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Dr. Carl R. Trueman es profesor de Estudios religiosos y bíblicos en Grove City College en Grove City, Pensilvania. Es autor de muchos libros, entre los que se encuentra The Creedal Imperative [El imperativo de los credos].

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¿Deberíamos dejar de usar credos y confesiones?
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¿Deberíamos dejar de usar credos y confesiones?

Muchos cristianos evangélicos desconfían instintivamente de todo lo que tenga que ver con credos y confesiones: esos textos establecidos que ciertas iglesias han usado a lo largo de las épocas para darle una expresión concisa a la fe cristiana. Para tales personas, la idea misma de usar semejantes declaraciones autoritativas de fe extra-escriturales parece amenazar la propia esencia de su creencia de que la Biblia es la revelación singular de Dios, la base suficiente para conocerlo, y la autoridad suprema en asuntos de religión.

Ciertamente, los credos y las confesiones pueden usarse de una forma que socave la visión protestante tradicional de la Escritura. Tanto la iglesia católica romana como la ortodoxa oriental confieren una autoridad tal a la declaración de la iglesia institucional, que los credos pueden parecer llevar una autoridad más basada en la aprobación de la iglesia que en su conformidad a la enseñanza de la Escritura. Los evangélicos tienen razón en querer evitar cualquier cosa que huela a semejante actitud. Sin embargo, me gustaría argüir que los credos y las confesiones deberían cumplir una función útil en la vida de la iglesia y de los creyentes individuales. Primero, los «cristianos sin credo» simplemente no existen. Declarar que uno «no tiene más credo que la Biblia» es un credo, porque la Biblia en ninguna parte se expresa de esa manera. Es una formulación extra-bíblica. En realidad hay sólo dos tipos de cristianos: los que son honestos al admitir que tienen un credo, y los que lo niegan pero igualmente poseen uno. Pregúntale a cualquier cristiano lo que cree, y si piensa aunque sea un poco, no simplemente te recitará textos bíblicos: te ofrecerá, más bien, un informe sumario de lo que considera ser la enseñanza bíblica usando una forma de palabras que serán, en mayor o menor grado, extra-bíblicas. Todos los cristianos tienen credos —formas de palabras— que intentan expresar en un breve compendio grandes porciones de enseñanza bíblica. Y nadie debería ver los credos y las confesiones como independientes de la Escritura: ellos fueron formulados en el contexto de una elaborada exégesis bíblica y dependieron conscientemente de la revelación singular de Dios en y por medio de la Escritura. Dado este hecho, el segundo punto es que algunos cristianos tienen credos que han sido probados y examinados por la iglesia durante siglos, mientras que otros tienen credos creados por su pastor o hechos por ellos mismos. Ahora bien, no hay una razón necesaria por la cual los últimos habrían de ser inferiores a los primeros; pero, sobre la base de que no es necesario reinventar la rueda, ciertamente no es una virtud darles la espalda a aquellas formas de sanas palabras que, por cientos de años, han hecho un buen trabajo articulando aspectos de la fe cristiana y facilitando su transmisión de un lugar a otro y de generación en generación. Si tú quieres, digamos, rechazar el credo niceno, por supuesto que eres libre de hacerlo; sin embargo, deberías al menos tratar de reemplazarlo por una fórmula que haga el trabajo de manera igualmente efectiva para una cantidad similar de gente durante los próximos 1500 años. Si no puedes hacerlo, quizás la respuesta apropiada al antiguo credo no sea la iconoclasia sino la modestia y la gratitud. Tercero, los credos y confesiones de la iglesia nos ofrecen puntos de continuidad con la iglesia del pasado. Como lo observé anteriormente, no hay necesidad de reinventar el cristianismo cada domingo, y en una época anti-histórica y orientada al futuro como la nuestra, ¿que movida más contracultural podemos hacer como cristianos que identificarnos conscientemente con tantos hermanos y hermanas que ya han partido? Además, aunque los protestantes se enorgullecen justificadamente del hecho de que todo creyente tiene derecho a leer las Escrituras y, en Cristo, tiene acceso directo a Dios, deberíamos seguir reconociendo que el cristianismo es primero y por sobre todo una religión corporativa. El medio usado por Dios para obrar en la historia ha sido la iglesia; las contribuciones de los cristianos individuales han sido grandes, pero todas éstas palidecen en comparación con la gran obra divina en y por medio de la iglesia como un todo. Esto se aplica tanto a la teología como a cualquier otra área. Las percepciones de maestros y teólogos individuales a lo largo de los siglos han sido profundas, pero nada logra equiparar la sabiduría corporativa de los píos reunidos en los grandes concilios y asambleas de la historia de la iglesia. Esto me lleva a mi cuarto punto: los credos y las confesiones generalmente se concentran en lo importante. Los primeros credos, tales como el de los apóstoles y el niceno, son muy breves y abordan lo esencial de lo esencial. Sin embargo, esto es así aun en las declaraciones de fe más elaboradas, tales como la Confesión Luterana de Augsburgo o la Confesión de Fe de Westminster. En realidad, cuando observas los puntos doctrinales que estos diversos documentos cubren, es difícil ver qué podría dejarse afuera sin suprimir algo central y significativo. Lejos de ser declaraciones exhaustivas de fe, son resúmenes de lo esencial. Como tales, son singularmente útiles. Por todas las razones anteriores, los evangélicos deberían amar los grandes credos y confesiones. En última instancia, deberíamos seguirlos sólo hasta donde representen el sentido de la Escritura, pero es ciertamente necio y arisco rechazar una de las principales formas con que la iglesia ha meticulosamente transmitido su fe a través de las épocas.
Este artículo fue originalmente publicado por Ligonier Ministries en esta dirección. | Traducción: Cristian Morán
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El consumismo y los constantes cambios que desafían a la iglesia
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El consumismo y los constantes cambios que desafían a la iglesia

Tanto en el mundo evangélico liberal como en el conservador, discutir sobre cultura se ha convertido virtualmente en un rasgo identificatorio. Queda por debatir si esto es en sí mismo un imperativo bíblico o meramente una reacción cultural a una época dominada por el fundamentalismo. En verdad, una de las cosas desconcertantes sobre quienes hoy sacan partido de la discusión cultural cristiana es que, en términos generales, cuando hablan de «cultura», suelen referirse a lo que podríamos llamar cultura popular, particularmente las películas, Internet y la música más habitualmente orientada a los jóvenes. Por lo general, lo que se tiene en mente no es la «cultura» entendida como las tradiciones, las instituciones y los mecanismos mediante los cuales una sociedad transmite una forma de vida a través de las generaciones. No, hoy la palabra «cultura» quiere decir cultura popular e, irónicamente, eso reduce el concepto a una función del mercado. La música, las películas y esa clase de cosas no son tanto un reflejo de la cultura más amplia en los términos de la segunda definición; más bien, representan lo que es y lo que no es comercializable en términos de gusto contemporáneo, y en realidad, no reflejan simplemente un gusto sino también una influencia. Yo diría que, si tenemos esto presente al reflexionar sobre el tema de la cultura y la rapidez del cambio, necesitaremos rechazar uno de los clichés modernos más comunes: la idea de que la cultura moderna está siempre cambiando. Voy a sugerir que este no es el caso. De hecho, la cultura no está siempre cambiando, ni rápidamente ni de otra forma; en lugar de eso, el cambio rápido corresponde a la cultura moderna. Los fenómenos de la cultura moderna —las modas, la música, las celebridades— están cambiando todo el tiempo, pero esta es una función del fundamento cultural subyacente —es decir, el consumismo—. Para las sociedades construidas sobre el consumo, el cambio es un componente esencial. La obsolescencia intencional, la necesidad de que los mercados estén constantemente reinventando productos, los apetitos voraces de todos nosotros por lo nuevo y lo novedoso: estas son las cosas que dirigen la cultura del cambio rápido. Si no fuera así, todos necesitaríamos comprar un solo televisor, una sola lavadora, un solo automóvil, un solo traje elegante, etcétera. Sin embargo, en la realidad, nuestras lavadoras funcionan entre cinco y diez años —tal como se ha establecido en su diseño—, y aunque eso sea un poco molesto, también nos permite reemplazarlas por modelos que, francamente, no hacen un mejor trabajo que los anteriores pero lucen mucho más apropiados para el mundo actual. Aun aquellos aspectos transnacionales de la cultura popular —la cultura juvenil y el deporte— están sujetos a la misma rapidez de cambio. Después de todo, ¿qué chico querría usar algo que estuvo de moda el año pasado? Y actualmente muchos equipos deportivos parecen cambiar los diseños de sus camisetas tan a menudo, que uno se siente afortunado si la camiseta comprada en la tienda del estadio antes del partido sigue siendo la más reciente cuando suena el pitazo final. Como lo he insinuado antes, todo este cambio es una ilusión óptica. Ante nuestros ojos, el mundo puede parecer estar constantemente cambiando como un desfile interminable y centelleante de imágenes caleidoscópicas que marean, pero esto es meramente una ilusión que alimenta el mito que a cada generación le gusta creer sobre sí misma: que esta época, aquí y ahora, es única y especial, y que las reglas del año pasado ya no pueden aplicarse con credibilidad alguna. En absoluto. Puede parecer que estamos viviendo en un mundo de cambio, pero por debajo de todo hay una cultura constante que cambia poco, si acaso lo hace, de un año a otro —la cultura del consumismo que crea el culto al cambio constante—. Es con ese fundamento subyacente que la iglesia debe relacionarse. ¿Cómo puede la iglesia hacer eso? De una sola manera: siendo contracultural. La iglesia, tanto a nivel local como a nivel de sus denominaciones, debe ser el agente de la contracultura. Las «guerras culturales», tan a menudo consideradas por la iglesia en términos de fenómenos culturales como la legislación política, los programas de TV, etcétera, deben entenderse a un nivel mucho más profundo. La iglesia necesita contrarrestar la cultura en los mismísimos fundamentos de ésta. En verdad, en esto la iglesia no tiene alternativa porque, sin duda, entre las consecuencias más desafortunadas de esta mentalidad consumista, se hallan estas dos (que son, ambas, contrarias a la doctrina comúnmente aceptada): Primero, en un mundo donde nada parece ser sólido o seguro, cuando todo está constantemente avanzando, o disolviéndose, o estropeándose, o mutando para convertirse en algo diferente, o incluso convirtiéndose en lo opuesto, la noción misma de estabilidad deja de tener sentido o importancia y, podríamos agregar, el concepto mismo de sentido deja de tener sentido. La conexión entre la forma de ser del mundo en términos de consumo material y la forma en que el mundo piensa sobre la verdad es compleja, pero hay una conexión muy definida. Cuando la estética del cambio permanente es percibida sencillamente  como parte de lo que el mundo es, entonces viene inevitablemente a impactar más que simplemente la forma en que elegimos un par de bluejeans; viene a moldear la visión misma que tenemos del mundo como un todo. Segundo, en un mundo guiado por el consumismo, todo es un producto o una mercancía, y el juego viene a consistir en descubrir lo que el mercado tolerará, y moldear y encauzar la publicidad de tu producto como sea necesario. Aunque uno no puede estar seguro de que la doctrina tradicional jamás «venderá» en tales circunstancias, sí puede estar seguro de que no venderá por mucho tiempo antes de que sea necesario cambiarla, reempaquetarla, hacerla más atractiva, y ayudarla a competir con los nuevos productos que siempre están llegando a las estanterías. En resumen, el cristianismo, con su afirmación de que la verdad no cambia, de que el Jesús de Pablo es el Jesús de hoy, y de que Dios es el gran «sujeto» ante el cual todos somos «objetos», este cristianismo, por su existencia misma, protesta contra la cultura tanto al nivel de los fenómenos (donde la verdad es el cambio, no la estabilidad) como a un nivel fundacional (donde el impulso constante es la negociación entre el proveedor y el consumidor —sea que hablemos de ideas o de marcas de cafeteras—).  Aquí es donde necesitamos ser cuidadosos. En su fascinante libro Nation of Rebels: Why Counterculture Became Consumer Culture (Nación de rebeldes: Por qué la contracultura se convirtió en la cultura del consumidor), Joseph Heath y Andrew Potter muestran en términos aleccionadores cómo la contracultura de la década de 1960 terminó no sólo siendo adoptada por la cultura del consumo sino que incluso llegó a capturar una parte significativa de la cuota de mercado, con frases típicas tales como «Sin logotipo» convertidas en logotipos diseñados. La lección que el libro deja es que el consumismo es una de las fuerzas culturales más poderosas que se hayan desencadenado jamás, y su capacidad de convertir todo en mercancía, aun lo que se opone a ella, es impresionante. Y lo que llegó a suceder con los hippies de la década de 1960 es indudablemente un peligro aun mayor para un mundo evangélico que, en comparación con los asistentes a Woodstock, siempre ha estado más cerca del estilo de vida americano. Así, no basta con que la iglesia simplemente desafíe al cambio en sí mismo; lo que debe hacer es pensar con mucho cuidado sobre la forma en que se relaciona con los motores que guían a esta cultura: la mercadotecnia, la codicia, los conceptos mundanos del éxito y el poder, y la necesidad de encontrar satisfacción en cosas distintas al evangelio. No es fácil darse cuenta de cómo se consigue esto, pero, tomando prestada una frase de la política contemporánea, quizás necesitamos actuar en forma local mientras planificamos de manera global. La iglesia local es indudablemente la unidad más básica de la resistencia contracultural. Decir cada domingo el Credo de los Apóstoles, por ejemplo, es declarar claramente ante la iglesia y el mundo que el cristianismo no se reinventará durante el culto. Los pastores que permanecen en sus cargos por más de un par de años envían una señal de que su ministerio no es una escalera profesional que debe subirse rápidamente sino (¿lo digo o no?) la priorización de la predicación del evangelio por sobre los análisis banales de los últimos éxitos de Hollywood, las letras de las canciones de Bono o las plataformas de este o aquel político. En el mejor de los casos, estas últimas cosas son síntomas superficiales de una cultura de consumo que necesita ser rechazada, no adoptada. La cultura rápidamente cambiante que nos rodea es una señal del poder que los mercados de consumo tienen para hacer la verdad, rehacerla, reempaquetarla, cambiarla de nuevo, y seguir vendiéndola a los clientes cuyos apetitos parecen indefinidamente maleables e insaciables. Como iglesia no necesitamos preocuparnos de que haya cambios sino de las fuerzas oscuras que se hallan detrás. Como la punta del iceberg, el cambio no es la verdadera amenaza: ésta, en realidad, se encuentra bajo la superficie. La iglesia necesita entender que no está simplemente llamada a resistir una cultura de cambio que hace que todo sea negociable; necesita resistir la fuerza motriz que está tras los cambios, y esa fuerza es el consumismo que, en forma preocupante, conduce toda nuestra perspectiva económica y moldea así nuestras vidas en formas de las cuales muchos somos completamente inconscientes. 
Este artículo fue originalmente publicado por Ligonier Ministries en esta dirección. 
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Reseña: Ideología de género
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Reseña: Ideología de género

En los últimos años, la revolución sexual se ha convertido en el asunto político más insistente de nuestro tiempo y uno de los fenómenos sociales más iconoclastas y transformadores que el mundo moderno haya visto. No solo ha reformado la noción del matrimonio, sino que ahora está aniquilando incluso esa suposición más básica con el género binario. En este contexto de caos, solo dos cosas parecen ciertas: que cada cristiano será, en cierto punto, afectado por esto, ya sea en su trabajo, familia o iglesia; y que la mayoría, si es que no todos, se sentirá muy confundido con todo esto. Afortunadamente, está surgiendo literatura buena y accesible sobre este tema. Ideología de género: ¿qué deben saber los cristianos?, escrito por Sharon James, es un ejemplo de ello. Breve en extensión, pero amplio en alcance, ayuda al lector a comprender un poco de la historia detrás del actual caos de género, explica algunos de los fundamentos teóricos del transgénero, resalta exactamente qué está en juego para las personas, la sociedad y la iglesia, y ofrece algunas reflexiones serias sobre cómo los cristianos deben responder . Cualquiera que esté familiarizado con la literatura sobre género, a partir de la obra de Judith Butler en adelante, sabrá que está marcada por una inclinación hacia un vocabulario arcano, las estructuras oracionales ininteligibles y un conjunto de valores generales de ofuscamiento gnóstico. James traspasa esto y ofrece resúmenes brillantes de sus fundamentos básicos, particularmente de la separación entre sexo biológico y el género. Sin embargo, ella no se enfoca simplemente en la filosofía, sino que también le presenta al lector algunas de las ciencias básicas que —sorpresa, sorpresa— contradicen lo que los teóricos filosóficos quieren que creamos. James interviene implícitamente con un principio muy importante: distinguir entre las necesidades personales y pastorales de aquellos que están luchando con su género y el movimiento político que está presionando por una revisión exhaustiva de la ley y de las costumbres sociales a fin de hacer normativa la revolución de género. Por lo tanto, ella ofrece un consejo amoroso, pero claro sobre cómo lidiar con personas que necesitan tanto escuchar la verdad como recibir el apoyo de la comunidad a medida que luchan con sus problemas. Al mismo tiempo, James señala que los intereses personales de los involucrados han provocado que ellos trabajen duro para imponer la ideología transgénero, no por la demanda popular, sino por las diversas agendas políticas. Inequívocamente, pone de relieve los principios de Yogyakarta (con los cuales los lectores deben estar familiarizados) como el manifiesto básico de lo que ahora vemos desarrollarse en la sociedad. En un corto libro, por supuesto, se dejan cosas fuera y las distinciones sutiles no se clarifican. No estoy tan seguro, como lo está James, de que Freud sea un villano. Sin duda, él es un actor clave en la sexualización moderna del yo. Sin embargo, en algunos momentos, él fue mucho más ambivalente a la noción de la licencia sexual que da James y su teoría de la civilización sin duda puede entenderse de una manera bastante conservadora, como lo hizo el psicólogo freudiano Philip Rieff en su importante y útil filosofía de la cultura. En este punto, sin duda ella está en lo correcto al ver a Wilhelm Reich y a Herbert Marcuse como centrales en la politización del sexo, pero la trasposición que ellos hacen de Freud a un marco de referencia, algo que él probablemente habría repudiado, es su gran —y profundamente destructiva— contribución. No obstante, al considerar el objetivo del libro, estas son objeciones pedantes. Dada la brevedad y claridad de esta obra, James ha hecho un trabajo extraordinario, al condensar un vasto y complicado tema en unas pocas páginas claras. Al proporcionar lectura complementaria y al enumerar los nombres de tantos actores clave, James le proporciona al lector un mapa con el cual navegar el complicado terreno de la teoría del género politizado. Este es un libro útil para todo cristiano, ya que aborda un problema con el cual probablemente todos tendremos que luchar, ya sea social, política, pastoral o personalmente.

Ideología de género: ¿Qué deben saber los cristianos? Sharon James. Editorial Peregrino, 156 páginas.

Esta reseña fue publicada originalmente en 9Marks.