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Darby Strickland es consejera y miembro de la facultad de CCEF. Tiene un Máster en Divinidad con un énfasis en consejería otorgado por Seminario Teológico Westminster. Es una experta reconocida a nivel nacional y tiene una pasión y experiencia particular en ayudar a los vulnerables y oprimidos, especialmente a mujeres en matrimonios abusivos. Ha contribuido en el currículum de entrenamiento Cómo convertirse en una iglesia que cuida bien de los que han sido abusados, por medio de churchcares.com. Ha escrito para la Journal of Biblical Counseling, para el blog de CCEF y recientemente publicó su primer libro Is it Abuse? A Biblical Guide to Identifying Abuse and Helping Victims (P&R) [¿Esto es maltrato? Una guía bíblica para identificar el maltrato y ayudar a las víctimas].

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Refugiándose en casa cuando no es un lugar seguro
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Refugiándose en casa cuando no es un lugar seguro


  Título original en inglés: “Sheltering in Place When Home Isn’t Safe
Para muchas, el hogar no es un lugar seguro. Es el lugar donde reside su abusador y donde ocurre el abuso. Puesto que la COVID-19 nos tiene a muchos de nosotros limitados a nuestras casas, las mujeres que son víctimas de violencia intrafamiliar están más vulnerables que nunca[1]. El alivio temporal que estas mujeres normalmente tienen, como ir al trabajo, ir a un estudio bíblico o hacer trámites, ya no está. Mientras tanto, el estrés cada vez mayor de vivir en un mundo con COVID-19 aumenta las tensiones en el hogar. Y, como muchos de los que trabajan con víctimas de abuso temían, ha habido un aumento mundial de llamadas a la línea directa de violencia intrafamiliar[2]. Sin embargo, aunque los riesgos de abuso han aumentado, la ayuda disponible para las víctimas ha disminuido. Los sistemas que normalmente estarían funcionando en su sitio para ayudar ahora ya no son tan fáciles de acceder y los centros de acogida están llenos o no están recibiendo nuevas huéspedes. Estas mujeres también se encuentran aisladas de su habitual sistema de apoyo. Amigos y familia podrían temer exponerse al coronavirus, por lo que una madre que generalmente se refugiaba junto a sus hijos en la casa de otra persona no sabe qué hacer. Y muchas mujeres no pueden hablar libremente por teléfono o mandar mensajes de texto desde sus casas porque podrían estar siendo monitoreadas por su abusador. Esto impacta las relaciones de consejería también. Al estar prohibidas las citas cara a cara, me pongo en contacto con algunas mujeres por teléfono, pero no menciono el abuso así no las pongo en más peligro. Mi corazón anhela apoyarlas y recordarles que Dios las ve, pero tengo que pensar en su seguridad primero. Sin embargo, aunque estas limitaciones son significativas, aún existen maneras en las que podemos ayudar. Por ejemplo:
  1. Ora por las mujeres cuyos hogares no son un lugar seguro.
  2. Haz un chequeo regular con quienes conoces. Puesto que la comunicación podría ser monitoreada, sé creativa. Pídele a la mujer que te llame la próxima vez que salga a caminar o que vaya de camino a la tienda de comestibles. O simplemente atente a conversar temas seguros. No subestimes el valor de tener una conversación, de compartir la Escritura y de ofrecer apoyo emocional.
  3. Los amigos y la iglesia pueden llamar por la víctima a la línea directa de violencia intrafamiliar (1-800-799-7233[3]) y ver qué recursos o estudios podrían estar disponibles.
  4. Las iglesias podrían llevar a estas mujeres/niños a un hotel si los centros de acogida del área están llenos.
  5. Comparte esta publicación para que la víctima pueda verla y así aprender formas para conseguir ayuda[4].
Si eres víctima de violencia intrafamiliar y estás leyendo esta publicación, estas son algunas cosas que puedes hacer:
  1. Cuando comience una pelea, anda a la habitación más segura de la casa, preferentemente a una que tenga dos salidas. La cocina es uno de los peores lugares, porque ahí hay muchas armas improvisadas como los cuchillos.
  2. Durante una discusión, aléjate de los niños (no vayas hacia ellos). Si es posible, entrena a tus hijos para que encuentren una habitación segura lejos de la pelea y enséñales a llamar al 911 si es que hay una emergencia o si es que alguien es lastimado[5].
  3. Mantén tu celular cargado y anda trayéndolo. Guarda los números de la policía (normalmente es el 911[6]) y la línea directa de violencia intrafamiliar (1-800-799-7233) con el fin de que sean fáciles de encontrar si las necesitas.
  4. Intenta encontrar tiempo cada día para estar con el Señor y cuidar de ti misma. Quizás sea al tomar una ducha más larga, realizar una caminata (si es posible), darte el tiempo para leer o para escribir. ¿De qué maneras puedes aumentar tu fortaleza espiritual durante este tiempo? Busca maneras de incorporar ejercicio o un pasatiempo que disfrutes.
  5. Si es seguro hacerlo, busca conectarte con otras personas vía teléfono, mensaje de texto o correo electrónico. Quizás no podrás hablar sobre lo que está pasando en tu casa si temes estar siendo monitoreada, pero permanecer conectada con personas de apoyo puede ser vivificante.
Hay momentos en los que soy tentada a desesperarme por las víctimas, porque, finalmente, no tengo poder para detener los abusos perpetrados contra ellas. También yo debo volver a la Escritura para recordar la protección y el cuidado de Dios:
Porque en el día de la angustia me esconderá en su tabernáculo; En lo secreto de su tienda me ocultará; Sobre una roca me pondrá en alto (Sal 27:5).
Este, sin duda, es un día de la angustia. Y mi corazón está apesadumbrado, pero me animo cuando recuerdo que el Señor es el refugio supremo para estas mujeres. Él promete protección para su pueblo. Por supuesto, esto no significa que ningún mal les afectará y esta es una tensión difícil de navegar para nosotros. Descansamos en la promesa del Señor de que finalmente todos estamos seguros en Él, pero también sabemos que no siempre estamos físicamente a salvo en este mundo. En todo caso, la COVID-19 nos está haciendo conscientes a todos de esa realidad. Por esta realidad, nos lamentamos. Sin embargo, también tenemos razones para tener esperanza. El Señor nos invita a pedirle ayuda y Él promete ser nuestro refugio, aun cuando nuestros hogares no sean seguros. No hay escasez de promesas en la Escritura que muestren el cuidado de Dios por el vulnerable. Cuando recuerdo esto, soy profundamente animada e inspirada a ayudar al ser las manos y los pies de Dios. Y es mi esperanza que como la iglesia de Cristo, no olvidemos a los vulnerables durante este tiempo y que aprendamos cómo ministrarlos sin peligro[7].
Este artículo fue traducido íntegramente con el permiso de The Christian Counseling & Educational Foundation (CCEF) por María José Ojeda, Acceso Directo, Santiago, Chile. La traducción es responsabilidad exclusiva del traductor.
Esta traducción tiene concedido el Copyright © (11 de junio, 2020) de The Christian Counseling & Educational Foundation (CCEF). El artículo original titulado “Sheltering in Place When Home Isn’t Safe” Copyright © 2020 fue traducido por María José Ojeda, Traductora General, Acceso Directo. El contenido completo está protegido por los derechos de autor y no puede ser reproducido sin el permiso escrito otorgado por CCEF. Para más información sobre clases, materiales, conferencias, educación a distancia y otros servicios, por favor, visite www.ccef.org.

[1] Me enfoco en mujeres porque ellas sufren más frecuentemente de abuso. «Es más probable que los hombres y los niños sean los responsables (que las mujeres y las niñas). Es más probable que las mujeres y las niñas sean las víctimas de IPA [violencia infligida por la pareja, por sus siglas en inglés] (que los hombres y los niños). Al mismo tiempo, es necesario reconocer que existen algunas mujeres y niñas que son maltratadoras y violentas con sus parejas masculinas. Se estima que este es el 5 % o menos de los casos». Fuente: Joanne Belknap y Heather Melton, «Are Heterosexual Men Also Victims of Intimate Partner Violence? [¿Son también los hombres heterosexuales víctimas de violencia infligida por la pareja?]» (Marzo 2005) [Traducción propia].  https://vawnet.org/sites/default/files/materials/files/2016-09/AR_MaleVictims.pdf​. Consultado el 08/04/2020. [2] Amanda Taub, “A New Covid-19 Crisis: Domestic Abuse Rises Worldwide [Una nueva crisis de COVID-19: la violencia intrafamiliar aumenta a nivel mundial]”, New York Times, 06 de abril, 2020. https://www.nytimes.com/2020/04/06/world/coronavirus-domestic-violence.html Consultado el 07/04/2020. [3] Este número corresponde a E.E. U.U. En Argentina, llama a la Línea 114, escribe por WhatsApp 11-2771-6463, 11-2775-9047 y 11-2775-9048 o escribe al correo electrónico linea144@mingeneros.gob.ar. En Bolivia, llama al 800140348. En Chile, puedes llamar a: Fono Familia 149  y al Fono de orientación para la violencia contra la mujer: 1455. En Perú, llama a la Línea 100. En Colombia, a la Línea púrpura 01 8000 112 137 o escribe al WhatsApp 300 755 18 46. En Ecuador, llama al 098 742 7448 (usar el código «canasta roja»). En España, llama al 112, a la Policía Nacional (091) o a la Guardia Civil (062) y para apoyo psicológico contacta por Whatsapp al 682916136 / 682508507. En México, llama al 911. En Paraguay, llama al 137. En Uruguay, llama al 0800-4141 y desde celulares *4141. En Venezuela, Caracas, llama al 02125093634. [4] Estos mismos pasos y recursos son adecuados para las víctimas masculinas también. [5] Sin embargo, ten cuidado con lo que le compartes a tus hijos, pues ellos podrían contarle a su padre por error: «mamá me dijo que llamara al 911 si la lastimabas». Es mejor hablar con ellos sobre lo que hay que hacer si es que ocurre cualquier tipo de emergencia, lo que incluye cuando alguien es herido. Deja que tomen sus propias decisiones respecto a cuándo implementar tus instrucciones. [6] Este número corresponde a E.E. U.U. Busca y aprende el número de contacto de la policía de tu zona. [7] Recursos sugeridos: Domestic Abuse: Recognize, Respond and Rescue [Abuso doméstico: cómo reconocerlo, responder y rescatar] escrito por Darby Strickland. Becoming a Church that Cares Well for the Abused [Transformándonos en la iglesia que cuida bien de quien ha sido abusado] (Editor general: Brad Hambrick). Este es un programa de entrenamiento gratuito diseñado para ayudar a los líderes de la iglesia a entender e implementar mejores prácticas para manejar la variedad de escenarios de abusos que ocurren en iglesias, escuelas y otros ministerios [Ambos recursos están disponibles solo en inglés].
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¿Soy responsable por el pecado sexual de mi esposo?
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¿Soy responsable por el pecado sexual de mi esposo?

 
Título original en inglés: “Am I Responsible for My Husband’s Sexual Sin?
En el último par de semanas, he tenido varias conversaciones con esposas que se sentían llenas de culpa. Cada una de ellas temía que el no cumplir con las expectativas sexuales de sus esposos los empujaría a satisfacer sus deseos de manera pecaminosa. Este temor puede parecer extremo, pero la creencia de que las esposas son responsables de guardar a sus esposos del pecado sexual es más común de lo que podrían pensar, así que quiero llevar su atención hacia esto. Estas son solo cuatro muestras de esas discusiones:
  • «Mi esposo va a un viaje de negocios la próxima semana y si no duermo con él antes de que se vaya, lo dejaré vulnerable a que me engañe». Cuando insistí en preguntar por qué ella tenía este temor, me dijo: «mi pastor una vez habló sobre la necesidad de asegurarse de que tu esposo esté satisfecho antes de salir de casa o él podría descarriarse».
  • «Realmente estoy luchando con mi cuerpo posparto. Temo que si no lo recupero pronto, mi esposo perderá su deseo por mí». Al conocer a la pareja, este temor parecía fuera de lugar. Cuando le pregunté por qué concluía esto, dijo que había escuchado un sermón donde se les decía a las esposas que mantuvieran su apariencia «para que tu esposo no se distraiga con alguien que sí lo mantiene».
  • «Sé que la próxima semana será difícil para mí seguir el ritmo del entusiasmo sexual de Bill, pero temo que si le fallo, él recurrirá al porno. Agrega tanta presión». Después de llevarla hacia un lado, me reveló que su esposo había estado luchando contra la adicción a la pornografía por años. Su consejero anterior la animó a responder a su necesidad por sexo para que no caiga en pecado, dejándola destrozada y sintiéndose responsable por los fracasos de su marido.
  • «Temo no ser suficiente para mi esposo. Él nunca está complacido con mi “performance”. Realmente estoy luchando para darle más placer, pero cuando está en un momento crítico y me amenaza con satisfacer sus necesidades en otro lugar, simplemente me paralizo. Me da miedo perderlo si no puedo entregarle lo que quiere».
Cada una de estas esposas creyó que era responsable de la pureza de su esposo, entonces si él se perdía en cualquier manera, la culpa llegaría a ellas. En los primeros dos casos, las esposas no tenían expectativas basadas en hechos que las llevarían a pensar que sus esposos les serían infieles; ellos eran hombres honorables. Sin embargo, otros cristianos les enseñaron a temer el potencial de sus esposos para pecar sexualmente. Esta creencia impidió su habilidad de disfrutar el sexo y de deleitarse en sus esposos. En los últimos dos casos, las mujeres creían que los deseos pecaminosos de sus esposos eran normales, pero también abrumadoramente poderosos. Era responsabilidad de las esposas evitar que sus esposos pecaran y esto las esclavizaba a las exigencias distorsionadas de sus maridos. De alguna manera, todas estas mujeres están escuchando el mismo mensaje: los cuerpos de sus esposos producen un nivel irresistible de deseo sexual que debe satisfacerse y las esposas son responsables de satisfacer ese deseo para mantener la pureza sexual de sus esposos. Hablar sobre la frecuencia de las relaciones sexuales con matrimonios suele ser difícil porque es muy complejo y personal. No obstante, un asunto del cual podemos hablar claramente y que es relevante para todos los matrimonios es este: ¿Los hombres necesitan sexo? ¿Es así como Dios hizo a los hombres? Dicho de manera simple, no. Los hombres no necesitan sexo. El sexo no es algo que los hombres necesitan para sobrevivir, tampoco es una tentación para la cual no estén equipados para resistir. Hay muchos momentos a lo largo de un matrimonio en los que una esposa es incapaz o se considera poco sabio que ella tenga relaciones sexuales con su esposo: el posparto, un tiempo posterior a una cirugía, durante una enfermedad o cuando hay abuso. Dios no produce que nosotros necesitemos algo que Él no provee (como un compañero siempre disponible) o que no permite (como la fornicación o el adulterio), tampoco crea nuestros cuerpos para experimentar una tentación irresistible (Stg 1:13). Desacreditar estas creencias tiene al menos dos impactos importantes: quita el peso de la culpa que viene de una enseñanza errónea y permite que las esposas al menos comiencen conversaciones más equilibradas sobre sexo con sus esposos. Para apoyar ese esfuerzo, existen algunos principios simples expuestos en 1 Corintios 6 que espero traigan mayor claridad.

Huyan de la fornicación. Todos los demás pecados que un hombre comete están fuera del cuerpo, pero el fornicario peca contra su propio cuerpo. ¿O no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo que está en ustedes, el cual tienen de Dios, y que ustedes no se pertenecen a sí mismos? Porque han sido comprados por un precio. Por tanto, glorifiquen a Dios en su cuerpo y en su espíritu, los cuales son de Dios (vv. 18-20).

En primer lugar, noten que las instrucciones de Pablo están dirigidas a la persona tentada. Es su responsabilidad huir para no convertirse en esclavo de sus deseos sexuales. Pablo pone la carga directa y exclusivamente en la persona que es tentada, los cónyuges no se mencionan. En segundo lugar, considera que la estrategia principal de Pablo para lidiar con la inmoralidad sexual es huir. Pablo está hablándole a una cultura que es muy parecida a la nuestra, donde se normalizan todos los tipos de sexo y deseos pecaminosos. La directriz de Pablo para lidiar con la inmoralidad sexual es simple y directa: ¡corran! ¡Huyan! Aléjense lo que más puedan de ella. Él no está diciendo que se detengan y razonen con ella, que la consideren, que negocien con ella o que coqueteen con ella; al contrario, que corran de todas las tentaciones que lleven a ella, como José lo hizo con la esposa de Potifar (Gn 39:12). En tercer lugar, noten por qué nos dice que huyamos. Pablo quiere que tratemos la inmoralidad sexual como el peligro que es, para que no dañemos nuestros cuerpos, que es donde mora el Espíritu Santo. Él conoce la naturaleza esclavizante del pecado sexual y sabe que nuestros cuerpos fueron creados para ser una morada para el Espíritu Santo[1]. Considerar medios de satisfacción corporal fuera de lo que Dios nos ha dado, en última instancia, viola a la larga nuestra conexión con Jesús, por lo que Pablo nos exhorta, en lugar de ello, a glorificar a Dios con nuestros cuerpos. En cuarto lugar, al destacar el tremendo daño que hace el pecado sexual, la advertencia de Pablo aquí debe llevar a las personas tentadas a odiar su deseo de pecar. Lo diré de la siguiente manera: es bueno que cada uno de nosotros cultive un horror por nuestro pecado. De hecho, deberíamos sentir repulsión por ello. Y aunque podemos orar por nuestros cónyuges para que ya no sean cautivados por deseos pecaminosos, no podemos cambiar sus gustos por él. Les corresponde a ellos. No es tu culpa ni es tu responsabilidad liberarlos de sus pasiones malvadas. Tendrán que pelear la batalla ellos mismos, solicitando la ayuda de Jesús. Solo Él tiene el poder y la habilidad de romper el vínculo con el pecado. Los problemas en la vida sexual marital son complejos y esta distorsión es solo una de muchas. Pero dado su prevalencia, sugiero que los maridos consideren preguntarles a sus esposas sobre esto. Descubran qué han leído o escuchado ellas sobre la necesidad de cuidarlos sexualmente. Esta conversación los bendecirá a ambos. Para el resto de nosotros, esperemos encontrar mujeres que creen que son responsables de la pureza de sus maridos. Cuando nos encontremos con ellas, los animo a bajar el ritmo, a descubrir cómo llegaron a esta conclusión y luego a apuntarlas a pasajes como el mencionado anteriormente. Todos sabemos instintivamente que una esposa no es responsable de los hábitos alimenticios de su esposo, de sus devocionales diarios o de si es un ladrón. A pesar de eso, muchas mujeres nos necesitan, y especialmente a sus pastores, para ayudarlas a hacer esta misma aplicación al potencial de la tentación sexual de sus esposos.
Esta traducción está protegida por Copyright © 2022 y por The Christian Counseling & Educational Foundation (CCEF). Este artículo titulado “Am I Responsible for My Husband’s Sexual Sin?” Copyright © 2021 fue escrito por Darby Strickland y está disponible en https://www.ccef.org/am-i-responsible-for-my-husbands-sexual-sin. El contenido completo está protegido por Copyright y no puede ser reproducido sin el permiso escrito otorgado por CCEF. Para más información sobre clases, materiales, conferencias, educación a distancia y otros servicios, por favor, visite www.ccef.org.
Traducido íntegramente con el permiso de The Christian Counseling & Educational Foundation (CCEF) por María José Ojeda, Acceso Directo, Santiago, Chile. La traducción es responsabilidad exclusiva del traductor.

[1] Cuando pensamos en ser esclavos del pecado, no quiere decir que no tengamos poder ni que estemos incapacitados; al contrario, la esclavitud al pecado es un resultado directo de nuestra propia decisión a pecar (Jn 8:34).

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Carta a esposas que se preguntan: ¿esto es maltrato?
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Carta a esposas que se preguntan: ¿esto es maltrato?


Título original en inglés: “A Letter to Wives Who Are Wondering: Is it Abuse?
Querida hermana: Muchas esposas dañadas no están seguras de si lo que les está ocurriendo es maltrato. ¿Eres una de ellas? ¿Te preguntas si lo que estás soportando es suficientemente malo como para calificarlo con esa etiqueta? Quizás sospeches que algo podría andar «mal», pero te preguntas: «¿seré yo? ¿Es mi culpa? Tal vez si yo fuera una mejor esposa o más sumisa a mi esposo, él no estaría tan enojado conmigo todo el tiempo. ¿Quizás él no tiene otra opción más que regañarme?». Y sin embargo, te echas para atrás cuando piensas en el trato cruel que has recibido y desesperadamente quieres preguntarle a alguien: «¿esto es normal?». He hablado con muchas mujeres como tú. Se sienten confundidas y aisladas. Tienen tantas preguntas y no saben a quién acudir. Mi corazón se acongoja cada vez que escucho a mujeres que luchan con estas incertidumbres. A menudo, lo que están soportando las aplasta y están llenas de temor y culpa. Es casi paralizante. No obstante, algo significativo ocurre cuando una mujer en esta situación comienza a hablar. Incluso solo al hacer preguntas, ella está invitando a otra persona a su sufrimiento. Comienza una pelea para que la verdad y la gracia gobiernen su vida. Por pocas e inciertas que sean, sus palabras demuestran valentía y fe. Sé que les ha requerido mucha fuerza y sabiduría llegar a este momento. Es un acto hermoso de valentía. ¿Te encuentras en un punto similar? ¿Tienes más preguntas que respuestas? ¿Has leído cada libro sobre matrimonio e intentado todo lo que sabes para mejorar las cosas? Si pudiera sentarme contigo, comenzaría con tu historia y a escuchar tus preguntas. Lloraría contigo por la crueldad que has soportado y la confusión que experimentas. Luego, te diría cuán valiente eres para contar tu historia, aun cuando solo sea un fragmento de ella. Querría animarte a que des un gran paso de fe para llevar luz a la oscuridad a fin de que el pecado se pueda ver, redimir y tú puedas recibir ayuda (Ef 5:11). Compartir las verdades de lo que está ocurriendo en tu casa es heroico. Pero saber qué lugar es seguro para compartirlas representa un desafío[1]. Si realmente no conoces a alguien en quien sea seguro confiar, podrías comenzar leyendo libros sobre maltrato y escribir en un diario. A medida que aprendes más sobre cómo se ve el maltrato en un matrimonio, registra los eventos en tu casa y cómo te trata tu esposo. Aprender sobre el maltrato y poner palabras en papel puede traer claridad. Asegúrate de guardar tu diario y cualquier libro que estés leyendo en un lugar seguro. Muchas víctimas de maltrato son monitoreadas, así que sé cauta y creativa en cómo manejas estas cosas. Para obtener ayuda, hablar con alguien más es esencial, pero, por ahora, podría sentirse imposible. Así que comienza por hablar directamente con el Señor. Llévale tu confusión, tus preguntas y tus ruegos de ayuda. No tengas temor de hablar clara y directamente de tus problemas. Él quiere escuchar tu corazón. Él no se espanta si nombras a la maldad y al pecado. Puedes hablar libremente en su presencia. Recuerda, Jesús conoce íntimamente lo que estás soportando. Él fue maltratado, abandonado, ridiculizado y aplastado. Él sabe lo que es para ti, así que anda a Él y cuéntale lo que estás viviendo. Si tus palabras fallan, te animo a ir a los Salmos. Muchos de ellos expresan la agonía bajo el ataque de un enemigo. Los escritores claman por ayuda, detallando gráficamente su sufrimiento mientras describen su peligrosa situación. Nos recuerdan que es bueno clamar al Señor, pues solo Él sabe lo que te ocurre. Dios ve, escucha, le importa, ayuda y está cerca. Por ejemplo, podrías querer usar las palabras del Salmo 22. Este es el salmo que Jesús citó en la cruz. Estos son algunos fragmentos que puedes usar. Primero, implora su ayuda: «No estés lejos de mí, porque la angustia está cerca, pues no hay nadie que ayude» (v. 11). Pídele que traiga claridad y te rescate. Comparte con Él cómo es vivir asediada en tu hogar por un esposo enojado e impredecible: «Muchos toros me han rodeado; toros fuertes de Basán me han cercado. Ávidos abren su boca contra mí, como un león que despedaza y ruge» (vv. 12-13). Cuéntale sobre el dolor en el que te encuentras: «Soy derramado como el agua, y todos mis huesos están descoyuntados; mi corazón es como cera; se derrite en medio de mis entrañas» (v. 14). Continúa apoyándote en las palabras de la Escritura hasta que encuentres tus propias palabras. Persiste en esto porque Él promete: «Porque Él no ha despreciado ni aborrecido la aflicción del angustiado, ni le ha escondido su rostro; sino que cuando clamó al Señor, lo escuchó» (Sal 22:24). Sé que Él proveerá esperanza y ayuda. Lo he visto hacerlo una y otra vez. Espero que, en algún momento, decidas compartir tu historia con alguien más. Eso podría ser aterrador porque puede ser desafiante saber quién tiene la sabiduría requerida para guiarte. Un paso que puedes dar es preguntarle a las personas en quienes confías qué saben sobre la violencia doméstica. No tienes que decir que es para ti, al principio. Solo averigua si ellos tienen los recursos o el conocimiento para ayudarte. Intenta determinar lo que ellos entienden por maltrato. Podrías preguntar: «¿has leído algún libro útil sobre maltrato doméstico?»; «¿alguna vez has ayudado a una víctima?», o «¿conoces a alguien que haya experimentado esto y pueda ayudar?». Si te recomiendan a alguien, haz preguntas sobre cómo es esa persona. ¿Él o ella escuchará tu historia antes de hablar? Está bien ir lento en este proceso, pidiéndole a Dios que te guíe. Recuerda, Él quiere que lleves tu sufrimiento a la luz donde puedas encontrar ayuda. Cuando decidas que has encontrado a alguien en quien puedas confiar, llega preparada. Escribe tus preocupaciones y está lista para compartir varios ejemplos de lo que ocurre en tu casa. Describir múltiples ejemplos es útil porque el maltrato es un patrón de comportamiento castigador que busca dominar y controlar. Mientras más incidentes puedas recopilar, más claro será para ti y para quien te ayude. Sin conocer los detalles de tu situación, no puedo hablar directamente a ella. Sin embargo, lo que sí sé es que si te estás preguntando si lo que estás soportando es maltrato, necesitas ayuda. Dios diseñó el matrimonio para ser un lugar de confianza, sacrificio, cuidado y honestidad mutuas. Se supone que debe ser un reflejo de cómo Jesús ama a su iglesia: una relación caracterizada por el sacrificio (ver Gn 2:23-24; Ef 5:25, 28-30). No es correcto que vivas aterrada, aislada e insegura. Mi deseo es que tengas a alguien que camine junto a ti que pueda ofrecerte consejo piadoso, sabio y con experiencia. Es una carga demasiado grande para llevarla sola. Aunque no puedo responder la pregunta: «¿esto es maltrato?» sin conocer tu historia, espero que haya podido entregarte el primer par de pasos que puedes dar para llegar a una respuesta. Es una pregunta importante y deseo que la enfrentes prácticamente para que puedas encontrar la ayuda y la esperanza que Dios quiere para ti, su preciosa hija. Su amor perdura, Darby Strickland
Esta traducción está protegida por Copyright © 2022 y por The Christian Counseling & Educational Foundation (CCEF). Este artículo, titulado “A Letter to Wives Who Are Wondering: Is it Abuse?” Copyright © 2020, fue escrito por Darby Strickland y está disponible en https://www.ccef.org/a-letter-to-wives-who-are-wondering-is-it-abuse. El contenido completo está protegido por Copyright y no puede ser reproducido sin el permiso escrito otorgado por CCEF. Para más información sobre clases, materiales, conferencias, educación a distancia y otros servicios, por favor, visite www.ccef.org.
Traducido íntegramente con el permiso de The Christian Counseling & Educational Foundation (CCEF) por María José Ojeda, Acceso Directo, Santiago, Chile. La traducción es responsabilidad exclusiva del traductor.

[1] Asegúrate de que estés hablando con alguien que entienda lo que es el maltrato y la necesidad de confidencialidad, para que recibas consejo que tenga en cuenta tu seguridad.