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Pero cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, a fin de que redimiera a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción de hijos. (Gálatas 4:4-5)

Aunque en el funcionamiento del mundo haya procesos que se repiten cíclicamente (como bien lo reconoce Eclesiastés 1), la Biblia no nos permite reducir la historia a eso. Dios, para muchos que creen en Él, sigue siendo nada más que un «relojero» (que creó el mundo, le dio cuerda y se marchó), pero si meditamos en textos como el de hoy, nuestra visión de Él debería crecer.

Pablo acaba de decir que por un tiempo fuimos «niños», pero al contrario de lo que algunos pensarían (creyendo que evolucionamos intelectualmente), lo que el apóstol describe es la llegada del momento en que Dios mismo puso fin a dicha etapa: «cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo».

Él, entonces, fue quien dio el paso, y es importante, una vez más, recordar para qué: «a fin de que redimiera a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción de hijos». Pablo no se cansa de mencionar nuestro destino (ser hijos), pero la mención de la redención destaca nuevamente que el ingreso a la familia de Dios estaba completamente fuera de nuestro alcance: primero debíamos ser rescatados.

¿Y quién estaría calificado para redimirnos? Uno que, siendo hombre, tomaría el lugar de los hombres; que, siendo justo, cumpliría la ley por ellos; y que, siendo el único Hijo verdadero, compartiría con ellos su condición: Cristo, nacido de mujer y bajo la ley, sería una solución a nuestra medida.

Este texto, por tanto, realza la acción de Dios en la historia, pero junto con ello, nos recuerda la existencia de un plan. Dios no actúa con la intención de probar soluciones, sino que obra con sentido y eficacia. Es asombroso, por tanto, observar que su mano dirige los acontecimientos de este mundo, pero nos estremece, también, que su intención haya sido rescatarnos para integrar su familia.

¿Cómo debe esto moldear nuestra visión de la vida? Debería, para empezar, cambiar nuestra visión de la salvación. Ser salvos no es cuestión de intentar cumplir normas, sino de rendirnos ante el hecho de que, habiendo Dios demostrado nuestra incapacidad (por medio de la ley), a su debido tiempo nos concedió la solución (por medio de Cristo). Lo que nos salva es la acción de Dios en la historia, y en consecuencia, no podemos añadir nada sino sólo reconocer el hecho y recibirlo con gratitud (desechar la redención es desechar nuestra adopción).

Cristian J. Morán

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