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Una honesta confesión

¡No aguanto más! ¡Quiero desobedecer y he desobedecido!

Dios sabe que he tratado de cumplir con las indicaciones que nos han dado las autoridades sanitarias, ¡pero ha sido tanto! ¡Tantas normas! ¡Cada semana hay nuevas reglas! Me pregunto si sabrán lo que están haciendo. Más aún, cuando he escuchado que en otros países de Latinoamérica las autoridades no han sido tan estrictas como en mi país. ¿Acaso se están aprovechando de nosotros? ¿Seremos una nación muy sumisa? ¿Y qué pasa con todas esas personas que no pueden confinarse porque necesitan salir a buscar el pan diario? Si ellos pueden salir, ¿por qué yo no?

Sinceramente, a ratos quiero rebelarme, ¿tú no?

La sumisión en la Trinidad

Esta sensación de rebelión no debería parecerte extraña. La Escritura nos cuenta que tener una actitud disponible para ser guiados o liderados no nos sale natural. A decir verdad, es muy probable que en condiciones ideales; es decir, con las mejores autoridades gubernamentales, con casas apropiadas para soportar miles de confinamientos y con todas nuestras necesidades cubiertas, tú y yo, de todos modos, nos sentiríamos muy tentados a quejarnos y a buscar alternativas a las indicaciones impuestas. ¿No lo crees? Piensa en Adán y Eva. Ellos estaban en el escenario ideal para desarrollar una perfecta obediencia al Padre celestial; sin embargo, prefirieron optar por la rebeldía.

Cuando Dios, en su Palabra, define esta insensata inclinación que tenemos hacia la desobediencia, la llama «pecado». Si te analizas con cuidado, te darás cuenta de que se siente como un poder interno. Es una fuerza que, muchas veces, sobrepasa la racionalidad. Es como si fuera una predisposición de base ante cualquier figura de autoridad que tengamos por delante.

Cuando Jesús anduvo por esta tierra, nos mostró un camino diferente. Para Él, la palabra «sumisión» era hermosa. Desde la eternidad, había vivido una relación con su Padre. Una relación marcada por el amor y la obediencia. ¿Cómo podríamos entender que Jesús dijera frases como: «No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4:4); «Mi comida es hacer la voluntad del que me envió y llevar a cabo su obra» (Jn 4:34); «Padre, si es tu voluntad, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22:42)?

En nuestra cultura occidental, la palabra «sumisión» ha llegado a considerarse una ofensa. Es la palabra que representa el máximo insulto a nuestra autonomía. La sumisión a otro es una muestra de humillación y solamente estamos dispuestos a considerarla cuando nuestro bien personal está en juego, como cuando el jefe nos pide que obedezcamos la hora de entrada al trabajo porque, de lo contrario, recibiremos algún tipo de sanción. Nuestra sumisión, muchas veces, es meramente utilitaria.

En la cultura del Reino de Dios, esta palabra es bella. Representa exactamente la manera en la que Dios ha planificado mantener comunidades alegres y plenas. La sumisión, en la familia de Cristo, no es el modo para instrumentalizar a otro o para manipularlo con una actitud supuestamente cooperativa y aduladora con el fin de lograr nuestros propios objetivos. La sumisión en el Reino nace de la realidad comunitaria de la que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo han participado por la eternidad.

La sumisión y la salvación

La historia de la salvación no existiría si el Padre no hubiera diseñado un buen plan: el Hijo estuvo dispuesto a obedecer conforme a la voluntad del Padre y el Espíritu quiso aplicarlo a la vida de los creyentes conforme a la voluntad del Padre y del Hijo. El gozo que el Padre, el Hijo y el Espíritu disfrutaban en la familia eterna es el resultado del amor otrocéntrico que ha existido entre ellos desde siempre. Cuando el Hijo piensa en someterse a la voluntad del Padre sabe que no hay nada en el Padre que le genere desconfianza. Cuando el Espíritu busca actuar conforme a los planes del Padre y del Hijo, y como Él conoce sus corazones, está disponible sin queja ni murmuraciones. A esa relación de alegría y amor eterno nos quiso invitar la Trinidad. Y la única manera de incluir dentro de ella a pecadores individualistas y rebeldes como nosotros fue por medio de la sumisión voluntaria del Hijo y del Espíritu a la voluntad del Padre.

La sumisión es la vida en el Espíritu

No nos debería sorprender entonces que el Nuevo Testamento esté lleno de llamados a la sumisión. Los escritores buscaban que las iglesias nacientes pudieran disfrutar algo del gozo que existe en la naturaleza divina en sus relaciones interpersonales. La vida de personas llenas del Espíritu Santo, descrita en los capítulos 5 y 6 de Efesios, es una marcada por la sumisión:

  • «Sométanse unos a otros en el temor de Cristo» (5:21).
  • «Las mujeres estén sometidas a sus propios maridos como al Señor» (5:22).
  • «Hijos, obedezcan a sus padres en el Señor, porque esto es justo» (6:1).
  • «Y ustedes, padres, no provoquen a ira a sus hijos, sino críenlos en la disciplina e instrucción del Señor» (6:4).
  • «Siervos, obedezcan a sus amos en la tierra, con temor y temblor, con la sinceridad de su corazón, como a Cristo» (6:5).
  • «Y ustedes, amos, hagan lo mismo con sus siervos, y dejen las amenazas, sabiendo que el Señor de ellos y de ustedes está en los cielos» (6:9), [énfasis del autor].

La manera en que leamos estos versículos nos puede llevar en una dirección u otra. Si los leemos con los lentes de nuestra cultura, veremos que son frases que llaman a la represión o a la supresión de la identidad y de la autonomía. Pero si lo vemos desde la cosmovisión del Reino, veremos que son los condimentos esenciales a fin de que las comunidades fundamentales para la vida humana florezcan y den fruto para el bien de la sociedad y la fama de Dios.

La sumisión a las autoridades humanas

De la misma manera, cuando el apóstol Pedro afirma: «Sométanse, por causa del Señor, a toda institución humana, ya sea al rey como autoridad, o a los gobernadores como enviados por él para castigo de los malhechores y alabanza de los que hacen el bien» (1P 2:13-14), está estableciendo que Dios ha designado a las autoridades humanas para nuestro bien, por lo que deberíamos buscar estar disponibles y dispuestos a sus liderazgos.

Es por causa del Señor que el apóstol llama a la iglesia a someterse a las autoridades. Te recuerdo que las autoridades de su época no conocían de derechos humanos, no sabían de democracias ni les interesaban las estrategias comunicacionales para aumentar su aprobación en las encuestas. Con mayor o menor crueldad, los emperadores romanos gobernaron con la espada en la mano. Ante ellos, los cristianos debieron someterse por causa del Señor. ¿Por qué? Por amor a Dios y por el bien de la ciudad.

Por último, esa sumisión no era irrestricta. Cuando Pedro los llama a someterse por causa del Señor, está estableciendo que sobre el César hay una autoridad mayor. Su sumisión es voluntaria y restringida a la Palabra eterna de Dios. Los cristianos estaban llamados a obedecer al emperador, las esposas a sus esposos, los hijos a sus padres, los trabajadores a sus jefes solo cuando sus mandatos no estuvieran en contra de la autoridad del Señor sobre sus vidas.

¿Qué tiene que ver todo esto con la pandemia?

En primer lugar, si tenemos una correcta comprensión de la sumisión, la atmósfera de nuestros hogares, familias y vecindarios podría cambiar completamente. Si recordamos a Jesús, podremos tener una actitud diferente a las normativas de las autoridades locales, sin quejas ni murmuraciones, victimizaciones ni autocomplacencia. Podremos modelar a nuestras familias, vecinos y amigos el gozo de querer ser liderados adecuadamente para la gloria de Dios y el bien de los demás. También podremos modelar genuino arrepentimiento cuando nuestras actitudes reflejen orgullo y amargura, sobre todo en aquellos momentos cuando veamos que las autoridades no actúan conforme a nuestra voluntad y frustran nuestros planes.

De la misma manera, podremos mostrarle a nuestro entorno en qué momentos Dios mismo nos llama a una desobediencia santa. Jesús nos enseñó que la obediencia a las leyes humanas no podía ir contra el principio del amor al prójimo. En ese sentido, si las restricciones sanitarias nos están impidiendo amar a alguien en una urgente necesidad, nuestro llamado es a obedecer la ley de Dios y salir para coordinar y asistir al necesitado con todas las precauciones adecuadas. En el caso hipotético de que las normativas sanitarias impidieran a la iglesia de Cristo continuar con nuestra misión de la proclamación del Evangelio, tendremos que, respetuosamente, hacer todo lo posible para que las autoridades vuelvan a considerar sus restricciones de modo que no impidan que cumplamos con el mandato de nuestro Señor. De lo contrario, tendremos que asumir las consecuencias de nuestra desobediencia civil sabiendo que nuestra primera alianza está con el Dios del cielo.

Persevera en la sumisión

Son tiempos difíciles. No perdamos la perspectiva. Si no somos cuidadosos, nuestro deseo de rebelarnos puede ser una ofensa indolente para todos aquellos que sufren o están trabajando duramente para darle una solución a esta pandemia. Mientras pensamos en nuestra actitud ante las autoridades, te animo a recordar que fue la alegre sumisión de Jesús la que te dio salvación y la que te llevará a la vida eterna. Oremos para que la iglesia cristiana, por medio de una activa sumisión, sea parte de la solución más que del problema para la gloria de Dios y el bien de nuestras ciudades.

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Cristóbal Cerón
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Cristóbal Cerón

Cristóbal Cerón está casado con Alejandra y tienen tres hijas: Belén, Jacinta y Amanda. El año 2010 plantó la Iglesia Anglicana Santiago Apóstol en el centro de Santiago, la capital de Chile. Es fundador de la Fundación por el Renacer de la Pasión, organización que tiene como fin generar instancias de entrenamiento y evangelismo para jóvenes estudiantes. Actualmente es el Rector del Centro de Estudios Pastorales (CEP), seminario de la Iglesia Anglicana de Chile. Le encanta pasar tiempo junto a su familia, el fútbol, disfrutar una rica hamburguesa y ver la obra de Dios avanzando.
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