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Quiero que sepáis, hermanos, que el evangelio que fue anunciado por mí no es según el hombre. Pues ni lo recibí de hombre, ni me fue enseñado, sino que lo recibí por medio de una revelación de Jesucristo. (Gálatas 1:11-12)

«Imagina que no hay un cielo . . . ni un infierno . . . Es fácil si lo intentas». Así cantó John Lennon, y tenía razón en decir que es fácil. La mente humana es capaz de imaginar toda clase de cosas, y ciertamente son muchos los que, así como Lennon, han imaginado mundos ajustados a sus fantasías individuales. Tanto nos fascina visualizar otros mundos que estamos incluso dispuestos a pagar por ello, y como lo atestiguan el cine y la literatura, hay, a su vez, quienes se ganan la vida vendiendo las ilusiones que otros disfrutan.

Pablo, en un sentido, fue acusado de explotar esta misma veta. Para muchos, el evangelio que predicaba hacía las cosas demasiado fáciles, y por lo tanto, queriendo desacreditarlo, aparentemente lo acusaron de predicar lo que los paganos querían oír —en buenas cuentas, un evangelio que le hiciera popular—.

El apóstol se defiende de esto (o más bien defiende al evangelio), y su enfática afirmación es que no está predicando una invención humana. Previamente ha pronunciado una maldición que caería incluso sobre sí mismo en caso de predicar un evangelio falso, y luego ha insinuado que, si quisiera ganarse el favor de los hombres, ser siervo de Cristo no le ayudaría —lo que esto le generaba era, más bien, problemas—.

Así que Pablo, a continuación, añade una aclaración sobre el origen de su mensaje, y lo impactante es que no sólo niega haber sido instruido por humanos, sino que pone a Cristo en persona como su instructor particular: «lo recibí por medio de una revelación de Jesucristo» (1:12).

No es con liviandad, sin embargo, que Pablo se atribuye credenciales como estas. No es una licencia que se da para tomar decisiones sobre el contenido del mensaje: él es siervo de una verdad inalterable, y es por esta causa que reacciona con vehemencia.

Hoy en día, la seriedad con que Pablo consideraba el origen de su mensaje debería asegurarnos que él no estaba dispuesto a permitirse imprecisiones. ¿Somos nosotros igual de cuidadosos? ¿Estamos conscientes de que concebir mal el evangelio es entrar en conflicto con su autor divino, y así, anular su propósito —ponernos en buena relación con Él—?

No podemos malentender esto. Si nuestro objetivo es agradarlo a Él, el criterio para definir el evangelio no puede ser «lo que a mí me gusta» sino el camino que Él ha revelado. Estudiemos bien el evangelio, y asegurémonos de comunicarlo con exactitud.

Cristian J. Morán

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