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Lo que eran, nada me importa; Dios no hace acepción de personas. (Gálatas 2:6)

Es innegable que, a menudo, nuestra relación con las demás personas refleja una tendencia a clasificarlas asignando más valor a unas que a otras. Esto puede suceder en el hogar, puede suceder en el trabajo, y —para nuestra mayor vergüenza— también puede suceder en la iglesia. Ciertas personas reciben un trato más deferente que otras, y esto no sólo basado en sus características personales, sino muchas veces en la posición que ocupan.

La iglesia del primer siglo no estuvo ajena a esto, y el texto de hoy revela cuál fue la respuesta de nuestro apóstol a dicha situación. Los «falsos hermanos» estaban insinuando que Pablo debía obediencia a los líderes de Jerusalén, pero él no sólo desestima esta idea, sino que va incluso más lejos: sugiere que, aun en el trabajo de la iglesia, «Dios no mira caras» (traducción más aproximada al original).

Esto resulta sorprendente. Esperaríamos que Pablo dedicara una gran energía a establecer que él se encuentra al mismo nivel que el resto de los apóstoles, pero no sólo se abstiene de hacerlo, sino que llega incluso a insinuar que ser apóstol no confiere una dignidad superior a la de quienes sirven en otras posiciones.

¿Cómo es esto posible? ¿No eran los apóstoles, acaso, quienes habían estado con Jesús? ¿No eran ellos algo así como sus «sucesores»?

Efectivamente habían estado con Jesús y recibido una misión especial, pero esto era muy diferente a decir que dicha misión les confería una dignidad mayor. Pablo desea combatir esta percepción, y con ese fin llega al extremo de evitar insistentemente la atribución de una autoridad especial a los líderes de la iglesia en Jerusalén. Se refiere a ellos como «los que tenían alta reputación» (v. 2), «aquellos que tenían reputación de ser algo» (v. 6) y «[los] que eran considerados como columnas» (v. 9). En otras palabras, es como si hubiese dicho: «Para el fin que yo buscaba, era irrelevante el título que tuviesen». El apóstol no buscaba ser validado, sino generar un frente unido en la lucha contra los enemigos del evangelio.

Sin embargo, es evidente que la reflexión de Pablo («Dios no hace acepción de personas») tiene un alcance mucho más amplio: En la obra de Dios no hay caras más importantes que otras. ¿No es esto sorprendente —y quizás, para algunos, casi chocante—? No importan los cargos ni las trayectorias; no importa el origen ni la condición. Nosotros solemos dar importancia a esas cosas, pero para Dios no constituyen una escala de dignidad. ¡Qué animante debería ser esto, que ante Dios todos somos valiosos! Nos alienta, de un lado, pero también es cierto que nos desafía: ¿Somos nosotros un reflejo de Dios en esto? ¿Le damos un buen trato a cada miembro de la iglesia, o tratamos a algunos con más respeto que a otros? Al concluir esta lectura, detengámonos un momento para reflexionar y pedirle a Dios que erradique de nuestro corazón esos favoritismos indeseables. Dios nos da un ejemplo clarísimo, y nuestro deber inescapable es imitarlo con prontitud.

Cristian J. Morán

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