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Abigail Dodds es esposa, madre de cinco hijos y graduada de Bethlehem College & Seminary. Es autora de (A)Typical Woman: Free, Whole, and Called in Christ [Mujer (a)típica: libre, completa y llamada en Cristo] (2019).

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¿Qué dice tu cuerpo?
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¿Qué dice tu cuerpo?

Cuando renaciste en Cristo, ¿en qué te convertiste? La respuesta obvia es en  «una cristiana». ¡Esta es la verdad más hermosa en el mundo! Pero, más específicamente, ¿renaciste como un nuevo tú, como mujer? ¿O al convertirte en cristiana ahora vas más allá de tu sexo y tu cuerpo? No es algo fortuito que Dios haya hecho a las mujeres como mujeres y nos rehiciera en Cristo como mujeres, no como hombres ni como humanos andróginos. Nuestros cuerpos femeninos ahora son cuerpos femeninos cristianos, diseñados y asignados por Dios mismo. Tienen algo que decirnos sobre nuestro llamado y misión en la vida, así como el cuerpo de Eva, diferente del de Adán, tenía algo importante que decir sobre su llamado, distinto al de su esposo.

Mira tu cuerpo

El susurro del gnosticismo antiguo y el orgullo desmesurado moderno nos aconsejaría ignorar nuestros cuerpos y mirar hacia adentro para descubrir nuestro llamado. De acuerdo, el conocimiento propio de nuestro ser interior es un aspecto de la manera en que discernimos de qué estamos hechas. Sin embargo, si queremos tener un sentido establecido y perdurable de lo que se supone que debemos estar haciendo con nuestras vidas, necesitaremos algo más estable e inalterable que nuestro yo interno. Necesitamos a Jesucristo, quien es el mismo ayer, hoy y siempre (Heb 13:8) y necesitamos observar los cuerpos que él nos ha dado, creados por él y para él (Col 1:16-17). ¿Por qué los martillos son pesados y planos por un lado? ¿Por qué los libros encajan tan bien en tu mano? ¿Por qué el banquillo del piano tiene la altura justa y las teclas del piano tienen el tamaño apropiado para los dedos? ¿Por qué las mangueras se estiran tanto y se acoplan a las llaves? ¿Por qué las mujeres son suaves y tiernas, con pechos y brazos, caderas curvas, pies, piernas, mentes, úteros y ciclo mensual? ¿Acaso todo es solo casualidad? ¿Qué importa?

Tu cuerpo y tu llamado

Quizás pienses que estoy minimizando tu persona, que estoy reduciendo a las mujeres a la suma de sus partes, que estoy suponiendo que las mujeres no son más que una incubadora de bebés (o peor, que no más que su sexualidad). No obstante, escúchame, las mujeres sin duda somos más que nuestra sexualidad. Somos más que nuestros cuerpos, más que nuestro útero o que nuestros brazos o nuestras piernas, incluso más que nuestras mentes, pero no somos menos que esas cosas. No somos menos que los cuerpos que Dios nos ha dado. Los cuerpos importan. Esos cuerpos nos llevarán a nuestro día de muerte o hasta que él regrese (y entonces serán hechos nuevos y vivirán para siempre). Por lo tanto, Dios tiene en alta estima nuestros cuerpos. Él no está dejando de lado la idea. La manera devastadora en que nuestra sociedad trata el llamado del cuerpo de las mujeres consta en descubrirlos con inteligencia y utilizarlos para obtener poder y dinero. ¿Cuántas hijas, hermanas, madres y amigas creen que sus cuerpos son valiosos solo cuando son objetivizados o vistos con lujuria? ¿O solo si ganan capital debido a ellos bajo la falsa bandera del empoderamiento? Por otro lado, nuestra sociedad ha rechazado desvergonzadamente el recato y la funcionalidad llena de propósito como una esclavitud práctica. En lugar de usar un martillo para martillar, lo pulimos, lo pintamos y lo colgamos en la pared para apreciarlo. En lugar de hacer música con un piano, nos rehusamos a afinarlo y pegamos firmemente las teclas para que no puedan tocar las notas, pero parece que podrían hacer música, si alguna vez alguien lo intentara. ¿Cuánto más es este el caso en los Estados Unidos del siglo XXI? Con la cirugía plástica y un énfasis excesivo en la apariencia, nuestros cuerpos se han convertido en algo parecido a un mausoleo que no podemos desgastar ni usar para ningún otro propósito que aquel que decidimos que nos beneficiará. Por lo tanto, aunque una mujer puede ser bastante feliz probando los límites de su cuerpo en el gimnasio para verse atractiva y joven en su nueva tenida, ella ni soñaría con probar sus límites en el trabajo duro de ningún tipo para un propósito que no tiene beneficio personal, sino que solamente en beneficio de otro.

Dios le dio útero a las mujeres

Dios le dio útero a las mujeres para que los bebés puedan crecer en ellas. ¿Todos los úteros de las mujeres pueden desarrollar un bebé? No, y no se es menos mujer por ello. Sin embargo, eso no significa que hemos perdido el llamado de Dios en el diseño más amplio. Úteros para desarrollar a la humanidad: ese es un plan increíble. Fue idea de Dios darles a las mujeres útero, de la misma manera en que decidió darnos brazos para levantar cosas. Saber que Dios dio brazos para levantar cosas y úteros para desarrollar bebés impacta nuestro llamado. Si Dios diseñó nuestros cuerpos para que sean el hogar de una pequeña persona por nueve meses, entonces ese entendimiento nos ayudará a darle sentido a las instrucciones de Tito 2:4 y de 1 Timoteo 5:14 de trabajar y administrar el hogar. ¿Por qué? Porque, en realidad, él hizo de nuestros cuerpos un hogar y hacer un hogar para otros es la extensión de ello. No estoy diciendo que todas debemos tener todos los bebés que podamos o que nuestros brazos deben estar levantando cosas perpetuamente o que nuestras piernas nunca deben dejar de caminar. Simplemente, estoy apuntando al diseño de Dios y haciendo la pregunta, ¿por qué nos hizo así?  ¿Estamos dispuestas a aceptar la respuesta inherente en el diseño de Dios y en la inerrancia de su Palabra?

Llamadas y rotas

La verdad, por supuesto, sobre el claro diseño de Dios no nos deja sin dolores y preguntas complejas. ¿Qué pasa con las mujeres a las que tuvieron que realizarle una mastectomía o una histerectomía, o les han amputado una pierna, o son ciegas, o tienen un cuerpo que no funciona apropiadamente en ciertas maneras? Comenzamos por reconocer que todas somos así en cierto nivel. No a todas nosotras nos faltan partes, pero todas tenemos un nivel de disfunción física. Eso es lo que hace el pecado: corrompe a la creación. Eso no nos hace menos mujeres en ningún aspecto ni a nuestros cuerpos menos relevantes ni a nuestro llamado menos importante. Una mujer que no puede hacer un hogar dentro de su cuerpo para los hijos aún puede hacer un hogar para los que están fuera de su cuerpo. Ella puede crear un lugar de seguridad y de abrigo para otros, sean sus hijos o no. Nuestro hijo menor tiene capacidades reducidas. Tiene un cuerpo y una mente que «no funcionan de la manera que se supone que deban funcionar», pero nosotros creemos que su cuerpo y su mente funcionan precisamente de la manera que Dios diseñó que funcionaran. Por lo tanto, ¿qué significa para nuestro hijo vivir una vida completa como un alma encarnada, cuyo cuerpo tiene algo que decir sobre su llamado? Significa que aunque su llamado sigue siendo el mismo (vivir como un hombre cristiano, si Dios quiere) la manera en que funcionará será diferente porque él está en ese cuerpo en particular, no en el de alguien más.

Cantamos juntas

De la misma manera, Dios les ha dado a las mujeres cristianas cuyos cuerpos tienen un útero, pero no pueden tener un bebé, un desarrollo armonioso del llamado como una mujer cristiana. Como mujeres, cantamos todas la misma canción, con el mismo objetivo, con nuestras partes variadas; algunas basadas en la melodía, algunas en armonía y con voces muy agudas y otras cantando la nota menor. Aunque la canción es hermosa, lo es desgarradoramente. El intenso dolor por aquellas que anhelan tener la parte de dar a luz hijos es agonizante. Es una tristeza que vale la pena llorar. No las hace menos mujeres; eres amada; ¡oh, cuánto te necesitamos! Tu cuerpo no es irrelevante, tampoco lo es tu útero. Aún apunta a algo; aún es valioso y hecho por Dios, y aún tiene un rol que desempeñar. A veces, la gloria que Dios recibe de nuestra escasez excede con creces la que recibe en nuestra abundancia. Nuestros úteros son el diseño y el llamado de Dios, pero los úteros vacíos aún apuntan a realidades más grandes (no a pesar de la pena que viene con ellos, sino que con la pena como parte de ser una persona que señala al Señor).
Abigail Dodds © 2016 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
Photo of Frágiles, dignas de honor e impávidas
Frágiles, dignas de honor e impávidas
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Frágiles, dignas de honor e impávidas

Me llegó un paquete por correo con una etiqueta que advertía, «FRÁGIL: tratar con cuidado». Cortamos meticulosamente el cartón para abrir el paquete y fue decepcionante ver un par de piezas rotas dentro de la caja. Si tan solo hubiesen leído la útil etiqueta cuando las ponían en las rápidas cintas transportadoras y en los bruscos camiones, hubiesen sabido darle la importancia y el valor apropiado que tenía. Una lámpara de cristal es una exquisitez en su fragilidad. Podríamos sustituirla por un marco de madera, resistente y funcional, que tendría cierta virtud, pero perderíamos todo lo que la hace ser una lámpara de cristal: la luz que brilla en el vidrio multifacético, el suave tintineo de piezas a medida que se topan entre ellas, la elegancia suspendida que resalta un tipo necesario de civilización. Sería un error considerar que una lámpara de cristal no tiene valor debido a que es frágil; no tiene sentido. La fragilidad no es un defecto; es más, podría ser lo que define el valor de una cosa.

¿El vaso más frágil?

Tenemos un análogo en 1 Pedro 3. ¿Cómo puede ser que Dios llame a las mujeres en un versículo (1Pe 3:6) a «hacer el bien y a no tener miedo de nada que pueda aterrorizarlas» y luego, en el siguiente, se refiera a ellas como un «vaso más frágil» (1Pe 3:7)? A menudo, no relacionamos la valentía con la fragilidad. ¿Qué se obtiene de la fragilidad física? ¿Deben sentirse ofendidas las cosas frágiles porque las reconocemos como delicadas? ¿O podría su propia naturaleza más débil llevarlas a la fuente de su valentía? ¿Puede su impotencia llevarlas a confiar en el Padre todopoderoso? Es  útil reconocer primero que lo que Dios dice a través de Pedro es verdad. Somos más débiles, o podemos usar un sinónimo: frágiles. No más estúpidas; no menos humanas; no incapaces de razonar o de lograr algo; no quebradas emocionalmente; no más pecadoras ni sin gran fuerza, sino que más frágiles, como testifica la Escritura. Aun cuando a muchas de nosotras esto les incomoda, o les ha incomodado hasta cierto punto, porque es contrario al espíritu de la época y parece una ofensa para nuestro orgullo. Tanto así que podemos llegar a rechazar tenazmente la verdad de 1 Pedro, incluso en los momentos en que tomamos todas las precauciones al caminar solas en un callejón oscuro. Nuestra debilidad (el hecho de que no importa cuánto tiempo pasemos en el gimnasio, nunca seremos capaces de vencer a un hombre promedio o ganarle en una competencia de lucha libre) no es una señal de que algo falló. Más bien, significa que deben tratarnos con cuidado, porque en nosotras residen exquisitas bellezas, capacidades y virtudes femeninas (como la hermosa fuerza de un grueso vidrio biselado). Una mujer embarazada es uno de los seres humanos más indefensos en la faz de la tierra. Apenas puede levantar sus pies después de hundirse en un cómodo sillón. Sin embargo, ¿quién si no el vaso frágil, llamado mujer, puede hacer que crezca otro ser humano dentro de su cuerpo? Piensen en la enorme fuerza y resistencia que conlleva dar a luz, aunque es al mismo tiempo una especie vulnerable de vigor. Una mujer después de un parto maratónico de un sinfín de horas, se sienta en la cama, aun cuando su cuerpo comienza a sangrar, para intentar alimentar y cuidar a otra persona. ¿Por qué Dios la hizo de esta manera? Para que sepamos que, como una madre con su bebé lactante, Dios nunca se olvida de nosotros, aun mientras la sangre de su propio hijo era derramada en nuestro lugar. Es un diseño valiente, alucinante y frágil que apunta a cosas mayores; ese diseño debe ser honrado y protegido, no menospreciado en comparación con un hombre, sino que adecuadamente comprendido.

Bajo la protección de Dios

Por lo tanto, ¿de dónde viene la valentía de una mujer? Tengo más de treinta plantas en mi ventanilla mientras espero que la temperatura en Minnesota comience a subir y así poder plantarlas en el jardín. Las plantas son frágiles; no pueden sobrevivir en un clima frío. No obstante, no tienen absolutamente nada que temer. ¿Por qué? Porque cuido de ellas cada día. Las riego y las pongo al sol. Están justo donde trabajo, por lo que nunca dejan de estar en mi mente, nunca las olvido. ¿Cuánto más nosotras estamos bajo el cuidado y la eterna protección de nuestro Padre en el cielo? Siempre está observándonos. Él nos plantó, y él mantendrá y guardará a cada uno de sus hijos. Es bueno que Dios nos haya hecho más débiles (ha puesto un diseño resplandeciente en los dos cromosomas X). Como escribe Lewis en La travesía del Viajero del Alba, «“En nuestro mundo —dijo Eustace—, una estrella es una enorme bola de gas flameante”[...] “Ni siquiera en tu mundo, hijo, puedes decir que una estrella sea eso, eso solo indica de qué está hecha”». Podríamos estar hechas de cromosomas repetidos, pero somos muchísimo más que el reduccionismo de lo que puede verse en un microscopio. Así que tomamos nuestros dos cromosomas X, que puede verse como un balanceo ridículo mientras crece una persona en nuestro abdomen, para que aunque un borrascoso viento pueda derribarnos, no tengamos miedo ante nada atemorizante. Somos frágiles, dignas de honor e impávidas. Él está a cargo y nos ama más allá de la tumba.
Abigail Dodds © 2016 Desiring God Foundation. Publicado originalmente en esta dirección. Sitio web: desiringGod.org — Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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Las mamás casadas necesitan a las mujeres solteras
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Las mamás casadas necesitan a las mujeres solteras

Mis recuerdos de la soltería son potentes, pero pocos. Me comprometí cuando tenía veinte años y me casé antes de terminar la universidad. Aún así, recuerdo la soltería, la emoción y el horror de las relaciones amorosas. En la actualidad, la soltería es más común, está más aceptada y está más de moda de lo que jamás lo ha estado en la cultura estadounidense. Yo, por lo pronto, aplaudo cuando veo mujeres solteras que no son consumidas por la espera de un hombre mítico que satisfará sus más profundos deseos para que su vida comience. El hombre capaz de satisfacer todos nuestros deseos ya existe: llegó hace más de dos mil años. Sin embargo, muchas mujeres solteras lo están no porque fue su elección ni porque es su llamado. A pesar de que tal vez amen su soltería o quizás no, ninguna de nosotras fue creada para vivir sola. En el jardín, Dios resolvió el problema de la soledad al crear a Eva para Adán. Sin embargo, si un hombre y una mujer se completan mutuamente, entonces, ¿quién completa a una persona soltera? Nuestro instinto de Escuela Dominical podría equiparnos para decir inmediatamente, «¡Jesús!». Pero, ¿es correcto? ¿Es Jesús solamente la pieza perdida del rompecabezas que le falta a una persona para ser completa? No lo creo. Jesús no simplemente completa lo incompleto; él nos domina y nos consume completamente en él: en su muerte y resurrección. Somos hechos nuevos y completos en Cristo, no simplemente completados por él. Por lo tanto, ¿quién completa a una persona soltera? Como mujer casada, podría parecer una candidata poco adecuada para responder esta pregunta, pero tengo una perspectiva que ofrecer. He tenido el humillante privilegio de ser amada, enseñada, disciplinada y cuidada maternalmente por mujeres solteras. Quisiera contar sus historias. Lo que escucho a menudo respecto a casados y solteros es que las familias deben hacer que los solteros sean parte de sus vidas: acogerlos. ¡De acuerdo! No obstante, también quisiera animar a las familias y a las parejas que se dejen mentorear por solteros y que escuchen su sabiduría. No piensen que para esto ellos deben estar calificados como consejeros y mentores, el soltero debe haber vivido las mismas cosas que nosotros. Los casados pueden invitar a solteros piadosos a formar parte de sus vidas en cualquier tema, incluso en temas como el matrimonio y la crianza.

Joyce, Emily y Julie

No mucho después de que mi esposo y yo comenzáramos a tener hijos, Joyce me invitó a su casa a mí y a varias otras mamás. Cuando entré, noté cuán hermoso y ordenado estaba todo, cuán deliciosa olía la comida y cómo estaba puesta la mesa. Cuando Joyce se presentó y todas comenzaron a conversar, mi primera impresión sobre ella fue que era una mujer de la cual podía aprender. Era amable, cariñosa y agradable con las personas. Más adelante en nuestra visita, me encontré contándole a Joyce un desafío que estaba enfrentando en la crianza. Ella me respondió, «nunca he tenido hijos, así que no sé si esto será útil, pero esto es lo que he visto en mis sobrinas y sobrinos». Esto me sorprendió (aún más al saber que nunca se había casado). No había considerado la posibilidad de que una mujer entusiasmada en cuidar a algunas mamás inmaduras podría ser soltera. Estoy agradecida de que lo haya hecho. Emily es diez años menor que yo. La conocí cuando comencé a llamar desesperadamente a familias de la agenda telefónica de nuestra iglesia con el fin de encontrar niñeras para la gran cantidad de niños de nuestro grupo pequeño. En ese tiempo, ella estaba en la secundaria y, junto a sus hermanas menores, decidieron ayudarnos. Nos sirvieron fielmente por seis años. Después de que Emily comenzó la universidad, yo estaba abrumada con mis hijos, la escuela y las cosas cotidianas de la vida. Le pregunté si le interesaría venir a ayudarme semanalmente. Ella aceptó y su compromiso con el trabajo era gratamente confiable. Ella aparecía y trabajaba duro. Compartía el conocimiento, los consejos y los hábitos que había aprendido de su mamá (lo que lo hizo aún más conmovedor cuando su mamá falleció de cáncer durante su primer año en la universidad). Aprendí tanto de Emily, por ejemplo una mejor forma de juntar los calcetines y que organizarse puede ser simple. Pero más importante aún, aprendí sobre la fidelidad: la fidelidad a tus compromisos y la fidelidad a Dios en los momentos más oscuros. Mi tía Julie siempre ha sido una parte integral de mi vida. Ha sido soltera toda su vida lo que ha sido un regalo para nosotros. No estoy minimizando la dificultad de serlo. Su soltería, junto con su disposición a protegernos a amarnos, con todas nuestras imperfecciones, ha sido un tipo de cuidado maternal de tía tan preciado y único. Cuando veo que la cara de mi hijo de dos años se ilumina cuando la ve o cuando veo a mis hijos mayores hacer carrera para invadir la privacidad de su habitación, doy gracias.

Mujeres santas (solteras) que esperan en Dios

Me faltaría tiempo para hablar de Char, cuya devoción a Dios, a su pueblo y a aquellos que no han sido alcanzados en el mundo era una fuerza que podría derribar reyes y naciones. O mi tía abuela Ola, que a los cien años aún podría orar en sueco antes de comer y nunca se encontró con un niño que no calificara para ser uno de sus «porotitos». O Sue, una mamá soltera que me enseñó a orar y a amar a otros cuando era una adolescente fastidiosa. O Lindsey, que ama tanto a nuestro hijo menor con necesidades especiales, tanto que espera más de él de lo que yo sé. Ella usa sus habilidades de terapeuta física para hacerle el bien a otros. Los testimonios y los ejemplos fieles de estas mujeres solteras son hermosos. Tengo mucho que aprender de mujeres como ellas.

¿Quién te completará?

Las mujeres solteras están equipadas para cuidar maternalmente de maneras prácticas y entrenar a otros en la vida real; también lo están para disciplinar espiritualmente. La línea entre ambas no es rígida. De hecho, no existe una línea entre las dos; al contrario, se desbordan y se envuelven la una a la otra. Así que, cuando te preguntes como mujer soltera, «¿quién me completa?», espero que no te resulte una triste consolación cuando el cuerpo de Cristo responda: «nosotros». Tú también nos completas. La casada no puede decirle a la soltera «no te necesito», ni tampoco puede hacerlo la soltera a la casada (1Co 12:21). Las personas en tu ciudad (miembros de tu iglesia) que están en Cristo, están en él contigo. Necesitan todo lo que eres y lo que tienes que ofrecer más de lo que puedes imaginar, puesto que todos somos miembros los unos de los otros (Ro 12:5) (casados o solteros). Somos hechos nuevos y completos por Jesús.
Abigail Dodds © 2016 Desiring God Foundation. Publicado originalmente en esta dirección. Sitio web: desiringGod.org — Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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Demos lo mejor de nosotras en lo que no somos necesariamente buenas
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Demos lo mejor de nosotras en lo que no somos necesariamente buenas

G.K. Chesterton dice en su ensayo Emancipation of Domesticity [La emancipación de la domesticidad] que la mujer que ha hecho del hogar su dominio «puede desarrollar muy bien muchas otras cosas en lo que no es la mejor». Por cierto, en un mundo que corre tras la especialización, esto es un enigma. Aparte de decir, «¡nunca podría hacer eso!», ¿qué le dirían a una mujer que no es una profesional? Los deberes de una ama de casa son forzosamente amplios y, por lo tanto, no dan espacio a los límites que tiene un trabajo profesional. Al igual que cualquiera, las mamás que nos quedamos en casa tenemos una diversidad de intereses y capacidades. Yo amo escribir, estudiar la Biblia, hornear, tomar fotografías y, de vez en cuando, dejarme llevar por un proyecto de tejido, pero estoy lejos de ser una experta en cualquiera de esas cosas. El tiempo que le dedico a esos intereses los encuentro en los recovecos de la vida: durante la siesta de los niños, después de acostarlos en la noche, por aquí y por allá. Una madre pasa la mayoría de su tiempo criando, enseñando, preparando comidas, limpiando, instruyendo, lavando ropa, cambiando pañales, acurrucando a sus hijos, comprando, ordenando y amando. Chesterton dice que «en cada centro de la humanidad debe existir un ser humano que esté a cargo de un plan mayor; alguien que no “dé lo mejor de sí”, si no que lo dé todo». Cuando los hijos son pequeños, es fácil pensar que nunca vendrá el tiempo para profundizar en un área de interés propio. Esto será perpetuo, como dice Bilbo, algo «frágil, disperso como mantequilla untada sobre demasiado pan». Sin embargo, lo que me asombra de la fusión de nuestros dones y capacidades con la maternidad es ver la forma en que Dios nos quita cosas y nos equipa de maneras que nunca habríamos podido anticipar.

Los dones de Dios y nuestros hijos

Dios nos da dones y capacidades, luego nos da hijos. Quizás podríamos pensar que Dios cometió un error cuando nuestros dones y capacidades parecen completamente irrelevantes para criar hijos y manejar un hogar. Podríamos haber obtenido las mejores calificaciones en Historia del Arte, en Escritura Creativa o Biología, pero ¿de qué nos sirve cuando el montón de ropa sucia alcanza niveles épicos? Quizás estamos acostumbradas a la sensación de capacidad que teníamos en el tiempo previo a la maternidad, pues nos graduamos con honores o profesores o empleadores nos recomendaban. Sin embargo, ¿cómo se traspasa esto a la preparación de comidas con un bebé que llora en nuestros brazos y un pequeñito que tiene el talento natural para probar las Leyes de Newton una y otra vez? No obstante, nuestras capacidades, nuestra educación, nuestras buenas calificaciones obtenidas con gran esfuerzo en la materia que sea, sí tienen lugar en casa: ahora necesitarán esforzarse de la misma manera en la que lo hicieron en ese entonces. La disciplina del estudio en la sala de clases sencillamente ha alcanzado su objetivo: la vida real. En ella, las lecciones serán aquellas que van a requerir todo nuestro ser, más que lo mejor de nosotras. Las lecciones que debemos pasar ahora tienen que ver con aprobar o reprobar. ¿Había cena? ¿Sí? Aprobada. ¿Hay ropa limpia para vestir? ¿Sí? Aprobada. Y quizás la única que sostiene a todas las otras lecciones: ¿dieron todo lo que Cristo les ha dado? En los intensos años de maternidad, Dios nos moldea, nos humilla y nos pone a prueba e, incluso a medio camino, ya no seremos lo que éramos al principio. Esa es una característica que Dios ha puesto en la maternidad, no un problema. Si después de todo siguiéramos siendo las mismas que éramos al principio, algo no andaría bien. Dios se dedica a transformarnos y la maternidad es un medio del Evangelio.

La maternidad imita la cruz

Dios usará nuestra historia, la educación que recibimos en el pasado, nuestros logros antes de la maternidad con un propósito que tal vez no nos gustará inmediatamente: mostrarnos quiénes somos cuando nos quite esas cosas. ¿Quiénes somos cuando estamos luchando para amamantar a un recién nacido que no puede mamar apropiadamente? ¿Quiénes somos cuando entramos en un mundo de suministros médicos y consultas terapéuticas después de descubrir que el cerebro de nuestro bebé no se desarrolló normalmente? En ese sentido, la maternidad imita a la cruz. Es el gran nivelador para las mujeres. A los bebés no le importa si tenemos un doctorado; un niño no dejará de hacer un berrinche porque en nuestra época escolar obtuvimos las mejores calificaciones. Esto no quiere decir que esos logros no sean valiosos, pero su valor se transfiere solo si dan fruto en la disciplina de nuestro carácter que nos lleva a parecernos más a Jesús. Nosotras, las madres, podemos ser liberadas de la necesidad de buscar ser la mejor para que, en vez de eso, busquemos dar todo nuestro ser a lo que Dios ha puesto frente a nosotras. Podemos darlo todo al contar historias, al limpiar otra vez lo que se ensució, al preparar las comidas que deben satisfacer pequeños estómagos, al entrenar a los nuestros en rectitud. Entonces, en los recovecos de la vida, también démoslo todo por nuestros intereses únicos. Nunca sabremos dónde nos llevará Dios ni cómo el estado actual de los asuntos podrían moldearnos para un servicio futuro. Tal como Bilbo nunca predijo su viaje final a las Tierras Imperecederas, después de años de ser dispersado tan frágilmente, las madres tampoco podemos saber cómo Dios está obrando hoy en nosotras para los años que vienen. Después de todo, los Hobbits son sorprendentemente pequeños. Supongo que las madres también lo
somos
Abigail Dodds © 2016 Desiring God Foundation. Publicado originalmente en esta dirección. Sitio web: desiringGod.org — Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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La belleza de la femineidad
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La belleza de la femineidad

«¿Quién es ésta que se asoma como el alba, Hermosa como la luna llena, Refulgente como el sol, Imponente como escuadrones abanderados?» (Cnt 6:10).
Realmente, ¿quién es? Una mujer, por supuesto. ¿Dónde sino en la Escritura podemos encontrar una visión de la femineidad tan gloriosa como ésta? ¿Quién sino nuestro Dios pudo diseñar algo con tan deslumbrante belleza y al mismo tiempo con tan sólida fuerza? Los Salmos y los Proverbios completan esta visión de la mujer que nos muestra la fortaleza vestida en esplendor: una mujer que preside su hogar con ingenio y brazos fuertes (Pr 31); hijas que son como columnas de esquina, cuyo fuerte apoyo sólo puede ser igualado con su belleza (Sal 144:12).

Sólo mujeres

Sin embargo, la visión de nuestra cultura ofrece un triste consuelo que intercambia la gloria de la fuerza femenina por una carrera en una corredora estática que no conduce a ninguna parte. Esta visión desperdicia el tipo de influencia que se encuentra principalmente en el suelo del hogar: el centro de todo aprendizaje, el núcleo del desarrollo de la nación, el dispensador de amor y de estabilidad, el lugar donde solteras y casadas pueden practicar la hospitalidad del Evangelio, en síntesis, la base de la humanidad. Esta influencia que puede ejercerse desde el hogar, por causa de Cristo, puede perdurar por mil generaciones; no obstante, nuestra cultura nos insta a desecharla para ir tras gratificaciones que parecen ser menos desalentadoras en el futuro y que definitivamente no necesitan cambio de pañal. ¿Y qué ofrece esta cultura a cambio? Mujeres que luchan entre ellas, en guerra contra la aparente redundancia de los dos cromosomas «X», en una competencia para la que nunca fuimos hechas y que, en nuestros corazones, realmente no queremos ganar. Cuando una mujer se equipara con un hombre —al haber sido creados para las mismas cosas y sin distinción— el resultado no es uniformidad, sino más bien, un orden invertido. En efecto, para que ella pueda ser como un hombre, él deja de ser uno con el tiempo. Eso es algo que la mayoría de las mujeres, incluso las feministas más apasionadas, repudian en su corazón. No porque la femineidad sea detestable, sino porque en un hombre, eso es grotesco. La gloria femenina sólo es apta para una mujer, no porque los hombres y las mujeres no tengan nada en común —tenemos todo en común: somos hueso del mismo hueso, carne de la misma carne—, sino porque nuestra semejanza sólo tiene sentido a la luz del Dios trino, que es uno en tres personas. Cuando abandonamos nuestra gloria femenina para ir en busca de la singularidad que le pertenece a los hombres, abandonamos la gloria que Dios nos da; nos convertimos en usurpadoras, insistiendo constantemente que nuestros úteros y nuestra biología son iguales a nada, insistiendo que son irrelevantes. Las mujeres creen la mentira de que para ser relevantes en el mundo de un hombre, deben ser como un hombre, cuando la verdad es lo opuesto. ¿Quieren ser relevantes? Entonces impacten al mundo y sean lo que deben ser por diseño: una mujer que teme a Dios, que es serena y valiente. No abandonen las diferencias que las hacen imprescindibles.

Las mujeres reales imitan a Jesús

La influencia única de una mujer piadosa se encuentra en la transformación de las cosas. Una mujer debe ser comparada con una corona para su esposo (Pr 12:4). No porque sea una mera decoración, sino porque ella hace que su buen hombre sea mejor. Ella transforma un prometedor soltero en un esposo con decisión y que es respetado. Nancy Wilson lo explica a grandes rasgos en su discurso Dangerous Women [Mujeres peligrosas]: él entrega su semilla y por algún milagro y misterio, Dios ha diseñado el cuerpo de la mujer para alimentar y hacer crecer dentro de ella a una nueva persona. En este rol transformador, ya sea que estén solteras o casadas, una mujer imita a su Salvador. Como él, ella se somete a la voluntad de otro y, también como él, Dios la usa para tomar lo que es en sí mismo inútil y lo moldea en algo glorioso. Transformar lo sucio en limpio; el caos en orden; una cocina vacía en una rebosante de vida y de comida; niños deseosos de conocimiento y verdad y una madre ansiosa por enseñar; un hombre en necesidad de ayuda y consejo y una mujer adecuada para darlo; amigos y vecinos con una sed por la verdad y una mujer que abre su casa y su corazón para compartirla con ellos.

La femineidad es un prisma

Una mujer es un prisma que recibe luz y la transforma en una gama de gloria superior y mayor, para que así los que la rodean puedan ver el arcoiris contenido en el rayo de luz. Ella irradia constantemente recordatorios de la fidelidad de Dios; lee las páginas en blanco y negro de la Palabra de Dios y asume la tarea de vivirla en vibrantes colores para sus hijos, sus vecinos y el mundo que la ve. Cuando la Biblia manda a alimentar, a criar, a entrenar y a amar, una mujer piadosa se prepara para la tarea, mejorando y hermoseando todo a su alrededor. El diseño de Dios descrito en la Escritura es una visión de la femineidad que no sólo es correcta y debe obedecerse, sino que también es empíricamente mejor que todo lo que el mundo tiene para ofrecer. No sólo se aplica a aquellas que ya están casadas o ya son madres; las mujeres solteras de cualquier edad están diseñadas para llevar una femineidad completamente piadosa, para ser una madre en el sentido más profundo (es decir, espiritualmente), alimentando y criando todo lo que Dios le ha dado. Mujeres, Dios nos ha hecho para la gloria. No la gloria que termina en nosotras, sino para la gloria de Cristo que se glorifica en todo lo que nos ha dado y que apunta en todo a él, quien es el resplandor de la gloria de Dios, el Salvador y aquel que transforma todo para siempre. A medida que lo contemplamos —su perfección, su obra salvadora y su glorioso rostro— somos transformadas de una gloria a otra.
Abigail Dodds © 2016 Desiring God Foundation. Publicado originalmente en esta dirección. Sitio web: desiringGod.org — Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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Toda la Biblia es para las mujeres
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Toda la Biblia es para las mujeres

Cuando tenía diecisiete años, leí un libro sobre la mujer de Proverbios 31. No tengo ninguna crítica sobre el libro. Creo que fue escrito por una mujer piadosa que estaba sirviendo en honor a Dios. Me asombró descubrir que una parte de la Biblia parecía estar escrita directamente para mí, una mujer. Fue un descubrimiento que se sentía como si me hubiesen dado una pauta para vivir: no más misterio, no más desconcierto mientras me abría paso torpemente entre las cosas que no entendía; el manual detallado había llegado. Cuando conectaba Proverbios 31 con otras partes de la Biblia que dan enseñanzas a las mujeres, no estaba segura de por qué necesitaba leer el resto de la Biblia. Quizás mi deber era quedarme solamente en esos versículos. Sin duda, eran suficientes para mantenerme ocupada el resto de mi vida. Por instinto, sabía que no estaba a la altura del estándar de piedad que estaba leyendo.

Necesitamos toda la Biblia

A lo largo de los años, he conocido muchas mujeres de iglesia que tienen diversos puntos de vista sobre estos pasajes bíblicos para mujeres. Algunas han desarrollado cierta resistencia y rechazo al escuchar partes de la Biblia dirigidas a mujeres (por lo general, debido a que estos pasajes fueron convertidos en una bomba legalista contra ellas). Por otro lado, están aquellas que nunca hablan de la Biblia si no es para citar Tito 2 o 1 Pedro 3, felices de vivir ahí. Y después están las mujeres desafiantes que se rehúsan a dejar que la Biblia les hable y hacen malabares de flexibilidad para torcer la Palabra a tal punto que, si la Biblia tuviera venas, la circulación sanguínea se habría cortado en ciertas partes, pues las consideran irrelevantes e incorrectas. En la facultad de lenguaje en la universidad, cada cierto tiempo se eliminaban ciertas partes de la literatura, pues, en estudios críticos sobre género, eran consideradas dañinas para las mujeres. ¿Quiénes eran esos hombres occidentales ya muertos para decirnos lo que es la buena literatura? ¿Quiénes eran para escribir personajes femeninos para nosotras? ¿Con qué otra razón, si no es para rebatirlos, las mujeres educadas deberían leer semejante basura? Para algunas, este pensamiento se ha extendido a la Palabra de Dios. Si podemos librarnos de ellos, ¿por qué no también de esos hombres del Medio Oriente que ya están muertos? Sin embargo, la Biblia no es una pequeñez. No es comparable a Los viajes de Gulliver ni a Oliver Twist. Su autor es divino, no está muerto; es perfecto, no pecador. Leerla significará cambio y juicio, en cierta medida. Podemos acercamos a ella con determinada sumisión o podemos desecharla como algo aburrido, dañino, estúpido o incluso lindo. En absoluto orgullo, podríamos incluso aprovecharnos de ella, editándola a nuestra manera. No es indiferente hacia nosotras; nos gobierna ya sea que estemos dispuestas ahora o contra nuestra voluntad después. El Dios de la Biblia no puede ser reducido a unos pocos pasajes selectos dirigidos hacia las mujeres. Tampoco él permitirá que sus hijas bloqueen «el torrente sanguíneo» de las partes que no nos gustan mucho. Él demanda todo de sí mismo para darnos todo a nosotras.

Necesitamos una visión de Dios

Por la gracia de Dios, no me quedé en las secciones de la Biblia solo «para mujeres». Dios había puesto amor en mi corazón por él y yo quería más de él, más de su bondad, de su amor, de su amabilidad, de su justicia y de su perfección. Lo necesitaba desesperadamente. Necesitaba más que una visión sobre la feminidad; necesitaba una visión de Dios. Conocer a Dios por medio de toda la Biblia, sus obras y sus caminos; las historias, los poemas, los profetas y las promesas; los Evangelios, las epístolas y todo lo demás, me han dado una visión completa de Dios en el rostro de Jesucristo. Mientras me voy dando cuenta de que él no es pequeño sino que grande; que no es esclavo sino que libre; que no está hecho a mi imagen sino que yo estoy hecha a la suya, mi comprensión de lo que es ser su hija en vez de su hijo también ha crecido. Mi comprensión sobre mi identidad como hija ya no se limita a tres o cuatro textos o a las implicaciones forzadas de historias sobre mujeres, sino que es formada por toda la Biblia y por todo lo que significa ser una cristiana. Pablo nos instruye a todos:

Que habite en ustedes la palabra de Cristo con toda su riqueza: instrúyanse y aconséjense unos a otros con toda sabiduría; canten salmos, himnos y canciones espirituales a Dios, con gratitud de corazón. Y todo lo que hagan, de palabra o de obra, háganlo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios el Padre por medio de él (Colosenses 3:16-17).

Quizás el Señor les está recordando hoy que toda la Biblia es para ustedes, para habitar en ustedes con toda riqueza (como me lo recordó a mí hace muchos años).

Las secciones «para mujeres»

Por lo tanto, ¿qué implica esto para las partes de la Biblia que están dirigidas a las mujeres? ¿Acaso ahora estamos por encima de ellas? No, no lo estamos. ¿Merecen nuestra concentración, nuestro estudio y nuestra atención? La respuesta es sí. Imaginen que reciben una carta dirigida a su familia escrita por un tío. Comienza con, «Querida familia:», y continúa su mensaje por cinco párrafos. Luego el sexto comienza diciendo, «A mis sobrinas…». Prestaríamos completa atención a toda la carta, pues algunos de los puntos principales estarán en el resto de ella. No obstante, pondríamos especial atención a las partes escritas a nosotras también. Dios me ha vuelto a llevar a esas secciones «para mujeres» con nuevos ojos: ojos agradecidos; ojos humildes; ojos que pueden ver esos pasajes como una parte del todo. Esas secciones no son insignificantes, tampoco son partes que debamos eliminar o aislar del resto. Por el contrario, son tesoros; son un aroma agradable y esencial de Cristo. Así que, sí, lean buenos libros sobre la mujer de Proverbios 31 con agradecimiento. Estudien sobre las mujeres del Antiguo Testamento. Adopten las virtudes femeninas tanto como puedan. Pero también lean todo lo demás: los mandamientos dados al pueblo de Dios. Maravíllense de la obra de Dios con Abraham, Moisés, José y David; vean los tipos de Cristo; escuchen el Evangelio una y otra vez; reciban y obedezcan toda la Palabra. Mujeres, nos hace daño usar la Biblia como un libro de recetas que nos dice cómo ser una mujer; en vez de ello, busquémosla para ver a nuestro Dios y Salvador, que nos enseña todas las cosas. Omitir la realidad de ser mujer, pensando que podemos someternos a Dios sin someternos a su buen orden creacional, nos pondrá guerra con él. Estas dos realidades son la parábola que nos define. Tenemos el privilegio, la libertad y el don de ser completamente cristianas y mujeres.
Abigail Dodds © 2016 Desiring God Foundation. Publicado originalmente en esta dirección. Sitio web: desiringGod.org — Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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La típica mujer: el molde en el que no encajo
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La típica mujer: el molde en el que no encajo

“Supongo que no soy la típica mujer”, confesaba (irónicamente) alguien mientras hablaba de su amor por los deportes y su falta de emocionalidad. Su confesión me llevó recientemente a preguntarme, ¿cuántas de nosotras nos consideramos una típica mujer? A este respecto, ¿qué queremos decir con “típica mujer”? ¿Ser típica es algo bueno, no? Al conversar con mujeres de diversas edades, he notado que tenemos distintos conceptos de lo que significa ser una típica mujer, pero pocas de nosotras nos consideramos una de ellas. Haz la prueba, conversa con una mujer en tu iglesia, hazle todas las preguntas para saber todo sobre ella, indaga en su historia de vida y, mientras lo haces, llegará un punto donde te dirá que ella no siente (o no sentía) que sea una típica mujer. Es posible que no nos consideremos especiales o únicas, pero muchas de nosotras ha tenido la sensación —tanto para bien como para mal— de que no hemos encajado bien en el molde. Quizás no te gustaba jugar con muñecas cuando niña o tal vez amas usar herramientas eléctricas. Es probable que no estés segura de querer tener hijos, que detestes ir de compras o que ames la carpintería. Algunas mujeres tienen la sensación constante de que son incompetentes como madres o de que no tienen habilidades culinarias. Quizás fueron consideradas poco femeninas o fueron la única mujer en la especialidad de matemáticas en la universidad. Sé que muchas mujeres tienen esposos que hablan más que ellas y de otras a las que les es difícil crear lazos con otras mujeres. Puedo continuar con cientos de otros ejemplos en las que las mujeres no sienten que son la mujer típica, dependiendo cuál sea su visión de lo que es típico. Algunas están felices —y orgullosas— de no cumplir con la norma establecida al respecto, al punto de pensar que mientras más cerca estén de lo que es considerado como masculino, más poderosas o respetadas serán. Su visión es que la mujer está limitada y de alguna forma es un ser patético, por lo que tiene sentido que quieran distanciarse de esa idea de mujer. Otras, están tristes —e incluso avergonzadas— porque nadie les enseñó lo que se supone que es la femineidad y ahora están dando vueltas en la oscuridad tratando de resolverlo.

Todo, menos una mujer típica

Como cristianas, que tenemos la bendición de conocer la revelación misma de la verdad de Dios en la Biblia para ayudarnos a caminar en este mundo, junto con la bendición de la creación para mostrarnos el diseño de Dios, no necesitamos obsesionarnos con lo que nuestra sociedad parece llamar típico. El objetivo de una mujer cristiana no es ser típica. Especialmente, si típica significa estar excesivamente maquillada, ser demasiado femenina, mostrar debilidad a la primera señal de trabajo duro o ser el tipo de mujer que no es muy inteligente. ¿Dónde sale eso en la Biblia? Afortunadamente, tampoco se mencionan sofás victorianos ni señoritas de alta alcurnia. Al contrario, vivimos nuestra vida en Cristo y buscamos la santidad —y eso es cualquier cosa, menos algo típico—. Como niña, cuando observaba a mi mamá, una hija de agricultor, usar la motosierra para sacar las ramas muertas y cargarlas a la camionera para tirarlas sobre el montón de maleza, estaba aprendiendo sobre ser mujer. Cuando miraba cómo ella preparaba las cosas de la casa para un sinnúmero de visitas y comida para incontables bocas, estaba aprendiendo sobre cómo ser mujer. Cuando la escuchaba discutir sobre la Biblia con docenas de personas en nuestro living cada martes por la noche, estaba aprendiendo sobre cómo ser mujer, porque ella fue una mujer que hacía esas cosas. Felizmente para mí, ella era más: era una mujer cristiana. Cuando leemos las historias de mujeres piadosas en la Escritura, pasa lo mismo —tenemos la ventaja de observar y ver mujeres en particular que enfrentaron situaciones específicas—. Vemos a las parteras hebreas temer a Dios más que a faraón, y al hacerlo, salvaron a niños hebreos (Éxodo 1:15-21); a Rahab, quien se aferró fervientemente a Yavé, poniendo su vida en riesgo por el pueblo de Dios (Josué 2:1-21); a Sara, quien creyó que Dios podría darle un hijo contra toda lógica (Hebreos 11:11). También vemos a la joven María magnificar al Señor en las circunstancias más extrañas (Lucas 1:26-38); y a Priscila, quien arriesgó su vida por Pablo (Romanos 16:3-4). En todas estas historias, aprendemos sobre ser mujer. No como en un libro de cocina, con los pasos que debemos seguir para vivir nuestras vidas, sino que como varios ejemplos de mujeres que temieron al Señor a través de la historia. Aprendemos que lejos de ser típicas, debemos ser mujeres fieles en nuestra vida, en las circunstancias que Dios nos ha dado.

La perla más preciada de Dios

Me pregunto si todas concordamos en que lo que sentimos respecto a ser mujer no es en lo absoluto relevante para establecer lo que somos. Podríamos sentir que no encajamos en el molde, pero Dios nos llama a vivir de una manera que destruye las expectativas del mundo. Por lo tanto, nuestros sentimientos de inadaptación no cambian la realidad, pues somos mujeres. Cuando actuamos, cuando hacemos cualquier cosa, lo hacemos como mujeres y nos convertimos en una historia viva que modela femineidad a quienes nos rodean, para bien o para mal. Como mujeres cristianas, les contamos a los demás cómo es Dios. No porque Dios sea una mujer, sino porque somos portadoras de su imagen, estamos vestidas en Cristo y tenemos su Espíritu obrando en nosotras; somos sus representantes —como mujeres—. Hablamos sobre quién es Dios con todo lo que decimos y hacemos. El hecho de que Dios te haya creado mujer es una parte esencial de la historia que él nos está contando sobre él mismo. Por lo tanto, ¿cómo estás contando con tu vida sobre quién es Dios y sobre su perla más preciada, la mujer, a las personas que te rodean? Cuando andamos en santidad con nuestras características propias dispuestas por Dios, en circunstancias amorosamente planeadas por él, le decimos al mundo la verdad sobre Dios. No obstante, cuando satisfacemos nuestra tendencia pecaminosa, la distorsionamos. Probablemente, lo más importante y poderoso que le decimos a las personas que nos rodean, viviendo como mujeres cristianas, es que no estamos atascadas en pecado. Nunca estamos indefensas frente a nuestro pecado, porque el mismo poder que resucitó a Jesús de los muertos está trabajando en nosotras para hacernos nuevas mujeres. La historia que contamos cuando nos arrepentimos y nos volvemos a Dios es la del evangelio. Es la verdad más indiscutible que podemos contar con nuestras vidas.

No seas típica

Otra cosa misericordiosa que Dios ha hecho es que nos hizo parte de todo un cuerpo para manifestar su gloria. Estoy tan agradecida de que mis hijos tienen mujeres cristianas de quienes aprender aparte de mí —mujeres cuyas vidas están marcadas por la obediencia a Dios—. De esa manera, pueden ver mujeres fieles con habilidades para administrar y organizar; mujeres que superan la discapacidad; mujeres que enseñan ciencia y piano; mujeres que disfrutan planchar, son excelentes para organizar cenas y aman reír. Ellas son atípicas porque en lo que sea que hagan, lo hacen para la gloria de Dios y eso sí que es raro. Por tanto, anímense y libérense de verdad, todas ustedes son mujeres fuera de lo común. Dios no nos pide ser típicas; nos llama a ser suyas, a una sumisión y lealtad innegable a él —y esto es lo más amoroso que él puede mandarnos a hacer—. Una vida de obediencia a Dios es la más riesgosa, pero al mismo tiempo no puede ser más segura. Mientras él nos pide sumisión a él, a la Biblia y a su diseño, simultáneamente nos capacita por medio del poder ilimitado de su Hijo salvador.
Abigail Dodds © 2015 Desiring God Foundation. — Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda