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todavía no era conocido en persona en las iglesias de Judea que eran en Cristo; sino que sólo oían decir: El que en otro tiempo nos perseguía, ahora predica la fe que en un tiempo quería destruir. Y glorificaban a Dios por causa de mí. (Gálatas 1:22-24)

Probablemente lo más irónico en la muerte de Gaudí, arquitecto de la famosa Sagrada Familia en Barcelona, fue el hecho de que, tras ser atropellado por un tranvía, no recibió atención médica oportuna ya que su aspecto descuidado le hizo pasar por un mendigo. Su nombre era asociado a una obra admirable, pero su rostro, por el contrario, no gozaba de la misma fama.

Al llegar al final del primer capítulo de Gálatas, Pablo nos cuenta que —como en el ejemplo anterior— su persona no era tan conocida como los hechos asociados a su vida. Hasta aquí ha señalado que casi no había tenido contacto con Jerusalén, y una muestra de ello era que los creyentes de la región no le conocían en persona.

Lo que conocían bien, sin embargo, era el gran cambio que había vivido. Habiendo sido nada menos que una amenaza mortal para la iglesia, se había convertido en un promotor y defensor de la fe que la hacía vivir. ¿Cómo había sucedido esto?

Dios era el responsable. No era Pablo (como él mismo lo ha dicho) quien había decidido cambiar, sino que Dios, soberanamente, había convertido su corazón y lo había comisionado para ser apóstol —¡nada menos!—.

¿Puedes imaginar el impacto que causó esta noticia en los creyentes de la época? Un día huyen de Pablo como quien escapa de un tigre, y repentinamente, no oyéndose más rugidos furiosos, se dan vuelta para encontrarse únicamente con un tierno gatito que ronronea.

Indudablemente deben de haber suspirado aliviados, pero la noticia no se reducía a que ahora dormirían más tranquilos. No. Que Pablo hubiese muerto habría causado el mismo efecto, pero la noticia era más grande justamente porque, a diferencia de la muerte, su conversión daba también una señal clara y fuerte del inmenso poder que Dios ejercía por medio del evangelio.

¡Tenían grandes razones para estar alegres! No sólo habían vuelto a comprobar que Dios tenía el control de todo, sino que el evangelio, ese mensaje por el cual sufrían, estaba demostrando que no podía ser detenido.

¡Alegrémonos, por tanto, nosotros también! ¿No son nuestras vidas un testimonio de que Dios es poderoso? ¿No somos, acaso, como trofeos que exhiben su gloria? Cierto, todavía debemos cambiar mucho, pero recuerda que aun tu más pequeño anhelo de ser mejor para Él es sólo obra de sus manos y una muestra de su trabajo perseverante.

Cristian J. Morán

Cristian J. Morán

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