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Christina Fox escribe para muchos ministerios cristianos, dentro de los cuales se encuentran Desiring God, The Gospel Coalition, True Woman y ERLC. Es autora de Los ídolos en el corazón de una madre; Un temor santo: cómo el temor del Señor te proporciona gozo, seguridad y paz; Esperanza para el corazón de una madre. Puedes encontrar más de sus recursos en www.christinafox.com.

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Cinco cosas que puedes enseñarles a tus hijos esta Navidad
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Cinco cosas que puedes enseñarles a tus hijos esta Navidad

«Mamá, necesito agregar algo a mi lista de regalos que quiero para Navidad».

Nuevamente, llegamos a esta época del año. Las tiendas están decoradas de rojo y verde. Nuestros buzones y nuestras bandejas de entrada están llenas de publicidad, de avisos de liquidaciones y de catálogos. En la mente de casi todos (especialmente las de los niños) hay paquetes hermosamente envueltos.  La Navidad entrega una oportunidad maravillosa para verter las verdades del Evangelio en los corazones de nuestros hijos. Es un tiempo ideal para mostrarles el más grande regalo que podrían recibir, el regalo de Jesucristo. A continuación, les comparto una lista de importantes verdades para enseñarles a nuestros hijos esta Navidad:
1. La historia de la redención
Durante el Adviento, a la expectativa del 25 de diciembre, podemos enseñarles y preparar a nuestros hijos para la celebración en la Escritura del nacimiento de Jesús.  En nuestra familia, nos gusta comenzar con la historia de la creación y avanzar diariamente a lo largo de la historia de la redención hasta llegar al día de Navidad al nacimiento de Cristo. Hablamos sobre la caída y sobre la promesa de Dios de enviar un Salvador en Génesis 3:15. Leemos sobre la promesa que le hizo a Abraham y que reafirma a lo largo del Antiguo Testamento. Hablamos sobre Moisés y sobre Aquel que vendría que es mayor a Moisés (Heb 3:3-6). Leemos las profecías en Isaías. Vemos cómo toda la Biblia apunta al Redentor. 
2. La humildad de Cristo
Para el mundo, este tiempo de fiestas tiene que ver con extravagancia, ostentación y con hacer que cada detalle sea de ensueño. La historia de Jesús, sin embargo, es una de humildad. El tiempo de Navidad entrega una gran oportunidad para enseñarle a nuestros hijos sobre lo que significa estar en un Reino mayor (Mt 20:26-28). Los padres de Jesús, su lugar de nacimiento, su ciudad natal y su mismísimo acto de tomar forma humana, fueron todas demostraciones de humildad. La mayoría de las personas esperaba que el Mesías llegara a un castillo, no a un establo. Muchos esperaban que viviera una vida de realeza y no de pobreza. La mayoría esperaba que conquistara a los romanos, no que fuera crucificado por ellos. Lean Filipenses 2:1-11 y muéstrenles a sus hijos la humildad de Cristo. 
3. Dios obra por medio de la debilidad
De igual manera, enseñarles a nuestros hijos cómo Dios obra por medio de la debilidad es otro tema que podemos enseñar en Navidad. Dios a menudo escoge lo distinto y lo débil para usarlo en su historia de redención. María era una simple y pobre chica de una ciudad insignificante. Pedro era un pescador sin educación. La gloria de Dios se despliega cuando Él obra por medio de nuestras debilidades. Esto se puede ver de una manera más espectacular en la muerte de Jesús en la cruz al tomar nuestro lugar y en su resurrección al tercer día, que asegura nuestra victoria sobre el pecado y la muerte.
4. Dios cumple sus promesas
Otra importante verdad que podemos enfatizar con nuestros hijos durante esta época es que Dios cumple sus promesas. Podemos comenzar contándoles la promesa de redimir a su pueblo y culminar con el cumplimiento de esa promesa en Cristo.
5. Los nombres de Cristo 
El año pasado, mis hijos aprendieron un nombre diferente de Jesús cada día durante el Adviento. Estudiamos nombres como Mesías, el Cordero de Dios, Emmanuel, Alfa y Omega y Príncipe de Paz. Enseñarles a nuestros hijos los nombres de Jesús y lo que significan los ayuda a conocerlo más, su carácter y lo que Él ha hecho. Hicimos una cadena de papel con diferentes nombres impresos en cada una. Otra forma de aprender los nombres de Jesús podría ser crear un adorno navideño por cada uno y colgarlos en el árbol de Navidad cada vez que estudien un nombre. Aprovecha este tiempo del año para enseñarles a tus hijos sobre el Cristo niño. Pasa tiempo en la Palabra, mostrándoles al Mesías prometido y cómo esa promesa fue cumplida en el bebé nacido en Belén. Ayúdalos a ver que Jesús es el regalo más grande que podrían recibir y el mejor regalo que podríamos compartir con los demás.
Christina Fox © 2013 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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Fijemos nuestra mente en Cristo
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Fijemos nuestra mente en Cristo

¿Te ha pasado alguna vez que has estado en un grupo de amigos y de pronto se encuentran hablando de un tema raro y se preguntan cómo llegaron a hablar de eso? Mi hijo mayor está fascinado con el rumbo que toman las conversaciones. Le encanta desenrollar los hilos enredados y enmarañados para descubrir cómo un tema lleva a otro. Cuando me toca liderar grupos, tengo que estar atenta en las conversaciones dispersas porque es fácil que las personas se salgan del tema y mientras más nos desviamos de él, más difícil es volver.

Propensos a divagar

Esto pasa con nuestros pensamientos también. Seguimos las desviaciones en nuestras mentes, bajando por caminos sinuosos, rutas tortuosas, y yendo a través de pasajes oscuros. Comenzamos con un pensamiento y, como un niño distraído, lo seguimos donde quiera que nos lleve. Toma en cuenta la última vez que te hicieron daño de alguna forma. Puedes haber pensado lo injusto que fue y cómo no merecías ese trato. Este pensamiento te llevó a pensar en otros momentos en los que te dañaron. Quizás comparaste la forma en que te trataron con la manera en que otros son tratados. Tus pensamientos continúan avanzando y se tuercen hasta que, antes de que te des cuenta, estás ardiendo de rabia. Lo mismo pasa cuando enfrentamos pruebas o sufrimiento. Comenzamos a pensar sobre cuán difícil es y que no tenemos la fuerza para superarlo. Pensamos en todas las cosas que pueden salir mal. Nos preocupamos e inquietamos por el futuro; seguimos esos pensamientos a lugares oscuros hasta que nos paralizan de miedo y nos sobrepasan con desesperanza. Nos encontramos de forma natural con esos tipos de pensamientos divagantes. Como hijos de Adán, en nuestra naturaleza pecaminosa, somos llevados por caminos de pensamientos dispersos, pecaminosos, de verdades a medias, de mentiras. A veces, ni siquiera nos damos cuenta de la influencia que nuestros pensamientos tienen en nosotros, tampoco de cuánto importan. La verdad es que ellos tienen un gran poder sobre nosotros tanto a nivel emocional como espiritual y conductual. Las cosas por las que nos preocupamos y sobre las que reflexionamos son como el timón de un barco: éstas conducen y guían nuestras emociones y afectos. Como una planta invasiva, nuestros pensamientos dispersos pueden crecer y propagarse, envolviendo nuestros corazones hasta sofocar y asfixiar nuestro gozo. A lo largo del tiempo, nuestros pensamientos pueden afectar nuestras acciones. Como Jesús dijo, “... de la abundancia del corazón habla la boca” (Mt 12:34). 

Alertas y listos

Como creyentes, lo que pensamos importa. Somos nueva creación porque Jesús nos compró y nos redimió del pecado. Hemos muerto a nuestra vieja naturaleza (Ro 6:6), en donde nuestros pensamientos están incluidos. Cuando tenemos pensamientos incorrectos y pecaminosos, no estamos viviendo como la nueva creación que somos. “Así que les digo esto y les insisto en el Señor: no vivan más con pensamientos frívolos como los paganos… no fue ésta la enseñanza que recibieron de Cristo, si de veras se les habló y enseñó de Jesús según la verdad que está en él. Con respecto a la vida que antes llevaban, se les enseñó que debían quitarse el ropaje de la vieja naturaleza, la cual está corrompida por los deseos pecaminosos; ser renovados en la actitud de su mente; y ponerse el ropaje de la nueva naturaleza, creada a imagen de Dios, en verdadera justicia y santidad” (Ef 4:17, 20-24). Debido a que somos nuevas criaturas en Cristo, la Escritura nos pide que estemos alerta respecto a nuestro pensamiento. El apóstol Pablo escribió que tomó cautivo todo pensamiento para someterlo a Cristo (2 Co 10:5). Este es un lenguaje militar fuerte. Necesitamos ser agresivos y fuertes, buscando intencionalmente pensamientos desobedientes para someterlos. Es por esta razón que estamos en medio de una batalla espiritual y de una guerra; por lo tanto, no podemos ser pasivos (ver Efesios 6). Esto también quiere decir que necesitamos ser intencionales respecto a los tipos de pensamientos que tenemos. Debemos adecuar nuestros pensamientos para que así obedezcan y glorifiquen a Cristo. Como Pablo escribió en Filipenses 4:8, “por último, hermanos, consideren bien todo lo verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo digno de admiración, en fin, todo lo que sea excelente o merezca elogio”. Pensamientos como estos son los que queremos promover, asentar y desarrollar. John Piper señala en su libro A Godward Life: Seeing the Supremacy of God in All of Life (Una vida hacia Dios: la supremacía de Dios en toda tu vida) que la Biblia habla de un acercamiento intencional a nuestros pensamientos, que “fije tu mente”: 
“Concentren su atención en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (Col 3:2)”. “Los que viven conforme a la naturaleza pecaminosa fijan la mente en los deseos de tal naturaleza...” (Ro 5:8a). “Nuestras emociones son gobernadas en gran medida por las cosas en las cuales ‘fijamos nuestros ojos’ —lo que preocupa nuestras mentes—. Por ejemplo, Jesús nos dijo que superáramos la emoción de ansiedad fijándonos en otras cosas, ‘no se preocupen...fíjense en los cuervos… fíjense cómo crecen los lirios’ (Lc 12:22, 24, 27). La mente es la ventana del corazón. Si permitimos que nuestras mentes habiten constantemente en la oscuridad, nuestro corazón se llenará de oscuridad. Si abrimos la ventana de nuestra mente para que entre la luz, el corazón sentirá la luz… Sobre todo, esa gran capacidad de nuestras mentes para concentrarnos y fijarnos en algo está diseñada para hacerlo en Jesús: ‘Por lo tanto, hermanos, ustedes que han sido santificados… consideren a Jesús… Así, pues, consideren a aquel que perseveró frente a tanta oposición por parte de los pecadores, para que no se cansen ni pierdan el ánimo’ (Heb 3:1; 12:3)... Es cuando fijamos nuestras mentes en la gloria de Cristo que somos transformados con más y más gloria (2 Co 3:18)”. (p. 229)
Los pensamientos verdaderos y correctos que debemos tener se encuentran en la Palabra de Dios. En ella se nos dice quién es él y lo que ha hecho por nosotros en Cristo. Necesitamos habitar en esas verdades, en el amor de Dios por nosotros en el evangelio y en lo que Cristo logró por nosotros por medio de su vida, muerte y resurrección. Necesitamos meditar en quiénes somos a la luz de Dios gracias a Cristo y lo que significa ser un hijo del Dios viviente. Necesitamos tener esos pensamientos, no como parte de una lista de quehaceres espirituales o como un ejercicio para obtener mayor satisfacción personal, sino que por nuestra identidad en Cristo (Col 3:1-2).  Aunque tendemos a vagar, especialmente con nuestros pensamientos, Jesús no nos ha dejado solos. Nos ha dado su Espíritu que nos convence de pecado y nos recuerda la verdad e incluso ora por nosotros cuando no podemos hacerlo nosotros mismos. Si luchas con pensamientos caprichosos como yo, ora para que el Espíritu te recuerde las verdades cuando tus pensamientos se pierdan. Pide discernimiento para saber lo que es verdadero y lo que es falso. Evalúa tus pensamientos y compáralos con la Palabra de Dios. Está alerta, vigilante y mantén la guardia. Y por sobre todo, fija tu mente en Cristo. 
Este recurso fue publicado originalmente aquí. | Traducción: María José Ojeda
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No existe tal cosa como el pecadito
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No existe tal cosa como el pecadito

Ploc. Ploc. Ploc. Estaba preparando la cena una noche y escuché gotear el grifo de la cocina. Hice un arreglo rápido y superficial en la manija y se detuvo. Al día siguiente, nuevamente empezó a gotear e hice lo mismo. Ploc. Ploc. Ploc. En los últimos días, el goteo del grifo continuó aumentando. Necesité hacer más y más «arreglos» rápidos y superficiales con la manija antes de que finalmente se detuviera. Luego una mañana, mi hijo escuchó el sonido del goteo, no en la cocina, sino que en el sótano. Descubrimos que las placas del techo estaban saturadas de agua y un chorro de agua caía corriendo por las paredes hacia la alfombra.

Esa pequeña gota se transformó en un gran chaparrón que llovió y provocó un gran problema.

¿Acaso no se parece mucho al pecado?

A menudo vemos lo que pensamos que son pequeños pecados en nuestras vidas y no hacemos caso de ellos; los pasamos por alto; los manejamos; pretendemos que no están ahí. Sin embargo, no existe tal cosa del pecadito y pronto lo que parece ser algo pequeño se transforma en algo grande dentro de nuestros corazones. Un pequeño problema con darse un atracón viendo un programa todas las noches podría revelar un gran problema con el ídolo de la comodidad.  Un pequeño comentario sarcástico podría esconder un problema más profundo con la amargura, la envidia o el orgullo. Un pequeño gasto extra podría esconder un problema más profundo con el materialismo. Un poco de  trabajo extra podría reflejar un ídolo profundamente enraizado de éxito y aprobación. Un poco de comparación crece, llegando a ser envidia y descontento.

Un poco de chisme se convierte en discordia y desunión.

Un poco de frustración llega a ser en enojo.

Entiendes el punto. A los ojos de Dios, no existe tal cosa del pecadito. Primero que todo, el pecado es pecado. Dios es santo y justo, y nada que no sea santo y justo puede permanecer frente a él. Un pecado es suficiente para mantenernos lejos de él. Cuando pienses en el hecho de que pecamos más de una vez, innumerables veces durante el día, nuestro problema con el pecado no es algo pequeño en lo absoluto. Como R.C. Sproul escribió en su libro La santidad de Dios: «El pecado es una traición cósmica en contra de un Soberano puro y perfecto. Es un acto de suprema ingratitud hacia aquel a quien le debemos todo, a quien nos ha dado la vida misma… El pecado más pequeño es un acto de desafío contra la autoridad cósmica… Es un insulto a su santidad» (pp. 98, 99). En segundo lugar, el pecado nunca permanece pequeño. Como una maleza, crece; se esparce y se multiplica. «¿No saben que un poco de levadura fermenta toda la masa?» (1Co 5:6). Produce otros pecados. Como una enredadera invasiva, se tuerce alrededor de tu corazón, ahogando tu vida. Como un bosque cubierto de enredaderas, nos bloquea la luz de la vida. El pecado desatendido o ignorado destruye todo a su camino. Afortunadamente, estábamos en casa ese día cuando se comenzó a llover el sótano. Si no hubiésemos estado, el daño habría sido peor. Las filtraciones en una casa son graves, incluso las pequeñas. De la misma manera, en nuestras vidas, no existe tal cosa del pecadito. Como el predicador puritano John Owen advirtió: «mata al pecado o el pecado te matará a ti». El apóstol Pablo se refirió a matar al pecado como «desechar» el pecado. Él instruyó a la iglesia de los colosenses: «Si ustedes, pues, han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Pongan la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque ustedes han muerto, y su vida está escondida con Cristo en Dios» (3:1-3). Por medio de la fe en Cristo somos justificados. Estamos unidos a él en su perfecta vida, muerte y resurrección. Esto significa que morimos con Cristo a nuestra vieja vida y hemos resucitado a una nueva vida en él. Somos nuevas creaciones. «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, ahora han sido hechas nuevas» (2Co 5:17). Por lo tanto, debemos desechar a nuestro viejo yo; debemos mortificar nuestro pecado. Pablo, luego, enumera esos pecados que necesitamos «desechar» o mortificar (Col 3:5-9). En otra parte, Pablo nos dice cómo mortificar el pecado: «por el Espíritu» (Ro 8:13). Es el Espíritu que lleva a nuestros corazones muertos a la vida, dándonos un corazón de carne. Él obra en nosotros para mortificar el pecado y para producir en nosotros el fruto de la justicia. Él nos convence de nuestro pecado, nos lleva al arrepentimiento, nos entrena en obediencia y nos enseña a depender de la gracia de Dios. Su arma de elección en la matanza de nuestro pecado es la Palabra de Dios. Él está vivo y activo mientras discierne los pensamientos y las intenciones de nuestros corazones (Heb 4:12). A medida que leemos y estudiamos la Palabra, nos santifica (Jn 17:17). Como John Owen escribió: «El Espíritu Santo es nuestra única suficiencia para la obra de la mortificación. Él es el único gran poder detrás de ella y él obra en nosotros como él dispone… Quienes buscan mantener el pecado derrotado sin la ayuda del Espíritu, trabajan en vano». Quizás si me hubiera dado cuenta de la importancia del pequeño goteo en mi fregadero, ahora no tendría el daño en mi sótano. ¡Cuánto más es esto verdad respecto al pecado! No existe tal cosa como el pecadito. No podemos pasarlo por alto o subestimar su poder destructivo en nuestras vidas. Por la gracia de Dios, no quedamos solos peleando contra él por nuestra cuenta. Busquemos la ayuda del Espíritu para reconocer el pecado en nuestra vida y mortificarlo.
Este recurso fue publicado originalmente en esta dirección. | Traducción: María José Ojeda
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Cómo discipular a nuestros hijos en sus fracasos
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Cómo discipular a nuestros hijos en sus fracasos

Existen muchas cosas complicadas y difíciles respecto a la crianza: enseñarle a nuestros hijos a orinar en la bacinica, para empezar; el pasillo de golosinas en el supermercado; ver a tu hijo sufrir por estar enfermo; la adolescencia temprana; y podría continuar. Existe un área de la crianza que me golpea justo en el corazón. Es doloroso de ver y difícil de soportar. Me recuerda a mi propio corazón y a mi propia carne débil. Sin embargo, es parte de la vida y es algo en lo que nuestros hijos necesitan ser discipulados por nosotros. ¿De qué estoy hablando?: del fracaso. Todos hemos fracasado en algo en nuestra vida: tal vez no llegamos a ser parte del equipo al que nos presentamos; quizás nos esforzamos en estudiar para un examen y fallamos; muchos de nosotros sabemos lo que significa no obtener el trabajo o el ascenso que queríamos; tal vez un ministerio que creamos fue aplastado y quemado; o un sueño que esperamos por mucho nunca fructificó. De una u otra manera, todos sabemos lo que significa fracasar. La forma en que respondemos y lidiamos con el fracaso es crucial. Ahí es donde nuestros hijos necesitan nuestra ayuda y consejo, puesto que experimentarán el fracaso en sus vidas. Sus fracasos podrían verse de manera diferente a los que nosotros hemos enfrentado. Algunos de los fracasos que nuestros hijos experimentan podrían parecer pequeños, pero su respuesta ante ellos ahora, como niños, los ayudará cuando enfrenten fracasos mayores en el futuro. Por ejemplo, ayudar a tus hijos a aprender a fallar en un examen ahora, los ayudará a prepararlos cuando fracasen en obtener el trabajo que quieren en el futuro.

Discipula a tus hijos en el fracaso

Enséñales a lamentar sus fracasos: el fracaso es desilusionador; duele. Nuestros hijos podrían estar frustrados con ellos mismos, quizás incluso enojados. Podrían estar tristes por no haber logrado aquello por lo que se esforzaron tanto. Como padres, debemos esperar que nuestros hijos tengan una reacción emocional al fracaso. Tener respuestas emocionales es parte de ser humano. Necesitamos escuchar aquellas respuestas emocionales y reaccionar con comprensión y empatía. También necesitamos ayudar a nuestros hijos a aprender qué hacer con esas emociones. La Biblia nos enseña a ir a Dios con nuestras emociones. Necesitamos ayudar a nuestros hijos a aprender a clamar a Dios en lamento. Podemos modelarlo por ellos al orar en voz alta, contándole a Dios nuestra desilusión, tristeza, enojo y otros sentimientos asociados con el fracaso. Le pedimos a Dios que esté con nuestros hijos y que los ayude a salir de ahí, que él sea su paz y su consuelo. También alabamos a Dios por quién es él y por lo que ha hecho, reconociendo que él conoce y gobierna sobre todas las cosas. Animemos a nuestros hijos a lamentarse ante Dios también. Recuérdales por qué fracasamos: cuando nuestros hijos fracasan en algo, es una buena oportunidad para recordarles que nadie es perfecto. Los humanos somos limitados y finitos; cometemos errores; olvidamos cosas; no siempre obtenemos una nota perfecta. Podemos afirmar el anhelo que tienen por la perfección, porque todos tenemos el sentimiento de que las cosas no son cómo deberían ser. Podemos recordarles a nuestros hijos la Caída del hombre y lo que le pasó a nuestros patriarcas. Asimismo, podemos señalarles la eternidad cuando todas las cosas sean reparadas. Ayúdales a aprender de sus fracasos: siempre hay lecciones que se deben aprender en el fracaso. A menudo, después de que el fracaso acaba de suceder, no es momento para enseñar esas lecciones; más bien, después de que sus emociones se hayan calmado y estén listos para hablar de ello. Es ahí cuando podemos ayudar a nuestros hijos a pensar reflexivamente en lo que sucedió y a considerar lo que aprendieron de ese fracaso. Quizás fracasar en un examen revela una necesidad por estudiar más o estudiar de una manera diferente; tal vez no ser parte del equipo significa que requiere más práctica. Podrían haber también algunas lecciones sobre el perfeccionismo, la idolatría y la dependencia de Dios en todas las cosas. Señálales a Cristo quien nunca fracasó: sobre todo, necesitamos señalarles a Cristo a nuestros hijos, quien fue perfecto para ellos. Él nunca fracasó; vivió la vida que nosotros no pudimos vivir y murió la muerte que nosotros merecíamos. Cuando Dios nos mira a nosotros, él no ve nuestro pecado, sino que ve la justicia de Cristo. Aunque podemos fracasar, Cristo nunca lo hará. Él será para nosotros lo que nosotros no podemos ser para nosotros. El fracaso es una parte de la vida. Es difícil para todos nosotros. Sin embargo, es importante que ayudemos a nuestros hijos a aprender y a madurar por medio de él. Fracasarán en cosas; necesitamos enseñarles cómo fracasar bien.
Este recurso fue publicado originalmente en esta dirección. | Traducción: María José Ojeda
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La gracia de Dios en nuestros temores
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La gracia de Dios en nuestros temores

Para mí, el año pasado fue un periodo de temor. Quizás supiste que lidié con un problema de salud. Tuve un tumor en mi tiroides que el doctor pensó que podría ser cancerígeno, pero por medio de la biopsia no pudieron establecer si lo era. A fines de julio del año pasado, me operaron para quitar el tumor (y la mitad de mi tiroides). La situación completa fue desconcertante, inquietante, y a veces, aterradora. Por supuesto, todos los procedimientos médicos no fueron para nada divertidos, pero también el pensamiento de tener cáncer era aterrador. Era un fresco recuerdo de mi edad, de la etapa de la vida en la que me encuentro y de la forma en que el tiempo avanza para esfumarse entre mis dedos. En este mundo caído, existen muchas cosas a las que podemos temer: enfermedad, desastres naturales, violencia, pérdida de trabajo, conflicto relacional, solo por nombrar algunos. El futuro desconocido puede ser aterrador; y ese miedo paraliza. Es como una nube pesada que nos envuelve, sofocándonos y cegándonos a ver todo lo demás.

Encontrando su gracia

Las situaciones como la mía, y quizás como la que tú estás viviendo en este preciso momento, requieren gracia extra. Gracia para saber que Dios está con nosotros y no nos dejará. Gracia para creer y confiar en su bondad. Gracia para descansar en el cuidado soberano de Dios. Así que esa fue mi oración el año pasado: que Dios me diera gracia. Necesitaba que me guiara en lo desconocido. Oré para que pudiera ver obrar su mano; que pudiera encontrar su gracia, reuniéndola como un filamento de luces que iluminan el camino en la oscuridad. Dios fue fiel. Supe de amigos y familiares que oraron por mí y me lo dijeron. Me encontré con doctores y enfermeras amorosas que me hablaron con confianza y consuelo. Sentí paz cuando menos lo esperaba. Dios proveyó incluso los detalles más pequeños como amigos para cuidar a mis hijos mientras estábamos en el hospital. No solo vi su gracia en mis circunstancias, también recordé su amor y su fidelidad hacia mí en el pasado. Experimenté muchos eventos aterradores y desconocidos en mi vida y Dios nunca me falló. Él ha sido una roca y fortaleza una y otra vez. En todos los desafíos y las grandes pruebas de la vida, Dios ha demostrado ser fiel repetidamente. Y en mi necesidad más grande de todas, el perdón de pecados, él me dio a su propio Hijo. Ya que me dio a Jesús, ¿cómo podría pensar que él fallaría en ser fiel en todo lo demás?

El Salmo 46 y el temor

Como sabes, me encantan los Salmos. Uno de los Salmos en el que siempre me detengo en mi lectura es el Salmo 46. «Dios es nuestro refugio y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos aunque la tierra sufra cambios, y aunque los montes se deslicen al fondo de los mares; aunque bramen y se agiten sus aguas, aunque tiemblen los montes con creciente enojo». Para una persona que a menudo es debilitada por el temor, le resulta difícil imaginar estar sin miedo de cara a algo terrible. Lo importante que hay que notar es que el salmista no dice «aun cuando lo peor suceda, si tienes una fe fuerte y crees con todas tus fuerzas, no tendrás nada de miedo». Al contrario, el salmista dice que debido a que Dios es nuestro refugio y fortaleza, y auxilio en las tribulaciones, no temeremos. El salmista también recordó quién es Dios en su poder y santidad: «Hay un río cuyas corrientes alegran la ciudad de Dios, las moradas santas del Altísimo. Dios está en medio de ella, no será sacudida; Dios la ayudará al romper el alba. Bramaron las naciones, se tambalearon los reinos; dio él su voz, y la tierra se derritió. El Señor de los ejércitos está con nosotros; nuestro baluarte es el Dios de Jacob». La presencia de Dios mantiene a salvo a su iglesia. Este pasaje me recuerda las palabras tranquilizadoras de Pablo sobre que nada puede separarnos del amor de Dios en Cristo (Ro 8:38-39). Luego el salmista recordó lo que Dios hizo en el pasado: «Vengan, contemplen las obras del Señor, que ha hecho asolamientos en la tierra; que hace cesar las guerras hasta los confines de la tierra; quiebra el arco, parte la lanza, y quema los carros en el fuego». Puesto que Dios es fiel y misericordioso, puesto que es nuestra roca y nuestro refugio, debido a quién es y a lo que ha hecho, el Salmo concluye: «Estén quietos, y sepan que yo soy Dios; exaltado seré entre las naciones, exaltado seré en la tierra. El Señor de los ejércitos está con nosotros; nuestro baluarte es el Dios de Jacob (Selah)». Justo después de mi operación, supe que no tenía cáncer (en caso de que te estuvieras preguntando eso). Sin embargo, sé que la vida en este mundo caído trae más cosas desconocidas y más temores. El salmista me recuerda que Dios está con su pueblo. Él es nuestro auxilio; él es nuestro refugio. Incluso cuando el mundo parece estar al revés e incluso cuando lo peor sucede, Dios gobierna y reina. Él es fiel. El Dios de Jacob es un Dios que mantiene su pacto; le pertenecemos. La gracia de Dios está siempre presente en nuestros temores.
Este recurso fue publicado originalmente en esta dirección. | Traducción: María José Ojeda
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El lamento de Habacuc: mi versículo favorito
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El lamento de Habacuc: mi versículo favorito

Existen algunas temporadas en nuestra vida cristiana en las que nos preguntamos dónde está Dios. Como una espesa niebla rasante que se despliega interminablemente a lo largo del suelo, estos momentos son oscuros y difíciles de atravesar. Dios parece —al menos para nosotros— notoriamente ausente. Clamamos a él y nos preguntamos si nos escucha siquiera; rogamos y suplicamos su ayuda, pero nada en nuestras circunstancias cambia. Aunque sabemos en nuestra mente que Dios está siempre presente, muchas veces sentimos lo contrario. En especial, cuando estamos atravesando una prueba o cuando todo lo que vemos a nuestro alrededor es quebranto y pecado, pareciera como si Dios no estuviera haciendo nada. Nuestro corazón resuena junto a los hijos de Coré, «¿por qué escondes tu rostro y te olvidas de nuestro sufrimiento y opresión?» (Sal 44:24). En la Escritura, encontramos otra parte en donde el escritor se pregunta dónde está Dios: el libro de Habacuc.

El lamento de Habacuc

Uno de mis pasajes favoritos en la Escritura se encuentra en el libro de Habacuc. Podría parecer un libro poco común para tener un versículo favorito, pues, a diferencia de la mayoría de ellos, éste no es una promesa. Tampoco es una lista de cosas importantes que se deben hacer, como la de Filipenses 4:8. Sin embargo, antes de mostrarles el pasaje, quisiera compartirles más sobre este profeta con tan interesante nombre. Lo más probable es que Habacuc haya sido un profeta contemporáneo al profeta Jeremías. A diferencia de otros libros proféticos, Habacuc no profetiza al pueblo de Judá, pues el libro se trata de una conversación entre Habacuc y Dios. En el libro, Habacuc expresa su lamento a Dios. Al contrario de los lamentos en los Salmos, éste nos muestra la respuesta de Dios. En su lamento, Habacuc clama a Dios, pidiéndole ayuda, intervención y justicia. Como la mayoría de los otros lamentos, la respuesta de Habacuc es confianza en Dios. El libro comienza con la visión del profeta de pecado y de idolatría a su alrededor, frente a lo cual se pregunta, «¿hasta cuándo, Señor, he de pedirte ayuda sin que tú me escuches? ¿Hasta cuándo he de quejarme de la violencia sin que tú nos salves? ¿Por qué me haces presenciar calamidades? ¿Por qué debo contemplar el sufrimiento? Veo ante mis ojos destrucción y violencia; surgen riñas y abundan las contiendas» (1:2-3). Dios respondió su pregunta, pero no de la manera que Habacuc esperaba. Dios le dijo que él se ocuparía del pecado y de la idolatría; y lo haría al enviar a Babilonia a exigir su justicia. Dios no sólo juzgaría a Judá, sino que también a sus enemigos. «¡Miren a las naciones! ¡Contémplenlas y quédense asombrados! Estoy por hacer en estos días cosas tan sorprendentes que no las creerán aunque alguien se las explique. Estoy incitando a los caldeos, ese pueblo despiadado e impetuoso que recorre toda la tierra para apoderarse territorios ajenos. Son un pueblo temible y espantoso, que impone su propia justicia y grandeza» (1:5-7). Para Habacuc, esto fue difícil de escuchar, pues Babilonia era una nación malvada. ¿Por qué Dios los usaría para castigar a Judá? Habacuc respondió y corroboró la soberanía, la santidad y poder de Dios, «¡Tú, Señor, existes desde la eternidad! ¡Tú, mi santo Dios, eres inmortal! Tú, Señor, los has puesto para hacer justicia; tú, mi Roca, los has puesto para ejecutar tu castigo» (1:12). Sin embargo, él aun quería saber el por qué (v.13). Dios respondió recordándole a Habacuc que él gobierna y reina sobre todas las cosas. Los propósitos de Dios ocurrirán en sus tiempos (2:3). Luego, Habacuc continúa con una lista de «tragedias» en contra de Babilonia, revelando el juicio que enfrentarían. Podría parecer que el mal está ganando el día, pero vendrá un momento en que la gloria de Dios cubrirá la tierra, «porque así como las aguas cubren los mares, así también se llenará la tierra del conocimiento de la gloria del Señor» (2:14). Éste es un buen recordatorio para aquellos de nosotros que vemos el mal a nuestro alrededor en el mundo y en nuestras propias vidas, preguntándonos cuándo Dios se moverá. Como dijo nuestro Salvador, «yo les he dicho estas cosas para que en mí hallen paz. En este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo» (Jn 16:33). A través de su vida perfecta, su muerte sacrificial y su resurrección de la tumba, Cristo ha conquistado el pecado y a la muerte. Él es el gran Vencedor; él ganó la victoria. Como creyentes, estamos llamados a vivir por fe en lo que Cristo ha hecho. Es nuestra esperanza presente en este mundo caído y el pago inicial de nuestra esperanza venidera en la eternidad. Habacuc respondió en oración en el capítulo 3. Él se centró en el carácter de Dios al describir su misericordia (v.2), su gloria, su poder y su santidad (vv. 3-6). Habacuc, entonces, continúa para recordar lo que Dios hizo en el pasado y su fidelidad hacia su pueblo, «indignado, marchas sobre la tierra; lleno de ira, trillas a las naciones. Saliste a liberar a tu pueblo, saliste a salvar a tu ungido. Aplastaste al rey de la perversa dinastía, ¡lo desnudaste de pies a cabeza!» (vv. 12-13). Tal como otros lamentos en la Escritura, Habacuc fue honesto sobre cómo se sentía respecto al juicio que vendría, «al oírlo, se estremecieron mis entrañas; a su voz, me temblaron los labios; la carcoma me caló en los huesos, y se me aflojaron las piernas. Pero yo espero con paciencia el día en que la calamidad vendrá sobre la nación que nos invade» (v.16). Estaba lleno de miedo y de ansiedad, tanto que todo su cuerpo temblaba. Pero aun así…

Aunque…

El libro de Habacuc termina con mi pasaje favorito, «aunque la higuera no florezca, ni haya frutos en las vides; aunque falle la cosecha del olivo, y los campos no produzcan alimentos; aunque en el aprisco no haya ovejas, ni ganado alguno en los establos; aun así, yo me regocijaré en el Señor, ¡me alegraré en Dios, mi libertador! El Señor omnipotente es mi fuerza; da a mis pies la ligereza de una gacela y me hace caminar por las alturas» (3:17-19). Este pasaje es mi favorito porque me recuerda que mi fe en Dios no descansa en lo que él provee o no provee, en si es que dirige mi vida de la forma en la que yo deseo o si me rescata de las dificultades de mi vida. Al contrario, me recuerda que mi gozo no depende de lo que tengo. Mi gozo se encuentra en Dios, que es mi salvación y mi fuerza. Cualquiera sean las circunstancias, los miedos o las ansiedades que tenga, cualquiera sea la oscuridad que acecha en el horizonte, cualquier cosa que esté sucediendo en el mundo a mi alrededor, Dios es mi salvación y mi gozo. Este pasaje no sólo es un recordatorio de verdad, sino que también es mi oración para que ésta sea la condición de mi corazón. Habacuc puso su confianza y su esperanza en el Dios que fue fiel a su pueblo en el pasado y confió en sus promesas para el futuro. Jesús vino como la respuesta a esas promesas. Él es la respuesta al sufrimiento, a la injusticia y a la maldad del mundo. Él es aquel a quien apuntan todas las historias de redención y de libertad en el Antiguo testamento. A este lado de la cruz, podemos confiar en el plan perfecto de Dios y también podemos «esperar en silencio». Podemos regocijarnos incluso en medio de nuestras ansiedades (vs. 16). Cristo ha venido y está con nosotros en los días más oscuros. Él vendrá de nuevo y hará todas las cosas nuevas.
Este recurso fue publicado originalmente en esta dirección. | Traducción: María José Ojeda 
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Las maravillas de estar «en Cristo»
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Las maravillas de estar «en Cristo»

Uno de los deleites de hacerles homeschooling a mis hijos tiene que ver con enseñarles partes de nuestro idioma que, al juntarlas, construyen una oración. Mis dos hijos memorizaron una lista de preposiciones en la primaria. Las preposiciones son palabras importantes porque nos ayudan a entender la relación que existe entre dos cosas. Sin ellas, muchas oraciones no tendrían sentido. Después de todo, ¿qué sería de «mis zapatos están bajo de la mesa» sin la palabra «bajo»? Mi hijo menor disfrutaba cuando tenía que aprender las preposiciones especialmente cuando le tenía una actividad preparada. Su actividad favorita involucraba un área pequeña en nuestro cuarto que usamos para el homeschool. Él tenía que pararse «ante» una alfombra, «tras» la alfombra; tenía que poner su pie «sobre» la alfombra y «bajo» la alfombra. Lo mejor de todo era cuando le pedía que se enrollara «en» la alfombra (como un burrito). La palabra «en» es una preposición usada a lo largo de las cartas de Pablo en el Nuevo Testamento. Esta palabra de dos letras es parte de una doctrina crucial para los creyentes. Una y otra vez, Pablo nos enseña que estamos «en Cristo». Estar «en Cristo» es una referencia a nuestra unidad con él. Cuando Dios el Hijo dejó los pasillos del cielo y se hizo humano en la encarnación, él se unió a nosotros en nuestra humanidad. Entonces, él vivió la vida perfecta que nosotros no pudimos vivir y murió la muerte que nosotros merecíamos. A través del don de la fe, estamos unidos a él en su vida y muerte por nosotros. Todo lo que Cristo hizo se transforma en nuestro. En uno de mis libros, hablo sobre la unión que tenemos con Cristo, particularmente en términos de lo que significa para nosotros como creyentes estar unidos los unos con los otros por medio de Cristo. Hoy quiero compartir algunas maravillas de lo que significa que estemos «en Cristo». *Comenzó en la eternidad pasada cuando Dios nos escogió en Cristo. «Porque Dios nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de él» (Ef 1:4). *En Cristo tenemos perdón. «En él tenemos redención mediante su sangre, el perdón de nuestros pecados según las riquezas de su gracia» (Ef 1:7). *En Cristo somos santificados. «A los que han sido santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos, con todos los que en cualquier parte invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro» (1Co 1:2).   *En Cristo se nos ha dado el Espíritu. «En él también ustedes, después de escuchar el mensaje de la verdad, el evangelio de su salvación, y habiendo creído, fueron sellados en él con el Espíritu Santo de la promesa, que nos es dado como garantía de nuestra herencia, con miras a la redención de la posesión adquirida de Dios, para alabanza de su gloria» (Ef 1:13-14). *En Cristo somos nuevas criaturas. «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, ahora han sido hechas nuevas» (2Co 5:17). *En Cristo somos amados. «Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfeccionados en unidad, para que el mundo sepa que tú me enviaste, y que los amaste tal como me has amado a mí» (Jn 17:23). *En Cristo, estamos unidos con otros miembros del Cuerpo. «así nosotros, que somos muchos, somos un cuerpo en Cristo e individualmente miembros los unos de los otros» (Ro 12:5). *En Cristo andamos con él. «Por tanto, de la manera que recibieron a Cristo Jesús el Señor, así anden en él firmemente arraigados y edificados en él y confirmados en su fe, tal como fueron instruidos, rebosando de gratitud» (Col 2:6-7). *En Cristo hemos sido resucitados. «Y con él nos resucitó y con él nos sentó en los lugares celestiales en Cristo Jesús» (Ef 2:6). *En Cristo tenemos paz. «Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús» (Fil 4:7). *En Cristo tenemos todo lo que necesitamos. «Y mi Dios proveerá a todas sus necesidades, conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús» (Fil 4:19). *En Cristo fuimos hechos para las buenas obras. «Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas» (Ef 2:10). Estar unidos a Cristo, estar «en Cristo», es la base para todos los beneficios que tenemos. Es fundamental para nuestra fe y para la vida cristiana. Como escribí en mi libro, Closer Than a Sister: How Union with Christ helps Friendships to Flourish [Más que una hermana: cómo la unión con Cristo ayuda a que las amistades florezcan] (enfocado para mujeres):
En Juan 15, Jesús describe nuestra unión o conexión con él como la de una vid. «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo quita; y todo el que da fruto, lo poda para que dé más fruto. Ustedes ya están limpios por la palabra que les he hablado. Permanezcan en mí, y yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco ustedes si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque separados de mí nada pueden hacer» (vv.1-5).
Solo en unión con Cristo podemos dar fruto. Solo en unión con Cristo podemos ser sus discípulos. Solo en unión con Cristo podemos obedecerlo. Solo en unión con Cristo podemos hacer cualquier cosa. Así como una rama recibe vida y sustento de la vid, nosotros también recibimos nuestra vida y salud espiritual de nuestra unión en Cristo. Crecemos y damos fruto por los nutrientes que él nos entrega. Nuestra unión con nuestro Salvador es nuestra vida y nuestro pulmón. Entonces, si no estamos unidos a Cristo, no somos salvos, no tenemos perdón ni redención. Si no estamos unidos a Cristo, la resurrección de la muerte no es nuestra. Lejos de la unión con Cristo, estamos perdidos y sin esperanza[1]. Cristo es todo; por lo tanto, la unión con él nos da todo.

Cuando entendemos esta unión, nos damos cuenta de su importancia para nuestra identidad, para nuestro crecimiento en la fe, para nuestra santificación, para nuestra vida diaria como creyentes. Tómate un tiempo hoy y detente en las promesas de nuestra unión con Cristo.

Este recurso fue publicado originalmente en esta dirección. | Traducción: María José Ojeda

[1] Ryken, Philip Graham (editor). The Communion of Saints: Living in Fellowship with the People of God [La comunión de los santos: viviendo en comunidad con el pueblo de Dios] (Phillipsburg, NJ: P&R Publishing, 2001), p. 18.

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Guarda el corazón

Pasé la mayoría de diciembre (bueno, lo admito, de noviembre también) mirando películas de Navidad en la televisión. Es cierto, no son grandes éxitos de taquilla. Sé qué esperar cuando las veo y quizás es por eso que las disfruto. Son inocentes, felices y fiables. Sin embargo, una cosa que siempre noto en las películas de ese género es que inevitablemente cuando una mujer está confundida respecto a si debe buscar una relación con un hombre, su amiga (o madre), le pregunta, «¿qué te dice tu corazón?».

El corazón del hombre

Usamos la palabra «corazón» de muchas maneras. Por supuesto, la usamos para referirnos a nuestro corazón físico, el que bombea sangre a todo nuestro cuerpo y nos mantiene vivos. En las películas, a menudo se usa para referirse a cómo se siente alguien respecto a algo, en oposición a lo que alguien piensa. Sin embargo, la Biblia usa la palabra «corazón» de una manera un poco diferente. En la Biblia, «el corazón» es el centro de uno mismo. Es el núcleo de una persona. Se refiere a quiénes somos, nuestra identidad, el verdadero yo. El yo interior incluye nuestros pensamientos, nuestros deseos, nuestros sentimientos, nuestra personalidad, nuestras motivaciones, nuestras intenciones y las decisiones que tomamos. Es lo que nos dirige. «Como el agua refleja el rostro, así el corazón del hombre refleja al hombre» (Pr 27:19). Puesto que Dios ha creado a los seres humanos, hechos a su imagen y para su gloria, somos llamados a amar a Dios con todo nuestro corazón (Dt 6:5). No obstante, debido a la caída, nuestros corazones no son como deberían ser. Nacemos con corazones pecadores. Nuestros pensamientos, deseos, intenciones y decisiones no tienen su centro en Dios; al contrario, vivimos para nosotros mismos. Vamos tras nuestros propios anhelos y deseos lejos de Dios. La Biblia enseña que necesitamos corazones nuevos para conocer a Dios y obedecerlo, «Además, les daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de ustedes; quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Pondré dentro de ustedes mi Espíritu y haré que anden en mis estatutos, y que cumplan cuidadosamente mis ordenanzas» (Ez 36:26-27). Esto fue cumplido por medio de la obra de Cristo en nuestro lugar (Ef 2). Somos hechos nuevos a través de lo que Cristo ha hecho y por medio del ministerio del Espíritu que obra en nuestros corazones para transformarnos. Aunque nuestros corazones han sido limpiados y hechos nuevos, aún batallamos contra el pecado. Aún vivimos en un mundo que está manchado por el pecado en donde las tentaciones abundan, donde la presencia del pecado permanece en nosotros, donde el maligno aún merodea, y donde el mundo odia a Dios. Todas estas fuerzas nos influencian. Aunque la guerra por nuestros corazones ha sido ganada, la pelea aún existe. Vivimos el resto de nuestras vidas luchando contra estas influencias. Lo que esto quiere decir es que, aunque tenemos un corazón nuevo, tenemos que guardarlo y protegerlo.

Guarda el corazón

En Proverbios 4, se nos advierte, «con toda diligencia guarda tu corazón, porque de él brotan los manantiales de la vida» (Pr 4:23). Porque el corazón es el centro de quien eres, porque del corazón fluyen nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones (Lc 6:45), debemos estar vigilantes y alertas para guardar nuestro corazón. Pero, ¿qué significa esto? Debemos estar conscientes de lo que pasa en nuestros corazones. No hay pasividad en la vida cristiana. Cada acción que realizamos, cada palabra que decimos, cada meta que perseguimos, cada respuesta que damos, todo viene del desbordamiento de nuestro corazón. Esto significa que debemos estar conscientes de lo que contiene nuestro corazón. ¿Cuáles son nuestros pensamientos, nuestros deseos y nuestras motivaciones? ¿En qué cosas nos detenemos en los momentos de silencio de nuestro día? ¿Qué es lo que más anhelamos? Desarrollar tal perspicacia es importante para guardar nuestro corazón. Debemos preservar nuestro corazón como la única residencia para Cristo. Cristo es el Señor y Amo de nuestro corazón. No podemos permitir que nada más invada nuestros corazones y los transforme en su hogar. Tenemos que hacer lo que sea necesario para guardarlo para Cristo. La rebeldía pecaminosa de nuestro corazón consta en buscar otros señores y amos para adorar en vez de a Dios. Buscamos vida en otras personas, cosas, circunstancias y experiencias en vez de hacerlo en Cristo. Esto significa que tenemos que estar alertas de los ídolos de nuestro corazón. Tales ídolos incluyen el éxito, las relaciones, el dinero, la influencia, la salud, la belleza y muchos más. Debemos arrancarlos de raíz y reemplazarlos con un amor y un afecto más grande por Cristo. Debemos mantener nuestros corazones sanos: cuidamos nuestro corazón físico al tener una dieta, un descanso y un ejercicio adecuados. Hacemos lo mismo con nuestro corazón espiritual. Debemos alimentarlo con la dieta saludable de la Palabra de Dios, en el que encontramos la sabiduría para la vida. La Palabra de Dios da forma a nuestros pensamientos, a nuestras emociones, a nuestros deseos y a nuestras intenciones. El Espíritu usa la Palabra de Dios para convencer a nuestros corazones de pecado, para llevarnos al arrepentimiento y para aplicar el Evangelio de la gracia. Esto involucra la lectura, el estudio y la meditación diaria en su Palabra. Involucra participar en la adoración cada Día del Señor en donde escuchamos la Palabra de Dios predicada y enseñada. También mantenemos nuestros corazones saludables al permanecer en Cristo por medio de la oración, buscando su gracia y su sabiduría en nuestras vidas. Nuestros corazones también son fortalecidos cuando participamos en la vida comunitaria de la iglesia (por medio de la comunión, el discipulado, las canciones de adoración en conjunto, la oración con otros y por otros, el servicio mutuo y el ánimo que nos damos unos a otros en el Evangelio). Debemos prepararnos a nosotros mismos para la batalla con el fin de proteger nuestros corazones: en esta vida, estamos en guerra y en tiempos de guerra por lo que siempre debemos estar en guardia. La Biblia nos enseña lo que debemos hacer para prepararnos para la guerra: «revístanse con toda la armadura de Dios para que puedan estar firmes contra las insidias del diablo. Porque nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas, contra las fuerzas espirituales de maldad en las regiones celestes» (Ef 6:11-12). Tal armadura incluye el cinturón de la verdad, la coraza de la justicia, el calzado del Evangelio de la paz, el escudo de la fe, el casco de la salvación y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios. Dios no nos dejará ir: debemos estar alerta y vigilantes, y debemos ser intencionales para guardar nuestros corazones. Sin embargo, habrán momentos en los que seremos debilitados por nuestro pecado, por el mundo a nuestro alrededor y las fuerzas espirituales que obran en nuestra contra. En esos momentos, tenemos que recordar y confiar en la promesa de Dios de que nos guarda para la eternidad. Aunque debemos esforzarnos para guardar nuestros corazones, Dios es quien finalmente nos preserva y nos guarda. «Estoy convencido de esto: el que comenzó tan buena obra en ustedes la irá perfeccionando hasta el día de Cristo Jesús» (Fil 1:6). Aunque podríamos tropezar en nuestros deberes, Dios no permitirá que nada ni nadie nos separe de él (Ro 8:35-39). Que tu corazón descanse en esta verdad hoy.
Este recurso fue publicado originalmente en esta dirección. | Traducción: María José Ojeda
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Esto es amor
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Esto es amor

El año pasado, encontré para mis niños unas divertidas tarjetas del Día de los Enamorados de la Guerra de las Galaxias. Las tarjetas tenían tiernas frases como, «Únete al lado del corazón» y «Eres mi única esperanza».  Este es el mes del amor, la época del año cuando expresamos nuestro amor por aquellos que apreciamos. Entregamos cartas de amor, chocolates en forma de corazón y otros regalos. Es interesante ver cómo un concepto como «el amor» puede reducirse a frases como, «sé mío», «verdadero amor» y «el único e incomparable». (Personalmente, ¡mi parte favorita es el chocolate!). Sin duda, es divertido y dulce intercambiar cartas y regalos el 14 de febrero; sin embargo, en general, la festividad es un recordatorio anual de que el amor en nuestra cultura es completamente opuesto al amor bíblico.  Mientras estudiaba para escribir mi próximo libro, pasé un tiempo leyendo 1 Juan. Escrito por el autor del Evangelio de Juan y de Apocalipsis, 1 Juan fue escrito para los creyentes con el fin de ayudarlos a examinar la genuinidad de su fe. Una de las tres pruebas que se mencionan en el libro es la del amor. Y al contrario de las frases plasmadas en dulces con mensajes románticos y rimas en tarjetas románticas, a Juan le tomó más que un par de palabras para describir el amor de Dios por nosotros, el amor que tenemos por Dios y el amor que debemos tener los unos por los otros.

Esto es amor: cuatro verdades sobre el amor en 1 Juan

El amor está enraizado en el Evangelio: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. Amados, si Dios así nos amó, también nosotros debemos amarnos unos a otros» (4:10-11). El amor comienza con el amor de Dios por nosotros. Como dice Efesios 1, «[...] en amor nos predestinó para adopción como hijos para sí mediante Jesucristo [...]» (vv. 4-5). No amamos a Dios primero; más bien, Él nos amó cuando aún éramos pecadores, «pero Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Ro 5:8). Nosotros amamos a Dios porque Él nos amó primero (4:19). Nuestro amor por Dios y por otros está enraizado en el amor de Dios expresado por nosotros por medio de Jesucristo.  Dios es amor: «El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor» (4:8). Para entender lo que es el amor, tenemos que mirar a Dios porque Él es amor. Juan continúa para describir el amor de Dios, «en esto se manifestó el amor de Dios en nosotros: en que Dios ha enviado a su Hijo unigénito al mundo para que vivamos por medio de Él» (4:9). Dios nos mostró lo que es su amor al darnos a su Hijo. «En esto conocemos el amor: en que Él puso su vida por nosotros [...]» (3:16). Si amamos a Dios, nos amaremos mutuamente: «Amados, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios, y todo el que ama es nacido de Dios y conoce a Dios» (4:7). El amor que tenemos por otros es un desbordamiento natural de nuestro amor por Dios. Es una prueba de fuego de nuestra fe. «Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor se perfecciona en nosotros» (4:12). «Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida porque amamos a los hermanos» (3:14). Es más, es el amor que tenemos por otros que muestra al mundo que somos seguidores de Cristo. Como dijo Jesús en Juan 13:35, «en esto conocerán todos que son mis discípulos, si se tienen amor los unos a los otros». El amor se revela a sí mismo en hechos, no en las palabras: «En esto conocemos el amor: en que él puso su vida por nosotros. También nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. Pero el que tiene bienes de este mundo, y ve a su hermano en necesidad y cierra su corazón contra él, ¿cómo puede morar el amor de Dios en él? Hijos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad» (3:16-18). El amor es más que decir, «te amo»; se revela en la forma en que tratamos a otros. Cuando damos nuestra vida los unos por los otros, sacrificando tiempo, esfuerzo, dinero y nuestro propio ser, demostramos nuestro amor.  El libro de 1 Juan sería una larga carta para este Día de San Valentín, pues resume bien lo que es el amor. Mientras les entregamos dulces, cartas y otras confecciones en forma de corazón a nuestros cónyuges y a nuestros seres queridos, recordemos que el verdadero amor es más que la frase tipo estampada en un dulce. Es una vida de entrega por otro, como Cristo dio su vida por nosotros. 
Este recurso fue publicado originalmente en en el blog de Christina Fox.
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La espera en el Señor
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La espera en el Señor

«Vamos a tener que hacer una biopsia porque esto podría ser cancerígeno». Si no hubiese estado sentada, estas palabras, dichas por mi doctor, podrían haberme derrumbado. Los problemas de salud inesperados siempre parecen golpearnos y dejarnos sin aliento, ¿no es así? Nos toman por sorpresa, como si el suelo que está bajo nuestros pies comenzara a temblar. Buscamos algo a qué aferrarnos (lo que sea) para mantenernos firmes. Al menos, así es como yo me sentí. Mi doctor encontró un tumor en mi tiroides y me dio una orden para realizarme una biopsia (una aguja directo en mi cuello —¿podría haber algo más emocionante?—). Después de hacerlo, tenía que esperar los resultados; por casi dos semanas. Dos semanas de pensamientos rodeando mi mente como un remolino; un torbellino de posibilidades aterradoras que me arrastraban a un hoyo. Todas esas suposiciones y esos pensamientos de derrota se enhebraban y enredaban para formar una cuerda que ceñía mi corazón, que cada vez se apretaba más y más. Creo que la espera es una de las situaciones más tortuosas, a nivel emocional, por las que atravesamos en la vida. Sin embargo, si lo pensamos bien, casi siempre estamos en un estado de espera. Esperamos que llegue el sueldo para poder pagar a la cuenta. Esperamos que un niño madure después de atravesar una etapa difícil. Esperamos que el amor vuelva a florecer (o que florezca por primera vez). Esperamos que aparezca una oportunidad de trabajo. Esperamos que podamos conquistar un pecado que nos asedia día tras día. Esperamos que el sol salga sobre circunstancias oscuras. Esperamos que llegue un cambio; cualquier cambio. Esperamos que se restaure una relación. Esperamos que se arregle lo que se rompió. Esperamos que nuestra salud mejore y nos sanemos. Esperamos que Cristo vuelva. Sin mencionar todas las cosas pequeñas por las que esperamos: que cambie la luz del semáforo, que sea nuestro turno para pagar en la caja, que se abran las puertas del ascensor, que nos respondan un correo electrónico o un mensaje de texto, que nos sirvan la cena. Esperar es algo que hacemos en casi cada momento de nuestra vida. Junto con esa espera viene una variedad de emociones: impaciencia, miedo, incertidumbre, preocupación, expectativas, desesperación, pavor y ansiedad. Creo que la mayoría de nosotras admitiría que odiamos esperar. Y mientras más importante sea lo que esperamos, más difícil es. No obstante, en la Biblia, la espera se considera como algo positivo; como algo bueno: «Bueno es el Señor para los que en Él esperan, para el alma que Lo busca. Bueno es esperar en silencio la salvación del Señor» (Lam 3:25-26). «Espera al Señor; esfuérzate y aliéntese tu corazón. Sí, espera al Señor» (Sal 27:14). «Y en aquel día se dirá: “Este es nuestro Dios a quien hemos esperado para que nos salvara. Este es el Señor a quien hemos esperado; Regocijémonos y alegrémonos en su salvación”» (Is 25:9). «Espero en el Señor; en Él espera mi alma, y en Su palabra tengo mi esperanza» (Sal 130:5). Lo bueno no es necesariamente la espera misma; más bien, lo bueno es aquel a quien estamos esperando. Cuando esperamos, esperamos al Señor. Nuestro Señor es fiel, bueno, soberano y verdadero. Todo lo que él hace por nosotras es bueno (Ro 8:28-19). Él mantiene su Palabra y todas sus promesas se cumplen (Is 55:11). Esto es más evidente en la persona y la obra de Jesucristo: él cumplió todas las promesas hechas por Dios, vivió la vida perfecta que nosotras no pudimos vivir y murió la muerte que nosotras merecíamos. La encarnación, la vida, la muerte y la resurrección de nuestro Salvador nos muestran que Dios es uno que mantiene su pacto, que es fiel, verdadero y confiable. Él es la razón por la que la espera es buena: porque él vendrá, actuará, salvará; todo lo que hará será bueno, exactamente lo necesario, y para su gloria. Por lo tanto, podemos ser valientes y tener esperanza. Podemos encontrar fuerza y alegría en él (incluso cuando esperamos). La espera es buena también por lo que pasa en nuestros corazones mientras esperamos. A medida que descansamos en quien es Dios, recordando su Palabra y sus obras, se renueva nuestra fe. Vemos nuestra dependencia y necesidad de él en nuevas formas. En nuestra espera, nos enfrentamos cara a cara con los dioses que hemos levantado y hemos adorado en vez de adorar al Dios verdadero y vivo. Vemos las formas en las que buscamos vida, esperanza y sentido lejos de él. Esperar entonces se transforma en una oportunidad para crecer en gracia, para ser transformados a la imagen de Cristo. Se convierte en nuestra temporada de invierno antes del florecimiento de nuestra primavera. Amadas hermanas: todas estamos esperando. Tanto en aspectos pequeños como en los que cambian la vida; tanto en lo temporal como en lo eterno. No desperdiciemos un momento de ese tiempo; al contrario, que la Palabra nos fortalezca, que la oración sea nuestro centro, que la esperanza sea permanente y que unas a otras nos animemos. Toda nuestra espera terminará el día en que regrese nuestro Salvador para hacer nuevas todas las cosas. En cuanto a mi propia espera, la biopsia no fue concluyente. Parece que tendrán que operarme, por lo que mi espera continúa. Mientras espero, lo hago descansando en aquel que es mi salvación. «Alma
mía, espera en silencio solamente en Dios, pues de Él viene mi esperanza» (Sal 62:5).
Este recurso fue publicado originalmente en esta dirección | Traducción: María José Ojeda 
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No temas a los cambios
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No temas a los cambios

Cuando tienes tu primer bebé, rápidamente aprendes la importancia de establecer una rutina o alguna estructura en su vida. Las horas de comidas y de siestas son sagradas. Siempre hay que contar tres historias antes de dormir y el señor Oso debe acostarse al lado de la almohada; de lo contrario, la vida no está funcionando correctamente. Los niños se desarrollan dentro de una rutina. Cuando las cosas cambian, cuando cualquier cosa cambia, no se demoran mucho en hacerte saber que no les gustó. Lo mismo pasa con nosotros como adultos. Tampoco nos gusta el cambio. Nos gusta que las cosas sean familiares y predecibles. Nos gusta saber qué esperar cuando despertamos cada mañana; sin embargo, la vida está en constante cambio.

Nuestros niños parecen crecer un par de centímetros cada día. Vemos nuevas canas cada vez que nos miramos al espejo. La ropa que nos poníamos hace un año simplemente ya no nos queda de la misma forma que antes. Perdemos trabajos, relaciones terminan y las iglesias cambian o se dividen. Todo esto sucede mientras nuestra sociedad cambia sus valores y costumbres tan a menudo como un niño se cambia de ropa. Cuando ese tipo de cambios llegan a nuestra vida, nos abruman, nos confunden e incluso nos aterran. Podemos ir a acostarnos en la noche enfrentando una realidad y despertar con una vida completamente diferente. Los cambios pueden hacernos sentir perdidos y abandonados, como si hubiésemos sido tirados por la borda en medio de una tormenta. Nos dejan tambaleantes y tratamos de sujetarnos de cualquier cosa que encontremos que sea fuerte y estable. Nos sentimos tentados a escapar del cambio, como si pudiésemos hacerlo.

El Dios que nunca cambia

A medida que todos nos enfrentamos a grandes cambios en nuestras propias vidas, y a medida que el mundo que nos rodea continúa cambiando, necesitamos un lugar en donde encontrar esperanza. Necesitamos un lugar en el cual pararnos cuando nos enteramos de que un ser querido ha fallecido, de que nuestro trabajo está en peligro o de que la última persona que queríamos fue elegida para el cargo que estaba disponible. La verdad es que existe una cosa que nunca cambia: lo único que se mantiene igual es nuestro Dios inmutable.

La Biblia nos dice que Dios nunca cambia: “Yo, el SEÑOR, no cambio. Por eso ustedes, descendientes de Jacob, no han sido exterminados” (Malaquías 3:6). No existe transición, inconsistencia o cambio en este Dios. El mismo Dios que hace girar esta gigante bola azul en el espacio es el mismo que fue al encuentro de Moisés en el Monte Sinaí. El mismo Dios que perdonó a David por cometer adulterio es el mismo que hirió a su propio Hijo cuando Cristo se hizo pecado en la cruz por nosotros. Ayer, hoy y siempre él es el Dios que es “clemente y compasivo, lento para la ira y grande en amor. El SEÑOR es bueno con todos; él se compadece de toda la creación” (Salmo 145:8-9).

La verdad que nunca cambia

Puesto que Dios nunca cambia, su Palabra tampoco lo hace. Todo lo que él ha dicho sobre sí mismo continúa siendo verdad para siempre. Todo lo que nos ha dicho sobre por qué y cómo el mundo ha llegado a existir, sobre el problema que éste tiene y sobre lo que él ha hecho para salvarlo, nunca cambiará. No importa lo que digan, no importa si alguien niega o desafía la Palabra de Dios, ésta permanece firmemente inamovible. “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras jamás pasarán” (Mateo 24:35).

Debido a que su Palabra nunca cambia, sus promesas para nosotros nunca dejan de ser verdaderas: “Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:38-39). “Estoy convencido precisamente de esto: que el que comenzó en ustedes la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús” (Filipenses 1:6). “No temas, porque Yo estoy contigo; no te desalientes, porque Yo soy tu Dios. Te fortaleceré, ciertamente te ayudaré, sí, te sostendré con la diestra de mi justicia” (Isaías 41:10).

Nuestra roca y ancla

La naturaleza inmutable de Dios y su Palabra inalterable son cosas reales en las que basar nuestra vida. Es una roca lo suficientemente grande y fuerte en la que podemos construir una casa y es un ancla lo suficientemente grande y fuerte para sostener nuestras almas en medio de las olas y tormentas de la vida.

Por estas verdades, cuando todo en la vida pareciera estar al revés, podemos decir junto con el salmista: “Dios es nuestro refugio y fortaleza, nuestro pronto auxilio en tribulaciones. Por tanto, no temeremos aunque la tierra sufra cambios, y aunque los montes se deslicen al fondo de los mares; aunque bramen y se agiten sus aguas, aunque tiemblen los montes con creciente enojo” (Salmo 43:1-3). Las cosas continuarán cambiando —en el mundo que nos rodea y en nuestras vidas—. Algunos de esos cambios se sentirán como una pequeña ola, y otros, como una ola de tres metros. Sin embargo, no importa qué cambios enfrentemos, no debemos temer; no necesitamos escondernos; no debemos desesperarnos. Nuestra roca y ancla es nuestro Dios inmutable, cuyo carácter y promesas permanecen inamovibles para siempre.
Christina Fox © 2016 Desiring God Foundation. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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Nuestros pensamientos nos traicionarán
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Nuestros pensamientos nos traicionarán

Soy una pensadora. Reflexiono, medito, hago suposiciones, evalúo y analizo todo. Para ser sincera, pienso demasiado. Si fuera posible, podría pensar cosas hasta morir. Pienso las cosas que debí haber dicho y hecho. Revivo discusiones y circunstancias que he tenido. Me mortifico por los errores que cometí y los analizo con gran detalle. Traigo a mi memoria tristezas y angustias de mi pasado como un disco rayado. Los pensamientos que tengo son como estos: si tan sólo…, qué hubiese pasado sio debí haber hecho… Lamentablemente, mientras más pienso, más me desespero.

Examinémonos a nosotras mismas

Un poco de autoevaluación puede ser bueno. Debemos conocernos a nosotras mismas, nuestras motivaciones, nuestras decisiones y nuestras acciones. Debemos ser conscientes de las formas en las que minimizamos nuestros pecados. Debemos conocer los ídolos que reinan en nuestros corazones. Necesitamos conocer las tentaciones a las que tendemos a caer. El apóstol Pablo fomenta tal evaluación antes de tomar Santa Cena (1Co 11:28). También anima a la misma iglesia de Corinto a probarse a sí mismos para ver si realmente estaban en la fe (2 Co 13:5). El profeta en Lamentaciones escribe, «examinemos nuestros caminos y escudriñémoslos, y volvamos al Señor» (Lm 3:40). La autoevaluación es buena, en especial cuando nos ayuda a ver el pecado en nuestro corazón —cuando nos ayuda a ver la verdad de nuestra condición caída—. Una buena autoevaluación nos recordará nuestra necesidad de un Salvador y nos apuntará al Evangelio de la gracia.

Sumidas en desesperación

Sin embargo, a veces podemos llegar muy lejos. Cuando la autoevaluación termina en nosotras mismas en vez de llevarnos más allá de nosotras, hay un problema. Una incorrecta autoevaluación nos mantiene centradas en nosotras mismas, en las cosas que debimos haber hecho, que debemos hacer y que haremos. Nos mortificamos en la culpa por nuestro pecado, nos avergonzamos de pecados que cometieron contra nosotras y caemos en remordimientos sobre lo que nos hubiese gustado que hubiese pasado. Martyn Lloyd-Jones escribió que pensar demasiado y autoevaluarse, en realidad, podría fomentar y contribuir a la depresión espiritual. Existe] el tipo de persona que tiende a estar siempre analizándose y analizando todo lo que hace, y a preocuparse por los efectos posibles de sus acciones. Este tipo de persona siempre vuelve al punto de partida, y siempre está llena de vanos arrepentimientos (Depresión espiritual, 17). Él explica que existe una diferencia entre la autoexaminación, que es algo que debemos hacer, y la introspección, que es cuando la autoexaminación se transforma en algo que siempre hacemos.
Se espera de nosotros algún autoexamen periódico; pero cuando lo hacemos siempre y por costumbre, y ponemos nuestra alma en una mesa de disecciones, hemos caído ya en la introspección (17-18).
Cuando la introspección nos hace caer en la desesperación, ya no es más una autoexaminación, sino lo que Martyn Lloyd-Jones llama morbidez. Esta morbidez hace que centremos todas nuestras energías en nosotras mismas, transformándonos en personas egocéntricas —lo opuesto a lo que Cristo nos llamó a hacer cuando nos enseñó a poner a otros antes que a nosotras—. Como cristianas, debemos procurar el bien del otro por sobre el nuestro. Debemos poner nuestras fuerzas en amar y servir a otros, tal como Jesús lo hizo por nosotras (Fil 2:3-8). Martyn Lloyd-Jones escribió esto porque quienes pensamos demasiado tendemos a la depresión espiritual, por lo que debemos conocer nuestras fortalezas y debilidades. Si tendemos a pensar demasiado y a autoevaluarnos en exceso, debemos ser cautelosas con esa tendencia y estar atentas. Es muy sabio conocer nuestras tendencias, ser conscientes de ellas y resistirlas.

Llevemos cautivos nuestros pensamientos

Para aquellas de nosotras que tendemos a autoevaluarnos en demasía, ¿qué debemos hacer cuando nos encontramos pensando demasiado? No debemos escucharnos a nosotras mismas. Al contrario, debemos respondernos. Podemos llevar cautivos nuestros pensamientos; hablar la verdad de la Palabra de Dios a nuestros corazones, puesto que tiene el poder para cambiarnos y transformarnos. «Santifícalos en la verdad; Tu palabra es verdad» (Jn 17:17). Las mentiras pierden su poder frente a la verdad. Necesitamos saber de memoria la Palabra de Dios para que así esté siempre en la punta de nuestra lengua, lista para disparar contra las mentiras que escuchamos a nuestro alrededor —en especial aquellas dentro de nuestro propio corazón—. El Evangelio no es algo a lo que respondemos una sola vez en nuestra vida en el momento de recibir la salvación. Al contrario, es algo a lo que respondemos y aplicamos a nuestra vida todos los días. Necesitamos predicarnos el Evangelio a nosotras mismas, recordándonos todo lo que tenemos en Cristo. Necesitamos recordar lo que Cristo hizo por nosotras en su perfecta vida, su muerte sacrificial y su triunfante resurrección. Nos aferramos a la preciosa realidad de que Dios, quien no escatimó a su propio Hijo sino que lo dio para todas nosotras, indudablemente nos dará todo lo que necesitamos (Ro 8:32). Cuando nos enfrentamos con nuestros pensamientos, necesitamos reprendernos y corregirnos con las verdades de lo que Jesús ha hecho, lo que está haciendo y lo que hará.

La gracia de Dios hacia nosotras

Cuando nuestros pensamientos nos traicionan y nos vemos consumidas pensando cosas como, debí haber hecho… y qué habría pasado si…, lo maravilloso es que Dios nos conoce. Él examina los pensamientos y las intenciones de nuestros corazones.
«Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis inquietudes» (Sal 139:23)
Antes de que cualquier palabra llegue a nuestra lengua, él ya la conoce. Él conoce más nuestros corazones que nosotras mismas; él sabe la verdad de quiénes somos profundamente en nuestro interior. No obstante, ¡qué gracia más maravillosa! Dios nos mira y ve a nuestro Salvador. Él escucha nuestros pensamientos y acepta los pensamientos perfectos de Cristo en nuestro lugar.
«Hijitos míos, les escribo estas cosas para que no pequen. Y si alguien peca, tenemos Abogado para con el Padre, a Jesucristo el Justo» (1Jn 2:1).
Cuando nuestros pensamientos se vuelven introspecciones y fallamos al recordar la gracia de Dios, él continúa dándonos más gracia. Es más, la gracia de Dios no depende de nuestros pensamientos sobre Dios, sino de sus pensamientos sobre nosotras.

«No temas, porque Yo te he redimido, te he llamado por tu nombre; Mío eres tú» (Is 43:1).

Es bueno autoexaminarnos. Debemos conocer nuestros pensamientos y acciones. Sin embargo, traspasamos el límite cuando eso se transforma en lo único que pensamos. Si tienden a pensar demasiado, conózcanse a ustedes mismas, conozcan sus tendencias, pero más importante aun, conozcan la verdad: Jesús murió por las ansiedades que provocan los pensamientos como, qué hubiera pasado si… y él no permitirá que se suman en la desesperación cuando se aferren a sus preciosas promesas.
Christina Fox © 2017 Desiring God Foundation. Publicado originalmente en esta dirección. Sitio web: desiringGod.org — Usado con permiso. |Traducción: María José Ojeda
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No pienses que tu trabajo pasa desapercibido
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No pienses que tu trabajo pasa desapercibido

Hace unos cinco años, pasé meses trabajando en la propuesta de un libro. Diferentes amigos dedicaron semanas a ayudarme en la edición. Al presentarlo, fue rechazado por más editoriales de las que quisiera contar. Desde esa vez, el libro ha permanecido olvidado, guardado en las profundidades de los archivos de mi computador —y si fuera posible, acumulando polvo—. Recientemente, le comentaba a una amiga que una de las cosas más difíciles de escribir es cuando una de tus creaciones no se lee. Cuando paso horas escribiendo la oración correcta; cuando mi corazón y mi mente se han involucrado en cada párrafo y nadie los lee, todo el tiempo, el esfuerzo y la energía parecen una pérdida; es decepcionante y desalentador. Sin embargo, no es sólo en esta área donde gasto energía y nadie lo nota. Existen incontables cosas en las que trabajo a lo largo del día que pasan inadvertidas para aquellos que me rodean. La ropa que doblo y guardo, por ejemplo; las cosas que recojo del suelo y luego pongo en el lugar que corresponde; el tiempo y el esfuerzo que invierto en el corazón y crecimiento espiritual de mis hijos; las oraciones intercesoras que hago por otros. Muchas de las cosas que hago y en las que pongo mucho esfuerzo pasan desapercibidas. Cosas en las que invierto y que quizás nunca vea fruto en ellas: tomo decisiones y hago elecciones en beneficio de quienes me rodean; sacrifico tiempo y me esfuerzo para servir y proveer a otros. A veces me aburro y me pregunto, ¿valdrá la pena? Amigas, probablemente ustedes también se aburren. Después de cambiar cientos de pañales, de limpiar la casa al final de cada día sólo para tener que volver hacerlo al día siguiente, de trabajar duro en un lugar donde pareciera que a nadie le importa lo que hacen, de ayudar a personas desagradecidas, o de escribir palabras que nadie lee, pueden comenzar a pensar, ¿para qué molestarnos? No obstante, ésta es la verdad: Dios sí ve. Todas las cosas que son hechas en su nombre y para su gloria nunca son una pérdida. Esto abarca la ropa que doblamos, la comida que preparamos, y todos los actos de servicio rutinarios y silenciosos que hacemos por nuestra familia. De igual forma, incluye los esfuerzos por hacer lo correcto cuando sería más fácil no hacerlo; el trabajo duro incluso cuando a nadie más le importa; las oraciones incesantes con un corazón postrado; e incluso, el montón de palabras que están guardadas en mi disco duro. Todo trabajo hecho para Dios es bueno, ya sea que alguien lo vea o no. Esto es lo que estamos llamadas a hacer, “entonces, ya sea que coman, que beban, o que hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios” (1 Corintios 10:31). “Y todo lo que hagan, de palabra o de hecho, háganlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por medio de él a Dios Padre” (Colosenses 3:17). Trabajamos para la gloria y la fama de Dios, no para la nuestra. No lo hacemos para la alabanza y los elogios del hombre, sino que para nuestro Salvador. Trabajamos duro porque Cristo trabajó primero por nosotros. Su obra santa, perfecta y justa al obedecer la ley en nuestro lugar nos fue dada a nosotros. Su obra sacrificial por nosotros en la cruz pagó nuestro castigo. Su obra abrió camino para todo el trabajo que hacemos, lo que se ve y lo que no, lo rutinario y lo extraordinario, lo aburrido y lo interesante, lo fácil y lo difícil. Debido a la obra que Cristo hizo en nosotros, todo nuestro trabajo es hecho por medio de él y para él.
"Así debes comportarte hoy, y todos los días; pues perteneces completamente a Aquel que te amó y se dio a Sí mismo por ti. Deja que el amor de Cristo te constriña en este sentido: toma el yugo de Cristo y por una vez siente que eres su posesión, comprada con su sangre, y su sirviente para siempre, porque por fe Él se ha hecho nuestro y nosotros suyos. Debemos vivir como hombres de Cristo tanto en los pequeños asuntos como como en los grandes; ya sea que comamos o bebamos, o lo que sea que hagamos, debemos hacerlo para la gloria de Dios, dando gracias a Dios Padre por medio de Jesucristo. Por consiguiente, verás, la fe en Aquel que se dio a Sí mismo por nosotros nos lleva a gastar nuestras energías a su servicio y a hacer un trabajo normal con ojos puestos en su gloria y, de esta manera, por nuestra fe en el Hijo de Dios, nuestra vida adquiere color y sabor”. –Charles Spurgeon
Dios promete que nuestro trabajo para él no será un desperdicio, “porque el que siembra para su propia carne, de la carne segará corrupción, pero el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna. No nos cansemos de hacer el bien, pues a su tiempo, si no nos cansamos, segaremos. Así que entonces, hagamos el bien a todos según tengamos oportunidad, y especialmente a los de la familia de la fe” (Gálatas 6:8-10). Además, tenemos la garantía de que la obra que él está haciendo en nosotros y por medio de nosotros será completada cuando regrese Cristo, “estoy convencido precisamente de esto: que el que comenzó en ustedes la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús” (Filipenses 1:6).

Por tanto, amigas, si están trabajando duro para el Señor, no se den por vencidas; no se desesperen. Todo su trabajo hecho para la gloria de Dios se está acumulando como tesoros eternos que sobrepasan por mucho cualquier halago o reconocimiento aquí en la tierra. Ninguno de ellos es un desperdicio o una pérdida. Su fidelidad en silencio en todas las cosas, incluso en las que no se ven, en la monotonía y en la rutina, lo ve nuestro Padre en el Cielo. Así que permitan que la obra santa y sacrificial de su Salvador por ustedes sea su motivación y gozo para servir.

Publicado originalmente en esta dirección. | Traducción: María José Ojeda
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Aunque sí somos incapaces, nunca estamos desamparadas
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Aunque sí somos incapaces, nunca estamos desamparadas

Llamé llorando a mi esposo, «no sé qué hacer», le dije. Se me habían acabado las ideas y no sabía qué hacer con nuestro hijo. Esto ya había sucedido antes; ya había dicho lo mismo con las mismas lágrimas muchas veces desde que me convertí en madre. Es sólo que había asumido que a medida que mis hijos iban creciendo, yo crecería en sabiduría y en conocimiento; las cosas serían más amenas de lo que eran cuando todo era nuevo, confuso y agotador —cuando eran bebés, luego pequeñitos y después preescolares—. Sin embargo, no fue así, aún me siento tan incapaz como el primer día en el que tomé en brazos a mi hijo mayor en el hospital.

La incapacidad en la maternidad

El huracán cortó el suministro de electricidad en todos lados. El hospital había sufrido daños. Las personas que se estaban recuperando de alguna operación estaban en la sala de maternidad junto con muchas otras mujeres, que habían comenzado el trabajo de parto debido a la tormenta, y junto con todos ellos, también estaba yo. Tuve algunas complicaciones después de dar a luz, por lo que tuve que quedarme en el hospital unos cuantos días más. Todo era un caos a mi alrededor; los doctores y las enfermeras estaban exhaustos trabajando horas extra, mientras se preguntaban sobre el estado de sus hogares después de un huracán de categoría tres. Tenía prohibido sentarme en la cama y tenía que quedarme quieta por tres días, lo que hacía difícil atender a un recién nacido. La sensación de incapacidad nació ahí en ese cuarto de hospital y me siguió a casa para nunca dejarme. No me gusta sentirme incapaz; me gusta saber lo que hago. Me gusta capacitarme, prepararme y estar lista. Me gusta tener planes preparados para prevenir el caos. Me gusta controlar lo inesperado; no obstante, aprendí rápidamente que no existe control en la maternidad.  La sensación de incapacidad continuaba a medida que mi hijo mayor y, luego, mi hijo menor luchaban contra el asma desde bebés, para luego batallar con infecciones crónicas. Estuvieron enfermos gran parte de su primera etapa de infancia, lo que implicaba tratamientos respiratorios en medio de la noche y visitas a especialistas hasta que ambos terminaron siendo operados de los senos paranasales. En cada momento, me sentía incapaz. En la actualidad, a medida que navego en las aguas de las luchas y de los desafíos de los primeros y últimos años de educación primaria, sigo sintiéndome igual. Aún no sé qué hacer; aún me siento indefensa. Cada día es un viaje a lo desconocido. Sin embargo, la verdad es que, aunque soy incapaz, nunca estoy desamparada; nunca

Incapaz, pero no desamparada

Mientras que la incapacidad es una condición que resisto, es exactamente lo que Cristo me ha llamado a aceptar. Él no vino por aquellos que tienen todo bajo control, que lo saben todo y que no necesitan ayuda. Él vino a rescatar y a redimir a aquellos como yo: los incapaces. «porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido» (Lc 19:10). «...No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos. Y yo no he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Mr 2:17). Como sabiduría encarnada, Cristo sabe qué hacer todo el tiempo en todas las circunstancias. Él nunca es incapaz, nunca está perdido o confundido. Él gobierna y reina sobre todas las cosas, incluso sobre las circunstancias en las que somos incapaces. Los que somos incapaces, es con Cristo exactamente donde necesitamos estar.   Se desató entonces una fuerte tormenta, y las olas azotaban la barca, tanto que ya comenzaba a inundarse. Jesús, mientras tanto, estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal, así que los discípulos lo despertaron . —¡Maestro!— gritaron—, ¿no te importa que nos ahoguemos? Él se levantó, reprendió al viento y  al mar: —¡Silencio! ¡Cálmate! El viento se calmó y todo quedó completamente tranquilo —¿Por qué tienen tanto miedo?— dijo a sus discípulos—. ¿Todavía no tienen fe? Ellos estaban espantados y se decían unos a otros: —¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen? (Mr 4:37-41). Los discípulos estaban acostumbrados a las tormentas en el mar; las habían enfrentado un sinnúmero de veces. Sin embargo, esta tormenta hizo que tiritaran de miedo. Habían hecho todo lo que sabían en medio de una brutal tormenta en el mar y se dieron cuenta de que eran incapaces. Jesús, sin embargo, estaba dormido en la popa del bote, agotado después de un largo día de haber enseñado. Casi puedo escuchar el pánico en las voces de los discípulos mientras exclamaban, «¿no te importa que nos ahoguemos?». No obstante, Jesús, el Hacedor y Soberano del viento y las olas, tan sólo tuvo que decir, «¡cálmate!» y todo se calmó. La calma no vino gradualmente, como cuando los mares comienzan a calmarse lentamente una vez que pasó la tormenta; al contrario, al igual que ese primer día cuando Dios habló para que el mundo existiera, esta tormenta se detuvo instantáneamente al escuchar la voz de su Hacedor. Los discípulos eran incapaces, pero nunca estuvieron desamparados.

Cristo es nuestra esperanza

Con mucha frecuencia, olvido que no estoy desamparada. Trato de criar a mis hijos con mis propias fuerzas y con mi propia sabiduría. Los problemas aparecen y me abrumo; me agobio y me desespero; siento que soy un fracaso. Como los discípulos, me preocupo y me lleno de miedo al pensar que la maternidad me hundirá. El olvido es un problema común para las mamás. A este problema lo denomino «tener cerebro de mamá» y lo uso como excusa cuando olvido algunas citas, algunas conversaciones y algunos artículos en el supermercado. Aunque el olvido es muy problemático, no es tan grave como olvidar el Evangelio; la esperanza que tengo en Cristo. En todas las situaciones de incapacidad, Cristo es nuestra esperanza. Él nos ha redimido de nuestro pecado y nos ha dado su justicia. Por medio de la fe que ponemos en su vida perfecta, en su muerte sacrificial y en su gloriosa resurrección, él nos ha hecho justos frente a Dios. Como nos recuerda Pablo, si Dios nos dio a su propio Hijo para rescatarnos del pecado, ¿cómo no nos dará también todas las cosas? (Ro 8:31). Cristo nos ha demostrado que él es nuestra esperanza, al proveer para nuestro gran estado de incapacidad (el pecado y la separación de Dios). Los discípulos exclamaron, «¿no te importa?»; la respuesta de Cristo es su sacrificio por nosotros en la cruz, un «¡sí!» rotundo. En nuestra incapacidad más grande y en nuestra incapacidad diaria más pequeña, Cristo es nuestra esperanza. Él es soberano sobre todas las cosas; él conoce todo. Él lleva todas las cargas y escucha cada uno de nuestros clamores. Él dispone todas nuestras circunstancias por un bien último. Él es nuestro consuelo, nuestra paz y nuestro descanso. Cuando somos incapaces, cuando las tormentas de la vida nos golpean, debemos volvernos a Cristo. Debemos confiar en su fuerza, en su sabiduría, en su poder y en su verdad (no en la nuestra). Debemos encontrar nuestra paz y nuestro refugio en él. Sí, somos incapaces, pero en Cristo tenemos todo lo que necesitamos porque él está justo ahí en la tormenta con nosotras. Mamás, aunque somos incapaces, en Cristo nunca estamos desamparadas. 
Publicado originalmente en esta dirección. | Traducción: María José Ojeda
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Cuando el sufrimiento no tiene fin
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Cuando el sufrimiento no tiene fin

Para muchos de nosotros, cuando atravesamos una prueba o un periodo de sufrimiento, éste llega a su fin. Después de una temporada de desempleo, obtenemos un nuevo trabajo; después de un tiempo de enfermedad o de problemas de salud, nos mejoramos; después de un periodo difícil de conflicto matrimonial, lo resolvemos y salimos fortalecidos de la situación. Sin embargo, a veces, para algunos de nosotros, los problemas no tienen fin. El sufrimiento no desaparece. No importa cuánto oremos y leamos la Biblia, la depresión aumenta; el cáncer resiste el tratamiento; nuestro hijo aun se resiste a Cristo; quebramos y perdemos la casa. ¿Qué hacemos con el sufrimiento que no desaparece? Algunos cristianos dirían que Dios no quiere que suframos, que necesitamos creer, reclamar las promesas, esperar que las cosas cambien, y hacer todo lo que podamos para eso. El problema está en que, cuando hacemos todas esas cosas y el sufrimiento no termina, ¿entonces qué? Para algunos creyentes, estas situaciones remecen la base de su fe, y así, tropiezan y caen.

NO CONSTRUYAS SOBRE LA ARENA

Una de las cosas favoritas que les gusta hacer a mis hijos en la playa es construir una torre de arena y crear túneles dentro y alrededor de ella para que el agua fluya. Luego esperan que la marea suba para ver qué pasa. Al principio el agua sólo fluye por dentro y alrededor de la construcción, pero cuando las olas fuertes comienzan a llegar, su torre se derrumba. Todos conocemos la canción de la Escuela Dominical, “El hombre sabio” (¡incluso podríamos recordar las mímicas que van con la canción!). Tiene sentido: no construyas una casa sobre la arena porque no es estable. No obstante, ¿con cuánta frecuencia construimos nuestra fe sobre la arena? ¿Cuántas veces descansamos en enseñanzas, creencias e incluso emociones que se mueven tan fácilmente como la arena con la subida de la marea? Nuestra fe necesita estar puesta en algo más real y sólido que lo que deseamos y anhelamos que pase. Necesita depender de algo más constante y firme que la última moda pasajera de tu cultura o de las enseñanzas que no concuerdan con la Palabra de Dios. Tu fe necesita estar basada en el carácter de Dios.

CONSTRUYE SOBRE EL CARÁCTER DE DIOS

La verdad es que quizás nunca sepamos por qué nos pasó algo (lean el libro de Job, él nunca escuchó el trasfondo que todos conocemos). Quizás nunca sea visible para nosotros el término de nuestro sufrimiento. Podríamos hacer todo lo que sabemos hacer y aun así terminar el día apenas. No obstante, en medio de la oscuridad, la luz de la verdad sigue brillando (Juan 1:5). Podremos descansar en la verdad de quien es Dios y saber que, aunque quizás nunca sepamos por qué perdimos a un ser querido o cuándo nuestro dolor se va a acabar o si nuestro dolor será aliviado, nuestro Dios es bueno, soberano, fiel, justo, santo, misericordioso y clemente. “Entonces pasó el Señor por delante de él y proclamó: ‘El Señor, el Señor, Dios compasivo y clemente, lento para la ira y abundante en misericordia y verdad’” (Éxodo 34:6). Esto era lo que el profeta Habacuc sabía y la razón por la que podía decir, “Aunque la higuera no eche brotes, ni haya fruto en las viñas; aunque falte el producto del olivo, y los campos no produzcan alimento; aunque falten las ovejas del redil, y no haya vacas en los establos, con todo yo me alegraré en el Señor, me regocijaré en el Dios de mi salvación. El Señor Dios es mi fortaleza; él ha hecho mis pies como los de las ciervas, y por las alturas me hace caminar” (3:17-19). Esto era lo que David sabía y la razón por la que pudo escribir, “El Señor es mi luz y mi salvación; ¿A quién temeré? El Señor es la fortaleza de mi vida; ¿De quién tendré temor? Cuando los malhechores vinieron sobre mí para devorar mis carnes, ellos, mis adversarios y mis enemigos, tropezaron y cayeron. Si un ejército acampa contra mí, no temerá mi corazón; si contra mí se levanta guerra, a pesar de ello, yo estaré confiado” (Salmo 27:1-3). Esto era lo que los hijos de Coré sabían y la razón por la que pudieron cantar, “Dios es nuestro refugio y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos aunque la tierra sufra cambios, y aunque los montes se deslicen al fondo de los mares; aunque bramen y se agiten sus aguas, aunque tiemblen los montes con creciente enojo” (Salmo 46:1-3). Estos pasajes revelan un tema común. Todos tienen el supuesto “aunque”. Aunque no haya comida, aunque venga un ejército y nos ataque, aunque las montañas caigan en el mar, Dios es nuestra salvación. Debido a que estos autores conocían a Dios y su carácter, pasara lo que pasara en sus vidas, sabían que podían confiar en él. Sabían incluso que, aunque lo más terrible sucediera en sus vidas, Dios seguía siendo Dios. Nada nos garantiza que la vida será fácil, cómoda y libre de dolor. Como Jesús dijo, “Estas cosas les he hablado para que en Mí tengan paz. En el mundo tienen tribulación; pero confíen, Yo he vencido al mundo” (Juan 16:33). Nuestra paz no es el resultado de una vida libre de problemas, sino de nuestra unión con Cristo. De hecho, él no nos promete una vida libre de llanto. No nos dice que, si lo seguimos, nuestra vida irá viento en popa y todos nuestros sueños se harán realidad. Al contrario, nos dice que enfrentaremos aflicciones en este mundo. Sin embargo, también nos llama a ver el panorama general: Cristo ha derrotado al mundo; ha conquistado el pecado y la muerte; nos ha redimido; es nuestra salvación. La eternidad nos espera. Algunos de nosotros viviremos una vida de sufrimiento. Quizás luchemos contra un dolor crónico (como Pablo). Tal vez nunca seamos libres del dolor, del conflicto o de la lucha. Si enfrentamos ese sufrimiento parados sobre la arena, nos hundiremos. Al contrario, necesitamos estar sobre un terreno firme. Necesitamos conocer su carácter. Así podremos también decir junto a David, “El Señor es la fortaleza de mi vida; ¿De quién tendré temor?”.
Este recurso fue publicado originalmente aquí. | Traducción: María José Ojeda
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El camino del lamento
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El camino del lamento

El año pasado, mi abuelo tuvo un derrame cerebral y fui a visitarlo al hospital. Nos reunimos con nuestra familia en la sala de espera y en turnos pasábamos a verlo a su pieza. Durante una de las rotaciones en el lugar donde estábamos esperando, levanté la mirada y vi a mi abuela parada en la estación de enfermería, llorando. Corrí para estar a su lado y ahí me enteré que el doctor le había dicho que debía tomar la decisión de trasladar a mi abuelo a la unidad del dolor y cuidados paliativos. Yo no sabía qué hacer o cuáles eran las palabras correctas para decirle. Finalmente, la abracé y le dije, “vamos a orar”. Fuimos a la capilla del hospital y clamamos al Señor. Lloramos; pedimos sabiduría, ayuda, fortaleza para sobrellevar la situación durante los próximos días. Nos lamentamos.

Los salmos de lamento

Los diccionarios definen la palabra lamento como “sentir o expresar tristeza o aflicción”. No es una palabra que usemos mucho en esta época. De hecho, el lamento es un arte que no practicamos muy a menudo en la cultura Occidental. En lugar de expresar nuestras emociones, tendemos a esconderlas, distraernos para no sentirlas o aun fingir que no existen. Cuando las circunstancias difíciles interrumpen nuestras vidas, tendemos a buscar salvadores falsos para que nos rescaten. Nos escondemos en el trabajo, en entretenciones o en medio kilo de helado. Podemos incluso tomar las situaciones en nuestras propias manos y tratar de controlar nuestras circunstancias. Haríamos lo que fuera, menos enfrentar el dolor y la pena que sentimos.  Sin embargo, la Escritura está llena de lamentos. Habacuc lamentó el juicio que vendría sobre Israel. El libro de Lamentaciones es un largo lamento. Nuestro Salvador dio un grito de lamento en el huerto de Getsemaní. Los salmos de lamento son canciones poéticas que expresan con palabras la tristeza y los dolores del pueblo de Dios. Los lamentos en la Escritura hacen mucho más que expresar emociones dolorosas. Los salmos de lamento, en particular, hacen más que sólo liberar emociones que estaban contenidas. Son mucho más que una simple catarsis. En su interior, estos salmos son teología, doxología, una forma de adoración; son recordatorios de la verdad. Ellos muestran cómo se pone la fe en práctica; son transformadores para el creyente. Hay muchas más cosas que podemos aprender de ellos.

El modelo de los lamentos

Aunque los salmos de lamento fueron escritos por diferentes salmistas, en diversas circunstancias y por distintas razones, aun así comparten una estructura y modelo común. Casi todos los lamentos van de lo negativo a lo positivo, de la tristeza a la alegría y del miedo a la confianza. Los lamentos representan el viaje del alma. Al seguir el camino que toma el salmista, podemos aprender el arte del lamento para que nosotros también podamos clamar a Dios en medio de nuestro dolor. Los salmos de lamento comparten varios elementos comunes, pero los tres más importantes son:
  1. Clamor a Dios: en los lamentos, los salmistas comienzan con un clamor a Dios. Van ante Dios tal cual son, con ríos de lágrimas. No ordenan sus vidas antes de buscar a su Padre celestial. Dios ya sabe lo que está pasando en sus mentes y corazones, por lo que ellos no fingen que sus vidas son mejores de lo que son en realidad. Los salmistas expresan las profundidades de su dolor con descripciones y adjetivos gráficos: “estoy cansado de sollozar; todas las noches inundo de lágrimas mi cama, ¡mi lecho empapo con mi llanto!” (Sal 6:6).
  2. Pedir ayuda: luego los salmistas piden ayuda. Ruegan a Dios que los rescate; le piden que los libere del dolor; le piden ayuda y salvación. Cualquiera sea su necesidad, le piden a Dios que intervenga y que les provea: “Dios mío, no te alejes de mí; Dios mío ven pronto a ayudarme” (Sal 71:12).
  3. Responder con confianza y alabanza: a través de los lamentos, los escritores frecuentemente mencionan el carácter de Dios, sus obras de salvación en el pasado, su poder y su sabiduría, su amor y su fidelidad. A medida que los salmistas claman a Dios y recuerdan quién es Dios y lo que ha hecho, terminan su lamento con una respuesta de confianza, alabanza y adoración. Para aquellos de nosotros que leemos esos lamentos, pareciera que terminan abruptamente. Podríamos preguntarnos, ¿cómo los salmistas pasan de sentir que sus vidas están por acabar a alabar a Dios? Los lamentos no se desarrollan en tiempo real. Antes de escribir, los salmistas habían soportado una travesía de lucha con sus pensamientos y emociones, clamando a Dios una y otra vez y recordándose la verdad a sí mismos. Al hacer esto, ellos podían responder con confianza y alabanza a Dios: “Señor, mi Dios, con todo mi corazón te alabaré, y por siempre glorificaré tu nombre” (Sal 86:12).
Esto es sólo una pequeña degustación de lo que podemos aprender al estudiar el modelo que siguen los salmos de lamento. Aprender y adoptar este patrón como nuestro nos ayuda a clamar a Dios por nuestros propios dolores, tristezas, penas y miedos. Seguir el camino de los salmistas nos ayuda a sacar la mirada de nosotros mismos para poner nuestros ojos solo en aquel que puede salvarnos. Mientras más hagamos esto, más nos encontraremos en la presencia de nuestro Padre clemente en el cielo, el lugar al cual se nos anima a ir: “Así que acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir misericordia y hallar la gracia que nos ayude en el momento que más la necesitemos” (Heb 4:16).
Este artículo fue originalmente publicado por Ligonier Ministries en esta dirección. | Traducción: María José Ojeda
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¿Dónde encuentras la fortaleza que necesitas?
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¿Dónde encuentras la fortaleza que necesitas?

Uno de mis hijos tiene una manta favorita —en realidad, tiene dos porque compré otra en caso de que perdiera una; si tienes hijos, ¡sabes por qué lo digo!—. Se la compré antes de que naciera; tiene su nombre bordado en una de las puntas. Al principio ya era suave, pero con el tiempo se suavizó aun más. Cuando mi hijo era más pequeño, frente a cualquier momento de tristeza o de miedo, podía encontrarlo acurrucado en su mantita.

Todos tenemos cosas a las que corremos en busca de consuelo. Todos tenemos cosas a las que recurrimos instintiva y automáticamente buscando esperanza, aliento y fortaleza cuando nos debilitamos por las preocupaciones de esta vida. ¿Cuáles son las tuyas? Lo más probable es que no sea una manta. Sin embargo, podría ser la comida, la bebida, la televisión, las compras, el trabajo o el ejercicio. Podría ser una persona; una experiencia. Cuando la vida se pone difícil, todos acudimos a algo con la esperanza de que nos rescate, nos fortalezca o de alguna manera pueda mejorar las cosas.

FORTALEZA EN LA PALABRA

El salmo más largo en el libro de los Salmos es el 119. David dedicó los 176 versículos a hablar de la Palabra de Dios. Cada verso hace referencia a ella de alguna u otra forma destacando la sabiduría y la verdad de Dios.

“De angustia se derrite mi alma: susténtame conforme a tu palabra.” Salmo 119:28
Este pequeño versículo tiene mucho que decirnos sobre la fortaleza y sobre dónde podemos encontrarla. En primer lugar, el salmista está clamando al Señor, contándole su dolor. Él recurre al único sabio, el Rey del universo, el Hacedor y Sustentador de todas las cosas. Clama a Dios honestamente, expresando las profundidades de su angustia y pena. En segundo lugar, el salmista pide ayuda. Pide fortaleza y la busca en Dios por medio de su Palabra. En la versión Nueva Traducción Viviente se traduce de la siguiente manera: “...aliéntame con tu palabra”. El salmista recurre a la Palabra de Dios como su fuente de fortaleza y aliento en los momentos de dolor. ¿Qué aprende el salmista de la Palabra de Dios? Más adelante, en el verso 50, él escribe, “Éste es mi consuelo en medio del dolor: que tu promesa me da vida”. Después agrega, “Tu palabra, Señor, es eterna, y está firme en los cielos. Tu fidelidad permanece para siempre; estableciste la tierra y quedó firme. Todo subsiste hoy, conforme a tus decretos, porque todo está a tu servicio. Si tu ley no fuera mi regocijo, la aflicción habría acabado conmigo. Jamás me olvidaré de tus preceptos, pues con ellos me has dado vida” (89-93). La Palabra de Dios le dio vida al salmista.
“El fundamento de nuestra fe se encuentra en lo que aprendemos en la Escritura sobre Dios, sobre quién es, qué ha hecho y quiénes somos a la luz de todo eso. Es el ancla que nos sostiene cuando las tormentas se presentan en nuestras vidas. Es una luz que nos guía y dirige en la oscuridad de nuestras circunstancias. Cuando nuestras emociones nos suben a una montaña rusa, nuestra teología es el horizonte firme que nos mantiene en nuestro lugar”. (A Heart Set Free [Un corazón liberado], p. 135).

LA FORTALEZA QUE NECESITAMOS

Cuando estamos hundidos en el dolor, cuando nos paraliza el miedo, cuando nos debilitamos por las preocupaciones de esta vida, necesitamos volvernos a la Palabra de Dios. Ella es nuestra fortaleza, pues es la forma en que Dios se comunica con nosotros. Por medio del Espíritu que obra en nosotros, él usa su Palabra para cambiarnos, corregirnos, consolarnos, guiarnos y equiparnos.

Como escribe el autor del libro de Hebreos, “Ciertamente, la palabra de Dios es viva y poderosa, y más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta la médula de los huesos, y juzga los pensamientos y las intenciones del corazón”. (4:12). Pablo escribe, “Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en justicia, a fin de que el siervo de Dios esté enteramente capacitado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:16-17). En Juan 17:17, Jesús dice que la Palabra nos santifica. A este lado de la historia de redención, tenemos la Palabra completa de Dios. Todas las promesas en las que confió el salmista se han cumplido en Cristo. Jesús es la Palabra hecha carne; es la encarnación de la sabiduría; es la Palabra a la que apunta la Palabra escrita. Cuando recurrimos a Dios en busca de fortaleza, nos revela más de Cristo, quién es y qué ha hecho. Es en conocer a Cristo y ser conocido por él que encontramos la única esperanza que importa. En nuestra naturaleza caída, cuando las preocupaciones de esta vida nos agobian, tendemos a buscar ayuda o fortaleza recurriendo a consuelos o soluciones temporales en vez de recurrir a Dios. Sin embargo, si los comparamos con Dios, todos son insignificantes. No logran entregar o proveer una esperanza perdurable. No obstante, al leer, estudiar y morar en la Palabra de Dios podemos encontrar la Palabra, Emanuel, y en él está la fuente de toda nuestra esperanza y fortaleza.
Este recurso fue publicado originalmente aquí. | Traducción: María José Ojeda
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Nuestros hijos necesitan más que felicidad
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Nuestros hijos necesitan más que felicidad

Hace poco miraba un programa en la televisión en donde uno de los personajes le hablaba a su amiga sobre su hija. Le expresaba su preocupación por ella debido a que sabía que el hombre con el que su hija estaba comprometida no era ni íntegro ni honesto. “Sólo quiero que sea feliz”, dijo. Esa declaración, “sólo quiero que mi hija sea feliz”, parece ser buena. Asentimos, decimos claro, por supuesto, los padres debemos anhelar que nuestros hijos sean felices. Sin embargo, si lo analizamos bien, es una declaración preocupante. En el caso del programa de televisión, para que la hija de la mujer fuera feliz, ella le ocultó la verdad. Aunque sólo fue una situación ficticia, es un estándar que gobierna la vida real de muchos padres en la actualidad.

La búsqueda de la felicidad 

En nuestra cultura, la felicidad es el objetivo más importante en la vida. La buscamos, cualquiera sea el costo, por medio de relaciones, riquezas, fama y éxito. Cuando se trata de nuestros hijos, también buscamos su felicidad de la misma forma. Sacrificamos nuestro tiempo y dinero para poder darles la oportunidad de realizar algún deporte y ciertas actividades, de obtener lo último en tecnología y juguetes, de darles la mejor educación y experiencias memorables, todo esto con el esfuerzo de entregarles la felicidad que nosotros pensamos que nuestros hijos necesitan. Cuando utilizo la palabra felicidad, me refiero a la sensación temporal que se obtiene por medio de cosas, logros, experiencias y momentos positivos. Es la sensación que todos tienen cuando cantamos el “Cumpleaños feliz” o cuando anotamos el gol ganador en un partido de fútbol o cuando obtenemos un juguete que hemos estado esperando todo el año. Según la perspectiva del mundo, esa felicidad es el principal objetivo en la vida, que para obtenerla incluso se puede llegar al punto de hacer cosas que van en contra de la ley de Dios. Al usar la palabra felicidad, me estoy refiriendo a la visión mundana y al hecho de que, como cristianos, la adoptamos fácilmente como nuestra. Honestamente, me veo haciendo lo mismo. Busco actividades que sé que mis hijos disfrutarán. A veces sé que he fallado cuando se quejan de que su día estuvo “aburrido” y que “no hicieron nada entretenido”. Aunque la entretención no es algo malo, se vuelve malo cuando se transforma en la cosa más importante en nuestro corazón. Es ahí donde radica el problema. Cuando buscamos la felicidad lejos de Dios, estamos buscando un sustituto falso. Es por eso que tal felicidad es temporal y fugaz; desaparece una vez que cada uno termina de cantar la canción del cumpleaños o el juguete que compramos se rompe. Así buscamos encontrar algo más para sustituir el sentimiento que se perdió. La pregunta que debemos hacernos es, ¿cuál es el verdadero objetivo de nuestros hijos y qué estamos haciendo diariamente para buscarlo? Además, ¿qué les estamos enseñando a nuestros hijos sobre buscar ese objetivo? Dicen que aquello en lo cual inviertes tu dinero y tu tiempo revela lo que es importante para ti. Basándonos en eso, ¿les estamos enseñando a nuestros hijos que la búsqueda de la felicidad es su objetivo final en la vida?

Una búsqueda que vale la pena

La Escritura no nos enseña que la felicidad deba ser nuestro mayor objetivo en la vida. Es más, nos muestra algunas cosas que nos pueden parecer contrarias a la felicidad como buenas y necesarias. David dice, “bueno es para mí ser afligido, para que aprenda tus estatutos” (Sal 119:71). Más adelante, Pablo le suplicó tres veces a Dios que le quitara el dolor en su vida; sin embargo, Dios decidió que era mejor para él sufrir con debilidad (2 Co 12). Nuestro Salvador no buscó la felicidad en su propia vida. Él fue el siervo sufriente, uno que dio su propia vida para que otros pudieran vivir: “...el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar Su vida en rescate por muchos” (Mt 20:28). Al contrario del sueño americano, Cristo ni siquiera tenía un hogar al que pudiera llamar propio. Como creyentes, si la felicidad no es tu objetivo principal, entonces, ¿cuál debería ser el objetivo que buscamos para nuestros hijos? ¿Qué debemos enseñarles a buscar? La Confesión de Fe de Westminster resume nuestro propósito y objetivo en la vida de la siguiente manera: “El fin principal del ser humano es glorificar a Dios y gozar de él para siempre”. Esto viene de pasajes tales como, “entonces, ya sea que coman o beban, o que hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios” (1 Co 10:31) y “¿A quién tengo yo en los cielos, sino a Ti? Fuera de Ti, nada deseo en la tierra” (Sal 73:25).

Necesitamos vivir este doble objetivo en nuestras vidas y enseñárselo a nuestros hijos

También necesitamos enseñarles a nuestros hijos qué significa dar la gloria a Dios. La Palabra de Dios es clara sobre las acciones que lo glorifican. Necesitamos leer la Palabra con nuestros hijos; que ellos la memoricen. Necesitamos ayudarlos a vivirla para que así, en todo lo que hagan, en sus pensamientos, palabras, acciones y deseos, nuestros hijos estén aprendiendo a glorificar a su Creador y Salvador. También necesitamos enseñarles y mostrarles a nuestros hijos lo que significa gozar de Dios. David escribió que una de las cosas que más anhelaba era estar en la presencia de Dios (Sal 27:4). San Agustín dijo que nuestros corazones estarán inquietos hasta que encontremos descanso en Dios.

Un gozo perdurable

Nuestros hijos nunca conocerán la plenitud y la integridad lejos de Cristo. Apartados de él, vagarán en el desierto de la vida, buscando llenar su alma sedienta con cosas vanas e inútiles. Necesitamos enseñarles que fueron creados para disfrutar de Dios y que sólo él puede satisfacer sus deseos más profundos. Tener una relación con nuestro Salvador nos da un gozo perdurable y profundo que se queda con nosotros durante los altos y bajos de la vida en este mundo caído. Nuestro propósito como padres no es hacer que nuestros hijos sean felices. Tampoco es entregarles una vida con una buena educación que lleve a un trabajo con buena remuneración o lo que sea que nuestra sociedad valore. Nuestro objetivo cada día no es entregarles cosas o vivencias que los mantengan ocupados y sin molestarnos. Al contrario, debemos liderar, guiar y enseñarles a nuestros hijos su doble propósito en la vida de glorificar a Dios y gozar de él para siempre. ¿Piensas que es un desafío criar hijos en un mundo donde la felicidad es el propósito principal en la vida? ¿Cómo puedes enseñarles a tus hijos a vivir para la gloria de Dios?
Este recurso fue publicado originalmente en Revive Our Hearts. | Traducción: María José Ojeda
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Una oración para tiempos de lamento
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Una oración para tiempos de lamento

Hace unas semanas, viajé fuera de la ciudad para dar una charla sobre mi próximo libro a un grupo de mujeres. Mi discurso se titulaba, “El arte perdido del lamento”. Les hablé sobre las grandes y difíciles emociones de la vida como el miedo, la pena, la preocupación y el abandono. Compartí cómo la Palabra de Dios nos muestra la forma en que podemos verbalizar esas emociones, clamar a él por ayuda, y cómo su Palabra les da nueva forma para su gloria a medida que atravesamos el proceso del lamento. Fue un tiempo fructífero de pastoreo y servicio a las mujeres de esa iglesia.

La noche en que regresé a mi casa después del viaje, mi abuelo sufrió un derrame cerebral grande, lo que provocó que se cayera y se rompiera la cadera. Después de recibir la noticia, viajamos en auto por tres horas para poder visitarlo en el hospital. Lloré cuando lo vi acostado en la cama, frágil e indefenso. Lloramos y oramos juntos con nuestra familia. Pasé esa semana despidiéndome. Finalmente, mi abuelo fue llevado a la unidad de cuidados paliativos y falleció esa semana. Con demasiada frecuencia, las cosas que escribo tratan sobre lo que estoy trabajando en mi propia vida. Aprender a llorar no es algo aparte. La paradoja era que recién les había enseñado sobre el arte del lamento a un grupo de mujeres y ahora tenía que aplicar las mismas cosas a mi propia vida. La pérdida de un ser querido duele más que cualquier dolor físico. Sabía que enfrentaría esta pérdida algún día y también sabía que dolería. Dolió más de lo que pensé. No obstante, al leer y escribir sobre el lamento, también sabía que hay esperanza en medio de mi dolor y mi pérdida. Para el creyente, el gozo se entremezcla con la profunda pena. Como aquellos que escribieron sobre lamentos en la Biblia, sé que Dios es mi fortaleza, mi libertador y mi salvación. Sé que él escucha mi clamor y seca mis lágrimas. También sé que por medio de Cristo, aunque el llanto dure toda la noche, por la mañana viene la alegría. Si tu corazón también llora, esta oración de lamento es para ti: “Cansado estoy de sollozar; toda la noche inundo de lágrimas mi cama, ¡mi lecho empapo con mi llanto! Desfallecen mis ojos por causa del dolor…” Salmo 6:6-7. Querido Padre: Hoy vengo ante ti con una gran pena. La tristeza me abruma, me siento rodeada por una niebla densa y temo nunca salir de ahí. Al igual que David, “mis lágrimas son mi pan de día y de noche…” (Salmo 42:3). Sin embargo, sé que debo acercarme a ti. Sé que la única cura para la desesperación y la pena que siento es estar en tu presencia. El salmista escribió que en tu presencia hay gran alegría y me aferro a esa promesa firmemente. Así como el salmista clamó a ti desde las profundidades de la desesperación, yo también dejo a tus pies todos estos pensamientos y sentimientos. Mi corazón duele; mis ojos arden por mi imparable río de lágrimas. Mi mente está llena de recuerdos del pasado, provocando aun más dolor en mi corazón. Te necesito, Señor; necesito tu ayuda, tu fortaleza para atravesar incluso lo que viene. Perdóname por las formas en las que no te he glorificado en medio de mi aflicción. Sé que esta pena que siento no es algo incorrecto, porque Cristo derramó lágrimas de aflicción en la tumba de su amigo Lázaro. No obstante, también sé que en mi dolor tengo pensamientos y sentimientos pecaminosos que debo confesar. Crea en mí un corazón limpio, oh Señor. En medio de esta oscuridad, ayúdame a ver tu luz. Sé que tú conoces la aflicción. Sé que Jesús fue un “varón de dolores”, “…quien por el gozo que le esperaba, soportó la cruz, menospreciando la vergüenza que ella significaba, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios” (Heb 12:2). Él hizo eso por mí, para que pudiera convertirme en tu hija. Gracias, Jesús, por sufrir y llevar mis aflicciones. Gracias por hacerte cargo de mi pecado. Gracias por hacer un camino para que pudiera llegar a la presencia del Padre. Gracias porque un día vas a volver y terminarás con todo dolor y llanto. ¡Oh, cómo espero ese día! ¡Maranata, Señor Jesús! No importa cuánto dure este tiempo de dolor, oro para que esto me muestre más de tu amor y gracia. Ayúdame a no huir de lo que sea que quieras hacer en mi corazón. Ayúdame a confiar en que tú estás obrando y a descansar en tu fidelidad. Quiero decir junto a David, “me alegro y me regocijo en tu amor, porque tú has visto mi aflicción y conoces las angustias de mi alma” (Sal 31:7). Padre, concédeme el gozo del evangelio, ayúdame a regocijarme en Cristo incluso en medio del dolor. Envuélveme con la paz y el consuelo que sólo tú puedes entregar. A medida que los días se conviertan en meses, te pido que esta carga disminuya. A medida que los meses se conviertan en años, úsame para animar y bendecir a alguien que pueda estar pasando por alguna situación similar. Ayúdame a llevarlos a ti como el Dios de todo consuelo. Sé que tú siempre estás conmigo y tu amor nunca cesa. Ayúdame a encontrar refugio en ti y en nada más. Oro en el nombre de Jesús, Amén.
Este recurso fue publicado originalmente aquí. | Traducción: María José Ojeda
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Cinco formas de glorificar a Dios en la espera
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Cinco formas de glorificar a Dios en la espera

¿Alguna vez has estado en un avión, esperando partir a unas increíbles vacaciones, cuando de pronto el capitán les avisa a todos por altoparlante que no podrán despegar? Todo debido a que se avecinaba una tormenta y ningún avión podía despegar hasta que ésta pasara. Tampoco permitían que los pasajeros bajaran del avión, por lo que tuvimos que esperar ahí, sentados en un lugar intermedio entre el que íbamos a dejar y el que visitaríamos. Todos se preguntaban, ¿hasta cuándo habrá que esperar?

¿Hasta cuándo, Señor?

Conocemos lo que es la espera pues sabemos lo que es estar a la espera de algo. Todas hemos estado en el medio de la espera entre un punto y un destino deseado. Sea trabajo, matrimonio, hijos, éxito en el ministerio o noticias del médico, todas hemos estado esperando en la pista de despegue. La espera es un lugar sin descanso, puesto que está lleno de incertidumbre, preguntas y, a veces, pena y miedo. A menudo, el clamor de nuestros corazones en momentos de espera es, “¿hasta cuándo?”
  • ¿Hasta cuándo debemos esperar para conocer al hombre con el que debemos casarnos?
  • ¿Hasta cuándo debemos esperar para que finalmente podamos liquidar esa deuda?
  • ¿Hasta cuándo estaremos enfermas?
  • ¿Hasta cuándo debemos esperar para que nuestro hijo o hija pródiga vuelva a casa?
  • ¿Hasta cuándo debemos esperar para dejar de sentirnos solas, deprimidas o asustadas?

“¿Hasta cuándo?” es el clamor del pueblo de Dios por siglos. Comenzó cuando Adán y Eva fueron expulsados del Edén y se aferraron a la promesa de que un día un Salvador vendría y aplastaría la cabeza de la serpiente; era el clamor que los hebreos repitieron cuando fueron esclavos en Egipto; fue el clamor de David en el Salmo 13, “¿hasta cuándo, Señor, me seguirás olvidando? ¿Hasta cuándo esconderás de mí tu rostro? ¿Hasta cuándo he de estar angustiado y he de sufrir cada día en mi corazón? ¿Hasta cuándo el enemigo me seguirá dominando?” (vv. 1-2).

Aunque ese clamor fue respondido cuando el Hijo de Dios dijo en la cruz, “todo se ha cumplido”, todavía los creyentes claman en la espera de la consumación final de la redención y restauración de Cristo. Como creyentes, vivimos como nómadas en un mundo que no es el nuestro; vivimos en la espera —entre la ascensión y el regreso final de Cristo, cuando todas las cosas sean restauradas—. La pregunta, “¿hasta cuándo?” incluso se oye en los pasillos del cielo a medida que las almas de los mártires gritan a gran voz, “¿hasta cuándo, Soberano Señor, santo y veraz, seguirás sin juzgar a los habitantes de la tierra y sin vengar nuestra muerte?” (Ap 6:10). Sean cuales sean nuestros momentos de espera, ¿cómo los vivimos? ¿Cómo esperamos que Dios actúe, que responda oraciones, que se mueva en la desesperación en nuestras vidas? ¿Cómo vivimos por fe cuando esperamos para saber si necesitamos otro examen; cuando esperamos el anhelado anillo de compromiso; cuando esperamos los resultados del examen de admisión para la universidad; cuando esperamos vender la casa? Aquí es donde ponemos en práctica lo que sabemos.

En la espera:

1. Da el siguiente paso
Cuando pasamos por un periodo de espera, a veces nos vemos paralizadas e inmovilizadas. No sabemos qué hacer, por lo tanto, pensamos que es mejor no hacer nada. Sin embargo, la verdad es que tenemos que continuar avanzando. Cuando no sabemos qué más hacer, necesitamos continuar fielmente y hacer lo que hay que hacer: alimentar a nuestros hijos, ir a trabajar, hacer trámites, lavar la ropa, pagar las cuentas, todas las tareas diarias de la vida.
2. Evalúa tu corazón
Mientras esperamos, necesitamos evaluar constantemente nuestro corazón para ver si es que eso que esperamos se ha convertido en un ídolo. ¿Ese anhelo está tomando el lugar de Cristo? ¿Ese buen deseo por un esposo, un hijo, un trabajo o un ministerio se está convirtiendo en lo que más deseamos?
3. Quédate donde estás
Jim Elliot es conocido por decir, “donde sea que estés, da todo ahí”. No sabemos cuánto durará nuestra espera. Tal vez termine mañana; quizás se extienda por un gran periodo de tiempo. Necesitamos estar completamente presentes hoy. Necesitamos glorificar a Dios, dedicarnos a las obras del Reino y vivir fielmente para Cristo donde sea que estemos, pues Dios nos usará ahí. Él tiene un lugar y un propósito para nosotras, incluso en las encrucijadas de nuestras vidas.
4. Confía en la soberanía de Dios
He estado en espera por casi dos décadas. Ha habido momentos en los que he estado reticente; sin embargo, he aprendido que Dios me ha puesto en esta situación por alguna razón. Estas situaciones no son errores. Dios no perdió la dirección ni olvidó su plan para nuestras vidas; no se ha equivocado, pues hay un propósito soberano detrás de nuestra espera. Necesitamos confiar en las buenas y santas intenciones de Dios para nuestras vidas. Él está obrando en nosotros y por nuestro bien mientras esperamos.
5. Continúa clamando, “¿hasta cuándo?”
Continúa clamando al Señor; que el clamor de tu corazón sea un recordatorio de que este no es tu destino final; al contrario, la eternidad aguarda; que el clamor de tu corazón sea un recuerdo de que Jesús vino a responder ese clamor con su propio clamor: “todo se ha cumplido”. El mundo no es como debiese; sin embargo, Jesús vino para redimirlo y restaurarlo; por medio de su vida, arregló nuestra situación con Dios. Él continúa con su obra incluso ahora mientras esperamos. Un día, Cristo regresará y la espera se terminará. Le diremos “adiós” a la espera y obtendremos aquello que nuestros corazones han estado esperando por tanto tiempo. ¿Qué hay de ti? ¿Estás en un periodo de espera? ¿Cómo puedes glorificar a Dios en tu espera?
Este recurso fue publicado originalmente en True Woman | Traducción: María José Ojeda
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El evangelio según Proverbios 31
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El evangelio según Proverbios 31

¿Cómo reaccionas cuando alguien predica o enseña el famoso pasaje sobre la mujer de Proverbios 31? ¿Corres a buscar una libreta para tomar apuntes, con la esperanza de aprender cómo puedes ser más parecida a la mujer que describen ahí? ¿Miras con desagrado y piensas, “otra vez lo mismo”? ¿O te escondes y tienes remordimientos culposos porque sabes que no cumples con lo que sea que van a enseñar?

Entre las mujeres, Proverbios 31 es un famoso capítulo de la Biblia. Es un modelo que aspiramos a alcanzar, un punto de comparación, o un capítulo que a veces evitamos del todo. Sin embargo, me pregunto si hay algo que estamos pasando por alto en la lectura habitual de este capítulo. Me pregunto si hay más esperanza de la que pensamos. Me pregunto si el último capítulo del libro de Proverbios tiene bastante menos que ver con nosotras, con lo que hacemos o no hacemos, y si acaso tiene mucho más que ver con lo que Dios ha hecho, está haciendo y hará en nosotras.

EL CONTEXTO DE PROVERBIOS 31

A menudo, abrimos el libro de Proverbios y lo leemos como una lista de promesas. Leemos cosas como, “instruye al niño en el camino correcto, y aun en su vejez no lo abandonará” (Pr 22:6) y “los planes bien pensados: ¡pura ganancia! Los planes apresurados: ¡puro fracaso!” (Pr 21:5) y pensamos que son promesas condicionales, que nos dicen que si hacemos esas cosas, seremos felices, exitosos y tendremos todo lo que siempre quisimos. Aun cuando Proverbios sea parte de la categoría de la Biblia a la que denominamos literatura sapiencial, es un libro más descriptivo que normativo. Describe cosas que suelen pasar: casi siempre, si trabajamos duro, tendremos éxito en la vida. Generalmente, si le enseñas a un niño lo bueno que hay que hacer, lo continuará haciendo en el futuro. No obstante, no es una promesa. Todos conocemos personas que, sin importar cuán duro trabajen, pareciera que nunca avanzan en la vida. También conocemos gente que no ha trabajado ni un día de su vida aún y tienen una vida de lujo. Por otro lado, también conocemos padres piadosos y fieles que tienen hijos pródigos. Respecto al pasaje en cuestión, Proverbios 31 fue escrito por una madre a su hijo, aconsejándole qué cosas debía buscar en una esposa; era un lista de ideales. Describe a una mujer que es diligente, trabaja duro, ayuda a su marido y sirve a su familia. Ella no depende de sus propias fuerzas, sino que vive en el temor del Señor. Esta lista contrasta llamativamente con la descripción de la mujer adúltera de Proverbios 7. Es una buena lista, y sin duda, todas deberíamos querer y desear ser diligentes, amorosas con nuestros esposos, serviciales con nuestras familias y temerosas del Señor. Sin embargo, queridas, esta es la verdad: la mujer de Proverbios 31 no fue una persona real. Ella no existió, pero lo hará.

JESÚS Y PROVERBIOS 31

Toda la Escritura trata sobre Jesús y el libro de Proverbios no es la excepción. Jesús mismo dijo, “cuando todavía estaba yo con ustedes, les decía que tenía que cumplirse todo lo que está escrito acerca de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos” (Lc 24:44). Jesús es la sabiduría encarnada; él es el libro de Proverbios hecho vida; el cumplimiento perfecto de todo lo que Proverbios nos enseña. Él es el único Dios sabio, “en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (Col 2:3).

Paul Tripp escribió estas palabras respecto a nuestra necesidad de la sabiduría:

“No puedes comprar la sabiduría; no puedes obtenerla trabajando duro u obteniendo mucha experiencia. No, la sabiduría es el resultado de un rescate y de tener una relación. Para ser sabio, primero necesitas ser rescatado de ti mismo. Necesitas que te den un nuevo corazón, uno que esté necesitado, que sea humilde, que busque y que esté listo para obtener en el cielo lo que no puede encontrar en la tierra. Luego, necesitas comenzar una relación con aquel que es la sabiduría encarnada… Ahora, esa sabiduría encarnada te guía; te protege; te convence; te instruye y te hace madurar; te anima y conforta; trabaja para cambiar tus pensamientos y redirecciona tus deseos; perdona tu pasado y sostiene tu futuro en sus manos; y te dará la bienvenida a la eternidad donde la insensatez no existirá más”. (New Morning Mercies: A Daily Gospel Devotional, meditación del 14 de julio). Esta sabiduría, Jesús, responde la pregunta que se hace en Proverbios 31, “mujer ejemplar, ¿dónde se hallará?” Él la encontró; él la hizo; él está preparando a la novia: la iglesia. Como nos dice Efesios, “...Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella para hacerla santa. Él la purificó, lavándola con agua mediante la palabra, para presentársela a sí mismo como una iglesia radiante, sin mancha ni arruga ni ninguna otra imperfección, sino santa e intachable” (Ef 5:25-27). Si tiendes a leer Proverbios 31 y tratarlo como una lista de cosas por hacer, cuando falles podrías aburrirte, cansarte y desanimarte. Si ves Proverbios 31 y simplemente te das por vencida en la desesperanza porque sabes que nunca serás lo suficientemente buena, existe gran esperanza para ti. Si ignoras a la mujer de Proverbios 31 porque has sido comparada innumerables veces con ella, basta de temores. Hermanas, Jesús nos ha comprado y nos ha redimido. Él nos ha escogido como su novia. Nos ha vestido con un vestido blanco brillante por medio de su justicia. Él nos está renovando ahora. Nos transforma en la novia que debimos ser, porque fuimos creadas para serlo. En esta vida veremos destellos de ella: su diligencia, su amor por su familia y su servicio por otros a medida que el Espíritu trabaja en nosotras para refinarnos y transformarnos. Sin embargo, un día, el novio regresará. Ese será el día del gran banquete de bodas donde estaremos en presencia del Rey en santidad y sin manchas. En ese día, por fin seremos la novia de Proverbios 31.

Por tanto, lean Proverbios 31 con gozo, gratitud y expectación. Regocíjense pues su novio ha respondido a la pregunta, “mujer ejemplar, ¿quién la hallará?” Porque por medio de Cristo, ha sido encontrada en nosotras, la novia, la iglesia.

Este recurso fue publicado originalmente aquí. | Traducción: María José Ojeda
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Cuando la rutina se convierte en un ídolo
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Cuando la rutina se convierte en un ídolo

Desde que nacemos, nuestras vidas giran en torno a nuestras rutinas diarias. Nos levantamos cuando el sol sale y nos acostamos cuando el sol se pone. Trabajamos durante la semana y descansamos el fin de semana. A nuestros estómagos no les toma mucho tiempo avisarnos cuando nos saltamos una de nuestras tres comidas diarias. Vamos a la escuela durante el otoño, el invierno y la primavera, y jugamos todo el verano. Celebramos las mismas fiestas año tras año.

Dios creó las rutinas cuando puso el sol y la luna en el espacio. Organizó nuestra semana al darnos un día de descanso. Incluso a los israelitas les dio festividades, celebraciones y conmemoraciones anuales. Los pediatras nos dicen que los niños se desarrollan mejor y se sienten más seguros cuando tienen rutinas y estructuras en su día. Estas le dan forma a nuestro día y evitan que nos distraigamos. Sin duda, las rutinas son buenas; no obstante, pueden convertirse en algo que no lo es: un ídolo en nuestro corazón.

El ídolo de la rutina

Juan Calvino dijo que nuestros corazones son fábricas de ídolos. Constantemente estamos buscando otras cosas que adorar en vez de a Dios. Incluso las cosas buenas que Él nos ha dado pueden convertirse en un ídolo, al que le damos el primer lugar de nuestros corazones. Como escribe Tim Keller, «Cuanto mejores sean [los bienes], más probable es que esperemos que puedan satisfacer nuestras necesidades y anhelos más profundos. Todo puede funcionar como un dios falso, en especial las mejores cosas de esta vida» [1].

Algunas de nosotras estamos tan amarradas y somos tan definidas por nuestras rutinas que no lo podemos soportar cuando estas son interrumpidas, cambiadas o alteradas en cualquier forma. Esto se debe a lo que nuestras rutinas representan para nosotras: comodidad, descanso, control, paz. Cuando confiamos en nuestras rutinas y nos aferramos a ellas, estamos confiando en ellas para que nos den comodidad. Cuando ponemos nuestra confianza en ellas para que nuestras vidas estén tranquilas y alegres, estamos buscando encontrar paz en algo fuera de Cristo. Nuestras rutinas también pueden ser una ilusión de que tenemos el control de nuestra vida y, como hijas de Adán, solo queremos tener el control soberano de los detalles de ella. Al hacer esto, les damos a nuestras rutinas un estatus de «salvador», que es idolatría.

Cuando las rutinas son interrumpidas

¿Cómo sabemos si es que nuestras rutinas se han convertido en un ídolo para nosotras? Un buen indicador es la manera en que respondemos cuando nuestras rutinas se ven interrumpidas. Si nuestra reacción es emocional y fuerte o nos resistimos cuando esto sucede, debemos parar y considerar si es que nuestras rutinas se han transformado en algo bueno o en un dios falso.

Cuando las rutinas son ídolos, a menudo las ponemos por sobre las necesidades de otros. Si siempre hacemos los mandados los martes en la mañana y una amiga llama desesperada porque necesita hablar y no estamos dispuestas a dejar nuestros planes de lado para animarla, ese podría ser un indicador de que nuestras rutinas tienen el primer lugar en nuestras vidas. Cuando nuestras rutinas son nuestros ídolos, también podemos responder con miedo, preocupación y enojo cuando alguien las interrumpe. Por ejemplo, digamos que nuestro hijo siempre toma una siesta a la misma hora cada día. Sin embargo, la cita con el médico está tomando más tiempo del esperado. Comenzamos a ponernos ansiosas porque el retraso en el horario podría arruinar todo nuestro día. Comenzamos a sentir que el enojo contra el médico se enciende dentro de nosotras por interferir con nuestro horario. Quizás se nos ha dado una responsabilidad extra que no entra en nuestro horario. Si nuestra rutina es un ídolo, podríamos responder irritados o enojados y quizás incluso nos rehusemos a completar la tarea.

Las rutinas y la confianza en el plan de Dios

Aunque las rutinas son algo bueno, la vida no siempre va como uno lo planifica. La vida en un mundo caído es generalmente impredecible. Los accidentes ocurren, la gente se enferma, alguien dentro del cuerpo de Cristo nos necesita y, a veces, Dios simplemente tiene un mejor plan para nuestro día. En cuanto a nuestras rutinas, la sabiduría de la Palabra de Dios nos dice que, «el corazón de un hombre traza su rumbo, pero sus pasos los dirige el Señor» (Pr 16:9). También, Santiago nos dice, «más bien, deberían decir: "si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello"» (Stg 4:15).

Si crees que te aferras mucho a tus rutinas, busca a Dios en arrepentimiento. Ora por un corazón que lo desee a Él por sobre la comodidad, el descanso y la capacidad de predecir las cosas. Por eso Tim Keller escribió, «Jesús debe volverse más hermoso para su imaginación, más atractivo para su corazón, que su ídolo. Esto es lo que sustituirá a sus dioses falsos»[2]. Hagamos nuestros planes y establezcamos nuestras rutinas, pero seamos flexibles al respecto y, en lugar de eso, aferrémonos a nuestra única fuente de esperanza y paz, nuestro Salvador Jesucristo.

[1] Timothy Keller. Dioses que fallan (Barcelona: Andamio, 2015), p. 19.

[2] Íbid. p. 176.

Este artículo fue publicado originalmente aquí.
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Cuatro cosas que debemos recordar en medio de las preocupaciones
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Cuatro cosas que debemos recordar en medio de las preocupaciones

Toma en cuenta cómo reaccionas frente a los siguientes eventos inesperados de la vida:

*Tu esposo pierde su trabajo y viene un bebé en camino. *A tu hijo le han diagnosticado una enfermedad crónica que requiere medicamentos caros y atención de los síntomas. *El ministerio que te has esforzado por construir aún no funciona como debiese. *Debes cambiarte de casa porque cambiaste de trabajo, pero no puedes vender tu casa. Si eres como yo, y si alguna de estas circunstancias se ha presentado en tu vida, estarías preocupada. Tu mente se llenaría de suposiciones; pasarías noches en vela pensando en todas las cosas que necesitas hacer y todas las que podrían salir mal. Tu estómago se retorcería y te darían punzadas en la cabeza. Te sentirías incapaz y abrumada. Tal preocupación pareciera venir naturalmente a nosotras. Es algo que hacemos sin siquiera intentarlo, casi como respirar. Para muchas de nosotras, es una forma de vivir y no podemos imaginarnos un día sin preocupaciones. La preocupación es un tipo de pecado “aceptable”. Un pecado aceptable es algo que consideramos normal porque todos lo hacen, como chismear o tomar un litro de helado compulsivamente al final de un día estresante. De muchas formas, la preocupación se vuelve “aceptable” porque es algo que hacemos con otros. A veces, pareciéramos tratar de hacer sentir a nuestras amigas que nuestras preocupaciones son mayores que las de ellas al comparar el estrés de nuestro día, la responsabilidad que tenemos en el trabajo y cuán llenas están nuestras agendas. Como creyentes, sabemos que Jesús dijo, “no se preocupen…” (Mt 6:25-34); no obstante, ¿cómo podemos hacerlo? ¿Cómo podemos enfrentar la pérdida de un trabajo, la enfermedad, la inseguridad y el futuro desconocido sin preocuparnos?

OLVIDAR Y RECORDAR

Pienso que mientras más envejezco, más olvidadiza soy. Entro a una sala, paro y me digo a mí misma, “¿por qué vine para acá?”. Mientras más ocupada estoy, más olvidadiza me pongo. He olvidado citas con el médico, cumpleaños de familiares y cosas de mi lista del supermercado. Para refrescar mi memoria, he escrito notas y las he puesto en lugares importantes. Es más, les he encargado a mis hijos que me recuerden los lugares a los que tenemos que ir para no olvidar llevarlos.

La preocupación es fundamentalmente un asunto de falta de memoria. Nos vemos envueltas en lo que está sucediendo alrededor de nosotras y olvidamos quién gobierna y reina sobre las preocupaciones de nuestra vida. Olvidamos que no nos pertenecemos a nosotras, sino que a Dios; olvidamos la gracia inalterable de Dios para nosotras. Cuando estamos preocupadas con los problemas de esta vida, necesitamos refrescar nuestra memoria; necesitamos recordarnos la verdad; necesitamos llevar nuestro corazón a nuestro Dios soberano, recordando quién es él y qué ha hecho.

CUATRO COSAS QUE DEBEMOS RECORDAR EN MEDIO DE LAS PREOCUPACIONES:

1.  Esto no sorprende a Dios: Dios es soberano sobre todo. Él sabía antes que todo comenzara que tú serías su hija, salvada por la sangre de su Hijo. El que puso las estrellas en el cielo y usa las nubes como reposapiés sabe cuántos cabellos tienes en tu cabeza, la cantidad de días que vivirás y lo que dirás antes de que lo digas (Sal 139:4). En Mateo 6 se nos dice que Dios sabe lo que necesitamos. Por lo tanto, esta situación que te mantiene despierta en la noche no sorprende a tu Padre en el cielo. Él no se impacta por eso; no se confunde ni se come las uñas preguntándose qué hacer. Incluso esa situación está bajo su control. Él sabe exactamente cómo la usará para su gloria y para tu bien. “Esto no sorprende a Dios” es una frase que me digo a mí misma en medio de las circunstancias angustiantes.

2.   Dios es bueno y fiel: unas de las características que definen a Dios son su bondad y su fidelidad. “Porque el Señor es bueno y su gran amor es eterno; su fidelidad permanece para siempre” (Sal 100:5). Dios es santo y justo; él sólo puede hacer lo que es bueno. También es fiel: cumple su palabra. Las mismas palabras de Dios hacen que las cosas sucedan, “porque yo, el Señor, hablaré, y lo que diga se cumplirá sin retraso…” (Ez 12:25). “El Señor Todopoderoso ha jurado: ‘Tal como lo he planeado, se cumplirá; tal como lo he decidido, se realizará’” (Is 14:24). Hemos visto su fidelidad al cumplir las promesas del pacto, culminando con el sacrificio y muerte de su propio Hijo en nuestro lugar. Como Pablo nos anima en su carta a los romanos, “el que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no habrá de darnos generosamente, junto con él, todas las cosas?” (8:32). En medio de nuestras preocupaciones, necesitamos recordarnos a nosotras mismas que Dios es bueno y fiel. 3.    Dios provee para sus hijos: La Escritura nos dice que somos hijas adoptadas del Padre. “Dios nos escogió en él antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin mancha delante de él. En amor nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad” (Ef 1:4-5). Cuando nos preocupamos y nos inquietamos con cosas, hemos olvidado quién es nuestro Padre; hemos olvidado quiénes somos como sus hijas. Vivimos como si fuéramos huérfanas sin hogar y sin un Padre que se preocupa por nosotras. Cuando olvidamos esta verdad, vivimos como los israelitas que Dios llamó para que fueran su pueblo. Él los libró y rescató de la esclavitud; sin embargo, ellos lo olvidaban una y otra vez. Cuando tenían hambre, inmediatamente pensaban que Dios permitiría que murieran en el desierto. Cuando Moisés fue al monte y no volvió por un buen tiempo, ellos decidieron adorar ídolos. Cuando sus enemigos parecían ser demasiado fuertes, ellos asumían que serían vencidos. No somos diferentes a ellos. También olvidamos que Dios es Jehová Jireh, nuestro proveedor. Olvidamos cómo él nos entregó salvación. Olvidamos que él nos da todo lo que necesitamos para completar cualquier tarea a la que nos ha llamado. Cuando nos consume la preocupación, necesitamos recordar que Dios es quien provee para nosotros. 4.  La gracia de Dios es suficiente: Todo en nuestra vida viene por la gracia de Dios: nuestra vida, el aire que respiramos, la salvación, el crecimiento, nuestra perseverancia en la fe, todo. Su gracia es suficiente; es un pozo que nunca se seca. Podemos depender y confiar en su gracia porque él ha prometido nunca dejarnos ni abandonarnos. Él ha prometido completar la obra que comenzó en nosotras. Confiamos y creemos que él nos dará la gracia que necesitamos para sobrevivir cualquiera sea la circunstancia que nos preocupe. En este mundo caído y quebrantado, tendremos suficientes oportunidades y razones para preocuparnos. Además, porque tendemos a ser olvidadizas, nos veremos tentadas a preocuparnos. Sin embargo, Dios, por medio de su Espíritu, nos dará gracia sobre gracia. Nos ayudará a recordar lo que él ha hecho.
Este recurso fue publicado originalmente aquí. | Traducción: María José Ojeda
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La gran necesidad de mujeres maduras para discipular a otras mujeres
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La gran necesidad de mujeres maduras para discipular a otras mujeres

Cuando fui mamá por primera vez, me rodeé de otras madres que estaban en la misma etapa que yo. Todas estábamos juntas en las trincheras de la maternidad, animándonos, ayudándonos y apoyándonos mutuamente. Esos primeros años fueron difíciles y todo lo que podía ver era la batalla que tenía frente a mí. Vivía cada minuto y pasaba mis días apagando incendios y zambulléndome en la maternidad diaria.

Ahora que los primeros años ya pasaron, he podido tomar aire y ver a mi alrededor. Puedo ver que mientras una etapa ya terminó, hay muchas más que están por venir. Mi búsqueda ahora no es la ayuda y el apoyo de otras mujeres que están en la misma etapa que yo, sino que de otras mujeres que ya pasaron por esto y están enfrentando otras cosas.

El mandato de Tito 2

En la iglesia, tenemos muchos ministerios orientados hacia mujeres. Tenemos grupos y estudios específicos para madres y señoras mayores: estudios bíblicos, cenas y retiros. Aunque la Escritura no nos da grandes detalles sobre cómo son específicamente los ministerios hacia y para las mujeres, sí entrega esta clara instrucción:
De manera similar, enseña a las mujeres mayores a vivir de una manera que honre a Dios. No deben calumniar a nadie ni emborracharse. En cambio, deberían enseñarles a otros lo que es bueno. Esas mujeres mayores tienen que instruir a las más jóvenes a amar a sus esposos y a sus hijos, a vivir sabiamente y a ser puras, a trabajar en su hogar, a hacer el bien y a someterse a sus esposos. Entonces no deshonrarán la palabra de Dios. (Tito 2:3-5 NTV)
En el libro de Tito, Pablo da instrucciones sobre cómo debería funcionar la iglesia; sobre cómo elegir a los ancianos y diáconos; y sobre la importancia de predicar la Palabra. En Tito 2, Pablo da instrucciones específicas para que las mujeres mayores de la iglesia entrenen a las más jóvenes. Las que son más maduras en la fe deben servir a las que aún no lo son. Deben enseñar a las mujeres lo que significa amar y someterse a sus maridos, cómo glorificar a Dios en su etapa de crianza y cómo debiese verse una mujer de Dios.

Necesitamos mujeres maduras en la fe

He conversado con otras mujeres que están en la misma etapa que yo y estamos todas de acuerdo: necesitamos mujeres mayores en la fe. La verdad es que siempre las hemos necesitado en nuestras vidas. Necesitamos sabiduría y guía para criar a nuestros hijos; necesitamos ánimo para amar a nuestros esposos. Para mis amigas y para mí, a medida que nos acercamos a los 40, queremos aprender cómo envejecer bien; queremos aprender cómo terminar la carrera de la fe sin remordimientos; queremos la sabiduría de las ancianas de nuestra iglesia para guiarnos en medio de los momentos difíciles de nuestras vidas. Mientras deseamos esa sabiduría y guía, el desafío está en encontrar mujeres mayores que estén dispuestas y sean capaces de entregar lo que esperamos. Debido a esta necesidad, en algunas iglesias han diseñado programas basados en Tito 2, juntando mujeres mayores con jóvenes para hacer discipulado. Sin embargo, aquellas que no tenemos acceso a ese tipo de programas, ¿cómo podremos juntarnos con ellas?

Guiar a otras y ser guiadas

Si eres una mujer joven que anhela ser discipulada por una mujer más madura en la fe, ora para que Dios provea esto para ti. Acude a una mujer madura de tu iglesia y pídele que se junten; dile que te gustaría aprender de su sabiduría y recibir su discipulado. A veces ese tipo de mujeres llegan a tu vida cuando menos lo esperas. Quizás incluso no sea la persona más obvia para ti, sino que alguien a quien nunca consideraste; o tal vez sea más de una persona. Confía y recuerda que Dios nunca falla en proveernos justo lo que necesitamos. Si eres una mujer mayor, por favor, considera estar disponible para nosotras. Es probable que pienses que ya pasó tu momento de invertir en el cuerpo de Cristo. Pasaste años enseñando en la Escuela Dominical o preparando comidas para las madres primerizas. Quizás pienses que ya no eres valiosa ni útil en la iglesia, pero eso simplemente no es verdad. Observa a las jóvenes de tu iglesia y considera acercarte a una o a varias de ellas. Invítalas a almorzar, conoce sus vidas; conversa con ellas sobre sus luchas y su camino en la fe; pregúntales cómo puedes estar orando por ellas. No importa la edad que tengas, nunca vas a dejar de ser útil en el Reino de Dios. Si estás en la misma etapa de la vida en la que estoy yo, puedes ser discipulada y discipular a otras. Puedes servir a otras madres jóvenes al mismo tiempo que una mujer mayor te sirve a ti. A veces, pensamos que nuestro tiempo de acompañar y discipular a otras ya pasó, cuando nuestros hijos ya crecieron. Sin embargo, hay maneras en las que puedes animar a otras mujeres que ahora están viviendo la etapa que tú acabas de dejar atrás. Puedes orar con y por ellas; puedes estimularlas al amor y a las buenas obras (Heb 10:24). Cuando sus vidas están llenas con los quehaceres ingratos de la maternidad, puedes recordarles al Dios al que sirven y la verdadera esperanza que tienen en Cristo. Esta es la verdad, mujer mayor: cualquiera sea la edad que tengas, te necesitamos. Necesitamos tu sabiduría; por favor, enséñanos.
Este artículo fue publicado originalmente aquí. | Traducción: María José Ojeda  
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Nuestra alma necesita el oxígeno de la gracia de Dios
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Nuestra alma necesita el oxígeno de la gracia de Dios

Una de las cosas que más me gusta hacer en la vida es el excursionismo. Amo andar en el bosque y escuchar el crujido que se produce al pisar las hojas caídas al suelo; amo el aroma a tierra de los árboles y sumergirme en la belleza de la creación de Dios. Recorrer los senderos de las montañas me conduce a la maravilla, el poder, la creatividad y la majestad de Dios.

Hace aproximadamente diez años, supe que tenía asma. Tomo medicamentos para prevenir que se manifieste y en los últimos años parecía haber mejorado bastante. De hecho, estuve un año completo sin crisis. Por eso, la primavera pasada, con mi familia nos fuimos de excursión a las montañas. El camino era empinado y recto. Comencé a sentir un ardor en mi pecho y me costaba respirar, por lo que tenía que parar constantemente en el camino. Mi esposo me preguntó, “¿trajiste el inhalador?”. “No”, suspiré mientras mis pulmones tenían problemas para tomar aire. Había sobrestimado mi capacidad de vivir sin un inhalador por lo que dejé de llevarlo a todas partes. De hecho, no recuerdo cuándo fue la última vez que pedí una receta médica. Pensé que ya estaba bien y podría ser independiente del inhalador, pero estaba equivocada.

Un soplo de gracia

Lo mismo ocurre en mi vida espiritual. A menudo, sobrestimo mi capacidad de vivir mi vida como yo quiero; es posible que haya momentos en los que no enfrente grandes pruebas o crisis y es ahí donde comienzo a confiar en mí misma y en mis propias fuerzas. Además, el tiempo que pasaba meditando en la Palabra de Dios era algo esporádico; mis oraciones eran pequeñas —más que oraciones, eran como los mensajes de texto que le envío a mi esposo para recordarle que compre leche en el supermercado—. Dedico mis días a borrar cosas de mi lista de quehaceres y siento satisfacción en el éxito y los logros que obtengo.

Sin embargo, la verdad es que la gracia de Dios es como el aire que respiro; no puedo vivir sin ella y no puedo darla por sentada. Esa confianza que siento en mis propias fuerzas desaparecerá tan pronto enfrente desafíos o pruebas. Como cuando salí de excursión, tarde o temprano me daré cuenta de que no puedo vivir sin el constante sustento de la gracia de Dios. Esto es lo que Jesús dijo en Juan 15:
Permanezcan en mí, y yo permaneceré en ustedes. Así como ninguna rama puede dar fruto por sí misma, sino que tiene que permanecer en la vid, así tampoco ustedes pueden dar fruto si no permanecen en mí. Yo soy la vid y ustedes son las ramas. El que permanece en mí, como yo en él, dará fruto; separados de mí no pueden ustedes hacer nada. El que no permanece en mí es desechado y se seca, como las ramas que se recogen, se arrojan al fuego y se queman” (Juan 15:4–6).
No podemos hacer nada lejos de Cristo; nada. El aire que respiramos, la misma vida que se nos ha dado viene de la mano de Dios (Hch 17:25). No sólo nuestra salvación viene por gracia, sino que también nuestra santificación y nuestra perseverancia en la fe. Desde el principio hasta el final siempre es la gracia de Dios. Como nuestros cuerpos dependen del oxígeno para respirar, nosotros somos completamente dependientes de Cristo para todo.

Permanece en la gracia de Dios

Puesto que somos dependientes, necesitamos permanecer unidos a Cristo para recibir esa constante provisión de gracia. Esta unión es tan importante que a lo largo de Juan 15, Jesús usa la palabra “permanecer” once veces. También usa la metáfora de una vid para dar a entender su idea. Tal como una rama obtiene sus nutrientes de la vid, nosotros obtenemos nuestra fortaleza de Cristo. Todo lo que necesitamos para vivir y para crecer como creyentes viene por medio de él; no podemos producirlo nosotros mismos. Tal como una rama no puede crecer aparte de la vid, nosotros tampoco podemos crecer o producir fruto lejos de Cristo. A medida que permanecemos en Cristo, el Espíritu produce fruto en nosotros. Él nos cambia y nos hace crecer en santidad. Tal como una rama saludable que está unida al árbol que produce fruto, mientras permanecemos unidos a la vid de Cristo, producimos el fruto de amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio (Gá 5:22-23). Entonces, ¿cómo podemos permanecer en Cristo? Manteniendo nuestros ojos fijos en él: mirémoslo a él, no a nosotros, a nuestras circunstancias o a los desafíos que nos rodean. Reconozcamos nuestra completa dependencia en él; que nuestros corazones permanezcan sometidos y postrados, en sumisión humilde, cediendo ante su sabiduría y su voluntad. Confiemos en su Palabra para enseñar, capacitar, convencer y santificarnos. Sometamos a él todas nuestras preocupaciones en oración. Participemos con nuestra iglesia local en adoración, en comunión y en la mesa del Señor. Todas estas cosas son medios de gracia, como una constante corriente de oxígeno en nuestras almas. Desde que tengo asma, he aprendido a no dar por sentada mi capacidad de respirar. Como el oxígeno es fundamental para nuestros pulmones, así también lo es la gracia de Cristo en nuestras almas. Permanezcamos unidos a él, respirando en su gracia, creciendo, madurando y dando frutos de justicia por él y por medio de él. ¿Qué hay de ti? ¿Has sobrestimado tu forma de llevar la vida, lejos de la gracia? ¿Ves cuán importante es depender de Cristo en todo?
Este recurso fue publicado originalmente en True Woman | Traducción: María José Ojeda
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Cómo tomar una decisión difícil
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Cómo tomar una decisión difícil

Recientemente, mi esposo y yo tuvimos que tomar una decisión difícil; nos vimos en una encrucijada. Cualquiera fuese el lugar donde fuéramos y la decisión que tomáramos afectaría el curso de nuestras vidas por décadas. Era una de esas decisiones en las que estábamos desesperados por saber lo que Dios quería que hiciéramos. ¿Te sientes identificada? Quizás has estado en una situación similar al tener que tomar una decisión difícil y complicada. Tal vez te sentías desamparada, ansiosa e insegura, esperando elegir la opción más sabia, pero te veías paralizada en el proceso.

La sabiduría de Dios

¿Cómo podemos tomar decisiones sabias y piadosas? La Palabra de Dios no siempre entrega respuestas específicas para cada decisión que tenemos que tomar en la vida. No nos dirá a qué universidad debemos ir (si es que debemos ir a una); qué trabajo aceptar; con quién nos vamos a casar; si es que debiésemos arrendar o comprar una casa. Al abrir la Biblia, nunca vamos a encontrar un versículo que nos diga a qué escuela debemos enviar a nuestros hijos o en qué ministerio debemos servir o si es que debemos invertir en el negocio que siempre quisimos comenzar. Aunque la Palabra de Dios no siempre aborda cada una de nuestras situaciones en particular, sí es nuestra fuente de sabiduría. La Palabra de Dios nos habla de él: quién es, qué ha hecho y qué espera de nosotros. Nos dice cuál es nuestro problema y nuestra necesidad más grande. Por medio de ella, Dios revela su maravilloso plan para rescatarnos del pecado y hacernos suyos a través del sacrificio de su Hijo. Su Palabra también nos enseña lo que necesitamos saber para vivir para él:
Desde tu niñez conoces las Sagradas Escrituras, que pueden darte la sabiduría necesaria para la salvación mediante la fe en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia, a fin de que el siervo de Dios esté enteramente capacitado para toda buena obra (2 Timoteo 3:15-17).
La Palabra de Dios es la verdad y nos transforma:
Santifícalos en la verdad; tu palabra es la verdad (Juan 17:17).
A diferencia de cualquier otro libro que leamos, la Palabra de Dios es poderosa y viva:
Ciertamente, la palabra de Dios es viva y poderosa, y más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta la médula de los huesos, y juzga los pensamientos y las intenciones del corazón (Hebreos 4:12).
Su Palabra es la luz que nos permite ver todo:
Tu palabra es una lámpara a mis pies; es una luz en mi sendero (Salmo 119:105).
En su Palabra, encontramos a Jesucristo, la sabiduría encarnada:
“…en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento (Colosenses 2:3).

La Palabra de Dios y la toma de decisiones

Cuando hay que tomar grandes decisiones en nuestras vidas, la Palabra de Dios nos da las herramientas para ello. Podemos usar lo que conocemos sobre Dios, lo que ha hecho y lo que nos ha llamado a hacer para comparar las opciones que tenemos. A continuación, les comparto una pequeña lista que aunque no es exhaustiva, es algo con qué empezar:
1. Dios nos llama a orar
Esto parece obvio, pero a veces pasamos la oración por alto, especialmente cuando estamos emocionalmente abrumadas por la presión de tomar una decisión. Sin embargo, sabemos, por la Palabra de Dios, que la oración es esencial para una vida de fe. En 1 Tesalonicenses 5:17, Pablo nos dice que oremos sin cesar. En Filipenses 4:6, nos dice que llevemos nuestras inquietudes a Dios en oración. Cuando tienes que tomar una gran decisión, el primer paso es orar. Ora para que Dios aclare tu mente; para que te dé sabiduría y discernimiento; para que te dé un corazón rendido a su voluntad y plan; y para que su voluntad se haga en tu vida.
2. Dios nos llama a obedecerlo
“En esto consiste el amor a Dios: en que obedezcamos sus mandamientos. Y éstos no son difíciles de cumplir” (1 Juan 5:3). La Palabra de Dios es clara sobre lo que es legítimo o no. Cuando no sabemos qué hacer en una situación, estamos llamados a obedecerle. Una buena pregunta que podemos hacernos cuando tenemos que tomar una decisión es, “¿cuál opción obedece a Dios?”. Un profesor de mi universidad dijo una vez que si tenemos que elegir entre dos cosas y ninguna viola la ley de Dios, simplemente deberíamos elegir la mejor opción de las dos.
3. Dios nos llama a glorificarlo
La Escritura nos dice que debemos glorificar a Dios en todo. “En conclusión, ya sea que coman o beban o hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios” (1 Corintios 10:31). Otra cosa que podemos preguntarnos cuando debemos tomar decisiones es, “¿cómo esto le dará la gloria a Dios? ¿Existe alguna forma en que esta decisión impida que glorifique a Dios?”
4. Dios nos llama a deleitarnos en él
Sobre todas las cosas, nuestro mayor deseo debiera ser Dios: más que cualquier cosa en esta vida, por sobre todos los placeres y preocupaciones de este mundo, Dios debe ser nuestro mayor amor. El Salmo 37:4 dice, “Deléitate en el Señor, y él te concederá los deseos de tu corazón”. Si nuestro mayor deleite es Dios, nuestros deseos se alinearán naturalmente con los suyos. Querremos lo que él quiere. Cuando debemos tomar una decisión, debemos preguntarnos, “¿esta decisión ayudará o entorpecerá que me deleite en el Señor? ¿Interferirá de alguna forma? ¿Evitará que lo busque?”
5. Dios nos llama a buscar sabiduría piadosa
“Cuando falta el consejo, fracasan los planes; cuando abunda el consejo, prosperan” (Proverbios 15:22). Dios ha puesto otros creyentes dentro del cuerpo de Cristo para que caminen junto a nosotros. Podemos buscar el consejo de nuestro pastor, de los líderes de nuestra iglesia y de nuestros hermanos en la fe. Nuestros pastores y líderes nos pastorean: están ahí para recordarnos lo que nos dice la Palabra de Dios; para señalarnos quiénes somos en Cristo y para preocuparse de nuestro crecimiento espiritual. Nuestros hermanos y hermanas en la iglesia también están llamados a ayudarnos en nuestra búsqueda para vivir una vida de fe (Col 3:26; 1Ts 5:14). Cuando necesites ayuda para tomar una decisión difícil, busca la sabiduría de las personas en tu iglesia. La decisión que debíamos tomar con mi esposo era muy difícil. Pasamos horas arrodillados en oración; estudiamos la Palabra de Dios; buscamos consejos sabios. Después de que la tomamos, sentimos una gran paz. Era ese regalo de gracia que Pablo dice que viene después de llevar todas nuestras inquietudes al Señor (Fil 4:6). La vida está llena de decisiones difíciles y complejas. Si te encuentras en una encrucijada y no sabes qué camino tomar, vuélvete hacia el único sabio Dios.
Este recurso fue publicado originalmente en True Woman | Traducción: María José Ojeda
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No desperdiciemos el tiempo que tenemos con nuestros hijos
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No desperdiciemos el tiempo que tenemos con nuestros hijos

“¿Crees que siempre vas a querer escuchar una historia o un tiempo de acurruco antes de dormir?”, le pregunté a mi hijo menor. “No, mamá, probablemente no”, me respondió mirándome y sonriéndome recostado en medio de sus animales de peluche, sus libros y sus mantas favoritas. Mis hijos están creciendo ante mis ojos. Hace poco me di cuenta de que me queda poco para terminar de educar a mi hijo mayor. La verdad es que ver cuán rápido pasa el tiempo que tengo con mis hijos me hizo pensar.

El tiempo es un vapor

El tiempo es algo extraño. Podemos encontrar formas en que nos tome menos tiempo hacer algo; podemos fabricar herramientas y aparatos que nos ayuden a hacer más cosas en menos tiempo. Sin embargo, no existe nada que podamos hacer para manipular o tener el control del tiempo en sí, pues sigue avanzando a la misma velocidad a la que siempre lo ha hecho: hora a hora, minuto a minuto, segundo a segundo. La autopista del tiempo no tiene áreas de descanso —sólo salidas sin retorno—. En el Salmo 39:4-5, David nos enseña esto:

Señor, hazme saber mi fin, y cuál es la medida de mis días, para que yo sepa cuán efímero soy. Tú has hecho mis días muy breves, y mi existencia es como nada delante de ti; ciertamente todo hombre, aun en la plenitud de su vigor, es solo un soplo.

Santiago dice algo similar: “Sin embargo, ustedes no saben cómo será su vida mañana. Sólo son un vapor que aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece”. Pablo nos advierte en Efesios 5:15-16, “Por tanto, tengan cuidado cómo andan; no como insensatos sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos”. En cuanto al tiempo que tengo con mis hijos, no quiero arrepentirme de nada en el futuro. No quiero llegar nunca a decir, “si tan sólo hubiese…”. No quiero dar por sentado el tiempo que tengo con ellos ni suponer que es inagotable. John Piper escribe, “el tiempo es valioso y nosotros somos frágiles. La vida es corta; la eternidad, larga. Cada minuto cuenta. Oh, debemos ser fieles administradores de la vida que Dios nos ha dado” (La vida es como una neblina). El tiempo en realidad es como el dinero: es algo que Dios nos entrega para que lo administremos. Podemos invertirlo en cosas que producen dividendos eternos o en cosas que nos llevarán a la quiebra. La pregunta aquí es, ¿de qué forma estamos invirtiendo el poco tiempo que tenemos con nuestros hijos? ¿Está lleno de un sinfín de actividades para pasar el tiempo rápido? ¿Lo usamos en entretenciones que cansan a nuestros hijos para que podamos hacer otras cosas? Cuando nuestro trabajo como padres termine, ¿miraremos atrás deseando haber usado nuestro tiempo de forma diferente?

Invirtamos en la eternidad

Como padres, tenemos la responsabilidad de enseñarles a nuestros hijos todo lo que Dios ha hecho por ellos. Es más, debemos enseñarles estas verdades en todo tiempo y lugar (Deuteronomio 6:1-2). Debido a que el tiempo con nuestros hijos es limitado, saquemos el máximo provecho de él. Enseñémosles diligentemente, mostrándoles la gloria de la gracia de Dios en Jesucristo —cuando estemos en la casa, cuando caminemos, cuando estemos acostados y cuando nos levantemos—. A continuación, les entrego algunas ideas de cómo pasar el tiempo con nuestros hijos:
1. Evalúen las actividades y ocupaciones de sus familias.
Si hicieras un gráfico de cómo usas tu tiempo, ¿cuánto de él inviertes en las almas eternas de tus hijos? ¿El tiempo que pasas haciendo actividades sin sentido sobrepasa el tiempo que pasamos llevándolos a Jesús? ¿Pasas más tiempo mirándolos desde lejos que a su lado hablándoles del evangelio? ¿Hay otros adultos que tengan más impacto en sus corazones que tú?
2. Sean metódicos e intencionales al enseñarles la Biblia.
Ten tiempos de devocional planificados y constantes con tus hijos. Estudia la Palabra de Dios con ellos; ora con ellos; memoricen versículos juntos. Preocúpate de cómo está su espiritualidad. Creo que la mayoría de nosotros nos sorprenderíamos de la profundidad con que nuestros hijos pueden hablar de sus corazones.
3. Usen los asuntos cotidianos para enseñarles.
A menudo, podemos distraernos con los detalles de la vida y perdernos numerosas oportunidades de enseñarles a nuestros hijos el evangelio. Peleas de hermanos, quejas sobre la escuela, problemas con amigos, descontento cuando van a la juguetería; todos estos ejemplos pueden ser instancias en las que puedes enseñarles la verdad del evangelio a tus hijos. Ten disposición a dejar de lado otras tareas para invertir en los corazones de ellos. El tiempo es un vapor: pestañeas una vez y ya se desvaneció. Todos tenemos la responsabilidad de administrar e invertir el tiempo que Dios nos da en cosas que producen dividendos perdurables y eternos. Usemos el preciado y limitado tiempo que tenemos con nuestros hijos invirtiendo en sus corazones. La vida es corta. Por la gracia de Dios, no la desperdicies. (Nota: La cita de John Piper ha sido traducida a partir del artículo en inglés y podría diferir en la traducción oficial de su libro)
Christina Fox © 2015 Desiring God Foundation. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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Cómo orar por mi marido
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Cómo orar por mi marido

Era hora de cenar y estaba en la cocina cortando verduras para preparar una ensalada. Estaba agotada y oré en mi corazón, “Dios, por favor, haz que esta noche mi esposo llegue temprano del trabajo”. Estaba a punto de lavar un pepino en el fregadero cuando escuché un fuerte golpe y luego un llanto que venía de la habitación de mi hijo. Cerré la llave del agua y me dirigí a la habitación suspirando, aún orando para que mi esposo se apresurara en llegar a casa. Hace poco, me di cuenta de que gran parte de las oraciones que hacía por mi marido estaban centradas en mí y en mis necesidades; en realidad, eran un resultado de mi egoísmo. Oraba para que llegara a casa a la hora, para que le dieran el bono que estábamos esperando y para que cuidara a los niños mientras yo dormía; incluso, oraba para que Dios cambiara todas las cosas que me frustraban de él. Sin duda, las oraciones que hacía por mi marido eran bastante deficientes. Cuando leí las oraciones de Pablo por las iglesias en Éfeso, Colosas y Filipos aprendí cuál es el centro de la oración. Sus oraciones se enfocaban en el crecimiento espiritual de las personas a las que les escribía. Por ejemplo, “Pido que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre glorioso, les dé el Espíritu de sabiduría y de revelación, para que lo conozcan mejor. Pido también que les sean iluminados los ojos del corazón para que sepan a qué esperanza él los ha llamado, cuál es la riqueza de su gloriosa herencia entre los santos, y cuán incomparable es la grandeza de su poder a favor de los que creemos(Efesios 1:17-19). Pablo, fundamentalmente, oraba a través del evangelio: para que su poder cambiara y transformara a los creyentes a los que les estaba escribiendo. Aunque ciertamente oraba por la provisión de Dios y por otras necesidades prácticas, el centro y la base de sus oraciones por otros estaba en su caminar con Cristo. Quiero orar por mi esposo de la misma manera en la que Pablo oraba por las iglesias del Nuevo Testamento. Y en verdad, a veces oro usando exactamente las oraciones de Pablo. Sin embargo, también quiero que el evangelio sea la base de todas mis oraciones, incluyendo las que hago yo misma. Quiero orar para que el evangelio esté obrando en el corazón de mi marido cada día; para que el evangelio sea el lente a través del cual él vea la vida. Quiero que sea fortalecido por las verdades del evangelio a medida que viva el llamado que Dios le hizo. El hecho de orar para que el evangelio esté obrando en el corazón y en la vida de mi esposo es transformador, no sólo para él, sino que para mí también. Aprendo a abandonar mi intento de cambiar cosas de mi marido y confío en que Dios hace el cambio que él quiere hacer. Centrar mis oraciones en el evangelio cambia la actitud de mi corazón y paso de confiar en mis fuerzas a descansar en el poder de la gracia de Dios. Mientras oro para que el evangelio esté obrando en el corazón de mi marido, también recuerdo cuánto lo necesito yo también día a día. También me recuerda que todo en la vida es un regalo de gracia y que la oración es la entrada para recibirla. En un esfuerzo por centrarme en que el poder de la gracia de Dios obre en mi marido, hice una lista con sugerencias para orar por él; una para cada día del mes y quiero compartirla con ustedes: i. Ora para que cada día él aplique el evangelio en su vida. ii. Ora para que crezca más en la fe. iii. Ora para que confíe en Dios en los momentos de duda. iv. Ora para que ame a Dios por sobre todas las cosas. v. Ora para que tenga pasión por la Palabra de Dios. vi. Ora para que Dios le revele los ídolos de su corazón. vii. Ora para que tenga mayor conciencia de su pecado y del perdón que ha recibido por medio de Cristo en la cruz. viii. Ora para que desee servir a Dios, ayudando a aquellos que necesitan el amor de Dios. ix. Ora para que sea un testigo de Cristo en su trabajo. x. Ora para que perdone a otros como él ha sido perdonado. xi. Ora para que resista las tentaciones que enfrenta en su lugar de trabajo. xii. Ora para que anhele ser un líder espiritual piadoso. xiii. Ora para que honre a Dios en la forma en que usa su dinero. xiv. Ora para que honre a Dios en la forma en que usa su tiempo. xv. Ora para que honre a Dios en su forma de hablar. xvi. Ora para que crezca en su vida de oración. xvii. Ora para que el fruto del Espíritu se desarrolle en él. xviii. Ora para que Dios proteja su mente y su corazón del mal. xix. Ora para que Dios lo use en el avance de su Reino. xx. Ora por sus amistades, para que Dios lo ayude a cultivar y mantener amistades piadosas que lo animen en el evangelio. xxi. Ora para que tenga un deseo creciente de mostrar el amor de Dios a los niños. xxii. Ora para que, para la gloria de Dios, él viva cada día como si fuera el último. xxiii. Ora por tu matrimonio, para que tu esposo y tú se acerquen más el uno al otro. xxiv. Ora para que tu matrimonio refleje el amor de Cristo por la iglesia. xxv. Ora para que Cristo sea el centro de su relación. xxvi. Ora para que ustedes dos estén unidos en la crianza de sus hijos. xxvii. Ora por oportunidades para servir al Reino juntos como pareja. xxviii. Ora por oportunidades para animar a tu marido. xxix. Ora por más gracia y comprensión entre ustedes. xxx. Ora por mayor comunicación entre ustedes. xxxi. Ora por tu propio corazón, para que ames, honres y respetes a tu esposo.
Este artículo fue publicado originalmente aquí. | Traducción: María José Ojeda  
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Los ídolos del corazón de una madre
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Los ídolos del corazón de una madre

«Cuando te molestas porque no logras hacer algo que quieres, posiblemente se deba a que eso se ha transformado en un ídolo de tu corazón». Le dije esto a uno de mis hijos una tarde al ver su frustración cuando le quité su valiosísimo tiempo en la computadora. Luego, hablamos sobre cómo los ídolos no siempre son fáciles de reconocer y sobre cómo nuestras reacciones emocionales pueden ser a veces un indicador de lo que está sucediendo dentro de nuestro corazón.

Los ídolos específicos de la maternidad

John Piper dice que «Dios es más glorificado en nosotros cuando estamos más satisfechos en Él». Fuimos hechas para amar y adorar a Dios. Cuando Él no es el anhelo de nuestro corazón ni la fuente de nuestra satisfacción, buscamos llenarlo con algo más. En lugar de llenar el vacío con forma de Dios que tenemos en nuestro corazón disfrutándolo a Él, lo hacemos con el amor por otras cosas, con experiencias, con deseos y con las reacciones de otros. A menudo, pensamos que un ídolo es un objeto hecho por el hombre ante el cual una persona se inclina y adora. Sin embargo, un ídolo es cualquier cosa que amemos más que a Dios. Consume nuestros pensamientos y energías. Es algo tan central para nuestras vidas que, si no lo tenemos, nos desesperamos. Existen ídolos únicos para las madres, tal vez los reconozcas todos o a muchos de ellos:
  • La validación: aquí se puede incluir la validación de amigos y familia, e incluso de extraños, que nos dicen lo bien portados o lo talentosos que son nuestros hijos. Cuando lo escuchamos, nuestro corazón explota de orgullo. No obstante, cuando no obtenemos las respuestas que buscamos o cuando recibimos lo opuesto, nos desanimamos y frustramos. También podemos buscar validación en nuestros hijos; su amor por nosotras puede ser un ídolo.
  • Los hijos: nuestros hijos en sí mismos pueden convertirse en ídolos. Esta idolatría puede empezar con el deseo de tener hijos, que luego puede volverse un anhelo absorbente que se transforma en algo más importante que Dios en nuestras vidas. Una vez que ya tenemos hijos, también pueden convertirse en nuestros ídolos al ser la razón por la que vivimos y al tratar siempre de hacerlos felices. Podemos buscar nuestra plenitud en ellos y por medio de ellos. Cuando no responden como esperamos o nos fallan de alguna forma, terminamos deshechas.
  • El éxito: queremos que nuestros hijos sean exitosos porque son el reflejo de nosotros. Podríamos presionarlos incesantemente para que sobresalgan en lo que hacen. Quizás tengamos en mente una imagen de cómo debe verse nuestra «familia perfecta»; pero, mientras no la tengamos, pensaremos que somos un fracaso. Si nuestros hijos tienen ciertas limitaciones, podría destruir nuestros sueños también.
  • El control: tener el control de todos los detalles de la vida es un gran ídolo para muchas mamás. Desinfectamos las pequeñas manos de nuestros hijos, los mantenemos alejados de otros niños que están resfriados y tratamos de estar listas para el futuro en caso de que suceda algo inesperado. Pasamos el tiempo tratando de arreglar cada detalle de nuestra vida y la de nuestros hijos. Sin embargo, puesto que nada está bajo nuestro control, nos ponemos ansiosos, nos preocupamos y nos inquietamos cuando las cosas no funcionan como lo planeamos.
Estos no son los únicos ídolos que puede tener una madre. De hecho, las opciones para fabricar ídolos son infinitas. Como dijo memorablemente Juan Calvino, «nuestros corazones son fábricas de ídolos». La pregunta no es si estamos fabricando ídolos en nuestros corazones, sino cuáles son los ídolos que estamos fabricando.

Derribando nuestros ídolos

He estado trabajando con mis hijos para identificar ídolos. Para esto, les pido que recorten palabras o imágenes de cosas que las personas pueden amar más que a Dios. Luego, ellos los pegan en un corazón dentro de un dibujo de una persona que hice. Hemos hecho esta actividad un par de veces,porque para ellos es útil ver con cuántas cosas llenamos nuestros corazones aparte de Dios. Una vez mi hijo le dibujó una cara triste a la persona y dijo: «él está triste. Todas estas cosas que él ama no lo han hecho feliz». Como madres, identificar nuestros ídolos puede requerir un gran esfuerzo de nuestra parte. Estos son como malezas que pueden enredarse en nuestro corazón, metiéndose profundamente en cada rincón y grieta. Pueden convertirse en algo tan importante para nuestro corazón que nos cuesta reconocerlos. Tenemos que pedirle a Dios en oración que nos revele los ídolos de nuestro corazón y que nos ayude a verlos y a reconocerlos. Para esto, a veces ayuda estar pendientes de nuestras respuestas emocionales a las circunstancias que enfrentamos en la vida. ¿Cómo reaccionas cuando tus hijos te decepcionan? ¿Cómo respondemos cuando no obtenemos la validación que deseamos de otros? Cuando Dios nos muestra un ídolo, debemos reconocer humildemente nuestro pecado, arrepentirnos y alejarnos de él. Apartarnos de nuestros ídolos no significa solamente alejarse, sino que también debemos dirigirnos hacia algo más. Ese «algo más» es la gran persona de Jesucristo. Como escribe Tim Keller en su libro Dioses falsos,
Jesús debe ser más hermoso para tu imaginación y más atractivo para tu corazón que tu ídolo. Es Él quien tomará el lugar de tus dioses falsos. Si arrancas de raíz a tu ídolo y fallas en «plantar» el amor de Cristo en su lugar, este ídolo volverá a crecer.
No podemos simplemente tratar de evitar a los ídolos o decidir resistirlos. Tenemos que enfocar nuestros corazones en la persona y obra de Jesucristo. Él debe ser la fuente de nuestra satisfacción. Nuestro objetivo debe ser desearlo por sobre todo lo demás. Queremos vivir, meditar y saturar nuestros corazones con la verdad del amor y la gracia de Dios por nosotros por medio de la sangre derramada de Cristo en nuestro lugar. Mientras más descansamos y confiamos en el Evangelio, más crece nuestro amor por Cristo hasta que se desborda inundando y quitando los ídolos de nuestro corazón. ¿La maternidad ha revelado ídolos de tu corazón? ¿Cómo puede el amor de Cristo arrancar esos ídolos de tu corazón?
Christina Fox © 2015 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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La gracia es más grande que todas nuestras preocupaciones
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La gracia es más grande que todas nuestras preocupaciones

“Mamá, ¿qué te pasa?”. Mi hijo se dio cuenta; sin querer transmito la tensión y la preocupación que inunda mi corazón. “Tengo demasiadas cosas en la cabeza; olvidé hacer algo. Eso es todo”, le contesté.

No obstante, eso no es todo. Lo que le contesté a mi hijo, lo dije como si no fuera gran cosa. Sin embargo, que mi hijo me haya hecho esa pregunta, me recordó que no debo sentirme así. La carga que llevo sobre mis hombros parece más pesada cada día, pues mi lista de deberes se compone últimamente de más listas de deberes. Llevo una vida ocupada y agitada, llena de responsabilidades, por lo que temo olvidar algo crucial e importante. Me preocupa que si no hago algo (siempre hay un algo), entonces nadie más lo hará; por lo tanto, trato de mantener todo bajo control. Estoy constantemente recordándome lo que tengo que hacer: “no puedo olvidar esto…”; “es mejor que haga esto primero en la mañana”; “si no hago esto sería terrible…”. Me centro en pensar “qué pasaría si…”, y la preocupación me consume. Mi hijo puede darse cuenta de esto porque se refleja a través de mi rostro. Sin embargo, me estoy engañando a mí misma, ya que, en realidad, no tengo el control de nada. Puedo escribir mil listas de deberes y no importaría; Dios está en control, no yo. He sido mordida por una mentira con forma de serpiente que me dice que puedo manejar todos los detalles de mi vida, que puedo planificarlos y llevarlos a cabo por mí misma. Esta mentira me genera temor cuando la realidad me golpea y me doy cuenta de que verdaderamente no puedo hacerlo todo. En lugar de tener control sobre todo lo que me causa temor, el temor me controla a mí.

Confianza versus preocupación

El deseo de controlar nuestras vidas es común entre nosotras las madres. Expresamos nuestras preocupaciones, hablamos de nuestro estrés y desarrollamos estrategias para que nuestras vidas sean más tranquilas y estén libres de problemas. Es un pecado aceptable que se infiltra en muchas conversaciones, en los momentos en que invitan a jugar a nuestros hijos y en mensajes de texto. A veces, incluso, lo fomentamos, intentando competir para ver quién tiene la vida más angustiante y más agitada. Después de todo, parece ser algo tan normal y común. Es decir, ¿qué madre no se preocupa? Y si no lo hiciéramos, pareciera que hay un problema en nosotras.

Jesús nos llama a un tipo de vida diferente, opuesto al del mundo. Nos llama a vivir una vida de confianza (Mateo 6:25-34). La confianza es lo opuesto a la preocupación. Exige que creamos que él es mejor que cualquier otra cosa; que creamos en su carácter, su bondad y su gracia (Salmo 9:10). Exige que miremos al pasado y veamos todas las formas en que él nos ha fortalecido y ha provisto para nosotras. Sabemos lo que ha dicho y, por lo tanto, tenemos la confianza en lo que él hará en el futuro. Confiar en Dios exige que creamos que él se preocupa por nosotras, que mantengamos nuestros ojos fijos en él y no en nuestras circunstancias (1 Pedro 5:7).

Recordando su gracia

En las Escrituras, se les dijo a los israelitas una y otra vez que miraran al pasado para que recordaran cómo Dios los liberó de la esclavitud en Egipto. Ellos debían recordar las maravillas que Dios realizó en el Mar Rojo, su provisión en el desierto, y cómo él los llevó hasta la Tierra Prometida. En fiestas anuales, ellos celebraban lo que Dios había hecho por ellos y les enseñaban a sus hijos sobre la fidelidad de Dios. No obstante, constantemente, ellos dejaban de recordarlo. Y en lugar de hacerlo, dejaban de confiar en Dios prefiriendo confiar en sí mismos y la cultura que los rodeaba.

Nosotras también somos llamadas a recordar la gracia de Dios en nuestras vidas. Cuando la preocupación aparezca y nos agobie, cuando todo parezca estar fuera de control, debemos recordar todo lo que Dios ha hecho y lo que seguirá haciendo. Debemos recordar nuestra propia historia de rescate de nuestros pecados. Necesitamos recordar lo lejos que Dios llegó —y sigue llegando— para rescatarnos de la esclavitud por medio de la sangre de su Hijo derramada en la cruz. Necesitamos recordar cuándo Dios nos demostró firmemente su amor (Romanos 5:8). “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no habrá de darnos generosamente junto con él todas las cosas?” (Romanos 8:32). Si él nos salvó de nuestro más grande temor —una separación eterna de él— ¿cómo no nos ayudará a sobrellevar todos nuestros temores hoy? Si Cristo conquistó la muerte cuando se levantó triunfante de la tumba, ¿cómo no podrá resucitar nuestro gozo del abismo de la preocupación y la desesperación?

Gracia para hoy y para cada mañana

Como los israelitas, nosotras también nos olvidamos de Dios y tropezamos, pero la cruz está ahí para recordarnos el evangelio de la gracia. Tal como los israelitas tenían que mirar a la serpiente de bronce para ser sanados en el desierto, nosotras debemos mirar a Cristo. Mirar a la cruz y recordar el evangelio nos libera de las cargas que nos agobian. Nos saca de nuestro egocentrismo y nuestros esfuerzos para que nuestra vida funcione y vuelve a poner nuestra atención en aquel que lo logró todo.

Cuando Jesús dijo, “todo se ha cumplido”, él les cerró la puerta a nuestros esfuerzos por controlar nuestra vida. Él terminó con todos nuestros intentos por hacer todo correctamente confiando en nuestras fuerzas. No obstante, él abrió la puerta del descanso eterno, de la libertad del pecado y de la paz que sobrepasa todo entendimiento. En esta vida habrá suficientes razones para preocuparnos, pero tenemos más razones para confiar pues Dios ha sido más que fiel en el pasado. Gracias a que Dios envió a Jesús para rescatarnos de nuestro pecado, podemos confiarle todas nuestras preocupaciones y temores a él, hoy y cada mañana. Cuando los desafíos inesperados de la vida y las tareas abrumadoras nos tienten a preocuparnos, cuando nuestras listas de deberes se vuelvan más largas y cuando el sueño nos invada, fijemos nuestros ojos en la cruz y creamos, confiando en lo que Dios ya ha hecho y en lo que hará por nosotras.
Christina Fox © 2015 Desiring God Foundation. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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La obra santificadora de la crianza
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La obra santificadora de la crianza

Recientemente, una amiga me pidió un consejo sobre cómo criar a sus hijos. Sonreí y le dije que no podía porque no soy una experta en el tema y porque realmente no sé lo que estoy haciendo. Ella se rió y comentó las formas en que nos vemos humillados en la etapa de la crianza. Mi amiga no se daba cuenta de cuán cierto era lo que estaba diciendo. Por muchos años, enseñé, aconsejé y preparé a padres en cuanto a esto. Es un testimonio extraordinario de la gracia de Dios en mi vida que yo haya llegado a un punto en el que no me siento lista para dar consejos.

Muchas personas describen el matrimonio como un laboratorio donde se desarrolla y perfecciona el crecimiento espiritual; para mí es lo mismo con la crianza de mis hijos. Dios ha usado esta etapa de mi vida para pulirme y cambiarme en formas que nunca imaginé. Él me dio un hijo que exige más de lo que yo puedo entregar para así depender más de Dios que de mis propias fuerzas. También he aprendido cosas que nunca supe de mí misma y en mi corazón he visto cosas que nunca hubiese querido ver. Me he encontrado cara a cara con pecados que no sabía que estaban profundamente ocultos dentro de mí: la impaciencia, el egoísmo, la irritabilidad y la insatisfacción son algunos de ellos. Aunque sea incómodo y a veces realmente doloroso, la obra santificadora de la crianza es necesaria y buena.

Renunciando a la independencia

La crianza es una etapa ideal para la santificación de nuestras vidas. Es un área que tratamos de controlar desesperadamente. En una cultura que depende del acceso inmediato al conocimiento y la información, muchos de nosotros acudimos a blogs, artículos, tuits y pins para encontrar soluciones a los desafíos que enfrentamos día a día en la crianza de nuestros hijos. Dependemos de libros, sistemas y planes, y cuando estos fallan, nos desesperamos y empezamos nuestra búsqueda nuevamente —al menos, eso es lo que yo he hecho—.

Sin embargo, Dios abrió mis ojos para ver que había algo más bajo los desafíos que la crianza de mis hijos conlleva. Comprendí el por qué era tan difícil: Dios la usa para que renunciemos a nuestra independencia y al pecado que nos impide permanecer en Él. Mi verdadera necesidad no era encontrar el sistema perfecto para que mis hijos se duerman, el mejor plan para que aprendan a ir al baño, o las diez mejores formas de lograr que arreglen su propio desorden. En lugar de eso, se trataba de comprender mi gran necesidad de descansar en la gracia de Dios. Muchas veces busqué el gozo y el contentamiento en lo bien que se habían comportado mis hijos o la tranquilidad con que había transcurrido el día. No obstante, Dios sabía que lo que más necesitaba solo lo encontraría en Él. Mientras buscaba maneras de facilitar la crianza de mis hijos, Dios hizo que atravesara por el fuego purificador, trayendo a mi vida desafíos en esta área. Esos desafíos dirigían mi vista a Él, mi única verdadera fuente de gozo y satisfacción. Hay días en que el proceso purificador es doloroso y me gustaría preguntarle a Dios, «¿cuándo vas a terminar tu obra en mí?». En aquellos días en que juzgo más de lo que me importa, en que las mentes de mis niños no pueden mantenerse concentradas en la escuela y cuando la secadora se descompone, una vez más me pregunto por qué la maternidad tiene que ser tan difícil. No obstante, recuerdo el Evangelio y el gran amor de Dios por mí. «Y ya han olvidado por completo las palabras de aliento que como a hijos se les dirige: Hijo mío, no tomes a la ligera la disciplina del Señor ni te desanimes cuando te reprenda» (Heb 12:5). Él no quiere dejarme en el mismo lugar en el que estoy, pues tiene algo mejor. Ninguno de los desafíos que enfrento como madre será en vano; ninguno. Él usa todos y cada uno de ellos en la historia de su victorioso Evangelio en mi vida. Su objetivo no es hacer que mi vida sea cómoda, segura y predecible, sino santificarme.

Porque a los que Dios conoció de antemano también los predestinó a ser transformados según la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. A los que predestinó, también los llamó; a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó también los glorificó (Romanos 8:29-30).

Rendida ante su obra

Quizás también estés pasando por lo mismo. Tu vida no parece funcionar de la manera en que pensaste que lo haría. Tus hijos no son perfectos, tienes poca paciencia y no recuerdas cuándo fue la última vez en que pudiste dormir bien. Debes saber que Dios está obrando en medio de todos esos días difíciles y cada desafío que enfrentas en la crianza de tus hijos.

Sé sensible a la obra de las manos de Dios y ríndete ante ella. Toma el pecado que Él te revele y llévalo directamente a la cruz. Recuerda que Jesús murió por cada uno de los errores que hemos cometido y que cometeremos en el futuro criando a nuestros hijos. Busca tu gozo en Él y depende solo de sus fuerzas y sabiduría. Encuentra esperanza en esta verdad: «estoy convencido de esto: el que comenzó tan buena obra en ustedes la irá perfeccionando hasta el día de Cristo Jesús» (Fil 1:6).
Christina Fox © 2015 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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Enseñemos la gloria de Dios a nuestros hijos
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Enseñemos la gloria de Dios a nuestros hijos

El Salmo 145:4-7 es un hermoso resumen bíblico de nuestra responsabilidad como padres. Una generación alabará Tus obras a otra generación, y anunciará Tus hechos  poderosos. En el glorioso esplendor de Tu majestad, y en Tus obras maravillosas meditaré. Los hombres hablarán del poder de tus hechos portentosos, y yo cantaré Tu grandeza. Ellos proclamarán con entusiasmo la memoria de Tu mucha bondad, y cantarán con gozo tu justicia. Como padres, hacemos muchas cosas por nuestros hijos: los alimentamos, vestimos, protegemos y educamos; los sustentamos, guiamos y preparamos para la adultez. Sin embargo, además de todo eso, una de las cosas más importantes y relevantes que hacemos es mostrarles a nuestros hijos la gloria de Dios. Necesitamos contarles sus obras gloriosas, anunciarles sus maravillas y mostrarles su bondad. Debemos enseñarles que ellos fueron creados para tener comunión con Dios, que él es el único que puede llenar sus corazones vacíos y que sólo en él se encuentra el mayor gozo.

La satisfacción no se puede encontrar en ningún otro lugar

El rey David escribió sobre su gran deseo de estar únicamente en la presencia de Dios: “Una cosa he pedido al Señor, y ésa buscaré: Que habite yo en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor y meditar en su templo” (Salmo 27:4). Tenemos el privilegio de enseñarles a nuestros hijos que todo lo que sucede en la vida carece de importancia ante la posibilidad de disfrutar de Dios y estar en su presencia. Todo lo demás nos decepcionará, se arruinará o terminará siendo menos de lo que esperábamos; sin embargo, siempre habrá satisfacción en Dios. Debido a nuestra naturaleza caída, el corazón humano es una fábrica de ídolos. Buscamos alegrías y sustitutos falsos para satisfacer las necesidades que sólo Dios puede cubrir. Lo mismo pasa con nuestros hijos. Cada día, sus corazones son bombardeados con una variedad de tentaciones, aventuras y deseos que les prometen hacer realidad sus anhelos. Juguetes, deportes, afirmación, popularidad, calificaciones, amigos, reputación —todas estas cosas son potenciales ídolos de los corazones de nuestros hijos—. Como padres, queremos enseñarles que sus corazones pecadores van a buscar estos sustitutos. Queremos ayudarlos a identificar los ídolos en sus vidas. Además, anhelamos mostrarles una y otra vez que sólo Dios es su más grande tesoro y mayor deseo.

Tres formas de mostrarles a nuestros hijos la gloria de Dios

Cada día, tenemos nuevas oportunidades para mostrarles a nuestros hijos las maravillas y la gloria de Dios y demostrar cómo todos los sustitutos fracasan al compararlos con Dios. A continuación, les comparto unas cuantas formas en las que podemos llevar esto a la práctica:
1. Al ver la creación
El Salmo 19:1 dice, “Los cielos proclaman la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de Sus manos”. La gloria de Dios se muestra en todo lo que él ha creado. Muéstrenles a sus hijos las increíbles maravillas que Dios ha creado, desde las extrañas criaturas que se arrastran por el suelo hasta las estrellas en el cielo. Enséñenles sobre la creatividad de Dios, su majestad y su poder al crear por medio de su palabra todo lo que vemos.
2. Al enfrentar sus problemas
En cada problema que nuestros hijos enfrentan en la vida, podemos mostrarles la gloria y las maravillas de Dios. Podemos enseñarles que sólo él entrega la ayuda que necesitan en medio de sus problemas. Sólo él puede suplir su mayor necesidad: la salvación de sus pecados. Como Pablo escribió en Romanos 8:32, “El que no negó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por nosotros, ¿cómo no nos dará también junto con él todas las cosas?”. Enséñenles lo que Cristo ha hecho por ellos. Muéstrenles las promesas de Dios en la Escritura para aquellos que creen en él. Háblenles sobre las muchas bendiciones y riquezas que tenemos por medio de Cristo y que, gracias a él, ellos tienen acceso completo y absoluto a Dios, por lo que pueden acercarse a él en cualquier momento y lugar (Hebreos 4:16). Él los escucha y sabe lo que hay en sus corazones y lo que necesitan antes de que lo digan.
3. Al conocer el carácter de Dios
El Salmo 9:10 dice que aquellos que conocen el nombre de Dios ponen su confianza en él. Conocer a Dios, saber quién es él y lo que ha hecho, nos ayuda a confiar en él. Muéstrenles a sus niños quién es Dios. Enséñenles sobre su santidad, poder, gracia, misericordia, verdad, sabiduría y justicia. Estudien juntos la Palabra y concéntrense en su carácter. Aprendan los diferentes nombres de Dios que se muestran a lo largo de las Escrituras y analicen lo que cada uno significa. Durante el verano, tenemos la excelente oportunidad de pasar más tiempo mostrándoles la gloria de Dios a nuestros hijos. Apaguemos nuestros televisores, guardemos las tablets, los teléfonos móviles y las computadoras portátiles. En lugar de buscar en Internet, busquen las maravillas de Dios. Observen el mundo de cerca, muéstrenles a sus hijos las maravillas de su creador. Ayúdenlos a ver que sólo Dios puede satisfacer sus deseos. Muéstrenles que lo que David escribió era cierto: no hay nada mejor que estar en la presencia de Dios y permanecer en su belleza y gloria.
Christina Fox ©2015 Desiring God Foundation. Usado con permiso
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Gozo en medio del caos
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Gozo en medio del caos

Como de costumbre, fue un día ajetreado en casa. Tras la jornada de escolarización casera hicimos las actividades posteriores habituales, unos pocos trámites y después deportes. Al caer la noche, todos estábamos cansados. O eso pensé. Después de acostar a los niños, tuve que volver a su cuarto varias veces para decirles que se callaran, que dejaran de molestarse, que no siguieran haciendo sonidos raros y que dejaran de insultarse. Al seguir la noche tuve que sacar a uno del cuarto para acostarlo en el sofá hasta que el otro se durmiera. La noche avanzó mientras trataba de dormirlos a ambos. Aparentemente, ninguno de ellos recibió el memo diciendo que la mamá estaba cansada y quería irse a dormir temprano. Últimamente, pareciera que nada está saliendo como quiero. Siempre ando atrasada, se me olvidan las cosas, y pareciera que la ropa sucia se cuadruplica todos los días. Mi esposo está más ocupado que nunca con su trabajo, en la casa sigue habiendo cosas que se descomponen, y creo que me puedo estar enfermando pero no tengo tiempo de ir al doctor. Mi única forma de encontrar paz es buscando calma y tranquilidad en la Palabra. Abro la Biblia, y leo esto: «Alégrense siempre en el Señor. Insisto: ¡Alégrense!» (Fil 4:4) ¿Alégrense? ¿En serio? Los pasajes de la Escritura en que se nos dice que hagamos ciertas cosas de manera continua siempre me han hecho detenerme a pensar: «¿En verdad es así? ¿Cómo se puede hacer?» La Biblia nos llama a orar sin cesar, perdonar setenta veces siete, dar gracias en todo y alegrarnos siempre. Pero, ¿cómo puedo alegrarme siempre, y aun cuando mis hijos no hacen lo que les digo o la aspiradora se descompone? ¿Cómo hacerlo cuando el doctor ordena más exámenes o chocan mi automóvil por detrás? ¿También debo hacerlo ahí? ¿Qué pasa cuando mis amigos me rechazan o mis sueños para el futuro mueren como las plantas que siempre olvido regar? Siendo Pablo el que escribió eso en Filipenses, recuerdo que su vida no fue fácil. Soportó golpizas, privaciones, naufragios, encarcelamientos y, finalmente, el martirio. A pesar de su sufrimiento, siguió alegrándose. «…también [nos regocijamos] en nuestros sufrimientos, porque sabemos que el sufrimiento produce perseverancia; la perseverancia, entereza de carácter; la entereza de carácter, esperanza. Y esta esperanza no nos defrauda, porque Dios ha derramado su amor en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos ha dado» (Ro 5:3-5). Al buscar entender lo que significa «alegrarse siempre», he aprendido que alegrarse es un verbo, la acción de vivir el gozo. Habitualmente pienso en el gozo como el fruto de una buena experiencia. Dios bendice mi vida de alguna forma y esto me pone feliz o me alegra. Sin embargo, resulta que alegrarse es algo que uno hace; una respuesta intencional a Dios . . . aun en las calamidades. Esta respuesta ante la vida se opone completamente a lo que nuestros corazones tienden a creer. Tendemos a pensar que la felicidad se produce cuando la vida transcurre de la forma en que queremos. «Seré feliz cuando tenga el trabajo que quiero» o «seré feliz cuando tengamos la casa de nuestros sueños». «Si mis hijos durmieran toda la noche, sería más feliz» o «si mi marido ayudara más en la casa, yo no andaría tan irritable». Fue Cristo quien nos mostró que el camino del gozo nos hace frecuentemente atravesar pruebas y sufrimientos. En Mateo 5, les dijo a sus seguidores: «Benditos los que lloran». En este sermón, «benditos» puede traducirse también como «felices». «Felices los pobres en espíritu»; «felices los que son perseguidos». Gracias a Cristo, el gozo es nuestro sin importar las circunstancias porque su gracia soberana es la realidad general en que vivimos. Después de todo, ¿no es nuestra máxima felicidad el resultado directo de que Jesús derramara su sangre en la cruz? La cruz, señal y símbolo de maldición, se ha convertido para nosotros en un símbolo de esperanza y gozo gracias al sacrificio de Jesús. Hebreos 12:2 nos dice que Jesús se dirigió al sufrimiento por el gozo que le esperaba, es decir, la restauración de su pueblo ante el Padre. «Fijemos la mirada en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe, quien por el gozo que le esperaba, soportó la cruz, menospreciando la vergüenza que ella significaba, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios». Cuando Pablo nos dice que nos alegremos siempre, dice que lo hagamos en el Señor. Tenemos gozo gracias a Él, a través de Él, por Él, y en Él. Cuando se trata de mis propios líos y desafíos, he aprendido que me es posible vivir intencionalmente el gozo. Aun cuando tenga falta de sueño, mi automóvil no quiera partir o nada salga como quiero, puedo alegrarme simplemente por la promesa y esperanza que tengo en Cristo mi Salvador.
Publicado originalmente en el blog Domestic Kingdom. | Traducción: Cristian J. Morán
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¿Por qué es necesario estudiar los nombres de Dios?
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¿Por qué es necesario estudiar los nombres de Dios?

¿Conoces la historia que hay detrás de tu nombre? ¿La razón por la que tus padres escogieron ese nombre para ti? Me encanta saber que me pusieron Christina en honor a mi bisabuela. Mi hijo menor lleva el nombre de mi abuelo; mi esposo, el de su padre. A veces, escogemos nombres según su significado o porque nos recuerdan a alguien especial. Los nombres en la Biblia tienen una importancia particular. Cuando Dios daba nombres a las personas, definía quiénes eran, en quiénes se convertirían, qué harían e incluso lo que pasaría con la nación de Israel. El nombre de Abram fue cambiado por Abraham que significa “padre de multitud”. El nombre de Simón fue cambiado por Pedro que significa “roca”. Cuando se trata del nombre de Dios, los significados de sus nombres tienen una extraordinaria importancia para nosotros. Dios es tan maravilloso, tan complejo, tan grande e impresionante, que un solo nombre simplemente no puede describirlo. Es más, existen cientos de nombres en la Biblia que describen quién es Dios.

El gran “YO SOY”

Cuando Dios se apareció a Moisés en la zarza ardiente y le dijo que él sacaría a su pueblo de Egipto, Moisés preguntó:

“Si voy a los Israelitas, y les digo: ‘El Dios de sus padres me ha enviado a ustedes,’ tal vez me digan: ‘¿Cuál es Su nombre?’ ¿Qué les responderé?” Y dijo Dios a Moisés: “YO SOY EL QUE SOY” y añadió: “Así dirás a los Israelitas: ‘YO SOY me ha enviado a ustedes.’”  (Éx 3:13–14).

El nombre más común para Dios en la Escritura es uno que nuestras Biblias traducen como Señor, todo con mayúsculas. Es el nombre de YHWH, que pronunciamos Yahveh. Sin embargo, los judíos tenían tanta reverencia por este nombre que nunca lo decían en voz alta: en su lugar usaban Adonai. En Éxodo 3, el nombre que se usa es Yahveh. Este pasaje es importante porque Dios, en esencia, está definiendo su nombre para Moisés. Le está diciendo que Él siempre ha existido y que no depende de nadie. A diferencia de los humanos, Él no es un ser creado y no depende de nada fuera de sí mismo para sostenerse. También Él es inmutable —siempre es y siempre ha sido—. Este nombre (Yahveh, YO SOY) fue el nombre que Jesús usó para responder a los judíos en Juan 8: “Jesús les dijo: ‘En verdad les digo, que antes que Abraham naciera, Yo soy.’” (v. 58).

Conozcamos los nombres de Dios

Como creyentes, es importante que aprendamos y estudiemos los nombres de Dios en su Palabra. El Salmo 9:10 dice, “En Ti pondrán su confianza los que conocen Tu nombre, porque Tú, oh Señor, no abandonas a los que Te buscan”. Aunque Yahveh es el nombre más común y más importante para Dios, existen otros cientos de nombres para Él en la Escritura. Cada uno describe una característica o un atributo particular de Él. Ellos nos ayudan a entender mejor su poder, sus maravillas y su señorío. Describen lo que hace, cómo actúa y cómo se mueve en nuestras vidas; también, cómo Él nos responde como su pueblo. Como nos dice el Salmo 9, conocer el nombre de Dios nos ayuda a confiar en Él. Uno de los nombres de Dios que es reconfortante para mí es Jehová Rohi, que significa “nuestro pastor”. El pasaje más conocido en donde se puede encontrar este nombre es el Salmo 23: “El Señor es mi pastor, nada me faltará” (v. 1). Jehová Rohi nos recuerda que Dios es nuestro pastor que nos cuida, nos guía y nos protege. Jesús se refirió a sí mismo como un pastor en Juan 10: “Yo soy el buen pastor; el buen pastor da Su vida por las ovejas” (v. 11). Jesús es el Buen Pastor quien se convirtió en el Cordero de Dios para morir en nuestro lugar. Este nombre también nos dice que nos ama y nos conoce a cada uno de nosotros. “Mis ovejas oyen Mi voz; Yo las conozco y Me siguen” (Jn 10:27). En Lucas 15, Jesús contó una parábola sobre un pastor que dejó noventa y nueve ovejas para ir a buscar a una que se había perdido. Jesús es nuestro pastor que nos conoce, nos ama y que ha hecho un gran esfuerzo para rescatarnos y salvarnos. Otro nombre para Dios es El Roi, el Dios que ve, que viene de la historia de Agar en Génesis 16. Después de haber sido lastimada por su dueña, Agar huyó al desierto. Dios la vio llorar; vio su miseria, tuvo compasión de ella y la ayudó. En respuesta a la bondad de Dios, Agar le da a Dios el nombre de El Roi: “Como el Señor le había hablado, Agar le puso el nombre ‘el Dios que me ve’, pues decía: ‘Ahora he visto al que me ve’” (v. 13 NVI). Mi propio corazón se ha llenado de preocupación y miedo. Me he sentido sola e insegura respecto al futuro. Muchas veces la ansiedad se ha apoderado de mi corazón, paralizándome. Yo, también, he huido y me he escondido de todo lo que me atemoriza. Sin embargo, no importa dónde vaya, Dios siempre está ahí. Él ve, conoce y se ocupa de todas las cargas de mi corazón. Él ve el peso en mis hombros y la forma en que la preocupación me tiene prisionera. El Roi me dice que no es un Dios distante, mirando desde lejos. Él no sólo ve mi dolor, sino que también va a mi encuentro en medio de mi deambular por el desierto y me rescata. Cuando pienso en el nombre El Roi, recuerdo cuánto le importo a Dios. Puedo confiar en Él y esa confianza me aleja del miedo, de la preocupación y de la ansiedad, y me lleva de vuelta al Dios que ve. A continuación, les comparto otros nombres de Dios:
El Shaddai: el Dios Todopoderoso (Gn 17)
Este nombre nos dice que Dios es todopoderoso; nada es muy difícil para Él. Él ha probado esto una y otra vez en la Escritura y en nuestras vidas. Ha conquistado el pecado y ha vencido a nuestro enemigo. Nos ha liberado de la esclavitud y nos ha rescatado del pecado. No importa cuán grandes sean nuestros problemas, Él sigue siendo más grande.
Jehová Jireh: el Señorproveerá (Gn 22; Mt 6)
Dios no sólo ve todo lo que está pasando en nuestras vidas, sino que también sabe exactamente lo que necesitamos. Este nombre nos recuerda que Dios es nuestro proveedor y sustentador. El nombre Jehová Jireh viene de la historia de Abraham e Isaac cuando Dios proveyó un carnero en un matorral como sustituto para tomar el lugar de Isaac en el altar. Esta situación apuntaba hacia el día en que Dios proveería a su propio Hijo como sustituto y pago por nuestros pecados. Si Él nos dio a su Hijo, ¿no nos dará todo lo que necesitemos en nuestro día a día?
Torre Fuerte (Pr 18:10)
Tal como una torre fuerte entrega seguridad y protege durante la tormenta, también el nombre de Dios es un lugar seguro para nosotros. Proverbios 18:10 dice, “el nombre del Señor es torre fuerte, a ella corre el justo y está a salvo”. Cuando confiamos en Cristo como nuestro Salvador, estamos a salvo del mal y del pecado para siempre. Nada nos puede quitar el amor de Dios por nosotros. Nuestra esperanza eterna está firme y segura en Cristo. Existen muchos más nombres de Dios en la Escritura. Mientras más estudiemos sus nombres y sus significados, más confiaremos en Él. Cuando estamos perdidos, vagando en nuestro propio desierto, inseguros y asustados, podemos invocar a nuestra Torre Fuerte, El Shaddai, Jehová Jireh, Jehová Rohi y El Roi, y podemos saber que es todopoderoso y que provee, protege y ve. ¿Cuál de los nombres de Dios tiene una importancia especial para ti?
Este recurso fue publicado originalmente en True Woman. | Traducción: María José Ojeda
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Una oración mientras esperamos
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Una oración mientras esperamos

A menudo me encuentro a mí misma en un lugar de espera. Espero a que el Señor responda las oraciones por las que he orado por mucho tiempo. Espero que se mueva en mi vida y en la vida de otros. Espero sabiduría para saber qué hacer en circunstancias específicas. Espero que el fruto crezca en los ministerios y las relaciones. Espero que sueños y esperanzas finalmente se hagan realidad. Es fácil cansarse en la espera. A menudo soy impaciente. A veces mi corazón se llena de preocupación y duda. Incluso puedo comenzar a preguntarme si es que Dios se ha olvidado de mí. Es por eso que los Salmos es un libro importante para aquellos que esperamos. Nos muestra cómo esperar bien. Nos muestra cómo ir al Señor con todo lo que está en nuestro corazón y clamar a Él. En el Salmo 13:1, el salmista escribe: «¿Hasta cuándo, oh Señor? ¿Me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás de mí tu rostro?». Para todos los que esperamos, volvamos al Señor en oración.

Una oración mientras esperamos

Padre del cielo: Vengo ante ti con mi corazón lleno de muchos pensamientos y sentimientos diferentes. Estoy tensa e insegura sobre lo que debo estar haciendo y hacia dónde debo ir. Me siento débil e inútil. Impotente. Estoy preocupada por lo que va a pasar y si es que tengo la fuerza para manejarlo. En lo profundo de mi ser me pregunto, ¿cuánto más estaré aquí? ¿Estaré atrapada en este lugar de espera para siempre? Para empezar, ¿por qué estoy aquí? ¿Qué está pasando, Señor? Pero, por sobre todo, me pregunto, ¿dónde estás tú? ¿Por qué no has respondido mi clamor por ayuda? Sin embargo, incluso mientras oro esto, sé que estás justo donde siempre dijiste que estarías. Nunca me has dejado y nunca que me abandonarás. Escuchas todos mis clamores. Es más, como David escribió en el Salmo 139, conocías mis pensamientos antes de que siquiera los pensara. Conoces exactamente lo que está pasando en mi vida y lo que pasará después. Todas las cosas están en tu control y nada puede pasar lejos de tu voluntad. Ni un gorrión cae a la tierra sin que sea tu voluntad y sabes cuántos cabellos hay en mi cabeza. Nunca te sorprendes. Incluso sobre este asunto en mi vida hoy. Sabes por qué esto está pasando y lo usarás para tu gloria y para mi bien. Perdóname por cómo me he preocupado por esta situación. Perdóname por dudar de tu amor y cuidado en mi vida. Perdóname por mi descontento mientras espero lo que viene. Perdóname por ser impaciente. Perdóname por no buscarte y por permitir que estas circunstancias se vean más grandes que tu gracia y tu bondad. Crea en mí un corazón limpio. Ayúdame a ver los amores y los ídolos falsos en mi corazón. Ayúdame a ver todas las cosas a las que me aferro que pienso que harán mi vida feliz y completa lejos de ti. Ayúdame a arrepentirme y a volverme a ti, mi único amor. Como el profeta escribió en Lamentaciones: «Bueno es esperar en silencio la salvación del Señor» (3:26). Ayúdame a recordar que es bueno esperar por ti. En este lugar de espera, ayúdame a recordar todo lo que has hecho por mí a través de Jesucristo. Ayúdame a recordar que tu gracia es suficiente no solo para salvarme del pecado, sino que para sustentarme cada día. Tu gracia está obrando en mí ahora, transformándome y haciéndome más como tu Hijo. Nada puede separarme de ti. Estoy segura en tu amor. Ayúdame a conocer más la alegría que viene por conocerte. Otórgame gozo en Jesús, gozo en ser tu hija y gozo en saber que tú siempre estás conmigo. Que encuentre esperanza en tu Palabra puesto que el salmista escribió: «Espero en el Señor; en Él espera mi alma, y en su palabra tengo mi esperanza» (Sal 130:5). Que pueda vivir para ti incluso mientras espero. Ayúdame a obedecer y a permanecer fiel, sin importar cuánto tiempo esté en este lugar de espera. En el nombre de Jesús oro, amén.
Este recurso fue publicado originalmente en esta dirección. | Traducción: María José Ojeda
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Vivir por Cristo mientras esperamos
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Vivir por Cristo mientras esperamos

En un reciente viaje a Indianápolis, mi vuelo tuvo un retraso en el despegue. Después de que finalmente pudimos despegar, al llegar al área de Indianápolis, había una tormenta terrible, por lo que el piloto tuvo que volar en círculos alrededor de la ciudad por un instante. Finalmente, para no quedarse sin combustible, tuvo que volar hasta Dayton, Ohio, donde el avión estuvo detenido en la pista de aterrizaje mientras esperábamos que nos comunicaran qué iba a suceder. Un vuelo con ese tipo de interrupciones es difícil para quienes viajan. Sin embargo, en este viaje en particular, me sorprendió la forma en que respondieron las personas que iban en ese avión. En vez de quejarse o provocar algún inconveniente, hubo conversaciones y risas. Ninguno de nosotros sabía si íbamos a llegar a Indianápolis ese día o no. Muchas personas perdieron la conexión con otros vuelos; sin embargo, todos fueron amables y corteses. Vi muchas personas salir de sus asientos para ayudar a una anciana; escuché mujeres cantar himnos en la parte trasera del avión; vi cómo se formaron amistades; aun la mujer que estaba sentada a mi lado, aunque estaba frustrada porque no iba a poder llegar a su casa esa tarde, pudo reírse conmigo de la situación. En nuestras vidas ha habido muchos momentos en que hemos estado estancados entre el principio y el final de una situación. En ese tiempo, lo que más hacemos es esperar. Ya sea por un nuevo trabajo, por una propuesta de matrimonio, por un hijo, por una casa, por oportunidades en el ministerio, por una relación que debe ser restaurada o por la recuperación de la salud, estamos esperando que pasen cosas o que las cosas cambien. De hecho, toda nuestra vida estamos a la espera de que nuestro Salvador venga por segunda vez. No sólo pasamos gran parte de nuestras vidas en una espera, sino que también luchamos para esperar en Dios durante ese tiempo. De igual manera pasó con el pueblo de Dios en la Escritura.

LA ESPERA, LA FABRICACIÓN DE ÍDOLOS Y EL PECADO

En Éxodo 19, Moisés subió al Monte Sinaí para encontrarse con Dios. Estuvo ahí por mucho tiempo. Dios le enseñó las leyes y las reglas para la comunidad, para que lo adoraran, y le dio los Diez Mandamientos. Mientras tanto, abajo, el pueblo esperaba y esperaba. Finalmente, se cansaron de esperar a Moisés: “Cuando el pueblo vio que Moisés tardaba en bajar del monte, la gente se congregó alrededor de Aarón, y le dijeron: ‘Levántate, haznos un dios que vaya delante de nosotros. En cuanto a este Moisés, el hombre que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le haya acontecido” (Éxodo 32:1-2). Los israelitas hicieron un ídolo para adorarlo mientras esperaban que Moisés regresara. Para muchos esto parece ridículo: ¿Dios estaba en la montaña, justo sobre ellos, e hicieron un ídolo de oro para poder adorarlo? No obstante, la verdad es que nosotros hacemos lo mismo. ¿Cuán seguido buscamos ídolos falsos y sustitutos engañosos para que satisfagan las necesidades que sólo Dios puede satisfacer? ¿Cuán seguido también nosotros nos cansamos de esperar en Dios para que nuestra vida continúe avanzando y vamos a otro lugar en busca de consuelo y paz? En 1 Samuel 13, el rey Saúl estaba en guerra contra los filisteos y temía perder. Quería tener el favor del Señor y ofrecer un sacrificio. Estaba esperando que llegara Samuel para hacerlo. “Él esperó siete días, conforme al tiempo que Samuel había señalado, pero Samuel no llegaba a Gilgal, y el pueblo se le dispersaba. Entonces Saúl dijo: ‘Tráiganme el holocausto y las ofrendas de paz.’ Y él ofreció el holocausto” (1 Samuel 13:8-9). Luego, cuando Samuel llegó, dijo: “… has obrado neciamente; no has guardado el mandamiento que el Señor tu Dios te ordenó, pues ahora el Señor hubiera establecido tu reino sobre Israel para siempre. Pero ahora tu reino no perdurará...” (1 Samuel 13:13-14). A veces, durante nuestra espera, decidimos que Dios no va a aparecer. Decidimos avanzar y hacer las cosas a nuestra manera. Nos rebelamos contra los mandamientos buenos y perfectos de Dios y pecamos. Nos resistimos descaradamente a lo que sabemos que es correcto.

ENTONCES, ¿CÓMO SE VIVE EN MEDIO DE LA ESPERA?

En Lamentaciones, el profeta escribió: “Bueno es esperar en silencio la salvación del Señor” (Lamentaciones 3:26). Es bueno esperar en el Señor; la espera es buena. Es más, encontramos mucho más en el lugar de espera: cosas redentoras suceden ahí. La espera, ya sea por una respuesta de oración o por el retorno de Cristo, se trata de descansar en la verdad de quién es Dios y creer en sus promesas para nosotros. Dios es soberano sobre todas las áreas de nuestras vidas. Él sabe el final desde el principio y continuará su plan hasta que se complete. La espera requiere confiar en la bondad y fidelidad de nuestro Dios soberano. Significa que tenemos que buscarlo a él en vez de buscar sustitutos falsos. Significa que tenemos que trabajar en lo que realmente creemos, esperamos y deseamos, y sostener dichas cosas a la luz de su Palabra. Además, también significa que tenemos que estar alerta. Cuando nuestros corazones van tras falsos ídolos o cuando nos vemos tentados a pecar, nos olvidamos de lo que Dios está haciendo. Cuando observamos y esperamos a Dios en oración, podemos seguir su historia y verlo moverse en nuestras vidas. Podemos leer cada línea de la historia a medida que se va mostrando. Mientras más buscamos su gloria, más nos maravillamos. Veremos su provisión en los detalles más pequeños de nuestras vidas y sabremos que él está trabajando tanto en lo macro como en lo micro para cumplir sus propósitos en nosotros. Aunque la historia que Dios escribe para nosotros puede que no parezca como la que nosotros escribiríamos, podemos estar seguros de que es por nuestro bien y para su gloria. Entonces, cuando estemos atrapados en la pista de despegue de nuestra vida, ¿simplemente nos sentaremos y haremos nada? No. Debemos vivir nuestras vidas, buscando la gloria de Dios, donde sea que estemos en la espera. En Jeremías 29, el pueblo de Dios estaba en el exilio. Estarían ahí por setenta años. ¡Mucho tiempo de espera! El profeta les enseñó a vivir su vida: “Edifiquen casas y habítenlas, planten huertos y coman de su fruto. Tomen mujeres y tengan hijos e hijas, tomen mujeres para sus hijos y den sus hijas a maridos para que den a luz hijos e hijas, y multiplíquense allí y no disminuyan. Y busquen el bienestar de la ciudad adonde los he desterrado, y rueguen al Señor por ella; porque en su bienestar tendrán bienestar” (Jeremías 29:5-7). Cuando esperamos en Dios, necesitamos vivir nuestras vidas; necesitamos trabajar y ser productivos; necesitamos continuar buscando las obras del Reino; necesitamos servir a nuestras familias; necesitamos continuar viviendo la normalidad de nuestras vidas; necesitamos ser luz y sal en nuestras comunidades. Mientras vivamos en esta tierra, estaremos esperando algo. Siempre estaremos en la espera. Somos peregrinos en un viaje y aunque aún no llegamos a casa, necesitamos vivir por Cristo donde estemos y por el tiempo que sea que debamos esperar.
Este recurso fue publicado originalmente en esta dirección. | Traducción: María José Ojeda
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Rey de reyes, dolor de dolores
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Rey de reyes, dolor de dolores

Muchos de nosotros hemos recurrido a los lamentos de la Escritura cuando nuestros corazones están abatidos por el dolor o el miedo. Quizás hemos orado las palabras de desesperación de David, para pedirle ayuda y rescate a Dios. Los Salmos dan a conocer las difíciles emociones que sentimos en un mundo caído.

«La vida se me va en angustias, y los años en lamentos; la tristeza está acabando con mis fuerzas, y mis huesos se van debilitando» (Sal 31:10). «SEÑOR, mi Dios, ¡ayúdame!; por tu gran amor, ¡sálvame!» (Sal 109:26). Oraciones como éstas nos animan con la verdad sobre quién es Dios y sobre lo que él ha hecho. Aunque estos lamentos son importantes y relevantes, en la Escritura, existe uno que está por encima del resto. Es el más importante de todos: la oración de Jesús en el huerto de Getsemaní. Luego fue Jesús con sus discípulos a un lugar llamado Getsemaní, y les dijo: «Siéntense aquí mientras voy más allá a orar». Se llevó a Pedro y a los hijos de Zebedeo, y comenzó a sentirse triste y angustiado. «Es tal la angustia que me invade, que me siento morir —les dijo—. Quédense aquí y manténganse despiertos conmigo». Yendo un poco más allá, se postró sobre su rostro y oró: «Padre mío, si es posible, no me hagas beber este trago amargo. Pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú».

Luego volvió adonde estaban sus discípulos y los encontró dormidos. «¿No pudieron mantenerse despiertos conmigo ni una hora? —le dijo a Pedro—. Estén alerta y oren para que no caigan en tentación. El espíritu está dispuesto, pero el cuerpo es débil». Por segunda vez se retiró y oró: «Padre mío, si no es posible evitar que yo beba este trago amargo, hágase tu voluntad».

Cuando volvió, otra vez los encontró dormidos, porque se les cerraban los ojos de sueño. Así que los dejó y se retiró a orar por tercera vez, diciendo lo mismo. Volvió de nuevo a sus discípulos y les dijo: «¿Siguen durmiendo y descansando? Miren, se acerca la hora, y el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de pecadores…» (Mt 26:36-45).

Jesús sabía que su hora estaba cerca; Judas junto con los soldados estaban en camino para arrestarlo. Así que se fue a un lugar conocido para estar con su Padre. En ese lugar, Jesús, que se empapó con la Escritura toda su vida, que cantó y que oró los lamentos en adoración en la sinagoga, oró su propio lamento. El prometido Hijo de David siguió la estructura y el patrón de los lamentos y clamó a su Padre que está en el cielo. Como el rey que anunciaba al Rey de reyes escribió en sus lamentos, Jesús oró a Dios con completa honestidad, revelando las profundidades de su dolor y miedo. Luego clamó a Dios, pidiéndole osadamente que apartara de él la copa de la ira.

Es sólo el principio de la agonía

Getsemaní era el principio de la agonía que Jesús soportaría por su pueblo. El dolor y la angustia que sintió ahí fue sólo un anticipo de lo que vendría. Cuando los discípulos lo abandonaron y se quedaron dormidos, fue un destello del abandono que él experimentaría en la cruz cuando su Padre le diera la espalda. Como escribe Juan Calvino:
Y ¿de dónde venía su dolor, angustia y temor, sino porque sentía que la muerte tenía en ella algo más triste y más terrible que sólo la separación del alma y del cuerpo? No cabe duda de que Jesús experimentó la muerte, no precisamente al dejar la tierra para ir al cielo; sino más bien, al tomar sobre sus hombros la maldición a la que nosotros estábamos sujetos para librarnos de ella. Por lo tanto, su miedo a la muerte no se debía simplemente a que dejaba el mundo, sino que a que él tendría frente a sus ojos el terrible tribunal de Dios, al Juez mismo armado con una inimaginable venganza; y debido a nuestros pecados, la carga que recayó sobre él lo presionó con su inmenso peso. (Calvin’s Complete Commentaries [Comentarios completos de Calvino], versión de Kindle:  388121–388130).
Jesús pidió fortaleza para vencer al mismo cuerpo débil y a la misma tentación a la que los discípulos cedían. Mientras continuaba con su lamento, un ángel lo fortaleció (Lc 22:43).

Algunos dolores llevan al gozo

Dios respondió su oración, no apartando la copa, sino que proveyéndole lo necesario para continuar con el plan que hicieron antes de que el tiempo existiera. Jesús oró la oración que una vez él le enseñó a sus discípulos: «hágase tu voluntad» (Mt 6:10). Él terminó su oración como los lamentos en los Salmos: con una respuesta de confianza, descansando en la perfecta voluntad de su Padre. Como todas las obras de Jesús, su lamento era por nosotros. Él sufrió la angustia y enfrentó la tentación en Getsemaní y la venció. Él conocía el gozo presente al otro lado de la cruz y por nuestro bien (Heb 12:2). Puesto que él sufrió y se sacrificó por nosotros, hemos sido redimidos y adoptados por el Padre. Por medio de Jesús, podemos orar nuestros propios lamentos y «acer[carnos] confiadamente al trono de la gracia para recibir misericordia y hallar la gracia que nos ayude en el momento que más lo necesitamos» (Heb 4:16). La oración en el huerto es el lamento más importante en toda la Escritura. Satisface todos los otros lamentos porque Jesús es la respuesta a todos los clamores de nuestro corazón. Es el lamento que debe dar forma a nuestros propios lamentos, ya que en cada oración que hacemos, nos acercamos al trono de la gracia sin obstáculos gracias a que nuestro Salvador oró esa oscura noche en Getsemaní.
Christina Fox © 2016 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección.Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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Los regalos que trae un nuevo año
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Los regalos que trae un nuevo año

El nuevo año viene con regalos. Para algunos, es el regalo del alivio: alivio porque se acabó el año; para otros, trae esperanza: esperanza por el futuro y por un mejor año que el que acaba de irse. Un nuevo año también puede traer expectativa por lo que viene. Quizás hay una nueva aventura que esperamos con ansias o tal vez tenemos metas para este año y tenemos planes para llevarlos a cabo. A menudo, cuando consideramos nuestras expectativas para el nuevo año, tendemos a planear cosas buenas y a esperarlas con entusiasmo. Tenemos expectativas de actividades entretenidas, nuevas experiencias y más bendiciones. Establecemos objetivos y hacemos planes para conseguir las cosas y las experiencias que por mucho tiempo hemos deseado. Resolvemos hacer mejor las cosas y mejorarnos a nosotras y a nuestras vidas. Aunque a veces, como el feo suéter o ese nuevo electrodoméstico que nunca quisimos, el nuevo año trae regalos que no son deseados: miedo, incertidumbre, terror. El solo pensamiento del futuro desconocido puede traer preocupación o miedo paralizante. Si el año pasado fue especialmente difícil, podríamos tenerle pavor al pensamiento de otro año igual. Quizás sí sabemos qué esperar en este nuevo año. Tal vez tenemos agendado un espantoso examen o un procedimiento médico; estamos seguros de que una relación que tanto intentamos mantener finalmente se derrumbará; o que esa cuenta pendiente vencerá y sabemos que no tenemos manera de pagarla. Cuando considero mis pensamientos sobre este nuevo año, parte de mí acepta el regalo de la dulce expectativa y espera con ansias las experiencias que me esperan. Sin embargo, otra parte de mí tiembla un poco de miedo por lo desconocido. La verdad es esta: sé que la vida está llena de dificultades y desafíos. No espero que este nuevo año sea fácil y que esté libre de preocupaciones. Y tal vez es por esa razón que hay miedo, porque sé que probablemente me esperan algunos desafíos, obstáculos o dificultades. No obstante, ¿qué pasaría si este año tú y yo aceptamos todo lo que el nuevo año trae? ¿Qué pasaría si esperamos con entusiasmo todo lo que Dios quiere hacer en nosotras y por medio de nosotras este año? ¿Aun si es difícil? ¿E incluso si la historia que él ha escrito para nosotras este año involucra más desafíos, más obstáculos y más pruebas? Santiago nos dice, «tengan por sumo gozo, hermanos míos, cuando se hallen en diversas pruebas» (1:2). Mientras miramos hacia adelante hacia el nuevo año, con expectativa de lo que Dios ha planeado para nosotras, necesitamos enfrentar ese futuro con gozo. No porque las pruebas sean entretenidas; no porque queremos pena adicional en nuestra vida. Al contrario, nos regocijamos en lo que esas pruebas producen en nosotras, «sabiendo que la prueba de su fe produce paciencia, y que la paciencia tenga su perfecto resultado, para que sean perfectos y completos, sin que nada les falte» (Stg 1:3-4). Encontramos gozo en saber lo que las pruebas producen en nosotras. Dios usa los desafíos y las dificultades para hacernos más y más como Cristo. ¿Cómo se veía la vida de nuestro Salvador? Como una de sufrimiento. Pablo escribió: «Lo he perdido todo a fin de conocer a Cristo, experimentar el poder que se manifestó en su resurrección, participar en sus sufrimientos y llegar a ser semejante a él en su muerte. Así espero alcanzar la resurrección de entre los muertos» (Fil 3:10-11, NVI). Pablo estaba dispuesto a hacer lo que fuera, incluso soportar las pruebas, para transformarse más a la imagen de Cristo. Que ese también sea nuestro objetivo para este año, buscar a Cristo y ser más como él, sin importar lo que eso involucre. Enfrentamos un nuevo año con gozo también porque sabemos quién gobierna y reina sobre nuestras pruebas. Podemos confiar que cada obstáculo, que cualquier prueba que soportemos y que cualquier dificultad que enfrentemos nos son dadas por Dios para nuestro bien. Él no usa los desafíos o las pruebas porque sí, sin propósito o sin sentido. Ni siquiera lo hace porque está enojado ni lo hace como un castigo. Al contrario, él usa las pruebas para nuestra disciplina y entrenamiento. Son usadas para quitar el pecado que aún queda en nosotras y para formarnos a la imagen de Cristo. Tales pruebas nos muestran nuestra necesidad de Dios y de su gracia. Nos enseñan humildad y dependencia. Son oportunidades para que podamos crecer en fe. También le muestran a un mundo que nos observa el poder de Dios en las debilidades, dándole honor y gloria. Los desafíos y las pruebas vienen a nosotras desde un Padre bueno y justo que solo hace lo que es bueno y correcto. Podemos confiar en sus propósitos y planes para nosotras porque él es santo y justo. Él sabe exactamente en qué necesitamos ser enseñadas y entrenadas en el camino de la rectitud. Él sabe exactamente lo que necesitamos para ser santas. Después de todo, todos somos sus hijos, adoptadas por medio del sacrificio de Cristo por nosotros. Somos sus amados, amados por Dios de la misma forma en que él ama a su Hijo. Él es misericordioso con nosotras y no importa lo que traiga el futuro, no nos deja solas. Él está con nosotras, dándonos paz en la ansiedad, fuerza de cara al sufrimiento y gracia para soportar. Asimismo, nos da hermanos y hermanas para caminar con nosotras: animándonos cuando tropezamos, ayudándonos cuando caemos y quedándose con nosotras hasta el final. A medida que abrimos este regalo de un nuevo año, aceptémoslo con esperanza y gozo, en lugar de miedo y desesperanza. Puesto que conocemos a quien envía todos los regalos; y puesto que él nos dio el mayor regalo de todos, vida por medio de su Hijo, ¿cómo no confiar en él con el regalo de un nuevo año? ¿Y tú? ¿Cuáles son tus pensamientos sobre el nuevo año?
Este recurso fue publicado originalmente en esta dirección. | Traducción: María José Ojeda
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Diez oraciones para el nuevo año
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Diez oraciones para el nuevo año

Mientras me preparo para dar vuelta la página y comenzar un nuevo capítulo en mi vida, me pregunto, ¿qué traerá este nuevo año? ¿Qué nuevas alegrías me esperan este próximo año? ¿Qué desafíos? ¿Qué pruebas y qué sufrimientos? ¿Qué nuevas lecciones? ¿Qué sueños se harán realidad y qué nuevos sueños nacerán? Quizás tu propio corazón está lleno de pensamientos y preguntas similares. ¿Miras hacia adelante con ilusión? ¿O es más con temor? ¿El futuro desconocido te paraliza de miedo? ¿O estás expectante a las cosas buenas que Dios hará? En lugar de desear que llegue el próximo año, ¿preferirías darte la vuelta y devolverte por el mismo camino por el cual llegaste? ¿O quizás estás sintiendo un poco de ambos? La gran noticia es que Dios es el autor del año que viene. Él conoce cada uno de los tira y afloja que vienen más adelante tanto para ti como para mí. Él ha planeado el próximo año hasta el más mínimo detalle, todo teniendo su gloria y nuestro bien como objetivo. Por lo tanto, cuando se trata de enfrentar lo nuevo y lo inesperado, cuando el futuro parece aterrador e incierto, y cuando nos acercamos al cruce nuevo y desconocido del camino de la vida, lo mejor y la cosa más grande que podemos hacer es orar. Por medio de Cristo, podemos ir al trono de la gracia con confianza, llevando nuestras preocupaciones y ansiedades al Señor y encontraremos gracia y ayuda en nuestro momento de necesidad. Dios escucha nuestras oraciones, él usa nuestras oraciones y él desea que vayamos a él en oración. Si bien la lista de cosas por las que podemos orar para este año es interminable, he creado una lista para comenzar. ¿Te unirías a orar conmigo por nosotras y por otros? 1. Que podamos conocer el amor de Cristo: es una de las oraciones de Pablo por los efesios. Es una oración que abre nuestros ojos para ver el amor de Cristo de maneras nuevas y frescas. «También ruego que arraigados y cimentados en amor, ustedes sean capaces de comprender con todos los santos cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, y de conocer el amor de Cristo que sobrepasa el conocimiento, para que sean llenos hasta la medida de toda la plenitud de Dios» (3:17-19). Pasaremos la eternidad conociendo las profundidades del amor de Cristo por nosotros, pero ¿no te gustaría comenzar ahora? 2. Que podamos conocer la Palabra de Dios: fue la Palabra de Dios la que comenzó esta bolita azul a la que llamamos Tierra que gira y da vueltas en el oscuro vacío. Es su Palabra la que trae y que sustenta la vida. Es su Palabra la que logró nuestra redención cuando Cristo clamó en la cruz, «¡consumado es!». Y es en su Palabra escrita que se nos muestra el camino de la vida. La Escritura nos cuenta que todos necesitamos saber quién es Dios y lo que ha hecho por nosotros en Cristo. También es su Palabra la que nos cambia y nos santifica. «Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las coyunturas y los tuétanos, y es poderosa para discernir los pensamientos y las intenciones del corazón» (Heb 4:12). Oremos este año por corazones que amen la Palabra de Dios. 3. Que deseemos a Cristo por sobre todo lo demás: no podemos amar a Dios en nuestras propias fuerzas. Con nuestros propios recursos, solo podríamos amarnos a nosotros mismos. Solo Dios puede darle vida a nuestros corazones muertos, dándonos corazones que lo amen y deseen obedecerlo. «Además, les daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de ustedes; quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne» (Ez 36:26). Oremos para que este año nuestros corazones amen a Cristo por sobre todas las cosas. Oremos por corazones que estén insatisfechos con los ofrecimientos chatarra de este mundo y que desarrollen un paladar por el rico y profundamente satisfactorio amor de Cristo. 4. Que Dios nos muestre los ídolos de nuestro corazón: todas las cosas a las que nos arrodillamos en nuestro corazón, las cosas que amamos más que a Cristo son ídolos. Éxito, afecto, afirmación, dinero, posesiones, familia, trabajos: todas ellas son ídolos del corazón. Ora para que Dios te revele qué ídolos se mantienen erguidos en el altar de tu corazón. Ora para te ayude a sacarlos de ahí y así poner más amor por Cristo en su lugar. 5. Que seamos rápidas para arrepentirnos: Martín Lutero describió la vida cristiana como una de arrepentimiento. Mientras vivamos en este mundo manchado por el pecado, continuaremos pecando. Oremos por corazones que sean rápidos para arrepentirse. Que fácilmente volvamos a la cruz y apliquemos lo que Cristo ha hecho por nosotros, lavándonos nuevamente con su gracia perdonadora. 6. Que pensemos menos en nosotras mismas: Tim Keller describe la humildad así: «la esencia de la humildad del Evangelio no está en tener un gran concepto de mí mismo o un concepto inferior de mí mismo, sino que en pensar menos en mí mismo». Este año, oremos para que podamos pasar menos tiempo consumidas en nosotras y más tiempo pensando en amar a Dios y en amar a otros. 7. Que podamos tener el gozo del Evangelio: el gozo del Evangelio es el gozo que nos ancla en medio de las tormentas más feroces de la vida. Es el constante firme horizonte en las oleadas de la vida. Permanece con nosotras sin importar nuestras circunstancias. Esto es algo por lo que oro bastante a menudo porque tiendo a notar las nubes de tormenta y olvido el sol que está brillando sobre ellas. El gozo del Evangelio viene al saber lo que Cristo ha hecho por nosotras, lo que ha logrado por nosotras, quiénes somos debido a él y la eterna esperanza que tenemos por medio de él. 8. Que podamos amar como Cristo: de la misma manera en que no podemos amar a Dios por nuestras propias fuerzas, tampoco podemos amar a otros por nuestras propias fuerzas. Necesitamos orar para que podamos tener un amor como el de Cristo, el tipo de amor que busca lo mejor en otros, que toma el último lugar, que sirve y que se sacrifica. El apóstol Juan dijo que nosotros amamos porque Dios nos amó primero. Este año, centrémonos en el amor que Cristo tiene por nosotros y que nos impulse a amar a otros como él lo hace.  9. Que contemos nuestros días: en el Salmo 39, David oró, «Señor, hazme saber mi fin, y cuál es la medida de mis días, para que yo sepa cuán efímero soy» (v. 4). Que esta también sea nuestra oración. Que podamos darnos cuenta cuán fugaz es nuestra vida y cuán importante es que no desperdiciemos nuestro poco tiempo. Que usemos cada momento para la gran gloria y alabanza de Dios. 10. Que se haga la voluntad de Dios: en la serie de libros de ficción Mitford, el padre Tim le dice a otros que él estaba «orando la oración que nunca falla». Orar para que se haga la voluntad de Dios es la oración que nunca falla. Debemos someter todas nuestras oraciones y deseos a la voluntad de Dios, confiando que su voluntad es perfecta, santa, justa y buena. Esa es mi lista de oración para comenzar este año. ¿Qué hay en tu lista de oración?
Este recurso fue publicado originalmente en esta dirección. | Traducción: María José Ojeda
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¿Anhelas un hogar esta Navidad?
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¿Anhelas un hogar esta Navidad?

Si pasas por cualquier tienda, restaurante u otro local comercial en este tiempo del año, escucharás canciones como I’ll be home for Christmas [Estaré en casa para Navidad] y (There’s no place like) Home for the holidays [No hay como estar en casa para las fiestas de fin de año]. Los pensamientos sobre el hogar están en la mente de todos mientras se organizan y se preparan para estar con la familia, comprar regalos para los seres queridos y decorar sus hogares para los invitados esta Navidad. Sin embargo, para algunos, el hogar no evoca pensamientos afectuosos que se asocian a un chocolate caliente junto a la chimenea ni a regalos bajo el árbol. Quizás el hogar no es un lugar de paz y consuelo. Quizás ellos no pueden ir a ver a sus seres queridos este año. Quizás han perdido a sus seres queridos. Quizás ellos nunca tuvieron un lugar al cual llamar hogar.

El anhelo de un hogar

Todos deseamos tener un lugar al cual llamar hogar. Todos lo buscamos y no solo para las fiestas. Siempre estamos buscando un lugar al cual pertenecer, en el cual descansar, un lugar de refugio y de seguridad. Algunos de nosotros pasaremos toda nuestra vida buscando un hogar y muchas veces en lugares equivocados. Algunos pensarán haberlo encontrado, solo para que les sea arrebatado bajo sus pies. Para otros, el hogar siempre será esquivo y parecerá que está fuera de su alcance. La verdad es que todos hemos estado buscando un hogar desde que nuestros primeros padres, Adán y Eva, fueron expulsados de su primer hogar, el jardín del Edén. En lo profundo de nuestro ser, ese es el hogar que todos anhelamos. En el jardín, Adán y Eva conocieron la paz perfecta; se sintieron completos y plenos; los protegieron y cuidaron, los conocieron y amaron completamente; no había discusiones ni peleas; tuvieron todo lo que necesitaban. No solo eso, sino que estuvieron en completa unión con su Hacedor, Dios. No había barreras entre ellos y Dios. Era un paraíso en todo el sentido de la palabra. Era su hogar. Después de que cayeron en pecado, Dios prometió que un día Él enviaría un Rescatador, uno que los redimiría y los salvaría del pecado. Adán y Eva tomaron esta promesa a medida que se asentaban en un mundo muchísimo más diferente que el hogar al que estaban acostumbrados. El pecado rápidamente tomó el control y se esparció desenfrenadamente sobre la tierra. El hogar se convirtió en un lugar de contiendas, celos, amargura y conflictos. Ahora, esta es la realidad del hogar en el que todos nacemos.

Cuando el Hogar vino a nosotros

En esta época del año, los cristianos cantan la canción, ¡Oh ven, oh ven, Emmanuel! Cuando el ángel se le apareció a José en un sueño para contarle sobre el hijo de María, él dijo:
«y dará a luz un Hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados». Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había hablado por medio del profeta, diciendo: «He aquí, la virgen concebirá y dará a luz un Hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel», que traducido significa: «Dios con nosotros» (Mateo 1:21-23).
El nombre Emmanuel es significativo; dice mucho. En el Antiguo Testamento, la presencia de Dios solo se encontraba en el templo. El nombre Emmanuel significa que la presencia de Dios estaba viniendo. Él vino al mundo e hizo lo impensable: se hizo carne y se convirtió en un hombre. Colosenses 1 nos cuenta más sobre este Emmanuel:
Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación… Porque agradó al Padre que en él habitara toda la plenitud, y por medio de Él reconciliar todas las cosas consigo, habiendo hecho la paz por medio de la sangre de su cruz, por medio de él, repito, ya sean las que están en la tierra o las que están en los cielos (vv. 15, 19-20).
Emmanuel vino a hacer morada o a establecer su hogar entre nosotros. Sin embargo, ese no era su objetivo final. Él vino con un propósito. Paul Tripp lo dice de la siguiente manera:
Toda la historia de redención marcha hacia Emmanuel, el Redentor que destruiría el dominio del pecado en nuestros corazones al hacer de nuestros corazones el lugar en donde Él habitaría en su poder, sabiduría y gloria[1].
Como Jesús les dijo a los discípulos: «si alguien me ama, guardará mi palabra; y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos con él morada» (Jn 14:23). En Cristo, encontramos nuestro hogar. En Cristo, encontramos nuestro lugar de pertenencia, de descanso y de seguridad.
  1. Nuestra pertenencia e identidad El hogar simboliza el lugar de donde venimos, al cual pertenecemos y que nos da identidad. Cuando estamos en Cristo, se nos da una nueva identidad y un nuevo nombre. Somos nuevas criaturas (2Co 5:17). Ya no somos huérfanos, sino hijos adoptados de Dios (Ro 8:15). Somos herederos del Reino (1P 1:3-4).
  2. Nuestro descanso Cuando las personas piensan en el hogar, a menudo lo hacen relacionándolo con volver a casa después de un largo día de trabajo para descansar. En Cristo, encontramos nuestro descanso: descanso del esfuerzo de hacer propia nuestra vida, descanso del esfuerzo de ganar la salvación y descanso de nuestras cargas (Heb 4; Mt 11:28).
  3. Nuestra seguridad y protección Los hogares a menudo son un lugar de seguridad y protección, que nos protege de los elementos peligrosos del exterior. En Cristo, encontramos el lugar supremo de seguridad. Puesto que Jesús ha conquistado el pecado y la muerte, no existe nada que pueda separarnos de Él; ni la muerte puede dañarnos (Ro 8:31-39). En Cristo, también encontramos nuestra protección. Somos hijos adoptados del Padre, Él sabe y provee todo lo que necesitamos (Mt 6:25-34).
Si extrañas o anhelas tu hogar esta Navidad, recuerda que no importa dónde estés, en Cristo has encontrado tu hogar. Es en Cristo donde encontramos la pertenencia, el descanso y la seguridad que siempre hemos estado buscando. Cristo, nuestro Emmanuel, ha provisto el camino de regreso a nuestro hogar con Dios. Él revirtió lo que pasó en el jardín. Hemos sido reunidos con nuestro Padre y, un día, viviremos para siempre en un nuevo hogar, que Dios creó para nosotros.
Este artículo fue originalmente publicado en Revive Our Hearts. Usado con permiso.

[1] Tripp, Paul. Whiter than Snow: Meditations on Sin and Mercy [Más blanco que la nieve: meditaciones sobre el pecado y la misericordia]. (Chicago: Crossway, 2008) p. 103. [Traducción propia].
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Cuatro cosas que podemos enseñarles a nuestros hijos durante esta pascua
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Cuatro cosas que podemos enseñarles a nuestros hijos durante esta pascua

Ya estamos en otoño. La temperatura empieza a refrescar, los días lluviosos comienzan su inminente acecho y las hojas de los árboles dan inicio a su colorido espectáculo otoñal antes de dejar sus ramas. Carteles y decoraciones anuncian la llegada de esta estación en las tiendas. Bolsas de huevitos de chocolate y golosinas con forma de conejito llenan los estantes de los supermercados. Mientras que nosotros, los cristianos, disfrutamos todas las señales del otoño, esta estación es especial en una manera diferente. La próxima semana, celebraremos el fin de semana más importante del año: la muerte y resurrección de nuestro Señor. Más allá de los dulces y del clima más fresco, recordamos y nos regocijamos en la nueva vida que tenemos debido al sacrificio de Cristo por nuestros pecados y a su triunfo sobre la tumba. Queremos que nuestros hijos conozcan esta alegría también. Queremos que sepan que en esta época del año hay más que conejitos y huevitos de chocolate; mucho más. ¿Se unirían a mí en el intento de convertir las oportunidades de esta estación en maneras de enseñar más de Jesús a nuestros hijos? Seamos intencionales en aprovechar al máximo este otoño para mostrarles a nuestros hijos todo lo que tienen debido a Cristo. A continuación, les comparto cuatro conceptos clave que podemos enseñarles a nuestros hijos durante esta Pascua.
1. La historia de redención
Nuestra familia tiene lo que llamamos «el árbol de la resurrección». Un recurso que nos ayuda durante un mes para llegar a la Pascua leyendo la historia de redención. Comenzamos con la creación y la caída. Después leemos las promesas del pacto de Dios en el Antiguo Testamento, así como las profecías sobre el Mesías que encontramos en Isaías 53, por ejemplo. Estudiamos el nacimiento, el bautismo y el ministerio de Jesús. Durante la última semana, la Semana Santa, el pasaje de cada día se centra en los últimos días de Jesús. Para cada historia y pasaje que leemos, colgamos un adorno en nuestro «árbol de resurrección» que hacemos para simbolizar el pasaje que leemos.
2. La importancia de la resurrección
La resurrección de Jesús de la tumba es el centro de nuestra fe. Pablo escribió:
Porque si los muertos no resucitan, entonces ni siquiera Cristo ha resucitado; y si Cristo no ha resucitado, la fe de ustedes es falsa; todavía están en sus pecados. Entonces también los que han dormido en Cristo están perdidos. Si hemos esperado en Cristo para esta vida solamente, somos, de los hombres, los más dignos de lástima ( 1Co 15:16-19).
Lean este pasaje con sus hijos y enséñenles lo crucial que es la resurrección para nuestra salvación. Enséñenles que Cristo resucitó de la tumba porque él era el Hijo perfecto de Dios. La tumba no pudo retenerlo. Él conquistó el pecado y la muerte. No sólo eso, su resurrección asegura nuestra propia resurrección física en el futuro.
3. Cristo es el Cordero Pascual
No es coincidencia que Jesús sufriera y muriera durante la Pascua. Enséñenles a sus hijos el significado de esto. Lean la historia de la Pascua original. Muéstrenles cómo la Pascua en Éxodo apunta a Jesús y cómo debido a él somos liberados del juicio justo de Dios.
4. Las verdades de la cruz
La Pascua también es un tiempo maravilloso para enseñarles a nuestros hijos temas centrales como la expiación sustitutiva, la justificación, la imputación y la redención. Discutan cómo Jesús obedeció perfectamente a su Padre en todas las cosas. Enséñenles que la vida perfecta de Jesús ha sido acreditada para nosotros en unión con él por fe. En Cristo, ahora Dios nos ve y ve la vida perfecta de Cristo. Hablen de los sacrificios hechos en el Antiguo Testamento y por qué éstos no eran suficientes para expiar nuestros pecados. Discutan por qué Jesús fue un sacrificio perfecto por nosotros en la cruz y que fue suficiente para siempre. Hablen sobre lo que significa redimir o rescatar algo. ¿Cómo nos redime Jesús? Las alegorías podrían ser ayudas útiles para enseñar estas maravillosas verdades, por ejemplo, La copa de veneno del príncipe y The Priest With Dirty Clothes (El sacerdote con ropa sucia) de R.C. Sproul, y por supuesto, El león, la bruja y el ropero de C.S. Lewis. A medida que le enseñamos a nuestros hijos sobre la Cruz, recordemos las maravillosas palabras de Aslan,
…a pesar de que la Bruja sabía de la Magia Profunda, hay una magia más profunda aún que ella no conoce. Su saber llega sólo hasta el Amanecer del Tiempo. Pero si a ella le hubiera sido posible mirar más hacia atrás, en la oscuridad y la quietud, antes de que el Tiempo amaneciera, hubiese podido leer allí un encantamiento diferente. Y habría sabido que cuando una víctima voluntaria, que no ha cometido traición, es ejecutada en lugar de un traidor, la Mesa se quiebra y la Muerte misma comienza a trabajar hacia atrás.
Christina Fox © 2014 Desiring God Foundation. Publicado originalmente en esta dirección. — Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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El contentamiento incorrecto
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El contentamiento incorrecto

Como cristianos, uno de los motivos por los que con frecuencia oramos es el contentamiento. Es una de esas cosas que anhelamos, pero que muchas veces la sentimos lejos de nuestro alcance. Al leer la descripción que Pablo hace sobre el contentamiento en Filipenses, parece algo imposible: “No que hable porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme cualquiera sea mi situación. Sé vivir en pobreza, y sé vivir en prosperidad. En todo y por todo he aprendido el secreto tanto de estar saciado como de tener hambre, de tener abundancia como de sufrir necesidad” (Filipenses 4:11-12). ¿Contentarme cualquiera sea mi situación? ¿Cómo es eso? ¿Cómo podemos estar contentos cuando perdemos nuestro trabajo, cuando las relaciones se ponen difíciles, cuando nuestros cuerpos no funcionan bien, cuando los sueños de otros se hacen realidad mientras que nosotros permanecemos en el mismo lugar con las manos vacías? A veces, creo que uno de los problemas con nuestro contentamiento es el siguiente: nos contentamos con lo que no deberíamos y aquello que sí debiese hacerlo, nos trae descontento. ¿Confundidos? Quizás, nuestro descontento se debe a que estamos muy contentos con las cosas incorrectas. Estamos contentos con nuestra falta de crecimiento en la fe. Estamos contentos con nuestra precaria y poco profunda lectura de la Escritura. Estamos contentos con este mundo y con lo que nos ofrece. Estamos contentos con nuestro trato a otros. Estamos contentos con nuestros malos hábitos, con nuestros ídolos del corazón y con nuestros pecados “respetables”. Estamos contentos con la superficialidad de nuestras relaciones. Estamos contentos con nuestras oraciones rápidas y poco profundas y nuestro clamor a Dios sólo en momentos de necesidad. Estamos contentos con lo poco que conocemos de Dios. Estamos contentos con un corazón que ama a este mundo más que con el anhelo del que está por venir. Al tener contentamiento en estas cosas, el lugar donde vivimos, nuestro matrimonio, nuestras amistades, nuestro trabajo y el sitio donde Dios nos ha puesto nos tienen descontentos. Nos centramos en estas cosas y pensamos que si cambian, nuestra vida sería mejor. Comparamos lo que tenemos con lo que otros tienen; nos desconectamos, nos desacoplamos y buscamos todo lo que parece mejor en otro lado. En efecto, estamos contentos con una devoción poco entusiasta a Dios. Nuestros corazones se alejan de Cristo y van tras falsos ídolos, que pensamos que satisfarán nuestra alma sedienta. El secreto del contentamiento en toda circunstancia de Pablo, ya sea en la abundancia o en la escasez, era un corazón fijo en Cristo. “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13). Como Pablo, nuestro propio contentamiento necesita estar enraizado en Cristo: en quién es, en lo que ha hecho y en que quienes somos debido a eso. En Cristo, tenemos todo lo que necesitamos y podemos jamás desear. En él podemos encontrar sentido y propósito. Encontramos nuestra identidad como portadores de la imagen del Dios viviente y como hijos de él. Al encontrar nuestro sentido en él, nos mantenemos centrados en la obra que él hace en nosotros más que en lo que él está haciendo en la vida de otros. En Cristo, encontramos la misericordia, la gracia y la salvación que desesperadamente necesitamos. Ésta es nuestra mayor necesidad y es una que sólo puede ser encontrada en él. Mientras nos volvemos a él, buscamos conocerlo por medio de su Palabra, nuestros corazones son transformados quirúrgicamente por ella, Palabra viva y poderosa. Mientras más obre en nosotros su Palabra y las verdades del evangelio, más se adecuarán nuestros deseos a su voluntad y más contentos estaremos en cualquier circunstancia que el Señor nos haga enfrentar. Cuando tenemos corazones descontentos y anhelamos algo nuevo y mejor, comenzando a buscarlo en lugares incorrectos, necesitamos clamar a Dios. No le pidas a Dios que mejore tu vida, más bien pídele que limpie tu corazón. Necesitamos buscarlo en arrepentimiento, aplicando en nuestros corazones lo que Cristo ha hecho por nosotros en el evangelio. Necesitamos permanecer en él, recordando que lejos de él no podemos hacer nada. Por tanto, no pediremos lo que nuestro vecino tiene; no pediremos que nuestra circunstancia cambie; no pediremos algo nuevo o mejor; al contrario, seremos capaces de decir con el salmista, “Una cosa he pedido al Señor, y ésa buscaré: Que habite yo en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor y para meditar en su templo” (Salmo 27:4).
Publicado originalmente en esta dirección | Traducción: María José Ojeda
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El poder de las palabras de los padres
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El poder de las palabras de los padres

“Mamá, me estás haciendo sentir estúpido”, mi hijo me dijo en voz baja. Respiré rápidamente; sus palabras se clavaron en mi corazón. Miré a mi hijo; él estaba ahí mirándome fijamente, el dolor que le había causado se reflejaba en su joven rostro. Yo sólo había repetido una instrucción por tercera vez porque parecía que no había entendido las dos primeras. Sin embargo, no sólo di la instrucción nuevamente, sino que el tono que usé fue soberbio y despectivo. “Lamento haberte hablado de esa forma. No eres estúpido, ¿me perdonarías?”, le dije abrazándolo fuertemente. Mi hijo tiene ocho años y nuestra conversación fue profundamente reveladora. Esa fue la primera vez que él expresó cómo lo hago sentir con mi forma de hablar. Me pregunté cuán seguido en su corta vida mis palabras y el tono de mi voz lo habrían hecho sentir menospreciado. No fue hace mucho que me di cuenta de cuán audibles son mis suspiros de molestia por algo que hacen mis hijos. Sin duda, Dios está obrando en mí, usando mi rol de madre para mostrarme mi pecado.

Por qué las palabras importan

Incrustados en lo profundo de nuestro corazón, todos tenemos recuerdos de palabras hirientes que personas nos han dicho. Santiago nos dice que “con la lengua bendecimos a nuestro Señor y Padre, y con ella maldecimos a las personas, creadas a la imagen de Dios. De la misma boca salen bendición y maldición…” (Santiago 3:9-10). Podría leer este pasaje y pensar, “bueno, no maldigo a nadie, por lo que esto no se aplica a mí”, pero estaría equivocada. Aunque nunca se me ocurriría insultar a mis hijos, mi tono y mi lenguaje corporal pueden transmitir que pienso que son un fastidio, que estoy molesta con ellos, que son insignificantes, y sí, incluso que son estúpidos. En el libro El poder de las palabras y la maravilla de Dios, Sinclair Ferguson dice, “la forma en que usamos nuestra lengua nos da clara evidencia de dónde nos encontramos espiritualmente”. Jesús dijo algo similar en Mateo 12:34, “...de la abundancia del corazón habla la boca”. Cuando les contesto a mis hijos, ya sea con palabras en sí o incluso sólo con el tono de mi voz, revelo la condición de mi corazón. En esta conversación que tuve con mi hijo el Espíritu me trajo una convicción profunda, como debe ser. Cuando considero cuán poderosa es la lengua y la profunda responsabilidad que tengo como cristiana de usarla para glorificar a Dios, me siento abrumada. Comienzo a desesperarme y a preguntarme si alguna vez podré cambiar. No obstante, Ferguson me recuerda esta verdad: ¡Nadie a excepción de Jesús ha tenido éxito en domar la lengua! Nuestra única esperanza mientras buscamos disciplinarnos a nosotros mismos para poder dominar nuestra lengua es que pertenecemos a Cristo y estamos siendo transformados cada vez más a su imagen. Sin embargo, esta batalla por la santidad del habla es muy larga y necesitamos pelearla incesantemente, día tras día y hora tras hora.

Limpios en Cristo

Mi única esperanza en mi batalla contra este pecado es Jesucristo, mi Salvador y Redentor. Mientras el Espíritu continúa usando mi rol de crianza para mostrarme mi pecado, me recuerda nuevamente mi gran necesidad de un Salvador. Es por mi pecado que Jesús vino a morir como un sustituto en mi lugar. Aunque en este mundo muchos pueden pensar que el uso de un tono sarcástico o un simple suspiro de irritabilidad no es un problema, para un Dios santo y justo sí lo es —y grande—. Romanos 3:10 dice, “no hay un solo justo, ni siquiera uno”. Isaías dice que incluso nuestros supuestos “actos de justicia” son como trapos de inmundicia para Dios (Isaías 64:6). Soy una mujer con labios impuros y vivo en medio de un pueblo con labios impuros. Sin Jesús para limpiarlos, estaría perdida para siempre en mis pecados; nunca podría estar en la presencia de Dios. Esta convicción de pecado me lleva al arrepentimiento. No sólo necesito pedirle perdón a mi hijo, sino que principalmente necesito arrepentirme frente a Dios por eso. David oró por su propio pecado, “contra ti he pecado, sólo contra ti, y he hecho lo que es malo ante tus ojos…” (Salmo 51:4). Todos los pecados, incluso los verbales, son en última instancia pecados contra Dios. Es sólo a través del evangelio de la gracia por medio de Jesucristo que soy limpia y que la oración de David se hace realidad, “crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva la firmeza de mi espíritu” (Salmo 51:10). Gracias a Cristo es que ahora puedo “acer[carme] confiadamente al trono de la gracia” (Hebreos 4:16).

Buscando una sola forma de hablar

Mientras más se inunda mi corazón de las verdades del evangelio, más recuerdo quién soy gracias a Cristo: una nueva creación (2 Corintios 5:17). Tengo el Espíritu Santo, quien está obrando activamente en mí, transformándome para ser más como Cristo. Parte de esa obra de transformación implica que el Espíritu nos convence de pecado, nos lleva a arrepentirnos y a aplicar el evangelio a nuestros corazones una y otra vez. Como Martín Lutero dijo una vez, “toda la vida del creyente es una vida de arrepentimiento”. Tal como la Palabra de Dios me habla de mi pecado, de mi necesidad de un Salvador y de la historia de su plan para redimirme de mis pecados, es también esa Palabra la que el Espíritu usa para cambiarme. Mientras más me alimento de la Palabra, más rebosa mi corazón de ella. Como dice David en el Salmo 119:11, “en mi corazón atesoro tus dichos para no pecar contra ti”. Ferguson, una vez más, lo dice de la siguiente forma, “la ayuda más importante para usar mi lengua para la gloria de Jesús es permitir que la Palabra de Dios more en mí tan abundantemente que no pueda hablar de ninguna otra forma”. Esa es mi oración.
Christina Fox. ©2015 Desiring God Foundation. Usado con permiso | Traducción: María José Ojeda
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Cuatro consejos para practicar la hospitalidad bíblica
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Cuatro consejos para practicar la hospitalidad bíblica

¿Alguna vez Dios te ha dado una lección incluso cuando enseñabas a otros? Hace poco di una charla sobre hospitalidad a un grupo de mujeres en un retiro. Mientras preparaba la charla, Dios me dio la posibilidad de poner en práctica la hospitalidad. Lamentablemente, no la tomé como una oportunidad, sino que como un obstáculo; una intromisión. Una amiga, que generalmente recibe a nuestro grupo de la comunidad en su casa, tuvo que salir de la ciudad. Me pidió que me hiciera cargo y los recibiera en mi casa. Aunque le dije que sí, para ser sincera, no estaba contenta. Por un par de semanas, mi propia familia había estado fuera de la ciudad y estábamos recién volviendo a nuestra rutina. Pensar en limpiar mi casa para que se volviera a ensuciar era desagradable. Nuestra casa ya no está equipada para niños, por lo que me inquieté pensando qué hacer con todos los que vendrían mientras los adultos estuvieran en el estudio bíblico. Después, surgieron las preocupaciones sobre dónde se iban a sentar los invitados. Quizás lo que Pedro escribió en 1 Pedro 4:9, lo hizo pensando en mí: «practiquen la hospitalidad entre ustedes sin quejarse» (NVI).

La hospitalidad y la Biblia

La mayoría de nosotras, cuando pensamos en la hospitalidad, pensamos en lo que se ve: una casa limpia, una mesa perfectamente puesta, recetas deliciosas y velas parpadeantes. Podríamos mirar las elegantes fotos de las portadas de revistas de decoración de hogar y pensar, «mi casa nunca podrá verse así». Tal vez veamos las cuentas de Pinterest de nuestras amigas llenas de recetas y pensemos que somos un fracaso porque somos malas cocineras. Por otro lado, miramos nuestro comedor con cuatro sillas y nos preguntamos: «¿dónde se sentarán todos?».  La Escritura toca el tema de la hospitalidad de forma diferente a como lo hacen las revistas o en la televisión. Esto no quiere decir que limpiar, ordenar nuestras casas para las visitas y preparar una buena cena no sea parte de eso. Simplemente, en la Biblia la hospitalidad es un medio para lograr un fin, pues abrir las puertas de nuestras casas es el medio para invitar gente a entrar a nuestras vidas y a nuestros corazones. En última instancia, compartir un pedazo de pan con otros en nuestro comedor nos da la oportunidad de compartir el Pan de Vida. Los detalles de la hospitalidad que nos preocupan tanto son, en realidad, el telón de fondo de la historia más grande que se lleva a cabo cuando invitamos personas a nuestro hogar.

Marta y María

Podemos ver esto con más claridad al leer la historia de María y Marta:
Mientras iban ellos de camino, Jesús entró en cierta aldea; y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Ella tenía una hermana que se llamaba María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Pero Marta se preocupaba con todos los preparativos. Y acercándose a Él, le dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude». El Señor le respondió: «Marta, Marta, tú estás preocupada y molesta por tantas cosas; pero una sola cosa es necesaria, y María ha escogido la parte buena, la cual no le será quitada» (Lucas 10:38-42).
La descripción que hace Lucas al contrastar a Marta con María nos muestra la función y el lugar correcto que debe tener la hospitalidad en nuestras vidas. Aquí vemos a Jesús enseñando y a María sentada a sus pies, aprendiendo de Él. Marta estaba preparando y sirviendo la comida, enfocada solo en los detalles para recibir gente en su casa, lo que la llevó a olvidar la razón por la que había recibido visitas en un principio: aprender de Jesús. Este pasaje dirige nuestra mirada al corazón y al propósito de la hospitalidad: compartir el Pan de Vida con otros. A continuación, comparto cuatro consejos que nos ayudarán cuando abramos nuestros hogares hospitalariamente:
1. Los detalles son solo detalles
Para Marta, los detalles se transformaron en el centro de todas sus preocupaciones. Es cierto, necesitamos hacer una buena comida y tampoco está mal preparar un lugar cálido y cómodo para recibir a nuestras visitas. Sin embargo, debemos recordar que aquellas actividades son simplemente el telón de fondo de la historia más importante que se está desarrollando en nuestros hogares. Si ordenar y limpiar nuestra casa para nuestras visitas se vuelve nuestro centro, podemos perdernos la oportunidad de compartir con otros el desorden y la suciedad de nuestras vidas. Si nuestra mayor preocupación es ver cómo va a entrar un gran grupo de personas en nuestra casa, nos perderemos la oportunidad de hacer un espacio en nuestro corazón para otros. Si nos inquietamos por preparar la mejor cena, nos perderemos la oportunidad de compartirles el alimento que realmente satisface al ser humano.
2. Revisen su corazón
Si nos encontramos, como Marta, estresadas por los detalles de nuestra hospitalidad, significa que se ha convertido en el centro de atención de nuestro corazón. Cuando nos comprometemos con la hospitalidad, necesitamos revisar constantemente nuestro corazón. Necesitamos hacernos preguntas como, ¿nos quejamos en nuestros corazones cuando tenemos que abrir nuestra casa a otros? ¿Nos consumen los detalles? ¿Nos distraen de relacionarnos con las personas? ¿Nos importa más cómo se ve nuestra casa o cómo está la comida que la exaltación de Cristo?
3. No alejen a las visitas
Marta quería alejar a su hermana de los pies de Cristo. Si lo que hacemos con nuestra hospitalidad interfiere o impide animar a las personas con el Evangelio, entonces, no estamos comprometidos con la hospitalidad bíblica. Jesús le dijo a Marta que María había escogido lo mejor. Deleitarse en Cristo, ser animados por el Evangelio y aprender de la Palabra de Dios son todas prioridades que están por sobre los detalles que trae la hospitalidad. La verdad es que lavar los platos puede esperar. Además, alimentar un alma hambrienta es más importante que alimentar un estómago vacío.
4. No se trata de nosotros
Marta estaba centrada en sí misma y en lo que quería que estuviera listo, no en la misión de Cristo. Nuestro propósito debe ser la misión de Dios, no satisfacer nuestros propios deseos y anhelos. Si el foco está en nosotros y no en Cristo, nuestra hospitalidad no es bíblica. Podemos verlo cuando nuestros corazones se resisten a ser hospitalarios, cuando nos quejamos y reclamamos por eso, y también cuando la perfección de los detalles nos absorbe. La próxima vez que abramos nuestras puertas a invitados, oremos para que nuestros corazones magnifiquen a Cristo en todos nuestros esfuerzos por ser hospitalarias. Que todo lo que hagamos, en cada uno de los detalles, sea para Cristo y para su gloria, enfocando a nuestros invitados en la única cena que realmente llenará sus almas. ¿Qué hay de ti? ¿Te preocupas mucho por los detalles que implica la hospitalidad? ¿Te quejas cuando piensas en abrir tu casa a otros? ¿Cómo cambia nuestro corazón respecto a la hospitalidad recordar el propósito de esta?
Este artículo fue originalmente publicado en Revive Our Hearts. Usado con permiso.
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Una oración en tiempos de temor e incertidumbre
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Una oración en tiempos de temor e incertidumbre

Uno de mis miedos más grandes es que la salud de mis hijos se vea afectada. Quizás porque desde la infancia ellos han batallado contra el asma y la enfermedad crónica. Probablemente, se debe a que le tengo miedo a lo que no puedo controlar. También, no me gusta sentirme indefensa. No me gusta no saber qué hacer en una situación. Aunque ellos son mucho más saludables ahora que cuando eran niños pequeños, no se requiere mucho para que ese miedo reaparezca. Hace un par de semanas, nuestro estado tuvo el primer caso de coronavirus. No llegó a un lugar de una gran ciudad. No fue en un pueblo o en un lugar en el que yo nunca haya estado. No le ocurrió a una persona con la que podría sentir empatía y luego continuar con mi vida, como lo hacía cuando escuchaba sobre una tragedia en las noticias vespertinas. Ocurrió en los suburbios, en nuestro pequeño programa de educación en casa al que asiste uno de mis hijos. Un compañero había dado positivo. La escuela cerró hasta que pasara un periodo de catorce días y quienes habían estado en contacto con el estudiante fueron puestos en cuarentena. Mi hijo no tuvo contacto directo con el estudiante así que no anticipé que se enfermara, pero nos quedamos en casa de todas formas, principalmente para cuidar a otros. Hay tanto miedo e incertidumbre respecto al virus que sabía que una vez que las personas escucharan de esto, no querrían que mi hijo estuviera cerca de ellos. Mientras estábamos confinados en casa, mi hijo comenzó a presentar síntomas similares a los de la gripe y sentí cómo el miedo de mamá entró de una patada. ¿Podría ser el virus o quizás la gripe? ¿Y si su asma se manifiesta como resultado de esto? La última vez que tuvo gripe, terminó en urgencias. Sentí cómo la ansiedad crecía a medida que intentaba averiguar qué hacer. Debido a nuestra conexión con la escuela, tuvimos dificultad para encontrar un lugar para que le hicieran el examen, pero el pediatra logró encontrar un hospital que tenía todas las herramientas y el equipo necesario para hacerlo. Fue una experiencia memorable y estoy agradecida del cuidado y la preocupación que los doctores y las enfermeras nos entregaron. Dentro de un par de horas, descubrimos que tenía gripe y al día siguiente, que no tenía coronavirus. Han ocurrido muchas cosas en las últimas dos semanas. Desde entonces, la mayoría de las cosas han sido canceladas, incluídos los compromisos de conferencias que había agendado hace meses. Todas las escuelas a nuestro alrededor están cerradas. Las iglesias están cerradas. Existe mucha incertidumbre para todos nosotros. ¿Debemos ir ahí o allá? ¿Debemos cancelar esto o eso? ¿Qué implica para el trabajo? ¿Qué pasará con la economía? ¿Qué pasaría si? ¿Qué pasaría entonces? Como he escrito antes, siempre voy a los Salmos cuando mis emociones me abruman. Cuando temo a lo desconocido, no puedo evitar pensar en David, escondiéndose por miedo a perder su vida en las cuevas del desierto de En Gadi. Tuve la oportunidad de visitar En Gadi en un viaje que hice a Israel hace un par de años. Fue una experiencia surrealista y emocional, ver el lugar que me había imaginado mientras estudiaba y escribía el libro A Heart Set Free [Un corazón liberado]. Mientras huía del rey Saúl, David se escondió ahí y escribió el Salmo 57.
Ten piedad de mí, oh Dios, ten piedad de mí, porque en ti se refugia mi alma; en la sombra de tus alas me ampararé hasta que la destrucción pase. Clamaré al Dios altísimo, al Dios que todo lo hace para mí (vv. 1-2).
Este Salmo es un recordatorio útil para todos nosotros mientras estamos confinados en casa, atrapados en nuestras cuevas, ansiosos y preguntándonos por el futuro. Nuestro refugio se encuentra en Dios: clamemos a Él. Escribí esta oración hace unos años y la actualicé para reflejar nuestras circunstancias actuales:

Una oración en tiempos de temor e incertidumbre

Padre que estás en el cielo: Vengo ante ti con un corazón y una mente distraídos. Veo los noticieros y me siento ansiosa. Cada canal es igual. Veo las redes sociales y veo incertidumbre en cada publicación. Me afligen las pérdidas de vidas alrededor del mundo. Me asusta que a aquellos que son susceptibles al virus les pase algo. Estoy llena de incertidumbre y preocupación por lo que trae el futuro. ¿Qué pasa con aquellos que no pueden dejar de trabajar? ¿Qué pasa con quienes son débiles y vulnerables? ¿Será este un obstáculo a corto plazo o un problema más grande del que imaginamos? Mi mente comienza a dar vueltas y vueltas y quedo atrapada en las probabilidades de la vida. Así que vengo ante ti como lo hizo el salmista. Vengo ante ti porque tú eres el Rey y tú gobiernas todas las cosas. Vengo ante ti porque eres mi Padre, mi Abba. Me adoptaste como tu hija y me has dado todos los privilegios que vienen por ser parte de tu familia. Vengo ante ti porque eres mi Salvador misericordioso. Solo tú puedes rescatarme del miedo, del pecado, de la tentación y de todo lo desconocido. Vengo ante ti porque eres mi Proveedor, Jehová-Jireh. Creaste todas las cosas y todas ellas te pertenecen. Todo lo que tengo viene de tus manos generosas. Vengo ante ti porque eres mi Redentor. Solo tú puedes redimir y restaurar todo lo que está roto en mi vida y en el mundo a mi alrededor. Perdóname por sacar mis ojos de ti y ver las cosas preocupantes que pasan a mi alrededor. Perdóname por olvidar que estás conmigo. Perdóname por no confiar. Perdóname por no clamar a ti antes e intentar conquistar mis temores en mis propias fuerzas. Perdóname por no vivir en completa dependencia a ti. Oro por quienes son vulnerables. Oro para que los protejas. Oro para que proveas para quienes necesitan. Oro para que levantes a la iglesia y nos ayudes a ser las manos y los pies de Jesús, satisfaciendo las necesidades en nuestras comunidades. Oro para que estemos felices con la incomodidad por el bien de otros. Oro para que detengas el virus y sus rastros. En mi propia vida y corazón, dame una paz que sobrepasa todo entendimiento. Aunque no sé lo que ocurrirá en el futuro, ayúdame a confiar en ti. Ayúdame a recordar que no te sorprende todo el caos y la incertidumbre. Ayúdame a recordar que nada sucederá ahora que te tome de imprevisto. No estás dormido ni demasiado ocupado, sino que estás activamente involucrado en cada detalle. Ayúdame a esperar y a ver tu gloria. Ayúdame a obedecer y hacer lo correcto en el momento, sabiendo que estás ahí en todos los momentos que vendrán. Ayúdame a verte más grande que todos mis miedos. Más importante aún, ayúdame a recordar a Jesús, el Único que clamó en el jardín la noche en que fue traicionado: «¡Abba, Padre! Para ti todas las cosas son posibles; aparta de mí esta copa, pero no sea lo que yo quiero, sino lo que tú quieras» (Mr 14:36). Te doy gracias porque: «por el gozo puesto delante de Él soportó la cruz, despreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios» (Heb 12:2). Incluso ahora, Él intercede por mí; ¡qué maravillosa verdad! Sé mi refugio «hasta que la destrucción pase». Tú eres mi verdadero lugar de seguridad. Oro todo esto en el nombre de Jesús, Amén.
Este recurso fue publicado originalmente en Christina Fox.
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Un virus y los ídolos de mi corazón
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Un virus y los ídolos de mi corazón

C.S. Lewis escribió una vez: «Dios nos susurra en nuestros placeres, nos habla en nuestra conciencia, pero nos grita en nuestros dolores: es un megáfono para despertar a un mundo sordo». Los eventos recientes producidos por el coronavirus están gritando bastante fuerte, ¿no es así? Al menos es así en mi propio corazón. Todos hemos sido impactados por esta pandemia de diversas maneras: pérdidas de trabajos, planes cancelados; familia y amigos extrañándose; y más particularmente, una enfermedad que continúa creciendo y propagándose. Los niños, que en otra circunstancia estarían en la escuela, ahora están aprendiendo desde la casa. Se nos ha restringido el movimiento a lo estrictamente necesario. Quienes están enfermos esperan por horas para encontrar dónde realizarse un examen y el tratamiento. No sabemos cuándo terminará. Pruebas como estas hacen brillar una luz en los oscuros recovecos de nuestros corazones, revelando lo que más apreciamos. Aquello que amamos por sobre todo; aquello en lo que ponemos nuestra esperanza; aquello en lo que confiamos: al dios al que servimos. En mi propio corazón, esta pandemia resalta mi ídolo del control. En el fondo soy una planificadora. Disfruto hacer listas y tachar las cosas que ya están listas. Al lado de mi computadora hay una lista de las reservas que debía hacer para nuestro tan esperado viaje familiar a Europa que haríamos en mayo. Era nuestro épico viaje escolar de nuestra escuela en casa. El viaje dónde íbamos a conocer el lugar de la invasión de los Aliados y a hacer un recorrido por las tierras de las batallas de la Segunda Guerra Mundial. El viaje donde visitaríamos la casa de los Ten Boom de la que habíamos estado leyendo en El refugio secreto. Tuvimos que cancelar el viaje y no puedo evitar sentirme triste. Esta situación me muestra cuánto confío en mis planes y cuánto los adoro. Descanso en esos planes; encuentro esperanza en ellos. Ahora con todo cancelado en mi vida, recuerdo otra vez la amonestación de Santiago: «Oigan ahora, ustedes que dicen: “Hoy o mañana iremos a tal o cual ciudad y pasaremos allá un año, haremos negocio y tendremos ganancia”. Sin embargo, ustedes no saben cómo será su vida mañana. Solo son un vapor que aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece. Más bien, debieran decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello» (Stg 4:13-15). Santiago nos recuerda que no controlamos el futuro; Dios lo hace. No planeamos nuestras vidas; Dios lo hace. Él escribió la historia de nuestros días antes de que el tiempo comenzara. La historia del tiempo ya está escrita y nada puede cambiarla. Él determina el plan, nosotros lo vivimos. También veo este ídolo cuando mi corazón se eriza al perder la libertad de movilidad. Soy una mujer hogareña y amo sentarme en casa para leer un libro o para trabajar en escribir un proyecto. No necesito estar rodeada de gente todo el tiempo. Sin embargo, quiero quedarme en casa bajo mis propios términos. Quiero poder determinar cuándo entrar y cuándo salir. No me gusta que me quiten el control. Este ídolo se revela a sí mismo en mis temores por el futuro. A mi esposo le acaban de informar que le redujeron el salario y nos preocupa su estabilidad laboral. Yo me encuentro mirando hacia adelante preguntándome qué pasará si las cosas continúan así por un par de semanas más; un par de meses más. No saber lo que depara el futuro, me pone nerviosa, ansiosa, me preocupa. Sin duda, una pandemia puede resaltar los ídolos de nuestro corazón. Personalmente, agradezco que lo haya hecho. No es fácil vivir la vida como si yo fuera la gobernante de mi reino personal. Es fácil abordar mi día confiando en mis planes y dependiendo de mi cuenta bancaria. Es fácil vivir como si tuviera el control de mis días. Se requiere una situación como esta para recordarme lo que es verdad y apuntarme hacia Aquel que reina por sobre todas las cosas. Aunque no tengo el control, sé quién lo tiene. Aquel que desplegó las estrellas en el cielo y llamó este mundo a existencia sostiene todas las cosas en sus manos. A Él nada le sorprende ni lo encuentra desprevenido. Él conoce el fin desde el principio y gobierna todas las cosas, desde la gravedad que me mantiene en mi silla hasta la pizca de polvo que baila a lo largo de mi escritorio. Este es el Dios real y verdadero. Cualquier otra cosa en la que confíe es falsa. No hay nada ni nadie en este mundo que pueda rescatarme de la maldición del pecado y de la muerte, sino Dios a través de su Hijo, Jesucristo. El Hijo eterno de Dios vino a vivir una vida perfecta en mi lugar en este mundo enfermo de pecado. Él tomó mi pecado sobre Él y murió la muerte que yo merecía. Al hacer eso, me liberó de buscar esperanza en cosas inferiores. Me liberó de buscar vida en cualquier otro lugar que no sea Él. Me abrió los ojos para ver que nada más en lo que ponga mi esperanza y confianza se compara a Él. Solo Él es mi refugio y mi libertador. Esta verdad es mi ancla en el caos actual. Por lo tanto, mientras me siento encerrada en mi casa, preguntándome qué me depara el futuro, debo dejar el ídolo del control y descansar en el Dios que controla al mundo. Él es un Dios bueno que solo hace lo que es bueno. Puede que no sepa cuál será ese bien, pero confío en el Dios que sí sabe, porque sé que estoy segura en sus manos. ¿Y tú? ¿Estás aprendiendo algo sobre tu corazón durante este tiempo?
Este recurso fue publicado originalmente en Christina Fox.
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Acerca del lamento, el Salmo 142 y la crisis actual
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Acerca del lamento, el Salmo 142 y la crisis actual

¿Cómo te estás sintiendo en estos días? Esta crisis hace surgir muchas emociones difíciles para todos nosotros. Sin duda, para mí lo es. A lo largo del día, me encuentro dando saltos desde la preocupación a la soledad, a la frustración, al aburrimiento, al descontento. Algunos días son mejores que otros. En especial, cuando no me permito a mí misma pensar en el futuro incierto. Me entristece todo lo que mis hijos se están perdiendo. Estoy desilusionada por los planes cancelados, Estoy sola, y extraño a mis amigos y a mi familia. Estoy preocupada por nuestra salud. Me causa tristeza las pérdidas que muchos han experimentado y que experimentarán en las próximas semanas. La pregunta es: ¿qué hago con todas estas emociones difíciles? Todo lo que sé hacer es lamentarme. Lamentarse es clamar a Dios, llevarle nuestras emociones a Él y buscar su ayuda. Es ser abierta y honesta con el Señor. Es verbalizar nuestros temores, penas y preocupaciones en su presencia. Es darle voz a nuestros anhelos, esperanzas, preocupaciones y sueños. Es buscar su justicia, su salvación y su provisión. Es meditar en quién es Él y qué ha hecho. Es confiar y esperar por su liberación. El Salmo 142 es un lamento, uno escrito por David mientras huía de sus enemigos; probablemente, del rey Saúl. Mientras se escondía y temía por su vida, clamó en oración al Señor. Es una oración que después se transformó en un salmo que se usaba en la adoración de Israel, era cantado como nosotros cantamos nuestros himnos y canciones de alabanza el domingo en la mañana. Este lamento es oportuno para nuestro tiempo. Podríamos decir que David estaba en cuarentena, resguardándose fuera de casa, en una cueva oscura y desolada.
Clamo al Señor con mi voz; Con mi voz suplico al Señor. Delante de Él expongo mi queja; En su presencia manifiesto mi angustia.
David le llevó sus emociones y preocupaciones al SEÑOR. Él usó aquí el nombre del pacto de Dios, Yahweh, el Gran YO SOY. Este es el nombre que Dios le dio a Moisés en la zarza ardiente y hace referencia a su aseidad: su existencia eterna, su soberanía y su presencia que cumple el pacto con su pueblo. David clamó al Dios que reina sobre todas las cosas.
Cuando mi espíritu desmayaba dentro de mí, Tú conociste mi senda. En la senda en que camino Me han tendido una trampa. Mira a la derecha, y ve, Porque no hay quien me tome en cuenta; No hay refugio para mí; No hay quien cuide de mi alma.
David estaba cansado y agotado. Sus enemigos eran despiadados. Se sentía como si nadie pudiera ayudarlo; no había nadie a quién le importara. Estaba abandonado, solo y asustado. Él verbalizó estos problemas en su oración. Fue honesto con Dios. Después de todo, Dios ya sabía cómo se sentía David y qué pensamientos atravesaban su mente. Dios sabía que estaba atrapado en una cueva, lejos de casa y de quienes amaba. Dios sabía todo lo que estaba ocurriendo en la vida de David. Como comentó C.H. Spurgeon: «observa su consuelo: él apartó la mirada de su propia condición para ponerla en el Dios que siempre observa y que todo lo sabe: y se consoló con el hecho de que su Amigo celestial sabía todo. Ciertamente, es bueno para nosotros saber que Dios sabe lo que nosotros no. Nosotros perdemos la cabeza, pero Dios nunca cierra sus ojos: nuestros juicios pierden su equilibrio, pero la mente eterna siempre está clara».
A ti he clamado, Señor; Dije: «Tú eres mi refugio, Mi porción en la tierra de los vivientes. Atiende a mi clamor, Porque estoy muy abatido; Líbrame de los que me persiguen, Porque son más fuertes que yo.
David buscó la ayuda de Dios. Le pidió a Dios que escuchara su clamor y que respondiera. Le pidió rescate y liberación. Le pidió a Dios que interviniera en su vida. Mientras lo hizo, David observaba quién era Dios: su refugio y su porción. Él se humilló a sí mismo ante el Todopoderoso, el Gran YO SOY, buscando su ayuda y fortaleza.
Saca mi alma de la prisión, Para que yo dé gracias a tu nombre; Los justos me rodearán, Porque tú me colmarás de bendiciones».
David termina su lamento con esperanza y confianza. Él aún no había experimentado el rescate de Dios, pero esperaba que Dios interviniera y lo ayudara. Él esperaba con ansias volver a reincorporarse al pueblo de Dios. Él esperaba dar gracias a Dios por su bondad con él. Esta es una respuesta de fe. El proceso del lamento, de clamar a Dios, volvió a darle forma a las emociones de David. De cara al Gran YO SOY, sus temores menores se debilitaron. Él sabía que Dios era su refugio y confió en que lo libraría. No sé tú, pero yo puedo identificarme con las emociones de David. Yo también estoy cansada y agotada. Me siento abrumada por las circunstancias actuales. Como David, no sé cuánto tiempo estaré atascada en mi casa. Como los enemigos de David, esta enfermedad también es fuerte y cruel. No obstante, como este salmo me recuerda: Dios es más grande. Él es el Gran YO SOY. Por lo tanto, esta crisis no tendrá la palabra final. Entonces, haré como David y como el pueblo de Dios ha hecho por siglos. Clamaré a Dios en lamento. Derramaré mi alma ante Él. Pediré su ayuda y rescate. Confiaré en quién es: mi refugio en tiempos de dificultad. «El Señor es mi roca, mi baluarte y mi libertador; mi Dios, mi roca en quien me refugio; mi escudo y el poder de mi salvación, mi altura inexpugnable y mi refugio; Salvador mío, tú me salvas de la violencia» (2S 22:2-3).
Este recurso fue publicado originalmente en Christina Fox.
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El cambio comienza en casa
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El cambio comienza en casa

En las últimas semanas, las muertes de Ahmaud Arbery y George Floyd me pasmaron. Mientras miraba las imágenes en televisión, no podía creer lo que estaba mirando. Mi corazón se afligió por las familias de estos dos hombres. Entonces, mientras miraba las protestas en televisión, pacífica al principio, luego cada vez más violenta, me afligí por nuestra nación. Demasiada pena, demasiado dolor. Agravado a través de las generaciones. Mientras miraba las noticias, leía los informes y observaba las respuestas, quería ayudar de alguna manera. Sin embargo, sentí una sensación general de impotencia. Existe un problema amplio y sistemático en nuestra nación. La sensación de injusticia parece demasiado grande y demasiado profunda para que una persona tenga un impacto. ¿Qué puedo hacer personalmente para lograr cualquier tipo de cambio? ¿Qué puedo hacer (como una mamá en casa de clase media) para ayudar?

Comienza en casa

Hay mucho que asimilar y oro al Señor para que provea oportunidades e iniciativas a medida que el tiempo avanza; sin embargo, una de las primeras cosas de las que me di cuenta que puedo hacer personalmente para detener la propagación del odio y de la injusticia es entrenar bien a mis hijos. El prejuicio racial no viene de la nada; brota del corazón. Como pecadores caídos, todos tenemos prejuicios hacia otros. Cada día, hacemos suposiciones sobre las personas que nos rodean basados en cómo se ven y en cómo hablan, en su edad y etapa, en el lugar de donde vienen, en lo que hacen, incluso en lo que saben o no saben, y los tratamos de acuerdo a ello. Y como suele ser el caso, alentamos esos prejuicios en nuestros hijos desde temprana edad. Ellos lo escuchan en las cosas que decimos sobre otras personas; lo ven en la manera en que actuamos; lo observan en nuestras prioridades, en nuestras relaciones, en nuestras respuestas. Ellos entonces modelan lo que ven en nosotros. El prejuicio pasa de padre a hijo y a las generaciones. Como padres, tenemos la responsabilidad de no solo señalar a nuestros hijos lo que es correcto y verdadero, sino que también a vivirlo en sus propias vidas. Mi esposo y yo hemos tenido buenas discusiones con nuestros hijos sobre estas recientes tragedias. Hemos hablado sobre aquello de lo que hemos sido testigos y de lo que hemos aprendido de nuestras propias familias de origen respecto al racismo, al prejuicio y a la injusticia. Hemos hablado sobre los prejuicios que todos tenemos y de la importancia de identificarlos y de alejarse de ellos. Hemos conversado incluso de la burbuja en que nuestros hijos crecieron y de su falta de consciencia de lo que es la vida fuera de esa burbuja. Hemos compartido las cosas que hemos aprendido de nuestros amigos afroamericanos. Esas historias personales que abrieron nuestros ojos para ver cómo su vida diaria es tan diferente de la nuestra. Los temores diarios que enfrentan. Las injusticias que han experimentado. Las barreras; las suposiciones; y tanto más.

Entrenando a nuestros hijos

Entrenar a nuestros hijos comienza con el Palabra de Dios y comienza con el principio de la Biblia. Empieza con Génesis. Les enseñamos a nuestros hijos que Dios creó a todo el género humano a su imagen. Toda persona, cualquiera sea su nacionalidad, color de piel, trasfondo económico, experiencia de vida, etc., es creada a la imagen de Dios. Cada persona ha heredado un valor y una valía porque Dios los creó. En cualquier momento en que maltratemos a otro ser humano, estropeamos a un portador de su imagen. Es más, a medida que le enseñamos el Evangelio a nuestros hijos, no podemos descuidar enseñarles sobre la perfectamente diversa familia de Dios. Como Dios pactó con Abraham que todas las naciones del mundo serían bendecidas por medio de su simiente y cómo esa promesa es cumplida en Jesucristo. Por medio de Cristo, estamos unidos como hermanos y hermanas con personas de cada tribu y nación. El libro de Apocalipsis describe cómo se verá el cielo a medida que todos los hijos de Dios, dispersos a lo largo de las naciones, son reunidos ante el trono de Dios:
Después de esto miré, y vi una gran multitud, que nadie podía contar, de todas las naciones, tribus, pueblos, y lenguas, de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en las manos. Clamaban a gran voz: «La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero» (Ap 7:9-10).
¡Qué hermoso será! Puesto que el cielo se llenará con una hermosa diversidad, nuestras vidas también deben serlo. Tanto como sea posible, nuestros hijos deben ver la diversidad en nuestras vidas, en nuestras relaciones y en nuestras experiencias. Anima las amistades con personas de otras culturas y nacionalidades. Conoce personas con experiencias y trasfondos diferentes. Frecuentemente, le  tememos a lo que no conocemos, así que alienta la curiosidad en tus hijos. Enséñales sobre las diferentes naciones y culturas. Lee libros e historias sobre niños en otros lugares. Haz que oren por grupos diferentes de personas. Busca maneras creativas para involucrarte con personas fuera de tu círculo usual. Visita un museo de derechos civiles o estudia la historia de un grupo particular de personas. Cuando nuestros hijos ven que nosotros amamos y apreciamos la diversidad que Dios creó, ellos también lo harán.

Libros para leer

Aquí dejo un par de sugerencias de libros, algunos para tus hijos y otros para nuestro propio corazón: La gran idea de Dios, escrito por Trillia Newbell. Este es un excelente libro para niños sobre cómo Dios nos creó a todos diferentes, pero cómo somos todos parte de su familia. Window on the World: An Operation World Prayer Resource [Una ventana al mundo: un recurso de oración de Operación Mundo, disponible solo en inglés]. Este libro expone a los niños a los grupos de personas del mundo. Les enseña sobre su historia, su cultura y sus costumbres. También les ayuda a los niños a aprender sobre la obra que Dios está haciendo en las naciones y cómo pueden orar por cada grupo de personas. United: Captured by God’s Vision for Diversity [Unidos: capturados por la visión de Dios por la diversidad, disponible solo en inglés], escrito por Trillia Newbell. Este revelador libro nos desafía en la iglesia a experimentar el gozo de la diversidad, e incluso más, a buscarla. The Beautiful Community: Unity, Diversity, and the Church at its Best [La hermosa comunidad: unidad, diversidad y la iglesia en su mejor expresión, disponible solo en inglés], escrito por Irwyn Ince. Este hermoso libro pinta una imagen de la iglesia tanto diversa como unida en Cristo. Es teológicamente sólido y práctico. Cuando buscamos unidad en nuestra iglesia, reflejamos a nuestro Dios Trino. His Testimonies, My Heritage [Sus testimonios, mi herencia, disponible solo en inglés]. Este es un devocional escrito por mujeres de color que exponen el Salmo 119. Quizás tú también te sientes inútil mientras miras las noticias o revisas tus redes sociales. Podrías preguntarte qué impacto puedes tener al llevar sanidad y reconciliación a nuestra nación. Si estás buscando un lugar por donde comenzar, empieza en casa. Enséñales a tus hijos a amar a los pueblos perfectamente diversos que Dios ha creado.
Este recurso fue publicado originalmente en el blog de Christina Fox.
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Regocíjate, ora y da gracias
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Regocíjate, ora y da gracias

No sé tú, pero yo he tenido que limitar mi ingesta de noticias, principalmente porque me habían abrumado. Apesadumbran mi corazón. Gatillan mis preocupaciones y temores. Es por eso que aprecio los esfuerzos de muchos de desvivirse para destacar y compartir el bien que se está realizando. Ya sean historias de profesores de escuelas que conducen hacia los vecindarios de sus estudiantes o vecinos que ayudan a otros vecinos o maneras creativas en que las personas están sacando el mayor partido posible de una situación difícil; todas esas historias me recuerdan que hay bien en medio del mal. ¿Y acaso no necesitamos un poco de buenas noticias ahora?  A medida que leo o veo estas historias, recuerdo tanto más cómo los cristianos tienen una razón mayor para disfrutar las buenas noticias. Aún más, conocemos la mejor noticia: el Evangelio de Jesucristo. Puesto que conocemos esta buena noticia, siempre tenemos una razón para regocijarnos. Conocemos una alegría que trae luz incluso en los momentos más oscuros. Quizás por esa razón Pablo escribió en 1 Tesalonicenses 5: «Estén siempre gozosos. Oren sin cesar. Den gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para ustedes en Cristo Jesús» (16-18). Muchas veces en mi vida cristiana me he preguntado cómo es posible estar siempre gozosos. ¿Incluso cuando mi corazón está roto? ¿Incluso ante pérdida? ¿Incluso cuando tengo temor? Lo que he aprendido desde entonces es que Pablo no nos está llamando a ser súperoptimistas o a decir que algo es bueno cuando claramente no lo es. Él no nos llama a ponerle al mal tiempo buena cara y a negar el dolor del sufrimiento que experimentamos. La verdad es que las cosas malas que ocurren en la vida son el resultado de la caída y debemos lamentar esas cosas, pues este mundo no es como debiese ser. Debemos llamar al mal por lo que es. Sin embargo, en medio de nuestros dolores y tristezas, tenemos un gozo que actúa como una corriente subterránea constante; nos mantiene avanzando, a pesar de las oleadas de una vida llena de tormentas. Podemos regocijarnos siempre por Cristo. Podemos regocijarnos porque hemos sido rescatados del pecado y salvados para la eternidad. Podemos regocijarnos porque conocemos a Dios y porque Él nos conoce. Podemos regocijarnos porque somos amados por Aquel que gobierna todas las cosas, sustenta todas las cosas y determina todas las cosas. Como Calvino escribió: «Si consideramos lo que Cristo nos confirió a nosotros, no habría amargura de dolor tan intensa que no sea aliviada y dé paso a un gozo espiritual». Pablo conecta el regocijo, la oración y la acción de gracias aquí porque existe una interesante relación entre las tres. Trabajan juntas, contribuyendo y reforzando a la otra. Cuando somos lastimados y sufrimos, clamamos a Dios en oración, poniendo nuestras cargas sobre Él. Al hacer eso, encontramos paz y gozo en medio de ese dolor mientras el Espíritu anima nuestros corazones y nos recuerda quién es Dios y qué ha hecho por nosotros. En esto, la oración y el regocijo van de la mano. Por lo tanto, Pablo nos alienta a orar sin cesar, para que nuestro gozo sea completo y así podamos regocijarnos siempre. Entonces, sucesivamente, respondemos en agradecimiento por la bondad y la fidelidad del Señor hacia nosotros. Realmente, es una cadena condensada de lo que Pablo escribió en Filipenses 4:
Regocíjense en el Señor siempre. Otra vez lo diré: ¡Regocíjense! La bondad de ustedes sea conocida de todos los hombres. El Señor está cerca. Por nada estén afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer sus peticiones delante de Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús (vv. 4-7).
En lugar de inquietarnos, desesperarnos y llenarnos de una crónica preocupación, debemos tener «razonabilidad», una moderación del espíritu. Debemos llevar todas nuestras preocupaciones al Señor en oración, envueltas en agradecimiento. El Señor, entonces, nos da una paz que no tendrá sentido para quienes están fuera de Cristo, puesto que sobrepasa todo entendimiento humano. Es una paz espiritual; una paz anclada al Evangelio; una paz enraizada en nuestra unión con Cristo nuestro Salvador. Me encanta lo que dijo Spurgeon sobre esta relación entre regocijo, oración y agradecimiento:
Mientras más oración, hay más regocijo. La oración brinda un canal para el dolor contenido del alma, fluye hacia afuera y, en su lugar, arroyos de deleite sagrado se vierten en el corazón. Al mismo tiempo, mientras más regocijo, hay más oración. Cuando el corazón está en una condición quieta y lleno de gozo en el Señor, entonces también será seguro acercarse al Señor en adoración. El gozo y la oración santas siguen y reaccionan una sobre otra y en perspectiva de lo que aún está por venir.
Por tanto, si eres como yo y estás cansado de todas las malas noticias en estos días, recuerda la buena noticia. La mejor noticia. La noticia de Jesucristo y su sacrificio por el pecado. Regocíjate en el Señor. Llévale todas tus necesidades, preocupaciones, dolores e inquietudes a Él en oración. Luego responde con agradecimiento por quién es Él, por lo que ha hecho y lo que hará.
Este recurso fue publicado originalmente en el blog de Christina Fox.
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Cristo nuestra roca y refugio
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Cristo nuestra roca y refugio

He pasado mucho tiempo en los Salmos estos últimos par de meses. Principalmente, porque estamos discutiendo los lamentos en un grupo virtual de apoyo que facilito, pero también porque es lo que mi propio corazón necesita en este mismo momento. Necesito que la honestidad abierta del salmista me ayude a darle voz a lo que ocurre en mi propio corazón. Necesito saber que no estoy sola en mis sentimientos de soledad, aislamiento, temor, desilusión y pena. Necesito certeza en estos tiempos de incertidumbre y los Salmos me apuntan a lo que es verdadero e inmutable. Mientras hojeo las páginas, veo que hay un tema repetido a lo largo de los Salmos. Ya sea que el salmista esté cantando alabanza y dando gracias o esté clamando en lamento, a menudo veo una palabra o frase repetida que él usa para describir quién es Dios. El salmista se refiere a Dios como su refugio y protección. Él describe a Dios como una roca, una fortaleza; como una altura inexpugnable.
«El Señor es mi roca, mi baluarte y mi libertador; mi Dios, mi roca en quien me refugio; mi escudo y el poder de mi salvación, mi altura inexpugnable» (Sal 18:2). «Porque Tú eres mi roca y mi fortaleza, y por amor de Tu nombre me conducirás y me guiarás» (Sal 31:3). «Sé para mí una roca de refugio, a la cual pueda ir continuamente; Tú has dado mandamiento para salvarme, porque Tú eres mi roca y mi fortaleza» (Sal 71:3).
En términos prácticos, una roca es un lugar para esconderse. Sus grietas y cuevas entregan protección de las bestias, de las tormentas y de los enemigos. Una roca también es el cimiento sobre el cual nos levantamos y construimos. Es sólida y segura. Las rocas se usan para construir murallas y fuertes que protegen a quienes están dentro. Una gigantesca roca, como una montaña, es inamovible; permanece firme a través de las tormentas y batallas más temibles. Por esta razón, no es sorpresa que se haga referencia al Señor como una roca. Es uno de los muchos nombres encontrados en la Escritura: «¡La Roca! Su obra es perfecta, porque todos sus caminos son justos; Dios de fidelidad y sin injusticia, justo y recto es Él» (Dt 32:4). Usado figurativamente, este nombre nos recuerda que podemos correr a Dios cuando tememos. Podemos buscar protección y seguridad. Él es nuestro refugio (Dt 33:27). Él es nuestro protector y refugio de las violentas tormentas de la vida. Él es nuestro Salvador y Rescatador. Y mientras a nuestro alrededor hay caos, nuestro Dios es inmutable y constante. Firme, fuerte, seguro, fiel, eterno. Tampoco es sorpresa que también se haga referencia a Cristo como roca. Pablo nos dice en 1 Corintios 10, que Cristo fue la roca espiritual de Israel mientras deambulaban en el desierto: «Porque bebían de una roca espiritual que los seguía. La roca era Cristo» (v. 4). También se hace referencia a Cristo como la piedra angular de la iglesia. Así como la piedra angular de las construcciones sostiene dos muros juntos, Cristo une a la iglesia (Ef 2:20). «Por tanto, así dice el Señor Dios: “Yo pongo por fundamento en Sión una piedra, una piedra probada, angular, preciosa, fundamental, bien colocada. El que crea en ella no será perturbado”» (Is 28:16). Cristo es el cumplimiento de todas las promesas de Dios de ser nuestra roca y fortaleza. Él es nuestro verdadero refugio. Él es la respuesta al clamor por salvación y liberación del salmista. Él nos rescató del pecado y de la muerte. Él se unió a nosotros por medio de la fe en su vida, muerte y resurrección. Él nos hizo suyos. Él es nuestro lugar de seguridad. Nuestro refugio, nuestra fuerza y nuestra fortaleza. No debemos ir lejos para buscar refugio en Cristo, puesto que Él nos hizo su morada. Su Espíritu vive dentro de nosotros. El mismo Espíritu que resucitó a Cristo de los muertos es el mismo Espíritu que nos anima en nuestros corazones débiles, fortalece nuestra fe, nos exhorta cuando pecamos y nos transforma más y más a la imagen de Cristo. ¡Es algo maravilloso en lo que pensar! Cuando necesitamos refugio y protección, Él está tan cerca de nosotros: ¡a una oración de distancia! Este recordatorio ha sido un ánimo para mi corazón durante estos tiempos de incertidumbre. Solo refugiarme en Dios como mi roca calma mi mente distraída. Saber que Cristo es mi refugio y que Él siempre está conmigo me da esperanza. Oro para que sea igual para ti también. Padre que estás en el cielo: Tú eres mi roca, mi refugio y mi lugar seguro. Eres mi fundamento firme. Tú no cambias. Nada puede moverte. Te doy gracias porque en Cristo estoy segura. Él es mi refugio y mi fortaleza. Nada ni nadie puede arrebatarme de Él. Que estas verdades sean mi consuelo y mi fuerza en estos tiempos de incertidumbre. En el nombre de Jesús, amén. 
Este recurso fue publicado originalmente en el blog de Christina Fox.
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Para el corazón distraído
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Para el corazón distraído

Cuando comenzó esta crisis, me topé con varios memes que describían lo que las personas en el pasado habían logrado durante los tiempos de cuarentena: grandes cosas como obras teatrales, obras de arte y descubrimientos científicos. Pensé que puesto que estoy confinada en casa y toda mi vida fue puesta en espera, yo también dedicaría mi tiempo extra a algunas cosas que quería hacer, pero simplemente no tenía el tiempo para hacerlas. Pensé que finalmente tomaría un pincel y crearía algo hermoso. Pensé que escribiría y generaría más contenido que no sabría qué hacer. Pensé que finalmente aprendería hacer mi propia pasta y organizaría el armario de la habitación que destinamos para hacer escuela en casa. No tanto.

Una mente y un corazón distraídos

Aunque he logrado algunas cosas, esas grandes cosas que pensé que haría no se han hecho realidad. En mayor parte, porque mi mente estaba muy distraída. Tenía dificultad para enfocarme y concentrarme en las tareas inmediatas. Me encontré a mí misma pensando más y más sobre la situación actual. Me encontré a mí misma obsesionándome con el futuro y preguntándome cómo sería. Encontré mi mente consumida por cosas como nuestra salud, el contenido de la despensa y del refrigerador, el trabajo de mi esposo y cómo ayudar a mis hijos a navegar este cambio en sus vidas. En Mateo 6, Jesús predicó ese pasaje demasiado conocido sobre las preocupaciones e inquietudes en esta vida. Es uno de esos pasajes que yo conozco bien, que doy por sentado. Ya no me detengo ni me enfoco en lo que significa. Dada mi mente distraída, pensé que sería tiempo de volver a él una vez más.
Por eso les digo, no se preocupen por su vida, qué comerán o qué beberán; ni por su cuerpo, qué vestirán. ¿No es la vida más que el alimento y el cuerpo más que la ropa? (Mt 6:25).
La palabra griega para «preocupen» en este pasaje es merimnaó que significa ser separado; ser dividido; distraído. Otras traducciones dicen: «afanen». Esta es una buena descripción de mi experiencia en estos últimos par de meses. Mi mente se había dividido como si estuviera yendo por el camino sin salida de «las suposiciones de qué pasaría si...». He estado preocupada por muchas cosas. He puesto mis energías presentes en las preocupaciones futuras. Cuando Jesús menciona cosas como comida y ropa en este pasaje, Él está hablando sobre estar afanados por las preocupaciones e inquietudes de la vida: toda nuestra vida aquí en la tierra. Esto incluye todas las cosas por las que nos preocupamos en la vida, dentro de ellas están nuestra salud, nuestras necesidades y nuestra provisión futura. Entonces, Él usa un argumento lógico de deducción, argumentando desde lo mayor a lo menor. «¿No es la vida más que el alimento y el cuerpo más que la ropa?». Martyn Lloyd-Jones comenta sobre este argumento:
El argumento es profundo y poderoso; ¡y qué inclinados estamos a olvidarlo! Dice en efecto, «Tomad esta vida de la cual os preocupáis y angustiáis. ¿De dónde la obtuvisteis? ¿De dónde viene?». La respuesta, desde luego, es que es un don de Dios. El hombre no crea la vida; el hombre no se da el ser a sí mismo. Ninguno de nosotros decidió venir a este mundo. Y el hecho mismo de que estemos vivos en este momento, se debe enteramente a que Dios lo decretó y decidió así. La vida misma es un don, un don de Dios. De modo que el argumento que nuestro Señor emplea es este: Si Dios le ha dado el don de la vida —el don mayor— ¿creéis que ahora de repente va a negarse a sí mismo y a sus propios métodos, y a no procurar que la vida se sostenga y pueda continuar?
Pablo usa un argumento similar en Romanos 8:32 y es uno de mis versículos favoritos: «El que no negó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también junto con Él todas las cosas?». Si Dios proveyó para la más grande e importante necesidad que teníamos —nuestra salvación del pecado— ¿cómo podemos pensar que Él fallará en proveer lo que necesitamos en este momento? Debido a que Él nos rescató y redimió de nuestro más grande temor —la separación eterna de Dios—, nosotros podemos estar seguros de que Él satisfará nuestras preocupaciones e inquietudes actuales.

Seguros en el cuidado de nuestro Padre

Jesús luego cambia de un argumento menor a uno mayor:
Miren las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros, y sin embargo, el Padre celestial las alimenta. ¿No son ustedes de mucho más valor que ellas? ¿Quién de ustedes, por ansioso que esté, puede añadir una hora al curso de su vida? Y por la ropa, ¿por qué se preocupan? Observen cómo crecen los lirios del campo; no trabajan, ni hilan. Pero les digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos. Y si Dios así viste la hierba del campo, que hoy es y mañana es echada al horno, ¿no hará Él mucho más por ustedes, hombres de poca fe? (vv. 26-30)
En esta sección, Jesús hace que miremos a dos características comunes de su creación, cosas que vemos cada día. Él lleva nuestra mirada a los cielos para mirar a las aves. Dios provee el alimento que ellas necesitan cada día. Son solo aves, ¿cuánto más proveerá para nosotros? Luego, Él nos hace considerar los lirios del campo: las flores silvestres comúnmente encontradas en Israel. Dios las viste con ropas más hermosas que las de Salomón, ¿cuánto más entonces Dios proveerá para nuestras necesidades diarias? Esto debe hacer que tomemos una pausa y nos preguntemos: ¿por qué Dios provee para nosotros? Jesús nos dice: «[...] Y sin embargo, el Padre los alimenta [...]». Dios es nuestro Padre celestial y nosotros somos sus hijos adoptados en Cristo (Ga 3:26-29). Somos hijos del Rey. Todos tenemos los derechos y los privilegios que vienen al ser sus hijos. Somos herederos de Él de todas las cosas. Toma un momento para considerar la importancia de tu adopción. Considera todas las maneras en la que un padre lucha por satisfacer las necesidades de sus hijos. Considera el amor que los padres humanos tienen por sus hijos. ¡Cuánto más es el amor y el cuidado de Dios por nosotros! ¡Cuánto más santo y perfecto es su amor y preocupación! Es por eso que Jesús nos dice que no nos preocupemos, puesto que estamos seguros en las manos de nuestro Padre en el cielo. J.I. Packer escribió:
La adopción [...] se trata del privilegio más grande que ofrece el evangelio [...]. La adopción es un concepto relacionado con la familia, concebida en términos de amor, y que ve a Dios como padre. En la adopción Dios nos recibe en su familia y a su comunión, y nos coloca en la posición de hijos y herederos suyos. La intimidad, el afecto, y la generosidad están en la base de dicha relación. Estar en la debida relación con el Dios juez es algo realmente grande, pero es mucho más grande sentirse amado y cuidado por el Dios padre.
Jesús concluye:
Por tanto, no se preocupen, diciendo: «¿Qué comeremos?» o «¿qué beberemos?» o «¿con qué nos vestiremos?». Porque los gentiles buscan ansiosamente todas estas cosas; que el Padre celestial sabe que ustedes necesitan todas estas cosas. Pero busquen primero su reino y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas (vv. 31-33).
¡Qué liberador es saber que debido a que somos hijos de Dios, no tenemos las mismas preocupaciones o inquietudes que aquellos que están lejos de Cristo! No tenemos que preocuparnos por el futuro. Nuestras mentes no tienen que ser distraídas o divididas, como les ocurre a aquellos que no conocen el cuidado de Dios por ellos. Nuestra adopción en Cristo nos libera de centrarnos en todas las «suposiciones de qué pasaría si...» de la vida. Al contrario, somos liberados para buscar primero el Reino de Dios. Somos liberados para enfocar nuestras mentes y nuestros corazones en quién Dios es y en lo que Él ha hecho, sabiendo que nuestro Padre satisfará todas nuestras necesidades para esta vida. Estas verdades en Mateo 6 son las que necesito recordar cuando mi mente está distraída y divida con la preocupación. Estas son las verdades que necesito recordar cuando me preocupo por los días, las semanas y los meses inciertos que vendrán. Dios es mi Padre. Él está conmigo en el presente y tiene mi futuro seguro. Puedo confiar en que Él proveerá para mí, no importa lo que depare el futuro.
Este recurso fue publicado originalmente en el blog de Christina Fox.
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Un corazón contrito y humillado
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Un corazón contrito y humillado

Lávame por completo de mi maldad, Y límpiame de mi pecado (Sal 51:2).
No sé tú, pero mi primera respuesta ante el pecado en mi vida es minimizarlo. Busco maneras de aliviar mi responsabilidad. Alguien más me hizo enojar y esa es la razón por la que respondí de la manera en que lo hice. Estaba enferma, cansada o simplemente no recuerdo haber hecho algo mal. O qué tal esta: lo que hice no es tan malo como lo que alguien más hizo. En todas estas formas y más, intento justificar mis acciones, hacer que mi pecado parezca algo bueno, cuando en realidad está lejos de serlo. En el Salmo 51, podemos vislumbrar el corazón de un pecador, el rey David. El profeta Natán confrontó a David por su pecado contra Betsabé y su respuesta inmediata no fue autojustificarse. Él no intentó minimizar su pecado ni buscar a otro a quien echarle la culpa. Él ni siquiera planteó algún método para rehabilitarse a sí mismo; al contrario, simplemente dijo: «He pecado contra el Señor» (2S 12:13). Entonces, escribió el Salmo 51, un lamento en el cual confesó su pecado al Señor. Este salmo, más adelante, se convirtió en un himno para el pueblo de Dios. Hay mucho que podemos aprender del salmo de David sobre la confesión del pecado. Es más, puede ayudarnos a darle forma a nuestras oraciones de confesión. Confía en el amor y en la bondad constantes de Dios: «Ten compasión de mí, oh Dios, conforme a tu gran amor; conforme a tu inmensa bondad, borra mis transgresiones» (v. 1, NVI). Al comienzo de este salmo, David se entrega en humilde confianza al amor e inmensa bondad del pacto de Dios. Estas son características de Dios que se encuentran a lo largo de la Escritura, conectadas con su identidad como el Gran YO SOY (ver Ex 34:6-7). Esta es la verdad en la que nosotros también debemos descansar cuando clamamos al Señor y buscamos su perdón por nuestro pecado. Nos acercamos a Aquel que no cambia en su amor ni inmensa bondad. El mismo Dios que pasó delante de Moisés mientras él se escondía detrás de una roca, es el mismo Dios que escucha nuestras oraciones hoy. El mismo Dios al que David se volvía en oración, es el mismo Dios al que nosotros nos volvemos hoy, lleno de amor e inmensa bondad. Nuestro pecado es contra Dios: aunque el pecado de David fue cometido contra Betsabé y su esposo Urías, en última instancia fue un pecado cometido contra un Dios santo y justo. «Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos [...]» (v. 4). Debemos recordar que todo nuestro pecado es cometido contra Dios. Incluso un pecado, sin importar cuán pequeño pueda ser, es una ofensa contra Aquel que es puro y santo. Cuando pecamos, es importante que lo llamemos tal cual es; que lo nombremos; que no lo minimicemos ni excusemos, sino que lo confesemos. La salvación solo se encuentra en Dios: solo Dios puede limpiarnos de nuestro pecado. «Lávame por completo de mi maldad, y límpiame de mi pecado. [...] Purifícame con hisopo, y seré limpio; lávame, y seré más blanco que la nieve. [...] Líbrame de delitos de sangre, oh Dios, Dios de mi salvación [...]» (v.2. 7, 14). En los días de David, la expiación de los pecados se realizaba por medio del sistema sacrificial, que debía repetirse una y otra vez. A este lado de la historia redentora, el pecado y la salvación se encuentran en Jesucristo. Por medio de la fe en su vida perfecta, su muerte sacrificial y su resurrección triunfante, somos limpiados del pecado y reconciliados. No hay otro lugar al que podamos ir para encontrar vida y esperanza que no sea en Jesús. Nadie más puede rescatarnos, solo el perfecto Cordero de Dios. Por mucho que a la humanidad pudiera gustarle pensar de otra manera, no existe otra solución, plan o remedio disponible para nosotros. «Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí» (Jn 14:6). Nuestro pecado es una barrera entre nosotros y Dios: David hace referencia a esta barrera en el Salmo 51: «No me eches de tu presencia, y no quites de mí tu Santo Espíritu. Restitúyeme el gozo de tu salvación, y sostenme con un espíritu de poder [...]» (vv. 11:12). Desde que nuestros primeros padres pecaron y fueron expulsados del Jardín, ha existido una barrera entre nosotros y Dios. Jesús vino a romper esta barrera; vino para llevarnos de vuelta a la correcta relación con Aquel que nos hizo. Al remover esta barrera, ahora tenemos acceso completo al trono de la gracia, donde podemos ir a Dios en confianza y recibir la gracia y la ayuda que necesitamos (Heb 4:16). Dios nos limpia y nos hace nuevos: en este lamento, David pide limpieza: «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí» (v. 10). David no solo quiere perdón, él quiere ser limpiado; quiere ser lavado de su pecado. Tenemos que ser reconciliados antes de que podamos ir a la presencia de Dios, puesto que solo aquellos que son santos pueden presentarse ante Él. En Cristo, somos nuevas criaturas. «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, ahora han sido hechas nuevas« (2Co 5:17). ¡Que sublime gracia! Dios quiere nuestros corazones contritos y humillados: «Porque Tú no te deleitas en sacrificio, de lo contrario yo lo ofrecería; no te agrada el holocausto. Los sacrificios de Dios son el espíritu contrito; al corazón contrito y humillado, oh Dios, no despreciarás» (vv. 16-17). No llevamos nada al trono de la gracia más que nuestros corazones contritos y humillados. Vamos a Dios tal cual somos; lo hacemos por medio del sacrificio de Cristo, envueltos en su manto de justicia. Cuando hemos pecado, es bueno y correcto ir al Señor en lamento por nuestro pecado, llevándole nuestros corazones contritos y humillados. Ese es un sacrificio en el que Él se deleita. Nuestra respuesta a esta gracia es un corazón que se regocija: cualquiera que encuentra la sublime gracia de Dios (que haya sido perdonado, limpiado y reconciliado con Dios), no puede evitar sino responder en adoración a Aquel que lo hizo. «Restitúyeme el gozo de tu salvación, y sostenme con un espíritu de poder» (v. 12). «Abre mis labios, oh Señor, para que mi boca anuncie tu alabanza» (v. 15). Cuando hemos confesado nuestro pecado, cuando nos hemos apropiado del Evangelio de Jesucristo en nuestro corazón y cuando hemos experimentado la gracia y el perdón de Dios nuevamente, respondemos en adoración y agradecimiento. Nos regocijamos ante la bondad de Dios. David pecó contra Betsabé y sintió correctamente el aguijón de la convicción. Su culpa le pesó, tanto que sintió que sus huesos estaban quebrantados (v. 8). Cuando también sintamos el dolor de la convicción de pecado, seamos rápidos para correr a nuestro Padre en oración. Vayamos a Él en humildad  y honestidad, con completa confianza, sabiendo que nuestro amoroso y misericordioso Dios nos perdona por medio de la sangre limpiadora de nuestro Salvador Jesucristo.
Este recurso fue publicado originalmente en el blog de Christina Fox.
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Extraño la comunidad
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Extraño la comunidad

Cada día cuando abro el refrigerador, me acuerdo. Veo la reserva de bebestibles y comida que tengo para personas específicas. Cuando saco ingredientes de la despensa para preparar la cena cada noche, también me acuerdo. Veo mi surtido de platos de cartón y los cubiertos de plástico, solo esperando que alguien los use. Cuando paso por mi comedor y veo los manteles doblados en el aparador, limpios y listos para ponerlos en la mesa, me acuerdo. Veo las sillas vacías que no se han usado en un año. Todos estos son pequeños recordatorios diarios de cuando solía recibir personas para comer en casa (amigos, familia, grupo pequeño, fiestas). Recuerdo cuánto ha cambiado el último año y cuánto extraño la comunidad.  Extraño lo espontáneo: «oigan, juntémonos a almorzar para ir a ese nuevo restaurante en el barrio». Extraño esas cenas donde cada uno llevaba un plato de comida; extraño compartir y probar nuevas recetas con amigos.  Extraño la sobremesa, cuando te sientas en el comedor para conversar por largo rato después de haberlo comido todo. De pronto, alguien ve la hora y te das cuenta de que estuviste sentado en el mismo lugar por horas haciendo nada más que compartir la vida los unos con los otros.  Extraño celebrar ocasiones especiales con la familia y los amigos donde todos rodean a la persona en frente de un gran pastel, cantando «Cumpleaños feliz» y riéndonos mientras la persona que sopla las velas siempre lucha con apagar esa llama que se resiste.  Extraño mirar a una amiga y ser capaz de saber lo que está pensando solo con ver su rostro. Extraño a todos los miembros de mi iglesia reunidos, cantando y regocijándose juntos como un cuerpo. Aunque estoy agradecida de que un cuarto de nosotros pueda entrar en el gimnasio con distancia social los domingos en la mañana, extraño a los otros tres cuartos cuyos rostros y voces no he visto en un año. Extraño estar con personas sin preocuparme si es que alguien podría estar enfermo o no y preguntarme si estoy demasiado cerca; si detrás de la mascarilla hay un ceño fruncido o una sonrisa, sin detestar que todo lo que escucho suena como si hablaran entre dientes, pero asiento de todas maneras. Extraño mi comunidad. En el Salmo 42, los hijos de Coré escriben sobre estar lejos de la casa de Dios. Por alguna desconocida razón, no pueden ir al templo a adorar a Dios. Ellos tienen hambre y sed de estar en su presencia. Están tristes y afligidos por la separación y están preguntándose cuándo pueden estar con Él nuevamente. Miran hacia los dulces recuerdos cuando se reunían junto a la multitud para adorar, cantar y regocijarse en su gran Dios. «Me acuerdo de estas cosas y derramo mi alma dentro de mí; de cómo iba yo con la multitud y la guiaba hasta la casa de Dios, con voz de alegría y de acción de gracias, con la muchedumbre en fiesta» (Sal 42:4). Siento este anhelo cada domingo. También lo sentí esta semana pasada (el fin de semana cuando se realiza la conferencia anual de líderes del ministerio de mujeres de nuestra denominación). Más que una conferencia, es como un regreso a casa. Me encanta ver a mis hermanas de todo el mundo. Me encanta ponerme al día con abrazos, historias y comunión. Me encanta cómo retomamos nuestra conversación justo donde la dejamos la última vez que nos juntamos, como si solo hubiera habido una breve pausa en ella. Me encanta cómo nos animamos mutuamente en el ministerio. Me encanta cómo aprendemos la una de la otra. Me encanta cómo todas nos regocijamos en el fruto que Dios produce en el ministerio que cada una lleva a cabo. La conferencia de este año fue virtual y, ¡oh, cómo anhelamos estar juntas en persona! Usamos la tecnología disponible para conectarnos, animarnos y equiparnos mutuamente en la obra del ministerio y estoy agradecida por eso. Estoy agradecida por las plataformas que nos permiten tener estudios bíblicos de manera virtual. Estoy agradecida por el liderazgo de la iglesia que trabaja para hacer disponible una adoración que sea segura para todos. Estoy agradecida por todas las maneras que hemos aprendido a navegar en nuestra nueva realidad.  Pero aún así extraño la comunidad. Eso es porque no fuimos hechos para la conexión filtrada. No fuimos creados para ser satisfechos con la amistad mediada por una pantalla. No fuimos hechos para el distanciamiento de un metro y medio. Fuimos creados para vivir la vida juntos; para sentarnos en la mesa por horas; para reírnos, abrazarnos y contarnos historias; para reunirnos con la multitud y regocijarnos en la bondad de Dios.  No quiero acostumbrarme a cómo son las cosas ahora. Quiero continuar anhelando la comunidad en persona. Quiero que me fastidie y me recuerde cómo se supone que deben ser las cosas. Por lo tanto, dejaré esos bebestibles que le gustan a mis amigos en el refrigerador y seguiré guardando mi surtido de platos de cartón listos y esperando.  Y seguiré extrañando a la comunidad.
Este recurso fue publicado originalmente en el blog de Christina Fox.
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Acerca de la maternidad y el paso del tiempo
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Acerca de la maternidad y el paso del tiempo

Es el fin del año escolar aquí y decidí comenzar a trabajar en una tarea que he postergado por demasiado tiempo: revisar las numerosas cajas de trabajos de la escuela en casa. Tenemos años dignos de encuadernar, llenos de lecciones y guías de trabajo. Guardé los trabajos de mis hijos desde el primer día que comenzamos la educación en casa, en parte, porque necesitaba hacer un portafolio; pero por otra, porque simplemente no podía deshacerme de ellos.  Mi hijo mayor acaba de terminar su penúltimo año de secundaria y ya era hora. Tenía pavor de revisar sus trabajos escolares porque sabía lo que representaban. Sabía que abrir esas cajas y hojear los exámenes de ortografía, los quiz de matemáticas y los ejercicios de caligrafía me gritarían la dura y difícil verdad: el tiempo pasó demasiado rápido. Sabía que destellarían dulces recuerdos en mi mente: recuerdos de acurrucarnos en el sofá en la tarde para leer en voz alta, de registrar la playa buscando conchas en ese año en el que estudiamos la vida del mar y de las risas por la insistencia de mi hijo en ilustrar cada palabra en sus exámenes diarios de ortografía; recuerdos de la Gran Muralla China y de la construcción de nuestra propia versión en miniatura en la sección de manualidad; recuerdos de cómo animamos a Odiseo a medida que avanzaba en su largo viaje a casa; recuerdos de lapbooks, estudios de unidad y excursiones. Sabía que esos recuerdos provocarían lágrimas y no estaba equivocada. Cuando comenzamos la educación en casa de mi hijo mayor en primer grado, pensamos que sería temporal. Esperábamos hacerlo por un par de años como mucho. Sin embargo, pronto nos dimos cuenta de que era perfecta para él. Él florecía en la escuela en casa y mi hijo menor pronto se unió. Cuando nos cambiamos a una ciudad donde había muchas opciones para que él tomara clases complementarias, floreció ahí también. Cuando cambiamos a su hermano a una escuela cristiana local, mi hijo mayor quería seguir en la escuela en casa. Comenzó su último año este otoño y nuestra historia de educación en casa pronto llegará a su fin.  Miro a mis dos hijos ahora, ambos mucho más altos que yo, y me cuesta ver a los pequeños niños que una vez fueron. A veces, cuando sonríen o se ríen por una broma boba, capto un destello de su niñez, pero de pronto, desaparece y todo lo que veo son pelos a lo largo de la mandíbula de un hombre. Luego, escucho el tintineo de las llaves del auto, pues salieron a ver a unos amigos. Parece que fue ayer que mi hijo mayor estaba aprendiendo a contar; ahora, lo inscribimos para estudiar Cálculo en otoño. Las conversaciones que una vez se centraron completamente en responder las preguntas de los porqués de la vida y de cómo funcionan las cosas, ahora se centran en los planes para el futuro.  Mi vida a lo largo de los años giraba en torno a la jornada y al año escolar. Medía el tiempo por clases, semestres y vacaciones de verano. Entre esos tiempos, había días duros y difíciles en los que nadie quería hacer su tarea y yo anhelaba que viniera una profesora suplente y se hiciera cargo. En otros, anhelaba la siguiente etapa cuando las cosas serían más fáciles. Esperaba con ansias los días en que tuviera menos demanda. Anhelaba los momentos de paz y tranquilidad. A veces, incluso, imaginaba qué más podría hacer con mi tiempo. Si soy honesta, incluso hubo días en los que me revolcaba en autocompasión recordándome a mí misma todo a lo que había renunciado por educar a mis hijos en casa. Sin embargo, todos esos años se han ido demasiado rápido. Mis días como educadora se convirtieron en los de una tutora y consejera vocacional y también esos empleos pronto terminarán. Aunque parte de mí quiere rebobinar el tiempo y volver a esas tardes cuando todos nos sentábamos y escuchábamos la lectura mientras nos turnábamos para leer la historia de la clase del día, parte de mí también ama ver a mis hijos crecer, madurar y convertirse en hombres jóvenes. Me encanta ver que la labor de mis años, los sacrificios de mis días, dan fruto. Me encanta ser testigo de la obra del Señor en sus vidas. Y tengo muchas ganas de ver lo que Él hará en ellos en los años que vienen. Porque esta es la verdad: yo solo he sido una mera administradora de sus vidas durante este tiempo. Ellos pertenecen al Señor y su llamado para mí como mamá pronto se convertirá en un rol distinto. Aun cuando siempre seré su madre, no siempre estaré involucrada en sus vidas diarias. No siempre me necesitarán. No siempre seré su profesora principal.  Mientras repaso esas carpetas de días pasados, más recuerdo que mi trabajo fue temporal; que después de todo no tenía titularidad. Mamás, los días son largos, pero los años son cortos. Esos días de abrirse paso en medio del agotamiento no duran para siempre. Esos días de recoger juguetes, limpiar rostros y enseñar la misma clase una y otra vez pronto se acabarán. Esos días de mirar al reloj hacer tictac tan lentamente hasta la hora de dormir se irán antes de que te des cuenta. Espero que, como Moisés, le pidamos al Señor que nos enseñe a contar nuestros días (Sal 90). Espero que administremos nuestro corto tiempo para la gloria de Dios, ya que «como la hierba son [los] días» (Sal 103:15) y, demasiado pronto, el tiempo con nuestros hijos habrá pasado. 
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El Salmo 66: al otro lado de la aflicción
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El Salmo 66: al otro lado de la aflicción

Hace poco, mi esposo me regaló una de esas bicicletas estáticas que vienen con un entrenador virtual. Al usarla, puedes ver en la pantalla a un entrenador que te dice cuán rápido debes ir y te anima a entrenar más duro. Una entrenadora en particular a menudo se entusiasma con la incomodidad que viene con el aumento de velocidad y resistencia. Frecuentemente dice: «¿no es esto grandioso? ¿Acaso no te sientes bien?». Bueno, ¿tal vez? Aún estoy decidiéndolo. Si bien algunos podrían apreciar la incomodidad que viene con el ejercicio, sin duda no apreciamos la incomodidad, el dolor y la tristeza que acompañan a las aflicciones de la vida. Sé que yo no. No veo nada bueno en ellos. Son dificultades que evito, resisto y de las que huyo. Sin embargo, al leer los Salmos, descubro otra perspectiva sobre la aflicción. En el Salmo 66, encontramos al salmista liderando al pueblo de Dios en un coro de adoración a Dios. Exaltan al Señor por quién es Él y por lo que Él ha hecho. Recuerdan sus obras pasadas y honran su gran nombre. Se maravillan del poder que tiene sobre sus enemigos. Luego, en esta doxología, alaban a Dios por su obra en sus aflicciones. El salmista dirige al coro a alabar a Dios por los sufrimientos que Él trajo sobre ellos:
Porque Tú nos has probado, oh Dios; Nos has refinado cómo se refina la plata. Nos metiste la red; Carga pesada pusiste sobre nuestros lomos. Hiciste cabalgar hombres sobre nuestras cabezas; Pasamos por el fuego y por el agua, Pero Tú no sacaste a un lugar de abundancia (Sal 66: 10-12).
El salmista ve que estas aflicciones provienen de la mano de Dios. No conocemos las circunstancias exactas de estos sufrimientos y podría referirse a múltiples aflicciones que el pueblo de Dios experimentó durante su historia, pero por las palabras que usa el salmista, vemos que son significativas. El pueblo de Dios fue rodeado y gobernado por tiranos. Fueron arrollados como animales. Así como la plata es acrisolada constantemente en el fuego, también, una y otra vez, ellos fueron puestos a prueba.  Cualquiera que haya soportado una larga aflicción sabe cuán agotadora es; cuán difícil es resistir, seguir avanzando y no perder la esperanza; cuán a menudo se levanta un clamor a Dios por liberación y rescate; qué es llorar y lamentarse. Yo lo sé. Y, para ser honesta, rara vez estoy agradecida por las aflicciones que el Señor trae a mi vida. No aprecio la dificultad del refinamiento. Y, ciertamente, no canto alabanzas al Señor por ellas. En este salmo, vemos que su aflicción fue provocada por la mano de Dios para su purificación. Así como un padre disciplina a su hijo, Dios disciplina a los suyos. Él los lleva por dificultades y pruebas para enseñarles y entrenarlos (Heb 12). Las palabras del salmista son un recordatorio de que Dios no ignora el sufrimiento de su pueblo y que usa incluso las injusticias de los impíos contra su pueblo para su bien. Asimismo, nos recuerda las famosas palabras de Pablo: «Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito» (Ro 8:28). Del mismo modo, nos recuerda que no debemos sorprendernos cuando lleguen las dificultades y las aflicciones: «Amados, no se sorprendan del fuego de prueba que en medio de ustedes ha venido para probarlos, como si alguna cosa extraña les hubiera acontecido» (1P 4:12). El salmista mira hacia atrás, al otro lado de su aflicción, y dirige al pueblo en una canción de alabanza a Dios por guiarlos en sus dificultades hacia un lugar de abundancia. Su sufrimiento sí llegó a un fin, pero no solo eso: los llevó a un lugar de abundancia. La palabra hebrea para abundancia aquí es revayah, que significa saturación. Imagina tanta bondad ¡que desborda! Como Juan Calvino señaló: «la verdad que se comunica es que Dios, aunque visita a sus hijos con severos castigos temporales, los coronará finalmente con gozo y prosperidad». Como creyentes, conocemos este gozo y esta abundancia tanto en esta vida como en la que vendrá. Experimentamos este gozo aquí y ahora a medida que Dios nos inunda con gracia sobre gracia. Lo experimentamos por medio de la obra del Espíritu en nosotros a medida que Él nos anima con la verdad de nuestra unión con Cristo. Lo experimentamos a través de los medios de gracia mientras permanecemos en Cristo. Todos estos son anticipos del gozo abundante que vendrá en la eternidad donde todas las aflicciones ya no existirán. Entonces, el salmista cambia de una oración comunitaria de alabanza a una individual. El resto del salmo se enfoca en sus propias alabanzas al Señor, donde reflexiona en la respuesta de Dios a sus oraciones personales. Durante sus propios sufrimientos, hizo votos al Señor y, al otro lado de la dificultad, los cumplió (vv. 13-15). Entonces, él exhorta a la congregación a aprender de él, a escuchar su testimonio de la fidelidad a Dios: «Vengan y oigan, todos los que temen a Dios, y contaré lo que Él ha hecho por mi alma» (v. 16). Nos recuerda que Dios escucha las oraciones del afligido. Más aún, Dios no solo nos escucha; nos pone atención: «Pero ciertamente Dios me ha oído; Él atendió a la voz de mi oración» (v. 19). ¡Qué padre tan bueno y misericordioso! Gracias a Cristo, podemos acercarnos valientemente a nuestro Padre en el cielo y sabemos que nos escucha. Podemos clamar por ayuda y liberación, y recibir su gracia rescatadora. Es más, sabemos que no estamos solos en nuestros sufrimientos, puesto que nuestro Hermano Mayor anduvo antes que nosotros en el sufrimiento, soportando la máxima aflicción en nuestro lugar. ¡Gracia sobre gracia! Aunque aún estoy indecisa sobre cómo me siento respecto al agotamiento y a la extenuación de ejercitarme en la bicicleta, confío y creo que las aflicciones que Dios trae a mi vida son para mi bien. Aunque las pruebas y los dolores no son buenos en sí mismos, Dios los usa para hacerme más como Cristo y para prepararme para la eternidad junto a Él. El Salmo 66 me recuerda la bondad de Dios y su gracia en esos sufrimientos. Como anima Hebreos, Dios solo disciplina a aquellos que Él ama (12:6). También me recuerda que la alabanza es la respuesta apropiada a la obra refinadora de Dios. Como creyentes, exaltemos al Señor tanto en nuestros corazones como en la comunidad al testificarnos unos a otros la abundante gracia y fidelidad de Dios. ¿Cómo puedes alabar al Señor hoy por la obra que Él ha hecho en tu vida?
Este recurso fue publicado originalmente en el blog de Christina Fox.
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¡Alma mía!
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¡Alma mía!

¿Alguna vez reflexionas sobre tus pensamientos? Más importante aún, ¿sabes lo poderosos que son? Puede parecer extraño considerarlo, pero nuestros pensamientos juegan un papel significativo en la manera en que respondemos a la vida. Nos ayudan a moldear nuestras emociones y acciones. Nos dirigen y guían a sendas piadosas o impías. Pueden decirnos la verdad o una falsedad.  Puede que nos acostumbremos tanto a nuestros pensamientos que se vuelven el ruido de fondo de un hogar ajetreado. No obstante, cuando nos detenemos y ponemos atención a ellos, aprendemos de nosotros mismos; de nuestros anhelos y deseos; de nuestras creencias y esperanzas; de nuestras expectativas de Dios, de nosotros y de otros. Aprendemos sobre lo que atesoramos y lo que adoramos.  Paul Tripp escribió una vez: «No hay nadie más influyente en tu vida que tú, porque nadie habla más contigo que tú». Sé que esto es verdad en mi propia vida y pensamientos. Me hablo a mí misma todo el tiempo. Siempre estoy interpretando y evaluando lo que sucede en mi diario vivir y mantengo un continuo comentario al respecto en mi mente. Frecuentemente, me señaló los fracasos de mi pasado. Me advierto y me prevengo de posibles peligros que pueden surgir en el futuro. Considero y examino las reacciones de otras personas hacia mí y, a la vez, justifico las mías hacia ellas. Me convenzo y me disuado de tomar decisiones. Ensayo refranes repetidos, esas afirmaciones que me repito a mí misma una y otra vez como, por ejemplo: «si solo pasara “x”, entonces tu vida sería mejor» o «¿le importará a alguien?». Todos estos pensamientos influyen en mí y, a menudo, sin que me dé cuenta.  Cuando me detengo para observar mis pensamientos, también noto lo que les falta. De hecho, es la ausencia de deslumbre. En todo esto de hablarme a mí misma, ¿con qué frecuencia me digo que debo considerar todo lo que Dios ha hecho? ¿Con qué frecuencia influyo e insisto a mi corazón a alabarlo?  Recientemente, mientras leía el Salmo 103, me llamó la atención la manera en que David se hablaba a sí mismo, él se animaba a alabar al Señor: «Bendice, alma mía, al Señor, y bendiga todo mi ser su santo nombre» (v. 1). Se exhortaba a sí mismo: «Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios» (v. 2).  ¿Cuáles son esos beneficios que David no quiere olvidar? 
  • Perdón de pecados (v. 3).
  • Sanidad de toda enfermedad (v. 3).
  • Redención de vida (v. 4).
  • Bondad y compasión (v. 4).
  • Satisfacción por estar colmados de bienes para que nuestra juventud se renueve como el águila (v. 5).
¡Pero hay más! David continúa recordándose a sí mismo quién es Dios:
  • «El Señor hace justicia, y juicios a favor de todos los oprimidos» (v. 6). 
  • «Él es clemente y compasivo, lento para la ira y grande en amor» (v. 8, NVI). 
  • «No nos ha tratado según nuestros pecados, ni nos ha pagado conforme a nuestras iniquidades (v. 10). 
  • «Porque como están de altos los cielos sobre la tierra, así es de grande su misericordia para los que le temen» (v. 11). 
  • «[...] Se compadece el Señor de los que le temen» (v. 13). 
  • «[...] la misericordia del Señor es desde la eternidad hasta la eternidad, para los que le temen» (v. 17). 
  • «El Señor ha establecido su trono en los cielos, y su reino domina sobre todo» (v. 19). 
Cualquiera de estos beneficios es digno de ser considerado. Cualquiera de estas características de Dios es digna de ser meditada. Cualquiera de las obras de Dios o de sus sendas es digna de ser examinada. Para David, pareciera que una se va edificando sobre la otra hasta alcanzar un gran crescendo de asombro donde estalla en un llamado a todos a alabar al Señor, incluida su propia alma. «Bendigan al Señor, ustedes todas sus obras, en todos los lugares de su dominio. Bendice, alma mía, al Señor» (v. 22).  Siempre me enseñaron a no interrumpir cuando alguien estaba hablando porque es de mala educación. Pero en el caso de nuestras conversaciones con nosotros mismos, a menudo es necesario que nos interrumpamos. Más aún, es necesario que nos contestemos. Necesitamos predicarnos la verdad a nosotros mismos. Necesitamos repetirnos quién Dios es y lo que Él ha hecho. Necesitamos desarrollar nuevos refranes repetidos para meditar en todos sus beneficios.  Necesitamos repetir las palabras: «Bendice, alma mía, al Señor».
Este recurso fue publicado originalmente en el blog de Christina Fox. Traducción: Marcela Basualto
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Tres maneras en las que la comparación te roba el gozo
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Tres maneras en las que la comparación te roba el gozo

Reconozco el sentimiento en el momento en que sucede. Una amiga anuncia una nueva oportunidad en su vida o habla de una experiencia reciente o me muestra una bendición material y mi primer pensamiento es: «¿por qué no a mí?». Miro mi propia vida y la encuentro deslucida en comparación. Quiero lo que ella tiene. Todo parece tan injusto. He trabajado igual de duro que ella y no tengo nada para demostrarlo. Cualquier bendición que he recibido no se puede comparar con lo que ella tiene. Después, me encuentro atrapada en el lodo de la autocompasión, sintiendo pena de mí misma porque me estoy perdiendo todo lo que mi amiga tiene y yo no. La comparación. Es una lucha que todos conocemos muy bien. Ya sea por escuchar sobre el éxito ministerial de un colega o por recorrer la nueva casa de tu amiga o por ver a otros niños brillar en el campo de béisbol mientras que el tuyo espera en la banca. Sabemos lo que es comparar nuestras vidas y lo que tenemos con alguien más, y querer esa vida en lugar de la nuestra. Esta comparación revela los ídolos del corazón de una manera única. Por lo menos así es para mí. Me muestra cuándo vivo para el éxito o la afirmación. Me muestra cuándo quiero que otras personas noten lo que puedo hacer o lo que he logrado. Revela cuánto vivo por las cosas de este mundo en lugar de vivir por las cosas del cielo. La comparación es escurridiza. Se desliza sigilosamente cuando no estamos prestando atención. Sin embargo, cuanto más quedamos atrapadas en su trampa, más nos roba el gozo. Crea tensión en nuestras relaciones. Vuelve nuestro foco hacia adentro en lugar de hacia arriba. Nos dice que el plan de Dios para nosotras ha fallado; nosotras sabemos mejor cómo debería ser nuestra vida. Nos causa envidia en lugar de dar gracias por todo lo que Dios provee. Si bien hay muchas maneras en las que la comparación nos roba el gozo, aquí hay tres maneras en las que veo como la comparación impacta mi propia vida: La comparación nos hace incapaces de gozarnos con los que se gozan: en Romanos 12:15, Pablo nos exhorta a «go[zarnos] con los que se gozan [...]». En el versículo 10 escribe: «Sean afectuosos unos con otros con amor fraternal; con honra, dándose preferencia unos a otros». Estas advertencias tienen su raíz en nuestra unión unos con otros en Cristo. Todos somos parte del mismo cuerpo (Ro 12:4). Dios bendice a cada miembro del cuerpo de diferentes maneras, dándonos diferentes dones y gracias. Porque somos parte del mismo cuerpo, el bien que Dios hace en la vida de un hermano o hermana es un bien para nosotros también y debemos regocijarnos con ellos por eso. Compararnos con otros evita que podamos gozarnos con ellos. En su lugar, sentimos amargura. Envidiamos las bendiciones en la vida de otro. Nosotros queremos ser honrados, en lugar de honrar a otros. Queremos ser celebrados, en lugar de celebrar lo que Dios ha hecho por alguien más.  La comparación nos aleja de la comunidad: cuando escuchamos buenas noticias en la vida de otro, no solo no nos gozamos con ellos, sino que la comparación nos aleja de ellos. Amenaza nuestra unidad mientras nos esforzamos por superarnos mutuamente en nuestros éxitos y logros. Competimos unos con otros y nos olvidamos que estamos en el mismo equipo. Dejamos de orar por la bendición de Dios en la vida de los demás y enfocamos nuestras oraciones en nuestros deseos. En lugar de trabajar con el cuerpo, trabajamos en su contra. La comparación da lugar al descontento: La comparación da luz al descontento en nuestros corazones. Cuanto más nos comparamos a nosotros mismos y nuestras vidas unos con otros, más insatisfechos nos sentimos, porque siempre hay algo que no tenemos. Siempre hay alguien que tiene algo más. En lugar de encontrar nuestra satisfacción en Cristo y en quién es Él para nosotros (Fil 4:11-13), vamos en busca de elusivos deseos que se desvanecen como cuando el sol disipa la bruma de la mañana. De todas estas maneras y más, la comparación nos roba el gozo y nos deja solamente con amargura, envidia y descontento. Cuando encontremos a nuestros corazones siendo tentados a comparar nuestras vidas con las de otros, miremos a Aquel que «[...] se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, se humilló Él mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Fil 2:7-8). Pablo nos dice que esta mente de Cristo —este corazón de humildad, de considerar a los demás como más importantes— es «tuya en Cristo Jesús» (v. 5). Esto significa que no tenemos que compararnos con otros. Debido a que somos uno en Cristo, tenemos todo lo que necesitamos para resistir la tentación. Él nos ha dado «un mismo parecer, un mismo amor, unidos en alma y pensamiento» (v. 2, NVI) para que no podamos hacer «nada por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos» (v. 3, NVI). Estemos satisfechos en Cristo hoy y gocémonos con los que se gozan.
Este artículo fue publicado originalmente en el blog de Christina Fox.