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Subí por causa de una revelación y les presenté el evangelio que predico entre los gentiles, pero lo hice en privado a los que tenían alta reputación, para cerciorarme de que no corría ni había corrido en vano. (Gálatas 2:2)

«El jefe quiere hablar contigo». ¿Has tenido alguna vez la ocasión de escuchar esa frase? Me atrevería a decir que, cuando alguien la pronuncia, genera casi invariablemente un grado no menor de inquietud. El subalterno aludido se hace preguntas, y quienes están alrededor empiezan a pensar: «Algo malo hizo».

Pablo, por lo que logramos entrever en su carta, fue víctima de comentarios como este último por parte de aquellos que querían desprestigiarlo. Tiempo atrás había viajado a Jerusalén para reunirse con los líderes de la iglesia en esa ciudad, y valiéndose de eso, ahora sus detractores insinuaban que había sido llamado para rendir cuentas como quien va ante un superior.

El apóstol descarta esto desde el comienzo: «Subí por causa de una revelación». Es como si dijera: «Si alguien cree que fui a Jerusalén en obediencia a los líderes de dicha iglesia, está equivocado. Mi único jefe es Dios, y sólo subí porque Él me reveló que era necesario».

Y así exactamente era. El apóstol se reunió con los líderes, pero aquí ni siquiera los menciona atribuyéndoles títulos, sino aludiendo, más bien, a la percepción que se tenía de ellos en la congregación local.

Pablo, a continuación, establece el objeto final de la reunión, y es importante comprender, una vez más, que su idea no era rendir cuentas ni conseguir algún tipo de autorización. Su preocupación era cuidar el progreso del evangelio, y para ello, debía asegurarse de que la iglesia en Jerusalén (considerada especialmente prominente por algunos) no fuese a dar algún paso que destruyera el trabajo de Pablo entre los gentiles. Era importante, de este modo, que todos estuviesen en sintonía: los enemigos del evangelio estarían atentos para sacar partido aun de la menor vacilación.

Pablo, de esta manera, da claras muestras de que su preocupación principal era agradar a Dios (quien lo había enviado a Jerusalén) y hacer lo que estuviese a su alcance para cuidar y facilitar el avance del evangelio. Cada gesto o palabra debía considerar esta prioridad.

¿Es diferente hoy en día? ¿Estamos exentos de esta responsabilidad? Debemos reconocer que no. Es evidente que ciertas cosas han cambiado (Pablo ya demostró que, por fe en Cristo, tanto los judíos como los gentiles tienen igual acceso a la salvación), pero necesitamos entender que, tal como en el primer siglo, lo que hacemos o decimos tiene un impacto. Es Dios quien garantiza la eficacia del evangelio, pero en el plano humano Él difunde su mensaje por medio de sus instrumentos que somos nosotros. ¿Estamos siendo instrumentos útiles? ¿Estamos haciendo fácil la propagación de su evangelio? En este día, tomemos un momento para meditar en qué cosas podríamos hacer mejor, y qué ajustes, con la gracia de Dios, haremos para permitir que las buenas noticias lleguen a más personas.

Cristian J. Morán

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