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Nunca olvidaré esa tarde. No puedo pensar en algún otro momento en el que haya quedado pasmado por una composición musical.

No recuerdo al compositor o al director, pero asistí a una función realizada por la Orquesta Sinfónica de Chicago. Compré una entrada para estar en primera fila y valió la pena. La música era poderosa, inquietante, asombrosa, inolvidable, irresistible y gloriosa, todo al mismo tiempo.

Hubo momentos en los que deseaba que esa noche nunca se terminara y momentos en los que quise levantarme y salir corriendo del salón del concierto. Hubo ocasiones cuando la música provocó que mi pecho resonara y momentos en los que me atraía con un susurro. Hubo momentos cuando la alegría musical chocaba con el miedo musical en una hermosa disonancia de sonido.

Cuando la función terminó, me sentí a la vez triste y agotado. Quería más, sin embargo, al mismo tiempo sentí que había tenido suficiente. No sabía por qué esta función en particular me había afectado tan profundamente hasta que miré el programa y vi el nombre de la composición. Decía: Dios, la palabra más extraordinaria que jamás se haya dicho.

Tratando de capturar la gloria

Lo que experimenté esa noche fue el intento de un compositor muy talentoso para capturar a Dios (en toda su maravillosa y multicolor gloria) en una sola pieza musical. En un sentido, fue un esfuerzo triunfante; en otro, un fracaso deprimente y vergonzoso.

Para cualquier ser humano pensar que pueden capturar la gloria de Dios en una sola afirmación artística es una ilusión en el mejor de los casos y banal en el peor de los casos. Meter lo infinito a la fuerza en lo que es finito es inmensamente más imposible que intentar meter el cuerpo completamente desarrollado de un elefante dentro de un dedal. No importa cuán dotado seas o cuánto lo intentes, ¡simplemente no sucederá! El compositor, el director y la orquesta lo habían hecho maravillosamente bien para estándares humanos, pero con su mayor esfuerzo, solo capturaron menos que una gota de un océano interminable que es la gloria de Dios.

La gloria no es una cosa, como un zapato, un buen trozo de carne, una vela o una casa de campo. Esos son artículos físicos particulares que podrían ser descritos tan cuidadosamente con palabras que inmediatamente te harías una imagen adecuada en tu mente de lo que se está hablando. Alguien podría dibujar un zapato o tomar una fotografía de una casa de campo y al verla puedes saber lo que era. Sin embargo, la gloria no es así.

No existe un solo dibujo, pintura, fotografía o descripción verbal que pueda capturar la gloria. La gloria no es una cosa como tampoco la descripción de una cosa. La gloria no es una parte de Dios; es todo lo que Dios es. Cada aspecto de quien es Dios y cada parte de lo que Dios hace es glorioso. No obstante, incluso, eso no es una descripción suficiente. No solo es glorioso en todo aspecto, ¡sino que su misma gloria es gloriosa!

¿Qué es la gloria?

Con muchas otras doctrinas en la Escritura, normalmente corremos hacia un par de pasajes por defecto que describen el asunto directamente, y sentimos que podemos irnos con una comprensión general de ese tema. No obstante, esa estrategia no funciona con la doctrina de la gloria de Dios, porque la gloria de Dios se encuentra por sobre y más allá de cualquier tipo de descripción y definición.

Puedes decir con seguridad que Dios es glorioso (tu Biblia declara que lo es), pero no puedes describir exacta y completamente con palabras la gloria que la Escritura declara. Quizás el único camino factible hacia algún entendimiento de lo imponente de la gloria de Dios es leer la Biblia completa de tapa a tapa una y otra vez, buscando la gloria divina. ¿Por qué? Porque la gloria de Dios no se define en su Palabra; no, su gloria es tan grande que salpica cada página de su libro.

Dicho eso, existen lugares donde la Escritura intenta definir la grandeza de la gloria de Dios con la pequeñez del lenguaje humano para que podamos obtener un destello de lo que es. Por ejemplo, el profeta Isaías, bajo la inspiración del Espíritu Santo, estira el lenguaje humano a su punto máximo de elasticidad con el fin de darnos un destello de la gloria de Dios. Él escribe: «¿Quién midió las aguas en el hueco de su mano…?» (Is 40:12).

Yo he hecho esto y sería una buena descripción gráfica que puedes intentar. Anda al fregadero, abre la llave de agua y ve cuánta agua puedes medir con la palma de tu mano antes de que empiece a derramarse. Entonces, ¡piensa en que tu Dios puede contener todo el líquido del universo en sus manos sin derramar una sola gota!

Isaías continúa: «[Él] pesó los montes con la báscula… Las naciones le son como gota en un cubo… Él es el que extiende los cielos como una cortina y los despliega como una tienda para morar [en ellos]» (Is 40:12, 15, 22).

El profeta está empleando descripciones gráficas incalculablemente enormes para ayudarnos a tener un vislumbre minúsculo de entendimiento de cómo es la gloria de Dios. Sin embargo, incluso estas descripciones muy pintorescas y útiles no alcanzan a capturar la asombrosa gloria de Dios.

Por tanto, cuando la Biblia habla de la gloria de Dios, ¿de qué está hablando? La doctrina de la gloria de Dios abarca la grandeza, la belleza y la perfección de todo lo que él es.

 En todo lo que él es y en todo lo que él hace, Dios es más grande que la descripción humana. Todo atributo y acción de Dios es maravillosamente hermoso en todo aspecto. Cada característica de Dios y cada logro de su mano son completamente perfecto. Esto es lo que queremos decir cuando hablamos sobre la gloria de Dios.

La asombrosa realidad de este universo es que existe Alguien que es más grande, más hermoso y más perfecto en toda forma. Dios es gloriosamente grandioso, gloriosamente hermoso y gloriosamente perfecto. No existe nadie como él; él no tiene rivales y no hay comparaciones válidas que se le puedan hacer. Él es el gran Otro, en una categoría propia de él mismo que va más allá de nuestra capacidad para calcular, entender o describir.

Cada parte de Dios es gloriosa en cada aspecto posible; no hay nada más que se pueda decir. Puesto que Dios es glorioso en todo aspecto, solo él permanece en este vasto universo como el único que es digno de adoración, entrega y amor de cada corazón humano.

¿Por qué importa la gloria?

Después de leer esto, podrías tener algunas preguntas. «Bueno, Paul, reconozco que Dios es glorioso y que su gloria es importante… pero ¿cómo?». Quisiera dedicar la segunda parte de este ensayo para hablar sobre la aplicación práctica.

A continuación, entrego seis implicaciones que la doctrina de la gloria tiene en nuestras vidas diarias:

1. Tú y yo somos diseñados para la gloria de Dios

Las personas son criaturas orientadas hacia la gloria; no así los animales. Las personas son atraídas a cosas gloriosas, ya sea una obra dramática emocionante o unos juegos deportivos, una cautivadora pieza musical o la mejor comida del mundo. Los animales viven por instinto y existen para sobrevivir. Nosotros vivimos por un diseño de gloria y perseguimos cosas mayores y mejores.

Dios construyó esta orientación hacia la gloria en nosotros; no es pecaminoso ni va contra la voluntad de Dios ser atraído a cosas gloriosas. Debido a esta orientación hacia la gloria, nuestras vidas siempre serán formadas por la búsqueda de algún tipo de gloria. Tú y yo siempre estaremos buscando algo para satisfacer el hambre de gloria con la que Dios diseñó que vivamos.

¿Cómo se vieron influenciadas tus decisiones de ayer por tu diseño de búsqueda de gloria?

 2. Dios creó este mundo glorioso para apuntar a su gloria

Dios nos puso intencionadamente en un mundo repleto de gloria. Desde los árboles hasta las flores y las montañas; desde el puré de papas hasta los filetes y las limonadas; desde las tormentas hasta los atardeceres y las nevadas (todas estas cosas fueron diseñadas por Dios para estremecer nuestros sensores de gloria). Sin embargo, es importante entender que a cada gloria creada Dios le dio el propósito de funcionar como un GPS espiritual que nos señala a la única gloria que satisfará nuestros corazones: la gloria de Dios.

Imagina tomar vacaciones familiares a Disney World, y a unos 48 kilómetros, ves una señalética al lado de la calle con el logo y el nombre del complejo turístico. ¡Sería tonto detenerse en la señalética y tener tus vacaciones familiares al lado de la calle! De igual manera sucede con la gloria de Dios en la creación: es solo una señal que te dirige a la fuente. No te detengas en la señal.

¿Qué puedes hacer para estar más consciente del mundo glorioso que Dios creó para que vivas?

3. Solo la gloria de Dios puede satisfacer el hambre de gloria en nuestros corazones

 Si dentro de nosotros existe un hambre por la gloria, entonces uno puede argumentar que todo lo que pensamos, deseamos, decimos y hacemos es hecho desde una búsqueda de gloria. Todos queremos lo que es glorioso en nuestras vidas (ya sea el glorioso placer momentáneo de una comida, la gloria de ser reconocido por pares o supervisores, o participar en la obra gloriosa del Reino de Dios aquí en la tierra).

El lugar donde busquemos la gloria puede variar, pero una cosa es segura: esta hambre por gloria nunca será satisfecha por cosas creadas. Incluso si pudieras experimentar las situaciones, las ubicaciones, las relaciones, las experiencias, los logros o las posesiones más gloriosas en esta vida, tu corazón aún no estaría satisfecho. La creación no tiene ninguna capacidad en lo absoluto de llevar contentamiento a tu corazón. Solo Dios puede saciar nuestra hambre y, al saciarla, da paz y descanso a nuestros corazones.

¿En qué lugares de la creación estás buscando satisfacer el hambre de gloria que solo Dios puede satisfacer?

 4. El pecado te convierte a ti y a mí en ladrones de gloria

El diseño original era que los seres humanos vivieran en un mundo glorioso y existieran en una perfecta armonía relacional con un Dios glorioso. Sin embargo, el pecado corrompió el diseño original, y ahora tú y yo tenemos el deseo de vivir para nosotros mismos (ver 2 Corintios 5:14-15).En lugar de vivir para la gloria de Dios, intentamos robar esa gloria para nosotros mismos.

Exigimos estar en el centro de nuestro mundo. Nos llevamos el crédito de aquello que solo Dios puede producir. Queremos ser soberanos. Queremos que otros nos adoren. Establecemos nuestro propio reino y castigamos a aquellos que quebrantan nuestras leyes. Nos decimos a nosotros mismos que tenemos derecho sobre lo que no merecemos y nos quejamos cuando no obtenemos lo que sea que queramos. Es un desastre de gloria.

¿Cómo has intentado robarle la  gloria a Dios esta semana?

5. Incorrectamente apuntamos con el dedo de la culpa y prolongamos nuestra disfunción de gloria

 Es tentador culpar por la guerra de gloria que se libra dentro de nosotros a elementos externos: si solo nuestra cultura no fuera tan perversa; si solo los medios de comunicación no promovieran prioridades pecaminosas; si solo nuestro gobierno estuviera más comprometido con la moralidad. Seguro, los factores externos son fuertes e influyentes, pero la guerra de gloria que se pelea dentro de nuestros corazones es lo que primero nos atrae a esos elementos externos.

Dentro del corazón de cada pecador hay una disfunción de gloria profunda y permanente. Vivir para la gloria del yo es más natural para nosotros que reconocer y vivir para la gloria de Dios. En nuestro autoengaño, nos decimos a nosotros mismos que realmente podemos satisfacer nuestra hambre al beber de pozos secos. Si queremos resolver nuestra disfunción de gloria, tenemos que llegar al corazón de la disfunción, que es, de hecho, nuestro corazón.

¿A quién has culpado por tu disfunción y cómo ha retrasado la cura?

6. Solo la gracia de Dios tiene el poder para curar nuestra disfunción de gloria

La realidad es que no podemos resolver nuestra propia disfunción de gloria. Muchos han intentado; ninguno ha tenido éxito por sí mismo. Nuestra única esperanza es que el Dios de la gloria invada nuestras vidas y nos rescate. No obstante, no nos rescata de la cultura, de los medios de comunicación o el gobierno; no, él necesita rescatarnos de nosotros.

Es por esto que Jesús vino a la tierra, vivió justamente en nuestro lugar, murió por nuestra disfunción, luego resucitó conquistando el pecado y la muerte. En sublime gracia, Jesús voluntariamente vino en una misión de rescate de gloria y, porque lo hizo, hay esperanza para nosotros. Cuando admitimos nuestro robo de gloria y cuando clamamos por ayuda para nuestra disfunción, finalmente podemos ser libres de la búsqueda de gloria terrenal que nunca satisface  y vivir para siempre a la luz de la gloria satisfactoria de Dios.

¿Cuándo fue la última vez que admitiste tu disfunción de gloria de manera específica y pediste la gracia rescatadora de Dios?

Verás, solo existe Uno en el universo que es supremo en gloria, supremo en grandeza, supremo en belleza y supremo en perfección, y él es todas estas cosas en todo lo que es y en todo lo que hace. Dios no tiene inconsistencias de gloria y no tiene rivales de gloria. Todo viene de él, todo sigue existiendo por medio de él y todo fue hecho para él (ver Romanos 11:36).

Vivir a la luz de la doctrina de la gloria de Dios no es solo sobre ser espiritual; es sobre recapturar tu humanidad, pues así es como cada ser humano fue diseñado para vivir.

Este recurso proviene de Paul Tripp Ministries. Si deseas recursos adicionales, visita su sitio web. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda
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Paul Tripp

El Dr. Paul David Tripp es pastor, conferencista internacional y autor de libros éxito de ventas y ganadores de premios. Es el director de Paul Tripp Ministries. Con más de 30 libros y series en video, la pasión que mueve a Paul es conectar el poder transformador de Jesucristo a la vida cotidiana.
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