe ven. Sigue buscando la gloria y Jesús te dará momentos como en Emaús (Lc 24:31-32).
  6. Cultivo del deleite (Sal 37:3-4; Stg 4:8; Sal 130:5): cuando una pareja se enamora, hay fuegos artificiales hormonales. Sin embargo, cuando se casan, deben cultivar el deleite el uno en el otro. Es la búsqueda mutua consistente, persistente, fiel, intencional y cariñosa, sea mejor o peor la situación del otro, en pobreza o en riqueza, en salud y enfermedad lo que cultiva la capacidad para deleitarse mutuamente de manera mucho más profunda que en la fase de los fuegos artificiales. De igual manera, los devocionales son una de las maneras en las que cultivamos deleite en Dios. Muchos días podrían parecer rutinarios, pero nos sorprenderemos ante el poder acumulativo que tienen para profundizar nuestro amor y nuestra consciencia de Él.
Existen muchos beneficios más. Sin duda podría agregar más a esta lista, pero lo fundamental es esto: no te rindas en tus devocionales diarios. No los leas rápidamente. No permitas que sean desplazados por otras exigencias. Ladrillo sobre ladrillo se construye un edificio. Lección tras lección se obtiene un grado. Pincelada tras pincelada se crea un cuadro. Tus devocionales podrían parecer comunes y corrientes hoy, pero Dios está haciendo algo extraordinario por medio de ellos. Sigue adelante. No des menos en el proceso.
Jon Bloom © 2013  Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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Recto a nuestros propios ojos
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Recto a nuestros propios ojos

Cuando se trata de tomar decisiones importantes o lidiar con problemas difíciles, complejos y dolorosos, la experiencia me ha enseñado dos lecciones sobre mí mismo. La primera, si busco consejo sabiamente (en el sentido de realmente intentar impregnarme con toda la información y las perspectivas necesarias), el resultado siempre es mejor que si no lo hago. La segunda es que, con frecuencia, esto no es algo que quiero hacer. Ahora, a la luz de la primera, ¿por qué lucho con la segunda? Parece insensato, y lo es, porque la Escritura dice:
El camino del necio es recto a sus propios ojos, Pero el que escucha consejos es sabio (Pr 12:15).
La verdad es que, gracias a la naturaleza humana que aún permanece en mí, tengo una parte insensata en mi interior que cree que no necesito consejo o que buscarlo me expondrá en maneras que no quiero que otros vean. Esto significa que el orgullo, el miedo y la vergüenza pueden jugar un papel en el motivo por el que me siento tentado a evitar buscar consejo. Mi experiencia también me ha enseñado que esto es más o menos cierto para todos. Todos necesitamos ayuda para reconocer cuándo nuestro necio interior nos está influenciando en tomar un curso de acción destructivo. Dado el limitado espacio que tengo aquí, guardaré los temas del miedo y la vergüenza para el futuro y me enfocaré en cómo el orgullo puede distorsionar la manera en que escuchamos el consejo. Consideremos cómo el tipo de necedad al que todos tendemos llevó a un hombre al desastre.

Aprendamos de un mal ejemplo

En 2 Crónicas 10, el rey Salomón recién había muerto y su hijo, Roboam, se preparaba para asumir el trono de Israel. Todo el pueblo de Israel se había reunido para su coronación. No obstante, antes de prometerle lealtad, el pueblo le presentó esta petición: que Roboam aligerara la pesada carga de trabajo forzado que habían soportado bajo el reinado de Salomón. Si él concedía esto, prometieron: «le serviremos» (2Cr 10:4). Antes de que Roboam le diera su respuesta al pueblo, primero él busca consejo. Aparentemente, esto parece sabio. Este es un momento definitivo para el heredero al trono. Roboam está apunto de ilustrar la verdad de Proverbios 12:15, pero no de una manera muy halagadora. Primero, él se reúne con los ancianos que aconsejaban a su padre, hombres cuyo conocimiento indudablemente estaba sazonado con años de una experiencia bien ganada, y buscó su consejo. Ellos ofrecieron esta recomendación: «Si usted es bueno con este pueblo, les complace y les dice buenas palabras, entonces ellos serán sus siervos para siempre» (2Cr 10:7). Lo siguiente que se nos dice, sin embargo, debería encender nuestras luces de advertencia de «nivel bajo de sabiduría»: Roboam «abandonó el consejo que le habían dado los ancianos, y pidió consejo a los jóvenes que se habían criado con él y le servían» (2Cr 10:8). ¿Abandonó? ¿Tan pronto? Los consejeros más jóvenes le dieron a Roboam un consejo diferente: lo que necesita hacer realmente es flexionar su majestuoso músculo y someter al pueblo con una fuerza brutal (2Cr 10:11). Esto es precisamente lo que él hace y resulta en un desastre real. Cuando anuncia al pueblo su intención de ser más duro con ellos de lo que fue su padre, la mayoría de las tribus de Israel renunciaron a toda lealtad a Roboam y escogieron su propio rey, dividiendo la nación en dos. Ahora, debemos querer aprender del desastroso ejemplo de Roboam, puesto que nosotros tenemos el mismo orgullo pecaminoso en nuestro interior. Siempre hemos hecho payasadas, creyendo que estamos en lo correcto a nuestros propios ojos. Creo que esta historia nos muestra tres maneras muy comunes en las que nuestro orgullo pecaminoso puede tentarnos a desviar neciamente nuestros oídos de escuchar buenos consejos (Pr 12:15) y destruir la gozosa liberación y los beneficios que Dios promete a aquellos que andan en sabiduría (Pr 28:26).
1. Subestimamos nuestra ignorancia
En primer lugar, el orgullo puede tentarnos a subestimar nuestra ignorancia. Es asombroso cuánta confianza sin fundamento podemos poner en lo poco que sabemos. Vemos esto en Roboam: a pesar de la cantidad de décadas de verdadera experiencia de gobierno que tenían los ancianos y de su sentido urgente del deterioro de la confianza del pueblo en la administración de su padre, el nuevo rey y sus pares creyeron saber mejor. Su necedad es clara cuando leemos esta historia, pero ¿acaso nosotros no hemos tomado malas decisiones y planificado erróneamente, habiendo ignorado y omitido incluso buscar consejo, todo porque nuestra perspectiva ignorante pareció correcta a nuestros propios ojos en ese momento? Eso es lo que hace que esta manifestación de orgullo sea tan peligrosa: a menudo no percibimos nuestro error hasta que es demasiado tarde. Por lo tanto, los hombres sabios escuchan los consejos, incluso (y especialmente) cuando piensan que saben lo que es mejor.
2. Evitamos parecer débiles
En segundo lugar, el orgullo puede tentarnos a evitar parecer débiles. En el antiguo Cercano Oriente, los reyes más respetados y exitosos eran típicamente fuertes y despiadados (y proyectaban una imagen fuerte y clara). Los gobernantes no permitían que los súbditos establecieran los términos. ¿Qué mensaje habría enviado Roboam a nivel nacional e internacional si se hubiera rendido a las exigencias de su pueblo? El miedo estaba en juego también, puesto que los reyes débiles eran objetivos de golpes de estado. Luego estaba esa larga sombra proyectada por su fuerte y famoso padre de la cual debía escapar. Por lo tanto, la decisión de Roboam no fue tomada con fe en el poder de Dios, tampoco teniendo el bien del pueblo en mente, sino que teniendo en vista ante todo su deseada reputación. Nosotros, al igual que Roboam, tendemos a ser excesivamente influenciados por cómo nuestros pares y la cultura definen la fuerza y la debilidad. Nuestra orgullosa reticencia a ser vistos como personas débiles fácilmente puede distorsionar nuestras decisiones y planes. Por lo tanto, el hombre sabio busca y escucha los consejos que lo ayudarán a temer al Señor más que temer parecer débil (Pr 1:7) y a amar a las personas más que a su propia reputación.
3. Predeterminamos el consejo que aceptaremos
En tercer lugar, el orgullo puede tentarnos a predeterminar el consejo que aceptaremos. Podemos ver indicadores en la historia de Roboam de que él ya había determinado lo que quería hacer antes de buscar consejo. Es difícil imaginarlo escuchando atentamente a ambos grupos de consejeros, tomando en consideración su relativa experiencia, considerando juiciosamente cada consejo en el contexto de la condición de su pueblo y llegando a la conclusión a la que llegó. Su necedad ni siquiera puede atribuirse a su ingenuidad juvenil, puesto que Roboam tenía 41 años en ese tiempo (2R 14:21). Él ya conocía la perspectiva de sus jóvenes consejeros, porque «le servían» (2Cr 10:8); eran su equipo de consejeros. Debido a que todos sabemos cómo funciona la dinámica del poder, es probable que esos consejeros estuvieran alimentando a Roboam con aquello que sabían que él quería escuchar. Él no estaba buscando consejo realmente: él estaba buscando una validación oficial de su plan predeterminado. Este síntoma de orgullo es sutilmente engañoso, tanto para nosotros como para nuestros consejeros. Tendemos no solo a buscar consejeros que ya están de acuerdo con nuestra perspectiva, sino que también podemos formular un asunto a consejeros más objetivos de maneras que invitan a obtener el consejo que deseamos. En otras palabras, podemos parecer sabios, mientras buscamos neciamente lo que es recto a nuestros propios ojos. Por lo tanto, el hombre sabio no forma un jurado con las personas que simpatizan con él ni tuerce la evidencia, sino que escucha el consejo ofrecido por los consejeros honestos a partir de múltiples perspectivas, pues han escuchado toda la información relevante.

Gozosa promesa de sabiduría

Otro proverbio que da un vuelco un poco diferente sobre las lecciones de los fracasos de Roboam es este:
El que confía en su propio corazón es un necio, Pero el que anda con sabiduría será librado (Pr 28:26).
Este proverbio contiene una preciosa promesa para nosotros si escogemos no subestimar nuestra ignorancia, evitar parecer débiles o predeterminar qué consejo vamos a aceptar: liberación de decisiones desastrosas. El ejemplo de Roboam ilustra el tipo de devastadoras consecuencias que resultan de andar en el necio orgullo; orgullo que todos reconocemos en nosotros y el cual tienta. El desafío de andar en sabiduría, de buscar consejeros sabios y de escuchar atentamente sus consejos es que al principio, por lo general, se siente desafiante y humillante. Se nos dicen cosas que no queremos escuchar. Y sin embargo, si andamos por este camino de sabiduría, llevará, como «todas las sendas [fieles y amorosas] del Señor» (Sal 25:10), al gozo y a la liberación del desastre autoinfligido. Jesús dice: «angosta [es] la senda que lleva a la vida» (Mt 7:14) y «el que quiera salvar su vida, la perderá» (Mt 16:25). El camino al gozo a menudo se encuentra en la negación a uno mismo, mientras que el camino a la miseria a menudo se encuentra en la autocomplacencia. Por esta razón, cuando se trate de tomar decisiones y planificar cosas importantes, solo un necio confiará en su propio entendimiento, pero el hombre sabio escuchará los buenos consejos.
Jon Bloom © 2021 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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Pongo mi vida en tus manos

A lo largo de toda la historia de la iglesia, los cristianos se han referido a las siete declaraciones que Jesús pronunció desde la cruz como «las últimas palabras» de Cristo. De acuerdo a la tradición, las últimas palabras que Jesús exclamó antes de entregarse a la muerte fueron estas: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23:46). Fue un momento poderoso, poético, desgarrador. Dios oró a su Dios citando la Escritura inspirada por Dios. La Palabra de Dios murió con la palabra de Dios en sus labios. Y fueron palabras poéticas tomadas de la primera parte del versículo 5 del Salmo 31. La mayoría de los que se habían reunido en el Gólgota en esa oscura tarde, probablemente conocían muy bien estas palabras. Eran casi una canción de cuna, una plegaria que los padres judíos les enseñaban a sus hijos a decir antes de dormirse en la noche. En el clamor de Jesús, lo que probablemente escucharon fue la última oración de entrega a Dios de un hombre moribundo antes de «dormir» para siempre. Y por supuesto que así fue. Sin embargo, eso no fue todo. Cualquier líder religioso judío presente habría reconocido esto si hubiera prestado atención. Ellos estaban muy familiarizados con este salmo de David, de principio a fin. Habrían sabido que esta plegaria fue pronunciada por un rey de los judío perseguido que le suplicaba a Dios ser rescatado de sus enemigos. También habrían sabido que era una declaración de confianza y alimentada por la fe de que, efectivamente, lo libraría. Cuando Jesús recitó la primera parte del versículo 5 del Salmo 31, ellos probablemente habrían podido terminar la segunda parte de memoria: «Tú me has redimido, oh Señor, Dios de verdad».

¿Qué estaba pensando Jesús?

Lo más exasperante para los líderes judíos era tratar de saber siempre qué pasaba por la mente de Jesús. ¿En qué pensaba? ¿Quién Él creía que era (Jn 8:53)? Mas ahora, en su juicio, finalmente habían confirmado sus sospechas: Él creía ser el tan esperado Mesías de Israel (Mt 26:63-64). Esa era la verdad: realmente se veía a sí mismo como el «hijo de David» (Mt 22:41-45). Aquí estaba Jesús, después de haber sido tratado tan brutalmente hasta casi quedar irreconocible, citando a David en su último aliento; una cita que no tenía sentido en ese momento:

Porque tú eres mi roca y mi fortaleza, Y por amor de tu nombre me conducirás y me guiarás. Me sacarás de la red que en secreto me han tendido; Porque tú eres mi refugio. En tu mano encomiendo mi espíritu; Tú me has redimido, oh Señor, Dios de verdad (Salmo 31:3-5).

¿Qué estaba pensando Jesús? Este debería haber sido un momento de total desesperación para Él. David había orado: «Jamás sea yo avergonzado» (Sal 31:1), pero ahora Jesús estaba totalmente cubierto de vergüenza. David había orado: «¡Líbrame en tu justicia!» (Sal 31:1), pero Jesús estaba muriendo brutalmente. ¿Cómo podría haber creído en ese momento que Dios era su refugio? David demostró ser el ungido del Señor porque Dios lo sacó de la «red» de la muerte. David encomendó su espíritu en las manos de Dios y Dios fue fiel al redimirlo. Pero este llamado «hijo de David» no recibió tal liberación ni tal redención.

El rey que se volvió objeto de oprobio 

A pesar de esto, y mientras miraban el debilitado cuerpo colgando en la cruz con el letrero que decía: «Este es Jesús, el rey de los judíos» (Mt:27) y meditaban en sus últimas palabras, ¿habrán podido algunos percibir posibles presagios del sufrimiento mesiánico en esta canción de David?

Ten piedad de mí, oh Señor, porque estoy en angustia; Se consumen de sufrir mis ojos, mi alma y mis entrañas. Pues mi vida se gasta en tristeza Y mis años en suspiros; Mis fuerzas se agotan a causa de mi iniquidad, Y se ha consumido mi cuerpo. A causa de todos mis adversarios, he llegado a ser objeto de oprobio, Especialmente para mis vecinos, Y causa de espanto para mis conocidos; Los que me ven en la calle huyen de mí (Salmo 31:9-11).

Este salmo registra el momento en el que David, el rey más amado por los judíos en la historia de Israel, se convirtió en objeto de oprobio. Fue calumniado, acusado, censurado y culpado. Se convirtió en una «causa de espanto» para todos sus conocidos; nadie quería tener nada que ver con él. Había sido «como un muerto […] olvidado»; se había convertido en un «vaso roto» (Sal 31:12). ¿Estaría todo esto en la mente de Jesús cuando pronunció su última oración? Por supuesto que David no murió en esa ocasión. Dios lo liberó y lo honró. ¡Sin duda, haría lo mismo, o más, por el Mesías!

Después de la muerte, la vida

No obstante, las palabras perturbantes del profeta Isaías persistían: «Nosotros lo tuvimos por azotado, por herido de Dios y afligido. Pero Él fue herido por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades» (Is 53:4-5). Herido. Molido.

Pero quiso el Señor Quebrantarlo, sometiéndolo a padecimiento. Cuando Él se entregue a sí mismo como ofrenda de expiación, Verá a su descendencia, Prolongará sus días, Y la voluntad del Señor en su mano prosperará (Isaías 53:10).

Hubiese sido desconcertante recordar que el «Siervo sufriente» de Isaías primero sería «sacrificado» como un cordero que es llevado al matadero (Is 53:7) y luego más tarde «prolongará[n] sus días». Después de la muerte, la vida. No solo eso, sino que es Dios mismo quien lo alaba y promete glorificarlo por su sacrificio: «Oigan esto: mi Siervo prosperará, será enaltecido, levantado y en gran manera exaltado» (Is 52:13). Aun cuando su vida se estaba extinguiendo, ¿había creído Jesús realmente que Él era el Rey de los judíos que cargaba el oprobio, el Siervo sufriente? ¿Estaba esto entrelazado en el tejido de su último clamor?

«En tu mano están mis años»

Este entendimiento de sí mismo le daría sentido al sometimiento físicamente agónico, aunque espiritualmente sereno, de Jesús a la voluntad de Dios en su muerte. Aún más, encajaría con la predicción previa de su muerte y resurrección, algo de lo que estos líderes estaban muy conscientes en ese momento (Mt 27:62-64). Todo esto de acuerdo con la fe y la esperanza inocente que David expresó en el Salmo 31:

Pero yo, oh Señor, en ti confío; Digo: «tú eres mi Dios». En tu mano están mis años; Líbrame de la mano de mis enemigos, y de los que me persiguen. Haz resplandecer tu rostro sobre tu siervo; Sálvame en tu misericordia. ¡Cuán grande es tu bondad, Que has reservado para los que te temen, Que has manifestado para los que en ti se refugian, Delante de los hijos de los hombres! (Salmo 31:14-16, 19).

Si cualquiera de los líderes judíos (y otros) hubiera prestado cuidadosa atención a la procedencia de las palabras de Jesús, habrían escuchado algo más que la oración de un hombre desesperado antes de caer en su sueño mortal. Habrían escuchado también la expresión de confianza de un hombre fiel que sabe que su Dios tiene sus años en su mano, incluso en el más terrible tiempo, y que ha acumulado abundante bondad para él a pesar de las circunstancias del momento.

Aliéntese tu corazón

Solo puedo especular sobre lo que pudo haber pasado por la mente de los líderes judíos cuando escucharon las últimas palabras de Jesús. Pero no tengo duda alguna de que cuando el Verbo exclamó las palabras: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu», estaban cargadas del significado del salmo completo. Por eso la cita de Jesús de la primera parte del Salmo 31:5 es el comentario más profundo y poderoso que se haya hecho de este salmo alguna vez. Ahora lo leemos bajo el lente del Cristo crucificado y resucitado. No debemos pasar por alto esta dimensión crucial: en el momento de su muerte, nadie más que Jesús percibió la fidelidad de Dios obrando. Él nos muestra que Dios puede estar obrando fielmente en los mismísimos momentos en que no parece estar siendo fiel en lo absoluto. Todos experimentamos esos momentos cuando, al igual que Jesús, debemos descansar en la primera parte del Salmo 31:5 («En tu mano encomiendo mi espíritu»). Y mientras lo hacemos, podemos apoyarnos en la fidelidad de Dios para cumplir su palabra, confiando en que el que sostiene todos nuestros tiempos llevará a cabo la segunda parte del versículo en el momento adecuado («Tú me has redimido, oh Señor, Dios de verdad»). Con David también podemos cantar el salmo hasta el final:

¡Amen al Señor, todos sus santos! El Señor preserva a los fieles, Pero les da su merecido a los que obran con soberbia. Esfuércense, y aliéntese su corazón, Todos ustedes que esperan en el Señor (Salmo 31:23-24).

Jon Bloom © 2021 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. Traducción: Marcela Basualto
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La pereza arruina la felicidad

La mayoría de las personas no quieren ser consideradas como perezosas, como enemigas del trabajo duro. Todos sabemos que la pereza es un vicio, un uso corrupto y adictivo de un buen regalo: el descanso. El ocio en dosis adecuadas es maravilloso, un regalo refrescante de Dios. Sin embargo, la continua gratificación en el ocio hasta el punto de descuidar las responsabilidades que Dios nos ha dado trae destrucción, tanto para nosotros mismos como para los demás. No obstante, la pereza es destructiva por una razón mayor y más profunda que el impacto perjudicial obvio de un trabajo hecho en forma negligente o no hecho en absoluto. A niveles más profundos, la pereza nos roba la felicidad, al reducir nuestra capacidad de disfrutar de delicias más significativas. Y, además, nos deja sin obedecer, como debemos, el mandamiento de amar. Puesto que todos somos tentados de distintas maneras a caer en el pecado de la pereza, es útil mantener en mente lo que está en juego y la razón por la cual, una y otra vez, a lo largo de la Biblia, Dios nos ordena buscar la virtud de la diligencia.

Virtudes y vicios

Para los cristianos, una virtud es una excelencia moral que, cultivada como un hábito, se transforma en un rasgo del carácter moralmente excelente. Nos conformamos más a la imagen de Cristo (Ro 8:29) y experimentamos una capacidad mayor de deleitarnos en lo que Dios ha hecho bueno, verdadero y hermoso. Tenemos ejemplos bíblicos en 2 Pedro 1:5-8:

Por esta razón también, obrando con toda diligencia, añadan a su fe, virtud [aretē en griego, referido a todas las virtudes] y a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio, al dominio propio, perseverancia, y a la perseverancia, piedad, a la piedad, fraternidad y a la fraternidad, amor. Pues estas virtudes, al estar en ustedes y al abundar, no los dejarán ociosos ni estériles en el verdadero conocimiento de nuestro Señor Jesucristo.

Por el contrario, un vicio es una corrupción moral que, cultivado como un hábito, se transforma en un rasgo del carácter moralmente corrupto. Nos conformamos más al patrón de este mundo caído (Ro 12:2) y experimentamos una capacidad menor de deleitarnos en lo que Dios ha hecho bueno, verdadero y hermoso. Tenemos ejemplos bíblicos en Gálatas 5:19-21:

Ahora bien, las obras de la carne son evidentes, las cuales son: inmoralidad, impureza, sensualidad, idolatría, hechicería, enemistades, pleitos, celos, enojos, rivalidades, disensiones, herejías, envidias, borracheras, orgías y cosas semejantes, contra las cuales les advierto, como ya se lo he dicho antes, que los que practican [prassontes en griego, que significa «hacer una práctica de»] tales cosas no heredarán el reino de Dios.

Por qué la diligencia es una «virtud celestial»

En el siglo V o el siglo VI, muchos en la iglesia incluían la diligencia en la lista de las siete virtudes celestiales para contrarrestar la acedía (acedía es la palabra antigua para pereza), que figuraba en la lista de los siete pecados mortales. Sin embargo, a lo largo de toda la historia de la redención, los santos siempre han considerado la diligencia como una virtud necesaria. El Antiguo y el Nuevo Testamentos les ordenan consistentemente a los santos ser diligentes, y les advierten de los peligros de ser perezosos. Esta es una muestra:

Por tanto, cuídate y guarda tu alma con diligencia, para que no te olvides de las cosas que tus ojos han visto, y no se aparten de tu corazón todos los días de tu vida […] (Deuteronomio 4:9, [énfasis del autor]).

El alma del perezoso desea mucho, pero nada consigue, sin embargo, el alma de los diligentes queda satisfecha (Proverbios 13:4 [énfasis del autor]).

Tú has ordenado tus preceptos, para que los guardemos con diligencia (Salmo 119:4 [énfasis del autor]).

No sean perezosos en lo que requiere diligencia. Sean fervientes en espíritu, sirviendo al Señor (Romanos 12:11 [énfasis del autor]).

Si alguien no quiere trabajar, que tampoco coma. Porque oímos que algunos entre ustedes andan desordenadamente, sin trabajar, pero andan metiéndose en todo (2 Tesalonicenses 3:10-11 [énfasis del autor]).

Así que, hermanos, sean cada vez más diligentes para hacer firme su llamado y elección de parte de Dios. Porque mientras hagan estas cosas nunca caerán (2 Pedro 1:10 [énfasis del autor]).

Como muestran estos pasajes, la diligencia es una «virtud celestial» porque es un medio para cultivar piedad: una capacidad mayor de deleitarnos profundamente en Dios y en sus dones. Por otro lado, cultivar el «pecado mortal» (o el vicio) de la pereza es un medio de cultivar impiedad, una capacidad menor de deleitarnos profundamente en Dios y sus dones.

Demostremos evidentemente lo que amamos

No obstante, cuando hablamos de buscar diligencia como un modo de cultivar piedad, existe una dimensión adicional que va más allá de desarrollar una sólida ética laboral en aras de experimentar gozos mayores. Debido a que «Dios es amor» (1Jn 4:8) y a que «el amor es el cumplimiento de la ley» (Ro 13:10; Gá 5:14), crecer en piedad significa que crecemos en cierto aspecto de lo que significa amar. Lo que hace que la virtud de la diligencia sea claramente cristiana es que es una de las formas en que amamos a Dios con todo nuestro corazón y amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos (Mt 22:37-39). Dios nos ha diseñado de tal manera que nuestras acciones visibilicen los afectos reales de nuestro ser interior. Dicho de manera muy simple (y obviamente simplista): cómo nos comportamos, en el transcurso del tiempo, refleja lo que creemos; lo que hacemos refleja lo que deseamos; nuestras labores reflejan lo que amamos. Ahora, estoy consciente de que este es un tema complejo. Las creencias, deseos y amores que nos motivan no son simples. Tampoco lo son los contextos en los que nos comportamos, hacemos algo y trabajamos, ni tampoco lo son los desórdenes neurológicos y las enfermedades que a veces obstruyen estos engranajes ya complejos de por sí. Dicho eso, sigue siendo cierto que los comportamientos que mantenemos en forma consistente en el transcurso del tiempo revelan lo que realmente creemos, deseamos y amamos. A esto se refería Jesús al decir que podemos distinguir un árbol bueno (virtuoso) de uno malo (corrupto) por sus frutos (Mt 7:17-20). Por supuesto, el «fruto» no solo se ve en lo que hacemos, sino también en cómo lo hacemos. Es allí donde nuestra diligencia o pereza a menudo revela qué o a quién verdaderamente amamos. Dado que procuramos cuidar lo que valoramos mucho, generalmente es evidente cuando otros hacen las cosas de corazón y cuando no.  O como dijo Pablo de algunos «glotones ociosos» en Creta: «Profesan conocer a Dios, pero con sus hechos lo niegan» (Ti 1:12, 16). En lo que hacemos y cómo lo hacemos, en nuestra diligencia o pereza, demostramos evidentemente lo que amamos, ya sea que amemos a Dios (Jn 14:15) y a nuestro prójimo (Jn 3:18) o egoístamente nos amemos a nosotros mismos (2Ti 3:2).

Seamos aún más diligentes

Por tanto, en nuestra diligencia o pereza hay más en juego de lo que hasta ahora pensábamos. Sí, la diligencia es importante para poder realizar un trabajo de alta calidad que sea beneficioso de muchas maneras. Sin embargo, el trabajo arduo, por sí mismo, no se iguala a la virtud de la diligencia. Tal como lo señala Tony Reinke: «La adicción al trabajo es perezosa porque utiliza al trabajo de manera egocéntrica para enfocarse en el avance personal o en la acumulación de reconocimientos» (Killjoys [Mata gozos], 50)[1]. Cuando la Escritura nos ordena que «[seamos] cada vez más diligentes» (2P 1:10), Dios nos llama a que trabajemos arduamente para alcanzar las metas correctas (crecer en piedad), de la forma correcta (como Dios nos manda), por las razones correctas (amar). Mientras más nos caracterice este tipo de diligencia, más nos parecemos a Jesús: cada vez más nos deleitaremos en lo que Él se deleita y cada vez amaremos más como Él ama, que es la virtud verdadera.
Jon Bloom © 2021 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. Traducción: Marcela Basualto

[1] N. del T.: traducción propia.
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Consumado es
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Consumado es

Es viernes, 3 de abril, año 33 d. C. Es el día más oscuro en la historia de la humanidad —aunque la mayoría de los humanos no tiene idea de esto—. En Roma, Tiberio se ocupa de los exigentes asuntos del Imperio. A lo largo del inhabitado mundo nacen niños, personas comen y beben, se casan y se dan en matrimonio, hacen trueques en los mercados, navegan buques mercantes y combaten batallas. Los niños juegan, las ancianas chismean, los hombres jóvenes codician y las personas mueren. Sin embargo, hoy, una muerte, una espantosa y horripilante muerte, la peor y la mejor de todas las muertes humanas, dejará en el lienzo de la historia humana la pincelada más oscura. En Jerusalén, Dios el Hijo, el Creador de todo lo que existe (Jn 1:3), será ejecutado.

El jardín

El día judío amanece con la noche y nunca ha sido más oportuno, puesto que hoy la hora y el poder de la oscuridad han llegado (Lc 22:53). Jesús está en Getsemaní, donde oró con gran clamor y lágrimas, al ser escuchado por su Padre (Heb 5:7), cuya voluntad se hará. Jesús escuchó ruidos y levantó la vista. Antorchas y voces bajas señalan que quienes vienen llegando lo arrestarán. Jesús despierta a sus somnolientos amigos, que se alertan conmocionados al ver a su hermano, Judas, traicionar a su Rabí con un beso. Los soldados y los siervos rodean a Jesús. Pedro, rojo de ira, saca su espada y arremete contra quienes están más cerca de Jesús. Malco se estremece, pero no lo suficiente; donde había estado su oreja, brota sangre y un dolor cegador. Se oyen voces, pero Malco solo escucha la herida que grita, la cual agarró con ambas manos. Él siente que una mano toca la suya y el dolor se desvanece. Entre sus manos hay una oreja. Pasmado, mira a Jesús, que ya se lo están llevando. Los discípulos se dispersan. Malco mira sus sangrientas manos.

El Sanedrín

Jesús es llevado bruscamente a la casa de Anás, un antiguo sumo sacerdote, quien lo interroga sobre su enseñanza. Jesús sabe que este interrogatorio informal tiene el propósito de atraparlo desorientado y descuidado. Sin embargo, Él no está así, por lo que no le entrega nada a este líder manipulador. Al contrario, Él remitió a Anás a sus oyentes y un oficial judío lo golpea con ironía por mostrar una falta de respeto. Frustrado, Anás envía a Jesús donde su yerno, Caifás, el actual sumo sacerdote. En la casa de Caifás, el juicio se pone en marcha rápidamente. La mañana llegará pronto. El concilio necesita un veredicto irrefutable para el amanecer. El examen procede mientras los somnolientos miembros del Sanedrín continúan presentando. Se han reunido las pruebas a la ligera y no se han investigado bien a los testigos. Los testimonios no concuerdan. Los miembros del concilio parecen desconcertados. Jesús está en silencio como un cordero. Irritado e impaciente, Caifás va al grano: «Te ordeno por el Dios viviente que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios» (Mt 26:63). La hora llegó. Ordenado a responder en el nombre de su Padre, Jesús pronuncia las palabras que sellarán la muerte que Él había venido a soportar (Jn 12:27): «Tú mismo lo has dicho; sin embargo, a ustedes les digo que desde ahora verán al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Padre, y viniendo sobre las nubes del cielo» (Mt 26:64). Como si fuera un momento de transgresión de la ley (Lv 10:6; 21:10), un teatro políticamente religioso, Caifás rasga sus vestiduras con una fingida indignación y un frío alivio oculto por la blasfemia de Jesús. Él declara el fin del juicio diciendo: «¿Qué necesidad tenemos ya de testimonio? Pues nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca» (Lc 22:71). A medida que el sol se asoma sobre la cumbre este de Jerusalén, Judas cuelga de su propio cinto, Pedro se retuerce en el dolor de su fracaso y el rostro de Jesús está manchado con sangre seca y saliva del deporte previo al amanecer de los guardias del templo. El veredicto del concilio: culpable de blasfemia; su sentencia: la muerte. No obstante, es una sentencia que ellos no pueden llevar a cabo. Roma se rehúsa a delegar una pena capital.

El gobernador

El humor de Pilato, ya agriado por la repentina insistente intromisión tan temprano en la mañana, empeora mientras capta la situación. Ellos quieren que ejecute a un «profeta» galileo. Sus maduros instintos le dicen que algo no anda bien. Él interroga a Jesús y luego le dice al concilio: «No encuentro delito en este hombre» (Lc 23:4). Un juego de ajedrez político sigue entre Pilato y el Sanedrín, ninguno se da cuenta de que son peones, no reyes. Pilato hace un movimiento. Como galileo, Jesús está bajo la jurisdicción de Herodes Antipas; que Herodes juzgue. Inicialmente Herodes recibe a Jesús con alegría, esperando ver un milagro. Sin embargo, Jesús se rehúsa a entretener o siquiera a responder. Antipas, decepcionado, bloquea el movimiento y devuelve a Jesús a Pilato. Pilato hace otro movimiento. Él ofrece liberar a Jesús como el prisionero anual indultado durante la Pascua. El concilio bloquea el movimiento. «No a este, sino a Barrabás», gritaron (Jn 18:40). Pilato está pasmado. ¿El Sanedrín prefiere a un ladrón y asesino que a este profeta campesino? Pilato intenta otro movimiento. Él hace azotar y humillar severamente a Jesús, con la esperanza de frenar la sed de sangre que tiene el concilio. Nuevamente, el movimiento es bloqueado cuando el concilio insiste en que Jesús debe ser crucificado porque «pretendió ser el Hijo de Dios» (Jn 19:7). ¡Jaque! El temor de Pilato crece. La aseveración divina de Jesús podría amenazar a Roma. Peor, podría ser verdad. Las deidades romanas supuestamente podían tomar forma humana. La interrogación más exhaustiva a Jesús lo desconcierta. Una última jugada. Pilato intenta persuadir al Sanedrín que libere a Jesús. Un último bloqueo y trampa. «Si suelta a este, usted no es amigo de César; todo el que se hace rey se opone a César» (Jn 19:12). El concilio tiene a Pilato donde lo quiere: arrinconado. ¡Jaquemate! Y el Dios trino tiene al concilio, a Pilato y a Satanás donde Él los quiere. Ellos no tienen autoridad sobre el Hijo en absoluto a menos que les haya sido concedida de lo alto (Jn 19:11). Judíos, gentiles y poderes espirituales caídos colaboran sin darse cuenta en la ejecución de la única muerte inocente que posiblemente podría otorgar vida al culpable. ¡Jaquemate!

La cruz

La mañana se va mientras Jesús sale tropezando del Pretorio, terriblemente golpeado y sangrando profusamente. Los soldados romanos han sido brutales en su creativa crueldad. Las espinas han desgarrado el cuero cabelludo de Jesús y su espalda es una grotesca y rebosante herida. El Gólgota está apenas a medio kilómetro por la puerta del jardín, pero Jesús no tenía fuerzas para llevar la barra de unos dieciocho kilos. Simón de Cirene es reclutado de la multitud. Veinticinco minutos después, Jesús cuelga en absoluta agonía en uno de los instrumentos de tortura más crueles que jamás se hayan inventado. Los clavos han atravesado sus muñecas (lo cual sabemos solamente debido a la duda que Tomás expresaría un par de días después en Juan 20:25). Un letrero sobre Jesús declara en griego, latín y arameo quién es Él: el Rey de los judíos. El Rey está flanqueado en ambos lados por ladrones y a su alrededor hay mirones y burladores. «Que se salve Él mismo si este es el Cristo de Dios, su escogido», algunos gritaron (Lc 23:35). Uno de los ladrones moribundos incluso se une a la burla. Ellos no entienden que si el Rey se salva a sí mismo, pierden su única esperanza de salvación. Jesús le pide a su Padre que los perdone. El otro ladrón crucificado ve un Mesías en el hombre mutilado que está a su lado y le pide al Mesías que se acuerde de él. La oración de Jesús comienza a ser respondida. Cientos de millones lo seguirán. Es media tarde ahora y la espeluznante oscuridad que ha caído tiene a todos con los nervios de punta. Sin embargo, para Jesús, la oscuridad es un horror que Él nunca ha conocido. Esto, más que los clavos, las espinas y los latigazos, es lo que lo hizo sudar sangre en el jardín. La ira de Dios lo está golpeando con toda su fuerza. En ese momento, Él ya no es el Bendito, sino el Maldito (Gá 3:13). Él se hizo pecado (2Co 5:21). En un aislamiento aterrador, de su Padre y de todos los humanos, Él grita: «ELÍ, ELÍ, ¿LEMA SABACTANI?», palabras en arameo que significan «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27:46; Sal 22:1). No se ha desplegado ni jamás se desplegará un amor (Jn 15:15), humildad (Fil 2:8) u obediencia (Heb 5:8) más grande. Poco después de las tres en punto de la tarde, Jesús susurra con voz quebrada pidiendo algo de beber. En amor, bebió hasta las últimas gotas de la copa de ira de su Padre. Él cargó nuestra maldición completa. No hay deuda que pagar y Él no tiene más que dar. El vino moja sus labios lo suficiente para decir una última palabra: «¡Consumado es!» (Jn 19:30). Y Dios el Hijo muere. Es la peor y la mejor de todas las muertes humanas. Puesto que en este árbol Él carga nuestros pecados en su cuerpo (1P 2:24), «el justo por los injustos, para llevarnos a Dios» (1P 3:18). Y ahora, consumado es.

La tumba

Una ironía brillante en este día tan oscuro es que los hombres que se ofrecen para reclamar el cuerpo de Cristo para sepultarlo no son familiares ni discípulos. Son miembros del Sanedrín: José de Arimatea y Nicodemo. Es una más de las amenazas inesperadas de gracia entretejidas en este tapiz de redención. Rápidamente envuelven el cuerpo de Jesús en una sábana y lo ponen en una tumba cercana. La tarde cae y ellos no tienen tiempo para esparcir completamente especias aromáticas. María Magdalena y María, la madre de Jesús, los acompañan, preocupadas de saber la ubicación de la tumba. Planean volver con más especias después del sabbat, el primer día de la semana, para asegurarse de que esté terminado.
Jon Bloom © 2014 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.