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Cualquiera puede reconocer la tragedia de un hombre perezoso: aun las responsabilidades normales lo abruman. Se paraliza ante temores absurdos (Pr 22:3). No puede proveer para sí mismo ni cualquier otra persona (Pr 20:4). Casi todo es demasiado difícil para él (Pr 19:24). Quienes alguna vez dependieron de él descubrieron que no deben hacerlo (Pr 10:26). Sus anhelos, nunca satisfechos, lo destruyen lentamente (Pr 21:25). Sentimos lástima por los hombres perezosos y luchamos por no ser uno.

Si bien puede ser fácil ver la inutilidad de la pereza, ¿cuántos de nosotros pasamos por alto la inutilidad de ciertas formas de trabajo duro?

Si el Señor no edifica la casa,

En vano trabajan los que la edifican;

Si el Señor no guarda la ciudad,

En vano vela la guardia (Sal 127:1, [énfasis del autor]).

Los buenos hombres (hombres amados, equipados y enviados por Dios) trabajan duro, pero no en vano. Ellos edifican, velan y trabajan como si el Dios del cielo y de la tierra trabajara por ellos, porque es la realidad. Dios «obra […] a favor del que esperaba en Él» (Is 64:4). Los buenos hombres saben que a menos que el Señor trabaje en, a través y sobre su trabajo, no lograrán nada verdaderamente significativo o perdurable.

Edifica con todo tu corazón

No te equivoques, los hombres fieles sí trabajan duro. Cualquier hombre que escuche que Dios tiene que hacer el trabajo y decida que su propio trabajo ya no es necesario, no ha entendido cómo nuestro trabajo honra a Dios. Él no ha visto lo sagrado de la instrumentalidad humana. Dios no es honrado cuando trabajamos duro en autosuficiencia, tampoco lo es cuando somos negligentes y descuidados respecto a lo que Él nos ha llamado a hacer.

Cuando el Señor edifica, los constructores no abandonan sus herramientas; la guardia no deja sus puestos. De hecho, el Señor condena a la guardia que falla en mantener la vigilancia, diciéndoles a los pastores de Israel:

Los centinelas de Israel son ciegos,

Ninguno sabe nada.

Todos son perros mudos que no pueden ladrar,

Soñadores acostados, amigos de dormir (Is 56:10)

Si los constructores se rehúsan a trabajar, nada se construye. Si la guardia abandona el muro, la ciudad queda en peligro. Si cualquiera de ellos trabaja sin Dios, trabaja y vela en vano. Saber que Dios trabaja por nosotros y en nosotros, nos inspira a trabajar duro genuinamente. El apóstol Pablo dice: «[…] estén firmes, constantes, abundando siempre en la obra del Señor, sabiendo que su trabajo en el Señor no es en vano» (1Co 15:58, [énfasis del autor]).

En el principio, «El Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el huerto del Edén para que lo cultivara y lo cuidara» (Gn 2:15) —edificar y velar—. Y, aún hoy, Dios llama a un hombre a edificar y a velar, ante todo en su propio hogar, luego en su iglesia y después más allá en el mundo que lo rodea. Dios nos ha dado la dignidad de llevar a cabo su edificación y trabajo protector en cualquier jardín donde Él nos haya puesto. ¿Cómo podríamos tomar ese trabajo a la ligera? Si Dios nos ha llamado a hacer esto y si Él promete terminar el trabajo decisivo por medio de nosotros, ¿cómo podríamos dejar nuestras herramientas al lado o abandonar el puesto?

Dios le dice a los constructores y a la guardia, a los esposos y a los padres, a los jefes y a los empleados de todo campo: «Todo lo que hagan, háganlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres» (Col 3:23, [énfasis del autor]). Los buenos hombres, los hombres amados por Dios, trabajan duro.

Trabaja duro en el hogar

Muchos hombres aman la carga del trabajo duro y podrían estar muy listos para lanzarse de cabeza a más horas, a más sudor, a más intencionalidad… en la oficina. El trabajo de primera importancia, sin embargo (al menos en el Salmo 127), es el trabajo en el hogar. Tanto a los constructores como a la guardia, el salmo declara:

Un don del Señor son los hijos,

Y recompensa es el fruto del vientre.

Como flechas en la mano del guerrero,

Así son los hijos tenidos en la juventud.

Bienaventurado el hombre que de ellos tiene llena su aljaba;

No será avergonzado

Cuando hable con sus enemigos en la puerta (Sal 127:3-5)

¿Cuál es el mensaje para los esposos y padres sobre el trabajo? No abandonen el preciado, exigente y poderoso trabajo productivo al que son llamados a llevar a cabo en el hogar. Noten cómo el salmo le habla directamente al hombre: «Bienaventurado el hombre…». Dios quiere que los hombres, en particular, sientan la maravillosa carga («del Señor») y el inmenso placer («recompensa es el fruto del vientre») de tener una familia y criar a la siguiente generación. Sin duda, las almas que Dios asigna a nuestros hogares merecen nuestro mejor trabajo, no las sobras.

Sentimos la tensión, incluso en el salmo, que muchos hombres sienten hoy. Tendemos a pensar que lo mejor, que los campos más fructíferos, que las prioridades más urgentes están en algún lugar allá afuera, en el campo de batalla donde se libra la guerra; en la puerta, donde las disputas eran juzgadas y los conflictos resueltos. Sin embargo, trabajar duro para criar hijos fieles hará a un hombre tanto más peligroso en el campo de batalla («como flechas en la mano del guerrero») y tanto más convincente en la puerta («no será avergonzado»). En la sabiduría de Dios, trabajar duro e invertir bien en el hogar hará a un hombre mucho más efectivo en todo otro lugar.

Algunos necesitan trabajar menos

Puesto que el Señor edifica la casa y vela por la ciudad, debemos ser inspirados a trabajar duro, comenzando por el hogar. Algunos hombres, sin embargo, necesitan ser aconsejados a trabajar (y a preocuparse) menos. Una evidencia de que no hemos rendido completamente nuestro trabajo a Dios es que nos rehusamos a cesar realmente nuestras labores.

Es en vano que se levanten de madrugada,

Que se acuesten tarde,

Que coman el pan de afanosa labor,

Pues Él da a su amado aun mientras duerme (Sal 127:2)

La vanidad en estos versículos es un ingrediente extremadamente importante para cualquier ética laboral saludable. Podemos trabajar muy duro y aun así terminar vacíos. Derek Kidner comenta: «No se trata simplemente de que nuestros proyectos fallarán —al menos tienen “pan” para mostrar—, sino que no llevan a ninguna parte. La casa y la ciudad podrían sobrevivir, pero ¿valió la pena construirlas?» (Psalms [Salmos], 477)[1].

Los hombres trabajan duro por todo tipo de razones, y muchas de ellas son mediocres, si es que no patéticas. La ambición y la vanidad egoístas son lo suficientemente fuertes para inspirar toda una vida de intencionalidad, creatividad y disciplina. Muchos hombres trabajan por largas horas en la noche y mucho antes de que salga el sol y con cada hora de diligencia que pasa ofenden a Dios. Su ética laboral lo devalúa, porque esta no lo necesita. Y las tentaciones son tan grandes como siempre, porque muchos de nosotros llevamos el trabajo a casa en nuestros computadores y teléfonos. Cualquier trabajo es en vano, sin importar cuán apasionada y diligentemente se realice ese trabajo, si estamos confiando en el yo. Es necesario que a algunos de nosotros se nos diga que confiemos en Dios lo suficiente para trabajar menos.

Algunos hombres se rehúsan a dejar de trabajar: ir a casa, cerrar el computador y dejar de lado el teléfono. No obstante, esto no se trata solamente de recostarnos y cerrar nuestros ojos. Esta advertencia se aplica tanto, o más, a aquellos de nosotros que nos acostamos, pero nos quedamos despiertos, preocupándonos (nuestras mentes todavía están trabajando febrilmente en todo lo que no se hizo hoy o en todo lo que hay que hacer mañana, en los problemas que no se resolvieron hoy o en los problemas que podrían surgir cuando nos despertemos). Si el pan representa la afanosa labor, nuestra mente puede convertirse en el horno más caliente y nuestra preocupación es en vano (Fil 4:6).

Jesús dice: «¿Quién de ustedes, por ansioso que esté, puede añadir una hora al curso de su vida?» (Mt 6:27). ¿Quién se preocupa por agregar una hora a su vida? Aquel que no puede terminar todo lo que quisiera hacer en un día, que se levanta temprano y se acuesta tarde (y duerme sin descanso entremedio). ¿Qué le dice Jesús a ese hombre? «[…] No se preocupen por el día de mañana; porque el día de mañana se cuidará de sí mismo […]» (Mt 6:34). El trabajo duro nunca satisfará nuestras necesidades más profundas ni resolverá nuestros problemas más intensos, pero Dios sí lo hará.

Rechazar a Dios es imprudente

La respuesta directa al trabajo excesivo, al menos en el Salmo 127, es simple: Dios da, a todo el que Él ama, descanso. ¿La manera en que vives, trabajas y descansas demuestra esa preciada realidad u oculta la sabiduría, la misericordia y el cuidado paternal en su regalo? Es peligroso y necio rechazar lo que Dios ha dado expresamente y de buena gana.

Nuevamente, Jesús extiende sus manos a aquellos que están esclavizados a sus innecesarias cargas:

Vengan a mí, todos los que están cansados y cargados, y Yo los haré descansar. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que Yo soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para sus almas (Mt 11:28-29).

Cuando nos rehusamos a descansar, rechazamos el infinito amor y la sabiduría del cielo. Nos rehusamos a seguir su plan, prefiriendo cualquier propuesta elaborada por nosotros mismos. Nos rehusamos a creer que Él sabe lo que es mejor para nosotros. Los hombres buenos trabajan duro, pero también duermen bien (dejando de lado enfermedades). Estos hombres no solo saben que pueden confiar a Dios todo lo que no pueden hacer o terminar, sino que saben que Él hace e imparte descanso y sueño intencionalmente para profundizar y mostrar su fe en Él.

Si edificas en la fuerza que Dios proporciona, Él edificará la casa que tú estás construyendo. Él velará sobre la ciudad que tú estás protegiendo. Puesto que Él es más sabio de lo que nosotros somos, sin duda Él dejará un par de cosas (o más) sin hacer que nosotros pensamos que debían estar terminadas, pero Él no dejará pasar ningún detalle, tampoco le dará mal uso a ningún trabajo que hayamos hecho por fe en Él.

Por lo tanto, trabaja duro con lo que se te ha dado, durante el tiempo que te sea dado y duerme un poco en el camino. Confía en que se hará la voluntad de Dios. Él logrará hacer todo lo que Él quiera que se haga por medio de ti.

Marshall Segal © 2020 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.

[1] N. del T.: traducción propia.

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Marshall Segal

Marshall Segal es escritor y el director editorial de desiringGod.org. Es autor de Soltero por ahora: la búsqueda del gozo en la soltería y el noviazgo (2018). Se graduó de Bethlehem College & Seminary. Él y su esposa, Faye, tienen dos hijos y viven en Minneapolis.
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