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Y al que se le enseña la palabra, que comparta toda cosa buena con el que le enseña. (Gálatas 6:6)

En su obra El abanico de Lady Windermere, Oscar Wilde pone en boca de uno de sus personajes que «un pesimista es aquel que conoce el precio de todo y el valor de nada»: desconfía porque sólo piensa en lo que saldrá de su bolsillo y no es capaz de percibir el valor de lo que recibirá a cambio.

Sin lugar a dudas, la distinción hecha por Wilde nos permite comprender no sólo una posible causa del pesimismo, sino también de la gran facilidad con que «abrimos nuestras manos» únicamente para recibir

Pablo, en nuestro texto, habla de esto a los gálatas, y lo que quiere corregir, muy probablemente, es una tendencia a no saber valorar lo que los maestros de la Palabra deben invertir para cumplir con su deber.

Quienes reciben la enseñanza, dice Pablo, deben «compartir». No pueden ser simplemente receptores, y esto nos recuerda que, cuando se trata de la iglesia, cada miembro está llamado a usar lo que ha recibido de Dios para bendecir también a los demás. Debe compartir «toda cosa buena», y al hacer hincapié en ello, hace notorio que quien enseña es también una persona con necesidades diversas.

Pablo, así, establece una correspondencia (una entrega mutua), pero junto con equilibrar la relación, pone también de relieve el trabajo de quienes se dedican a la exposición de la Palabra.

¿Cuál es la razón de que esto, siendo tan esencial como es, exija ser corregido tanto en nuestro siglo como lo fue en el primero?

Definitivamente, como sugerimos al comienzo, es una cuestión de percibir su valor. Afirmamos que la Escritura es importante, pero a juzgar por lo que «invertimos» en sus expositores, comunicamos que, en realidad, puede ser entregada sin cuidado.

Necesitamos, por tanto, evaluar nuestras prioridades, y poniendo la enseñanza en su lugar (como cúspide), debemos contribuir a su excelencia. ¿Qué necesitamos tener en cuenta? Consideremos, como dijo Pablo, todas las áreas necesarias. Deberíamos, de un lado, contribuir materialmente al sostén de los que enseñan —toda labor implica un costo—, pero, como lo exige la unidad de los creyentes, debemos igualmente prestar apoyo espiritual. ¿Cuándo fue la última vez que animaste a un predicador? ¿Has averiguado si necesita algo? El servicio que presta es de la máxima importancia. ¿Estás haciendo algo para que los ministros de la Palabra ejerzan su vocación así como el resto ejerce la suya? Al contrario de lo que muchos piensan, el trabajo del que enseña no se restringe al tiempo que ocupa en hablar. Meditemos, por tanto, en las necesidades menos evidentes, y buscando la ocasión, contribuyamos a que la enseñanza jamás se apague.

Cristian J. Morán

Cristian J. Morán

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