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Ellelein Kirk es esposa y madre de dos chicos geniales. Le encanta discipular y enseñar a mujeres a través de la palabra escrita y por medio de charlas. Junto a su esposo plantaron la Iglesia Anglicana Pablo Apóstol en Valparaíso, Chile, y fueron misioneros en ese país desde el 2005-2018. Actualmente trabaja medio tiempo como Gerente de Operaciones en la fundación cristiana The Latimer Trust y sirve junto a sus esposo en la Iglesia Anglicana St. Michael’s en Gidea Park, Inglaterra. Su deseo es que más personas vivan, se deleiten y le den gloria a nuestro maravilloso Dios.

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RESEÑA: ASOMBRO
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RESEÑA: ASOMBRO

  1. «Solo cuando el asombro ante Dios esté en el lugar correcto en nuestros corazones, podremos poner las cosas físicas a nuestro alrededor en el lugar apropiado en nuestras vidas».
Debo confesar que al principio creí que la teoría del asombro que presenta Tripp era demasiado simplista. ¿Es que solo necesito estar asombrada ante Dios y todo será arreglado? Pero, he ahí el dilema, recuperar la visión de reverencia ante Dios, esa que te deja boquiabierto y sin aliento, no es algo sencillo. Quizás, como yo, piensas que la premisa es fácil y correcta. Pero en la práctica creo que también estarás de acuerdo conmigo en afirmar que nuestros ojos, mente y corazón se desvían constantemente y se olvidan casi por completo de que detrás de cada cosa maravillosa hay un Dios creador. No nos es fácil mantenernos en un asombro constante ante esta aseveración. Y no lo es porque, como pecadores y aun siendo redimidos, tenemos la tendencia a buscar soluciones instantáneas que nos entreguen: identidad, satisfacción y trascendencia. Cambiamos, como explica el autor en su libro, el asombro por Dios por cosas pasajeras, creadas e incluso por nosotros mismos. Se nos olvida —como una especie de amnesia)— que solo somos quienes somos, gracias a Él. Que nuestros logros son gracias a Él. Y, por supuesto, que toda la hermosura de la naturaleza, aun en este mundo caído, es tan solo un reflejo de su Creador. Más aún, que el afán de buscar constantemente «eso» que nos llene y nos satisfaga no se encuentra en nada, sino en Dios. Paul Tripp, dice que escribió Asombro para él, porque se dio cuenta de que aún en esta fase de su vida su corazón seguía siendo voluble y divagante y que tristemente veía cómo constantemente traicionaba a Dios. ¿Te sorprende? A mí sí. Pero quizás no por las razones que piensas, sino porque me identifica y me impresiona su humildad. Lo que es más, me hace prestar atención a sus palabras, que amorosamente me invitan a dejar a un lado mi propia pecaminosidad. ¡Si tan solo nuestro ser desistiera de esa búsqueda fútil de la felicidad en lo creado y se dejara deslumbrar por la presencia de Dios! Sin embargo, mientras vivamos pensando que lo que hay en este mundo es todo a lo que podemos aspirar, seguiremos tratando de llenar vacíos y no disfrutando la vida que Dios nos regala desde hoy y hasta la eternidad. Parafraseando a Tripp, si entendiéramos, si creyéramos ¡en verdad! que todo lo que tenemos proviene de Dios; que cada maravilloso regalo realmente viene de Él, nuestra disposición sería la de vivir sirviéndole alegres y humildemente por todos los días de nuestras vidas. Quizás, sea entonces importante preguntarnos, ¿de verdad nos asombra la presencia de Dios? Hace muchos años ya, C.S. Lewis había mencionado algo similar, diciendo:
«Cuando haya aprendido a amar a Dios mejor que a mis seres queridos, podré amar a mis seres queridos más de lo que hago ahora. En la medida en que ame a mis seres queridos a expensas de Dios y en lugar de Dios, estaré yendo hacia un estado en el que no amaré a mis seres queridos para nada. Cuando las cosas importantes se ponen en primer lugar, las cosas secundarias no se suprimen sino que aumentan».
En este libro, Tripp nos recuerda nuevamente esto y desafía a encarar a nuestros quejumbrosos corazones y a voltear la vista hacia nuestro Salvador. Nos invita a meditar en las maravillosas obras del Señor y en el esplendor y gloria de su majestad (Sal 145:5). Los capítulos de este libro ilustran cómo perdemos o cambiamos nuestro asombro en varios momentos y circunstancias de nuestras vidas. Él comienza hablando sobre nuestra propia humanidad: «tu fuente de asombro controlará todas tus decisiones y el curso de tu historia». Y establece en el capítulo siguiente que Dios, en su gracia, enfrenta esta batalla con nuestro pecado para recapturar nuestros corazones con el fin de que estos puedan volver a ser asombrados ante Él. Los capítulos siguientes son igual de desafiantes al mostrar en viñetas cómo la falta de asombro marca nuestra perspectiva de la vida, del ministerio, del trabajo y de la crianza. Al mismo tiempo, cómo la ceguera que nos ataca nos lleva al materialismo y a la queja, y cómo a su vez, esto moldea inevitablemente la manera en que vemos al mundo y hacemos iglesia. Para cerrar, Tripp dice: «El asombro es anhelo». Y esto hace eco a las palabras de San Agustín de Hipona, quien dijo que nuestra alma no estará tranquila hasta que descanse en Dios. Si el asombro es anhelar, si es un deseo que busca capturar por completo y por siempre nuestro corazón, este solo podrá ser satisfecho en Dios y solo así nuestra alma verdaderamente descansará. Este libro es un regalo y un desafío. Una llamada de atención y una súplica para cada uno de nosotros a parar y a deleitarnos verdaderamente ante la maravillosa presencia del Señor; a buscar en Él lo que solos no podemos alcanzar; a verdaderamente asombrarnos en quién Dios es para que podamos saborear la gracia que nos ha sido dada y representar como verdaderos embajadores a Cristo en el tumultuoso caos de este mundo.

Asombro: por qué es importante para todo lo que pensamos, decimos y hacemos. Paul David Tripp. Poiema Publicaciones, 208 páginas.

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Confiando a ciegas
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Confiando a ciegas

Cuando nuestros planes no se concretan y los sueños parecen más quimeras, nuestro corazón se encoge. Es difícil imaginar que al final todo saldrá bien. Muchas veces es incluso imposible sonreír hacia la incertidumbre de un futuro que nos es imposible controlar. De vez en cuando, quizás traigamos a la mente que el andar por fe obedece precisamente a esto: caminar sin ver. Confiar sin conocer que va a pasar. Trabajar y planificar pero sin depender de lo que nosotros hagamos sino de la soberanía del Señor. Pero esto no es fácil y la espera lo complica aún más. No resulta sencillo ver como un hijo sufre, o como un pariente sucumbe ante la enfermedad. Quizás sea un trabajo que no se cristaliza o la espera de un noviazgo que no llega. Y el orar se dificulta porque al no contar con resultados positivos, nuestra fe empieza a tambalearse. En nuestra debilidad desconfiamos de que Dios escucha nuestras peticiones y en un despliegue de arrogancia puede ser incluso que pensemos que no tiene caso elevar nuestras plegarias porque de cualquier forma nuestros planes no se harán.  Pero ahí, en una extraordinaria muestra de misericordia, nuestra altivez es recompensada con un torbellino de gracia, donde aún sin merecerlo Dios nos recuerda: «…yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes… planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza» (Jer 29:11). Y su voluntad es mucho mejor que lo que nosotros pudiésemos imaginar.  Y esa voz poderosa es capaz de acallar nuestras dudas recordando que quien nos salvó de la muerte segura tiene a bien llevarnos a una eternidad perfecta a su lado. Con compasión nos dice que en la incertidumbre de lo que pasará mañana, está la certeza de su presencia en nuestras vidas. Un amor que sacrificó todo en el madero para que pudiéramos tener una nueva vida. La promesa de que a pesar del sufrimiento y de los planes frustrados, él está trabajando en nosotros y para nuestro bienestar eterno. Nuestra dependencia en él se hace más necesaria aún. Entonces, empezamos a comprender que incluso en esa espera agotadora hay siempre unos brazos fuertes que nos sostienen cuando no podemos levantarnos. Doblegamos el orgullo entendiendo que al rendir nuestra autosuficiencia podemos descansar en su regazo. Nuestros planes palidecen y aun así nos gozamos ante lo que Dios hace y desea para nuestra vida.  George Muller, el gran predicador y director de hogares para huérfanos, entendió esto cuando dijo: «Este es uno de los grandes secretos para servir de manera exitosa al Señor. Trabajar como si todo dependiera de nuestra diligencia y sin embargo, no confiar en que todo se llevará a cabo debido a nuestras propias habilidades sino gracias al Señor, porque solo él puede hacer que nuestros esfuerzos fructifiquen».[1] En la batalla del día a día, con sinsabores y conflictos, podremos decir como el salmista, unos «confían en sus corceles, pero nosotros confiamos en el nombre del Señor nuestro Dios» (Sal 20:7-8).  Con diligencia nos prepararemos para la batalla pero siempre teniendo encuenta que la victoria es dada por la mano poderosa del Señor. Así pues, cuando la incertidumbre aceche nuestra mente y la ansiedad quiera cobijarse en nuestro corazón, haremos bien en recordarnos quien es el Dios al que pertenecemos y disipemos con su presencia el temor. Los propósitos de Dios se cumplirán en nuestra vida y los murmullos de miedo y de angustia se calmarán con la persona de Jesús.  En los días nublados y turbulentos, cuando la negrura de la noche no nos permita ver, abracemos la luz de Cristo y recordémosle a nuestra alma: «Pon tu esperanza en el Señor, ten valor y cobra ánimo. ¡Pon tu esperanza en el Señor!» (Sal 27:14).

[1] A narrative of some of the Lord´s dealings with George Muller, written by himself (Muskegon, Mich. Dust and Ashes 2003) in www.desiringgod.org  «George Muller strategy for showing God» [traducción propia].

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Un instrumento en manos del Señor
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Un instrumento en manos del Señor

No soy indispensable. ¿Alguna vez te has preguntado si somos indispensables para hacer el trabajo de Dios? Aunque nos duela un poco, la respuesta debiera ser un rotundo no. Quizás sea algo duro decirte esto, sobre todo en un artículo que pretende animarte a servir y a discernir cómo saber dónde puedes hacerlo. Pero me temo que es necesario hablar del tema. Porque es precisamente el mal entendimiento que tenemos del concepto del servicio el que nos hace olvidarnos de la gracia, regresar a las obras y entrar en el ámbito de la comparación. ¿Te suena familiar? Me atrevería a decir que sí. Cuando la mies es mucha y pocos los obreros, nace en algunos de nosotros una urgencia por tratar de hacerlo todo. O bien por criticar lo que otros hacen pero sin involucrarnos, después de todo, pensamos que nuestra crítica es una ayuda suficiente. Por ello, es necesario que tajantemente tengamos claro que nuestra participación en el servicio, a diferencia de la participación de nuestro Dios, no es indispensable, ya sea tratando de hacerlo todo o bien a través del control remoto, criticando. Pero partamos por lo que el diccionario nos dice sobre el servicio. Ahí se define como la utilidad o la prestación de ayuda a otra persona. Creo que esa es una de las razones por las cuales nos confundimos y pensamos que con nuestro servicio a otros estamos ayudando a Dios. No hay que confundir entre ser amados por él y ser indispensables para él. La primera es una cualidad gratuita e insuperable, la segunda es verdaderamente una aberrante conclusión. Nosotros necesitamos a Dios, él sí es indispensable para nuestra vida, pero nosotros no lo somos para su existencia. Es él quien simplemente escoge amarnos, salvarnos e incluirnos en su historia. Esto posiblemente apabulle nuestro orgullo. Pero es algo bueno para un cristiano ya que le otorga la libertad de saber que el servicio es una oportunidad para complacer a Dios, para amar a Dios, para entregarse por completo a él, pero también y aún más importante, para ser consciente de que el servicio es un vuelco de agradecimiento y no una obligación para ganar su favor. Si el servicio es un trabajo rendido debemos entonces tomar en consideración lo que Tim Keller dice al hacerlo, «…si somos exitosos nos destruye porque se nos sube a la cabeza. Si no somos exitosos, nos destruye porque apabulla nuestra valía…».[1] Por lo tanto, cuando este trabajo es en función de amar a quien tiene todo bajo su control, a quien me acepta y me ama, serviré libremente amando a mi prójimo, a través de la guía y la motivación del Espíritu Santo. Ni nuestra valía ni nuestro éxito serán los motores que me lleven a realizarlo, sino el deseo ferviente de complacer a Dios y darle a él la gloria. Cuando tenemos esta perspectiva del servicio, nosotros no somos los protagonistas de la historia; sin embargo, participamos en ella gracias a su misericordia. En el libro de Santiago, antes de entrar al tema de fe y las obras, el apóstol nos habla del amor. Y estudiando esta carta durante esta semana, recordé nuevamente la necesidad de amar a Dios más que a nada en el mundo, para que de ese amor, el más importante y el primero, como diría C.S. Lewis, pueda brotar ese otro amor, el amor al prójimo, manifestado entre muchas otras cosas en el servicio o bien como lo dice su palabra: «la fe sin obras está muerta» (Stg 2:14-25). Entonces, ¿qué debo hacer o pensar hacer cuando considero servir a mi iglesia? Primero que nada amar a Dios sobre todas las cosas, y eso significará conocerle más, orar más para saber así lo que él desea de nuestras vidas. Me impresiona que a veces su Palabra saca lágrimas de agradecimiento de mis ojos. Su constante fidelidad y perseverancia me levanta para adorarle y para buscar oportunidades para compartir a otros de él. Es mi lucha, por mi misma pecaminosidad, permanecer en su presencia consciente de su presencia todo el tiempo, sin dejar que las distracciones de la vida saquen mis ojos de Cristo. Para servirle, debemos amarlo primero. ¡Amémoslo! La devoción al Señor, al leer su Palabra, transforma nuestras vidas y nos da la oportunidad también de orar y conversar con el Rey del universo. Es su Libro que me recuerda sus promesas y me insta a hablar  diariamente con él de manera directa y sincera. La oración es el vínculo estrecho entre nosotros y nuestro Padre. Una herramienta de misericordia que tenemos a nuestro alcance y que es verdaderamente un placer utilizar. Un amigo y pastor dice que debes servir donde está la necesidad. Y yo creo que parte de eso es verdad; sin embargo, te invito también a ser sabio. Porque la necesidad de la iglesia es mucha, y si volvemos a pensar que somos indispensables trataremos de hacerlo todo,  y terminaremos agotados. Por eso, orar sí que es indispensable. La oración pone nuestra realidad en su lugar y nos quita la venda de cinismo de los ojos y nos lleva a depender completamente de Dios. Es él quien nos otorga nuevos sueños, es él quien nos lleva de la mano hasta prados llenos de maná, es él quien hace posible discernir sobre los diferentes proyectos en los cuales involucrarse. Para servir a Dios, hay que orar y aprender a escuchar su voz en la Escritura. Y en cuanto a qué proyectos tomar e involucrarnos, bueno, Dios nos ha dado dones a todos, y estos son como lo dice su Palabra: necesarios para la edificación del cuerpo y la expansión del Reino  (1Co 12). ¿Y cómo puedo ponerlos en práctica? Mi sugerencia es escuchar al liderazgo de tu iglesia. Hay muchas personas que tienen carreras y desean otorgar su expertisse en la iglesia, pero sin un pleno conocimiento de Dios y sus planes, sin una vida de oración y sin escuchar cuáles son las necesidades de la iglesia, pronto regresaremos a pensar que somos nosotros los que estamos llevando a cabo la obra, nos fiaremos de nuestras propias estrategias y dejaremos a Dios de lado. ¿Significa esto que no podemos hacer nada relacionado con nuestras carreras? Por supuesto que no. Pero sí debemos ser humildes y en muchas ocasiones posponer el deseo de nuestros corazones y dar paso a los planes de Dios. Por darte un ejemplo, yo estudié periodismo y durante mucho tiempo pensé que trabajar con niños no era lo mío. Deseaba trabajar en el área de comunicaciones; sin embargo, la necesidad de la iglesia requirió que estuviera a cargo del ministerio de niños. A pesar de mi inexperiencia y mi reticencia, el Señor no solo limó asperezas en mi vida que no conocía, sino que me regaló muchas horas de aprendizaje y deleite en los ocho años que duró mi incursión con los niños. Mis planes fueron pospuestos y el trabajo realizado en mi debilidad fue para su gloria. Para servir a Dios, debemos ser humildes y escuchar al liderazgo de nuestra comunidad de fe. Finalmente, el servicio es un placer. Es una oportunidad de ver cómo Dios transforma las circunstancias y las vidas de las personas, incluidos nosotros. Pero recuerda, esto no está bajo nuestro control ni tampoco en nuestras propias fuerzas; no obstante, nos da una exhilarante libertad de amar a otros como se nos ha amado. No vayamos a él con una corazón enfadado pensando, «ya, está bien, lo hago así pero no quiero», sino mas bien vayamos gozosos y con corazones humildes diciendo: haz de mí, Señor, un instrumento para que tu voluntad sea hecha aquí en la tierra.
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A la espera del porvenir
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A la espera del porvenir

Al comienzo de un nuevo año, nos llenamos de propósitos, metas que deseamos lograr, expectativas sobre cómo se desarrollará la vida en los días venideros. Y en esa espera por los sueños y objetivos a cristalizar, una luz se prende en nuestro interior: la esperanza. Si tan sólo esa esperanza pudiese mantenerse firme, tal vez todo estaría bien. Pero al cabo de un tiempo, nos damos cuenta, de que no todos nuestros proyectos pueden alcanzarse. Que la vida, a pesar de nuestros reclamos, nos presenta situaciones difíciles que complican nuestros pasos. El enojo del jefe en el trabajo, la pataleta de los niños, la enfermedad inesperada y aún ese chocolate, encontrado «por casualidad», nos alejan una y otra vez de aquello que nos habíamos propuesto cumplir. La luz que en algún momento iluminó nuestro sendero, con el pasar del tiempo ya no alcanza a disipar la niebla de incertidumbre que llega a abrumarnos. Culpamos entonces al mundo, a la vida y al gato si es necesario. Culpamos también a Dios, si somos sinceros, de no escuchar nuestras peticiones. Nos decimos, las circunstancias estaban en contra nuestra. Y empezamos a ver cuántos meses faltan para que este año termine y podamos empezar de nuevo. Esa constante búsqueda por la felicidad, por el momento ideal, por lo que nos haga sonreír, nos mantiene ocupados. Pero si somos sinceros, la mayor parte del tiempo el ajetreo en el que comprometemos nuestra vida por alcanzar nuestros sueños no resulta ni en la paz ni en la satisfacción que tanto anhelamos. ¿Cuál es el sentido entonces de esperar por aquello que uno desea? Acaso, ¿no debemos soñar nada y simplemente alegrarnos por lo que llegue? ¿Qué pasa entonces con el “pide y se te dará” del que la Biblia nos habla? Para aquellos que, como yo, no les gusta esperar. Para aquellos que, como yo, se desesperan al sentir que aun al pedir lo justo esto no llega. Podríamos caer en la tentación de pensar que Dios es caprichoso y no concede los deseos de nuestro corazón. Podríamos dudar de su bondad, sobre todo en situaciones donde uno mismo o aquellos que amamos sufren. Pero la verdad es que este razonamiento es dirigido por nuestro dolor. Puede ser el ideal de una casa que no se cristaliza, la aflicción ante la pérdida, la espera del hijo que no llega o el abandono de la pareja. Vivimos como diría Paul Tripp, bajo la mentalidad del “Aquí y el ahora”. Y la espera, no es algo que estemos dispuestos a pasar. Sobre todo si esa misma no viene: con un tiempo definido o con la garantía de que nuestra petición será respondida favorablemente. Partimos sobre la premisa de que estamos a la par del Creador. Por tanto, si decidimos creer en él, entonces él debiera cumplir su parte del trato. Y esa es, la de cumplir nuestros deseos. En algún lugar nuestra teología se confunde y se nos olvida que el trato fue disparejo, que no traemos nada a la mesa de negociación y sin embargo Dios nos entregó su vida misma, para que tú y yo pudiéramos tener una eternidad perfecta a su lado. El “pide y se te dará” puede verse entonces bajo una luz diferente. En Santiago 4:3, se explica: «…cuando piden, no reciben porque piden con malas intenciones, para satisfacer sus propias pasiones». Y ¿cuáles son esas pasiones? ¿cuáles son nuestros grandes amores? ¿quién ocupa ese sitio prioritario en nuestra vida? Nos damos cuenta de nuestra condición y por tanto agradecemos la misericordia y la gracia de Dios. ¿O creemos que Él no nos oye porque no contesta lo que pedimos y por tanto no vale la pena pedir? Mi nana murió una muerte lenta y dura. Mi madre, quien la cuidó, testifica de ello. En ocasiones nos preguntamos por qué una mujer que sufrió tanto en su vida tuvo que terminar de la manera que lo hizo. Con su mente perdida, su cuerpo encorvado e incapaz de llevar a cabo sus necesidades más básicas. Lo que es más, después de morir, sólo quedó registro de su vida en un papel: el certificado de defunción. Eso era todo. Quedarán las memorias, sí. Pero evidencia real, no.  Aún, sin embargo, sabemos que para aquellos que hemos doblado nuestras rodillas a la inmensa misericordia de Dios, la muerte de mi nana se describe bien en el Salmo 103:15-17:
El hombre es como la hierba, sus días florecen como la flor del campo: sacudida por el viento, desaparece sin dejar rastro alguno. Pero el amor del Señor es eterno y siempre está con los que le temen; su justicia está con los hijos de sus hijos,
En su amor Dios tuvo a bien aceptarle como hija, aun cuando para nosotros la evidencia de su existencia en esta tierra se reduzca a un papel. Ella está en una realidad permanente de gozo y amor ante el creador.  Su espera en este mundo donde sufrió tantas cosas, no es ni siquiera un recuerdo para ella ante el gozo y el amor incomparable de Dios. La espera va normalmente acompañada de sufrimiento. En diversas medidas todos hemos sentido ese aguijón al anhelar algo que aún no se completa. En mi caso, tiendo a ser obsesiva y cuando lo hago, no sólo pierdo tiempo, sino que me lleno de frustración. No es sino hasta que en su misericordia Dios levanta mi rostro, que veo mi necesidad de sostenerme en él aún más. Mientras mi dependencia hacia él incrementa, la espera ya no es tan dolorosa.  C.S. Lewis explica esto con sencillez. Él dice: «Apunta al cielo y tendrás la tierra por añadidura. Apunta a la tierra y no tendrás ninguna de las dos cosas»[1]. Lo que es más, cuando dependo de Dios, la realidad de su presencia es más vívida. Y sus promesas de estar conmigo hasta el final y más allá, dan a la espera un propósito. La preparación en este mundo es la contemplación de una certeza incomparable al futuro a su lado. La espera aquí es con la consigna de entender que no hay nada más importante que él. Al aprender a depender de Dios día a día, podré soñar con libertad porque mis pensamientos estarán alineados con los de mi Señor. Aprenderé a desearle sólo a él y a gozarme en él porque su vida entregó por mí, y su amor incomparable me ha sido dado. Sus bendiciones y regalos serán alegrías dadas por añadidura, y durante la espera y el sufrimiento descansaré en él y en la noción de que este mundo no es el destino final. Todo lo que ansío aquí no será nada comparado con lo que tendré allá. Paul Tripp dice: «El vivir en el mundo actual, está diseñado por Dios para producir tres cosas: Anhelo, preparación y esperanza, en vez de profundizar en mi interés por tenerlo todo ahora. Las desilusiones de este mundo tienen la intención de anhelar por lo que viene». [2] Quizás tu espera haya sido más larga que la mía. Es muy probable que tu pesar sea más doloroso que cualquiera que yo haya sentido. Pero tanto en tu historia como en la mía, Dios es una constante que no varía. Si piensas que no puedes descansar para siempre en Él, descansa solo hoy día. Refréscate en su oasis hoy. Después de todo, cuando Dios alimentó a su pueblo en el desierto, el maná era cosa diaria. Ora sin cesar para que él satisfaga tu verdadera necesidad de él. Y cree verdaderamente, que él puede hacer más de lo que tú puedes imaginar. En todas las buenas historias, el final es lo mejor y en nuestro caso, es verdaderamente glorioso. Por tanto: “…animémonos unos a otros, y con mayor razón ahora que vemos que aquel día se acerca.” Heb 10:24-25 ¡Aleluya! ¡El día está cerca!

[1]Mere Christianity. Lewis, C.S., New York Haper Collins, p. 135 (Traducción libre) [2] Forever. Why you can’t live without it. , Tripp, Paul. Zondervan, Kindle books loc.365
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Cuando el dolor se asoma a tu ventana

Hace unos días, aquí en Chile, apareció otra noticia más de la cifra de niños muertos en el SENAME (Servicio Nacional de Menores). Pensé, ¡cuánta tragedia hay en este país! Cientos de pequeños fallecidos, en un período de 10 años, mientras se encontraban a cargo de la institución. Un saldo que arroja la deplorable situación de un organismo creado para velar por los derechos de los chilenos menores de edad. Luego miré las noticias internacionales donde aparecieron las caritas de pequeños huérfanos debido a las guerras en Siria. Ojitos con lágrimas y mantas prestadas en espera de saber a dónde ir o si sus padres aparecerían en algún momento. Más tarde se mostraba a adultos llorando por las pérdidas colosales en Haití y escenarios devastadores en Turquía. Ante tanto dolor, a veces me pregunto ¿Qué puedo hacer? ¿Por dónde comienza uno? Es fácil sentirse agobiado y frustrado ante la inmensidad de un mundo sumamente quebrantado. Cuando el pesar es demasiado, tratamos de aliviar nuestro corazón oprimiendo el botón de compartir en las redes sociales y pensando que alguien hará algo al respecto. Nos convencemos de que ese mundo quebrantado que muestran las noticias es mucho más de lo que podemos cargar. Después de todo, ya bastante tenemos con nuestros propios problemas, como para cargar con los del mundo entero. A veces incluso, ni siquiera compartimos lo leído, simplemente apagamos el computador o el televisor. Dejamos de leer el diario y nos hacemos ajenos a una realidad que, aun cuando es ignorada, no deja de existir. Buscar la justicia y ayudar al desvalido son dos aspectos intrínsecos de la vida cristiana. Al respecto, Tim Keller dice que en la Biblia, Job se vestía de justicia, “sugiriendo que (la justicia) estaba siempre en su mente, siempre buscando maneras de impartirla”[1] Fuimos creados de forma relacional, para invertir en relaciones y en la ayuda a otros como consecuencia de las mismas. Es un llamado que no podemos ignorar. ¿Y qué pasa con el agobio, la frustración, la enorme tristeza de ver y no hallar soluciones para este mundo quebrantado? Esa es quizás una de las excusas más grandes que podemos darnos. Porque en nuestra limitada perspectiva estamos pensando sólo en nosotros. Cuando sacamos a Dios de la ecuación de ayudar a otros y al involucramiento con el prójimo, podemos caer en la seductora situación de creernos muy poco para hacer algo o creernos salvadores para hacerlo todo. Y ambas respuestas van en contra de lo que Dios nos ha pedido hacer. No somos nosotros la pieza importante que se llevará el triunfo. Es Él. Ante el agobio y la tristeza, ante la desesperación y la frustración, no hay mejor remedio que darle a Dios el lugar que merece y dejarse asombrar con su poderío. Él muchas veces nos va a pedir mucho más de lo que podemos cargar. Y lo vamos a poder hacer porque Él está de nuestro lado. La opresión que sentimos por un mundo quebrantado y nuestro deseo de ayudar está impreso en nuestras vidas al ser creados a imagen de Dios. El querer hacerlo todo por nuestras propias fuerzas no es sino orgullo y una suplantación de quien en verdad es el único que puede hacer los cambios. Dios es verdaderamente justo, y nuestra pasión por las necesidades de este mundo debe provenir de un entendimiento de quién es Dios y su pasión por la justicia y los desvalidos. Mientras no vemos esto, vamos a continuar pensando que todo se trata de nosotros. Tenderemos a sentirnos fracasados y quizás hasta culparemos a Dios de permitir que las atrocidades sucedan. En muchas ocasiones me avergüenza decir que he dejado de lado el prestar ayuda porque pienso que será demasiado para mí: que no podré resistir auxiliar a un alcohólico, cuidar de un anciano, o ayudar en un hogar sin salir destrozada por dentro. Pero no se trata de mí, sino de ellos, quienes necesitan el abrazo, el apego y la aceptación. Quienes necesitan que alguien les presente el evangelio para poder tener una verdadera esperanza en sus vidas. Nuestro llamado es para servir. Y si hay temor, podemos confrontarlo con la persona de Jesús, quien estará a nuestro lado siempre. Hemos sido enviados a este mundo con lámparas en la oscuridad, con la venia de ayudar al prójimo con la misma misericordia que Dios nos extiende. Con la compasión que Él ofrece. Con Él todo se hace posible. Si te duele el corazón por lo que sucede ahora en el SENAME, por las muertes de inocentes y los refugiados, ¡profundiza en el tema! Empápate sí, de qué es lo que se está haciendo ahora. Vicki Reddy[2], quien es una cristiana apasionada por la justicia, nos dice: “Escucha todas las voces que co-existen, ve quién está haciendo qué en tu área, en tu comunidad, y encuentra maneras de servir ahí y aprende localmente.” Esto es verdaderamente importante, pero haz todo esto con plena consciencia de quién es Dios. Esto te permitirá mirar el quebrantamiento y dar cara a la devastación de las personas o situaciones a las que te enfrentes con una perspectiva más grande y con una fortaleza mayor a la tuya. Esto te permitirá ser solidario con el dolor de los otros sin caer en la desesperación. Te preparará para escuchar de verdad, -algo que nos es muy difícil a algunos-. Dejando de lado el agobio, porque el peso de la injusticia no caerá en tus hombros. No será tu emprendimiento, sino la tarea que Dios te ha asignado y que Él mismo te ayudará a sobrellevar en todo momento. Evitarás ver obstáculos y buscarás otras avenidas porque aún en las circunstancias más adversas caminarás con fe. No voltearás la cara, sino buscarás en las tragedias el rostro de Dios y lo encontrarás. Sabrás que las soluciones no son instantáneas. Entenderás que los planes al final del día no son nuestros sino del Creador.  Al mismo tiempo, esto nos ayudará a no claudicar una vez empezada la tarea, puesto que el propósito será de Dios, no nuestro. Los caminos y las estrategias estarán plasmadas de su belleza y a su modo. Si Dios está en su trono, su esplendor nos permitirá ver que aún en las situaciones más miserables de la humanidad su luz brilla. Anne Voskamp nos insta a buscar la belleza de Dios todos los días. Y es que aún en las caritas sucias de los niños del SENAME existe una maravillosa hermosura, porque su vida refleja a Dios y su redención no está en nuestras manos sino en las de su Creador. Entonces, no te desconectes del quebrantamiento. No mires para otro lado y no te sientas sobrepasado. Afírmate en Dios y deja que Él quiebre tu corazón y lo transforme. Permite que Él te muestre que verdaderamente tiene un plan y tú puedes ser parte de éste. Quizás tarde más de lo que tú habías esperado. Quizás te cause más dolor del que hayas calculado, pero en esos momentos crecerás en fe y en amor.  Recuerda que Él nos dijo: “Bienaventurados los que lloran, pues ellos serán consolados.” (Mateo 5:4). Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, pues ellos serán saciados.” (Mateo 5:6). Al final, Dios te sorprenderá tocando tu vida y la de aquellos a quien vas a servir. Dios cumplirá su propósito en ti y en la humanidad, y su respuesta será mucho mejor que el mejor plan que tú hayas podido trazar. Entonces: Involúcrate. Interésate. Invierte en este mundo quebrantado, tal como lo hizo Jesús. Y recuerda que “una vida dedicada a hacer justicia en favor de los pobres, es la marca indeleble de la verdadera fe en el evangelio.” [3]
[1] Tim Keller, Generous Justice, p. 110

[2] https://vickiereddy.com Executive producer of the Justice conference and SPARC [3] Tim Keller, Generous Justice, p. 189 - parafraseado del original.

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El Dios del descanso

«Hay una mujer que siempre está cansada, porque vive una vida que mucho le demanda…». Clementine Churchill Recuerdo haber escuchado esta frase en el film The Darkest Hours [Las horas más oscuras] de la boca de la esposa de Churchill. Más tarde encontré que había sido tomada del epitafio de la mujer cansada. No lo pensé dos veces, lo que a manera de quintilla cómica se describía ahí, me identificaba. No estoy casada con un Primer Ministro como ella, sin embargo, el cansancio me embarga y pienso que el día debiera tener más de 24 horas. Debo estar haciendo algo mal porque por más que me organizo, no logro terminarlo todo. Es claro que necesito más tiempo. Siempre hay tanto por hacer, tanto por enfrentar, siempre hay más, más, y más. Y si esto es así, debe ser porque la vida que me tocó me demanda demasiado, ¿o no? Pero hay más. El agobio no siempre termina al irme a dormir. Quizás si el sueño fuera más largo, hibernar sería la solución perfecta, al menos es lo que pienso. Seguramente así podría despertar con la energía necesaria para encarar los días subsecuentes. Estoy segura de que, incluso si fuese una broma, este dilema no lo estoy viviendo sola. Y de igual forma presiento que la causa de este cansancio no se deba únicamente al descuido de una rutina que me impide dormir temprano. Muchas veces, aunque suceda lo contrario, la fatiga no desaparece al despertar al día siguiente. Por lo tanto, creo que el problema va más allá de una respuesta fisiológica. El Salmo 127:2 dice, «En vano madrugan ustedes, y se acuestan muy tarde, para comer un pan de fatigas, porque Dios concede el sueño a sus amados». En el contexto de este pasaje se puede observar que Dios vela por la ciudad, por su pueblo. Y hoy en día, él sigue velando por nosotros. Por eso, aquellos que creen en él pueden descansar confiando que todo está en las manos del Creador. No hay nada que suceda fuera de su soberanía. La Biblia usa este Salmo para mostrarnos la futilidad de los esfuerzos humanos. No es un regaño ni una burla, es más bien un recordatorio de que los planes son de él y que debido a eso no debemos afanarnos al punto del agotamiento. Clemmie Churchill vivía, según dice la frase, una vida que le demandaba mucho, pero, ¿no habrá sido que ella se exigía a sí misma con aquellos parámetros? Cuántas veces nos vamos a la cama pensando: me levantaré más temprano para hacer esto o aquello y así lograré lo que me he propuesto. Cuántas veces hacemos esto porque pensamos que nadie, ni siquiera Dios, va a hacerlo de la manera que uno espera. Cuántas veces incluso nos afanamos por nuestros planes, sin siquiera orar a Dios para buscar en él su sabiduría. Estamos tan enfocados en hacer y poco en escuchar, tan impulsados por lo que queremos lograr aunque esto no siempre sea lo que Dios busca para nosotros, su pueblo. Inevitablemente, esto nos lleva al estrés, a la ansiedad y al agotamiento, pero también saca a relucir nuestros corazones idólatras. Somos nuestros propios ídolos, desbancando a Dios y poniéndonos nosotros la corona. Por alguna razón nos gusta llevar el mundo a cuestas, pero el peso es agotador. Definitivamente, hay cosas que debemos hacer, pero en el día a día muchas veces perdemos el foco de lo que estamos haciendo. Muchas veces, al leer nuestras Biblias vemos con desdén como el pueblo israelita fue mal agradecido por el maná provisto, siempre tratando de arreglar sus problemas por su cuenta aun después de los maravillosos milagros hechos por Dios. Vemos con desagrado como el mismo pueblo que eleva el llamado Cántico de Moisés al haber cruzado el Mar Rojo, cae después en la idolatría del becerro de oro. Pero nosotros hacemos lo mismo. Nos enojamos cuando las cosas no funcionan como planeamos. Nos enfadamos cuando trabajamos arduo y las personas, las situaciones y las condiciones no cambian. Dejamos atrás a Dios y entonces nos esforzamos más para que todo salgan de acuerdo a nuestros planes. Recogemos más maná del que debiéramos porque quizás la provisión no esté ahí la mañana siguiente y después cuando se echa a perder caemos agotados y frustrados porque nuestro plan se ha arruinado. Francamente, nos olvidamos, tal como los israelitas, de confiar plenamente en Dios y de buscar su sabiduría y debido a esto no podemos descansar. En el libro The Work of The Pastor [El trabajo del pastor], William Still dice: «No trates de hacer lo imposible. Conoce tus limitaciones y considera lo que Dios está tratando de hacer en el mundo y la parte en la que él desea que tú participes. La mayoría de las personas se agotan porque tratan de hacer lo que Dios nunca les pidió. Ellos se destruyen por una ambición pecaminosa tanto como el alcohólico o el drogadicto. La ambición es la que los empuja». ¿Cuál es tu ambición hoy en día? ¿Qué te está robando el sueño? Te invito a que junto conmigo entreguemos todo a Dios, pongamos nuestras cargas y nuestros deseos y planes en el altar. Recordemos que aun cuando quizás nuestros sueños se calcinen ahí, él proveerá de nuevos horizontes alineados a su voluntad, y por ende, con la providencia de su luz en nuestras vidas. Volquémosnos a leer su Palabra, no con un afán justificador, sino con la humildad que dice: háblame Señor y yo te sigo. No como otra cosa por hacer, sino como el privilegio que esto implica. Oremos con ahínco para que nuestros corazones, mentes y almas estén cifrados en extender su Reino sin importar nuestros planes o nuestros sueños. Tomemos la liberadora posibilidad de sonreír a nuestros agobios con la confianza plena de que Dios da paz a los que en él esperan (Is 26:3). Quizás el dicho de la esposa de Churchill diría: hay una mujer que cuando está cansada, recuerda que en Dios siempre hay esperanza.
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RESEÑA: CONFÍA EN SU PALABRA

La Biblia solía ser nuestro punto de partida como cristianos protestantes. Aun ahora, muchos de nosotros podemos decir que es nuestra brújula. Pero, ¿en verdad lo creemos? ¿Dejamos que su contenido verdaderamente moldee y guíe la manera en la que actuamos en la cotidianidad? Lo que es más, ¿pensamos verdaderamente que lo que nos dice es la piedra fundamental de nuestra fe? En ocho capítulos, Kevin DeYoung nos muestra de una manera simple y en algunos momentos un tanto confrontacional la importancia de la Escritura. Confía en su Palabra abre con una breve exposición del Salmo 119, porque su meta es demostrarnos que la Biblia verdaderamente revela a Dios en palabras. De este modo, dice: «Quiero convencerte de que la Biblia no se equivoca, no puede ser revocada, puede ser comprendida y es la palabra más importante en tu vida, la cosa más relevante que puedes leer cada día». Los libros de teología cristiana no son muy buscados por la gente laica, que piensa que los pastores son quienes debieran tener todo con claridad. Sin embargo, la manera en que vemos al mundo y respondemos a él, va de la mano con la teología que creemos, y este libro nos anima a buscar esas respuestas y guía en la Escritura. DeYoung dice, si «necesito saber qué es cierto acerca de mí, la gente, el mundo, el pasado, la buena vida y sobre Dios», la Biblia es el libro al que debemos acudir. El segundo capítulo nos lleva a revisar 2 Pedro 1:16-21 que nos recuerda que la Palabra de Dios no se basa en «sutiles cuentos artificiosos» sino en el testimonio de lo que los apóstoles vieron. Los versículos finales dan fundamento a los siguientes capítulos al decir que la profecía no tiene lugar en la voluntad humana, sino que lo que está en la Biblia fue impulsado por el Espíritu de Dios. Aun cuando esto último puede ser debatido en círculos carismáticos, a mi juicio creo que el meollo del asunto radica más en que cualquier otra forma de comunicación no puede contradecir lo que la Escritura indica. Y Kevin DeYoung sí enfatiza esta premisa y más aún, nos confronta a no desear más revelación de la que ya tenemos en la Biblia. «Si quieres escuchar la voz de Dios, ve al libro que registra solo lo que Él ha dicho». Si la constante es buscar una revelación adicional, bien puede ser que nos alejemos de la verdad. Los siguientes cuatro capítulos hablan de la Palabra como: suficiente, clara, autoritativa y necesaria. Así, primeramente expone que la Escritura contiene, «… todo lo que necesitamos para el conocimiento de la salvación y la vida piadosa», también dice: «Afirmar la suficiencia de la Escritura no es sugerir que la Biblia nos dice todo lo que queremos conocer sobre todo, pero sí nos dice todo lo que necesitamos saber sobre lo que más importa». En segundo lugar, expone que la Palabra es clara, pues: «El mensaje salvífico de Jesucristo es enseñado claramente en la Escritura y puede ser comprendido por todo el que tenga oídos para oírlo». En tercer lugar, que tiene autoridad, por ello, «Nunca debemos permitir que las enseñanzas sobre ciencia, la experiencia humana o los concilios de las iglesias prevalezcan por sobre la Escritura» y por último, es necesaria, porque: «Necesitamos que la Palabra de Dios nos diga cómo vivir, quién es Cristo y cómo ser salvos». El penúltimo capítulo inicia con la pregunta, ¿Qué creía Jesús acerca de la Biblia? y nos desafía a buscar la respuesta, puesto que si somos cristianos, debiéramos imitar a Cristo y eso incluye seguir y creer en la Escritura de la manera que Él lo hizo. El capítulo detalla lo anterior, pero esta cita de J.I. Packer lo condensa de esta manera: «… el Cristo del Nuevo Testamento y de la historia. Ese Cristo no juzga la Escritura; Él las obedece y las cumple. Por palabra y obra, Jesús respalda la autoridad de toda la Escritura». Finalmente, el último capítulo nos anima a perseverar en la Escritura. Utilizando 2 Timoteo 3:14-17, el autor nos recuerda de la necesidad de continuar haciendo memoria de lo aprendido, manteniendo el rumbo y avanzando gozosos hacia el conocimiento de la única verdad en Cristo.  Así nos dice: «No debilitemos nuestro compromiso con nuestra Biblia (al hablar de Dios), tenemos toda la razón para confiar en su palabra». Es un libro fascinante y desafiante a la vez. Y en una época donde el ser diplomático es la norma, DeYoung opta por la franqueza. Tal vez, algunos de los conceptos ya sean conocidos por ti pero vale la pena recordarlos. Este no es un método para leer la Biblia, pero sí un libro que nos recuerda la importancia de leerla, atesorarla y seguirla. Es un escrito que nos desafía a no desviar la mirada de lo que es verdadero y poder estar preparados para dar testimonio de nuestra fe. No es un libro de mucho dinamismo, como otros de sus ejemplares, y aun cuando es sencillo, hubo un par de veces donde fue necesario releer para comprender lo que estaba tratando de explicar. Esto sin embargo, puede que sea mi propia ignorancia en algunos de los temas o palabras expuestas y no falta de claridad por parte del autor. Siendo un libro tan pequeño, no creo que te cueste mucho tiempo leerlo. Y  te dará  un gran estímulo para que te animes a leer y escudriñar la Palabra de verdad. Después de todo, ese es el objetivo, llevar nuestra mirada a la única fuente fidedigna y confiable que llenará de luz tu vida desde ahora y hasta la eternidad.

Confía en su Palabra: por qué la Biblia es necesaria y suficiente y lo que eso significa para ti y para mí. Kevin DeYoung. Editorial Portavoz, 128 páginas.

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La autopsia de nuestros errores
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La autopsia de nuestros errores

Una de mis frases favoritas del libro La Lección de Augusto dice: «No se trata de ver quién tiene la razón, sino se trata de ser amable». Lo malo es que cuando estoy en una discusión parece que ser amable pasa a un segundo plano. Y si eso ya está mal de por sí, lo peor viene después, cuando empiezo a analizar mi comportamiento. Verdaderamente no soy amable conmigo misma cuando fallo. Soy experta en la autoflagelación. No necesito instrumentos de tortura del tiempo de la inquisición. Mi mente tiene municiones más potentes. Quienes me conocen bien, saben que cuando cometo algún error soy la primera en condenarme. Y sí, tristemente también soy la última en perdonarme. Tengo la mala costumbre de hacer una autopsia de mis errores, bueno, quizás más de una, y al hacerlo, cualquier rastro de amabilidad queda enterrada muy por debajo de la culpa que me impongo. Es verdad que uno aprende de los errores, y estaría errada al pensar que es malo reconocer cuando uno se equivoca. Pero, creo que este sentimiento de carga continua, o de pesar que me acompaña (y quizás a ti también) no es saludable. Lo que es más, creo que responde a un mal entendimiento de nuestra identidad. Pero, ¡no quiero causarte más culpa! Más bien deseo  proponerte echarle un vistazo al modelo que nos lleva a sentirnos de esa manera y tal vez, a poner más atención en lo que Cristo ha hecho y hace por nosotros. En primer lugar, la culpa en sí no es mala. Algo se remueve en el interior del cristiano cuando hacemos algo que no debiéramos. Muchas veces nos hace falta sabiduría y otras, más bien recato. El sensor de la culpa nos lleva al arrepentimiento, y en un escenario ideal, a elevar nuestros ojos al cielo y a pedirle perdón a Dios por haber hecho algo que no le agrada. Así, inmediatamente después, nos permite recibir la misericordia divina y con ese perdón seguir adelante. Sin embargo, cuando en lugar de correr hacia Dios hundimos nuestra cabeza en el pozo de las faltas cometidas, tendemos a escuchar a la voz errada. Ese susurro acusador que nos dice que fallamos de una manera imperdonable. Lo que es peor, que todos se darán cuenta del fraude que somos. Ese sonido sigiloso nos lacera con la burla y los «hubieras…» y que nos recuerda cuán falibles somos. Esa voz que nos regresa a la meritocracia y que busca más que la aceptación de Dios, la aceptación de los hombres. Hay también un personaje extra en la ecuación y ese es Satanás. ¿De quién más vendría esa voz que nos hace escondernos o pensar que no hay posibilidad de perdón? Es él quien nos acusa y alienta cuando nos castigamos una y otra vez. El padre de toda mentira hace que desviemos los ojos de nuestro Salvador y que omitamos confesar porque pensamos que lo que hemos hecho no tiene perdón, o bien porque quizás podamos enmendarlo sin tener que confesar. De una u otra forma, lo que este individuo nos dice puede llevar a paralizarnos o a caer en el legalismo. Que diferente sería nuestra perspectiva si recordáramos quién es Dios y quiénes somos nosotros. Porque si prestamos oídos a su palabra veríamos que en este mundo todos pecamos y estamos destituidos de la gloria de Dios (Ro 3:23). Y ese todos, nos incluye también a nosotras, que por más que tratemos de aparentar, no somos perfectas.  Pero hay más, para quienes estamos en Él, ¡ya no hay condenación! (Ro 8:1), y esto es porque a pesar de fallar, tenemos acceso a quien creó el Universo. Quien nos creó a nosotros y quien por gracia decidió abrir las puertas del cielo para ti y para mí. Cuando desechamos el perdón de Dios y nos concentramos únicamente en ver lo que nosotros podemos hacer, nos sentimos derrotadas. Esto es porque en lugar de buscar el descanso en la gracia de Dios, revisamos nuestros errores tratando de descifrar un sistema que funcione bajo nuestra sabiduría y caemos en una terrible ansiedad. Un desasosiego que sólo puede ser tranquilizado por Dios. Al tratar de seguir valiéndonos de nuestros propios esfuerzos, logramos solamente cansancio e impotencia al no poder cambiar de inmediato lo que echamos a perder. Como dice Ed Welch, «La culpa junto al sacrificio único de Cristo en nuestro favor y la culpa junto a la confesión diaria y limpieza (interna)[1] es llenura de vida». Si reconocemos quién es el Rey y que gracias a Él vivimos, podremos dejar a un lado la bata de forense y caminar en libertad, regocijándonos al saber que somos un trabajo en marcha, una obra sin terminar, pero esperanzados en la promesa que dice que, llegará el día en que no tengamos que avergonzarnos más de nuestras rebeliones (Sof 3:11). Ese día verdaderamente llegará. John Stott dijo: «Una conciencia culpable es una gran bendición, pero sólo cuando nos conduce a casa». Si la culpa que cargamos nos aleja del hogar, creo que es tiempo de que dejemos atrás el bote de la autocompasión y la vanagloria y caminemos en la arena junto a nuestro Salvador. Seamos amables y misericordiosas cuando en la vida volvamos a fallar y no olvidemos buscar  la aceptación  solo en Dios. ______________ [1] Welch, Ed, Sept. 5, 2017 in https://www.ccef.org/topic/guilt/ -Ahi el hace alusión a la limpieza de los pies, que se encuentra en Juan 13:10.
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¿Puedo gozarme en este tiempo de pandemia?
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¿Puedo gozarme en este tiempo de pandemia?

Pareciera que cada década tiene algún evento significativo. Normalmente es así para cada nación. Pero pocas veces algún suceso llega a impactar a más de un país. Quizás piensas que los Juegos Olímpicos o la Copa Mundial de Fútbol pueden hacer esto, pero aún así, primeramente, no todos los países del mundo son partícipes y; en segundo lugar, aquellos que lo son deciden si asisten o no.  Las pandemias no son así. Ellas nos obligan a aceptarlas a pesar de no haberles enviado una invitación. Se insertan en nuestra vida y nos obligan a tener una convivencia con ellas aun cuando no lo queramos. Y por si eso fuera poco, impactan nuestro día a día secuestrando en parte nuestra libertad.  De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, hace aproximadamente un mes, había un total de 63 países que aún no habían reportado casos de coronavirus, pero ahora a mediados de abril, este número ha disminuido a 9 y se piensa que ningún país podrá librarse de esta indeseable invasión¹. En medio de estas circunstancias, cuando no estamos en control de la situación, cuando no sabemos qué pasará con nuestros trabajos, nuestras familias, nuestros estudios, ¿cómo podemos gozarnos? ¿Cómo podemos entender o darle sentido a lo que está sucediendo? ¿Cómo podemos lidiar con el cúmulo de emociones que están a punto de explotar? Será que, ¿debiéramos aplicar un estricto estoicismo ignorando el tema para seguir adelante sin siquiera parpadear? O tal vez, ¿debiéramos hablar lo más posible sobre esta situación, intentando que tanto los medios como las redes sociales en conjunto con nuestras propias voces acallen cualquier miedo y nos ayuden a lidiar con esta problemática que no elegimos? En El señor de los anillos, Gandalf dijo una vez: «Todo lo que podemos decidir es qué haremos con el tiempo que nos dieron»², y esto no consiste en que usemos nuestro tiempo en este periodo para suprimir nuestras emociones, pues ellas son megáfonos de algo que está pasando en nuestro interior. Por ello, no debiéramos ignorarlas. Ed Welch dijo: «la Biblia identifica nuestras emociones como asuntos de nuestro corazón [...]. Ellas revelan nuestros verdaderos yo»³. Por lo tanto, escucharlas es importante, pero más importante aun es lo que hacemos con ellas.  Para esto, la Biblia nos ofrece una gran ayuda. En dolor y en tristeza, como en alegría y en abundancia, debemos llevar lo que sentimos a Dios. Buscar su sabiduría, y no la sapiencia humana (la que incluye la nuestra). Debemos entonces: orar. ¡Quién mejor que nuestro Señor para alentarnos, consolarnos, y tranquilizarnos! ¡Quién más que Él para recordarnos que cuando no sabemos qué hacer, Él sí lo sabe! Aquel que apacentó las olas del mar en la tormenta  (Mr 4:39), Aquel que creó los cielos y las estrellas (Sal 33:6), puede traer calma, paz y alegría a nuestro corazón.  La oración nos invita a volcar nuestras emociones a Él, y a pedir que nuestra voz se acalle para dejar que el Señor hable a nuestra vida, nos alumbre y nos lleve desde la oscuridad a su luz. Como dice Alasdair Groves: «nuestras emociones (buenas y malas) revelan las maneras incontables en las que necesitamos a Dios». En vez de ver noticias todo el día o revisar los comentarios en las redes sociales, vayamos a hablar con Dios, reconociendo cuánto lo necesitamos. Recuerda lo que nos dijo Jesús: «Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso» (Mt 11:28). La Palabra nos anima a que, en medio de difíciles momentos como estos, aprovechemos el tiempo para conocer más a Dios, pasar tiempo en su presencia y gozarnos por la inmensa bendición de tenerlo en nuestras vidas. En este tiempo de cuarentena, hagamos memoria de sus promesas. No olvidemos que pertenecemos a un Dios de enorme misericordia y de excepcional poder, con un plan perfecto desde siempre. No olvidemos que en su gran amor, Él envió al Salvador para dar su vida por nuestros pecados, para vencer a la muerte y para prepararnos un lugar en la morada de quien ahora también llamamos Padre (Jn 14:2).  ¡Qué momento también más propicio para compartir con otros el Evangelio! Dar esperanza a quienes aún se encuentran en las tinieblas; invitarles a compartir sus vidas al lado de Cristo para caminar desde ahora y hasta la eternidad en una vida realmente plena. Una esperanza que no se abate con un virus, y un Salvador que está con nosotros hasta el fin de los días (Mt 28:20). En este tiempo de confusión y, quizás, de dolor y sufrimiento, corramos hacia Dios y dejemos que sea su Espíritu Santo quien nos transforme, nos ayude, nos aliente y nos consuele. Porque llegará el día en que por fin vayamos a estar junto a Él, en un lugar donde ya «no habrá muerte, ni llanto, ni dolor» (Ap 21:4). Quizás hoy día te desespere no tener todas las respuestas, pero ¿realmente las necesitamos? Ya sabemos de antemano que ni aun la muerte podrá separarnos del Creador, y que en verdad gracias a Él tendremos vida eterna. La misma muerte no sucederá ni antes ni después de cuando Él lo haya previsto. (Sal 139:15-16). Con eso en mente, luchemos contra el temor: nuestra vida está en manos de Aquel que nos ama de una manera perfecta.  Entonces, ¿podemos gozarnos en este tiempo duro, confuso y lleno de dudas? La respuesta es un rotundo: ¡Sí! Verdaderamente podemos hacerlo, porque tenemos a Cristo en nuestras vidas. Y es por Él y gracias a su fidelidad que podemos perseverar y alegrarnos sin importar cuales sean las circunstancias que estemos atravesando. Así pues, tal como Pablo instó a los filipenses, yo extiendo esta invitación también ahora, ¡alegrémonos en el Señor, y hoy más que nunca! Y lo repetiré de nuevo ¡Alegrémonos! Y que la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuide de nuestros corazones y pensamientos en Cristo Jesús (Fil 4:4-7) para siempre jamás.
1. El País. Abril 17, 2020, https://www.elpais.com.uy/mundo/coronavirus-mundo-paises-casos-covid.html
2. Tolkien, J.R.R. El señor de los anillos: La comunidad del anillo, Ediciones Minotauro, Barcelona, 1991, p. 73. 
3. Welch, Ed. Agosto 5, 2016 CCEF en www.ccef.org/emotions-are-a-language [Traducción propia]
4. Groves, Alasdair. Enero 16, 2016 CCEF en www.ccef.org/engaging-our-emotions-engaging-god [Traducción propia]
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Reseña: Una chica definida por Dios
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Reseña: Una chica definida por Dios

Si estás buscando un libro que te muestre de una manera sencilla lo que significa la femineidad bíblica, este es el libro que necesitas. Una chica definida por Dios fue escrito por dos mujeres jóvenes que claramente leen su Biblia. Contiene catorce capítulos cortos, que bien pueden utilizarse como suplemento a tus tiempos de devocional, o bien como un recurso para compartir en un grupo de mujeres. Dividido en cinco secciones, el libro entrelaza testimonios de las mismas autoras con pasajes y enseñanza bíblica, donde además podrás encontrar al final de cada capítulo un pequeño cuestionario que te hará reflexionar sobre lo leído y tomar acciones concretas cuando sea necesario realizar un giro para dar la gloria a Dios. Hay muchos libros en la actualidad que nos hablan de cómo ser mujeres; de lo que podemos aspirar e incluso demandar por nuestra condición de género, pero hay pocos libros que resaltan la importancia de vivir de acuerdo al modelo que Dios diseñó; libros que destaquen el servicio al prójimo, la procreación y la crianza, y el cultivar relaciones como características típicas de la mujer. Quizás lo más destacable de este recurso sea el mismo testimonio de las escritoras, quienes muestran cómo, en las encrucijadas de su vida, la gracia de Dios les ayudó a mantenerse firmes en la fe. Muchos de los conceptos que aquí se enumeran han sido escritos con anterioridad, pero es la sinceridad de estas mujeres, con los ejemplos de sus propias vidas, lo que hace que la lectura de este libro sea refrescante y desafiante a la vez. Es más, con tanta influencia mediática en este momento, en oposición a lo que complace a Dios, el recordatorio del diseño divino es sin duda una cuestión de mucha importancia. Quienes hayan leído libros de Nancy DeMoss Wolgemuth y Mary Kassian, verán su marcada influencia en lo que ellas escriben. Primeramente, denotan las concepciones mundanas sobre la belleza ideal y el éxito, y las contrastan con la verdad bíblica que nos dice: «…no importa lo que la cultura describe como la mujer ideal. Solo importa lo que Cristo piensa» (p. 105). De esta manera, nos animan a que, aun cuando nuestra vida y nuestras decisiones no son siempre perfectas, si «…acepto la Palabra de Dios y valoro las cosas que Él valora, [encontraré en Él mi] verdadero propósito» (p. 105). Y es precisamente esa convicción, la de tener un propósito, lo que llevó a las hermanas Clark (Bethany adquirió el apellido de su esposo) a escribir este libro. De una manera muy práctica ejemplifican cómo se ve el modelo divino en la vida diaria. El capítulo sobre las diferentes opciones que enfrenta una mujer con respecto a su vida y a las consideraciones que uno debe tener en cuenta a la hora de tomar decisiones es de bastante ayuda. Aunque quizás pueda estar más dirigido a mujeres jóvenes, de igual forma es un fehaciente recordatorio para toda mujer, independiente de la etapa en la que se encuentre. En síntesis, evidencian que uno debe sopesar los motivos para tomar decisiones, preguntarnos si lo que buscamos: complace a Dios, le glorifica y es de servicio a nuestras familias. Lo anterior me recordó lo que una mujer piadosa me dijo hace unos años cuando anhelaba volver a escribir o ejercer en un trabajo fuera de casa: «disfruta este momento que Dios te da al lado de tus hijos. Esta es solo una etapa y Dios la usará para su gloria». Sin duda alguna, esto es lo que las autoras de este libro expresan: vive para Dios, vive por Él, disfruta de su Palabra y gózate en Él siempre. Hay una sola cosa que no quedó tan clara para mí y esta se encuentra en la sección sobre la valentía. Ellas mencionan el término «mujer débil» como aquella que decide sucumbir al mundo y no ser valiente para vivir a la manera de Dios. En tal sección, hay un test donde uno puede evaluar y descubrir en qué categoría se encuentra. Puede, quizás, que la intención original del mensaje se haya perdido en la traducción; sin embargo, me gustaría decir que de alguna manera todas somos débiles y Dios sabe y conoce nuestra debilidad. Su Palabra nos habla de que cuando somos débiles la grandeza de su poder se hace más evidente (2Co 12:9). Entiendo que el llamado a ser valientes es un desafío que nace del deseo de complacer a Aquel que nos ha entregado todo y de un compromiso por ser sus embajadoras en este mundo. No obstante, creo que podría crear malentendidos y ser una tentación para una falsa identidad que podría generar arrogancia y división entre aquellas que no sucumban ante las tentaciones del mundo y aquellas que sí lo hagan. En cambio, yo creo que la Biblia nos habla de una vida piadosa basada también en el arrepentimiento genuino y continuo, corriendo a los brazos de Jesús, donde Él, en su misericordia, nos recibe sin reproches para limpiarnos y continuar su obra transformadora. Para cerrar, hay un llamado a la hermandad cristiana, esa que nos coloca por la gracia de Dios en una familia que cruza fronteras. Una familia destinada a la eternidad donde, «cuando las fuerzas poderosas ataquen la feminidad tal como Dios la define, nuestra hermandad permanecerá como un cordón de varios dobleces» (p. 221). Este es un buen libro, con un recordatorio más que necesario: vivir como mujeres piadosas definidas no por los estándares culturales del mundo, sino por nuestro majestuoso Dios.

Una chica definida por Dios: el diseño radical de Dios, para la belleza, la femineidad y la identidad. Kristen Clark y Bethany Beal. Editorial Portavoz, 240 páginas

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Lumbreras en la oscuridad
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Lumbreras en la oscuridad

No sé si al cabo de un tiempo pasaremos simplemente a recordar la COVID-19 como los años de la pandemia. Quizás para algunos de nosotros el recuerdo será más duro, más tangible, más a flor de piel; para otros, significará tristeza, frustración y la fuerte sensación de incertidumbre de un período sin fin. A mi alrededor hay gente que ha perdido seres queridos; otros, han experimentado personalmente un miedo inmenso a salir. Algunos están luchando por balancear el trabajo y la escuela en casa durante una cuarentena cuyo nombre pareciera ser más bien una mala broma por los más de cuarenta días que ya lleva. Y en las calles, donde las restricciones ya se han levantado, una diversidad de rostros se cubren con vistosos diseños de mascarillas que, en algunos casos, hasta incluye aquel mensaje que por ahora no podemos decir a viva voz. ¿Será que nos volveremos expertos en leer la mirada? Lo que sí puedo ver con claridad es que mi deseo de querer ver el futuro, evidencia mi propia impaciencia y mi ambición de querer controlar los eventos desatados por este microorganismo desde que hizo su aparición. Sin embargo, aun cuando mis proyecciones optimistas hacia un futuro impredecible se transformaran en simples fantasías en unas cuantas semanas más, hay alguien que sí puede verdaderamente disipar la densa niebla y darnos paz. Porque donde la desesperanza acecha, Dios nos ofrece el albergue perfecto para esta y cualquier otra tempestad. Solo Él es el refugio, la roca y la fortaleza (Sal 71), no solo para continuar, sino para vivir gozosos y para aceptar con alegría las oportunidades de servicio que Él nos da. Para quienes no lo conocen, somos los voceros del Reino que anuncian las buenas noticias de Jesús. Anunciamos que Dios amó tanto al mundo que envió a su Hijo amado para que aquellos que en Él crean no mueran, sino que tengan vida eterna (Jn 3:16). Para quienes están sumidos en la oscuridad de esta pandemia, somos la luz de Cristo, al recordarles que Dios mismo ilumina las tinieblas (Sal 18:28). Para quienes la angustia los consume, somos la compasión del Señor, al recordarles que el que viene a Él no será rechazado (Jn 6:37). Para quienes se sienten abatidos y abandonados, somos la misericordia del Señor, al decirles suavemente que Cristo trata con paciencia al extraviado, pues fue Él mismo quien experimentó nuestra flaqueza al caminar en este mundo quebrantado (Heb 5:2). Para quienes sufren el deseo de controlar el mañana, les instamos a descansar en Cristo, pues solo Él, siendo el Alfa y el Omega, el principio y el fin (Ap 1:8) sabe lo que vendrá. Y podemos descansar confiados sabiendo que el Padre nos ama porque hemos creído que Jesús vino de parte de Él (Jn 16:27). Si confiamos en Él plenamente, descansamos y dependemos de Él. Entonces, por qué no soñar en oración que estos años de pandemia se recuerden como los años del gran avivamiento que despertó en nosotros un verdadero amor por el Evangelio. Años negros transformados en lumbreras de una ardiente pasión por nuestro Señor. Si como dijo Anna Frank: «[…] una sola vela puede desafiar y definir a la oscuridad», ¡imagínate lo que nosotros como el cuerpo de Cristo podríamos iluminar! Aun cuando las mascarillas cubran nuestros rostros hoy, todavía existen muchas otras formas para ayudar, amar, actuar y compartir. Recuerda hoy y siempre, que el poder del Evangelio nunca se va a agotar. Apacigüemos nuestros miedos y estemos prestos a compartir la esperanza que Cristo nos compartió primero. ¡Seamos lumbreras que brillen y disipen cualquier temor, con la esperanza verdadera que nos otorgó desde siempre y para siempre nuestro amado Salvador!
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Reseña: Mujeres fieles y su Dios extraordinario
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Reseña: Mujeres fieles y su Dios extraordinario

En un mundo donde la autocomplacencia y la comodidad abundan, las vidas de las mujeres retratadas en este libro, animan y desafían. El vivir es Cristo (Fil 1:21) se hace evidente en sus historias, no solo por la dificultad de las situaciones que enfrentaron, sino porque nunca dejaron de vivir gozosamente por nuestro Señor. Este es un recuento sincero de sus tristezas, sus miedos y sus tropiezos, pero esencialmente, de sus vidas en constante comunión con Dios. Las cinco biografías que nos presenta Noël Piper, son cortas y diversas. Algunas evocan a mujeres de alta alcurnia y otras de estratos bajos. Unas con una educación privilegiada y otras sin siquiera terminar sus escuelas. La mayoría de ellas con complexión frágil y enfermiza, pero con un deseo ferviente de llevar la esperanza del Evangelio a donde Dios las llamara. A través de la lectura, nos transportamos primeramente al Connecticut del siglo XVII, donde vemos a Sarah Edwards apoyando el ministerio de su esposo, el gran predicador Jonathan Edwards, mientras educa a sus hijos y mantiene una política de apertura y hospitalidad abierta y sincera con quien lo necesitara. Grandes de la fe cristiana, como George Whitefield, dijeron al conocer a Sarah: «[...] ella es una mujer adornada con un espíritu suave y apacible, que habla con mucha emoción y solidez de las cosas de Dios, y parecía ser una gran ayuda para su esposo [...]». Con Lilias Trotter, la segunda biografía, llegamos a la Inglaterra del siglo XIX. Al ser la hija de un corredor de bolsa, esta mujer tuvo una infancia acomodada. Sin embargo, cuando pudo buscar una carrera exitosa en la pintura, decidió entregarse por completo a la misión a la que Dios la estaba llamando. Primero, en Londres, y más tarde en Argelia. Su tenacidad, su entrega y su amor por este último país fue palpable en todo momento. Aun en tiempos difíciles, ella decía: «Con todo, cada uno de nuestros sufrimientos, grandes y pequeños, deben ir acompañados de las palabras transformadoras “con Jesús”. Y el mismo aliento del cielo soplará sobre todo nuestro ser y estaremos contentos». Gladys Aylward, sierva de Dios, fiel y humilde, es la tercera en el relato. La conocemos durante el siglo XX en el Reino Unido. Provenir de una familia de bajos recursos y una escasa educación, no le impidió llegar ¡hasta China! Y una vez que estuvo en este país, su vida reflejó la de su Salvador. Vivió con ellos, aprendió sus costumbres y lenguaje, enjugó lágrimas y se entregó por completo a la misión a la que Dios la llamó. Ella escribió: «Al mirar atrás me asombra ver como Dios me dio las oportunidades para servir. Yo deseaba ir a China, pero nunca, ni en mis sueños más descabellados habría imaginado que Dios controlaría todo de tal forma que tenía acceso a todas las casas de los pueblos [...], autoridad para eliminar una costumbre cruel y horrible (la práctica de vendar los pies) y un sueldo por predicar el evangelio de Jesucristo». La cuarta historia nos lleva a Corea, a mediados del siglo XX, donde Esther Ahn Kim nos muestra una vida bajo la persecución. Al estilo de los amigos de Daniel en Babilonia, ella se negó a doblar sus rodillas ante dioses paganos, aunque esta vez del imperio japonés. Aquí nos enteramos de su encarcelamiento y de su llamado de llevar el Evangelio a los invasores de su pueblo. La vida de esta mujer, influenciada por la enorme fe de su madre, la llevó a soportar los más terribles tormentos. Más tarde, al reflexionar sobre su sufrimiento ella diría: «Siempre me sentía fortalecida cuando hablaba con mi mamá sobre Dios y su amor. Comencé a pensar que probablemente valía la pena vivir en este tiempo de persecución. Tal vez una imagen más real de un creyente es la de alguien que agoniza, sufre, es odiado y torturado y hasta asesinado por obedecer a Dios; y no la de alguien que tiene una vida común y sin problemas». Helen Roseveare, es la última biografía. Aquí nuevamente volvemos a Inglaterra, pero esta vez después de la Segunda Guerra Mundial. Helen fue una doctora plagada por aquel deseo de realizar todo a la perfección; de dar, pero no de recibir. Este es un fascinante retrato de cómo Dios trabaja en los corazones de cada uno de nosotros, recordándonos amorosamente que somos amados, aceptados y que podemos descansar en Él. Este es también un ejemplo impactante de cómo la iglesia, nuestros hermanos en Cristo, son vitales para lograr pulir todas las asperezas de nuestra vida y de cómo, en amor, podemos corregirnos mediante la Palabra de Dios. Allá en el Congo, donde sirvió toda su vida, ella dijo que aprendió y recibió más de la gente que conoció y de aquellos a los que fue a servir. La guerra, las enfermedades y la escasez fueron todas sopesadas por la ferviente creencia de que la gracia de Dios siempre fue, «[...] suficiente en el momento de necesidad, pero nunca antes del tiempo necesario [...] cuando llegaba el momento de acción me llenaba de una paz y una seguridad en cuanto a lo que debía decir y hacer que me asombraba y con frecuencia derrotaban las tácticas inmediatas del enemigo». Este es un libro que difícilmente querrás cerrar cuando comiences a leerlo. Te encontrarás con una lectura muy desafiante, que estoy segura que te animará a perseverar en tu caminar con el Señor como lo hizo conmigo. Sacará a la luz la necesidad que tienes de rendir todo tu ser al Señor; de agradecer día tras día sus bendiciones; y, asimismo, de acceder con gozo al llamado que Él tiene para tu vida y la mía. Estas cinco mujeres te animarán a experimentar un mayor amor por Dios y su Palabra; la enorme compasión por aquellos que aún no conocen al Señor; y el gozo abundante que está disponible cuando te sumas a la misión de una vida consagrada para la gloria de Dios.

Mujeres fieles y su Dios extraordinario. Noël Piper. Poiema Publicaciones, 220 páginas.

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Reseña: Mujeres y Dios
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Reseña: Mujeres y Dios

Existen muchos libros sobre lo que significa ser mujer. Muchos más sobre el maravilloso amor de Dios para con sus hijos e hijas. Sin embargo, en este libro, Kathleen Nielson toma ambas hebras y las traslada al papel como parte de una sola lana. Ella escribe convencida de que Dios es verdaderamente bueno y que, como mujeres, podemos descansar confiadas en la perfecta voluntad del Señor para nuestro género. En su obra, Kathleen explora sin esquivar aquellos pasajes turbios, difíciles e incomprensibles, como Deuteronomio 21:10-14. En los capítulos, ella no esconde ni ignora el dolor y la injusticia cometidas en contra de las mujeres a lo largo de la historia, pero no deja de mostrar con claridad la misericordia de Dios en medio de estas situaciones: «la ley de situación de Dios limita las externalizaciones del pecado en esta situación» (p. 57). En el capítulo «Mujeres fuertes», la autora menciona a su madre como una mujer valiente y emprendedora. Tanto como profesora de educación básica como directora del coro de la iglesia, su madre sirvió con alegría y dinamismo. En el ámbito del hogar, ella formó un gran equipo con su padre, ofreciendo siempre una cálida hospitalidad. Su madre fue realmente un bello modelo de femineidad y uno que Kathleen utiliza en el libro para dejar de lado la creencia de que las mujeres no pueden trabajar fuera del hogar; así como también, para desmitificar el apodo «sexo débil». Ella menciona que es verdaderamente un regalo de Dios tener mujeres fuertes: «Si estás leyendo esto y te consideras una mujer fuerte, quizá con dones de liderazgo, es posible que estés luchando por encontrar tu lugar en la iglesia. Por favor, no concluyas que no hay lugar para ti» (p. 68). La complementariedad es otro tema que ella aborda y en el cual profundiza en el capítulo «Las mujeres y el matrimonio». Hombres y mujeres, al ser creados a imagen y a semejanza de Dios, poseen  igual valor, pero roles distintos. Esto no debiera resultar en subyugación u opresión, sino que al contrario, esto debiera producir, según Kathleen: «[un mayor] crecimiento y fortalecimiento tanto de hombres como mujeres del que la mayoría de nosotros solemos imaginar» (p. 69). Ella también pone como ejemplo a Débora, para animarnos a dejar de lado el antagonismo que existe entre uno y otro sexo, y para centrarnos más en los dones que se nos han dado a ambos con el fin de ser de bendición al mundo y para darle toda la  gloria a Cristo.  Hay también un capítulo que habla sobre el cuerpo, donde ella nos exhorta a verlo ¡como parte de la historia de la redención de Dios! Una perspectiva que, francamente, no creo haber considerado nunca. Por ejemplo, ella dice que cuando participamos del alumbramiento, podemos recordar lo que la Biblia nos dice en 1 Pedro 1:3 acerca de «nacer de nuevo» a una nueva esperanza. Y cuando se menciona que la tierra incluso gime como con dolores de parto en Romanos 8:22, nuestros cuerpos al dar a luz, nos recuerdan esto mismo: lo que anhelamos y a quién pertenecemos. ¡Qué maravilloso es poder recordar lo que el Señor ha hecho y continúa haciendo, incluso con nuestros cuerpos! Kathleen nos dice que, pensando esto: «Tú también puedes decir, como María: “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a [Su] palabra (Lc 1:38, LBLA)”» [énfasis de la autora] (p. 110). Hay tanto más que decir de cada uno de los capítulos que nos regala este libro. Hay demasiada sabiduría en estas páginas, donde también se manifiesta la importancia del servicio a la iglesia y la diferencia resonante que se manifestó con la venida de nuestro Señor a la tierra. De ese modo, el libro cierra con broche de oro, iluminando nuestros ojos con la estupenda e infinita bondad de Dios. Lee este libro y te encontrarás con un claro razonamiento bíblico para responder muchas de las preguntas que sin duda nos hemos hecho como mujeres. Pero ten en cuenta que este no es un libro que solo nos beneficiará a nosotras, sino que le dará a todo hombre que llegue a él un nuevo crisol para ver estos cuestionamientos. Y aún hay más, al leer sus páginas podremos ambos ser animados, exhortados y consolados en la voluntad perfecta, misericordiosa y llena de gracia de nuestro Señor. ¡Este es un nuevo clásico de la literatura cristiana!

Mujeres y Dios: Preguntas difíciles. Hermosa verdad. Kathleen Nielson. Poiema Publicaciones, 192 páginas.

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Reseña: Esperanza en medio del dolor
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Reseña: Esperanza en medio del dolor

Escribir sobre el dolor no es tarea fácil. Recomendar un libro a alguien que está pasando por una tragedia o que ha pasado por una experiencia dolorosa, tampoco lo es. Cuando leí este libro hace unos años, estaba sedienta de encontrar respuestas sobre el dolor, aunque, si soy sincera, lo que realmente buscaba eran soluciones para hacerlo desaparecer. El subtítulo de este libro: «reflexiones bíblicas para ayudarte a entender los propósitos de Dios en tu sufrimiento», fue lo que llamó mi atención. Sin embargo, lo que yo realmente quería, como ya te dije, eran simples pasos para lograr que aquello que estaba llenando mi vida de tristeza se esfumara y no volviera más.  Comencé a leer este libro con cierta reticencia, pero para cuando terminé la introducción, supe que no me detendría hasta llegar al final. Las palabras de estas mujeres jóvenes, con corazones abiertos desde el principio, me tomaron por sorpresa. Ellas no nos muestran el dolor de una manera conceptual, sino todo lo contrario. A sus cortas edades, sus vidas experimentaron la tragedia de contraer la enfermedad de Lyme, y en el caso de Sarah, de transmitirla a sus hijos. Sin embargo, el tono de sus historias tiene muchos halos de alegría; una sensación de esperanza; una especie de pequeño arcoíris en medio de vidas asediadas por el dolor y el profundo sufrimiento.  Aun cuando ambas confirman la certeza de que en este mundo quebrantado todos experimentaremos sufrimiento, ellas dicen: «Todas vamos a enfrentar situaciones así en nuestras vidas, cuando lo que creemos acerca de Dios no parece alinearse con nuestras circunstancias [...]». Como ellas claramente lo recalcan, es en estos momentos donde más necesitamos recordar quién es nuestro Señor, pues en Él es donde está nuestra esperanza: «Necesitamos el evangelio de Dios para sufrir bien. Lo necesitamos cada día, y [más que nunca] cuando la vida duele». El libro consta de 30 capítulos cortos, todos con preguntas para reflexionar o para trabajar en grupo, junto con una pequeña oración al final. Puedes leer un capítulo por día, quizás como parte de tu tiempo devocional. O tal vez, como yo, puedes leer varios capítulos de una vez junto a una taza de té. De una u otra manera, estoy segura que este libro te animará a escuchar y a buscar a nuestro Señor, sobretodo en los momentos más duros de la vida, cuando lo único que queremos hacer es escondernos o huir de Él.  Para aquellas que como yo sientan o hayan sentido que el dolor es demasiado y que la oscuridad de la noche no termina, este libro te recordará que podemos levantarnos y caminar confiadas porque: «Tener fe no es vivir sin sentir desconcierto, sino vivir confiadas en medio del desconcierto». No esperes hasta que el dolor llegue a tu vida, este libro es un buen material para prepararte. Y si ya estás en la tormenta, abre estas páginas y deja que las palabras de estas siervas de Dios acaricien tu alma, te lleven a los pies de nuestro Señor y te recuerden que la verdadera esperanza que necesitas está en Cristo, quién no fallará.

Esperanza en medio del dolor: Reflexiones bíblicas para ayudarte a entender los propósitos de Dios en tu sufrimiento. Kristen Wetherell y Sarah Walton. Poiema Publicaciones, 256 páginas.

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Reseña: Un pequeño libro sobre un gran problema
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Reseña: Un pequeño libro sobre un gran problema


«Estar enojado es destruir» (p. 1). Así comienza este nuevo libro de Ed Welch. Al leer esta frase, pensé que quizás era una aseveración un poco exagerada. Sin embargo, pude recordar instancias donde había visto claramente cómo el enojo —fuera de control—, la ira que propaga insultos como un volcán en erupción, ciertamente, destruye. Pero, por otro lado, debo reconocer que nunca había considerado que incluso el enojo contenido, el de labios apretados, el de respiraciones profundas y puños cerrados, también podía destruir. Tendría 49 días más para darme cuenta de lo acertada que era esta verdad y de lo sutil y destructivo que puede ser el enojo —en cualquiera de sus manifestaciones— cuando simplemente lo ignoramos, en lugar de reconocerlo y de llevarlo en arrepentimiento al Señor. Las 50 meditaciones que componen este libro son cortas, y la recomendación que hace el autor es leer una al día (¡lo que te tomará solo unos minutos!). Esta es una de las grandes ventajas de este libro y una de las razones por las que este mismo puede resultar ser bastante eficaz para el lector. Ahora, aun cuando la meditación de cada capítulo es sucinta, las palabras penetran el corazón. Solo es necesario un par de minutos de lectura por la mañana para pasar el resto del día reflexionando. Y es que las páginas de este escrito de Welch no emanan únicamente de su vasto conocimiento como psiquiatra o consejero, sino de la misma Palabra de Dios. Te darás cuenta de que muchas de nuestras intenciones humanas, nuestras excusas o nuestros deseos de ignorar lo obvio a la luz de la Escritura quedarán al descubierto a lo largo de la lectura. Este libro, además, nos muestra de forma práctica las diferentes caras del enojo: «Si el enojo está en nuestro corazón, posee nuestro corazón. Saldrá de nuestra boca y lastimará a otros» (p. 21). Es difícil creer que el enojo puede tomar las riendas de nuestros pensamientos y de nuestras acciones, pero suele suceder así. Es cierto que entran en juego otros factores como el orgullo, el ego, etc.; no obstante, la realidad es que el enojo es el combustible que mantiene esa vorágine de pensamientos ardiendo, ya sea a fuego lento o como un calor abrasador. La advertencia es clara, cuando el enojo se acerca «debes estar sumamente alerta porque puede consumirte» (p. 169). Tal vez puedas pensar que leer acerca de este tema puede ser bastante abrumador, pero la verdad es que es  todo lo contrario. Usando la Escritura, Welch no solo diagnostica la enfermedad, sino que nos recuerda que tenemos a la mano la mejor medicina. En este mundo quebrantado, con enfermos en proceso de recuperación, podemos descansar confiados de que si llevamos nuestras luchas a Dios, Él nos guiará y transformará nuestros pensamientos y nuestro corazón: «Cuando pedimos perdón, reconocemos que nuestro enojo es real. En respuesta, el Señor dice: “Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados” (Is 43:25 [RVR 1960])» (p. 44). Sin dudas, este libro te impulsará a correr hacia nuestro Señor, a confiar en Él, a no sacar tus ojos del Único que puede ayudarte a cambiar y a parecerte más a Aquel que nos salvó. Además, te animará a tomar la decisión «de que la cultura del enojo se deten[ga] en tu generación» (p. 112). Un pequeño libro sobre un gran problema es práctico y profundo a la vez. Desafiante y alentador. Estoy segura de que no te arrepentirás de leerlo. Prepárate, nuestro Señor puede usarlo para la transformación de tu alma y para su gloria.

Un pequeño libro sobre un gran problema: meditaciones sobre el enojo, la paciencia y la paz. Edward T. Welch. Editorial Bautista Independiente, 176 páginas.

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Reseña: Enséñame a sentir
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Reseña: Enséñame a sentir

Cada persona tiene distintas maneras de lidiar con las emociones. Muchos intentan suprimirlas, mientras que otros las dejan fluir sin censura. Sin embargo, pocos conocen lo que la Biblia dice sobre ellas. Tal vez te sorprenda saber que existe un libro que las aborda con claridad. Este es el libro de los Salmos. En su libro Enséñame a sentir, Courtney Reissig nos recuerda que, en los 150 salmos disponibles en la Escritura, podemos encontrar discernimiento cuando sentimos gozo, quebranto, enojo, temor y hasta repugnancia, algo que muchos de nosotros hemos experimentado. Al mismo tiempo, nos da ejemplos de cómo Dios apacigua la turbulencia de nuestras emociones al acercarnos a Él, al recordar sus promesas, su amor y sobre todo su soberanía. Enséñame a sentir nos invita a sumergirnos en las páginas de este maravilloso libro del Antiguo Testamento. Nos invita a descubrir que, así como otras personas en el pasado pudieron acercarse incontables veces a Dios, nosotros podemos hacer lo mismo. Courtney dice: «A diferencia de los padres que se aburren de las repetidas preguntas, Dios puede lidiar con todas nuestras interrogantes, aunque sean las mismas una y otra vez» (p. 90). Este libro también nos anima a ver nuestras emociones como voceros de lo que está pasando en nuestras almas. Nos insta a entregar y a compartir esos sentimientos al Señor para maravillarnos de cómo Él puede, en su misericordia, ofrecernos el aliento necesario a fin de que esos sentimientos sean un medio de alabanza por lo que Él es y por lo que tiene planeado para sus hijos. Los veinticuatro capítulos son una pequeña degustación de los manjares que podemos encontrar al estudiar el libro de los Salmos. Estos incluyen relatos sinceros y personales de la vida de la escritora que ayudarán al lector a relacionarse rápidamente con lo que está leyendo. Sus anécdotas nos enseñan a ser constantemente honestos frente a lo que sentimos y a usarlos como un medio de adoración en confianza a Dios. Si bien este libro no es un estudio exhaustivo de los Salmos, sí es un recordatorio para no descuidar nuestra relación con Dios. A pesar de nuestras faltas, podemos acudir al Señor con el corazón en la mano, pues a «[...] lo largo de las Escrituras, la debilidad ha sido la forma en que Dios ha obrado en el mundo» (p. 76). Esto último es quizás uno de los aportes más importantes de este libro, unido al ánimo que nos proveen los Salmos. Aun cuando la oscuridad de la noche nos envuelva, podemos aferrarnos a Dios, pues «Él no [nos] abandonará. [Y] pronto amanecerá» (p. 110). Sin embargo, me parece conveniente mencionar que la traducción del libro se beneficiaría grandemente de una edición más minuciosa. Hay varias palabras traducidas de manera literal que podrían confundir al lector. Esto incluye el uso del plural en todas las ocasiones que se cita el libro de los Salmos. No obstante, lo anterior no le resta crédito al libro de Courtney Reissig y, sin duda, será de gran bendición y crecimiento espiritual para aquellos que aún no han descubierto las reconfortantes y transformadoras palabras de los Salmos.

Enséñame a sentir: la adoración en los Salmos en cada estación de la vida. Courtney Reissig. Editorial Vida, 256 páginas.

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Reseña: Emociones verdaderas
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Reseña: Emociones verdaderas

Hace varios años, la escritora Susanna Tamaro escribió: «cuando ante ti se abran muchos caminos y no sepas cuál recorrer [...] quédate quieta, en silencio y escucha a tu corazón. Y cuando te hable, levántate y ve donde él te lleve»[1]. Esta construcción literaria plasma la pasión que muchas de nosotras hemos sentido en esta vida. En una novela, esto hace volar nuestra imaginación y crea la empatía necesaria para los personajes que en ella se representan. Sin embargo, el consejo es peligroso porque —aunque quizás esto te sorprenda— nuestro corazón miente (Jer 17:9). El libro de Carolyn Mahaney y Nicole Whitacre, Emociones verdaderas, nos ayuda a comprender esto de una manera simple y práctica. Ellas indican que nuestras emociones «nos dicen quiénes realmente somos» (p. 44), «lo que nos importa» (p. 45). Algo que afirma Lucas 6:45: «[...] de lo que abunda en el corazón habla la boca». Las autoras afirman que «Dios creó nuestras emociones para que trabajen en armonía, con [...] la mente y la voluntad» (p. 32). Y aun cuando quizás pueda sonar como una tarea imposible de lograr, es un proceso que sucede en nuestras vidas con la ayuda del Espíritu Santo. Carolyn y Nicole no afirman, en ningún momento, que debamos simplemente descartar nuestras emociones, sino que podemos ponerles rienda y entender por qué reaccionamos en maneras que no agradan a Dios. De manera muy personal, debo decir que en algunos momentos me pareció notar una línea muy delgada que podría llevarnos al legalismo. Ellas mencionan que debemos acudir a otros cuando nuestras emociones están fuera de control y aun cuando es verdad que creceremos en piedad cada vez que escuchamos lo que dicen nuestros sentimientos y los evaluamos a la luz de la Palabra de Dios, también es cierto que en muchas otras ocasiones hablar con el corazón en la boca nos ayudará a lidiar con el dolor o con los miedos que hay en nuestro interior. Las autoras dicen: «en lugar de recurrir al mal hábito de desahogarnos, pidamos a una amiga: “¿puedes ayudarme a llevar mis emociones al Señor?”» (p. 100). Sin negar la sabiduría que hay en esto, en la mitad de una tormenta nuestras amistades sí pueden escuchar ese desahogo primeramente y después ayudarnos a poner nuestros ojos en el Señor. El camino de la queja al lamento y del lamento a la alabanza no sucede de manera instantánea, sino que es un proceso que nuestro Señor lleva a cabo en su misericordia. Y si erramos al no poder traducir el lenguaje de nuestras emociones y pecamos al sacar ese torrente del corazón, Dios en su misericordia otorgará más de una oportunidad a aquellos que se arrepienten con sinceridad. Quizás lo más destacable de este libro es el impulso que nos dan las autoras para centrarnos en la Palabra de Dios como una brújula que nos guía durante las tormentas de nuestras emociones y los arcoíris de nuestras alegrías. Ellas dicen que si «pasamos veinte minutos al día leyendo nuestra Biblia, pero pasamos las veintitrés horas y cuarenta minutos restantes abstrayéndonos en pensamientos no bíblicos, no es de extrañar que nuestras creencias y valores sean tan obstinados; y nuestras emociones pecaminosas, tan fuertes» (p. 97). Ciertamente, esto es un punto muy importante, pues es la Palabra de Dios la que obra en el día a día y la que puede definitivamente cambiar nuestro corazón. Además, nos instan también a combinar nuestra lectura diaria de la Palabra de Dios con la oración constante, pues, sin importar cuál sea nuestro estado de ánimo: «no hay ningún sentimiento ni cúmulo de sentimientos que no podamos llevar a Él» (p. 55). Junto con esto, nos animan a una dependencia constante en Dios, al buscar en Él consuelo y consejo. Este libro es sin duda un buen recurso para caminar con Dios y para tener la meta de lograr una madurez emocional. Y aunque el verdadero resultado no se dará por nuestros propios esfuerzos, sino por la gracia de Dios, el deseo de agradar al Señor y de darle a Él la gloria es un privilegio que sin duda debemos aprovechar. Que en nuestro peregrinar podamos gozarnos más en Él al complacerle y que al fin de los tiempos podamos escuchar del Padre: «bien, siervo bueno y fiel» (Mt 25:21).

Emociones verdaderas. Carolyn Mahaney & Nicole Whitacre. Poiema Publicaciones, 160 páginas.


[1] Susanna Tamaro, Donde el corazón te lleve (Barcelona, España: Editorial Seix Barral, 1994), 147.