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Me encantaría que conocieras a mi amiga. Yo la conozco muy bien. Es simpática y tiene una reputación pública impecable. También es una perfeccionista y estoy bastante orgullosa de eso. A menudo piensa para sí (aunque rara vez lo dice en voz alta) que el perfeccionismo es una condición de la persona que rinde más de lo esperado, una singularidad del diligente. Ella ha llegado a pensar del perfeccionismo como una ventaja, no una manía.

Sin embargo, creo que ella perdió su rumbo. Su perfeccionismo no es atención al detalle ni un impulso a dar lo mejor de sí por una razón valiosa. Oh, se ha engañado a sí misma y piensa que este es el caso en el que el perfeccionismo la convierte en una mejor estudiante, persona y cristiana. Ella cree que mientras le dé gracias a Dios por sus altas calificaciones y por los elogios que otros le dan su perfeccionismo de alguna manera lo glorifica a Él.

Ella no se da cuenta de que su perfeccionismo se trata de ella. Se trata de alimentar su orgullo y hacerse una imagen. Realmente, no se trata de luchar por ser perfecta, sino que de verse perfecta y que otros piensen que es perfecta. Ella es una perfeccionista y alguien que complace a las personas, que teme al hombre y no a Dios. Está obsesionada con la apariencia y quiere sentirse bien respecto a sí misma. Es orgullosa.

Como dije, creo que perdió el rumbo.

Quizás conoces a alguien como ella; tal vez tú seas ella. Lo que mi amiga necesita saber hoy es que hacer pasar el perfeccionismo como una característica de un carácter noble es un engaño; el perfeccionismo es pecado. Ciertamente, poner atención a los detalles y luchar por dar lo mejor de nosotros para la gloria de Dios no es pecado. Esa es una meticulosa virtud cristiana. El perfeccionismo es un impulso de verse perfectos, un vicio de arrogancia.

El perfeccionista no tiene tiempo para la belleza de la gracia. Como escribe Hayley DiMarco:

El perfeccionista no tiene tiempo para la gracia. En el camino del perfeccionismo se encuentran relaciones estropeadas que experimentan la ira orgullosa en los momentos cuando el perfeccionismo falla.

No obstante, debes saber hoy que también existe libertad de las presiones de las cadenas del perfeccionismo. Esa libertad viene en humildad, sumisión y arrepentimiento, un reconocimiento activo de la autodependencia y el orgullo, y una confesión del temor al hombre por sobre la exaltación de Dios. Aún más, viene por medio de una búsqueda de bondad y adoración del único Ser perfecto. DiMarco nuevamente escribe:

La bondad lleva consigo una comprensión sobria de quiénes somos, quebrantados y frágiles, caídos y perversos. Está de acuerdo con Dios y puede declarar que solo Cristo es perfecto. No exige, en orgullo, más de sí misma, como si fuera mejor que otros, sino que, al contrario, está de acuerdo con Dios con que somos pecadores salvados por gracia e incapaces de hacernos perfectos nosotros mismos, no importa con cuánto esfuerzo trabajemos.

Hay perdón y liberación para el perfeccionista hoy. Para mi amiga, hay libertad.

Este artículo fue publicado originalmente en el blog de Jaquelle Crowe.
Photo of Jaquelle Ferris
Jaquelle Ferris
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Jaquelle Ferris

Jaquelle Ferris es una escritora veinteañera del Este de Canadá. Se graduó de la Thomas Edison State University y es la cofundadora de The Young Writers Workshop [Taller de escritores jóvenes]. Esto cambia todo: cómo el Evangelio transforma tu juventud (2019). Puedes encontrar más de sus escritos en JaquelleCrowe.com.
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