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Una de mis frases favoritas del libro La Lección de Augusto dice: «No se trata de ver quién tiene la razón, sino se trata de ser amable». Lo malo es que cuando estoy en una discusión parece que ser amable pasa a un segundo plano. Y si eso ya está mal de por sí, lo peor viene después, cuando empiezo a analizar mi comportamiento. Verdaderamente no soy amable conmigo misma cuando fallo.

Soy experta en la autoflagelación. No necesito instrumentos de tortura del tiempo de la inquisición. Mi mente tiene municiones más potentes. Quienes me conocen bien, saben que cuando cometo algún error soy la primera en condenarme. Y sí, tristemente también soy la última en perdonarme. Tengo la mala costumbre de hacer una autopsia de mis errores, bueno, quizás más de una, y al hacerlo, cualquier rastro de amabilidad queda enterrada muy por debajo de la culpa que me impongo.

Es verdad que uno aprende de los errores, y estaría errada al pensar que es malo reconocer cuando uno se equivoca. Pero, creo que este sentimiento de carga continua, o de pesar que me acompaña (y quizás a ti también) no es saludable. Lo que es más, creo que responde a un mal entendimiento de nuestra identidad. Pero, ¡no quiero causarte más culpa! Más bien deseo  proponerte echarle un vistazo al modelo que nos lleva a sentirnos de esa manera y tal vez, a poner más atención en lo que Cristo ha hecho y hace por nosotros.

En primer lugar, la culpa en sí no es mala. Algo se remueve en el interior del cristiano cuando hacemos algo que no debiéramos. Muchas veces nos hace falta sabiduría y otras, más bien recato. El sensor de la culpa nos lleva al arrepentimiento, y en un escenario ideal, a elevar nuestros ojos al cielo y a pedirle perdón a Dios por haber hecho algo que no le agrada. Así, inmediatamente después, nos permite recibir la misericordia divina y con ese perdón seguir adelante.

Sin embargo, cuando en lugar de correr hacia Dios hundimos nuestra cabeza en el pozo de las faltas cometidas, tendemos a escuchar a la voz errada. Ese susurro acusador que nos dice que fallamos de una manera imperdonable. Lo que es peor, que todos se darán cuenta del fraude que somos. Ese sonido sigiloso nos lacera con la burla y los «hubieras…» y que nos recuerda cuán falibles somos. Esa voz que nos regresa a la meritocracia y que busca más que la aceptación de Dios, la aceptación de los hombres.

Hay también un personaje extra en la ecuación y ese es Satanás. ¿De quién más vendría esa voz que nos hace escondernos o pensar que no hay posibilidad de perdón? Es él quien nos acusa y alienta cuando nos castigamos una y otra vez. El padre de toda mentira hace que desviemos los ojos de nuestro Salvador y que omitamos confesar porque pensamos que lo que hemos hecho no tiene perdón, o bien porque quizás podamos enmendarlo sin tener que confesar. De una u otra forma, lo que este individuo nos dice puede llevar a paralizarnos o a caer en el legalismo.

Que diferente sería nuestra perspectiva si recordáramos quién es Dios y quiénes somos nosotros. Porque si prestamos oídos a su palabra veríamos que en este mundo todos pecamos y estamos destituidos de la gloria de Dios (Ro 3:23). Y ese todos, nos incluye también a nosotras, que por más que tratemos de aparentar, no somos perfectas.  Pero hay más, para quienes estamos en Él, ¡ya no hay condenación! (Ro 8:1), y esto es porque a pesar de fallar, tenemos acceso a quien creó el Universo. Quien nos creó a nosotros y quien por gracia decidió abrir las puertas del cielo para ti y para mí.

Cuando desechamos el perdón de Dios y nos concentramos únicamente en ver lo que nosotros podemos hacer, nos sentimos derrotadas. Esto es porque en lugar de buscar el descanso en la gracia de Dios, revisamos nuestros errores tratando de descifrar un sistema que funcione bajo nuestra sabiduría y caemos en una terrible ansiedad. Un desasosiego que sólo puede ser tranquilizado por Dios. Al tratar de seguir valiéndonos de nuestros propios esfuerzos, logramos solamente cansancio e impotencia al no poder cambiar de inmediato lo que echamos a perder.

Como dice Ed Welch, «La culpa junto al sacrificio único de Cristo en nuestro favor y la culpa junto a la confesión diaria y limpieza (interna)[1] es llenura de vida». Si reconocemos quién es el Rey y que gracias a Él vivimos, podremos dejar a un lado la bata de forense y caminar en libertad, regocijándonos al saber que somos un trabajo en marcha, una obra sin terminar, pero esperanzados en la promesa que dice que, llegará el día en que no tengamos que avergonzarnos más de nuestras rebeliones (Sof 3:11). Ese día verdaderamente llegará.

John Stott dijo: «Una conciencia culpable es una gran bendición, pero sólo cuando nos conduce a casa». Si la culpa que cargamos nos aleja del hogar, creo que es tiempo de que dejemos atrás el bote de la autocompasión y la vanagloria y caminemos en la arena junto a nuestro Salvador. Seamos amables y misericordiosas cuando en la vida volvamos a fallar y no olvidemos buscar  la aceptación  solo en Dios.

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[1] Welch, Ed, Sept. 5, 2017 in https://www.ccef.org/topic/guilt/ -Ahi el hace alusión a la limpieza de los pies, que se encuentra en Juan 13:10.

Photo of Ellelein Kirk
Ellelein Kirk
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Ellelein Kirk

Ellelein Kirk es esposa y madre de dos chicos geniales. Le encanta discipular y enseñar a mujeres a través de la palabra escrita y por medio de charlas. Junto a su esposo plantaron la Iglesia Anglicana Pablo Apóstol en Valparaíso, Chile, y fueron misioneros en ese país desde el 2005-2018. Actualmente trabaja medio tiempo como Gerente de Operaciones en la fundación cristiana The Latimer Trust y sirve junto a sus esposo en la Iglesia Anglicana St. Michael’s en Gidea Park, Inglaterra. Su deseo es que más personas vivan, se deleiten y le den gloria a nuestro maravilloso Dios.
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