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Si estás casado y tienes hijos, probablemente estás más familiarizado con la finitud.

La soltería, con todos sus desafíos únicos, a menudo disimula nuestras limitaciones físicas. Aún nos cansamos, por supuesto, pero la mayoría de las veces, podemos hacer lo que necesitamos (y mucho de lo que queremos), mientras todavía seguimos teniendo espacio para descansar y recargarnos. La familia, con todas sus bendiciones únicas, nos arranca ese sentido de autonomía. Los niños en particular absorben bastante de cualquier extra que podríamos haber disfrutado. Cuando son pequeños, se trata de pañales, de refrigerios, de rabietas y de interminables preguntas expresadas con poca fluidez sobre cualquier cosa. A medida que crecen, están los rigores de la escuela, las alegrías y las penas de las amistades, los horarios deportivos y de otras actividades, y las preguntas difíciles sobre el futuro. Cualquier familia saludable exige mucho de los padres.

Sin embargo, al haber entrado al mundo del matrimonio y de la crianza, y al ver a otros a mi alrededor hacer lo mismo, he podido compadecerme y sufrir por una víctima común en las familias: la iglesia. A medida que encontramos el amor, les damos la bienvenida a los hijos, compramos casas, invertimos en carreras, cultivamos amistades y buscamos pasatiempos, ¿acaso nos hemos olvidado o abandonado nuestro precioso y vital lugar en el pueblo de Dios? Luego de seis años de casado y cinco de paternidad, he sentido las sutiles maneras en que Satanás lanza a la iglesia contra la vida familiar y a la vida familiar contra la iglesia.

La iglesia, no obstante, no es el enemigo de la familia cristiana, sino más bien, su devota aliada y más pleno destino. Las familias saludables saben cuán desesperadamente necesitan a la iglesia y construyen con gusto sus vidas alrededor de ella, a fin de servirla, alimentarse y amarla. No solo esperan iglesias amigables con las familias, sino que se esfuerzan por llegar a ser familias amigables con la iglesia.

La iglesia perdida del compañerismo

¿Adónde podríamos mirar para tener una idea de lo que podría ser la vida familiar en la iglesia? Me encantan los destellos que obtenemos de las primeras iglesias en el Nuevo Testamento. Las pequeñas ventanas que tenemos, como Hechos 2:42-27, pintan un cuadro de la iglesia que es como un jardín de vida, no como un macetero que cuidamos los domingos:

Y se dedicaban continuamente a las enseñanzas de los apóstoles, a la comunión, al partimiento del pan y a la oración. Sobrevino temor a toda persona; y muchos prodigios y señales se hacían por los apóstoles. Todos los que habían creído estaban juntos y tenían todas las cosas en común; vendían todas sus propiedades y sus bienes y los compartían con todos, según la necesidad de cada uno. Día tras día continuaban unánimes en el templo y partiendo el pan en los hogares, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y hallando favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día al número de ellos los que iban siendo salvos.

La iglesia primitiva era una iglesia de compañerismo (pasaban tiempo juntos, comían juntos, satisfacían necesidades juntos, aprendían juntos, oraban juntos, llevaban cargas juntos, ganaban almas juntos). Y todos los involucrados, seguramente incluidas algunas familias jóvenes, parecían prosperar en ese compañerismo, en lugar de sentirse frustrados por ello.

Ser iglesia significaba estar juntos (y no solo por una hora el domingo). «[…] Exhórtense los unos a los otros cada día, mientras todavía se dice: “hoy”;» —dice Hebreos 3:13— «no sea que alguno de ustedes sea endurecido por el engaño del pecado» [énfasis del autor]. Cada día. Y eso es sin teléfono, mensajes de texto, correo electrónico o Zoom. Ellos estaban dispuestos a hacer sacrificios diarios para buscar a Cristo y a su misión juntos.

Donde ocurre el unos con los otros

Ese compañerismo está entretejido a lo largo de la Escritura con los mandatos de los unos a los otros. Primero de Jesús mismo: «Un mandamiento nuevo les doy: “que se amen los unos a los otros”; que como yo los he amado, así también se amen los unos a los otros. En esto conocerán todos que son mis discípulos, si se tienen amor los unos a los otros» (Jn 13:34-35). ¿Qué distingue a los seguidores de Jesús de cualquier otra persona? El amor como el de Cristo demostrado en su relación los unos con los otros. ¿Y dónde ocurre ese unos con los otros en la Escritura? En la iglesia local.

  • A la iglesia en Colosas: «Que la palabra de Cristo habite en abundancia en ustedes, con toda sabiduría enseñándose y amonestándose unos a otros con salmos, himnos ycanciones espirituales, cantando a Dios con acción de gracias en sus corazones» (Col 3:16).
  • A la iglesia en Roma: «Sean afectuosos unos con otros con amor fraternal; con honra, dándose preferencia unos a otros […]. Por tanto, acéptense los unos a los otros, como también Cristo nos aceptó para la gloria de Dios» (Ro 12:10; 15:7).
  • A la iglesia en Tesalónica: «Por tanto, confórtense los unos a los otros, y edifíquense el uno al otro, tal como lo están haciendo» (1Ts 5:11).
  • A la iglesia en Éfeso: «Sean más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándose unos a otros, así como también Dios los perdonó en Cristo» (Ef 4:32).
  • A la iglesia en Corinto: «[…] Pero así formó Dios el cuerpo […]a fin de que en el cuerpo no haya división, sino que los miembros tengan el mismo cuidado unos por otros. Si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; y si un miembro es honrado, todos los miembros se regocijan con él. (1Co 12:24-26, [énfasis del autor]).

La historia que Dios cuenta sobre la iglesia es una historia de reunión, una historia de unos a los otros. Después de todo, la mismísima palabra iglesia (ekklesia) significa reunión. Entonces ¿adónde se ha ido este compañerismo hoy?

Pues, el compañerismo es a menudo la víctima del ajetreo (de llenar tanto nuestros horarios que simplemente no hay espacio para que la iglesia sea la iglesia). Las familias a menudo son las más preocupadas de todas. Sobre las incansables exigencias de criar nuevos humanos, mamá y papá trabajan cada vez más (y ambos llevan trabajo a casa y a menudo a la cama). A medida que los niños crecen, las tardes y los fines de semana con frecuencia están más y más llenos con prácticas y juegos, ensayos y recitales, tareas y salidas con amigos. Eso significa que las familias en sí están menos juntas. No es sorpresa, entonces, que estén tan celosos por tiempo y, por lo tanto, también desconfíen de comprometerse más con la iglesia o incluso cumplir con lo básico.

Demasiado ocupados para estar juntos

Las presiones en la vida familiar que dificultan la vida de la iglesia podrían estar inflamadas por la vida moderna, pero estas no son nuevas en ella. Jesús nos advirtió, hace dos mil años, sobre «[…] las preocupaciones de esta vida, el engaño de las riquezas y muchos otros malos deseos […]» (Mr 4:18-19).

Las amenazas claramente no son exclusivas de las familias, pero podrían llegar a ser aún más amenazantes para ellas. Después de todo, el apóstol Pablo nos advierte: «[…] el casado se preocupa por las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer, y sus intereses están divididos […]» (1Co 7:33-34), y la misma ansiedad distrae a su esposa. Jesús dijo que las preocupaciones de este mundo son espinos que crecen para ahogar cualquier signo de vida espiritual. No formaremos bien una familia si no notamos los espinos y hacemos lo que podamos para proteger a nuestras familias de ellos.

¿Qué espinos en particular han brotado en el jardín de tu familia? ¿Qué les impide comprometerse más enteramente con Dios y con su pueblo? En la gran mayoría de los casos, nuestros espinos no serán malas búsquedas, sino buenas que se han vuelto absorbentes. En particular, búsquedas que consumen nuestra capacidad finita de buscar a Dios, amar a su iglesia e ir tras los perdidos.

Jesús dijo en otra parte: «[…] no se preocupen por su vida, qué comerán o qué beberán; ni por su cuerpo, qué vestirán […]» (Mt 6:25); en otras palabras, las preocupaciones de cualquier padre: comida, bebida y ropa (y ojalá una siesta), repetir. «Pero busquen primero su reino y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas» (Mt 6:33).

¿Cuántas familias permiten que las tormentas de la ansiedad y del ajetreo consuman su búsqueda del Reino? ¿Cuántas iglesias pierden familias por las preocupaciones del mundo, los engaños de las riquezas y los deseos por otras cosas, debido a los sutiles espinos de la tentación?

La iglesia fascinante

Para superar los obstáculos que impiden la vida de la iglesia en una familia, tenemos que confrontar el ajetreo que desplaza a la iglesia, pero también necesitamos ver a la iglesia, incluyendo a nuestras pequeñas, defectuosas y poco impresionantes iglesias locales, a través de los ojos amorosos y devotos de Cristo.

Nuestros matrimonios (los mismos matrimonios que a veces nos distraen de Cristo y la iglesia) fueron creados por Dios para recordarnos que Jesús ama a la iglesia y con un celo santo: «Maridos, amen a sus mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se dio Él mismo por ella» (Ef 5:25). Sí, Él fue obediente hasta la muerte, pero no murió por deber; murió por amor: verdadero afecto por la iglesia, verdadero compromiso por la iglesia, verdadero deleite en la iglesia. Tenemos que poner nuestras decepciones y frustraciones con la iglesia ante el amor ardiente de Aquel que murió para tenerla.

El apóstol Pablo dijo que fue llamado a predicar «[…] las inescrutables riquezas de Cristo, y sacar a la luz cuál es la dispensación del misterio que por los siglos ha estado oculto en Dios, creador de todas las cosas […]» —presta especial atención aquí— «De este modo, la infinita sabiduría de Dios puede ser dada a conocer ahora por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales» (Ef 3:8-10, [énfasis del autor]). Dios quiere mostrar las inescrutables riquezas de Cristo, escondidas por siglos, no primero por medio de la creación ni por medio de Israel o los profetas ni siquiera por medio de los apóstoles, sino que por medio de la iglesia; por medio de tu iglesia.

Y no solo son los amigos y los vecinos los que están mirando, sino que «los principados y potestades en los lugares celestiales». Las fuerzas espirituales están siendo condenadas por la múltiple sabiduría de Dios a medida que observan cómo Él construye la iglesia (la misma iglesia que a menudo queda enterrada bajo nuestras vidas diarias con una familia). Podríamos mirar a la iglesia y ver inconveniencia, formalidad y monotonía, pero ella atrae al cielo, al ver la salvación develada y esparcida a lo largo de bancas agrietadas y simples livings. Dios dirige toda la historia para sostener la gloria de su gracia para y por medio de la iglesia.

Amar más con menos

El Rey del universo ama a la iglesia, los cielos están asombrados de ella y tu familia la necesita: «Consideremos cómo estimularnos unos a otros al amor y a las buenas obras, no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos unos a otros, y mucho más al ver que el día se acerca» (Heb 10:24-25). Y tu iglesia necesita a tu familia (1Co 12:12). ¿Cómo prosperará sin una oreja, un ojo o lo que sea que Él te haya asignado?

¿Y qué ha asignado Dios para ti y tu familia? No es posible que seas todo para todos. Como padre, ya has aprendido eso. De todos modos, las orejas, los ojos y las rodillas no funcionan así. Dios nos ha dotado y puesto a cada uno de nosotros en maneras únicas para servir a la iglesia de alguna manera significativa. Entonces, «teniendo diferentes dones, según la gracia que nos ha sido dada, usémoslos […]» (Ro 12:6). Si el de servicio, en nuestro servicio; si el de ánimo, en nuestro ánimo; si el de hospitalidad, en nuestra hospitalidad; si el de generosidad, en nuestro dar; si el de cuidado de niños, en nuestra enseñanza y juego; si el de oración, en nuestras rodillas. Pídele a Dios gracia para ver los dones particulares que Él le ha dado a tu familia y entonces pídele gracia para no desperdiciar esos dones, sino que los use de maneras específicas y consistentes para bendecir y edificar a la iglesia.

Si admitimos nuestra finitud como familia, oramos pidiendo fortaleza y discernimiento, somos conscientes de los espinos que nos rodean y nos empapamos continuamente del amor de Jesús por la iglesia, Dios nos ayudará a amar bien a nuestra iglesia con lo poco que tenemos.

Marshall Segal © 2021 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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Marshall Segal

Marshall Segal es escritor y director editorial de desiringGod.org. Es autor de Soltero por ahora: la búsqueda del gozo en la soltería y el noviazgo (2018). Se graduó de Bethlehem College & Seminary. Él y su esposa, Faye, tienen dos hijos y viven en Minneapolis.
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