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…Abraham tuvo dos hijos, uno de la sierva y otro de la libre. Pero el hijo de la sierva nació según la carne, y el hijo de la libre por medio de la promesa. (Gálatas 4:22-23)

«Por la boca muere el pez». Seguramente has escuchado este refrán que nos recuerda un importante principio: Ten cuidado antes de decir algo que te podría meter en problemas.

Los judaizantes, en la época de Pablo, se habrían ahorrado una buena vergüenza si lo hubiesen tenido en cuenta. Ellos se refirieron insistentemente a la ley, hasta que Pablo, consciente de lo que ésta enseñaba, no tuvo más remedio que jugar contra ellos en la misma cancha: «Decidme, los que deseáis estar bajo la ley, ¿no oís a la ley?» (v. 21)

Sobre la misma ley el apóstol ya había aclarado que ésta nos condena y nos conduce a Cristo (3:10, 24), pero ahora, yendo incluso más lejos, va a tocar otra clase de fibra: la aparente seguridad de tener a Abraham como ancestro biológico.

«…está escrito que Abraham tuvo dos hijos, uno de la sierva y otro de la libre» (v. 22). Es como si Pablo les dijera: «Eso es lo que enseña la ley que a ustedes tanto les atrae. ¿No lo habían notado?»

Evidentemente lo sabían, pero el punto es que habían llegado a convencerse de que la relación sanguínea en sí misma les concedía un vínculo con Dios. Olvidaban, curiosamente, que el «hijo de la sierva» (Ismael) también era descendiente biológico de Abraham.

Los judíos, desde luego, se amparaban en que la nación provenía de Isaac (no de Ismael), pero Pablo no sólo descarta la ventaja del vínculo sanguíneo para ambos hijos sino que traslada el foco nada menos que a la causa de los respectivos nacimientos: una decisión humana en el caso de Ismael, y una promesa en el caso de Isaac (Gn 16:1-4; 17:15-21).

¿Qué mensaje quería enviar a sus oponentes? Les estaba diciendo que sólo una promesa había dado origen a la línea familiar escogida (antes de eso, Sara era estéril), y estaba insinuando, por otro lado, que la intervención humana sólo había dado origen a un pueblo como los demás.

Es el mismo mensaje que, de otro modo, resonaba en 3:18: «…si la herencia depende de la ley, ya no depende de una promesa; pero Dios se la concedió a Abraham por medio de una promesa». Ambas son mutuamente excluyentes.

No podían, entonces, atribuirse un lugar en el pueblo de Dios y continuar descansando en sus acciones humanas: hacer esto les pondría en el lado de Ismael.

La pregunta, por tanto, sigue siendo: ¿En quién descansas tú? ¿Descansas exclusivamente en Cristo, en quien se cumplió la promesa? Hagámonos esta pregunta a diario. Tenemos la tendencia natural a olvidarlo, así que mejor oremos: pidamos que Dios mismo nos enseñe a descansar.

Cristian J. Morán

Cristian J. Morán

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