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…vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; sólo que no uséis la libertad como pretexto para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros. (Gálatas 5:13)

Hace algunos años, en ciertos lugares del mundo aparecieron los llamados «restaurantes sin precio». No significaba que la comida fuese gratis, sino que al término del servicio el precio era fijado por el cliente. ¿Qué crees que sucedió? Exacto: hubo quienes abusaron. Los camareros debieron recordar a estos clientes y, en sus visitas posteriores, entregarles una versión del menú que sí incluía valores.

¿Por qué esto no nos sorprende? Porque sabemos cómo somos capaces de actuar en ausencia de reglas. Prescindir de ellas da lugar a la espontaneidad, pero si no tenemos principios, caemos espontáneamente en el abuso.

Hoy, en nuestro texto, Pablo aborda exactamente esto. Antes ha insistido en que somos libres, pero ahora siente el deber de recordarnos los principios: «…vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; sólo que no uséis la libertad como pretexto para la carne…» (v. 13).

¿Cuál es la libertad a la que fuimos llamados? La libertad respecto de la culpa. Si creemos en Cristo, la ley ya no nos condena, pero Pablo explica que su esencia sigue vigente: «…servíos por amor los unos a los otros. Porque toda la ley . . . se cumple en el precepto: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’» (vv. 13-14).

No está diciendo, entonces, que la ley sea irrelevante, sino que, libres de su efecto condenatorio, nuestras vidas deben encarnar su esencia voluntariamente.

Era imposible, así, que Pablo fuese correctamente acusado de despreciar la ley. Su enseñanza, evidentemente, seguía la de Cristo (Mt 7:12), y la de Cristo, como sabemos, no era otra que la del Antiguo Testamento (Lv 19:18).

¿Cómo podemos, entonces, poner esta ley en práctica? Reconociendo, para empezar, que la «carne» (o naturaleza pecaminosa) ya no nos domina. Antes estábamos sujetos a su egocentrismo insaciable, pero ahora, libres de su tiranía, podemos cumplir nuestro propósito original: «…[servirnos] por amor los unos a los otros» (v. 13).

Todo esto era lo que los gálatas se estaban perdiendo por vivir un cristianismo de normas. Cumplir reglas, en última instancia, genera competencia, y por lo que Pablo sugiere, la realidad ya daba testimonio de esto: «…si os mordéis y os devoráis unos a otros, tened cuidado…» (v. 15).

Necesitamos, por tanto, analizar cuidadosamente nuestro caso: ¿Estamos viviendo la libertad descrita por Pablo? ¿Sentimos que, sin la amenaza del castigo, la esencia de la ley se hace más clara, deseable y fácil de practicar? ¡Dios nos acepta sin rencores! Empecemos, por ejemplo, practicando el mismo gesto.

Cristian J. Morán

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