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Abbey Wedgeworth es esposa, madre y escritora. Le apasiona el discipulado y el conocimiento bíblico. Le encanta ver cómo el Evangelio transforma la manera en que las personas piensan y viven. Es autora de Held: 31 Biblical Reflections on God’s Comfort and Care in the Sorrow of Miscarriage [Sostenida: treintaiún reflexiones bíblicas sobre el consuelo y el cuidado de Dios en la tristeza del aborto espontáneo]. Vive en la costa de Carolina del Sur con su esposo, David, y sus tres hijos pequeños. Puedes encontrar más de Abbey en abbeywedgeworth.com o puedes ponerte en contacto con ella por medio de su cuenta de Instagram @abbeywedgeworth.

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Cuando la lactancia materna no es fácil
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Cuando la lactancia materna no es fácil

Cuando estaba embarazada de mi primer bebé, mis dulces amigas me hicieron el más precioso baby shower. Estuvieron todas: mis 20 a 30 amigas. Las anfitrionas organizaron un juego de preguntas específicas de nuestro embarazo donde cada chica tenía que adivinar las respuestas. La que generó más risas fue: «¿qué es lo que a Abbey le emociona más de ser mamá?». Me puse nerviosa y escribí algo que se sintiera apropiado como «la hora del baño» o «sonrisas de encías», pero todas las chicas del salón conocían la verdadera respuesta: «amamantar». No podía esperar a amamantar a nuestro bebé y, evidentemente, no era un secreto. Leí todos los artículos y libros. Fuimos a las clases (sí, «fuimos». Le pedí a David que viniera, pero me arrepentí bastante apenas pusieron el video étnicamente diverso y completamente no censurado). Solo pensaba que la lactancia materna era lo más hermoso, lo más natural y lo más maravilloso. En este punto, quizás algunas de ustedes están pensando que soy una persona totalmente rara, pero si lo estás pensando, tal vez este no sea un artículo para ti. Este es un artículo para aquellas de ustedes que se sienten como yo, que tuvieron la expectativa idealista del postparto en las que sus bebés se pondrían instantáneamente en sus pechos, acoplándose a la primera oportunidad que tuvieron, y lactando como un campeón. Este es un artículo para aquellas de ustedes que pensaron que serían completamente capaces de proveerles a sus bebés todos los nutrientes ricos en grasas necesarios para el primer par de meses de vida. Este artículo es para aquellas de ustedes que pensaron que se daría naturalmente y para quienes resultó ser una de las cosas más difíciles que jamás hayan hecho. Tengo algunas palabras para ti, mamá.
1. Tu valor no está determinado por tu capacidad de amamantar
Nuestra enfermera entró cerca del mediodía después de un día y medio en el hospital. Nos dijo que todo lo que necesitábamos hacer era firmar los papeles y éramos libres para irnos. Miré el formulario que me dio, en el que un círculo indicaba mi intención de amamantar a este bebé… este bebé que gritaba cada vez que lo ponía en el pecho y no se acoplaba por más de «dos misissipis» a la vez. «¿Cuánto nos cobran para quedarnos hasta las 7:00 p. m.?», pregunté. «No hay extras. Se paga por el día», contestó ella. «Bien», comencé a decir obstinadamente, «nos quedamos hasta que pueda hacer esto de la lactancia materna». Y nos quedamos. Después de muchas horas de que asesoras de lactancia tocaran, posicionaran, sugirieran, señalaran, halagaran, animaran y usaran pezoneras de lactancia, finalmente accedí a irme partiendo de la base de que no creía que iba a hacer pasar hambre a mi hijo. Cuando llegamos a casa, pasarían dos semanas antes de que él pudiera lactar en cualquier posición, excepto recostado de lado. Tenía que recostarme cada vez que él tenía hambre, y no podía haber ningún ruido. Cero. De otra manera, la cena se cancelaba. Mis recuerdos de intentar mantener la pezonera puesta mientras él se sacudía frenéticamente en mi pecho, llorando con su rostro enrojecido y desesperado son materia para pesadillas. Sabía que realmente él no iba a pasar hambre. Encontraríamos la manera de alimentarlo de una manera u otra, pero la dificultad era aterradora debido a lo que temía que esto podría significar para mí. «¿Acaso esto no debería ser “normal”? ¿Qué anda mal conmigo? ¿Qué significa para mí que esto no sea fácil para nosotros? ¿Por qué él no me quiere? Soy su mamá. ¿Y si no podemos hacer un vínculo?».  En esos momentos, en mi mente, mi valor dependía de la capacidad de mi hijo de acoplarse y comer. Sin embargo, la verdad es que no es así. Mi valor, y tu valor, no tienen nada que ver con nuestros méritos. Tienen todo que ver con ser creadas a la imagen de Dios y con la fe en la obra consumada de Jesús.
2. El amor por tu bebé no se mide por tu capacidad de amamantar
Existen algunas cosas que puedes controlar; hay otras que no puedes controlar. Nuestra responsabilidad como mamás es hacer lo mejor que podemos con lo que se nos ha dado en el poder y la fuerza del Espíritu de Dios. Si eso, para ti, es la trágica combinación de un pezón corto y alteraciones en el paladar, no significa que no ames a tu bebé si cambias a leche de fórmula; significa que amas a tu bebé porque quieres verlo florecer. El bienestar de tu bebé es más importante que la realización de tu sueño idealista. Y solo porque «La liga de la leche» diga que amar a tu bebé significa amamantarlo, no significa que siempre será fácil. La manera más tangible de amar a tu hijo es satisfacer sus necesidades: presumiblemente, la mayor de ellas en esta etapa es que sea alimentado.
3. No estás sola
Sí, para algunas mamás, la lactancia materna es fácil, natural y espontánea. Sin embargo, no es así para todas. No te atrevas a pensar que eres la única que está batallando con esto. El enemigo quiere aislarte en vergüenza. Busca a otras mamás a tu alrededor. Permite que te ayuden a identificar y resolver el problema. Aprende de ellas. Deja que te consuelen. No estás sola y no fuimos diseñadas para luchar aisladas.
4. La lactancia materna no es lo esencial
Tuve este pensamiento todo el tiempo al comienzo de la vida de Will: «si estuviéramos en los 1800… él no podría sobrevivir». ¡Basta! Si estás pensando esto… no. No son los 1800. Estamos en el 2020. Aférrate a los recursos y a los medios que Dios te ha provisto para asegurarte de que tu bebé esté saludable. Si vives en un país del primer mundo, tu bebé no va a morir si no puedes amamantarlo. Sin embargo, se siente así a veces, ¿no? Quizás la muerte no es tu miedo… quizás son las estadísticas sobre la inteligencia o el vínculo o la salud. La lactancia materna es buena y hermosa, pero si sientes que no poder amamantar es el fin del mundo, tal vez sea un ídolo. Un ídolo es cualquier cosa que adoremos que no sea Dios; cualquier cosa que no sea Jesús a la que le pidamos que nos salve; cualquier cosa que queramos más que a Él y a su camino. ¿Has transformado esa cosa buena en algo esencial al punto de que no eres capaz de ser fiel en administrar y mantener una mentalidad de Reino?
5. La lactancia materna no es tu justicia; Jesús lo es
¿Temes lo que las personas podrían pensar si supieran que estás suplementando con leche de fórmula o que la estás considerando? Te tengo buenas noticias: Cristo es tu justicia. No eres salva por las opiniones de otras o por tu habilidad de amamantar a tu bebé. Eres salva por la preciosa sangre de Jesús. Él no está sentado a la diestra del Padre diciendo: «perdónala, ella amamantó a su bebé». ¡No! Él le está diciendo a Dios que te perdone en base a lo que Él ha hecho. No hay condenación para quienes están en Cristo Jesús. Nada depende de tu capacidad de desempeño; y darle leche de fórmula a tu bebé no es pecado.
6. Dios está en control incluso cuando todo se siente muy fuera de control
Esta es la única manera en la que puedo pensar para describir la forma en que se sintieron ese par de semanas: fuera de control. Y no me gustó en lo más mínimo. Sin embargo, hay verdadero consuelo al reconocer que Dios está íntimamente involucrado en esos pequeños detalles del postparto y del cuidado de niños. Él sabe exactamente cómo va a proveer para ti, para tu familia y para tu pequeño bebé. Verbaliza esas palabras en voz alta a medida que luchas con la lactancia materna o al intentar evitar que el agua de la ducha golpee tu cuerpo adolorido y lleno de ampollas. «Dios, Tú ves y Tú sabes. Por favor, dame paz mientras me convences de que Tú estás en control. Te ruego que uses esto para hacerme más como Jesús al enseñarme a confiar más completamente en ti».
7. Dios siempre nos da lo que necesitamos para aprender a confiar en Él
Él hace que todas las cosas sean para nuestro bien, y nuestro bien está inexplicablemente ligado a su gloria. Él es glorificado con nuestra adoración, con nuestra necesidad, con nuestra posición de dependencia de Él. Podrías sentir que no eres capaz de darle a tu bebé lo que necesita, pero tu experiencia de lactancia materna podría tratarse más de Dios dándote lo que necesitas en una etapa determinada para aprender a confiar en Él, incluso si eso significa negar un deseo. ¿Puedes recibirlo? Miro hacia atrás a la intensidad de esos días y cómo me llevaron de vuelta a estar de rodillas y a regocijarme en esa forma de sufrimiento, porque sí produjo resistencia y más confianza en la presencia y la ayuda de Dios. Él está obrando en tu vida a través de esta lucha.
8. La gratitud es la puerta al gozo
Si estás desesperada por cómo va o no va tu viaje de la lactancia materna, te animo a pasar más tiempo agradeciendo a Dios por las maneras en que puedes ver su provisión para ti y para tu bebé. Nombra cada cosa en la que puedas pensar. No pasará mucho tiempo antes de que tu corazón sea movido a adorar y a agradecer, incluso al estar mezclado con nuestro dolor. El salmista nos da esta fórmula para orar una y otra vez… expone todo ahí, luego serás llevada al agradecimiento.
9. Un poco de descanso puede marcar la diferencia entre la perspectiva y la desesperación
Por favor, mamá, si estás sollozando por esto… te lo ruego, llama a una amiga para que vaya a tu casa y se siente con tu bebé por una o dos horas, y anda a tomar una siesta. Todo se ve muy, muy diferente cuando estás descansada. Y a veces esto termina siendo más útil de lo que podrías imaginar… Una mamá calmada y relajada es un regalo para tu bebé. Oro por ti ahora, para que puedas descansar y exhalar.
10. Estas pocas semanas son solo eso… recuerda la eternidad
Él sabe lo que es mejor… lo prometo, lo prometo, lo prometo. ¿Cómo lo sé? ¡Mira la Biblia! Un gran y grueso libro de historia tras historia de un Dios que sabe mejor y que obra para el bien de su pueblo. ¡Y mira tu vida! Verás que es fiel una y otra y otra vez. Pasa a un plano general y ve la dificultad de la lactancia materna en la historia cósmica de la redención y anímate. Sus buenos propósitos no pueden ser frustrados. Él está contigo y por ti, y te verá a través de este tiempo aparentemente sin fin. Incluso si el resultado a corto plazo no es como esperabas.
Según su gran misericordia, nos ha hecho nacer de nuevo a una esperanza viva, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, para obtener una herencia incorruptible, inmaculada, y que no se marchitará, reservada en los cielos para ustedes. Mediante la fe ustedes son protegidos por el poder de Dios, para la salvación que está preparada para ser revelada en el último tiempo (1P 1:3-5).
Eso es cierto y seguro.
Este recurso fue publicado originalmente en Gentle Leading.
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Alabanza por mi cuerpo postparto
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Alabanza por mi cuerpo postparto

Tuve un colapso real y sincero en un probador de una tienda hace un tiempo. Me encantaría tener tantas posibilidades de vestimentas como las tenía cuando mi yo de antes del embarazo pensaba que no tenía nada que ponerse. Nada me queda. La forma y el tamaño de mi cuerpo está completamente alterado debido al embarazo. Vestirme con cualquier otra cosa que no sea ropa deportiva (vitoreos para LuLuLemon[1] por hacerme sentir que es una opción elegante) es una verdadera lucha. ¿Quién dice amén? Sin embargo, cuando levanté la vista y vi las cejas fruncidas y las lágrimas calientes sobre mi rostro enrojecido (era toda una guerra intentar sacarme ese último vestido), estaba tan condenada. Esta lucha se había convertido en un baluarte. ¿Cuándo fue la última vez que me había vestido o desvestido sin rencor hacia mi cuerpo? En este momento de dolor, a medida que me arrepentía de mi desprecio hacia este cuerpo, Dios amablemente lavó cada uno de mis tristes pensamientos con su Palabra, abriendo paso a estas reconfortantes verdades:

Mi cuerpo postparto le pertenece a Cristo

El apóstol Pablo nos exhorta a honrar a Dios con nuestros cuerpos porque fuimos compradas con un precio (1Co 6:20). Se entiende que hay un lugar para el creyente que desea estar en forma… pero, si se hace cualquier cosa lejos de la fe es pecado. El ejercicio hecho con cualquier otra intención que no sea glorificar a Dios con mi cuerpo al buscar salud es algo de lo que debemos arrepentirnos. ¡Es una noticia maravillosamente liberadora que nuestros cuerpos, y no solo nuestras almas, le pertenecen! Podemos hacer ejercicio con libertad y alegría en lugar de esclavitud y temor porque Él nos ha liberado de las mentiras que el mundo nos dice sobre nuestros cuerpos. No es incorrecto desear un buen estado físico… pero desear nuestro cuerpo previo al embarazo al punto de que controle nuestras emociones y nos robe el gozo que tenemos en Cristo no es solo pecado, sino que también no tiene sentido. Ten gracia para ti, pues Él ciertamente la tiene.

La función de mi cuerpo postparto importa mucho más que su forma

Debido a la obra consumada de Cristo, soy una nueva creación. Mi cuerpo, dentro de la historia cósmica de la redención, tiene un propósito doble como un recipiente y un vehículo. Como un recipiente, alberga mi alma y al Espíritu Santo. También es un vehículo por medio del cual Dios me capacita para andar en las buenas obras que Él ha preparado para mí de antemano (Ef 2:10). Es muchísimo menos importante que mi ropa me quepa de la manera que me gustaría, que ser vestida de fuerza y dignidad y adornada con las buenas obras que mi cuerpo lleva a cabo (Pr 31; 1Ti 2:10). El cambio en la forma y en la apariencia que nuestros cuerpos experimentan durante y después del embarazo nos presenta una oportunidad única para deleitarnos en su función más que desesperarnos por su forma mientras nuestro errado entendimiento es expuesto en nuestra insatisfacción e impaciencia.

Dios es soberano sobre nuestras estrías

Si Dios verdaderamente nos cuida de tal manera que ni un cabello puede caer de nuestras cabezas sin ser su voluntad, entonces podemos asumir que ninguna estría puede aparecer en nosotras sin que su soberana mano permita que ahí se forme (Mt 10:29-31; Lc 21:18). La forma de nuestros cuerpos puede servir como un indicador de que no estamos honrando a Dios con nuestra dieta o con su uso, pero cuando detestamos las cosas de nosotras que no podemos cambiar o en las que no tenemos ningún impacto, insultamos su diseño. Para cualquier propósito, si es verdad que todas las cosas obran en conjunto para nuestro bien (Ro 8:28), entonces, porque están en nosotras, son su gracia para nosotras. Por tanto, podemos hacer más que odiarlas o simplemente aprender a vivir con ellas… podemos agradecer a Dios por ellas.

Transformar la desesperación en alabanza

La grave confusión que tuvo lugar en ese probador de esa tienda respecto al rol de mi cuerpo me llevó a la desesperación, pero la obra de Cristo en la creyente redime la perspectiva de su cuerpo postparto y la lleva a alabar y a agradecer. Mis pechos podrían verse como un mapa de carreteras, pero Dios los ha usado para sustentar la vida de otra persona, por quien oramos para que crezca para hacer su Nombre famoso. Mi barriga podría estar blanda, estirada y aún tener el aspecto de cinco meses de embarazo, pero es un Ebenezer de la fidelidad de Dios por responder a nuestras oraciones por un hijo. Mis caderas podrían ser demasiado anchas para cualquiera de mis shorts y jeans (menos mal que J. Crew diseñó unos nuevos shorts elásticos a la cintura), pero se extienden según su gran diseño para dar a luz un milagro. Mis brazos podrían estar más gruesos que nunca, pero son fuertes y están moldeados perfectamente por su Creador para cargar ese asiento de auto para niños y dar expresiones tangibles de su amor cuando tomo, abrazo y sostengo a mi hijo. Mi rostro podría estar más redondo de lo que me gustaría, pero no es menos capaz de comunicar mi gozo, deleite, empatía y emoción a los pequeños ojos que lo cautivan. La próxima vez que seas tentada a despreciar y apretar tu sección media, a mover la piel suelta bajo tus brazos o a contemplar con desdén las estrías que tu pequeño causó cuando él o ella creció dentro de ti, pídele al Espíritu Santo que tome cautivo ese pensamiento al llevar tu mente a lo que dice la Palabra de Dios respecto a quién eres (y qué es tu cuerpo) debido a quien es Dios y a lo que Cristo ha hecho. ¿Y tú? ¿De qué maneras has luchado con estos pensamientos desde que tuviste un hijo? ¿Qué puedes celebrar de tu cuerpo hoy? ¿Qué pasos estás dando para amar a Dios con tu fuerzas dentro de tu cuerpo postparto?
Este recurso fue publicado originalmente en Gentle Leading.

[1] N. del T.: marca de ropa deportiva.
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Disciplinas espirituales con un recién nacido
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Disciplinas espirituales con un recién nacido

«Pero Jesús le respondió: “Escrito está: ‘No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios’”» (Mt 4:4). «Permanezcan en mí, y Yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco ustedes si no permanecen en mí» (Jn 15:4). El primer par de semanas con un nuevo bebé es irónico. El bebé básicamente duerme todo el tiempo y por alguna razón tú no duermes en lo más mínimo. Hay tan poca energía mental y tanto cambio. Estamos en modo supervivencia. Sin embargo, es una mentira que estás demasiado ocupada, demasiado cansada o que tu horario es demasiado impredecible como para cumplir con patrones de descanso, leer la Palabra de Dios y orar en los primeros días de vida de tu hijo. Podrías creer que no puedes permitirte practicar las disciplinas espirituales debido a la intensidad de esta etapa… la verdad es que no puedes no permitírtelo. Permanecer en Cristo y que su Palabra permanezca en nosotras es crucial durante el tiempo cuando nuestra fatiga y nuestras hormonas probablemente traicionan nuestras mentes y acciones. Pero, ¿cómo? ¿Cómo te adaptas a tu experiencia y hábitos normales cuando este pequeño humano está causando estragos en todo el orden y la previsibilidad de tu mundo?
1. Ve tu necesidad de la Palabra de Dios
A medida que nos preparábamos para dejar el hospital, nuestra dulce enfermera empacó literalmente TODAS las cosas que estaban en nuestra habitación. Todos los pañales que quedaban en el pequeño cochecito de Will, las pequeñas fuentes para bañarlo, la esponja que por un lado tiene cerdas para la costra láctea (oigan, no se olviden de eso. ¡Es mágica!), las almohadillas hemorroidales, las mamaderas de plástico, los pañales de tela y la ropa interior y apósitos postparto extra. Pero lo que más me preocupaba NO olvidar era ese gigantesco jarro de agua con la pajilla en forma de acordeón. Una y otra vez la asesora de lactancia me dijo que si iba a amamantar a este bebé, tenía que hidratarme para tener y mantener reservas. Llevaba este jarro para todas partes en casa. Cada vez que me sentaba a amamantar lo vaciaba y levantaba mi dolorido trasero para llenarlo con agua nuevamente. No era difícil de recordar. ¿Por qué? Porque estaba completamente convencida de mi necesidad de agua. Vi una correlación directa entre la cantidad que tomaba y mi capacidad de producir leche para mi bebé. Así que tomaba agua. La clave para practicar disciplinas espirituales con un recién nacido es estar convencida de tu necesidad. En una reciente discusión sobre este tema, una dulce amiga que también es mamá usó la frase: «la necesidad es la madre de la invención». Si estamos verdaderamente convencidas de nuestra necesidad de tiempo en la Palabra de Dios y de tener momentos de comunión con Él, adaptaremos nuestra práctica a nuestras circunstancias, recordando que Él mismo las ordenó.
2. Suelta tus expectativas de «un tiempo de tranquilidad» perfecto
Todas hemos visto esta imagen: la toma desde arriba de una Biblia de cuero abierta y un diario estampado con un hermoso lettering en la más hermosa mesa de madera desgastada junto a una humeante y floreada taza de café con un lápiz Micron destapado listo para escribir la revelación que la chica hípster súper espiritual está lista para recibir. Podrías sentarte ahí por horas con tu música de adoración a un volumen bajo mientras tomamos un sorbo y saboreamos… Nop, no va a ocurrir ahora. No es el momento ni el tiempo. Si estás buscando esta «experiencia» de Dios, tu hijo terminará molestándote y perderás la belleza de aprender a ver a Dios obrar en cualquier lugar con cualquier cosa que tengas. Si estás desanimada porque tu bebé arruinó tu tiempo de tranquilidad, revisa tu corazón: ¿estás anhelando una experiencia o a Dios mismo? Estas primeras semanas ofrecen una oportunidad única para disfrutarlo a Él de una nueva forma en una dependencia momento a momento, escabulléndote cada vez para encontrarte con Él intencionalmente y ver su mano en las interrupciones.
3. Haz lo que puedas con lo que tienes
Las expectativas irreales sobre el tiempo de oración o la conexión con la Palabra de Dios puede dejarnos desanimadas y desilusionadas. Sin embargo, nuestra interacción con la Escritura debe animarnos, recordándonos que Dios está obrando, que Él es bueno y que Él está con nosotras. Sé realista sobre la cantidad de tiempo, de energía mental y de la resistencia física que tienes. Dios es el autor de tu circunstancia actual. Él es soberano sobre tu experiencia como nueva mamá (cuánto está durmiendo tu bebé, etc.). Él te ha dado exactamente lo que necesitas para aprender a confiar en Él. Él obra todo para tu bien. Esto es especialmente importante de recordar en el primer par de semanas con un nuevo bebé. En su Palabra, una y otra vez lo vemos encontrando a personas exactamente donde ellas están. Él te encontrará donde tú estás. Por tanto, no intentes estar en otro lugar: en un lugar donde no estés cansada; en un lugar donde tengas más tiempo; en un lugar donde no tengas un bebé. Podrías quedarte dormida antes de que termines de leer un párrafo. Podrías, quizás, olvidar que estás orando, pues tu mente se consume con los horarios de comida, los registros de deposiciones y los pañales mojados. Solo sé fiel con el tiempo, la energía y el lapso de atención que tienes y confía en Él para obrar en ti y a través de ti. Podrías tener más de lo que piensas. Si tienes tiempo para leer con detenimiento un sitio web de anuncios clasificados, las preguntas sobre bebés en Google y ver Netflix, tienes tiempo para interactuar con la Palabra de Dios, aun cuando sea un minuto y medio.
4. Crea recordatorios visibles
Cómprate una linda cinta adhesiva y un montón de tarjetas de notas. Escribe buenas promesas y versículos importantes en ellas y ponlas alrededor de toda tu casa. Pégalas en el inodoro, en tu espejo, en el lavaplatos de la cocina, sobre el mudador, en tu velador y en tu computadora. Esta es una manera simple y fácil de poner siempre frente a ti la Palabra de Dios y su verdad cuando estás ocupada, distraída y tiendes a poner tu esperanza en otro lugar. Estas tarjetas actúan como salvavidas para tu mente para protegerla de seguir a tu corazón mientras estás en la montaña rusa de emociones, hormonas y falta de sueño que plagan estos primeros días. ¿No sabes qué escribir? Pregúntale a tus amigas qué versículos las animaron y ayudaron más cuando tenían a su recién nacido y estaban extremadamente agotadas. ¿Mis versículos?: Efesios 4:2 e Isaías 26:3.
5. Usa tu teléfono
Todas las personas con las que conversé sobre horarios y lactancia me sugirieron que descargara una aplicación de lactancia materna o que usara «apuntes» para registrar la alimentación de mi bebé. Por consiguiente, siempre supe donde estaba mi teléfono cuando tenía a mi recién nacido. Existe una millonada de aplicaciones para ayudar con la memorización de la Escritura, para encontrar sermones, para estudios bíblicos, artículos y leer libros en un teléfono inteligente. La aplicación Hoopla que mi biblioteca local me ofreció resultó ser una herramienta formidable para mí, así podía «leer» mientras preparaba la cena, planchaba o hacía otros quehaceres pequeños sin tener que comprar audiolibros. Puedes usar los recordatorios de tu celular como avisos para orar a lo largo del día. Tu teléfono es una herramienta poderosa. Úsalo para la gloria de Dios y la renovación de tu mente. Pregúntales a las personas que te rodean de qué maneras el teléfono ha sido útil para practicar disciplinas espirituales.
6. Haz que el uso de lo que es predecible sea un «hábito»
Seguro, no existe tal cosa como un horario para esos primeros días y semanas, pero hay un ritmo de cosas que estás segura que debes hacer todos los días. Anda y toma un lápiz y un papel o usa una nota adhesiva en tu escritorio y haz una lista de estas cosas muy rápido. Síp, ahora mismo. Alimentar al bebé, cambiar su pañal, preparar el café, tomar agua, revisar las redes sociales. Ahora, ora por esta lista para que Dios te dé sabiduría y piensa cómo puedes usar lo que ya estás haciendo para poner en práctica la renovación de tu mente. Ejemplos:
  • ALIMENTAR A TU BEBÉ: designa una alimentación «libre de teléfonos» al día donde puedas orar. Haz una guía de oración y pégala junto a la mecedora en la habitación del bebé o donde sea que alimentes a tu bebé con más frecuencia para dedicar ese espacio de 20 minutos (o 45 si tu bebé lacta lento) para la oración y la meditación. Esta guía puede tener 2 a 3 oraciones o un monólogo interior. Si te atascas, pídele al Espíritu que simplemente interceda por ti, recuesta tu cabeza y descansa. Si ves que tu mente se precipita para todos lados, toma cada pensamiento que venga a tu mente y mándalo al cielo. ¿Te distraes por el rostro y los sonidos de tu bebe? Gracias Dios por esta bendición; ¿piensas en tu esposo? Dios, bendícelo con fortaleza en su lugar de trabajo, puesto que él también está cansado; cuida y protege nuestro matrimonio a medida que pasamos por la transición a nuestro nuevo rol de padres; ¿comienzas a deprimirte? Padre, perdóname por poner mi identidad y valor en lo que las personas dicen o en el estándar de maternidad que adoro, por favor, dame la gracia para descansar en la obra consumada de Jesús.
  • CAMBIO DE PAÑALES: usa esto como un momento para memorizar la Escritura. Normalmente, esto es algo que se hace sistemáticamente en el mismo lugar donde están los recién nacidos, porque ¿quién va a traer la cajita de pañales desde otro lado? Escribe en una tarjeta de notas un versículo al que te aferres o que quieres enseñarle a tu corazón y léelo diariamente hasta que puedas decirlo sin mirar.
  • REVISIÓN DE LAS REDES SOCIALES: leer un capítulo de la Biblia normalmente toma menos de 5 minutos. Aunque Instagram definitivamente puede ser un lugar para encontrar ánimo, también puede ser un bloque gigante de tropiezo para ti en estos primeros días debido a la tentación de compararte. Descarga una aplicación de la Biblia y usa una porción de ese tiempo de revisión para leer solo un capítulo al día. O leer el mismo capítulo cada día una y otra vez si estás teniendo problemas para concentrarte o para retener lo que lees. Amiga, este podría no ser el momento para leer Levítico; ten gracia contigo. Cuando estás pudiendo dormir solo 2 a 3 horas a la vez, está bien darse un tiempo de cualquier plan que hayas estado siguiendo para leer una epístola o los Evangelios.
7.  Ora
Al igual que en el caso de la fe, no podemos hacer que el deseo por la Palabra de Dios aparezca. Es un regalo que se nos da por lo que debemos pedírselo al Dador. Ora para que Dios te acerque a su Palabra diariamente. Ora para que Él te convenza de tu necesidad. Ora para que Él reciba gloria durante este tiempo en el que estás distraída y simplemente sobreviviendo. Ora para que su Palabra se enraíce en tu corazón y te haga más como Jesús. Pídele a otros que oren por ti.

¿Y tú?

¿Cómo has sido transformada por la renovación de tu mente en los primeros días de la maternidad? ¿Qué consejos tienes para ajustar las expectativas o aprovechar tu tiempo al máximo? ¿Cómo le enseñas la verdad a tu mente cansada y agotada?
Este recurso fue publicado originalmente en Gentle Leading.
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Nada que probar
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Nada que probar

He experimentado depresión y ansiedad posparto. Una cosa es escribirlo en una oración y otra completamente diferente es darle la bienvenida a alguien a la experiencia real durante la crudeza: no querer cuidar a tu bebé, los detonantes de pérdida y soledad, los pensamientos irracionales que han provocado que tu corazón se acelere. Compartir lo específico en lo denso de la situación es difícil porque es complicado. Cada vez que le contaba un detalle a una amiga, temía perder su buena opinión sobre mí. Tenía miedo de ser «demasiado» y de que la relación cambiara. Solo quería ser «divertida» y normal. La experiencia de la ansiedad posparto comenzó en mí a las 37 semanas de gestación con cada uno de mis hijos. A menudo, sin previo aviso ni un detonante identificable, mi mente comenzaba a acelerarse en pánico, segura de que mi bebé ya no estaba a salvo en mi vientre. Ya sea que mi intuición fuera correcta o no (ambos nacieron a las 38 semanas después de no haber pasado el perfil biofísico fetal), la ansiedad era debilitante. Después de dar a luz a mis dos hijos[1], estaba en una especie de estado maníaco mientras estuve en el hospital, incapaz de dormir por temor a que el bebé dejara de respirar. Mi cuerpo reaccionaba con fuerza a sus llantos, sus gruñidos y sus balbuceos. Una vez que trajimos a casa a nuestro primer hijo, me preocupaba que después de llevarlo de nuestra habitación a su cuarto, alguien entrara por su ventana y se lo llevara. Comencé a sentir paranoia respecto a que mis amigas me abandonaran y me desertaran. A veces, mi miedo y mis preocupaciones eran específicos. Sin embargo, a menudo, simplemente sufría por sentirme insegura, relacional o físicamente, y sentía una sensación general de inestabilidad. Esto se manifestó físicamente en repentinas alzas de presión o náuseas; en la incapacidad de completar una tarea o de decidir con qué tarea comenzar, y en una increíble limitada atención para comprender o en una limitada capacidad para concentrarme. Mi experiencia con la depresión posparto ha llegado en dos olas distintas. Una cuando mi segundo hijo tenía cuatro meses, después de su primera gran regresión del sueño y otra cuando lo desteté. Cuando mis hijos despertaban, me paralizaba. Cuando despertaban de las siestas de la tarde, mis ojos se llenaban de lágrimas. Sentía que mi cuerpo era tan pesado para estar de pie y sus cuerpos demasiado pesados para cargarlos. La lactancia exacerbó esta experiencia. Cada vez que eliminaba una toma a medida que mis chicos comenzaban a ser más dependientes de la comida sólida, me daba bruxismo y luchaba con pensamientos ansiosos por un par de semanas. Hace dos semanas, desteté completamente a mi hijo de 14 meses y tuve un par de días terribles de paranoia e insomnio. Mi cuerpo estaba acostumbrado al flujo estable de la oxitocina. Sin embargo, de pronto, me sentí como yo misma nuevamente. Fue como si la niebla se hubiera disipado. Puedo enfocarme. Puedo completar tareas. De repente ya no se sintió tan abrumador revisar el correo o doblar un montón de ropa. La facilidad y la energía que sentí desde este repentino cambio me hicieron reconocer cuán verdaderamente difíciles habían sido los cambios hormonales del último par de años de embarazo, aborto espontáneo y lactancia. En medio y entre todas estas experiencias hubo momentos de deleite y gozo puros donde solo «no podía más» respecto a nuestra vida y familia. Amo a mis hijos. Creo que son los dos niños más hermosos que he visto en mi vida. Me encanta reírme y jugar con ellos. Pero los momentos bajos fueron bajos. La experiencia después de mi segundo hijo fue más fácil porque anticipé la lucha. Sabía qué esperar. Sabía que necesitaba al cuerpo de Cristo y establecí salvavidas para prevenir hundirme en cualquier tipo de oscuro abismo emocional. Tenía flores en la casa, salía mucho hacia el exterior y le pedí a un par de amigas que me preguntaran constante y seriamente cómo estaba. Hablaba con mi mamá diariamente y le pedía que pusiera atención y me dijera si sentía que me estaba decayendo. Hubo un sentimiento dominante de vergüenza mientras miraba a otras mamás a mi alrededor que parecían hacer todo con gran facilidad. A menudo, me preguntaba qué estaba mal conmigo. Sin embargo, la Biblia me dijo claramente que, lo que está mal conmigo, es lo mismo que está «mal» con todos nosotros: nuestros cuerpos están rotos. Esta lucha ha sido dolorosa y agotadora, pero he conocido la intimidad con el Señor en este lugar. He experimentado el consuelo que Él ofrece por el poder de su Espíritu a través de la oración y la verdad de su Palabra aquí. He aprendido a aferrarme a Él de una manera que nunca sentí que necesitaba antes. Y al experimentar su presencia y consuelo en este tipo de sufrimiento, he sido mejor equipada para acompañar y consolar a otras. Si estás en una situación similar, ¿puedo animarte con la realidad de que solo eres humana? Tu cuerpo y tu mente están afectados por la caída. Los desequilibrios químicos y hormonales son una parte de esta experiencia rota de ser un ser humano que vive bajo los límites y tristes efectos de un mundo caído. Tu Padre en el cielo conoce tu cuerpo, sabe que eres polvo y tiene tanta compasión por ti. También envió a Jesús a vivir la vida perfecta que tú no pudiste, murió la muerte que tú merecías y resucitó para tu justificación, a fin de que puedas ser libre del sentimiento de que debes tener todo bajo control. No tienes nada que probar. Cristo es tu justicia; no tu demostración de fortaleza emocional, instinto maternal o capacidad física de hacer todas las cosas. Por tanto, puedes responder honestamente la encuesta que te da el pediatra en la semana de control que dice si sientes que las cosas «realmente te sobrepasan». Puedes decirle a tu obstetra en el control de las 6 semanas que a veces sientes que no puedes levantarte de la cama o que ocasionalmente los llantos del bebé te hacen sentir furiosa. Puedes contarles a las mujeres mayores de tu iglesia que estás luchando y que necesitas ayuda, incluso si no sabes cómo se ve eso. Puedes llamar y pedir una hora. Puedes pedirles a tus amigas que estén contigo cuando el sol comience a ponerse y tus pensamientos comiencen a ser irracionales o que cuiden a tus hijos para que puedas tomar una siesta que podría marcar toda la diferencia para tu cuerpo y mente torturados y privados de sueño. Quizás los mandamientos sobre no temer ni desanimarse han provocado que sientas como si lo correcto fuera extinguir tu temor y depresión con una manguera de verdades bíblicas. No obstante, esos mandamientos son dados por un Dios relacional, que nos ha dado un himnario en su Palabra lleno de lamentos y canciones para cantar cuando tenemos miedo. Él te invita a acercarte a Él y a encontrar descanso para tu mente ansiosa y tu corazón turbado. Tenemos que ser capaces de ser honestas sobre dónde estamos para recibir la provisión de Dios para nuestra increíble necesidad humana. Él está listo para ayudar a mujeres con ansiedad y depresión posparto a través de su Espíritu, su Palabra, consejería y medios médicos prácticos, y su cuerpo local de creyentes. Por favor, amiga mía, no permitas que tu vergüenza por cómo estás «lidiando» con las semanas y meses después del parto eviten que pidas ayuda para tu tan desesperada necesidad (y la de tus hijos), la ayuda que Dios puede y está tan dispuesto a entregar. Hago una pausa a fin de orar por aquellas de ustedes que están leyendo e identificándose con estas palabras para que conozcan la libertad y la paz del Evangelio que viene de ser honesta sobre su necesidad y de tenerla cubierta. Oro para que conozcan la suficiencia de su gracia para ustedes y sean movidas a la alabanza a medida que su poder se perfecciona en su debilidad.
Este recurso fue publicado originalmente en Gentle Leading.

[1] N. del E.: Este artículo fue publicado originalmente en agosto de 2019. Actualmente, Abbey tiene tres  hijos.

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Controles pediátricos y el cuidado soberano de Dios
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Controles pediátricos y el cuidado soberano de Dios

Le tomó un rato ponerse los zapatos e irse al auto. A medida que salíamos del estacionamiento, lo escuché comenzar a sollozar. —Will, ¿qué pasa, hijito? —No quiero ir al doctor. —¿Qué te da miedo, cariño? —¡No quiero que me metan nada en la nariz! —reventó en llanto. Claramente, la prueba de gripe que le hicieron en la última visita al pediatra fue un poco traumatizante. Tomé un gran respiro. —Will, ¿confías en mamá? —Sí. —Lloró diciendo un par de sílabas separadas por sollozos. —Nadie va a meter nada por tu nariz hoy. Te lo prometo. —¿Pero si lo intentan? —Mamá no lo va a permitir, hijito. Si les digo que no lo hagan, entonces no lo van a hacer. ¿Le crees a mamá? —Sí. —Entonces no tienes que tener miedo. El silencio llenó la minivan una vez más. Recordé lo que leí en la Palabra de Dios esa mañana. Moisés estaba dando una charla motivacional a la generación de Israel a cuyos padres no les fue permitido entrar a la Tierra Prometida. Él los estaba organizando para entrar, alejando su temor con recordatorios del cuidado soberano de Dios por los últimos cuarenta años en el desierto. Su liberación, su carácter, su fiabilidad, su control y su amor por ellos se presentaron como razones para que pudieran avanzar sin temor en lugar de retroceder como sus padres lo habían hecho, aterrados por el tamaño del enemigo y olvidando las promesas y las capacidades de su Dios. La repentina llegada de otra ronda de sollozos desde el asiento trasero interrumpieron mis pensamientos. —¿Van a lastimar a Walt? No quiero que llore. —Esto fue más duro. —Will, en realidad Walty probablemente va a llorar esta vez. Le pondrán dos vacunas hoy, para que su cuerpo sepa cómo pelear contra la enfermedad y así pueda estar sano y fuerte. Es probable que se sorprenda y le pinche un poquito, y eso lo hará llorar. —Mami, ¡diles que no lo hagan! Si les dices que no lo hagan, entonces no lo van a vacunar —gritó. Brotaron lágrimas de mis ojos, en parte por la preciada muestra de empatía fraternal, pero en mayor parte porque reconocí inmediatamente el sentimiento de lucha en mi propia vida y corazón. —Oh, mi amorcito, nunca permitiría que Walty experimente dolor a menos que ese dolor vaya a ayudarlo. Mamá detesta que cualquiera de ustedes sea lastimado. Pero vamos a permitir que le duela por un ratito para que más adelante esté a salvo. Así su cuerpo será más fuerte. Pensé en lo confuso que debió ser para nuestro hijo de tres años escucharme explicar por qué su mamá permitiría que alguien «lastimara» a su hermanito cuando nosotros le recordamos constantemente que es nuestro trabajo mantenerlos a salvo cuando lo animamos a obedecer. Me senté en el asiento del conductor después de que llegamos, intentando animarlo con ejemplos de mi propio poder, protección y fiabilidad, tranquilizándolo con mi amor por ambos. Le dije que podíamos animar y consolar a Walt cuando recibiera sus vacunas y que todo estaría bien. Él me creyó y entró valientemente, recordándome que, cuando nos fuéramos, él recibiría una paleta y un sticker. Aunque mis palabras tranquilizantes parecieron satisfacer a mi hijo, hay un defecto mayúsculo en la seguridad que yo le ofrecí: no siempre sé lo que es mejor; no siempre soy confiable con mis hijos, y no estoy ni cerca de ser todopoderosa. Un sinnúmero de veces en la maternidad les he dado razones para no confiar en mí. Ambos han sido lastimados bajo mi cuidado (¿quién no ha golpeado la cabeza de su hijo intentando sentarlos en la silla de niño del auto?) y no siempre he podido llegar a tiempo para evitar el dolor involuntario. No obstante, Dios es omnisciente, perfectamente confiable y todopoderoso. Mi amor por mis hijos es defectuoso y mis motivaciones siempre están mezcladas, pero su amor por sus hijos es puro y Él no titubea en su compromiso para su gloria y el bien de ellos. Cuando llegó el momento de entregarle a nuestro pequeño y apretable hermano de siete meses a la enfermera, Will agarró su cara y susurró: —No tienes que tener miedo porque Dios está contigo, Walt. Sostuve los brazos hacia abajo de su pequeño hermano mientras la enfermera ponía la vacuna. Él lloró. Will lloró. Y como siempre, los ojos de mamá se llenaron de lágrimas también. Will estaba tranquilizando a su hermano con lo que le hemos enseñado a decir en momentos de temor con una pregunta y respuesta: «¿Por qué no debemos tener miedo? Porque Dios está con nosotros». Cuando experimentamos dolor o miedo ante lo que percibimos en la distancia, podemos avanzar en el camino al que Él nos ha llamado con una confianza perfecta de que nuestro Dios está en completo control y completamente comprometido con nuestro bien. Cuando hace calor en el desierto; cuando queremos comer algo diferente; cuando estamos sedientos y cansados; cuando nos preguntamos si nos ha olvidado y consideramos si habría sido mejor seguir siendo esclavos, debemos hacer caso a las palabras de Moisés a los Israelitas. Debemos recordar todo lo que Él ha hecho y lo que ha prometido, y buscar su maná, su misericordiosa provisión en nuestras propias vidas. Él no nos permite experimentar nada que no logre algo para nuestro bien y para su gloria. Él está con nosotros. Él está por nosotros. Él está en completo control. En lugar de generar dudas de su bondad, los recordatorios de la soberanía de Dios siempre deben servir como fuentes de consuelo y esperanza. Porque sabemos quién es Él y qué está haciendo por las historias como las que encontramos en el Pentateuco y, más conmovedoramente, en su muestra de amor sacrificial por nosotros en la cruz de Cristo, podemos enfrentar el dolor y el temor con valentía y confianza de que cualquier cosa que Él ordene está bien. Sea lo que sea que esté ocurriendo en tu vida que te esté haciendo dudar de su cuidado soberano hoy, ten ánimo, porque esas cosas, por temibles o dolorosas que sean, están sirviendo para darte una seguridad mayor que cualquier consuelo terrenal puede ofrecer. Viene un día cuando entrarán a la Tierra Prometida aquellos a quienes Dios ama en el nuevo pacto de la sangre de Cristo. En ese lugar, no habrá enfermedad ni tristeza ni dolor ni muerte. Viviremos sin temor y veremos la gloria de nuestro Señor. Pero hasta entonces, mientras deambulamos como forasteros, peregrinos en una tierra infértil, nos aferramos a la promesa por fe, y el sufrimiento sin sentido de pronto se convierte en una causa para la esperanza y el gozo: estamos siendo perfeccionados, estamos conociendo a Cristo más completamente y Dios está recibiendo la gloria mientras somos transformados y se logran sus propósitos. Gracias a Dios por este cuidado soberano. Él permite que las pruebas que experimentamos lo transformen a Él en nuestra única esperanza, enseñándonos a confiar en su sabiduría, su bondad, su amor y su poder.

Lo que Dios hace, bien hecho está Su voluntad es siempre justa; Lo que Él haga conmigo Aceptaré tranquilo. Él es mi Dios, Que en la angustia Bien sabe cómo protegerme; De Él me dejaré guiar.

Lo que Dios hace bien hecho está, Él no me engañará; Me guía por el sendero recto, Para que me goce En su bondad Y tenga paciencia. Él remediará mi tribulación, Pues está en sus manos.

Lo que Dios hace bien hecho está; Y si debo beber el cáliz, Que puede parecerme amargo, No he de atemorizarme, Pues al final Habré de alegrarme Con dulce consuelo en mi corazón. Entonces se disipará todo dolor.

Lo que Dios hace bien hecho está, Junto a Él permaneceré, Y así en el áspero camino Me acosen penas, muerte y desventura, Dios me sostendrá Paternalmente En sus brazos. Por lo tanto, lo dejaré actuar. (Samuel Rodigast)[1].

Este recurso fue publicado originalmente en Gentle Leading.

[1] N. del T.: traducción del himno Whatever My God Ordains is Right tomada de www.bach-cantatas.com

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Cuando el embarazo no es lindo: hormonas y arrepentimiento
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Cuando el embarazo no es lindo: hormonas y arrepentimiento

Nunca me siento más hermosa físicamente que cuando estoy embarazada. La batalla con la conciencia de mi cuerpo se desvanece a medida que mi barriga se expande para albergar nueva vida. El desdén que siento por mi rostro redondo es eclipsado por una piel perfecta debido a las vitaminas prenatales y por el «brillo» de la gozosa expectativa. Sin embargo, irónicamente, nunca estoy más consciente de mi fealdad que cuando estoy embarazada. Durante el último par de semanas, mi instinto de anidación ha estado en pleno apogeo. Estoy haciendo listas constantemente (en papel, por supuesto, porque ¿dónde se han ido todas mis células cerebrales?) y sintiendo la urgencia de establecer orden. Esto suena lo suficientemente piadoso, ¿cierto? Excepto que este impulso ha descubierto mis ídolos del control y de la seguridad. Últimamente, para ser honesta, me he sentido incómoda con mi propia necesidad relacional e inestabilidad emocional. Sinceramente, he comenzado a evitar conversaciones uno a uno con personas, simplemente por causa de mi autopreservación en este punto. Es difícil poner en cautiverio mis pensamientos; es difícil esconder lo que estoy sintiendo y no puedo imaginar que mis amigas estén emocionadas de pasar tiempo con esta versión de mí cuando incluso yo siento que me vendría bien un descanso de mí.

Culpar a las hormonas

Crecí en una familia donde solo tuve hermanas y luego compartí una casa en la universidad donde se podría decir que había demasiadas mujeres (para que lo sepas, nueve en una casa es demasiado). Mi experiencia con ciclos sincronizados en ambos ambientes proporciona sólida evidencia de que las hormonas ciertamente tienen un efecto en las personas. Sin embargo, no debemos culparlas por la condición pecaminosa de una persona. Bombardeada con el ataque de mi propia envidia, manipulación, autocompasión, pereza, enojo, ensimismamiento, lengua suelta y espíritu quejumbroso todo al mismo tiempo, soy tentada a explicarlo todo usando la falta de sueño (hola, insomnio del tercer trimestre) o la ola de hormonas en estas últimas semanas de embarazo. No obstante, la verdad es que las hormonas y la fatiga son simplemente las manos enguantadas que desbloquean y abren la puerta del sótano de mi corazón antes de que las ratas tengan tiempo para dispersarse. Las hormonas y la fatiga no producen pecado; más bien, exponen el pecado que ya está en mi corazón.  

Nombrar el pecado

Sin duda es mucho más fácil decir: «oh, solo son las hormonas», que decir: «oh, solo estoy ensimismada y me siento con el derecho». Ahora bien, ¿qué hacen las hormonas? Quitan nuestra inhibición; nos hacen más rudas y reactivas; exponen lo que generalmente contenemos con cuidado y consideración con mentes bien descansadas, ejercicios de respiración y pausas. Pero como Jesús dice: de la abundancia del corazón habla la boca (Lc 6:45). Nuestra reacción y rudeza exponen nuestros corazones. Nuestras acciones y emociones extremas revelan lo que adoramos. En mi caso, en cualquier momento últimamente, me pueden encontrar amando la comodidad, la seguridad, la aprobación, el orden y el control más que amar a Jesús. Cuando comencé a sentirme abrumada con el pecado que las hormonas y la fatiga revelaban en mí, he notado que normalmente empiezo a hacer pequeñas entrevistas para estimar cuán «normal» soy, así no tengo que sentirme tan desanimada o sola. Pero cuando explicamos nuestro comportamiento usando las hormonas o la falta de sueño como chivos expiatorios, perdemos el hermoso regalo de la intimidad con Dios que viene por medio del arrepentimiento. El impulso de apartar la mirada cuando vemos nuestro pecado como si fuera un avance de una película de terror tiene sentido, pues es abrumador. Aun así, en lugar de buscar excusas o dar pequeños suspiros de alivio porque somos «normales», debemos mirar a la cruz, a la tumba vacía y a nuestro Salvador resucitado. Él murió para liberarnos del castigo por ese pecado, fue resucitado para que nosotras no fuéramos controladas por su poder y un día volverá para liberarnos de su presencia para siempre. La confesión y el arrepentimiento son lo que Él desea, y las hormonas y la fatiga nos sirven en bandeja de plata lo que necesitamos para arrepentirnos. Esto es exactamente lo que el salmista estaba pidiendo cuando oró: «Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis inquietudes. Y ve si hay en mí camino malo, y guíame en el camino eterno». El corazón convencido de la gracia disponible para él por medio de Cristo no intenta jactarse de su propia justicia ni rechazar o justificar su pecado.

Hecha hermosa

En lugar de ignorar y explicar los ídolos de nuestros corazones, ¡podemos unirnos al recaudador de impuestos al caer de rodillas, golpear nuestros pechos y derramar nuestras lágrimas: «Dios, ten piedad de mí, pecador» (Lc 18:13)! Las hormonas y la fatiga nos ofrecen un regalo en ese sentido. Nos quita los pretextos y las cortesías, da paso a la desesperación que provoca que tengamos hambre y sed de justicia, y nos capacita para saborear y ver cuán bueno verdaderamente es nuestro Padre celestial a través de su resonante seguridad de perdón. Por tanto, te exhorto (mientras me predico el Evangelio a mí misma): no recurras a las excusas cuando no te gusta lo que ves en ti misma; corre a Jesús, el amigo de los pecadores, y encuentra descanso para tu alma. Eres preciosa no por el afecto que puedes ganar ni siquiera por las buenas obras con las que puedes adornarte con el engaño de autojusticia. Eres preciosa porque Él te ama. Él te hace hermosa. Así que, si eres como yo y encuentras que el embarazo no es tan lindo, vuélvete y corre como el viento hacia tu Salvador, que está ocupado en hacernos más como Él mientras admitimos cuán diferentes a Él somos .
Este recurso fue publicado originalmente en Gentle Leading.
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Cinco tristes consecuencias de un Día de la Madre centrado en una misma
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Cinco tristes consecuencias de un Día de la Madre centrado en una misma

No hagan nada por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de ustedes considere al otro como más importante que a sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás. Haya, pues, en ustedes esta actitud que hubo también en Cristo Jesús, el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a Sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, se humilló Él mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también lo exaltó hasta lo sumo, y le confirió el nombre que es sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra (Filipenses 2:3-10).
Imagina que son las 7:00 p. m. del domingo y ves todas las publicaciones de lo que otras mamás recibieron para el Día de la Madre. Comienzas a preguntarte si a tu esposo se le olvidó. Quizás es tu primer Día de la Madre y tu suegra invitó a todos a su casa para un almuerzo dominical, por lo que pasaste el día donde tus suegros cuando en realidad querías que todo se tratara de ti. Tal vez diste pistas una docena de veces sobre algo que realmente estabas esperando y detestaste el regalo que te dio tu marido. O tus hijos hicieron su misión volverte loca en un día en el que se supone que ellos deben ser perfectos. ¿Te identificas con algunos de esos escenarios? ¿Alguno de ellos les habla a tus temores? Diré que los he visto todos ser despotricados en varios grupos de mamás en Facebook. Si no estás en guardia contra el ensimismamiento, puede provocar que termines un día, que se supone que estaría lleno de amor y celebración, con un corazón desbordado de frustración y amargura. Sin embargo, esa no es la única consecuencia de un Día de la Madre centrado en una misma. Espero que la siguiente lista te haga consciente, te lleve al arrepentimiento y a la oportunidad de bendecir a otras mujeres y a glorificar a Dios. Y no te preocupes… me estoy predicando a mí misma junto contigo.
1. Sentir amargura y desilusión en lugar de gratitud y gozo
Tus hijos, tu esposo y tu suegra solo pueden «arruinar» tu Día de la Madre si tú lo permites. En última instancia, solo tú eres responsable de la actitud de tu corazón. Escucha, hermana, Dios es soberano sobre cómo se lleva a cabo el Día de la Madre y, como todo lo demás, Él lo usará para tu bien y para su gloria. Una celebración no excusa tu desprecio hacia tu suegra, tu amargura hacia tu esposo o tu exasperación hacia tus hijos. Sus mandamientos aún se aplican y aún hay vida en ellos. La fidelidad de reconocer a Dios como el dador de tus hijos y de tus privilegios de ser su mamá crece en gratitud incluso si tu esposo olvida el Día de la Madre. La decisión de honrar a la mamá de tu marido protege tu corazón del odio y del desprecio, y hace crecer aprecio y desinterés. La humildad de recibir un regalo que se te da, incluso si no es lo que estabas esperando, promueve el amor entre tú y el dador de ese regalo en lugar de una pelea o incluso una tarde llena de distancia pasiva-agresiva. Y así como cualquier otro día, Dios usará lo que sea que enfrentes para revelarte tu necesidad de Él, y la gracia disponible por medio de su Hijo aún sigue siendo suficiente para todos tus defectos.
2. Perder oportunidades de ministerio con madres heridas
El Día de la Madre tiene el propósito de ser un día de celebración, pero para muchas es una festividad espantosa. Considera a las mamás que han perdido a sus hijos o han sufrido un aborto espontáneo; hijos (pequeños o adultos) que han perdido a sus madres; viudas o esposas de militares desplegados que no tienen esposos ahí para que lleven a sus hijos a comprar regalos, flores o tarjetas; madres de hijos pródigos que no las honran. Si estás llena de ansiedad respecto a ser reconocida o celebrada en la manera en que tú quisieras, no te quedará energía para preocuparte fielmente por la viuda, el huérfano o la madre abandonada. ¿Acaso no es exactamente el trabajo al cual somos llamadas como mujeres creyentes? ¿Qué pasaría si en el Día de la Madre estuvieras tan consumida por pensamientos sobre estas mujeres que pudieras experimentar el hermoso descanso de olvidarte de ti misma? Sería una bendición para ti y para esas mamás heridas.
3. Fallar en reconocer y amar a mujeres que anhelan tener hijos
Otro grupo para el cual el Día de la Madre podría ser particularmente difícil es el de las mujeres que anhelan ser madres. Podrían estar en la lista de espera de una adopción. Podrían estar intentando concebir o sometiéndose a tratamientos de fertilidad. Quizás son solteras y anhelan un esposo para comenzar una familia. Sin embargo, cualquiera sea la razón, están cansadas de esperar o renunciando a la esperanza. Para estas mujeres, el Día de la Madre les grita: «¡tus brazos están vacíos!». Reconocer su dolor no lo hace peor, lo prometo. Todos anhelan ser vistos y tú no puedes ver a otros cuando tus ojos están sobre ti misma. Sé las manos y los pies de Jesús para esas mujeres este fin de semana[1].
4. Descuidar honrar a las madres que han impactado tu vida
Otro grupo que podrías fallar ver si tus ojos solo están enfocados en ti misma es el de tus madres «espirituales». Estas son las mujeres que te han bendecido y amado, que te han enseñado y pastoreado. Podrían tener hijos propios o no, pero su fidelidad debe celebrarse junto con todos los otros tipos de «madres» en este día. Acércate y cuéntales cómo te han ayudado a formarte y moldearte y cuán agradecida estás. Hónralas.
5. Eclipsar la gloria de Dios con orgullo y arrogancia
No es incorrecto ser celebrada y recibir reconocimiento por un trabajo bien hecho. El apóstol Pablo celebra a las personas a lo largo de todas sus cartas, pero el clamor del corazón de una mamá ensimismada en el Día de la Madre es «merezco alabanza, honor y gloria». Anhela ser adorada. No obstante, solo a Dios le pertenece toda la gloria y el honor por siempre. Es Él quien te hizo. Es Él quien te dio a tus pequeñitos, ya sea por medio de tu vientre o del vientre de su valiente madre biológica. El Día de la Madre es un día que se debe pasar adorándolo a Él por su bondad y benevolencia. Dulce mamá, el trabajo que estás haciendo es difícil y está lleno de días largos, pero es tan valioso. Tu Dios ve y sabe todo lo que estás haciendo. Él te ama y se regocija por ti con cánticos. Es su gracia la que te sustenta a través de todos los berrinches, las fiebres y todas las limpiezas de encimeras, narices y traseros. Esta semana, oro para que tú y yo seamos protegidas no solo al saber que Él ve todo lo que estamos haciendo, sino que también al saber todo lo que Dios ha hecho por nosotras en Cristo Jesús. Únete a mí en oración para que Él nos revele nuestro egoísmo y nos ayude a anhelar su gloria por sobre la nuestra. Oremos para que Él nos haga conscientes de otras mujeres en específico a quienes podemos amar por su causa cuando nuestros corazones tienden tanto a preocuparse de sí mismo. Oremos para que Él nos humille y abra nuestros ojos a las maneras en que Él nos ha bendecido más allá de lo que merecemos. Oremos para que Él nos haga como Jesús por medio del Día de la Madre.
Este recurso fue publicado originalmente en Gentle Leading.

[1] De manera práctica, puedes usar la simple expresión (especialmente, en una tarjeta, nota o sin un texto): «estoy creyendo en fe que un día podrías ser madre y oro por tu corazón mientras esperas eso hoy» o «no sé cómo estás viviendo este día, pero quería que supieras que anhelo junto a ti que experimentes la maternidad un día». Un pequeño regalo para acompañar tu sentimiento puede mostrar tu intencionalidad.

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Libre de envidia
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Libre de envidia


Nota de la autora: si eres de las personas que no necesitan introducciones o detalles personales, comienza a leer desde «La envidia trae esclavitud» para acceder a la sección principal.
«El corazón tranquilo da vida al cuerpo, pero la envidia corroe los huesos» (Pr 14:30, NVI). Las primeras 24 horas después de traer a Will a casa del hospital fueron hermosas. Me encantaba la nueva dinámica de trabajo en equipo que mi esposo y yo estábamos experimentando. Mi corazón rebosaba de admiración y gratitud, y mis venas aún latían con adrenalina después de nuestro parto natural. No había dormido, y en ese momento tampoco lo deseaba. Estaba demasiado ocupada absorbiéndolo todo (y asegurándome de que Will estuviera respirando). Mientras yo estaba llena de energía y en un estado de euforia, mi esposo había quedado exhausto después del parto, lo que demostró al dormir casi todo el tiempo que estuvimos en el hospital. Después de 16 horas mirando a alguien quejarse de dolor y sosteniendo su mano mientras su cuerpo desfallecía de tanto pujar (creo que vio más de lo que hubiera querido), yo también habría deseado una buena y larga siesta. Él había mantenido algo de energía para nuestras primeras 24 horas en casa, pero creo que ambos pensábamos: «todo lo que necesitamos hacer es mantener esta energía hasta que llegue mi mamá». Cuando finalmente ella llegó, David le entregó las riendas con gusto. Estaba contento de dejar que mi extremadamente capaz y probablemente más adecuada mamá tomará todo el control, y yo hubiera hecho exactamente lo mismo. Digo contento, pero honestamente no tengo certeza de que le quedara algo más que entregar en ese momento.

Aparece la envidia

La envidia es un animalito horrible que tomó el cuarto día de mi bautismo de fuego a la maternidad como una oportunidad para mostrar su fea cabeza. No podría haber sido capaz de llamarlo «envidia» en ese momento. Probablemente, hubiera dicho que era fatiga o «adaptación», pero era envidia. Envidiaba a mi esposo, pues podía dormir a pesar de cada gruñido nocturno que me impedía dormir a mí (para el cuarto día, me quedó claro que dormir no estaba sobrevalorado como pensé); pues podía escapar, simplemente al mirar su teléfono, del estrés de los desesperados sonidos que nuestro asustado bebé hacía mientras se movía en mi pecho (quien quiera que haya dicho que los bebés saben cómo tomar pecho cuando llegan al mundo no ha conocido a Will); pues podía levantarse en la mañana porque escuchó la alarma, no el llanto del bebé, e ir a trabajar todo el día e interactuar con personas que responden; pues podía mantener su sentido del yo y la apariencia de su rutina anterior; pues podía sentarse y relajarse sin ver todas las cosas que hay que recoger; pues podía sentarse sin dolor; pues podía ir al baño sin tener que llenar una botella perineal con agua tibia; la lista sigue y sigue. Expresé todas estas emociones en una ataque acusatorio que mi madre interrumpió para mandarme a mi habitación advirtiéndome que no me estaba permitido hablar con nadie del mundo exterior o salir hasta que hubiera dormido. Una dosis de sueño puede hacer una gran diferencia para la perspectiva y el autocontrol, pero la falta de sueño no justifica nuestro comportamiento. Me arrepentí, pedí disculpas, recibí perdón y empecé a dormir más. Todos sobrevivimos a lo que ahora llamamos el episodio asociado con mi «crisis hormonal». Pero anoche volví a sentir que esas emociones resurgían (un lamento mucho después del cuarto día y, por ende, inexcusable con palabras como «hormonas» y «fatiga») a medida que mi marido y yo conversábamos sobre nuestros planes para el día siguiente. Teníamos entradas para un torneo local de golf y David quería seguir a Davis Love, su icono de la niñez, y cuya hora de partida era temprano en la mañana. Dijo estar muy emocionado por poder adelantarse al hoyo siguiente a fin de poder ver bien los 18 hoyos. En ese instante, me quedó muy claro que Will y yo no podíamos ser parte de ese emocionante plan.

Aparece la envidia una vez más

Yo quería pasar el día en algún lugar donde no tuviera que pensar dónde cambiar un pañal ni cómo encontrar un lugar apropiado para amamantar a Will. Quería correr de hoyo en hoyo sin el miedo de que el cerebro de mi hijo se hiciera añicos en nuestro portabebés. Quería saber a qué hora podría salir de casa sin estar a la merced de la hora en la que mi hijo se despertara ni cuál sería el ritmo que él escogería tener durante su alimentación matutina. Quería tener la libertad de hacer lo que yo quisiera.

Surgen las palabras ásperas

Palabras ásperas que mi esposo tradujo y me repitió de vuelta en forma resumida como «parece que quieres que me meta en un baño de hielo y me quede allí hasta que me sienta tan miserable como tú pareces estar». Se me viene a la mente un antiguo refrán: «si mamá no es feliz, nadie es feliz». Me había propuesto quitarle toda libertad que él pudiera gozar y que yo no podía. Estaba pensando en mí misma y no en mi dulce esposo que trabajaba muchas horas y que casi nunca hacía algo para su propio placer, porque estaba pensando en mí y en Will, y además es el que hace posible que yo no tenga que trabajar fuera de casa. Yo envidiaba su libertad, a raíz de que nuestra responsabilidad era compartida.

La envidia trae esclavitud

Sin importar si puedes o no sentirte identificada con este ejemplo particular de envidia hacia mi esposo, sin dudas, habrás sentido envidia en algún momento durante tu tiempo de mamá, incluso si tu envidia estuvo dirigida a un ideal con el que soñabas mentalmente. La envidia nos ata, nos enceguece y nos impide vivir en la gloriosa libertad que Cristo compró para nosotros al confundir el propósito de la vida y quiénes somos. Se me vienen cuatro cosas a la mente:

La envidia nos impide disfrutar los buenos regalos de Dios 

Cuando solo veo lo que no tengo, soy ciega a las cosas que Dios me ha dado. Si veo mi papel de mamá como un estorbo, inevitablemente comenzaré a resentir a mi hijo como un obstáculo en mi vida, en lugar de valorarlo como una respuesta a la oración y de reconocer que Dios ha sido tan bondadoso y nos ha bendecido abundantemente al darnos un hijito sano. Cuando creo que merezco más, mejor o distinto de lo que he recibido, ahogo la gratitud que debería sentir por lo que sí he recibido cuando realmente no merezco nada. La envidia nos impide disfrutar los buenos regalos de Dios.

La envidia nos impide disfrutar los roles que Dios nos ha dado 

Cuando solo veo lo que no puedo hacer porque soy mamá, me pierdo la bendición de sentirme plena en ese rol. Me olvido de que estoy haciendo lo que quiero. Me pierdo la belleza de la maravillosa tarea que se me ha encomendado de cuidar a este niño de una manera en que nadie más podría. Comienzo a resentir la labor que Dios me ha dado y eso me roba la capacidad de disfrutarla. La envidia nos impide disfrutar los roles que Dios nos ha dado.

La envidia nos impide disfrutar a los demás

Cuando veo a los demás como guardianes de lo que yo deseo pero que no tengo, inevitablemente empiezo a acumular amargura contra ellos y pierdo la capacidad de regocijarme con ellos en sus logros o de llorar con ellos en su pérdida. Me aíslo. Envidiar el rol de mi esposo dentro de la tarea compartida de criar a nuestro hijo, me hace sentir resentimiento en contra de él y desear impedir su gozo, en lugar de procurar su descanso y placer. No lo puedo alentar en las áreas difíciles de su rol porque estoy demasiado ocupada en idealizar esa labor. En esencia, la envidia es egoísta y, por tanto, nos quita el gozo de deleitarnos y de disfrutar a los demás. Es enemiga de la comunidad. La envidia nos impide disfrutar a los demás.

La envidia nos impide disfrutar a Dios mismo

Cuando veo lo que otros tienen o me consume el pensamiento de lo que me gustaría tener y no tengo, niego el carácter de Dios de ser bueno y sabio. Niego que la gracia que Él me ha dado es la gracia que necesito y pierdo la oportunidad de disfrutarlo y de ser transformada más a la imagen de Jesús en eso. Cuando me pongo a patear el suelo reclamando que Dios me está privando de algo, pierdo la posibilidad de adorarlo por su benevolencia y su omnipotencia. La envidia nos impide disfrutar a Dios mismo porque nos miente sobre su carácter y no nos deja verlo tal como Él es.

Jesús trae libertad

Cuando recuerdo lo que Dios ha hecho por mí en Cristo, me libero de las ataduras de la envidia. Soy libre para disfrutar las cosas buenas que Él me da, concretamente, a mi hijo y a mi esposo, porque recuerdo el estado en el que estaba cuando Cristo murió por mí sin merecer nada. Todo regalo que Dios nos da, además de la salvación, es un acto de pura gracia y de abundante bondad adicional. Soy libre para disfrutar el rol que Dios me ha dado mientras recuerdo cómo la sangre de Jesús redime el trabajo. En lugar de resentir el rol que Jesús me ha dado, puedo florecer en él y deleitarme en que se me dio un rol para llevar a cabo en la obra de su Reino. El Evangelio le da un contexto a mi rol al colocarlo dentro de la historia más amplia de la redención donde Cristo en la cruz es el centro, no yo ni mis absurdos deseos. Soy libre para disfrutar a los demás porque me doy cuenta de que tengo todo lo que necesito en Cristo y, por lo tanto, no debo considerarlos mis enemigos porque tienen lo que deseo. Puedo apreciar las diferencias entre el rol de mi esposo y el mío porque la muerte de Cristo nos ha unido y hecho un solo cuerpo, en el cual las diferentes partes han recibido dones únicos para sus respectivos roles, y cada uno de los cuales tiene dignidad. Soy libre para disfrutar a Dios mismo cuando contemplo la cruz y la tumba vacía, recordándome que Él es bueno y soberano. No me ha negado nada, más bien me dio a su único Hijo para que yo tuviera vida. Veo su soberanía en la historia por medio de su Palabra, donde se despliega su plan perfecto para restaurar la creación para sí mismo. Veo su bondad hacia las personas rebeldes que creen saber más, mientras que Él las protege de sus deseos dándose a sí mismo por ellas. Jesús, el gran Sumo Sacerdote, hace posible que me arrepienta de la envidia que siento, que reciba el perdón de mi Padre y me otorga, a través del Espíritu Santo, el poder de disfrutar de sus regalos, tareas, personas y de Dios mismo, de estar completamente satisfecha y sin que nada me falte.  Tiernamente Dios nos guía al arrepentimiento y nos ofrece libertad.
Este recurso fue publicado originalmente en Gentle Leading. Traducción: Marcela Basualto
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Entrenamiento para ir al baño, la vergüenza y el Evangelio de la gracia
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Entrenamiento para ir al baño, la vergüenza y el Evangelio de la gracia

«Él es fiel a ti por su amor, no por tu dignidad. Él nos ama no porque seamos dignos de amor, sino porque Él es amor»[1] (Ed Welch, Shame Interrupted [Vergüenza interrumpida]). Nuestro hijo de dos años ha estado usando la bacinica por bastante tiempo. Una amiga me sugirió empezar temprano, ir despacio y hacerlo ocasionalmente para que él no tuviera temor del baño, y comprendiera y asociara tempranamente los desechos corporales con la descarga del inodoro. Siempre ha sido algo divertido. Desde hace meses, ya ha logrado tener al menos una deposición en el inodoro al día, lo que me ha alegrado mucho en un embarazo plagado de náuseas inducidas por un sentido del olfato más agudo. Tal como mi amiga lo predijo, mi hijo comenzó a pedir la bacinica para usarla en lugar de su pañal, aunque ocasionalmente me anunciaba que prefería usar el pañal porque estaba muy ocupado. Comencé a temer que hubiera perdido una oportunidad de oro y me convencí de que él necesitaba un cierto límite para que algún día se comprometiera totalmente a usar la bacinica. Por esa razón, y con una semana lluviosa por delante, nos aventuramos a ir a las tiendas para escoger ropa interior de niños. Él estaba muy motivado, y con mucho entusiasmo seleccionó un paquete con la figura del ratón Mickey y otro con autitos de carrera. De regreso a casa, conversamos sobre cómo mantendríamos a Mickey y a los autitos de carrera limpios y secos, y sobre cómo habíamos terminado de usar pañales para ir simplemente de ahora en adelante al baño.

Expuestos por el entrenamiento para usar el baño

Me había propuesto tratar a nuestro hijo con dulzura y bondad, protegerlo de la vergüenza y evitar una lucha de poder. Quería que tuviera la seguridad de que mi amor y mi gozo por él no dependían de su desempeño. Tenía la firme voluntad de no darle importancia a los accidentes y de proporcionarle todo el tiempo que necesitara. Sin embargo, el entrenamiento para ir al baño resultó ser mucho más difícil de lo previsto. Logística y físicamente todo salió tan bien como había imaginado para un niño de 27 meses. Esta tarde cumple una semana usando ropa interior y, hoy, no hemos tenido ningún accidente (todavía). Durante sus siestas y en las noches, se ha mantenido seco desde el comienzo. No, la dificultad con el entrenamiento para ir al baño no ha sido física, sino relacional. Will ha sido un niño extraordinariamente bueno y obediente. Es excepcionalmente tierno, derrama comentarios positivos constantemente y expresa entusiasmo. «¡Te quiero tanto, mami! ¡Te extrañé, mami! ¡Gracias por hacer eso por mí, mami! ¡Buen trabajo, mami! ¡Lo lograste, mami!». No obstante, en el segundo día del entrenamiento para ir al baño, y a pesar de todos mis esfuerzos para que  fuera lo más relajado y calmado posible, descubrí un lado de mi hijo que nunca antes había visto. Will se volvió desafiante, desagradable, poco amable y combativo. Sus manos cariñosas y suaves me golpearon. Su pequeña boca gritó palabras ásperas. Al tercer día del entrenamiento, descubrí un lado de mí misma que tampoco me gustó mucho. Se me acabó la flexibilidad. Comencé a tomarlo todo en forma personal. Me volví sensible. Empecé a reaccionar mal. Estaba de mal genio y me puse brusca. Dios usó la experiencia de nuestro entrenamiento para ir al baño con el fin de revelarme cuánto de mi identidad estaba centrada, no en el desempeño de mi hijo (tener éxito en mantener su ropa interior limpia y seca), sino en nuestra relación; en la paz entre nosotros; en la manera en que él me trataba y consideraba. Había sido muy fácil sentirme orgullosa por su aprobación y amor, pero el peligro de poner mi identidad en esas dos cosas quedó claro cuando me sentí abatida por su rebeldía y desaprobación. Estoy segura de que Will estaba listo para aprender a ir al baño. No creo que haber esperado más tiempo hubiera cambiado lo que el proceso reveló de su corazón—toda la frustración que sintió cuando fracasó, el deseo de ser aprobado y los ataques de ira al sentirse derrotado—. Puedo decir todo esto con confianza porque el entrenamiento reveló los mismos patrones pecaminosos de mi propio corazón. Por mucho que me encantaría culpar a las hormonas del tercer trimestre del embarazo, cuando alce la voz a mi esposo por llegar tarde de una forma que juré nunca hacerlo delante de nuestro bebé, cuando reaccioné con ira en el momento en que mi hijo me golpeó después de usar lo que sentí era mi última gota de paciencia, mi corazón reveló los mismos ídolos: éxito y aceptación.

La vergüenza y el deseo de escondernos

En los momentos posteriores a estas reacciones de mi corazón pecaminoso, experimenté un deseo intenso de poder tomar un descanso de mí misma. También quería estar lejos de Will y de David; lejos de las relaciones que me mostraban la condición de mi corazón. Quería escapar de las consecuencias y de los efectos de mis acciones. Quería desesperadamente ocultarme de los ojos que estaban viendo una versión de mí misma que yo aborrecía, principalmente de los ojos del Señor. No deseaba orar. Las palabras de Pablo en Romanos 7 vinieron a mi mente: «¡Miserable de mí! ¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte?». Como seres humanos, podemos sentir vergüenza por lo que hemos hecho o por lo que nos han hecho; pero también sentimos vergüenza por nuestra asociación con Adán, la vergüenza de ser pecadores. Y, aunque la culpa se experimenta en la sala de un tribunal, la vergüenza lo hace en una relación. Durante el entrenamiento para ir al baño, mi pecado estaba frente a mí de una forma en que lo aborrecía. El hecho de que mi esposo y mi hijo me estuvieran viendo (y que también los afectaba) me causó una vergüenza terrible, lo que aumentó mi deseo de esconderme.

El Evangelio de la gracia

El deseo de permanecer oculto o de no seguir adelante también se reveló en mi hijo durante esta experiencia. Después de cada accidente, protestó por tener que ir al baño para que lo limpiara o para que lo intentara de nuevo. La vergüenza nos hace querer ocultarnos, no seguir adelante o quizás incluso continuar «ensuciándonos», porque es lo que sentimos que merecemos. Se transforma en lo que somos, haciendo que parezca imposible cambiar lo que hacemos. Sin embargo, observa la respuesta de Pablo a su pregunta en Romanos 7: «Gracias a Dios, por Jesucristo Señor nuestro». Él no se quedó en su desesperación, sino que buscó el remedio para la vergüenza —el gesto cósmico supremo de aceptación— el Evangelio de la gracia. La justificación es una vez y para siempre: una acción del Padre por medio de la cual nos declara perdonados. Aun en los momentos que exponen mi corazón pecaminoso, Él se regocija sobre mí con cánticos, no por las cosas que hago, sino porque soy su hija amada a quién Él declara justa por la obra consumada de Jesús. Así como la vergüenza se revela en comunidad, ¡también se sana en comunidad! Recuerdo la exhortación reiterada de mi pastor en la universidad: «obsérvalo mirándote a ti». Si estamos en Cristo, la mirada de Dios sobre nosotros no es de desdén ni de desaprobación, sino de aceptación y amor. Nuestra honestidad al arrepentirnos se encuentra no solo con la garantía de nuestro perdón, sino que también con la de nuestra adopción como sus hijos amados. Solo sus ojos no cambian, y su mirada es mucho más preciosa y confiable que los grandes ojos ansiosos de mi hijo de dos años. Es en sus ojos, no en los de mi esposo, que encuentro esa aprobación duradera que me motiva a obedecer y a amar a mi familia por gozo, no por temor. A pesar de que nuestra transición de pañales a ropa interior ha sido notablemente buena, sé que es muy poco probable que la ropa interior de Will esté siempre limpia y seca. Es posible que él se moje o se ensucie en el futuro cuando esté en actividades demasiado divertidas o en lugares donde no pueda acceder a un baño lo suficientemente rápido. Pero esos errores no lo harán volver al punto de partida. No tendrá que volver a empezar de nuevo. No significará que no aprendió a ir al baño solo porque no pudo mantener sus «autitos de carrera» limpios y secos. Qué gran oportunidad para ambos de practicar este Evangelio de la gracia. En lo que a mí corresponde, quiero ayudarlo a combatir la vergüenza regocijándome y deleitándome en él, incluso cuando se saque su ropa interior y esté sucia; ofreciéndole palabras de aliento cuando se vuelva a subir a su alzador o a sentarse en la bacinica, y reafirmando nuestra relación porque él es mi hijo, no porque permanece limpio y seco. Puedo hacer esto porque así como me inclino ante mi hijo para limpiar su cuerpo, mi bondadoso Rey siervo se arrodilla ante mí para lavar mis pies. Puedo hacer esto por la realidad de mi relación con un Padre amoroso quien me declara limpia una vez y para siempre en la justificación, y me ofrece la gracia para cambiar por medio de la santificación a medida que me hace más semejante a su Hijo. No tengo que surcar las olas de la vergüenza creadas por el despertar de mis propias reacciones emocionales o las reacciones de aquellos contra los cuales peco. En lugar de eso, puedo vivir bajo el abrigo que Dios le ofrece a mi desnudez y vergüenza: los mantos de justicia que me cubren por gracia a través de la fe en su Hijo, mantos que no puedo ensuciar y que Él no quitará.
Este recurso fue publicado originalmente en Gentle Leading. Traducción: Marcela Basualto

[1] N. del T.: traducción propia.