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Yo nací en la iglesia. Mis padres siempre me llevaron y siempre me gustó participar en todo tipo de actividad. Puedo decir que los mejores recuerdos de mi infancia y adolescencia están vinculados a mi vida en esa comunidad de fe. 

Lo rico de esa experiencia comunitaria se daba por razones que yo en aquel momento desconocía, pero que aun así lograba disfrutar. Yo no solo asistía a eventos, sino que sentía que era parte de algo. Mi fe fue forjada y desarrollada dentro de un contexto que entendía que la iglesia era la comunidad de los santos, donde todos los creyentes eran parte del mismo cuerpo espiritual y tenían acceso directo al trono de gracia por medio de Cristo. 

Eso significaba que tenía pastores y líderes que me guiaban, pero que, al igual que ellos, yo tenía el mismo acceso a Dios. Es más, me enseñaron mi deber y responsabilidad hacia el cuerpo, hacia los demás hermanos y amigos, porque la iglesia no era propiedad de alguien, sino de Cristo y en Cristo todos nosotros estábamos unidos. Tampoco existía alguien a quien yo debía obediencia ciega y absoluta bajo pena de ser lanzado al fuego del infierno. La única autoridad última era la Palabra y, por medio de ella, los líderes llamados por Dios para este oficio ejercían ese gobierno espiritual en nombre de Cristo. 

Esa experiencia personal con la iglesia, que yo y miles de personas actualmente también tienen, es resultado de la Reforma protestante, que, por medio de la Palabra, denunció los desvíos en cuanto al concepto de iglesia que se vivía en aquella época. La Reforma afirmó que la iglesia es la comunidad conformada por todos los creyentes, no solo por el clero. También trajo de vuelta la doctrina del sacerdocio universal, la que nos enseña que todos somos un reino de sacerdotes (1P 2:9) y que no necesitamos de la mediación de un cura o de la iglesia para que Dios reciba nuestras oraciones o perdone nuestros pecados, porque ya tenemos un único y suficiente mediador, que es Cristo. Además, por medio de la Reforma, recordamos que los sacramentos son solo dos: el Bautismo y la Santa Cena y, si bien son buenos, útiles y necesarios, no son un medio de salvación, de manera que la iglesia no puede vincular su ministración al destino eterno de las almas. 

Es evidente que la Reforma también provocó muchas diferencias en cuanto a la manera en la cual la iglesia debía organizarse y sobre detalles específicos relacionados a los sacramentos y a otros aspectos que terminaron formando distintos grupos, tales como luteranos, presbiterianos, anglicanos, bautistas, metodistas, entre otros denominados protestantes históricos. La diversidad en sí no fue un problema, sino más bien la expresión de la multiforme gracia de Dios que opera en su iglesia como Él bien entiende. 

Lo que nos debe llamar la atención son los desafíos y enseñanzas que la Reforma dejó para la iglesia en el siglo XXI. Los desafíos son grandes y la Reforma aún no termina:

1. La necesidad de la iglesia

Nuestra cultura es marcadamente individualista. El nivel de comodidad que obtuvimos ayudó a apartarnos en nuestras islas de entretención, razón por la cual muchos en nuestros días creen que pueden perfectamente ser creyentes en plenitud sin ningún compromiso con una iglesia local. El desprecio por la comunidad es un síntoma de la espiritualidad de consumo, donde lo comunitario solo es útil si es provechoso para mis intenciones personales. Con la Reforma protestante, se rescató el valor de la comunión, liberándola del secuestro clerical en la que se encontraba, al enseñar que la verdadera iglesia no tiene otra cabeza que no sea Cristo y que en Cristo estamos todos unidos. La Reforma nos enseñó a amar y a construir comunidad, porque esta ya no era esclava del rito muerto o del autoritarismo de los sacerdotes. La iglesia es una en Cristo, es Él quien construye ese cuerpo y es por medio de ese cuerpo que nos alimenta. Esta unidad no es simbólica, como lo era previo a la Reforma, sino que concreta, donde todos los creyentes tienen el privilegio y el compromiso de construir juntos la comunidad de la fe. Ya no se trata más de escuchar una homilía y recitar un rezo, ahora se puede aprender y enseñar la Escritura, servir y ser servidos, discipular, construir; ser efectivamente la iglesia de Cristo en el mundo. Debemos rescatar la belleza de ser comunidad, porque esa comunidad es absolutamente necesaria para una fe verdadera y verdaderamente sana.

2. La libertad de la iglesia

Por siglos la iglesia estuvo bajo la dominación papal. Esa estructura piramidal de poder no solamente se apropió indebidamente de la autoridad de Cristo, sino que también utilizó ese poder para conquistar control terrenal por medio de la opresión espiritual, física, económica y política. Cuando los reformadores se levantaron, ellos estaban enfrentando una poderosísima estructura de poder y control que dominaba a reyes, países y mentes en gran parte del mundo. Como ejemplo de esa dominación, las personas y las familias no podían tomar ninguna decisión sin el conocimiento o autorización del sacerdote de la parroquia (¿esto les suena a algo?). La ruptura de ese sistema maligno costó muchas vidas y mucho esfuerzo, pero trajo esperanza y transformación. La verdadera iglesia de Cristo es libre porque no tiene otro señor que no sea Cristo. Es Cristo y solamente Cristo, quien gobierna la iglesia por medio de su Palabra. Los ministros que Él levanta y establece actúan no para dominar, sino para servir al pueblo. Lamentablemente, a nuestro corazón carnal le encanta el caudillismo y anhela regresar a estructuras de dominación. Eso se da por dos razones: 

a. La comodidad: obedecer ciegamente a un líder es más fácil que asumir la responsabilidad de pensar, entender y aplicar el Evangelio personalmente.

b. La ambición por una porción de poder: aquellos que validan liderazgos absolutistas esperan gozar de su parcela de poder. Así que no es raro hallar sujetos que, sin influencia en la sociedad, encuentran en la iglesia un espacio para obtener poder y así validarse como individuos.

En nuestros días, aún se ve el caudillismo en las iglesias. Existen muchos que se apropian de una autoridad que no les corresponde y abusan espiritual y financieramente del pueblo de Cristo. Estos cuentan con el respaldo de aquellos que voluntariamente se someten a estos liderazgos narcisistas con la esperanza de ganar un pedazo de su pequeño reino. La Reforma nos enseña a condenar a todos aquellos que buscan apropiarse de la iglesia para ganancia personal y nos recuerda que la iglesia sana es aquella cuyos líderes son ejemplo de piedad y servicio y no dominadores del pueblo. La verdadera iglesia es libre de caudillismo y sierva de Cristo solamente.

3. El propósito de la iglesia

La Reforma fue un gran cambio de ruta para la iglesia. El cambio más significativo hizo referencia al mismo propósito de la iglesia. Debido a los siglos de desvíos, la iglesia se transformó en una máquina de poder y dinero. La gloria de la institución era el elemento controlador de todas las acciones; mientras más rica, más poderosa era la iglesia. Si bien podemos claramente condenar los abusos del pasado, vemos la historia repitiéndose en muchas iglesias evangélicas actualmente, seducidas por construir una institución de tamaño y grandeza que hace olvidar que el propósito real de la iglesia es vivir para la gloria de Cristo. Es muy fácil caer en la tentación de los grandes escenarios, multitudinarias audiencias, miles de seguidores y una gran estructura. El brillo de este mundo intenta cegarnos de la maravillosa gloria del Cordero. Eso, evidentemente, no afecta solo a las grandes iglesias, sino que también al corazón de muchos líderes de pequeñas iglesias que poco a poco se van acomodando a la idea de que una iglesia exitosa es la que brilla por su grandiosidad institucional. La iglesia existe por causa de Cristo y para la gloria de Cristo: su propósito no reside en existir para sí misma, sino en dar a Cristo la gloria porque grande es Él por sobre todas las cosas. La iglesia es el cuerpo de Cristo, creada no para acariciar nuestro ego, sino para guiarnos a la cruz, donde muere el yo y recibimos nueva vida.

La Reforma dejó grandes enseñanzas y desafíos para la iglesia, y debemos hacernos cargo de este legado. Los tiempos son malos, la tentación y los ataques de Satanás permanecen, pero sabemos que al final la iglesia de Cristo triunfará. Con los ojos puestos en el Cordero, vivamos siendo la iglesia necesaria y libre para la gloria de Dios.

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Amós Cavalcanti
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Amós Cavalcanti

Amós Cavalcanti está casado con Mariana Gualano. Actualmente sirve como pastor misionero en la plantación de la Iglesia Presbiteriana Pródigo en Valparaíso, Chile. Amós y Mariana son brasileños y a él le encanta el café y el fútbol.
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