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Pero ni aun Tito, que estaba conmigo, fue obligado a circuncidarse, aunque era griego. Y esto fue por causa de los falsos hermanos . . . que se habían infiltrado para espiar la libertad que tenemos en Cristo Jesús, a fin de someternos a esclavitud, a los cuales ni un momento cedimos . . . a fin de que la verdad del evangelio permanezca con vosotros. (Gálatas 2:3-5)

Hasta aquí sólo hemos hecho una alusión general a la oposición que Pablo enfrentó, pero antes de avanzar es necesario aclarar en qué consistió.

A medida que más y más gentiles creyeron las buenas noticias de la salvación por fe en Jesucristo, ciertos judíos cristianos levantaron la voz para exigir que dichos gentiles no fuesen considerados parte del pueblo de Dios sin antes circuncidarse. Una parte de estos judíos acabaría por comprender que Dios también había obrado en los gentiles (Hechos 11:1-18), pero quienes no lo hicieron se convirtieron en activos opositores a la misión que estaba llevando el evangelio al resto de las naciones.

Es a ellos (conocidos como «judaizantes») que Pablo debe enfrentar y ante quienes decide tomar medidas. Ellos continuaban ejerciendo presión sobre el liderazgo de Jerusalén, y el apóstol, determinado a defender el evangelio, utiliza su visita a dicha ciudad para enviarles una fuerte señal: Cero concesiones.

Tito, que acompañaba a Pablo y era un cristiano griego, estaba naturalmente en la mira de quienes promovían la circuncisión. Pablo, a ojos de ellos, habría recibido una gran lección si Tito hubiese sido obligado a circuncidarse, pero en lugar de eso, el apóstol pudo decir triunfalmente: «ni aun Tito, que estaba conmigo, fue obligado a circuncidarse».

Es importante que consideremos la actitud de Pablo. En la sección de ayer nos fijamos en su compromiso con el progreso del evangelio, pero hoy observamos el celo con que lo defendió de quienes intentaron hacerle ajustes. ¿Cuál fue su respuesta? «…ni un momento cedimos . . . a fin de que la verdad del evangelio permanezca con vosotros».

No era, por tanto, una cuestión menor. Lo grandioso del evangelio es que Dios sólo nos pide descansar en los méritos de Jesucristo para ser salvos, pero, al añadir requisitos, los «falsos hermanos» estaban destruyendo la libertad proclamada gracias a la obra exclusiva de nuestro Señor.

¿Cuál es nuestra propia actitud ante estas amenazas? ¿Estamos permitiendo que el evangelio sea destrozado únicamente porque, en nuestra cobardía, preferimos evitar conflictos que, tratándose del evangelio, debemos estar dispuestos a enfrentar?

Con ciertas variaciones, en cada época han existido personas que han convertido la salvación en una cuestión de seguir reglas. ¿Cómo responderemos ante ellas? ¿Está nuestra pasividad convirtiéndonos en cómplices y responsables de que «la verdad del evangelio» desaparezca? Dios no permita que eso suceda. Armémonos de valor y protejamos con energía la preciosa libertad que Jesucristo compró para nosotros con su sangre.

Cristian J. Morán

Cristian J. Morán

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