volver

Es jueves, la noche anterior a la crucifixión de Jesús. Esta noche está llena de enseñanza (Jn 13-17): impactante por el lavado de pies realizado por el más grandioso para los de menos importancia (Jn 13:3-20); trascendental con la institución de la Cena del Señor (Mt 26:20-30; Mr 14:17-26; Lc 22:14-20), y crucial con la partida de Judas (Jn 13:30).

Jesús y los once se han ido al jardín de Getsemaní (Jn 18:1; Mr 14:32). Es aquí donde Jesús ora la oración más grande del mundo. Lo que pendía de un hilo era la gloria de la gracia de Dios y la salvación del mundo. El éxito de la misión de Jesús en la tierra dependía de su oración y de la respuesta que recibiría. Oró con reverencia y su ruego fue concedido.

La pregunta que me gustaría responder es la siguiente: ¿cómo se relaciona Hebreos 5:7 con la oración en Getsemaní? Hebreos 5:7 dice: «Cristo, en los días de su carne, habiendo ofrecido oraciones y súplicas con gran clamor y lágrimas al que lo podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente». Fue oído. Obtuvo su petición. ¿A qué se refiere esto en la vida de Jesús?

Gran clamor en el jardín

Nada en la experiencia de Jesús se acerca más a esta descripción que sus oraciones en Getsemaní. «Cristo […] habiendo ofrecido oraciones y súplicas con gran clamor y lágrimas» corresponde emocionalmente a Lucas 22:44: «Y estando en agonía, [Jesús] oraba con mucho fervor; y su sudor se volvió como gruesas gotas de sangre, que caían sobre la tierra». «Gran clamor y lágrimas» es la descripción de la «agonía» de Jesús.

¿Cuál fue el contenido de las «oraciones y súplicas» de Jesús en Hebreos 5:7? Si suponemos que el contenido fue «aparta de mí esta copa» (Mr 14:36); entonces, ¿qué significa que «fue oído a causa de su temor reverente» (Heb 5:7)? Hebreos enseña que, precisamente debido a su «temor reverente», Jesús «fue oído», es decir, recibió su petición.

Pero la copa no fue apartada. Jesús sufrió el dolor físico y la ira divina en su totalidad. Entonces, ¿en qué sentido Jesús «fue oído a causa de su temor reverente»?

Su primera oración y la ayuda del ángel

Tanto Mateo como Marcos describen a Jesús orando tres veces separadas, y volviendo cada vez donde Pedro, Santiago y Juan a quienes encuentra dormidos. Por otro lado, Lucas nos da una sola descripción resumida de las oraciones de Jesús, pero incluye un detalle que sugiere una respuesta a nuestra pregunta, concretamente, la visita del ángel.

Y se apartó de ellos como a un tiro de piedra, y poniéndose de rodillas, oraba, diciendo: «Padre, si es tu voluntad, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya». Entonces se apareció un ángel del cielo, que lo fortalecía. Y estando en agonía, oraba con mucho fervor; y su sudor se volvió como gruesas gotas de sangre, que caían sobre la tierra (Lucas 22:41-44).

Antes de que el ángel viniera a fortalecerlo, Jesús oró para que la copa fuera apartada (Lc 22:42). Luego vino el ángel «que lo fortalecía». ¿Lo fortalecía para qué? Probablemente, para que pudiera llevar a cabo lo que había venido hacer. Dicho de otra manera, el ángel fue la respuesta de Dios a la primera oración de Jesús. El ángel le lleva el mensaje de Dios diciendo que no hay otra manera, pero yo te ayudaré. No abandones tu misión ahora, a pesar de su temible perspectiva. Yo te ayudaré. Este es mi ángel que te fortalecerá.

Entonces, la pregunta es la siguiente: ¿cuál fue el contenido de las oraciones que siguieron? Lucas 22:44 dice: «Y estando en agonía, oraba con mucho fervor». ¿Significa esto que continuó diciendo «aparta de mí esta copa» aún con más fervor? Esa suposición no sería digna de Jesús. Entonces, ¿qué oraba? Y ¿es esta oración diferente a la que Hebreos dice que «fue oíd[a] a causa de su temor reverente»?

Jesús ora por segunda vez

Según Mateo, cuando Jesús se apartó de nuevo una segunda vez para orar, no pronunció las mismas palabras que la primera vez. En el primer momento, dijo: «Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa» (Mt 26:39). La segunda vez, dijo: «Padre mío, si esta copa no puede pasar sin que yo la beba, hágase tu voluntad» (Mt 26:42).

¿No deberíamos suponer que el ángel vino a Jesús la primera vez que oró, y le hizo evidente que, de hecho, no era posible que la copa se apartara de Él, pero que Dios lo ayudaría a beberla? Por eso es que, en su segunda oración, Jesús no pide que pase de Él la copa, sino que pide que se haga la voluntad de Dios dada la revelación de que la copa no será apartada: «Si esta copa no puede pasar sin que Yo la beba [lo que la venida del ángel me ha dejado en claro], hágase tu voluntad» [énfasis del autor].

Cuando Marcos dice en la segunda oración de Jesús que: «Él se fue otra vez y oró, diciendo las mismas palabras» (Mr 14:39 [énfasis del autor]), no contradice lo señalado, como si solo las mismas palabras hubieran sido pronunciadas las tres veces. «Las mismas palabras» pueden referirse simplemente a «hágase tu voluntad», lo que Jesús verdaderamente oró cada vez.

Si vamos por buen camino, entonces el contenido de las súplicas de Jesús después de que viniera el ángel no fue igual al anterior. No continúo orando «deja que pase de mí esta copa». Lo que dice es que «estando en agonía, oraba con mucho fervor» (Lc 22:44). Si no oraba fervientemente que la copa fuera apartada, entonces ¿por qué cosa estaba orando?

Su mayor acto de obediencia

Hebreos 5:7 dice: «Cristo, en los días de su carne, habiendo ofrecido oraciones y súplicas con gran clamor y lágrimas al que lo podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente» [énfasis del autor]. Si «librar de la muerte» no significa «aparta de mí esta copa», entonces ¿qué significa? Porque su petición fue ciertamente oída y recibida.

Jonathan Edwards responde:

Este era el más grande acto de obediencia que Cristo debía completar. Él ora por fortaleza y ayuda, que su pobre y frágil naturaleza humana fuera apoyada, que no fallara en esta gran prueba, que no fuera hundido y tragado, y su fuerza fuera sobrepasada que no pudiera soportar, y terminara su tarea.

[…] Temía que su pobre y frágil fuerza fuera sobrepasada, y de que fallara en esa gran prueba, que fuera tragado por esa muerte por la que tenía que morir, y así no ser salvado de la muerte; y por eso ofreció gran clamor y lágrimas a Aquel que podía fortalecerlo, y apoyarlo, y salvarlo de la muerte, que la muerte que iba a sufrir no sobrepasara su amor y obediencia, pero que Él pudiera sobrepasar esa muerte, y ser salvado de ella (La agonía de Cristo).

Jesús no siguió orando para que la copa fuera apartada. Continuó pidiendo que triunfara en beberla.

Cuando Pablo habla sobre la resurrección de Jesús: «Por lo cual Dios también lo exaltó hasta lo sumo» (Fil 2:9, [énfasis del autor]), el «por lo cual» se refiere a su obediencia inquebrantable hasta la muerte: «Y hallándose en forma de hombre, se humilló Él mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual […]» (Fil 2:8). Dios salvó a Jesús de la muerte porque fue obediente. Sus oraciones fueron contestadas.

La respuesta del Padre

Si Jesús no hubiera sido obediente hasta la muerte, Él hubiera sido tragado por ella para siempre y no habría resurrección ni salvación ni un mundo venidero lleno de la gloria de la gracia y de hijos de Dios. Jesús oró «al que podía librar de la muerte» para que lo librara de una muerte que no triunfara en su misión salvífica.

«Fue oído a causa de su temor reverente». Dios sí lo salvó de la amenaza que esa muerte representaba a su obediencia. Jesús sí triunfó. Hay salvación para todo aquel que cree, y habrá un mundo nuevo lleno de la gloria de la gracia y de hijos de Dios.

Todo eso se debe a la oración más grande del mundo. Toda esperanza del Evangelio triunfa gracias al fervor reverente en oración de Jesús y a la respuesta del Padre. «Y estando en agonía, oraba con mucho fervor […] y fue oído a causa de su temor reverente» (Lc 22:44; Heb 5:7).

Es evidente que, para cuando Jesús terminó de orar en Getsemaní, el Padre ya había dejado en claro que no había otro camino que no fuera la cruz, pero también que triunfaría. El Cordero recibiría su recompensa por su sufrimiento. «Él verá a su descendencia, prolongará sus días, y la voluntad del Señor en su mano prosperará. Debido a la angustia de su alma, Él lo verá y quedará satisfecho» (Is 53:10-11).

Sin dudas es por eso que Hebreos 12:2 dice: «Por el gozo puesto delante de Él soportó la cruz». Detrás del horror de la agonía presente estaba el sabor del gozo futuro. El ángel había venido a fortalecerlo aclarando, confirmando y conectando el gozo venidero.

John Piper © 2014 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. Traducción: Marcela Basualto
Photo of John Piper
John Piper
Photo of John Piper

John Piper

John Piper es fundador y profesor de desiringGod.org y rector de Bethlehem College & Seminary. Por 33 años, sirvió como pastor de la Iglesia bautista Bethlehem en Minneapolis, Minnesota. Es autor de más de 50 libros, dentro de ellos se encuentran: Sed de Dios: meditaciones de un hedonista cristiano, y más recientemente, Por qué amo al apóstol Pablo: 30 razones.
Otras entradas de John Piper
Si leemos nuestras Biblias, ¿por qué necesitamos escuchar sermones?
 
No necesitas más amor propio
 
Cinco maneras en que los pastores fallan
 
¿El estrés me hace más santa o más pecadora?