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David Mathis es director ejecutivo de Desiring God y es pastor de Cities Church en Minneapolis. Es esposo, padre y autor de Hábitos de gracia: disfrutando a Jesús a través de las disciplinas espirituales.

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Aviva tus afectos con el ayuno
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Aviva tus afectos con el ayuno

El ayuno está en crisis (al menos, eso parece, en los estómagos saturados de la iglesia estadounidense). Hablo como uno que está bien alimentado. Seguro, vas a encontrar excepciones por aquí y por allá. Algunos bolsillos incluso valoran tanto lo contracultural que conducen sus automóviles hacia la zanja de la austeridad. Sin embargo, ellos son superados infinitamente por el resto de nosotros que damos un giro hacia el lado opuesto. Los peligros de la austeridad son grandes (sobrepasados únicamente por aquellos peligros del exceso). Nuestro problema podría estar en cómo pensamos sobre el ayuno. Si el énfasis está en la abstinencia y, por lo tanto, el ayuno es un mero deber que hay que cumplir, entonces solo aquel que tenga la voluntad de hierro más fuerte entre nosotros superará los obstáculos sociales y de autocomplacencia para poner realmente esta disciplina en práctica. Sin embargo, si te despiertan para ver al ayuno según el gozo que puede traer, como un medio de la gracia de Dios para fortalecer y avivar nuestros afectos hacia Dios, entonces podríamos encontrarnos a nosotros mismos sosteniendo una nueva y poderosa herramienta para enriquecer nuestro disfrute de Jesús.

¿Qué es el ayuno?

El ayuno es una medida excepcional, diseñada para canalizar y expresar nuestro deseo por Dios y nuestro descontento santo en un mundo caído. Es para aquellos que no están satisfechos con el estado en el que están las cosas; para aquellos que quieren más de la gracia de Dios; para aquellos que se sienten realmente desesperados por Dios. La Escritura incluye muchas formas de ayuno: personal y comunitaria; pública y privada; congregacional y nacional; regular y ocasional; parcial y absoluta. Típicamente, pensamos que el ayuno cristiano es «la abstinencia voluntaria de ingerir comida con propósitos espirituales» (Disciplinas espirituales, Don Whitney, 210). Podemos ayunar de cosas buenas aparte de la comida y de la bebida también. Martyn Lloyd-Jones dice, «el ayuno hay que hacerlo para incluir la abstinencia de todo aquello que es legítimo por sí mismo, con miras a dedicarse a algún propósito espiritual». Sin embargo, el ayuno cristiano normal significa decidir personal y ocasionalmente privarse de comida (aunque no de agua) por un periodo de tiempo especial (ya sea uno, tres o siete días) con el fin de dedicarse a un propósito espiritual. Según Whitney, los propósitos espirituales del ayuno incluyen:
  • Fortalecer la oración (Esd 8:23; Jl 2:13; Hch 13:3)
  • Buscar la guía de Dios (Jue 20:26; Hch 14:23)
  • Expresar dolor (1S 31:13; 2 S 1:11–12)
  • Buscar liberación y protección (2Cr 20:3–4; Esd 8:21–23)
  • Expresar arrepentimiento y volver a Dios (1S 7:6; Jon 3:5–8)
  • Humillarse ante Dios (1R 21:27–29; Sal 35:13)
  • Expresar preocupación por la obra de Dios (Neh 1:3–4; Dn 9:3)
  • Servir a las necesidades de otros (Is 58:3–7)
  • Vencer la tentación y dedicarse a Dios (Mt 4:1–11)
  • Expresar amor y adoración a Dios (Lc 2:37)

Mientras que los potenciales propósitos son muchos, el último es el que podría ser más útil con el fin de centrar nuestros pensamientos sobre el ayuno. Abarca todas las otras cosas y entiende lo esencial de lo que hace al ayuno un medio de gracia tan poderoso.

Whitney lo entiende de esta manera: «ayunar puede ser un testimonio de que encuentra su mayor placer y gozo en la vida de Dios» (234). Y cita una frase útil de Matthew Henry, que dice que el ayuno sirve para «reanimar nuestros afectos devotos».

Jesús asume que ayunaremos

Aun cuando el Nuevo Testamento no incluye un mandato de que los cristianos deban ayunar en ciertos días o con una frecuencia específica, Jesús claramente asume que lo vamos a hacer. Es una herramienta demasiado poderosa para dejarla por siempre en el estante acumulando polvo. Aunque muchos textos bíblicos mencionan el ayuno, los dos más importantes provienen de dos capítulos del Evangelio de Mateo. El primero es Mateo 6:16-18, que viene en secuencia con las enseñanzas de Jesús sobre la generosidad y la oración. El ayuno es un fundamento del cristianismo como el dar a otros y el pedirle a Dios. La clave aquí es que Jesús no dice «si es que ayunan», sino que «cuando ayunen». El segundo se encuentra en Mateo 9:14-15, del que Richard Foster dice que podría ser «la afirmación más importante sobre si los cristianos deberían ayunar o no hoy día» (Celebración de la disciplina). La respuesta de Jesús es un rotundo sí. Entonces los discípulos de Juan se acercaron a Jesús, diciendo: «¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos, pero tus discípulos no ayunan?» Y Jesús les respondió: «¿Acaso los acompañantes del novio pueden estar de luto mientras el novio está con ellos? Pero vendrán días cuando el novio les será quitado, y entonces ayunarán» (Mateo 9:14–15) Cuando Jesús, nuestro novio, estuvo en la tierra con sus discípulos, fue un tiempo para la disciplina del banquete. Sin embargo, ahora que el novio les fue «quitado» a los discípulos, «ayunarán». No, «podrían ayunar, si es que pueden hacerlo», sino que «ayunarán». Que es confirmada por el patrón de ayuno que emergió de inmediato en la iglesia primitiva (Hch 9:9; 13:2; 14:23).

Aviva tus sentimientos

Lo que hace que el ayuno sea tan semejante don es su capacidad, con la ayuda del Espíritu Santo, de centrar nuestros sentimientos y la expresión de estos hacia Dios en oración. El ayuno va de la mano con la oración. Como dice John Piper, es «el siervo hambriento de la oración», que «revela y remedia». Revela la medida del dominio de los alimentos sobre nosotros, o de la televisión, o de las computadoras o de cualquier otra cosa a la que nos sometamos, para esconder una y otra vez la debilidad de nuestra hambre de Dios. Y da una solución al intensificar la seriedad de nuestra oración al decir con todo nuestro cuerpo lo que la oración dice con el corazón: ¡Deseo ser saciado solo de Dios! (Cuando no deseo a Dios, 193) Ese ardor en la boca del estómago, ese retortijón en tus tripas, que demanda que lo alimentes con más comida, señala el momento para que el ayuno entre en juego como un medio de gracia. Solo mientras aceptemos voluntariamente el dolor de un estómago hambriento veremos cuánto le hemos permitido a nuestros estómagos ser nuestro dios (Fil 3:19). Y el dolor persistente del hambre creciente es el motor del ayuno, que genera el recordatorio para torcer nuestros deseos por comida hacia Dios e inspira deseos que se intensifican por Jesús. El ayuno, dice Piper, es el signo de exclamación al final de la oración, «¡así es como te deseo, oh Señor!» (Hambre de Dios, 24)

¿Ayunarás?

Se puede decir mucho más (cómo preguntarle a tu doctor sobre algunos problemas de salud), pero esta disciplina espiritual es bastante simple. La pregunta es, ¿vas a aprovechar este potente medio de la gracia de Dios? El ayuno, como el Evangelio, no es para los autosuficientes ni para los que sienten que tiene todo resuelto. Es para los pobres en espíritu; para aquellos que lloran; para los mansos; para los hambrientos y sedientos de justicia. En otras palabras, el ayuno es para los cristianos. Es una medida desesperada, en tiempos desesperados, entre los que se saben desesperados por Dios.
David Mathis © 2014 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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Dejen que haya un poco de Cuaresma en su tiempo de Adviento
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Dejen que haya un poco de Cuaresma en su tiempo de Adviento

¿Qué niño es este? no es la canción favorita para los niños. Los tonos menores y el ritmo más lento provoca que no sea tan cautivante para los oídos pequeños. Es difícil competir con el brillo, la cadencia y la vitalidad de Jingle Bells y Gozo del mundo. Y esa repetida pregunta retórica es desconcertante para el sentido artístico no desarrollado de un niño. «¿Qué niño es este?». Es Jesús, por supuesto. ¿Por qué seguimos preguntándonos eso cuando todos sabemos la respuesta?. 

Clavos y una lanza lo traspasarán

Sin embargo, muchos de nosotros finalmente superamos la infantil desilusión que el villancico nos generó. Para algunos, se ha convertido incluso en un favorito. Especialmente, para aquellos que están sumergiendo sus mentes en la Escritura. Se debe a ese poderoso dístico en el segundo verso que da una nota tan olvidada durante las fiestas de fin de año.
Clavos y lanzas lo herirán Por ti y por mí la cruz cargará. 
«Pero es Navidad», alguien objeta. «La Cuaresma tiene su tiempo cada primavera; dejen que el Adviento tenga su momento en diciembre. No desplacen la alegría y el tintineo con tal muerte y violencia. No permitamos que la Cuaresma y su cruz opaquen al Adviento y su pesebre». Aunque pueda ser muy cómodo analizar nuestras celebraciones y mantener nuestros sentimientos sobre las fiestas en sus compartimentos claramente etiquetados, no podemos separar a Belén del Gólgota sin perder lo que la Navidad realmente es. Existe un lugar para centrarse en el establo, los pastores y la maravilla de la encarnación, pero para apreciar la profundidad de lo que estaba pasando ahí, debemos tener a la vista el monte del Calvario.

Este no es un número circense

Si aislamos el nacimiento de Jesús de su muerte y resurrección, suprimimos el centro de lo deslumbrante de la Navidad. Este evento increíblemente espectacular (Dios haciéndose hombre, total divinidad y total humanidad juntos en una sola persona) no solo cautiva nuestra atención, sino que también nos captura para este Dios-Hombre. Somos parte. Es nuestro rescate el que está a la vista. En palabras del viejo credo, esta encarnación es «por nosotros y por nuestra salvación». La Navidad es un espectáculo sensacional. El Todopoderoso Anciano de Días nace como un delicado y frágil bebé. No obstante, esta no es una maravilla que podemos ver desde la distancia, como rostros sin nombre en un mar de espectadores desconectados. No somos meros fanáticos del héroe; más bien, somos conocidos y amados por Él. Sus hechos heroicos no son para nuestro entretenimiento, sino que para nuestra alegría eterna. Durante Navidad, nuestra entrada no está restringida a las graderías, a las tribunas, detrás de una barrera, sino que somos llevados al campo, a ser parte del equipo de la superestrella, nos dan una camiseta con nuestro nombre. La asombrosa hazaña ontológica que obtiene en su encarnación no es un número circense para cualquiera, sino que un acto de amor por nosotros.

Nacido para cargar la cruz

Desde el mismo comienzo, desde Belén y antes de ella, el árbol de Jerusalén y la tumba vacía quedan en la distancia y le dan significado a cada canción angelical y a cada regalo de los sabios del oriente. Y no como el truco mágico más alucinante de la historia (realmente muerto y luego vivo otra vez), sino como un acto intencional, efectivo y diseñado explícitamente para aquellos que lo reciben. Él no vino a ser aplaudido por millares de desconocidos espectadores, sino que «a buscar y a salvar lo que se había perdido» (Lc 19:19). La encarnación no es una puesta en escena en un espectáculo de variedades, Él «vino al mundo para salvar a los pecadores» (1Ti 1:15). El Hijo eterno de Dios se hizo hombre no para cosechar un grupo de amigos admirables, sino que para redimir a una esposa quebrantada: «no he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Mr 2:17). «El Hijo de Dios se manifestó con este propósito», dice el apóstol Juan, «para destruir las obras del diablo» (1Jn 3:8) —y en particular para liberar a las personas de las garras de Satanás—. Puesto que nosotros, su pueblo, participamos «de carne y sangre, también Jesús participó de lo mismo, para anular mediante la muerte el poder de aquel que tenía el poder de la muerte, es decir, el diablo, y librar a los que por el temor a la muerte, estaban sujetos a esclavitud durante toda la vida» (Heb 2:14-15).

Por amor a nosotros

«Cuando vino la plenitud del tiempo», dice Pablo, «Dios envió a su Hijo, nacido de mujer […] para que recibiéramos la adopción de hijos» (Gá 4:4-5). Él vino para transformarnos en su familia íntima, no unos fanáticos lejanos. Él no vino a recolectar autógrafos, libros, singles o cameos. «[…] Que siendo rico, sin embargo por amor a ustedes se hizo pobre, para que por medio de su pobreza ustedes llegaran a ser ricos» (2Co 8:9). Por amor a ustedes. Es ese por amor a ustedes lo que un poco de Cuaresma trae a nuestro Adviento. Aún mejor cuando es mucho. Permanecemos maravillados durante la Navidad, no solo porque el Verbo se ha hecho carne (Jn 1:14), sino porque desde su plenitud recibimos tal gracia (Jn 1:16). Nos maravillamos no solo porque Él es tanto Dios como hombre, sino porque Él lo es precisamente por nosotros.
David Mathis © 2013 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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Cómo amar a personas difíciles en Navidad
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Cómo amar a personas difíciles en Navidad

El periodo anual previo a Navidad choca con las olas de «alegría» en todo momento. La sociedad se rehúsa a darle crédito a Dios por tal alegría, pero duda poco para enviar vibras y genéricos deseos positivos. Los cristianos también celebran la alegría en Navidad, pero con una gran diferencia del mundo. Nuestra alegría viene como parte de una distintiva manera cristiana de ver todas las cosas, revelada por el Dios que es, que nos hizo y que ha diseñado nuestro rescate. Cantamos, «Gozo del mundo» y abrimos la historia de la Navidad, donde Lucas menciona alegría y regocijo siete veces en solo dos capítulos. Mateo habla de reyes magos que «se regocijaron mucho con gran alegría» (Mt 2:10). Alegría, sí, pero, ¿qué debemos hacer del amor en Navidad? ¿Qué lugar tiene el amor a otros en medio de todo el énfasis en las «buenas nuevas de gran gozo» (Lc 2:10)? El ajetreo de la época (y la inevitable proximidad a la familia extendida) puede hacer de la Navidad uno de los tiempos relacionales más desafiantes del año. ¿Cómo la alegría en Jesús de la Navidad se relaciona con el desafío de amar a otros, especialmente a aquellos que son difíciles de amar? A medida que nos dirigimos hacia pruebas y oportunidades relacionales de la época, me recuerdo a mí mismo tres textos importantes de cómo la real alegría de la Navidad produce, en lugar de transa, amor por otros.

Busca los intereses de los demás

La primera Navidad comenzó en el corazón de Dios o podríamos decir en «la mente de Cristo». «Haya, pues, en ustedes esta actitud (esta manera de pensar) que hubo también en Cristo Jesús...» (Fil 2:5). Aquí en Filipenses 2, tenemos la historia de la encarnación, en resumen, del cielo a la tierra: «aunque existía en forma de Dios, [Jesús] no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres» (Fil 2:6-7). ¿Qué manera de pensar y corazón dio lugar a esa primera Navidad? No fue el impulso de aferrarse a sus derechos y privilegios como Dios, sino de molestarse a sí mismo y sacrificar la comodidad como hombre. En lugar de aferrarse al privilegio, Él se despojó de sus derechos. ¿Cómo el apóstol Pablo llega a esta «mente» o «actitud» sobre Cristo? Desde un mandato que es profundamente adecuado para Navidad:
No buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás (Fil 2:4).
Busca los intereses de los demás. El llamado a amar comienza aquí, cuando salimos de nuestras propias necesidades y preferencias, buscando más allá de nosotros mismos, para ver y movernos hacia el interés de otro. ¿Cómo podrían ser transformadas nuestra generosidad y reuniones navideñas cuando estamos «buscando… los intereses de los demás» (Fil 2:4), en lugar de inclinarnos a recrear experiencias y sentimientos navideños perfectos de nuestros recuerdos del pasado? Un recordatorio que necesitamos tanto en Navidad como en cualquier época del año es que el amor «no busca lo suyo» (1Co 13:5). La alegría de la Navidad nos capacita para ir más allá de nuestra fijación instintiva en nuestros propios intereses para buscar los intereses de los demás.

Con mucho gusto gasta lo tuyo, y aun tú mismo gástate

Al haber sido liberados de la prisión del yo para ver el interés de los demás, ¿qué hacemos? ¿Cómo nos ocupamos de satisfacer las necesidades de otros? La comprensión de Pablo sobre el «amor» en 2 Corintios 12:15 es poderosa y lo es, en particular, en Navidad.
Y yo con mucho gusto gastaré lo mío, y aun yo mismo me gastaré por sus almas. Si los amo más, ¿seré amado menos? (2 Corintios 12:15).
Pablo es presionado a plantear el caso de su amor por los Corintios, debido a que su cuidado paternal por ellos no siempre se sintió amoroso para ellos. La última parte del versículo muestra que el asunto es ciertamente el amor: «Si los amo más, ¿seré amado menos?» ¿Cómo defiende Pablo su amor por los Corintios? «Con mucho gusto gastaré lo mío, y aun yo mismo me gastaré por sus almas». Él no solo ha mirado más allá de sus propios intereses hacia el de ellos, sino que ahora gastará y se gastará a sí mismo por ellos. Él abrazará pérdidas e inconvenientes personales costosos, por la ganancia de ellos. En otras palabras, él dará lo que es suyo (tiempo, energía, atención, posesiones, dinero, comodidad, paz mental) con el fin de beneficiarlos. Y él no lo hace a regañadientes o por deber, sino que con gusto. Él recuerda las palabras de Jesús, cómo Él mismo dijo: «Más bienaventurado es dar que recibir» (Hch 20:35). Aquí está a la vista el amor de Navidad: buscar los intereses de los demás y con gusto gastar lo propio y aun uno mismo gastarse por ellos. Sin embargo, queda un paso más.

Recuerda la gran Posesión

¿Cómo amamos a otros cuando es un trabajo desafiante espiritual y psicológicamente? En nuestro pecado, muy fácilmente nos vamos por defecto al egoísmo, al egocentrismo y al interés propio en lugar de buscar el interés de los demás. Un último texto llega a esa dinámica espiritual en una manera que es especialmente conmovedora para los desafíos y las oportunidades en Navidad. Hebreos 10:32-34 recuerda un tiempo en el que algunas de las primeras iglesias fueron encarceladas por su fe, y otras, en lugar de esconderse, salieron públicamente para visitarlas (el llamado del amor). Al hacer eso, se expusieron a sí mismos a la misma persecución. Sus posesiones fueron saqueadas por decreto oficial o por una turba violenta.  ¿Cómo lo recibieron? Hebreos les recuerda: «Aceptaron con gozo el despojo de sus bienes....» (Heb 10:34). No solo lo aceptaron, sino que lo hicieron con gozo. Pero, ¿cómo? ¿De dónde viene esto, recibir con gozo tal persecución, recibir la pérdida personal, buscar los intereses de otros y con mucho gusto gastar lo suyo y aun uno mismo gastarse?
Sabiendo que tienen para ustedes mismos una mejor y más duradera posesión (Heb 10:34).
La palabra para «bienes» es la misma para el plural en griego (hyparxontōn) de la palabra para «posesión» (hyparxin). Por lo tanto, literalmente «aceptaron con gozo el despojo de sus bienes (plural), sabiendo que tienen para ustedes mismos una mejor y más duradera posesión (singular)». Puesto que estos cristianos tenían a Dios como su tesoro celestial, pudieron aceptar la pérdida de sus tesoros terrenales en el llamado de amor. Y no solo aceptar, sino que aceptar con gozo. Ellos aceptaron con gozo la pérdida de sus posesiones finitas, terrenales y limitadas porque sabían que tenían la Posesión infinita, celestial y que todo lo satisface, cuyo nombre es Jesucristo, el verdadero regalo de Navidad. Si tal gozo en su gran Posesión pudo fortalecerlos para soportar todo lo que sufrieron y perdieron, ¿cuánto más podría inspirar en nosotros amor y generosidad genuina durante Navidad? No solo respecto a nuestro dinero y posesiones materiales como regalos, sino que también respecto a nuestras posesiones más preciadas: nuestro tiempo, energía, comodidad, conveniencia y atención.

Ellos recordaron

Saber («sabiendo») hará la diferencia cuando se trata del llamado de amor, no solo tener la gran Posesión que es Dios mismo, sino que saber y recordar que lo tenemos y nos lo predicamos a nosotros mismos: «Sabiendo que tienen para ustedes mismos una mejor y más duradera posesión» (Heb 10:34) Ese saber hace posible en nosotros la verdadera alegría de Navidad, que no es egoísta sino que sacrificial. Es una «alegría sacrificial». Cuando disfrutamos a Dios y a su Hijo como nuestra gran Posesión, finalmente somos libres para rendir nuestros pequeños y privados placeres (llamado sacrificio) por el placer mayor de satisfacer las necesidades de los demás y señalarles a nuestro Tesoro (llamado amor). El anuncio de Navidad de «gran alegría» en Jesús tiene todo que ver con nuestro amor por los demás. El llamado a buscar los intereses de otros, a con gusto gastar y aun más gastarse a sí mismo y a recordar nuestra mejor y permanente Posesión no es un llamado a morir por la verdadera alegría de la Navidad, sino a saborear verdaderamente las profundidades del deleite que Dios mismo vino a traer.
David Mathis © 2018 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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Un villancico para los débiles
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Un villancico para los débiles

Podría ser la canción navideña más extraña que jamás se haya creado. Los cristianos modernos extraña vez la cantan, aunque a menudo vemos su letra y la escuchamos ser leída en voz alta. Su autora no fue una fuente secundaria ni una observadora distante, sino que fue (más que) un testigo de lo que realmente ocurrió cuando Dios mismo vino al mundo, fue envuelto en pañales y acostado en un pesebre. De hecho, fue la misma compositora de la canción que lo dio a luz, lo envolvió y lo acostó ahí. La autora es la misma madre de Jesús.

La magnífica canción de María

Por demasiado tiempo, malentendí profundamente el villancico de María en Lucas 1:46-55, como si fuera solo un diario personal de una joven campesina. Después de todo, pensé, María tuvo que haber entendido muy poco en ese punto de la historia, ¿no? Sin embargo, finalmente me estoy dando cuenta de que Lucas no tuvo la intención de que las poéticas palabras de María estuvieran aparte, pues son el clímax de su primer capítulo. Como el resto de su Evangelio pone de manifiesto, Lucas administró con gran cuidado el reducido espacio que tenía, no como un reportero imparcial, sino que como un vocero inspirado por el Cristo resucitado. Aunque el «Magníficant» de María, como la iglesia llegó a llamarlo (basado en su primera palabra en latín), podría sonarnos extraño hoy en comparación con otros villancicos más populares, su letra representa algunas de las líneas más importantes de Navidad que se hayan escrito jamás. Ellas también nos dan uno de los más profundos destellos del corazón de Dios en toda la Escritura. Entonces María dijo: «Mi alma engrandece al Señor, Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha mirado la humilde condición de esta su sierva; Pues desde ahora en adelante todas las generaciones me tendrán por bienaventurada. Porque grandes cosas me ha hecho el Poderoso; Y santo es su nombre. Y de generación en generación es su misericordia Para los que le temen. Ha hecho proezas con su brazo; Ha esparcido a los soberbios en el pensamiento de sus corazones. Ha quitado a los poderosos de sus tronos; Y ha exaltado a los humildes; A los hambrientos ha colmado de bienes Y ha despedido a los ricos con las manos vacías. Ha ayudado a Israel, su siervo, Para recuerdo de su misericordia Tal como dijo a nuestros padres, A Abraham y a su descendencia para siempre» (Lucas 1:46–55).

La razón por la que ella escribió la canción

La canción tiene tres partes distintivas. Los versos 46-47 declaran lo que María está haciendo en el himno: alabando a Dios. Los versos 48-47 explican por qué: por lo que Dios ha hecho por ella. Finalmente, la mayor parte de la canción, versos 49-55, se maravilla ante la sorprendente gloria de su Dios, importante no solo para ella en la primera Navidad, sino que para todo su pueblo, todo el tiempo. La sección final (versos 49-55), inusualmente centrada en Dios (Él es el sujeto de cada verbo), es el centro y la esencia del himno de María y una celebración extraordinaria de Dios y sus caminos, tan contrario a nuestras expectativas naturales humanas. María celebra el tipo de Dios que Él es (diferente a nosotros, quebrando nuestros paradigmas) mientras muestra su fuerza no al reclutar a los fuertes, sino que al rescatar a los débiles. Cuando María da la razón de su alabanza (Lc 1:48-49), curiosamente es general. Esto no es un apunte enérgico en su diario personal, sino una canción diseñada para el pueblo de Dios, en todos los lugares, para las generaciones venideras. No es solo una profunda comprensión de lo que Dios estaba haciendo en esa primera Navidad, sino que es un resumen penetrante de toda la Biblia.

La gloria sorpresiva de Dios

Aquí, como una teóloga dotada (o simplemente como una canción bien impregnada de la Escritura —como la canción de Ana en 1 Samuel 2—), María muestra el corazón de la santidad de Dios («santo es su nombre», Lucas 1:49), que Él es, en sí mismo, de un orden diferente y más grande que sus criaturas, al mostrar cómo Él constantemente actúa de manera diferente a nuestros instintos humanos. Sus pensamientos no son los nuestros, tampoco sus caminos son nuestros caminos, sino que son mayores, como los cielos son más altos que la tierra (Is 55:8-9). En los patrones peculiares de Dios, el mayor sirve al menor (Gn 25:23; Ro 9:12). Este Dios solidariza con el débil, no con el fuerte. Él escoge a lo necio del mundo para avergonzar a los sabios. Escoge lo que es débil en el mundo para avergonzar a los fuertes. Escoge lo vil y despreciado del mundo, incluso lo que no es (como un pueblo olvidado llamado Nazaret y una doncella soltera que llevaba un hijo concebido sin un padre humano) para anular lo que es (1Co 1.27-28). Él humilla al fuerte y magnifica su fuerza al exaltar al débil. La Navidad da vuelta al mundo. ¿No ha sido esta nuestra experiencia de este Dios y su mundo? Una y otra vez, justo cuando pensamos que lo hemos entendido con nuestras mentes humanas extremadamente pequeñas, Él quiebra nuestras suposiciones y planes. Él da vuelta al mundo. El propio hijo de María encarnaría literalmente esta peculiar gloria de Dios. Y para aquellos de nosotros con ojos para ver, es maravilloso ver, al igual que María, la misma sabiduría de Dios, digna de ser celebrada en canción y en una vida de adoración.

Dios magnificado en nuestro regocijo

Pero aún antes de su celebración del rescate de Dios de los débiles, María comienza con una comprensión que no debemos pasar por alto. Sus líneas introductorias no solo celebran que Dios magnifica su fuerza en la debilidad de su pueblo, sino que también cómo lo hace. ¿Cómo se magnifica Dios en nosotros? No por medio del orgullo ni la confianza humana, tampoco a través de las riquezas ni la fuerza humana, sino que por medio del corazón humilde que se regocija en Él. «Mi alma engrandece al Señor, Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador» (Lucas 1:46-47). Esta es una canción que cambia la vida si es que puedes entenderla, no solo en Navidad, sino que en toda la vida cristiana. Dios es magnificado en su pueblo débil cuando nosotros, como María, nos regocijamos en Él. Podrías decir: «pero eso no es lo que dice la canción. Dice “y”, no “cuando” o “por” o “a través”». La pregunta, entonces, es ¿cómo la magnificencia se relaciona con el regocijo? La respuesta es que nuestro espíritu que se regocija en Dios magnifica a Dios. Sin duda, su magnificación aumenta el regocijo de su pueblo, pero aquí el asunto para María es lo que su alma y espíritu hacen relacionado a la magnificación de Dios. Dios se muestra siendo magnífico en María a medida que ella se regocija en Él, porque nosotros magnificamos, glorificamos u honramos aquello que o a quien disfrutamos. Vemos en María lo que John Piper ha manifestado repetidas veces por décadas: Dios es más glorificado en nosotros cuando estamos más satisfechos en Él. Esta no es una verdad periférica para María, o para la Navidad, o para cualquier momento del año, pero es infinitamente relevante y lo será eternamente para el pueblo de Dios a medida que crecemos, expandimos, profundizamos y maduramos en nuestro disfrute de este Dios.

Lo que la Navidad canta sobre Dios

Haremos bien esta Navidad, y en cualquier momento del año, al escuchar cuidadosamente la extraña canción de María; extraña para los humanos acostumbrados a la música del mundo, pero profundamente emocionante para aquellos a los que se les ha dado un oído para el Dios que es, y no para el Dios de nuestra imaginación. Ni la canción de María ni la Navidad en sí misma son una revelación periférica de la verdad de Dios. La Navidad es una ventana al mismo corazón de Dios, quien es todo el año y para siempre. Ciertamente, Él ve, con misericordia, a aquellos en su propio estado humilde, para exaltarlos. Mientras mira, con terrorífica justicia, al orgulloso para humillarlo. Para aquellos de nosotros que somos débiles y estamos cargados, es maravilloso a nuestros ojos y música para nuestros oídos.
David Mathis © 2018 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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Aprovechemos al máximo la Semana Santa
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Aprovechemos al máximo la Semana Santa

En un sentido, la «Semana Santa» no tiene nada de especial. Es tan sólo otra secuencia más de ocho días cada otoño (no hay nada intrínsecamente santo en estos días que cada año se mueven en el calendario). Ni Jesús ni sus discípulos nos dejaron un mandato para celebrar estos días en particular. Pablo, por su parte, estaría contento ya sea que tomemos parte en esto o no. «Hay quien considera que un día tiene más importancia que otro, pero hay quien considera iguales todos los días. Cada uno debe estar firme en sus propias opiniones» (Ro 14:5). Claramente, la celebración de estos días no debe ser impuesta en la consciencia de otros. «Así que nadie los juzgue a ustedes por lo que comen o beben, o con respecto a los días de fiesta religiosa, de luna nueva o de reposo» (Col 2:16).

Una oportunidad, no una obligación

Celebrar la Semana Santa no es una obligación, sino que una oportunidad. Es una oportunidad para caminar junto a la iglesia, a lo largo del tiempo y del mundo, mientras ella camina junto a su novio en la semana más importante de la historia mundial. Es una oportunidad para centrar nuestras mentes y buscar intensificar nuestros afectos en las realidades más importantes y eternas. Aunque el Nuevo Testamento no nos manda a celebrar esta semana, ni nos sugiere hacerlo, sí nos da un motivo indirecto, si es que lo buscamos. Los últimos ocho capítulos de los veintiocho que tiene Mateo fueron dados para esta semana, junto con los últimos seis de los dieciséis que tiene Marcos y los últimos seis de los veinticuatro de Lucas. Aunque, el más importante es Juan. Diez de los veintiún capítulos de este Evangelio —en esencia la mitad— lidian con la última semana de vida de nuestro Señor, su traición, sus pruebas, su crucifixión y su triunfante resurrección. Incluso Hechos, que narra la vida de la iglesia primitiva, menciona con frecuencia los eventos de la Semana Santa (ver, por ejemplo, Hechos 1:15–19; 2:22–36; 3:11–26; 4:8–12, 24–28, entre otros). Ciertamente, se podría decir que todo el Antiguo Testamento anticipa esta semana y el resto del Nuevo Testamento lo refleja en la teología y en la vida práctica.

Aprovechemos la semana

Sin ninguna presión de consciencia, los animo a considerar las formas en que podrían aprovechar al máximo esta semana. Éstos son unos de los días más oscuros y más brillantes en la historia del mundo, son ricos en alimento para nutrir el alma y visión para clarificar la vida. En medio del caos de nuestra sociedad que cada vez lleva un estilo de vida más acelerado y frenético, la Semana Santa es un recordatorio para parar y reflexionar, para darle importancia a cada día y no dejar que esta gran semana pase como cualquier otra. Quizás podrías tomarte un tiempo diario (solo, con tu familia o con tus compañeros de casa) para disminuir la velocidad y saborear lo que estaba sucediendo, hace dos mil años, durante la semana de la Pasión. Podrían leer un devocional sobre Semana Santa o aún mejor, una (o un par) de las narraciones de la Pasión de los Evangelios:
  • Mateo 21–28
  • Marcos 11–16
  • Lucas 19–24
  • Juan 12–21
Aparten varios minutos. Encuentren un lugar cómodo para sentarse. Busquen callar su alma y orar para que Dios los visite en los eventos y en la importancia de esta semana. Pasen unos momentos en oración después de que hayan leído y se hayan vuelto a la verdad que nos lleva hacia Dios en adoración a Cristo. Reciban esta semana con agradecimiento y santifíquenla con la Palabra de Dios y la oración (1Ti 4:5). Posiblemente, querrán que sea un momento memorable: podrían usar velas o algún otro estilo especial. Si sus iglesias, u otra en la ciudad, hacen un servicio de Jueves o Viernes Santo, es otra oportunidad que pueden aprovechar.

Una oración para la semana de la Pasión

Si les gustaría que un texto bíblico específico sirva como una oración a seguir por esta semana, les comparto lo que estoy orando para mi familia y para mí: que Dios haga que la oración de Efesios 3:16-19 sea cada vez más cierta para nosotros en esta Semana Santa:
...que por medio del Espíritu y con el poder que procede de sus gloriosas riquezas, los fortalezca a ustedes en lo íntimo de su ser, para que por fe Cristo habite en sus corazones… y que arraigados y cimentados en amor, puedan comprender, junto con todos los santos, cuán ancho y largo, alto y profundo es el amor de Cristo; en fin, que conozcan ese amor que sobrepasa nuestro conocimiento, para que sean llenos de la plenitud de Dios.
El viaje paso a paso de Jesús al Calvario es una revelación brillante del alcance de su amor. Él nos amó «hasta el fin» (Jn 13:1) al recorrer todo el camino hasta llegar a la cruz por nosotros, con cada moretón, con cada perforación hecha por los clavos y cada punzada y puñalada de dolor. Es durante esta Semana Santa que vemos más profundamente Cuán grande es el amor de Dios. «Pero Dios muestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros» (Ro 5:8). Que Dios haga que esa semana sea una en la que se tengan nuevos cimientos en el amor de Cristo, mostrados claramente desde la determinación de Cristo el Domingo de Ramos hasta el sacrificio definitivo del Viernes Santo y el triunfo el Domingo de Resurrección. Que conozcan nuevamente el amor de Cristo: lo ancho y largo; lo alto y profundo que es (y que cada vez que se asombren, sean llenos con la plenitud de Dios).
David Mathis © 2016 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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La extraña y maravillosa entrada

La semana de la Pasión comienza con ramos. Ramas cortadas de los árboles; manos alzadas en adoración; y la entrada a la gran ciudad en el primer siglo de la figura más importante de la historia en la semana más significativa que jamás haya existido. Este príncipe no reconocido tiene el derecho de reclamar el trono de su pueblo como heredero de su rey más celebrado. Sin embargo, él entra en evidente humildad en el lomo de un pollino, como ningún otro gobernante del primer siglo o del siglo XX se hubiese rebajado a entrar a una gran ciudad. Esto, por supuesto, no es el límite de su mansedumbre y de su humildad. Él se rebajaría mucho más en esa santa semana y, después, lo haría aún más al ser «levantado» desde el lugar más bajo de todos, desde la completa humillación y afrenta de una ejecución pública inhumana: la muerte en una cruz.

El resplandor del Domingo de Ramos

No obstante, por ahora, la semana comienza con el extraño y maravilloso resplandor del Domingo de Ramos. Podemos sentir el brillo del rey que viene acercándose, escoltado, en su camino a la gran ciudad, por multitudes conmocionadas frente a la llegada de un verdadero dignatario: «este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea...» (Mt 21:11). Emocionados, la gente «tendía sus mantos sobre el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las esparcían en el camino» (Mt 21:8), lo que le dio el nombre al «Domingo de Ramos». La alegría resplandece en este domingo —una alegría, como ahora sabemos, que anticipa la supernova de regocijo que explota al domingo siguiente—. En la emoción de la esperanza, las multitudes repiten las alabanzas que se encuentran en el Salmo 118, con el anhelo de que quizás éste sea, finalmente, el gran «Hijo de David», el rescatador real que fue prometido, entrando en un burrito a la Ciudad Santa para salvar definitivamente a su pueblo. «¡Hossana al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hossana en las alturas!» (Mt 21:9). Hossana (una declaración en hebreo de adoración y deleite) es el estribillo de su entrada triunfal.

Teñido por el dolor venidero

Aun así, la luz está teñida, incluso en el clímax de la emoción del Domingo de Ramos. Aún no es la coronación de Cristo a la diestra del Padre sentado en el trono del cielo. Éste no es el triunfo final; aún no ha descendido el cielo mismo para restaurar completamente al mundo caído (desterrado a las profundidades de la oscuridad, con toda su tristeza y dolor, con cada lágrima y rebeldía persistente). No, puesto que en la culminación de la alegría, las amenazantes autoridades comenzaron con su diabólico complot. Este humilde rey sana a los ciegos y a los cojos (Mt 21:14) y cuando el poder dominante ve «que hacía cosas maravillosas… se indignaron» (Mt 21:15). El gozo floreciente de las masas es la furia exasperada de la élite de Jerusalén.

El gozo puesto ante el Varón de dolores

En este domingo encontramos, en el microcosmos, las alegrías y las tristezas de la legendaria semana que se aproxima. Este encuentro inicial de Jesús con las autoridades anticipa la conspiración que se avecina, el traidor que surgirá, los temerosos discípulos que huirán y la total crueldad demoniaca que caerá sobre la ciudad y concluirá con la muerte de Cristo en el ocaso del viernes. No obstante, el gozo del Domingo de Ramos pronostica la euforia sin igual que vendrá la mañana del domingo de resurrección. La sensación sombría del Domingo de Ramos corresponde a que este feliz e imbatible rey es nuestro «Varón de dolores» (Is 53:3). El gozo de ese día corresponde al propio gozo de Jesús —su alegría indestructible, su disposición a ir a Jerusalén e incluso a la cruz por el gozo puesto ante él—. En quien se derramó perfume de alegría más que a sus compañeros (Sal 45:7), es aquel que será despreciado y rechazado y que fue hecho para el sufrimiento (Is 53:3).

Su peculiar gloria

Tiene sentido que en este extraño y maravilloso domingo, el pueblo recurra al Salmo 118:26 y exclame, «¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!». Este Salmo capta tan bien la peculiar gloria del Domingo de Ramos. Tan sólo un poco antes del verso 26, el salmista escribe, «la piedra que desecharon los constructores ha llegado a ser la piedra angular. Esto ha sido obra del Señor y nos deja maravillados» (Sal 118:22-23). La gloria del Domingo de Ramos no se trata de que el anhelado rey pase por la ciudad en medio de la solemnidad y de la gracia de la lógica expectación humana. Éste no es un rey de indiscutido abolengo, nacido en un palacio, criado por tutores de clase mundial, rodeado por generales expertos, que entra triunfante a la gran ciudad para conquistar a sus enemigos y reclamar su corona. No. Es un nazareno, un pueblerino; hecho para la humillación; un común trabajador; montado no sobre un noble corcel, sino que sobre un pollino de burro. Él no viene para blandir su espada y demostrar su alcurnia frente a la expectación popular; más bien, a entregarse a sí mismo y a mostrar su mansedumbre en su sacrificio incondicional. Él no viene a matar, sino que a ser asesinado; no viene acompañado por generales y soldados, sino que por doce inútiles compañeros: uno que lo traicionará; otro, que lo negará; y el resto, se esparcirán cuando comience el verdadero conflicto.

Maravilloso a nuestros ojos

El anhelado Mesías no viene en gloria humana, sino que en peculiar gloria: esa gloria que es fuerte en la debilidad; esa gloria de gozo indomable en el dolor humillante; esa gloria del León de Judá que se entrega a sí mismo como el Cordero de Dios. Viene en un burrito para ser la piedra que los constructores rechazarán completamente el viernes y que Dios mismo revelará como la piedra angular el Domingo de Resurrección. Para la mente natural, ya sean judíos o griegos, esto es simple locura. Un héroe crucificado es un disparate para los helenistas; un Mesías rechazado, un tropiezo para los judíos (1Co 1:23). No obstante, para aquellos que hemos recibido el don de la verdadera vista, es maravilloso a nuestros ojos. Ninguna criatura podría haberlo planeado así. No hay duda de que esto es obra de Dios. El Domingo de Ramos, y la Pasión que le sigue, no es una creación humana, no es una historia que sucedió por casualidad. Esto lleva las huellas imborrables de lo divino; es la inauguración del rescate prometido, en toda su extravagancia y maravilla. Sólo un rey en un burro pudo salvar realmente nuestras almas y satisfacerlas completamente por la eternidad.
David Mathis © 2016 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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La voz más importante en este nuevo año
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La voz más importante en este nuevo año

El sol de un nuevo año, listo para aparecer en el horizonte, puede servir a nuestras vidas y almas en un sinfín de maneras. Sin embargo, ¿podría cualquier enfoque del nuevo año ser más importante que hacer lo que sea para escuchar a Dios mismo? Escuchar la voz de Dios es la esencia de lo que significa ser humano. Dios nos hizo para más que solo escucharlo, pero no para menos. Para ayudarnos a entender el punto, Dios cavó dos agujeros en cada lado de nuestras cabezas para que incluso cuando seamos demasiado débiles para actuar, demasiado débiles para caminar, demasiado débiles para alcanzar algo, demasiado débiles para hablar, incluso demasiado débiles para ver o leer, las palabras puedan llegar a nuestras mentes y bajar a nuestros corazones. Escuchar es una de las funciones más básicas del ser humano y normalmente la última capacidad que deja de funcionar a medida que el cuerpo se apaga cuando muere. Dios nos dio oídos, tanto físicos como espirituales, para que pudiéramos escucharlo.

Nuevo año, nuevo hábito

De todas las direcciones posibles a las que somos llamados a ir en este tiempo del año para hacer nuevas resoluciones respecto a la salud, a las finanzas o al estilo de vida, no existe resolución que tenga un mayor potencial de cambio de vida y de bien eterno que las soluciones frescas de poner constantemente a la voz de Dios al alcance de nuestros oídos. ¿Existe alguna otra pregunta más apremiante para un humano, y un cristiano, que «¿cómo escucharé la voz de Dios este nuevo año?»? Quizás puedes solo comenzar con el nuevo hábito de escuchar su voz este año. Les dejaré las sugerencias específicas a otros y a tu propia creatividad, pero me gustaría ayudarte a ir más allá de la resolución para ir hacia la recompensa. La Escritura misma está llena de motivaciones que pueden llevarte en este nuevo año hacia algunas soluciones frescas respecto a la lectura y a la meditación de la Biblia y formar tu vida con las Palabras de vida de Dios. Sin embargo, quizás una de las motivaciones podría estar por sobre las demás este año: nuestro Dios no solo nos ha hablado en la Escritura, sino que nos está hablando ahora. Es un tema particularmente poderoso en el libro de Hebreos, primero en los capítulos 3 al 4 y, luego, nuevamente, en el capítulo 12. Quizás Dios se agrade de hacer de esta tu experiencia este nuevo año.

El Dios vivo aún habla

Comencemos por el final con Hebreos 12:25, que nos da la palabra culminante: «Tengan cuidado de no rechazar a aquel que habla». No «a aquel que ha hablado», sino que «a aquel que habla». La sección previa de la carta destaca las Palabras de Dios por su pueblo en el pasado. Cuando hizo su primer pacto, su voz se escuchó desde el Sinaí, y el pueblo, incluyendo a Moisés, temblaron de miedo (Heb 12:18-21). Pero ahora, «el Dios vivo», como Hebreos lo llama cuatro veces (Heb 3:12; 9:14; 10:31; 12:22), nos habla por medio de su Hijo resucitado (Heb 12:24), cuya sangre «habla mejor que la sangre de Abel» (Heb 12:24). Aunque la sangre derramada de Abel clama por justicia y retribución desde la tierra (Gn 4:10-11), la sangre de Jesús suplica por misericordia y perdón. Si Abel, aunque muerto, «todavía habla» (Heb 11:4), ¿cuánto más hablará el Dios vivo por medio de su Palabra encarnada? No solo como «aquel que ha hablado», sino como «aquel que habla». Nuestro Dios sin duda es «el Dios vivo» y continúa hablando, desde el trono del cielo, a su pueblo del nuevo pacto, por medio de su Hijo. Pero, ¿cómo?

En su Palabra viva

¿Cómo tenemos acceso a las palabras de la la Palabra encarnada? Hebreos 4:12 es sobresaliente para muchos por su declaración: «la palabra de Dios es viva y eficaz». No obstante, ¿qué tiene en vista el autor de Hebreos cuando afirma que la Palabra de Dios es «viva y eficaz»? Él tiene en mente la Escritura. Y en particular, en este contexto, al Salmo 95. Hebreos 3:7-11 cita al Salmo 95:7-11 y enfatiza que esta no es Palabra muerta o un mero registro histórico, sino que un llamado vivo y un ofrecimiento continuo, primero abordado miles de años antes y que aún está hablando en el siglo I. Entonces, Hebreos 3:15-4:11 plantea el caso de que no solo Dios ofrece descanso (en la Tierra Prometida) a su pueblo bajo el liderazgo de Josué, sino que ese ofrecimiento de descanso permaneció abierto para los oidores del Salmo 95 y «aún habla». Esta secuencia viva de la Tierra Prometida hacia el Salmo 95 y hacia el presente es lo que el autor tiene en vista cuando dice: «la palabra de Dios es viva y eficaz». Así como Dios ofreció descanso a su pueblo bajo el liderazgo de Josué, así también el ofrecimiento permaneció por cientos de años después en el salmo, y ahora la Palabra de Dios «aún habla» en la era de la iglesia, hace dos mil años y a nosotros ahora. La Palabra de Dios es Palabra viva. Él es el Dios vivo que continúa hablando por medio de su Palabra viva, Jesús, en su Palabra viva, la Escritura. No obstante, falta una pieza más: una Persona más.

Por su Espíritu vivo

El autor de Hebreos tiene una doctrina extraordinaria de la Escritura en acción en su cita del Salmo 95. Es simple, pero profunda al mismo tiempo y emerge con una inspiración para alimentarse de Biblia este nuevo año: «Como dice el Espíritu Santo...» (Heb 3:7). El Salmo 95, como Escritura (como representante de toda la Escritura) no es solo inspirado por Dios (2Ti 3:16) y no solo fue hablado en el pasado, sino que el Espíritu continúa siendo aliento vivo llevando la Palabra de Dios a los oídos de su pueblo. «Como dice el Espíritu Santo...». La Palabra escrita de Dios, primeramente, es lo que el Espíritu Santo dice. No solo dijo; no solo ha dicho; sino que dice. Él está hablando. El Dios vivo, por su Espíritu vivo, nos está hablando en su Palabra viva. Cuán maravilloso es que el Espíritu Santo de Dios continúe hablándole al pueblo de Dios, para obrar poderosamente en nosotros subjetiva e internamente, escribiendo las propias Palabras de Dios en nuestros corazones. ¿Cómo hace esto? Al unirse a sí mismo con la Palabra objetiva, externa y escrita de Dios. Él vive para hacer que la Palabra tenga vida para el pueblo de Dios. Aquí en el comienzo de un nuevo año, toma nota conmigo. Todos queremos escuchar hablar a Dios. Él nos hizo para esto. Todos queremos escuchar a Dios mismo, por su Espíritu, darnos las palabras que necesitamos para andar en aquello a lo que Él nos llamó, para nuestra alegría y el bien de otros, este nuevo año. Y lo que necesitamos es que «aquel que habla» siga diciendo, por su Espíritu, lo que ha estado diciendo siempre y que lo haga vivo para nosotros. Cuando vayamos a la Biblia este año y cada año, vayamos a un Libro completamente único. Vayamos a las Palabras vivas del Dios vivo hechas vivas para nosotros por su Espíritu vivo. Ahí escucharemos la voz más importante de este nuevo año. ¿Planificarás de acuerdo a ello?
David Mathis © 2018 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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No te canses de hacer el bien
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No te canses de hacer el bien

Aquellos que genuinamente «hacen el bien» pronto serán tentados a cansarse. Entrégate a hacer el bien a otros (en los términos de Dios, para llevar a cabo su llamado) y es solo cosa de tiempo para que seas tentado a cansarte. Incluso el apóstol Pablo, con la claridad total de su llamado, testificó «por fuera, conflictos; por dentro, temores» (2Co 7:5). Agotarse espiritual y emocionalmente era una tentación suficiente en su tiempo que llegó a escribir dos veces en sus cartas, no nos cansemos de hacer el bien (Ga 6:9; 2Ts 3:13). El cansancio puede ser contagioso (Dt 20:8). Sin embargo, cuando lo dominamos, también puede funcionar al revés: para ayudar a otros a perseverar. Dios no solo quiere que permanezcamos «haciendo el bien», sino que ayudemos a otros a «no cansarse» (1Ts 5:14). Cuando hacer el bien se pone difícil (y es algo que pasará), Pablo simplemente no dice, «no te rindas». Él dice, «no te canses».

Cómo no cansarse

Dios no nos rescata del pecado y de la muerte para luego hacer nada. Él quiere que como su pueblo entreguemos nuestras vidas, el poco tiempo que tenemos, para «hacer el bien». «Así que entonces, hagamos bien a todos según tengamos oportunidad, y especialmente a los de la familia de la fe» (Ga 6:10). Ese tipo de acción simplemente no «rebosa» ni sucede sin esfuerzo. Requiere intencionalidad, práctica y planificación. «Y que los nuestros aprendan a ocuparse en buenas obras, atendiendo a las necesidades apremiantes, para que no estén sin fruto» (Ti 3:14). «Hacer el bien» no es algo que hagamos solo para tener tiempos convenientes y pacíficos en nuestras vidas, sino que también para los momentos de sufrimiento y conflicto. «Así que los que sufren conforme a la voluntad de Dios, encomienden sus almas al fiel Creador, haciendo el bien» (1P 4:19; ver también 1P 2:15). ¿Somos excusados de «hacer el bien» cuando han sido injustos con nosotros? «Miren que ninguno devuelva a otro mal por mal, sino que procuren siempre lo bueno los unos para con los otros, y para con todos» (1Ts 5:15). ¿Cómo nos defendemos de la oscuridad? «No seas vencido por el mal, sino vence el mal con el bien» (Ro 12:21). Jesús mismo aboga, «pero a ustedes los que oyen, les digo: amen a sus enemigos; hagan bien a los que los aborrecen» (Lc 6:27). La visión puede ser lo suficientemente clara en la Escritura, pero ¿cómo no cansarse de hacer el bien cuando somos desafiados desde adentro y desde afuera?
1. Ponte a prueba humildemente
En primer lugar, cuando somos tentados a cansarnos, preguntémonos con las manos abiertas, ¿estoy «haciendo el bien» según los términos de Dios para el bien de otros y no solo el mío? ¿Estoy sirviendo a otros, o a mí mismo, de acuerdo a mi llamado? Cuando venga la resistencia, interna o externamente, haremos bien en preguntarnos sobre la naturaleza de la oposición:
  • ¿Es esta resistencia un don de Dios?
  • ¿Las personas que evidentemente me aman están intentando redireccionarme para ayudarme?
  • ¿Aquellos que no definen «bien» según los términos de Dios se oponen a mí?
  • Al «hacer el bien», ¿estoy buscando mi propia gloria en lugar de buscar la gloria de Dios (Jn 7:18)?
La oposición nos presenta una oportunidad para humillarnos a nosotros mismos y para evaluar nuestras obras. La tentación a cansarse comienza como una oportunidad de revisar nuestros corazones. A medida que nos libramos del asidero de lo que hacemos, podemos probar hasta qué grado es «bueno», y si es que puede ser mejor. ¿Estamos verdaderamente sirviendo las necesidades de otros o solo actualizamos nuestros propios deseos egoístas?
2. Vuelve a Dios expectantemente
Revelar las profundidades de nuestros corazones solo nos traerá hasta aquí. Necesitamos una base sólida fuera de nosotros para perseverar. Cuando sentimos la tentación a cansarnos, tenemos a dónde ir: alguien a quien ir para encontrar claridad, dirección y fortaleza. No somos dejados en desamparo para conseguirlo desde adentro. Conocemos a aquel que no se fatiga ni se cansa. ¿Acaso no lo sabes? ¿Es que no lo has oído? El Dios eterno, el Señor, el creador de los confines de la tierra No se fatiga ni se cansa. Su entendimiento es inescrutable (Is 40:28) Y no solo tenemos a nuestro divino Padre celestial, sino que también a su Hijo completamente humano de carne y hueso quien él mismo «anduvo haciendo el bien» (Hch 10:38). Jesús enfrentó una resistencia despiadada. Él sabía lo que era el cansancio (Jn 4:6). Él sintió oposición: desde dentro en Getsemaní y desde afuera en el Gólgota. Lo vemos a él «que soportó tal hostilidad de los pecadores contra él mismo, para que no se cansen ni se desanimen en su corazón» (Heb 12:3): no solo para «no darse por vencido», sino que para «no cansarse». Después de ponernos a prueba humildemente a nosotros mismos, tenemos una vía concreta y poderosa para no cansarnos: poner nuestra atención en Cristo. Pero, ¿cómo específicamente? Cuando enfrentamos cansancio en nuestras buenas obras, ¿cómo «consideramos a Jesús» (Heb 3:1; 12:2) y obtenemos fuerzas de nuestro Dios que «no se fatiga ni se cansa» (Is 40:28)?
3. Apóyate confiadamente en sus promesas
Dios nos ha dado su Palabra para que podamos aprender a apoyarnos en Dios mismo. No solo en general sobre ideas verdaderas, conceptos y lemas cristianos, sino que específicamente en las Palabras exactas de Dios para nosotros, permitiendo que todas las maneras en que Dios nos habla nos ayuden a hacer el bien. Escucha al Cristo resucitado decirte, por medio de su portavoz designado, «mis amados hermanos, estén firmes, constantes, abundando siempre en la obra del Señor, sabiendo que su trabajo en el Señor no es en vano» (1Co 15:58). O repite las mismas palabras de Jesús en esta parábola: “El reino de Dios es como un hombre que echa semilla en la tierra, y se acuesta de noche y se levanta de día, y la semilla brota y crece; cómo, él no lo sabe. La tierra produce fruto por sí misma; primero la hoja, luego la espiga, y después el grano maduro en la espiga. Y cuando el fruto lo permite, él enseguida mete la hoz, porque ha llegado el tiempo de la siega” (Mr 4:26–29). Nos humillamos, volvemos a Dios, abrimos su Palabra y confiamos en lo que él dice (no en lo que vemos). Buscamos reajustar nuestros corazones a su verdad, sin permitir que las apariencias del mundo nos dirijan. Apuntamos a apoyarnos no en nuestro entendimiento, ya sea que nos autojustifiquemos o desconfiemos de nosotros mismos, sino que en las palabras y promesas específicas de Dios para nosotros en la Biblia.
4. Confía pacientemente en sus tiempos
Andar por fe en las promesas de Dios no es un hechizo mágico que lo deja a él sin alternativa para hacer lo que nosotros queremos. Confiar en sus palabras no dobla su brazo para ajustarse a nuestro tiempo. Al contrario, nos prepara para ajustar nuestro sentido del tiempo al de él. Ese es el gran terreno sobre el que Pablo entregó su instrucción en Gálatas 6:9: «No nos cansemos de hacer el bien, pues a su tiempo, si no nos cansamos, segaremos». ¿Cuán a menudo nuestro cansancio es resultado de nuestro propio sentido del «debido tiempo» en lugar del de Dios? Dios tiene un tiempo intachable. Su promesa de exaltarnos, si nos humillamos bajo su poderosa mano, viene con una de las frases más importantes del Nuevo Testamento: «a su debido tiempo» (1P 5:6). Si estás «haciendo el bien» genuinamente, bajo los términos de Dios (sirviendo a otros y no a ti mismo) y estás desanimado por los resultados o por la oposición, lleva esta promesa a tu corazón: cosecharás a su debido tiempo. Dios te exaltará a su tiempo. Continúa sembrando fielmente. Dios ve; él sabe. En Cristo, tu trabajo no será en vano.

Donde «hacer el bien» ocurre

Ambas destacadas instrucciones a no cansarnos de hacer el bien (Ga 6:9; 2Ts 3:13) son en contextos humildes y fuera de lo público. La gran mayoría de las acciones para «hacer el bien» no ocurren para ser el centro de atención y ser celebradas por miles, sino que en privado, en lugares inadvertidos donde el reino de Dios avanza y finalmente da vuelta al mundo. Hacer el bien no es como el destello y el chisporroteo de los fuegos artificiales, sino como el lento crecimiento orgánico de cultivos. No se da por medio de controles remoto ni aplicaciones que nos hacen sentir que tenemos el control, sino que a través de la siembra, el riego y la espera que nos fuerza a confiar en Dios. Cuando Cristo nos da un llamado particular para realizar, él empáticamente no nos promete que será fácil. Es más, a menudo es precisamente lo opuesto. Los difíciles obstáculos emergen para confirmar la autenticidad de nuestro llamado. El avance vendrá, no al retirarnos, sino al permanecen bajo las pruebas con fe en las promesas de Dios. Incluso podríamos crecer en esperanza a medida que los obstáculos aumentan, esperando que el avance que necesitamos pueda estar cerca.
David Mathis © 2018 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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La plaga de Pastores perezosos
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La plaga de Pastores perezosos

  El apóstol Pablo pensó y habló sobre el ministerio cristiano como trabajo. Él aborrecía la pereza en el pastorado. Pablo no veía el puesto de pastor como uno adecuado para tipos con manos suaves que prefieren un trabajo puertas adentro. El trabajo pastoral, y la buena enseñanza en particular, es trabajo duro: trabajo que no solo está maldito y en lucha, sino que es un blanco específico de Satanás, que ama centrar su ataque en los tenientes opositores. Si puede cortar las líneas de abastecimiento y las defensas, pronto abrumará y derrotará al grupo de tropas. Los buenos pastores, Pablo deja en claro, deben ser trabajadores (1Ti 5:18), trabajadores esforzados, en particular en su trabajo de la predicación y la enseñanza (1Ti 4:13-16; 5:17). Ese es el ministerio de los pastores-ancianos en la iglesia local: enseñar y ejercitar la autoridad (1Ti 2:12). Trabajar y liderar por medio de las palabras del Cristo resucitado en los escritos inspirados de los apóstoles. «Pero les rogamos hermanos, que reconozcan a los que con diligencia trabajan entre ustedes, y los dirigen en el Señor y los instruyen, y que los tengan en muy alta estima con amor, por causa de su trabajo» (1Ts 5:12-13). Cristo llama a los pastores a trabajar en el alimento de su rebaño a través de la sana enseñanza. Y el trabajo de la palabra diligente (tanto la preparación como la presentación) no es uno fácil, no cuando se hace bien.

Honra a los hombres que trabajan duro

«Los ancianos que gobiernan bien sean considerados dignos de doble honor, principalmente los que trabajan en la predicación y en la enseñanza» (1Ti 5:17). No solo «principalmente los que predican y enseñan», como a menudo se parafrasea, sino que «principalmente los que trabajan en la predicación y en la enseñanza». Sin duda, algunos pastores trabajarán más en la predicación y la enseñanza que otros. Todos los pastores deben ser profesores hábiles (1Ti 3:2; 2Ti 2:24; Tit 1:9), pero inevitablemente algunos tendrán capacidades y propensiones a predicar y enseñar más que otros. No obstante, no es el talento lo que Pablo destaca, sino que el «trabajo» lo que él dice que debe ser especialmente digno de aprecio. El trabajo de la predicación y de la enseñanza es el trabajo central del ministerio pastoral, y si bien las iglesias deben estar preparadas para brindar apoyo financiero a todos los buenos pastores, debemos tener una preocupación especial (principalmente) por aquellos que llevan la carga y hacen el trabajo duro del trabajo pastoral central: la predicación y la enseñanza. Un pastor que no suda emocionalmente ni se esfuerza por sus palabras es un pastor que no cumple su llamado. Dios quiere que los pastores sean trabajadores en su enseñanza. «Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que maneja con precisión la palabra de verdad» (2Ti 2:15). La buena enseñanza no solo se desborda. Requiere diligencia y vigilancia. «Ten cuidado de ti mismo y de la enseñanza» (1Ti 4:16).

Enseñando con una soga

Parte de lo que hace que el pastorado sea un trabajo duro es que enseñamos con una soga. No solo nos sentamos ante un pedazo de papel en blanco o aparecemos para dirigirnos a una iglesia atenta y hablamos sin pensar mucho lo que vamos a decir. Los trabajadores sin vergüenza «maneja[n] con precisión la palabra de verdad» (2Ti 2:15). Semana tras semana, día tras día, las palabras que decimos para alimentar a la iglesia no son nuestros propios pensamientos sobre el asunto. Los cristianos tienen un Libro; y los buenos pastores están felizmente atados a ese Libro (el Libro más poderoso, probado y que cambia vidas en la historia del mundo). Los buenos pastores son inevitablemente hombres del Libro. Ser hombre del Libro exige pensamiento y esfuerzo mental constante. Estudiamos. Muchos de nosotros aprendemos y hacemos referencia a las lenguas originales del hebreo y del griego. Antes de hacer aplicaciones, primero luchamos con lo que quiere y con lo que no quiere decir el texto. Ser hombres del Libro requiere trabajo duro. Antes de volver a decirle a otros lo que Libro dice, primero nos sometemos a sus enseñanzas, para arrepentimiento y fe.

La carga más solemne

Entonces, cuando redactamos escritos o decimos palabras en discursos, inevitablemente nos exponemos a la crítica (siendo la predicación más difícil que escribir porque no puedes editar lo que dices en público). Encuesta tras encuesta informa que el hombre moderno le teme al discurso público más que a cualquier cosa, incluso a la muerte. Agrega a eso el peso de hablar, en el contexto de la adoración, por Dios. No existe un cargo más solemne en la Biblia que este:

En la presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a los vivos y a los muertos, por su manifestación y por su reino te encargo solemnemente: Predica la palabra. Insiste a tiempo y fuera de tiempo. Amonesta, reprende, exhorta con mucha paciencia e instrucción (2Ti 4:1-2).

Los cristianos predicadores podrían hacer todo esfuerzo para «esconderse detrás de la cruz», pero no nos podemos esconder por mucho tiempo detrás del púlpito. La predicación expone a un hombre. En el tiempo, incluso cuando intenta esconderse, un predicador inevitablemente revela su propio corazón y vida, demostrando lo que está y no está dispuesto a abordar. Y además de lo que pasa en los momentos ante quienes nos escuchan, anticipamos el día final, cuando los «maestros...recibiremos un juicio más severo» (Stg 3:1).

El corazón detrás del trabajo duro

Por lo tanto, los buenos pastores no son perezosos. Son trabajadores esforzados, incluso de cara a la sociedad moderna recientemente preparada para criticar la adicción al trabajo del líder y que anima  la adicción a la pereza en su lugar. El trabajo duro externo, sin embargo, puede venir de una pecaminosa disposición interna. Todos nosotros, incluídos los pastores, podemos trabajar duro por las razones equivocadas: por ambición egoísta, por prestigio y aplauso, por una profunda inseguridad emocional. Entonces, ¿cuáles son las razones correctas para el trabajo duro en los ministerios pastorales? Ante todo, no trabajamos para obtener la aceptación de Dios, sino que desde su completa aceptación en Cristo. Primero, tenemos, en nuestras propias almas el Evangelio cristiano, no otro. Nuestro objetivo es trabajar desde la plenitud de nuestra alma, no desde el vacío. Tal es el corazón de la ética del trabajo protestante, perceptiblemente distinto de la ética medieval prevaleciente, que vino ante ella y la desafió en todo aspecto. La primera palabra para cada pastor y para cada cristiano no es trabaja, sino que Él trabajó. Consumado es. Mira los trabajos de Cristo. Mira cómo Él se levantó temprano para meditar y orar, cómo navegó multitudes molestas, cómo tuvo paciencia con discípulos que estaban madurando, cómo incansablemente realizaba las obras de su Padre y respondió a las inconvenientes súplicas de los enfermos, de las personas en situación de discapacidad y de los marginados.

Libres para trabajar duro

La recuperación de la Reforma de ese completo descanso del alma produjo un tipo diferente de persona (y un tipo diferente de pastor). No personas perezosas y apáticas, sino que un tipo de persona con un nueva energía y libertad, una nueva visión y esperanza, iniciativas nuevas, nueva libertad del ser y nuevos deseos para expandir el ser por el bien de otros. El tipo de personas que tienen al Espíritu de Dios obrando en ellos y por medio de ellos. Aquellos que conocen mejor la gracia de Dios en Cristo (y los pastores deben conocerlo bien, si no mejor) son las personas más libres en el planeta para darse a sí mismos al trabajo duro. El Evangelio nos ha liberado con la justicia completa de Cristo en nuestro lugar y el mismo Espíritu de Cristo ahora vive en nosotros. En Él, hemos sido liberados de la autoprotección para verter nuestra energía y dar nuestro tiempo, talento y creatividad para bendecir a otros, en lugar de servir al yo. Los buenos pastores lideran y modelan, como ejemplos para la iglesia, con una nueva ética para aquellos que están en Cristo (Ef 4:28), interiormente primero y luego, inevitablemente, exteriormente. Con ese corazón, entonces, recibimos el manto de la predicación y la enseñanza no principalmente como un privilegio, sino que como un llamado al autosacrificio. No principalmente como un honor, sino que como un llamado a llevar alegremente las cargas de otros. No simplemente como una comodidad, sino como un llamado al trabajo duro.

Trabaja para tener más alegría

A medida que trabajamos en la predicación y la enseñanza, que trabajamos duro en las buenas palabras, ya sea escritas o habladas, aprendemos la lección de que un día duro de trabajo conduce a una tarde más feliz de lo que lo haría un día de pereza y distracción, y conduce a un alma feliz. Esto nos hace mejores vasijas para el gozo de la iglesia. Cuando no comemos el pan de la afanosa labor, sino que disfrutamos del alimento que sostiene el alma de Cristo mismo, vemos el trabajo duro como una oportunidad, no como una carga. El trabajo duro es más satisfactorio que la pereza, tanto en el momento (si tenemos ojos para ver) como al otro lado de nuestro trabajo, sin duda. «Los cristianos trabajarán duro», escribe John Piper, «pero trabajarán más para el gozo de todo el bien que su trabajo puede llevarles a otros que de lo que lo harían desde el miedo a lo que el hombre pensará si fallan». No encontrarás a las personas más felices en el mundo sentadas en sofás. Pastores, mostrémosle a ese mundo que uno de los lugares más confiables para encontrar a esas personas felices es en los púlpitos.
David Mathis © 2019 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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Pongamos a Halloween en cautiverio
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Pongamos a Halloween en cautiverio

Halloween no es una amenaza, es una oportunidad. Aquellos que están armados con el nombre de Jesús y el poder de su Espíritu, no tienen ninguna razón para temerle a esta noche o cualquier otra. Podemos unirnos a nuestro Rey en su persecución del diablo y de todos sus secuaces. Cristianos, ustedes tienen un escudo y una espada para la noche de Halloween (y no estoy hablando de un disfraz). «Sobre todo, tomen el escudo de la fe con el que podrán apagar todos los dardos encendidos del maligno» (Ef 6:16). Dice todos; cada disparo abrasador de Satanás, incluso su gran campaña de Halloween. No están vestidos solo para defenderse, sino que también para atacar. Desenvainen «la espada del Espíritu que es la palabra de Dios» (Ef 6:17). Cuando nos acobardamos ante la fachada demoníaca de Halloween, traicionamos la plenitud del poder de Cristo. En lugar de eso, debemos llevar cautivo a Halloween. A continuación, les comparto cinco maneras en las que pueden preparar sus corazones y sus hogares para el avance del Evangelio, vestidos con el poder invencible de Dios y su Palabra.
1. Practiquen la autoridad de Jesús
A Jesús le pertenece toda autoridad en el cielo y en la tierra (Mt 28:18). No la mitad; no la mayoría, sino que toda. No solo es adorado y admirado por los felices ciudadanos de su reino, sino que «manda aun a los espíritus inmundos y Le obedecen» (Mr 1:27). No existe un yin yang. No es un ring donde hay una pelea con Satanás. Tan solo una pequeña palabra de Jesús lo derribará. Este es el Jesús en quien, por medio de quien y por quien existen todas las cosas y en quien todas las cosas permanecen (Col 1:16-17). Eso incluye Halloween y todo ataque vano que puedan hacer las hordas demoníacas. Jesús no solo gobierna como Creador, sino que también al haber conquistado la muerte en la cruz, en donde «…habiendo despojado a los poderes y autoridades, hizo de ellos un espectáculo público, triunfando sobre ellos por medio de Él» (Col 2:15).
2. Recuerden que su poder obra en ustedes
El Cristo soberano no solo está sentado invenciblemente en el trono del universo, sino que también mora dentro de ustedes con su Espíritu. Por esta razón, podemos mirar directamente al temor que provoca Halloween o a su oscuridad y decir, «aquel que está en mí es mayor que aquel que está en el mundo» (ver 1Jn 4:4). Ya no estamos desprotegidos bajo la tiranía de este mundo; al contrario, Dios Padre «…nos libró del dominio de las tinieblas y nos trasladó al reino de Su Hijo amado» (Col 1:13). Él no perderá a ninguno de los suyos (Jn 6:39). El Hijo eterno de Dios participó de nuestra carne y sangre «para anular mediante la muerte el poder de aquél que tenía el poder de la muerte, es decir, el diablo, y librar a los que por el temor a la muerte, estaban sujetos a esclavitud durante toda la vida» (Heb 2:14-15). En Cristo, ya no somos más esclavos de la muerte ni de Satanás, sino que somos siervos alegres del Dios Todopoderoso.
3. Reconozcan quién es el enemigo
No luchamos contra carne ni sangre. Nuestro enemigo no es el vecino que tiene esqueletos escalofriantes en su patio; tampoco lo son los ridículos adolescentes disfrazados de zombies que tocan nuestras puertas diciendo, «dulce o travesura». El adversario no es humano como nosotros, aun cuando pueda ser espantoso o menosprecie a Dios. Las autoridades, los poderes cósmicos que están sobre esta oscuridad presente y las fuerzas espirituales de maldad en las regiones espirituales (Ef 6:12) son nuestro adversario. Sabemos que «…el dios de este mundo ha cegado el entendimiento de los incrédulos, para que no vean el resplandor del evangelio de la gloria de Cristo…» (2Co 4:4). Nos compadece ver cómo son engañados por Satanás. Los vemos con compasión como Jesús vio a las multitudes, «porque estaban angustiadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor» (Mt 9:36). Anhelamos ser canales de la luz y de la verdad del Evangelio para llegar a sus vidas. Recordamos el lugar donde nosotros mismos estábamos por naturaleza: muertos en nuestras delitos y pecados, según la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, vivíamos en las pasiones de nuestra carne, satisfaciendo los deseos del cuerpo y de la mente (Ef 2:1-3) —una estado más diabólico y más desesperanzado que cualquier escena que veamos en Halloween—. Sin Dios. No, nuestro enemigo no es el alma de los hombres, sino que el destructor de las almas: el que «anda al acecho como león rugiente, buscando a quien devorar» (1Pe 5:8). Lo tomamos en serio, pero no le tememos. Los esquemas de Halloween de Satanás no nos burlarán, «pues no ignoramos sus planes» (2Co 2:11). Lo resistiremos y reclamaremos la promesa de que él huirá (Stg 4:7).
4. Comuníquense con amabilidad
Gracias a la autoridad de Jesús y su poder en nosotros (y al recordar que nuestro enemigo es Satanás, no nuestro vecino) nos podemos acercar a Halloween, no nos alejamos. Encendemos las luces de la entrada de nuestra casa para ahuyentar la oscuridad. Tendremos los mejores dulces del vecindario y los daremos con generosidad, no lo más barato ni lo daremos con un corazón tacaño. Abrimos las puertas de nuestras casas bien abiertas y con disposición a conversar. Planeamos con anticipación cómo aprovechar esta oportunidad única, cuando una sociedad de personas permanece cada vez más en el vecindario, enciende las luces y llama a las puertas.
5. Recuerden las promesas de Cristo
Mientras abrimos la puerta o buscamos dulces, alimentemos nuestras almas con las firmes promesas de Cristo. Él construirá su iglesia y los fantasmas de Halloween no prevalecerán contra ella (Mt 16:18). Con absoluta seguridad, se predicará su Evangelio alrededor de todo el mundo, también en nuestros vecindarios (Mt 24:14). En este mundo, tendremos tribulación, pero podemos animarnos: él ha vencido al mundo (Jn 16:33). No solo él ha vencido, sino que nos da parte a nosotros en la conquista. «El Dios de paz aplastará pronto a Satanás debajo de los pies de ustedes» (Ro 16:20). Y así junto al apóstol le decimos a las preocupaciones y a los miedos que nacen en Halloween, «¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde, oh sepulcro, tu aguijón?» El aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado es la ley; pero a Dios gracias, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo. (1Co 15:55-57).

Enviados a cosechar

Las armas para nuestra guerra no son de carne. No, tenemos el propio poder de Dios para destruir la fortaleza de Satanás (2Co 10:4), especialmente la de Halloween. Podemos poner esta noche en cautiverio a la obediencia de Cristo (2Co 10:5). La cosecha en Halloween es grande, pero los obreros aún son pocos. Oremos con todo el corazón para que el Señor de la cosecha envíe a sus obreros para ahuyentar la oscuridad (Mt 9:37-38).
David Mathis © 2015 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda 
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Ayuno para principiantes
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Ayuno para principiantes

Es muy probable que estés dentro de la gran mayoría de cristianos que rara vez ayuna o que nunca lo hace. No es que no hayamos leído nuestras Biblias ni que no hayamos meditado en predicaciones fieles; tampoco es que no hayamos escuchado sobre el poder del ayuno ni que no hayamos querido hacerlo realmente. Simplemente, nos cuesta soltar el tenedor. En parte, quizás, esto se debe a que vivimos en una sociedad en la que la comida es tan omnipresente que no solo comemos cuando no necesitamos hacerlo, sino que, a veces, incluso cuando no queremos. Comemos para compartir una comida con otros, para construir o cultivar relaciones (las cuales son buenas razones) o solo como una distracción de la responsabilidad. Y, por supuesto, están nuestros antojos y deseos por comodidad que nos mantienen alejados de la incomodidad del ayuno.

No tan rápido

El ayuno es dejar de comer voluntariamente (o dejar cualquier otro buen don de Dios que regularmente disfrutamos) con el fin de obtener algún propósito espiritual. En nuestra sociedad consumista, esto es notablemente contracultural, al igual que abstenerse de tener sexo hasta el matrimonio. Si vamos a aprender el arte perdido del ayuno y a disfrutar su fruto, no tenemos que prestarle atención a la sociedad, sino que debemos tener nuestra Biblia abierta. Entonces, nuestra preocupación no será si es que vamos a ayunar o no, sino que cuándo lo haremos. Jesús asume que sus seguidores ayunarán, e incluso promete que pasará. Él no dice «si ayunan», sino que «cuando ayunen» (Mt 6:16). Y tampoco dice que sus seguidores podrían ayunar, sino que «ayunarán» (Mt 9:15). Ayunamos en esta vida porque creemos en la vida venidera. No tenemos que tener todo aquí y ahora, porque tenemos una promesa que dice que tendremos todo en la era venidera. Ayunamos lo que podemos ver y saborear, porque hemos saboreado y visto la bondad del Dios invisible e infinito y estamos desesperadamente hambrientos por comer más de Él.

Una medida radical y temporal

El ayuno es para este mundo, para forzar a nuestros corazones a tomar nuevo aire más allá del dolor y de los problemas a nuestro alrededor, y para dar la batalla contra el pecado y la maldad dentro de nosotros. Expresamos nuestro descontento con nuestro ser pecador y expresamos nuestro anhelo por más de Cristo. Cuando Jesús regrese, el ayuno dejará de existir. Es una medida temporal, para esta vida y esta era, para enriquecer nuestro gozo en Jesús y para preparar nuestros corazones para lo que viene: verlo cara a cara. Cuando Él regrese, no ayunaremos, sino que haremos un banquete; entonces toda la abstinencia santa que realicemos habrá cumplido su glorioso propósito y será vista como el despampanante regalo que era. Hasta entonces, ayunaremos.

Cómo empezar a ayunar

Ayunar es difícil. Es mucho más fácil decirlo que hacerlo. Puede ser sorprendente cuán ansiosos nos sentimos cuando dejamos de comer una comida. Muchos hemos comenzado a ayunar por primera vez siendo idealistas y decidimos saltarnos una comida para simplemente darnos cuenta de que nuestro estómago nos lleva a compensarlo mucho antes de que llegue la hora de la próxima comida. Ayunar suena tan simple, y sin embargo, el mundo, nuestra carne y el diablo conspiran en nuestra contra para introducir todo tipo de complicaciones que evitan que suceda. Con el fin de ayudarte a comenzar este lento camino hacia un buen ayuno, a continuación te comparto seis simples consejos. Estas sugerencias podrían parecer pedantes, pero la esperanza es que estos básicos consejos puedan servirles a aquellos que están comenzando a ayunar o que nunca han intentado hacerlo seriamente.
1. Comienza de a poco
No vayas desde no ayunar a intentar ayunar una semana completa. Comienza con una comida; quizás ayuna una comida a la semana por muchas semanas. Luego intenta dos comidas, y prepárate para intentar un ayuno de un día completo. Quizás, al final, intenta un ayuno de dos días en los que consumas solo líquido. Un ayuno líquido significa abstenerse de toda comida y bebida, excepto de jugo y agua. Tomar jugo entrega nutrientes y azúcar a tu cuerpo para mantenerte operativo, mientras aún sientes los efectos de estar sin comida sólida. No es recomendable que te abstengas de agua durante un ayuno, sea cual sea su extensión.
2. Planifica lo que vas a hacer en vez de comer
El ayuno no es simplemente un acto de autoprivación, sino que es una disciplina espiritual en la que buscas más de la plenitud de Dios. Esto significa que debemos tener un plan para saber qué búsqueda positiva vamos a realizar en el tiempo que normalmente comemos. Pasamos una buena parte de nuestro día con comida frente a nosotros. Una parte significativa del ayuno es el tiempo que crea para la oración y la meditación en la Palabra de Dios o para llevar a cabo algún acto de amor por otros. Antes de zambullirnos precipitadamente en un ayuno, idea un plan simple. Conéctalo con el propósito para el ayuno. Cada ayuno debe tener un propósito espiritual específico. Identifica cuál es y diseña un enfoque en el que te centrarás para reemplazar el tiempo que pasarías comiendo. Sin un propósito ni un plan, no es un ayuno cristiano; solo es pasar hambre.
3. Considera cómo afectará a otros
El ayuno no te da licencia para ser poco amoroso. Sería triste no estar preocupado ni tener cuidado con aquellos a nuestro alrededor debido a esta expresión de mayor concentración en Dios. El amor a Dios y al prójimo van de la mano. El buen ayuno mezcla la preocupación horizontal con la vertical. Es por eso que los demás deberían sentirse aún más amados y más cuidados cuando estamos ayunando. Por tanto, a medida que planificas tu ayuno, considera cómo afectará a otros. Si almuerzas regularmente con tus colegas o cenas con tu familia o con tu compañero de casa, evalúa cómo tu abstención de comida los va afectar y avísales con tiempo, en vez de solo ausentarte o de contarles en el mismo momento que no vas a comer. Además, toma en consideración esta inspiración encubierta: si tienes una práctica diaria o semanal de comer con un grupo particular de amigos o familia y esos planes son interrumpidos por el viaje o las vacaciones de alguien o por circunstancias anormales, considera eso como una oportunidad para ayunar, en vez de comer solo.
4. Prueba diferentes tipos de ayuno
La forma típica de ayunar es personal, privada y parcial, pero encontramos una variedad de otras formas en la Biblia: personal y comunitaria; privada y pública; congregacional y nacional; regular y ocasional; absoluta y parcial. En particular, considera el ayuno junto a tu familia, a tu grupo pequeño o tu iglesia. ¿Comparten juntos alguna necesidad especial para buscar la sabiduría y la guía de Dios? ¿Hay alguna dificultad inusual en la iglesia, o en la sociedad, en la que necesiten la intervención de Dios? ¿Quieres mantener la segunda venida de Cristo en mente? Ruega con especial fervor por la ayuda de Dios al unir armas con otros creyentes para ayunar juntos.
5. Ayuna de otras cosas aparte de la comida
El ayuno de comida no es necesariamente para todos. Algunos problemas de salud restringen hasta el más devoto de la línea tradicional. Sin embargo, el ayuno no está limitado a la abstención de la comida. Como dijo Martyn Lloyd-Jones, «el ayuno hay que hacerlo para incluir la abstinencia de todo aquello que es legítimo por sí mismo, con miras a dedicarse a algún propósito espiritual». Si lo más sabio para ti, debido a tus problemas de salud, es no dejar de comer, considera ayunar de la televisión, del computador, de las redes sociales o de algún otro disfrute para volver tu corazón al gran disfrute en Jesús. Pablo incluso habla de las parejas casadas que ayunan de sexo, «[...] por cierto tiempo, para dedicarse a la oración» (1Co 7:5).
6. No pienses en lo superfluo
Cuando vacías tu estómago, este comienza a sonar y empieza a enviarle a tu cerebro todos los mensajes que puede diciendo, «aliméntame», no te contentes con permitirle a tu mente que se quede en el hecho de que no has comido. Si puedes superarlo con una voluntad de hierro que le dice «no a tu estómago», pero no lleva a los ojos de tu mente a otro lugar, dice más sobre tu amor por la comida que sobre tu amor por Dios. El ayuno cristiano lleva su atención hacia Jesús o hacia alguna gran causa suya en el mundo. El ayuno cristiano busca tomar los dolores del hambre y transponerlos en la llave musical de algún himno eterno, ya sea batallando contra algún pecado, rogando por la salvación de alguien, por la causa de los aún no nacidos o por el anhelo de saborear más Jesús.
David Mathis © 2017 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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¿Por qué llamamos «Santo» al peor viernes de la historia?
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¿Por qué llamamos «Santo» al peor viernes de la historia?

Fue el día más horrible en la historia del mundo. No ha existido ningún incidente más trágico ni existirá ningún otro evento que se le iguale jamás. Ningún ataque sorpresa, ni asesinato político, ni colapso financiero, ni invasión militar, ni detonación atómica o guerra nuclear, ni acto terrorista catastrófico, ni hambruna o enfermedades a gran escala; ni siquiera el comercio de esclavos, la limpieza étnica o las guerras religiosas que duren décadas pueden eclipsar la oscuridad de ese día. Ningún sufrimiento ha sido tan inteligible. No se ha tratado a ningún ser humano tan injustamente, porque ningún humano jamás ha sido tan digno de adoración. Nadie más ha vivido sin pecado. Ningún otro ser humano ha sido Dios mismo. Ningún horror sobrepasa lo ocurrido en esa colina a las afueras de Jerusalén hace casi dos milenios. Y aún así, llamamos a ese día Viernes «Santo».

Lo que el hombre hizo por maldad

Para Jesús, los días más horribles nacieron bajo la custodia romana en el cuartel general del gobernador. Su propio pueblo lo había entregado al opresivo imperio. La cuerda que mantenía unida a la nación judía era su aferramiento a la promesa de que vendría un rey del linaje de su amado gran rey David. Tanto el mismo David como los profetas que vinieron antes y después de él, señalaron al pueblo que un Rey aún mayor habría de venir. Sin embargo, cuando finalmente llegó ese Rey, su pueblo (la nación que ordenó su vida colectivamente en torno a la espera de este Rey) no lo vio por quién era. Rechazaron a su propio Mesías. En su tiempo, David había visto paganos conspirar en su contra al ser el ungido de Dios. «¿Por qué se sublevan las naciones, y los pueblos traman cosas vanas? Se levantan los reyes de la tierra, y los gobernantes traman unidos contra el Señor y contra su ungido» (Sal 2:12). No obstante, ahora las palabras de David se hacían realidad en su gran descendiente, cuando su propio pueblo entregó a Jesús en manos de Roma.

Judas lo hizo por maldad

Judas no fue el primero que conspiró contra Jesús, pero fue el primero en «entregarlo» (Mt 26:15) (el lenguaje que una y otra vez repiten los Evangelios para indicar su responsabilidad). Las conspiraciones contra Jesús comenzaron mucho antes de que Judas se diera cuenta de que habría dinero disponible para un espía. Lo que comenzó con estrategias para enredar a Jesús con sus palabras (Mt 22.15), pronto pasó a ser una conspiración para matarlo (Mt 26:4). Y el amor de Judas por el dinero lo convirtió en el primer dominó estratégico que caería para entregar a Jesús a la muerte. Jesús lo vio venir. Él ya le había dicho a sus discípulos, «ahora subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y escribas...» (Mt 20:18). Al principio, el traidor no tenía nombre. Ahora, emergía desde su círculo cercano de los doce. Uno de sus amigos más cercanos se levantaría contra él (Sal 41:9) y por el precio de un esclavo (Zac 11:12-13): unas sucias treinta piezas de plata.

Los líderes judíos lo hicieron por maldad

Sin embargo, Judas no actúo solo. Jesús mismo había predicho que «los principales sacerdotes y escribas» lo condenarían «a muerte; y lo entregarían a los gentiles para burlarse de él, lo azotarán y crucificarán…» (Mt 20:18-19). Y todo desplegado según el plan. «Entonces la tropa romana, el comandante y los guardias de los judíos» arrestaron a Jesús y lo entregaron a Pilato (Jn 18:12, 30). Como Pilato le reconocería a Jesús, «…tu nación y los principales sacerdotes te entregaron a mí…» (Jn 18:35). El día en que el Mesías escogido de Dios fue terrible e injustamente crucificado, los agentes humanos de maldad a cargo eran los oficiales formales del pueblo escogido de Dios. La culpa no estaba limitada solo a ellos, pero a ellos se les había dado mucho, por lo que se les demandaría mucho también (Lc 12:48). Jesús fue claro con Pilato sobre quién merecía más culpa: «…el que me entregó a ti tiene mayor pecado» (Jn 19:11). Incluso Pilato podría haber dicho la razón por la que los líderes judíos criticaban a Jesús: «porque sabía que los principales sacerdotes lo habían entregado por envidia» (Mr 15:10). Ellos vieron que Jesús se ganaba el favor del pueblo y temblaban ante la posibilidad de que su propia influencia se debilitara (Jn 12:19). El ascenso de Jesús a la fama representaba tanta amenaza para su frágil sentido de autoridad, con el privilegio que la acompañaba, que los sacerdotes liberales y los escribas conservadores se unieron para trabajar juntos.

Pilatos lo hizo por maldad

En una red de perversidad, las partes culpables cumplen sus funciones complementarias. Los líderes judíos dirigían el plan, Judas sirvió como catalizador y Pilato también tenía un rol que desempeñar, aunque de forma pasiva. Él trataría de limpiar la culpa de su consciencia al lavar sus manos públicamente ante todo este asunto, pero no pudo vindicarse. Como el romano de mayor rango en el lugar, él podría haber puesto fin a la injusticia que vio desplegarse frente a él. Él sabía que era maldad. Tanto Lucas como Juan registran tres instancias claras en las que Pilato declara, «no he hallado ningún delito en este hombre» (Lc 23:14-15, 20, 22; Jn 18:38; 19:4, 6). En tal escenario, un gobernador justo no solo habría vindicado al acusado, sino que también hubiese velado para que lo protegieran del daño posterior que podrían provocarle sus acusadores. Sin embargo, irónicamente, no encontrar culpa en Jesús se convirtió en la causa de la culpa de Pilato, mientras se inclinaba ante lo que parecía políticamente conveniente en el momento. En primer lugar, Pilato trató de negociar. Él ofreció liberar a un conocido criminal. Sin embargo, el pueblo desafió su ofrecimiento, incitados por sus líderes, y pidieron la liberación del culpable. Ahora Pilato estaba acorralado. Él lavó sus manos a vista de todos y «soltó a Barrabás, y después de hacer azotar a Jesús, lo entregó para que fuera crucificado» (Mt 27:26; Mr 15:15). La parte de Pilato, sin duda, fue más reactiva que la conspiración de los líderes judíos, pero cuando «entregó a Jesús a la voluntad de ellos» (Lc 23:25), se les unió en su maldad.

El pueblo lo hizo por maldad

Los miembros del pueblo hicieron su parte también. Se dejaron incitar por sus oficiales confabulados. Pidieron la liberación de un hombre que sabían que era culpable en lugar de un hombre que era inocente. Con toda razón el apóstol Pedro predicaba en Hechos 3:13-15 mientras se dirigía a las personas de Jerusalén,
… ustedes entregaron y repudiaron [a Jesús] en presencia de Pilato, cuando este había resuelto poner a Jesús en libertad. Pero ustedes repudiaron al Santo y Justo, y pidieron que se les concediera un asesino, y dieron muerte al Autor de la vida, al que Dios resucitó de entre los muertos…
Como los primeros cristianos en Jerusalén oraban, «porque en verdad, en esta ciudad se unieron tanto Herodes como Poncio Pilato, junto con los gentiles y los pueblos de Israel» (Hch 4:27). Ni Herodes ni los romanos están limpios. Al final, en un sorpresivo giro, los judíos y los gentiles trabajaron juntos para matar al Autor de la vida. Y pronto nos damos cuenta de que no solo son Judas, Pilato, los líderes y el pueblo quienes estuvieron implicados. Vemos nuestra propia maldad, incluso mientras vemos a través de la oscuridad de este viernes hacia la luz de la bondad de Dios: nosotros lo entregamos. «…Cristo murió por nuestros pecados…» (1Co 15:3). Jesús «…fue entregado por causa de nuestras transgresiones…» (Ro 4:25). Él «se dio por nuestros pecados…» (Ga 1:24). «Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz…» (1Pe 2:24). Lo que nosotros hicimos por maldad, Dios lo transformó en bien.

Dios lo transformó en bien

Dios estaba obrando, haciendo su mayor bien en medio de nuestra maldad más horrible. En toda la maldad de Judas, de los líderes judíos, de Pilato, del pueblo y de los pecadores perdonados, la mano de Dios es firme, jamás se le puede culpar de maldad, siempre ha estado obrando para nuestro bien final. Como pronto predicaría Pedro, Jesús «fue entregado por el plan predeterminado y el previo conocimiento de Dios» (Hch 2:23). Y cómo oraban los primeros cristianos, tanto «Herodes como Poncio Pilato, junto con los gentiles y los pueblos de Israel… [hicieron] cuanto tu mano y tu propósito habían predestinado que sucediera» (Hch 4:27-28). El estandarte de José nunca antes había flameado con tanta verdad como lo hizo ese día: lo que el hombre pensó para maldad, Dios lo cambió en bien (Gn 50:20). Y si este día, de todos los días, no solo tiene las huellas de pecadores haciendo el mal, sino que también de la mano soberana de Dios transformándolo en bien, ¿por qué no flameamos el estandarte de José en las grandes tragedias y horrores de nuestra vida? Puesto que Dios mismo «no negó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también junto con él todas las cosas? (Ro 8:32)? Dios escribió la palabra «bueno» en el día más terrible de la historia del mundo. Y no existe un día (o semana, mes, año o una vida de sufrimiento) ni un trauma, ni una pérdida, ni un dolor, momentáneo o crónico, sobre el cual Dios no pueda escribir «bueno» para ti en Cristo Jesús. Satanás y los hombres pecadores hicieron que ese viernes fuera para mal, pero Dios lo transformó en algo para bien y por lo tanto por eso podemos llamarlo Viernes Santo.
David Mathis © 2017 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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¿Haces ejercicio por las razones equivocadas?

«Cuando corro, siento el placer de Dios».

Esas fueron las memorables palabras del velocista olímpico y misionero cristiano Eric Liddell (1902-1945), o al menos así se representa en Carros de fuego, película ganadora del Oscar en 1981 que contó su historia.

Quizás hayas escuchado su inspiradora frase en relación a un llamado en la vida. ¿En qué vocación sientes el placer de Dios? ¿Para qué rol o profesión Dios te creó? Sin embargo, considerando las últimas investigaciones, sería interesante presentarle a Liddell el reciente descubrimiento de las endorfinas y preguntarle cuánto influyeron ellas en su sensación del placer de Dios como corredor.

Mi experiencia como corredor aficionado es que no tienes que ser profesional para sentir «el placer de Dios» al ejercitar intensamente el cuerpo o debido a que lo ejercitas.

Dios creó las endorfinas para ayudarnos a sentir su gozo.

La gracia de Dios en el ejercicio

Dios nos creó para movernos y para hacerlo con energía. Él formó nuestros cerebros para recompensar y reforzar el movimiento. A lo largo de la historia, se ha asumido que el ser humano se mueve constantemente, pero las innovaciones y los progresos aparentes de la vida moderna han hecho que el estilo de vida sedentario sea más típico que antes. Nunca había sido necesario exponer lo evidente del ejercicio tanto como lo es hoy (no solo por el bien de la salud terrenal, sino que también por el bienestar y la fortaleza espiritual).

La palabra endorfina simplemente es una abreviación de la frase «morfina endógena». En otras palabras, se trata de químicos parecidos a la morfina que se originan dentro del cuerpo. «Inhiben la transmisión de las señales de dolor; también podrían producir la sensación de euforia». Son un regalo de Dios, puestas allí por Él para llevarnos hacia Él.

No fue sino hasta 1974 que dos grupos independientes de científicos descubrieron y documentaron por primera vez esta escondida bondad divina insertada en silencio dentro del cerebro humano. Las endorfinas, y su efecto de placer físico, inclinan inconscientemente a los seres humanos hacia ciertas actividades, como las carcajadas escandalosas o la comida picante. Pero en particular, el más notable y discutido es el «ejercicio aeróbico enérgico». Como John Piper cita en Cuando no deseo a Dios,

Tanto los breves periodos de intenso entrenamiento como los prolongados ejercicios aeróbicos elevan los niveles de las sustancias químicas en el cerebro, como la endorfina, la adrenalina, la serotonina y la dopamina que producen sentimiento de placer […] (229).
Y la búsqueda santa del placer es, sin tener que avergonzarnos al decirlo, un tema de interés para el cristiano a lo largo de las páginas de la Escritura y más significativamente en las palabras de Cristo mismo.

Para el gozo en Dios

¿Has considerado seriamente cómo el ejercicio físico puede ser un medio, entre de muchos otros, para beneficiar tu salud y tu alegría espiritual? Dios hizo nuestros cuerpos con una enigmática conexión a nuestras almas. La manera en que Dios mueve nuestras almas por medio de la adoración y de la meditación en la Biblia a menudo tiene efectos tangibles e impredecibles en nuestros cuerpos. Físicamente, lo que comemos, lo que bebemos y cómo dormimos, afecta nuestro nivel de contentamiento del alma. Según el profesor David Murray, «El ejercicio y los patrones adecuados de descanso generan alrededor de un 20 % de incremento de energía en un día promedio, mientras que ejercitar tres a cinco veces por semana tiene casi la misma eficacia que los antidepresivos frente a una depresión suave o moderada» (Reinicia tu vida, 80) Dios no solo quiere que disfrutemos de los beneficios a largo plazo del ejercicio físico regular, sino que también de los efectos inmediatos que refuerzan y dan energía a nuestras emociones ese día. Tener nuestras almas felices en Dios (con cualquier pequeño suplemento que podamos obtener del ejercicio) es la manera principal de luchar y derrotar a las atrayentes mentiras del pecado. El autor y pastor Gary Thomas declara, «entender que mi cuerpo es un instrumento de servicio a Dios, me da una nueva motivación para cuidar mejor de él cuando enfrento mis ansias y mi pereza» (Every Body Matters [Todo cuerpo es importante], 20).

Por amor a los demás

Sin embargo, el ejercicio físico constante no solo puede ayudarnos en nuestra búsqueda personal de gozo en Dios y en nuestra lucha contra el pecado que destruye ese gozo, sino que también nos prepara para ir más allá de nosotros mismos y prepara nuestros corazones para satisfacer las necesidades de los demás. No solo yo me beneficio del ejercicio que es verdaderamente cristiano, sino que también mi familia, mis vecinos, mi iglesia, mis colegas y cualquier otra persona que Dios ponga en mi vida para bendecir en palabra y obra. Como explica Piper en otro lugar,
Mi motivo principal para hacer ejercicio hoy es la pureza y la productividad. Con pureza quiero decir ser una persona más amorosa —como Jesús dijo, «amarás a tu prójimo» (Mt 22:39)—. Por productividad me refiero a lograr muchas cosas —como dijo Pablo, «abundando siempre en la obra del Señor (1Co 15:58)—… En resumen, tengo solo una vida para vivirla por Jesús (2Co 5:15). No quiero desperdiciarla. Mi enfoque no es alargarla principalmente, sino que maximizar la pureza y la productividad ahora.
Precisamente porque «somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas» (Ef 2:10), es que queremos cultivar nuestros cuerpos para que sean de ayuda, en vez de un estorbo, en la causa del amor. Queremos que nuestros cuerpos sean una ayuda, no un objeto neutral, en nuestra preparación para sacrificar nuestra propia comodidad para hacer el bien a los demás, en nuestro hogar y alrededor del mundo.

Para el gozo de Dios

Aunque el ejercicio no solo puede contribuir a la matriz de nuestro gozo, y con ello ayudarnos a prepararnos para satisfacer las necesidades de los demás, lo que a menudo pasa desapercibido es que glorificar a Dios con nuestros cuerpos no se trata principalmente de lo que no hacemos. Es fácil centrarnos en los muchos actos impíos de los que debemos abstenernos, pero glorificar a Dios con nuestros cuerpos es ante todo una búsqueda y una oportunidad positiva. Y, como en la parábola de los talentos, nuestros cuerpos son regalos de Él para cultivarlos y desarrollarlos, no para enterrarlos y dejar que se pudran. Dios no se opone a nuestra existencia corporal; tampoco es que no le importe nuestro cuerpo. Él es para el cuerpo. «[...] El cuerpo [...] es [...] para el Señor, y el Señor es para el cuerpo» (1Co 6:13). Y no solo Él es para el cuerpo en esta era, sino que también en la era que vendrá. El siguiente versículo dice, «Y Dios, que resucitó al Señor, también nos resucitará a nosotros mediante su poder» (1Co 6:14). El resplandor y la gloria creativa del diseño de Dios en el cuerpo humano no será desechada cuando Cristo venga por segunda vez. Nuestro futuro será corpóreo. La teología cristiana fiel no minimiza la importancia de nuestros cuerpos, sino que lo realza (desde el diseño creativo de Dios hasta su afirmación continua, su promesa de resucitarlos y su llamado a usarlos).

Siente su placer

La Biblia no dice, «la vida es corta; déjate llevar». Al contrario, con la verdad revelada de Dios resonando en nuestros oídos, decimos, «la vida es demasiado corta para no aprovechar el cuerpo que Dios me dio». Nuestra misión en esta época es un vapor. Somos «un vapor que aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece» (Stg 4:14). Hay demasiado en juego, y nuestros días son muy pocos como para ser perezosos en esta vida y no aprovechar nuestros cuerpos (mientras podamos) como el regalo de Dios que son. Te invito a unirte a mí en el aprendizaje de lo que es sentir el placer de Dios.
David Mathis © 2017 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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Fuiste hecho para Navidad
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Fuiste hecho para Navidad

Existen pocas cosas más trágicas que tomarse la Navidad con calma. Su espíritu y su magia, esa sensación seductora de bondad sobrenatural, no son solo para los niños, sino que también para los adultos. En especial para los adultos. Dios quiera que nunca nos acostumbremos a la Navidad. Hay algo tan extraordinario aquí que astrólogos paganos emprendieron un largo y arduo viaje hacia el oeste. Algo tan bueno está a la vista que un rey malvado ordenó la matanza de inocentes. Algo tan inusual que pastores esforzados, que pensaban que lo habían visto todo, se llenaron de gran temor y dejaron sus rebaños en el apuro de encontrar al recién nacido (y después no pudieron quedarse callados). «Y todos los que lo oyeron se maravillaron de las cosas que les fueron dichas por los pastores» (Lc 2:18).

Cristo, el Señor

Esta gran maravilla del primer siglo valía tanto la pena que fue anunciada por una hueste angelical y fue contada a cualquiera que quisiera escuchar, encuentra su centro en esto: «porque les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor» (Lc 2:11, [énfasis del autor]). Este no es solo el advenimiento del Cristo tan esperado, el Mesías, el especial Ungido por quien el pueblo de Dios languidecía y de quien los profetas opinaban, sino que es el Señor. Dios mismo ha venido. Aquí está, finalmente, después de siglos de espera, el verdadero Emmanuel; aquí está «Dios con nosotros» (Mt 1:23).  Es una noticia demasiado espectacular como para contarla completamente de una vez. Día tras día la vida de este niño hablará. Acto tras acto revelará parte por parte que este humano de alguna manera comparte la identidad divina de Yahweh, el Señor de Israel y de las naciones. Página tras página en los evangelios, historia tras historia, nos mostrarán más progresivamente que este es Aquel que es evidentemente hombre y también verdaderamente Dios. Este Verbo que «se hizo carne» (Jn 1:14) es uno y es el mismo Verbo que estuvo en el principio con Dios y era Dios, y por medio del cual todas las cosas fueron creadas (Jn 1:1-3). Este fue el gran espectáculo para esos pastores y sabios del Oriente y es la maravilla a la que nosotros mismos, que hemos vivido nuestras bendecidas vidas conociendo esta verdad, debemos aspirar saborear nuevamente cada Navidad. Sin embargo, no es solo Dios con nosotros; se pone mejor. Él ha venido a rescatarnos.

Cristo, el Salvador

Dios está con nosotros en este Cristo y no es un truco de circo por mero entretenimiento. Esto no es una sola demostración de que el Creador puede ser criatura si es que le place. Más bien, esta maravilla es para nosotros, para nuestro rescate del pecado y de todos sus efectos, sus enredos y sus ruinas dominantes. «[…] Les ha nacido hoy […] un Salvador», anuncia el ángel (Lc 2:11, [énfasis del autor]). «Le pondrás por nombre Jesús —le dice el mensajero a José— porque Él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1:21). Jesús, en hebreo Yeshúa, significa «Yahweh salva». Este mismo Dios envió a Moisés como instrumento para salvar a su pueblo de Egipto. Él envió a Josué, a los jueces y a los reyes como instrumentos de rescate en ciertos momentos en el pasado. Ahora Él mismo viene y viene a salvar. Sin embargo, hay mucho más que decir. Esto se pone aún mejor.

Cristo, el tesoro

Dios mismo llega no solo para salvarnos del pecado y de la muerte, sino con el fin de rescataos para sí mismo. Cristo viene y pagará el último precio en su sufrimiento y muerte «para llevarnos a Dios» (1P 3:18) y para que siendo resucitado Él sea nuestro supremo gozo (Sal 43:4) al final de estas buenas nuevas de gran gozo (Lc 2:10).  Según el puritano Thomas Goodwin, existen «fines más elevados» por los cuales Dios se hizo carne y vino a salvar a su pueblo. Todos los beneficios que se logran por su vida y su muerte «son todos muy inferiores al regalo de su persona hacia nosotros, y es mucho más la gloria de su persona misma. Su persona es de un valor mucho más infinito de lo que puede ser todo lo demás» (citado en Guía cristiana de bolsillo sobre Jesucristo, 3).  Jesús mismo es el gran gozo que hace que todos los gozos que conlleva nuestra salvación sean tan grandes. El Cristo resucitado es el tesoro escondido en el campo (Mt 13:44). Él es la perla de gran valor (Mt 13:45-46). Él no es solo Dios con nosotros, aquí para salvarnos, sino que Él mismo es nuestro gran gozo, el tesoro preeminente, que satisfará nuestras almas humanas para siempre como solo el único Cristo divino y humano puede hacerlo.

Cristo, la gloria

Sin embargo, la Navidad no termina en nuestros deleites. La hueste celestial se une al heraldo: «Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres en quienes Él se complace» (Lc 2:14). Llámalo hedonismo navideño si quieres. El gozo que Jesús vino a traer en su propia persona como el Dios hombre es el gozo que se alínea y cumple con el gran propósito de toda la creación. La Navidad trae la electricidad del gozo que fluye en los cables de toda la realidad.  Goodwin continúa diciendo: «el fin principal [de Dios] no fue traer a Cristo al mundo por nosotros, sino a nosotros por Cristo… y Dios planeó todas las cosas que ocurren, e incluso la redención misma, para manifestar la gloria de Cristo». Mark Jones explica en detalle de manera tan práctica lo que significa que Jesús no es solo Señor y Salvador, sino que también tesoro:
La gloria de Cristo no es un apéndice… siendo la culminación de todo lo que podemos decir acerca de su persona y su obra, su gloria provee el motivo más básico para decirlo, ya que es la base y la planitud de nuestro gozo eterno en Él… no estamos diciendo toda la verdad si subordinamos la gloria personal de Cristo a nuestra salvación. (Guía cristiana de bolsillo sobre Jesucristo, 4).
Este niño de la Navidad es más que Señor. Él es más que Salvador. Es nuestro gran tesoro y en «nuestro gozo eterno en Él» se encuentra su gloria y el propósito para el cual Dios creó al mundo. La Navidad no se trata finalmente de su nacimiento para nuestra salvación, sino que de nuestra existencia para su gloria. Fuiste hecho para el gran gozo de Navidad.
David Mathis © 2014 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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¿Qué niño es este?
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¿Qué niño es este?

Cuando era niño, al escuchar un típico villancico de Navidad hubo algo de la letra que no me convenció por lo que hice una pregunta para la cual todos conocían la respuesta.

¿Qué niño es este? ¿de verdad? Es Jesús, por supuesto. Todos lo sabemos, incluso los niños lo saben, me respondieron. Lo que yo aún no entendía en ese momento era que las preguntas no solo se hacen para resolver problemas o pedir nueva información. A veces, se usan para decir algo importante. A ellas las llamamos «preguntas retóricas». En otras instancias, la forma en que se hace una pregunta expresa asombro y maravilla sobre algo que sabemos que es verdad, pero que pensamos que es casi demasiado bueno para ser cierto. Es demasiado bueno como para simplemente decirlo como decimos todo lo demás. Una vez los discípulos se encontraban en una gran tempestad, las olas entraban al barco y Jesús calmó la tormenta. Ellos se decían unos a otros, «¿quién, pues, es este que aun el viento y el mar le obedecen?» (Mr 4:41). Ellos sabían la respuesta de la Escritura: solo Dios mismo puede calmar los mares (Sal 65:7; 89:9; 107:29); este, de cierta manera, debe ser Dios. Sin embargo, era demasiado maravilloso como para simplemente decirlo. Esta nueva revelación de la gloria de Jesús era demasiado tremenda como para que se mantuvieran en silencio y demasiado extraordinaria como para no verbalizarla de alguna otra forma. Dios mismo se hizo hombre y estaba en el barco con ellos. «Entonces, ¿quién es este?». De la misma manera, en Navidad decimos, «¿qué niño es este?». Sabemos la respuesta, pues ha sido revelada claramente. Y es demasiado maravillosa para ser cierta: Dios mismo se hizo hombre en este bebé y ha venido a rescatarnos. El Verbo eterno se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1:14). Es claro y es cierto. Debemos decirlo con franqueza y valentía. Es adecuado a veces, en Navidad, asombrarnos, maravillarnos y declarar impresionados, «¿qué niño es este?».

Humilde establo

Sin embargo, lo que da lugar a esta declaración, y a la vez, pregunta de asombro es que no solo Dios se convierte en hombre, sino que él ha venido a nosotros de esta manera: en sorprendente pobreza. La primera estrofa de la canción nos muestra la gloria que esperamos: ángeles le cantan melodías. Ese es el tipo de llegada que esperamos. Huestes celestiales cantan. Los cielos resplandecen en canción. No obstante, incluso aquí vemos un destello de algo inesperado. Los ángeles le cantan a los pastores. Eso es extraño. Ángeles, sí, pero, ¿pastores? ¿Acaso no debería ser a los dignatarios, especialmente de los establecimientos reales y religiosos de los judíos, que supuestamente han esperado por mucho tiempo la venida de su Cristo? ¿No deberían los pastores tomar un número detrás del rey y su corte, los sacerdotes y los escribas, y la élite de Jerusalén? Lo inesperado se encuentra ahí en la primera estrofa, pero es en la segunda donde las cosas se ponen especialmente peculiares. ¿Por qué el recién nacido descansa en un «humilde establo» en el mismo lugar donde el buey y el burro se alimentan? ¿Por qué un establo? ¿Por qué este lugar de pobreza? ¿Por qué no en un palacio, sino que en la más pobre de todas las construcciones?

Captura de pantalla 2017-12-18 a las 11.21.21.pngClavos, lanzas

La belleza que existe en preguntar (en decir) durante Navidad «¿qué niño es este?» es que nos lleva más allá de la humilde Belén hacia una vida de aún más humildad. No una humildad estática, sino que una humildad que es cada vez mayor. Hoy en Navidad celebramos que Jesús, «aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres» (Fil 2:6-7). Pero, ¿por qué? ¿Por qué apareció de esta sorprendente manera entre nosotros? ¿Para simplemente mostrarnos que lo puede hacer? Sin duda, esto es más que una proeza. ¿Por qué ha venido? ¿Qué es lo que ha venido a conseguir? La Navidad conmemora más que su nacimiento. Nos lleva más allá en su historia, más allá de la humildad de un pesebre hacia una vida de humilde sacrificio en la que no tenía ni un lugar para recostar su cabeza (Lc 9:58) hasta finalmente la humildad suprema, una ejecución pública detestable, condenado injustamente como un criminal: «hallándose en forma de hombre, se humilló él mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Fil 2:8). Algunos podrían sospechar que estamos empañando el resplandor y el gozo de la Navidad al cantar, «clavos y lanzas lo herirán…». ¿Acaso no podemos dejar eso para el Viernes Santo? Déjanos tener a nuestro adorable, pequeño y tierno bebé Jesús en Navidad. Ni clavos ni sangre ni muerte, no, gracias. Sin embargo, el Verbo hecho hombre, que viene sin una cruz a la vista, no es una buena noticia. La luz y el gozo de la Navidad serán vacíos como mucho, e incluso horrorosos, si rompemos la conexión entre Belén y el Gólgota. «Por ti por mí la cruz cargará». Esta vez, él no viene a enjuiciar, sino que a mostrar misericordia. Él hizo esto por ti. La Navidad es para ti solo porque su vida es para ti y su muerte es para ti y su triunfante resurrección al otro lado es para ti. Los «clavos y lanzas» no arruinan la Navidad; le dan poder a este tiempo.

El Rey como el labriego

Luego cantamos, «el Rey como el labriego». Los humildes pastores están ahí y a pesar de que la nobleza de su propio pueblo no se arrodillará, dignatarios extranjeros vienen desde lejos, pasando por campos y manantiales, por llanos y montañas, para honrarlo trayendo sus ofrendas. Vinieron los pastores y los reyes; los débiles y los fuertes; los sabios y los ingenuos. Los humildes y los despreciados se arrodillaron uno al lado del otro con poderosos que nacieron en la nobleza.

El pesebre es para todos los pecadores porque la cruz es para todos los pecadores. Y esto es demasiado para una simple investigación, un imperturbable análisis y unas articulaciones calculadas. Esto es lo que pasa con las canciones. Este es el tiempo para decir, para declarar en asombro y maravilla de adoración, «¿qué niño es este?».
David Mathis © 2015 Desiring God Foundation. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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Gloria a Dios en lo bajo
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Gloria a Dios en lo bajo

Quizás es el espectáculo coral más grande de la historia del mundo. Un ángel sin nombre tuvo el honor de ser la voz principal, con una verdadera multitud angelical a sus espaldas. Sin embargo, no se vendieron entradas ni se promocionó el espectáculo con anticipación. Podrían denominarlo el primer flash mob jamás registrado. La audiencia fue simplemente un rebaño de indiferentes ovejas y un grupo humilde de desprevenidos pastores. Pero fue algo demasiado bueno como para mantenerlo en secreto. «Y todos los que lo oyeron se maravillaron de las cosas que fueron dichas por los pastores» (Lc 2:18). Se esparció la voz y el Evangelio de Lucas registra la historia.

Las buenas noticias de gran gozo

Había sido una noche como cualquier otra en los campos a las afueras de Belén, por lo que podemos imaginar que los pastores realmente fueron tomados por sorpresa cuando el mensajero hizo su cameo. Quizás la forma en que los pastores recuerdan con nostalgia el espectáculo es con la imagen de los ángeles cantando suavemente sobre las llanuras, pero lo primero que los inundó fue el miedo. «Y un ángel del Señor se les presentó, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor, y tuvieron gran temor» (Lc 2:9). Así que el ángel aborda esto de la manera correcta y aclara la grandeza de esta exhibición: este brillo de la gloria de Dios no existió para acobardarlos, sino que para hacerlos profunda y perdurablemente felices. «Pero el ángel les dijo: “No teman, porque les traigo buenas nuevas de gran gozo que serán para todo el pueblo; porque les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor…”» (Lc 2:10-11). Estas buenas noticias de gran gozo (esta declaración diseñada para hacerlos profunda y eternamente felices) se tratan de que, por fin, la gran esperada esperanza de Israel, el Cristo, el Ungido sobre quien hablaron todos los profetas, había llegado. Este es su advenimiento y no fue así como esperaban que lo hiciera.

¡Oh! En el pesebre está, venid a contemplar con fe

Primero que todo, este gran anuncio se da como una presentación privada para unos pastores desprevenidos. Ellos no eran reyes ni gobernantes, ni escribas ni fariseos, ni eruditos ni influyentes, ni los estimados del momento. Eran completamente lo opuesto. Estos hombres venían de casi la escala más baja de la sociedad. Ellos arreaban ovejas. Aquí, desde el mismísimo comienzo, a medida que Dios se mueve con el fin de proveer un Salvador para todo su pueblo, no lo hace en términos humanos, según las expectativas populares, sino que de manera sorpresiva, misteriosa y maravillosa. «Dios ha escogido lo necio del mundo para avergonzar a los sabios; y Dios ha escogido lo débil del mundo para avergonzar a lo que es fuerte» (1Co 1:27). Sin embargo, este extravagante anuncio no solo es entregado a unos humildes pastores, sino que Cristo mismo viene como un niño, como un bebé débil y frágil, en un evidente humilde nacimiento: «esto les servirá de señal: hallarán a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2:12). No en un castillo, ni en un palacio, ni en un hospital, ni siquiera en una casa o en una cuna. Él nace en un establo, envuelto en las vestiduras más baratas, tan indefenso que necesita ser envuelto para dormir y luego ser recostado en un pesebre. ¿Cuál es el significado de este inusual camino? ¿Por qué pastores? ¿Por qué paños y un establo? Ahora denle la entrada a la multitud de huestes celestiales.

Captura de pantalla 2017-12-20 a las 15.13.14.pngGloria en lo alto y en lo bajo

Después del solo del mensajero, de pronto aparece el gran coro, alabando a Dios diciendo: «Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres  en quienes él se complace» (Lc 2:14). Esta ostentosa presentación no se trata del valor o del mérito de los pastores. La gloria no es suya ni tampoco se debe a lo que merece o vale la humanidad. Este Evangelio es para todas las personas y esta paz es para toda la tierra y todos en los que Dios se complace por fe (Heb 11:6), pero esta declaración de gloria no es para ellos. Al contrario, como los ángeles dicen, esta impresionante noticia, y esta forma extraña y maravillosa de entregarla, es para la gloria de Dios. Dios es el iniciador y el actor. Él es quien ha prometido este Salvador por siglos y ahora lo envía en humildad a los pastores y a todos los que reconozcan su humildad. En estas buenas noticias se exhibe su bondad y el gran gozo que él trae redunda en su adoración: «Gloria a Dios en las alturas». Y sí, en lo bajo también.

¿Cristo el Señor?

Sin embargo, quizás lo más extraordinario en esta espectacular noche es esta sutil, pero transformadora, oración en la declaración de los ángeles: este recién nacido es «un Salvador, que es Cristo el Señor» (Lc 2:11). ¿Perdón? ¿El Señor? Fue un «ángel del Señor» quien apareció y fue la «gloria del Señor» la que brilló a su alrededor y cuando los pastores finalmente respondieron, reconocieron que esto es lo que «el Señor nos ha dado a conocer» (Lc 2:15). Este Cristo recién nacido comparte la misma identidad divina. Este niño no solo fue enviado por el Señor, sino que es el Señor mismo. El Señor del cielo no solo ha iniciado y actuado para rescatar a su humilde pueblo de su pecado y su vergüenza, sino que él mismo ha venido a la tierra, con prodigiosas maravillas y ahora habita entre nosotros, en nuestra carne y sangre, el Altísimo se hizo humilde por nosotros.

Postrados en adoración a Cristo nuestro Redentor

El peso y la magnitud de todo esto es demasiado como para que los pastores, e incluso para José y María, lo comprendan de una sola vez. Sin embargo, los pastores entienden lo principal y sus corazones tienen el instinto correcto, incluso mientras sus mentes aún están aturdidas. Ellos entendieron que la Navidad no se trata del valor o la bondad de la humanidad, sino que de la alucinante misericordia de Dios. «Y los pastores se volvieron, glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, tal como se les había dicho» (Lc 2:10).
David Mathis © 2014 Desiring God Foundation. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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Venid y adoremos
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Venid y adoremos

El Adviento no se trata solamente de reconocer a Jesús, sino que de adorarlo. La Navidad no se trata primeramente de ver, sino que de alabar. Por lo tanto, venid, fieles todos de gozo triunfantes. Adoremos a nuestro Cristo. Sin embargo, tengan cuidado con el estándar que tienen respecto a quién puede acercarse en adoración. En el nacimiento de Jesús, no fueron las élites religiosas hiperpuras de la fe cristiana las que se arrodillaron en adoración; más bien, le dieron la espalda. Fueron los sucios paganos los que corrieron para adorarlo.

Fieles todos

No necesitamos buscar más allá del relato de los Reyes Magos en Mateo 2 para ver nuestro modelo de «fieles». Es exagerado llamarlos «los tres Reyes». Una interpretación positiva es «los sabios del oriente». Estos hombres eran algo más parecidos a hechiceros. Eran astrólogos paganos que buscaban estrellas, mirando en el cielo quién sabe qué en vez de mirar la Escritura, y Dios en su gracia se acerca a ellos por medio del mismísimo canal de su pecado. Incluso aquí, en el nacimiento de Jesús, por todo el mundo, él transformó a magos en adoradores. Incluso a los de la clase sacerdotal de la religión pagana. No eviten el mensaje que nos entregan los Reyes Magos: si pecadores como ellos pudieron acercarse a Cristo y rendirse en adoración, también podrán hacerlo todos. Los astrólogos paganos que se postraron en adoración son un emblema contundente que anuncia que todos los pecadores pueden acercarse.

De gozo triunfantes

Ya conocen las trilladas líneas de Mateo 2:10-11. Sin embargo, volvamos a leerlas y veamos cómo los Reyes Magos adoran al Mesías judío.
Cuando vieron la estrella [posada sobre el lugar donde estaba el niño], se regocijaron mucho con gran alegría. Entrando en la casa, vieron al Niño con Su madre María, y postrándose lo adoraron; y abriendo sus tesoros Le presentaron obsequios de oro, incienso y mirra.
Mateo apila el lenguaje del gozo para que así no lo perdamos. Ellos no solo se regocijaron, Mateo dice que se regocijaron mucho y a eso le agregó que lo hicieron «con alegría» (e incluso más, «con gran alegría»). Quizás pensamos que los pastores de Lucas 2 eran tipos emocionalmente locos, mientras que estos astrólogos paganos eruditos se mantenían en calma y serenos. No obstante, el lenguaje del gozo estalla aquí en Mateo 2 con un entusiasmo aún mayor que el que registra Lucas 2 cuando los ángeles anunciaron «buenas nuevas de gran gozo que serán para todo el pueblo» (Lc 2:10) y los pastores «se volvieron, glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, tal como se les había dicho» (Lc 2:20). En este caso, nuestros magos malignos, dice Mateo, «se regocijaron mucho con gran alegría».

Captura de pantalla 2017-12-11 a las 11.34.44.png Al Rey de los cielos humilde veremos

Y tal explosivo gozo no está desconectado de su adoración al bebé Jesús. Regocijarse mucho con gran alegría es el sentido de la verdadera adoración. La esencia de la adoración no es acciones físicas ni meros gestos de homenaje. En su centro, la adoración se realiza «en espíritu y en verdad», como dice Jesús en Juan 4 (verdades sobre Jesús y un espíritu de gran gozo por él), ver a Jesús espiritualmente y regocijarse mucho con gran alegría. Sin embargo, ¿qué significa aquí que los astrólogos «adoraron» a este niño? ¿Acaso sabían que él era Dios hecho carne? ¿Lo adoraban como el Dios hombre? Es probable que ellos simplemente le rindieron homenaje a alguien que esperaban que fuera un gran rey terrenal. Tal vez. Quizás los Reyes Magos escucharon a los exiliados judíos en Babilonia hablar sobre la profecía de Balaam en Números 24:17, «...una estrella saldrá de Jacob, y un cetro se levantará de Israel…». No obstante, parece que algo más está pasando aquí. Si por «adoración» Mateo solo quiere decir que ellos le rindieron homenaje a Jesús, como súbditos que rinden homenaje a su rey, entonces parece extraño viajar tan lejos y superfluo decir que «se postraron». Postrarse es una postura física, pero lo que está sucediendo en sus corazones es «adoración» al ver a este rey recién nacido que reinará no solo sobre Israel sino que sobre todo el mundo, así Jesús los convierte sus súbditos a pesar de que no eran israelitas.

Adoraremos todavía más

Al menos en cierto sentido, ellos adoraron mejor de lo que sabían y Mateo quiere que veamos eso. En el capítulo uno, ya nos contó sobre la concepción virginal, que este bebé se llamará «Emmanuel, que traducido significa: Dios con nosotros» (Mt 1:23) y que él salvará a su pueblo de sus pecados (Mt 1:21). En este Evangelio, Mateo revelará la sorprendente historia de cómo este niño nacido Rey caminara por un terrible sendero con el fin de llegar a su reino cósmico (un sendero literalmente terrible, al morir de una forma detestable y sacrificial en una cruz romana camino a la gloria). Puesto que nosotros los cristianos ahora sabemos más, lo adoramos todavía más y llegamos a Navidad no con menos gozo que estos emocionalmente entusiasmados Reyes Magos. Nuestra adoración de Adviento está más relacionada a la de esos «sabios del oriente» que buscaban estrellas que a la de la élite religiosa escrupulosa de Jerusalén, que conocían su Escritura, pero no se arrodillaban. Venimos como pecadores, en lucha, sucios, insignificantes, verdaderos astrólogos. No obstante, no significa que vengamos faltos de gozo hoy en este tercer domingo de Adviento. Al contrario, porque él es maravillosamente misericordioso, venimos de gozo triunfantes—porque el advenimiento es la gracia encarnada (Ti 2:11), porque él vino a buscar y a salvar a los perdidos Reyes Magos (Lc 19:10), para sanar a los enfermos y para llamar a los pecadores (Mt 2:17), para servir a los quebrantados espirituales (Mr 10:45) y para destruir la obra del maligno (1 Jn 3:8)—. Los pecadores venimos, incluso en una rebelión de búsqueda estrellas tan grande como la nuestra, y adoramos a Cristo el Señor con gozo. Regocijándonos mucho con gran alegría. Venid y adoremos.
David Mathis © 2013 Desiring God Foundation. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.| Traducción: María José Ojeda
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Los hombres más fuertes son mansos
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Los hombres más fuertes son mansos

Lennie es famoso por su falta de mansedumbre. Uno de los personajes principales de John Steinbeck en De ratones a hombres es Lennie, un hombre gigante, fuerte como un toro, con una leve discapacidad mental. Tiene grandes músculos y un gran corazón. Le encanta acariciar cosas suaves, pero no es consciente de su propia fuerza. Primero, sin querer mata a un ratón al que está golpeando; luego, a un cachorro; por último, accidental y fatalmente rompe el cuello de una mujer. El problema de Lennie no es su fuerza. La fuerza es un regalo. Otros se benefician de la fuerza de Lennie, en especial su amigo George. Lo que Lennie necesita no es perder su fuerza, sino que obtener la capacidad de controlar su fuerza para buenos propósitos. Usar su poder para ayudar a otros, no para dañarlos. El poder en sus variadas formas es un buen regalo de Dios, para ser usado por su pueblo para los fines de su Reino. Como otros buenos regalos, el poder es peligroso cuando se ejerce inapropiadamente. La respuesta a los peligros de la fuerza no es su pérdida, sino que la obtención de una virtud cristiana llamada mansedumbre.

Traigamos de regreso al manso

La mansedumbre en la actualidad podría ser el fruto producido por el Espíritu que más se malinterpreta de las nueve que se mencionan en Gálatas 5:22-23: «el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio». Dos milenios después, la mansedumbre se usa a menudo como un giro positivo de la debilidad. Sin embargo, la mansedumbre en la Biblia no significa categóricamente una falta de fuerza, sino que la ejecución piadosa de poder. La mansedumbre no es señal de una carencia de una capacidad, sino que es la capacidad agregada de administrar nuestra fuerza para que sirva a fines buenos y que dan vida en lugar de servir a fines malos y que quitan la vida. Tomemos como ejemplo la lluvia. La lluvia fuerte destruye la vida, pero la «llovizna» da vida (Dt 32:2). La lluvia violenta daña, no es buena. El campesino no ora por una lluvia débil, o para que no llueva, sino que ora por llovizna. La manera en que se entrega es importante. Necesitamos agua (el poder para la vida) entregada suavemente, no de manera destructiva. Manso no significa débil, sino que apropiado; que da vida, no que la quita. Por tanto, también, «la lengua apacible es árbol de vida» (Pr 15:4). Apacible no significa débil, sino que apropiadamente fuerte, con un control que da vida, dando algo bueno no como el agua que sale de una manguera de bombero, sino que en su justa medida. O piensa en la navegación: un viento que sopla suavemente (Hch 27:13) responde a la oración de los marinos, mientras que un viento furioso representa problemas (Hch 27:18). La virtud de la mansedumbre es mejor vista en Dios mismo, quien «vendrá con poder» (Is 40:10). ¿Cómo ejerce su fuerza hacia su pueblo? «Como pastor apacentará a su rebaño, en su brazo recogerá a los corderos, y en su seno los llevará, guiará con cuidado a las recién paridas» (Is 40:11). La violencia es el uso destructivo de la fuerza (Is 22:17); la mansedumbre es su ejecución que da vida.

Lo que nuestras hijas quieren

Cuando el apóstol Pedro contrasta el buen poder con el malo, gobernantes justos con los injustos, él describe a los buenos líderes como «buenos y afables» (1P 2:18). Lo opuesto a un amo deshonesto no es uno débil (¿quién quisiera la protección de un señor débil?), sino uno «bueno y afable». Queremos líderes afables, no débiles. Queremos líderes con fuerza y poder, no para usarlos en nuestra contra, para dañarnos, sino que para ser ejercidos por nuestro bien, para ayudarnos. Esto es lo que hace que la imagen del pastor sea tan apropiada tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Las ovejas son evidentemente débiles y vulnerables. Necesitan pastores fuertes, no débiles. Necesitan pastores que sean buenos y usen su poder para ayudar a las ovejas, no para usarlas y abusar de ellas. Mi hija de cuatro años no quiere un papá débil. Ella quiere que sea fuerte, y que use esa fuerza para ayudarla, no para herirla. Lo que ella más necesita no es que yo alardee por mis músculos dejándola de lado. Es suficientemente claro que papá es más grande y más fuerte. Ella necesita ver que soy manso; que su papi no es solo lo suficientemente fuerte para protegerla, sino que puede confiar en mí para usar mi fuerza con el fin de servirla y bendecirla, no dañarla. Los hombres débiles a menudo están preocupados de mostrar y hablar sobre su fuerza. Los hombres verdaderamente fuertes dan su energía y atención no al presumir su fuerza, sino que al demostrar su mansedumbre. Son capaces de ejercer correctamente su poder manifiesto por el bien de otros. Los hombres inseguros alardean y amenazan. Los hombres que son seguros en su fuerza, y en la fuerza de su Señor, no solo están dispuestos, sino que entusiasmados, a que su mansedumbre sea conocida por todos (Fil 4:5).

Hombres mansos para la iglesia

No debería ser una sorpresa, entonces, que Cristo requiera este tipo de líderes en su iglesia: «no pendenciero, sino amable» (1Ti 3:3). Entre los quince requisitos explícitos para los ancianos en 1 Timoteo 3:2-7, cuatro son negativos: «no dado a la bebida, no pendenciero…, no contencioso, no avaricioso». Solo uno de estos negativos se junta con un positivo explícito: «no pendenciero, sino amable». Quizás la razón por la que Pablo no entrega la virtud positiva de los otros tres es porque ninguno de ellos puede ser captado en una palabra. Sí, los pastores deben estar sobrios, hacer la paz y ser generosos, pero ninguno de estos simples contrastes captura la variedad completa del positivo deseado como «amable». Entre otras implicaciones, lo que eso sí dice por «no violento» (con su positivo simple de «amable») es que se asume que los ancianos serán fuertes. Ellos tendrán poder. La pregunta no será, en especial mientras sirvan juntos como equipo, si es que tienen fuerza, sino que si saben cómo usar esa fuerza para ayudar a otros y no para dañarlos. Deben saber, y haber demostrado, cómo canalizar los buenos dones de Dios con control apropiado y dominio propio. Personalmente y como equipo, ellos deben ser amables. En otra parte de las epístolas pastorales, es claro que Pablo realmente quiere decir esto cuando nombra a la mansedumbre en la lista. No es opcional, sino esencial para el liderazgo cristiano. «Pero tú, oh hombre de Dios, ...sigue… la amabilidad» (1Ti 6:11). La verdadera amabilidad en el pastor no solo da vida al rebaño, sino que también le modela al rebaño la manera en que esto puede darle vida al mundo: «Recuérdales que estén sujetos a los gobernantes, a las autoridades… amables mostrando toda consideración para con todos los hombres» (Tit 3:1-2). Y quizás lo más importante de todo para los líderes: «El siervo del Señor no debe ser rencilloso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido. Debe reprender tiernamente a los que se oponen» (2Ti 24-25). Incluso la reprensión de los que se oponen, que podríamos asumir, si acaso, podría ser violenta, debe ser realizada tiernamente.

La Mansedumbre misma

Al final, ya sea como miembros que nos congregamos o como pastores, ya sea como hombres o como mujeres, como esposos o esposas, como padres o madres, como jefes o empleados, la mansedumbre bíblica genuina es formada y completada por Dios mismo. Cuando admiramos la mansedumbre de Dios (y Él es su modelo) no celebramos que Él es débil. Al contrario, como sus débiles ovejas, disfrutamos no solo que nuestro Pastor es infinitamente fuerte, sino que es mucho más admirable porque sabe cómo ejercer su poder de maneras que dan vida, en lugar de sofocar a sus amados. Nuestro Dios no es como Lennie. Poderoso y manso, no vino como un rey autoritario y abusivo, sino que como un Señor bueno y manso. «Soy manso y humilde de corazón», dijo (Mt 11:29). Él descendió mansamente a nuestro mundo en Belén, creció en sabiduría y estatura en Nazaret, enseñó con dureza y ternura en Galilea y entró en Jerusalén «humilde y montado en una asna» (Mt 21:5) para dar su vida por nosotros. «Y quien cuando lo ultrajaban, no respondía ultrajando. Cuando padecía, no amenazaba, sino que se encomendaba a aquel que juzga con justicia» (1P 2:23), no porque fuera débil o no tuviera poder, sino porque Él era lo suficientemente poderoso para ser la Mansedumbre misma. Por lo tanto, nosotros, como el apóstol Pablo, recibimos y buscamos imitar «la mansedumbre y benignidad de Cristo» (2Co 10:1). En su fuerza, Él nos ha liberado de la necesidad de alardear y nos comisiona a dejar que nuestra mansedumbre sea conocida por todos (Fil 4:5). Él le da a sus subpastores el poder y la fuerza para servir al rebaño, no para subyugarlo. Él le da a su pueblo la influencia y la autoridad para administrar sin ser sobreprotector o envidioso cuando le da más poder a otros. Cualquiera sea la influencia que tengamos no es nuestra por derecho sino que por préstamo divino, para usarla para sus grandes propósitos en el mundo, con mansedumbre.
David Mathis © 2019 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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Pídele a tus hijos que te perdonen
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Pídele a tus hijos que te perdonen

Nunca olvidaré cuando mi padre me pedía perdón. Pocos momentos, si es que los hubo, eran tan llamativos, tan conmovedores y tan inolvidables como cuando papá me admitió (cuando yo tenía cinco o siete o diez años) que había reaccionado de manera exagerada y que lo lamentaba. Me conmovía demasiado, al menos en cada caso que puedo recordar, porque yo no era una víctima inocente. Mi desobediencia, mi rebelión y mi inmadurez eran los catalizadores de nuestros conflictos. Yo había pecado primero y sabía que estaba equivocado. Pero papá se había integrado a un estudio bíblico y su corazón se estaba sensibilizando a la Palabra de Dios. Quería que su conducta se alineara cada vez más al Evangelio que amaba. No solo en público, sino que también en privado. No solo como dentista y diácono donde el mundo lo observaba, sino que como padre, cuando solo unos pequeños ojos estaban mirando. Él comenzó a admitir el hecho de que aun el mal comportamiento de su hijo no era excusa para una respuesta pecadora. Él estaba aprendiendo primero a reconocer y a admitir su propio pecado y a quitar la viga adulta de su propio ojo, con el fin de ser más cuidadoso y paciente para remover la paja infantil del mío.

La nueva armadura del emperador

A algunos de nosotros podría preocuparnos que hacernos vulnerables de esta manera con nuestros hijos revele una grieta en la armadura de la autoridad parental. Nos decimos a nosotros mismos: sin duda, no podremos criar a nuestros hijos si le damos una ventaja. Mi experiencia como hijo, y ahora como padre de gemelos de seis años, dice que sin lugar a dudas este no es el caso. Cuando los regaño, con todo mi peso emocional adulto, pueden ser defraudados fácilmente. Sin embargo, cuando me agacho para acercarme a ellos, y me quedo al lado de ellos admitiendo mi propio pecado y reconociendo mi constante necesidad de ser rescatado por Jesús, no solo estoy modelando arrepentimiento ante ellos, sino que también estoy viviendo una vida cristiana, en lugar de dejar que la crianza sea una excusa para la hipocresía. No necesito ser perfecto para mis hijos. Jesús hizo eso; Jesús es eso. Mis hijos no necesitan que yo sea un salvador perfecto, sino que los apunte, en honestidad con mi propio pecado, hacia nuestro Salvador. De hecho, ellos necesitan saber urgentemente que no soy perfecto, que mi mayor esperanza no se encuentra en mi bondad, sino que en la de Jesús. Estoy junto a ellos como pecador, nacido en pecado, desesperadamente en necesidad de gracia. Si intento esconder la grieta en mi armadura (y no es solo una grieta, sino que infinitas grietas, incluso agujeros muy grandes), no los protejo sino que los pongo en peligro. Al hacer eso, refuerzo el mito que todos nos decimos a nosotros mismos en cierto punto, que podemos ser lo suficientemente buenos para conseguir el favor de Dios.

Tres lecciones para los padres

Es difícil exagerar el impacto a largo plazo que tuvo el hecho de que mi padre me pidiera perdón, en especial cuando yo era el principal culpable. En mi propia paternidad, todavía tengo mucho que aprender. Nuestros hijos solo tienen seis años. Tenemos un largo camino por delante, pero los primeros descubrimientos son que el reconocimiento y la confesión de mi propio pecado, especialmente cuando reacciono exageradamente por la desobediencia de mis hijos, ya está dando fruto en mi relación con ellos. La verdad es que no existen relaciones en las que sea una buena estrategia cubrir mi pecado y no reconocerlo ni confesarlo. Si ustedes, como yo, quieren crecer en este tipo de humildad e iniciativa como padres, a continuación comparto tres lecciones que estoy aprendiendo al intentar amar a mis hijos a la luz de mi pecado.
1. Dios no solo está obrando por medio de mí como padre, sino que en mí
Ser padre no significa que me haya graduado del crecimiento básico cristiano, sino que probablemente he entrado en una de las etapas más importantes. Los padres caminan con sus hijos  a lo largo de una etapa intensa de desarrollo físico, mientras Dios camina junto a los padres a través de un tiempo intenso de desarrollo espiritual. La pregunta no es si es que pecamos contra nuestro hijo; todos los padres pecan contra sus hijos. La pregunta es si es que reconocemos y confesamos nuestro pecado y le pedimos perdón a nuestros hijos. Muy pocos de nosotros estamos preparados para hacer esto.
2. La verdadera confesión es sincera, no inventada
Un peligro latente en este artículo es que podría tentarte a calcular ciertas confesiones a tus hijos para producir ciertos resultados. Puedes admitir cierta debilidad bastante admirable o fingir pena por algún pecado, capturar la atención de tus hijos o provocar empatía de parte de ellos. Eso es manipulación, no verdadera confesión. Cuando admites tus propios pecados y revelas tus debilidades, probablemente llamarás la atención de tus hijos. (Pocas cosas atraen a nuestros hijos como cuando les cuento historias de los tiempos en que «papi recibió una paliza cuando era un niño»). No obstante, una confesión genuina no está motivada por los resultados. Nace de una consciencia de las maneras  en las que hemos tratado a nuestros hijos que menosprecian a Dios y de un dolor sincero por nuestro fracaso para vivir nuestro llamado. Reconocemos que hemos dado una mala imagen de Dios. Él es gentil y misericordioso; yo he sido descortés y exigente. Él es lento para la ira; yo soy irritable, exploto en ira ante la desobediencia de mis hijos. Él abunda en amor constante y fidelidad; yo he sido parco e inestable.
3. Las buenas disculpas no terminan con «pero»
Las conversaciones más significativas con nuestros hijos son aquellas en las que podemos confesar nuestra propia debilidad sin cargársela o devolvérsela a ellos. «Pero cuando tú...». Permite que la disculpa sea lo que permanezca. Esfuérzate lo mejor que puedas (esto puede ser muy difícil) para que después de haber admitido algo no digas «pero», pues eso vuelve a culpar a tu hijo por tu pecado. Eres el padre, el adulto. A menudo el caso es que realmente tu pecado es el responsable del pecado de tu hijo, en algún sentido, y no al revés. Los niños no solo tienen naturalezas pecadoras; también tienen padres pecadores. Aun antes de que nuestro hijo peque, a menudo tenemos parte en eso, al no invertir la energía que requiere instruirlos proactivamente, asentar claramente las reglas básicas razonables y comunicar misericordiosamente las expectativas. Sí, pedir perdón muestra nuestra debilidad, de la manera exacta en que tus hijos necesitan verla. Nosotros los padres «maduros» no estamos junto a Dios parados al otro lado de una gran división lejos de nuestros hijos pecadores. Estamos junto a nuestros hijos como pecadores, aun desesperada y constantemente necesitados de la gracia de Dios y de su poder para cambiar.
David Mathis © 2016 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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Él selló su destino con una canción
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Él selló su destino con una canción

Dice el Señor a mi Señor: «siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies» (Sal 110:1).
Él casi selló su destino ese domingo. Al cabalgar sobre el humilde corcel (Mt 21:7; Zc 9:9), había agitado a toda la ciudad con esperanzas mesiánicas (Mt 21:10-11). Luego, el lunes, limpió el templo, y se rehusó a reprender los hosannas de los niños (Mt 21:15-16). Ahora, no había vuelta atrás, y lo confirmó con sus palabras el martes. Con cada hora que pasaba, Jesús se acercaba más a las mandíbulas del león. En solo tres días, sería avergonzado y humillado, torturado y ejecutado. Cada paso hacia el Calvario se encontraba con un roce cada vez mayor. Sin embargo, por dentro, Él estaba cantando. A medida que caminaba por ese angustioso camino, Él llevaba a cabo los Salmos y vivía la antigua Escritura en cada acto de fe. El martes, Él desenvainó el Salmo de su bendita funda, dejando perplejas a las mentes más brillantes de ese tiempo y silenciando las voces más fuertes. Ahora, el único recurso que ellos tendrían sería matarlo.

David lo llamó «Señor»

Cuando Juan el Bautista volvió del desierto, el Salmo 110 se encontraba dentro de los más grandes acertijos de la Escritura, y sin embargo, se transformó en el único capítulo más citado del Antiguo Testamento en el Nuevo. Todo comenzó aquí el martes antes de que Jesús muriera, cuando Jesús mismo puso su pie en la tierra tan santo y tan alto que nadie más se atrevió a pisar ahí. Ese martes fue intenso. Él captó la atención con un burro y un látigo, y luego los alimentó un día completo con su enseñanza, mostrándoles a las élites de Jerusalén lo que los galileos habían visto: a quien habló con autoridad (Mt 7:29; Mr 1:22). Él no eludió el inevitable conflicto con los poderes, y entró en la guarida de ellos y se mantuvo firme. Cuando cuestionaron su autoridad, Él respondió con tres parábolas (Mt 21:28-22:14). Desconcertados como estaban, Él dejó lo suficientemente en claro que dirigió sus acertijos contra ellos. Al haber soportado sus desafíos con paciencia, Él entonces volcó las mesas con el Salmo 110. Al fin, preguntó: «¿Cuál es la opinión de ustedes sobre el Cristo? ¿De quién es hijo?». Como esperaba, respondieron: «De David» (Mt 22:42). Luego, el Salmo 110 y el as: «Pues si David lo llama [el Cristo] Señor, ¿cómo Él es su hijo?» (Mt 22:45). ¿Cómo podría el más joven ser mayor que el más viejo? A menos que… pero el diálogo había terminado. «Y nadie le pudo contestar ni una palabra, ni ninguno desde ese día se atrevió a hacer más preguntas a Jesús» (Mt 22:46).

A la diestra de Dios

Jesús no dejaría atrás el Salmo 110 ese martes. Él volvería a desenvainar su revelación mientras era juzgado el jueves por la noche ante el sumo sacerdote. Él permaneció en silencio durante el desfile de falsos testigos (Mt 26: 59-63). Finalmente, él sumo sacerdote estalló: «Te ordeno por el Dios viviente que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios». Entonces Jesús voluntariamente selló su destino, combinando el Salmo 110 con la profecía de Daniel 7:13:
«Tú mismo lo has dicho; sin embargo, a ustedes les digo que desde ahora verán al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder, y viniendo sobre la nubes del cielo». Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: «¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos de más testigos? Ahora mismo ustedes han oído la blasfemia» (Mt 26:64-65).
Se retiró para ser condenado, azotado y crucificado, con el Salmo 110 fresco en su mente. Al otro lado de la tumba, sus apóstoles seguirían a su pionero y desatarían el mayor oráculo de David. Pedro predicó el Salmo 110 en Pentecostés (Hch 2:33-36) y ante el sumo sacerdote (Hch 5:31). Las últimas palabras de Esteban hicieron eco del Salmo 110 (Hch 7:55-56). Pablo pisó esa misma tierra santa (Ro 8:34; Ef 1:20; Col 3:1). ¿Y qué decir de Hebreos, que tiene el Salmo 110 en su centro y hace referencia a él ocho veces? El gran acertijo de la profecía de David dio lugar a una de las grandes revelaciones del nuevo pacto. Podríamos incluso resumir el mensaje en el Nuevo Testamento de esta manera: el Salmo 110 se ha hecho realidad. Jesús no solo viene de la línea de David, sino que también es su Señor, que ahora está sentado a la diestra del Padre. Pero antes de que el gran oráculo alimentara la fe de la iglesia, estas palabras alimentaron la fe de Jesús mismo.

Nueve grandes promesas

¿Qué escuchaba Cristo mientras llevaba a cabo el Salmo 110 durante la semana de su pasión? ¿Cómo el gran oráculo de David le dio esperanza al Hijo mayor de David? Jesús habría degustado al menos nueve promesas de la provisión de su Padre en estos siete cortos versos. El primero es implícito: «Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies» (Sal 110:1). Dios lo hará; Él se encargará de la victoria. Luego, siguen ocho promesas explícitas, vistas en las ocho repeticiones que se hacen en tiempo futuro. ¿Cómo aterrizaron en Jesús estas promesas que alimentaron su fe mientras observaba la muerte y escuchaba una y otra vez el Salmo?
  • Verso 1: derrotaré a tus enemigos y los pondré bajo tus pies, para tu gozo eterno.
  • Verso 3: obraré en los corazones de tu pueblo para que te sigan con gusto, no a regañadientes.
  • Verso 3: te resfrescaré continuamente, no te dejaré languidecer.
  • Verso 4: soy Dios y no cambiaré de parecer.
  • Verso 5: venceré a los líderes que se opongan a ti.
  • Verso 6: les pagaré a los incrédulos que te amenazaron.
  • Verso 6: destruiré a quienes tienen la intención de dañarte.
  • Verso 7: te daré todo lo que necesitas para soportar.
  • Verso 7: te sostendré en lo que se te avecina.

La diestra de su Padre

Mientras Jesús canta el verso 1, recuerda quién es Él para su Padre: su mano derecha. Qué animante entrar a esa santa semana sabiendo que Él era más que «hijo de David», e incluso más que «Señor de David». Él sigue el arduo camino del Calvario aún sabiendo algo más grande: Él es el Hijo de su Padre, que lo recibirá a su diestra. ¿Cuál es el significado más profundo de que Jesús esté a la diestra de su Padre? Esto: el mismo poder del Dios todopoderoso es por Él. Con una fuerza soberana inexpugnable, el Padre ejecutará perfecta justicia, a su perfecto tiempo, para cada detractor descubierto de su Hijo, hasta el más alto, «quebrantará reyes» y «quebrantará cabezas» (Sal 110:5-6). Por muy débil y vulnerable que este Cordero se vea ante sus trasquiladores, Él ha sido enviado por su Padre, con un cetro poderoso en su mano, para gobernar, incluso desde la cruz, en medio de sus enemigos (Sal 110:2). Aquí, durante la más grande semana de la historia del mundo, el Hijo sabe que no está destinado para estar solo a la diestra del Padre, sino que actúa, por fe, como la mano derecha de su Padre. Sirve como el instrumento supremo humano a través del cual Dios canaliza su poder para volver a hacer al mundo.
David Mathis © 2019 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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Pase lo que pase

Una calamidad que lentamente avanzaba arrasó con el mundo antiguo, hace más de 2500 años, aproximándose pausadamente, a un paso inquietante, a una nación tras otra. A diferencia de Pearl Harbor, de un ataque terrorista o de un tsunami a lo largo de los países de la cuenca del Pacífico, esta plaga sorprendió a muy pocos desprevenidos. Todo rey, toda nación, todo ciudadano lo vio venir. Escuchaban las noticias; vivían atemorizados bajo la amenaza. La ciudad más grande del mundo en aquel tiempo, Nínive, no fue derrotada de la noche a la mañana, sino que dolorosamente semana a semana, incluso meses. La próxima en caer era Jerusalén. Olas de destrucción llegaron a la Ciudad Santa, primero en el año 605 a.C., luego ocho años después en el año 597 a.C., y por último, la aniquilación final once años después en el año 586 a.C. ¿Cuál era esa amenaza que paralizó a las ciudades más grandes del mundo no solo por horas y días, sino que por semanas, meses e incluso años? El creciente poder de Babilonia y el lento avance de su ejército de una capital a la otra que fue estableciendo estados de sitio que duraron meses y derrocando a las principales ciudades del mundo a medida que agotaba sus líneas de abastecimiento para así provocar la muerte de las personas causa de la hambruna.  Más aún, la calamidad que se avecinaba no debió haber sido una sorpresa para el pueblo del primer pacto de Dios. Incluso en medio del siglo VII antes de Cristo, cuando Asiria era el poder mundial reinante y Babilonia con lentitud iba en ascenso, los profetas de Dios, como Isaías, décadas antes hablaron del desastre que se acercaba. Asimismo, lo hizo un profeta mucho menos prominente llamado Habacuc —quien podría tener una palabra especialmente sorprendente para nosotros en nuestro presente dolor que avanza lentamente—.  

Dios no es indiferente

A diferencia de otros profetas hebreos, en su corto libro de tres capítulos, Habacuc nunca se dirige ni le habla directamente al pueblo. Él registra su diálogo con Dios y la obra sorprendente de Dios en él, dejando aplicaciones personales para el lector. En lo que concierne a las profecías hebreas, el resumen del libro es bastante simple. En primer lugar, Habacuc comienza con sus frustraciones aparentemente justas; quizás levemente exageradas. Él pregunta: «¿Hasta cuándo, Señor [...]?», debido a la descontrolada maldad que ve a su alrededor, entre el pueblo mismo de Dios, en una era de decadencia espiritual (Hab 1:2-4). Dios responde con una revelación que el profeta, en lo absoluto, anticipó (1:5-11). Básicamente, la respuesta fue: sí, pequeño profeta, mi pueblo ha llegado a ser un pueblo malvado, y no estoy de brazos cruzados respecto a esto. Es más, estoy levantando a los babilonios para que los destruyan. Habacuc tambalea y se estremece. Si había pensado que tenía problemas de justicia; ahora, cuánto más. Él responde con una segunda queja (1:12-2:1). ¿Cómo puede Dios «ser indiferente ante la traición de ellos» (Hab 1:13, NTV), los babilonios son aún más malvados que el pueblo reincidente de Dios? El profeta se torna más desafiante: «Me mantendré alerta [...], estaré pendiente de lo que [Dios] me diga, de su respuesta a mi reclamo» (Hab 2:1). Él supone que la segunda respuesta de Dios no será suficiente y estará listo para responder. Sin embargo, la segunda respuesta de Dios (2:2-20) silencia a Habacuc. El profeta nunca registra una tercera queja. Dios no dejará a Babilonia sin castigo. Su completa justicia (su desgracia cinco veces más grande) será cumplida en el tiempo perfecto. La mano de justicia sin duda caerá, destruyendo a los orgullosos y rescatando a los justos que viven por la fe (Hab 2:4).

¿Cómo vivimos por la fe?

El centro del mensaje del libro, de la voz de Dios a los corazones de su pueblo, es vivir por la fe en días sin precedentes, pase lo que pase. Dios no le promete al ansioso profeta que pronto mejorará las cosas. De hecho, le promete empeorarlas antes de que mejoren. La devastación total vendrá primero; entonces, la libertad. Primero, la ruina total; luego, el rescate final.   Al desorientado y despavorido profeta, Dios le expone lo absurdo del orgullo humano y emite un nuevo llamado a la humildad y a la fe, para recibir pacientemente la misteriosa «obra» de la justicia de Dios (Hab 1:5; 3:2). Confiar en lo divino en los momentos más duros, en los días de inminente dificultad. Aquí tenemos el llamado eterno de Dios a su pueblo en tiempos misteriosos, en el de Habacuc y en el nuestro: vive por la fe (Hab 2:4). Sin embargo, ¿qué significa esto? «Vivir por fe» puede sonar tan vago y general. ¿Qué podría significar esto para nosotros aquí en la tierra, bajo la presente (y venidera) amenaza?

¿Esperaremos en silencio?

Después de haber sido silenciado, Habacuc habla de nuevo en el capítulo 3, pero ahora en oración, no con queja. Él ha escuchado y ha hecho caso a la voz divina y ahora celebra el poder incontenible y la justicia intransigente de Dios. La oración del profeta concluye con dos afirmaciones que dicen «pero yo». Primero, él dice que ejercitará la paciencia. El orgulloso y el incrédulo podrían sobrevivir con todo tipo de pánicos y ruidos, pero Habacuc esperará tranquilo:
Pero yo espero con paciencia el día en que la calamidad vendrá sobre la nación que nos invade (Hab 3:16, NVI).
Su fe en la justicia perfecta de Dios ha sido renovada. Él ajustará el reloj de su alma a la agenda de Dios, y no asume lo contrario. Dios no es indiferente, de eso podemos estar seguros. Él está observando; Él está atento; Él ve cada movimiento, cada detalle. Al final, el mundo verá que Él ha hecho lo correcto, sin tratar nunca a ninguna criatura con injusticia.  Puesto que tendemos tanto, en nuestra finitud, pecado y ansiedad, a querer imponerle a Dios nuestra agenda como solución, Él nos llama a tener una paciencia tranquila, incluso si el dolor presente se despliega con tan dolorosa lentitud.

¿Nos regocijaremos?

El segundo y final «pero yo»¹, se encuentra en el verso 18: «Aun así, yo me regocijaré en el Señor, ¡me alegraré en Dios, mi libertador!». El profeta dice esto precisamente con los peores escenarios sobre la mesa:
Aunque la higuera no florezca,     ni haya frutos en las vides; aunque falle la cosecha del olivo,     y los campos no produzcan alimentos; aunque en el aprisco no haya ovejas,     ni ganado alguno en los establos; aun así, yo me regocijaré en el Señor,     ¡me alegraré en Dios, mi libertador! (Hab 3:17-18)
En otras palabras, aunque las líneas de abastecimiento fallen, los estantes estén vacíos,  la economía se venga abajo y el virus llegue a nuestra propia ciudad, calles e incluso a nuestro hogar, aun —aun así— este recién humillado profeta se regocija en el Señor. ¿Lo haremos nosotros? No en nuestro abastecimiento; no en nuestra salud; no en nuestra propia seguridad; ni siquiera en la derrota del enemigo. Existe una constante e irrefutable garantía, una completa seguridad, un refugio para el verdadero gozo en el más desafiante de los viajes: Dios mismo. Él se da a sí mismo a nosotros mientras nos quita nuestros otros gozos. ¿Nos inclinaremos nuevamente a Él?  Aquellos inflados de orgullo ciertamente serán destruidos a tiempo, tarde o temprano. No obstante, quienes reciban la mano humillante de Dios y se inclinan en fe (en tranquila paciencia y gozo a través de las circunstancias) encontrarán a Dios mismo siendo su «fuerza» en días así (Hab 3:19). De igual manera será también para nosotros, vivir por la fe en tiempos como esos se expresará en paciencia y gozo. Sin embargo, de nuevo, ¿cómo se vería esto?

¿Nos levantaremos cantando?

Entre las muchas maneras en que Dios podría inspirar a su Iglesia en los días venideros, al menos una pista tenemos de Habacuc de que tal paciencia y gozo suenan como una canción. Esta es la asombrosa e inusual forma en la que termina esta corta interacción entre el profeta y Dios: con el profeta cantando alabanzas. Es por esa razón que termina con instrucciones para la adoración comunitaria: «Al director musical. Sobre instrumentos de cuerda». Estas líneas finales no son solo una oración; son una canción para que otros se unan a cantarla. No existe nada como esto en todos los profetas. Habacuc comienza con tantas ganas de pelear y (al parecer) de desafiar como no veremos en ningún otro lugar. Y, sin embargo, Dios misericordiosamente mueve el alma de Habacuc desde la protesta a la adoración. Esto debe ser un aliento para quienes son suficientemente honestos para admitir que esta pandemia le está haciendo una zancadilla a nuestra fe hasta ahora.  Como hemos visto, Habacuc no le hizo caso a las noticias de buena gana. Sin embargo, Dios lo encontró ahí, en su orgullo, en su desafío y en su temor. El pequeño profeta neciamente tomó su postura y Dios misericordiosamente lo llevó a sus rodillas. Dios lo humilló y el profeta lo recibió, humillándose a sí mismo. Él recibió los propósitos desorientadores, inconvenientes y dolorosos de Dios en el juicio que vendría y Él dejó sus protestas, se inclinó en oración y se levantó en adoración.  ¿Haremos lo mismo en la persistente confusión y desorientación en medio del lento avance de la incertidumbre en la que vivimos? ¿Nos llevarán nuestras protestas, aunque justamente concebidas, a doblar nuestras rodillas? ¿Y nuestras oraciones nos llevarán a cantar?
David Mathis © 2020  Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.

¹ Nota del traductor: En este caso, «aun así» se refiere al «pero yo» que cita el autor.
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El coronavirus no prevalecerá sobre su Iglesia

Estos podrían ser días sin precedentes en nuestras vidas, pero no es así en la vida de la Iglesia. La Iglesia ha soportado este tipo de sufrimiento y de incertidumbre antes, y de maneras mucho peores, a modo de pandemias, sin mencionar la persecución. En días como estos, y en cada etapa de nuestras vidas, hacemos bien en recordar la certeza y la centralidad de la Iglesia al cuidado del Cristo vivo. Quisiera ser claro: este no será un mensaje sobre ser Iglesia en la era del coronavirus. Esta es la era de la Iglesia, no del virus. La Iglesia no pasará; el coronavirus sí. Este es el mundo de nuestro Padre; este es el mundo de Cristo. Como su Novia, este sin duda es, en real medida, el mundo de la Iglesia. No de los medios de noticias; no de los epidemiólogos ni de los estadistas; no de los economistas ni de los políticos. La Iglesia soportará estos días, sobrevivirá a esta prueba y será más fuerte debido al contratiempo de nuestra presente aflicción.

La principal historia en el mundo hoy

La principal noticia que se está desarrollando en el mundo hoy no tiene que ver con datos sobre la propagación ni con la economía, ni con el estímulo ni el dinero gratuito yendo hacia ti. La principal noticia es la Iglesia. Jesucristo, con toda la autoridad del cielo y de la tierra, está construyendo su Iglesia (Mt 16:18). Ni siquiera las puertas del infierno detendrán el avance de su Iglesia, mucho menos el pánico temporal y la caída en picada de la economía. No es que los cristianos no se enfermarán ni que algunos no morirán. Algunos ya han enfermado o muerto. No es que esas iglesias locales en particular no se desmoronarán. Algunas lo harán; algunas se están desmoronando. Algunas iglesias locales han cerrado puertas que nunca más abrirán. No obstante, la Iglesia global permanece inquebrantable, no está bajo ninguna amenaza auténtica y será más fuerte que antes. La historia de la Iglesia global, cristianos aparentemente aislados enviando mensajes de texto, conversando por videollamada y aprendiendo nuevamente cómo cuidarse mutuamente, y a sus pueblos y ciudades, es lo más importante que está sucediendo en el mundo ahora mismo. Ni CNN ni FOX están siguiendo la historia. Sin embargo, este es el primer y más grande titular. En Cristo, estamos viviendo la historia que será contada, más que cualquier otra, en las generaciones que vendrán. No solo somos la audiencia y los testigos, sino que también somos los participantes. A medida que nos reunimos en los livings de nuestros hogares para adorar como familias; a medida que los pastores y los ancianos se juntan por medio de Zoom para pedir consejo y así cuidar a sus rebaños físicamente dispersos y esparcidos; a medida que abrimos nuestras Biblias con un hambre y sed por fundamento y guía como algunos no han sentido hace mucho tiempo o nunca; a medida que doblamos nuestras rodillas en nuestras habitaciones e inclinamos nuestras cabezas con la familia, nuestras iglesias están siendo tamizadas, y algunas están siendo encontradas deficientes. No obstante, la Iglesia está viva y bien. No solo soportando, sino que creciendo en fortaleza. La Novia de Cristo será mejor al haber soportado este tiempo.

Por medio de la Iglesia

No solo el futuro de la Iglesia global es seguro en el poder soberano de Dios por medio de Cristo, sino que sus propósitos soberanos en el mundo se centran, podríamos decir, en su Iglesia. La imagen que el apóstol Pablo muestra en Efesios 3 de la centralidad de la Iglesia en la obra de Dios en el mundo es nada menos que deslumbrante: Cristo canaliza su gloria global únicamente a través de su Iglesia. Dios lo hizo un ministro del Evangelio, escribe Pablo, para: «anunciar a los gentiles las inescrutables riquezas de Cristo» y...
[...] sacar a la luz cuál es la dispensación del misterio que por los siglos ha estado oculto en Dios, creador de todas las cosas. De este modo, la infinita sabiduría de Dios puede ser dada a conocer ahora por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales (Ef 3:8-10).
¿Te diste cuenta? Dios está dando a conocer su múltiple sabiduría, no solo en el ámbito físico, sino que también en el espiritual, para que todo el universo la vea. ¿Y cómo? Por medio de la Iglesia. Adonde sea que las cabezas humanas podrían estar volteando, las huestes angelicales y demoníacas están mirando a la Iglesia. Dios está canalizando su obra en el mundo por medio de la Iglesia. Y no es solo un canal entre otros canales. La Iglesia es el único canal mencionado aquí. Los epidemiólogos y los economistas desempeñan un rol, pero lo más importante que está ocurriendo en el mundo ahora, y en todo momento, es lo que Jesucristo está haciendo en su Iglesia y por medio de Ella.

En la Iglesia

Como pueblo de Dios, unidos en Cristo, somos parte de esos lentes comunitarios por los cuales Dios enfoca su obra en el mundo para la misma gloria de su Hijo. Pablo no solo lo dice una vez. Él vuelve al punto un par de oraciones más adelante. Él no estaba hablando con imprecisión en el verso 10. No intentes explicarlo aparte. El punto es solo tan sencillo y sorprendente en una de las grandes bendiciones en toda la Biblia:
Y a Aquel que es poderoso para hacer todo mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que obra en nosotros, a Él sea la gloria en la iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones, por los siglos de los siglos. Amén (Ef 3:20–21).
¿Cómo es glorificado Dios (quien puede hacer mucho más de lo que podemos soñar) en nuestro mundo hoy y en este tiempo? Continúa en asombro: en la Iglesia y en Cristo Jesús. Por medio de Cristo, sentado en el cielo, y por medio de su Iglesia, exhibiéndolo al mundo en cada gran ciudad y avanzando en toda lengua, tribu, pueblo y nación. El Esposo, que es la misma imagen de Dios (Col 1:15; 2Co 4:4) y el punto focal de la gloria de Dios en la historia, nos dio, a su Novia, su propio Espíritu para que pudiéramos reflejarlo a Él, y a nuestro Padre, comunitariamente, en esta era.

Esta es la era de la Iglesia

No somos la Iglesia en la era del coronavirus. Puede que estemos resistiendo una pandemia mundial, pero lo hacemos como la Iglesia en la era de la Iglesia. No estamos viviendo en la era de una pandemia, ni en la era digital, ni en la era pragmática, ni en la era de cualquier cosa nueva que quisiéramos enfatizar. Esta es la era de la Iglesia. Y la Iglesia no es simplemente otra realidad entre otras que se pueden intercambiar como un adjetivo para nuestros tiempos. La Iglesia es el adjetivo. De esto se trata esta era. Y en Cristo, no permitamos que los medios dominantes, los medios sociales ni nuestro propio olvido nos lleven a pensar de otra manera. A medida que los días interrumpidos se transforman en semanas, y las semanas en meses, seamos la Iglesia los unos para los otros, como fue prometido, en estos preciados días. Representemos a Cristo, como la Iglesia, a nuestros vecinos. No existe plan B; Cristo no necesita un plan B. En días tan inusuales, las horas invertidas en cuarentena en lo que significa ser Iglesia, no serán en vano. Jesús construirá su Iglesia, aunque muchas congregaciones no sobrevivan. La Iglesia, cada miembro fiel, permanecerá y disfrutará por siempre un nuevo mundo sin virus, sin enfermedad ni cualquier otro mal. Las puertas del infierno no prevalecerán sobre la Iglesia de Cristo que avanza.

Seamos la Iglesia

Por más extraños que parezcan, días como estos, cuando no podemos reunirnos en gran número, son precisamente la razón por la que no solo asistimos, sino que nos hacemos promesas en la iglesia local. Es por esto que tenemos pactos de membresía. No los hacemos para los momentos fáciles y cómodos. Todos podemos lidiar con lo conveniente. Más bien, los hacemos para los días más difíciles y más desafiantes; para los momentos más amenazantes; para las etapas más inciertas y (aparentemente) sin precedentes; para los momentos cuando las personas superficiales se resguardan, preocupados solo de su propia seguridad y protección y de su propia productividad remota, en lugar de diligentemente (y digitalmente), sobrepasar el distanciamiento social para chequear cómo están otros, saber cómo van y orar por ellos, y si es necesario, ayudarlos con medicamentos, víveres y abarrotes. En el matrimonio, nos comprometemos sea mejor o peor la situación, seamos ricos o más pobres, sean tiempos buenos o malos porque esos son los tiempos cuando la objetividad del pacto despliega sus alas, nos da vida y provee clara dirección en nuestra incertidumbre desorientada, confusa y subjetiva. Los pactos objetivos son para momentos de confusión subjetiva. Este es uno de esos momentos. El viento de estos días podría llevarse mucha paja. Las mareas están inundando las orillas. Sin embargo, la Iglesia de Cristo prevalecerá y brillará con mucha más claridad. Los tiempos difíciles son buenos días para ser cristiano.
David Mathis © 2020  Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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El pastor que todos queremos anterior
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El pastor que todos queremos anterior

El liderazgo está tropezando con tiempos difíciles. Como sociedad, desconfiamos de nuestros líderes, a menudo asumiendo que usarán su poder para obtener ganancias egoístas, en lugar de usarlo para nuestro bien. Esto hace que estos sean días terribles para asumir y ocupar un cargo, no solo en los negocios y en la política, sino que también en la iglesia. Parte de nuestra desconfianza está bien fundamentada. Historias de uso y abuso viajan más rápido y más lejos que nunca en los rieles de los medios de comunicación modernos. Y los cristianos, de todas las personas, saben que, fuera de Cristo, «No hay justo, ni aun uno». ¿Cuán sorprendidos debemos estar al confirmarlo una y otra vez? Sin embargo, es correcto que nosotros tengamos y mantengamos altos estándares en la iglesia. Creemos que Dios cambia corazones y comportamientos. Él da su Espíritu; Él obra en nosotros y por medio de nosotros progresivamente para conformarnos a la imagen de su Hijo. Esperamos más de los líderes en la iglesia y debemos hacerlo. Y como líderes en la iglesia, no solo debemos tomar el manto del liderazgo con seriedad, sino que con la ambición de mostrarle a la iglesia, y al mundo, que Cristo llama a un tipo diferente de líder. Muchos textos del Nuevo Testamento nos dan imágenes del liderazgo cristiano que son claramente distintas a los paradigmas predominantes en el mundo (entre ellos encontramos Marcos 10:42-45; Hechos 20:18-35; 1 Timoteo 3:1-13; 2 Timoteo 2:22-26; Tito 1:5-9), pero al que acudo más a menudo y al que disfruto invitar a otros a leer es 1 Pedro 5:1-5. Oh, que Dios se complazca en nuestro tiempo en levantar y sustentar pastores como el descrito aquí, el tipo de pastor que todos queremos.
1. Hombres que estén presentes y que sean accesibles
Pedro comienza: «a los ancianos entre ustedes, exhorto yo [...]: pastoreen el rebaño de Dios entre ustedes [...]» (1P 5:1-2). Él lo dice dos veces en una oración. Los pastores/ancianos (dos términos para el mismo liderazgo en el Nuevo Testamento) están entre la congregación, y la congregación está entre los ancianos. Forman la iglesia juntos; son un rebaño. Buenos pastores son ante todo ovejas; lo saben y lo aceptan. Los pastores no componen una categoría fundamentalmente diferente de cristiano. Ellos no necesitan tener un intelecto, una oratoria de clase mundial ni habilidades directivas. Son cristianos promedio, normales, saludables, que sirven como ejemplos para el rebaño, mientras están entre el rebaño, mientras lideran enseñando la Palabra de Dios y tomando decisiones comunitarias sabias. Sus corazones se enorgullecen ante el cambio; veamos Lucas 10:20: «No se regocijen en esto, de que los espíritus se les sometan, sino regocíjense de que sus nombres están escritos en los cielos». Su primer y más fundamental gozo no es lo que Dios hace por medio de ellos como pastores, sino lo que Cristo ha hecho (y hace) por ellos como cristianos. Buenos pastores, por tanto, están seguros en su alma y no son llevados de aquí para allá por la necesidad de impresionar o de demostrar lo que valen. Están felices de ser cristianos lo más normales posible, modelando un cristianismo maduro y saludable, y no estando por sobre la congregación. Otra manera de decirlo es que tales pastores son evidentemente humildes. Después de todo, Pedro les encarga a «todos» —a los ancianos y a la congregación—, «todos revístanse de humildad en su trato mutuo, porque Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes» (1P 5:5). Las iglesias saludables están deseosas de revestirse de humildad en su trato con pastores que han liderado de una manera revestida de humildad. Tales pastores no son solo humildes en la teoría, sino que también en la práctica. Ellos están presentes en la vida de la iglesia y son accesibles. Invitan, aceptan y reciben al rebaño. No pretenden pastorear al rebaño de Dios en todo el mundo, sino que se centran en aquel «entre ustedes» (los asignados a su cargo) y se deleitan de estar entre ese rebaño, no apartados ni distantes.
2. Hombres que trabajan juntos
Una de las verdades más importantes que contar sobre el ministerio pastoral es que Cristo tiene el propósito de que este sea un trabajo en equipo, no un espectáculo de un solo hombre. Como en 1 Pedro 5, y así en cada contexto en el que se menciona a los pastores/ancianos de la iglesia local en el Nuevo Testamento, el título es plural. Solo Cristo se sienta en la cabeza de la iglesia como Señor. Él quiere que sus subpastores trabajen, y prosperen, como un equipo. Las iglesias maduras no quieren un líder intocable, encaramado encima de la iglesia en su púlpito, apartado a salvo de rendir cuentas y del intercambio turbulento de opiniones que conducen a la sabiduría. El tipo de pastores que anhelamos en esta era son buenos hombres con buenos amigos (amigos que los aman lo suficiente como para desafiar sus preferencias, para desafiarlos a ser honestos, y para hacer la vida más difícil y mejor al mismo tiempo, más incómoda y más fructífera a la vez).
3. Hombres que estén atentos y comprometidos
Los pastores también «velan[...] por él [rebaño]» (1P 5:2). No importa cuán frágiles hayan llegado a ser los humanos modernos, en lo profundo aún queremos líderes que no solo escuchen y que empoderen, sino que también sean proactivos y lideren. Aún queremos líderes que nos hablen la Palabra de Dios (Heb 13:7) y que en realidad hagan el trabajo difícil y costoso de guiar a los que han sido llamados. «Tengan cuidado de sí mismos y de toda la congregación, en medio de la cual el Espíritu Santo les ha hecho obispos para pastorear la iglesia de Dios [...]» (Hch 20:28). No importa cuán experimentados y dotados puedan ser los pastores, no son hombres conocidos por su amplia experiencia ni por su entendimiento administrativo. Al contrario, son conocidos como hombres del Libro; hombres para quienes tener la Palabra de Dios marca toda la diferencia en el liderazgo; hombres cuyo estilo de liderazgo se basa en la Biblia. La Biblia no es un suplemento; es central. Dios ha hablado; eso cambia todo. Queremos hombres que ejerzan gran influencia como maestros, no que insistan en controlar: «Tampoco como teniendo señorío sobre los que les han sido confiados, sino demostrando ser ejemplos del rebaño» (1P 5:3). Hombres que evidentemente sirvan a otros, no a sí mismos, con sus dones y autoridad. Hombres que en realidad lideren, no que solo ocupen puestos y cargos de autoridad. Hombres que no traten el cargo como privilegio, sino que como un llamado de Dios a morir a las comodidades y a la conveniencia personal para abrazar los caminos más difíciles. Hombres que ganan confianza, en lugar de presumirla. Hombres que, como dice Pedro, «pastoreen el rebaño de Dios» (1P 5:2), que no solo significa guiar y alimentar, establecer visión y comunicar, sino que también defender y proteger. Esto nos lleva a la cuarta cualidad.
4. Hombres que le hacen frente a las dificultades
La realidad aparece, para los líderes y las congregaciones, cuando llegan los días difíciles. Queremos el tipo de pastores que le hagan frente (no con fortaleza, necesariamente, aunque podría ser necesaria en alguna ocasión), sino que con aún más atención, con preguntas cuidadosas, con valientes consejos y continua enseñanza. En el conflicto, «el siervo del Señor» no debe solo ser amable y paciente, y corregir a quienes se le oponen tiernamente, sino que también debe «ser apto para enseñar» (2Ti 2:24-25). El pueblo de Dios no solo necesita enseñanza en tiempos de paz, sino que de igual manera los necesita en tiempos duros, e incluso más. Los buenos pastores están a la altura frente a la dificultad. El «por lo tanto» de Pedro en el verso 1 se refiere a lo que él acababa de decir en el verso previo (1P 4:19): «Así que los que sufren conforme a la voluntad de Dios, encomienden sus almas al fiel Creador, haciendo el bien». El contexto de la petición de Pedro a los ancianos es el sufrimiento. Es por eso que él se dirige a los ancianos después: cuando los tiempos son más duros, el peso cae especialmente sobre los ancianos. Y así debe ser. Los buenos pastores saben esto y viven esto. Cuando el estado del camino se torna duro, ellos están más presentes, no menos. Cuando emerge la incertidumbre, ellos están más atentos, no menos. No es que ellos deban estar seguros, o deban fingir estarlo, pero van adelante, lideran juntos, se apoyan en hermanos que están en la misma causa. No pretenden decir que su manera es la mejor o la única, pero al menos, con oración y consejo, proponen un camino a seguir. Cuando no saben qué hacer, saben qué hacer: miran a Dios (2Cr 20:12). Toman la iniciativa; corren el riesgo y se incomodan; superan su temor a equivocarse con el fin de cuidar a otros. Abrazar el llamado al liderazgo pastoral en la iglesia es abrazar el sufrimiento. Los pastores sufren en maneras como pastores que no sufrirían de otra manera. Sin embargo, lo hacen mirando la recompensa, la ganancia, la gloria que corresponde al trabajo, no avergonzados, sino puros: «Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, ustedes recibirán la corona inmarcesible de gloria» (1P 5:4), que nos lleva a nuestra cualidad final.
5. Hombres que disfrutan el trabajo
Las iglesias quieren pastores felices; no clérigos obedientes; no ministros quejumbrosos. El tipo de pastores que todos queremos es uno que quiere hacer el trabajo, que trabaja para nosotros con gozo. Queremos pastores que sirven «[...] no por obligación, sino voluntariamente, como quiere Dios [...]» (1P 5:2). Dios mismo quiere pastores que trabajan de corazón. Él quiere que ellos aspiren al trabajo (1Ti 3:1) y que lo hagan con gozo (Heb 13:17). No obedientemente ni obligado, sino que voluntaria, entusiasta y felizmente. Y no solo «como quiere Dios», sino «como Dios mismo lo hace» (literalmente, «de acuerdo con Dios», kata theon). El hecho de que Dios nos ordene a trabajar como Él lo haría, nos enseña algo sobre quién es Dios. Él es un Dios que actúa desde el gozo. Él quiere pastores que trabajan con gozo porque Él es así con nosotros. Él es un Dios que se glorifica más no por pura obligación, si no por el entusiasmo y el disfrute, y Él mismo se preocupa por las personas voluntaria, entusiasta y felizmente. Las iglesias conocen esto con profundidad: los pastores felices, no los ancianos quejumbrosos, contribuyen a iglesias felices. Los pastores que disfrutan el trabajo, y que trabajan con gozo, son un beneficio y una ventaja, para su congregación (Heb 13:17).

El capitán que todos queremos

Así son los pastores que todos queremos. Por supuesto, ningún hombre, y ningún equipo de hombres, encarnará esos sueños perfectamente; más bien, los hombres de Dios que aprenden a abrirse paso en sus tentaciones a paralizarse debido a sus imperfecciones. Ellos descansan felices en Cristo como el perfecto y gran Pastor de las ovejas, echan sus cargas sobre sus grandes hombros (1P 5:7), recuerdan que su Espíritu vive y obra en ellos, y luego dan el próximo valiente y humilde paso. Y a medida que los pastores aprenden a vivir para estos sueños realistas; aunque no perfectamente, pero progresando de verdad por el Espíritu, algunos aspectos de nuestra cultura de liderazgo quebrada será sanada. Al menos nuestras iglesias, sino nuestro mundo, aprenderá a dejar de lado su desconfianza y a disfrutar del regalo de Dios de buenos pastores/maestros.
David Mathis © 2020  Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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La Navidad no ignora tu dolor
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La Navidad no ignora tu dolor

Seamos honestos, no todo es alegre y festivo. Para algunos, este tiempo podría ser genuinamente el tiempo más maravilloso del año, pero todos sabemos en nuestro interior que no todo es alegre y festivo en este mundo (o en nosotros). En algunas Navidades, sentimos una carga y un peso más que en otras. Algunas personalidades optimistas pueden continuar celebrando la Navidad aun en las difíciles etapas de la vida, aparentemente impávidas. No obstante, para otros, todo el discurso de alegría y regocijo en Navidad puede provocar que nuestra aflicción se sienta aún más fuerte; nuestros dolores, aún más dolorosos. La vida normal ya es lo suficientemente dura. Es aún más difícil cuando todo el mundo parece estar cantando, tocando los cascabeles y fingiendo que de pronto todo es alegría. La presión de sentir la alegría de Navidad puede provocar que esa alegría sea más difícil de lograr. Sin embargo, la verdadera Navidad no ignora nuestro dolor. Cuando abrimos las páginas de la Escritura y vamos a esa primera Navidad, encontramos, sin duda, que no todo fue alegre y festivo. Los nuevos destellos de alegría que emergen caen contra el telón de fondo de la miseria y el desorden. Esos primeros rayos de resplandor brillaron en una tierra de profunda oscuridad. Por miles de años, el pueblo escogido de Dios había esperado el cumplimiento de sus promesas, y durante cuatrocientos años, aparentemente, Dios se había quedado en silencio, hasta que comenzó a llorar como un recién nacido en Belén. Medita en los dolores, miserias y temores de esa primera Navidad. 

María y José

En primer lugar, piensa en María. Sin duda, vino mucha emoción y expectativa con el anuncio del ángel, junto con una gran confusión y malentendidos. Pronto comenzaría a notarse en ella el embarazo. Comprometida, pero no casada. Pronto los ojos observadores de su natal Nazaret la convertirían en el tema de sus murmuraciones y juicios. Incluso tres décadas después, los enemigos de su hijo jugarían esa carta cuando se veían superados: «Nosotros no nacimos de fornicación» (Jn 8:41). Si Jesús no podía dejar atrás esos rumores, entonces cuánto más María. Piensa en José. Su prometida «se halló que había concebido» antes de su matrimonio (Mt 1:18). ¿Qué deshonra habría acompañado a esta noticia para él? ¿Cuán profundamente herido se habría sentido al descubrir que estaba embarazada? Ella parecía tan maravillosa, tan casta, tan favorecida por Dios. ¿Qué sueños fueron ciertamente destrozados? ¿Qué confusión él debió haber enfrentado, sin importar por cuánto tiempo se alargaron esas horas, entre descubrir su embarazo y la aparición del ángel más adelante en un sueño?
José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque el Niño que se ha engendrado en ella es del Espíritu Santo (Mt 1:20).
Confiar en la palabra del ángel consoló su propia alma, pero debió tener sus lapsus temporales. Y la palabra de su sueño no detendría el chisme en el pueblo.

El pecado que vino a tomar

Ahora bien, más significativo que el dolor de José y María es el dolor, el pecado, el sufrimiento y la ruina por los cuales Jesús vino. El ángel le declaró a José: «y le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1:21, [énfasis del autor]). Todo judío estaba de acuerdo con que el pueblo de Dios necesitaba salvación —de la ocupación y el dominio de Roma—. La venida de Cristo fue al menos un recordatorio de su subyugación política a los gentiles paganos. Sin embargo, el anuncio del ángel a José ni siquiera mencionó a Roma. El pueblo de Dios del primer pacto sin duda necesitaba salvación, de sus propios pecados, de la oscuridad y la corrupción dentro de ellos. Si el pueblo de Dios, sin mencionar a las naciones, no hubiese estado (tan desesperadamente) necesitado, no habría habido Navidad. Cristo no vino a montar un espectáculo ni a hacer un cameo en la historia. Él vino a traer vida a los muertos, a rescatar a los condenados, a sanar a los enfermos, a destruir las obras del diablo. Por siglos, la miseria y la oscuridad se habían agravado. Solo al venir a este depravado y desfigurado mundo, su llegada sería señal de esperanza para alguna alegría y festividad real.

La humilde Belén

Cuando llegó el tiempo de que el niño naciera, la ciudad de Belén sorpresivamente ofreció su propia modesta recepción. El ángel había dicho que este era el Mesías; el Rey esperado por tanto tiempo. Y sin embargo, no se veía ninguna bienvenida real en camino ni palacio ni Jerusalén. En cambio, a un poco más de 9 km hacia las afueras de la gran ciudad, se encontraba un pequeño pueblo, conocido por ser la humilde ciudad natal de David, el más grande rey de la nación que vivió hace miles de años (conocida no por su propia cualidad, sino porque era un lugar sorpresivamente humilde para que allí naciera un rey tan grandioso). Ya sea que fuera una posada como la conocemos o algo más parecido a un cuarto de huéspedes en una residencia privada (del griego kataluma; también aparece en Marcos 14:14 y Lucas 22:11), está claro que «no había lugar para ellos» allí (Lc 2:7). ¿Puede este ser realmente el Cristo y no haber lugar para Él? Así que María acostó a su primogénito en un pesebre. Ya sea que fuera el peor escenario o no, estaba claro que no era el ideal. Más humillación vino por quién no apareció (y por quién sí). Ningún dignatario local o nacional lo visitó, hasta donde sabemos. Un tiempo después, astrólogos extranjeros irían, lo que en ese tiempo podría haber sido tan confuso como animante. Sin duda, la visita y el asombro de los pastores, y la noticia de un impresionante anuncio angelical, tuvo que haber sido un tremendo aliento para la pareja. María atesoraba y meditaba en estas cosas, con gran gozo en su corazón (Lc 2:19). Y sin embargo, la visita de los esforzados pastores solo reforzó, dadas las promesas de que este era el Mesías, cuán largo, humilde y doloroso sería este camino para su gloria señalada hace mucho tiempo.

Una espada para traspasar tu alma

Para María, la conmoción debió haberla inundado después de haber dado a luz, cuando presentó a su hijo recién nacido en el templo. Un hombre anciano llamado Simeón confirmó su pensamiento de que este niño era el Cristo, pero entonces se volvió a ver a María a los ojos y pronunció una palabra aleccionadora y profética:
Este Niño ha sido puesto para caída y levantamiento de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción, y una espada traspasará aun tu propia alma, a fin de que sean revelados los pensamientos de muchos corazones (Lc 2:34-35).
Al ser su hijo el Cristo, no significaría inmunidad a la controversia, a los enemigos ni al gran dolor, sino precisamente lo contrario. María misma también experimentaría el dolor de «una espada [que] traspasará aun [su] propia alma». ¿Qué podría significar esto sino que vendría una gran tragedia? ¿Podría su propia alma ser traspasada por otra cosa más que su prematura muerte?

Herodes y la matanza

Finalmente, (y lo más espantoso en relación a esa primera Navidad) vino una de las más grandes tragedias en toda la Biblia. Docenas de bebés y niños pequeños, hasta los dos años, fueron arrancados de los brazos de sus padres y asesinados por un tirano inseguro y despiadado.  «Herodes [...] se enfureció en gran manera, y mandó matar a todos los niños que había en Belén y en todos sus alrededores, de dos años para abajo» (Mt 2:16). Este no era el sacrificio del culpable, como vemos de varias maneras a lo largo de la Escritura, sino como el del faraón que lanzaba recién nacidos israelitas al Nilo; esto era una matanza de inocentes. Oh, qué dolor vendría en el despertar de esa primera Navidad. Nuevamente, designando a un ángel, Dios rescató a su Hijo de esta matanza, con el fin de preservarlo para una futura y aún más espantosa muerte. José y María, aunque todavía tenían a su hijo, sufrirían el dolor y la incomodidad de huir a Egipto para salvar su vida del malvado rey (un viaje que otros padres habrían hecho felices a cambio de no perder a sus hijos). No obstante, el tiempo de María, como fue profetizado, vendría muy pronto. 

Una alegría más profunda que el dolor

La vida que vino al mundo esa primera Navidad no iba a ser fácil. Ni al nacer ni en la infancia ni en la adultez. De hecho, las palabras introductorias del Evangelio de Juan capturan un dolor particular que sería real en la vida completa de Jesús:
Él estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de Él, y el mundo no lo conoció. A lo suyo vino, y los suyos no lo recibieron (Jn 1:10-11).
Isaías había profetizado que el Cristo sería despreciado y rechazado, y lo fue; que sería un varón de dolores y experimentado en aflicción, y sin duda lo fue (Is 53:3). Pero esta vida, por más dolorosa y desafiante que fuera, no era ajena a la profundísima alegría que sostendría al Varón de Dolores.

La alegría vendrá

La gran alegría que los ángeles anunciaron en esa primera Navidad puede sostenernos a nosotros también. La Navidad no ignora nuestros muchos dolores; tampoco nos deja revolcándonos en ellos. La Navidad los toma en serio, más en serio que cualquier otra celebración y nos recuerda que nuestro Dios ha visto nuestro dolor y ha escuchado nuestros gritos de auxilio (como en Éxodo 2:23-25; 3:7-9; 6:5), y Él mismo ha venido a liberarnos.  La Navidad, en esta era, no nos garantiza la alegría y la festividad. No aún. Sin embargo, sí promete que la alegría y la festividad están llegando. La Navidad, a lo sumo, nos da un vistazo de la alegría inflexible que viene y, a medida que la vislumbramos, incluso desde lejos, tenemos un anticipo. Como el apóstol Pablo, y el Varón de Dolores mismo, estamos «entristecidos, pero siempre gozosos» (2Co 6:10). Es posible que estemos abrumadoramente tristes en Navidad y, sin embargo, en Cristo, por su Espíritu, Dios puede darnos los medios para alegrarnos.
David Mathis © 2019 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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Dios envuelto en pañales
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Dios envuelto en pañales

Esto les servirá de señal: hallarán a un Niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre (Lc 2:12).
No sabía lo que era envolver a un bebé en pañales hasta que me convertí en padre. Durante treinta años, escuché la historia de la Navidad año tras año, asumiendo que «envuelto en pañales» expresaba la pobreza en la que Jesús nació. Pensé que debía significar algo como «gastado». Nacido y criado en la década de los 80, los niños Mathis dormíamos boca abajo. Como el mayor de cuatro, observé el cuidado que mis hermanas menores recibieron en su infancia. Mi madre siguió el consejo del día y nos hacía dormir boca abajo. Nadie dormía envuelto en pañales en nuestra casa. Sin embargo, aparentemente la sabiduría convencional cambió en la década de los 90, y retornó a lo que había sido practicado en la mayoría de las ocasiones y lugares a lo largo de la historia. La «nueva» recomendación para hacer dormir a los bebés, a fin de evitar el síndrome de muerte súbita del lactante, era «boca arriba», de espalda (y la práctica de envolver al bebé en pañales hizo su feroz regreso). En la última década, mi esposa y yo envolvimos en pañales a nuestros gemelos durante sus primeros meses de vida, y luego a nuestras dos hijas que llegaron después de ellos. En el proceso, la antigua frase «envuelto en pañales» que tanto escuché en la historia del nacimiento de Jesús comenzó a tener más sentido y a adquirir un serio significado.

Acostado en un pesebre

Lucas es el único Evangelio que menciona este específico detalle, y lo hace dos veces en un par de versos. Sabemos que María «dio a luz a su Hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre» (Lc 2:7, [énfasis del autor]). Lucas relata que los pastores le cuentan a María y a José los detalles que recibieron de los ángeles para ayudarlos a encontrar al Niño: «Esto les servirá de señal: hallarán a un Niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2:12, [énfasis del autor]). Además de saber que había «nacido hoy, en la ciudad de David» (Lc 2:11) —es decir, el «pueblito» de Belén—, esto es todo lo que los pastores tenían para seguir el camino: ciudad, envuelto en pañales, pesebre. No hay mención de una estrella que guiara su camino hasta donde estaba el Niño Jesús, como ocurrió con los reyes magos. La principal coordenada era Belén, no era una gran ciudad, sino un pueblo cercano, de moderado tamaño. No tomaría mucho tiempo preguntar si alguien sabía de un recién nacido. El detalle que confirmaría a quién buscaban sería que el bebé estaría acostado en un pesebre; algo inconfundible. Lucas reporta eso como un detalle clave que confirmaría que la búsqueda de los pastores había terminado: «hallaron a María y a José, y al Niño acostado en el pesebre» (Lc 2:16, [énfasis del autor]).

Envuelto en pañales

¿Por qué, entonces, menciona que estaría envuelto en pañales? A diferencia del pesebre, esto no era único ni confirmatorio en lo absoluto. Hasta lo que sabemos, todo recién nacido habría estado envuelto en pañales. El cuidado de los judíos del primer siglo por los recién nacidos estaba en sintonía con la práctica típica a lo largo de las edades y alrededor del mundo. Envolver en pañales a los bebés era «la práctica normal de las madres judías», según el difunto comentarista de Lucas, Grant Osborne. «Estas eran largas tiras de tela envueltas alrededor del niño para mantener las extremidades derechas y quietas. El propósito era mantenerlos seguros y darles estabilidad» (67). «Envolver con ropa las frágiles extremidades de los bebés», escribe Darrell Bock, «era muy común en el mundo antiguo para protegerlos y propiciar un sano desarrollo». Una práctica que según James Edwards: «continúa aún hoy en aldeas en Siria y Palestina» y Estados Unidos. Envolver en pañales no es solo una práctica «antigua» en la actualidad, también lo habría sido para María y José. Al menos seis siglos antes de Cristo, esta práctica era un cuidado común que se les daba a los bebés, y de este modo, una imagen profética poderosa respecto al estado lejano del pueblo de Dios a pesar de haber sido escogidos por Él:
En cuanto a tu nacimiento, el día que naciste no fue cortado tu cordón umbilical, ni fuiste lavada con agua para limpiarte; no fuiste frotada con sal, ni envuelta en pañales (Ez 16:4).
Ezequiel nos da este atisbo adicional sobre el cuidado antiguo de los recién nacidos: cortar el cordón, lavar con agua, frotar con sal y envolver en pañales. A diferencia de la imagen de Israel en su indefensión, los bebés que eran queridos y cuidados eran lavados y envueltos en pañales.

¿Por qué envueltos?

El propósito de envolver, como hemos visto, era proveer protección, seguridad y estabilidad a un débil recién nacido. Sin embargo, la principal importancia del reporte de detalles que nos da Lucas es lo común que era envolver a los bebés en pañales. Jesús era como cualquier otro bebé. Envolverlo era un cuidado estándar que se les daba. Y Jesús era, de esta manera, un estándar, muy típico de recién nacido bajo el cuidado de padres amorosos. Los pañales con los que fue envuelto no eran una marca de pobreza (para esto, ver las dos tórtolas de Lucas 2:24, según la provisión de Levítico 12:8 para los pobres). En lugar de ello, los pañales son una marca de lo común de su humanidad recién nacida. Dios mismo encarna la misma fragilidad e indefensión que cada uno de nosotros experimentó al nacer. Por fin, el Cristo tan esperado había llegado, y llegó así; así de dependiente de su madre humana y de su padre humano; así de débil y vulnerable; así de inseguro y frágil al momento de dejar el vientre de su madre. La plenitud de Dios en un bebé indefenso, no pudo siquiera controlar sus extremidades lo suficiente para mantenerse dormido. Él está así de necesitado de calor y protección; de ser calmado y tranquilizado. Él es así de humano, completamente humano, y así comenzó el viaje de la vida humana como el resto de nosotros (desde óvulo a cigoto, a embrión, a feto, a recién nacido) con toda la debilidad y fragilidad relacionada. Él es así de normal: envuelto en pañales.

Solo el comienzo de su humillación

Y sin embargo, Él no es normal. Este recién nacido estaba acostado en un pesebre. Mientras que estar envuelto en pañales enfatiza lo común que era, el pesebre señala lo extraordinario. Este Cristo Niño es inesperadamente típico, y sorpresivamente distinto. Él es normal y, sin embargo, no lo es. Él es completamente humano y, sin embargo, es más que otros meros humanos. Apartado antes de que comenzaran las edades, aquí estaba acostado: en un comedero de animales. «La venida del Hijo de Dios encarnado», comenta Bock, «se presta a un estudio de contrastes entre cómo procede Dios y cómo lo hubiéramos hecho nosotros». Sin duda es así. Desde la concepción de la Vírgen, a padres de un estrato social bajo, a un pequeño pueblo, a visitas indignas y ahora el pesebre, Dios hace como ningún humano lo hubiera planeado. El Niño nació para morir. Él «se despojó a sí mismo [no al quitar divinidad, sino que al añadir humanidad] tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, se humilló Él mismo...» (Fil 2:7-8, [énfasis del autor]). Ya, acostado en un pesebre, de todos los lugares en lo que podría haber estado, está en el largo camino de tres décadas a la cruz. Él no aborrece el vientre de la Virgen, ni nuestra humanidad, ni el lugar donde se alimentan los animales, tampoco el camino del sufrimiento, sino que «[se hizo] obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Fil 2:8).

Envuelto una última vez

Envuelto en pañales en el pesebre no sería la última vez que este cuerpo humano sería atado. Cuando el día de su arresto llegara, sería atado (Jn 18:12), y lo llevarían así, atado, de un juicio injusto a otro (Mt 27:2; Mr 15:1; Jn 18:24). Aún más indefenso que un niño envuelto en pañales, estaría el Hombre Jesucristo con cadenas de hierro en sus manos y pies, aún más después: las ataduras, con clavos, de sus manos y pies en la cruz. Ser envuelto en pañales al nacer no sería la última vez que leemos en los Evangelios sobre el Hijo encarnado siendo envuelto en telas. Después de su muerte, sería envuelto nuevamente, esta vez en lino. Entre los sinópticos, solo Lucas (que menciona que es envuelto) lleva la atención a las telas de la tumba: «Pero Pedro se levantó y corrió al sepulcro. Inclinándose para mirar adentro, vio solo las envolturas de lino, y se fue a su casa maravillado de lo que había acontecido» (Lc 24:12) [énfasis del autor]. El bebé en el pesebre no se quedaría envuelto; su cuerpo crucificado no permanecería muerto. Él entró a la realidad envuelta en pañales, atada, débil y frágil de nuestra existencia humana y nos llevó junto con Él, incluso en nuestra finitud, a la infinitud de la eternidad y a la venida de un nuevo mundo. Él no está muerto; ha resucitado. Aquel que fue envuelto en pañales, como nosotros, ahora es el Rey humano del universo. Y sin embargo, todo comenzó en Belén, en dulzura y mansedumbre. Aquel que vendría del cielo a salvarnos debe ser verdaderamente como nosotros. Aquel que abriría el camino a la misma presencia de Dios debe ser como nosotros en todo aspecto. Entonces nos maravillamos tanto de la normalidad de su humanidad envuelta en pañales como del susurro de su inusual pesebre en este singular Niño de Navidad.
David Mathis © 2019 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.Traducción: María José Ojeda
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Aprovecha la mañana
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Aprovecha la mañana

¿Hay algún hábito que sea más importante que llevar regularmente tu alma a escuchar a Dios? Junto con los hábitos naturales básicos e inevitables como respirar, comer y dormir hay un hábito sobrenatural que se destaca de todos los demás para el bienestar de nuestra vida, salud y crecimiento espirituales en un nuevo año: escuchar la voz de Dios en su Palabra. El primero, y el más fundamental medio de gracia de Dios para la vida cristiana, es su Palabra para nosotros tal como la encontramos en el Evangelio y en la Escritura. Tener el oído atento de Dios en la oración, a causa de Cristo, es el resultado de la autorrevelación de Dios en su Palabra, encarnada y escrita. Y pertenecer a su cuerpo en la comunidad de los hermanos de nuestra iglesia, es una realidad creada y sostenida por la Palabra de Dios. Tan vital como lo son la oración y la comunidad de hermanos, así toda vida, salud y crecimiento espirituales comienzan con la Palabra de Dios, igual como la creación (Gn 1:3).

El primer y más importante hábito

¿Hay algo más apropiado, entonces, que comenzar cada día del nuevo año con la Palabra de Dios? La Biblia no nos ordena tener lo que hoy llamamos «tiempo devocional». Tampoco especifica que debemos leer nuestras Biblias a primera hora de la mañana. De hecho, el concepto de que los cristianos tengan sus propias copias de la Escritura para su lectura personal, es un fenómeno bastante reciente en la historia de la iglesia. De manera que, estando al comienzo del año, estamos hablando de una oportunidad, no de una obligación. Para nosotros, los cristianos, llevar nuestras almas a escuchar la voz de Dios en su Palabra es tan fundamental como dormir, comer e incluso respirar. Nuestro propio Salvador, quien fue completamente humano, dijo citando Deuteronomio 8:3: «No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4:4). Si Jesús necesitó las palabras reveladas de su Padre para el diario vivir en la carne, ¿cuánto más sus hermanos caídos?

Crece en gracia o te alejarás

En dos oportunidades el apóstol Pedro les escribe a sus lectores animándoles a crecer. La segunda vez ocurre en sus palabras finales al término de su segunda carta en el último versículo.
Por tanto, amados, [...] estén en guardia, no sea que arrastrados por el error de hombres libertinos, caigan de su firmeza. Antes bien, crezcan en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A Él sea la gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén (2P 3:17-18).
Observen primero la separación. Los «amados» hermanos creyentes de Pedro están siendo arrastrados o cayendo de su firmeza (versículo 17), o están creciendo en la gracia y el conocimiento de Cristo (versículo 18). Estar inactivo no es una alternativa. No hay neutralidad en la vida cristiana ya sea en esa época o en el año que viene. Retrocedemos o progresamos en la fe. Caemos de nuestra firmeza o ganamos madurez. Decrecemos o crecemos. Entonces, la pregunta más importante ahora al principio de un nuevo año es, ¿cómo? Queremos crecer, ¿no? No queremos ni retroceder ni volver a caer ni ser arrastrados ni perder nuestra posición de seguridad y firmeza. Por el contrario, queremos crecer en la gracia de Cristo y en el conocimiento de Dios (Col 1:10). Y también crecer en nuestro conocimiento de Él (Jn 17:3; Fil 3:10). Dinos, Pedro, por favor, ¿cómo podemos crecer este año?

Prueba su bondad

Solo en otra parte en sus dos cartas Pedro usa este mismo verbo crecer:
Por tanto, desechando toda malicia, y todo engaño, e hipocresías, y envidias y toda difamación, deseen como niños recién nacidos, la leche pura de la Palabra, para que por ella crezcan para salvación, si es que han probado la bondad del Señor (1P 2:1-3 [énfasis del autor]).
En este caso, la «salvación» no es algo que los lectores de Pedro ya hayan alcanzado (a diferencia de los efesios en Ef 2:5, 8), sino algo en lo que están creciendo, al ser fieles y obedientes. Es como lo que Pablo afirma en Filipenses 2:12 cuando dice que nuestra salvación no es por obras pero sí que debemos ocuparnos en nuestra salvación con temor y temblor. Esto significa que esta «leche pura de la Palabra» que Pedro menciona juega un papel realmente importante en nuestra salvación final. ¿Qué es, entonces, esta «leche pura de la Palabra» que no solo tomamos sino que también anhelamos? ¿Dónde es que probamos que Dios es bueno? Tal como los versículos anteriores dejan en claro, la respuesta es «la Palabra de Dios que vive y permanece» (1P 1:23), que es «la Palabra que a ustedes les fue predicada» (1P 1:25). Dicho de otro modo, la clave para la vida, la salud y el crecimiento espiritual (la leche espiritual pura) es la autorrevelación de Dios en sus Palabras por medio de sus profetas inspirados, la cual culmina en la Palabra del Evangelio acerca de su Hijo, de la cual dan testimonio sus apóstoles inspirados. La leche espiritual pura por la cual los cristianos crecen para salvación, son las palabras vivas y permanentes de Dios en la Biblia, en la cual el Evangelio de Jesucristo es el centro y corazón mismo.

Aprovecha (los primeros momentos de) la mañana

Lo que hacemos entre los primeros quince y treinta minutos de cada mañana, es indudablemente muy revelador: revela dónde están realmente nuestros tesoros así como también  la dirección de los deseos y de las decisiones que guiarán nuestro día y, con el paso del tiempo, nuestra vida. Por lo tanto, aunque la Biblia no ordena tener devocionales matutinos es aconsejable que los cristianos consideren empezar cada día con la Biblia. ¿Qué otros pequeños pasos, junto con las sugerencias que siguen a continuación, puedes dar como resolución para que en este nuevo año puedas leer más tu Biblia?

REVISA TUS HÁBITOS MATUTINOS

Como bien escribió Alexander Hamilton: «El hombre es en gran medida una criatura de hábitos». Especialmente, quizás, a primera hora de la mañana. La relativamente nueva «ciencia del hábito» nos puede ayudar con esto. Como Jerome Groopman explica al escribir sobre hábitos en The New Yorker, y citando a la escritora Wendy Wood:
Nuestras mentes tienen «múltiples mecanismos separados pero interconectados que guían nuestro comportamiento». Pero solo somos conscientes de nuestra habilidad para tomar decisiones, un fenómeno llamado «ilusión introspectiva», y puede ser que por eso sobreestimamos su poder[1].
En otras palabras, debido a que nuestros pensamientos conscientes solo dirigen una cantidad limitada de nuestros comportamientos (y, como era de esperar, somos muy conscientes de nuestra conciencia) tendemos a sobreestimar nuestra fuerza de voluntad. Aparte de la formación de nuevos hábitos, las resoluciones del Año Nuevo probablemente no se harán realidad en el nuevo año. Una buena manera de empezar, es siendo honesto sobre cuáles son tus hábitos actuales. Pregúntate a ti mismo, ¿cuáles son mis hábitos matutinos? ¿Qué es lo típico que hago entre los primeros quince y treinta minutos de cada día? ¿Cuál es mi rutina matutina, no en forma ideal sino práctica? ¿Cuál es la secuencia de lo que realmente hago a primera hora de la mañana?

IDENTIFICA EL COSTO

Los hábitos nuevos no suelen resultar fáciles. No llegan «gratis». Conllevan algunos costos. Los hábitos nuevos e importantes no suelen incorporarse a los actuales con facilidad. Tienen que desplazar a los antiguos. De acuerdo con Groopman: «la clave no es romper un hábito mediante la fuerza de voluntad sino reemplazarlo con otro»[2]. En cuanto a tus mañanas, toma decisiones a conciencia para hacer cambios concretos que guíen tu subconsciente en tu mundo. Así que pregúntate: ¿cómo puedo meterme en la Palabra de Dios desde el primer momento de cada día? ¿Qué puede esperar hasta más tarde o qué puedo eliminar completamente para dedicarme a lo que es más importante?

CREA OBSTÁCULOS A LO MALO

Después de identificar los malos hábitos que no te permiten hacer lo que es más importante, haz planes concretos para combatirlos. Crea una «fricción» entre los malos hábitos de revisar tu correo electrónico o distraerte contestando textos o notificaciones; encender el televisor; leer algo menos importante. Haz que todos ellos se vuelvan inconvenientes. Toma las medidas necesarias para apartarte o alejarte de lo que sea que te está impidiendo dedicarte a la Biblia.

INCENTIVA LO BUENO

Leer la Biblia no es una tarea rutinaria y no hay mérito alguno en hacer que esos momentos sean lo más desagradables posible. Identifica un espacio acogedor, piensa en  sonidos propicios (ya sea el silencio o música favorita) y «date el gusto», dentro de lo razonable, de adquirir el hábito de ir a la Palabra de Dios a primera hora de la mañana. Al hacerlo, por supuesto, queremos desarrollar un paladar que cada vez más saboree y disfrute la bondad de Dios en su Palabra, de modo que el verdadero incentivo y la mayor recompensa sea conocerlo y disfrutarlo a Él.

Dios da el crecimiento

Cualesquiera que sean las pequeñas medidas adicionales que podamos intentar en la formación de hábitos, son solo complementos. Al fin y al cabo, la Palabra de Dios es sobrenatural, y probar su bondad va más allá de nuestras habilidades naturales. No podemos cultivar un apetito sobrenatural a través de hábitos naturales solamente. Para aquellos que, especialmente al inicio de un nuevo año, estamos decididos a hacer que el acceso diario y constante a la Palabra de Dios sea vital en este nuevo año y en el resto de nuestras vidas, miremos en y a través de nuestros esfuerzos y estrategias a Dios mismo como el que da el crecimiento (1Co 3:6-7), si es crecimiento real. Él es el que hace crecer nuestra fe (2Co 10:15) y su iglesia (Hch 6:7; 12:24; 19:20) por medio de su Palabra, y es el que está listo para hacer que su Evangelio dé fruto y crezca en nuestras vidas (Col 1:6, 10).
David Mathis © 2019 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. Traducción: Marcela Basualto

[1] N. del T.: traducción propia.

[2] N. del T.:  traducción propia.

 
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Ningún adolescente es un caso perdido
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Ningún adolescente es un caso perdido

Si hubieses visitado la iglesia en la que crecí, una de las primeras cosas que habrías notado hubiese sido al adolescente durmiendo en la primera fila de asientos, aburrido y sin vida durante todo el servicio (un servicio en el que su papá predicaba). Ese adolescente era yo. Crecí en un fuerte hogar cristiano, pero en mi adolescencia le di la espalda a Dios y quería que mis padres me dejaran solo. Por muchos años, mis padres pensaron que me habían perdido para siempre. Sin embargo, finalmente, Dios atravesó mi necio corazón. Él usó la respuesta de mi rebelión a mis padres para rescatarme de mi pecado y «la gracia de nuestro Señor fue más que abundante» (1Ti 1:14). Hay más gracia en Cristo de lo que hay pecado en los más grandes pródigos. Por lo tanto, los padres nunca deben perder la esperanza. Yo soy prueba de que no existe adolescente que esté fuera del alcance de la salvación de Dios.

La vida en la camioneta

Mi papá y mi mamá habían esperado, como todos lo padres, que nuestra familia fuera muy unida en mis años de adolescente. Pronto se dieron cuenta de que eso no iba a suceder. Ante sus ojos, el niño que una vez fue muy sensible a las cosas de Dios (el niño que mostró interés en la Biblia y bailaba con su madre en la iglesia) caía en rebelión. Durante ese tiempo, definía a Dios en mis propios términos. Pensaba en Dios de una manera en la que Él se transformó en un ser irrelevante: un dios que me dejó solo y no tenía opiniones fuertes sobre los detalles de mi vida. Le dije a mis padres que quería tener remordimientos. Hice mi ambición arruinar los tiempos juntos como familia. En las conversaciones con mis padres, mi objetivo era molestar a mi papá y hacer llorar a mi mamá. Me aparté de mis padres, distanciandome emocional y físicamente. Donde fuera mi familia, ya sea de vacaciones familiares, reuniones familiares o de visita a amigos, me quedaba en la camioneta solo. Nunca la dejaron andando, pero me quedaba ahí durante días. Un verano, mis padres ahorraron y llevaron a la familia de vacaciones para ir a algunos parques nacionales. En un lugar al que fuimos había una vista impresionante en Janny Lake en Wyoming. Es un esplendoroso y claro lago azul con las montañas Grand Teton elevándose en el fondo y reflejándose completamente en el color del lago. Verdaderamente maravilloso. O así me contaron. Solo he visto la postal porque, en mi terquedad y necedad, yo estaba en la camioneta.

El encuentro con el corazón de Dios

Mi deseo en la vida era que me dejaran solo. Afortunadamente, nadie lo hizo. Mis padres y la gracia incesante de Dios no me dejaron solo. Incluso cuando estaba en la condición más miserable, nunca pude poner en duda el amor de mis padres. Mis padres buscaron consejo en otras personas de la iglesia respecto a cómo relacionarse conmigo. Oraron por mí frecuentemente, porque sabían que aunque no había nada que ellos pudieran hacer para cambiar mi corazón, Dios es poderoso para salvar. En lugar de dejarme solo, ellos se acercaron a mí. Establecieron momentos regulares para juntarse conmigo y hacerme preguntas para sacarme de mí mismo. Ellos intentaban disfrutar mi compañía, aun cuando yo estaba decidido a hacerlo difícil. Enfrentaron mi pecado y mi ensimismamiento con misericordia y bondad. A menudo, me comunicaban su amor por mí. No se dieron por vencidos creyendo en el poder de la gracia. A medida que pasaban las semanas, los meses y los años, nada parecía hacer una diferencia. No había fruto y a mis padres les parecía que no existía nada que fuera remotamente útil. No obstante, cuando miro en el tiempo hacia atrás, veo a mis padres confiando en Dios, sembrando fielmente y amándome cuando estaba en mi peor momento, veo cómo llegué a comprender verdaderamente el amor de Dios por mí a través del amor que me mostraron.

Un cambio activado

No hubo nada nuevo o diferente que mis padres hayan hecho que Dios haya usado para rescatarme. En agosto de 1997, estábamos de vacaciones en Florida, y mis padres sabían que andaríamos mucho en automóvil como familia. Así que prepararon algunas preguntas de discusión basadas en un material que leíamos. Después supe que prepararon para ese viaje 76 preguntas escritas a mano para seleccionar cada vez que hubiera una oportunidad. Milagrosamente, Dios usó una conversación común y corriente en esas vacaciones para abrir mis ojos y ver mi pecado, la necesidad de arrepentirme y la urgencia de confiar en Cristo. Más tarde, mi papá comentó: «de pronto, está este viaje y está este cambio». Él dijo: «pareciera que se hubiera activado un cambio». Bueno, eso fue exactamente lo que había pasado. Se había activado un cambio en mi corazón. En el momento, no podía haber expresado lo que había sucedido. No había lágrimas, no había confesión de pecado, no oré con mis padres. Sin embargo, algo había pasado en mi corazón.

No te rindas

Dios me convenció de pecado, hizo a Cristo maravillosamente real para mí y me dio un deseo de vivir para Él. El Dios que dijo: «De las tinieblas resplandecerá la luz», brilló en mi corazón y me dio la «iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Cristo» (2Co 4:6). Y mi vida nunca sería igual. La historia de mi vida es una que amo contar porque celebra el triunfo de la gracia de Dios. Padres, no se den por vencidos. Sigan orando y amando al pródigo en sus vidas. Recuerden que nuestro Señor ama a tus hijos aun más de lo que ustedes los aman. «Lo imposible para los hombres es posible para Dios» (Lc 18:27). Cristo «ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido» (Lc 19:10) y Él continúa trayendo pródigos a casa. Porque Cristo reina con poder y amor, podemos estar confiados de que no existen casos perdidos.
David Mathis © 2019 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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Cómo los pastores ganan (o pierden) nuestro respeto
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Cómo los pastores ganan (o pierden) nuestro respeto

De los quince requisitos hechos a los ancianos en 1 Timoteo 3:1-7, uno en particular podría ser el menos entendido de todos: «el obispo debe ser [...] respetable» (1Ti 3:2, NVI [énfasis del autor]). ¿Qué significa para un pastor ser «respetable»? ¿Acaso esto no dificulta bastante una simple lista de requisitos espirituales? En primer lugar, Cristo no solo llama a los pastores a ser «respetables» (1Ti 3:2), sino que llama a todos los cristianos a vivir «con toda piedad y dignidad» (1Ti 2:2). En líneas generales, ser respetables y la dignidad son sinónimos. Una manera en que Cristo muestra que toma en serio que sus seguidores sean «respetables» es al requerir esta virtud de sus subpastores. Cristo tiene el propósito de que los pastores, ancianos y obispos de su iglesia —tres términos para el único cargo de enseñanza (Hch 20:17, 28; 1P 5:2-1: Tit 1:5-7)— vivan, enseñen y sirvan como ejemplos para el rebaño (1P 5:3). Los pastores deben ser respetables, no solo para ayudar al rebaño en su llamado a respetar a sus líderes (1Ts 5:12), sino que también para modelar el tipo de dignidad que la iglesia debe manifestar al mundo. Pablo menciona la «dignidad» de nuevo en la manera en que un pastor cría (1Ti 3:4), también como requisito tanto para los diáconos como para sus esposas (1Ti 3:8, 11). Cristo llama a su iglesia a respetar a sus líderes, y llama a sus líderes a hacer su parte en ser respetables.

¿Qué es la respetabilidad?

Entonces, ¿qué significa para un pastor ser «respetable»? Un comentarista dice que «comunica las ideas de “seriedad” y de “lo apropiado”» (Towner, 170 [solo en inglés]). Expone un tipo de «vida ordenada» (Guthrie, 92 [solo en inglés]) que tranquiliza a los demás y engendra confianza. Según John Piper: «la idea parece ser la de no infringir las normas sociales: una persona que se comporta adecuadamente en situaciones para no ofender innecesariamente». Ser respetable ama a los demás al no ser rudo (1Co 13:5). El tipo de dignidad o de comportamiento respetable a la que Dios llama a su pueblo no es simplemente apariencia externa, palabras y comportamiento, sino una manifestación de la virtud interior. Es una cualidad sutil que manifiesta estabilidad interna y no apariencia externa. Provoca respeto y demuestra ser digna de confianza. El comportamiento respetable a menudo va acompañado del enfoque interno del dominio propio (como en Tit 2:2; Mounce, 173 [solo en inglés]), y el dominio propio y la conducta respetable completan juntos «un cuadro de comportamiento honorable y digno» (Towner, 252 [solo en inglés]). Los buenos pastores, y los cristianos que están madurando, querrán hacerse esta pregunta: «¿vivo y hablo de tal manera que ayuda a los demás a tomarme a mí y a mi Señor en serio? ¿La manera en que me comporto en la iglesia, y en el mundo, prepara a otros para que experimenten «un serio gozo» en Jesús gracias a mí? ¿O socavo innecesariamente el valor de Dios al hablar, vestirme y comportarme como un necio?». Reconocemos la diferencia entre ser respeta-dos y ser respeta-bles. No se nos ordena ser respetados; eso escapa a nuestro control, pero sí podemos ser respetables. Los buenos líderes, a partir del amor que tienen por su congregación, cultivan y mantienen un tipo de «dignidad» humilde y piadosa que fomenta, no obstaculiza, el respeto de otros. Ellos facilitan, no dificultan, que el rebaño los tome en serio. Como colaboradores en vuestro gozo (2Co 1:24), los pastores quieren ayudar, no entorpecer, a la iglesia a medida que ella cumple su parte del baile: obedecer y someterse a sus pastores de tal manera que les «permita[mos] que [...] hagan [su trabajo] con alegría y no quejándose», para el beneficio de la iglesia (Heb 13:17).

Comentarios, vestimentas y acciones

Prácticamente, ¿qué forma toma esa «conducta respetable» o santa dignidad? El Nuevo Testamento nos da al menos tres aspectos a mantener en mente, comenzando con nuestras palabras.

Cómo hablamos

La respetabilidad incluye nuestra manera de hablar, desde el escenario, en conversaciones y hasta las palabras que publicamos para el mundo a través de las redes sociales. En particular, los pastores se muestran o no con una conducta respetable por medio de su enseñanza. «[...] Hazlo con integridad y seriedad, y con un mensaje sano e intachable [...]» (Tit 2:7-8, NVI). El pastor malhablado puede provocar una breve oleada de entusiasmo por oponerse a la tradición pero la atracción pronto se agotará. El discurso indigno no es receta para la estabilidad, la salud y la confianza a largo plazo en el púlpito o en una persona, en la oficina o en el vecindario. Cuando Pablo requiere «dignidad» de los diáconos y de sus esposas, contrasta esta palabra dos veces con otras: «ser dignos, de una sola palabra» y «ser dignas, no calumniadoras» (1Ti 3:8, 11). Predicar y enseñar la Palabra de Dios fiel y convincentemente es el centro para que el pastor gane (o pierda) la confianza y el respeto de su congregación. Ser respetable va más allá de nuestras palabras y de nuestra enseñanza, pero para los pastores-maestros «maneja[r] con precisión la palabra de verdad» (2Ti 2:15) es lo primero.

Cómo nos vestimos

Ser respetable también se relaciona, inevitablemente, con cómo nos vestimos. La única otra aparición de la palabra exacta para «respetable» en 1 Timoteo 3:2 (del griego kosmios) viene un par de oraciones antes: «Asimismo, que las mujeres se vistan con ropa decorosa, con pudor y modestia [...]» (1Ti 2:9, [énfasis del autor]). La manera en que nos vestimos, en relación a las expectativas y normas sociales, provoca respeto o lo socava. Y Dios quiere que su pueblo, comenzando con los líderes, sean el tipo de personas que, tanto en asuntos primordiales como secundarios, busquen hacer que el respeto sea fácil para otros, no más difícil. Es al menos juvenil, si no ensimismado, intentar captar atención especial, ya sea positiva o negativamente, por la manera en que nos vestimos. El amor y la madurez nos llevan a considerar a los demás de todo corazón y a tratar, dentro de lo razonable, de hacerlos sentir cómodos en lugar de impresionarlos, ofenderlos, distraerlos o seducirlos.

Cómo vivimos

Más que meros comentarios y ropa, la manera en que vivimos nuestra vida cultiva o no respeto y confianza. La manera en que tratamos a los miembros de nuestra familia, con los cuales podríamos bajar la guardia más rápido, demuestra dignidad o la falta de ella (1Ti 3:4). La manera en que tratamos a nuestros hermanos y hermanas en Cristo (Jesús lo llamó «amor») le mostrará al mundo si le pertenecemos o no (Jn 13:35). Y la manera en que nos relacionamos con «los de afuera» —ya sea «honradamente» o no (1Ts 4:12), «sabiamente» o con insensatez (Col 4:5)— les demuestra a otros si es que somos dignos de su respeto. Con nuestras palabras, vestimenta y acciones, comunicamos un descanso, una seguridad y una estabilidad interna; o una necesidad interior. Hacemos evidente si es que nuestros corazones están satisfechos en Dios y listos para rebosar a fin de cubrir las necesidades de otros, o no. Nos mostramos como hambrientos de atención o entusiasmados por darle nuestra atención a otros. La humildad demuestra preocupación por otros, mientras nuestra ostentación externa transmite un vacío interior que duele por ser llenado.

Olemos a falsedad

Insistir que nuestros pastores sean «respetables» y llamar a todos los cristianos a cultivar «dignidad» levanta la siguiente pregunta: ¿acaso esos estándares no nos harán centrarnos demasiado en lo externo? ¿Acaso nuestro Dios no ve las cosas de manera diferente? «[...] El hombre mira la apariencia exterior, pero el Señor mira el corazón» (1S 16:7). Dado el énfasis interno de nuestra fe, ¿no es acaso un requisito extraño para el liderazgo y una aspiración rara para los cristianos, más que para cualquiera? Sin duda, Dios sí mira el corazón, pero nuestros pares no tienen la visión de nuestro Creador. Vivir de una manera «respetable» no debe ser un acto hacia a Dios para ganar su favor, sino que una presentación modesta hacia otros que nace de un corazón de amor. La verdadera «respetabilidad» no es un objetivo en la vida, si no un efecto natural de dominio propio. Les entrega una visión externa a otros de la madurez interna que Dios ve; es Él mismo obrando en nosotros. La verdadera dignidad no es algo que se ponga en escena o algo que te pongas encima. Y cuando es así, no toma mucho tiempo para que huela a falsificación. Todos sabemos que existe un tipo de dignidad fingida que no es natural para la madurez de la persona, pero que se monta para un espectáculo, normalmente para compensar alguna inseguridad o deficiencia percibida. Tal «dignidad» no es producida por un corazón satisfecho en Dios, que busca llevar paz a otros, sino por un estómago inquieto y rugiente que busca llenarse con la atención y la aprobación de los demás. La dignidad falsa es egoísta en lugar de desinteresada. Se viste, actúa y «alza» la voz para protegerse y situarse sobre otros. Sin embargo, la dignidad desinteresada sirve. Viene de lo alto para vincularse con otros, para levantar a los humildes y visibilizar las necesidades de otros.

Logrado por la gracia

Pronto todas las máscaras caerán. El telón se cerrará, el maquillaje se quitará y todo árbol será conocido por su fruto (Lc 6:44). La verdadera dignidad y genuina respetabilidad que quedará será del tipo que no comenzó en nosotros y no se debe decisivamente a nosotros. La dignidad cristiana (Tit 2:7) crece en la tierra de la gracia divina (Ti 2:11), y en particular de la venida de la Gracia Encarnada. Cristo no solo dignificó nuestra raza al hacerse humano y luego dar su propia vida por nosotros, sino que también Él obra en nosotros ahora por su Espíritu para hacernos de nuevo. Aunque merecemos falta de respeto, Él nos consideró respetables y ahora nos está transformando para ser personas verdaderamente dignas de respeto, poco a poco. Su gracia dignifica por partida doble, no en un solo aspecto, pues nos acepta completamente, por fe, y nos hace más aceptables para toda la vida. El poder del pastor para ser «respetables» y para que los cristianos vivan «con toda [...] dignidad» (1Ti 2:2), no depende de nuestro poder de voluntad, de disciplina ni de una sensación natural de sofisticación, sino que del Espíritu de Dios mismo. Él está obrando en nosotros y a través de nosotros para liberarnos de nosotros mismos y hacernos ver milagrosamente no solo nuestros propios intereses, sino que también los intereses de los demás. En humildad consideramos a otros más importantes que nosotros mismos y hacemos lo que podemos, dentro de lo razonable, por otros y por Cristo, para ser dignos de respeto. David Mathis © 2018 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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Irreprochable
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Irreprochable

Si intentaras capturar, en una sola frase, una característica que resuma lo que se requiere para el puesto de pastor-anciano en la iglesia, ¿cuál sería? Algunos de nosotros por inercia decimos inmediatamente, con gran confianza: «debe ser un cristiano». Ciertamente, debe serlo, pero es requisito para todos los miembros de la iglesia hasta donde podemos discernir. El apóstol Pablo, al menos, estaba dispuesto a asumir esto cuando tuvo que hacer una lista de requisitos para los obispos y los diáconos. ¿Y qué tal «un maestro talentoso»? Sin duda, eso es vital para los líderes del pueblo del Libro. Es esencial para los pastores-ancianos de la iglesia (aunque no lo es para los diáconos); sin embargo, no es lo que Pablo pone primero en la lista ni tampoco como algo principal. Otros podrían apuntar a alguna habilidad para liderar a otros en otras áreas que no sea la enseñanza. Algunos quizás digan: «él debe aspirar a la obra», que es necesario, pero según la opinión de Pablo, ese es un prerrequisito, no una característica que resuma lo que se requiere. Tal vez otros se arriesgarían a decir: «un cristiano modelo», que sería el otro lado de la moneda, pero no la forma exacta en la que Pablo lo menciona aquí.

Cómo un pastor debe ser

Cuando abrimos las dos listas de requisitos para los ancianos en 1 Timoteo 3:1-7 y Tito 1:6-9, podríamos sorprendernos al encontrar, antes que todo, una característica resumen que podría sonar poco impresionante para algunos oídos, y para otros, inalcanzable: «irreprochable». 1 Timoteo 3:2: «Un obispo debe ser, pues, irreprochable [...]» [énfasis del autor]
Por esta causa te dejé en Creta, para que [...] designaras ancianos en cada ciudad como te mandé. Lo designarás, si el anciano es irreprensible, marido de una sola mujer, que tenga hijos creyentes, no acusados de disolución ni de rebeldía. Porque el obispo debe ser irreprensible como administrador de Dios [...] (Tit 1:5-8, [énfasis del autor]).
En ambas listas, «irreprochable o irreprensible» va primero. Luego, le sigue otra docena más. Al ir primero, «irreprochable», como escribe Thabiti Anyabwile: «sirve como un paraguas para todos los demás requisitos subsiguientes» (Cómo encontrar ancianos y diáconos fieles, 87). Philip Towner está de acuerdo: «Este es un requisito esencial para el candidato»[1] (Letters to Timothy and Titus [Las cartas a Timoteo y Tito], 250). Así también William Mounce: «Lo que implica se explica en los siguientes once atributos y tres preocupaciones específicas» (Pastoral Epistles [Comentario de las epístolas pastorales], 169). Por lo tanto, aunque «irreprochable» podría parecer sorpresivo e insulso a primera vista (y en cierto sentido lo es), al reflexionar más podemos ver su sabiduría, a medida que se desarrolla en las características específicas que le siguen.

Mayor de lo que piensas

Por muy bajo estándar que pudiera sonar ser «irreprochable» para algunos oídos, al reflexionar solo un poco podemos descubrir algo de la sabiduría que hay en que este sea el requisito. Este excepcional requisito no es meramente «inocente» ni «justo» ni «absuelto», sino «irreprochable». Buscamos hombres, en primer lugar, en quienes no se encuentre razón para acusarlos de nada malo. El término significa, escribe el comentarista George Knight: «[...] no estar abierto a ataques o a la crítica» (Las epístolas pastorales)[2]; «él no es objetivamente imputable». Él no es una persona que convierta en una práctica bailar alrededor del delgado límite del justo reproche. Ya sea que un hombre sea técnicamente inocente (o no) no es el todo para el liderazgo de la iglesia. Él podría ser innecesariamente controversial de una manera que delata inmadurez o falta de sabiduría. Queremos un pastor que no solo sea públicamente justo, sino que también «el tipo de hombre que no levanta sospechas de maldad o inmoralidad» (Anyabwile, 87). No obstante, ¿cuánta sospecha? ¿Cuánta controversia es contraproducente? En lugar de dictaminar una norma universal al respecto, es mejor dejar que el equipo local de ancianos discierna este cuestionamiento. Ellos están mejor posicionados para preguntarle a cada potencial anciano:
  • ¿Es regularmente sujeto de acusaciones, ya sea con razón o no, debido a su propia falta de discreción? Una cosa es hablar la verdad y mantenerse firme; otra cosa es usar la verdad para satisfacer su propio deseo de ser controversial.
  • ¿Tenerlo como pastor-anciano será una distracción regular para la iglesia? Si es frecuentemente puesto en duda, no estrictamente por la verdad, sino por su manera de presentarla, o de vivirla, quizás necesita más tiempo para vivir fielmente y construir una nueva reputación antes de estorbar a la iglesia con sus faltas. Un hombre podría ser técnicamente justo y aún tener tal reputación, por lo que sería contraproducente tenerlo en el ministerio pastoral.
Ten en cuenta también que una cosa es considerar a un hombre que ya es controversial para el liderazgo; otra, es cuando un hombre llega a ser controversial en el curso de su llamado mientras enseña fielmente verdades controversiales. En el primer caso, los equipos sabios podrían demorarse en llevarlo al puesto de anciano, mientras que en el segundo, podrían apresurarse a respaldarlo. Como equipos, haríamos bien en inclinarnos más hacia el estándar maximalista para «irreprochable», que el minimalista. Las acusaciones falsas, seamos claros, no son motivos para la inhabilitación; sin embargo, la naturaleza y razonabilidad de cualquiera de las acusaciones deben ser cuidadosamente consideradas (y las acusaciones o las sospechas públicas contra un hombre bien podrían significar que no es sabio nombrarlo para el cargo).

Ejemplos para el rebaño

Podríamos decir que «un cristiano modelo» es esencialmente la otra cara de la moneda de «irreprochable». Este aparente bajo estándar para el cargo de anciano tiene una verdad importante que transmitir sobre nuestros pastores, ancianos u obispos (tres términos para el mismo cargo de liderazgo en la iglesia). En primer lugar, como Don Carson ha observado, la lista de requisitos, resumidos en la palabra «irreprochable», es «extraordinaria para no ser extraordinaria». Aquí no hay requisitos de logros particulares en educación formal, intelecto u oratoria de clase mundial, o capacidades excepcionales que estén evidentemente por encima del hombre común. Al contrario, estos requisitos son el tipo de características que queremos que se manifiesten en cada cristiano. Lo que estamos buscando en nuestros pastores-ancianos, en esencia, es un modelo de cristianismo normal y saludable. Es fundamental, entonces, para el liderazgo en la iglesia local una función ejemplar. Los pastores no solo deben ser maestros expertos de la Palabra de Dios y gobernadores de su pueblo, sino también ejemplos de vida que son cada vez más como la de Cristo hacia la cual toda la congregación avanza. Los pastores inevitablemente están «demostrando ser ejemplos del rebaño» (1P 5:3; ver también 1Ti 4:12). Los pastores deben ser a quienes alzamos ante la iglesia y decimos, en esencia, «sean como ellos», sin tener que pedir ningún requisito. «Irreprensible», como vemos en Tito 1:7, también comunica un tipo de modestia y humildad en la naturaleza misma del llamado: «el obispo debe ser irreprensible como administrador de Dios». Los líderes en la iglesia no son gobernantes en su propio derecho. Son administradores, no reyes, no estrellas, no artistas. Los pastores son «administrador[es] de Dios», de su Palabra y de su pueblo, y el puesto de liderazgo en la iglesia no es una posesión personal, sino una asignación a ser administrador. Parte de administrar, entre otras cosas, es no llamar excesivamente la atención hacia el administrador mismo mientras eclipsa al Único al que somos llamados a apuntar.

Llamados a ser una persona sin mancha

Uno tras otro, a medida que ser «irreprochable» se desarrolla en una docena de aspectos específicos, vemos un patrón en donde notamos que los líderes cristianos no están llamados a vivir una vida cristiana fundamentalmente diferente a la de la iglesia. Al contrario, los líderes deben ser ejemplares, «irreprochables», en el mismo estilo de vida que Cristo, por medio de ellos, llama a todo el rebaño. Pablo les está hablando a todos los cristianos cuando dice que Cristo «los ha reconciliado en Cristo en su cuerpo de carne, mediante su muerte, a fin de presentarlos santos, sin mancha e irreprensibles delante de Él» (Col 1:22). «Sin mancha» (como se requiere de los diáconos en 1Ti 3:10) es otra manera de decir «irreprochable». «Sin mancha» podría sonar como un estándar mucho más alto que «irreprochable» (especialmente, si queremos decir «sin pecado»). No obstante, eso no es lo que significa sin mancha. No podemos ser perfectos, pero podemos ser sin mancha. Quizás ningún otro pasaje captura la dinámica de pecadores, pero sin mancha, como 1 Juan 1:7-10:
Pero si andamos en la Luz, como Él está en la Luz, tenemos comunión los unos con los otros, y la sangre de Jesús su Hijo nos limpia de todo pecado. Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros.  Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos a Él mentiroso y su palabra no está en nosotros.
Si vas a ser una persona «sin mancha», no pretendas no tener pecado, sino haz con tu pecado lo que Dios, en Cristo, quiere que hagas: admite tus pecados y confiésalos, aférrate al perdón de Dios en Cristo y anda en la luz. Cuando hiciste mal, y eres culpable, anda a la luz, no huyas de ella. Admite tu error y busca paz con Dios y los hombres. Y aunque no estés libre de pecado, estarás sin mancha ante Dios. Tú por ti mismo, no eres libre de imperfección, pero tienes un Salvador que sí lo es (Heb 9:14; 1P 1:19). Todo esto y más requiere Cristo de los líderes formales en su iglesia. Es inevitablemente un llamado público, en la iglesia y más allá de ella. Por tanto, por el bien del rebaño y el bien del Evangelio en el mundo, por medio de su apóstol, Cristo nos manda a nombrar pastores y diáconos cuyas vidas sean ejemplares. Deben ser «irreprochables». No se les puede culpar o reprochar nada, a medida que felizmente y sin distracción, cierran filas con un equipo de pastores para cuidar bien de todo el rebaño.
David Mathis © 2020 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.

[1] N. del T.: traducción propia.

[2] N. del T.:  traducción propia.

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El pastor que todos queremos
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El pastor que todos queremos

El liderazgo ha caído en tiempos difíciles. Como sociedad, sospechamos de nuestros líderes, a menudo asumiendo que usarán su poder para beneficios egoístas, en vez de usarlo para nuestro bien. Eso hace que estos sean días aterradores para asumir y ocupar un cargo, no solo en los negocios y en la política, sino que también en la iglesia. Algunas de nuestras sospechas están bien fundadas. Historias de uso y abuso viajan más rápido y más lejos que nunca en los rieles de los medios de comunicación modernos. Y los cristianos, entre todas las personas, saben que lejos de Cristo, «No hay justo, ni aun uno». ¿Qué sorprendidos deberíamos estar de confirmar esto una y otra vez? Sin embargo, es correcto que nosotros tengamos y mantengamos estándares altos en la iglesia. Creemos que Dios cambia los corazones y el comportamiento. Él entrega su Espíritu. Él obra en y por medio de nosotros para conformarnos progresivamente a la imagen de su Hijo. Esperamos más de los ancianos de la iglesia, y debemos hacerlo. Como ancianos de la iglesia, no solo debemos asumir el liderazgo con seriedad, sino que también con la ambición de mostrarle a la iglesia y al mundo que Cristo requiere un tipo diferente de líder. Muchos textos del Nuevo Testamento nos dan imágenes del liderazgo cristiano que son claramente distintos de los paradigmas predominantes en el mundo (entre ellos Mr 10:42-45; Hch 20:18-35; 1Ti 3:1-13; 2Ti 2:22-26; Tit 1:5-9), pero el lugar al cual nos volcamos más a menudo, y al cual disfrutamos invitar a otros, es 1 Pedro 5:1-5. Oh, que Dios se complazca en nuestro tiempo para levantar y sostener pastores como este, el tipo de pastor que todos queremos.
1. Hombres que están presentes y son accesibles
Pedro comienza: «[...] a los ancianos entre ustedes, exhorto yo [...]: pastoreen el rebaño de Dios entre ustedes [...]» (1P 5:1-2, [énfasis del autor]). Él lo dice dos veces en una oración. Los pastores, los ancianos (dos términos para el mismo cargo en el Nuevo Testamento) están entre la congregación, y la congregación está entre los ancianos. Juntos forman una iglesia; un rebaño. Los buenos pastores son ante todo ovejas; ellos lo saben y lo aceptan. Los pastores no comprenden una categoría fundamentalmente diferente de cristianos. Ellos no necesitan tener un intelecto, una oratoria y habilidades ejecutivas de talla mundial. Ellos son personas promedio, normales, cristianos saludables, que sirven de ejemplo para el rebaño, mientras están entre el rebaño, a medida que ejercen su liderazgo por medio de la enseñanza de la Palabra de Dios y toman decisiones comunitarias sabias. Sus corazones se inflan con la instrucción de Jesús en Lucas 10:20: «[...] no se regocijen en esto, de que los espíritus se les sometan, sino regocíjense de que sus nombres están escritos en los cielos». Su primera y más fundamental alegría no es lo que Dios hace por medio de ellos como pastores, sino lo que Cristo ha hecho (y hace) por ellos como cristianos. Los buenos pastores, por lo tanto, tienen un alma segura y no son llevados a diestra y siniestra por la necesidad de impresionar o demostrar lo que valen. Les encanta ser un cristiano lo más normal posible, modelando un cristianismo maduro y saludable, no estando por encima de la congregación. Otra manera de decirlo es que esos pastores son evidentemente humildes. Después de todo, Pedro instruye a «todos» (ancianos y congregantes): «[...] Y todos, revístanse de humildad en su trato mutuo [...]» (1P 5:5). Las iglesias saludables están entusiasmadas con revestirse de humildad en su trato hacia los pastores que han liderado el camino de revestirse de humildad. Esos pastores no son solo humildes en teoría, sino que en práctica. Están presentes en la vida de la iglesia y son accesibles. Invitan, dan la bienvenida y reciben al rebaño. No pretenden pastorear al rebaño de Dios en todo el mundo, sino que se enfocan en el que está «entre ustedes» (aquellos asignados a su cargo) y se deleitan de estar entre ese rebaño, no apartados ni distantes.
2. Hombres que trabajan juntos
Una de las verdades más importantes a poner en práctica respecto al ministerio pastoral es que Cristo tiene el propósito de que sea un trabajo en equipo, no el espectáculo de un solo hombre. Como en 1 Pedro 5, así como también en cada contexto en el que los ancianos-pastores de la iglesia local son mencionados en el Nuevo Testamento, el título es plural. Solo Cristo se sienta sobre la iglesia como Señor. Él tiene el propósito de que sus subpastores trabajen y se desarrollen como equipo. Las congregaciones maduras no quieren a un líder intocable, sentado en lo alto de la iglesia en su púlpito, seguro apartado de la rendición de cuentas y de los ásperos intercambios de opinión que conducen a la sabiduría. El tipo de pastores que anhelamos en este tiempo son buenos hombres con buenos amigos: amigos que los aman lo suficiente para desafiar sus preferencias, que lo presionan y les hacen la vida difícil y mejor, más incómoda y más fructífera.
3. Hombres que son atentos y comprometidos
Los pastores también deben estar «velando» (1P 5:2). Independientemente de lo frágiles que han llegado a ser los seres humanos modernos, en lo profundo aún queremos líderes que no solo escuchen y fortalezcan a otros, sino que inicien y lideren. Aún queremos líderes que nos hablen la Palabra de Dios (Heb 13:7) y que realmente hagan el trabajo duro y costoso de gobernar al que han sido llamados. «Tengan cuidado de sí mismos y de toda la congregación, en medio de la cual el Espíritu Santo les ha hecho obispos para pastorear la iglesia de Dios [...]» (Hch 20:28). No importa cuán experimentados y talentosos sean los buenos pastores, no son hombres conocidos por su extensa experiencia o por sus conocimientos administrativos. Al contrario, son conocidos como hombres del Libro. Hombres para quienes tener la Palabra de Dios marca toda la diferencia en el liderazgo; hombres cuyos estilos de liderazgo se basan en el Libro. La Biblia no es un suplemento; la Biblia es central. Dios ha hablado; eso lo cambia todo. Queremos hombres que ejerzan gran influencia como maestros, no que insistan en el control: «tampoco como teniendo señorío sobre los que les han sido confiados» (1P 5:3). Hombres que evidentemente sirven a otros, no a sí mismos, con sus dones y autoridad. Hombres que realmente lideran, no solo ocupan puestos y cargos de autoridad. Hombres que no tratan el cargo como privilegio, sino como un llamado de Dios a morir a las comodidades y a las facilidades, para abrazar caminos más difíciles. Hombres que se ganan la confianza, en lugar de abusar de ella. Hombres que, como dice Pedro, «pastoreen el rebaño de Dios» (1P 5:2), lo que no solo significa guiar y alimentar, transmitir visión y comunicar, sino que también defender y proteger; lo que nos lleva a la cuarta cualidad.
4. Hombres que abrazan la dificultad
Una persona se muestra verdaderamente, para los líderes y las congregaciones, cuando surgen días difíciles. Queremos el tipo de pastores que abraza la dificultad, no con fortaleza necesariamente, aunque en ocasiones eso podría requerirse, sino que con aún más atención, con preguntas cuidadosas, con consejo valiente y con continua enseñanza. En el conflicto, «el siervo del Señor» no solo debe ser amable y paciente, corregir a los oponentes con ternura, si no que también debe ser «apto para enseñar» (2Ti 2:24-25). El pueblo de Dios no solo necesita enseñanza en tiempos de paz, sino que también cuando los tiempos son difíciles, y aún más. Los buenos pastores se ponen a la altura de las circunstancias en la dificultad. El «por tanto» de Pedro en el versículo 1, se refiere a lo que acababa de decir en el versículo anterior (1P 4:19): «Así que los que sufren conforme a la voluntad de Dios, encomienden sus almas al fiel Creador, haciendo el bien» [énfasis del autor]. El contexto de la instrucción de Pedro a los ancianos es el sufrimiento. Esa es la razón por la que se dirige después a los ancianos: cuando los tiempos son los más duros, el peso cae especialmente sobre los ancianos. Y así debe ser. Los buenos pastores saben y viven esto. Cuando la situación se pone difícil, deben estar más presentes, no menos presentes. Cuando surge la incertidumbre, están más atentos, no menos. No es que tengan que estar seguros o fingir estarlo, si no que abrazan la dificultad y lideran juntos, se apoyan en hermanos en la causa. No pretenden que sus formas sean las mejores o las únicas, pero al menos, con oración y consejo, proponen una manera de proceder. Cuando no saben qué hacer, saben qué hacer: buscar a Dios (2Cr 20:12). Toman la iniciativa; se arriesgan y se incomodan. Vencen su temor de estar equivocados con la esperanza de cuidar a otros. Abrazar el llamado al cargo pastoral en la iglesia es abrazar el sufrimiento. Los pastores sufren como pastores, pues de otras maneras no experimentarían esos sufrimientos. No obstante, lo hacen mirando la recompensa, la ganancia, la gloria que corresponde a la obra, no con vergüenza, sino con pureza: «Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, ustedes recibirán la corona inmarcesible de gloria» (1P 5:4). Lo que nos conduce a la última cualidad.
5. Hombres que disfrutan la obra
Las iglesias quieren pastores felices; no clérigos por deber; no ministros quejumbrosos. El tipo de pastor que todos queremos es uno que quiera llevar a cabo la obra y trabaja por nosotros con gozo. Queremos pastores que sirvan «no por obligación, sino voluntariamente, como quiere Dios» (1P 5:2). Dios mismo quiere pastores que trabajen con el corazón. Quiere que aspiren a la obra (1Ti 3:1) y que la realicen con alegría (Heb 13:17). No por deber, ni bajo obligación, sino que voluntaria, entusiasmada y alegremente. Y no solo «como quiere Dios», sino que «como Dios mismo lo hace»: literalmente «de acuerdo con Dios» (kata theon). Dice algo sobre Dios que Él quiera hacerlo de esta manera. Él es un Dios que actúa desde el gozo. Él quiere pastores que trabajen con gozo porque Él es así con nosotros. Él es un Dios que se glorifica más no por puro deber, sino por el entusiasmo y el disfrute, y Él mismo cuida de su pueblo voluntaria, entusiasmada y alegremente. Las iglesias saben esto en lo profundo de sus corazones: los pastores felices, no los ancianos quejumbrosos, hacen iglesias felices. Los pastores que disfrutan la obra y la llevan a cabo con alegría son un beneficio y una ventaja para su congregación (Heb 13:17).

El Príncipe de los pastores que todos queremos

Así son los pastores que todos queremos. Por supuesto, ningún hombre y ningún equipo de hombres encarnará estos sueños perfectamente, pero sí son hombres de Dios que aprendieron a atravesar sus tentaciones a paralizarse debido a sus imperfecciones. Con alegría se apoyan en Cristo como el gran y perfecto Pastor de las ovejas, echan sus cargas sobre sus grandes hombros (1P 5:7), recuerdan que su Espíritu vive y obra en ellos y luego dan el próximo valiente y humilde paso. A medida que los pastores aprenden a estar a la altura de estos sueños realistas (aunque no perfectamente, pero progresando realmente en el Espíritu), algunos aspectos de nuestra cultura de liderazgo quebrados encontrarán sanidad. Al menos, nuestras iglesias, si es que no nuestro mundo, aprenderán a dejar de lado sus sospechas y a disfrutar del regalo de Dios de buenos pastores y maestros.
David Mathis © 2020 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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Una patria mejor para los ancianos
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Una patria mejor para los ancianos

Esta es una súplica de la generación joven a la generación mayor: los necesitamos desesperadamente. Por favor, no se alejen de nosotros hasta cuando el Rey los esté por llamar. No se jubilen de acuerdo con los términos del mundo ni abandonen sus iglesias locales. A medida que el tsunami de la explosión de natalidad después de la Segunda Guerra Mundial comienza a inundar las riberas de la jubilación, por favor, no dejen que nosotros, los mileniales, tengamos que valernos por nosotros mismos y cometamos los mismos errores de nuevo. Únanse a John Piper para reconsiderar su jubilación[1] y terminen el camino hasta la meta, proclamando el poder de Jesús a esta generación (Sal 71:18).

Su sabiduría

Para su gozo y nuestro bien, los necesitamos en esta familia llamada «iglesia». Ustedes son nuestros padres (1Ti 5:1). El apóstol no solo les escribió a los jóvenes, sino también a ustedes, no solo a la generación más joven, sino también a los «padres» (1Jn 2:12-14). No nos dejen huérfanos. Necesitamos su sabiduría. Necesitamos su experiencia. Ustedes han hecho un largo viaje, han visto nuevas tendencias llegar e irse; se han regocijado con los que se regocijan, han llorado con los que lloran, han soportado la noche oscura del alma. Tal como los jóvenes ven visiones, necesitamos que ustedes sueñen sueños (Hch 2:17), que se acerquen a nosotros y no que se alejen. Ayúdennos a tener coraje cuando necesitemos ser valientes y, con delicadeza, cambien nuestro rumbo cuando debamos dar un paso atrás. ¿Qué haremos los hobbitses sin nuestros Gandalfs?

Su ejemplo

Necesitamos su ejemplo. Los jovencitos necesitamos que nos discipulen y nos alienten para aprender autocontrol (Tit 2:6), para «[huir] de las pasiones juveniles y [seguir] la justicia, la fe, el amor y la paz» (2Ti 2:22). Necesitamos que sean nuestros modelos para «no ser rencillosos, sino amables para con todos, aptos para enseñar, sufridos» (2Ti 2:24). Necesitamos que ustedes sean «sobrios, dignos, prudentes, sanos en la fe, en el amor, en la perseverancia» (Tit 2:2), para moderar la energía de nuestra juventud con su paciencia y para complementar la ambición de los jóvenes con la perspectiva del anciano contento que ya ha recorrido el camino varias veces.

Su gracia

Necesitamos su perdón. En nuestro fervor por crear el futuro, a menudo hemos visto las cosas en forma distorsionada. A veces hemos sido tan ingenuos que hemos pensado que todo sería mejor si su generación se quitara del medio. Podría ser más fácil, pero categóricamente no sería mejor. ¡Qué horrible es cuando el ardor espiritual fermenta arrogancia! Hemos sido unos insensatos. Hemos pecado contra ustedes. Necesitamos su misericordia. Necesitamos su paciencia. Necesitamos su gracia. No siempre es fácil entenderse con los líderes jóvenes. Les pedimos que recuerden lo que era ser más joven, especialmente porque nosotros tenemos en cuenta que un día no muy lejano seremos mayores. Les pedimos que escuchen, que realmente escuchen, y que nos den el beneficio de la duda a aquellos de nosotros que claramente amamos a Jesús. No estamos tratando de arruinar su iglesia, sino preparando el camino para cosas más grandes que aún están por venir. No estamos tratando de eliminar su legado evangélico, sino mantenerlo vivo. Y los necesitamos para lograr todo esto, no en nuestra propia fortaleza, sino en la que Dios nos da para que en todo Él sea glorificado mediante Jesucristo (1P 4:11). Él nos promete explícitamente que nunca nos desamparará (Sal 71:18), por el contrario, Él nos cargará aun en nuestra vejez y avanzada edad (Is 46:4). Él nos dará el poder y nos guardará para que lo escuchemos decir: «Bien, siervo bueno y fiel» (Mt 25:21, 23).

Ahora más que nunca

Desde hace décadas ustedes han caminado como «extranjeros y peregrinos sobre la tierra» (Heb 11:13). Y ahora, que están disminuyendo el ritmo y se están volviendo más frágiles, que más que nunca se sienten más cerca del cielo y «buscan una patria propia» (Heb 11:14) más que en cualquier otro momento, mientras «anhelan una patria mejor, es decir, la celestial», una ciudad preparada para ustedes por Dios mismo (Heb 11:16), por favor no se conformen con solo sentarse a relajarse los domingos al atardecer. Los necesitamos tal como son: comunes y corrientes, imperfectos y normales. Claro que anhelamos a los Raymond Lull (martirizado por los musulmanes a los 80 años), a los Policarpo (obispo de Esmirna, quemado vivo en el año 155 a los 86 años) y a los J. Oswald Sanders (quien escribió un libro cada año a partir de los 70 años y falleció una semana después de haber cumplido 100). Pero también necesitamos fervientemente a esos desconocidos sabios mayores, a los que han trabajado sin ningún renombre en alejadas iglesias locales, a los que han participado sin ocupar ninguna posición privilegiada, a los que se han comprometido sin ser quienes tomen decisiones finales, sin importarles jugar un papel secundario. «La mayoría de los hombres ya no mueren de vejez», dice Ralph Winter, «sino por jubilarse». Por favor, no se jubilen de la iglesia local. Los necesitamos más que nunca.
David Mathis © 2013 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. Traducción: Marcela Basualto

[1] N. del T.: el escritor está haciendo alusión al título del libro Rethinking Retirement [Reconsiderando la jubilación] escrito por John Piper.

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¿Qué haremos con nuestros tiempos?
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¿Qué haremos con nuestros tiempos?

Después de escuchar la oscura historia del Anillo y del regreso del malvado señor Sauron, Frodo exclamó: «espero que no suceda en mi época» (La comunidad del anillo, 73).  «También yo lo espero —dijo Gandalf—, lo mismo que todos los que viven en este tiempo. Pero no depende de nosotros. Todo lo que podemos decidir es qué haremos con el tiempo que nos dieron».  Es casi como escuchar el eco de la propia experiencia de Tolkien en la Primera Guerra Mundial: ojalá no hubiese sucedido en mi época. No mucho después, este mismo sentir resonaría en la generación de la Segunda Guerra Mundial. En un sentido, cada generación, por más pacífica y próspera que sea, puede ser propensa a lamentar las dificultades del presente. Los desastres del pasado, ahora ya resueltos, pueden ser mucho más fáciles de soportar. Las palabras de Gandalf le hablan a cada generación.  Tal como dice el mago, nuestro día y lugar de nacimiento determinan épocas, lugares y circunstancias especiales. Así lo proclamó el apóstol Pablo en Atenas: «El Dios que hizo el mundo y todo lo que en él hay […] habiendo determinado [nuestros] tiempos y las fronteras de los lugares donde viv[imos…]» (Hch 17:24-26, [énfasis del autor]). Se nos da el presente, no el pasado ni el futuro. Los únicos desafíos que podemos enfrentar, los únicos problemas que podemos confrontar, las únicas dificultades que podemos vencer, son las que nos salen al encuentro aquí y ahora. 

De Frodo a Bilbro 

En nuestros días, enfrentamos un secularismo creciente, un islam extremista, tiroteos masivos, una racialización aparentemente intratable y una pandemia global.  Y en medio de todo esto, surge el desafío de la creciente crisis de información que hace que muchos deseen, como Frodo, que no sucediera en nuestra época. Los últimos años no solo nos han enseñado que los recursos en Internet son poco confiables, sino que también el constante flujo de información nos ha tentado a no vivir en la realidad donde Dios nos ha puesto. A menudo, estamos mucho más informados de los acontecimientos nacionales y globales que de los locales más cercanos a nosotros. Día a día, podemos perder oportunidades reales de hacer el bien a otros en el nombre de Cristo. Podemos cerrarles nuestras puertas y oídos a nuestro prójimo para escuchar un sinfín de programas de noticias sobre otras personas.  Pablo descubrió en Atenas que «[...] todos los atenienses y los extranjeros de visita allí, no pasaban el tiempo en otra cosa sino en decir o en oír algo nuevo» (Hch 17:21‬, [énfasis del autor]). El problema no era que ellos no fuesen hombres de su tiempo, sino que «no pasaban el tiempo en otra cosa sino en» novedades. Eran prisioneros de sus conversaciones diarias. ¿Qué tanto, o peor aún, cuánto más hemos caído nosotros en esta misma trampa de los antiguos atenienses? Cada vez nos reunimos con menos frecuencia para conversar cara a cara. En la actualidad no solo somos prisioneros del presente, sino que también de la era digital. ‬ En su libro sobre nuestra moderna obsesión con las noticias, Reading the Times [Leyendo los tiempos] publicado en 2021, el profesor Jeffrey Bilbro señala que en esta avalancha de información en la que vivimos, a menudo nos «involucramos en dramas distantes» en los cuales no tenemos ninguna posibilidad de contribuir con algo significativo. Bilbro nos aconseja que haríamos bien en escribir la siguiente advertencia en la parte inferior de nuestros dispositivos electrónicos: «Los objetos en la pantalla están más distantes de lo que parecen». 

Entendiendo los tiempos

A este creciente desafío de acceder a tanta información, debemos agregar el hecho de que tendemos a tener reacciones extremas. Algunos, atrapados por la información y opciones de contenido a niveles sin precedentes, se sumergen con gusto en los tiempos, sin orientación alguna. Otros, conscientes del desastre que nuestros nuevos medios de comunicación pueden ocasionar, con gusto ignoran los tiempos tanto como pueden. Encontramos algo admirable en una u otra dirección, aunque también poca visión.  Para empezar, la Palabra de Dios habla con esperanza y aliento sobre aquellos que conocen sus tiempos. En los días de David, los hombres de Isacar, «expertos en discernir los tiempos, con conocimiento de lo que Israel debía hacer», fueron elogiados por ser de gran valor para el rey y la nación (1Cr 12:32‬). «Porque el corazón del sabio conoce el tiempo y el modo de hacerlo», dice el Predicador (Ec‬ 8:5‬). Jesús reprendió a los fariseos y saduceos que lo pusieron a prueba pidiéndole que les mostrara una señal: «¿Saben ustedes discernir el aspecto del cielo, pero no pueden discernir las señales de los tiempos?» (Mt 16:3‬). La ignorancia que decidieron demostrar los hizo culpables. Deberían haberlo sabido. «¡Hipócritas! Saben examinar el aspecto de la tierra y del cielo; entonces, ¿por qué no examinan este tiempo presente?» (Lc 12:56). Y Jesús lamentó que Jerusalén «no conoc[ió] el tiempo de [su] visitación» (Lc 19:44‬). ‬‬‬‬‬ Aun cuando luchamos por saber qué batallas elegir en nuestra propia generación, sabemos, tal como la iglesia lo ha hecho durante dos milenios, que nuestros tiempos son los llamados «últimos días» (Hch 2:17; Heb 1:1-2; Stg 5:3). El fin de todas las cosas (1P 4:7) y la venida del Señor están cerca (Stg 5:8; Fil 4:5). Dios quiere que nuestros «tiempos difíciles» (2Ti 3:1) así como la llegada de los burladores con su sarcasmo (2P 3:3) nos recuerden esto y no que nos conduzcan a la desesperación. Incluso Satanás conoce el tiempo en este sentido: «[...] sabiendo que tiene poco tiempo» (Ap 12:12). Entonces, nosotros también, en Cristo, deberíamos «conoc[er] el tiempo, que ya es hora de despertarse del sueño» (Ro‬ 13:11‬). ‬

No les corresponde a ustedes conocer los tiempos

Sin embargo, al igual como no nos atañe decidir nuestros tiempos, Jesús también nos dice: «No les corresponde a ustedes saber los tiempos ni las épocas que el Padre ha fijado con su propia autoridad» (Hch‬ 1:7, [énfasis del autor]‬). Desde luego que, en Cristo, algo podemos entender de nuestros tiempos, pero, en general, el Predicador dice que «el hombre tampoco conoce su tiempo» (Ec 9:12). ‬ Por un lado, conocemos los tiempos lo suficiente como para mantenernos alertas (Ro 13:11); por otro, estamos «alertas» y «en vela» porque no sabemos «cuándo es el tiempo señalado» (Mr 13:33). Nuestro entendimiento del tiempo nunca es completo y, dada todas las complejidades y dificultades bajo la mano soberana de Dios, tampoco es muy extenso. Aunque eso no tiene por qué paralizarnos. 

Quién sabe

En el capítulo 4 del libro de Ester, Mardoqueo se acercó a la reina Ester con el fin de revelarle el complot de Amán que buscaba destruir a los judíos y de pedirle arriesgar su cercanía al rey para que él los ayudara. Le dijo a su sobrina: «¿Y quién sabe si para una ocasión como esta tú habrás llegado a ser reina?» (Est 4:14‬). Antes de saber cómo se desarrollarían los acontecimientos, Ester seguramente dijo al igual que Frodo: «espero que no suceda en mi época». Sin embargo, no le correspondía a ella decidir. Lo que sí tenía era el momento y la posición que se le habían dado. Quizás Dios la había puesto allí para una ocasión como esa, como sugirió Mardoqueo. No era una certeza, sino una oportunidad. ‬ ¿Quién sabe? Tal vez Dios también te ha puesto a ti donde estás y en la posición que tienes para una ocasión como esa. Dios sabe. Y ya sea de manera modesta o significativa, Él no quiere que seamos cristianos de nuestro tiempo, sino para nuestro tiempo. No del mundo, sino en el mundo —y mejor aún— no del mundo, sino enviados al mundo bajo los términos de Dios, por su llamamiento y para sus propósitos. 

Para un tiempo como este

¿Qué haremos con los tiempos complicados, confusos y frustrantes en los cuales vivimos? En primer lugar, no debemos ignorar nuestros dos llamados como cristianos: amar a Dios y a nuestro prójimo, el primer y segundo mandamiento, como Jesús los llamó (Mt 22:37-39). Amar al que está más allá de nuestros tiempos y a los que están sujetos a ellos. En especial, a aquellos cercanos a nosotros, nuestro prójimo en la vida real, no los «dramas distantes» que constantemente nos atraen a través de nuestras pantallas.  También debemos invertir intencionalmente nuestro tiempo en otros tiempos, primordialmente en la Escritura, que son las palabras mismas de Dios; además, leer textos de historia acreditados y libros antiguos, especialmente esos escritos por y sobre aquellos que siguieron a Cristo antes que nosotros. La inmersión total en el presente, tal como lo hicieron los atenienses, reduce nuestra efectividad. No podemos atraer el amor desde lo alto si nos dejamos enclaustrar en el presente. Necesitamos pautas, seguras y estables, desde fuera de nuestros tiempos para poder ser de beneficio para nuestros tiempos. Solo seremos hombres fructíferos para nuestros tiempos en el largo plazo si extraemos poder y perspectiva de otros tiempos Puede que nosotros, los hobbits, deseemos al igual que Frodo que las crisis actuales no hubiesen acontecido en nuestra época. Incluso los grandes magos podrían agregar a eso un efusivo: «también yo». Pero no nos corresponde a nosotros decidir eso. ¿Qué haremos con los tiempos que Dios nos ha dado?
David Mathis © 2021 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. Traducción: Marcela Basualto.
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Una extraña y santa calma
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Una extraña y santa calma

Mi esposa y yo estamos invirtiendo en una terapia de calma para nuestros gemelos de once años. Se llama béisbol juvenil. Los gastos financieros son insignificantes comparados con los beneficios en el tiempo. El béisbol no solo promueve el desarrollo cerebral y corporal, y enseña a trabajar en equipo, sino que también produce situaciones donde hay que manejar presión y lidiar con el fracaso. En otras palabras, genera oportunidades para cultivar el dominio propio, la única virtud que el apóstol Pablo consideró conveniente encomendarles a los jóvenes en Tito 2. Luego de darles múltiples disposiciones a los ancianos, a las ancianas y a las jóvenes (Tit 2:2-5), Pablo les da a los jóvenes una única tarea en la cual enfocarse: «exhorta a los jóvenes a que sean prudentes» (Tit 2:6). No me malinterpretes. No queremos que nuestros hijos sean insensibles; no lo son. Son competitivos y son niños, propensos a reaccionar sin el control emocional correcto. Esa es la razón por la cual el béisbol juvenil puede ofrecernos una valiosa herramienta, entre otras, cuando buscamos forjar hombres. Queremos que aprendan a no perder la compostura bajo presión y, cuando la ocasión así lo requiera, que liberen sus emociones en el momento y en el lugar apropiado. Queremos que aprendan a mantener la calma cuando otros la pierdan; que no se alteren cuando sientan indignación o lástima por sí mismos, y que desarrollen un espíritu sobrio, conscientes de que su comportamiento y trato con sus compañeros de equipo, los árbitros y el equipo contrario son más importantes que ganar el partido. A veces, vitoreamos y celebramos una victoria después de que terminó el partido. En otros momentos, analizamos y aprendemos de las decepciones causadas por los errores, los ponches y las derrotas. Pero en los altibajos del juego, y de la vida fuera de la cancha, nuestras pasiones pueden llevarnos a celebrar anticipadamente o a deprimirnos enormemente. Queremos que nuestros hijos aprendan a mantener la calma en la tormenta, no reprimiendo sus emociones, sino aprendiendo a dominarlas. En el ardor del momento, queremos que no pierdan la cabeza, que sean veraces con ellos mismos y que mantengan la suficiente calma como para tomar fielmente el siguiente paso para el bien de ellos y el de los demás. Más que jugadores de béisbol, queremos que nuestros niños se transformen en hombres cristianos.

Él guardó silencio

En una época en la que los arrebatos emocionales no solo son aceptados, sino que también respetados y alentados, puede ser más difícil criar hombres que aprendan a «guardar silencio» con rectitud. Esta es una frase curiosa que encontramos en momentos claves de la historia del pueblo de Dios. Esperamos algunos arrebatos de ira o expresiones precipitadas de enojo o de represalias; sin embargo, se nos dice que un hombre de Dios «guardó silencio». Primeramente, lo vemos en el patriarca Jacob cuando escuchó que Siquem, príncipe de la tierra, «había deshonrado a su hija Dina». Esperamos una explosión por parte de él, mas Jacob «guardó silencio» hasta que sus hijos llegaron del campo (Gn 34:5). No fue que Jacob ignorara o minimizara este acto intolerable en contra de su hija y de su familia, sino que ejerció dominio propio hasta que sus consejeros se reunieron y decidieron cómo responder. Dos de sus hijos, Simeón y Levi, no ejercieron la misma moderación y se convirtieron en un problema para Jacob. Tomaron cada uno sus espadas en contra de Siquem y al hacerlo, «tra[jeron] dificultades [a Jacob] haciéndo[lo] odioso entre los habitantes del país» (Gn 34:30). Lo mismo pasó con Aarón, el hermano de Moisés y primer sumo sacerdote. Cuando leemos que sus hijos «ofrecieron delante del Señor fuego extraño» y fueron consumidos (Lv 10:1-2), podríamos esperar que Aarón estallara en ira en contra del cielo por la pérdida de sus hijos. En cambio, Moisés nos dice que «[...] Aarón guardó silencio» (Lv 10:3), no porque no le importara ni tampoco porque no estuviera profundamente acongojado, sino porque veneraba a Dios con temor justo y confiaba en que, en su bondad, Él nunca haría nada incorrecto aun cuando, para Aarón, su pérdida fuera tan dolorosa. Al comienzo de su reinado y antes de que cayera en desgracia, el rey Saúl demostró tener un control admirable cuando fue deshonrado. Al mismo tiempo en que el resto de la nación lo reconocía y lo recibía como su primer rey, surgieron sus detractores: «ciertos hombres indignos» con su cinismo: «¿Cómo puede este salvarnos?». Como rey, ahora, Saúl tenía el poder para deshacerse de estos hombres en forma rápida y callada. «Pero él guardó silencio», nos señaló Samuel, en una demostración admirable de su magnanimidad inicial (1S 10:27).

Lento para la ira

Sin embargo, lo más notable es Dios mismo. Por medio de Isaías, Él le dijo a su pueblo rebelde: «Por mucho tiempo he guardado silencio, he estado callado y me he contenido» (Is 42:14). Dios no ignora ni desecha su pecado; tampoco estalla en un arrebato de furia desenfrenada en contra de ellos. Posteriormente, Dios declara: «¿No es acaso porque he guardado silencio por mucho tiempo que no me temes?» (Is 57:11). Ahora actuará en justicia, dará rienda suelta a su justa ira; no obstante, nadie podrá acusarlo justificadamente de precipitarse en emitir juicio o de ser impaciente en lo más mínimo. En tiempos en que socializamos con la ira y los arrebatos, necesitamos hombres no solo como Jacob, Aaron y el joven Saúl que saben guardar silencio cuando el momento lo requiere, sino también como Dios mismo, a quien la Escritura describe repetidamente como «lento para la ira». Es significativo que cuando Dios se revela a Moisés en respuesta a su súplica: «te ruego que me muestres tu gloria», las primeras palabras que el profeta escucha son: «Dios compasivo y clemente, lento para la ira» (Éx 34:6). Tal serenidad divina, como podríamos llamarla, se convertiría en un legado para los israelitas; su Dios es lento para la ira. No significa que no sintiera ira. Claramente, estaba preparado para castigar a los culpables en su momento. Nunca antes de tiempo y nunca con una intensidad que no fuera justa o que les hiciera un mal a quienes estaba castigando o disciplinando. No obstante, dada la rebelión de su pueblo, a menudo vergonzosa, Dios se mostró eternamente paciente y marcadamente «lento para la ira», tal como los profetas y los salmistas lo celebran (Neh 9:17; Jl 2:13; Sal 86:15; 103:8; 145:8).

Así también su pueblo

Los Proverbios recopilados de la nación hacen esta notable deducción: como Dios, así también su pueblo. Si Dios mismo, según todos los relatos y recuerdos, es ciertamente lento para la ira, ¿cómo no podría su pueblo buscar parecerse a Él?

El lento para la ira tiene gran prudencia, pero el que es irascible ensalza la necedad (Proverbios 14:29).

El hombre irascible provoca riñas, pero el lento para la ira apacigua pleitos (Proverbios 15:18).

Mejor es el lento para la ira que el poderoso, y el que domina su espíritu que el que toma una ciudad (Proverbios 16:32).

La discreción del hombre le hace lento para la ira, y su gloria es pasar por alto una ofensa (Proverbios 19:11).

En estos proverbios, vemos cómo Dios está formando y moldeando a su pueblo para que tenga «gran prudencia»; «apacigüe pleitos»; sea «mejor […] que el poderoso»; manifieste «discreción» y la gloria poco común, en un mundo como el nuestro, de pasar por alto una ofensa. Este Dios salvará a su pueblo de la irascibilidad, de exaltar la insensatez y de provocar riñas. De igual modo en el Nuevo Testamento, Santiago extiende este legado a sus lectores cristianos: «Que cada uno sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para la ira» (Stg 1:19).

Jesús azotó y lloró

¿Y qué hay en cuanto a Cristo mismo, Dios encarnado? En Jesús, encontramos una humanidad plena y santa, juntamente con expresiones que quizás no calificaríamos como «calmadas», pero que son manifiestamente justas. No describimos a Cristo como alguien calmado cuando hizo un látigo de cuerdas, echó a todos del templo y volcó las mesas (Jn 2:15); acciones que hicieron que sus discípulos recordaran el Salmo 69:9: «Porque el celo por tu casa me ha consumido». Tampoco diríamos que se mostró «calmado» cuando llegó a Betania al velorio de Lázaro. «Se conmovió profundamente en el espíritu, y se entristeció» (Jn 11:33). Jesús lloró en forma tan visible que los espectadores dijeron: «Miren, cómo lo amaba» (Jn 11:35-36). Después de eso, fue al sepulcro y nuevamente se mostró «profundamente conmovido» (Jn 11:38). Tampoco pensaríamos que su angustia en el jardín fue serenidad. «Y estando en agonía, oraba con mucho fervor; y su sudor se volvió como gruesas gotas de sangre, que caían sobre la tierra» (Lc 22:44). Normalmente, no pensamos que la calma va acompañada de «gran clamor y lágrimas»; sin embargo, incluso aquí en Getsemaní, en su angustia, Jesús no perdió su temor reverente sino que fue oído a causa de él (Heb 5:7). Iríamos demasiado lejos si pretendiéramos que Cristo siempre se mantuvo calmado. Hubo momentos en que sus emociones santas lo conmovieron en forma justa y manifiesta. Pero no perdió el control ni en el templo ni en Betania ni en el jardín. Aparte de unas pocas excepciones, el Cristo con el que nos encontramos en los evangelios siempre permanece increíblemente calmado. Cuánta compostura, cuánto dominio propio, cuánta calma santa demostró una y otra vez cuando sus discípulos le fallaron, los enfermos lo interrumpieron, los bien intencionados lo importunaron, los sofisticados lo desafiaron y las autoridades le faltaron el respeto. Aquel, a quien nuestro crecimiento cristiano se conforma, es el que se mostró decidida y manifiestamente calmado, salvo excepciones muy poco comunes pero sí justificadas.

Sin estrés gobierna las estrellas

Pero igual de útil es hoy, mientras buscamos vivir el modelo de santa calma que hace eco de la de nuestro Señor, su compostura inquebrantable en este mismo momento, sentado en su trono celestial. De hecho, aún no estamos completamente glorificados. Aún no estamos fuera del alcance de las tormentas terrenales, las heridas, los comportamientos extraños y los sorprendentes actos del mal en este mundo irracional. Pero nuestro Capitán lo está. Siendo sus soldados, recurrimos a su calma como soberano absoluto y totalmente invencible. Su santa compostura y su admirable serenidad no solo son el modelo que debemos seguir, sino también, y más significativamente, son nuestra esperanza en la que podemos descansar. A diferencia de los sacerdotes del primer pacto, de pie a diario al servicio de Dios y constantemente en movimiento «ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados […], Cristo, habiendo ofrecido un solo sacrificio por los pecados para siempre, se sentó a la diestra de Dios» (Heb 10:11-12 [énfasis del autor]). Los sacerdotes estaban de pie, pero como John Piper comenta:

Cristo no está de pie. No está en perpetuo movimiento […]. Él está gobernando el mundo. Y cuida de su iglesia. Pero no necesita estar de pie para hacerlo. De acuerdo al Salmo 8:3, las estrellas son obra de sus dedos. No significa ningún estrés para Él gobernar un planeta infinitesimal, ni menos saltar de su asiento como un entrenador de básquetbol ni pasearse de arriba para abajo como un general que espera noticias del frente. El ascenso de Cristo al trono del universo, y el sentarse en él con toda ecuanimidad, es una señal para todos sus enemigos y para nosotros de que esta guerra ha sido ganada[1].

Los enemigos de Cristo aborrecen las respuestas calmadas y sin temor de su pueblo. Señalan a los enemigos de Cristo que su destrucción se acerca (Fil 1:28). Pero más que nada, la santa calma, en medio de las tormentas, nos hace disponibles para amar a otros en el momento más fuerte de las crisis, en vez de dejarnos absortos en nuestra propia reacción. ¡Oh, cuánto deseamos cristianos así en estos días de ira y de arrebatos! Especialmente, esposos, padres y pastores cuyas presencias en nuestros hogares e iglesias impartan tranquilidad. Hombres que se apoyen en la ecuanimidad total y sin estrés de Cristo, que muestren una santa calma en todos los momentos emocionalmente difíciles y explosivos de la vida y del liderazgo, que estén preparados para responder sin ser reactivos, sin entrar en algún tipo de enfrentamiento e incluso sin ser trabajadores frenéticos, sin perder el control, capaces de guardar silencio cuando sea necesario y de traer una armonía genuina en nuestras confrontaciones, sabiendo que la guerra ya ha sido ganada.
David Mathis © 2021 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.Traducción: Marcela Basualto.

[1] N. del T.: traducción propia.

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Miércoles Santo: «día del espía»
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Miércoles Santo: «día del espía»

El miércoles pasó silenciosamente. Demasiado silenciosamente. Los tres días previos habían estado inundados de drama con la entrada triunfal el domingo, la limpieza del templo el lunes y las controversias sobre el templo el martes y, ahora, el miércoles 1 de abril 33 d. C., llega como la calma antes de la tormenta. Sin embargo, fuera de vista y acechando en las sombras, el mal se dispone a atacar. Por mucho tiempo, la iglesia ha llamado Miércoles del espía[1] al día en que la perversa conspiración en contra de Jesús avanzaba rápidamente, no solo por parte de sus adversarios fuera de su círculo, sino también por un traidor dentro de él. Es el día cuando las piezas clave se unen en el complot del pecado más grande de toda la historia: el asesinato del Hijo de Dios.

El complot se complica

Jesús despierta en las afueras de Jerusalén, en Betania, donde se ha estado quedando con María, Marta y Lázaro. Nuevamente, su enseñanza había atraído una multitud al templo. Pero hoy los líderes judíos, silenciados por Jesús el día anterior, lo dejarán en paz. Hoy día evitarán toda confrontación pública, pero, en privado, confabularán en su contra. Caifás, el sumo sacerdote, reúne en su residencia privada a los principales sacerdotes y a los fariseos, dos grupos competitivos, normalmente en desacuerdo, pero ahora aliados en sus ansias por deshacerse del galileo. Traman matarlo, pero aún no tienen todas las piezas en su lugar. Temen la desaprobación de las masas y no quieren agitar la multitud reunida en Jerusalén para celebrar la Pascua judía. El plan inicial es esperar hasta después de las fiestas, a menos que surja alguna oportunidad imprevista. En ese momento, aparece el traidor.

El avaro y su dinero

Los relatos del Evangelio le dan igual importancia a otro acontecimiento que se precipita al mismo tiempo: la unción en Betania. Una mujer se acercó a Jesús. Descubrimos en Juan 12:3 que era María, la hermana de Marta, quien tomando un «perfume de nardo puro» unge a Jesús. Pero surge una objeción por parte de los discípulos. Juan 12:4 nos indica que se trata de Judas: «¿Por qué no se vendió este perfume por 300 denarios y se dio a los pobres?». Después de todo, esta es una suma considerable, mayor que el salario anual de un soldado o un obrero común. Sería dinero suficiente para financiar una familia por más de un año, y ayudaría mucho para obras de caridad. Sin embargo, Jesús no comparte la avaricia de Judas. En ese momento, considera que la extravagancia es apropiada. El Reino que Él trae se opone a la mera economía utilitaria. Jesús ve en el «despilfarro» de María un deseo de adorarlo que va más allá del uso racional, calculador y eficiente del tiempo y del dinero. Para María, Jesús vale cada siclo y más. El Ungido mismo se refiere a su acción como: «una obra hermosa» (Mt 26:10, NVI). Judas, por otro lado, no está tan convencido. Contrario a las apariencias, la protesta del avaro revela un corazón codicioso. La inquietud de Judas no viene porque «se preocupara por los pobres, sino porque era un ladrón, y como tenía la bolsa del dinero, sustraía de lo que se echaba en ella» (Jn 12:6). Por mucho tiempo, el traidor había estado caminando por una senda de pecado y de dureza de corazón, pero la gota que rebalsó el vaso es esta unción extravagante. Satanás encuentra asidero en este corazón enamorado del dinero y en la maldad que le acompaña. Encolerizado por este «despilfarro» de salarios de un año, Judas va a ver a los principales sacerdotes, lo que se transforma en la oportunidad que los conspiradores han estado esperando. El espía los conducirá a Jesús en el momento oportuno cuando las multitudes se dispersen. Y el codicioso avaro lo hará por tan solo treinta monedas de plata, el precio por la vida de un esclavo según se establece en Éxodo 21:32.

¿Por qué añadir el insulto de una traición?

¿Por qué Dios haría que Jesús fuera humillado de esta forma? Si Él realmente «fue entregado por el plan predeterminado y el previo conocimiento de Dios» (Hch 2:23) y si sus adversarios están haciendo justo lo que la mano y el propósito de Dios «habían predestinado que sucediera» (Hch 4:28), ¿por qué diseñarlo así, con uno de sus propios discípulos traicionándolo? ¿Por qué añadir el insulto de la traición al agravio de la cruz? Encontramos una pista cuando Jesús cita el Salmo 41:9 para predecir la deserción de Judas: «El que come mi pan ha levantado contra mí su talón» (Jn 13:18). El rey David había experimentado no solo el dolor de que un amigo lo traicionara, sino también el que sus adversarios conspiraran contra él. Ahora el Hijo de David avanzaba por el mismo camino en su agonía. En este momento es Judas quien se vuelve en su contra. Pronto Pedro lo negará y, luego, los diez discípulos restantes lo abandonarán. Desde el comienzo de su ministerio público, los discípulos siempre habían estado a su lado. Habían aprendido de Él, habían viajado con Él, habían ministrado con Él, habían sido sus compañeros terrenales y lo habían reconfortado a medida que caminaban hacia Jerusalén; un camino que, de lo contrario, hubiera sido muy solitario. Pero ahora, dado que su hora está por llegar, Jesús debe soportar esta carga solo. La obra definitiva no será un esfuerzo de equipo. El Ungido debe proseguir sin ninguna compañía, puesto que incluso sus amigos lo traicionarán, lo negarán y lo abandonarán. Como observa Donald Macleod: «Si la redención del mundo hubiera dependido de la diligencia de los discípulos (o incluso de que se mantuvieran despiertos), nunca se hubiera alcanzado» (La persona de Cristo). «Habiendo ofrecido oraciones y súplicas con gran clamor y lágrimas» (Heb 5:7) en el jardín, el dolor de David se agrega al casi colapso emocional de Jesús: «Aun mi íntimo amigo en quien yo confiaba, el que de mi pan comía, contra mí ha levantado su talón» (Sal 41:9). Jesús es abandonado por sus amigos terrenales más cercanos; uno de ellos incluso se vuelve un espía en su contra. Pero ni siquiera ese es el final de su angustia. El instante más profundo nos llega en el grito de abandono: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27:46). No obstante, aún más extraordinaria que la intensidad del abandono, es la magnitud del amor que está por demostrar. Nadie tiene un amor mayor que este: que Él dio su vida por sus amigos aun cuando ellos lo habían abandonado.
David Mathis © 2014 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. Traducción: Marcela Basualto

[1] N. del T.: Este es el nombre que la iglesia anglo le ha dado a este día. En Latinoamérica, la Iglesia Católica Romana también se ha referido a este día de ese modo.