volver

Pablo, apóstol (no de parte de hombres ni mediante hombre alguno, sino por medio de Jesucristo y de Dios el Padre que le resucitó de entre los muertos) . . . : A las iglesias de Galacia. (Gálatas 1:1-2)

«Si te parece irracional dejar la salud de tu cuerpo en manos de médicos falsos, ¿por qué habrías de dejar la salud de tu alma en manos de quienes no conocen ni poseen la medicina que ella requiere?»

Así han enfatizado algunos la importancia de que los maestros cristianos estudien dedicadamente la Palabra de Dios, y a eso podríamos añadir que, sin verdaderamente conocerla, en realidad no tendrían autoridad alguna para estar al cuidado de las almas.

Al iniciar esta serie de devocionales basados en la carta de Pablo a los Gálatas, es importante meditar en el origen del mensaje predicado por el apóstol. Luego de que éste abandonara la región (tras dar a conocer el evangelio), hubo quienes cuestionaron su mensaje, y como una forma de sembrar más dudas, cuestionaron incluso al mensajero («¿Quién es Pablo, al fin y al cabo?»).

Pablo responde con una enérgica carta en donde comienza estableciendo por qué su predicación exige ser escuchada (a diferencia del mensaje de sus oponentes que —siguiendo nuestra analogía inicial— eran como «médicos fraudulentos»).

¿Por qué Pablo tenía autoridad para predicar? No la tenía por estar convencido; tampoco por ser sincero; y ni siquiera porque lo hubiese contactado algún otro de los apóstoles. Pablo tampoco se había autodesignado, sino que había sido llamado por Cristo, quien tiempo atrás lo había comisionado en persona (tal como, alguna vez, lo hiciera con los doce).

El apóstol que escribe esta carta, entonces, escribía en nombre de Cristo («y de Dios el Padre que le resucitó de entre los muertos» — 1:1).

¿Qué implica esto hoy —considerando que ya no existen esos apóstoles «con mayúscula», designados personalmente por Cristo—? ¿Cómo podemos asegurarnos de creer en el evangelio que ellos predicaron?

Dios tomó la precaución de que su Palabra fuese puesta por escrito y, así, darnos acceso al mensaje autentificado por Cristo. Actualmente, quienes reclaman tener autoridad apostólica son muchos, pero sólo podrán exhibirla aquellos que, predicando fielmente la Escritura, demuestren estar en línea con los voceros que Cristo designó. Sólo a ellos debemos atender, y por medio de ellos, prestaremos oído al Señor.

Cristian J. Morán

Cristian J. Morán

Cristian Morán
Otras entradas de Cristian J. Morán
¿De qué se trata esta sección?
 
RESEÑA: CUANDO EL JUEGO TERMINA TODO REGRESA A LA CAJA
 
Gálatas
 
RESEÑA: ESPERANZA SIN LÍMITES