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Y porque sois hijos, Dios ha enviado el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones, clamando: ¡Abba! ¡Padre! Por tanto, ya no eres siervo, sino hijo… (Gálatas 4:6-7)

Para nadie es un misterio que el fin de la niñez viene acompañado de cambios físicos característicos. El niño, quizás, querrá seguir jugando los mismos juegos por un tiempo, pero independientemente de su voluntad y conciencia, habrá algo que declarará el inicio de una nueva etapa en su desarrollo.

En nuestro texto de hoy, Pablo quiere lograr que sean los gálatas quienes abandonen finalmente su «niñez» espiritual, y para ello, ya no habla sólo de Cristo (que los trajo a esta nueva etapa; vv. 4-5), sino también del Espíritu Santo (v. 6), que es la evidencia en ellos mismos.

«Ya no se comporten como esclavos», les está diciendo Pablo. «Ahora ustedes son oficialmente hijos, y la prueba de ello es que Dios ha puesto su Espíritu en ustedes».

¿Por qué otra razón, si no, podrían haber recibido el Espíritu? En el capítulo 3 señaló que Éste acompaña el «oír con fe» (3:2, 5, 14), pero precisó, también, que «la promesa del Espíritu» llegaría a nosotros gracias a Cristo (3:14). ¿Cuál es la conexión?

La conexión es que, al creer en el Hijo de Dios, Dios no sólo nos adopta sino que pone en nosotros el mismísimo Espíritu de Jesús. ¿No es grandioso?

Tan literal es esto que el Espíritu incluso hace brotar en nosotros una sensación muy viva de que Dios es efectivamente nuestro Padre. A eso se refiere Pablo cuando dice que el Espíritu clama a Dios desde nuestro interior: «¡Abba! ¡Padre!» (Abba era la expresión aramea con que un hijo se dirigía a su padre, y es, de hecho, un vocablo que el propio Jesús usó al orar; Mr 14:36)

Así es como el Espíritu nos hace experimentar la adopción, pero este no es el caso de aquellos que, confiando férreamente en sí mismos, le dan la espalda a Cristo. Dios, para ellos, es eminentemente un juez y no un Padre amoroso al cual pueden acudir en paz.

Quizás el problema de los gálatas estaba justamente aquí. Habían conocido a Cristo, pero en la práctica no estaban disfrutando como hijos.

¿Cuál es tu propia experiencia? ¿Podrías decir que te relacionas con Dios sin dudar de su constante amor paternal? Muchos cristianos lo anhelan sin poder gozarlo de veras. El Espíritu planta en ellos este deseo, pero son tan adictos a cumplir reglas que, tristemente, viven cada día con la sensación de que Dios está enojado con ellos y les castigará de un momento a otro.

¿Es este tu caso? No te prives de la paz de Dios. Si estás cansado de luchar (y seguir fallando), no hay mejor momento para recordar que Cristo canceló incluso tus fracasos de mañana.

Cristian J. Morán

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