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Alasdair Groves sirve como director ejecutivo de CCEF, como miembro de la facultad y como consejero. Se le otorgó un Máster en Divinidad con especialización en consejería en el Seminario Teológico Westminster. Fue el cofundador de un centro de consejería bíblica al norte de Nueva Inglaterra donde sirvió como director ejecutivo por diez años. Alasdair también sirvió como director de la Escuela Bíblica de Consejería de CCEF por tres años. Es coautor de Untangling Emotions [Desenredando las emociones] (Crossway), ha publicado varios artículos en Journal of Biblical Counseling [Revista de consejería bíblica], es presentador del podcast de CCEF y ha producido muchos blogs, videos y recursos audibles. Alasdair y su esposa, Lauren, viven en Nueva Inglaterra con sus tres hijos. A Alasdair le encanta la ficción, jugar ultimate frisbee, y producir y disfrutar tanto de la buena comida como de la buena música.

Photo of La ansiedad, la espera y el coronavirus
La ansiedad, la espera y el coronavirus
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La ansiedad, la espera y el coronavirus


Título original en inglés: “Anxiety, Waiting and the Coronavirus”
Escribir acerca de eventos mientras estos están ocurriendo es siempre un poco peligroso. Es fácil alentar las reacciones exageradas y reforzar el inútil pánico en nuestros corazones. Dicho esto, el coronavirus de la COVID-19 nos da una oportunidad para pensar en cómo respondemos a la ansiedad. Específicamente, quiero pensar en cómo podemos manejar la tensión particular de la ansiedad que viene cuando estamos a la espera de una amenaza que avanza silenciosamente hacia nosotros, con su aleta visible sobre la superficie. Afortunadamente, la Escritura conoce íntimamente el miedo al peligro inminente y trata con él repetidamente. Por lo tanto, aprovechemos esta ocasión para refrescar nuestra memoria colectiva con la manera en la que la Escritura navega este remolino en particular dentro de la corriente de ansiedad más grande. ¿Cuál es nuestro consuelo cuando se avecina una amenaza importante, pero que aún no ha comenzado de verdad a erosionar la costa? Miremos a una porción desconocida de un conocido pasaje del Antiguo Testamento para dirigir nuestras mentes hacia la dirección correcta.

Esperar para sumergirnos en el torrente

Después de que dejaron Egipto, el pueblo de Israel vagó en el desierto por décadas. Cuando finalmente llegaron a la entrada de la tierra prometida, enfrentaron un último obstáculo para entrar: el río Jordán. Sabes cómo es la historia. Los sacerdotes llevaban el arca al río y, una vez que sus pies se mojaron, las aguas se separaron y el pueblo cruzó por tierra seca. Dios repite la provisión milagrosa de liberación que sus padres habían experimentado una generación antes en el mar Rojo. Lo que podemos dejar pasar fácilmente es un pequeño detalle en los primeros dos versículos de Josué capítulo 3, y es el siguiente: el pueblo tuvo que acampar y esperar en la orilla del río por tres días (3:2), sin saber lo que vendría después ni cómo cruzarían. ¿Cómo se siente sentarse en tu tienda y ver un río agitándose en su fase de desborde (3:15)? ¿Cómo se siente ver a tus hijos jugar afuera, sabiendo que tendrán que, de alguna manera, cruzar este río desbordante, oscuro debido al sedimento removido por el torrente? ¿Cómo es ver a tus ovejas, burros, y a tus preciadas reliquias familiares traídas desde Egipto que representan tus ahorros de vida, y preguntarte si lo perderás todo? ¿Cómo se siente saber que Dios te está llamando a seguir adelante, que promete estar contigo, pero que todo lo que puedes ver en realidad es un río, cuya profundidad no conoces, pero de cuyo poder fatal puedes estar seguro? Es un paralelo fácil de hacer para nosotros hoy, ¿no es así? Un virus que se filtra a lo largo del mundo y que ha alcanzado nuestras costas, y que no sabemos cuán peligroso será. Dios nos está llamando a seguir avanzando en amor al prójimo y en servicio a su Reino, pero todo lo que podemos ver es superficies públicas potencialmente cubiertas de gérmenes y a nuestros prójimos que podrían ser vectores ambulantes de la enfermedad. Debido a estos paralelos entre entonces y ahora, es sorprendente reflexionar en lo que Dios no hizo en el Jordán. Él podría —pero no lo hizo— haber recogido a su pueblo en un poderoso torbellino y haberlos dejado al otro lado del río en el momento en que ellos llegaron ahí. Él podría —pero no lo hizo— haber separado al Jordán, esperándolos así cuando llegaron, quizás con la tierra seca y unas cuantas hierbas y lirios al centro del sendero que seguiría el pueblo. Él simplemente podría —pero no lo hizo— haberles pedido que nadaran, que usaran algo para flotar y así cruzar el río, encargándose de que todos llegaran a salvo y que se contabilizara cada oveja y aro de oro. Estas habrían sido maneras igualmente milagrosas e igualmente efectivas de llevar a sus hijos a su nuevo hogar. Al contrario, Dios decidió que su pueblo esperara y viera el desbordante río, invitándolos a confiar en Él con todo lo que podría significar cruzar ese torrente.

Esperando bien

Dios a menudo nos llama a esperar en la presencia de nuestros enemigos, ¿cierto? Frecuentemente, Él viene a nuestra ayuda después y en maneras diferentes a las que nos gustaría. Lo que más nos gusta es escuchar historias sobre dramáticos rescates e increíbles milagros de rescate de situaciones terribles. Pero lo que más nos gusta es experimentar historias en las que Dios provee de maneras no especiales, seguras y predecibles, como cuentas corrientes llenas, buena salud, éxito en el ministerio con bajo riesgo y con una alta aceptación de la congregación, así sucesivamente. Dios sabe que necesitamos recordar nuestra dependencia de Él una y otra vez mientras vivamos. Pocos recordatorios son más vívidos o más intensos que la espera junto a ríos desbordantes; pasar noches en la guarida de un león; la espera de momentos infartantes para ver si Jerjes extendería su cetro; o la espera en el huerto de Getsemaní mientras tu rabí derrama su alma y transpira en angustiosa oración, sabiendo que hay hombres peligrosos que quieren arrestarlo a Él y a ti. Dios sabe que esos recordatorios de nuestra dependencia son aterradores y nos ponen gran presión (incluso cuando, al final, las cosas resultan bien). Es por eso que Él nos muestra que podemos confiar en Él y esperar en Él. Él ha sido el ayudador de su pueblo una y otra y otra vez a través de los milenios; y Él nos ayudará sin importar qué venga. Entonces, ¿cómo esperamos bien en Él, específicamente frente a una pandemia global? Ciertamente, no fingiendo que todo estará bien. No sabemos si la COVID-19 terminará como un inconveniente para llenar nuestras carpetas o si terminaremos en una zona de cuarentena, o caeremos enfermos, o perderemos a un ser querido. Esperar bien frente a nuestra ansiedad respecto a un peligro venidero significa tomar con seriedad la realidad del peligro. En efecto, nuestro Dios toma nuestras vidas y nuestros sufrimientos muy seriamente, y «Él no castiga por gusto ni aflige a los hijos de los hombres» (Lm 3:33). Y cuando nos llama a atravesar aguas profundas, Él se asegura de que los ríos de aflicción no se desborden, puesto que «nos hace sufrir, pero también nos compadece, porque es muy grande su amor» (Lm 3:32-33, NVI). Terminaré con un último pensamiento sobre cómo tú y yo podemos esperar en la ribera de este río, incluso a medida que crece el torrente: Derrama tus ansiedades sobre tu Padre celestial. No agites infructuosamente el interior de tu corazón con preocupaciones sobre el cierre de escuelas, los planes de viajes, el deterioro económico, ¡o las superficies infectadas que has tocado! Cuando tengas temor, vuélcate a Él. Deposita tus ansiedades en Él, porque Él se preocupa de ti. Es más, transforma el lavado y el frotado de manos con el gel desinfectante en un momento en el que conscientemente te confíes a ti y al futuro de todos los que te importan en las manos de Dios. Pasar tiempo elaborando frenéticamente estrategias sobre cómo cruzaremos el desbordante río es tan instintivo, aun cuando también es necio e innecesario. Por tanto, sí, lávate las manos y haz lo que es sabio al trabajar desde casa o al llamar a tu doctor. No obstante, no te permitas, por un momento, olvidar dónde se encuentra tu verdadera seguridad. Después de todo, no sabes lo que traerá el mañana, pero sí conoces a Aquel que separa los enfurecidos ríos… y que ya ha separado el último río por ti, ¡bloqueando su flujo con su cruz empapada de sangre! Ciertamente, encontrarás ese cruce final ya abierto y esperando por ti. Y al otro lado de ese río ya no sufrirás ni esperarás más.
Este artículo fue traducido íntegramente con el permiso de The Christian Counseling & Educational Foundation (CCEF) por María José Ojeda, Acceso Directo, Santiago, Chile. La traducción es responsabilidad exclusiva del traductor.
Esta traducción tiene concedido el Copyright © (29 de julio, 2020) de The Christian Counseling & Educational Foundation (CCEF). El artículo original titulado “Anxiety, Waiting and the Coronavirus” Copyright © 2020 fue traducido por María José Ojeda, Traductora General, Acceso Directo. El contenido completo está protegido por los derechos de autor y no puede ser reproducido sin el permiso escrito otorgado por CCEF. Para más información sobre clases, materiales, conferencias, educación a distancia y otros servicios, por favor, visite www.ccef.org.
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A los padres que han perdido un hijo
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A los padres que han perdido un hijo


Título original en inglés: “To Parents Who Have Lost a Child
Perder un hijo es la experiencia más difícil y dolorosa que pueda imaginar personalmente. ¿Qué le dices a alguien que ha perdido un hijo? ¿Qué puedes decir? Quizás, más importante aún, ¿qué dice Dios? En la preparación de una charla para la conferencia de CCEF a principios de octubre de 2014[1], me encontré orando: «Señor, esto es lo que sé: Tú tienes palabras para aquellos cuyos hijos han muerto; Tú tienes consuelo. Tú tienes algo abrumadoramente real, verdadero y bueno para quienes pierden un hijo. Ayúdame, ayúdanos a encontrarlo». Mientras intentaba obtener varios temas de la Escritura para la charla, uno de los lugares a los que esta oración me llevó fue a escribir una carta mientras imaginaba cómo nuestro amoroso Padre le hablaría a los padres en su dolor. Puesto que muchas personas me han pedido que les comparta el texto de la carta, pensé que podría ponerlo a disposición más abiertamente como una especie de carta abierta expresando el cuidado directo y personal con el cual la Escritura le habla a los padres que han perdido un hijo. Mi oración es que estas palabras sean un punto de contacto refrescante y personal con su Padre celestial mientras luchan con esta indescriptible y dolorosa experiencia.

Mi amado hijo:

Recuerdo que ese día caminaba por el Jardín hacia mis hijos, sabiendo lo que les iba a costar por generaciones a sus hijos su elección de escuchar al tentador, incluso la muerte de su propio niño, Abel. Sabía completamente, incluso entonces, el dolor que experimentarías tantos años después. Mi corazón se rompe por ti, hijo mío. Sin duda, envié a mi Hijo, en parte, para que pudieras verlo llorar en la tumba de Lázaro y supieras que mi corazón se destroza por el dolor de la pérdida, aun sabiendo que la esperanza está a la vuelta de la esquina.

Como tus hermanos y hermanas en Belén, cuyos pequeños fueron asesinados por Herodes después de esa primera Navidad, y el sinfín de otros padres a lo largo de los siglos que tuvieron que enterrar a sus amados hijos, eres parte de la voz escuchada en Ramá. Te escucho junto a Raquel, llorando por sus hijos, rehusándose con razón a ser consolada. Así que, debes saber esto: he preparado un frasco para poner cada una de las lágrimas que sé que derramarás.

Y también te digo a ti lo que hablé por medio de tu hermano Jeremías: Hay esperanza para tu porvenir; cambiaré tu duelo en gozo, y ¡no por medio de algún truco que juega con tus emociones! No. No olvidaré tu dolor ni tus lágrimas. Al contrario, YO TE CONFORTARÉ y te daré gozo para la pena y serás satisfecho con mi bondad.

Mi deleite y gozo en la redención en la que estoy trabajando, y mi completa victoria sobre la muerte, exceden toda expresión. Estoy esperando ansioso el día en que tú también puedas verlo; cuando puedas verlo de la manera en que Yo lo veo. Cuando digas que incluso esta angustia no se compara con el shalom y la integridad de la manera en que Yo he más que restaurado abundantemente lo que ahora está roto. Contempla, estoy creando un nuevo cielo y una nueva tierra; me regocijaré y complaceré en mi pueblo. Ya no se escuchará más entre ustedes el sonido del llanto y de la aflicción. Ya NO HABRÁ MÁS un hijo que viva por pocos días; o una hija que muera inesperadamente. Al contrario, no perderé a ninguno de aquellos que le he dado a tu Hermano Mayor. Haré mi morada contigo y con todos mis hijos, de hecho, ya he preparado habitaciones. Junto con ellos, construirás casas y las habitarán, plantarán viñas y comerán su fruto y nadie sufrirá o morirá en mi santo monte. Yo soy la resurrección y la vida.

Sé paciente, está quieto un poco más. Ya voy.

Con amor,

Tu Padre

Este artículo fue traducido íntegramente con el permiso de The Christian Counseling & Educational Foundation (CCEF) por María José Ojeda, Acceso Directo, Santiago, Chile. La traducción es responsabilidad exclusiva del traductor.

Esta traducción tiene concedido el Copyright © (14 de enero, 2021) de The Christian Counseling & Educational Foundation (CCEF). El artículo original titulado “To Parents Who Have Lost a Child” Copyright © 2020 fue traducido por María José Ojeda, Traductora General, Acceso Directo. El contenido completo está protegido por los derechos de autor y no puede ser reproducido sin el permiso escrito otorgado por CCEF. Para más información sobre clases, materiales, conferencias, educación a distancia y otros servicios, por favor, visite www.ccef.org.


[1] Audio disponible aquí [solo en inglés].