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En el otoño europeo de 1539, Juan Calvino le escribió a Sadoleto, un cardenal italiano que buscaba recuperar Ginebra para la Iglesia católica romana: «[tu] celo por la vida celestial [es] un celo que mantiene al hombre completamente devoto de sí mismo, y, ni siquiera en algo, lo estimula a santificar el nombre de Dios». Él continúa diciendo que Sadoleto debe «poner frente [al hombre], como el primer motivo de su existencia, un fervor por reflejar la gloria de Dios» (Juan Calvino: Selections from his writings [Juan Calvino: selección de sus escritos], 89).

Esta sería la bandera adecuada para toda la vida y obra de Calvino: un fervor por reflejar la gloria de Dios. El significado esencial de la vida y de la predicación de Calvino es que él recuperó y encarnó una pasión por la verdad absoluta y la majestad de Dios.

Dominado por la majestad

Calvino nació el 10 de julio de 1509, en Noyon, Francia, cuando Martín Lutero tenía 25 años y acababa de comenzar a enseñar la Biblia en Wittenberg. El mensaje y el espíritu de la Reforma no llegarían a Calvino por veinte años y, mientras, él dedicó sus primeros años de adultez al estudio de la teología, la ley y los clásicos medievales.

Sin embargo, para 1533, algo dramático había ocurrido en su vida por medio de la influencia de la enseñanza de la Reforma. Calvino relata cómo él había estado luchando para vivir la fe católica con fervor cuando «Dios, por medio de una repentina conversión, sometió y llevó mi mente a un marco enseñable… así habiendo recibido una muestra y un conocimiento de la verdadera piedad, inmediatamente fui avivado con [un] intenso deseo de progresar» (John Calvin: Selections from his writings [Juan Calvino: selección de sus escritos], 26).

De pronto, Calvino vio y probó en la Escritura la majestad de Dios. Y, en ese momento, tanto Dios como la Palabra de Dios fueron tan poderosamente reales en su alma que se convirtió en el siervo amoroso de Dios y de su Palabra por el resto de su vida.

El pastor ginebrino

Calvino sabía qué tipo de ministerio quería: el disfrute de la facilidad literaria, para que él pudiera promover la fe reformada como académico. Pero Dios tenía planes radicalmente diferentes.

Después de escapar de París y finalmente dejar completamente Francia, Calvino tenía la intención de ir a Estrasburgo para tener una vida de pacífica producción literaria. No obstante, mientras Calvino pasaba la noche en Ginebra, Guillaume Farel, el acalorado líder de la Reforma en esa ciudad, supo que él estaba ahí y lo buscó. Fue una reunión que cambió el curso de la historia, no solo para Ginebra, sino que para el mundo. Calvino recordó:

Farel, quien ardió con un fervor extraordinario por el avance del Evangelio, inmediatamente descubrió que mi corazón estaba dispuesto a dedicarme al estudio personal, …y al encontrar que no ganaba nada por medio de súplicas, él continuó pronunciando una imprecación de que Dios maldeciría mi retiro y la tranquilidad de los estudios que yo buscaba, si me retiraba y me rehusaba a prestarle ayuda, cuando la necesidad era tan urgente. Por esta imprecación, fui tan afligido con terror que desistí del viaje que había emprendido.

El curso de su vida había cambiado irrevocablemente. Nunca más Calvino trabajó en lo que él denominaba la «tranquilidad de los estudios». Desde ese momento en adelante, cada página de los 48 volúmenes de libros, tratados, sermones, comentarios y cartas que escribió serían aplastadas en el yunque de la responsabilidad pastoral. Por los próximos 28 años (aparte de una interrupción de dos años), Calvino se dio a sí mismo a exponer la Palabra, para exponer la majestad de Dios en la Escritura a su rebaño ginebrino.

La gloria recuperada

La necesidad de la Reforma era fundamentalmente esta: Roma había «destruido la gloria de Cristo en muchas maneras» (Portrait of Calvin [El retrato de Calvino], 113). Según Calvino, la razón por la que la iglesia fue «llevada por muchas doctrinas extrañas» era «porque nosotros no percibimos la excelencia de Cristo» (Portrait of Calvin [El retrato de Calvino], 66). En otras palabras, el gran guardián de la ortodoxia bíblica a lo largo de los siglos es una pasión por la gloria y la excelencia de Dios en Cristo.

El asunto no es, primero, los puntos conocidos de fricción de la Reforma: la justificación, los abusos sacerdotales, la transubstanciación, las oraciones a los santos y la autoridad papal. Debajo de todos ellos —todas en riesgo para Calvino—, se encuentra el asunto fundamental de si la gloria de Dios estaba brillando en su plenitud o si de alguna manera estaba siendo apagada. Desde el comienzo de su ministerio hasta el final de su vida, la estrella que guió su visión era la centralidad, la supremacía y la majestad de la gloria de Dios.

Descubriendo los tesoros de la Escritura

Geerhardus Vos argumentó que este enfoque en la gloria de Dios era la razón por la que la tradición reformada tuvo éxito más completamente que la tradición luterana en «dominar el rico contenido de la Escritura». Ambas habían sido «moldeadas por la Escritura», pero había un diferencia:

Debido a que la teología reformada se aferró a la Escritura en la raíz de su idea más profunda, se encontró en una posición para trabajarla más profundamente desde su punto central y permitió que cada parte de su contenido fuera valorada. Esta raíz de idea que sirvió como la llave para abrir los ricos tesoros de la Escritura era la preeminencia de la gloria de Dios en la consideración de todo lo que ha sido creado (Shorter Writings [Escritos más breves], 243).

El verdadero genio de Ginebra no era la mente de Juan Calvino, sino su pasión por la gloria de Dios. Cada generación necesita descubrir los tesoros de la Escritura para los peligros peculiares y las posibilidades de su propio tiempo. Nuestra generación lo necesita tanto como cualquiera. Creo que solo haremos esto bien si somos profunda y alegremente dominados por la mayor realidad que revela la Escritura: la majestad de la gloria de Dios.

John Piper © 2017 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.