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Pero ahora que conocéis a Dios, o más bien, que sois conocidos por Dios, ¿cómo es que os volvéis otra vez a las cosas débiles, inútiles y elementales, a las cuales deseáis volver a estar esclavizados de nuevo? (Gálatas 4:9)

Aunque no existe un acuerdo sobre la razón por la que la palabra «escrúpulo» tiene el sentido que hoy le damos, sí parece haberlo en el hecho de que el latín scrupulus corresponde a una piedrecilla. Esto, dicen algunos, nos habla de quienes se fijan en pequeñeces, y si es cierto lo que dicen otros, pudo haberse aplicado a la piedrecilla que, accidentalmente introducida en el zapato, impide avanzar hasta ser quitada.

En nuestro texto de hoy, Pablo habla precisamente de aquellos que, profesando haber creído en Cristo, llevan una vida caracterizada por los escrúpulos. Conciben el cristianismo como un conjunto de reglas, y así, en lugar de experimentar libertad, terminan siendo esclavos de normas que convierten cada aspecto de la vida en una potencial ocasión de atraer la ira divina.

Pablo dice a los gálatas: «Observáis los días, los meses, las estaciones y los años» (v. 10). Con esto hacía referencia a las fechas sagradas que incluía el calendario judío, pero más allá de eso, criticaba el apego a un sistema que, en el plan de Dios, había cesado de cumplir su función.

¿Qué sentido tenía aferrarse a días y ceremonias que anunciaban aquello que, con la llegada de Cristo, se había hecho una realidad permanente?

Pablo enseña que, habiendo ya caducado, todo aquello se hallaba ahora en la misma categoría que las antiguas prácticas paganas de los gálatas: ¡«Cosas débiles, inútiles y elementales»! (v. 9). ¿Cómo era posible que desearan esclavizarse otra vez a eso teniendo ahora una relación con Dios? Era —y es— completamente absurdo sustituir a Cristo por reglas y tradiciones que, en sí mismas, son incapaces de vincularnos con el Creador.

Era natural, entonces, que Pablo temiese por ellos: «Temo . . . que quizá en vano he trabajado por vosotros» (v. 11).

¿Cuál es nuestra propia situación? ¿Somos escrupulosos como los gálatas? Es bueno tener una conciencia aguda de que Dios gobierna ininterrumpidamente nuestras vidas, pero eso no es lo mismo que percibirlo como un policía deseoso de castigar aun la más accidental de nuestras infracciones.

Ciertas iglesias, hoy en día, predican exactamente esto último —un cristianismo de normas y temor al castigo—, pero Pablo, en forma oportuna, llama a las cosas por su nombre: No te esclavices a eso.

Cristian J. Morán

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