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Jen Wilkin es una conferencista, una escritora y una maestra de estudios bíblicos para mujeres. Durante sus trece años de enseñanza, ella ha organizado y ha dirigido estudios para mujeres en casa, en la iglesia y en contextos paraiglesia. Jen y su familia son miembros de Village Church en Flower Mound, Texas. Ella es autora de Mujer de la Palabra: cómo estudiar la Biblia tanto con el corazón como con la mente.

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Madres en la iglesia
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Madres en la iglesia

Uno de mis libros favoritos cuando era niña era el clásico de P. D. Eastman, ¿Eres tú mi mamá? Se trata de la historia de un pajarito que se cae de su nido y va en busca de su mami. De niña, ansiosamente, daba vuelta las páginas a medida que leía cómo el pajarito le preguntaba conmovedoramente a un perro, a un automóvil viejo y a un montón de otras criaturas y objetos si es que ellos eran su mamá. Mientras el pajarito va en busca de su madre, pasa por el lado de ella sin darse cuenta. El texto dice: «no sabía cómo era su mamá. La pasó en el camino, pero no la vio». Enfrentó decepción e incluso peligros una y otra vez, hasta que finalmente, en la última página, la encuentra, justo cuando el corazón de mi hijo de cuatro años estaba a punto de explotar del suspenso. Eastman escribió un libro que apela a una verdad obvia: los bebés necesitan madres. Actualmente, estoy en mis cuarentas y soy madre de cuatro hijos que son casi adultos. Mientras escribo, todos están «lejos del nido» por una semana, y el orden silencioso e inusual de nuestra casa se siente como un anticipo de la próxima etapa de la vida que se acerca rápidamente hacia mí. Honestamente, no estoy segura de cómo me siento al respecto. Ser la mamá pájaro de este nido me ha mantenido ocupada por veinte años y me ha encantado. Pareciera que la expresión «nido vacío» aún no encaja conmigo. Sin embargo, he aprendido a no pensar que mis días de mamá están llegando a un fin. Sé esto porque Dios llama a cada mujer creyente a ser una madre. Piensen en el mandamiento que Dios les dio a Adán y a Eva en Génesis 1: ser fructíferos y multiplicarse; llenar la tierra con más portadores de su imagen. El mandamiento al primer hombre y a la primera mujer significaba que debían convertirse en padres en un sentido literal. No obstante, en el Nuevo Testamento, encontramos este mandamiento expresado también en términos espirituales en la Gran Comisión: ir y hacer discípulos a todas la naciones; ser fructíferos y multiplicarse; llenar la tierra con más portadores de su imagen. Sin embargo, ahora, el llamado también es a ser padres espirituales, criando creyentes recién nacidos para que alcancen la madurez y ayudándolos en el proceso de transformación a la imagen de Cristo. Sé que mis días de mamá no han terminado porque, mientras respire, el llamado a llenar la tierra con portadores de la imagen de Dios es imperativo para mí. Tal como mis hijos biológicos me necesitaron para entrenarlos en dominio propio, diligencia y obediencia, también los jóvenes creyentes en la iglesia necesitan a aquellos que son más maduros para entrenarlos en la piedad. Cada mujer que crece en madurez se convierte, en su tiempo, en una madre espiritual para aquellas que son más jóvenes en la fe, ya sea que llegue a ser una madre biológica o no. Ella cumple con el llamado más básico de la maternidad: criar al indefenso y al débil en madurez y firmeza. Así, ayuda a la joven creyente a alimentarse de la leche pura de la Palabra, enseñando doctrina básica con fidelidad y modelando el fruto del Espíritu. Sacrificialmente, está disponible, como la madre de un recién nacido, permitiendo que su propia agenda y sus necesidades personales no interfieran por el bien de cuidar a aquellas mujeres espiritualmente más jóvenes y vulnerables. Esta mujer entiende que esta labor no es un problema sino que una tarea sagrada, donde encuentra un profundo deleite en los tambaleantes primeros pasos de fidelidad y las balbuceantes primeras palabras de verdad. No obstante, juntar niñas espirituales con madres espirituales no es siempre un proceso fácil. Como el pajarito del libro de Eastman, las cristianas jóvenes quizás no reconozcan a su mamá pájaro incluso cuando haya una parada justo frente a ella; podrían incluso pasar por su lado. Podrían preguntarle, «¿eres tú mi mamá?» a la persona equivocada y podrían recibir un «sí» como respuesta. Muchos falsos maestros están ansiosos por cazar cristianos jóvenes que aún no han asentado su fe. Hombres y mujeres jóvenes en la fe, ¿reconocen su necesidad de sabiduría de una madre o un padre espiritual? ¿A quién pueden acercarse para que los ayude a crecer en madurez en su relación con Dios y con otros? Sin embargo, no sólo los niños espirituales fallan en reconocer madres espirituales, sino que también las madres espirituales fallan en reconocerse a sí mismas como tales. Quizás subestimamos la necesidad o cuestionamos nuestra habilidad para cumplir con ella. Tal vez dudemos en servir por miedo al compromiso. No obstante, una iglesia sin madres es algo tan trágico como un hogar sin ellas. Guiar a quienes son espiritualmente inmaduros a la madurez no es trabajo únicamente del pastor, del anciano de la iglesia o de los profesores de la Escuela Dominical. La iglesia necesita madres que se preocupen por la familia de Dios. Debemos tomar nuestra responsabilidad, buscando con entusiasmo a quien el Señor quiere que criemos. No hay esterilidad entre las creyentes. Por medio del evangelio, en la madurez, todas nos convertimos en madres. A diferencia de la maternidad biológica, la maternidad espiritual tiene el potencial de tener cientos e incluso miles de descendientes. Mujeres mayores en la fe, ¿reconocen la vital importancia de sus influencias y ejemplos? ¿Para quién pueden hacer un espacio en sus vidas y así guiarlas hacia la madurez? ¿Quién necesita la sabiduría que adquirieron con esfuerzo? Las bebés espirituales necesitan ayuda para abrir la Palabra de Dios, para vivir en paz con Dios y con otros, para ser luz en lugares oscuros. Los bebés necesitan madres. Es un llamado para cada mujer creyente someterse al mandamiento de ser fructíferas y multiplicarse, de llenar la tierra con portadores de la imagen de Dios. Esto significa que la expresión «nido vacío» nunca puede aplicarse verdaderamente a nosotras. Encuentro consuelo al saber esta verdad mientras veo cómo crecen mis hijos biológicos y dejan la casa. Supongo y espero que toda mujer creyente encuentre consuelo en esta verdad, sea madre biológica o no. Ninguna de nosotras jamás debe cuestionar su función en la familia de Dios. Sólo debemos encontrar al próximo polluelo perdido bajo nuestras alas.
Este artículo fue originalmente publicado por Ligonier Ministries en esta dirección. | Traducción: María José Ojeda
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Cinco formas para aprovechar al máximo nuestro estudio bíblico
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Cinco formas para aprovechar al máximo nuestro estudio bíblico

El siguiente extracto ha sido traducido a partir del blog publicado originalmente en inglés por Crossway.

Como mujeres, a menudo debemos encontrar formas creativas para incluir un «tiempo para dedicarlo a estar en la Palabra» en nuestras agendas diarias. Según la etapa de la vida en la que estemos, podremos encontrarnos a nosotras mismas haciéndonos un espacio para esto quince minutos antes de que despierte el bebé, tomándonos dos horas un miércoles por la tarde que, de pronto, tuvimos libre porque se canceló la reunión que teníamos agendada o quitándole un par de minutos a nuestro sueño una vez que las tareas del día finalmente acabaron. Con frecuencia, las mujeres me piden consejos sobre cómo aprovechar al máximo el tiempo que tenemos para leer la Palabra. A continuación, quiero compartirles cinco formas para hacer que el tiempo que tienen valga la pena:
1. Distingamos entre una lectura devocional y un estudio bíblico
Puede ser tentador querer que nuestro tiempo personal de estudio llene nuestro estanque emocional del día. Quizás nos apresuremos en encontrar un punto de aplicación para ponerlo en práctica en cualquier momento posible. Esto podría significar que limitamos nuestro tiempo en la Palabra a una lectura devocional; es decir, meditar en un pasaje y buscar una forma de ponerlo en práctica inmediatamente. La lectura devocional es beneficiosa, pero no es fundamental. Su beneficio, de hecho, aumenta exponencialmente a medida que crecemos en nuestro entendimiento esencial de la Biblia. Hagan una distinción entre el tiempo devocional y el tiempo de estudio. Luego, decidan cuánto tiempo van a asignarle a cada uno, basándose en las ventajas respectivas. Dediquen sus tiempos de estudio a construir un conocimiento fundamental de la Escritura.
2. Recordemos de qué se trata la Biblia
Es tentador leer la Biblia como una hoja de ruta para nuestras vidas o como una guía para obtener una vida abundante. Sin embargo, la Biblia, en estricto rigor, no es un libro que habla sobre nosotras; más bien, habla sobre Dios. Desde Génesis hasta Apocalipsis, revela y celebra el carácter y la obra de Dios. No hay duda de que adquirimos conocimiento sobre nosotras mismas, pero esto sólo sucede a medida que obtenemos conocimiento sobre Dios, aprendiendo a ver nuestro propio carácter en relación con el carácter de él. Léan teniendo en cuenta la siguiente pregunta: «¿qué me enseña este pasaje sobre Dios?». Luego, léan comparándose con él: «saber que Dios es paciente provoca que reflexione en cuán impaciente soy yo. Entonces, ¿cómo debo vivir?». Permitan que la aplicación del pasaje fluya a medida que comprenden a Dios de una manera específica.
3. Cambiemos nuestra visión por una a largo plazo
Piensen que el estudio bíblico es más como una cuenta de ahorros que como una tarjeta de débito. En vez de verlo como un saldo decreciente al cual recurren para suplir una necesidad inmediata, dejen que tenga un efecto acumulativo en las semanas, en los meses y en los años. Puede que no lleguen a entender un pasaje o no puedan aplicarlo bien después de un día de haberlo estudiado. Eso es normal. Continúen depositando en sus cuentas, confiando que en el tiempo perfecto de Dios, él iluminará el sentido y la utilidad de lo que han estudiado, multiplicando su valor. ¿Qué pasaría si el pasaje que están estudiando hoy las está preparando para una prueba en diez años más? Estudien fielmente ahora, confiando en que nada será desaprovechado, ya sea que tengan un estudio bíblico eficiente en treinta minutos o no.
4. No vayamos de aquí para allá
En vez de que cada día lean pasajes tomados de diferentes partes de la Biblia, mejor escojan un libro y quédense ahí. Saltar de pasaje en pasaje puede dejarnos con un conocimiento acotado sobre la Escritura. Quizás podríamos familiarizarnos más con ciertos pasajes, pero tal vez nunca aprenderíamos sus contextos. Leer un libro de la Biblia desde el principio hasta el final nos ayuda a conectar los puntos de nuestro conocimiento acotado con un entendimiento cohesionado del texto. Asegúrense de aprender el trasfondo del libro (quién, qué, cuándo, por qué y dónde) antes de que se sumerjan en él para que así se posicionen en el contexto histórico y cultural correspondiente a medida que van leyendo.
5. Oremos
Carecemos de sabiduría. Esta realidad nunca es tan evidente como cuando nos embarcamos a estudiar la Biblia. Oren antes, durante y después de sus tiempos de estudio. Pídanle a Dios que les dé oídos para oír. Oren como el salmista, «abre mis ojos, para que vea las maravillas de tu ley». Admitan sus limitaciones y, humildemente, pídanle a Dios que les conceda la sabiduría y el entendimiento mientras estudian. Él nunca se rehusará a esta petición.
Ésta es una publicación escrita por nuestra invitada, Jen Wilkin, y es parte de un devocional gratuito de 31 días, Women of the Word Month [El mes de la mujer de la Palabra], que fue diseñado con el objetivo de animar y preparar mujeres para estudios bíblicos transformadores. Entérate más o suscríbete en crossway.org/women [disponible sólo en inglés]. | Traducción: María José Ojeda
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Mujeres, no se trata de la autoestima sino del asombro
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Mujeres, no se trata de la autoestima sino del asombro

Si has pasado tiempo en círculos de mujeres cristianas, tal vez te has dado cuenta de que hemos dedicado muchas reuniones a explorar nuestra identidad. En retiros, conferencias y estudios bíblicos temáticos se nos ha asegurado con urgencia que somos redimidas y valiosas, que nuestras vidas tienen un propósito, y que nuestras acciones tienen una importancia eterna. Si solo entendiéramos quiénes somos —es lo que dice el mensaje— renegaríamos de nuestros patrones pecaminosos y de nuestra baja autoestima espiritual para experimentar la vida abundante de la que Jesús habló. Hace poco, asistí a una conferencia de mujeres en la que, como era de esperar, este mensaje tomó protagonismo. Una tras otra, cada oradora nos llevó al Salmo 139:14, instándonos a vernos a nosotras mismas de la manera en que Dios nos ve, como una creación asombrosa y maravillosa. Pudo tratarse de casi cualquier evento de mujeres, con prácticamente cualquier orador típico. Las mujeres cristianas queremos que el Salmo 139:14 nos calme cuando nuestra imagen física languidece o cuando, simplemente, no nos sentimos tan inteligentes, valiosas o capaces. Deseamos que nos reafirme cuando nuestras debilidades nos agobian. Sin embargo, basándome en la frecuencia con que lo oigo expuesto, sospecho que el mensaje no nos sostiene por mucho tiempo. ¿Por qué sucede eso? Creo que se debe a que hemos errado en el diagnóstico de nuestro problema principal. Mientras mantengamos el énfasis en nosotras en vez de ver lo que hay más arriba, hablar de identidad nos consolará sólo un poco —y el cambio no será perdurable—. Nuestro problema principal como mujeres cristianas no es que no tengamos autoestima; no es que nos falte un sentido de relevancia o propósito: es que carecemos de asombro.

Asombrémonos

En una visita reciente a San Francisco, mi esposo y yo tuvimos la oportunidad de ir de excursión al Parque Nacional de Muir Woods. Al caminar por sus senderos, nos detuvimos, boquiabiertos, levantando la vista para contemplar unas secoyas de unos 76 metros de altura que han existido desde que se firmó la Carta Magna. Altísimas y antiguas, nos recordaron nuestra pequeñez. El Parque Nacional de Muir Woods fue un lugar donde alucinamos. Sin embargo, no es necesariamente así para todos. Aún recuerdo a un niño de unos ocho años que jugaba un videojuego mientras sus padres contemplaban el paisaje. No estoy juzgando a sus padres —también he estado de vacaciones con mis hijos—, pero la ironía de la imagen era fascinante. Estudios muestran que, cuando los seres humanos experimentamos asombro —maravillándonos de secoyas o un arco iris, de obras de Rembrandt o piezas musicales de Rachmaninoff—, comenzamos a dejar de ser individualistas, nos centramos menos en nosotros mismos y empezamos a ser menos materialistas, nos conectamos más con quienes nos rodean. Al maravillarnos de algo más grande que nosotros, somos más capaces de acercarnos a otros. Al principio, esto suena contraintuitivo, pero al examinarlo más de cerca, comienza a parecerse mucho a los más grandes mandamientos: ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas (maravíllate de Alguien más grande que ti mismo) y ama a tu prójimo (acércate a otros). El asombro nos ayuda a preocuparnos menos de la autoestima al dirigir nuestra mirada primero hacia Dios y luego hacia otros. También ayuda a establecer nuestra autoestima de la mejor forma posible: comprendemos nuestra insignificancia dentro de la creación y nuestra importancia para el Creador. No obstante, tal como el niño que juega con el iPad a los pies de una secoya de 800 años, podemos perdernos la majestad que está justo frente a nosotros.

Tengan una verdadera conciencia de sí mismas

Se nos ha hecho habitual recurrir al Salmo 139:14. Es fácil escucharlo como un “versículo rosa” cuando una mujer lo lee en voz alta en un salón lleno de mujeres. Es más difícil escucharlo de esa manera cuando consideramos a quien lo escribió. Imagina al rey David escribiéndolo para motivarse respecto a su apariencia o valor personal. No, el Salmo 139:14 no fue escrito para hacernos sentir importantes. Sólo debemos tomar distancia y considerar el salmo completo para darnos cuenta. Sin duda, el tema del Salmo 139 no somos nosotras. En vez de ser una reflexión sobre mí, admirable y maravillosamente creada, es una celebración extendida y bellísima de Dios, temible y admirable. El asombro nos lleva a dejar de enfocarnos en nosotras mismas. Cuando ponemos enfáticamente el foco en nosotras y, en consecuencia, omitimos el desinterés, erramos el tiro. Puedes decirme que soy una hija del Rey; puedes asegurarme que soy un poema de Dios o su obra maestra; puedes decirme que el corazón de Dios se complace en mí, que soy su canción y su deleite, que soy hermosa a sus ojos, que fui apartada con un propósito sagrado. Puedes decirme todas estas cosas; de hecho, debes hacerlo. Sin embargo, te imploro: No me digas quién soy sin primero llevarme a admirar con asombro al «Yo Soy». Aunque todas estas afirmaciones son verdades preciosas, su hermosura no puede percibirse apropiadamente mientras no se enmarque en el resplandor de su completa santidad. No podemos tener una verdadera conciencia de nosotras mismas sin un correcto y reverente asombro ante Dios.

Levanten su mirada

Por lo tanto, les imploro, mujeres que nos enseñan, llévenme a quitar mi mirada de mí misma para mirar a Dios. Enséñenme a temer al Señor (Proverbios 31:30). Encontrar nuestra identidad en los lugares incorrectos es un síntoma de ceder frente al temor al hombre. Nos medimos con estándares humanos en vez de hacerlo con uno divino. Sin embargo, la solución al temor al hombre no consiste en afirmarnos repetidamente que somos amadas y aceptadas por Dios; consiste, más bien, en el temor a Dios.
  • Cuando me pregunte: «¿se deleita Dios en mí?», enséñame que «el Señor se deleita en los que le temen» (Salmo 147:11).
  • Cuando me pregunte: «¿me llama Dios su amiga?», enséñame que «el Señor es amigo de quienes le temen» (Salmo 25:14).
  • Cuando me pregunte: «¿es Dios bondadoso conmigo?», enséñame que «grande es la bondad que [ha] reservado para quienes le temen» (Salmo 31:19).
  • Cuando me pregunte: «¿me dará Dios sabiduría?», enséñame que «el temor del Señor es la base de toda sabiduría» (Salmo 111:10).
  • Cuando me pregunte: «¿podré dejar de pecar?», enséñame que sí puedo «con el temor del Señor» (Proverbios 16:6).
  • Cuando me pregunte: «¿ve Dios el camino que tomo?», enséñame que «el Señor vela por quienes le temen» (Salmo 33:18).
  • Cuando me pregunte: «¿Me ama Dios?», enséñame que «su amor es inagotable para quienes le temen» (Salmo 103:11, 17).
El temor del Señor está conectado con el contentamiento (Pr 15:16; 19:23), con la confianza (Pr 14:26), con la bendición (Pr 28:14), con la seguridad espiritual (Pr 29:25) y con la alabanza y la adoración (Sal 22:23). No es de sorprenderse, entonces, que la famosa mujer de Proverbios 31 sea llamada digna de alabanza porque teme al Señor.

Enseñen sobre el asombro

Como bien diagnosticó Ed Welch, debemos combatir el temor con temor. Dejemos de ofrecer reverencia y asombro a un estándar humano para ofrecérselo a quien corresponde: Dios mismo. Esto es adoración, y cuando «[adoremos] al Señor en todo su santo esplendor» (Sal 96:9) sucederá algo interesante: realmente redescubriremos nuestra verdadera identidad —la de pecadores redimidos por gracia, de una manera que desafía a la comprensión humana—. En ese momento, cuando temblamos y tartamudeamos diciendo «aléjate de mí, que soy pecadora», nuestros corazones están listos para nutrirse de las buenas nuevas de que somos hijas del Rey. La perla invaluable de su amor por nosotras puede al fin ser valorada adecuadamente. El milagro de nuestra aceptación por medio de Cristo finalmente puede saborearse como corresponde. Ya es tiempo de que las mujeres que enseñan y escriben sobre estos temas abandonen la débil dieta de reflexión centrada en la persona en favor de un mensaje que nos sostenga perdurablemente. Las mujeres necesitan urgentemente ser discipuladas en la alegre práctica de la adoración desinteresada. Ayúdennos a levantar nuestra mirada a la imponente majestad de Dios; ayúdennos a aprender a asombrarnos; ayúdennos a temer al Señor.
Jen Wilkin © 2016 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. 
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La verdad sobre la belleza de tu hija
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La verdad sobre la belleza de tu hija

«Las chicas felices son las más lindas». —Audrey Hepburn Crecí con un papá que me decía —frecuentemente— que era hermosa, lo cual desafiaba la tradicional idea de que las hijas que oyen esto definen su valía por su apariencia. No es mi caso. Eso es probablemente porque también me decía que era inteligente, capaz y una acompañante entretenida. De alguna forma le creía, pero no la parte de la belleza. Ni siquiera un poco. Cuando él me lo decía acercándose para abrazarme, yo reaccionaba con escepticismo pensando «solo cree eso porque es mi papá». Mi suscripción a la revista mensual Diecisiete me recordaba fielmente que, en realidad, no era hermosa en absoluto. Mi cabello era recto como un palo (una debilitante desventaja para la moda de los ochenta), no tenía una bonita piel y tenía la espalda de un jugador de fútbol americano en una época en que comúnmente la ropa de las mujeres traía hombreras —aparentemente con el único propósito de acentuar mi monstruosidad—. No tenía más curvas que los chicos de trece años que tanto ansiaba que me sacaran a bailar, y junto con eso, mi gigantesca estatura debía parecerles amenazante. Claramente, mi papá era iluso. Pero él era la mejor clase de iluso. Era la clase de iluso que toda hija necesita. Veía en mí algo que el espejo no veía, y con regularidad y fidelidad me declaraba hermosa pese a todas las mediciones objetivas externas. Sin duda, deberíamos decirles a nuestras hijas que son fuertes y capaces, que sus mentes son dones que deben utilizar, que sus imaginaciones son herramientas a implementar y que sus cuerpos son vehículos para llevar a cabo lo bueno. Sin embargo, también sostengo que deberíamos decirles que son hermosas. Todo el tiempo. Aunque no se lo traguen. Confía en mí cuando te digo lo siguiente: Cuando te diga que está gorda, dile que es hermosa. Cuando te diga que es poco atractiva, dile que es hermosa. Cuando te diga que es demasiado X o no lo suficientemente Y, dile que es hermosa. Cuando te diga que nadie querrá jamás salir con ella, dile que es hermosa. Cuando no diga nada en absoluto, dile que es hermosa. No te creerá más de lo que tú o yo les creímos a nuestros propios padres y madres. Sin embargo, lo oirá de alguien que lo dice sinceramente, sin segundas intenciones. Lo oirá primero de ti, y eso es importante. Porque tú no quisieras que primero lo oyera de otros labios. Si nuestra admiración incondicional deja de regar el suelo de la autoestima de nuestras hijas, las enviaremos a un mundo que estará feliz de satisfacer esa tierra seca con alabanzas condicionales. ¿Qué pasaría si la primera persona que le dijera que es hermosa fuera un tipo deshonesto que conociera en su clase? Haz que florezca bien regada por tus cumplidos, ofrecidos sin más razón que el puro gozo de conocerla. Cuando le dices que es hermosa, tu hija sabe que lo que quieres decir es «Tú eres hermosa para mí». Y aunque inicialmente pueda parecerle la mentira más bien intencionada que le hayan dicho, con el tiempo llegará a reconocerla como la verdad más básica que alguna vez te oiga decir: «Sin importar lo que cualquier otro vea cuando te mira, cuando yo te miro, te veo a ti y digo que lo que veo es hermoso. Fin». Te veo. Te amo. Te conozco. Eres hermosa. Para mí. Nos volvemos más hermosos cuando hay una relación de conocimiento. ¿Quién de nosotros no ha conocido a una persona que al principio parecía poco atractiva, pero que, luego de conocerla mejor, nos llegó a parecer hermosa? Tu hija percibirá esta verdad al ver cómo tu creencia en su belleza se entreteje con tu amor por su persona. Puesto que la conoces mejor que cualquier otro ser humano, tu opinión cuenta más que cualquier otra. Solo su Padre Celestial la conoce mejor que tú, y su temible y maravilloso veredicto ya ha sido emitido. Cuando los padres terrenales modelan el amor de un Padre Celestial que «no ve como el hombre ve» (1S 16:7), damos a nuestras hijas permiso para medir la belleza en forma diferente que sus pares: centrándose no meramente en la apariencia externa, sino en el corazón. Dile a tu hija que es hermosa. Díselo no porque necesite saber que es hermosa, sino porque necesita saber que es hermosa para ti. En nuestra cultura guiada por la imagen, ella ya percibirá sus «defectos» físicos al punto de sentir que tus palabras, tomadas en un sentido inmediato, suenan falsas. Sin embargo, aprenderá a confiar en el valor más profundo de dichas palabras por causa de la persona que las dice. Aprenderá, si Dios así lo quiere, que el «sentido inmediato» es pasajero y engañoso. Cuando todos los anuncios publicitarios y portadas de revistas o avisos de Internet le digan que no es hermosa, saber que tú discrepas en forma absoluta, irracional y vehemente puede, sencillamente, ser lo que preserve su corazón. No dejes que la competencia de gritos se vuelva unilateral. Dile que es hermosa porque, de acuerdo a las únicas mediciones que importan, lo es.
Este recurso fue publicado originalmente en Jen Wilkin.
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Más urgente que mujeres predicadoras
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Más urgente que mujeres predicadoras

Una vez más Internet ha hervido con las discusiones sobre si las mujeres deberían o no predicar en las reuniones de la iglesia local. Cada vez que se aborda el asunto, quienes están en contra se apresuran a explicar que privar a las mujeres de este rol no significa que sean menos valiosas. Sin embargo, esta afirmación siempre lleva mi vista desde el púlpito hacia una preocupación más urgente: mientras algunos continúan debatiendo la presencia de mujeres en el púlpito, no debemos pasar por alto el siguiente problema inmediato: la marcada ausencia de mujeres en aquellas áreas de liderazgo eclesiástico que están abiertas a ellas.

Las mujeres que me escriben regularmente no están interesadas en apropiarse del púlpito: ellas aún enfrentan oposición en lo que respecta a la enseñanza de la Biblia a otras mujeres. Están luchando por ser consideradas necesarias más allá del ministerio con niños y mujeres. Están luchando por aportar más que hospitalidad o la suavidad de sus voces en el equipo de alabanza. Están buscando caminos de liderazgo femenino en la iglesia local y prácticamente no están encontrando nada. Ven el apoyo que reciben sus hermanos y se preguntan quién las invitará a ellas y las equipará para liderar bien. Si los aportes de las mujeres son igualmente valorados en la iglesia, ¿no debería notarse en la forma en que reclutamos personal? ¿No debería notarse en la forma en que preparamos para el liderazgo tanto a los laicos como a quienes tienen una vocación ministerial? Porque no vemos eso. Ni de lejos. Y no debemos ignorar este problema. Esta preocupación por las mujeres en el púlpito concita nuestra atención porque tenemos en gran estima el rol del pastor, lo cual está bien (1 Ti 3:1). Sin embargo, debemos tener cuidado de que nuestra alta consideración no se transforme en idolatría. Internet rebosa de artículos dirigidos específicamente a pastores: cómo estudiar más eficazmente, cómo aconsejar, cómo discipular, cómo equilibrar trabajo y descanso, y cómo liderar. Con la mayor frecuencia, me pregunto por qué el autor limita su público a los pastores. ¿Por qué no hablar del sacerdocio de todos los creyentes? Gran parte de este consejo se aplica igualmente a los roles de maestro, consejero, ministro, y líder laico: roles que pueden ser cumplidos tanto por hombres como por mujeres. Roles que, de ser equipados, podrían hacer más liviano el trabajo del pastor en un sentido bíblico (Ef 4:12). No debería sorprendernos que cristianos serios y reflexivos piensen que necesitan ser pastores cuando representamos ese rol como «el rol para quienes tienen dones espirituales» y dedicamos una atención comparativamente menor a otros puestos de servicio. Si nos preocupa que haya mujeres en el púlpito, quizás lo mejor que podríamos hacer sería equipar a toda la congregación para llevar a cabo la obra del ministerio y señalar que las contribuciones de todos son indispensables. Y aun mejor, sencillamente podríamos hacerlo en obediencia a la Palabra de Dios (1 Co 12). No deseo minimizar el rol del pastor. Es vitalmente importante. Sin embargo, no creo que sea bueno que los cristianos fijen su atención en él a expensas de otros roles. Necesitamos algunas manos y pies que acompañen a todas estas cabezas, y muchas de dichas manos y pies son femeninas. Las hermanas que hay entre nosotros se preguntan cuándo seremos capaces de demostrar tangiblemente una igualdad de valor y no simplemente afirmarla con palabras. Piénsalo así: Si apareciera un joven con capacidades y dones ministeriales obvios en la puerta de tu iglesia, ¿con quién lo pondrías en contacto? ¿Cómo lo ayudarías a encontrar su lugar en el ministerio? ¿Qué oportunidades buscarías darle para que cultivara sus dones y adquiriera experiencia ministerial? ¿Qué esperanzas tendrías en cuanto a él como líder? Ahora, hazte las mismas preguntas pensando en una mujer. Si el hecho de que nunca ocupará el púlpito te impide visualizar una trayectoria ministerial para ella, algo está mal. ¿Qué ministerio puede poner en marcha y llevar a cabo? ¿Qué lugar puede ocupar dentro del personal ejecutivo? ¿Qué comité necesita su liderazgo? ¿Qué rol en la reunión del domingo necesita de su voz y ejemplo? ¿Dónde puede aprovecharse su don de enseñanza? ¿En qué punto ciego o dilema de planificación puede servir su opinión? ¿Qué esfuerzo misionero puede encabezar? No me interesa el púlpito. Sin embargo, abrigo la esperanza de que, por medio de él, un día oigamos un sermón sobre el sacerdocio de todos los creyentes: parafraseando a Piper, «Hermanos, no somos todos varones». Atesora la hermandad del pastorado, pero por amor a la iglesia, invita a tus hermanas a tomar asiento en la mesa del ministerio; ese asiento en que, de manera refleja, pondrías a un hombre. Si te parece necesario, continúa debatiendo sobre la predicación de las mujeres hasta que Jesús regrese. Sin embargo, esperemos que, cuando lo haga, sea recibido por una iglesia cuya práctica no deje dudas sobre la igualdad de valor entre los hombres y las mujeres.
Este recurso fue publicado originalmente en Jen Wilkin. | Traducción: Cristian Morán
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Un mejor estudio de la Biblia
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Un mejor estudio de la Biblia

Si alguna vez tuviste que aprender alguna habilidad, probablemente recordarás la frustración que conllevaba hacerlo: los sentimientos de impotencia, la monotonía de la repetición del proceso hasta aprenderlo, el fuerte deseo de darte por vencido o de encontrar una forma más fácil de llevar a cabo esa tarea. Aprender a estudiar bien la Biblia presenta todos estos mismos sentimientos, por lo que debemos estudiarla con paciencia.

Nuestra cultura cree que la paciencia es un fastidio y busca formas de evitar tener que siquiera ejercitarla. En la televisión se nos muestra cómo resolver conflictos en treinta minutos o menos. En los restaurantes se sirve la comida casi al instante de pedirla. Por medio de Internet, la entrega de cualquier compra que podamos pensar se realiza en menos de cuarenta y ocho horas. La música, libros electrónicos y películas están disponibles instantáneamente. El concepto de demora de satisfacción puede ser difícil de aprender y practicar en una cultura en que la paciencia es opcional y en la cual se celebra la saciedad inmediata de cada deseo.

El efecto acumulativo

Por tanto, no es sorpresivo que el deseo de obtener satisfacción instantánea pueda incluso invadir sigilosamente nuestro estudio de la Biblia. Nos acercamos a nuestro “tiempo en la Palabra” como lo hacemos al AutoMac de McDonald’s: “Sólo tengo unos pocos minutos. Dame algo rápido y fácil para llenarme”. Sin embargo, en la base del estudio bíblico sólido hay una valoración de la capacidad de posponer la satisfacción. Adquirir conocimiento bíblico requiere que nuestro estudio tenga un efecto acumulativo —a través de las semanas, de los meses y de los años— para que la relación entre una parte de la Escritura y otra se revele a sí misma lentamente y con belleza, como al limpiar una obra maestra con un trapo, deslizándolo centímetro a centímetro. La Biblia no quiere ser encajada cuidadosamente dentro de un minucioso plan de lectura de trescientos sesenta y cinco días en que cada lectura se aplica aisladamente cada día. Tampoco quiere ser reducida a verdades obvias o medidas prácticas. Quiere producir una discordancia en tu pensamiento y expandir tu comprensión. Quiere revelar un mosaico de la majestuosidad de Dios un pasaje a la vez, un día a la vez, a lo largo de la vida. Desde ya, acércate con entusiasmo a tu tiempo de estudio bíblico. Sí, acércate con hambre, pero también ten paciencia; prepárate para estudiar a largo plazo.

Paciencia para nuestro progreso

Ser un estudiante de cualquier materia requiere esfuerzo —el proceso de obtener conocimiento no es fácil y a menudo puede ser frustrante—. Dependiendo de la materia, el aprendizaje se puede disfrutar, pero no quiere decir que vaya a estar libre de esfuerzo; para aprender necesitas trabajar. Por lo tanto, aprender tanto la Biblia como álgebra funciona de la misma manera. Pensamos que aprender la Biblia debiese ser algo tan natural como inhalar y exhalar; es decir, si conocer la Palabra de Dios es tan bueno para nosotros, por supuesto que él no nos lo hará difícil. No obstante, aprender la Biblia requiere disciplina y eso es algo que no siempre aceptamos. Dado que aprender la Biblia es una disciplina, la paciencia jugará un rol necesario en nuestro progreso. ¿Esperas frustrarte cuando estudias la Biblia? ¿Cómo reaccionas a la discordancia que enfrentas cuando tu comprensión no es suficiente frente a un pasaje? Como adultos, ya no necesitamos seguir una línea de estudio para rendir cuentas ante un profesor o padre. Si nos rendimos frente a la impaciencia del proceso de aprendizaje, tendemos a reaccionar en una de dos formas:
  1. Nos damos por vencidos: cuando encontramos que estudiar la Biblia es muy confuso, muchos de nosotros pensamos “este no debe ser mi don” y avanzamos hacia los aspectos de nuestra fe que nos nacen más naturalmente. Permitimos que sermones, podcasts, libros o blogs sean nuestra única fuente de alimentación de la Biblia. Quizás leemos la Biblia de manera devocional, pero asumimos que simplemente no estamos configurados para aprenderla en cualquier forma estructurada.
  2. Buscamos un atajo: debido a que queremos suprimir lo antes posible nuestra sensación de sentirnos perdidos en el texto, inmediatamente después de leerlo, corremos a las notas de nuestro estudio bíblico; o bien, dejamos un comentario bíblico a mano para consultarlo a la primera señal de confusión. Además, gracias a Internet, la ayuda nunca está lejos. Si leemos algo confuso, no hay necesidad de llorar y frustrarse, simplemente podemos leer lo que dice la nota de nuestro estudio bíblico o buscar una respuesta a nuestra pregunta en línea. No obstante, ¿es tan útil tener fácilmente a la mano una ayuda para interpretar la Biblia? ¿Terminamos, quizás, como esos chicos de secundaria que jamás se leen realmente un libro porque es fácil encontrar un resumen o ver la película?

En realidad, usar atajos es sólo un poco mejor que darse por vencido. Hacerlo no honra el proceso de aprendizaje. Al apurar la eliminación de la discordancia del “no sé”, la verdad es que aminora la efectividad del momento en que comprendes algo en el proceso de descubrimiento.

La buena confusión

Contrario a nuestra reacción instintiva, sentirse perdido o confundido no es una mala señal para un estudiante. De hecho, es una señal de que nuestra comprensión está siendo desafiada y de que el aprendizaje está por tomar su lugar. Aceptar la discordancia de sentirse perdido, en vez de evitarla (darse por vencido) o de atenuarla (buscar un atajo), en realidad nos pondrá en el mejor lugar posible para aprender. Debemos permitirnos perdernos y tener paciencia para encontrar nuestro camino a la comprensión. Es ahí cuando aprendemos mejor la Biblia.
Jen Wilkin. ©2014 Desiring God Foundation. Website: desiringGod.org Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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Tres fantasmas femeninos que rondan la iglesia
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Tres fantasmas femeninos que rondan la iglesia

Nunca olvidaré cuando conocí a mi pastor. Nuestra familia había estado dos años en la iglesia antes de que un encuentro con otro miembro del liderazgo cruzara nuestros caminos. Lo primero que dijo fue: «Jen Wilkin, ¡te has estado escondiendo de mí!». Con una enorme sonrisa, me dio un abrazo cordial y luego me preguntó por las personas y las cosas que me interesaban. Mantuvo el contacto visual e hizo eco de lo que yo decía. Me distraje completamente: no recuerdo qué libros había en su escritorio ni los cuadros que colgaban de las paredes, pero ese día salí de su oficina habiendo percibido algo crucial: «Este sitio no está embrujado».

Tenía razón; me había estado escondiendo. Tras varios años de ministerio a tiempo parcial en nuestra iglesia anterior, Jeff —mi marido— y yo estábamos agotados y no teníamos prisa por conocer ni ser conocidos por el personal de nuestra nueva iglesia. Sin embargo, siendo una mujer con un trasfondo de liderazgo, tenía otras dudas también. Cualquier mujer en el ministerio podrá decirte que nunca se sabe cuándo estás entrando a una casa embrujada.

Si eres un hombre que forma parte del personal de la iglesia, considera lo siguiente como una especie de historia de fantasmas. Debo aclarar, sin embargo, que ni por un minuto pienso que detestes a las mujeres. Sé que hay razones válidas para adoptar un acercamiento mesurado a la forma en que interactúas con nosotras en escenarios ministeriales. Quiero absolutamente que actúes con sabiduría, pero no quiero que caigas en el embrujo: Tres fantasmas femeninos rondan la mayor parte de las iglesias, y quiero que los reconozcas para que puedas expulsarlos de la tuya.

Estos tres fantasmas se cuelan en las reuniones del directorio en que se toman las decisiones claves. Vuelan por las aulas en que se enseña teología. Se quedan en las salas de oración donde los más débiles de nosotros expresan su dolor. Infunden temor tanto en los corazones de hombres como de mujeres, y lo que es peor, inspiran temor en las interacciones entre ellos. Todo lo que buscan es neutralizar la capacidad de hombres y mujeres para ministrar juntos o servirse mutuamente.

Aunque no siempre estés consciente de que estos fantasmas vuelan sobre nosotros, sí suelen estarlo las mujeres con las que interactúas  en el ministerio. Casi todas las semanas oigo historias de fantasmas en los correos que me envían las lectoras de mi blog.

Los tres fantasmas femeninos que nos persiguen son la Usurpadora, la Tentadora y la Niña.

1. La Usurpadora

Este fantasma obtiene permiso para aparecerse cuando se percibe a las mujeres como ladronas de autoridad. Particularmente susceptibles al temor que infunde este fantasma son aquellos hombres a quienes se les ha enseñado que las mujeres buscan una forma de adquirir lo que se les ha dado a ellos. Si este es tu fantasma, quizás te comportes de las siguientes formas cuando te relacionas con una mujer, y especialmente si se trata de una mujer fuerte:

  • Sus ideas u opiniones te parecen algo amenazantes, e incluso cuando ella procura expresarlas en términos suaves.
  • Supones que probablemente su esposo es débil (o que, si es soltera, esto se debe a la fuerza de su personalidad).
  • Te preocupa un poco que, si le das la mano, ella se tome el codo.
  • Evitas incluirla en reuniones en las que crees que una perspectiva femenina fuerte podría generar olas o arruinar el ambiente masculino.
  • Percibes su nivel de educación, largo de cabello o trayectoria profesional como potenciales señales de alerta indicando que podría querer controlarte de algún modo.
  • Tus conversaciones con ella lucen más como prácticas de boxeo que como un diálogo mutuamente respetuoso. Vacilas en hacer preguntas, y cuando las hace ella, tiendes a percibirlas como desafíos encubiertos más que como dudas honestas.
  • Te preguntas en silencio si su comodidad al hablar con los hombres es una señal de desacato a los roles de cada género.
2. La Tentadora

Este fantasma obtiene permiso para aparecerse cuando la preocupación por evitar la tentación o ser irreprensible se convierte en un temor a las mujeres como depredadoras sexuales. A veces este fantasma se instala gracias al fracaso moral de algún líder público, sea dentro de la iglesia o dentro de la subcultura cristiana más extendida. Si este es tu fantasma, quizás te comportes de las siguientes formas cuando te relacionas con una mujer, y especialmente si se trata de una mujer atractiva:

  • Por temor a ser malinterpretado como coqueto, te desvives por asegurar que tu conducta no comunique demasiada accesibilidad o empatía emocional.
  • Evitas un contacto visual prolongado.
  • Te preguntas en silencio si eligió su vestimenta con el objetivo de dirigir tu atención a su figura.
  • Escuchas con muchísima atención para detectar posibles insinuaciones en sus palabras o gestos.
  • Cada vez que debes reunirte con ella traes a un colega o asistente —aun cuando la situación no deja lugar alguno a malas interpretaciones—.
  • Vacilas en ofrecer contacto físico de cualquier tipo, y aun (¿o especialmente?) cuando ella está en crisis.
  • Limitas conscientemente la extensión de tus interacciones con ella por temor a que piense que actúas con demasiada familiaridad.
  • Te sientes obligado a utilizar una fraseología formal o «segura» cada vez que interactúas de manera escrita o formal con ella («¡Dale mis saludos a tu esposo!» o «¡Muchas bendiciones en tu ministerio y familia!»).
  • Siempre incluyes a un colega (o al marido de ella) en los destinatarios de los mensajes que le envías.
  • Te preguntas en silencio si su comodidad al hablar con los hombres es una señal de disponibilidad sexual.
3. La Niña

Este fantasma obtiene permiso para aparecerse cuando se piensa que las mujeres son emocional o intelectualmente más débiles que los hombres. Si este es tu fantasma, quizás te comportes de las siguientes formas cuando te relacionas con una mujer, y especialmente si se trata de una mujer más joven:

  • Le hablas en términos más simples que los que usarías frente a un hombre de la misma edad.
  • Tu tono cambia para dirigirte a ella con «voz de pastor».
  • Cuando le respondes, tiendes a abordar sus emociones en vez de sus pensamientos.
  • Percibes los encuentros con ella como momentos en los cuales puedes ofrecerle mucha sabiduría pero recibir poca de parte de ella. Tomas pocos apuntes, o absolutamente ninguno.
  • Cuando está en desacuerdo, la rechazas porque «probablemente no capta todo el panorama».
  • Durante tus interacciones con ella, te sientes obligado a sonreír notoriamente y poner «cara de que estás escuchando».
  • Le recomiendas recursos menos académicos que los que le recomendarías a un hombre.

Estos tres fantasmas no persiguen sólo a los hombres; también persiguen a las mujeres, definiendo las palabras que usamos, nuestro tono de voz, la vestimenta que llevamos y nuestro comportamiento. Cuando el temor gobierna nuestras interacciones, ambos géneros terminan inadvertidamente jugando roles que trastornan nuestra capacidad de interactuar como personas de igual valor. En la iglesia no-embrujada donde el amor supera al temor, las mujeres son percibidas (y se perciben a sí mismas) como aliadas en vez de antagonistas, hermanas en vez de seductoras, y colaboradoras en vez de niñas.

Indudablemente, Jesús nos da un ejemplo de esta clase de iglesia cuando se relaciona con María de Betania y su audacia que desafiaba la percepción de los géneros; cuando recibe la fragante ofrenda del alabastro de manos de una seductora arrepentida; y cuando nota que la mujer que padecía de hemorragias tiene la fe de un niño. Nosotros le habríamos aconsejado que «pecara de cauteloso» con estas mujeres. Sin embargo, aun cuando las mujeres parecían corresponder a un estereotipo claro, Él respondió sin temor. Si sistemáticamente «pecamos de cautelosos», es digno de notar que sistemáticamente pecamos.

¿Hay mujeres que usurpan autoridad? Sí. ¿Hay mujeres que seducen? Sí. ¿Hay algunas que carecen de madurez emocional o intelectual? Sí. Y lo mismo puede decirse de algunos hombres. Sin embargo, debemos cambiar nuestro paradigma de recelo por uno de confianza, sustituyendo las etiquetas de usurpadora, tentadora y niña por las de aliada, hermana y colaboradora. Sólo entonces los hombres y las mujeres compartirán la carga y el privilegio del ministerio como debería suceder.

También recuerdo bien mi más reciente encuentro con mi pastor. Con frecuencia él ha dedicado tiempo a hacer comentarios positivos sobre mi ministerio o mis dones. Esta vez dijo algo que necesitaba oír más de lo que me había dado cuenta: «Jen, no te tengo miedo». No lo dijo desafiándome ni reprendiéndome, sino para transmitirme una firme y empática seguridad. Esa es la clase de palabras que invitan a las mujeres de la iglesia a florecer. Es la clase de palabras que hacen huir a los fantasmas.

Publicado originalmente publicado por The Gospel Coalition en esta dirección. | Traducción: Cristian J. Morán